Negro, pero blanco de alma

smp

Negro, pero blanco de alma: La ambivalencia de la negrura en la Vida prodigiosa de Fray Martín de Porras (1663)

Larissa Brewer-García

Resumen: El encuentro entre el discurso cristiano sobre la universalidad de la religión cristiana y los discursos sobre la corporalidad, la moralidad y la espiritualidad del negro produjo diferentes tipos de sujetos de ascendencia africana en los textos coloniales hispanoamericanos. En la hagiografía sobre el “pardo” Fray Martín de Porras, escrita en Lima en 1663, el autor dominico Bernardo de Medina emplea una estrategia ambivalente de negociación de valores simbólicos negativos atribuidos a las poblaciones de ascendencia africana en la Lima colonial a la vez que celebra a Porras como figura autóctona ejemplar de la capital del virreinato de Perú y figura ejemplar de la orden dominica en el Nuevo Mundo en general. En esta negociación, Medina representa a Porras a través de un agrupamiento de características eclécticas -algunas asociadas con la clase humilde de la sociedad colonial y otras con la elite-. El presente análisis muestra que en el texto de Medina la figura de Porras es ambivalente, no híbrida: el alma de Porras es blanca y asociada con el poder de la clase española/criolla (blanca), mientras que su cuerpo es oscuro y asociado con la supuesta servidumbre de las clases bajas. En el texto, la ambivalente descripción de la figura de Porras no amenaza el poder colonial, sino que apoya las relaciones jerárquicas de la sociedad limeña. Mediante un análisis de las dinámicas de poder en la construcción de Porras como sujeto ambivalente podemos reflexionar sobre las nociones de la negrura, la hibridez y la ambivalencia y su relación al creciente interés en temas afrocoloniales en los estudios coloniales latinoamericanos…Texto completo AQUÍ

Fuente: Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal

Anuncios

Fiestas de San Martín de Porres en Puente de Vadillos (Cuenca)

SMP Vadillos

SMP Vadillos 1

Imagen de Fray Martín en la localidad conquense de Puente de Vadillos.

En los primeros días del mes de agosto (principalmente durante el primer fin de semana), el municipio de Puente Vadillos, en plena Serranía de Cuenca, celebra las fiestas en honor a San Martín de Porres. Unos festejos que se han convertido ya en tradicionales y, a la vez, punto de encuentro entrañable para los vecinos, las familias del pueblo y sus visitantes.

Puente de Vadillos celebra sus fiestas patronales; un hombre de color, sobresaliente en humildad, servicio y amor a los demás, para que sean felices, es su patrón: San Martín de Porres.

Amigos de Puente Vadillos, os invito a pasarlo bien en estos días de fiesta; coged la escoba de Fray Escoba y barred de vuestras vidas lo que nos impide ser felices: egoísmos, envidias, odios, y unid vuestras manos para ser amigos; ofreciendo vuestra hospitalidad a los que lleguen de fuera y vuestra amistad sincera a los de dentro.

Que San Martín de Porres nos bendiga y pasemos unas muy felices fiestas.

Vuestro sacerdote,

Javi.

Genio y semblanza de Fray Martín de Porres

Genio y semblanza del santo varón limeño de origen africano (Fray Martín de Porras)

Por J.P. Tardieu (Universitè de la Rèunión)

Llegados al Perú con los conquistadores, los negros constituyeron un motivo de preocupación para la Iglesia. Su número fue creciendo de tal manera que se les consideró muy pronto como un factor de desestabilización de la sociedad colonial. Eran una amenaza no sólo para el bienestar de los españoles, sino también para la vida espiritual de los Indios a quienes daban un mal ejemplo cuando no les maltrataban. Convenía pues ocuparse de la educación religiosa de estos hombres que llegaban de África sin ningún conocimiento a este respecto. Los jesuitas, frente a los descuidos del clero secular, se encargaron de su evangelización*. Uno de los resultados de este trabajo fue que algunos hombres de origen africano obtuvieron en Lima fama de santos. Los más conocidos fueron mulatos, lo que no deja de plantear ciertos problemas en cuanto al significado de su vida.

EL SANTO MULATO

Fray Martín de Porras

Bautizado el miércoles 9 de diciembre de 1579 en la parroquia de San Sebastián en Lima, Martín es declarado de padre desconocido. Su madre, Ana Velázquez, es una negra libre. Las deposiciones de los miembros de la familia paterna durante la encuesta para el proceso de beatificación permiten llenar el vacío a propósito del origen de Martín, en particular la de Andrés Marcos de Miranda, primo de su padre. Martín era el hijo natural de don Juan de Porras, caballero de la orden de Alcántara, y de Ana Velázquez, negra horra oriunda de la ciudad de Panamá. Dos días después de esta declaración, doña Ana Contero confirmó este origen, a pesar de que don Juan se había casado con una de sus tías. Antes de ir más lejos, cabe insistir en la nobleza de don Juan. Pertenece a una orden prestigiosa reservada a los hombres de los mejores orígenes que han prestado grandes servicios a la Corona. Hasta llegó a ser gobernador de Panamá…

Según los testigos del proceso, el niño manifestó desde la más tierna infancia predisposiciones para el recogimiento y la oración, a la inversa de los niños del mismo origen. Por cierto, no pudo pretender seguir las huellas de su padre, teniendo que contentarse con aprender el oficio de barbero. En aquella época, sin embargo, era el primer paso para acceder al estado de cirujano. Le incitó su piedad a solicitar el hábito de converso en el convento de Santo Domingo, cercano a su domicilio. Su padre había intervenido para que se le autorizara a no contentarse con la humilde condición de donado. El día 2 de enero de 1603, Martín pronunció sus votos de hermano lego.

Martín se pasó toda la vida en el modesto empleo que ocupó desde su entrada en el convento. Bajo la dirección de su padre enfermero, consagró sus esfuerzos a la enfermería del establecimiento. Allí cuidó a los frailes, a los criados, entre los cuales había numerosos negros, y a los pobres que, por no tener los recursos necesarios para consultar a un médico o a un cirujano, o para comprar medicinas, contaban con la generosidad de los padres y esperaban desde el amanecer la apertura de las puertas. No sólo había negros o indios entre estos desgraciados: la caridad de fray Martín también se manifestó a favor de numerosos españoles. En la asistencia que prestaba a sus enfermos, solía utilizar medicinas compuestas por él mismo con plantas medicinales que cultivaba en el huerto del convento. Su generosidad le llevaba a sembrarlas en las afueras de Lima, como en Lurigancho por ejemplo, o en la hacienda del convento, en Limatambo, donde cuidaba a los esclavos. También tenía bajo su responsabilidad la ropería de la casa. En una dependencia de este servicio, instaló su celda donde acogía de vez en cuando a algún necesitado como el joven Juan Vázquez de Parra, a quien consideró probablemente como a su hijo, e incluso a algún perro abandonado. Repartía las limosnas de los donadores a quienes no dejaba de solicitar. Además los testimonios evocan unas ocupaciones muy apremiantes, como la de tocar a oficios, y hasta repelentes, como la de limpiar las letrinas. Merced al desempeño de estos cargos y el carácter excepcional de su vida religiosa fue como adquirió Martín fama de santo. Lo extraño es que otro mulato siguió un camino parecido en casa de los agustinos… Texto completo (pdf): AQUÍ

Fuente. centroafrobogota.org

Testimonio de fe: “Un santo en el hospital”

Fray Martín

“Este enfermero trabajó toda la noche con un entusiasmo que contagiaba… Me parecía un hombre muy particular, especialmente por la tranquilidad que inspiraba”El testimonio que cambió la vida y restauró la fe de tres enfermeras:

Hace seis años, el día tres de noviembre, la enfermera Margarita de los Ángeles Parra se encontraba de guardia en el área ‘maternidad’ del Hospital de Gineco Obstetricia de Tlatelolco (México).

Como era habitual, Margarita debía velar aquella noche por el bienestar de las futuras madres y las que ya habían pasado el proceso de parto. Cuando los minutos avanzaron y su compañera de guardia no llegaba, comenzó a inquietarse. Durante la tarde de ese día habían nacido trece niños y cada madre necesitaba cuidados diferentes. Además el médico ginecólogo asignado al área debía atender los partos. Margarita creyó que estaría prácticamente sola en el servicio. Pero recibiría una ayuda extraordinaria -según declara en su testimonio al semanario Desde la Fe, aunque sólo horas más tarde comprendería quien había sido su peculiar compañero de trabajo…

“De pronto -dice Margarita-, apareció un hombre delgado y moreno con chazarilla de enfermero… «¿En qué te ayudo?», me preguntó. Yo me quedé sorprendida por la confianza con que se dirigió a mí, pues no nos conocíamos. Aún no terminaba de darle instrucciones, cuando aquel hombre ya estaba atendiendo a las mujeres y a los recién nacidos. Siempre sonriente acariciaba los cabellos de las pacientes. Aunque no le había visto nunca, a mí me pareció normal que estuviera en el servicio, porque generalmente si uno va a faltar al trabajo paga guardia a un enfermero o médico para que lo sustituya”.

Recuerda la enfermera la particular sonrisa de su colega, su dentadura blanca y brillante resaltando en su rostro de piel morena. Le sorprendía además que dedicara tanto tiempo a escuchar todo lo que las nuevas mamas le decían y también en verificar la evolución de los bebés. “Este enfermero trabajó toda la noche con un entusiasmo que contagiaba. Tomaba las manos de las pacientes entre las suyas y las mujeres que aún no daban a luz se tranquilizaban mucho cuando se les acercaba. Me parecía un hombre muy particular, especialmente por la tranquilidad que inspiraba”, advierte Margarita.

Luego, para el resto de la noche dos enfermeras más se sumaron al servicio. Las mujeres se preocuparon cuando el desconocido enfermero inesperadamente pareció algo pálido, sudoroso. A Margarita le pareció incluso que temblaba como si tuviere fiebre, pero aún así, señala, este hombre seguía atendiendo a las enfermas y a los bebés con mucho cariño. “Junto con mis compañeras lo convencimos para que saliera del pabellón y descansara un rato; él nos sonrió, salió del piso y ya no lo volvimos a ver”.

Cuando estaba amaneciendo, Margarita acudió al llamado de una señora que sentía algunos malestares y alza de temperatura. La atendió y le invitó a que se tranquilizara, diciéndole que todo estaría bien. Para su sorpresa la enferma le contestó: «Sí. Si estoy tranquila, porque san Martín de Porres me vino a visitar y me dijo que voy a estar bien».

Fray Martín 1

Acostumbrada, dice la enfermera, a que los pacientes en los hospitales refieren ver algún familiar fallecido, la Virgen o santos, se limitó a sonreírle algo benevolente… “Pero la señora notó mi incredulidad y me dijo: «¡Le juro que aquí estuvo, estaba vestido de enfermero!», insistió la mujer…”.

Aunque el raciocinio de Margarita se resistía a creer en aquellos dichos de la paciente, comentó lo sucedido a sus dos compañeras, quienes no dudaron en dar veracidad al asunto: «¿No se referiría al enfermero que estuvo hace un rato con nosotras?», preguntó una de ellas y continuó: «La verdad sí se parecía mucho a san Martín de Porres».

“En ese momento sentí cómo se me puso la ‘piel de gallina’. Poco convencida aún, les dije: «¿Y qué milagro vino a hacer aquí?» …«No lo sé», respondió la otra, mientras las tres caminábamos hacia una de las ventanas. En ese momento un rayo del sol nos iluminó, dejando ver un bello amanecer. En la habitación, las pacientes se veían muy contentas, unas con sus pequeños y otras aún aguantando los dolores de parto…”

“Aquella noche san Martín de Porres pudo haber estado con nosotras o quizá no, pero lo cierto es que habíamos trabajado juntos, codo con codo, recordándonos que nos hicimos enfermeras para servir y atender a nuestros semejantes en el dolor, hacerles menor su angustia, ayudarlos en su padecer… ¡y ese ya es un gran regalo que Dios nos dio esa noche!”.

La sabiduría de un santo compasivo

La historia de nuestro amigo Martín empieza a gestarse por la visita que hizo a la ciudad de Lima (Perú) un caballero español de la Orden de Alcántara, Don Juan de Porres; quien trabajaba entonces como diplomático bajo las órdenes del Rey Felipe II de España. Su estancia en la ciudad aunque breve, le dio tiempo para conocer e intimar con una joven inmigrante afro-panameña, llamada Ana Velázquez. Dos hijos que el padre no reconocería, nacieron de aquél frágil vínculo… Juana, y su hermano Martín un 9 de diciembre de 1579.

El niño que tenía en su color de piel y otros rasgos el sello de ser mulato, destacaba en fortaleza…

Testimonio de Margarita de los Ángeles Parra

(Artículo originalmente publicado por DesdeLaFe)

Fuente: es.aleteia.org

* * *

Una historia de San Martín de Porres en Gran Canaria

Festividad de San Martín de Porres: Una visión personal

smp visión personal

Encargo todo a Fray Martín.

Rezo por su nombre. Amén.

Le conocí desde bien pronto. Mi madre tenía en su mesa de noche una imagen de San Martín, y pronto reparé en ella. Me llamó la atención su hábito, el color de su rostro y su escoba. Lo incorporé a mis juegos, con mis otros muñecos. Cuando terminaba lo devolvía a la mesilla con mucho cuidado y cariño. Luego no sé por qué, supongo que las cosas de la edad, le perdí un tanto el rastro… Hasta que un tiempo después —un buen día, sin duda—, visitando la vieja casa de los abuelos de un amigo, me encontré con una caja que contenía unos libros antiguos: me llamó especialmente la atención uno de ellos, de portada amarilla y letras rojas, que sobresalía un poco por uno de los lados; lo tomé y, ¡qué buena fortuna!, era un pequeño libro de Leo Garnier sobre nuestro santo. A mi amigo no le importó dármelo. Lo cierto es que me sentí conmovido durante el resto del día por tan feliz hallazgo. Presentía que volvía a reencontrarme con Fray Martín, a descubrirlo de una vez por todas: una vida de humildad, de respeto, de alegría y de mucho amor a Dios y a los hombres.

Siempre me ha llamado la atención el cariño que siente la gente por San Martín de Porres. Puede ser que haya quién, en un primer momento, no lo reconozca o no cae en la cuenta cuando se le nombra; pero ya cuando se entra en detalles todos ceden con una sonrisa o un gesto de aprobación, “¡Oh sí, Fray Escoba!”. Su vida de entrega al prójimo, su humildad reconocida e incluso su figura desprenden aún una gran fuerza espiritual, yo diría que impactante, que sin duda le proporcionaría una existencia intensa y extraordinaria en un contexto social desfavorable; y a la vez, hoy, este legado suyo cargado de maravillosos valores cristianos nos invita-ayuda a ser mejores, más buenos, y a desear limpiar las viejas heridas del remordimiento o de los errores pasados.

Con respecto a mí, nunca le he pedido grandes milagros. Ni tan siquiera los deseo. Me es suficiente sentir su presencia —en alguna situación comprometida la he sentido claramente— y fundamentalmente que en los buenos y no tan buenos momentos esté ahí conmigo: sintiéndome arropado, apaciguándome en los enfados o en las preocupaciones y, en definitiva, haciéndome valorar lo que me rodea y sentir ese júbilo que comienza en la mente y acaba brotando en mi corazón agradecido (bueno, ¿acaso no es éste un milagro, y de los mejores?).

Sí. Feliz y dichoso cuando le rezo, pienso o le hablo, o como en este caso le escribo, he creído que debe ser una felicidad moderada. Esa justa porción que anhelo. No más. Ello me permite observar y sentir las cosas de Fray Martín de una manera especial. O al menos, de una manera más natural y más justa, más humilde y tolerante.

Para mí es muy gratificante asociar las cosas bonitas (un bonito paisaje, los pensamientos positivos, un sol radiante, una lluvia serena, las buenas acciones…) al Señor, a la Virgen, y a Fray Martín particularmente (eso sí, por aquello de que nunca deseó ningún protagonismo y para que no se “enfade” conmigo, siempre de manera armoniosa y conjunta a los tres). La idea de San Martín humilde, amigo bueno y cariñoso, a poco que la busco me hacer ver con luminosidad, sentir con alegría y con esperanza…. salí a la calle y miré al cielo, y sé que estás ahí.

Es sin duda grande mi amor por Jesús y por la Virgen en sus diferentes advocaciones; pero veo a San Martín de Porres —equivocadamente o no— como algo más particular (mío) y terrenal. En definitiva, y me explico, como un buen embajador —de aquellos que nos consideramos sus amigos— de Jesús y la Virgen en este mundo nuestro.

A veces, algunos familiares o amigos me dicen: “Ah!, ¡cuánto te gusta San Martín!” Y yo sonrío, y pienso: “Sí, cuánto me gusta, pero sobre todo ¡CUÁNTO LO QUIERO!”

Que nuestro amigo nos alcance la gracia de una profunda vida interior para prolongar su santidad. ¡Feliz día de Fray Martín de Porres a todos!

Fray Martín de Porres, alegría en el Señor

Querido Fray Escoba, desde este humilde rincón, te solicito tu intercesión para que sepas barrer de mi interior todo aquello que produce mal a mis semejantes o a mí y por ello a nuestro Dios.

Que en mi, aflore, esa tu bondad y generosidad con los demás, sepa acoger a mis hermanos con la alegría de un corazón que infunda amor y que cuando hable, mis palabras sean muestra de alabanza a Dios y predicación de la FE que profesamos. 

Glorioso San Martín de Porres, bienhechor complaciente con las peticiones de tus devotos. Ruega e intercede por nosotros. Así sea.

* * *

una visión personal

Festividad de San Martín de Porres: Fray Martín y las virtudes teologales (2014)

Festividad de San Martín de Porres: Un santo icono para la humanidad (2013)

Martín de Porres: un corazón abierto al corazón (y II)

Blanca Chávarri (1966)

Martín de Porres: un corazón abierto al corazón (continua)

Jesús, la noche antes de morir en la cruz, y a sabiendas de que estaba a punto de ser traicionado, no arengó a sus discípulos para atacar al enemigo. No. Él se reunió alrededor de una mesa con todos ellos, en esa santa noche dedicada a recordar el Éxodo del pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto, y compartieron una cena. Pero no fue sólo una comida. Él entregó -con este acto- su vida entera por ellos y por nosotros. Todo: el Cuerpo y la Sangre. Él eligió amar a todos, incluso a sus enemigos, en lugar de hacer daño al otro. ¿Nos atrevemos a unirnos a Jesús y a Martín en la construcción de un nuevo mundo, en un gozoso acto de bondad conjunta?

Amigo de todos

Martín amaba a su prójimo, pero también cuidaba a los animales, a la tierra y a las plantas, pues era un enamorado de la creación divina. Durante años desempeñó en el convento dominicano no sólo el oficio de enfermero, sino también el de portero -era el hermano encargado de abrir la puerta-. Fue en la portería donde estaba en constante contacto con el mundo, con sus problemas, sus sufrimientos y sus alegrías. Martín siempre andaba metido en “problemas” con el prior de la comunidad porque traía a personas enfermas o esclavos heridos, o incluso algún perro callejero, al propio convento. El prior, tajante, tuvo que prohibírselo llegado a este punto: “¡Prohibidos los perros enfermos en este convento! ¡Esto no es una perrera! “¿Y qué hizo Martín al respecto? Llevó a su colonia de perros callejeros a la casa de su hermana, pues era preferible darles lecciones sobre cómo “buscar su sustento” fuera del convento…y de la cocina!

Un día, Martín, invitó a su amigo Juan a unirse con él a una excursión a las montañas fuera de Lima. Mientras caminaban, Martín cortó una rama de una higuera y se la llevó a la cima de una colina, donde cavó un hoyo y la plantó. Dos semanas más tarde, él y Juan regresaron al lugar. “Padre”, comentó Juan, “la higuera que plantó dieciocho días atrás ya está en ciernes”, a la que Martín respondió: “Gracias a Dios, dentro de dos o tres años dará frutos para los pobres que pasen por esta vía. Para Martín la tierra era el extraordinario jardín de Dios. Pertenecía a todos -incluso al ganado-, pero especialmente a los pobres.

Tabla de Dios de la Abundancia

Existe otra historia maravillosa -bien conocida- sobre la amistad de Martín con los animales, aunque en mi opinión, rara vez se entiende completamente. A menudo, vemos como esta historia se muestra en imágenes acerca de la vida San Martín. Esta es la historia, contada por el hermano dominico que fue testigo:

Un día entraba en una habitación -cerca de la cocina- y contemplé una extraña visión. A los pies de Martín se encontraban un perro y un gato comiendo tranquilamente en el mismo tazón de sopa. De repente, un pequeño ratón asomó la cabeza por un agujero en la pared. Martín, sin vacilar, se refirió al ratón, “No tengas miedo por nada. Si tienes hambre ven a comer con los demás”. El ratón vaciló, pero luego corrió hacia el plato de sopa de la que el perro y el gato comían. Viendo todo esto no pude hablar. Allí, delante de mis ojos, a los pies del mulato Fray Martín, un perro, un gato y un ratón estaban comiendo del mismo plato; enemigos naturales comían pacíficamente lado a lado.

Con demasiada frecuencia, la gente simplemente dice: “¡Oh, qué linda historia!”. A veces pensamos que la vida de los santos son cuentos de hadas y decimos: “¡Oh, qué santo lindo … ¡Oh, mira!, ¡qué hermoso es San Martín de Porres flotando alrededor del priorato con una escoba en la mano!”. Y ahí nos quedamos, en lo superficial. Pero, ¿no será que tenemos miedo de profundizar demasiado en estas historias porque entonces tendríamos que hacer cambios fundamentales en nuestras propias vidas? Me gustaría citar un pasaje del Evangelio de Mateo, que espero nos ayude a entender este relato importante de la vida de San Martín de Porres:

Partiendo de allí, Jesús se retiró a la región de Tiro y Sidón. Una mujer cananea de las inmediaciones salió a su encuentro, gritando: ‘¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija sufre terriblemente por estar endemoniada’. Jesús no le respondió palabra. Así que sus discípulos se acercaron a él y le rogaron: ‘Despídela, pues da voces tras nosotros’. El respondiendo, dijo: “No fui enviado sino a las ovejas perdidas del pueblo de Israel’, contestó Jesús. La mujer se acercó y, arrodillándose delante de él, le suplicó: ‘¡Señor, ayúdame!’ Él le respondió: ‘No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros’. ‘Sí, Señor; pero hasta los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos’. ‘¡Mujer, qué grande es tu fe!’, contestó Jesús. ‘Que se cumpla lo que quieres’. Y desde ese mismo momento quedó sana su hija. (Mt.15 :21-28).

Este pasaje del evangelio es de vital importancia si queremos entender la vida de Jesús y su mensaje. Jesús vivió en una cultura y una religión que consideraba a los gentiles como una raza inferior, casi como enemigos -no muy diferente a cómo los españoles veían a los indios y los africanos en el Perú que vivió Martín-.

El gran milagro de esta historia es que Jesús tiene por fin principal “partir el pan” con la mujer cananea y su hija, reconociendo su gran fe. Pero aún más importante: que derriba los muros religiosos que excluyen y dividen el mundo en buenos y malos, santos y pecadores. Por desgracia, nuestros políticos -y a veces, incluso, los líderes religiosos- siguen construyendo estos muros de división en nuestros días. Mira el muro que corre a lo largo de nuestra frontera sur con México. Mira la lista de personas que no son dignas de recibir la comunión durante la misa en nuestras propias iglesias.

Jesús, no sólo sanó a la hija que se encontraba atormentada por el demonio, sino que sanó la división religiosa que los separaba. Extendió la mano y ofreció a la mujer cananea y su hija el don de su amor incondicional. Se dio cuenta de que negar a esta mujer pagana y a su hija el regalo de su compasión, era en realidad ser infiel a su vocación como Hijo amado de Dios. Entonces, ¿qué hizo? Las invitó a sentarse con él en la mesa en presencia del amor de Dios.

¿Por qué vuestro maestro come con los recaudadores de impuestos y con los pecadores?” (Mt. 9:11), preguntan los fariseos a los discípulos de Jesús. Para Jesús, no fue un problema en absoluto, porque era el amor -no la pureza- el principio rector de su ministerio.

Toda la vida de Martín era dar la bienvenida a los más necesitados a la mesa de Dios. Ya sea que se tratara de un enfermo, un esclavo africano, o incluso un perro herido; para Martín el tema era Dios y el Reino de Dios. Martín entiende que la casa de Dios es un hogar para todos. Así que cuando él dio la bienvenida al perro, al gato y al ratón para comer en el mismo tazón, en realidad nos estaba enseñando algo sobre el Reino de Dios, sobre el amor expansivo del corazón de Dios. Martín -como Jesús- había abierto un espacio dentro de su corazón a los marginados y a los más humildes para partir el pan juntos.

Esto no es un cuento para niños. Es el evangelio puro y simple, una historia de amor incondicional en la mesa de Dios.

Lo que hizo Jesús con la mujer cananea, y lo que Martín hizo con el ratón fue abrir sus corazones y ofrecer hospitalidad, simple y llanamente: “Porque tuve hambre, y me disteis de comertuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis” (Mt 25:35). Dorothy Day, fundadora del movimiento del Trabajador Católico en los EE.UU., dijo que ofrecer hospitalidad a los pobres “no porque ellos podrían ser Cristo… sino porque son Cristo”. Tal vez la pregunta que debemos plantearnos a nosotros mismos todos los días -tanto en nuestra sociedad como en nuestras iglesias- es: “¿Quién falta en nuestra mesa hoy?”

Me gustaría terminar con la historia de mi propia vida y ministerio.

Hace varios años conocí a un hombre de mediana edad que se estaba muriendo de SIDA. Lo conocí en un hospicio católico para los moribundos – en su mayoría gente sin hogar – que estaban enfermos de VIH-SIDA. Había vivido en las calles durante muchos años sucio, hambriento, roto y solo. En el hospicio se le dio un baño, una cama limpia, comida y buena atención. Él había sido un católico practicante en su juventud, pero su vida había tomado un giro inesperado y trágico, y se había desviado de la fe.

Un segundo o tercer día después de llegar al hospicio, el hombre se levantó con la fuerza necesaria, y con gran esfuerzo se dirigió a la capilla para oír la misa. Hacía muchos años que no había estado dentro de una iglesia, pero de repente, después de mucho tiempo, quería ver a Dios de nuevo. Entró en la capilla en el momento en que comenzaba la homilía. Escuchó con atención, y como yo sabía que era su primera vez en la capilla lo miraba de vez en cuando durante mi predicación. Pude ver una nueva paz en su rostro, y me dio mucha alegría ver que se sintiera como en la casa de Dios, a salvo de las violentas calles por primera vez en muchos años.

Llegó el momento de la comunión, y con su bastón en la mano, y con gran esfuerzo, se puso en línea para recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Era bastante alto, y mientras se abría paso lentamente a la comunión me miró a la cara un par de veces; tenía la cara del hijo pródigo, corriendo hacia los brazos abiertos de su amado padre. Casi había llegado a donde yo estaba distribuyendo la comunión cuando uno de los voluntarios de cuidados paliativos lo agarró y lo apartó de la fila diciéndole que no estaba preparado para recibir al Señor, que tenía que ir a la confesión antes de que puede recibir la eucaristía. Se sentó, con la cara llena de confusión y tristeza.

Después de la misa le pregunté al trabajador que lo había retirado de la fila de la comunión: “¿Antes de que usted hiciera un juicio temerario en cuanto a su vida moral, se te ha ocurrido mirarlo a la cara? ¿No has visto el rostro radiante de un hombre que, después de mucho tiempo fuera de su casa, estaba haciendo el camino de regreso a los brazos amorosos y misericordiosos de Dios? “

Tenía la esperanza de tocar y experimentar el amor de Dios después de muchos años de vagar lejos de casa. Al día siguiente lo visité en su lecho. Me contó los retazos de una vida trágica, y que se encontraba arrepentido de haberse alejado de Dios durante tantos años. Le recordé el gran amor de Dios y le dí la sagrada comunión. Al día siguiente murió.

Cuando me acuerdo de la radiante luz del rostro de este hombre -tan hambriento de amor de Dios- las palabras de San Martín hacia el ratón vienen a mi mente.

“No tengas miedo de nada. Si tienes hambre ven a comer con los demás”.

Texto adaptado por fraymartindeporres.wordpress.com

Tomado de dominicanvocations.com

* * *

Martín de Porres: un corazón abierto al corazón (I)

Carta de Fray Martín: A los enfermos (Padre José Luis Gago, O.P)

poemario

Fray Martín sigue siendo el enfermero y el amigo.

Mis queridos amigos:

Me dirijo a vosotros con todo el gozo de que mi alma es capaz. Formáis parte de mi vida sobre la tierra y de mi preocupación desde el cielo. Vosotros conocéis mi vida y sabéis que, entre los oficios que me fueron encomendados en el convento, el que ocupó más años y más cariño por mi parte, fue el de enfermero. Mi principal ocupación consistió en velar y cuidar a los frailes que sufrían alguna dolencia o enfermedad: y no sólo los frailes del convento, sino los que en la ciudad padecían, formaban parte de mis más íntimos amigos. Lo primero que tengo que declararos es el bien que ellos me hicieron; no sólo porque me dieron oportunidad de hacerles algún bien; no sólo porque el Señor se manifestaba en sus palabras y en su alma, sino también porque los enfermos eran para mí, la lección viva y encarnada de todas la virtudes: pacientes hasta lo increíble, sufridos, humildes, agradecidos, llenos de confianza en Dios, alegres por sentirse escogidos por El para una vocación corredentora, bondadosos, desbordando confianza en Dios y en su Providencia, almas de oración, en íntima unión con Dios, conscientes de cumplir una misión salvadora entre los hombres, seguros de caminar por el atajo -corto y áspero- del camino de la santidad.

La enfermedad es una condición de la naturaleza humana caída; nadie se ve libre de su experiencia; más tarde o más temprano, en mayor o en menor gravedad y duración, todos los hombres tienen que saber del sufrimiento y del dolor físico. Pero, junto a los hombres que saben de la enfermedad como realidad transitoria, hay miles y miles que viven la enfermedad como situación permanente, casi como rasgo personal y constitutivo. Es uno de los misterios de la vida humana ante el que sólo la valoración religiosa y el enfoque sobrenatural tienen algo que decir.

Es natural que la primera e instintiva reacción de la naturaleza sea de rechazo de la enfermedad; ésta, en definitiva, es un ataque a la vida, a la salud, a la tendencia innata de sobrevivir. Por eso, no deben sorprenderos ciertos gestos y expresiones de rebeldía en los primeros momentos de la enfermedad. Lo peor es, cuando la persona recién sometida por la enfermedad carece de criterio cristiano; porque, lo que en principio fue sólo reacción física, puede enquistarse como principio de valoración de su actitud ante el dolor. De ahí, muchos enfermos sin sentido sobrenatural que no aceptan su situación como vocación y estado. Para éstos, la enfermedad mina, no sólo su organismo corporal sino también su espíritu y su esperanza. Contra esto quiero preveniros, mis amigos… Vuestros sufrimientos son camino de identificación con Cristo en la cruz, medio de purificación personal y comunitaria, un modo de oblación a Dios por el amor, una forma de intercesión por los hombres, el más puro estilo de conformidad con la voluntad de Dios, la ocasión permanente de progresar en el ejercicio de todas las virtudes. Si vivís bajo esta luz, llegará un momento en que por amor a Dios, hasta los propios y profundos sufrimientos os parezcan livianos y fáciles.

No es sencillo este camino, esta profesión, esta vocación. Desde el día en que la aceptéis abandonándoos filialmente a Dios, todo os parecerá distinto y vuestro estado, el más afortunado de todos.

Os los dice Fray Martín que, de esto sabe un poco y que, de verdad, os quiere y bendice.

Amistosamente,

Fray Martín

P. José Luis Gago de Val, O.P.

(Extracto tomado de “Encuentros con Fray Martín”. De la parte “Cartas de Fray Martín”)

Carta a los enfermos

Oración contra el cáncer

Dios omnipotente y misericordioso concede tu bendición y tu luz a todos aquellos que se hallan empeñados en la lucha contra el cáncer. Consuela y ayuda a los que han sido dañados por esta enfermedad y haz que los esfuerzos que realizan los hombres puedan al fin obtener un buen resultado que sirva de consuelo a todos. Te lo pedimos por la intercesión de tu Hijo, nuestro Salvador.

≈ ≈≈

Padre José Luis Gago, O.P., en el recuerdo

San Martín de Porres, un santo modelo para los jóvenes

san-martin-de-porres1

Fray Martín es un claro ejemplo para los jóvenes de amor ardiente a Jesucristo. Comprendía que el amor de Dios se extiende al prójimo a través de compartir la vida, la fe y la esperanza; de hacer el bien a los demás, cada día de nuestra existencia, como necesidad. Martín siempre se preocupó por los más pequeños, principalmente por aquellos que se encontraban en situación de desamparo. Lo hizo con Juancho, al que “adoptó” casi como un hijo, y con tantos otros a los que intentó inculcar buenos modos de vida. San Martín de Porres, su presencia en la vida de los más jóvenes (los de ayer, los de hoy), es un verdadero estímulo a desear ser mejores personas, alejándolos de ambientes de pecado, vicio o maldad. Él, desde muy niño, dedicó su vida a servir a los demás con convicción sincera e inagotable caridad; por ello, los jóvenes -y no tan jóvenes- podemos encontrar en Martín el valor de la humildad y el espíritu de servicio a la comunidad. Su ejemplo continúa ayudándonos a tener presente a Dios en cada momento -bueno o menos bueno- de nuestras vidas.

Como San Rafael Arnáiz, San Juan Bosco, San Felipe Neri y tantos otros, nuestro amigo Martín de Porres demostró desde la más tierna infancia su alegría y enorme bondad. En su juventud dejó fama de amabilidad y simpatía entre sus compañeros y amigos, con una especial diligencia en la piedad. De una manera sencilla y muy natural orientaba a los más jóvenes por el camino de la vida, para que su ideal fuese cristiano y no vulgar. Honraba a su madre; quería y cuidaba de los mayores y enfermos, de los más pobres, de los animales, de la naturaleza; nunca descuidó sus obligaciones en el convento y mucho menos de sus oraciones y penitencias consagradas al Señor y a la Virgen María, de la que era devotísimo. Su vida sigue siendo un antídoto al individualismo reinante en la actualidad: un ejemplo vital que enriquece a través de su caridad y entrega, y que nos invita a abrir nuestro corazón en el camino hacia un Dios misericordioso y compasivo.

oración a SMP

Que por su intercesión traiga a los más jóvenes, la paz, la caridad y el respeto por la vida, la defensa de la pureza del corazón y del cuerpo. Y sobre todo fortaleza y confianza firme, que juntos podamos crecer y creer en este Dios que ama, quiere y defiende la vida y al prójimo, como su don más precioso.

Por los niños y jóvenes. Para que convivan con alegría y cultiven ideales de altura y espiritualidad. Roguemos al Señor.

smp amigo de los niños

San Martín de Porres, un buen amigo de los niños

Algunas hornacinas y capillas con San Martín de Porres (Canarias)

1. Capillita particular en La Orotava

2. Hornacina en una casa particular en el barrio de La Romera (Los Realejos)

SAN ANDRES Y SAUCES (LA PALMA)

 3. Hornacina en San Andrés y Sauces

Cruz de la Cebolla (La Orotava)

4. Capilla en la Cruz de la Cebolla (La Orotava)

smp la romera-placeres

  5. Capilla de San Martín de Porres en La Romera (Los Realejos)

capillita

El Paso (La Palma)

6 y 7. Capillita en el Barrial (El Paso)

Las capillas -especialmente dedicadas a la Santa Cruz o al Calvario, y en ocasiones acompañada de alguna advocación mariana o santo de devoción-, de diferentes tamaños y formas, son comunes verlas a lo largo de nuestro territorio, formando parte del paisaje -urbano y rural- de las islas y convirtiéndose en lugares de culto y de oración. Las hornacinas son pequeños huecos de diferentes estilos, excavados en la pared, rematados con arco de medio punto y con marco de madera y cristal protector. Ambas construcciones son habituales encontrarlas en fachadas o en el interior de casas, en patios y caminos o cruces de caminos de nuestras islas. Algunas ya deterioradas por el paso de los años y otras todavía en pie gracias al fervor religioso de los vecinos, dan lugar a una costumbre popular que deriva de nuestras raíces cristianas y que supone una “sacralización del espacio urbano” (que también define el poeta “ciudadela, que guarde la hornacina salvadora; centinela del bien, de tu legado, mi Señora”). Tampoco debemos olvidarnos, en este sentido, de las urnas portátiles o capillitas de visita -con su específica oración dedicada a la advocación de la imagen en la puertecita- que recorren los hogares uniendo en la piedad a las familias y a los vecinos.

Son las capillas y hornacinas un modo sincero y público, incluso conmemorativo, de expresar la devoción y encomienda a la Cruz bendita, a Jesús, a la Virgen, a un Santo-a, o un sentido expiatorio o de recuerdo de algún acontecimiento importante. Cómo se ha comentado anteriormente, no es difícil localizarlas en muchos rincones de nuestros barrios o municipios, pues ciertamente cada una posee su propia historia. Y es que la iniciativa privada, movida a veces por una profunda devoción o por el pago de alguna promesa, ha sembrado muchos lugares de capillas particulares o vecinales, calvarios y cruces, que también forman parte de la historia religiosa y popular de Canarias. Todas ellas son el resultado de sentimientos, pensamientos y recuerdos que avivan la fe y que, en buen modo, bendicen los lugares.

Ermita de la Inmaculada Concepción (Masca) 1

8. Capillita de madera en la ermita de Masca 

Santa Catalina - La Guancha

9. Capilla de visita en el barrio de Santa Catalina (La Guancha)

Ahora nos centraremos en aquellas, que a lo largo de estos años, hemos encontrado con la imagen de Fray Martín: En Los Realejos, más concretamente en el lugar denominado La Romera-Placeres, existe una capilla (ver foto central) que se ha convertido en unos de los centros de devoción a San Martín de Porres más importantes de Canarias. En la localidades de Santiago del Teide y Buenavista del Norte hemos visto en caminos con dirección a algunos barrios o caseríos capillas u hornacinas con cruces, a veces con alguna imagen de la Virgen o el Sagrado Corazón y otras también presente alguna figurita de fray Martín; e incluso, alguna dedicada casi de manera exclusiva a San Martín de Porres. Asimismo, en la ermita del caserío de Masca -dentro del Parque Rural de Teno-, dedicada a la Inmaculada Concepción, existe otra capillita tipo urna con Fray Martín (foto 8). En el barrio de Santa Catalina del municipio de La Guancha una capilla de visita recorre las casas de los vecinos del lugar de manera ya tradicional (foto 9).

Ermita de San Juan (Los Carrizales) 1

Ermita de San Juan (Los Carrizales)

10 y 11. Urna en la Ermita de San Juan, caserío de los Carrizales (Buenavista del Norte)

En el caserío de Los Carrizales (Buenavista del Norte), paraje enclavado en un barranco de majestuosas dimensiones, existe en su ermita de San Juan una pequeñísima imagen de San Martín en una urna. Lo llamativo es que dicha urna mantiene todavía la limosna dada por los feligreses muchos años atrás, con las antiguas pesetas y con algún que otro billete de la época que se conserva en recuerdo de los antepasados del lugar. Un papelito advierte: “el que coge este dinero se sabe…Dios castiga rápido” (fotos 10 y 11).

En el municipio del Paso, en la isla de La Palma, existe una bonita devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a la Virgen del Pino, así como un gran cariño por San Martín de Porres que se manifiesta con la Bajada del Santo (el sábado más próximo o siguiente a la festividad). Emociona caminar en la enigmática zona del Barrial -también en El Paso-, donde se sitúa una ermita dedicada a San Martín de Porres, y descubrir por el camino referencias que muestran el afecto que se profesa a Fray Martín.

el berriel bajo

Cerámica

Todo es bueno cuando San Martín se encuentra en los hogares y en los corazones

San Martín de Porres, también conocido cariñosamente como Fray Escoba, se ha introducido en los corazones de muchos canarios, y junto a la Virgen María -en sus distintas advocaciones- como patrona de cada una de las islas, bendicen nuestra tierra, suplican por sus habitantes y cuidan de nuestros hogares:

Martín de Porres! Cuida de nuestros hogares y a todos los que viven en él. Benditos sean los amigos que entran y las ventanas que se abren al cielo. Intercede ante el Señor para que nos guarde en paz y su bendición venga siempre sobre nosotros.

Martín de la Caridad

Iglesia San Martín de Porres - Mar de Plata

“Martín de la caridad”

Homilía del Obispo de Mar del Plata en la memoria de San Martín de Porres

Mar del Plata, 3 de noviembre de 2014

Convento de frailes dominicos, San Martín de Porres

Esta comunidad conventual de frailes dominicos, sede del noviciado de la Orden, celebra hoy con gozo la fiesta de su patrono, San Martín de Porres. Hablamos de una de las glorias de la Orden de Predicadores, y una de las primeras flores de santidad en América Latina.

Como obispo de Mar del Plata, siento un gran gusto al responder positivamente a la invitación de presidir esta Misa. Este convento dominicano manifiesta continuamente su voluntad de comunión con la Iglesia diocesana y lo demuestra de muchas maneras. Sé que siempre puedo contar con su activa colaboración a la hora de proponerles una tarea pastoral, la suplencia puntual de un sacerdote, la ayuda en el sacramento de la Confesión, la presencia en las manifestaciones de fe, lo mismo que en eventos de trascendencia diocesana, o bien el compromiso de asumir una cátedra.

Recuerdo el día de mi ingreso en esta diócesis, el 4 de junio de 2011. Estaba previsto hacerlo a partir de este lugar, pero sin ingresar en este templo. Por detalles del protocolo, la oración del obispo ante el sagrario se reservaba para el ingreso en la Catedral. Con sana e ingenua picardía, los frailes, presididos por el Provincial, habían preparado un reclinatorio ante el altar y entre tímidos y distraídos me preguntaron si no deseaba pasar a saludar al Señor. ¿Cómo negarme?

Transcurridos unos instantes, después de rezar ante el Santísimo y la Virgen del Rosario, volví la mirada hacia la hermosa imagen de uno de mis santos preferidos, San Martín de Porres. Soy sensible ante las manifestaciones artísticas de calidad, y sé que esta talla se debe a uno de los mejores artistas que trabajaron la escultura en madera, Leo Moroder, abuelo de un querido sacerdote porteño, fallecido en plena juventud.

No vine para hablarles de arte ni quiero distraerlos. A este santo siempre atribuí una gracia decisiva en mi juventud, al término de una novena. Algún fraile de este convento conoce mi relato. Por eso, a los dos meses de ingresar en el Seminario, en el año 1962, sentí inmensa alegría por la canonización de este humilde hermano lego dominico, hijo de padre español y de madre mulata. Luego leí con fruición en L’Osservatore Romano la homilía del Papa San Juan XXIII.

Con el paso del tiempo, quise conocer más sobre la vida de este santo y leí una biografía que en su momento me hizo mucho bien.

Sobre su biografía no abundo, pues estoy hablando ante sus hermanos en religión, que bien la conocen; y ante una feligresía habituada a escuchar hablar de él.

Me complazco, en cambio, en recordar algunos rasgos de su estilo de vida, de su camino de santidad, que pueden servirnos a todos, cualquiera sea nuestro estado.

En las lecturas bíblicas, podemos encontrar la clave de comprensión de su existencia. El profeta Isaías habla del sentido del verdadero ayuno: “compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne” (Is 58,7). San Pablo al describir las diversas funciones en el Cuerpo de la Iglesia, nos dice: “El que tiene el don del ministerio, que sirva … El que comparte sus bienes, que dé con sencillez … El que practica misericordia, que lo haga con alegría … Ámense cordialmente con amor fraterno, estimando a los otros como más dignos” (Rom 12,7-9). El Evangelio nos trae la exclamación gozosa de Jesús: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños” (Mt 11,25).

En la vida de este humilde hermano lego, estas cosas resplandecían mediante sus obras.

Lo primero que destaco es la forma específica en que se tradujo su ardiente caridad. En una orden religiosa donde es bien conocido el lema contemplare et contemplata aliis tradere, vale decir: “contemplar la verdad y ofrecerla a los demás”, San Martín nos invita a ahondar en este aserto y darle a esta afirmación un significado que no excluye el esfuerzo del estudio, pero indica otra vía de conocimiento de la verdad y sabiduría del Evangelio, que Dios regala a los humildes y sencillos.

Conocer la sagrada doctrina, como base para instruir a los demás y dar respuesta a los numerosos interrogantes que se plantean en el encuentro entre el Evangelio y la vida de los hombres, es tarea irrenunciable en la vida de la Iglesia. Algunos miembros del Pueblo de Dios están llamados a conocer la revelación cristiana mediante el arduo estudio de la ciencia teológica en sus distintas áreas. Algunas órdenes, en particular, y entre ellas la dominicana, recibieron históricamente este carisma. Pero este camino es para pocos en comparación con la mayoría del Pueblo de Dios.

 En cambio, es para todos, incluidos los teólogos, el camino de la humildad y de la caridad, que se revestirán de expresiones diversas según cada estado de vida.

San Martín fue un gran contemplativo, aunque su fuente de sabiduría no eran los libros ni el esfuerzo de la ciencia. Él nos enseña con su vida que la contemplación no es un simple mirar y entender, ni sólo razonar  con fría objetividad sobre lo que es verdadero. La contemplación cristiana consiste en conocer a Dios mediante el amor. Por eso dice el Apóstol San Juan en su primera carta:  “Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1Jn 4,7-8).

La vida de San Martín de Porres abunda en gestos e iniciativas permanentes de conmovedora caridad, encendida en su oración constante, alimentada en su devoción eucarística y en su actitud receptiva ante los relatos y enseñanzas del Evangelio. Al pensar en la pasión del Señor, no podía evitar las lágrimas.

Este “Martín de la caridad”, como fue llamado, no había leído la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, dominico como él, pero sabía por la enseñanza interior del Espíritu Santo lo que el gran doctor enseñaba: “donde hay amor hay visión”, ubi amor ibi oculus (In Sent.III, 35, 12). Y también aquello que enseña Santo Tomás, siguiendo a San Gregorio Magno: “ «Cuando se ha visto a quien se ama se enciende más ese amor». Y esa es la perfección última de la vida contemplativa: no sólo la visión de la verdad divina, sino también su amor” (II-II, q.180, a.7 ad 1).

Hoy la Iglesia, bajo la guía del Papa Francisco, quiere volverse decididamente misionera, ser Iglesia en salida, que va al encuentro de las periferias geográficas y existenciales de la sociedad; testigo de la misericordia de Dios, al encuentro de las llagas de los hombres, sin excluir a nadie, pero privilegiando a los pobres.

De todo este programa puede ser modelo inspirador San Martín de Porres, a quien encomendamos hoy esta comunidad y esta feligresía, junto con los trabajos misioneros de nuestra diócesis.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

≈ ≈ ≈

Capilla de San Martín de Porres

Iglesia Convento San Martín de Porres, Mar del Plata (Argentina)