Festividad de San Martín de Porres: Una visión personal

smp visión personal

Encargo todo a Fray Martín.

Rezo por su nombre. Amén.

Le conocí desde bien pronto. Mi madre tenía en su mesa de noche una imagen de San Martín, y pronto reparé en ella. Me llamó la atención su hábito, el color de su rostro y su escoba. Lo incorporé a mis juegos, con mis otros muñecos. Cuando terminaba lo devolvía a la mesilla con mucho cuidado y cariño. Luego no sé por qué, supongo que las cosas de la edad, le perdí un tanto el rastro…Hasta que un tiempo después -un buen día, sin duda-, visitando la vieja casa de los abuelos de un amigo, me encontré con una caja que contenía unos libros antiguos: me llamó especialmente la atención uno de ellos, de portada amarilla y letras rojas, que sobresalía un poco por uno de los lados; lo tomé y, ¡qué buena fortuna!, era un pequeño libro de Leo Garnier sobre nuestro santo. A mi amigo no le importó dármelo. Lo cierto es que me sentí conmovido durante el resto del día por tan feliz hallazgo. Presentía que volvía a reencontrarme con Fray Martín, a descubrirlo de una vez por todas: una vida de humildad, de respeto, de alegría y de mucho amor a Dios y a los hombres.

Siempre me ha llamado la atención el cariño que siente la gente por San Martín de Porres. Puede ser que haya quién, en un primer momento, no lo reconozca o no cae en la cuenta cuando se le nombra; pero ya cuando se entra en detalles todos ceden con una sonrisa o un gesto de aprobación, “¡Oh sí, Fray Escoba!”. Su vida de entrega al prójimo, su humildad reconocida e incluso su figura desprenden aún una gran fuerza espiritual, yo diría que impactante, que sin duda le proporcionaría una existencia intensa y extraordinaria en un contexto social desfavorable; y a la vez, hoy, este legado suyo cargado de maravillosos valores cristianos nos invita-ayuda a ser mejores, más buenos, y a desear limpiar las viejas heridas del remordimiento o de los errores pasados.

Con respecto a mí, nunca le he pedido grandes milagros. Ni tan siquiera los deseo. Me es suficiente sentir su presencia -en alguna situación comprometida la he sentido claramente- y fundamentalmente que en los buenos y no tan buenos momentos esté ahí conmigo: sintiéndome arropado, apaciguándome en los enfados o en las preocupaciones y, en definitiva, haciéndome valorar lo que me rodea y sentir ese júbilo que comienza en la mente y acaba brotando en mi corazón agradecido (bueno, ¿acaso no es éste un milagro, y de los mejores?).

Sí. Feliz y dichoso cuando le rezo, pienso o le hablo, o como en este caso le escribo, he creído que debe ser una felicidad moderada. Esa justa porción que anhelo. No más. Ello me permite observar y sentir las cosas de Fray Martín de una manera especial. O al menos, de una manera más natural y más justa, más humilde y tolerante.

Para mí es muy gratificante asociar las cosas bonitas (un bonito paisaje, los pensamientos positivos, un sol radiante, una lluvia serena, las buenas acciones…) al Señor, a la Virgen, y a Fray Martín particularmente (eso sí, por aquello de que nunca deseó ningún protagonismo y para que no se “enfade” conmigo, siempre de manera armoniosa y conjunta a los tres). La idea de San Martín humilde, amigo bueno y cariñoso, a poco que la busco me hacer ver con luminosidad, sentir con alegría y con esperanza…. salí a la calle y miré al cielo, y sé que estás ahí.

Es sin duda grande mi amor por Jesús y por la Virgen en sus diferentes advocaciones; pero veo a San Martín de Porres –equivocadamente o no– como algo más particular -mío- y terrenal. En definitiva, y me explico, como un buen embajador –de aquellos que nos consideramos sus amigos– de Jesús y la Virgen en este mundo nuestro.

A veces, algunos familiares o amigos me dicen: “Ah!, ¡cuánto te gusta San Martín!” Y yo sonrío, y pienso: “Sí cuánto me gusta, pero sobretodo, ¡CUÁNTO LO QUIERO!”

Que nuestro amigo nos alcance la gracia de una profunda vida interior para prolongar su santidad. ¡Feliz día de Fray Martín de Porres a todos!

Fray Martín de Porres, alegría en el Señor

Querido Fray Escoba, desde este humilde rincón, te solicito tu intercesión para que sepas barrer de mi interior todo aquello que produce mal a mis semejantes o a mí y por ello a nuestro Dios.

Que en mi, aflore, esa tu bondad y generosidad con los demás, sepa acoger a mis hermanos con la alegría de un corazón que infunda amor y que cuando hable, mis palabras sean muestra de alabanza a Dios y predicación de la FE que profesamos. 

Glorioso San Martín de Porres, bienhechor complaciente con las peticiones de tus devotos. Ruega e intercede por nosotros. Así sea.

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una visión personal

Festividad de San Martín de Porres: Fray Martín y las virtudes teologales (2014)

Festividad de San Martín de Porres: Un santo icono para la humanidad (2013)

Martín de Porres: un corazón abierto al corazón (y II)

Blanca Chávarri (1966)

Martín de Porres: un corazón abierto al corazón (continua)

Jesús, la noche antes de morir en la cruz, y a sabiendas de que estaba a punto de ser traicionado, no arengó a sus discípulos para atacar al enemigo. No. Él se reunió alrededor de una mesa con todos ellos, en esa santa noche dedicada a recordar el Éxodo del pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto, y compartieron una cena. Pero no fue sólo una comida. Él entregó -con este acto- su vida entera por ellos y por nosotros. Todo: el Cuerpo y la Sangre. Él eligió amar a todos, incluso a sus enemigos, en lugar de hacer daño al otro. ¿Nos atrevemos a unirnos a Jesús y a Martín en la construcción de un nuevo mundo, en un gozoso acto de bondad conjunta?

Amigo de todos

Martín amaba a su prójimo, pero también cuidaba a los animales, a la tierra y a las plantas, pues era un enamorado de la creación divina. Durante años desempeñó en el convento dominicano no sólo el oficio de enfermero, sino también el de portero -era el hermano encargado de abrir la puerta-. Fue en la portería donde estaba en constante contacto con el mundo, con sus problemas, sus sufrimientos y sus alegrías. Martín siempre andaba metido en “problemas” con el prior de la comunidad porque traía a personas enfermas o esclavos heridos, o incluso algún perro callejero, al propio convento. El prior, tajante, tuvo que prohibírselo llegado a este punto: “¡Prohibidos los perros enfermos en este convento! ¡Esto no es una perrera! “¿Y qué hizo Martín al respecto? Llevó a su colonia de perros callejeros a la casa de su hermana, pues era preferible darles lecciones sobre cómo “buscar su sustento” fuera del convento…y de la cocina!

Un día, Martín, invitó a su amigo Juan a unirse con él a una excursión a las montañas fuera de Lima. Mientras caminaban, Martín cortó una rama de una higuera y se la llevó a la cima de una colina, donde cavó un hoyo y la plantó. Dos semanas más tarde, él y Juan regresaron al lugar. “Padre”, comentó Juan, “la higuera que plantó dieciocho días atrás ya está en ciernes”, a la que Martín respondió: “Gracias a Dios, dentro de dos o tres años dará frutos para los pobres que pasen por esta vía. Para Martín la tierra era el extraordinario jardín de Dios. Pertenecía a todos -incluso al ganado-, pero especialmente a los pobres.

Tabla de Dios de la Abundancia

Existe otra historia maravillosa -bien conocida- sobre la amistad de Martín con los animales, aunque en mi opinión, rara vez se entiende completamente. A menudo, vemos como esta historia se muestra en imágenes acerca de la vida San Martín. Esta es la historia, contada por el hermano dominico que fue testigo:

Un día entraba en una habitación -cerca de la cocina- y contemplé una extraña visión. A los pies de Martín se encontraban un perro y un gato comiendo tranquilamente en el mismo tazón de sopa. De repente, un pequeño ratón asomó la cabeza por un agujero en la pared. Martín, sin vacilar, se refirió al ratón, “No tengas miedo por nada. Si tienes hambre ven a comer con los demás”. El ratón vaciló, pero luego corrió hacia el plato de sopa de la que el perro y el gato comían. Viendo todo esto no pude hablar. Allí, delante de mis ojos, a los pies del mulato Fray Martín, un perro, un gato y un ratón estaban comiendo del mismo plato; enemigos naturales comían pacíficamente lado a lado.

Con demasiada frecuencia, la gente simplemente dice: “¡Oh, qué linda historia!”. A veces pensamos que la vida de los santos son cuentos de hadas y decimos: “¡Oh, qué santo lindo … ¡Oh, mira!, ¡qué hermoso es San Martín de Porres flotando alrededor del priorato con una escoba en la mano!”. Y ahí nos quedamos, en lo superficial. Pero, ¿no será que tenemos miedo de profundizar demasiado en estas historias porque entonces tendríamos que hacer cambios fundamentales en nuestras propias vidas? Me gustaría citar un pasaje del Evangelio de Mateo, que espero nos ayude a entender este relato importante de la vida de San Martín de Porres:

Partiendo de allí, Jesús se retiró a la región de Tiro y Sidón. Una mujer cananea de las inmediaciones salió a su encuentro, gritando: ‘¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija sufre terriblemente por estar endemoniada’. Jesús no le respondió palabra. Así que sus discípulos se acercaron a él y le rogaron: ‘Despídela, pues da voces tras nosotros’. El respondiendo, dijo: “No fui enviado sino a las ovejas perdidas del pueblo de Israel’, contestó Jesús. La mujer se acercó y, arrodillándose delante de él, le suplicó: ‘¡Señor, ayúdame!’ Él le respondió: ‘No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros’. ‘Sí, Señor; pero hasta los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos’. ‘¡Mujer, qué grande es tu fe!’, contestó Jesús. ‘Que se cumpla lo que quieres’. Y desde ese mismo momento quedó sana su hija. (Mt.15 :21-28).

Este pasaje del evangelio es de vital importancia si queremos entender la vida de Jesús y su mensaje. Jesús vivió en una cultura y una religión que consideraba a los gentiles como una raza inferior, casi como enemigos -no muy diferente a cómo los españoles veían a los indios y los africanos en el Perú que vivió Martín-.

El gran milagro de esta historia es que Jesús tiene por fin principal “partir el pan” con la mujer cananea y su hija, reconociendo su gran fe. Pero aún más importante: que derriba los muros religiosos que excluyen y dividen el mundo en buenos y malos, santos y pecadores. Por desgracia, nuestros políticos -y a veces, incluso, los líderes religiosos- siguen construyendo estos muros de división en nuestros días. Mira el muro que corre a lo largo de nuestra frontera sur con México. Mira la lista de personas que no son dignas de recibir la comunión durante la misa en nuestras propias iglesias.

Jesús, no sólo sanó a la hija que se encontraba atormentada por el demonio, sino que sanó la división religiosa que los separaba. Extendió la mano y ofreció a la mujer cananea y su hija el don de su amor incondicional. Se dio cuenta de que negar a esta mujer pagana y a su hija el regalo de su compasión, era en realidad ser infiel a su vocación como Hijo amado de Dios. Entonces, ¿qué hizo? Las invitó a sentarse con él en la mesa en presencia del amor de Dios.

¿Por qué vuestro maestro come con los recaudadores de impuestos y con los pecadores?” (Mt. 9:11), preguntan los fariseos a los discípulos de Jesús. Para Jesús, no fue un problema en absoluto, porque era el amor -no la pureza- el principio rector de su ministerio.

Toda la vida de Martín era dar la bienvenida a los más necesitados a la mesa de Dios. Ya sea que se tratara de un enfermo, un esclavo africano, o incluso un perro herido; para Martín el tema era Dios y el Reino de Dios. Martín entiende que la casa de Dios es un hogar para todos. Así que cuando él dio la bienvenida al perro, al gato y al ratón para comer en el mismo tazón, en realidad nos estaba enseñando algo sobre el Reino de Dios, sobre el amor expansivo del corazón de Dios. Martín -como Jesús- había abierto un espacio dentro de su corazón a los marginados y a los más humildes para partir el pan juntos.

Esto no es un cuento para niños. Es el evangelio puro y simple, una historia de amor incondicional en la mesa de Dios.

Lo que hizo Jesús con la mujer cananea, y lo que Martín hizo con el ratón fue abrir sus corazones y ofrecer hospitalidad, simple y llanamente: “Porque tuve hambre, y me disteis de comertuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis” (Mt 25:35). Dorothy Day, fundadora del movimiento del Trabajador Católico en los EE.UU., dijo que ofrecer hospitalidad a los pobres “no porque ellos podrían ser Cristo… sino porque son Cristo”. Tal vez la pregunta que debemos plantearnos a nosotros mismos todos los días -tanto en nuestra sociedad como en nuestras iglesias- es: “¿Quién falta en nuestra mesa hoy?”

Me gustaría terminar con la historia de mi propia vida y ministerio.

Hace varios años conocí a un hombre de mediana edad que se estaba muriendo de SIDA. Lo conocí en un hospicio católico para los moribundos – en su mayoría gente sin hogar – que estaban enfermos de VIH-SIDA. Había vivido en las calles durante muchos años sucio, hambriento, roto y solo. En el hospicio se le dio un baño, una cama limpia, comida y buena atención. Él había sido un católico practicante en su juventud, pero su vida había tomado un giro inesperado y trágico, y se había desviado de la fe.

Un segundo o tercer día después de llegar al hospicio, el hombre se levantó con la fuerza necesaria, y con gran esfuerzo se dirigió a la capilla para oír la misa. Hacía muchos años que no había estado dentro de una iglesia, pero de repente, después de mucho tiempo, quería ver a Dios de nuevo. Entró en la capilla en el momento en que comenzaba la homilía. Escuchó con atención, y como yo sabía que era su primera vez en la capilla lo miraba de vez en cuando durante mi predicación. Pude ver una nueva paz en su rostro, y me dio mucha alegría ver que se sintiera como en la casa de Dios, a salvo de las violentas calles por primera vez en muchos años.

Llegó el momento de la comunión, y con su bastón en la mano, y con gran esfuerzo, se puso en línea para recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Era bastante alto, y mientras se abría paso lentamente a la comunión me miró a la cara un par de veces; tenía la cara del hijo pródigo, corriendo hacia los brazos abiertos de su amado padre. Casi había llegado a donde yo estaba distribuyendo la comunión cuando uno de los voluntarios de cuidados paliativos lo agarró y lo apartó de la fila diciéndole que no estaba preparado para recibir al Señor, que tenía que ir a la confesión antes de que puede recibir la eucaristía. Se sentó, con la cara llena de confusión y tristeza.

Después de la misa le pregunté al trabajador que lo había retirado de la fila de la comunión: “¿Antes de que usted hiciera un juicio temerario en cuanto a su vida moral, se te ha ocurrido mirarlo a la cara? ¿No has visto el rostro radiante de un hombre que, después de mucho tiempo fuera de su casa, estaba haciendo el camino de regreso a los brazos amorosos y misericordiosos de Dios? “

Tenía la esperanza de tocar y experimentar el amor de Dios después de muchos años de vagar lejos de casa. Al día siguiente lo visité en su lecho. Me contó los retazos de una vida trágica, y que se encontraba arrepentido de haberse alejado de Dios durante tantos años. Le recordé el gran amor de Dios y le dí la sagrada comunión. Al día siguiente murió.

Cuando me acuerdo de la radiante luz del rostro de este hombre -tan hambriento de amor de Dios- las palabras de San Martín hacia el ratón vienen a mi mente.

“No tengas miedo de nada. Si tienes hambre ven a comer con los demás”.

Texto adaptado por fraymartindeporres.wordpress.com

Tomado de dominicanvocations.com

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Martín de Porres: un corazón abierto al corazón (I)

Carta de Fray Martín: A los enfermos (Padre José Luis Gago, O.P)

poemario

Fray Martín sigue siendo el enfermero y el amigo.

Mis queridos amigos:

Me dirijo a vosotros con todo el gozo de que mi alma es capaz. Formáis parte de mi vida sobre la tierra y de mi preocupación desde el cielo. Vosotros conocéis mi vida y sabéis que, entre los oficios que me fueron encomendados en el convento, el que ocupó más años y más cariño por mi parte, fue el de enfermero. Mi principal ocupación consistió en velar y cuidar a los frailes que sufrían alguna dolencia o enfermedad: y no sólo los frailes del convento, sino los que en la ciudad padecían, formaban parte de mis más íntimos amigos. Lo primero que tengo que declararos es el bien que ellos me hicieron; no sólo porque me dieron oportunidad de hacerles algún bien; no sólo porque el Señor se manifestaba en sus palabras y en su alma, sino también porque los enfermos eran para mí, la lección viva y encarnada de todas la virtudes: pacientes hasta lo increíble, sufridos, humildes, agradecidos, llenos de confianza en Dios, alegres por sentirse escogidos por El para una vocación corredentora, bondadosos, desbordando confianza en Dios y en su Providencia, almas de oración, en íntima unión con Dios, conscientes de cumplir una misión salvadora entre los hombres, seguros de caminar por el atajo -corto y áspero- del camino de la santidad.

La enfermedad es una condición de la naturaleza humana caída; nadie se ve libre de su experiencia; más tarde o más temprano, en mayor o en menor gravedad y duración, todos los hombres tienen que saber del sufrimiento y del dolor físico. Pero, junto a los hombres que saben de la enfermedad como realidad transitoria, hay miles y miles que viven la enfermedad como situación permanente, casi como rasgo personal y constitutivo. Es uno de los misterios de la vida humana ante el que sólo la valoración religiosa y el enfoque sobrenatural tienen algo que decir.

Es natural que la primera e instintiva reacción de la naturaleza sea de rechazo de la enfermedad; ésta, en definitiva, es un ataque a la vida, a la salud, a la tendencia innata de sobrevivir. Por eso, no deben sorprenderos ciertos gestos y expresiones de rebeldía en los primeros momentos de la enfermedad. Lo peor es, cuando la persona recién sometida por la enfermedad carece de criterio cristiano; porque, lo que en principio fue sólo reacción física, puede enquistarse como principio de valoración de su actitud ante el dolor. De ahí, muchos enfermos sin sentido sobrenatural que no aceptan su situación como vocación y estado. Para éstos, la enfermedad mina, no sólo su organismo corporal sino también su espíritu y su esperanza. Contra esto quiero preveniros, mis amigos… Vuestros sufrimientos son camino de identificación con Cristo en la cruz, medio de purificación personal y comunitaria, un modo de oblación a Dios por el amor, una forma de intercesión por los hombres, el más puro estilo de conformidad con la voluntad de Dios, la ocasión permanente de progresar en el ejercicio de todas las virtudes. Si vivís bajo esta luz, llegará un momento en que por amor a Dios, hasta los propios y profundos sufrimientos os parezcan livianos y fáciles.

No es sencillo este camino, esta profesión, esta vocación. Desde el día en que la aceptéis abandonándoos filialmente a Dios, todo os parecerá distinto y vuestro estado, el más afortunado de todos.

Os los dice Fray Martín que, de esto sabe un poco y que, de verdad, os quiere y bendice.

Amistosamente,

Fray Martín

P. José Luis Gago de Val, O.P.

(Extracto tomado de “Encuentros con Fray Martín”. De la parte “Cartas de Fray Martín”)

Carta a los enfermos

Oración contra el cáncer

Dios omnipotente y misericordioso concede tu bendición y tu luz a todos aquellos que se hallan empeñados en la lucha contra el cáncer. Consuela y ayuda a los que han sido dañados por esta enfermedad y haz que los esfuerzos que realizan los hombres puedan al fin obtener un buen resultado que sirva de consuelo a todos. Te lo pedimos por la intercesión de tu Hijo, nuestro Salvador.

≈ ≈≈

Padre José Luis Gago, O.P., en el recuerdo

San Martín de Porres, un santo modelo para los jóvenes

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Fray Martín es un claro ejemplo para los jóvenes de amor ardiente a Jesucristo. Comprendía que el amor de Dios se extiende al prójimo a través de compartir la vida, la fe y la esperanza; de hacer el bien a los demás, cada día de nuestra existencia, como necesidad. Martín siempre se preocupó por los más pequeños, principalmente por aquellos que se encontraban en situación de desamparo. Lo hizo con Juancho, al que “adoptó” casi como un hijo, y con tantos otros a los que intentó inculcar buenos modos de vida. San Martín de Porres, su presencia en la vida de los más jóvenes (los de ayer, los de hoy), es un verdadero estímulo a desear ser mejores personas, alejándolos de ambientes de pecado, vicio o maldad. Él, desde muy niño, dedicó su vida a servir a los demás con convicción sincera e inagotable caridad; por ello, los jóvenes -y no tan jóvenes- podemos encontrar en Martín el valor de la humildad y el espíritu de servicio a la comunidad. Su ejemplo continúa ayudándonos a tener presente a Dios en cada momento -bueno o menos bueno- de nuestras vidas.

Como San Rafael Arnáiz, San Juan Bosco, San Felipe Neri y tantos otros, nuestro amigo Martín de Porres demostró desde la más tierna infancia su alegría y enorme bondad. En su juventud dejó fama de amabilidad y simpatía entre sus compañeros y amigos, con una especial diligencia en la piedad. De una manera sencilla y muy natural orientaba a los más jóvenes por el camino de la vida, para que su ideal fuese cristiano y no vulgar. Honraba a su madre; quería y cuidaba de los mayores y enfermos, de los más pobres, de los animales, de la naturaleza; nunca descuidó sus obligaciones en el convento y mucho menos de sus oraciones y penitencias consagradas al Señor y a la Virgen María, de la que era devotísimo. Su vida sigue siendo un antídoto al individualismo reinante en la actualidad: un ejemplo vital que enriquece a través de su caridad y entrega, y que nos invita a abrir nuestro corazón en el camino hacia un Dios misericordioso y compasivo.

oración a SMP

Que por su intercesión traiga a los más jóvenes, la paz, la caridad y el respeto por la vida, la defensa de la pureza del corazón y del cuerpo. Y sobre todo fortaleza y confianza firme, que juntos podamos crecer y creer en este Dios que ama, quiere y defiende la vida y al prójimo, como su don más precioso.

Por los niños y jóvenes. Para que convivan con alegría y cultiven ideales de altura y espiritualidad. Roguemos al Señor.

smp amigo de los niños

San Martín de Porres, un buen amigo de los niños

Martín de la Caridad

Iglesia San Martín de Porres - Mar de Plata

“Martín de la caridad”

Homilía del Obispo de Mar del Plata en la memoria de San Martín de Porres

Mar del Plata, 3 de noviembre de 2014

Convento de frailes dominicos, San Martín de Porres

Esta comunidad conventual de frailes dominicos, sede del noviciado de la Orden, celebra hoy con gozo la fiesta de su patrono, San Martín de Porres. Hablamos de una de las glorias de la Orden de Predicadores, y una de las primeras flores de santidad en América Latina.

Como obispo de Mar del Plata, siento un gran gusto al responder positivamente a la invitación de presidir esta Misa. Este convento dominicano manifiesta continuamente su voluntad de comunión con la Iglesia diocesana y lo demuestra de muchas maneras. Sé que siempre puedo contar con su activa colaboración a la hora de proponerles una tarea pastoral, la suplencia puntual de un sacerdote, la ayuda en el sacramento de la Confesión, la presencia en las manifestaciones de fe, lo mismo que en eventos de trascendencia diocesana, o bien el compromiso de asumir una cátedra.

Recuerdo el día de mi ingreso en esta diócesis, el 4 de junio de 2011. Estaba previsto hacerlo a partir de este lugar, pero sin ingresar en este templo. Por detalles del protocolo, la oración del obispo ante el sagrario se reservaba para el ingreso en la Catedral. Con sana e ingenua picardía, los frailes, presididos por el Provincial, habían preparado un reclinatorio ante el altar y entre tímidos y distraídos me preguntaron si no deseaba pasar a saludar al Señor. ¿Cómo negarme?

Transcurridos unos instantes, después de rezar ante el Santísimo y la Virgen del Rosario, volví la mirada hacia la hermosa imagen de uno de mis santos preferidos, San Martín de Porres. Soy sensible ante las manifestaciones artísticas de calidad, y sé que esta talla se debe a uno de los mejores artistas que trabajaron la escultura en madera, Leo Moroder, abuelo de un querido sacerdote porteño, fallecido en plena juventud.

No vine para hablarles de arte ni quiero distraerlos. A este santo siempre atribuí una gracia decisiva en mi juventud, al término de una novena. Algún fraile de este convento conoce mi relato. Por eso, a los dos meses de ingresar en el Seminario, en el año 1962, sentí inmensa alegría por la canonización de este humilde hermano lego dominico, hijo de padre español y de madre mulata. Luego leí con fruición en L’Osservatore Romano la homilía del Papa San Juan XXIII.

Con el paso del tiempo, quise conocer más sobre la vida de este santo y leí una biografía que en su momento me hizo mucho bien.

Sobre su biografía no abundo, pues estoy hablando ante sus hermanos en religión, que bien la conocen; y ante una feligresía habituada a escuchar hablar de él.

Me complazco, en cambio, en recordar algunos rasgos de su estilo de vida, de su camino de santidad, que pueden servirnos a todos, cualquiera sea nuestro estado.

En las lecturas bíblicas, podemos encontrar la clave de comprensión de su existencia. El profeta Isaías habla del sentido del verdadero ayuno: “compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne” (Is 58,7). San Pablo al describir las diversas funciones en el Cuerpo de la Iglesia, nos dice: “El que tiene el don del ministerio, que sirva … El que comparte sus bienes, que dé con sencillez … El que practica misericordia, que lo haga con alegría … Ámense cordialmente con amor fraterno, estimando a los otros como más dignos” (Rom 12,7-9). El Evangelio nos trae la exclamación gozosa de Jesús: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños” (Mt 11,25).

En la vida de este humilde hermano lego, estas cosas resplandecían mediante sus obras.

Lo primero que destaco es la forma específica en que se tradujo su ardiente caridad. En una orden religiosa donde es bien conocido el lema contemplare et contemplata aliis tradere, vale decir: “contemplar la verdad y ofrecerla a los demás”, San Martín nos invita a ahondar en este aserto y darle a esta afirmación un significado que no excluye el esfuerzo del estudio, pero indica otra vía de conocimiento de la verdad y sabiduría del Evangelio, que Dios regala a los humildes y sencillos.

Conocer la sagrada doctrina, como base para instruir a los demás y dar respuesta a los numerosos interrogantes que se plantean en el encuentro entre el Evangelio y la vida de los hombres, es tarea irrenunciable en la vida de la Iglesia. Algunos miembros del Pueblo de Dios están llamados a conocer la revelación cristiana mediante el arduo estudio de la ciencia teológica en sus distintas áreas. Algunas órdenes, en particular, y entre ellas la dominicana, recibieron históricamente este carisma. Pero este camino es para pocos en comparación con la mayoría del Pueblo de Dios.

 En cambio, es para todos, incluidos los teólogos, el camino de la humildad y de la caridad, que se revestirán de expresiones diversas según cada estado de vida.

San Martín fue un gran contemplativo, aunque su fuente de sabiduría no eran los libros ni el esfuerzo de la ciencia. Él nos enseña con su vida que la contemplación no es un simple mirar y entender, ni sólo razonar  con fría objetividad sobre lo que es verdadero. La contemplación cristiana consiste en conocer a Dios mediante el amor. Por eso dice el Apóstol San Juan en su primera carta:  “Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1Jn 4,7-8).

La vida de San Martín de Porres abunda en gestos e iniciativas permanentes de conmovedora caridad, encendida en su oración constante, alimentada en su devoción eucarística y en su actitud receptiva ante los relatos y enseñanzas del Evangelio. Al pensar en la pasión del Señor, no podía evitar las lágrimas.

Este “Martín de la caridad”, como fue llamado, no había leído la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, dominico como él, pero sabía por la enseñanza interior del Espíritu Santo lo que el gran doctor enseñaba: “donde hay amor hay visión”, ubi amor ibi oculus (In Sent.III, 35, 12). Y también aquello que enseña Santo Tomás, siguiendo a San Gregorio Magno: “ «Cuando se ha visto a quien se ama se enciende más ese amor». Y esa es la perfección última de la vida contemplativa: no sólo la visión de la verdad divina, sino también su amor” (II-II, q.180, a.7 ad 1).

Hoy la Iglesia, bajo la guía del Papa Francisco, quiere volverse decididamente misionera, ser Iglesia en salida, que va al encuentro de las periferias geográficas y existenciales de la sociedad; testigo de la misericordia de Dios, al encuentro de las llagas de los hombres, sin excluir a nadie, pero privilegiando a los pobres.

De todo este programa puede ser modelo inspirador San Martín de Porres, a quien encomendamos hoy esta comunidad y esta feligresía, junto con los trabajos misioneros de nuestra diócesis.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

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Capilla de San Martín de Porres

Iglesia Convento San Martín de Porres, Mar del Plata (Argentina)

Martín de Porres: un corazón abierto al corazón

Martín de Porres: un corazón abierto al corazón

El corazón de Martín y el corazón de Dios

Martín de Porres nació hace más de cuatrocientos años atrás, en 1579, en Lima, Perú. Nació mestizo, mulato, hijo de una mujer africana (Ana, nacida en Panamá de padres esclavos africanos) y un padre español, llamado Juan de Porres. El alma de Martín era negro y su corazón español. Y no había dado aún su primer aliento, cuando el enfrentamiento entre estos dos mundos comenzó a lidiar en lo más profundo de su pequeño corazón. En 1533, unos cuarenta y cinco años antes del nacimiento de Martín, Atahualpa, el rey de los incas, había sido asesinado por el conquistador español Francisco Pizarro. De la noche a la mañana, los pueblos indígenas y afro de Perú en las Américas se convirtieron en siervos y esclavos del Imperio. Bartolomé de las Casas, fraile dominico, que había escrito poco tiempo antes del nacimiento de Martin, describió lo que había presenciado en las tierras recién descubiertas de las Américas:

“Dejé en las Indias a Jesucristo, nuestro Dios, azotado, afligido y crucificado, no una, sino miles de veces por aquellos que asolan y desoyen a los indios …” en su búsqueda codiciosa de oro y poder. Es una guerra que sigue asolando a nuestro mundo a día de hoy.

Pero Martín de Porres, era algo más que un niño pobre nacido en un mundo difícil y hostil, era también un santo. Y por eso lo recordamos hoy.

Poco después de su nacimiento -posiblemente incluso el mismo día- Martín fue bautizado en la Iglesia de San Sebastián en Lima. Su fe de bautismo dice: “El miércoles, nueve de diciembre de 1579, se bautizó a Martín, hijo de padre desconocido y de Ana Velázquez, una mujer liberada negra”. No fue un comienzo fácil -especialmente con un padre ausente- de la manera en que se desarrolla la historia de Martín; no se puede dejar de vislumbrar el plan maravilloso de la bondad y providencia de Dios. El agua vertida sobre la cabeza de Martín ese día -llena de la gracia salvífica del Espíritu Santo- fluyó en su corazón, marcando el comienzo de una nueva creación.

Dios transformó lo que parecía un lamentable error en una bella obra de arte. “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas!”, Dice el Señor, nuestro Dios (Apoc. 21:5). Seis años más tarde, la pila bautismal misma daría la bienvenida a otro hijo amado de Dios en la Iglesia. Su nombre era Rosa de Santa María, Rosa de Lima, la primera persona canonizada nacido en las Américas.

La infancia de Martín fue difícil, por decir poco. Se rieron de él, se burlaron y lo ridiculizaron. A menudo llamado “perro”, es precisamente en medio del dolor y las luchas donde vemos el milagro del amor de Dios en el trabajo de su “mulato”. Herido una y otra vez por el odio y el racismo, Martín encontró una manera de aceptar -e incluso celebrar- el color de su piel y los colores del arco iris que brotaban de su corazón; y de esta manera, fue capaz de convertirse en un icono del amor y la libertad humana. Su corazón, al igual que Dios, parecía llegar a todo el mundo -amigos y enemigos- dándonos un ejemplo poderoso de lo que significa aceptar la diversidad en nuestros tiempos. Lo que para otros hubiera sido fácil transformarlo en una vida de amargura y de ira, para Martín se convirtió en una oportunidad para la santidad. Martín se confió a Dios en el caos y la pobreza de aquellos primeros años; tomando los hilos españoles y africanos de su corazón los tejió en un hermoso tapiz de amor.

Si fuéramos realmente honestos, tendríamos que admitir que todos somos mulatos y mestizos, personas de “sangre mezclada” de una u otra manera. La mayoría de nosotros somos hijos e hijas de inmigrantes y refugiados. Somos ítalo-americanos e irlandeses-americanos, polaco-americanos y afro-americanos. Nuestras familias emigraron aquí desde Puerto Rico, Alemania, Irak o Filipinas. Dios no inventó los pasaportes, lo hicimos nosotros. Y las fronteras en el mapa de Dios no existen.

Lo cierto es que navegamos todos en un mismo barco. Nuestro mundo es un arco iris hecho a imagen y semejanza de Dios. Algunos de nosotros disfrutamos con un buen arroz con pollo, mientras que otros prefieren una ensalada griega, un falafel, pizza o una hamburguesa jugosa. Ya sea con la música que escuchamos, los alimentos que comemos, las noticias que leemos o con el cónyuge que nos casamos, vivimos, nos movemos y tenemos nuestra existencia en un mundo de increíble diversidad. Algunos nacieron aquí y otros han nacido allí. Algunos son demócratas y algunos republicanos. Pero no importa, los colores del arco iris que corren en nuestras venas a través de la sangre, nos demuestra que todos somos hijos de Dios. Esto es lo que Martín de Porres aprendió de la vida. Cada respiro suyo era un descubrimiento de que el corazón de Dios es universal: un corazón de muchos colores.

abierto al corazón

Uno de los dominicos de la comunidad de Martin dio este testimonio de Martin:

“El hermano Martín era un hombre de gran caridad, que sanando a sus hermanos cuando estaban enfermos, también colaboró en el deber más grande de difundir el gran amor del mundo … [Ellos lo llamaron] ‘padre de los pobres’. “Por otra parte, se preocupaba por laicos fuera de estas paredes [] de todos los estados de la vida, curarlos de sus dolores, heridas e inflamaciones … y por lo tanto un número infinito lo buscó y encontró en él toda la ayuda: el alivio de los enfermos,, el consuelo a los afligidos, y el resto, refugio. Lo hizo de buena gana, su semblante [siempre] feliz y en paz. “Fr. Antonio Gutiérrez, OP (Proceso de beatificación de Fray Martín de Porres, O.P.)

San Pablo dice en su Carta a los Efesios:

Ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, en su carne de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación … que podría crear en sí mismo una humanidad nueva, de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz a través de la cruz… Así que no son más extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y también a los miembros de la familia de Dios “(Ef 2:13-19).

Toda la vida de Martín fue un testimonio vivo de cómo Dios puede crear armonía y belleza a partir de las diferencias aparentemente opuestas.

No hay mayor amor

Desde el momento en que cumplió unos ocho años hasta el día en que entró en el convento dominico, a los quince años, Martín vivió en la casa de una mujer llamada Isabel García, en una de las comunidades más pobres -la afro-peruana- del barrio de Malambo. Cada día Martín había visto a los esclavos africanos que iban por las calles -encadenados- a la espera de ser vendidos para trabajar en las minas de oro y plata. Los esclavos se hacinaban en los cercados de la zona, los llamados corralones, vigilados por perros. Sólo podemos preguntarnos qué pensaba su joven mente al pasar por estas jaulas llenas de seres humanos. ¿Qué piensa? ¿Qué sintió cuando vio el color de su piel, dándose cuenta de que era del mismo color que la de los esclavos? ¿Cómo fue ese ambiente de violencia que tanto afecta a un niño? Y hoy, ¿cómo le afecta a nuestra juventud, muchos de los cuales viven en barrios asolados por la violencia?

Quizás el mayor regalo de Martín fue su capacidad para dejar que Dios convirtiera su sufrimiento en compasión. ¿Dónde aprendió esto? ¿Cómo supo entregar su corazón herido a Dios para que pudiera sanarlo? Es interesante notar que fue precisamente durante esos años, que vive en el barrio de Malambo, cuando Martín comenzó a pasar largas horas de la noche en oración. Esto es lo que uno de los testigos testificó durante el proceso de beatificación de Martín:

de niño rezando

Martín pidió a Isabel García un cabo de vela de cera … temerosa de un incendio, pero sobre todo queriendo saber lo que estaba pasando, Isabel se dejó tentar por la curiosidad. Al acercarse a la habitación del niño, ella miró a través de las rendijas de la puerta. Lo que vio la dejó profundamente conmovida. Martín estaba de rodillas, tranquilo, en silencio, y rezando ante una imagen del Crucificado [de Cristo]. Su silueta oscura se esbozó piadosamente contra el resplandor de la vela … parecía casi imposible para un niño tan pequeño.

Allí estaba él -un joven de diez u once años de edad- dialogando con Dios en el silencio de la noche. ¿Qué palabras hablaría con el Cristo Crucificado durante esas noches de oración?… Era de noche, si tenemos en cuenta, que fue cuando Dios visitó el pueblo de Israel, esclavizado por Egipto, y los liberó de sus ataduras. En medio de la noche el joven Samuel fue llamado por el Señor, respondiendo en su inocencia juvenil, “Aquí estoy” (1 Samuel 3:4). Fue en la densa noche de la muerte en que María Magdalena oyó la voz de Cristo resucitado, llamándola por su nombre (Jn 20:16). Como el salmista canta: “Es bueno dar gracias al Señor y celebrar tu nombre, Dios Altísimo, proclamar tu amor por la mañana y tu fidelidad durante la noche (Sal 92, 2-3)… Parece que no sólo Martín pasaba las noches dialogando con Dios; también Dios pasó esas mismas noches hablando con Martín.

A los quince años, Martín se despide de la Sra. García: avanzamos unas manzanas de casas hasta el convento dominico de Nuestra Señora del Santísimo Rosario, y allí pedirá ser aceptado como hermano lego. Le dieron la bienvenida y de inmediato asignado a cuidar a los hermanos enfermos como ayudante de enfermero. Martín estaba bien preparado para la tarea, porque cuando era un niño había sido aprendiz con dos barberos de la época (una especie de curandero o médico rural), tanto en el arte de preparar las hierbas medicinales como en las múltiples facetas de un barbero. En aquellos días, los barberos realizaban casi todo lo que un médico de familia, el dentista, el farmacéutico, una enfermera o un fisioterapeuta harían en la actualidad, y acaso un poco más: cortaban el pelo, sacaban las muelas, trataban las quemaduras tratadas, cosían las heridas, entablillaban fracturas, realizaban cirugías menores y prescribían los medicamentos necesarios.

A pesar de que Martín se encontraba en su nueva tarea de cuidar a los hermanos enfermos en el convento, su trabajo en la enfermería no estuvo exento de desafíos. Un día, Martín fue a visitar al Padre Pedro Montes de Oca, quien acababa de ser informado de que su pierna tendría que ser amputada al día siguiente. Tratando de suavizar un poco las cosas, Martín hizo algún comentario gracioso que enojó al sacerdote. El P. Pedro reaccionó mal, llamando a Martín “perro mulato”. Martín no se sintió ofendido por las palabras de enojo de Pedro. Al día siguiente, Martín regresó con algo bastante extraño: una ensalada de alcaparras para el Padre Pedro. “Bueno, Padre, ¿usted todavía sigue enfadado? Coma esta ensalada de alcaparras que yo le he traído…”el sacerdote quedó en estado de shock, pues durante todo el día había estado deseando una cosa: ¡una ensalada de alcaparras! Atormentado por el dolor y al darse cuenta de su error y consciente de la bondad infinita de Dios, le pidió a Fray Martín que le perdonara su arranque de ira. Martín sonrió, sin ningún rencor por el comentario racista del día anterior. Entonces, poniendo las manos sobre su pierna, el Padre Pedro fue sanado.

Esto es lo que significa cruzar la frontera y entrar -sin violencia- en el mundo de nuestro vecino, que, por desgracia, a veces es nuestro enemigo. Martín, en lugar de devolver mal por mal, optó por el camino sabio, tratando de ganarse a su enemigo con el humor y el amor. Dice San Pablo: “No seas derrotado por lo malo, sino vence el mal con el bien” (Romanos 12:21).

Juicioso Martín, su respuesta de amor nos recuerda una historia en la víspera de Navidad de 1914, durante la Primera Guerra Mundial en el campo de batalla de Flandes, cuando de repente -de la nada- un soldado alemán joven comenzó a cantar “Stille Nacht” (“Noche de Paz): “Algunos compañeros se unieron, y antes de que se diera cuenta, el británico y el francés respondieron con sus propios villancicos. En poco tiempo, los enemigos de ambos lados salieron de sus trincheras, se dieron la mano, intercambiaron regalos y compartieron fotos de sus seres queridos. Y entonces, allí mismo, en medio de la guerra, jugaron un partido de fútbol”. ¿No es esto el amor que nace cuando se escucha a Dios en el silencio de la noche? ¿No fue durante las conversaciones de Martín con Jesús en el silencio de la noche, iluminadas con la tenue luz de una vela, cuando se enteró de propio corazón del bendito amor de Jesús?

Por supuesto, en plena Guerra Mundial, los generales no estarían en absoluto satisfechos con la espontánea expresión de amistad entre las fuerzas enemigas. ¿Cómo demonios se puede ganar una guerra si nuestros soldados muestran al enemigo unas fotos de su familia? No está en el interés nacional hacerse amigo del enemigo! Si Martín de Porres estuviera hoy aquí – tal vez él- nos invitaría a resolver los conflictos mundiales con partidos de fútbol o, mejor aún, con un concurso de creativas ensaladas! ¡Imagínese! Después de ocupar Wall Street, podríamos empezar un nuevo movimiento: “los amantes de la ensalada de alcaparras por la Paz!”

Martín creía que el mundo podía ser curado a través de la compasión. El racismo es un pecado, pero no llegaremos a ninguna parte si se matan a los racistas. Martín, quien fue víctima de racismo, optó por romper el ciclo. ¿Quién va a enseñar a nuestros hijos, hoy en día, para responder al odio con el amor? ¿Cuántos suicidios, cuántos asesinatos de adolescentes tenemos que leer en la prensa antes de aprender a tender la mano y abrazar a nuestros jóvenes, pasar tiempo de calidad con ellos, amarlos incondicionalmente?

Martín no respondió atacando al enemigo. Él escogió el camino más difícil: una victoria con la ensalada de alcaparras! No sólo es contentar al sacerdote con su ensalada favorita, sino que durante el proceso él también sanó su pierna: y su corazón y su alma. Se necesita más valor para perdonar que para mantener al enemigo obligado por su pecado. Se necesita más coraje para amar que para odiar. Pocos lo han dicho con más claridad que otro Martín, Martin Luther King, Jr. En su predicación en la Iglesia Bautista Dexter Avenue en Montgomery, Alabama, en 1957, el Dr. King dijo:

“Diremos a los enemigos más rencorosos: a vuestra capacidad para infligir el sufrimiento, opondremos la nuestra para soportar el sufrimiento. A vuestra fuerza física responderemos con la fuerza de nuestras almas. Haced lo que queráis y continuaremos amándoos. En conciencia no podemos obedecer vuestras leyes injustas, porque la no-cooperación con el mal es, igual que la cooperación con el bien, una obligación moral. Pero tened la seguridad de que os llevaremos hasta el límite de nuestra capacidad de sufrir. Un día ganaremos la libertad, pero no será solamente para nosotros. Lanzaremos sobre vuestros cuerpos y a vuestras conciencias un grito que os superará y nuestra victoria será una doble victoria”.

Una de mis camisetas favoritas es la que dice: “Hacer actos de bondad al azar”. ¿Podría ser tan fácil? ¿Nos atrevemos a conquistar el mundo con el amor, y de esta manera, hacer lo que Jesús enseñó a sus discípulos a hacer?

Jesús, la noche antes de morir en la cruz, y a sabiendas de que estaba a punto de ser traicionado, no despertó a sus discípulos para atacar al enemigo. No. Él se reunió alrededor de una mesa con todos ellos, en esa santa noche dedicada a recordar el Éxodo del pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto, y compartieron una cena. Pero no fue sólo una comida. Él entregó -con este acto- su vida entera por ellos y por nosotros-. Todo: el Cuerpo y la Sangre. Él eligió amar a todos, incluso a sus enemigos, en lugar de hacer daño al otro. ¿Nos atrevemos a unirnos a Jesús y a Martín en la construcción de un nuevo mundo, en un gozoso acto de bondad conjunta?

Texto adaptado por fraymartindeporres.wordpress.com  

Tomado de dominicanvocations.com

Festividad de San Martín de Porres: Fray Martín y las virtudes teologales

San Martín de Porres y la fe

Una hermosa llamada a la Fe en Dios. 

Fray Martín de Porres compartió los dones que recibió con aquellos a quienes servía: curar a los enfermos, cuidar con amor a los pobres, hacer actos de caridad y hacer el bien -sin mirar a quién, sin esperar nada a cambio-. Unía armónicamente fe con caridad, caridad con esperanza, y éstas tres a la vez, mostrándonos el rostro misericordioso de Cristo. Vivió la vida de Jesús en su propia existencia; una vida íntima con Cristo en Dios. Como hemos visto, su testimonio es una maravillosa vida de santidad, espiritualidad y fe. De tal forma que su ejemplo nos deja en silencio en medio de tantas preguntas que nos hacemos.

La fe, la esperanza y la caridad son virtudes infundidas en el Bautismo pero que se desarrollan practicándolas. Así lo hizo San Martín de Porres:

La fe es la primera de las virtudes teologales. Fray Martín siempre estuvo firme en la fe;  la que le enseñó a triunfar. Iba más allá de la mera aceptación de sus sentimientos; pues, en este caso, creía firmemente en Jesús, Hijo de Dios (Era tan firme la fe de fray Martín, que suspiraba pidiendo a Dios la gracia de morir por defenderla). Y cómo buen buscador de Dios sabía que lo encontraría en la oración y en la penitencia, sostenida y empujada por la fe; entregado enteramente a Dios, ofreciéndole el regalo cierto de su conocimiento y todo su ser:  su fe al servicio de la voluntad del Señor es la fe en el Reino de Dios.

Fray Martín tiene en su alma una excelsa virtud, es amigo de Dios (Todo lo puede Dios; es de FE: luego los amigos de Dios, lo pueden todo). Por eso Fray Martín lo puede todo.

Fray Martín y la esperanza

La confianza es para el presente, la esperanza siempre para el futuro

La esperanza. Fray Martín siempre tuvo la esperanza de alcanzar -por y con amor- la vida eterna mediante la misericordia de Dios. La espera con firmeza y optimismo (un ya, pero todavía no). Pero esta esperanza no sólo la quería para él, la deseaba para los demás: no se cansa de repartir bocanadas de esperanza por medio de la solidaridad y del amor porque reconoce que todo lo bueno es un regalo y una bendición del Señor. Y la esperanza, estrechamente unida a la misericordia del Señor, lo lleva a la espiritualidad como ejercicio mismo de todas las virtudes. Por eso también nuestro amigo Martín llevaba el consuelo y pedía con confianza por los pobres y más necesitados, por los que no tenían nada; también, siempre pensando en ellos, por los enfermos, para que la curación de los que no tienen salud llegara pronto: con medicinas claro está, pero también con diálogo, con cariño, con la Eucaristía y con el sacramento de la Unción que hace que el mismo Cristo se acerque al enfermo. Es la esperanza en el Reino del Cielo: la misma que, a buen seguro, el bueno de Martín pide y vela para cada uno de nosotros, la misma que mitiga nuestras penas y sufrimientos.

San Martín de Porres y la caridad

Fray Martín llevaba sobre su piel el signo de la humildad social pero su rostro irradia la luz de la caridad, eternamente universal y suprema. Siempre destacó su generosidad y entrega en favor de todos los hombres, especialmente con los más necesitados: Fray Martín de Porres, caricia de los oprimidos, oleo ancestral de los innombrados y no atendidos. 

La caridad, fue la virtud en la que sobresalió, ya de hecho Juan XXIII lo denominó “Martín de la Caridad”. Pero la caridad de Fray Martín era una caridad de fraternidad, de verdadero hermano, solidaria y horizontal. Y sobre todo Universal, pues para él no existían prejuicios ni estatus. Fray Martín participaba de las alegrías y de los sufrimientos de quienes lo rodean. Y lo hacía porque era un hombre rico en misericordia bendita; la misma misericordia de Dios presente en todos nosotros, en todos los hombres, en cada uno de nuestros corazones. De la misma manera Martín nos enriquece con su caridad, porque nos hace abrir nuestro corazón a un Dios misericordioso y compasivo que acompaña al necesitado. Es la gracia de Dios que se aviva dentro de nosotros con cada obra de caridad que realizamos: es la caridad en el Reino del Amor.

Es la caridad reina coronada en la monarquía de las virtudes; si esta falta, todas quedan sin gobierno, y aún sin vida. Nada aprovechan para el mérito de la vida eterna las limosnas, las mortificaciones, los trabajos, etc. Si la caridad falta en un alma, como largamente enseña el Apóstol San Pablo. Esta virtud excelentísima mira directamente a Dios, a quien ama por su Bondad infinita. También mira a los próximos, a quienes ama por amor del mismo Dios: comienza en Dios, y por Dios; y acaba en Dios, y por Dios. Según ambos respetos, que la caridad tiene, fue heroica la que ardía en el corazón de este grande Siervo de Dios (Fray Martín de Porres); de modo, que más humana criatura, parecía Serafín abrasado en las llamas del amor.

A todo esto debemos añadir las virtudes cardinales y las virtudes capitales. Y las humanas, las propias de su esfuerzo. Fray Martín ejercía las virtudes más agradables y honrosas, destinadas al honor y gloria del Señor, tales como la humildad y la ternura, la obediencia, el sacrificio y la pobreza voluntaria, la paz y la verdad. Por todo ello tiene ya un monumento en cada uno de nuestros corazones:

Ejemplo fiel a seguir

regocijo grande es mi sentir

cuando rezo a Fray Martín:

San Martín de Porres, piadoso hermano mío,

sembrador de paz y fe

ayúdame a hacer el bien.

Martín caritativo,

consuélame en mis desdichas,

y hazle llegar a la Virgen y al Señor

mi ánimo y oración. Así sea.

* * *

San Martín de Porres

¡Oh Dios, que tan gloriosamente levantas a los abatidos y humildes, y tan generosamente premias el sufrimiento y la caridad!. Miradnos postrados ante vos y glorificad a vuestro humilde siervo San Martín de Porres, atendiéndonos en nuestras súplicas. Y tú, hermano nuestro benditísimo, que ya te ves glorificado ante el trono del Señor, ruégale por nosotros, tanto más dignos de compasión cuanto más necesitados. Consíguenos las gracias que te pedimos, y que un día logremos la gloria del cielo, donde vives bendiciendo a Dios en compañía de los Ángeles y Santos por toda la eternidad. Amén.

En el recuerdo de la belleza de un gran santo y del que es nuestro amigo, ¡Feliz día de San Martín de Porres a todos!. 

* * *

Festividad de San Martín de Porres: Un santo icono para la humanidad (2013)

por fraymartindeporres.wordpress.com

La caridad universal de Fray Martín

caridad universal

Su demostración de caridad ha traspasado los límites del tiempo y del espacio.

En el concepto de Fray Martín el tiempo era un artículo de lujo. Para él significaba momentos preciosos en los cuales podía ejercer la caridad en múltiples formas. Es de admirar la diversidad de sus obras de caridad, su constante trabajo, y el éxito sorprendente que conquistaban sus humildes esfuerzos. El éxito de su apostolado entre los pobres puede atribuirse en gran parte a que, por inspiración del Todopoderoso, se daba por entero de todo corazón a toda obra de caridad de que tuviera noticia. La vida de Martín es la contestación, por demás convincente, a aquellos que arguyen que no se dedican a realizar obras de misericordia espirituales y corporales porque carecen tiempo suficiente para ello. Martín desde luego, era absolutamente desprendido; nunca se tomó a si mismo en consideración cuando de hacer algún bien se trataba. La miseria en cualquier forma constituía para él una llamada urgente a su compasivo corazón. Su corazón ardía en una sed insaciable para mitigar el dolor; y no argüía, como haríamos muchos de nosotros, que estaba sobrecargado de trabajo y que sus responsabilidades religiosas y múltiples deberes le impedían en absoluto ejercer la caridad. Por el contrario, aprovecha con avidez toda oportunidad, todas las ocasiones que se le presentaban, para mostrar su honda compasión por los que sufrían y padecían necesidad. Sabía que la caridad tocaría el corazón de estas pobres criaturas, que cualquier bondad que se tuviera con ellos produciría sus frutos para la salvación de sus almas. De ahí la prodigalidad de su caridad: por eso a veces nos sentimos sorprendidos por el interés de Martín en las criaturas más bajas de la creación. Pero esto es fácil de comprender si en ello vemos un desbordamiento, una superabundancia, un celo imponderable que no conoce fronteras. Al igual que San Francisco de Asís, estaba Martín consciente de que todas las criaturas, no importa lo bajas o despreciables que fueran, tenían su razón de ser en el plan de la creación. A menos que comprendamos esto, el Beato Martín de Porres se nos presentará a los que leamos su vida como un enigma. Quizás también tuviera el Beato Martín lo que Chesterton pudiera llamar una comprensión del humorismo divino. Algunos podrán sorprenderse de ver los cuadros en que aparece el Beato Martín cuidando de perros y gatos y ratas y ratones, pero eso no es más que una muestra de la bondad de su carácter. Es un símbolo demostrativo del interés ilimitado de Fray Martín por todas las criaturas de Dios -una demostración de caridad que, como hemos de ver más adelante, parece haber traspasado los límites del tiempo y del espacio-…

Caridad universal

Ángel de la Paz llamaban al Beato Martín porque había restablecido la paz en otros hogares además del de su hermana. Para ello se valía de medios característicos de él: daba de su propia caridad a los que carecían de esta virtud. El alma de Martín era todo serenidad celestial. Su misión era diseminar la paz del alma y del corazón que proviene de una sumisión absoluta a la voluntad de Dios: esa paz que está por encima de todo conocimiento mundano.

No es fácil comprender el cariño que sentía Martín por los animales domésticos. Uno de sus grabados nos lo presenta dando de comer a perros y gatos en el mismo plato sin que se pelearan, y hasta consiguió que un perro, un gato y un ratón comieran de la misma escudilla. Esta sencilla escena es símbolo de la magnitud de la bondad del Beato Martín. Revela al observador comprensivo lo profunda y sencilla que ha debido ser la inmensa caridad que movía su noble corazón hacia los seres humanos y sus almas inmortales. Repartía Martín su tesoro entre sus prójimos, dando de comer al hambriento, de beber al sediento, mitigando penas, consolando aflicciones, alumbrando tinieblas. Dios hizo de él la fuente bienhechora de la cual manaban la gracia y la misericordia que a todos alcanzaba. Sus superiores, sus Hermanos, sus amigos, los enfermos y los pobres, los niños sin hogar: todos recibían los favores que repartía este mulato de tan noble corazón como si manaran de un inagotable manantial.

Y así lo contemplamos, espíritu y esencia de humildad, movido siempre a compasión hasta por los seres más viles de la creación, obtener los más señalados favores y alcanzar las gracias más íntimas y privilegiadas de los más gloriosos y bienaventurados escogidos del Señor en el Cielo. ¡En verdad que es Martín ejemplo vivo, hecho realidad, de la promesa de Cristo: “el que se humilla será ensalzado”!.

Extracto del capítulo 4 del libro “Conozca a Fray Martín de Porres. Breve historia de su vida” (1951). P. Norbert Georges, O.P.

San Martín de Porres y la Bienaventurada Virgen María

smp y la virgen 1

Querido Martín: intercede para que María nos ayude a descubrir la raíz de nuestras debilidades y pecados que nos hacen estar lejos de su Hijo y del prójimo; y que, con su fuerza, logremos convertirnos en buenos hijos de Dios. Pídele a la Virgen para que asista misericordiosamente a los hombres y mujeres que no tienen nada, que sufren o están en agonía. Asimismo, para que nos enseñe a compartir y saber llegar a los más necesitados.

San Martín de Porres era devotísimo de la Virgen María a la que rezaba continuamente: realizaba peticiones y ofrendas que Ella, agradecida y sensible a los dones recibidos, guardaba en su inmenso e inmaculado corazón. Todo ello, junto a la humildad del santo dominico -como ejercicio mismo de la virtud de la pobreza y la ternura hacia la vida-, agradaban sobremanera a la que es nuestra Madre del cielo.

smp y la virgen

Honraba a la Madre de Dios con las mejores flores, que simbolizaban su amor por ella, la pureza y la dulzura de todo aquel que la contempla y le reza.

San Martín de Porres fue una persona de mente abierta y de espíritu amplio y libre, aprendido de su familiaridad y sus frecuentes confidencias con la Virgen, que siempre le escucha. Hablaba con ella y de ella con tal fervor y devoción que conmovía los corazones de quienes lo oían. Con su rosario en la mano y a los pies de la Virgen pedía el auxilio de la que es Madre, Abogada y Consuelo de los que padecen. A través del rezo del Santo Rosario que le ofrecía diariamente, los ruegos se convertían en auténticas bendiciones y custodia para los afligidos. En este sentido, San Martín confió sus inquietudes y afanes a la Virgen del Rosario; además, vivió y transmitió tiernamente el Rosario como herencia y compromiso.

Fray Martín, prodigio en la devoción a María, tenía un gran corazón para amarla y servirla infinitamente. Siempre anduvo en el verdadero amor, que ni cansa ni se cansa. Y hasta el último momento se entrega a la Virgen para descansar en ella, la que es Santa María del Reposo y Madre de Misericordia de todos sus hijos, que como premio triunfal a lo que fue su vida se le aparece para asistirlo a bien morir.

San Martín de Porres y la Virgen María

Oración a la Santísima Virgen María

Acuérdate,
¡oh piadosísima, Virgen María!,
que jamás se ha oído decir
que ninguno de los que
han acudido a tu protección,
implorando tu auxilio
haya sido abandonado de Ti.

Animado con esta confianza,
a Ti también yo acudo,
y me atrevo a implorarte
a pesar del peso de mis pecados.

¡Oh Madre del Verbo!,
no desatiendas mis súplicas,
antes bien acógelas benignamente. Amén

                                       ♥

Con especial cariño a la Virgen María, fraymartindeporres.wordpress.com

Santo ecologista: San Martín de Porres y la naturaleza

smp y la naturaleza 2

San Martín, los animales y la naturaleza

Acogía la presencia de Dios en todas las criaturas, pues sabía ver la grandeza de Dios en las obras creadas

smp y la naturaleza 4

Sabía que la humildad es la tierra en la cual se planta el árbol de la vida cristiana

smp cultivando

Hoy la figura de Martín es un ejemplo de vida cristiana que nos invita a ser defensores de la naturaleza como don de Dios, savia vivificadora que da flores de virtud y frutos de buenas obras. Su ejemplo nos enseña cómo tratar de otra manera la tierra en la que vivimos.

naturaleza - Fr Bill McNichols

El respeto por la vida y por nuestros semejantes incluye el respeto y el cuidado de la creación

Consciente de su necesidad de Dios, Martín enraizó – como ser racional que forma parte de la naturaleza – su vida física y espiritual en el Señor. Tenía la profunda convicción de que los seres humanos somos parte de la naturaleza y sin ella no tendríamos una existencia plena. Martín vio a Dios en la luz y belleza de la naturaleza, pues comprende que en la armonía de la Creación se encuentra el Padre Creador de todo. Y Martín fue, en este sentido, testigo de la vida: amando la naturaleza, cosechando buenas obras y frutos de (en) la tierra para compartirlos con los necesitados. Todo por un mundo mejor. Todo por la gloria de Dios.

A temprana edad sintió Martín la curiosidad -propia de los niños- por los animales, plantas e insectos. Era muy observador y siempre tenía el cuidado de no lastimar a ninguno de ellos. Martín inició su aprendizaje de boticario en la casa de Mateo Pastor. Esta experiencia sería clave para él, conocido luego como gran herbolario y curador de enfermos, puesto que realizaba curaciones menores y administraban remedios para los casos comunes (solía decir: “Yo te curo, Dios te sana”). En Martín confluyeron las tradiciones medicinales española, andina y africana. La medicina, por aquel entonces, estaba enfocada en las leyes de la naturaleza y en la capacidad de aliviar y ayudar en las enfermedades.

smp y la naturaleza 1

Sembraba en un huerto una variedad de plantas que luego combinaba en remedios naturales para los pobres y enfermos

Calendario 1973 Convento Sto Domingo Cádiz

Los niños aprendían con Martín actitudes de respeto, cuidado y cariño hacia las plantas y los animales, abriéndoles los ojos a un mundo de luz y ternura

Pronto aprendió Martín a conocer todas las hierbas y plantas y sus cualidades curativas. Para ello ocupaba parte de su tiempo en la horticultura, en la siembra de plantas y en la plantación de árboles; plantas con fines medicinales y árboles para recoger sus frutos. Pensaba que las plantas eran para curar a los enfermos, que Dios ha permitido que crezcan para ayudarnos a vivir mejor. Y Dios bendecía sus trabajos con un milagroso crecimiento de sus plantaciones y la curación de los enfermos a los que atendía. En un campo yermo, que había a las afueras de Lima, cultiva y trabaja la tierra para dar los frutos a los más necesitados y así prevenir que tuvieran la tentación de entrar en los huertos del prójimo a robar. Y el campo yermo pronto se hizo fértil. Fue conocido como el “Huerto de Fray Martín”, un huerto propiedad de los pobres qué florecía y daba fruta para todos aquellos que querían cogerla.

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Era una práctica usual en Martín el plantar árboles frutales (naranjeros, higueras, olivos, etc.) en sitios no frecuentados o terrenos públicos no utilizados. Siempre tenía en el pensamiento a sus pobres que podrían beneficiarse de los frutos

el olivo de la felicidad

Con su amor sembraba felicidad en torno suyo

Hay otra bonita historia que cuenta que San Martín de Porres pasaba buena parte de su tiempo visitando un hospital de indios en Limatambo para ayudar a cuanto necesitado de la gracia de Dios hubiese. En los alrededores el lego ayudó a plantar buena parte de la hacienda, que hoy perdura como el gran parque El Olivar (San Isidro, Lima) – una de las tantas sementeras o tierras de siembra donde el santo esparció vegetación–, cubriendo con olivos una extensión considerable que al poco tiempo brotan exuberantes. Una maravilla que recibió el nombre de “Olivar de Fray Martín”.

Según Juan Vásquez de Parra, amigo y colaborador del santo de la escoba, y José Manuel Valdés, biógrafo del mismo, relatan que este propagaba el olivar a través de estacas o codos. Hoy en día, aún se puede encontrar algunos de estos longevos olivos que pueden llegar hasta los 1500 años. Muchas parejas recién casadas se toman fotos por la belleza del parque sin saber que es un lugar bendecido por la mano de Dios.

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La naturaleza nos habla y nos lleva a Dios

Se le reputó control sobre la naturaleza, las plantas germinaban antes de tiempo y toda clase de animales atendían a sus mandatos. Uno de los episodios más conocidos de su vida es aquel en que hacía comer del mismo plato a un perro, un ratón y un gato en completa armonía. En este sentido, siempre tuvo respeto por toda clase de animales.

San Martín de Porres combina el celo apostólico de Santo Domingo con la sencillez y el amor por la naturaleza de San Francisco. Por ello Martín es llamado el “San Francisco de Asís de las Américas”, ya que existe un paralelismo entre ambos santos en ciertos aspectos de sus vidas. Uno de ellos con una máxima indudable: la naturaleza, como conjunto de todo lo que existe, es hermosa porque es obra de la mano de Dios.

por José J. Santana

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