Nuestro Hermano Martín

El pasado día 3 de noviembre celebramos a San Martín de Porres, nuestro querido hermano Martín.

Fray Martín se convierte para todo el que se acerca a él en un gran amigo y compañero de camino, con cuya compañía puedes contar y siempre encontrarás el consuelo y la fortaleza necesaria de su mano.

Son muchos los detalles de la vida de Martín que nos pueden ayudar, pero hoy queremos quedarnos con su profundo espíritu de oración y su forma de predicar tan particular y eficaz.

El Santo de las Américas nunca predicó desde un púlpito, ni echo sermones, pero su vida era toda ella una predicación y así mismo una oración, alabanza al Dios creador y amante de cada uno de los hombres, sus hijos.

La vida de contemplación y acción de San Martín eran siempre una, señala una biógrafa de Santo (Guiliana Cavallini) con una bella imagen cogida del Evangelio, en concreto del pasaje de Marta y María: “En el corazón de Martín, Marta y María nunca discutían, porque María acompañaba a Marta siempre y a todas partes. Pero cuando Marta terminaba su trabajo, María tomaba a Martín de la mano y lo llevaba a un lugar apartado donde pudiera disfrutar de la presencia del Señor, solo… La soledad atraía a Martín cómo a un imán”.

El hermano Martín pasaba largas horas al servicio de los pobres y de los enfermos y siempre se refugiaba en el corazón silencioso el amor de Dios. Nunca cesó de inhalar la presencia de Dios y nunca cesó de exhalar la compasión… así fue y es la vida de Martín.

Rocío Goncet, O.P. (Monasterio de Santa María la Real de Bormujos, Sevilla).

* * *

Oración a San Martín de Porres

Martín de Porres, humilde seguidor del Evangelio de Jesús, elevamos ante ti nuestros corazones llenos de confianza y devoción. Tú qué te entregaste sin límite a los pobres y desamparados, hoy te ofrecemos nuestras necesidades y peticiones. Derrama sobre nosotros y sobre nuestras familias el amor sanador de Dios. Concédenos sencillez de corazón y compasión de los que más sufren, especialmente los que sufren la injusticia y la discriminación racial. Que sepamos descubrir en éstos, nuestros hermanos más pequeños, el rostro sufriente de Jesús.

Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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Festividad de San Martín de Porres: Fray Martín, el santo de la santa sencillez

Si no nos hacemos sencillos y puros de intenciones, como los niños, no entraremos en el Reino de Dios.

Fray Martín era un hombre abierto, cercano y auténtico. La sencillez de su carácter era fruto de un resultado natural y a su profundo deseo, con convicción, de ser sólo un hombre bueno. Pero detrás de esta modestia del santo mulato se encontraba un trabajo duro, de sacrificio y de un amor sin artificios: sintió con el prójimo doliente, viviendo en la voluntad de Dios y participando de su inagotable Misericordia. Para las almas puras, como la de Martín, que han llegado a la luz de la fe y de la verdad, todo es sencillo y natural. La fe, pues, radica en la respuesta verdadera dada a la Palabra de Dios; no tanto en su erudición. Una respuesta que iba acompañada —como algo innato— de humildad generosa y de una presencia que atrapaba confiadamente en el espacio vital. Así, en ese espacio creaba nuestro querido santo su “propio” lugar de amor del que hacía partícipe a los demás. Gozaba, por tanto, de un alma fervorosa que transmitía paz y alegría allá donde estuviera, y a su vez, encontraba su razón de ser procurando el bien al prójimo.

Es bien cierto que los buenos hijos de Dios no sólo nos ayudan a mejorar sino que además nos cambian la vida. Precisamente en este mundo que compartimos, donde vivimos y convivimos, junto a nuestras familias y en comunidad, es nuestra forma de ser la que puede obrar el cambio en el comportamiento de aquellas personas que nos rodean, y especialmente frente a actitudes poco gratificantes. La expresión humana de la sencillez siempre cala en los buenos corazones, esos mismos donde sempiterna resuena la Palabra del Señor.

A su vez, solícito pero sin nimiedades, deseaba nuestro amigo Martín ser el último porque, libre de cargas mundanas y ambiciones personales, sabía que era el camino seguro para servir a Dios y a los hombres. Y a los ojos del Señor, es la sencillez y humildad de corazón los valores que más aprecia: ambas constituyen ese dulce triunfo sobre nuestros corazones, a menudo tan llenos de soberbia y sentir hipócrita que marcan de manera deleznable muchos actos de nuestras vidas.

“Con dos alas se levanta el hombre de las cosas terrenas, que son sencillez y pureza”, dijo Tomás Kempis; y no le faltaba razón, pues la sencillez glorifica y la pureza, además, santifica: como así vivió, de manera permanente en estas cualidades, Fray Martín.

J.J.

* * *

El mulato de Lima sigue su camino, con su sublime humildad, sin sorprenderse de nada de cuanto de extraordinario va ocurriendo a su paso. Todo es natural en él, todo lo lleva a cabo con tal sencillez, con tanta naturalidad, que diríase que éste es el camino obligado de su realización. En su casi ingenuidad infantil, en su innata inocencia, no puede pensar que el camino que sigue sea extraordinario. Nunca pensó que él fuera la causa y el agente de tantas maravillas y prodigios. Porque Fray Martín tuvo conocimiento sobrenatural de los acontecimientos y penetración de las cosas ocultas, poseyó el don de profecía y de la sutileza, siendo capaz de penetrar en lugares cerrados, sin abrir la puerta.

También por voluntad Divina poseyó otros dones asombrosos: el de la ligereza, que le permitía recorrer grandes distancias en un momento, y el de la invisibilidad, cosas ambas que fue capaz de comunicar a otras personas.

Y todo ello, no nos cansaremos de repetirlo, porque su humildad y su gran inocencia no le deja pensar que es capaz de tales prodigios. Tiene una visión infantil de las cosas. No se sorprende, como no se sorprenden los niños de las más extraordinarias maravillas, porque en su espíritu lo creen la cosa más natural del mundo.

Su humildad fue heroica, fundamento de todas las demás virtudes. Su caridad, inagotable, ya que alcanzó incluso a los irracionales. Su paciencia, imperturbable, basada en su gran humildad sin que las censuras e incomprensiones que tuvo que soportar, alterasen su sonrisa. Su obediencia, admirable, ya que murió obedeciendo. El conocimiento que tenía de su propia bajeza le protegía.

Este era Fray Martín de Porres, el mulato de Lima, que realizó los más portentosos milagros con tal naturalidad que diríase que era el camino simple y obligado de su sencilla existencia. Sus actos fueron sumamente sencillos, y la vida que llevó nunca se salió de lo ordinario. Lo extraordinario le llegaba de lo Alto, del supremo Hacedor.

Hábito dominicano,
aumenta tu penitencia,
es extrema tu obediencia,
sufres el insulto humano;
si te alaban, es en vano
que es opuesto a tu humildad.

Oración

Oh, San Martín de Porres, interponed vuestra poderosa intercesión ante el divino Señor y alcanzadnos a cuantos admiramos la sublimidad de vuestras virtudes, el favor de imitaros para que así logremos la dicha de disfrutar de las bendiciones de la gracia. Y en prenda de que son escuchados estos nuestros ruegos, otorgadnos el consuelo de ver remediadas las necesidades que con todo fervor y plena confianza encomendamos a vuestra intercesión. Así sea.

Con cariño, a Fray Martín, santo sencillo y bueno. Para que algún día aprendamos a ser como tú.

Enlace relacionado: Fray Martín, el “enfermero” de almas

Dos poemas a San Martín de Porres

Yo soy uno de ellos

El Santo moreno
tiene entre sus manos
dolencias de pobres
tragedias de antaño.

Tiene en su mirada
gritos de palomas,
palabras cruzadas.
Plegarias y rezos
recoge en su palma.

El Santo moreno,
viene con su escoba
derrotando imposibles,
predicando esperanzas.

Nos trae evangelio
de madres que barren
y encuentran tesoros
que nunca esconden
y siempre comparten.

El Santo moreno
me mira y lo miro
y su mirada clava
en miles de anhelos,
de pequeñas heridas
y grandes consejos.

El Santo moreno
se queda en penumbra,
—y entre silencios—
recoge las cartas
de fieles eternos…

Yo soy uno de ellos…

              (Rogelio)

* * *

El Santo

Se le fue la tarde leyendo
poemas en la iglesia de San Martín.

Al levantarse y ver de nuevo
los vitrales luminosos
—después de pensar
en darles la espalda e irse—
imaginó en sordina el ruido de los autos
y todas las frecuencias de sonido
que se le pegarían a la cara.

Entonces, decidió dormir ahí,
depositarse en la ternura del silencio
o echarse a descansar en una imagen tibia
y alimentarse solo de luz… solo de Luz.

                                            (Javier)

Poemas de Rogelio y Javier, padre e hijo, en la iglesia de los Dominicos de Concepción (Chile).

Fuente: Revista Amigos de Fray Martín, Septiembre-Octubre de 2017 (Nº 560).

“Martín de Porres. Santo de América”, de Celia Cussen

Portada del libro “San Martín de Porres. Santo de Ámerica”, de Celia Cussen.

Descripción: Es difícil señalar con exactitud cuándo comenzó el culto de Martín de Porres (1579-1639), pero para el momento de su exhumación en 1664, en el convento dominico de Nuestra Señora del Rosario, muchos residentes de Lima ya consideraban al piadoso sirviente del convento un santo local. Una orden papal de varias décadas atrás prohibía a los limeños no solo erigir un altar donde sus seguidores pudieran recordarlo y rezarle, sino también colocar su imagen o hasta una vela en el sitio donde estaba enterrado. A pesar de ello, la fama de Martín se había extendido rápidamente. Su popularidad había persuadido a los dominicos de llevar sus restos a la capilla recién construida en su celda en la enfermería del convento, debajo de un altar dedicado al icono central de la cristiandad, particularmente apreciado por fray Martín: la Santa Cruz. El estudio de Celia Cussen se prolonga más allá de la muerte de fray Martín de Porres para reconstruir su vida póstuma. Se extiende hasta mediados del siglo XVIII, cuando el Vaticano lo reconoció como un héroe de virtud y lo designó un venerable de la Iglesia. Continúa hasta su beatificación en 1837 y su canonización en 1962. Por definición, una biografía es la historia de la vida de una persona hasta el momento de su muerte. Con Martín, la autora ha elegido desviarse de la norma para trabajar con un marco temporal que se extienda más allá de su vida natural. Pues no fue sino hasta los años posteriores a la muerte de fray Martín, que la comunidad de devotos elaboró y expresó su comprensión de lo que significaba para ellos su vida y su intercesión desde el cielo.

  • Entrevista de prensa a Celia Cussen acerca de su libro “Martín de Porres. Santo de América”:  AQUÍ
  • Introducción al libro: AQUÍ

Fuente: Instituto de Estudios Peruanos

* * *

Entrevista: ¿Cómo el culto a San Martín de Porres se extendió en el mundo?

Al más ilustre de los peruanos (a San Martín de Porres)

Hoy se cumplen 55 años de la canonización de Fray Martín de Porres. Les invitamos a leer un interesante artículo tomado de la Revista Cultural Católica Tesoros de la Fe (más abajo le ofrecemos el enlace original), con motivo del que fue el cincuentenario aniversario de la subida a los altares de nuestro querido santo:

Al más ilustre de los peruanos

El próximo 6 de mayo se conmemora el cincuentenario de la canonización de este santo peruano del siglo XVII, conocido en el mundo entero por su caridad eximia y sus extraordinarios milagros, que rayan en lo mítico

Pablo Luis Fandiño

Hace exactamente 50 años, en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, el Papa Juan XXIII inscribía solemnemente en el catálogo de los santos al limeño Martín de Porres Velásquez (1579-1639), convirtiéndose en el primer mulato en ser canonizado por la Iglesia.

Fray Martín gozaba ya en vida de fama de santidad. Prueba de ello fue su multitudinario entierro. La ciudad entera se volcó para verlo por última vez “exhalando de sí una fragancia tan grande que embelesaba a los que se acercaban, y le hacían pedazos la ropa que tenía, de manera que fue menester vestirlo muchas veces y pedir guarda especial para el cuerpo. Y se resolvió enterrarlo luego aquella tarde por evitar inconvenientes”.1 Su cuerpo fue llevado procesionalmente hasta su sepultura en hombros de Feliciano de la Vega (arzobispo de México), Pedro de Ortega Sotomayor (deán de la catedral de Lima y después obispo del Cusco), Juan de Peñafiel (oidor de la Real Audiencia) y Juan de Figueroa Sotomayor (regidor del cabildo y más tarde alcalde limeño), entre otras notabilidades presentes a la hora del entierro. En la víspera, su amigo, el virrey conde de Chinchón se hizo presente ante su lecho y “arrodillado le besó la mano y le rogó que intercediera ante Dios por él”.2

Con el trascurso del tiempo su fama de taumaturgo y hombre de Dios no ha hecho más que crecer, desbordando las fronteras de su Lima natal, del Perú y de América, hasta llegar a los rincones más apartados del orbe.

Los milagros aprobados por la Iglesia para su canonización ocurrieron en Asunción (Paraguay) y en Santa Cruz de Tenerife (Islas Canarias); aunque ya se habían presentado casos operados en Cajamarca (Perú), Detroit (EE.UU.) y Transvaal (Sudáfrica)­ que fueron desestimados.­

Lectura amena e interesantísima

Su vida y sus milagros han llegado hasta nosotros a través de la tradición oral y de los testimonios manuscritos. El ejemplo de San Martín de Porres ha servido de inspiración a decenas de autores peruanos y extranjeros, de las más variadas especialidades: historiadores, médicos, religiosos, políticos y literatos. Ellos han escrito más de un centenar de volúmenes, cuyas ediciones y reediciones son incalculables. Se han publicado libros en español, latín, inglés, portugués, francés e italiano; al igual que en alemán, polaco, vietnamita y chino. Sin embargo, nada existe de más auténtico cuanto el propio Proceso de Beatificación. En él se recogen las declaraciones recabadas en Lima en 1660, 1664 y 1671 a más de setenta personas durante el desarrollo del Proceso Diocesano. La mayor parte de ellas conocieron y trataron íntimamente a fray Martín de Porres y fueron testigos directos y presenciales de los hechos que narran.

Aunque la lectura de los procesos de beatificación puede resultar un tanto tediosos hasta para los eruditos, debido a la invariable repetición de preguntas que se formulan a los declarantes y a sus monótonas respuestas, tan semejantes entre sí, en este caso sucede todo lo contrario. Como lo declara el padre Fray Tomás S. Perancho en la introducción del Proceso de Beatificación de fray Martín de Porres publicado por el Secretariado de Palencia en 1960: “La lectura del Proceso resulta amena e interesantísima: lo primero por la multitud de detalles curiosos que aportan los numerosos testigos que declaran, y lo segundo, por el realismo con que destacan las virtudes del sujeto que va camino de los altares”.3

A medida que se le conoce, crece y se eleva su figura

Al penetrar en el estudio y el conocimiento de la vida de San Martín de Porres sucede también algo paradigmático: cuanto más profundizamos en la materia, más crece y se eleva a los ojos del lector nuestro personaje. La tradición oral, transmitida de padres a hijos y cuya fuente natural era el propio convento de Nuestra Señora del Rosario de Lima —donde nuestro santo pasó la mayor parte de su existencia terrena— , lejos de ser desmentida es corroborada y engrandecida por los patentes testimonios del Proceso Diocesano. En él cabe destacar tanto la multitud de los declarantes, cuanto su idoneidad (superiores de conventos, predicadores generales, maestros en sagrada teología, obispos, etc.), quienes además aseveran haber visto y oído por sí mismos lo que testifican. Cuando hablan hombres de tan elevada talla moral, reafirmándose unos a otros en sus testimonios, aseverando que lo han visto y palpado, y por añadidura juran por Dios que dicen la verdad, resulta pues inevitable dar por auténticos los hechos.

Pero además de contar con una sólida base documental, para mejor comprender a nuestro santo, es imprescindible conocer adecuadamente la época en que vivió. Como bien puntualiza el historiador: “Querer juzgar ese ambiente y ese pensamiento con criterio actualizante o vanguardista es error irreversible, reñido en esencia con la investigación histórica”.4

Una dulce primavera de la fe en el suelo americano

Apagados los fragores de la conquista del imperio inca, cesadas las luchas fratricidas, disipadas las ambiciones personales, fue instaurándose gradualmente la paz en nuestra tierra. No cualquier paz, sino “la paz de Cristo en el reino de Cristo”. Y a partir de ese momento se pudo emprender la magna labor evangelizadora y civilizadora del cristianismo. Germinó entonces, naturalmente, una dulce primavera de la fe en el suelo americano. Basta pensar que en una pequeña metrópoli como era la Ciudad de los Reyes a fines del siglo XVI y comienzos del XVII, coincidieron cinco grandes santos: Santa Rosa de Lima, Santo Toribio de Mogrovejo, San Francisco Solano, San Juan Masías y San Martín de Porres, junto con más de un centenar de siervos de Dios e infinidad de personas que llevaron una vida ejemplar y devota.

Al enfocar la vida de nuestro héroe, muchos han caído en la tentación de resaltar lo episódico, lo pintoresco, lo gracioso, lo trivial, con lo cual se puede llegar a dibujar una figura minimalista.

Llama la atención, por ejemplo, el sinnúmero de ocupaciones y oficios que asumió fray Martín en el convento mayor de los dominicos en Lima. Portero, campanero, barrendero, limosnero, barbero, herbolario, enfermero, cirujano menor y encargado de la ropería. Atendiendo con la mayor diligencia a una comunidad que sobrepasaba los doscientos frailes, además de novicios, hermanos legos, donados, personas de servicio y hasta esclavos que eran propiedad del convento. Además de una infinidad de pobres, indios, esclavos y menesterosos que acudían a pedir socorro a sus puertas. ¿De dónde sacaba Martín las fuerzas para cumplir con tantas obligaciones? – De la oración, a la que dedicaba la mayor parte del día y de la noche, pues es opinión general que dormía muy poco.

Fray Juan de Arguinao, arzobispo de Santafé de la Nueva Granada, Bogotá (1661-1678) —que conoció a fray Martín desde su ingreso al convento de Nuestra Señora del Rosario hasta la muerte del santo— declaró en el Proceso Diocesano: “que en lo adverso y próspero de esta vida mortal siempre vio al venerable hermano fray Martín de Porras con un mismo semblante, sin que lo próspero le levantase, ni lo adverso le deprimiese o contristase, de lo cual se seguía que en las adversidades, acaecimientos y enfermedades, siempre se mostraba pacientísimo, conformándose con la voluntad de Dios, que era su norte y guía”.5

Consejero de grandes y pequeños

Entre sus amigos íntimos no faltaron los potentados de la época: el virrey, el arzobispo, el alcalde y el rector de la Universidad de San Marcos. Muy característicos fueron, por ejemplo, los encuentros mensuales que por espacio de diez años fray Martín sostuvo en palacio con don Luis Jerónimo de Cabrera y Bobadilla —Conde de Chinchón y Virrey del Perú (1629-1639). Tales reuniones no eran para confesar a su ilustrísima, sino para aconsejarle en los más graves asuntos de estado con su extraordinario y fino sentido común. Así como cuando los indios lo confundían con un sacerdote, y él solía decirles “Hijos, yo no soy de misa”, tanto el virrey como fray Martín conocían perfectamente cuál era su condición.

Durante el Consistorio sobre la canonización del beato Martín de Porres, que tuvo lugar el 12 de abril de 1962, el Papa Juan XXIII se expresó del siguiente modo a los cardenales presentes: “Habéis podido admirar la acendrada piedad del beato Martín al Divino Redentor del género humano, tanto oculto en la Eucaristía como elevado en la cruz, y a la Virgen María reina celestial. También habéis podido admirar su sencillez de espíritu en la continua disposición a obedecer y servir a todos, considerándose siempre el más inferior”.6

San Martín de Porres llevó la práctica de la virtud de la humildad al más alto grado y quizás sea por eso que Dios lo haya recompensado con tantos dones. Hoy, al cumplirse el cincuentenario de su canonización, la Nación está en el deber de reconocerlo como el más ilustre de los peruanos.7

Nuestra actitud ante el cincuentenario

¿Y cómo podemos nosotros, simples fieles católicos, asociarnos convenientemente a este cincuentenario? ¿De qué manera podríamos al mismo tiempo contribuir a su brillo y beneficiarnos de sus gracias?

El ilustre apóstol seglar del siglo XX, Plinio Corrêa de Oliveira, nos da la clave para una respuesta: él solía decir que la mejor forma de agradecer a Dios por las gracias recibidas es pedirle más gracias. Es un reconocimiento de su infinita bondad y poder, y una expresión de nuestra amorosa dependencia de Él. Lo mismo vale, proporcionadamente, con relación a la Santísima Virgen, Medianera de todas las gracias, y a los santos que Dios colocó como intercesores ante su divina clemencia.

Por otro lado, como recuerda San Luis María Grignion de Montfort, así como la gracia perfecciona la naturaleza, la gloria perfecciona la gracia. Es decir, San Martín de Porres es ahora, en el cielo, incomparablemente más solícito con quienes ­acuden a él de lo que fuera mientras vivió. Y si en su existencia te­rrenal no hubo quien dejase de ser atendido, ¿cuánto más no estará dispuesto a ayudarnos, ahora que goza de la gloria ­eterna?

Entonces, en este cincuentenario honremos debidamente a nuestro querido fray Martín, de dos maneras: primero, dando público testimonio de nuestra gratitud hacia él, participando en homenajes que se le tributen como triduos, procesiones, novenas, etc.; y, al mismo tiempo, aprovechando esas ocasiones para pedirle todo aquello que necesitemos, siempre ordenado a la gloria de Dios y a nuestra salvación. ¡Con certeza no seremos defraudados!

Notas.-

1. Proceso de Beatificación de fray Martín de Porres, Secretariado «Martín de Porres», Palencia, 1960, p. 92.

2. Rafael Sánchez-Concha Barrios, Santos y Santidad en el Perú Virreinal, Vida y Espiritualidad, Lima, 2003, p. 122.

3. Proceso, p. 5.

4. José Antonio del Busto Duthurburu, San Martín de Porras (Martín de Porras Velásquez), Fondo Editorial PUCP, Lima, 1992, p. 12.

5. Proceso, p. 259.

6. Cf. http://www.vatican.va/holy_father/john_xxiii/speeches/1962/documents/hf_j-xxiii_spe_ 19620412_de-porres_sp.html

7. Al emplear esta expresión nos referimos “al más ilustre varón peruano” y no pretendemos en absoluto desmerecer la figura de Santa Rosa de Lima, la más ilustre mujer peruana.

Texto original en: Tesoros de la fe (Revista Cultural Católica)

Imágenes de San Martín de Porres en la Aldea de San Nicolás (Gran Canaria)

Imagen de San Martín de Porres en la Iglesia de San Nicolás de Tolentino (La Aldea de San Nicolás, Gran Canaria).

Esta otra imagen se encuentra en la asociación de vecinos Don Paco Ramos, en el lugar conocido como El Pinillo. Sus vecinos celebran la fiesta en honor de Fray Martín en el mes de Mayo.

El municipio de La Aldea de San Nicolás se ubica en el Oeste de Gran Canaria. Con una orografía de singular belleza —ideal para rutas y senderos— y una costa virgen, parte de su superficie se encuentra cubierta por un mar de invernaderos donde se cultiva todo tipo de frutas y hortalizas —principalmente tomates y pepinos y frutas tropicales— muy apreciadas en los mercados europeos y principal fuente de ingresos de la zona. Destaca en este municipio la popular fiesta del Charco (11 de septiembre), cuyo origen se remonta a la época aborigen.

Imagen de San Martín de Porres (Oliva, Valencia)

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Fotografías de San Martín en su altar de la Iglesia de Santa María la Mayor, en la población valenciana de Oliva. El Altar está dedicado a la Santísima Trinidad y San Martín ocupa un lugar en una hornacina protegida por un cristal como podemos ver.

Nuestro sincero agradecimiento y enlace recomendado: J. Díez Arnal

Semblante espiritual de Fray Martín

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Su rostro irradiaba la bondad y dulzura propia de las personas santas

De San Martín de Porres, como la del santo Job, se puede afirmar que nació con marcada inclinación a la misericordia, y desde su tierna infancia procuró socorrer las necesidades de su prójimo. De estas obras nos consta por el testimonio de los beneficiarios. En la eternidad nos serán reveladas las misericordias espirituales y corporales realizadas por el Santo de Dios.

Pasó por la tierra sin que alcanzara a inficionarle la corrupción que domina por doquier. Fiel a la gracia recibida en el bautismo, puso en juego todos los medios para asegurar la posesión de este tesoro. A este fin renuncia a los atractivos del mundo y abraza la vida religiosa. Y no contento con las austeridades de su profesión se entrega a las más duras mortificaciones.

Desligado así de lo terreno y libre de toda miseria su espíritu inocente y puro volaba espontáneamente, sin obstáculos, hacia Dios.  Cuando su espíritu endiosado volvía a las realidades de la vida terrena, continuaba viendo a Dios en todos los seres de la Creación.

La constante y fiel correspondencia a la acción de la gracia divina hizo que su espíritu se mantuviera firme en observar el orden que preside las relaciones del cristiano con Dios y con el prójimo. Por esto no dejó nunca de cumplir los deberes que le obligaban a Dios y a los hombres. Y resultado de esta fidelidad en las obras de justicia, fue la paz inalterable de su espíritu en cualesquiera circunstancias, favorables o adversas por las que atravesó.

Admitido el trato íntimo con Dios, la luz divina irradió en su alma, dándole a conocer y profundizar las verdades más encumbradas de nuestra religión. Bajo la acción de esta misma luz, conoció muchas veces los secretos envueltos en la lejanía del tiempo y del espacio.

Escuchó las palabras de Cristo, y ya hemos visto con que generosidad las abrazó y con qué fidelidad las puso en práctica. Consciente de que en su correspondencia a la gracia divina estribaba todo su bien, en el tiempo y en la eternidad, no dudó en exponerlo todo por el Todo. Y porque se mostró siempre fiel, sin ceder ante las pruebas y persecuciones, he aquí que es introducido en el gozo de su Señor y admitido en el reino de los Cielos.

Por respeto a Dios amó tanto a sus hermanos los hombres mientras peregrinó por la tierra, que no los puede olvidar ahora que se encuentra seguro en el descanso de la patria. La caridad que le movía a procurar todo bien a sus compañeros de destierro, perfeccionada altura en el seno de Dios, hace que se interese con mayor insistencia y eficiencia en provecho de quienes necesitan y reclaman su valioso patrocinio.

Semblanzas de Fray Martín

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: San Martín de Porres

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“Tomando Jesús la palabra, dijo: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y se las has revelado al pequeño”. (Mt 11,25-30)

En el Perú celebramos hoy la solemnidad de San Martín de Porres.
Todos le conocemos como:
El Santo de la escoba.
El que unió perro, gato y pericote comiendo amistosamente en el mismo plato.
El Santo barbero.
Todo eso puede ser una realidad.
Pero el mejor título que se le ha dado es:
“Hermano Martín de la caridad”.
“El portero de lo pobres”.

En el Perú leeremos el Evangelio de Mateo 11,25-30.
“Dios se revela a los sencillos”.
“Los sencillos se abren a la palabra de Dios”.
En la Iglesia universal leemos Lc 14,12-14.
Ambos revelan y manifiestan la espiritualidad de Martín.

Porque Martín fue:
de esas almas sencillas siempre abiertas a las llamadas de Dios.
el enamorado del amor de Dios que se revelaba y manifestaba en él.
Pero también el enamorado de los pobres, lisiados, cojos y ciegos.
El enamorado del servicio a todos los necesitados.
La portería del Convento dominico estaba siempre lleno de pobres, indigentes y necesitados.

Martín fue el Evangelio de los pobres que todos podían leer.
Más que un Evangelio escrito en el papel, fue un evangelio escrito en la vida.
Juan XXIII que lo canonizó, lo llamó en su homilía “Martín de la caridad”.
Yo le llamaría “Evangelio vivo”.
O si prefieren, “el Santo de las preferencias de Dios”.
El Santo de los sencillos siempre abiertos al amor de Dios.
El Santo de los pobres, preferidos por Dios.
Que da de comer a los pobres.
Que sirve y atiende a los que sufren.
Que invita no a los que no pueden retribuirle.

Es posible que más de uno se molestase al ver tanto pobre tocando a la puerta del Convento.
Y hasta es posible que recibiese más de una reprimenda, por la mala impresión que daba la portería.
Pero los sencillos y los enamorados de Dios se fijan poco en la estética de la puerta.
Más bien viven la alegría de descubrir el rostro de Jesús escrito en la puerta.

Es que los santos piensan, ven y siente de otra manera.
No invitar a quien puede invitarte.
Sino vivir del amor de la gratuidad.

Pese a que han pasado tantos siglos también Jesús puede orar al Padre:
“Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños”.
“Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos, dichoso tú, porque no pueden pagarte”.

Es posible que en el Convento dominico hubiese grandes intelectuales.
Pero solo nos ha quedado la memoria del “del santo del amor y de los pobres”.
Es posible que aquellas ideas se las haya llevado el viento.
Pero la sencillez con los sencillos, sigue teniendo actualidad.
¿Acaso el problema de hoy y el testimonio más claro del Evangelio no es entregarnos al servicio de los pobres?

P. Clemente Sobrado, C.P. (3 de noviembre de 2016)

Fuente: mensajesalosamigos.wordpress.com

Fray Martín de Porres, religioso dominico

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Se cumple este año el 800 aniversario del acto fundacional de la Orden de Predicadores (Bula “Religiosam Vitam” del Papa Honorio III, de 22 de diciembre de 1216). Una Orden que sigue muy viva gracias a mujeres y hombres que han encarnado perfectamente el proyecto de Santo Domingo de Guzmán; donde la palabra de Dios ha formado y seguirá formando parte de sus vidas y actos.

La Orden ofreció a Martín, y como a tantos otros, el camino seguro en donde forjar su gran espiritualidad. Fray Martín de Porres supo equilibrar, dentro de los dominicos, una vida de oración y contemplación con su trabajo en beneficio de la comunidad y del prójimo. Humilde y caritativo como buen hijo de Santo Domingo, era un hombre del pueblo y para Dios. Siempre venció su dulce corazón en su vocación. También como buen dominico, Martín confió sus inquietudes y afanes a la virgen del Rosario, de la que era muy devoto; además, vivió y transmitió el Rosario como herencia y compromiso (“en la Orden Dominica va estampado el rosario cual sello de realeza”).

Nuestro amigo entró como terciario dominico (en aquel entonces, donado) en el convento de Nuestra Señora del Rosario de Lima: entregándose en cuerpo y alma a la oración y a la caridad, a la pobreza y a la humildad, a la penitencia interior y a las penitencias. Igualmente, con su carácter alegre, sencillo y servicial, pronto se gana el cariño de todos en su afán innato de ser un buen hermano -en su sentido más amplio- dentro de la Orden de Predicadores. En este sentido, deseaba y procuraba el bienestar de los novicios, a los que ayudaba a integrarse en sus deberes. Lejos de crear corriente mística o teóloga alguna es bien cierto que con su testimonio de vida cumplió con el sentir dominico: alababa constantemente al Señor, bendecía todo aquello que formaba parte de su vida (personas y situaciones) y predicaba fiel al ejemplo. Este fue su gran testimonio y su mejor apostolado. Por ello, Fray Martín es todo un símbolo universal: de humildad, caridad y cordialidad.

un amigo

Prefiero estar a la puerta de la casa de mi Dios que vivir en las mansiones de la maldad; prefiero dedicarme a barrer tu templo que convivir con los malvados.

«Si  te conformaras con ser un simple donado…No pronunciarás votos, pero te será permitido vestir parte del hábito: una túnica blanca y un escapulario negro. Un poco más adelante, claro…»

A Martín le pareció que el cielo se abría ante él. ¿Qué importaba el hábito, el lugar o el tratamiento, si podía estar en la casa de Dios y servirle fielmente, aunque ocupara el último lugar? Y así lo dijo:

 – ¿Es el donado el último puesto?

– Sí –afirmó el Superior-, el último.

– ¿Menos que portero?

– Sí, menos que portero.

Entonces…-balbució emocionado Martín-, gracias, señor. No creí merecer tan alto honor.

Así fue como el mulato Martín de Porres, el hijo del hidalgo español, entró en el convento dominico de Santo Domingo de Lima.

Desde este momento su vida fue una donación total, una entrega perfecta, al servicio de Dios…

smp dominicoLlevaba ya nueve años viviendo con fidelidad en el convento y es cuando sus superiores le invitan a dar el siguiente paso, el de profesión de votos religiosos, que acepta con júbilo. Había dado excelentes pruebas de laboriosidad y virtud. Había crecido en piedad y en armonía con los hermanos…Y aquel 2 de junio de 1603 pasaba de donado perpetuo a ser -ahora sí- Fray Martín de Porres, hermano dominico. Aquel día él hacía una nueva donación de su vida a Dios y a los hermanos. Un justo premio a una vida dedicada a la oración y al trabajo continuo:

Después de haber implorado la misericordia de Dios y de la Orden, Martín hizo su profesión solemne, prometiendo obedecer hasta la muerte a Dios, a la bienaventurada Virgen María, al Padre Santo Domingo y a los superiores de la Orden, según la regla de San Agustín y las Constituciones de los Frailes Predicadores.

Siempre estaba disponible para hacer el bien, y todos acudían a él. Ya no sólo empuñaba la escoba y el plumero y repiqueteaba las campanas. También tenía que manejar brochas, navajas, peines y tijeras. Había unos 200 frailes en la comunidad de Lima y todos buscaban a Fray Martín como barbero, peluquero o enfermero…

Al profesar le entregaron un nuevo servicio: ser enfermero. ¡Qué felicidad tener como enfermero a un santo! Sus biógrafos nos dicen que él llamaba a los enfermos “mis amos”, y han dejado descritos en muchas páginas los detalles de su caridad para atender como una madre a cuantos necesitaran de él… ¡y cómo corría solícito a su servicio! Sus curas resultaban tan eficaces para el cuerpo como para el alma. Fray Martín buscaba el remedio con inefable naturalidad en la oración.

Hasta llegado el momento en que vistió de otra luz y emprendió la partida hacia el cielo; con  los ojos cerrados y el corazón abierto. Ya todo lo había ganado con su corazoncito dominico. En la Orden Dominicana se redactó así su recuerdo:

– “Murió Fray Martín, hermano de admirable virtud y santidad…Abría su mano cada día al indigente y la extendía al necesitado. Brilló su caridad en la asistencia a los hermanos enfermos…Sirvió de ejemplo a toda la ciudad de Lima por su santidad y ejemplar vida. A una existencia tan prodigiosa correspondió una muerte dichosísima, habiendo acudido a sus exequias gran multitud del pueblo, disputándose el besar sus manos y sus pies, con gran reverencia, tanto en el clero como los simples fieles…”.

orden de predicadores

Oración

Bienaventurado San Martín, que desde tus primeros años aprendiste a andar por los caminos del Señor, firme siempre en tu fe, celoso de tu gloria y de la salvación de los hombres.

En la práctica de las virtudes supiste ganarte la admiración de todos, de los de dentro de la Orden y también de los de fuera. Por eso te propuso ser admitido a la profesión religiosa y a través de ella le diste un si generoso y absoluto a tu Dios.

Alcánzanos que sepamos vivir esa misma fe y sus consecuencias con total entrega. Queremos vivir nuestra fe con ejemplar fidelidad, sabiendo dar testimonios atrayentes desde nuestros puestos.

Que como tú, glorioso Fray Martín, derramemos la bondad de Dios con sonrisas y palabras amistosas, y con nuestros trabajos y alegría llenemos de felicidad nuestro alrededor.

Lo suplicamos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

(Oración de la “Novena a San Martín de Porres”, de Fray Ángel García de Pesquera, Capuchino).

las florecillas de fray martín

Santo de los pobres, Martín de Porres

Santo de los pobres, Martín de Porres,
fraile dominico, hermano cooperador,
cuidas del enfermo y del más necesitado,
vives confiado, como amigo de Dios.

Estribillo:
Martín de la caridad, reflejo del Padre bueno,
enséñanos la humildad,
camino que lleva al cielo.
Martín de la caridad,
predicas con el ejemplo,
que amar a Dios, para ti,
es el pobre y el enfermo.

Santo de los pobres, Martín de Porres,
tienes la alegría del hombre de oración,
bebes en la fuente de la Eucaristía,
eres fiel devoto de la Pasión del Señor.

Estribillo…

Padre de los pobres, Martín de Porres,
siembras esperanza, en quien sufre por amor,
gloria y alabanza, a ti siempre sean dadas,
sé, para nosotros, ante Dios, intercesor.

Estribillo…

Vicente Muñoz Esteban. Canciones para el Jubileo 800 de la Orden de Predicadores

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