Fray Martín de Porres, religioso dominico

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Se cumple este año el 800 aniversario del acto fundacional de la Orden de Predicadores (Bula “Religiosam Vitam” del Papa Honorio III, de 22 de diciembre de 1216). Una Orden que sigue muy viva gracias a mujeres y hombres que han encarnado perfectamente el proyecto de Santo Domingo de Guzmán; donde la palabra de Dios ha formado y seguirá formando parte de sus vidas y actos.

La Orden ofreció a Martín, y como a tantos otros, el camino seguro en donde forjar su gran espiritualidad. Fray Martín de Porres supo equilibrar, dentro de los dominicos, una vida de oración y contemplación con su trabajo en beneficio de la comunidad y del prójimo. Humilde y caritativo como buen hijo de Santo Domingo, era un hombre del pueblo y para Dios. Siempre venció su dulce corazón en su vocación. También como buen dominico, Martín confió sus inquietudes y afanes a la virgen del Rosario, de la que era muy devoto; además, vivió y transmitió el Rosario como herencia y compromiso (“en la Orden Dominica va estampado el rosario cual sello de realeza”).

Nuestro amigo entró como terciario dominico (en aquel entonces, donado) en el convento de Nuestra Señora del Rosario de Lima: entregándose en cuerpo y alma a la oración y a la caridad, a la pobreza y a la humildad, a la penitencia interior y a las penitencias. Igualmente, con su carácter alegre, sencillo y servicial, pronto se gana el cariño de todos en su afán innato de ser un buen hermano -en su sentido más amplio- dentro de la Orden de Predicadores. En este sentido, deseaba y procuraba el bienestar de los novicios, a los que ayudaba a integrarse en sus deberes. Lejos de crear corriente mística o teóloga alguna es bien cierto que con su testimonio de vida cumplió con el sentir dominico: alababa constantemente al Señor, bendecía todo aquello que formaba parte de su vida (personas y situaciones) y predicaba fiel al ejemplo. Este fue su gran testimonio y su mejor apostolado. Por ello, Fray Martín es todo un símbolo universal: de humildad, caridad y cordialidad.

un amigo

Prefiero estar a la puerta de la casa de mi Dios que vivir en las mansiones de la maldad; prefiero dedicarme a barrer tu templo que convivir con los malvados.

«Si  te conformaras con ser un simple donado…No pronunciarás votos, pero te será permitido vestir parte del hábito: una túnica blanca y un escapulario negro. Un poco más adelante, claro…»

A Martín le pareció que el cielo se abría ante él. ¿Qué importaba el hábito, el lugar o el tratamiento, si podía estar en la casa de Dios y servirle fielmente, aunque ocupara el último lugar? Y así lo dijo:

 – ¿Es el donado el último puesto?

– Sí –afirmó el Superior-, el último.

– ¿Menos que portero?

– Sí, menos que portero.

Entonces…-balbució emocionado Martín-, gracias, señor. No creí merecer tan alto honor.

Así fue como el mulato Martín de Porres, el hijo del hidalgo español, entró en el convento dominico de Santo Domingo de Lima.

Desde este momento su vida fue una donación total, una entrega perfecta, al servicio de Dios…

smp dominicoLlevaba ya nueve años viviendo con fidelidad en el convento y es cuando sus superiores le invitan a dar el siguiente paso, el de profesión de votos religiosos, que acepta con júbilo. Había dado excelentes pruebas de laboriosidad y virtud. Había crecido en piedad y en armonía con los hermanos…Y aquel 2 de junio de 1603 pasaba de donado perpetuo a ser -ahora sí- Fray Martín de Porres, hermano dominico. Aquel día él hacía una nueva donación de su vida a Dios y a los hermanos. Un justo premio a una vida dedicada a la oración y al trabajo continuo:

Después de haber implorado la misericordia de Dios y de la Orden, Martín hizo su profesión solemne, prometiendo obedecer hasta la muerte a Dios, a la bienaventurada Virgen María, al Padre Santo Domingo y a los superiores de la Orden, según la regla de San Agustín y las Constituciones de los Frailes Predicadores.

Siempre estaba disponible para hacer el bien, y todos acudían a él. Ya no sólo empuñaba la escoba y el plumero y repiqueteaba las campanas. También tenía que manejar brochas, navajas, peines y tijeras. Había unos 200 frailes en la comunidad de Lima y todos buscaban a Fray Martín como barbero, peluquero o enfermero…

Al profesar le entregaron un nuevo servicio: ser enfermero. ¡Qué felicidad tener como enfermero a un santo! Sus biógrafos nos dicen que él llamaba a los enfermos “mis amos”, y han dejado descritos en muchas páginas los detalles de su caridad para atender como una madre a cuantos necesitaran de él… ¡y cómo corría solícito a su servicio! Sus curas resultaban tan eficaces para el cuerpo como para el alma. Fray Martín buscaba el remedio con inefable naturalidad en la oración.

Hasta llegado el momento en que vistió de otra luz y emprendió la partida hacia el cielo; con  los ojos cerrados y el corazón abierto. Ya todo lo había ganado con su corazoncito dominico. En la Orden Dominicana se redactó así su recuerdo:

– “Murió Fray Martín, hermano de admirable virtud y santidad…Abría su mano cada día al indigente y la extendía al necesitado. Brilló su caridad en la asistencia a los hermanos enfermos…Sirvió de ejemplo a toda la ciudad de Lima por su santidad y ejemplar vida. A una existencia tan prodigiosa correspondió una muerte dichosísima, habiendo acudido a sus exequias gran multitud del pueblo, disputándose el besar sus manos y sus pies, con gran reverencia, tanto en el clero como los simples fieles…”.

orden de predicadores

Oración

Bienaventurado San Martín, que desde tus primeros años aprendiste a andar por los caminos del Señor, firme siempre en tu fe, celoso de tu gloria y de la salvación de los hombres.

En la práctica de las virtudes supiste ganarte la admiración de todos, de los de dentro de la Orden y también de los de fuera. Por eso te propuso ser admitido a la profesión religiosa y a través de ella le diste un si generoso y absoluto a tu Dios.

Alcánzanos que sepamos vivir esa misma fe y sus consecuencias con total entrega. Queremos vivir nuestra fe con ejemplar fidelidad, sabiendo dar testimonios atrayentes desde nuestros puestos.

Que como tú, glorioso Fray Martín, derramemos la bondad de Dios con sonrisas y palabras amistosas, y con nuestros trabajos y alegría llenemos de felicidad nuestro alrededor.

Lo suplicamos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

(Oración de la “Novena a San Martín de Porres”, de Fray Ángel García de Pesquera, Capuchino).

las florecillas de fray martín

Santo de los pobres, Martín de Porres

Santo de los pobres, Martín de Porres,
fraile dominico, hermano cooperador,
cuidas del enfermo y del más necesitado,
vives confiado, como amigo de Dios.

Estribillo:
Martín de la caridad, reflejo del Padre bueno,
enséñanos la humildad,
camino que lleva al cielo.
Martín de la caridad,
predicas con el ejemplo,
que amar a Dios, para ti,
es el pobre y el enfermo.

Santo de los pobres, Martín de Porres,
tienes la alegría del hombre de oración,
bebes en la fuente de la Eucaristía,
eres fiel devoto de la Pasión del Señor.

Estribillo…

Padre de los pobres, Martín de Porres,
siembras esperanza, en quien sufre por amor,
gloria y alabanza, a ti siempre sean dadas,
sé, para nosotros, ante Dios, intercesor.

Estribillo…

Vicente Muñoz Esteban. Canciones para el Jubileo 800 de la Orden de Predicadores

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Enlace: Jubileo 1216-2016. Orden de Predicadores

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Festividad de San Martín de Porres: Fray Martín, el “enfermero” de almas

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La oración es necesaria para el alma porque nos pone en contacto con Dios y sirve verdaderamente para el entendimiento de los hombres.

Martín era un ángel para los enfermos, a pesar de que los tenía muy difíciles y poco agradecidos, a él poco le importaban las ingratitudes de los demás; los trataba como al mismo Jesús, muchas veces de rodillas, en señal de respeto y humildad, curando sus cuerpos maltrechos. Lo hacía con tanta dulzura y con tanto amor que ganaba, finalmente, sus corazones. Se podría decir que curaba más con su profunda bondad para con todos que con pócimas. Por eso también era un médico de las almas, pues si curaba a los enfermos de manera tan extraordinaria era para ganar sus almas para Cristo, con el convencimiento de que Dios salva al hombre, ¡siempre! Su encuentro cercano con el Señor —el mismo que se nos ofrece continuamente desde la cruz—, lo movía a servir con cariño a los que sufren física o espiritualmente, y a cuidar a los débiles y los olvidados: glorificando a todos los miembros en un solo cuerpo por medio de un solo pan fraterno.

Igualmente los pobres lo encontraron siempre dispuesto, encontrando en Martín alivio y descanso. Tenía el oído sensible hacia ellos. Él pidió la gracia del último lugar; la cama más dura, el tratamiento más pesado. Bendijo las manos que lo empujaron hacia los caminos agrestes, y cuando el odio amenazaba con atormentar su existencia, en sus labios florecía la flor del amor y la dulce sonrisa de Santidad. Sintió con el prójimo postrado, doliente —corporal y emocionalmente—, minado por dolencias más o menos duraderas, más o menos incurables, participando cristianamente en el sacrificio y la inagotable Misericordia. Y todo, por amor a Dios. Nada más: así de sencillo, así de natural.

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El alma iluminada de Fray Martín creyó y se fio de Cristo.

San Martín de Porres, allá en Lima, después de sus agotadoras tareas de hermanito lego en la portería, en la cocina, en la enfermería, en la misma calle, caía rendido en horas de silenciosa adoración ante Cristo en la Cruz. Con el trabajo de la tribulación soportada cristianamente —a base de esfuerzo y no pocos sacrificios en el cumplimiento del deber—, su amor se acrecentaba en la obra buena con valor de eternidad. Sin duda, su noble corazón y su camino espiritual no daban lugar a pérdida alguna… Asimismo, alabar la alegría permanente (y bien entendida) de Martín. Su espíritu abierto y alegre disipaba el mal humor como un rayo de luz las tinieblas.

Es una realidad -desgraciadamente cada vez más obstinada- que la naturaleza de las personas se va viciando por los actos impropios o por sentimientos negativos no controlados (de odio, de culpa, por complejos o por miedo, acaso también por las injusticias sufridas…). Y el alma que no se cuida, como una flor, acaba por marchitarse. Pues bien, a todo esto Fray Martín era como el agua pura y cristalina que discurre por las acequias, que riega y da vida. En algunas ocasiones fue insultado gravemente, injuriado o acusado injustamente de alguna falta, pero nuestro amigo Martín perdonaba siempre: sus acusadores y sus malas conciencias, ante las injusticias cometidas, caían rendidos por la bondad y el amor que aun así Fray Martín les transmitía de manera permanente, aliviando sus compungidas almas. El bien y la verdad siempre vencen al mal y a la mediocridad. El amor al prójimo, gran virtud cristiana, nos da la gratitud de los hombres y nos abre los brazos de Cristo. Definitivamente, hay que dar rienda suelta al corazón para amar y ser amado; y poder descubrir que tenemos vida verdadera, porque sólo puede dar vida aquel que la tiene.

Para lograrlo, sin embargo, es preciso algo que revuelva nuestro tranquilo estanque de aguas superficialmente transparentes, pero con fondo de lodazal. Necesitamos ver ese “barro” y hacerlo desaparecer: un revulsivo o acicate que nos haga recapacitar sobre nuestras miserias humanas; que nos escueza la piel del alma y nos apacigüe después. Vivimos con nuestras pasiones, pero con desánimo y amargura. Por ello, qué mayor determinación que el encomendarnos a Jesús Redentor, a Nuestra Señora Madre de Dios y Mediadora, y al ejemplo e intercesión de Fray Martín (¡cómo no!) para llegar a esa transformación: la ansiada liberación de tantas ataduras.

He aquí, como colofón, una bonita historia referida a San Martín de Porres:

Después de una excursión que hizo por estas costas el pirata Jorge Spilbergen, a mediados del año 1615, con cuatro navíos holandeses, quedaron en tierra algunos de ellos. Uno, llamado Esteban y tenido por cristiano se hizo amigo de Martín. Enfermó gravemente y se acogió al hospital de San Andrés. Allí estuvo tres días, juzgándose que de un momento a otro podría ocurrir su muerte. Una noche apareció por el hospital el buen Hermano y acercándose al lecho del enfermo dijo: ¿cómo es esto Esteban, sin bautizarse se quiere morir? y con esto le animó a recibir el bautismo y a convertirse de veras a Dios. Pidió entonces el enfermo que le administrasen el sacramento que había de hacerle cristiano, como lo hizo el cura del hospital y a las pocas horas, dejó esta vida con señales de predestinación. Martín le había abierto las puertas del cielo.

Las buenas obras, las buenas acciones: he aquí el ideal de la vida y alivio para las almas. Dichosos los que vivan en el mundo cuando todos los hombres se esfuercen en practicar el bien, como así hizo nuestro amigo Fray Martín de Porres.

¡Feliz día de San Martín de Porres, siempre unidos en el Señor! fraymartindeporres.wordpress.com

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Oración

Glorioso San Martín de Porres, cuya ardiente caridad abrazó siempre a sus hermanos necesitados, te saludamos e invocamos. Derrama sobre nuestras almas los dones preciosos de tu intercesión solícita y generosa, y escucha las súplicas de tus hermanos necesitados para que, por imitación de tus virtudes y siguiendo los pasos de nuestro bendito Redentor, podamos llevar con fuerza y valor nuestra cruz hasta alcanzar el Reino de los Cielos. Amén.

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Festividad de San Martín de Porres: Una visión personal (2015)

Letanía a San Martín de Porres

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Letanía a San Martín de Porres

San Martín de Porres:

Siempre en la presencia de Dios,

Fiel siervo de Cristo,

Amante de la Sagrada Eucaristía,

Devoto de nuestra bendita Madre,

Protector espiritual de las Américas,

Honroso hijo de Santo Domingo,

Amante del Santísimo Rosario,

Apóstol de la Piedad,

Protector de los tentados y de los arrepentidos,

Socorro de las Almas en duda y obscuridad,

Compasivo con los que sufren y están afligidos,

Fortaleza de desanimados e infortunados,

Pacificador de las discordias,

Conmovido por todos los que sufren,

Consuelo del enfermo y del moribundo,

Autor de curaciones milagrosas,

Protector de los niños sin hogar,

Humilde escondite de los poderes dados por Dios,

Devoto de la santa pobreza,

Modelo de obediencia,

Amante de la penitencia heroica,

Fuerte en la abnegación,

Cumplidor de las tareas domésticas con santo fervor,

Dotado con el don profético.

Ruega por nosotros San Martín,

para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

OREMOS: Oh Dios, que diste a San Martín de Porres la gloria de entrar en el reino de los cielos, concédenos por sus méritos e intercesión que nosotros podamos seguir de tal manera el ejemplo de su humildad en la tierra, que merezcamos ser llevados con Él a los cielos. Por Cristo nuestro Señor. AMÉN.

Gozos a San Martín de Porres

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Gozos a San Martín de Porres

No quiero, Dios poderoso,
que de tu mente me borres.
Por eso implora conmigo,
tu santo: Martín de Porres.

No fue obstáculo tu cuna
para buscar al Señor,
pues le amaste con locura
como buen hijo de Dios.
Tu vivir fue para amarlo
y honrarlo en tu santidad,
nos enseñaste a adorarlo
por toda la eternidad.

No quiero, Dios poderoso…

No buscaste los honores
ni el oropel de la vida,
pues tus únicos amores
fueron «la dicha escondida».
Viviste para el Amado
sin otro afán que la Cruz,
por eso fuiste adornado
de su Bondad y su Luz.

No quiero, Dios poderoso…

Gran maestro de obediencia,
de oración y de perdón.
Santo de limpia conciencia
y de eficaz bendición.
Bendice mis ilusiones,
mis luchas y mis desvelos,
pues quiero tus oraciones
para llegar hasta el cielo.

No quiero, Dios poderoso…

Amigo de tus amigos
y toda la creación
yo quiero adorar contigo
a nuestro Dios y Señor.
Yo cuento con tu presencia
para orar enardecido.
Regálame tu asistencia
para amar agradecido.

No quiero, Dios poderoso…

Por tu sencillez y gracia
recibiste los favores
que merecía tu alma,
renunciando a los honores.
Y los hombres te humillaron
con arrogancia y crueldad,
mas, los cielos te exaltaron
cuando vieron tu humildad.

No quiero, Dios poderoso…

Fervoroso y fiel amante
de la Santa Eucaristía;
fiel mulato caminante
de la mano de María.
Enaltecido baluarte
de la criolla santidad,
regálame el estandarte
de la Santa Trinidad.

No quiero, Dios poderoso…

Mis cotidianos afanes
bendícelos San Martín.
Haz que viva, ore y ame
para llegar a mi fin.
Haz que marche de tu mano
adorándole con vos;
que como vos ame a todos,
todo por amor a Dios.

No quiero, Dios poderoso…

      Guillermo Cardona Rodríguez
      (de la Novena a San Martín de Porres).

Negro, pero blanco de alma

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Negro, pero blanco de alma: La ambivalencia de la negrura en la Vida prodigiosa de Fray Martín de Porras (1663)

Larissa Brewer-García

Resumen: El encuentro entre el discurso cristiano sobre la universalidad de la religión cristiana y los discursos sobre la corporalidad, la moralidad y la espiritualidad del negro produjo diferentes tipos de sujetos de ascendencia africana en los textos coloniales hispanoamericanos. En la hagiografía sobre el “pardo” Fray Martín de Porras, escrita en Lima en 1663, el autor dominico Bernardo de Medina emplea una estrategia ambivalente de negociación de valores simbólicos negativos atribuidos a las poblaciones de ascendencia africana en la Lima colonial a la vez que celebra a Porras como figura autóctona ejemplar de la capital del virreinato de Perú y figura ejemplar de la orden dominica en el Nuevo Mundo en general. En esta negociación, Medina representa a Porras a través de un agrupamiento de características eclécticas -algunas asociadas con la clase humilde de la sociedad colonial y otras con la elite-. El presente análisis muestra que en el texto de Medina la figura de Porras es ambivalente, no híbrida: el alma de Porras es blanca y asociada con el poder de la clase española/criolla (blanca), mientras que su cuerpo es oscuro y asociado con la supuesta servidumbre de las clases bajas. En el texto, la ambivalente descripción de la figura de Porras no amenaza el poder colonial, sino que apoya las relaciones jerárquicas de la sociedad limeña. Mediante un análisis de las dinámicas de poder en la construcción de Porras como sujeto ambivalente podemos reflexionar sobre las nociones de la negrura, la hibridez y la ambivalencia y su relación al creciente interés en temas afrocoloniales en los estudios coloniales latinoamericanos…Texto completo AQUÍ

Fuente: Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal

Fiestas de San Martín de Porres en Puente de Vadillos (Cuenca)

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Imagen de Fray Martín en la localidad conquense de Puente de Vadillos.

En los primeros días del mes de agosto (principalmente durante el primer fin de semana), el municipio de Puente Vadillos, en plena Serranía de Cuenca, celebra las fiestas en honor a San Martín de Porres. Unos festejos que se han convertido ya en tradicionales y, a la vez, punto de encuentro entrañable para los vecinos, las familias del pueblo y sus visitantes.

Puente de Vadillos celebra sus fiestas patronales; un hombre de color, sobresaliente en humildad, servicio y amor a los demás, para que sean felices, es su patrón: San Martín de Porres.

Amigos de Puente Vadillos, os invito a pasarlo bien en estos días de fiesta; coged la escoba de Fray Escoba y barred de vuestras vidas lo que nos impide ser felices: egoísmos, envidias, odios, y unid vuestras manos para ser amigos; ofreciendo vuestra hospitalidad a los que lleguen de fuera y vuestra amistad sincera a los de dentro.

Que San Martín de Porres nos bendiga y pasemos unas muy felices fiestas.

Vuestro sacerdote,

Javi.

Genio y semblanza de Fray Martín de Porres

Genio y semblanza del santo varón limeño de origen africano (Fray Martín de Porras)

Por J.P. Tardieu (Universitè de la Rèunión)

Llegados al Perú con los conquistadores, los negros constituyeron un motivo de preocupación para la Iglesia. Su número fue creciendo de tal manera que se les consideró muy pronto como un factor de desestabilización de la sociedad colonial. Eran una amenaza no sólo para el bienestar de los españoles, sino también para la vida espiritual de los Indios a quienes daban un mal ejemplo cuando no les maltrataban. Convenía pues ocuparse de la educación religiosa de estos hombres que llegaban de África sin ningún conocimiento a este respecto. Los jesuitas, frente a los descuidos del clero secular, se encargaron de su evangelización*. Uno de los resultados de este trabajo fue que algunos hombres de origen africano obtuvieron en Lima fama de santos. Los más conocidos fueron mulatos, lo que no deja de plantear ciertos problemas en cuanto al significado de su vida.

EL SANTO MULATO

Fray Martín de Porras

Bautizado el miércoles 9 de diciembre de 1579 en la parroquia de San Sebastián en Lima, Martín es declarado de padre desconocido. Su madre, Ana Velázquez, es una negra libre. Las deposiciones de los miembros de la familia paterna durante la encuesta para el proceso de beatificación permiten llenar el vacío a propósito del origen de Martín, en particular la de Andrés Marcos de Miranda, primo de su padre. Martín era el hijo natural de don Juan de Porras, caballero de la orden de Alcántara, y de Ana Velázquez, negra horra oriunda de la ciudad de Panamá. Dos días después de esta declaración, doña Ana Contero confirmó este origen, a pesar de que don Juan se había casado con una de sus tías. Antes de ir más lejos, cabe insistir en la nobleza de don Juan. Pertenece a una orden prestigiosa reservada a los hombres de los mejores orígenes que han prestado grandes servicios a la Corona. Hasta llegó a ser gobernador de Panamá…

Según los testigos del proceso, el niño manifestó desde la más tierna infancia predisposiciones para el recogimiento y la oración, a la inversa de los niños del mismo origen. Por cierto, no pudo pretender seguir las huellas de su padre, teniendo que contentarse con aprender el oficio de barbero. En aquella época, sin embargo, era el primer paso para acceder al estado de cirujano. Le incitó su piedad a solicitar el hábito de converso en el convento de Santo Domingo, cercano a su domicilio. Su padre había intervenido para que se le autorizara a no contentarse con la humilde condición de donado. El día 2 de enero de 1603, Martín pronunció sus votos de hermano lego.

Martín se pasó toda la vida en el modesto empleo que ocupó desde su entrada en el convento. Bajo la dirección de su padre enfermero, consagró sus esfuerzos a la enfermería del establecimiento. Allí cuidó a los frailes, a los criados, entre los cuales había numerosos negros, y a los pobres que, por no tener los recursos necesarios para consultar a un médico o a un cirujano, o para comprar medicinas, contaban con la generosidad de los padres y esperaban desde el amanecer la apertura de las puertas. No sólo había negros o indios entre estos desgraciados: la caridad de fray Martín también se manifestó a favor de numerosos españoles. En la asistencia que prestaba a sus enfermos, solía utilizar medicinas compuestas por él mismo con plantas medicinales que cultivaba en el huerto del convento. Su generosidad le llevaba a sembrarlas en las afueras de Lima, como en Lurigancho por ejemplo, o en la hacienda del convento, en Limatambo, donde cuidaba a los esclavos. También tenía bajo su responsabilidad la ropería de la casa. En una dependencia de este servicio, instaló su celda donde acogía de vez en cuando a algún necesitado como el joven Juan Vázquez de Parra, a quien consideró probablemente como a su hijo, e incluso a algún perro abandonado. Repartía las limosnas de los donadores a quienes no dejaba de solicitar. Además los testimonios evocan unas ocupaciones muy apremiantes, como la de tocar a oficios, y hasta repelentes, como la de limpiar las letrinas. Merced al desempeño de estos cargos y el carácter excepcional de su vida religiosa fue como adquirió Martín fama de santo. Lo extraño es que otro mulato siguió un camino parecido en casa de los agustinos… Texto completo (pdf): AQUÍ

Fuente. centroafrobogota.org

Testimonio de fe: “Un santo en el hospital”

Fray Martín

“Este enfermero trabajó toda la noche con un entusiasmo que contagiaba… Me parecía un hombre muy particular, especialmente por la tranquilidad que inspiraba”El testimonio que cambió la vida y restauró la fe de tres enfermeras:

Hace seis años, el día tres de noviembre, la enfermera Margarita de los Ángeles Parra se encontraba de guardia en el área ‘maternidad’ del Hospital de Gineco Obstetricia de Tlatelolco (México).

Como era habitual, Margarita debía velar aquella noche por el bienestar de las futuras madres y las que ya habían pasado el proceso de parto. Cuando los minutos avanzaron y su compañera de guardia no llegaba, comenzó a inquietarse. Durante la tarde de ese día habían nacido trece niños y cada madre necesitaba cuidados diferentes. Además el médico ginecólogo asignado al área debía atender los partos. Margarita creyó que estaría prácticamente sola en el servicio. Pero recibiría una ayuda extraordinaria -según declara en su testimonio al semanario Desde la Fe, aunque sólo horas más tarde comprendería quien había sido su peculiar compañero de trabajo…

“De pronto -dice Margarita-, apareció un hombre delgado y moreno con chazarilla de enfermero… «¿En qué te ayudo?», me preguntó. Yo me quedé sorprendida por la confianza con que se dirigió a mí, pues no nos conocíamos. Aún no terminaba de darle instrucciones, cuando aquel hombre ya estaba atendiendo a las mujeres y a los recién nacidos. Siempre sonriente acariciaba los cabellos de las pacientes. Aunque no le había visto nunca, a mí me pareció normal que estuviera en el servicio, porque generalmente si uno va a faltar al trabajo paga guardia a un enfermero o médico para que lo sustituya”.

Recuerda la enfermera la particular sonrisa de su colega, su dentadura blanca y brillante resaltando en su rostro de piel morena. Le sorprendía además que dedicara tanto tiempo a escuchar todo lo que las nuevas mamas le decían y también en verificar la evolución de los bebés. “Este enfermero trabajó toda la noche con un entusiasmo que contagiaba. Tomaba las manos de las pacientes entre las suyas y las mujeres que aún no daban a luz se tranquilizaban mucho cuando se les acercaba. Me parecía un hombre muy particular, especialmente por la tranquilidad que inspiraba”, advierte Margarita.

Luego, para el resto de la noche dos enfermeras más se sumaron al servicio. Las mujeres se preocuparon cuando el desconocido enfermero inesperadamente pareció algo pálido, sudoroso. A Margarita le pareció incluso que temblaba como si tuviere fiebre, pero aún así, señala, este hombre seguía atendiendo a las enfermas y a los bebés con mucho cariño. “Junto con mis compañeras lo convencimos para que saliera del pabellón y descansara un rato; él nos sonrió, salió del piso y ya no lo volvimos a ver”.

Cuando estaba amaneciendo, Margarita acudió al llamado de una señora que sentía algunos malestares y alza de temperatura. La atendió y le invitó a que se tranquilizara, diciéndole que todo estaría bien. Para su sorpresa la enferma le contestó: «Sí. Si estoy tranquila, porque san Martín de Porres me vino a visitar y me dijo que voy a estar bien».

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Acostumbrada, dice la enfermera, a que los pacientes en los hospitales refieren ver algún familiar fallecido, la Virgen o santos, se limitó a sonreírle algo benevolente… “Pero la señora notó mi incredulidad y me dijo: «¡Le juro que aquí estuvo, estaba vestido de enfermero!», insistió la mujer…”.

Aunque el raciocinio de Margarita se resistía a creer en aquellos dichos de la paciente, comentó lo sucedido a sus dos compañeras, quienes no dudaron en dar veracidad al asunto: «¿No se referiría al enfermero que estuvo hace un rato con nosotras?», preguntó una de ellas y continuó: «La verdad sí se parecía mucho a san Martín de Porres».

“En ese momento sentí cómo se me puso la ‘piel de gallina’. Poco convencida aún, les dije: «¿Y qué milagro vino a hacer aquí?» …«No lo sé», respondió la otra, mientras las tres caminábamos hacia una de las ventanas. En ese momento un rayo del sol nos iluminó, dejando ver un bello amanecer. En la habitación, las pacientes se veían muy contentas, unas con sus pequeños y otras aún aguantando los dolores de parto…”

“Aquella noche san Martín de Porres pudo haber estado con nosotras o quizá no, pero lo cierto es que habíamos trabajado juntos, codo con codo, recordándonos que nos hicimos enfermeras para servir y atender a nuestros semejantes en el dolor, hacerles menor su angustia, ayudarlos en su padecer… ¡y ese ya es un gran regalo que Dios nos dio esa noche!”.

La sabiduría de un santo compasivo

La historia de nuestro amigo Martín empieza a gestarse por la visita que hizo a la ciudad de Lima (Perú) un caballero español de la Orden de Alcántara, Don Juan de Porres; quien trabajaba entonces como diplomático bajo las órdenes del Rey Felipe II de España. Su estancia en la ciudad aunque breve, le dio tiempo para conocer e intimar con una joven inmigrante afro-panameña, llamada Ana Velázquez. Dos hijos que el padre no reconocería, nacieron de aquél frágil vínculo… Juana, y su hermano Martín un 9 de diciembre de 1579.

El niño que tenía en su color de piel y otros rasgos el sello de ser mulato, destacaba en fortaleza…

Testimonio de Margarita de los Ángeles Parra

(Artículo originalmente publicado por DesdeLaFe)

Fuente: es.aleteia.org

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Una historia de San Martín de Porres en Gran Canaria

Festividad de San Martín de Porres: Una visión personal

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Encargo todo a Fray Martín.

Rezo por su nombre. Amén.

Le conocí desde bien pronto. Mi madre tenía en su mesa de noche una imagen de San Martín, y pronto reparé en ella. Me llamó la atención su hábito, el color de su rostro y su escoba. Lo incorporé a mis juegos, con mis otros muñecos. Cuando terminaba lo devolvía a la mesilla con mucho cuidado y cariño. Luego no sé por qué, supongo que las cosas de la edad, le perdí un tanto el rastro… Hasta que un tiempo después —un buen día, sin duda—, visitando la vieja casa de los abuelos de un amigo, me encontré con una caja que contenía unos libros antiguos: me llamó especialmente la atención uno de ellos, de portada amarilla y letras rojas, que sobresalía un poco por uno de los lados; lo tomé y, ¡qué buena fortuna!, era un pequeño libro de Leo Garnier sobre nuestro santo. A mi amigo no le importó dármelo. Lo cierto es que me sentí conmovido durante el resto del día por tan feliz hallazgo. Presentía que volvía a reencontrarme con Fray Martín, a descubrirlo de una vez por todas: una vida de humildad, de respeto, de alegría y de mucho amor a Dios y a los hombres.

Siempre me ha llamado la atención el cariño que siente la gente por San Martín de Porres. Puede ser que haya quién, en un primer momento, no lo reconozca o no cae en la cuenta cuando se le nombra; pero ya cuando se entra en detalles todos ceden con una sonrisa o un gesto de aprobación, “¡Oh sí, Fray Escoba!”. Su vida de entrega al prójimo, su humildad reconocida e incluso su figura desprenden aún una gran fuerza espiritual, yo diría que impactante, que sin duda le proporcionaría una existencia intensa y extraordinaria en un contexto social desfavorable; y a la vez, hoy, este legado suyo cargado de maravillosos valores cristianos nos invita-ayuda a ser mejores, más buenos, y a desear limpiar las viejas heridas del remordimiento o de los errores pasados.

Con respecto a mí, nunca le he pedido grandes milagros. Ni tan siquiera los deseo. Me es suficiente sentir su presencia —en alguna situación comprometida la he sentido claramente— y fundamentalmente que en los buenos y no tan buenos momentos esté ahí conmigo: sintiéndome arropado, apaciguándome en los enfados o en las preocupaciones y, en definitiva, haciéndome valorar lo que me rodea y sentir ese júbilo que comienza en la mente y acaba brotando en mi corazón agradecido (bueno, ¿acaso no es éste un milagro, y de los mejores?).

Sí. Feliz y dichoso cuando le rezo, pienso o le hablo, o como en este caso le escribo, he creído que debe ser una felicidad moderada. Esa justa porción que anhelo. No más. Ello me permite observar y sentir las cosas de Fray Martín de una manera especial. O al menos, de una manera más natural y más justa, más humilde y tolerante.

Para mí es muy gratificante asociar las cosas bonitas (un bonito paisaje, los pensamientos positivos, un sol radiante, una lluvia serena, las buenas acciones…) al Señor, a la Virgen, y a Fray Martín particularmente (eso sí, por aquello de que nunca deseó ningún protagonismo y para que no se “enfade” conmigo, siempre de manera armoniosa y conjunta a los tres). La idea de San Martín humilde, amigo bueno y cariñoso, a poco que la busco me hacer ver con luminosidad, sentir con alegría y con esperanza…. salí a la calle y miré al cielo, y sé que estás ahí.

Es sin duda grande mi amor por Jesús y por la Virgen en sus diferentes advocaciones; pero veo a San Martín de Porres —equivocadamente o no— como algo más particular (mío) y terrenal. En definitiva, y me explico, como un buen embajador —de aquellos que nos consideramos sus amigos— de Jesús y la Virgen en este mundo nuestro.

A veces, algunos familiares o amigos me dicen: “Ah!, ¡cuánto te gusta San Martín!” Y yo sonrío, y pienso: “Sí, cuánto me gusta, pero sobre todo ¡CUÁNTO LO QUIERO!”

J.J.

Que nuestro amigo nos alcance la gracia de una profunda vida interior para prolongar su santidad. ¡Feliz día de Fray Martín de Porres a todos!

Fray Martín de Porres, alegría en el Señor

Querido Fray Escoba, desde este humilde rincón, te solicito tu intercesión para que sepas barrer de mi interior todo aquello que produce mal a mis semejantes o a mí y por ello a nuestro Dios.

Que en mi, aflore, esa tu bondad y generosidad con los demás, sepa acoger a mis hermanos con la alegría de un corazón que infunda amor y que cuando hable, mis palabras sean muestra de alabanza a Dios y predicación de la FE que profesamos. 

Glorioso San Martín de Porres, bienhechor complaciente con las peticiones de tus devotos. Ruega e intercede por nosotros. Así sea.

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una visión personal

Festividad de San Martín de Porres: Fray Martín y las virtudes teologales (2014)

Festividad de San Martín de Porres: Un santo icono para la humanidad (2013)

Martín de Porres: un corazón abierto al Corazón (y II)

Blanca Chávarri (1966)

Martín de Porres: un corazón abierto al Corazón (continua)

Jesús, la noche antes de morir en la cruz, y a sabiendas de que estaba a punto de ser traicionado, no arengó a sus discípulos para atacar al enemigo. No. Él se reunió alrededor de una mesa con todos ellos, en esa santa noche dedicada a recordar el Éxodo del pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto, y compartieron una cena. Pero no fue sólo una comida. Él entregó -con este acto- su vida entera por ellos y por nosotros. Todo: el Cuerpo y la Sangre. Él eligió amar a todos, incluso a sus enemigos, en lugar de hacer daño al otro. ¿Nos atrevemos a unirnos a Jesús y a Martín en la construcción de un nuevo mundo, en un gozoso acto de bondad conjunta?

Amigo de todos

Martín amaba a su prójimo, pero también cuidaba a los animales, a la tierra y a las plantas, pues era un enamorado de la creación divina. Durante años desempeñó en el convento dominicano no sólo el oficio de enfermero, sino también el de portero -era el hermano encargado de abrir la puerta-. Fue en la portería donde estaba en constante contacto con el mundo, con sus problemas, sus sufrimientos y sus alegrías. Martín siempre andaba metido en “problemas” con el prior de la comunidad porque traía a personas enfermas o esclavos heridos, o incluso algún perro callejero, al propio convento. El prior, tajante, tuvo que prohibírselo llegado a este punto: “¡Prohibidos los perros enfermos en este convento! ¡Esto no es una perrera! “¿Y qué hizo Martín al respecto? Llevó a su colonia de perros callejeros a la casa de su hermana, pues era preferible darles lecciones sobre cómo “buscar su sustento” fuera del convento…y de la cocina!

Un día, Martín, invitó a su amigo Juan a unirse con él a una excursión a las montañas fuera de Lima. Mientras caminaban, Martín cortó una rama de una higuera y se la llevó a la cima de una colina, donde cavó un hoyo y la plantó. Dos semanas más tarde, él y Juan regresaron al lugar. “Padre”, comentó Juan, “la higuera que plantó dieciocho días atrás ya está en ciernes”, a la que Martín respondió: “Gracias a Dios, dentro de dos o tres años dará frutos para los pobres que pasen por esta vía. Para Martín la tierra era el extraordinario jardín de Dios. Pertenecía a todos -incluso al ganado-, pero especialmente a los pobres.

Tabla de Dios de la Abundancia

Existe otra historia maravillosa -bien conocida- sobre la amistad de Martín con los animales, aunque en mi opinión, rara vez se entiende completamente. A menudo, vemos como esta historia se muestra en imágenes acerca de la vida San Martín. Esta es la historia, contada por el hermano dominico que fue testigo:

Un día entraba en una habitación -cerca de la cocina- y contemplé una extraña visión. A los pies de Martín se encontraban un perro y un gato comiendo tranquilamente en el mismo tazón de sopa. De repente, un pequeño ratón asomó la cabeza por un agujero en la pared. Martín, sin vacilar, se refirió al ratón, “No tengas miedo por nada. Si tienes hambre ven a comer con los demás”. El ratón vaciló, pero luego corrió hacia el plato de sopa de la que el perro y el gato comían. Viendo todo esto no pude hablar. Allí, delante de mis ojos, a los pies del mulato Fray Martín, un perro, un gato y un ratón estaban comiendo del mismo plato; enemigos naturales comían pacíficamente lado a lado.

Con demasiada frecuencia, la gente simplemente dice: “¡Oh, qué linda historia!”. A veces pensamos que la vida de los santos son cuentos de hadas y decimos: “¡Oh, qué santo lindo … ¡Oh, mira!, ¡qué hermoso es San Martín de Porres flotando alrededor del priorato con una escoba en la mano!”. Y ahí nos quedamos, en lo superficial. Pero, ¿no será que tenemos miedo de profundizar demasiado en estas historias porque entonces tendríamos que hacer cambios fundamentales en nuestras propias vidas? Me gustaría citar un pasaje del Evangelio de Mateo, que espero nos ayude a entender este relato importante de la vida de San Martín de Porres:

Partiendo de allí, Jesús se retiró a la región de Tiro y Sidón. Una mujer cananea de las inmediaciones salió a su encuentro, gritando: ‘¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija sufre terriblemente por estar endemoniada’. Jesús no le respondió palabra. Así que sus discípulos se acercaron a él y le rogaron: ‘Despídela, pues da voces tras nosotros’. El respondiendo, dijo: “No fui enviado sino a las ovejas perdidas del pueblo de Israel’, contestó Jesús. La mujer se acercó y, arrodillándose delante de él, le suplicó: ‘¡Señor, ayúdame!’ Él le respondió: ‘No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros’. ‘Sí, Señor; pero hasta los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos’. ‘¡Mujer, qué grande es tu fe!’, contestó Jesús. ‘Que se cumpla lo que quieres’. Y desde ese mismo momento quedó sana su hija. (Mt.15 :21-28).

Este pasaje del evangelio es de vital importancia si queremos entender la vida de Jesús y su mensaje. Jesús vivió en una cultura y una religión que consideraba a los gentiles como una raza inferior, casi como enemigos -no muy diferente a cómo los españoles veían a los indios y los africanos en el Perú que vivió Martín-.

El gran milagro de esta historia es que Jesús tiene por fin principal “partir el pan” con la mujer cananea y su hija, reconociendo su gran fe. Pero aún más importante: que derriba los muros religiosos que excluyen y dividen el mundo en buenos y malos, santos y pecadores. Por desgracia, nuestros políticos -y a veces, incluso, los líderes religiosos- siguen construyendo estos muros de división en nuestros días. Mira el muro que corre a lo largo de nuestra frontera sur con México. Mira la lista de personas que no son dignas de recibir la comunión durante la misa en nuestras propias iglesias.

Jesús, no sólo sanó a la hija que se encontraba atormentada por el demonio, sino que sanó la división religiosa que los separaba. Extendió la mano y ofreció a la mujer cananea y su hija el don de su amor incondicional. Se dio cuenta de que negar a esta mujer pagana y a su hija el regalo de su compasión, era en realidad ser infiel a su vocación como Hijo amado de Dios. Entonces, ¿qué hizo? Las invitó a sentarse con él en la mesa en presencia del amor de Dios.

¿Por qué vuestro maestro come con los recaudadores de impuestos y con los pecadores?” (Mt. 9:11), preguntan los fariseos a los discípulos de Jesús. Para Jesús, no fue un problema en absoluto, porque era el amor -no la pureza- el principio rector de su ministerio.

Toda la vida de Martín era dar la bienvenida a los más necesitados a la mesa de Dios. Ya sea que se tratara de un enfermo, un esclavo africano, o incluso un perro herido; para Martín el tema era Dios y el Reino de Dios. Martín entiende que la casa de Dios es un hogar para todos. Así que cuando él dio la bienvenida al perro, al gato y al ratón para comer en el mismo tazón, en realidad nos estaba enseñando algo sobre el Reino de Dios, sobre el amor expansivo del corazón de Dios. Martín -como Jesús- había abierto un espacio dentro de su corazón a los marginados y a los más humildes para partir el pan juntos.

Esto no es un cuento para niños. Es el evangelio puro y simple, una historia de amor incondicional en la mesa de Dios.

Lo que hizo Jesús con la mujer cananea, y lo que Martín hizo con el ratón fue abrir sus corazones y ofrecer hospitalidad, simple y llanamente: “Porque tuve hambre, y me disteis de comertuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis” (Mt 25:35). Dorothy Day, fundadora del movimiento del Trabajador Católico en los EE.UU., dijo que ofrecer hospitalidad a los pobres “no porque ellos podrían ser Cristo… sino porque son Cristo”. Tal vez la pregunta que debemos plantearnos a nosotros mismos todos los días -tanto en nuestra sociedad como en nuestras iglesias- es: “¿Quién falta en nuestra mesa hoy?”

Me gustaría terminar con la historia de mi propia vida y ministerio.

Hace varios años conocí a un hombre de mediana edad que se estaba muriendo de SIDA. Lo conocí en un hospicio católico para los moribundos – en su mayoría gente sin hogar – que estaban enfermos de VIH-SIDA. Había vivido en las calles durante muchos años sucio, hambriento, roto y solo. En el hospicio se le dio un baño, una cama limpia, comida y buena atención. Él había sido un católico practicante en su juventud, pero su vida había tomado un giro inesperado y trágico, y se había desviado de la fe.

Un segundo o tercer día después de llegar al hospicio, el hombre se levantó con la fuerza necesaria, y con gran esfuerzo se dirigió a la capilla para oír la misa. Hacía muchos años que no había estado dentro de una iglesia, pero de repente, después de mucho tiempo, quería ver a Dios de nuevo. Entró en la capilla en el momento en que comenzaba la homilía. Escuchó con atención, y como yo sabía que era su primera vez en la capilla lo miraba de vez en cuando durante mi predicación. Pude ver una nueva paz en su rostro, y me dio mucha alegría ver que se sintiera como en la casa de Dios, a salvo de las violentas calles por primera vez en muchos años.

Llegó el momento de la comunión, y con su bastón en la mano, y con gran esfuerzo, se puso en línea para recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Era bastante alto, y mientras se abría paso lentamente a la comunión me miró a la cara un par de veces; tenía la cara del hijo pródigo, corriendo hacia los brazos abiertos de su amado padre. Casi había llegado a donde yo estaba distribuyendo la comunión cuando uno de los voluntarios de cuidados paliativos lo agarró y lo apartó de la fila diciéndole que no estaba preparado para recibir al Señor, que tenía que ir a la confesión antes de que puede recibir la eucaristía. Se sentó, con la cara llena de confusión y tristeza.

Después de la misa le pregunté al trabajador que lo había retirado de la fila de la comunión: “¿Antes de que usted hiciera un juicio temerario en cuanto a su vida moral, se te ha ocurrido mirarlo a la cara? ¿No has visto el rostro radiante de un hombre que, después de mucho tiempo fuera de su casa, estaba haciendo el camino de regreso a los brazos amorosos y misericordiosos de Dios? “

Tenía la esperanza de tocar y experimentar el amor de Dios después de muchos años de vagar lejos de casa. Al día siguiente lo visité en su lecho. Me contó los retazos de una vida trágica, y que se encontraba arrepentido de haberse alejado de Dios durante tantos años. Le recordé el gran amor de Dios y le dí la sagrada comunión. Al día siguiente murió.

Cuando me acuerdo de la radiante luz del rostro de este hombre -tan hambriento de amor de Dios- las palabras de San Martín hacia el ratón vienen a mi mente.

“No tengas miedo de nada. Si tienes hambre ven a comer con los demás”.

Texto adaptado por fraymartindeporres.wordpress.com

Tomado de dominicanvocations.com

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Martín de Porres: un corazón abierto al Corazón (I)