Por ser la Virgen de la Paloma

Por ser la Virgen

Por ser la Virgen
de la Paloma,
virgen que todo
Madrid adora,
en honor tuyo
vayan las coplas
que Tú me inspiras
desde la Gloria.
Hoy a Ti acuden
los que aquí lloran,
llenos de angustias
y de zozobras,
y a Ti suplican,
por si lo logran,
que los melones
que hoy día coman,
pues que Tú de ellos
eres Patrona,
no les produzcan
alguna broma
de esas que piden
ayuda pronta
del señor cura
de la parroquia.
Porque hay melones
por esta zona
que al cuerpo sientan
igual que el cólera.
Con que a ver si oyes,
Santa Señora,
lo que te piden
con quejas hondas
hoy tus devotos
y tus devotas
por ser la Virgen
de la Paloma.

         Devoción popular (principios del S. XX)

(Imagen: Virgen de la Paloma, óleo del S. XVII. Autor anónimo)

* * *

Enlace relacionado: Nuestra Señora de la Soledad de la Paloma

*La fiesta de la Virgen de la Paloma se celebra el 15 de agosto, festividad de la Asunción de María.

Letras para el Ave de Fátima

¡Todos debemos concurrir a los cultos organizados por nuestras parroquias para devolver la visita que la Virgen nos hizo hace ahora cien años! Ella, que vino a pedir la consagración del mundo a su Inmaculado Corazón, sigue derramando sus bendiciones sobre nuestras almas.

Hace 100 años que en Fátima, pueblecito humilde de Portugal se apareció la Virgen durante cinco meses consecutivos (de mayo a octubre de 1917) a tres inocentes niños pastorcillos —los hermanos Jacinta y Francisco y su prima Lucía—. La Madre de Dios y Madre nuestra respondió que era la Virgen del Rosario y manifestó la necesidad de estimular su rezo, alentando además a nuestra conversión. Estas apariciones de Fátima han sido la gran revelación del Corazón Inmaculado de María, y desde entonces la fama de la Virgen de Fátima ha recorrido el mundo entero convertida en prenda de confianza para el futuro. Por ello, en este día tan especial, te pedimos de forma humilde y amorosa: Oh, Santísima Virgen María, concédenos las gracias que necesitamos para cumplir fielmente vuestro mensaje de amor. 

Letras para el Ave de Fátima

De lejos nos vienes
Oh Virgen sin par
Tus hijos de España
Hoy a visitar.

La Iberia te aclama
Por Reina inmortal
Cobije a su suelo
Tu manto de paz.

El mundo se aparta
De tu Corazón
Nosotros en cambio
Buscamos tu amor.

Perdona a este mundo
Prevaricador
Y danos a todos
De Dios el perdón.

El trece de Mayo
En Cova de Iria
Da al mundo un mensaje
La Virgen María.

De Fátima vienes
En viaje triunfal
Trayendo en tus manos
Perfumes de paz.

Oh Madre querida
Reina de la paz
Abraza en tu seno
A la Hispanidad.

Mira compasiva
Mira a esta ciudad
A quien tiene tu Hijo
Amor singular.

Somos escogidos
Por su Corazón
Y quiere extendamos
Su Reino de amor.

Promesa tenemos
De predilección
Hagamos que reine
Que triunfe el AMOR.

       Devoción popular

* * *

Imagen superior: Virgen de Fátima de la Iglesia de Nuestra Señora de Fátima, La Colina, S.C. de Tenerife. Foto: José J. Santana.

A Jesús Crucificado

A Jesús Crucificado

Delante de la Cruz, los ojos míos,
quédense, Señor, así mirando
y sin ellos quererlo, estén llorando,
porque pecaron mucho y están fríos.

Y estos labios que dicen mis desvíos,
quédenseme, Señor, así cantando,
y, sin ellos quererlo, estén rezando
porque pecaron mucho y son impíos.

Y así, con la mirada en vos prendida,
y así, con la palabra prisionera
como a carne a vuestra cruz asida,

quédeseme, Señor, el alma entera,
y así, lavada en vuestra Cruz mi vida,
Señor, así, cuando queráis me muera.

                   Rafael Sánchez Mazas

* * *

Imagen: Santísimo Cristo del Amor (Iglesia Colegial del Divino Salvador, Sevilla)

A la Virgen de Montserrat

A la Virgen de Montserrat

¡Madre de Dios! en los revueltos marea
faro de salvación!
Vengo a rendir, feliz, en tus altares
no un canto, una oración!

Al doblar en tu templo la rodilla
descendió sobre mí
rayo de luz que aún a mis ojos brilla:
oré, lloré, creí.

Entre cantos y mística fragancia
un mes allá alcancé,
y renació en mi pecho de la infancia
la combatida fe.

Abiertos ver los cielos soberanos!
Cual bajo pedestal
hollar la tierra y las ansiosas manos
tender al ideal!

¡Suprema aspiración, santa ventura!
¿Y por qué, cielos, por qué
inseguro resbala en esta altura
mi vacilante pie?

¡Ah, Madre, Madre! el vértigo del mundo
me arranca de tu altar;
yo no sé resistir, y al infecundo
campo vuelvo a luchar.

Mas, sí otra vez del desigual combate
el polvo embriagador,
eclipsa al alma, que el cansancio abate,
del cielo el resplandor,

de la luz que inundó mi pensamiento
de tus aras al pie,
para que alumbre mi postrer momento
un rayo guardaré.

                     Teodoro Llorente

Meditación en Jesús (poema)

Meditación

Yo he sentido, Jesús mío recordando los momentos
que, clavado en el Madero, por nosotros padeciste,
el deseo expiatorio de sufrir yo los tormentos que
sufriste.

Llevar clavada en mi frente la corona que llevaste
y sentir en mi costado penetrar el hierro frio,
y perdonar los agravios, como Tú los perdonaste,
Jesús mío.

Mártir Divino, al que un día, llenos de dulces fervores
tus discípulos, absortos, tus palabras escuchaban
en las orillas del río o en los campos que las flores
esmaltaban.

Que tus palabras Divinas suenen siempre en mis oídos
y mis pasos se encaminen a la Gloria prometida;
mira que hoy lloro, Dios mío, los errores cometidos
en mi vida.

Y el día que ya la muerte me llame a infinita calma
y de mis ojos, velados, se borren seres y trazos
yo quisiera, Jesús mío, que recogieses mi alma
en tus brazos.

Te lo pido por los clavos que tus miembros traspasaron,
por la última plegaria que cruzara por tu mente,
por la corona de espinas que los hombres te clavaron
en la frente.

Por la pena de tu Madre, en un rictus doloroso,
en aquel aciago día de tristezas y de espanto,
en tus pies martirizados vertió el raudal amoroso
de su llanto.

Mi corazón dolorido tu misericordia implora;
no permitas que me aparte del camino de la luz,
¡Por el llanto de tu Madre y la imagen redentora
de la Cruz!

La Soledad de María (poema)

La Soledad de María

Attendite et videte si est dolor
sicut dolor meus

Dame tu inspiración, profeta Santo;
Préstame de tu canto la dulzura;
Quiero llorar con el doliente llanto
Que de Sión lloraste la amargura;
Quiero con triste y doloroso canto
Acompañar la acerba desventura
De una mujer, del Cielo la alegría,
Que hoy sufre en soledad dura agonía…

Vedla…, vedla… Del Gólgota en la cumbre,
Humilde y dolorida está de hinojos;
Del sol poniente el pálido vislumbre
Viene a bañarla en sus fulgores rojos.
Mustia, apagada la celeste lumbre
De sus hermosos y divinos ojos,
Al alto los dirige, y solitaria
Murmura en su dolor triste plegaria.

¡Cuánto ha sufrido! En su serena frente
Dejó el dolor inextinguible huella;
Se ocultó su sonrisa, y tristemente
Silencio de dolor sus labios sella;
De su llanto de fuego la corriente
Dejó surco profundo en su faz bella,
Y con el lirio de los valles triste
Su hermoso rostro de dolor se viste.

¡Cuánto ha sufrido! Por martirio tanto
Su amante corazón está oprimido,
Que ni siquiera puede en su quebranto
Exhalar ni un sollozo ni un gemido;
Secas están las fuentes de su llanto,
Que á torrentes sus ojos lo han vertido:
Ni suspira ni llora; resignada
En su inmenso dolor está abismada.

Vio a su Jesús morir, vio su amargura.
Vio su pasión, su angustia, su tormento,
Le vio subir del Gólgota a la altura
Y el sacrificio consumar sangriento.
—¡Oh heroísmo sin par!, oh desventura!
¡Oh abnegación sublime!, ¡oh sentimiento!
¿Qué fuerza superior te sostenía
¡Para que no murieses, oh María!

Y le viste expirar; su cuerpo inerte
Entre tus brazos tiernos estrechaste,
Y su semblante, que veló la muerte
Con tu llanto purísimo regaste.
Sus manos, su cabeza, ¡oh Madre fuerte.
Con cuanta pena y cuanto amor besaste!
¡Ah! ¡Cuántas veces a su roto pecho
Juntaste el tuyo de dolor deshecho!

¡Pobre madre! ¡Martirio prolongado!
¿Quién sufriera tormento tan impío?
Ni aun el cadáver ve del Hijo amado.
Que se le oculta ya el sepulcro frío.
Sin luz y sin ventura se ha quedado.
Sola con su dolor, mudo y sombrío;
Doquier que vuelve los nublados ojos
Halla amargura, soledad y abrojos.

¡Pobre Madre! Su pecho un solo instante
Hallar no puede la quietud perdida;
Anda en las sombras de la noche errante
Buscando su consuelo dolorida.
Mil veces llama a su Jesús amante
Con voz penetrante y afligida:
— “¿Dónde estás, Jesús mío, dice; dónde?”
Y solo el eco a su clamor responde.

“¿No miras mi dolor, Hijo adorado?
Ven, mi Jesús, mi corazón te llama;
Ven, ven, que sin ventura me he quedado;
Consuela el mal de quien te llora y ama”.
Lleva el aura su acento acongojado
Cuando así dice y suspirando clama;
Y la responde a su infeliz lamento,
“Sola”, diciendo, el murmurar del viento.

¡Sola! ¿Dónde encontrar podrá consuelo
A su penar acerbo y prolongado?
Si mira con amor el bajo suelo.
Todo aumenta la angustia de su estado;
Si mira con ternura al alto cielo,
Le encuentra a su gemir mudo y cerrado;
Murió Jesús, y los que el Cielo moran
La muerte de su Dios tan solo lloran.

“¡Sola!” ¡Cuánto dolor, Madre afligida!
Sola en la situación más horrorosa;
Sola, y la prenda de tu amor querida
Muerta de muerte fiera y afrentosa!
¿Y aun puedes alentar? ¿Y aun tienes vida?
Te niega el Cielo muerte venturosa
Que a otros mártires da; tú, ¡oh Madre!, vives
Y martirio más grande así recibes.

Oh, sí, Jerusalén; la ciudad santa.
Delicias del Señor, un tiempo pura,
Cual fantasma precito se levanta
Entre la niebla de la noche oscura;
Y en torno, con horror que el alma espanta,
Se oye una voz que baja del altura
Diciendo aterradora y condolida:
“¡Jerusalén! ¡Jerusalén! ¡Deicida!”

Y María la escucha, y a su acento
Rasgar su corazón, morirse siente;
La voz es amenaza y es lamento
Por verdugos y víctima inocente:
Sin igual es su doble sentimiento
Por el Dios muerto y la deicida gente;
Es tu Hijo Dios; y ¡oh Madre de dolores!
También tus hijos son sus matadores.

¡Ah sin segundo, atroz; tormento horrible
(Aquí se hiela el corazón de espanto)
Comprender tu amargura es imposible;
Se abisma el alma en mares de quebranto;
Al humano lenguaje es indecible;
¿Cómo pudiste, Madre, sufrir tanto?
¿Ser también hijos tuyos los impíos,
Los malditos del Cielo, los judíos?

Lo quiso Dios. En el postrer momento,
Cuando de tu Jesús el alma huía.
En la cima del Gólgota sangriento.
Allí a la vista de la turba impía,
Oíste de su voz el dulce acento.
Que moribundo y triste te decía
Aumentando tu pena y tus dolores:
“Mujer, sé Madre tú de pecadores”.

¿Y qué fuera sino mujer bendita;
Sin ser tú Madre del mortal, qué fuera?
¿Quién del Cielo la cólera infinita
Y el brazo airado detener pudiera?
Pero en la tierra do el pecado habita
Naciste tú, celeste medianera,
Para ser entre Dios y la criatura
El lazo de la paz y la ventura.

Y ahora sola te ves; sola sufriendo
Lo que nadie sufrió, pobre María;
Donde volver tus ojos no teniendo.
Ni en quien calmar tu pena y agonía.
Al meditar en tu martirio horrendo
El alma se estremece, Madre mía,
Y se asombra al mirarte, Virgen pura,
Coloso de la humana desventura.

Y sola, en una tierra mancillada.
Con un delirio horrendo, entre insensible
Gente cuya dureza despiadada
Hace tu situación aun más horrible;
Entre la soledad más angustiada,
Con la pena y dolor más indecible.
Te oigo exclamar con voz que da agonía;
¡Mirad si hay pena cual la pena mía!

No la hay, ¡oh Madre!, no; ¿qué alma de hielo
No se enciende al mirar tu pecho herido?
¿Qué corazón, al ver tu desconsuelo.
No se siente de angustias oprimido?
¿Qué ojos te miraran, oh luz del Cielo,
Que llanto no derramen dolorido?
¿Quién habrá, Madre tierna, que te mire
Y con amarga pena no suspire?

¡Ah! Deja, Madre, que tus hijos fieles
Acompañen el tuyo con su llanto;
Deja que contemplemos tus crueles
Angustias y tu fúnebre quebranto.
Para que en tus pesares te consueles
Nada puede mi bajo, indigno canto;
Más déjame llorar a tu memoria,
Porque llorar tus penas es mi gloria.

Y hoy que te miro triste, desolada,
Hoy más te adoro, Madre de amargura;
Hoy todos, con el alma traspasada.
Lloramos tu dolor y desventura;
Hoy te vemos doliente, atribulada.
En soledad sombría, Virgen pura,
Y con el alma de ternura llena
Templar queremos tu profunda pena.

                   Francisco Sánchez de Castro

Imagen: Virgen de la Soledad de Zamora (Foto: Santiago Fernández). Cartel anunciador del Quinario de la Santísima Virgen de la Soledad, 2015.

A la Soledad (en su tránsito de la noche del Viernes)

A la Soledad (en su tránsito de la noche del Viernes)

Déjame ser el pañuelo
en tu mano de azucena
para enjugar tu llanto.

Y ser la cera encendida
en esta noche tremenda
de soledad, alumbrando
el silencio de las sombras
y el silencio de tus pasos.

Déjame ser el incienso
para perfumar el aire.
Y amapola. Y rosa. Y nardo.

Y déjame ser el viento.
Y torrente. Y lluvia. Y trueno.
Y convertirme en tormenta
rugiente, por tu calvario,

Y de tus pies la sandalia.
Y déjame ser el árbol,
que dé sombra a tu camino
y a tu caminar descanso.

Déjame ser en tu herido
corazón, consuelo,
haciendo mío tu dolor
y ese reposado llanto…

                      José Rodríguez Batllori. Abril de 1982.

Imagen: Nuestra Señora de la Soledad de la Portería. Iglesia de San Francisco de Asís, Las Palmas de G.C. (Foto: José Ubay)

Tarde de Viernes Santo

Ha llegado Jesús al pie del monte Calvario, al lugar llamado Gólgota. Una muchedumbre inmensa iba tras él. La cruz se halla dispuesta.
Aun no sé ha turbado la armonía del universo, pero el horizonte empieza a oscurecerse. Las tempestades salen, profiriendo horribles alaridos, de las cuevas en que las retenía la mano del Eterno.
El Hombre-Dios se detiene al pie de la cruz.
Lleva la mano a la frente, se inclina con humildad y habla a su Padre, o su juez. Solamente el Eterno oye sus palabras; pero su misteriosa respuesta hace estremecer a los cielos. Los verdugos se apoderan del Mesías.
Los millones de mundos que vagan por el espacio entran en las parábolas que han de describir para anunciar, al infinito la muerte del Hijo del Eterno.
El universo se detiene, señalando la hora del sacrificio. El eje de la tierra permanece inmóvil.
El Mesías pende de la cruz. Sus ojos en que brilla la bondad de un Dios, fíjanse en sus verdugos y elévanse seguidamente al cielo:
—¡Perdonadles, Padre mío —dice— No saben lo que se hacen!…

* * *

Tarde de Viernes Santo

¡Oh tarde de duelo y llanto!
¡Oh tarde sin sol ni azul!
¡Oh tarde de Viernes Santo!

En el monte empieza un drama:
la tragedia del Calvario.

¡Qué blancas están las cruces
en el verde del Calvario!

¡Qué grises las horas caen!
Tres chopos están llorando…

Y las aguas bajan turbias,
y no hay paz en los remansos,
y en los árboles sin luz
están dormidos los pájaros.

¡Qué tristes están las calles
de los pueblos provincianos!
Hasta en la plaza los hombres
fingen hablar más despacio.

Sed buenos, dicen las madres,
sed buenos, que es Viernes Santo.

Hay un dolor en el viento
de ayer sordos y lejanos.

-Misereres plañideros
de los frailes cartujanos.

Las campanas están mudas
en los viejos campanarios.
En la iglesia, con dos velas
el Señor amortajado…

En el Monte queda una tragedia:
la tragedia del Calvario.

                         José Ávila García. Abril de 1955.

A María, en su soledad

A la Virgen de la Soledad

Estoy delante de Ti,
Virgen pura y sacrosanta,
y al considerarme aquí,
no sé lo que pasa en mí
ni acierto a mover la planta.

Yo no sé quién me ha traído
a este lugar solitario;
sólo sé que, conmovido,
hoy tus huellas he seguido
hasta el monte del Calvario.

Pero tan turbado estoy
al vernos aquí los dos,
que enojos, pienso, te doy,
siendo yo, Virgen, quien soy,
y Tú, la Madre de Dios.

Y mi corazón en llanto
se mire al punto deshecho
viendo tan duro quebranto.
¡Oh, Madre! ¡Bajo tu manto
hallará alivio mi pecho!

Tú también lloras, María;
y este llanto que derramas
diciendo está al alma mía
que eres Tú la que me llamas
a llorar en tu agonía.

¡Sí! Que cuando en orfandad
tu pecho angustiado llora,
fuera impía crueldad,
en tu amarga soledad,
abandonarte, Señora.

Por eso, aunque con temor,
vengo a pedir tu licencia,
¡oh, Madre del Redentor!,
para llorar mi dolor,
Virgen pura, en tu presencia.

Yo bien sé que indigno soy
de venir a hablar contigo;
mas, de tus pies no me voy
si cuenta fiel no te doy
del hondo pesar que abrigo.

Aquí tienes al autor
de tus dolores, María:
¡el que, ingrato pecador,
te robó tu dulce amor,
tu contento y alegría!

Y soy aquél que, inhumano,
sacrílego y homicida,
clavó en madero villano
al Redentor soberano
que es el autor de la vida.

Mis pecados son, Señora,
los que alzaron esta Cruz
que sangre de un Dios colora,
y dieron muerte traidora
al inocente Jesús.

Pues tú la ofendida eres,
y yo el reo y criminal;
haz, Virgen, lo que quisieres
con el más vil de los seres
que es la causa de tu mal.

Mas, tu llanto de agonía
me está diciendo en tu faz,
que aunque mi culpa es impía,
no eres Tú mi juez, María,
sino ángel de amor y paz.

Hoy a tu Bien has perdido;
mas no puedes olvidar
que el amor al hombre ha sido
el que en sangre ha vertido
de la Cruz en el altar.

Y aunque mis pecados
son la causa de tus dolores,
Tú me darás tu perdón,
cual lo dio en la Redención
Jesús a los pecadores.

Tú le escuchaste, al morir,
para sus verdugos mismos
perdón al Cielo pedir,
cuando pudo confundir
su maldad en los abismos.

Y, en Ti, con ansioso afán
sus amantes ojos fijos,
Madre haciéndote de Juan,
te dio en adopción, por hijos,
los pobres hijos de Adán.

Vuelve a mí, Virgen María,
vuelve tus ojos de amor,
pues que Dios en este día
me dejó por madre mía
la Madre del Redentor.

Yo bien quisiera poder
aliviar tu corazón
de tan duro padecer;
pero es muy pobre mi ser,
y muy grande tu aflicción.

Sé que no puedo aliviar,
Madre, tus fieros dolores;
mas, quiero a tus pies estar
para contigo llorar
al Hijo de tus amores.

Yo, llorando arrepentido
las culpas que cometí,
lograré el perdón que pido,
por la sangre que ha vertido
un Dios que ha muerto por mí.

Y Tú, llorando afligida
a tu dulcísimo Bien
que murió por darnos vida,
dulcificará tu herida
vernos gozar de aquel bien.

Pide al Cielo, Madre mía,
tenga nuestro corazón
horror a la culpa impía,
y la sangre de este día
nos sirva de salvación.

Pídele, Madre y Señora
del pecador, esperanza;
pues, una Madre que llora
por el Hijo a Quién implora,
los imposibles alcanza.

Y haz, que el triste y desgraciado
que llora aquí, Madre mía,
perdone Dios sus pecados,
por haber acompañado
la Soledad de María.

            Francisco Pareja de Alarcón.

* * *

La muerte de Jesús (poema)

La muerte de Jesús

De negras tintas se reviste el cielo;
el valle cubren tétricos fulgores;
los hijos de Judá con sus clamores
llenan al Justo de amargura y duelo.

Clavado en una cruz, con triste anhelo
sufre Jesús del pueblo los rigores;
muriendo salvará a los pecadores,
y halla en la muerte celestial consuelo.

Sombras inundan el vecino prado,
la tierra se estremece conmovida,
y el pueblo de la cruz huye aterrado.

Brilla por fin la luz apetecida,
y alumbra, en aquel crimen consumado
la humanidad entera redimida.

                 Narciso Díaz de Escobar.

* * *

Imagen: Santísimo Cristo de la Salud, Hermandad de San Bernardo (Sevilla).