La tristeza, la alegría, el arrepentimiento, el perdón…

LA TRISTEZA

Sigue tu arrullo, tórtola amorosa;
Hinche de tu ternura el bosque umbrío,
Y de amor bajo el suave poderío
Vive feliz correspondida esposa.

¡Ay! Yo con suerte mucho más dichosa
Trepar al olimpo por mí ser portio;
Y no obstante el acerbo dolor mío
Causa este llanto que en mi faz rebosa.

Que a ti de tu consorte siempre al lado
Con nuevo gozo te baila el nuevo día,
Y acrece los deleites del pasado:

Más huye de mi vida la alegría….
Y…. ¡Cómo! ¿Y es un fiel quien se ha quejado?
¡Tiene tristeza un hijo de María….!

LA ALEGRÍA

Dulce es María cuando tiende afable
Las manos amparando al inocente:
Dulce, cuando en favor del delincuente
Al irritado Juez torna exorable:

Dulce cuando con voz tierna agradable
Excita a la virtud al negligente:
Dulce, cuando acaricia suavemente
Al que juró en su amor no ser mudable.

Dulce, cuando en la noche de la vida
El ceño desarruga de la muerte,
Y acompaña al devoto en la partida.

Y dulcísima en fin, cuando… ¡Ah! Quien verte
Logra en el cielo, Madre esclarecida.
Ese podrá explicar su dulce suerte.

EL ARREPENTIMIENTO

¿Será Reina del cielo que severa
Miréis de un infeliz la angustia y llanto;
Y que así me arrojéis de aquese manto
Que en más risueños días me cubriera?

Madre, Madre piadosa, considera
Que, si bien no aprecié cariño tanto,
Mi ingratitud tanto me causa más espanto
Que el infierno si en él arder me viera.

Cuanto mayor mi ingratitud ha sido,
Más cruda, más horrible es mi desgracia.
Y más vivo el clamor de mi gemido.

Ved vos lo que valéis; y la eficacia
Veréis también con que perdón os pido,
Tórname aún esta vez, ¡ay! a tu gracia.

EL PERDÓN

Denme que el orbe a mi semblante atento
Mi voluntad mas que obedezca adore:
Denme que cómo sandez se enamore
Una Elena de mí con otras ciento:

Denme que dueño sea en el momento
Del oro que la tierra en sí atesore:
Denme que todo sabio condecore
Con su loor y aplauso mi talento:

Denme que finjan, o Marón, u Homero,
No imaginadas otras mil venturas
Que tengan para mí ser verdadero:

Para mí todas fueran desventuras,
Si la Virgen, su rostro antes severo,
No me hubiera anegado ya en dulzuras.

                                           V.C.R. (S. XIX)

Foto ilustrativa: Stefan Wise, en Cathopic.

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Mi crucifijo (poema)

Mi crucifijo

¡Mi crucifijo!… ¡oh síntesis divina
de toda cuanto anhelo y necesito!
Luz, fuerza, paz, valor… sostén bendito
de un alma desterrada y peregrina.

Preso en mis manos, si mi ser declina,
tal aliento me das, que resucito:
y un consuelo me infundes infinito,
cuando beso tu llaga purpurina.

Yo contigo, no siento los dolores:
ni noto en mi redor, los desamores…
es más: mi soledad, de ver no echo:

Pendiente así de Ti la vida mía,
cerca de mí te tengo todo el día,
y duérmome contigo sobre el pecho…

     Carlota Navarrete (Málaga)

Invocación de una madre

Tú, que sobre las estrellas
Encumbrado,
Eres de Vírgenes bellas
Adorado…

A quien mil y mil querubes
A porfía,
Tributan de incienso nubes
Todo el día!

Tú, de la humana flaqueza
Dulce faro,
Tú, de la humana tristeza
Dulce amparo!

Oye el ruego fervoroso
De una madre,
Que eres todo Poderoso,
Y eres Padre!….

Por los suspiros dolientes
Que María
Sobre tus Hagas ardientes
Despedía…

Por tu sepulcro sublime,
Venerado,
Do el fiel sus labios imprime
Desolado…

Vuelve a la virgen que adoro
La salud,
Que es, buen Dios, almo tesoro
De virtud!…

Sin ella, todo aflicción,
Un desierto…
Dios mío, por tu oración
En el huerto!

             José P. Sansón

Ella y la Flor

Ella y la Flor

«Apareció en el cielo una señal grande: una mujer envuelta en el Sol, con la Luna debajo de sus pies, y sobre la cabeza, una corona de doce estrellas» (Apocalipsis, XII, 1). Sin duda alguna. Es Ella, y no otra, afírmanlo categóricamente los intérpretes. Tampoco es necesario poseer especial perspicacia para comprenderlo ya a primera vista.

Las doce estrellas de la corona pueden significar—aunque no lo asevere nadie—los doce meses del año. Con la plenitud simbólica del número doce, sintetizando toda la naturaleza creada. Orlando las sienes de María, la Reina. La que logró—por la magia sobrenatural de su Hijo—hacer de una naturaleza hundida otra resurgida: «Populum electum, regale sacerdotium…». Una auténtica naturaleza regia.

No ha de extrañar, pues, que cuando esa naturaleza se sienta más majestuosamente regia vuelva los ojos a Ella. Con alegría incontenible. Ocurre en mayo. El mes que, entre las doce estrellas de la corona, sobresale en fulgor. El mes que la Iglesia quiso consagrar con un marianismo especial. Colocando a María en dosel de flores.

La flor tiene amores con María. Máxime la flor de mayo. La flor es delicada, como una criatura nacida sin pecado, pudor virgíneo, labios puros de la tierra, brindando amor inocente, música, trompeta de anunciación, paloma mensajera… Todo eso es la flor. La virgen de la naturaleza vegetal. Como la Virgen de la Humanidad, la flor de los campos espirituales, es María.

La flor de mayo está más palpitante de vida que ninguna otra. Tiene toda la primorosa fuerza de la primavera. Aurora de vida. Víspera encendida de granado estilo. Rosetón de góticas catedrales.

Entre esas flores de mayo vive Ella, palpita Ella. Como quien jugara con sus amigas. Compañeras, colegialas del mismo Colegio. Bajo la arcadas de una mística Rosaleda. La Fuente—Cristo—, en el centro, mantiene el frescor ambiental. Y la Vida.

De hinojos, desde la ladera nuestra, con flores de nuestros humildes muertos, saludémosla. El corazón, maceta de la flor de mayo, altar de María. En los labios:

«Venid y vamos todos
con flores a porfía;
con flores a María,
que Madre nuestra es».

Fray Elías Gómez, Mercedario. Revista La Merced, mayo de 1959 (nº 122).

* * *

Flor de las flores

Flor de cinco pétalos,
la Virgen María;
como la violeta
o la campanilla.

Su nombre perfuma
mundos de alegría;
el nardo, su aroma,
por Ella destila.

Dios, con cinco flores,
su nombre escribía,
bajo los luceros:
Margarita linda.

Azucena pura,
Rosa sin espinas,
Izote florido,
Amapola herida.

Reina de las flores
ha sido elegida,
cuando flor de Arcángel
dijo: «Ave María».

Huerto de su seno
maduró caricias:
¡en su Primavera
maduró la Vida!

¡Qué es Virgen, sí, madre,
la Virgen María!
Fruto de su otoño
flores no marchita.

               MÁSER

A la Vera Cruz (tríptico)

A la Vera Cruz (tríptico)

I

Escrito fue en el cielo tu existencia
a aquel que de tu amor nunca supiera.
Y en medio del fragor, Cruz verdadera,
te alzaste como altar de la conciencia.

Y fuiste desde entonces plena audiencia
a todo pecador que te inquiriera.
Y fuiste, Cruz de amor, aura cimera
capaz de perdonar toda inclemencia.

Crecidos a tu sombra redentora,
gustamos el manjar de nuestra vida.
Sabiendo que algún día, a cualquier hora,

sin pausa emprenderemos la partida,
al seno ya infinito de la aurora
que emana de tu dicha compartida.

II

Al símbolo de amor que nos tutela
le llueven primaveras de alegría
que visten de floral alegoría
los brazos que su cuerpo nos desvela.

Rendidas a sus pies dejan su estela
las manos que conforman la armonía
y tejen con sublime maestría
el lábaro floral, que nos revela

el culto inmemorial a la verdad
del Hijo de Dios Padre ajusticiado
por culpa de la torpe humanidad.

La Cruz es redentora del pecado
y en ella descubrimos la bondad
que emana de un perdón, ya perdonado.

III

Por vestir a tu Cruz yo me desvelo
buscando lo mejor entre las flores,
son mayos que reviven los amores
que diste sin medida al propio anhelo.

Labrando estoy tu Cruz, que desde el suelo
se erige cual estrella de fulgores
y en ella van clavados los errores
de un torpe pecador que implora al cielo.

Ungido de perdón yo fui signado
y en ínfimo Jordán inmerso en luz.
En él fui, mi Señor, iluminado,

vestido con el cándido capuz,
que nace del encuentro afortunado
contigo y con tu Santa Vera Cruz.

Juan Carlos Monteverde García
(“Teselas”, 2016)

* * *

El sentido de la Cruz

Al Santo Hermano Pedro de Vilaflor

Al Santo Hermano Pedro de Vilaflor

En los rincones dispares del mundo
Siervo de Dios, hermano de los hombres
que a los ricos motivas y a los pobres;
ejerciendo con humildad tu rumbo.
Antepones sacrificio a libertad
pleno tu corazón de valentía
la conciencia le sirve a tu valía
para poner en tus hechos caridad.
¡Qué irónica es la vida en tu actuación!
Fundador de tu escuela, sin estudios
enfermero sin la ciencia, por amor.
Hospital de vagabundos tu pensión,
refugio es tu posada de impedidos
tu casa: ¡lugar de paz y de oración!
incansable terciario franciscano;
luchador por el pobre y la injusticia
y del enfermo, predilecto hermano.
Campanilla pequeña es tu palabra
que llama con tu toque la atención;
mil cosas dice con su voz de bronce
llenando los corazones de emoción.

               Carmen Suárez Baute
   “Imágenes en verso” (2005)

* * *

Festividad del Santo Hermano Pedro

Dios (del Himno de la Creación)

DIOS

¿A quién, Señor, compararé tu alteza,
Tu nombre y tu grandeza,
Si no hay poder que a tu poder iguale?
¿Qué imagen buscaré, si toda forma
Lleva estampado, por divina norma,
Tu sello soberano?
¿Qué carro ascenderá donde tú moras,
Sublime más que el alto pensamiento?
¿Qué palabra tu nombre ha contenido?
¿Vives de algún mortal en el acento?
¿Qué corazón entre tus alas pudo
Aprisionar tu veneranda esencia?
¿Quién hasta ti levantará los ojos?
¿Quién te dio su consejo, quién su ciencia?
Inmenso testimonio
De tu unidad pregona el ancho mundo;
Ni hay otro antes que tú. Claro reflejo
De tu Saber doquiera se discierne,
Y en misterio profundo
Las Letras de tu nombre centellean.
Antes que las montañas dominasen,
Antes que erguidas en sus bases de oro
Las columnas del cielo se elevasen,
Tú en la sede divina te gozabas,
Do no hay profundidad, do no hay altura.
Llenas el universo, y no te llena;
Contienes toda cosa,
Y a ti ninguna contenerte puede;
Quiere la mente ansiosa
El arcano indagar, y rota cede,
Cuando la voz en tu alabanza nuevo,
Al concepto la lengua se resiste;
Y hasta el pensar del sabio y del prudente
Y la meditación más diligente
Enmudece ante ti. Si el himno se alza,
Tan sólo El Venerando te apellida,
Pero tu Ser te ensalza
Sobre toda alabanza y toda vida.
¡Oh, sumo en fortaleza!
¿Cómo es tu nombre ignoto,
Si en todo cielo y en toda tierra brilla?
Es profundo… profundo…
Y a su profundidad ninguno llega.
¡Lejos está… muy lejos…
Y toda vista ante su luz es ciega!
Mas, no tu ser, tus obras indagamos;
Tu fe cual ascua viva,
Que en medio de los santos arde y quema:
Por tu ley sacrosanta te adoramos;
Por tu justicia, de tu ley emblema;
Por tu presencia, al penitente grata,
Terrífica al perverso;
Porque te ven sin luz y sin antorchas
Las almas no manchadas,
Y tus palabras oyen, extasiadas,
Cuando yace dormido
El corporal sentido;
Y repiten en coro resonante:
«Tres veces santo, vencedor y eterno
Señor de los ejércitos triunfante».

“Himno de la Creación”, por Judah Leví (Versión de Menéndez y Pelayo)

Imagen ilustrativa: “Crucifixión” (detalle), atribuido al círculo de Hans Wydytz I (ca. 1490-1510). Metropolitan Museum of Art, Nueva York (EEUU).

Mandato (poema)

Mandato

Ya está dicho, Señor, todo a los hombres
en los siglos, la noche y la distancia.
Nos lo dijiste Tú. Entre tus brazos
se encierra el gran misterio de la lanza.
Todo está dicho ya. Nada hay de nuevo
que no sea la guerra y la cizaña,
que no sea ese frío de su odio
o el triste subsistir, aunque sin alma
—pues se ha perdido, triste entre las cosas—
sin comprender la vida y su constancia,
sin comprender la noche y su pureza,
sin saber que el dolor es quien le salva.
Ya se ha escuchado todo. Y en el hombre
se ha perdido la fe de tu llamada;
son sus huellas  —el paso de otros hombres—
tristeza y desaliento. Le acompañan
porque ignora la fuerza del silencio,
desconoce el valor de la plegaria
y vive —vagabundo de su angustia,
eterno caminante de nostalgias—
torturado entre sombras y entre asfalto
apresado en su cuerpo y en su nada,
vaciando por los ojos el hastío
sin saber sonreír. Sólo, en su marcha,
le espera el desaliento junto al vicio
con las manos vacías… ¡Todo pasa!
Le esperan los sarcasmos de sus horas.
Le acechan desengaños que le arrastran
al abismo insondable del pecado
o a la cúspide atroz de tantas faltas
que son la consecuencia de sí mismo…
¡achacándote a Ti, que Tú, no hablas ..!
* * *
Ya está dicho, Señor, todo a los hombres.
Ya nos lo has dicho Tú. Y en tus palabras
—bendición de las penas y los siglos—
vibrante está el Amor: “¡Levanta y anda!”

                 Aurea María Fernán-Torre

A la Virgen de la Soledad y Humildad

A la Virgen de la Soledad y Humildad
-Virgo Humilitatis et Solicitudinis-

Virgen de la Soledad y Humildad,
en la santa noche de azabache color
conmovida por el intenso dolor
aguardas en la cruz tu dulce verdad.

Tu mirada es ternura maternal, Madre de la Piedad.
Presencia que acompaña llena de amor,
paz y fervor que irradian candor;
tierno velo, luto sereno: la perfecta sobriedad.

Hice de súplica la oración afectiva
y tu soledad fue guía que llevó
a mi triste sentir fiel intercesión;

puse mi mano en tu mano compasiva
y tu humildad fue guía que me acercó
al corazón de tu Hijo, nuestra redención.

         José J. Santana (La Orotava)

A ti, Padre Divino

Aquel! Fue grande Aquel; pero en la cima
De la grandeza paternal no hay monte
Que de dolor de pequeñez no gima,
Ni hay rayos en el Sol, ni hay horizonte
Que de besar sus huellas se levante,
Ni mar que no murmure,
Ni labio que no jure,
Ni mundo que no cante!—
Hay cantos para ti: canta el mezquino
Ser de la tierra el oro y el palacio,
Y a ti, padre divino,
El mundo entona el canto del espacio!—

Un leño se cruzó con otro leño;
Un cadáver—Jesús— hundió la arcilla
Y al resplandor espléndido de un sueño
Cayó en tierra del mundo la rodilla:

¡Un siglo acaba, nace otra centuria
Y el hombre de la cruz canta abrazado,
Y sobre el vil cadáver de la Injuria,
El Universo adora arrodillado!—

José Martí, marzo de 1875
    (fragmento de su poema “Muerto”)