Dentro de mí está Dios

Dentro de mí está Dios

Dentro de mí está Dios
y los caminos alrededor.

Si ando,
Dios se esparce por todos los caminos.

Si hablo,
por todos los caminos va su voz.

En el tacto, sus palmas
son estas mías que os entrego.

Y sus ojos de llanto
son estos míos y estas lágrimas.

Si os amo,
sólo os ama su amor, no mi medida.

Y si os silencio,
cómo me habita Dios en su silencio.

A dádivas, a entregas,
que no daré, si daros
sobrepasa su colmada alegría.

Tomadme.
Que sólo Dios me ofrece o me recibe.

                   Trina Mercader

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Cuánta noche (poema)

Cuánta noche

¡Cuánta noche, mi Dios, ay, cuánta noche
sepultamos con sueño en la almohada!
Cuánta vida se queda sepultada
sin memoria, sin tiempo: negro velo.

Cuánta vigilia también, cuánta vigilia
tan sin notarse, gris, amontonada,
sin un hito, un perfil que las destaque:
de una en otra igual, cuánta jornada.

Casi dormido el gozo. Viva pena
por todas las desgracias que nos caben.
Nada nos pertenece. El tiempo vuela,
oscuro y transitorio, como un ave.

En sombras alumbrados. Acabados.
Indiferentes días cierran sumas…
¡Por cuánta bruma andando, cuánta bruma!
No me olvides, mi Dios, en esta nada.

Mota de polvo, leve criatura
que hasta Ti pretende ser alzada.
¡Hasta Ti, mi Señor, y por sí sola
no puede, no, llegar a tanta altura!

               Chona Madera
“Las estancias vacías” (1961)

Visión de la promesa: Reinaré en España

Reinaré en España

“Después de comulgar”, dice el Padre Bernardo Francisco de Hoyos, “tuve la misma visión referida del Corazón, aunque con la circunstancia de verle rodeado con la corona de espinas y una cruz en la extremidad de arriba, ni más ni menos que le pinta el P. Gallifet. También vi la herida, por la cual parece se asomaban los espíritus más puros de aquella sangre que redimió al mundo.

“Convidaba el divino amor Jesús a mi corazón se metiese en el suyo por aquella herida: que aquél sería mi palacio, mi castillo, y muro en todo lance. Y, como el mío aceptase, le dijo el Señor: ¿No ves que está rodeado de espinas, y te punzarán?: que todo fue irritar más al amor que, introduciéndose en lo íntimo, experimentó eran rosas las espinas. Reparé que, además de la herida grande, había otras tres menores en el Corazón de Jesús: y preguntándome si sabía quién se las había hecho, me trajo a la memoria aquel favor con que nuestro amor le hirió con tres saetas.

“Recogida toda el alma en este camarín celestial, decía: Haec requies mea in seculum seculi: hic habitabo, quoniam elegi eam (1). Dióme a entender que no se me daban a gustar las riquezas de este Corazón para mí sólo, sino para que por mí las gustasen otros. Pedí a toda la Santísima Trinidad la consecución de nuestros deseos: y pidiendo esta fiesta en especialidad para España, en que ni aun memoria parece hay de ella, me dijo Jesús: Reinaré en España, y con más veneración que en otras partes.”

Principios del Reinado del Corazón de Jesús en España.
P. José Eugenio de Uriarte, S.J. (Madrid, 1880)

(1) Ps. CXXXI, 14.
(2) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. 1).

* * *

Visión de la promesa

Fue clara la promesa y ancho el pecho
Para expresarla en carne de verdad.
Y el efesiano: “Dios es caridad”
—Teológica flor— ardió derecho.

Y como si quedara insatisfecho
Su Amor, al redimir la Humanidad,
El centro de la Nueva Cristiandad
En su flagrante Corazón ha hecho.

“Yo reinaré en España”. Y en bautismos
De sangre caudalosa y recristiana
Retornaron los pueblos a sí mismos:

Que si otra gente extravasó sus venas,
Para nutrirlas hay, a heridas llenas,
El cuerpo nuevo de la gente hispana.

           Ignacio Quintana Marrero

La Virgen a mediodía

La Virgen a mediodía

Es mediodía. Veo la iglesia abierta. Debo entrar.
Madre de Jesucristo, yo no vengo a rezar.
No tengo nada que ofrecer ni nada que pedir.
Vengo solamente, Madre, a mirarte.
Mirarte, llorar de felicidad, saber eso, que soy tu hijo y que estás ahí.
Sólo por un momento, mientras todo se detiene.

¡Mediodía!
Estar contigo, María, en este lugar donde tú estás.
No decir nada, mirar tu rostro, dejar que el corazón cante en su propia
lengua.
No decir nada, sino sólo cantar porque el corazón se encuentra en su
plenitud.
Porque eres hermosa, porque eres inmaculada, la mujer restituida por
fin a la gracia.
La creatura en su inocencia primera y en su realización final,
tal como salió de Dios en la mañana de su esplendor original.

Inefablemente intacta porque eres la Madre de Jesucristo
–que es la Verdad entre tus brazos–
y la única esperanza y el único fruto.
Porque eres la mujer, el Edén de la antigua ternura olvidada,
cuya mirada encuentra de pronto el corazón
y hace derramar las lágrimas acumuladas.
Porque me has salvado…

Porque en esta hora en que todo tiembla es cuando tú te has hecho
presente…
Porque es mediodía, porque estamos en este día de hoy, porque estás
ahí para siempre.
Sencillamente porque eres María, sencillamente porque existes,
Madre de Jesucristo, te doy las gracias.

                                                                Paul Claudel

Campanas

Campanas

Campanas de la tarde
sonando en el sendero.
Cómo alegráis la dulce
claridad de mi pueblo,
cuando sonáis a fiestas
—de corazón latiendo—.
Y qué triste otras veces
despertáis el silencio,
cuando en la tarde cruza
el drama inexorable
de un entierro.
Pero vosotras siempre
estáis —bandera al viento — ,
pulsando la despierta
sonoridad del pueblo.
…..
¡Campanas de la tarde,
soñando en la distancia
serenamente os siento!

Gregorio Rodríguez M.
(Los Llanos de Aridane)

El sueño que había soñado

El sueño que había soñado

Yo quise bordar un sueño
con agujas de cristal
en un retazo de cielo
sobre el bastidor del mar…

Hice sartas con estrellas
y así las pude enhebrar
y de la luna hice uso
como si fuese un dedal…

También dibujé mi sueño
para poderlos bordar
con un compás de silencio
y un lápiz de soledad…

En esto llegó la aurora,
túveme que despertar,
y el sueño que había soñado
todavía está sin soñar…

Víctor Galtier Montero

Homenaje lírico a las manos de Luján Pérez

Homenaje lírico a las manos de Luján Pérez

He aquí la huella luminosa
que han dejado tus manos sobre el tiempo
macerado de sombra y de ceniza,
cuyos lebreles fuiste acariciando
allá en la almena azul, sobre el adarve
de tu puro equilibrio incompartido.

Si otras manos, del agua, de la luz o la flor,
del fulgor de unos ojos, de la nieve o la bruma;
si otras se enamoraron de la tierra o la brisa
y fueron gubia o rosa, estrella o río,
las tuyas congregaron en un solo
haz de temblor de cada cosa viva,
el redondo racimo en que florecen
todas las savias juntas, el acorde
final donde convergen y se funden
y se hacen una sola las espumas
de todas las más altas sinfonías…
Luján: tus manos fueron río y rosa,
buril y estrella, corazón y llama.
Y sobre todo, mar; mar anchuroso,
pleamar de ambiciones infinitas,
pleamar sin orilla, como tu mismo sueño;
supremo altar de todas las ofrendas
y de todos los salmos con que el hombre
enaltece el amor.

Y ama la vida.
Y canta al hombre. Y le habla. Y allá en lo más recóndito
de su carne descubre fibras que aún no han vibrado,
porque la sangre tiene secretos que él ignora.

He aquí esta noble huella irrepetible
de tus dos anchas manos, barrocas manos tuyas,
cinceladoras de águilas y nubes,
alfareras de lágrimas de Vírgenes dolientes
y de Cristos exánimes, clavados
en el recio estertor de la madera;
hilanderas del íntimo silencio
que traspasa tus pulsos
como un viejo hontanar latiendo en tu nostalgia,
mitigando la sed
de tanta incertidumbre alucinante
que danza en tomo a tu verdad desnuda.
Tus manos ahí están, como dos frescas pomas
tentándonos los labios con su roja tersura;
como palomas trémulas soñando
Inéditos paisajes sin frontera;
mostrándonos. Luján, la sutil geometría
—no viene en nuestros textos anticuados—
de tu vuelo invisible que, de pronto,
se vuelve asombro de universos nuevos.
Tus manos ahí están,
atezadas de soles que no caben
más que en ellas, de soles que se han hecho
cárdeno contraluz en tus caminos
sembrados de divinas amarguras,
de soles que hoy son pátina encendida
sobre el viejo relumbre de tus tallas:
el mejor patrimonio de esas manos
avezadas de siempre al sortilegio
de todo lo imposible, que es lo tuyo.
Taumatúrgicas manos
que, por costumbre, sin querer, volvían
las piedras, pan; la soledad, belleza.
Manos, Luján, las tuyas,
enamoradas de la vida, blondas
colmenas de su miel
que, al ser tanta, la fueron derramando
a recios borbotones porque todos
supieran a qué sabe, qué esmeraldas
guardabas en el cofre de tus huesos.

Manos de nardo y luz: oh, manos olorosas
y ardientes como el sol de esta tierra fecunda,
de esta Santa María de Guía, en cuyo seno
abrió el ventalle de su luz la rosa
de tu sueño en escorzo de altos soles,
a la sombra amical de las tres Palmas,
Manos de honda pasión, de insomne brega,
como cuarzos de angustia esperanzada
entre las rocas lentas de un destino
que ellas mismas domaron,
como tu gubia el corazón
de esas tallas heridas
por las trémulas alas de tu milagro puro.
Manos de soledad madrugadora,
de afán irrepresable, de pertinaz abrazo,
de torrencial tesón sobre la artesa
donde fuiste amasando, instante a instante,
sin posible reposo, esa armonía
de tus rebeldes trigos interiores,
hechos pan mucho antes de que tú los pensaras,
para ofrecemos sobre tus cordiales manteles
con su gozo el perfume de tu vino jocundo.
Manos de paz, acariciando el hombro
de este barro que envuelve nuestra prisa;
manos de paz sembrando paz en nuestra besana
con tanta sed de mieses y amapolas,
con tanto insomnio de sentirse lumbre
para sentirse llama entre el rescoldo
donde aún vibra el fulgor de nuestra sangre.
¿Quién te las dio, Luján? Di: ¿quién te puso
tanta luz en las manos, tanto vértigo
de la luz entre ellas, que aún parece
como si camináramos a tientas,
porque sigues teniendo acaparada
toda la luz del mundo y nos deslumhras
y estremeces, de tanto poderío,
nuestra vieja retina bordadora
de tus encajes únicos?

¿Qué nuevo Prometeo,
desde tu origen ya, supo fijarse
en ti, signando tu señera frente,
dejando en el icrisol egregio de tus manos
ese fuego sagrado de la inmortal Belleza
que arrebató del cielo y que no a todos
es dado recibir?

Fuiste elegido
como lo fue Rodín o Miguel Ángel,
Salzillo o Montañés: manos orfebres,
anchas manos perfectas las de ellos y las tuyas,
dueñas de todos los arcanos
del tacto y de la forma,
de la honda vibración, del sonoro latido
de la luz, de esa luz que no envejece
ni os deja envejecer.

Con ellos diste
vida inmarchita al claro santoral
de tu imaginería innumerable
que ha de entonar, ya siempre,
con ardor renovado,
himnos de júbilo y amor
a esas dos manos creadoras
que le insuflaron el rotundo aliento
de las criaturas vivas y perennes.

Todo —no sólo el Arte— sin usura
te lo brindó la copa de los dioses:
la poderosa inspiración del genio
que habita sólo las más altas cumbres,
la inmensurable gloria que tuviste
sometida a tus pies, todo el prestigio
de tus dos manos, cráteras de tu insigne vendimia.
Y el generoso don de tu vida fecunda,
estrella impar con muchos años-luz,
más que muchas estrellas.
Por eso vivirás, mientras palpite
la euritmia de tus manos; mientras perdure, intacta
como una impronta de tu sombra inquieta,
la huella que dejaste sobre el tiempo…

           Cipriano Acosta Navarro

* * *

Enlace de interés

Un puente entre dos siglos: José Luján Pérez (Graciela García Santana. Memoria digital de Canarias)

¡¡Madre!!

¡¡MADRE!!

«Las palabras que Jesús pronuncia desde la Cruz significan que la maternidad de su Madre encuentra una nueva continuación en la Iglesia». (RMa, 24b)

Cuando te llamo Madre, sé que digo
hontanar de bondad y de ternura,
que haces tuya mi vida y mi andadura
viviendo junto a mí, siempre conmigo.

Viviendo junto a Ti, bajo tu abrigo,
este valle de llanto en noche oscura,
se torna claridad por tu hermosura,
y es un dulce vivir, vivir contigo.

Reverdece mi gozo de ser hombre,
la dicha de llamarte por tu nombre.
No hay título de honor que más te cuadre,

pues sería mi vida mal vivida,
y la daría siempre por perdida,
al no poder gritar mil veces: ¡¡MADRE!!

               Paquita Sánchez Remiro
  (de “Santa María, Poesía de Dios”)

Foto: Dimitri Conejo S.

Festividad de San Rafael Arnáiz

Homilía en San Tirso el Real

En el clima festivo de la Pascua de Resurrección hacemos memoria de San Rafael, y lo hacemos en esta iglesia de San Tirso en la que, durante el tiempo de su pertenencia a la Adoración Nocturna de Oviedo contempló y adoró el misterio que se revela en el Sacramento del Altar, y que nosotros celebramos en este atardecer.

Sin duda ninguna que esta adoración silenciosa, llevada a cabo en la quietud de la noche, le ayudó a profundizar en su vocación, oyendo con claridad cada vez mayor, la voz que le movía a la búsqueda de Dios a través del camino de la Cruz, haciéndose obediente al estilo de Jesús, (Filp.2,8).

Una de las primeras cosas que las madres cristianas hacen en relación con sus hijos pequeños, es enseñarles a hacer la señal de la Cruz; así lo hizo su madre Mercedes. La cruz es muy importante en la vida cristiana. Muestra, en el momento del dolor, el silencio de Jesús como palabra de amor dirigida al buen Dios. A Él se confía en el momento del pasar, a través de la muerte, a la vida eterna y le dice: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” (Luc. 23,46).

Pero de igual modo, revela que Dios habla a través del silencio y lo hace acogiendo a su Hijo en el regazo de su ternura, que es una manera de hablar del reino de los cielos. Un corazón atento, abierto, silencioso es más elocuente que muchas palabras. Dios nos conoce por dentro más que nosotros mismos, y nos ama: saber esto debería ser suficiente. Sería para nosotros fuente de una gran paz incluso en los momentos de gran desasosiego.

Un hombre y una mujer de fe, en el hondón de su corazón tiene esta certeza “ni la muerte ni la vida, ni ninguna otra criatura podrá separarme jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom. 8,38-39).

El sacerdote cuando comulga, hace siempre una oración silenciosa. La hace inclinado ante el altar sobre el que se encuentra el Pan de la Vida que va a recibir en alimento, y dice: “no permitas, Señor, que nada me aparte de ti” (cfr. MR); fue este ideal el que guió la vida de San Rafael tal como lo expresa San Benito: “No anteponer nada al amor de Cristo” (R.B.4,21).

La Iglesia nació en la cruz del Corazón traspasado del Salvador. La cruz dio sentido a la vida de San Rafael. En su bautismo fue marcado por este signo precioso, y su sombra le acompañó en su diario vivir, particularmente cuando ingresó en el monasterio de San Isidro de Dueñas.

La cruz nos revela un Dios cercano y humano, que por amor a los hombres, es capaz de sufrir y compartir el sufrimiento del mundo. La cruz ha de iluminar nuestra vida para no caer en las redes de la sociedad de consumo, y de los ídolos que nos proponen: el despilfarro, el hedonismo, el egoísmo. La cruz relativiza el tener y nos ayuda a ser cada vez más nosotros mismos, es decir: espejos de Dios cercano.

En la Eucaristía se celebra el misterio de la cruz. Ella es memorial de su muerte y de su gloriosa resurrección. En este misterio de fe, Cristo se sigue haciendo presente ofreciéndose al Padre como víctima de su suave olor.

Este es el mensaje que San Rafael nos ofrece con el testimonio de su vida. Quiso ser discípulo de la cruz para poder participar de la gloria de Cristo resucitado. Esta gloria se manifiesta en Rafael y nosotros lo celebramos con profundo gozo a la vez que nos acogemos a su intercesión. San Rafael, ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Don José Sanz González Vázquez. Oviedo, 27 de abril de 2018.

Homilía en San Isidro de Dueñas

Queridos hermanos: Hoy nos reúne en esta iglesia la memoria de un monje de nuestra comunidad. Un hermano que supo vivir su vocación. Un hermano que habiendo escuchado una voz que le llamaba en su interior, dejó a un lado todas las voces exteriores para centrarse el solo Dios. Un hermano cuya muerte refleja la vida que llevó. Una muerte que tocó a su puerta en plena juventud, pidiendo de él lo mejor de su vida. Al final después de luchar con su enfermedad, Dios le coronó de gloria, pero no de una gloria cualquiera.

Nadie sabe hasta qué punto alguien está preparado para un gran combate, ni cómo éste gran combate se desarrolla en el corazón del hombre:

  • Una primera llamada, dejar su familia, estudio y futuro para ingresar en la Trapa;
  • una segunda llamada, dejar su salud y cuidados, para volver a ingresar en la Trapa;
  • una tercera llamada, dejar su país en guerra para ingresar en la Trapa;
  • y una cuarta y última entrada, no ya a la Trapa sino a la casa del Padre, un Padre que le había convocado a su mesa en estas cuatro llamadas.

Como él mismo nos dice: “Solo Dios, Solo Dios. No busques otra cosa y ya verás cómo al verte en el séquito de Jesús en los campos de Galilea, tu alma se inunda de algo que yo no te sé explicar”. Algo que no sabe explicar porque supo vivir más allá de sí mismo, más allá de su propio tiempo, y más allá de todos los cálculos humanos.

“No importa que el camino sea duro, ni áspero, ni largo…, va Jesús delante; no miremos donde ponemos los pies…, es Jesús el que guía”.

Este Jesús que le guía, es el mismo con quien nos encontramos en la Eucaristía, y en cada Eucaristía le damos gracias a Dios cada uno de nosotros, por la vocación recibida, sea en nuestra vida monástica, o en medios de nuestras familias o trabajos. Nadie es ajeno a esta llamada que un día sintió nuestro hermano Rafael.

Ojalá cada uno de nosotros viva lo que un día escribió, nos enseñó y vivió nuestro hermano Rafael: “Sigamos adelante, cada uno en el lugar que Dios, en su infinita bondad, nos señaló. Amemos la lucha, sin temor a dejar en ella la vida. Amemos nuestro frente de batalla, de que algunas veces haya derrotas. Busquemos la ayuda de María y nada temamos… Sigamos a Dios, a pesar de todo y contra todo”.

Que sea así para cada uno de nosotros.

P. José Antonio Gimeno, ocso. Palencia, 27 de abril de 2018.

Del Boletín Informativo San Rafael Arnáiz Barón (Enero – Junio 2018, nº 188)

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Festividad de San Rafael Arnáiz Barón, monje trapense

Bendito seas (al Hermano Pedro)

Bendito seas (al Hermano Pedro)

Hermano Pedro querido
tú que conoces mi pena,
alivia un poco mi herida…
Que de dolor está llena.
Déjame que descanse,
a la sombra de tu «cueva».
Déjame… oír tu voz
sin que tus labios se muevan.
Pon tu lanza en mis ojos
que de lágrimas se llenan,
lo mismo que un manantial…
Hoy… Que las plegarias vuelan,
aunque fuerzas no me quedan.
Déjame… Por Dios cantar…
Cantar… A estas «laderas»
que son tuyas y sagradas
a la magarza florida
a la “barrilla” acostada.
Al eco de tus barrancos
a las arenas doradas
que dibujan mil corales.
Cantar a tus «cardones»
y a los verdes tabaibales.
¡Ay! Cantares… Cantares de blanca espuma
que me regalan tus mares…
Con «susurros» de sirena.
Cantar a ti… Hermano Pedro
para que sanes mi «pena».
Cantar… Al niño que sufre
a su madre que le mira.
Cantar al niño que duerme
mientras su padre suspira.

Pedro Delgado G. (Granadilla de Abona)

Imagen ilustrativa: “Hermano Pedro”, de Doris Fumero.

Festividad del Santo Hermano Pedro