Al más ilustre de los peruanos (a San Martín de Porres)

Hoy se cumplen 55 años de la canonización de Fray Martín de Porres. Les invitamos a leer un interesante artículo tomado de la Revista Cultural Católica Tesoros de la Fe (más abajo le ofrecemos el enlace original), con motivo del que fue el cincuentenario aniversario de la subida a los altares de nuestro querido santo:

Al más ilustre de los peruanos

El próximo 6 de mayo se conmemora el cincuentenario de la canonización de este santo peruano del siglo XVII, conocido en el mundo entero por su caridad eximia y sus extraordinarios milagros, que rayan en lo mítico

Pablo Luis Fandiño

Hace exactamente 50 años, en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, el Papa Juan XXIII inscribía solemnemente en el catálogo de los santos al limeño Martín de Porres Velásquez (1579-1639), convirtiéndose en el primer mulato en ser canonizado por la Iglesia.

Fray Martín gozaba ya en vida de fama de santidad. Prueba de ello fue su multitudinario entierro. La ciudad entera se volcó para verlo por última vez “exhalando de sí una fragancia tan grande que embelesaba a los que se acercaban, y le hacían pedazos la ropa que tenía, de manera que fue menester vestirlo muchas veces y pedir guarda especial para el cuerpo. Y se resolvió enterrarlo luego aquella tarde por evitar inconvenientes”.1 Su cuerpo fue llevado procesionalmente hasta su sepultura en hombros de Feliciano de la Vega (arzobispo de México), Pedro de Ortega Sotomayor (deán de la catedral de Lima y después obispo del Cusco), Juan de Peñafiel (oidor de la Real Audiencia) y Juan de Figueroa Sotomayor (regidor del cabildo y más tarde alcalde limeño), entre otras notabilidades presentes a la hora del entierro. En la víspera, su amigo, el virrey conde de Chinchón se hizo presente ante su lecho y “arrodillado le besó la mano y le rogó que intercediera ante Dios por él”.2

Con el trascurso del tiempo su fama de taumaturgo y hombre de Dios no ha hecho más que crecer, desbordando las fronteras de su Lima natal, del Perú y de América, hasta llegar a los rincones más apartados del orbe.

Los milagros aprobados por la Iglesia para su canonización ocurrieron en Asunción (Paraguay) y en Santa Cruz de Tenerife (Islas Canarias); aunque ya se habían presentado casos operados en Cajamarca (Perú), Detroit (EE.UU.) y Transvaal (Sudáfrica)­ que fueron desestimados.­

Lectura amena e interesantísima

Su vida y sus milagros han llegado hasta nosotros a través de la tradición oral y de los testimonios manuscritos. El ejemplo de San Martín de Porres ha servido de inspiración a decenas de autores peruanos y extranjeros, de las más variadas especialidades: historiadores, médicos, religiosos, políticos y literatos. Ellos han escrito más de un centenar de volúmenes, cuyas ediciones y reediciones son incalculables. Se han publicado libros en español, latín, inglés, portugués, francés e italiano; al igual que en alemán, polaco, vietnamita y chino. Sin embargo, nada existe de más auténtico cuanto el propio Proceso de Beatificación. En él se recogen las declaraciones recabadas en Lima en 1660, 1664 y 1671 a más de setenta personas durante el desarrollo del Proceso Diocesano. La mayor parte de ellas conocieron y trataron íntimamente a fray Martín de Porres y fueron testigos directos y presenciales de los hechos que narran.

Aunque la lectura de los procesos de beatificación puede resultar un tanto tediosos hasta para los eruditos, debido a la invariable repetición de preguntas que se formulan a los declarantes y a sus monótonas respuestas, tan semejantes entre sí, en este caso sucede todo lo contrario. Como lo declara el padre Fray Tomás S. Perancho en la introducción del Proceso de Beatificación de fray Martín de Porres publicado por el Secretariado de Palencia en 1960: “La lectura del Proceso resulta amena e interesantísima: lo primero por la multitud de detalles curiosos que aportan los numerosos testigos que declaran, y lo segundo, por el realismo con que destacan las virtudes del sujeto que va camino de los altares”.3

A medida que se le conoce, crece y se eleva su figura

Al penetrar en el estudio y el conocimiento de la vida de San Martín de Porres sucede también algo paradigmático: cuanto más profundizamos en la materia, más crece y se eleva a los ojos del lector nuestro personaje. La tradición oral, transmitida de padres a hijos y cuya fuente natural era el propio convento de Nuestra Señora del Rosario de Lima —donde nuestro santo pasó la mayor parte de su existencia terrena— , lejos de ser desmentida es corroborada y engrandecida por los patentes testimonios del Proceso Diocesano. En él cabe destacar tanto la multitud de los declarantes, cuanto su idoneidad (superiores de conventos, predicadores generales, maestros en sagrada teología, obispos, etc.), quienes además aseveran haber visto y oído por sí mismos lo que testifican. Cuando hablan hombres de tan elevada talla moral, reafirmándose unos a otros en sus testimonios, aseverando que lo han visto y palpado, y por añadidura juran por Dios que dicen la verdad, resulta pues inevitable dar por auténticos los hechos.

Pero además de contar con una sólida base documental, para mejor comprender a nuestro santo, es imprescindible conocer adecuadamente la época en que vivió. Como bien puntualiza el historiador: “Querer juzgar ese ambiente y ese pensamiento con criterio actualizante o vanguardista es error irreversible, reñido en esencia con la investigación histórica”.4

Una dulce primavera de la fe en el suelo americano

Apagados los fragores de la conquista del imperio inca, cesadas las luchas fratricidas, disipadas las ambiciones personales, fue instaurándose gradualmente la paz en nuestra tierra. No cualquier paz, sino “la paz de Cristo en el reino de Cristo”. Y a partir de ese momento se pudo emprender la magna labor evangelizadora y civilizadora del cristianismo. Germinó entonces, naturalmente, una dulce primavera de la fe en el suelo americano. Basta pensar que en una pequeña metrópoli como era la Ciudad de los Reyes a fines del siglo XVI y comienzos del XVII, coincidieron cinco grandes santos: Santa Rosa de Lima, Santo Toribio de Mogrovejo, San Francisco Solano, San Juan Masías y San Martín de Porres, junto con más de un centenar de siervos de Dios e infinidad de personas que llevaron una vida ejemplar y devota.

Al enfocar la vida de nuestro héroe, muchos han caído en la tentación de resaltar lo episódico, lo pintoresco, lo gracioso, lo trivial, con lo cual se puede llegar a dibujar una figura minimalista.

Llama la atención, por ejemplo, el sinnúmero de ocupaciones y oficios que asumió fray Martín en el convento mayor de los dominicos en Lima. Portero, campanero, barrendero, limosnero, barbero, herbolario, enfermero, cirujano menor y encargado de la ropería. Atendiendo con la mayor diligencia a una comunidad que sobrepasaba los doscientos frailes, además de novicios, hermanos legos, donados, personas de servicio y hasta esclavos que eran propiedad del convento. Además de una infinidad de pobres, indios, esclavos y menesterosos que acudían a pedir socorro a sus puertas. ¿De dónde sacaba Martín las fuerzas para cumplir con tantas obligaciones? – De la oración, a la que dedicaba la mayor parte del día y de la noche, pues es opinión general que dormía muy poco.

Fray Juan de Arguinao, arzobispo de Santafé de la Nueva Granada, Bogotá (1661-1678) —que conoció a fray Martín desde su ingreso al convento de Nuestra Señora del Rosario hasta la muerte del santo— declaró en el Proceso Diocesano: “que en lo adverso y próspero de esta vida mortal siempre vio al venerable hermano fray Martín de Porras con un mismo semblante, sin que lo próspero le levantase, ni lo adverso le deprimiese o contristase, de lo cual se seguía que en las adversidades, acaecimientos y enfermedades, siempre se mostraba pacientísimo, conformándose con la voluntad de Dios, que era su norte y guía”.5

Consejero de grandes y pequeños

Entre sus amigos íntimos no faltaron los potentados de la época: el virrey, el arzobispo, el alcalde y el rector de la Universidad de San Marcos. Muy característicos fueron, por ejemplo, los encuentros mensuales que por espacio de diez años fray Martín sostuvo en palacio con don Luis Jerónimo de Cabrera y Bobadilla —Conde de Chinchón y Virrey del Perú (1629-1639). Tales reuniones no eran para confesar a su ilustrísima, sino para aconsejarle en los más graves asuntos de estado con su extraordinario y fino sentido común. Así como cuando los indios lo confundían con un sacerdote, y él solía decirles “Hijos, yo no soy de misa”, tanto el virrey como fray Martín conocían perfectamente cuál era su condición.

Durante el Consistorio sobre la canonización del beato Martín de Porres, que tuvo lugar el 12 de abril de 1962, el Papa Juan XXIII se expresó del siguiente modo a los cardenales presentes: “Habéis podido admirar la acendrada piedad del beato Martín al Divino Redentor del género humano, tanto oculto en la Eucaristía como elevado en la cruz, y a la Virgen María reina celestial. También habéis podido admirar su sencillez de espíritu en la continua disposición a obedecer y servir a todos, considerándose siempre el más inferior”.6

San Martín de Porres llevó la práctica de la virtud de la humildad al más alto grado y quizás sea por eso que Dios lo haya recompensado con tantos dones. Hoy, al cumplirse el cincuentenario de su canonización, la Nación está en el deber de reconocerlo como el más ilustre de los peruanos.7

Nuestra actitud ante el cincuentenario

¿Y cómo podemos nosotros, simples fieles católicos, asociarnos convenientemente a este cincuentenario? ¿De qué manera podríamos al mismo tiempo contribuir a su brillo y beneficiarnos de sus gracias?

El ilustre apóstol seglar del siglo XX, Plinio Corrêa de Oliveira, nos da la clave para una respuesta: él solía decir que la mejor forma de agradecer a Dios por las gracias recibidas es pedirle más gracias. Es un reconocimiento de su infinita bondad y poder, y una expresión de nuestra amorosa dependencia de Él. Lo mismo vale, proporcionadamente, con relación a la Santísima Virgen, Medianera de todas las gracias, y a los santos que Dios colocó como intercesores ante su divina clemencia.

Por otro lado, como recuerda San Luis María Grignion de Montfort, así como la gracia perfecciona la naturaleza, la gloria perfecciona la gracia. Es decir, San Martín de Porres es ahora, en el cielo, incomparablemente más solícito con quienes ­acuden a él de lo que fuera mientras vivió. Y si en su existencia te­rrenal no hubo quien dejase de ser atendido, ¿cuánto más no estará dispuesto a ayudarnos, ahora que goza de la gloria ­eterna?

Entonces, en este cincuentenario honremos debidamente a nuestro querido fray Martín, de dos maneras: primero, dando público testimonio de nuestra gratitud hacia él, participando en homenajes que se le tributen como triduos, procesiones, novenas, etc.; y, al mismo tiempo, aprovechando esas ocasiones para pedirle todo aquello que necesitemos, siempre ordenado a la gloria de Dios y a nuestra salvación. ¡Con certeza no seremos defraudados!

Notas.-

1. Proceso de Beatificación de fray Martín de Porres, Secretariado «Martín de Porres», Palencia, 1960, p. 92.

2. Rafael Sánchez-Concha Barrios, Santos y Santidad en el Perú Virreinal, Vida y Espiritualidad, Lima, 2003, p. 122.

3. Proceso, p. 5.

4. José Antonio del Busto Duthurburu, San Martín de Porras (Martín de Porras Velásquez), Fondo Editorial PUCP, Lima, 1992, p. 12.

5. Proceso, p. 259.

6. Cf. http://www.vatican.va/holy_father/john_xxiii/speeches/1962/documents/hf_j-xxiii_spe_ 19620412_de-porres_sp.html

7. Al emplear esta expresión nos referimos “al más ilustre varón peruano” y no pretendemos en absoluto desmerecer la figura de Santa Rosa de Lima, la más ilustre mujer peruana.

Texto original en: Tesoros de la fe (Revista Cultural Católica)

Semblante espiritual de Fray Martín

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Su rostro irradiaba la bondad y dulzura propia de las personas santas

De San Martín de Porres, como la del santo Job, se puede afirmar que nació con marcada inclinación a la misericordia, y desde su tierna infancia procuró socorrer las necesidades de su prójimo. De estas obras nos consta por el testimonio de los beneficiarios. En la eternidad nos serán reveladas las misericordias espirituales y corporales realizadas por el Santo de Dios.

Pasó por la tierra sin que alcanzara a inficionarle la corrupción que domina por doquier. Fiel a la gracia recibida en el bautismo, puso en juego todos los medios para asegurar la posesión de este tesoro. A este fin renuncia a los atractivos del mundo y abraza la vida religiosa. Y no contento con las austeridades de su profesión se entrega a las más duras mortificaciones.

Desligado así de lo terreno y libre de toda miseria su espíritu inocente y puro volaba espontáneamente, sin obstáculos, hacia Dios.  Cuando su espíritu endiosado volvía a las realidades de la vida terrena, continuaba viendo a Dios en todos los seres de la Creación.

La constante y fiel correspondencia a la acción de la gracia divina hizo que su espíritu se mantuviera firme en observar el orden que preside las relaciones del cristiano con Dios y con el prójimo. Por esto no dejó nunca de cumplir los deberes que le obligaban a Dios y a los hombres. Y resultado de esta fidelidad en las obras de justicia, fue la paz inalterable de su espíritu en cualesquiera circunstancias, favorables o adversas por las que atravesó.

Admitido el trato íntimo con Dios, la luz divina irradió en su alma, dándole a conocer y profundizar las verdades más encumbradas de nuestra religión. Bajo la acción de esta misma luz, conoció muchas veces los secretos envueltos en la lejanía del tiempo y del espacio.

Escuchó las palabras de Cristo, y ya hemos visto con que generosidad las abrazó y con qué fidelidad las puso en práctica. Consciente de que en su correspondencia a la gracia divina estribaba todo su bien, en el tiempo y en la eternidad, no dudó en exponerlo todo por el Todo. Y porque se mostró siempre fiel, sin ceder ante las pruebas y persecuciones, he aquí que es introducido en el gozo de su Señor y admitido en el reino de los Cielos.

Por respeto a Dios amó tanto a sus hermanos los hombres mientras peregrinó por la tierra, que no los puede olvidar ahora que se encuentra seguro en el descanso de la patria. La caridad que le movía a procurar todo bien a sus compañeros de destierro, perfeccionada altura en el seno de Dios, hace que se interese con mayor insistencia y eficiencia en provecho de quienes necesitan y reclaman su valioso patrocinio.

Semblanzas de Fray Martín

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: San Martín de Porres

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“Tomando Jesús la palabra, dijo: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y se las has revelado al pequeño”. (Mt 11,25-30)

En el Perú celebramos hoy la solemnidad de San Martín de Porres.
Todos le conocemos como:
El Santo de la escoba.
El que unió perro, gato y pericote comiendo amistosamente en el mismo plato.
El Santo barbero.
Todo eso puede ser una realidad.
Pero el mejor título que se le ha dado es:
“Hermano Martín de la caridad”.
“El portero de lo pobres”.

En el Perú leeremos el Evangelio de Mateo 11,25-30.
“Dios se revela a los sencillos”.
“Los sencillos se abren a la palabra de Dios”.
En la Iglesia universal leemos Lc 14,12-14.
Ambos revelan y manifiestan la espiritualidad de Martín.

Porque Martín fue:
de esas almas sencillas siempre abiertas a las llamadas de Dios.
el enamorado del amor de Dios que se revelaba y manifestaba en él.
Pero también el enamorado de los pobres, lisiados, cojos y ciegos.
El enamorado del servicio a todos los necesitados.
La portería del Convento dominico estaba siempre lleno de pobres, indigentes y necesitados.

Martín fue el Evangelio de los pobres que todos podían leer.
Más que un Evangelio escrito en el papel, fue un evangelio escrito en la vida.
Juan XXIII que lo canonizó, lo llamó en su homilía “Martín de la caridad”.
Yo le llamaría “Evangelio vivo”.
O si prefieren, “el Santo de las preferencias de Dios”.
El Santo de los sencillos siempre abiertos al amor de Dios.
El Santo de los pobres, preferidos por Dios.
Que da de comer a los pobres.
Que sirve y atiende a los que sufren.
Que invita no a los que no pueden retribuirle.

Es posible que más de uno se molestase al ver tanto pobre tocando a la puerta del Convento.
Y hasta es posible que recibiese más de una reprimenda, por la mala impresión que daba la portería.
Pero los sencillos y los enamorados de Dios se fijan poco en la estética de la puerta.
Más bien viven la alegría de descubrir el rostro de Jesús escrito en la puerta.

Es que los santos piensan, ven y siente de otra manera.
No invitar a quien puede invitarte.
Sino vivir del amor de la gratuidad.

Pese a que han pasado tantos siglos también Jesús puede orar al Padre:
“Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños”.
“Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos, dichoso tú, porque no pueden pagarte”.

Es posible que en el Convento dominico hubiese grandes intelectuales.
Pero solo nos ha quedado la memoria del “del santo del amor y de los pobres”.
Es posible que aquellas ideas se las haya llevado el viento.
Pero la sencillez con los sencillos, sigue teniendo actualidad.
¿Acaso el problema de hoy y el testimonio más claro del Evangelio no es entregarnos al servicio de los pobres?

P. Clemente Sobrado, C.P. (3 de noviembre de 2016)

Fuente: mensajesalosamigos.wordpress.com

Fray Martín de Porres, religioso dominico

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Se cumple este año el 800 aniversario del acto fundacional de la Orden de Predicadores (Bula “Religiosam Vitam” del Papa Honorio III, de 22 de diciembre de 1216). Una Orden que sigue muy viva gracias a mujeres y hombres que han encarnado perfectamente el proyecto de Santo Domingo de Guzmán; donde la palabra de Dios ha formado y seguirá formando parte de sus vidas y actos.

La Orden ofreció a Martín, y como a tantos otros, el camino seguro en donde forjar su gran espiritualidad. Fray Martín de Porres supo equilibrar, dentro de los dominicos, una vida de oración y contemplación con su trabajo en beneficio de la comunidad y del prójimo. Humilde y caritativo como buen hijo de Santo Domingo, era un hombre del pueblo y para Dios. Siempre venció su dulce corazón en su vocación. También como buen dominico, Martín confió sus inquietudes y afanes a la virgen del Rosario, de la que era muy devoto; además, vivió y transmitió el Rosario como herencia y compromiso (“en la Orden Dominica va estampado el rosario cual sello de realeza”).

Nuestro amigo entró como terciario dominico (en aquel entonces, donado) en el convento de Nuestra Señora del Rosario de Lima: entregándose en cuerpo y alma a la oración y a la caridad, a la pobreza y a la humildad, a la penitencia interior y a las penitencias. Igualmente, con su carácter alegre, sencillo y servicial, pronto se gana el cariño de todos en su afán innato de ser un buen hermano -en su sentido más amplio- dentro de la Orden de Predicadores. En este sentido, deseaba y procuraba el bienestar de los novicios, a los que ayudaba a integrarse en sus deberes. Lejos de crear corriente mística o teóloga alguna es bien cierto que con su testimonio de vida cumplió con el sentir dominico: alababa constantemente al Señor, bendecía todo aquello que formaba parte de su vida (personas y situaciones) y predicaba fiel al ejemplo. Este fue su gran testimonio y su mejor apostolado. Por ello, Fray Martín es todo un símbolo universal: de humildad, caridad y cordialidad.

un amigo

Prefiero estar a la puerta de la casa de mi Dios que vivir en las mansiones de la maldad; prefiero dedicarme a barrer tu templo que convivir con los malvados.

«Si  te conformaras con ser un simple donado…No pronunciarás votos, pero te será permitido vestir parte del hábito: una túnica blanca y un escapulario negro. Un poco más adelante, claro…»

A Martín le pareció que el cielo se abría ante él. ¿Qué importaba el hábito, el lugar o el tratamiento, si podía estar en la casa de Dios y servirle fielmente, aunque ocupara el último lugar? Y así lo dijo:

 – ¿Es el donado el último puesto?

– Sí –afirmó el Superior-, el último.

– ¿Menos que portero?

– Sí, menos que portero.

Entonces…-balbució emocionado Martín-, gracias, señor. No creí merecer tan alto honor.

Así fue como el mulato Martín de Porres, el hijo del hidalgo español, entró en el convento dominico de Santo Domingo de Lima.

Desde este momento su vida fue una donación total, una entrega perfecta, al servicio de Dios…

smp dominicoLlevaba ya nueve años viviendo con fidelidad en el convento y es cuando sus superiores le invitan a dar el siguiente paso, el de profesión de votos religiosos, que acepta con júbilo. Había dado excelentes pruebas de laboriosidad y virtud. Había crecido en piedad y en armonía con los hermanos…Y aquel 2 de junio de 1603 pasaba de donado perpetuo a ser -ahora sí- Fray Martín de Porres, hermano dominico. Aquel día él hacía una nueva donación de su vida a Dios y a los hermanos. Un justo premio a una vida dedicada a la oración y al trabajo continuo:

Después de haber implorado la misericordia de Dios y de la Orden, Martín hizo su profesión solemne, prometiendo obedecer hasta la muerte a Dios, a la bienaventurada Virgen María, al Padre Santo Domingo y a los superiores de la Orden, según la regla de San Agustín y las Constituciones de los Frailes Predicadores.

Siempre estaba disponible para hacer el bien, y todos acudían a él. Ya no sólo empuñaba la escoba y el plumero y repiqueteaba las campanas. También tenía que manejar brochas, navajas, peines y tijeras. Había unos 200 frailes en la comunidad de Lima y todos buscaban a Fray Martín como barbero, peluquero o enfermero…

Al profesar le entregaron un nuevo servicio: ser enfermero. ¡Qué felicidad tener como enfermero a un santo! Sus biógrafos nos dicen que él llamaba a los enfermos “mis amos”, y han dejado descritos en muchas páginas los detalles de su caridad para atender como una madre a cuantos necesitaran de él… ¡y cómo corría solícito a su servicio! Sus curas resultaban tan eficaces para el cuerpo como para el alma. Fray Martín buscaba el remedio con inefable naturalidad en la oración.

Hasta llegado el momento en que vistió de otra luz y emprendió la partida hacia el cielo; con  los ojos cerrados y el corazón abierto. Ya todo lo había ganado con su corazoncito dominico. En la Orden Dominicana se redactó así su recuerdo:

– “Murió Fray Martín, hermano de admirable virtud y santidad…Abría su mano cada día al indigente y la extendía al necesitado. Brilló su caridad en la asistencia a los hermanos enfermos…Sirvió de ejemplo a toda la ciudad de Lima por su santidad y ejemplar vida. A una existencia tan prodigiosa correspondió una muerte dichosísima, habiendo acudido a sus exequias gran multitud del pueblo, disputándose el besar sus manos y sus pies, con gran reverencia, tanto en el clero como los simples fieles…”.

orden de predicadores

Oración

Bienaventurado San Martín, que desde tus primeros años aprendiste a andar por los caminos del Señor, firme siempre en tu fe, celoso de tu gloria y de la salvación de los hombres.

En la práctica de las virtudes supiste ganarte la admiración de todos, de los de dentro de la Orden y también de los de fuera. Por eso te propuso ser admitido a la profesión religiosa y a través de ella le diste un si generoso y absoluto a tu Dios.

Alcánzanos que sepamos vivir esa misma fe y sus consecuencias con total entrega. Queremos vivir nuestra fe con ejemplar fidelidad, sabiendo dar testimonios atrayentes desde nuestros puestos.

Que como tú, glorioso Fray Martín, derramemos la bondad de Dios con sonrisas y palabras amistosas, y con nuestros trabajos y alegría llenemos de felicidad nuestro alrededor.

Lo suplicamos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

(Oración de la “Novena a San Martín de Porres”, de Fray Ángel García de Pesquera, Capuchino).

las florecillas de fray martín

Santo de los pobres, Martín de Porres

Santo de los pobres, Martín de Porres,
fraile dominico, hermano cooperador,
cuidas del enfermo y del más necesitado,
vives confiado, como amigo de Dios.

Estribillo:
Martín de la caridad, reflejo del Padre bueno,
enséñanos la humildad,
camino que lleva al cielo.
Martín de la caridad,
predicas con el ejemplo,
que amar a Dios, para ti,
es el pobre y el enfermo.

Santo de los pobres, Martín de Porres,
tienes la alegría del hombre de oración,
bebes en la fuente de la Eucaristía,
eres fiel devoto de la Pasión del Señor.

Estribillo…

Padre de los pobres, Martín de Porres,
siembras esperanza, en quien sufre por amor,
gloria y alabanza, a ti siempre sean dadas,
sé, para nosotros, ante Dios, intercesor.

Estribillo…

Vicente Muñoz Esteban. Canciones para el Jubileo 800 de la Orden de Predicadores

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jubileo dominico

Jubileo Logo

Enlace: Jubileo 1216-2016. Orden de Predicadores

Festividad de San Martín de Porres: Fray Martín, el “enfermero” de almas

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La oración es necesaria para el alma porque nos pone en contacto con Dios y sirve verdaderamente para el entendimiento de los hombres.

Martín era un ángel para los enfermos, a pesar de que los tenía muy difíciles y poco agradecidos, a él poco le importaban las ingratitudes de los demás; los trataba como al mismo Jesús, muchas veces de rodillas, en señal de respeto y humildad, curando sus cuerpos maltrechos. Lo hacía con tanta dulzura y con tanto amor que ganaba, finalmente, sus corazones. Se podría decir que curaba más con su profunda bondad para con todos que con pócimas. Por eso también era un médico de las almas, pues si curaba a los enfermos de manera tan extraordinaria era para ganar sus almas para Cristo, con el convencimiento de que Dios salva al hombre, ¡siempre! Su encuentro cercano con el Señor -el mismo que se nos ofrece continuamente desde la cruz-, lo movía a servir con cariño a los que sufren física o espiritualmente, y a cuidar a los débiles y los olvidados: glorificando a todos los miembros en un solo cuerpo por medio de un solo pan fraterno.

Igualmente los pobres lo encontraron siempre dispuesto, encontrando en Martín alivio y descanso. Tenía el oído sensible hacia ellos. Él pidió la gracia del último lugar; la cama más dura, el tratamiento más pesado. Bendijo las manos que lo empujaron hacia los caminos agrestes, y cuando el odio amenazaba con atormentar su existencia, en sus labios florecía la flor del amor y la dulce sonrisa de Santidad. Sintió con el prójimo postrado, doliente -corporal y emocionalmente-, minado por dolencias más o menos duraderas, más o menos incurables, participando cristianamente en el sacrificio y la inagotable Misericordia. Y todo, por amor a Dios. Nada más: así de sencillo, así de natural.

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El alma iluminada de Fray Martín creyó y se fio de Cristo.

San Martín de Porres, allá en Lima, después de sus agotadoras tareas de hermanito lego en la portería, en la cocina, en la enfermería, en la misma calle, caía rendido en horas de silenciosa adoración ante Cristo en la Cruz. Con el trabajo de la tribulación soportada cristianamente -a base de esfuerzo y no pocos sacrificios en el cumplimiento del deber-, su amor se acrecentaba en la obra buena con valor de eternidad. Sin duda, su noble corazón y su camino espiritual no daban lugar a pérdida alguna… Asimismo, alabar la alegría permanente -y bien entendida- de Martín. Su espíritu abierto y alegre disipaba el mal humor como un rayo de luz las tinieblas.

Es una realidad -desgraciadamente cada vez más obstinada- que la naturaleza de las personas se va viciando por los actos impropios o por sentimientos negativos no controlados (de odio, de culpa, por complejos o por miedo, acaso también por las injusticias sufridas…). Y el alma que no se cuida, como una flor, acaba por marchitarse. Pues bien, a todo esto Fray Martín era como el agua pura y cristalina que discurre por las acequias, que riega y da vida. En algunas ocasiones fue insultado gravemente, injuriado o acusado injustamente de alguna falta, pero nuestro amigo Martín perdonaba siempre: sus acusadores y sus malas conciencias, ante las injusticias cometidas, caían rendidos por la bondad y el amor que aun así Fray Martín les transmitía de manera permanente, aliviando sus compungidas almas. El bien y la verdad siempre vencen al mal y a la mediocridad. El amor al prójimo, gran virtud cristiana, nos da la gratitud de los hombres y nos abre los brazos de Cristo. Definitivamente, hay que dar rienda suelta al corazón para amar y ser amado; y poder descubrir que tenemos vida verdadera, porque sólo puede dar vida aquel que la tiene.

Para lograrlo, sin embargo, es preciso algo que revuelva nuestro tranquilo estanque de aguas superficialmente transparentes, pero con fondo de lodazal. Necesitamos ver ese “barro” y hacerlo desaparecer: un revulsivo o acicate que nos haga recapacitar sobre nuestras miserias humanas; que nos escueza la piel del alma y nos apacigüe después. Vivimos con nuestras pasiones, pero con desánimo y amargura. Por ello, qué mayor determinación que el encomendarnos a Jesús Redentor, a Nuestra Señora Madre de Dios y Mediadora, y al ejemplo e intercesión de Fray Martín (¡cómo no!) para llegar a esa transformación: la ansiada liberación de tantas ataduras.

He aquí, como colofón, una bonita historia referida a San Martín de Porres:

Después de una excursión que hizo por estas costas el pirata Jorge Spilbergen, a mediados del año 1615, con cuatro navíos holandeses, quedaron en tierra algunos de ellos. Uno, llamado Esteban y tenido por cristiano se hizo amigo de Martín. Enfermó gravemente y se acogió al hospital de San Andrés. Allí estuvo tres días, juzgándose que de un momento a otro podría ocurrir su muerte. Una noche apareció por el hospital el buen Hermano y acercándose al lecho del enfermo dijo: ¿cómo es esto Esteban, sin bautizarse se quiere morir? y con esto le animó a recibir el bautismo y a convertirse de veras a Dios. Pidió entonces el enfermo que le administrasen el sacramento que había de hacerle cristiano, como lo hizo el cura del hospital y a las pocas horas, dejó esta vida con señales de predestinación. Martín le había abierto las puertas del cielo.

Las buenas obras, las buenas acciones: he aquí el ideal de la vida y alivio para las almas. Dichosos los que vivan en el mundo cuando todos los hombres se esfuercen en practicar el bien, como así hizo nuestro amigo Fray Martín de Porres.

¡Feliz día de San Martín de Porres, siempre unidos en el Señor! fraymartindeporres.wordpress.com

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Oración

Glorioso San Martín de Porres, cuya ardiente caridad abrazó siempre a sus hermanos necesitados, te saludamos e invocamos. Derrama sobre nuestras almas los dones preciosos de tu intercesión solícita y generosa, y escucha las súplicas de tus hermanos necesitados para que, por imitación de tus virtudes y siguiendo los pasos de nuestro bendito Redentor, podamos llevar con fuerza y valor nuestra cruz hasta alcanzar el Reino de los Cielos. Amén.

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Festividad de San Martín de Porres: Una visión personal (2015)

Letanía a San Martín de Porres

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Letanía a San Martín de Porres

San Martín de Porres:

Siempre en la presencia de Dios,

Fiel siervo de Cristo,

Amante de la Sagrada Eucaristía,

Devoto de nuestra bendita Madre,

Protector espiritual de las Américas,

Honroso hijo de Santo Domingo,

Amante del Santísimo Rosario,

Apóstol de la Piedad,

Protector de los tentados y de los arrepentidos,

Socorro de las Almas en duda y obscuridad,

Compasivo con los que sufren y están afligidos,

Fortaleza de desanimados e infortunados,

Pacificador de las discordias,

Conmovido por todos los que sufren,

Consuelo del enfermo y del moribundo,

Autor de curaciones milagrosas,

Protector de los niños sin hogar,

Humilde escondite de los poderes dados por Dios,

Devoto de la santa pobreza,

Modelo de obediencia,

Amante de la penitencia heroica,

Fuerte en la abnegación,

Cumplidor de las tareas domésticas con santo fervor,

Dotado con el don profético.

Ruega por nosotros San Martín,

para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

OREMOS: Oh Dios, que diste a San Martín de Porres la gloria de entrar en el reino de los cielos, concédenos por sus méritos e intercesión que nosotros podamos seguir de tal manera el ejemplo de su humildad en la tierra, que merezcamos ser llevados con Él a los cielos. Por Cristo nuestro Señor. AMÉN.

Gozos a San Martín de Porres

SMP GOZOS

GOZOS A SAN MARTÍN DE PORRES

No quiero, Dios poderoso,
que de tu mente me borres.
Por eso implora conmigo,
tu santo: Martín de Porres

No fue obstáculo tu cuna
para buscar al Señor,
pues le amaste con locura
como buen hijo de Dios.
Tu vivir fue para amarlo
y honrarlo en tu santidad,
nos enseñaste a adorarlo
por toda la eternidad.

No quiero, Dios poderoso…

No buscaste los honores
ni el oropel de la vida,
pues tus únicos amores
fueron “la dicha escondida”.
Viviste para el Amado
sin otro afán que la Cruz,
por eso fuiste adornado
de su Bondad y su Luz.

No quiero, Dios poderoso…

Gran maestro de obediencia,
de oración y de perdón.
Santo de limpia conciencia
y de eficaz bendición.
Bendice mis ilusiones,
mis luchas y mis desvelos,
pues quiero tus oraciones
para llegar hasta el cielo.

No quiero, Dios poderoso…

Amigo de tus amigos
y toda la creación
yo quiero adorar contigo
a nuestro Dios y Señor.
Yo cuento con tu presencia
para orar enardecido.
Regálame tu asistencia
para amar agradecido.

No quiero, Dios poderoso…

Por tu sencillez y gracia
recibiste los favores
que merecía tu alma,
renunciando a los honores.
Y los hombres te humillaron
con arrogancia y crueldad,
mas, los cielos te exaltaron
cuando vieron tu humildad.

No quiero, Dios poderoso…

Fervoroso y fiel amante
de la Santa Eucaristía;
fiel mulato caminante
de la mano de María.
Enaltecido baluarte
de la criolla santidad,
regálame el estandarte
de la Santa Trinidad.

No quiero, Dios poderoso…

Mis cotidianos afanes
bendícelos San Martín.
Haz que viva, ore y ame
para llegar a mi fin.
Haz que marche de tu mano
adorándole con vos;
que como vos ame a todos,
todo por amor a Dios.

No quiero, Dios poderoso…

                             De la novena a San Martín de Porres. Guillermo Cardona Rodríguez

Negro, pero blanco de alma

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Negro, pero blanco de alma: La ambivalencia de la negrura en la Vida prodigiosa de Fray Martín de Porras (1663)

Larissa Brewer-García

Resumen: El encuentro entre el discurso cristiano sobre la universalidad de la religión cristiana y los discursos sobre la corporalidad, la moralidad y la espiritualidad del negro produjo diferentes tipos de sujetos de ascendencia africana en los textos coloniales hispanoamericanos. En la hagiografía sobre el “pardo” Fray Martín de Porras, escrita en Lima en 1663, el autor dominico Bernardo de Medina emplea una estrategia ambivalente de negociación de valores simbólicos negativos atribuidos a las poblaciones de ascendencia africana en la Lima colonial a la vez que celebra a Porras como figura autóctona ejemplar de la capital del virreinato de Perú y figura ejemplar de la orden dominica en el Nuevo Mundo en general. En esta negociación, Medina representa a Porras a través de un agrupamiento de características eclécticas -algunas asociadas con la clase humilde de la sociedad colonial y otras con la elite-. El presente análisis muestra que en el texto de Medina la figura de Porras es ambivalente, no híbrida: el alma de Porras es blanca y asociada con el poder de la clase española/criolla (blanca), mientras que su cuerpo es oscuro y asociado con la supuesta servidumbre de las clases bajas. En el texto, la ambivalente descripción de la figura de Porras no amenaza el poder colonial, sino que apoya las relaciones jerárquicas de la sociedad limeña. Mediante un análisis de las dinámicas de poder en la construcción de Porras como sujeto ambivalente podemos reflexionar sobre las nociones de la negrura, la hibridez y la ambivalencia y su relación al creciente interés en temas afrocoloniales en los estudios coloniales latinoamericanos…Texto completo AQUÍ

Fuente: Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal

Genio y semblanza de Fray Martín de Porres

genio y semblanza

Genio y semblanza del santo varón limeño de origen africano (Fray Martín de Porras)

Por J.P. Tardieu (Universitè de la Rèunión)

Llegados al Perú con los conquistadores, los negros constituyeron un motivo de preocupación para la Iglesia. Su número fue creciendo de tal manera que se les consideró muy pronto como un factor de desestabilización de la sociedad colonial. Eran una amenaza no sólo para el bienestar de los españoles, sino también para la vida espiritual de los Indios a quienes daban un mal ejemplo cuando no les maltrataban. Convenía pues ocuparse de la educación religiosa de estos hombres que llegaban de África sin ningún conocimiento a este respecto. Los jesuitas, frente a los descuidos del clero secular, se encargaron de su evangelización*. Uno de los resultados de este trabajo fue que algunos hombres de origen africano obtuvieron en Lima fama de santos. Los más conocidos fueron mulatos, lo que no deja de plantear ciertos problemas en cuanto al significado de su vida.

EL SANTO MULATO

Fray Martín de Porras

Bautizado el miércoles 9 de diciembre de 1579 en la parroquia de San Sebastián en Lima, Martín es declarado de padre desconocido. Su madre, Ana Velázquez, es una negra libre. Las deposiciones de los miembros de la familia paterna durante la encuesta para el proceso de beatificación permiten llenar el vacío a propósito del origen de Martín, en particular la de Andrés Marcos de Miranda, primo de su padre. Martín era el hijo natural de don Juan de Porras, caballero de la orden de Alcántara, y de Ana Velázquez, negra horra oriunda de la ciudad de Panamá. Dos días después de esta declaración, doña Ana Contero confirmó este origen, a pesar de que don Juan se había casado con una de sus tías. Antes de ir más lejos, cabe insistir en la nobleza de don Juan. Pertenece a una orden prestigiosa reservada a los hombres de los mejores orígenes que han prestado grandes servicios a la Corona. Hasta llegó a ser gobernador de Panamá…

Según los testigos del proceso, el niño manifestó desde la más tierna infancia predisposiciones para el recogimiento y la oración, a la inversa de los niños del mismo origen. Por cierto, no pudo pretender seguir las huellas de su padre, teniendo que contentarse con aprender el oficio de barbero. En aquella época, sin embargo, era el primer paso para acceder al estado de cirujano. Le incitó su piedad a solicitar el hábito de converso en el convento de Santo Domingo, cercano a su domicilio. Su padre había intervenido para que se le autorizara a no contentarse con la humilde condición de donado. El día 2 de enero de 1603, Martín pronunció sus votos de hermano lego.

Martín se pasó toda la vida en el modesto empleo que ocupó desde su entrada en el convento. Bajo la dirección de su padre enfermero, consagró sus esfuerzos a la enfermería del establecimiento. Allí cuidó a los frailes, a los criados, entre los cuales había numerosos negros, y a los pobres que, por no tener los recursos necesarios para consultar a un médico o a un cirujano, o para comprar medicinas, contaban con la generosidad de los padres y esperaban desde el amanecer la apertura de las puertas. No sólo había negros o indios entre estos desgraciados: la caridad de fray Martín también se manifestó a favor de numerosos españoles. En la asistencia que prestaba a sus enfermos, solía utilizar medicinas compuestas por él mismo con plantas medicinales que cultivaba en el huerto del convento. Su generosidad le llevaba a sembrarlas en las afueras de Lima, como en Lurigancho por ejemplo, o en la hacienda del convento, en Limatambo, donde cuidaba a los esclavos. También tenía bajo su responsabilidad la ropería de la casa. En una dependencia de este servicio, instaló su celda donde acogía de vez en cuando a algún necesitado como el joven Juan Vázquez de Parra, a quien consideró probablemente como a su hijo, e incluso a algún perro abandonado. Repartía las limosnas de los donadores a quienes no dejaba de solicitar. Además los testimonios evocan unas ocupaciones muy apremiantes, como la de tocar a oficios, y hasta repelentes, como la de limpiar las letrinas. Merced al desempeño de estos cargos y el carácter excepcional de su vida religiosa fue como adquirió Martín fama de santo. Lo extraño es que otro mulato siguió un camino parecido en casa de los agustinos… Texto completo (pdf): AQUÍ

Fuente. centroafrobogota.org

Testimonio de fe: “Un santo en el hospital”

Fray Martín

“Este enfermero trabajó toda la noche con un entusiasmo que contagiaba… Me parecía un hombre muy particular, especialmente por la tranquilidad que inspiraba”El testimonio que cambió la vida y restauró la fe de tres enfermeras:

Hace seis años, el día tres de noviembre, la enfermera Margarita de los Ángeles Parra se encontraba de guardia en el área ‘maternidad’ del Hospital de Gineco Obstetricia de Tlatelolco (México).

Como era habitual, Margarita debía velar aquella noche por el bienestar de las futuras madres y las que ya habían pasado el proceso de parto. Cuando los minutos avanzaron y su compañera de guardia no llegaba, comenzó a inquietarse. Durante la tarde de ese día habían nacido trece niños y cada madre necesitaba cuidados diferentes. Además el médico ginecólogo asignado al área debía atender los partos. Margarita creyó que estaría prácticamente sola en el servicio. Pero recibiría una ayuda extraordinaria -según declara en su testimonio al semanario Desde la Fe, aunque sólo horas más tarde comprendería quien había sido su peculiar compañero de trabajo…

“De pronto -dice Margarita-, apareció un hombre delgado y moreno con chazarilla de enfermero… «¿En qué te ayudo?», me preguntó. Yo me quedé sorprendida por la confianza con que se dirigió a mí, pues no nos conocíamos. Aún no terminaba de darle instrucciones, cuando aquel hombre ya estaba atendiendo a las mujeres y a los recién nacidos. Siempre sonriente acariciaba los cabellos de las pacientes. Aunque no le había visto nunca, a mí me pareció normal que estuviera en el servicio, porque generalmente si uno va a faltar al trabajo paga guardia a un enfermero o médico para que lo sustituya”.

Recuerda la enfermera la particular sonrisa de su colega, su dentadura blanca y brillante resaltando en su rostro de piel morena. Le sorprendía además que dedicara tanto tiempo a escuchar todo lo que las nuevas mamas le decían y también en verificar la evolución de los bebés. “Este enfermero trabajó toda la noche con un entusiasmo que contagiaba. Tomaba las manos de las pacientes entre las suyas y las mujeres que aún no daban a luz se tranquilizaban mucho cuando se les acercaba. Me parecía un hombre muy particular, especialmente por la tranquilidad que inspiraba”, advierte Margarita.

Luego, para el resto de la noche dos enfermeras más se sumaron al servicio. Las mujeres se preocuparon cuando el desconocido enfermero inesperadamente pareció algo pálido, sudoroso. A Margarita le pareció incluso que temblaba como si tuviere fiebre, pero aún así, señala, este hombre seguía atendiendo a las enfermas y a los bebés con mucho cariño. “Junto con mis compañeras lo convencimos para que saliera del pabellón y descansara un rato; él nos sonrió, salió del piso y ya no lo volvimos a ver”.

Cuando estaba amaneciendo, Margarita acudió al llamado de una señora que sentía algunos malestares y alza de temperatura. La atendió y le invitó a que se tranquilizara, diciéndole que todo estaría bien. Para su sorpresa la enferma le contestó: «Sí. Si estoy tranquila, porque san Martín de Porres me vino a visitar y me dijo que voy a estar bien».

Fray Martín 1

Acostumbrada, dice la enfermera, a que los pacientes en los hospitales refieren ver algún familiar fallecido, la Virgen o santos, se limitó a sonreírle algo benevolente… “Pero la señora notó mi incredulidad y me dijo: «¡Le juro que aquí estuvo, estaba vestido de enfermero!», insistió la mujer…”.

Aunque el raciocinio de Margarita se resistía a creer en aquellos dichos de la paciente, comentó lo sucedido a sus dos compañeras, quienes no dudaron en dar veracidad al asunto: «¿No se referiría al enfermero que estuvo hace un rato con nosotras?», preguntó una de ellas y continuó: «La verdad sí se parecía mucho a san Martín de Porres».

“En ese momento sentí cómo se me puso la ‘piel de gallina’. Poco convencida aún, les dije: «¿Y qué milagro vino a hacer aquí?» …«No lo sé», respondió la otra, mientras las tres caminábamos hacia una de las ventanas. En ese momento un rayo del sol nos iluminó, dejando ver un bello amanecer. En la habitación, las pacientes se veían muy contentas, unas con sus pequeños y otras aún aguantando los dolores de parto…”

“Aquella noche san Martín de Porres pudo haber estado con nosotras o quizá no, pero lo cierto es que habíamos trabajado juntos, codo con codo, recordándonos que nos hicimos enfermeras para servir y atender a nuestros semejantes en el dolor, hacerles menor su angustia, ayudarlos en su padecer… ¡y ese ya es un gran regalo que Dios nos dio esa noche!”.

La sabiduría de un santo compasivo

La historia de nuestro amigo Martín empieza a gestarse por la visita que hizo a la ciudad de Lima (Perú) un caballero español de la Orden de Alcántara, Don Juan de Porres; quien trabajaba entonces como diplomático bajo las órdenes del Rey Felipe II de España. Su estancia en la ciudad aunque breve, le dio tiempo para conocer e intimar con una joven inmigrante afro-panameña, llamada Ana Velázquez. Dos hijos que el padre no reconocería, nacieron de aquél frágil vínculo… Juana, y su hermano Martín un 9 de diciembre de 1579.

El niño que tenía en su color de piel y otros rasgos el sello de ser mulato, destacaba en fortaleza…

Testimonio de Margarita de los Ángeles Parra

(Artículo originalmente publicado por DesdeLaFe)

Fuente: es.aleteia.org

Una historia de San Martín de Porres en Gran Canaria