Cristo, Rey desde la fe

Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera.

Hoy celebra la Iglesia —escribía don Joaquín Artiles en su inolvidable «Cristo en la calle»— la fiesta de Cristo Rey, el reinado de Cristo sobre las almas y sobre los cuerpos, sobre los cielos y sobre la tierra, sobre el mundo entero. Un reinado sin altivez, manso y humilde, que penetra suavemente en los corazones y los transforma, que impregna lentamente las inteligencias y las domina. Reinando sobre nuestro querer y nuestro entender, sobre nuestros instintos, sobre nuestras pasiones, sobre nuestras generosidades para premiarlas y sobre nuestras infidelidades para esterilizarlas.

Hoy es día de triunfos y de glorias; hoy es día de vítores del corazón y de aplausos y de sumisión de todas las voluntades. Porque hoy es un Día Universal en que la Iglesia proclama los derechos de Cristo a reina sobre toda la creación, sobre todos los seres racionales y sobre todos los latidos de todos los corazones. Es un derecho universal en la geografía y en el tiempo. Es un derecho sin mediatizaciones y sin fronteras, absoluto, ilimitado, único. Es un derecho sobre todos y cada uno de los hombres, queramos o no queramos, lo admitamos o no.

Pero este derecho exige unos deberes que Dios ha fiado a nuestra frágil libertad humana. Y aquí es donde puede fallar, y de hecho falla, el reinado de Cristo. Cristo no reina en muchas almas. Son muchas las inteligencias rebeldes que no se dejan alumbrar por las claridades del Evangelio de Cristo. Son muchos los pechos que anidan las víboras del pasado. Son muchas las pasiones sin ataduras, los Instintos sin encauzar. Nuestro cuerpo, muchas veces, no es propiedad de Cristo. Nuestra alma, muchas veces, divaga por regiones que están muy lejos de la soberanía de Cristo. Somos como islotes rebeldes enclavados en la geografía del reino de Cristo…

Cada vez que incumplimos uno de sus mandamientos nos afianzamos en una rebeldía absurda y suicida. Cada uno de nuestros pecados es un grito subversivo… Humillemos hoy nuestra inteligencia hasta los pies de este gran Rey. Inclinemos nuestra voluntad ante su querer. Sometamos nuestras pasiones a su imperio. Cristo en todo nuestro ser y nuestro obrar. Cristo siempre y en todo.

P. José Cabrera Vélez¹.

* * *

Cristo Rey

Por ser Hijo de Dios, Verbo encarnado,
porque en la cruz fue tuya la victoria,
y porque el Padre te vistió de gloria
con la luz del primer resucitado.

Por eso eres, Jesús, Rey coronado,
señor y Pantocrator de la Historia,
libertador de noble ejecutoria,
triunfador de la muerte y del pecado.

Ya sé que no es tu Reino de este mundo,
que es sólo dimensión de algo interior,
-lo más cordial del hombre y más profundo-
donde te haces presente y seductor;
allí donde tu encuentro es más fecundo,
allí donde tu Reino se hace Amor.

            P. José Luis Martínez, SM.

¹. El Eco de Canarias, noviembre de 1982. Extracto de artículo.

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Al Santísimo Cristo de Tacoronte (Plegaria)

Plegaria

¿Te vas, señor?
Parece que caminas
levantando tu cruz como bandera.
Caudillo, adelantado, que nos hablas
de luchas y de guerras.

Espera que te hable…
Que he venido
a contarte mis penas…
A pedir por aquellos que no piden…
Que de tí no se acuerdan,
hasta que ven muy cerca la desgracia,
o la sombra fatal, tétrica y negra
del infortunio roza sus mejillas;
o en sus tapias acecha
la segadora del caballo ciego
y la guadaña intrépida…
La que corta las flores más altivas
y las flores modestas.

Por los que alguna vez vienen a verte
y te saben rezar a su manera,
yo te pido, Señor,
el de la cruz en forma de bandera.

Por los que un sol de invierno ha calcinado
y fascina la voz de la sirena.
Los que no ven la luz de un cielo claro
por no elevar sus ojos de la tierra.

Por los que ignoran que esta vida es paso
y ruta a las estrellas.
Los que no ven la espina entre la rosa
ni la marcada huella
del reptil por el polvo menudito
de la vereda estrecha.
Los que no oyeron en su blanca cuna
una canción de nardos y azucenas.
Por los que llevan el amor oculto
en un mar de tristezas.
Por los que llegan sólo para verte
y no pasan tus puertas,
porque les da pavor esa mirada
que a mí me infunde amores y clemencia…
Por todos, que son hijos de tu sangre.
Por todos mi plegaria.
Tu bandera.
Capitán de un ejército ecuménico,
en marcha está.

¡Alerta!
Y ya sabemos que el vivir es eso:
¡Vivir es dura guerra!

                 A. Ureña, Salesiano.

Cristo de La Laguna

Cristo de La Laguna

Ahilado en tu negra cruz, entre pálidas pirámides de cirios, donde tus carnes enjutas se derriten en marfil a fuerza de espiritualidad y sufrimiento.

…Así te vi en tu recóndita capilla de la ciudad ascética, —solemne en capas pluviales y nieblas de incienso—, cierta tarde en que mi alma tenía ansias de tus consuelos y mi conciencia era como un grito
de angustia en medio de los afanes trepidantes del mundo.

¡Cristo de La Laguna!, visión del Greco materializada de repente en el milagro de tu faz sangrante, de tu corona de espinas, de tu melena de sombras, que es luz en la penumbra, espejismo en la distancia y realidad eterna cuando unas manos piadosas nos cierren para siempre los ojos.

Permíteme ¡oh, Maestro!, que yo, pecador y escéptico, repita en estos instantes, en que la barbarie humana quiere otra vez crucificarte, las divinas palabras del poeta:

“Sea mi corazón
brasa de tu incensario”.

J. Pérez Abreu

Imagen: “Santo Cristo de La Laguna”, óleo por José Antonio Contreras.

* * *

Enlace de interés: Santo Cristo de La Laguna

A Jesús Crucificado

A Jesús Crucificado

Delante de la Cruz, los ojos míos,
quédense, Señor, así mirando
y sin ellos quererlo, estén llorando,
porque pecaron mucho y están fríos.

Y estos labios que dicen mis desvíos,
quédenseme, Señor, así cantando,
y, sin ellos quererlo, estén rezando
porque pecaron mucho y son impíos.

Y así, con la mirada en vos prendida,
y así, con la palabra prisionera
como a carne a vuestra cruz asida,

quédeseme, Señor, el alma entera,
y así, lavada en vuestra Cruz mi vida,
Señor, así, cuando queráis me muera.

                   Rafael Sánchez Mazas

* * *

Imagen: Santísimo Cristo del Amor (Iglesia Colegial del Divino Salvador, Sevilla)

Tarde de Viernes Santo

Ha llegado Jesús al pie del monte Calvario, al lugar llamado Gólgota. Una muchedumbre inmensa iba tras él. La cruz se halla dispuesta.
Aun no sé ha turbado la armonía del universo, pero el horizonte empieza a oscurecerse. Las tempestades salen, profiriendo horribles alaridos, de las cuevas en que las retenía la mano del Eterno.
El Hombre-Dios se detiene al pie de la cruz.
Lleva la mano a la frente, se inclina con humildad y habla a su Padre, o su juez. Solamente el Eterno oye sus palabras; pero su misteriosa respuesta hace estremecer a los cielos. Los verdugos se apoderan del Mesías.
Los millones de mundos que vagan por el espacio entran en las parábolas que han de describir para anunciar, al infinito la muerte del Hijo del Eterno.
El universo se detiene, señalando la hora del sacrificio. El eje de la tierra permanece inmóvil.
El Mesías pende de la cruz. Sus ojos en que brilla la bondad de un Dios, fíjanse en sus verdugos y elévanse seguidamente al cielo:
—¡Perdonadles, Padre mío —dice— No saben lo que se hacen!…

* * *

Tarde de Viernes Santo

¡Oh tarde de duelo y llanto!
¡Oh tarde sin sol ni azul!
¡Oh tarde de Viernes Santo!

En el monte empieza un drama:
la tragedia del Calvario.

¡Qué blancas están las cruces
en el verde del Calvario!

¡Qué grises las horas caen!
Tres chopos están llorando…

Y las aguas bajan turbias,
y no hay paz en los remansos,
y en los árboles sin luz
están dormidos los pájaros.

¡Qué tristes están las calles
de los pueblos provincianos!
Hasta en la plaza los hombres
fingen hablar más despacio.

Sed buenos, dicen las madres,
sed buenos, que es Viernes Santo.

Hay un dolor en el viento
de ayer sordos y lejanos.

-Misereres plañideros
de los frailes cartujanos.

Las campanas están mudas
en los viejos campanarios.
En la iglesia, con dos velas
el Señor amortajado…

En el Monte queda una tragedia:
la tragedia del Calvario.

                         José Ávila García. Abril de 1955.

María en el Calvario

¿Qué trono

mejor querías 

que los brazos

de María?

                    (Alfredo Reyes Darias)

* * *

María en el Calvario

Firmada por el pretor Romano la sentencia de muerte de Jesús que aplaude frenéticamente aquel pueblo sanguinario y degenerado, suenan los clarines, forma la cohorte romana ante el pretorio y salen dos bandidos, llevando cada uno sobre sus hombros el palo en que han de ser ajusticiados. En pos de ellos marcha Nuestro Redentor, extenuado de fatiga, sediento por la mucha sangre que ha perdido y también lleva su cruz, cuyo peso le abruma y le hace caer desfallecido. Al verlo gime su Madre amantísima y se desmaya; las santas mujeres alzan dolorosos gemidos que llegan al cielo y las acompañan en su dolor las piadosas doncellas de Jerusalén.
María Santísima, repuesta de su desmayo, sigue las huellas de su hijo: de buena gana hubiera llevado la cruz, pero los soldados la rechazan, diciendo «Es la madre del ajusticiado…»
Una vez en la cumbre del Calvario, unos soldados abren los hoyos y fijan los maderos, otros desnudan brutalmente á Jesús, le tienden sobre la cruz y clavando sus divinas manos y pies, es izado a lo alto…. ¡Denuestos, silbidos, insultos, infame rechifla acoge su elevación…!
Despéjase el círculo: los curiosos y los vengativos van dejando el monte y entonces María Santísima acompañada del apóstol San Juan que no la abandonaba; se acerca al madero ya santificado de la cruz y habiéndole visto Jesús así como a su discípulo amado; dijo a su Madre: «Mujer, ve ahí a tu hijo»—Después dijo a San Juan—«Ve ahí a tu Madre».
Humedecida su bendita boca, reseca por la fiebre y la pérdida de tanta sangre; a las tres horas de estar crucificado y sin separarse María Santísima un momento de la cruz; pronuncia Jesús sus últimas palabras «Consumatum et».
Faltaba experimentar a María otro agudísimo dolor. La lanza de un pretoriano abrió el costado de Jesús para asegurarse de su muerte. El corazón de la madre sufrió a la vez el golpe y el ultraje, ya que el cadáver de su Hijo no sentía ningún dolor.
Descolgado de la cruz el santísimo cuerpo de Jesús, lo recibe en los brazos la Madre amantísima y lo estrecha contra su seno. Pero, ¿habrá lengua que pueda explicar lo que María Santísima sintió en aquel momento? Abrázase con el cuerpo despedazado de su hijo, apriétalo fuertemente contra su pecho, mete su cara entre las espinas de la sagrada cabeza, júntase rostro con rostro, tíñese la cara de la Madre con la sangre del Hijo y riégase la del Hijo con las lágrimas de la Madre.
¡Oh Virgen Santísima y Madre nuestra!
Este título que recibiste al pie de la cruz es áncora de salvación. Acoge propicia cuantas súplicas te dirijamos mientras estemos en este valle de lágrimas y comprendiendo que fuimos nosotros la causa de la afrentosa muerte de vuestro amantísimo Hijo Jesús y de los dolores sin ejemplo que sufriste en su sagrada pasión: alcánzanos Madre Amorosísima el perdón de nuestros pecados.

Francisco Jiménez Marco. Abril de 1897.

Imagen: Detalle del Santísimo Cristo del Calvario de la Villa de La Orotava (grupo escultórico que representa la iconografía de La Piedad), obra de Fernando Estévez. Foto: Bruno J. Alvárez.

A Cristo en la Oración del Huerto

Todo el Huerto está lleno de las notas tristes de un “Miserere”… Los discípulos duermen y Jesús bebe solo su cáliz de amargura… Una a una caen las gotas de sudor y no hay quien, las enjugue… Sólo los olivos, que hace poco le vieron llegar triunfante, son testigos de su agonía…

Ha llegado la hora; un inmenso griterío rompe la paz del Huerto… ¿Con un beso me entregas?… Judas, ¿qué te dijeron los ojos del Maestro?… ¡Si en aquel momento de arrepentimiento hubieses llorado, como más tarde lloró Pedro!

Jesús de Nazaret, ¿dónde están tus discípulos?… ¿No dijeron que venían a morir contigo?… ¿No querían salir al encuentro de los que habían de entregarte y prenderte?.. ¡Si estás más solo aún que hace unos momentos!

A Cristo en la Oración del Huerto

Si de vos pasa el cáliz de amargura,
¿quién le podrá endulzar para que sea
bebida alegre, que salud posea
contra la enfermedad antigua y dura?

Bebed el cáliz vos, pues os apura
amor, del alma por la culpa fea,
que en vos le beberá, después que os vea
líquido Dios en sangre, la criatura.

Pase por vos, y así será triaca
mas no pase de vos, pues ofendido,
mi culpa sus castigos os achaca.

Bebiendo sanaréis lo que he comido:
Bebed cáliz que tanta sed aplaca
de ser en cáliz inmortal bebido.

                                   Francisco de Quevedo

Soneto de la Oración en el Huerto

Ya está tu soledad comprometida,
hecha flor de pasión por que la muerte
llevándote en su cruz, prenda la suerte
de ese perfume a gloria prometida.

Ya es tu dolor la luz en que se envida
el aire de esperanza al que tenerte,
y el Ángel del Señor baja a beberte
la sangre de la frente enloquecida.

Ya al labio la oración te desemboca,
salvando aquella noche y aquel huerto
vendido a la traición por sus costados.

Ya sabes que estar solo es que la boca
responda al pecho con su “sí” más cierto
de inmensidad de amor por todos lados.

                   María de los Reyes Fuentes

* * *

Imágenes: Santo Cristo del Huerto (Señor del Huerto) de la Iglesia de San Francisco de Asís, La Orotava

La Oración en el Huerto

Y se le apareció un ángel que le confortaba. Y puesto en agonía oraba con mayor vehemencia (“Agonía de Cristo en el Huerto de los Olivos”, de Giovanni Battista Tiepolo)

La Oración en el Huerto

Se anticipa y se concentra el drama del Calvario en este momento de solemne angustia y de melancolía suplicante. Al leer este pasaje del Evangelio, sentimos al Hombre-Dios muy cerca de nosotros. Era conveniente que Él participara de nuestras angustias para que nosotros tuviéramos parte en sus glorificaciones; que la encarnación fuera verdadera para que la redención fuera eficaz; que Dios descendiera a lo más hondo de nuestros dolores y de la debilidad nuestra para que nosotros fuéramos elevados a las más altas cumbres de la vida divina.

Las palabras del Evangelio, tienen en este pasaje una intensidad de emoción sublime y una inmensa fuerza representativa. En ellas parece que palpitan todas las amarguras y desfallecimientos humanos. Es la fortaleza brotando del dolor; la posesión de la paz soberana del espíritu saliendo de la lucha íntima de la conciencia; la humillación, la plegaria primero, la fuerza para el sacrificio después.

Se entrevé desde aquí ese mundo de pensamientos que, según Newman, no es más que la expansión de algunas palabras caídas como al azar de los labios de los pescadores de Galilea; porque es este uno de los pasajes en que más resalta ese carácter singular y sobrehumano del Evangelio, la riqueza de simbolismo, la inmensa fecundidad de aplicaciones, la potencialidad inacabable, para ulteriores desarrollos, el llevar en cada palabra resonancias infinitas que a través de los siglos se difunden, amplificándose y robusteciéndose cada vez más en lugar de apagarse y debilitarse con la distancia.

Pero no razonemos demasiado: «Cuando oyes —dice San Basilio— la palabra del Salvador, o cuando consideras sus acciones, no escuches al vuelo, ni mires de una manera simple o carnal, sino abísmate en la profundidad de la contemplación a fin de que puedas verdaderamente entrar en la comunión de las verdades que te son místicamente enseñadas…».

Juan Salvador Minguijón y Adrián.

(Juan Salvador Miguijón fue un prestigioso jurista aragonés. Catedrático de Historia del Derecho en la Universidad de Zaragoza; Magistrado del Tribunal de Garantías Constitucionales en la II República y del Tribunal Supremo; y académico de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas).

* * *

Por la puerta de la Fuente
fueron saliendo los once.
En medio viene Jesús
abriendo un surco en la noche.

Aguas negras del Cedrón,
de su túnica recogen
espumas de luna blanca
batida en brisas de torres.

Jesús viene comprobando,
Pastor, sus ovejas nobles,
y se le nublan los ojos
al no poder contar doce.

«Pues la Escritura lo dice,
me negaréis esta noche.
Herido el Pastor, la grey
dispersa le desconoce».

Entre los mantos, relámpagos
de dos espadas relumbran.
La luna afila sus hielos
en las piedras de las tumbas.

Ya las chumberas, las pitas
erizan sienes de agujas
y quisieran llorar sangre
por sus coronadas puntas.

Ya entraron al huerto donde
las aceitunas se estrujan,
Getsemaní de los óleos,
hoy almazara de angustias.

Ya Pedro, Juan y Santiago
bajo un olivo se agrupan,
como un día en el Tabor,
aunque hoy sin lumbre sus túnicas.

La noche sigue volando
-alas de palma y de juncia-
y, llena de sí, derrama
su triste látex la luna.

Se oye el rumor a lo lejos
de cortejos y cohortes.
Y el sueño pesa en los párpados
de los tres fieles mejores.

Jesús, solo, abandonado,
huérfano, pavesa, Hombre,
macera su corazón
en hiel de olvido y traiciones.

«Padre, apártame este cáliz».
Sólo el silencio le oye.
La misma naturaleza
que le ve, no le conoce.

«Hágase tu voluntad».
Y, aunque lleno hasta los bordes,
un corazón bebe y bebe
sin que nadie le conforte.

El sudor cuaja en diamantes
sus helados esplendores,
diamantes que son rubíes
cuando las venas se rompen.

Por fin, un Ángel desciende,
mensajero de dulzuras,
y con un lienzo de nube
la mustia cabeza enjuga.

Ya la luz de las antorchas
encharca en movibles fugas
y acuchilla de siniestras
sombras el huerto de luna.

Los discípulos despiertan.
Huye, ciega, la lechuza.
Y Jesús, lívido y manso,
se ofrece al beso de Judas.

                Gerardo Diego

Décima al Santo Cristo del Perdón

Sobre un globo que representa al mundo está arrodillado el Hijo de Dios, desnudo, con la soga al cuello, coronado de espinas y las llagas en los pies, en el costado y en las manos, que están levantas, en actitud suplicante, e intercediendo con su Padre por los pecados del mundo, con la vista clavada en el cielo y el rostro lleno de majestad, y a la vez con expresión de dolor. No se le puede mirar sin sentirse penetrado de ternura y compasión.

J. M. Carús (referencia a la iconografía del Cristo del Perdón)

Décima al Santo Cristo del Perdón

Sobre el mundo arrodillado,

al Padre Eterno fecundo

mostráis, para bien del mundo,

las manos, pies y costado;

y al mirar ensangrentado

vuestro tierno corazón,

y al contemplar la Pasión

que, inocente, habéis sufrido

al punto me ha concedido

de mis culpas el Perdón.

* * *

Imagen del Santo Cristo del Perdón de La Orotava. Foto: Rubén Marichal

Jesucristo Rey, Nuestro Señor

cristo-rey

El trono tuyo, oh Dios, permanece por los siglos de los siglos; el cetro de tu reino es cetro de rectitud (Palm. 44,7.)

¡Cristo Rey, venga a nosotros tu reino! Cristo en todas las almas y en el mundo la paz; Cristo Rey en cada corazón, y en la Sociedad su amor, pureza y caridad… La Iglesia instituye esta festividad que celebra el reinado Social de Cristo unido al Imperio de su Sacratísimo Corazón, reafirmando su mandato supremo entre todas las cosas creadas. Toda la realidad de la presencia de Jesús tiende al establecimiento de su Reino como testimonio de esperanza imperecedera. Por consiguiente, levantemos muy alta la voz para proclamar con júbilo: “¡Viva Cristo Rey para que reine en nuestras vidas, para que viva íntimamente dentro de cada alma!”.

JESUCRISTO REY

Damos justísimamente a Jesucristo Nuestro Señor todos los nombres que en nuestro pobre idioma envuelven conceptos de autoridad, grandeza y dominio por parte de Dios, y dependencia, sujeción y vasallaje por parte del hombre.

Mas, el concepto que más gráficamente expresa la suma de sus atribuciones soberanas es el de Rey, por lo mismo que ninguna autoridad en la tierra nos impone tanto como la del monarca con el prestigio y la majestad del poder más absoluto. Por eso se encuentra este nombre repetido en cada página de los Libros Santos y aplicado proféticamente al Mesías; por eso, cual Rey le anuncian los vates y le esperan los pueblos, por el Rey preguntan los Magos; por el Rey lo aclaman en el desierto y en Jerusalén las turbas; por el delito de llamarse Rey le entregan sus enemigos y le condena Pilatos, bien que este cobarde Presidente no puede ni quiere impedir que se lea este título de realeza sobre el trono glorioso de la Cruz, en que triunfalmente sea pronunciado por los ángeles al penetrar en su palacio el Rey de la gloria.

Esta credencial de legítima soberanía de Cristo está basada en el triple y legal título de la herencia, de la conquista y del sufragio universal de la humanidad, que hace veinte siglos desfila humillándose bajo su cetro. De la herencia, cuando la voz del Padre, al coronar a su Verbo consubstancial, le dice: PÍDEME Y YO TE CONCEDERÉ TODAS LAS NACIONES POR HERENCIA Y EN POSESIÓN, TODOS LOS TÉRMINOS DE LA TIERRA; exclamando entonces el Unigénito: HE SIDO CONSTITUIDO REY SOBRE LA MONTAÑA SANTA DE SION. Por conquista lo fue desde el punto en que, librando al mundo de la cautividad del infierno y clavando en la Cruz la cédula de nuestro rescate, apareció coronado de espinas y sentado en el trono de la Cruz, oyéndose una voz al través de los siglos que dice: ANUNCIAD A LAS NACIONES QUE DIOS REINA DESDE UN MADERO. Finalmente lo fue por aclamación del universo, que viene colocando todo, desde lo más grande hasta lo más pequeño que en la tierra existe, bajo el signo dominador de la Cruz; desde las diademas que orlan las sienes de los reyes en su mayor esplendor, hasta las yertas manos del cadáver; desde la cúpula soberbia de una maravilla del arte, hasta la humilde espadaña del ruinoso santuario; viene marcando con este signo de vasallaje lo mismo la frente de los príncipes en su consagración que la del niño en su nacimiento. Viene siendo aclamado como Dios con tanta verdad por los que le confiesan en el Calvario como por los qué aterrados descienden de él perseguidos del remordimiento; por los sabios que le bendicen como por las blasfemias y odio de los que le maldicen; e impone finalmente el yugo irresistible de su ley, no menos a las conciencias recalcitrantes que en vano trabajan por sacudirle, que a las almas sumisas que le llevan con alegría.

Cristo, pues, vence, reina, impera en el universo: y no como un lejano monarca a cuyos oídos no llegan los ruegos y acciones de su pueblo, sino como soberano que ha sabido cumplir su promesa de estar realmente con nosotros hasta la consumación de los siglos. Desde que descendió a la tierra, en la tierra ha querido estar; y, si momentáneamente subió a su Padre para recibir la corona de este reino, en expresión suya y por solemne promesa, fue para iniciar un reinado que no tendrá fin. De este reinado es el solio el ara sacrosanta de nuestros templos.

Desde ese momento reina Cristo en la tierra, no ya solamente por los títulos enumerados, sino por venir, hace mil novecientos cuarenta años desempeñando las funciones de su soberanía, rigiendo las almas, gobernando las acciones humanas, alimentando las virtudes, imperando en la Naturaleza, y recibiendo pleito homenaje de la familia, de la sociedad y de la Iglesia, que agradecidas, le aclaman en la Eucaristía por su Rey y Señor. No es ya su trono el tronante Sinaí sembrando el terror en el pueblo que no quiere que su Dios le hable; ni siquiera el Tabor anonadando con sus resplandores a los testigos de la transfiguración, sino que la fe nos lo muestra sentado tranquilamente en un cenáculo de amor, en medio de sus hijos y dirigiéndoles con cariñoso acento aquéllas tan dulces expresiones: TOMAD Y COMED: ESTE ES MI CUERPO.

Javier Riquelme

Del Apostolado de la Oración
Santa Cruz de Tenerife, Octubre de 1940.
(Revista Criterio)

* * *

A CRISTO REY

Eres Hijo de Dios, y su Realeza
la tienes en tu Vida eternizada.
Eres Hijo del Hombre, y heredada
llevas del Rey David la real nobleza.

Eres el Redentor en el que empieza
el Reino de la Cruz, por Ti trocada
de patíbulo en trono, y exaltada
en trofeo imperial de tu grandeza.

Tres veces eres Rey. Señor, no en vano
tienes pendiente el mundo de tu mano
y no hay poder que a tu Poder resista.

Tres veces eres Rey; te las mereces.
¡Oh, Cristo, mi Señor! reinas tres veces
por Esencia, por Sangre y por Conquista.

                              Rafael Sanz De Diego

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CONSAGRACIÓN DEL GÉNERO HUMANO A CRISTO REY 

¡Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano! Míranos humildemente postrados delante de tu altar; tuyos somos y tuyos queremos ser; y a fin de vivir más estrechamente unidos a Ti, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a tu Sacratísimo Corazón.

Muchos, por desgracia, jamás te han conocido; muchos, despreciado tus mandamientos, te han desechado. ¡Oh Jesús benignísimo!, compadécete de los unos y de los otros, y atráelos a todos a tu Corazón Santísimo.

Señor, sé Rey, no sólo de los hijos fieles que jamás se han alejado de Ti, sino también de los pródigos que te han abandonado; haz que vuelvan pronto a la casa paterna porque no perezcan de hambre y de miseria.

Sé Rey de aquellos que, por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de Ti; devuélvelos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que en breve se forme un solo rebaño bajo un solo Pastor.

Concede, ¡oh Señor!, incolumidad y libertad segura a tu Iglesia; otorga a todos los pueblos la tranquilidad en el orden, haz que del uno al otro confín de la tierra no resuene sino esta voz: ¡Alabado sea el Corazón divino, causa de nuestra salud! A Él entonen cánticos de honor y de gloria por los siglos de los siglos. Amén.