Santa Rita de Casia, patrona de las causas desesperadas

Santa Rita de Casia, viuda y religiosa

Los padres de Rita, naturales de Casia, era ya de avanzada edad cuando obtuvieron de Dios, por intercesión de la Virgen María, a su única hija, nacida sin dolores y por milagro, poniéndole el nombre de Margherita por indicación de un ángel. Cuenta una leyenda que al quinto día de su nacimiento su boca sirvió de morada a un enjambre de abejas blancas, que en suave susurro publicaban lo perfecto de aquella tierna flor. Era muy humilde, obediente, caritativa y dada a la oración. Muy poco costó inclinarla a las virtudes, por las que sentía natural disposición, ofreciéndose ella al Señor en perfecta virginidad. Más sus padres, sin consultarla, la ofrecieron en matrimonio a uno de sus muchos pretendientes. Resignada Rita, después de haber consultado en oración, se casa con un marido que a poco manifestó su mal carácter, llevando la cruz con suma paciencia y resignación. Sufrió pacientemente sus malos tratos, procurando ganarlo con su humildad y condescendencia y con múltiples súplicas al Señor.

Muerto violentamente pidió Rita a Dios que sus dos hijos no le vengasen, y, oído su ruego, Rita quedo sola al morir ambos de manera natural. Ya viuda y sin hijos quiso entrar en las religiosas de las Agustinas de su pueblo natal, pero éstas no quisieron admitirla las tres veces que se presentó; puesta en oración, se le aparecieron San Juan Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentino, que le aconsejaron fuese al monasterio, en el que entró sin abrirse ninguna puerta, siendo admitida a la vista de tal milagro. Allí ejemplarizó su vida santa y de penitencia.

Su vida de religiosa resultó un ejemplar de perfección; tuvo tal afecto a la Pasión, que Jesucristo le impuso una corona de espinas, dejando huellas en el exterior (una llaga en su frente). Después de cuatro años de enfermedad fue visitada por Jesús y María en la hora de su muerte, el 22 de mayo de 1457. Fue beatificada por Urbano VIII en 1627 y canonizada por León XIII el 24 de mayo de 1900.

Oración a Santa Rita de Casia

¡Oh, excelsa taumaturga Santa Rita, desde tu verdadero Santuario de Casia, donde con suave semblante duermes el sueño de la paz y tu cuerpo despide celestiales efluvios, vuelve tus ojos piadosos hacia mí que tanto sufro y lloro!
Tú vez a mi pobre corazón, rodeado de espinas y sangrando por el dolor. Tú vez, querida Santa, que mis ojos no tienen ya lágrimas de tantas como han vertido. ¡Rendido, desalentado, hasta la oración sale trabajosamente de mis labios! ¿Habrá de invadirme la desesperación en esta circunstancia de mi vida? Ven pues, Oh Santa Rita, ven a socorrerme y ayudarme. ¿No eres tú la que los pueblos cristianos llaman Santa de los imposibles, Abogada de los casos desesperados? Intercede pues en mi favor, para que el Señor me conceda la gracia que le pido (dígase el favor deseado). Todos ensalzan tus glorias, todos narran los milagros más extraordinarios que el Señor ha obrado por tu intercesión; ¿habré de quedar solo yo decepcionado porque tú no me escuches? ¡Oh no! Ruega, pues. Ruega por mí para que tu dulce Jesús se apiade de mis aflicciones y que por ti, bondadosa Santa Rita pueda obtener lo que tan ardientemente ansía mi corazón.—(Tres padrenuestros, Avemarías y Glorias).

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Enlace: Santa Rita de Casia y su devoción en Canarias

Festividad de Santa Joaquina Vedruna, fundadora de las Carmelitas de la Caridad

El cuerpo incorrupto de santa Joaquina Vedruna se encuentra en el oratorio del Colegio Vedruna El Manso Escorial de Vich (Barcelona).

Joaquina Vedruna Vidal, fundadora del Instituto de Religiosas Carmelitas de la Caridad, nació en el seno de una familia de noble linaje el 16 de abril de 1785 en Barcelona. Joven de grandes virtudes, a los 12 años ya intentaba ser religiosa. Pero, aceptando un conjunto de acontecimientos en los que vio la voluntad divina, a los 16 contrae matrimonio con Teodoro Mas, un acaudalado abogado de Vich. A los 32 queda viuda con 9 hijos; dos murieron a temprana edad, dos de sus hijas contrajeron matrimonio y el resto acabaría tomando los hábitos. Pasó por todos los estados de la vida: hija de familia, joven, esposa y madre y viuda ejemplar. Se traslada a vivir a Vich, y una vez orientados sus hijos, funda el 25 de febrero de 1826 el Instituto de las Hermanas Carmelitas de la Caridad que tiene un doble fin: la promoción cristiana de la juventud y la asistencia de enfermos y necesitados. En 1850 fue aprobada de manera canónica la Congregación. Ella tenía la idea de que Dios es el único que da el crecimiento y la vida pero la cooperación humana es esencial. El Instituto se extendió rápidamente. Desea y pide las misiones y llegar a África. Y al no poder personalmente, exclama: “Yo quiero que mis hijas vayan a muchas partes; yo quisiera remediar las necesidades de todos los pueblos”. Desde entonces, el Carisma Vedruna se ha arraigado en nuestra tierra y se ha ido expandiendo y dando fruto a otras más lejanas. Actualmente cuenta con Casas y colegios diseminados en España, América y lugares de Misiones: África, Filipinas, India, Japón.

Falleció el 28 de agosto de 1854 por contagio de un brote de cólera. El 3 de noviembre de 1909 se celebró en el palacio episcopal de Vich la primera sesión para el proceso de la causa de beatificación y canonización, y el 14 de enero de 1920 admitida dicha causa en Roma. Fue beatificada por Pío XII en 1940 y canonizada por Juan XXIII el 12 de abril de 1959. Durante esos días en varios templos barceloneses se celebraron cultos extraordinarios, revistiendo especial solemnidad en la basílica parroquial de Nuestra Señora del Pino, donde la madre Vedruna fue bautizada, recibió la primera comunión y contrajo matrimonio.

Oración vocacional a Santa JoaquinaVedruna

Señor, tú que has hecho surgir en la iglesia a Santa Joaquina de Vedruna  para la educación cristiana de la juventud y alivio de los enfermos. Haz que nuestra vida gozosa y libre para el servicio, ayude a crecer en el corazón de muchas jóvenes este mismo deseo de seguirte y dedicar su vida con  generosidad total a extender la Buena Noticia de Jesucristo y ser fermento de fraternidad universal.
Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro señor, amén.

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Vida y Obra de Santa Joaquina Vedruna

San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac, dos héroes de la Caridad

San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac

San Vicente y Santa Luisa de Marillac, dos heróes de la Caridad

Alguien se atrevió a decir que la caridad tiene un nombre divino con dos apellidos humanos. El nombre divino es Dios, porque Dios es caridad. Los dos apellidos humanos son: San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac. La frase, aunque a primera vista parezca atrevida, tiene, sin embargo, un fondo de realidad. El nombre y los apellidos de una determinada persona, aunque entre sí sean diferentes, son, sin embargo, dos signos de equivalencia, son como dos símbolos de una misma realidad, y aunque el nombre sea primero y los apellidos después, uno y otros nos conducen al recuerdo de la misma idea por que son dos caminos que se dirigen al mismo fin. Dios es caridad, dice San Juan, y quien permanece en caridad se identifica con Dios. Y con Dios se identificaron estos dos gloriosos santos cuyo lema fue siempre la práctica de la caridad. San Vicente y Santa Luisa fueron dos vidas paralelas que persiguieron siempre el mismo ideal. Por eso parecen dos flores que exhalan las mismas fragancias. Por eso sus propios nombres personifican y simbolizan la misma virtud de la caridad y son dos apellidos sinónimos que reclaman para sí aquella virtud real que es sinónimo de Dios.

San Vicente y Santa Luisa fueron como las dos manos de una misma persona, que a impulso de un mismo amor, acometen y realizan una misma empresa. Esa empresa fue la empresa de la caridad y el amor que la inspiró fue un amor del todo divino, es decir, aquel amor que en lenguaje teológico se llama Espíritu Santo. Existe un amor pagano, que obra sólo por motivos humano-naturales. Ese amor ni es divino ni es cristiano, porque prescinde de Dios, porque no obra por Dios. Ese amor no es caridad. Pecado sería colgárselo a Dios como apellido, pues tal apellido sólo tendría el injurioso sentido de un apodo. Ese no fue el amor con que amaron estos nuestros dos santos. Ellos bebieron la caridad en Dios mismo. Por Dios hicieron todo cuanto hicieron y en Dios se inspiraron para todas sus empresas, y Dios les dio su propio amor y su propia inspiración y por eso ellos fueron dos genios y todas sus obras fueron geniales y aun nos atrevemos a decir que fueron auténticas obras de Dios.

Ellos fueron, pues, digámoslo sin rodeos, las dos llamas divinas con que Dios reavivó el amor entre los hombres; ellos las dos manos de la Providencia que fajaron al mundo y lo envolvieron y arroparon con el manto de seda de la caridad. Por eso, el mundo entero, consciente de estos beneficios, los ha mirado siempre como la silueta de Dios y los ha aclamado, alabado y bendecido como aclama y alaba y bendice al mismo Dios.

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Enlace recomendado: 

San Vicente y Santa Luisa (una misma pasión por los pobres)

Homilía en el día de San Rafael Arnáiz Barón

Hermano Rafael, así era

Homilía en el día de San Rafael

El Papa Francisco, sin duda bajo la inspiración del Espíritu Santo, ha convocado el año de la misericordia. En la bula Misericordiae vultus de convocatoria al año jubilar nos da las claves del misterio de la misericordia en la revelación, Antiguo y Nuevo Testamento. Así nos afirma que “es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia”. “’Paciente y misericordioso’ es el binomio que a menudo aparece en el Antiguo Testamento para descubrir la naturaleza de Dios. Su ser misericordioso se constata concretamente en tantas acciones de la historia de su salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción”. “Eterna es su misericordia” es el estribillo que acompaña cada verso del Salmo 135 mientras se narra la historia de la revelación de Dios.

El Papa afirmará que la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Toda su acción pastoral debería estar revestida por la ternura con la que Dios se dirige a los creyentes. Por eso con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso podemos percibir el amor de la Santísima Trinidad.

¿Y cómo ha percibido Rafael, la misericordia de Dios? No es mucho lo que ha escrito de la misericordia si lo comparamos con otros aspectos de su espiritualidad, como el amor a Jesucristo, a su Madre Santísima (la Señora, como él la llama), a la eucaristía y en especial de su aceptación de la cruz de Cristo a través de la enfermedad. Pero son lo suficientes para comprender que ha percibido los aspectos fundamentales de este atributo de Dios.

Rafael nos hablará de este Dios paciente y misericordioso, y como todos los atributos divinos son infinitos, también lo es su misericordia; y lo va a reflejar en distintas ocasiones. A su tío Leopoldo le hablará de la gran misericordia de Dios. A su padre, ante los acontecimientos políticos de España en ese tiempo, le escribirá animándole Todo es una gran misericordia de Él, y los hombres no llegan más allá de donde él permite. En distintos escritos a su padre, a su madre, a su tío Polín, al Hermano Tescelino… en su cuaderno “Dios y mi alma” hablará de la gran misericordia de Dios, su infinita misericordia, su infinita bondad y su gran misericordia, las grandezas de Dios y de su infinita misericordia.

Y Rafael sabe bien que en donde se pone de manifiesto de modo especial el tributo de la misericordia de Dios, es en su relación con el hombre, y con el hombre caído por el pecado. Si San Bernardo jugando con las expresiones latinas nos dice que la miseria y la misericordia se encuentra; la miseria (del hombre) y la misericordia (de Dios), en San Rafael será una constante que la misericordia de Dios está siempre actuando para perdonar y sanar la miseria de su criatura. Después de una fuerte experiencia de Dios en el Coro, escribe a su madre:

A pesar de no entender latín, mi alma se llenaba de las palabras de David, de tal manera, que me acercaba a Dios, para pedirle misericordia y pedirle que detuviese su ira en el día grande y sublime de la resurrección.

A su tío Leopoldo:

Si te miras a ti mismo, más vale no hablar. ¿Qué queda, pues?… Dios y sólo Dios. Él suple lo que el mundo y sus criaturas no pueden dar. En su infinita Misericordia quedan ocultas nuestras miserias, olvidos e ingratitudes.

En la Apología del trapense:

Es alegre y dichoso de ver la bondad de Dios reflejada en las criaturas, de palpar su misericordia y el amor de Jesús… Le da gracias de haberle sacado del mundo lleno de peligros y pecados.

Pero la experiencia personal de la misericordia de Dios la hará Rafael en carne propia, y sabrá interpretar los avatares y sufrimientos de su vida, no como algo negativo, sino como la manifestación de Dios en su misericordia que le va a transformar poco a poco hasta llevarle a la aceptación plena de su enfermedad, e incluso de la muerte. Algunos textos del santo para confirmarlo.

En la Apología del trapense:

Si el monje se retira del claustro, es para alabar a Dios con más facilidad y sin distracciones… La salmodia, el silencio, le ayudan a ello; piensa en los pecados de los hombres para pedir por ellos y desagraviar al Señor; piensa en los que son desgraciados en la tierra, y en los que son felices, pidiendo para todos misericordia.

En mi cuaderno:

Soy feliz con lo que tengo; a nada aspiro, que no sea a Dios, y a Dios le tengo en la pequeña cruz de mi enfermedad. ¿De qué me puedo quejar?… ¡Si en mi vida no veo más que misericordias divinas!… ¡Cómo se ensancha el alma al ver la misericordia de Dios! «En la tribulación me ensanchasteis», dice el profeta David.

Y el hermano Tescelino, le escribe:

Cuando serenamente, contemplo todas las maravillas que Él hace conmigo, a pesar de mi obstinación a la gracia, a pesar de no encontrar en mi más que egoísmo, olvidos y pecados de todo género…, entonces el aturdimiento se convierte en una maravillosa luz, que me habla de las grandezas de Dios, de su infinita misericordia.

Profundizar en la misericordia de Dios le ha llevado a comprender, a interiorizar los misterios de la acción de Dios en el hombre, y por ello llegará a aceptar su enfermedad y su muerte como el misterio de Dios en su vida. A su tío Leopoldo le llega a afirmar: la gran misericordia de Dios es una buena muerte; ahí se acaba todo…toda esa serie de cosas que nos rodean…, y entonces no hay más que una cosa… Dios.

Para Rafael una de las manifestaciones más hermosas de la misericordia de Dios ha sido el entregarnos a su Madre la Virgen María. Lo afirmará en distintas ocasiones, pero creo que hay dos momentos en los que lo expresa con una fuerza y un lirismo insuperable:

A su tío Polín: ¿Cómo no amar a Dios, viendo su infinita bondad que llega a poner como intercesora entre Él y los hombres, a una criatura como María, que todo es dulzura, que todo es paz, que suaviza las amarguras del hombre sobre la tierra, poniendo una nota tan dulce de esperanza en el pecador, en el afligido…, que es Madre de los que lloran, que es estrella en la noche del navegante, que es…, no sé…, es la Virgen María? ¿Cómo no bendecir, pues, a Dios, con todas nuestras fuerzas al ver su gran misericordia para con el hombre, poniendo entre el cielo y la tierra, a la Santísima Virgen?

Y en sus meditaciones del cuaderno Dios y mi alma:

¡Ah!, Virgen María…, he aquí la gran misericordia de Dios… He aquí cómo Dios va obrando en mi alma, a veces en la desolación, a veces en el consuelo, pero siempre para enseñarme que sólo en Él tengo que poner mi corazón, que sólo en Él he de vivir, que sólo a Él he de amar, de querer, esperar…, en pura fe, sin consuelo ni ayuda de humana criatura.

Para terminar, afirmando:

¡Qué grande es la misericordia de Dios!

San Rafael sigue siendo para todos un modelo de virtudes cristianas, y entre ellas la misericordia es también fuente de experiencia de Dios que le ha enseñado a aceptar su enfermedad e incluso la muerte, y comprender que en las entrañas de misericordia de nuestro Dios encontramos nuestro refugio y nuestro consuelo. Ojalá que todos hagamos la experiencia de la misericordia de Dios en nuestra vida como lo hizo San Rafael Arnáiz.

P. Enrique Trigueros.

San Rafael Arnáiz Barón (Boletín informativo, Enero – Junio 2016, nº 184)

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Festividad de San Rafael Arnáiz Barón

El Hermano Pedro y los animales

Hermano Pedro

El Hermano Pedro y los animales

Ya en su niñez hemos relatado como las cabritas del rebaño del Siervo de Dios, le obedecían, permaneciendo alrededor de su lanza cuando este iba a misa, no descarriándose ninguna. También hemos dicho que cuando se encontraba en lugar distante de la iglesia de Vilaflor, de la ermita del Chijadero o de la iglesia de Granadilla decía “están celebrando misa y desde aquí rezaremos todos”, al decir esto Hermano Pedro sus cabritas permanecían agrupadas, sin moverse hasta que finalizaba la misa.

En Guatemala cuando ya había fundado su casa de Bethlen, un día alojó un huésped en su despensa y a media noche se acercó el Venerable Hermano al lugar creyendo estar el huésped dormido, pero en realidad estaba observándole, cogió Hermano Pedro un pan bien grande y lo desmigajó en sus faldas, luego salieron gran cantidad de ratones que comieron cuanto quisieron, después de lo cual el Siervo de Dios les dijo: “no me toquéis cosa alguna de las que aquí hay” y dando una palmada desaparecieron todos los ratones. Pasado algún tiempo, como los ratones hacían daño en la despensa, se quitó el sombrero y les ordenó que entraran en él, a continuación pasando el Río Pensativo, tomó una vara y les dijo “esta es la justicia” que manda hacer el Rey del Cielo contra estos hermanos, quedan desterrados de la casa para que no hagan daño a los víveres y alimentos de los enfermos”; desde este momento no se volvieron a ver en su hospital, en temporada.

En otra ocasión cuando estaba Hermano Pedro haciendo su hospital, le donaron un mulo, fiero, cerril y sin domar. El donante le hizo la advertencia consiguiente al Siervo de Dios, pero este aceptando la donación tomó una soga, se acercó al mulo (al que se le notaba su fiereza en lo encrespado del pelo y la inquietud de los ojos), lo ató y se lo llevó al hospital, por el camino le dijo “sabed hermano que venís a servir a los pobres”. El Siervo de Dios puso el mulo a tirar de un carro para transportar materiales a la obra del hospital, el animal era la admiración de los que le conocieron con anterioridad, pues sin haberle domado nadie, daba muestras de gran mansedumbre. En cierta ocasión estando el mulo atado al carro llovía a torrentes, como sucede en los países tropicales como Guatemala, Hermano Pedro le dice: “hermano mulo, ¡no ve que se moja!, ¿por qué no se mete bajo techado?”, el animal obedeciendo avanzó y se metió debajo de una galería donde había varias personas trabajando, que se admiraron de lo ocurrido. La docilidad del mulo llegó a ser tal, que realizaba los viajes de acarreo de materiales con el carro, sin que nadie le acompañase, hacía diez viajes por la mañana, luego se paraba y esperaba a que le dieran de comer; por la tarde hacía otros diez viajes, descansando luego hasta el siguiente día. A este animal lo llamaban todos, el “mulo de Hermano Pedro”. A la muerte del Siervo de Dios, nos dice el escritor Mencos Franco, en su crónica de la Antigua Guatemala, que “tras la fúnebre comitiva, caminaba, solitario y lacrimoso, el hermano mulo, agobiado no sólo por el peso de los años, sino también por la muerte de su amo. A partir de aquél día se denominó al mulo el jubilado de Belén, pues fue relevado de su trabajo definitivamente”. A su muerte, la comunidad Betlemita le dio sepultura al pie de un naranjo del convento, en ésta aparecía el siguiente epitafio:

“Aunque parezca un vil cuento,
aquí donde ustedes ven,
yace un famoso jumento
que fue fraile del convento
de Belén.
Requescat in pace. Amén”

Un día tropezó en la calle el Siervo de Dios con un grupo de niños que maltrataban a un zopilote (ave americana), Hermano Pedro lo compró para curarlo y darle luego la libertad, pero esta ave, como rapaz que era, se metió en el gallinero haciendo de las suyas. El Venerable Hermano la llamó reconviniéndole y le dijo que se marchara lejos, lo cual hizo.

Hermano Pedro y los animalesEn otra ocasión, al perro de un amigo de Hermano Pedro, Diego de Avendaño, un vecino lo molió a palos y crueldades, dejándolo por muerto, como tal lo tiraron a un muladar. El dueño del perro que quería mucho a éste por lo vivaz y juguetón que era, al enterarse de lo sucedido, rugía de rabia. En este preciso momento llegó el Siervo de Dios y le dijo: “Le voy a traer su perrito vivo”, dícele el dueño, “no será vivo, dado que lleva tres días muerto en el muladar”: a lo que contesta Hermano Pedro, ¡tráigamelo! Al traérselo, lo envolvió en su capa y se lo llevó. Tres días después fue Diego de Avendaño al Hospital de Hermano Pedro, siendo recibido por su perro con saltos y jugueteos cariñosos, únicamente tenía algo magullada la cabeza. Por esta especial predilección por los animales, se le llama a Hermano Pedro, el San Francisco de Asís americano.

Raúl Fraga Granja, “Biografía de un tinerfeño ilustre: El Venerable Hermano Pedro”.

El Carisma Vicenciano

“Fui forastero y me recibiste…”

La Familia Vicenciana celebra, a lo largo de este año 2017, el 400 aniversario del nacimiento del Carisma Vicenciano. A modo de pequeño homenaje, reproducimos el siguiente artículo¹ escrito con motivo de la otrora conmemoración del cuarto centenario del nacimiento² de San Vicente de Paúl (1581–1981). Ambas efemérides se encuentran estrechamente relacionadas, en espíritu y dinámica, incluyendo un mensaje social plenamente vigente:

IV Centenario de San Vicente de Paúl

Sin ruidos, sin aparatosidad ni espectacularidad, se nos ha metido por los pobres para adentro el IV Centenario del nacimiento de San Vicente de Paúl. Calladamente, sigilosamente, como una vida, como un servicio de amor sencillo y humilde. —Dicen que el bien no hace ruido, ni el ruido hace bien—. Por eso, quizá no lo entiendan más que los humildes y sencillos, los de corazón pobre; aunque no sepan definirlo: pero, ¿cómo definir el amor, una amistad, la fe?

Celebra el IV Centenario da San Vicente de Paúl toda la ingente familia vicenciana: su familia de misioneros paúles, Hijas de la Caridad, Voluntarias de la Caridad, las Conferencias de San Vicente de Paúl, todas las obras de inspiración vicenciana: su familia de todos los amigos de los pobres: y sobre todo, su familia que son todos los pobres, los hambrientos de pan y de verdad, los necesitados da cuidados corporales y espirituales, de salud y de amor. Los pobres de viejas y modernas pobrezas, a los que llega la acción vicenciana y a los que no llega todavía la acción vicenciana, porque aún siguen siendo insuficientes los obreros para tanta mies.

Por eso el IV Centenario de San Vicente de Paúl, no es una meta final, sino una llamada a zambullirse en ese impulso evangélico y a dejarse empapar en esa oleada de caridad suya, que se ha extendido por todo el mundo y llegar hasta las arenas de nuestra existencia concreta. No queremos celebrarlo como un homenaje, ni como un recontar avaramente una herencia familiar, sino como una experiencia de fe, tremendamente actual: como una participación en la experiencia de Dios y de los pobres que tuvo Vicenta da Paúl. Juan Pablo II, en carta al Superior General de la Congregación de Misión y da las Hijas de la Caridad, con motivo de este Centenario, lo recuerda: «La vocación de este iniciador genial de la acción caritativa y social ilumina todavía hoy el camino de sus hijos e hijas, de los laicos que viven de su espíritu, de los jóvenes que buscan el secreto de una existencia útil y radicalmente empleada en el don de si mismo. El itinerario espiritual de Vicente de Paúl es fascinante».

Quizá muchos se pregunten si todavía quedan pobres en nuestras ciudades de consumo y en nuestros campos semiabandonados. Quizá muchos seamos pobres-ricos, que no vemos las nuevas miserias que pululan debajo de nuestra mesa, como el Epulón no vela a Lázaro. Es cuestión de leer el Evangelio y el mundo como Vicente de Paúl, para percibir el latido de la pobreza, de las múltiples pobrezas de nuestro tiempo, porque al pobre no se le conoce más que en la cercanía, en el compartir el pan y el corazón con él. También a Vicente de Paúl le reprocharon que parecía que se inventaba a los pobres, cuando acercaba a los pobres a la conciencia de los poderosos.

UN SANTO MODERNO

Cuatro siglos son muchos años de pervivencia de una actualidad. Juan Pablo II sigue asegurando que «la mirada de contemplación a la epopeya vicenciana nos lleva a decir sin titubeos que San Vicente es un santo moderno». Y el mismo Santo Padre formula el reto: «¿Podemos imaginar siquiera lo que este heraldo de la misericordia y de la ternura de Dios sería capaz de emprender hoy, utilizando con acierto todos los medios modernos que tenemos a nuestra disposición? Su vida sería semejante a lo que fue: un Evangelio ampliamente abierto, con el mismo cortejo de pobres, de enfermos, de pecadores, de niños desgraciados, de hombres y mujeres que se pondrían ellos también a amar y servir a los pobres».

¡Un reto y una esperanza en medio de nuestro tiempo!: si acertamos a situarnos en su luz, descubriendo vitalmente el sacramento del pobre y a consentir en su fuerza de compromiso humano y cristiano.

Asusta su asombrosa actividad personal y su increíble capacidad de organización. Asusta, sobre todo, la fuerza expansiva de su espíritu a lo largo de estos cuatro siglos. Pero San Vicente tranquiliza: todo lo reduce al servicio humilde y sencillo, con la profunda intencionalidad e intensidad que da a estas actitudes. Todo lo demás lo harán los pobres, ellos mismos. Cabría pensar si los pobres lo llevaron a Dios, o Dios lo entregó a los pobres. Pero lo cierto es que Vicente de Paúl aceptó a los pobres como sus maestros y señores. Los pobres le cerraron todos los otros caminos, lo acosaron y lo empujaron, le hicieron amoldarse y crecer, superarse y renunciar, vivir en hondura y plenitud su propia existencia. San Vicente debe mucho más a los pobres, que los pobres a San Vicente. Y este es el reto que nos deja, —siempre es un riesgo encontrarse verdaderamente con los pobres—, pero es al mismo tiempo la esperanza que les queda a los pobres de que la ternura de Dios llegue hasta ellos.

UN HUMANISMO CRISTIANO

Los términos pueden estar gastados por el uso, pero entrañan una profunda realidad. A San Vicente se le ha estudiado mucho: su psicología, sus concepciones sociales, hasta su visión política. Incluso se ha estudiado su humanismo, separado de su cristianismo y su cristianismo, separado de su humanismo.

Pero si queremos descubrir los resortes íntimos, los dinamismos profundos de su acción caritativa y social, la fuerza superior que hoy nos puede comprometer auténticamente en el sacramento del pobre, tenemos que recurrir a sus inseparables coordenadas de vida y acción: primera, «hay que ver y servir a Dios en los pobres y a los pobres en Dios». El lugar de su contemplación y de su acción hacia el pobre es Dios y hacia Dios es el pobre. «No me basta amar a Dios, si mi prójimo no le ama», se repite en su trabajo incansable. Al hombre lo ve en sí mismo, pero a la luz y a la sombra de Dios: a Dios lo ve y le sirve en sí mismo, pero a la luz y a la sombra que el pobre proyecta en Dios… Y la segunda coordenada: el paso del amor afectivo al amor efectivo. No se fía de los buenos pensamientos y bellos sentimientos: le urge siempre la acción: «Amemos a Dios, pero que sea con el sudor de nuestra frente y el esfuerzo de nuestros brazos».

No parte, por tanto, de una ideología, de una teoría del hombre. No parte de una ciencia del hombre, sino de una «conciencia». Es fundamental la percepción y observación del hombre, del pobre, para comprender al qué, el por qué y el cómo del servicio. Y quizá lo primero en la antropología vicenciana es desteorizar al hombre: el pobre no es una idea, una teoría, sino un yo viviente en necesidad. El pobre no es una ausencia, ni siquiera la distancia despersonalizada de una masa, sino una presencia interpelante, desgarrada, con sus heridas en carne viva. El pobre no es una situación que puede interpretarse desde la visión pesimista del pasado o desde la utopía de un futuro optimista: es simplemente una actualidad que clama en un ahora y una realidad que espera inmediatamente. El pobre no es un abstracto, sino un concreto. No es una definición, sino una vida, con sus sentimientos, sus humillaciones, sus derechos y sus carencias, su dolor y su alegría…

Y cuando ese hombre se percibe integral en el misterio de Cristo, cuando se comprende internamente que está asumido por Cristo, —«tuve hambre y me disteis o no me disteis de comer, tuve sed, estaba desnudo, enfermo, en la cárcel…—, entonces comprendemos la vida y la acción de Vicente de Paúl, su mística y su entrega total al servicio del pobre.

EN EL AOUÍ Y AHORA

San Vicente, su carisma, entronca en raíces tan profundamente humanas del hombre, que en cualquier lugar, aquí, y en cualquier momento histórico, ahora, encuentra el camino de los pobres, de los nuevos pobres, y actúan. Y en medio de nuestra sociedad consumista, materializada, hedonista, está presente, descubriendo las nuevas víctimas de esa misma sociedad. Evidentemente, con una escala distinta de valores, Vicente de Paúl es hoy y ahora quien opta por servir a Cristo en el hermano, quien se solidariza con los más desfavorecidos, quien se entrega a la promoción integral de los abandonados. Con sus limitaciones, con su propia pobreza de recursos, humildemente: por eso se nos puede pasar desapercibido, porque el pobre casi nunca es noticia y tiene hasta la pobreza da no poder expresarse, de no podar gritar sus derechos.

Vicente de Paúl, su espíritu, es ya secular en nuestras islas. Las dos primeras oleadas del espíritu vicenciano llegaron, en 1829 con las Hijas de la Caridad del Viejo Hospital de San Martin, y en 1847 en la persona del obispo Codina, el gran misionero de nuestros pueblos. Desde entonces esa semilla no ha hecho más que constituirse en árbol y crecer y extender sus ramas de acción: orfelinatos, hospitales, colegios, parroquias, sanatorios psiquiátricos, leprosería regional… hasta la reciente expansión a todas las islas periféricas.

Tal vez, pocos entre nosotros puedan asegurar que no han sentido el calor de ese espíritu vicenciano, en algún momento de dolor o necesidad del cuerpo o del espíritu: directa o indirectamente, personalmente o en algún ser querido. Muchos, en el campo docente cuando la vida aún es casi un juguete. Pero, ¿quién podrá contar la multitud de los que han recibido alivio corporal o espiritual, a través del contacto personal o en el ámbito sanitario, cuando la vida se resiente o comienza a resquebrajarse y se busca una palabra para nuestros miedos, nuestras soledades, nuestros interrogantes en el dolor?

Al celebrar este IV Centenario de San Vicente de Paúl no se pretende hacer estadísticas da personas asistidas, ni números de vidas desgranadas día a día en la entrega anónima del servicio al prójimo, ni fechas que encasillen un espíritu. Todo queda abierto, porque queda aún mucho que hacer, y que profundizar, y que renovarse, y que alcanzar: este es el intento. Una vez más acudimos a la carta del Santo Padre el Papa, para expresar nuestro deseo convertido en oración: «Que el cuarto centenario del nacimiento de Vicente de Paúl llegue a iluminar abundantemente al pueblo de Dios, a reanimar el fervor de todos sus discípulos y a hacer resonar en los corazones de muchos jóvenes la llamada al servicio exclusivo de la caridad evangélica».

J. VEGA HERRERA

Oración para el IV Centenario del Carisma Vicenciano

Señor, Padre Misericordioso,
que suscitaste en San Vicente de Paúl
una gran inquietud
por la evangelización de los pobres,
infunde tu Espíritu
en los corazones de sus seguidores.

Que, al escuchar hoy
el clamor de tus hijos abandonados,
acudamos diligentes en su ayuda
“como quien corre a apagar un fuego”.

Aviva en nosotros la llama del carisma
que desde hace 400 años
anima nuestra vida misionera.

Te lo pedimos por tu Hijo,
“el Evangelizador de los pobres”,
Jesucristo nuestro Señor. Amén.

* * *

* ¹El Eco de Canarias, 25 de septiembre de 1981.

* ²San Vicente de Paúl nació el 24 de abril de 1581 en la localidad de Pouy, Francia. Hoy se cumplen, por tanto, 536 años de su nacimiento.

San Benito de Palermo, monje franciscano

Imagen de San Benito de Palermo, “el Negro” (Iglesia de S. Francisco de Asís, Santa Cruz de La Palma).

SAN BENITO DE PALERMO, franciscano

A este Santo se le llama también el Negro, a causa del color de su piel. Sus padres, africanos, fueron comprados como esclavos por un señor de Sicilia, el cual contribuyó a la conversión de ambos esposos, quienes, después de instruidos en la Religión Católica, ingresaron en su seno y fueron siempre muy piadosos. A su hijo Benito le inspiraron tan intenso amor a Dios y tan sólida devoción, que no era raro verle entregado a la oración durante sus juegos de niño y aún durante sus labores de hombre.

Primero se dedicó a la labranza del campo, donde fue objeto de las burlas de sus compañeros. Cuando frisaba en los veinte años, ingresó en la Orden de los Eremitas de San Francisco, en la que llevó vida de anacoreta. Sólo un poco de pan y unas cuantas hierbas tomaba al día, y se disciplinaba hasta derramar sangre. El papa Pío IV dispuso la agregación de estos solitarios a la Orden de San Francisco. Benito estuvo sucesivamente en dos conventos de Sicilia, siendo siempre un modelo para todos por su conducta edificante, sencilla y dulce. Durante varios años desempeñó el oficio de cocinero, en el cual se vio reiteradamente favorecido por la Providencia con hechos maravillosos: una vez se multiplicaron las provisiones del convento sin saber cómo; otra vez, mientras Benito estaba rezando, el refectorio se llenó de abundante comida preparada milagrosamente; en otra ocasión, para hacer astillas cargó sobre sus hombros un árbol que cuatro individuos no hubieran podido arrastrar. En el Capítulo provincial de 1578, sus méritos le elevaron al cargo de guardián del mismo convento. Durante su gobierno se celebró un Capítulo en Girgenti, al cual asistió nuestro Santo, que fue recibido por el pueblo en masa con gran solemnidad y regocijo de todos. Dios obró por sus medios muchos milagros. Murió santamente el martes de Pascua de 1589.

“El Santo de cada día”, por Edelvives. Libro II (Marzo-Abril). Editorial Luis Vives (1947).

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Oración a San Benito de Palermo

Glorioso San Benito de Palermo,
Esplendor de la Orden Franciscana,
ejemplar de virtudes, espejo de santidad,
refugio de afligidos y medico celestial,
que dais vista a los ciegos,
salud a los enfermos y vida a los muertos,
suplicaos Santo mio os dignéis admitirme
por uno de vuestro siervos y
roguéis a la Divina Majestad
me asista siempre con sus auxilios o
para salir de la culpa si estoy en ella o
para perseverar en al gracia.

Alcanzadme también Santo mio
entera salud y la gracia especial
que os pido en esta oración
(pedir la gracia)
si conviene para la gloria de Dios
y bien de mi alma o
si no una perfecta resignación
a su divina voluntad.

Amén.

(Rezar 3 Padrenuestros, Avemarías y Glorias)

Festividad de San José, Día del Padre

El que ama a Jesús y a María tiene que amar también a José.

San José, esposo de la Santísima Virgen: ¡Esposo de la Santísima Virgen y padre nutricio del Salvador! Habiendo escogido el Señor a San José para estos fines en la tierra ¡cuánta sería su virtud, cuántas gracias le daría para tan sublimes cargos! Le sabemos, por el Evangelio, religiosamente observante de la ley; solícito con Jesús y con María; obediente a los mandatos del Señor; humilde, casto, noble… El libro sagrado resume todas estas virtudes con esta palabra “…era justo”.

Saquemos nosotros, de esta expresión “justo” el sentido de la piedad verdadera. La piedad nutrida con el amor de Dios, cuyo fruto es la perfección.

La verdadera virtud, como la de San José, no tiene luz propia, sino la que le da Jesús y María; no es rígida, áspera, insociable: se da a todos, pero, aborrece la ostentación; es tesoro, pero tesoro escondido. Su aire no es austero, ni frío; tampoco de un celo arrebatador. Su carácter es de sencillez, de ecuanimidad, de perseverancia; gana el entendimiento por la solidez de su doctrina, y conquista el corazón por su dulzura y su modestia. Su mérito no depende ni del capricho, ni de la apreciación de los hombres porque fines elevadísimos la sostiene. Por humildes sendas ha subido alta y encuentra en las obligaciones de estado un camino seguro, firme y sólido hacia más altas perfecciones: “Siempre hace lo que Dios quiere, y siempre quiere lo que Dios hace”.

La verdadera virtud debe ser inseparable del cristiano inseparable de los miembros de nuestra A. C. En San José encontraremos el modelo, el protector: su humildad, su dulzura, su mortificación, su recogimiento, su perfecta sujeción a la voluntad de Dios, su amor a Jesús y a María. Pidamos todas estas virtudes al Santo que más elevado está en la Gloria, que tiene mayor poder con Dios y con la Santísima Virgen. Tomémosle por protector de nuestra familia; inspiremos su devoción a nuestros hijos y sirvientes.

Bendito sea el padre bueno y sufridor: el que trabaja duramente y con honradez para llevar el pan a su familia; el que ama a su mujer, a sus hijos;  el que se preocupa por cómo llegar a fin de mes; el que sufre por la enfermedad de su hijo, el que sonríe al verle crecer, el que se emociona al ver los logros importantes de sus hijos; el que ya en el ocaso de su vida hace balance con satisfacción.

Grandeza de San José

Grandeza de San José

No hay que extrañarse de que el glorioso Patriarca San José entre de lleno en los planes divinos de la Redención del hombre. Creado el hombre a imagen y semejanza de Dios, fue colocado en el magnífico palacio del universo, como rey dominador de todo cuanto existía en los ámbitos de la tierra, y, para que fuera más dichoso, fue puesto en el jardín ameno del paraíso para que lo cultivase y guardase.

Más el hombre engañado por la mujer, y ésta por la serpiente, desobedeció al Señor, tomó la fruta prohibida y se hizo acreedor a los castigos que le estaban conminados, que implicaban tremendas consecuencias para ellos y para toda su descendencia.

Pero Dios, siempre infinito en misericordia, no condenó al hombre, como hizo con los ángeles rebeldes, sino que, compadecido de él, en el mismo instante de la caída, le promete, bondadoso, levantarlo por medio de la Redención, enviando nada menos que a su Eterno y Unigénito Hijo, que tomara nuestra carne en las purísimas entrañas de una Virgen, desposada con un varón justísimo, que era el glorioso Patriarca San José, elevado de esta forma a la inefable dignidad de padre nutricio del Verbo encarnado.

De aquí que en el plan divino de la Redención del hombre figura siempre y de un modo inseparable, además de Jesús y de María, también San José. Esta es la Sagrada Familia, que constituye una inefable trilogía, de la que se derraman la dulzura y el consuelo sobre los hijos de Adán. Tomando el Verbo Eterno nuestra carne en el purísimo seno de la Santísima Virgen, queda María hecha verdadera Madre del Hijo de Dios; y San José el esposo fidelísimo y dichoso que, como solícito custodio e incansable defensor, fue en el mundo el encargado por Dios de sostener y llevar adelante entre los hombres aquel relicario divino que era la Sagrada Familia, de la cual él mismo formaba parte.

Jesús es el amable Redentor que rescató nuestras almas con el precio infinito de su preciosa sangre, librándonos de la esclavitud del pecado y de la muerte eterna; María cooperó en la Redención, ofreciéndose para que el Espíritu Santo formara en su seno virginal la sacrosanta humanidad de su Divino Hijo, que padeciendo por nosotros, nos mereciera la reconciliación con Dios. San José trabajó para sustentar aquellos dos seres, cuidó con gran esmero de ellos y los defendió sin cesar de todas las asechanzas y peligros que aparecieron contra Jesús.

Jesús es el Mediador entre Dios y los hombres; María tiene el elevadísimo privilegio de Mediadora entre la humanidad y Jesús, y San José está constituido en gloria muy cerca de ambos, en virtud del titulo que ejerció sobre ellos en vida mortal.

María tiene el titulo de verdadera Madre de Jesús, por el cual no puede menos de ser oída por su amabilísimo Hijo; y San José, como esposo de la Purísima Virgen, ha de ser atendido tanto por María como por Jesús; y bien podemos considerar que no está olvidada por aquellas dos sagradas personas la voluntad con que le estaban sujetos, como nos dice el evangelio de San Lucas.

San José viene a ser respecto de la Virgen, (podemos entender), algo así como la Virgen en relación a Jesús, y como Jesús en orden al Eterno Padre. Y como ninguno va al Padre sino por el Hijo Jesucristo; y como para llegar a Dios está la mediación de María, píamente podemos considerar alguna intervención que tenga alguna semejanza para lo mismo en el glorioso Patriarca San José.

María se insinúa con sumo poder en su bondadoso Hijo y en el Eterno Padre y alcanza cuanto quiere de ellos; y el fidelísimo Patriarca puede mucho, tanto en el corazón de su castísima esposa como en el del Hijo, Jesucristo. Por tanto, Jesús, María y José son la verdadera Sagrada Familia que se comunican mutua e inefablemente dentro de los resplandores de la celestial divinidad en el orden providente de la Redención del mundo.

José Manuel Lorenzo Ruiz. Revista Criterio, marzo de 1957.

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Oración a San José

Jesús, José y María, amparadme en este día.

Gloriosísimo Patriarca San José, hoy tengo la dicha de dedicaros este día, que es el que me corresponde en el Culto perpetuo, por medio del cual mis hermanos y yo os obsequiamos todo el año.

Por mi parte deseo que el presente día sea de santificación para mi alma, y como el principio de una vida nueva consagrada enteramente á Jesús vuestro hijo adoptivo, a María vuestra inmaculada esposa, y a Vos, santo mío.

A este fin os ofrezco todos mis pensamientos, afectos, palabras y acciones, suplicándoos fervorosamente que lo bendigáis todo, para que todo sea santo y digno de los ojos de Dios, que penetra los más ocultos secretos de mi corazón.

Alcanzadme una continua presencia de Dios, para que no sean cosas profanas, y sí sólo pensamientos y deseos celestiales los que me ocupen.

Estad siempre a mi lado, haced que no me olvide de Vos, y aceptad cuanto haga y desee hacer en bien de mi alma y en obsequio vuestro, y presentadlo a María y a Jesús para mayor gloria suya y en satisfacción de mis culpas y de las de mis hermanos. Amén.

Del Devocionario en honor del Patriarca Señor  San José (1900)

Santa Ángela de la Cruz, 85 aniversario de su tránsito al cielo

«Quédate con nosotros»

Como cada 2 de marzo, día en que murió la santa sevillana (2 de marzo de 1932), se producen largas colas para visitar el cuarto donde murió Sor Ángela y donde se guardan y exponen sus objetos personales y los del venerado canónigo Padre Torres Padilla, fundadores ambos del instituto religioso de las Hermanas de la Compañía de la Cruz (más conocidas como Hermanas de la Cruz). El 8 de agosto de 1875 nació oficialmente la Compañía de la Cruz y Roma aprobó el instituto en 1908. Ángela y sus queridas hermanas dieron testimonio con sencillez, dulzura, alegría y amor consolidando definitivamente su hermoso proyecto en España -cómo no, también presente en nuestra localidad de La Orotava-, Italia y Argentina.

Ella sigue presente en nuestra gente con el testimonio de su amor. De ese amor que es su tesoro en la eterna comunión de los santos; que realizó por el amor y en el amor absoluto, haciéndose pobre con los pobres. Y el pueblo agradece esta manera de querer a Dios y a los pobres. El Papa Juan Pablo II beatificó a Sor Ángela de la Cruz en su primer viaje a España el 5 de noviembre de 1982, confirmando en nombre de la Iglesia la respuesta de amor fiel que ella dio a Cristo. Y, a la vez, se hace eco de la respuesta que Cristo mismo da a la vida de su sierva: «El Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles y entonces dará a cada uno según sus obras».

La misa de la beatificación de Sor Ángela de la Cruz se celebró en el Real de la Feria de Sevilla y se habilitó para ella el retablo de plata de la catedral, que se usa el Jueves Santo, junto a un baldaquino de flores. Después de declarar beata a Sor Angela, el Papa felicitó al Cardenal Bueno Monreal, prelado dimisionario de la Diócesis que tanto trabajó por la beatificación de Sor Ángela. Un día, aquel 5 de noviembre de 1982, realmente grandioso:

«Nos, acogiendo los deseos de nuestro hermano Carlos Amigo Vallejo, arzobispo de Sevilla, del venerado hermano cardenal José María Bueno Monreal, así como de otros muchos hermanos en el Episcopado, y de numerosos fieles, después de haber escuchado el parecer de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, con nuestra autoridad apostólica, declaramos que la venerable Sierva de Dios Ángela de la Cruz Guerrero y González, fundadora de la Congregación de las Hermanas de la Compañía de la Cruz, de ahora en adelante puede ser llamada beata y que se podrá celebrar su fiesta en los lugares y de modo establecido por el derecho, el día 2 de marzo, día de su tránsito para el cielo. En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén»

Homilía del Papa Juan Pablo II en la beatificación de Sor Ángela de la Cruz

Señor Cardenal,
Hermanos en el Episcopado,
queridos hermanos y hermanas:

Hoy tengo la dicha de encontrarme por vez primera bajo el cielo de Andalucía; esta región hermosa, la más extensa y poblada de España, centro de una de las más antiguas culturas de Europa. Aquí se dieron cita múltiples civilizaciones que configuraron las peculiares notas características del hombre andaluz.

Vosotros disteis al Imperio romano emperadores, filósofos y poetas; ocho siglos de presencia árabe os afinaron la sensibilidad poética y artística; aquí se forjó la unidad nacional; de las costas cercanas a este “Guadalquivir sonoro” partió la formidable hazaña del descubrimiento del Nuevo Mundo y la expedición de Magallanes y Encano hasta Filipinas.

Conozco el origen apostólico del cristianismo de la Bética, fecundado por vuestros Santos: Isidoro y Leandro, Fernando y Juan de Ribera, Juan de Dios y el beato Juan Grande, Juan de Ávila y Diego José de Cádiz, Francisco Solano, Rafaela María, el venerable Miguel de Mañara y otras muchas figuras insignes.

El recuerdo cariñoso de tanta riqueza histórica y espiritual, es mi mejor saludo a vuestro pueblo, a vuestro nuevo arzobispo, a los Pastores presentes y a todos los españoles, especialmente a los venidos de Canarias; pero, son sobre todo la voz prestada a quien tanto ha dado a vuestras gentes: a mi queridísimo hermano y vuestro amado cardenal que nos acompaña.

En este marco sevillano, envuelto como vuestros patios por la “fragancia rural” de Andalucía, vengo a encontrar a las gentes del campo de España. Y lo hago poniendo ante su vista una humilde hija del pueblo, tan cercana a este ambiente por su origen y su obra. Por eso he querido dejaros un regalo precioso, glorificando aquí a Sor Ángela de la Cruz.

Hemos oído las palabras del Profeta Isaías que invita a partir el pan con el hambriento, albergar al pobre, vestir al desnudo, y no volver el rostro ante el hermano, porque “cuando des tu pan al hambriento y sacies el alma indigente, brillará tu luz en la oscuridad, y tus tinieblas serán cual mediodía”.

Parecería que las palabras del Profeta se refieren directamente a Sor Ángela de la Cruz: cuando ejercita heroicamente la caridad con los necesitados de pan, de vestido, de amor; y cuando, como sucede hoy, ese ejercicio heroico de la caridad hace brillar su luz en los altares, como ejemplo para todos los cristianos.

Sé que la nueva Beata es considerada un tesoro común de todos los andaluces, por encima de cualquier división social, económica, política. Su secreto, la raíz de donde nacen sus ejemplares actos de amor, está expresado en las palabras del Evangelio que acabamos de escuchar: “El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la hallará”.

Ella se llamaba Ángela de la Cruz. Como si quisiera decir que, según las palabras de Cristo, ha tomado su cruz para seguirlo. La nueva Beata entendió perfectamente esta ciencia de la cruz, y la expuso a sus hijas con una imagen de gran fuerza plástica. Imagina que sobre el monte Calvario existe, junto al Señor clavado en la cruz, otra cruz “a la misma altura, no a la mano derecha ni a la izquierda, sino enfrente y muy cerca”. Esta cruz vacía la quieren ocupar Sor Ángela y sus hermanas, que desean “verse crucificadas frente al Señor”, con “pobreza, desprendimiento y santa humildad”. Unidas al sacrificio de Cristo, Sor Ángela y sus hermanas podrán realizar el testimonio del amor a los necesitados.

En efecto, la renuncia de los bienes terrenos y la distancia de cualquier interés personal, colocó a Sor Ángela en aquella actitud ideal de servicio que gráficamente define llamándose “expropiada para utilidad pública”. De algún modo pertenece ya a los demás, como Cristo nuestro Hermano.

santa-angela-de-la-cruz-iLa existencia austera, crucificada, de las Hermanas de la Cruz, nace también de su unión al misterio redentor de Jesucristo. No pretenden dejarse morir variamente de hambre o de frío; son testigos del Señor, por nosotros muerto y resucitado. Así el misterio cristiano se cumple perfectamente en Sor Ángela de la Cruz, que aparece “inmersa en alegría pascual”. Esa alegría dejada como testamento a sus hijas y que todos admiráis en ellas. Porque la penitencia es ejercida como renuncia del propio placer, para estar disponibles al servicio del prójimo; ello supone una gran reserva de fe, para inmolarse sonriendo, sin pasar factura, quitando importancia al sacrificio propio.

Sor Ángela de la Cruz, fiel al ejemplo de pobreza de Cristo, puso su instituto al servicio de los pobres más pobres, los desheredados, los marginados. Quiso que la Compañía de la Cruz estuviera instalada “dentro de la pobreza”, no ayudando desde fuera, sino viviendo las condiciones existenciales propias de los pobres. Sor Ángela piensa que ella y sus hijas pertenecen a la clase de los trabajadores, de los humildes, de los necesitados, “son mendigas que todo lo reciben de limosna”.

La pobreza de la Compañía de la Cruz no es puramente contemplativa, les sirve a las hermanas de plataforma dinámica para un trabajo asistencial con trabajadores, familias sin techo, enfermos, pobres de solemnidad, pobres vergonzantes, niñas huérfanas o sin escuela, adultas analfabetas. A cada persona intentan proporcionarle lo que necesite: dinero, casa, instrucción, vestidos, medicinas; y todo, siempre, servido con amor. Los medios que utilizan son un trabajo personal, y pedir limosna a quienes puedan darla.

De este modo, Sor Ángela estableció un vínculo, un puente desde los necesitados a los poderosos, de los pobres a los ricos. Evidentemente, ella no puede resolver los conflictos políticos ni los desequilibrios económicos. Su tarea significa una “caridad de urgencia”, por encima de toda división, llevando ayuda a quien la necesite. Pide en nombre de Cristo, y da en nombre de Cristo. La suya es aquella caridad cantada por el Apóstol Pablo en su primera Carta a los Corintios: “Paciente, benigna…, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal…; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera”.

Esta acción testimonial y caritativa de Sor Ángela ejerció una influencia benéfica más allá de la periferia de las grandes capitales, y se difundió inmediatamente por el ámbito rural. No podía ser menos, ya que a lo largo del último tercio del siglo XIX, cuando Sor Ángela funda su instituto, la región andaluza ha visto fracasar sus conatos de industrialización y queda sujeta a modos de vida mayoritariamente rurales.

Muchos hombres y mujeres del campo acuden sin éxito a la ciudad, buscando un puesto de trabajo estable y bien remunerado. La misma Sor Ángela es hija de padre y madre venidos a Sevilla desde pueblos pequeños, para establecerse en la ciudad. Aquí trabajará durante unos años en un taller de zapatería.

También la Compañía de la Cruz se nutre mayoritariamente de mujeres vinculadas a familias campesinas, en sintonía perfecta con la sencilla gente del pueblo, y conserva los rasgos característicos de origen. Sus conventos son pobrecitos, pero muy limpios; y están amueblados con los útiles característicos de las viviendas humildes de los labriegos.

En vida de la Fundadora, las Hermanas abren casa en nueve pueblos de la provincia de Sevilla, cuatro en la de Huelva, tres en Jaén, dos en Málaga y una en Cádiz. Y su acción en la periferia de las capitales se despliega entre familias campesinas frecuentemente recién venidas del campo y asentadas en habitaciones miserables, sin los imprescindibles medios para afrontar una enfermedad, el paro, o la escasez de alimentos y de ropa.

Hoy, el mundo rural de Sor Ángela de la Cruz ha presenciado la transformación de las sociedades agrarias en sociedades industriales, a veces con un éxito impresionante. Pero este atractivo del horizonte industrial, ha provocado de rechazo un cierto desprecio hacia el campo, “hasta el punto de crear entre los hombres de la agricultura el sentimiento de ser socialmente unos marginados, y acelerar en ellos el fenómeno de la fuga masiva del campo a la ciudad, desgraciadamente hacia condiciones de vida todavía más deshumanizadoras”.

Tal menosprecio parte de presupuestos falsos, ya que tantos engranajes de la economía mundial continúan pendientes del sector agrario, “que ofrece a la sociedad los bienes necesarios para el sustento diario”.

En esa línea de defensa del hombre del campo, la Iglesia contemporánea anuncia a los hombres de hoy las exigencias de la doctrina sobre la justicia social, tanto en lo referente a los problemas del campo como al trabajo de la tierra: el mensaje de justicia del Evangelio que arranca de los Profetas del Antiguo Testamento. El Profeta Isaías nos lo recordaba hace algunos momentos: si partes tu pan con el hambriento, “entonces brotará tu luz como la aurora … e irá delante de ti tu justicia”. Llamada actual entonces y hoy, porque la justicia y el amor al prójimo son siempre actuales.

A lo largo del siglo XX, el campo ha cambiado, por fortuna, algunas condiciones que lo hacían inhumano: salarios bajísimos, viviendas míseras, niños sin escuela, propiedad consolidada en pocas manos, extensiones poco o mal explotadas, falta de seguros que ofrecieran un mínimo de serenidad frente al futuro.

La evolución social y laboral ha mejorado sin duda este panorama tristísimo, en el mundo entero y en España. Pero el campo continúa siendo la cenicienta del desarrollo económico. Por eso los poderes públicos deben afrontar los urgentes problemas del sector agrario. Reajustando debidamente costos y precios que lo hagan rentable; dotándolo de industrias subsidiarias y de transformación que lo liberen de la angustiosa plaga del paro y de la forzosa emigración que afecta a tantos queridos hijos de esta y de otras tierras de España; racionalizando la comercialización de los productos agrarios, y procurando a las familias campesinas, sobre todo a los jóvenes, condiciones de vida que los estimulen a considerarse trabajadores tan dignos como los integrados en la industria.

Ojalá las próximas etapas de vuestra vida pública logren avanzar en esa dirección, alejándose de fáciles demagogias que aturden al pueblo sin resolver sus problemas, y convocando a todos los hombres de buena voluntad para coordinar esfuerzos en programas técnicos y eficaces.

Para progresar en ese camino es necesario que la fuerza espiritual y amor al hombre que animó a Sor Ángela de la Cruz; que esa caridad que nunca tendrá fin, informe la vida humana y religiosa de todo cristiano.

Sé que Andalucía nutre las raíces culturales y religiosas de su pueblo, gracias a un depósito tradicional pasado de padres a hijos. Todo el mundo admira las hermosas expresiones piadosas o festivas que el pueblo andaluz ha creado para vestir plásticamente sus sentimientos religiosos. Por otra parte, las cofradías y hermandades creadas a lo largo de siglos, han obtenido influencia en el cuerpo social.

Esa religiosidad popular debe ser respetada y cultivada, como una forma de compromiso cristiano con las exigencias fundamentales del mensaje evangélico; integrando la acción de las hermandades en la pastoral renovada del Concilio Vaticano II, purificándolas de reservas ante el ministerio sacerdotal y alejándolas de cualquier tensión interesada o partidista. De este modo, esa religiosidad purificada podrá ser un válido camino hacia la plenitud de salvación en Cristo, como dije a vuestros Pastores.

Queridos andaluces y españoles todos: La figura de la nueva Beata se alza ante nosotros con toda su ejemplaridad y cercanía al hombre, sobre todo al humilde y del mundo rural. Su ejemplo es una prueba permanente de esa caridad que no pasa.

Ella sigue presente entre sus gentes con el testimonio de su amor. De ese amor que es su tesoro en la eterna comunión de los Santos, que se realiza por el amor y en el amor.

El Papa que ha beatificado hoy a Sor Ángela de la Cruz, confirma en nombre de la Iglesia la respuesta de amor fiel que ella dio a Cristo. Y a la vez se hace eco de la respuesta que Cristo mismo da a la vida de su sierva: “El Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras”.

Hoy veneramos este misterio de la venida de Cristo, que premia a Sor Ángela “según sus obras”.

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Oración 

Oh Dios, que iluminaste a Santa Ángela
virgen con la sabiduría de la Cruz para
que reconociese a tu Hijo Jesucristo
en los pobres y enfermos abandonados,
y les sirviese como humilde esclava.
Concédenos la gracia que te pedimos,
por su intercesión (pedir la gracia).
Así también, inspira en nosotros el
deseo de seguir su ejemplo, abrazando
cada día nuestra propia cruz, en unión
con Cristo Crucificado, y sirviendo
a nuestros hermanos con entrega y amor.
Te lo pedimos por el mismo Jesucristo
tu Hijo y Señor nuestro, que vive y reina.
Amén

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