Festividad de San José de Cupertino, fraile franciscano conventual

San José de Cupertino, fraile franciscano conventual

La familia religiosa del Seráfico padre San Francisca de Asís, en la rama más antigua de su primera Orden, llamada de Menores franciscanos conventuales, celebra la fiesta de este santo, singular premio por sus virtudes —humildad y paciencia ante las humillaciones y los fracasos— y por los dones que recibió del Señor. Nació José María Desa el año 1.603, en la localidad italiana de Cupertino, de la provincia de Lecce, de padres pobres y religiosos que educaron a su hijo en el santo amor a Dios. En su deseo de ofrecerse al Señor, intentó ingresar en la religión capuchina, más hubieron de despedirlo por su ineptitud para los oficios; no desistió el joven y solicitó su ingreso entre los padres conventuales, quienes movidos de la bondad del postulante, le admitieron como hermano lego. Más tarde, a causa de su excelente comportamiento y por especial disposición del Señor, le hicieron estudiar y a los 25 años se ordena sacerdote. Sus virtudes, los favores que recibía del cielo y otros prodigios  —arrobado de éxtasis, levitaba a grandes alturas— hacían que la gente acudiera, a su pesar, en tropel a venerarlo. Más de sesenta fueron los éxtasis públicos, con la particularidad de que cesaban a la voz de la obediencia. Su paciencia era inagotable, ya que muchos le atacaban por su sencillez, por su humildad y por su extremada pobreza; y vivió muchos años con grandes tribulaciones, de las que le libró después el Señor, llevándolo al descanso eterno desde Osimo el 18 de septiembre de 1663, cuando contaba sesenta años. Sus últimas palabras fueron para la Virgen: Monstra te esse Matrem: Muestra que eres mi Madre. Contaban los frailes que aquel perfume milagroso que indicaba su presencia en los conventos se difundió en ese momento y duró muchos años. Conocido como “el santo volador” es, además, considerado patrono de los estudiantes, pues sus oportunas invocaciones a la Virgen le bastaban para lograr prodigios de sabiduría en los exámenes.

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Protector de los examinandos 

Vivió San José de Cupertino en el siglo XVII (1603-1663). Joven todavía, y vencidas ya no pequeñas dificultades motivadas por su escasísima aptitud para las letras, fue admitido en calidad de lego en la Orden de Franciscanos Conventuales y destinado inmediatamente al convento de Santa María della Grotella, cuyos religiosos diéronse muy pronto cuenta del gran tesoro que Dios les había confiado, que a las reiteradas y a las justas instancias de ellos debió el Santo la singular merced de ser admitido entre los religiosos del coro, a pesar, según hemos dicho, de su poca disposición para el estudio.

Por su parte, haciéndose cargo el joven Religioso de sus nuevos deberes de estudiante, dióse con ánimo esforzado a observarlos, y después de mucho trabajo y diligencia pudo penetrar algo en el conocimiento del latín y aun a traducir con seguridad aquel fragmento del Evangelio, donde, entre otras cosas, se leen aquellas tan conocidas palabras: Beatus venter qui te portavit.

Preparado de esta suerte y puesta toda su confianza en la Santísima Virgen presentóse para recibir el Diaconado, siendo de advertir que la primera clerical tonsura, las cuatro Órdenes menores y el subdiaconado los recibió sin previo examen, atendida su pura santidad. Era el señor Obispo de Nardó, D. Jerónimo de Franchi, quien debía conferirle tal Orden, y lo hubiera realizado pasando por alto el requisito del previo examen, a no habérselo recordado uno de los que le acompañaban. Por este motivo se dispuso aquel Prelado a cumplir los sagrados Cánones, y a tal fin abrió al azar el libro de los santos Evangelios, señalando como materia para el examen el pasaje que tan providencialmente se había ofrecido, esto es, el único ya citado, que el Santo conocía con perfección. Tradújolo el humilde religioso y lo comentó luego con tan santa maestría, ponderando las excelencias de la Virgen, que dejó al Obispo sumamente satisfecho y admirados a los demás presentes.

Pero mayores y hasta humanamente insuperables eran las dificultades con que parecía haber de tropezar para recibir el Presbiterado, pues, dada la fama de riguroso que tenía el señor Obispo de Castro, Don Juan Deti, era de temer que por esta vez saliese mal parado el Santo, y esto le habría sucedido a no contar con la protección y amparo de la Santísima Virgen, la cual le infundió tal ánimo que se presentó con toda confianza a exámenes en compañía de otros ordenandos de su Instituto muy aprovechados en ciencias divinas y humanas. Preguntó el señor Obispo a varios de los mismos con el rigor que acostumbraba, y deduciendo, luego, de la notoria aptitud de los ya examinados la de los que quedaban todavía por examinar, entre los cuales estaba San José de Cupertino, dejó de preguntar a estos últimos, dándose por satisfecho de todos.

Pedro Mártir Bordoy i Torrents

Oración

Querido Santo, purifica mi corazón, transfórmalo y hazlo semejante al tuyo, infunde en mí tu fervor, tu sabiduría y tu fe. Muestra tu bondad ayudándome y yo me esforzaré en imitar tus virtudes. Gloria…

Amable protector mío, el estudio frecuentemente me resulta difícil, duro y aburrido. Tú puedes hacérmelo fácil y agradable. Esperas solamente mi llamada. Yo te prometo un mayor esfuerzo en mis estudios y una vida más digna de tu santidad. Gloria…

Oh Dios, que dispusiste atraerlo todo a tu unigénito Hijo, elevado sobre la tierra en la Cruz, concédenos qué, por los méritos y ejemplos de tu Seráfico Confesor José, sobreponiéndonos a todas las terrenas concupiscencias, merezcamos llegar a El, que contigo vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.

San José de Cupertino, por José María Feraud

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La Venerable Madre Joaquina de Vedruna

*La Venerable Madre Joaquina de Vedruna

La Venerable Joaquina de Vedruna, viuda de Mas, nació en Barcelona el 16 de abril del año 1783, y fue bautizada con los nombres de Joaquina, Francisca de Paula Antonia. Sus padres, distinguidísimos por la nobleza y piedad cristiana, se llamaron Lorenzo y Teresa Vidal, los cuales, habiendo tenido ocho hijos, estudiaron de educarlos en el temor de Dios. Joaquina, que era de naturaleza dócil, respondió plenamente a sus cuidados, de modo que todos los que frecuentaban la familia admiraban la docilidad y obediencia, el candor de su ánimo, la diligencia y el progreso que hacía en los estudios, como también el amor a la oración, en la que empleaba el tiempo que la dejaban libre sus ocupaciones; igualmente eran llenos de admiración para con ella viendo el esfuerzo continuo que hacía para conquistar la virtud, especialmente después de la primera Comunión.

Llegada a la edad de doce años, deseó entrar en el Monasterio de las Carmelitas para ser religiosa; pero, disponiendo diversamente el Señor, no pudo seguir tal voluntad, puesto que, obsequiando a su padre, y habiéndose añadido el consejo del confesor para ello, en el año 1799 contrajo matrimonio con el noble y piadoso joven Teodoro de Mas, con el que convivió santamente por diecisiete años y del cual tuvo nueve hijos, que felizmente preparó para la gloria de Dios; de ellos cuatro hijas fueron religiosas, dos se unieron en matrimonio honestísimo, tres volaron al cielo en tierna edad.

Invadiendo España Napoleón Bonaparte, Teodoro tomó las armas para defender la patria, pero los malestares de la guerra, despojado de fuerzas y oprimido por las angustias, poco después murió piadosamente en el año 1816.

Joaquina, quedando viuda de su amantísimo esposo se retiró a Vich con sus hijos, y allí atendió por diez años a la educación de los mismos, a administrar los bienes patrimoniales, dedicándose también insistentemente a las obras de piedad para con Dios y de caridad para con sus prójimos, así como a conocer más claramente la voluntad del Altísimo, para seguirla, implorando ardientemente para tal fin, con oraciones y penitencias durísimas, la luz del cielo.

Mucho tuvo que sufrir, de parte de sus allegados, por razones políticas; no obstante, teniendo por norma la justicia y confiando en Dios, todo lo superó con fortaleza.

Por inspiración divina, y con el consejo e impulso del P. Esteban de Olot, de los Menores Capuchinos, hombre distinguido por su santidad, se aprestó a fundar una nueva Congregación de Hermanas, la cual tuvo primero la aprobación de los Padres Franciscanos, y después, por la autoridad del Obispo de Vich, Pablo de Jesús Corcuera, fue en I826 canónicamente erigida con el nombre de Instituto de las Carmelitas de la Caridad, señalándose un doble fin: educar a las niñas y tener cuidado de los enfermos. Tal Instituto tuvo la aprobación del Sumo Pontífice Pío IX; las constituciones después compuestas por el mismo P. Esteban de Olot, fueron primero aprobadas por el mismo Pontífice, y más tarde confirmadas plenamente por el mismo Pontífice León XIII, de felicísima memoria.

Con la dirección suave, prudente y fuerte de la  Venerable Sierva de Dios, se levantaron muchas casas del mismo Instituto en Cataluña, en toda España y en otras partes del mundo.

Al empezar la gran obra es difícil el decir cuántas son las contrariedades, cuántas las angustias, cuántas las amarguras que tuvo que soportar, llevándolo todo con ánimo sereno e intrépido. Confiada en Dios, sostuvo resignada las asperezas del destierro, la miseria de la cárcel, las privaciones y las defecciones de algunas Hermanas. Semejante virtud, la conquistó ella de la íntima unión con Dios, teniendo ya dispuesta desde niña su ánimo. Continuamente dada a la oración, meditaba los divinos misterios, especialmente aquellos de la Santísima Trinidad, repitiendo muchísimas veces al día el Trisagio con indecible consolación y gozo del ánimo; veneró grandemente a la  Santísima Eucaristía; y a guisa de buena hija amó a la celeste Madre, y mostró devoto afecto a San José, San Rafael Arcángel y los Santos. Fue humildísima y se complacía en sufrir y ser despreciada. En el cuádruple estado de su vida se manifestó verdaderamente heroica. Igualmente se distinguió por la sabiduría y caridad con las Hermanas, como también para las niñas a quienes educaba y en el amor a los enfermos en el que no fue vencida por nadie.

Y así, estas grandes virtudes de la Sierva quiso Dios colmarlas de grandes dones, tanto en vida como después de su muerte.

En el año 1849 tuvo un ataque de apoplejía, del que todavía se libró. En 1852, agravada tal enfermedad, no pudiendo ejercer más el oficio de Superiora, tomó para compañera suya a la Sierva de Dios Paula de San Luis Delpuig, para que hiciese sus veces y la que fue más tarde Superiora General. Imperando el cólera en Barcelona, la Venerable, que se encontraba entonces allí, fue atacada por la terrible enfermedad. Recibidos con ánimo piadoso los Sacramentos de la Iglesia, murió santamente el día 28 de agosto del año 1854.

La fama de santidad que tuvo mientras vivía, se acrecentó después de su muerte. Por tanto, la Curia de Vich, en los años 1909, 1911, con ordinaria autoridad hizo los procesos relativos. El día 22 de enero de 1919 se tuvo un favorable decreto de la Congregación Sagrada para los escritos de la Sierva de Dios. El 14 de enero de 1920 el Sumo Pontífice Benedicto XV, de feliz memoria, signó de propio puño la Comisión de Introducción de la Causa. El día 13 de julio de 1921 fue declarada la observancia hecha de los decretos de Urbano VIII. Completados los Procesos Apostólicos en Barcelona y Vich, con decreto exprofeso del 23 de junio de 1923, fueron éstos reconocidos jurídicamente válidos. Por tanto, delante de su Eminencia Reverendísima el Cardenal Luis Sincero, Ponente, es decir, Relator de la Causa, el 28 de abril de 1931, tuvo, lugar la Congregación Anti-preparatoria sobre las virtudes; a continuación, el 7 de agosto del pasado año, se celebró la Congregación Preparatoria; y el día 28 de mayo del corriente año, se tuvo la General, en la presencia de Su Santidad Pío XI, felizmente reinante, quien difirió su juicio hasta el 16 de junio, día solemne de la Santísima Trinidad, en que, celebrado el Divino Sacrificio, y oídos los Eminentísimos Cardenales, los Oficiales Prelados y los Consultores que intervinieron, proclamó heroicas las virtudes de la Rdma. M. Joaquina de Vedruna, viuda de Mas, fundadora de las Hermanas Carmelitas de la Caridad.

Hagamos votos al Cielo para que a la declaración solemne de la heroicidad de las virtudes de la Venerable Madre Joaquina de Vedruna siga a no tardar su beatificación, y podamos ver pronto en los altares a la Sierva de Dios que durante un cuarto de siglo trabajó por la recristianización de Cataluña.

La Hormiga de Oro, agosto de 1935.

* El presente artículo fue escrito en los albores del proceso diocesano de la Causa de la Madre Joaquina Vedruna, siendo declarada Venerable el 16 de junio de 1935.

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Festividad de Santa Joaquina Vedruna, fundadora de las Carmelitas de la Caridad

A María Micaela del Santísimo Sacramento

A María Micaela del Santísimo Sacramento

Casta Virgen, de Cristo enamorada
oculto en la Sagrada Eucaristía;
tu amante corazón allí aprendía
cuál es la caridad más acendrada.
Por el Pastor divino aleccionada
y con la antorcha de la fe por guía,
tu existencia empleaste noche y día
en buscar la ovejuela extraviada.
Desdeñaste del mundo los honores
por seguir a Jesús crucificado
y sufriste improperios y dolores;
pisaste mil abrojos punzadores
luchando contra el mundo y el pecado,
por dar gloria al amor de tus amores.

¡Mártir de caridad; blanca paloma!…
huyó la noche;… el sol radiante asoma…
Los querubes en cántico armonioso
—¡Mirad—repiten—a la esposa amada!…
Vedla feliz, y con laurel glorioso
por el Rey de los cielos coronada.
Y aquí en la tierra un eco misterioso
cual cefirillo leve
aclamarte parece rumoroso,
maravilla del siglo diecinueve.

                             D.S.B.

(La autora de esta poesía, consagrada a Dios en el retiro de un claustro, ha preferido no revelar su nombre).

María Micaela del Santísimo Sacramento murió el 24 de agosto de 1865 y su memoria se celebra el 15 de junio, aniversario de sus votos perpetuos.

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Santa María Micaela del Santísimo Sacramento, la Santa de la Eucaristía

Pío X, glorioso

San Pío X, el Papa humilde que nació, vivió y dio su último aliento a Dios en la más edificante pobreza. El Papa que amó tiernamente a los niños y desbordó su corazón por los cauces de la caridad. El Pontífice que lloró amargamente su proclamación, bajo el peso de una responsabilidad presentida, pero que supo sostener el Pontificado con un rango supremo de dignidad y de justicia.

Pío X, glorioso

El alma de la Virgen glorificó al Señor y recordó, entre otras cosas que Dios “derribó del solio a los poderosos y ensalzó a los humildes; colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió sin nada”.
En el siglo primero de nuestra era sonaron a misterio indescifrable estas frases de María, pronunciadas ante su prima Isabel. Tampoco hoy, después de veinte siglos de vida cristiana, se esfuerza el mundo por llegar a comprenderlas. No es ello extraño, sin embargo. Cada día que pasa puede observarse cómo entre los criterios del mundo y los criterios de Dios existe una perpetua enemistad, análoga a la que Dios anunciara entre la Mujer y la serpiente.
El mundo exalta el brillo del dinero. Dios llama bienaventurados a los pobres. El mundo alardea de sus bajas concupiscencias. Dios alaba la virtud oculta. El mundo brinda su aplauso más caliente a los grandes ladrones, a los estafadores avisados, a los mentirosos advertidos, a los truhanes elegantes y escurridizos y a los cretinos que pliegan su cintura para cortejar la mueca forzada del poderoso. Dios da su bendición al santo que repudia la mentira, que ama la paz del corazón, que desprecia el dinero y que retuerce la ambición en sus inicios cordiales…
El dia 2 de junio de 1835 nacía en el pueblecito de Riese, provincia de Treviso, sita al nordeste de Italia, José Melchor Sarto. Hijo del alguacil de su pueblo natal, fue creciendo entre penurias económicas y dolorosas privaciones. En 1850 entra como becario en el Seminario de Padua. El 18 de septiembre de 1858 se ordena de sacerdote y es destinado inmediatamente a Tombolo, como coadjutor. En 1.867 se le nombra párroco de Salzano. En 1875 desempeña el cargo de canónigo de Treviso y Padre Espiritual de aquel seminario. En 1.884 es ya Obispo de Mantua. En 1.893 sube a Cardenal Patriarca de Venecia. En 1903 es elegido Sumo Pontífice, la suprema dignidad de la tierra, tocando el nombre de Pío X. Gobierna el timón de la Iglesia hasta el año 1.914, en que muere. En 1.954 es elevado al honor de los altares.
He aquí, pues, la cronología de este hombre que en todo momento sólo conoció una preocupación fundamental: cumplir con su deber, suavizando cada aspereza con el bálsamo de una bondad carente de artificios. Un autor francés escribió sobre Pío X: “Su mirada, su conversación, todo su ser, respiraban tres cosas: bondad, firmeza, fe. La bondad del hombre, la firmeza del dirigente y la fe del cristiano, del sarcedote, del Pontífice, del hombre de Dios”.
José Sarto, el hijo humilde y sumiso del oscuro alguacil de Riese, escala hoy, por sus méritos constatados con fina escrupulosidad, el honor de los altares. Como un ejemplo para este mundo amasado de envidias y ambiciones, aturdido de rencillas, seco de caridad, presa de resentimientos, ha de brillar la figura ingente de Pío X; de aquel Pío X lloroso y desfallecido ante el duro peso de Tiara Pontificia que se le confiaba.
Fue el Cardenal Merry del Val, el gran diplomático español, luego Secretario de Estado durante el pontificado de Pío X quien hubo de consolarlo y animarlo cuando le encontró en la Capilla Paolina, arrodillado en el suelo, con la cabeza entre las manos y el pulso tembloroso: “Eminencia, armaos de valor; el Señor os ayudará”.
No quería ser Papa y lo fue. En rasgo de permanente humildad, jamás permitió que a sus hermanas se les asignase título nobiliario alguno. Pero el Señor prometió exaltación al que se humilla y hoy, día 29 de mayo, subirá a la Gloria de Bernini la radiante figura del Papa Sarto, para recibir el homenaje público que la iglesia, y sólo ella, guarda para los santos…
Y es que también aquí existe una radical diferencia entre los criterios de Dios y los criterios del mundo. Mientras el mundo olvida a los truhanes, a los mentirosos y a los ladrones cuando los deja ya en el pudridero. Dios engrandece a los humildes cuando traspasan los umbrales de este mundo y entran gozosos en la luz perpetua, que los ha de iluminar para siempre.

Gabriel de Armas Medina, sección “Plumas de las islas” (periódico Falange, 29 de mayo de 1954).

Oración a San Pío X

Glorioso Papa de la Eucaristía, San Pío X, que te has empeñado en “restaurar todas las cosas en Cristo”. Obtenme un verdadero amor a Jesucristo, de tal manera que sólo pueda vivir por y para Él. Ayúdame a alcanzar un ardiente fervor y un sincero deseo de luchar por la santidad, y a poder aprovechar todas las riquezas que brinda la Sagrada Eucaristía. Por tu gran amor a María, madre y reina de todo lo creado, inflama mi corazón con una tierna y gran devoción a ella.

Bienaventurado modelo del sacerdocio, intercede para que cada vez haya más santos y dedicados sacerdotes, y se acrecienten las vocaciones religiosas. Disipa la confusión, el odio y la ansiedad, e inclina nuestros corazones a la paz y la concordia, a fin de que todas las naciones se coloquen bajo el dulce reinado de Jesucristo. Amén.

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Enlace de interés: S. Pius PP. X

Santa María Micaela del Santísimo Sacramento, la Santa de la Eucaristía

“Es mi elemento y mi vida el Santísimo Sacramento, y cuando le veo expuesto, soy la criatura más feliz de la tierra… Que nuestro distintivo sea amar a Dios como nadie: que en el amor a Jesús Sacramentado nadie nos lleve ventaja”. 

Madre María Micaela.

María Micaela Desmaisiéres y López de Dicastillo vino al mundo el 1 de enero de 1809 siendo el quinto fruto matrimonial de Miguel Desmaisiéres y Bernarda López, insignes miembros de la nobleza española que todavía aumentarían con cinco hijos más su aristocrática familia. Durante su infancia padeció en vivo las consecuencias de la invasión francesa contra la cual se vio obligado a combatir su progenitor en calidad de militar de alta graduación.

Normalizada la situación política es enviada al Colegio de las Ursulinas de Pau donde hizo la Primera Comunión. Recibió de sus padres una esmerada formación religiosa en la que se le inculcan los principios morales de la recta conducta, así como una delicada solicitud por los más desvalidos. En su juventud sobresalen ya dos rasgos que la van a caracterizar después: intensa devoción a la Eucaristía y obsequioso amor a los pobres cuidando personalmente en Guadalajara —donde solía residir los veranos— de los enfermos de cólera.

Su excepcional educación y posición social le abren todas las puertas, pero Micaela sabe conducirse con enorme responsabilidad y mesura en todo y con todos. Existe un período de su vida que ella califica como «años perdidos» ya que se ve obligada a alternar en diversos círculos de ambiente frívolo. Después de tres años de limpio noviazgo con un joven ejemplar, la inminente boda se rompe por cuestión de intereses. En un cuaderno autobiográfico escrito con admirable espontaneidad resumirá estas relaciones con la siguiente frase: «Todo era tomarnos cuenta de los rezos y quién hacía más oración».

Acompañando a un hermano diplomático alternó en París y Bruselas con muchas personalidades teniendo que participar en teatros, tertulias y bailes pero siempre atenta a las exigencias de su intensa vida religiosa. Porque lo que nadie podía sospechar era que a los dolores agudos originados por su enfermizo estómago añadía ella la tosca aspereza de un doloroso cilicio. Ha de madrugar muchísimo para hacer su oración y recibir la Comunión diaria.

En 1844 empieza a visitar el Hospital de San Juan de Dios en Madrid. Quedó tan profundamente impresionada de la penosa situación de prostitutas enfermas que esta tremenda experiencia será el germen de su obra la cual pasó por diferentes etapas y pruebas durísimas: incomprensiones, abandonos de amistades, calumnias, burlas y un largo catálogo de trances crucificadores. Se apoya únicamente en Dios y se deja conducir por un insigne director jesuita que le anima constantemente. En 1852 la Obra se consolida y las jóvenes colegiales recuperadas de la vía pública, van en aumento.

La Vizcondesa de Jorbalán comprende que es necesaria una Congregación que dé estabilidad al maravilloso proyecto de acertar a reducarles a integrarlas en la sociedad una vez totalmente rehabilitadas. El 1 de enero de 1857 hacen sus votos las primeras «Adoratrices y Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad». Pronto se expanden por varias ciudades de España. La Fundadora que había adoptado el nombre de «Madre Sacramento» fallece en Valencia el 24 de agosto de 1865 contagiada por el cólera y víctima de la caridad. Beatificada en 1925 fue canonizada por Pío XI en 1934. Esta mujer extraordinariamente audaz y San Antonio María Claret constituyen las dos figuras más grandiosas del catolicismo español del siglo XIX.

Centrada en la Eucaristía

Son tantos los rasgos eucarísticos que configuran la fisonomía espiritual de Santa Micaela que los biógrafos tienen dificultad en describirlos. Es verdad que ocurre lo mismo con los grandes santos adoradores del Sacramento del Amor. Intentemos, con brevedad sumaria, recoger algunos datos especialmente significativos donde resalta esplendorosamente la personalidad reciamente eucarística de Santa Micaela, figura colosal del Santoral cristiano. Quien se acerca a ella queda subyugado por su grandeza moral que derivaba ciertamente de su indecible amor a Jesús Sacramentado. Santa Micaela constituye un astro de primera magnitud en la fulgurante constelación de las almas eucarísticas más eminentes.

No perder la comunión diaria le supuso grandes heroísmos recompensados con hechos que rayan en el milagro. Cuando teme no poder comulgar, por lo insólito de la hora en que se ve obligada a viajar, aparece un sacerdote que se ofrece a celebrar la Misa en plena madrugada. Cuando se entera, ya fundadora y en su primer colegio, del sacrilegio cometido por una joven recogida del arroyo, se postra deshecha en llanto en la tribuna de la capilla exclamando ante Jesús Sacramentado: “¿Cómo has podido consentir, Señor, tamaña ofensa en tu casa? De haber previsto yo esta infamia, jamás hubiera abierto el Colegio”.

Y es que le quemaba el celo por todo lo que se refería a su Señor Sacramentado. Siempre que hablaba de la Eucaristía su semblante se transfiguraba y su corazón parecía arder en vivas llamaradas. Tal fue su hermoso carisma que como creciente caudal de un río se iba ensanchando en el decurso y desarrollo de su hermosa Obra y de su fecunda vida absorbida enteramente por el Sacramento. Aunque sucedió en su etapa seglar merece ser conocida su intervención en un Convento de Burdeos ganado para la causa jansenista y donde reinaba un increíble rigor que apartaba a las Religiosas de la Comunión.

El Señor Arzobispo conocedor del temple apostólico y eucarístico de la Vizcondesa de Jorbalán, le ruega que hable con las monjas, y ella, venciéndose lo indecible se presenta en el locutorio. Primero convence a la Superiora, y en una segunda intervención habla a toda la Comunidad que rompe en un mar de lágrimas ante las palabras convincentes y llenas de fuego de Micaela. Se reconcilian totalmente con el Arzobispo, piden perdón y normalizan su vida religiosa y sacramental, abjurando de la peor herejía contra el amor de Dios cuya máxima expresión es el Sacramento del Altar. Y es que en 1847, a poco de llegar a París después de hacer en Madrid sus Ejercicios Espirituales, recibe una gracia mística el día de Pentecostés, y a partir de ese momento su vida cambiará radicalmente.

La experiencia de la presencia eucarística y la caridad con los más indigentes en todas sus formas son los polos de atracción y dinamismo sobrenatural para la sacrificada Vizcondesa de Jorbalán.

Textos Eucarísticos

Hemos de escoger forzosamente muy pocos en el repertorio de su interesante autobiografía donde la Eucaristía es el centro de sus experiencias y confidencias. Así, nos confiesa con sencillez: «Me sentía morir: al llegar el sacerdote a darme la comunión vi al Señor como si de su Corazón sacara la Forma que me daba en aquel momento. Y la Santísima Virgen estaba a mi lado, y la veía más cerca y mejor que al Señor». Una testigo declara lo que observó calificándolo de «éxtasis» en sentido místico: «Sus ojos, fijos en la Sagrada Hostia, aquel color encendidísimo en su cara, aquella inmovilidad y absoluta abstracción de cuanto la rodeaba, pues nada la distraía de la profunda atención con que se abismaba, demostraban claramente que debía estar sumida en éxtasis divino».

En el Libro de los Favores divinos, Madre Sacramento nos ha relatado hechos admirables de su prodigiosa vida eucarística. La espiritualidad micaeliana no puede entenderse sin esta pasión ardentísima por el Sacramento que la convierte en una «loca de la Eucaristía». Será difícil hallar en toda la Hagiografía una figura más injuriada y calumniada que la Fundadora de las Adoratrices. La amargura tan intensa que le producía el cúmulo de falsas acusaciones contra ella le obligaban a quejarse amorosamente ante Cristo Sacramentado a quien le decía, a veces, entre abundantes lágrimas: “Señor, si a Ti no te sirvo en medio de tantas contradicciones, entonces ¿a quién serviré?” Y oía una voz que respondía dentro del Sagrario pero que ella escuchaba con toda claridad en el fondo de su alma: “A Mí me sirves. Sigue adelante que Yo estoy contigo”. En efecto, en medio de tantas borrascas y tormentas el Señor se complacía en manifestarles que estaba con ella, premiando su fidelidad.

Hay una escena biográfica que pone de relieve su indescriptible amor a la Eucaristía la cual presidía todos sus Colegios de rehabilitación y educación moral para una numerosa legión de jóvenes caídas. Un día se presenta en la Casa de Atocha el párroco con la orden del Señor Arzobispo de que suprimiera el Sagrario trasladando el Copón a su Parroquia. El sacerdote somete a Madre Sacramento a un humillante examen y aduce —muy mal informado— que no hay suficiente limpieza en el templo. Micaela le invita a recorrer la Capilla y que viera con sus propios ojos cómo trataba ella al Amor de sus amores. El párroco entra en el templo y se arrodilla. Permanece inmóvil. Cuando se levanta después de media hora se dirige a la Vizcondesa para decirle llorando: “Señora, me habían engañado. No lo dude: Jesucristo no quiere salir de este recinto porque está muy contento. Yo mismo informaré al Señor Arzobispo. Usted tiene preso a Jesús Sacramentado con cadenas de amor. Siga su Obra porque es Dios quien la guía”.

Cuando Micaela despidió cortésmente al sacerdote corre a su Capillita y se arroja a los pies del Sagrario exclamando con incontenible alegría: “Señor, ¡Triunfamos, triunfamos! ¡Guárdame Tú a mí siempre que yo te guardaré a Ti, a costa de mi vida, pues no tengo ya corazón donde quepan tantos amores!”.

No es posible aducir aquí sus muchas frases, comentarios y testimonios eucarísticos que nos dejó por escrito, y que testigos presenciales recogieron amorosamente para legarlas a la posteridad.

Lección de una gran fundadora

Merece Santa Micaela ser designada Co-Patrona de la Adoración Nocturna Española. Cuando llega a Bélgica en 1848 la encuentra extendida por todas partes. Pero recibe el honroso encargo de introducir la Adoración Nocturna en el Hogar con la Obra de los Tabernáculos que ella funda en Bélgica. Mientras se entregaba aquí y en París al desarrollo de esta Obra eucarística no olvidaba a su querida Patria. Con razón afirma uno de sus biógrafos refiriéndose a la Adoración Nocturna Española: «A la Madre Sacramento se debe su introducción en España, como también le debe el mismo beneficio la Ciudad de París».

Su figura, sus empresas apostólicas —de marcada índole social que hicieron de ella una adelantada en el más difícil campo educativo y de rehabilitación— y su espíritu de adoración eucarística la convierten en un completo modelo para todos cuantos militan en la Adoración Nocturna. En nada impide su condición de Fundadora y Religiosa esta admirable función ejemplificadora. Por otra parte fue en su etapa de seglar cuando impulsó varias obras eucarísticas.

Nuestros adoradores han de mirar con afán de sincera edificación a la figura prócer de Santa Micaela del Santísimo Sacramento dejando a un lado sus admirables gracias místicas. Lo importante en ella es su espíritu eucarístico y su talante de perfecta y fiel adoradora. Esto es lo verdaderamente imitable para cada adorador en su propio estado y condición. Aprendamos a adorar y reparar a Cristo Sacramentado siguiendo los iluminadores pasos de la Vizcondesa de Jorbalán, preclara Fundadora y singularísima alma eucarística.

Andrés Molina Prieto, Pbro.
La lámpara del Santuario, Enero de 2002.

Oración a Santa María Micaela del Santísimo Sacramento

Ardentísima y constante adoradora en la tierra de Jesucristo oculto en la Eucaristía, a quien ya contemplas sin velos en la celestial Sión, Santa Madre Sacramento; gózome intensamente al mirarte circundada del esplendor de la eterna beatitud, por lo que doy gracias al Dador de todo bien que tan prodigiosamente te adornó de sus más preciosos dones, especialmente del de la perfecta caridad para con Dios y con el prójimo, y te suplico te valgas de tu poderosa intercesión con Aquél que tanta predilección te ha demostrado, para que derrames en mi alma las gracias de que tengo necesidad para cumplir con toda perfección la divina voluntad en este destierro y glorificarlo eternamente en la celeste patria. —Amén.

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Santa María Micaela del Santísimo Sacramento, 150 aniversario de su fallecimiento

El Hermano Rafael (por José L. Martín Descalzo)

José L. Martín Descalzo (1930 – 1991) sintió una admiración especial por la vida y obra del Hermano Rafael. En sus últimos años se encomendó al santo burgalés para encontrar el alivio necesario que hiciera más llevadera su enfermedad, encarando el dolor como un camino hacia la esperanza (“Puedo afirmar que el dolor es probablemente lo mejor que me ha dado la vida y que, siendo en sí una experiencia peligrosa, se ha convertido más en un acicate que en un freno”, diría). Hubiera deseado el “milagro” de su curación, no tanto por él mismo sino para que tan extraordinario hecho llevara al Hermano Rafael a los altares. No estaba en los designios del Señor en ese momento; sin embargo, algunos años después, el 11 de octubre de 2009, tuvo lugar la esperada canonización de Rafael Arnáiz Barón por S.S. Benedicto XVI. Quiera ahora el Señor, que algún día cercano, se promueva el inicio el proceso para la causa de beatificación de Martín Descalzo (lo pedimos con fe y con la debida observancia de los preceptos).

El Hermano Rafael

Espero que ustedes me permitan que les diga con toda sinceridad que, entre los personajes cuya santidad me ha impresionado entre los contemporáneos, aquel que siento más próximo, aquel que más hondo me ha calado, es Rafael Arnáiz, el hermano Rafael.

¿Y por qué? Creo que la mejor respuesta sería decirles: lean ustedes su vida, lean ustedes sus obras, y lo comprenderán sin que yo explique nada.

Pero si ustedes me dicen que no escurra el bulto, y que les explique qué es lo que de él me impresiona, les diría que lo que más me llama la atención es lo limpio, lo luminoso, lo cordial, lo próxima a nosotros que resulta su santidad. El Hermano Rafael fue radicalmente un hombre de nuestro tiempo y radicalmente un santo. No abdicó ni de su convicción de hombre ni de su mentalidad de hijo de nuestro tiempo para hacerse santo.

Me impresiona su alegría, su constante buen humor, el gozo que respiran todos sus escritos, especialmente los de la Trapa cuando ya ha decidido entregarse enteramente a Dios.

Me impresiona su juventud. Y no me refiero a la cronológica que fue evidentemente, puesto que murió a los 27 años, sino esa otra juventud interior: la anchura de su corazón, la vitalidad de su alma, la ausencia de egoísmo en todos sus planteamientos.

Me impresiona el radicalismo con que vive el “sólo Dios basta” de Santa Teresa. Aún suenan en mis oídos las palabras de Rafael:

“En el monasterio pasan los días. ¿Qué importa? Sólo Dios y yo… Vivo aún en la tierra rodeado de hombres. ¿Qué importa? Sólo Dios y yo… Y al mirar el mundo, no veo grandezas, no veo miserias, no veo las nieblas, no distingo el sol. El mundo se reduce a un punto y en el punto hay un monasterio, y, en el monasterio, sólo Dios y yo”.

Pero aún me impresiona más saber como sabe unir ése “sólo Dios” con el amor a los hombres:

“Ante Dios, lo demás es secundario. Pero muchas veces lo secundario es necesario para tener paz y amar a Dios.

Si el mundo supiera lo que es amar un poco a Dios, también amaría al prójimo. Al amar a Jesús, forzosamente se ama a lo que Él ama. Este es el apostolado del trapense, pedir por los que no piden, y amar por lo que no le aman”.

Y me impresiona también la ternura de su cariño a María. ¿Cómo hablar de él, sin recordar que fue el gran enamorado de la Virgen Madre? ¿Cómo no recordar tantas frases suyas señalando en ella la causa de su alegría?

“La Virgen, ni me interesa otra cosa”.

Y me impresiona finalmente su amor a la cruz, el alegre coraje con que vivió su enfermedad y su joven muerte.

José Luis Martín Descalzo († 11 de junio de 1991)

Boletín informativo San Rafael Arnáiz (Julio – Diciembre 2016, nº 185)

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José Luis Martín Descalzo, un hombre de Dios y gran humanista

Santa Rita de Casia, patrona de las causas desesperadas

Santa Rita de Casia, viuda y religiosa

Los padres de Rita, naturales de Casia, era ya de avanzada edad cuando obtuvieron de Dios, por intercesión de la Virgen María, a su única hija, nacida sin dolores y por milagro, poniéndole el nombre de Margherita por indicación de un ángel. Cuenta una leyenda que al quinto día de su nacimiento su boca sirvió de morada a un enjambre de abejas blancas, que en suave susurro publicaban lo perfecto de aquella tierna flor. Era muy humilde, obediente, caritativa y dada a la oración. Muy poco costó inclinarla a las virtudes, por las que sentía natural disposición, ofreciéndose ella al Señor en perfecta virginidad. Más sus padres, sin consultarla, la ofrecieron en matrimonio a uno de sus muchos pretendientes. Resignada Rita, después de haber consultado en oración, se casa con un marido que a poco manifestó su mal carácter, llevando la cruz con suma paciencia y resignación. Sufrió pacientemente sus malos tratos, procurando ganarlo con su humildad y condescendencia y con múltiples súplicas al Señor.

Muerto violentamente pidió Rita a Dios que sus dos hijos no le vengasen, y, oído su ruego, Rita quedo sola al morir ambos de manera natural. Ya viuda y sin hijos quiso entrar en las religiosas de las Agustinas de su pueblo natal, pero éstas no quisieron admitirla las tres veces que se presentó; puesta en oración, se le aparecieron San Juan Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentino, que le aconsejaron fuese al monasterio, en el que entró sin abrirse ninguna puerta, siendo admitida a la vista de tal milagro. Allí ejemplarizó su vida santa y de penitencia.

Su vida de religiosa resultó un ejemplar de perfección; tuvo tal afecto a la Pasión, que Jesucristo le impuso una corona de espinas, dejando huellas en el exterior (una llaga en su frente). Después de cuatro años de enfermedad fue visitada por Jesús y María en la hora de su muerte, el 22 de mayo de 1457. Fue beatificada por Urbano VIII en 1627 y canonizada por León XIII el 24 de mayo de 1900.

Oración a Santa Rita de Casia

¡Oh, excelsa taumaturga Santa Rita, desde tu verdadero Santuario de Casia, donde con suave semblante duermes el sueño de la paz y tu cuerpo despide celestiales efluvios, vuelve tus ojos piadosos hacia mí que tanto sufro y lloro!
Tú vez a mi pobre corazón, rodeado de espinas y sangrando por el dolor. Tú vez, querida Santa, que mis ojos no tienen ya lágrimas de tantas como han vertido. ¡Rendido, desalentado, hasta la oración sale trabajosamente de mis labios! ¿Habrá de invadirme la desesperación en esta circunstancia de mi vida? Ven pues, Oh Santa Rita, ven a socorrerme y ayudarme. ¿No eres tú la que los pueblos cristianos llaman Santa de los imposibles, Abogada de los casos desesperados? Intercede pues en mi favor, para que el Señor me conceda la gracia que le pido (dígase el favor deseado). Todos ensalzan tus glorias, todos narran los milagros más extraordinarios que el Señor ha obrado por tu intercesión; ¿habré de quedar solo yo decepcionado porque tú no me escuches? ¡Oh no! Ruega, pues. Ruega por mí para que tu dulce Jesús se apiade de mis aflicciones y que por ti, bondadosa Santa Rita pueda obtener lo que tan ardientemente ansía mi corazón.—(Tres padrenuestros, Avemarías y Glorias).

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Enlace: Santa Rita de Casia y su devoción en Canarias

Festividad de Santa Joaquina Vedruna, fundadora de las Carmelitas de la Caridad

El cuerpo incorrupto de santa Joaquina Vedruna se encuentra en el oratorio del Colegio Vedruna El Manso Escorial de Vich (Barcelona).

Joaquina Vedruna Vidal, fundadora del Instituto de Religiosas Carmelitas de la Caridad, nació en el seno de una familia de noble linaje el 16 de abril de 1785 en Barcelona. Joven de grandes virtudes, a los 12 años ya intentaba ser religiosa. Pero, aceptando un conjunto de acontecimientos en los que vio la voluntad divina, a los 16 contrae matrimonio con Teodoro Mas, un acaudalado abogado de Vich. A los 32 queda viuda con 9 hijos; dos murieron a temprana edad, dos de sus hijas contrajeron matrimonio y el resto acabaría tomando los hábitos. Pasó por todos los estados de la vida: hija de familia, joven, esposa y madre y viuda ejemplar. Se traslada a vivir a Vich, y una vez orientados sus hijos, funda el 25 de febrero de 1826 el Instituto de las Hermanas Carmelitas de la Caridad que tiene un doble fin: la promoción cristiana de la juventud y la asistencia de enfermos y necesitados. En 1850 fue aprobada de manera canónica la Congregación. La experiencia familiar (y de la maternidad) de Joaquina fue esencial para la orientación de la vida de las Hermanas. Ella tenía la idea de que Dios es el único que da el crecimiento y la vida pero la cooperación humana es esencial. El Instituto se extendió rápidamente. Desea y pide las misiones y llegar a África. Y al no poder personalmente, exclama: “Yo quiero que mis hijas vayan a muchas partes; yo quisiera remediar las necesidades de todos los pueblos”. Desde entonces, el Carisma Vedruna se ha arraigado en nuestra tierra y se ha ido expandiendo y dando fruto a otras más lejanas. Actualmente cuenta con Casas y colegios diseminados en España, América y lugares de Misiones: África, Filipinas, India, Japón.

Falleció el 28 de agosto de 1854 por contagio de un brote de cólera. El 3 de noviembre de 1909 se celebró en el palacio episcopal de Vich la primera sesión para el proceso de la causa de beatificación y canonización, y el 14 de enero de 1920 admitida dicha causa en Roma. Fue beatificada por Pío XII en 1940 y canonizada por Juan XXIII el 12 de abril de 1959. Durante esos días en varios templos barceloneses se celebraron cultos extraordinarios, revistiendo especial solemnidad en la basílica parroquial de Nuestra Señora del Pino, donde la madre Vedruna fue bautizada, recibió la primera comunión y contrajo matrimonio.

Oración vocacional a Santa JoaquinaVedruna

Señor, tú que has hecho surgir en la iglesia a Santa Joaquina de Vedruna  para la educación cristiana de la juventud y alivio de los enfermos. Haz que nuestra vida gozosa y libre para el servicio, ayude a crecer en el corazón de muchas jóvenes este mismo deseo de seguirte y dedicar su vida con  generosidad total a extender la Buena Noticia de Jesucristo y ser fermento de fraternidad universal.
Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro señor, amén.

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Vida y Obra de Santa Joaquina Vedruna

San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac, dos héroes de la Caridad

San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac

San Vicente y Santa Luisa de Marillac, dos heróes de la Caridad

Alguien se atrevió a decir que la caridad tiene un nombre divino con dos apellidos humanos. El nombre divino es Dios, porque Dios es caridad. Los dos apellidos humanos son: San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac. La frase, aunque a primera vista parezca atrevida, tiene, sin embargo, un fondo de realidad. El nombre y los apellidos de una determinada persona, aunque entre sí sean diferentes, son, sin embargo, dos signos de equivalencia, son como dos símbolos de una misma realidad, y aunque el nombre sea primero y los apellidos después, uno y otros nos conducen al recuerdo de la misma idea por que son dos caminos que se dirigen al mismo fin. Dios es caridad, dice San Juan, y quien permanece en caridad se identifica con Dios. Y con Dios se identificaron estos dos gloriosos santos cuyo lema fue siempre la práctica de la caridad. San Vicente y Santa Luisa fueron dos vidas paralelas que persiguieron siempre el mismo ideal. Por eso parecen dos flores que exhalan las mismas fragancias. Por eso sus propios nombres personifican y simbolizan la misma virtud de la caridad y son dos apellidos sinónimos que reclaman para sí aquella virtud real que es sinónimo de Dios.

San Vicente y Santa Luisa fueron como las dos manos de una misma persona, que a impulso de un mismo amor, acometen y realizan una misma empresa. Esa empresa fue la empresa de la caridad y el amor que la inspiró fue un amor del todo divino, es decir, aquel amor que en lenguaje teológico se llama Espíritu Santo. Existe un amor pagano, que obra sólo por motivos humano-naturales. Ese amor ni es divino ni es cristiano, porque prescinde de Dios, porque no obra por Dios. Ese amor no es caridad. Pecado sería colgárselo a Dios como apellido, pues tal apellido sólo tendría el injurioso sentido de un apodo. Ese no fue el amor con que amaron estos nuestros dos santos. Ellos bebieron la caridad en Dios mismo. Por Dios hicieron todo cuanto hicieron y en Dios se inspiraron para todas sus empresas, y Dios les dio su propio amor y su propia inspiración y por eso ellos fueron dos genios y todas sus obras fueron geniales y aun nos atrevemos a decir que fueron auténticas obras de Dios.

Ellos fueron, pues, digámoslo sin rodeos, las dos llamas divinas con que Dios reavivó el amor entre los hombres; ellos las dos manos de la Providencia que fajaron al mundo y lo envolvieron y arroparon con el manto de seda de la caridad. Por eso, el mundo entero, consciente de estos beneficios, los ha mirado siempre como la silueta de Dios y los ha aclamado, alabado y bendecido como aclama y alaba y bendice al mismo Dios.

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Enlace recomendado: 

San Vicente y Santa Luisa (una misma pasión por los pobres)

Homilía en el día de San Rafael Arnáiz Barón

Hermano Rafael, así era

Homilía en el día de San Rafael

El Papa Francisco, sin duda bajo la inspiración del Espíritu Santo, ha convocado el año de la misericordia. En la bula Misericordiae vultus de convocatoria al año jubilar nos da las claves del misterio de la misericordia en la revelación, Antiguo y Nuevo Testamento. Así nos afirma que “es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia”. “’Paciente y misericordioso’ es el binomio que a menudo aparece en el Antiguo Testamento para descubrir la naturaleza de Dios. Su ser misericordioso se constata concretamente en tantas acciones de la historia de su salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción”. “Eterna es su misericordia” es el estribillo que acompaña cada verso del Salmo 135 mientras se narra la historia de la revelación de Dios.

El Papa afirmará que la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Toda su acción pastoral debería estar revestida por la ternura con la que Dios se dirige a los creyentes. Por eso con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso podemos percibir el amor de la Santísima Trinidad.

¿Y cómo ha percibido Rafael, la misericordia de Dios? No es mucho lo que ha escrito de la misericordia si lo comparamos con otros aspectos de su espiritualidad, como el amor a Jesucristo, a su Madre Santísima (la Señora, como él la llama), a la eucaristía y en especial de su aceptación de la cruz de Cristo a través de la enfermedad. Pero son lo suficientes para comprender que ha percibido los aspectos fundamentales de este atributo de Dios.

Rafael nos hablará de este Dios paciente y misericordioso, y como todos los atributos divinos son infinitos, también lo es su misericordia; y lo va a reflejar en distintas ocasiones. A su tío Leopoldo le hablará de la gran misericordia de Dios. A su padre, ante los acontecimientos políticos de España en ese tiempo, le escribirá animándole Todo es una gran misericordia de Él, y los hombres no llegan más allá de donde él permite. En distintos escritos a su padre, a su madre, a su tío Polín, al Hermano Tescelino… en su cuaderno “Dios y mi alma” hablará de la gran misericordia de Dios, su infinita misericordia, su infinita bondad y su gran misericordia, las grandezas de Dios y de su infinita misericordia.

Y Rafael sabe bien que en donde se pone de manifiesto de modo especial el tributo de la misericordia de Dios, es en su relación con el hombre, y con el hombre caído por el pecado. Si San Bernardo jugando con las expresiones latinas nos dice que la miseria y la misericordia se encuentra; la miseria (del hombre) y la misericordia (de Dios), en San Rafael será una constante que la misericordia de Dios está siempre actuando para perdonar y sanar la miseria de su criatura. Después de una fuerte experiencia de Dios en el Coro, escribe a su madre:

A pesar de no entender latín, mi alma se llenaba de las palabras de David, de tal manera, que me acercaba a Dios, para pedirle misericordia y pedirle que detuviese su ira en el día grande y sublime de la resurrección.

A su tío Leopoldo:

Si te miras a ti mismo, más vale no hablar. ¿Qué queda, pues?… Dios y sólo Dios. Él suple lo que el mundo y sus criaturas no pueden dar. En su infinita Misericordia quedan ocultas nuestras miserias, olvidos e ingratitudes.

En la Apología del trapense:

Es alegre y dichoso de ver la bondad de Dios reflejada en las criaturas, de palpar su misericordia y el amor de Jesús… Le da gracias de haberle sacado del mundo lleno de peligros y pecados.

Pero la experiencia personal de la misericordia de Dios la hará Rafael en carne propia, y sabrá interpretar los avatares y sufrimientos de su vida, no como algo negativo, sino como la manifestación de Dios en su misericordia que le va a transformar poco a poco hasta llevarle a la aceptación plena de su enfermedad, e incluso de la muerte. Algunos textos del santo para confirmarlo.

En la Apología del trapense:

Si el monje se retira del claustro, es para alabar a Dios con más facilidad y sin distracciones… La salmodia, el silencio, le ayudan a ello; piensa en los pecados de los hombres para pedir por ellos y desagraviar al Señor; piensa en los que son desgraciados en la tierra, y en los que son felices, pidiendo para todos misericordia.

En mi cuaderno:

Soy feliz con lo que tengo; a nada aspiro, que no sea a Dios, y a Dios le tengo en la pequeña cruz de mi enfermedad. ¿De qué me puedo quejar?… ¡Si en mi vida no veo más que misericordias divinas!… ¡Cómo se ensancha el alma al ver la misericordia de Dios! «En la tribulación me ensanchasteis», dice el profeta David.

Y el hermano Tescelino, le escribe:

Cuando serenamente, contemplo todas las maravillas que Él hace conmigo, a pesar de mi obstinación a la gracia, a pesar de no encontrar en mi más que egoísmo, olvidos y pecados de todo género…, entonces el aturdimiento se convierte en una maravillosa luz, que me habla de las grandezas de Dios, de su infinita misericordia.

Profundizar en la misericordia de Dios le ha llevado a comprender, a interiorizar los misterios de la acción de Dios en el hombre, y por ello llegará a aceptar su enfermedad y su muerte como el misterio de Dios en su vida. A su tío Leopoldo le llega a afirmar: la gran misericordia de Dios es una buena muerte; ahí se acaba todo…toda esa serie de cosas que nos rodean…, y entonces no hay más que una cosa… Dios.

Para Rafael una de las manifestaciones más hermosas de la misericordia de Dios ha sido el entregarnos a su Madre la Virgen María. Lo afirmará en distintas ocasiones, pero creo que hay dos momentos en los que lo expresa con una fuerza y un lirismo insuperable:

A su tío Polín: ¿Cómo no amar a Dios, viendo su infinita bondad que llega a poner como intercesora entre Él y los hombres, a una criatura como María, que todo es dulzura, que todo es paz, que suaviza las amarguras del hombre sobre la tierra, poniendo una nota tan dulce de esperanza en el pecador, en el afligido…, que es Madre de los que lloran, que es estrella en la noche del navegante, que es…, no sé…, es la Virgen María? ¿Cómo no bendecir, pues, a Dios, con todas nuestras fuerzas al ver su gran misericordia para con el hombre, poniendo entre el cielo y la tierra, a la Santísima Virgen?

Y en sus meditaciones del cuaderno Dios y mi alma:

¡Ah!, Virgen María…, he aquí la gran misericordia de Dios… He aquí cómo Dios va obrando en mi alma, a veces en la desolación, a veces en el consuelo, pero siempre para enseñarme que sólo en Él tengo que poner mi corazón, que sólo en Él he de vivir, que sólo a Él he de amar, de querer, esperar…, en pura fe, sin consuelo ni ayuda de humana criatura.

Para terminar, afirmando:

¡Qué grande es la misericordia de Dios!

San Rafael sigue siendo para todos un modelo de virtudes cristianas, y entre ellas la misericordia es también fuente de experiencia de Dios que le ha enseñado a aceptar su enfermedad e incluso la muerte, y comprender que en las entrañas de misericordia de nuestro Dios encontramos nuestro refugio y nuestro consuelo. Ojalá que todos hagamos la experiencia de la misericordia de Dios en nuestra vida como lo hizo San Rafael Arnáiz.

P. Enrique Trigueros.

San Rafael Arnáiz Barón (Boletín informativo, Enero – Junio 2016, nº 184)

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Festividad de San Rafael Arnáiz Barón