El perdón de los enemigos (un artículo del Padre Cueto)

Padre José Cueto, O.P.

El Perdón de los enemigos

Nada hay que se resista tanto al egoísmo humano; y, sin embargo, pocas cosos son tan características de la Religión cristiana. «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen», es la primera palabra que Nuestro Señor Jesucristo pronuncia en la Cruz. Por aquí comienza en aquella sagrada cátedra sus concisas y magistrales enseñanzas, repletas de sentido. Antes, dice el Vble. Fray Luis de Granada, que encomiende su Madre al Discípulo, y su espíritu al Padre, pide a éste perdón para sus mismos verdugos; y entre tantas cosas como había de proveer, la primera provisión es para ellos. ¡Cuán cierto es que nada nos mandó Nuestro Señor Jesucristo que Él no lo practicase antes! Maestro y modelo a la vez, no se limitó a enseñarnos nuestros deberes de palabra, quiso movernos a cumplirlos con su propio ejemplo. Por eso nos dice de Él el Santo Evangelio que «comenzó a hacer y enseñar». No tenemos, pues, legítima excusa. Es mandamiento de Nuestro Señor Jesucristo, sancionado con sus propios hechos, que amemos a nuestros enemigos y hagamos bien a los que nos aborrecen. No soñemos con salvarnos, si en esto no le imitamos. «Si perdonáis, seréis perdonados», nos dice a todos el divino Maestro.

El Padre Celestial no nos otorgará indulgencia de las culpas con que le ofendamos, sino a condición de que nosotros lo otorguemos de corazón a los que nos han ofendido. Ni se nos admitirá al altar a ofrecer sacrificio, si antes no nos reconciliamos con aquellos de nuestros hermanos que contra nosotros tuvieren alguna cosa. No basta pensar que perdonamos; es preciso quererlo, y quererlo de veras, con toda sinceridad, y ponerlo por obra. Temamos siempre mucho en esta materia no ser víctimas de ilusiones. Es tan difícil perdonar de corazón y sinceramente, «que las leyes apenas lo suponen nunca, y por eso excluyen ordinariamente de actuar en un juicio a las personas enemistadas». A los enemigos no los admiten las leyes ni para denunciar, ni para acusar, ni para ser testigos. ¡Cuánto dice esto, y cuán poco, sin embargo, se tiene en cuenta! Debíamos temblar ante el solo propósito de salir por los fueros de la verdad y de lo justicia misma, en toda ocasión que advirtiésemos en nosotros algún sentimiento de aborrecimiento y antipatía hacia las personas contra las cuales nos ocurriese proceder. Porque seguramente no alterará lo esencia de los cosas pensar, así por alto nada más, y de una manera vaga y sin ahondar en el asunto: «no me mueve odio alguno; ni deseo de venganza, ni intención de hacer daño; únicamente me propongo lo gloría de Dios, el bien común, la realización de la justicia». ¡Ay, que no echemos de ver el sofisma en que envolvemos nuestra propia conciencia! Tales nos figuramos falsamente que son los móviles o que obedecemos; pero allá, en el fondo de nuestro espíritu, existen otros muy diversos, que son los que triunfan en lo contienda y se llevan la eficacia y se arrogan el imperio y dan el impulso que nos mueven y deciden y hacen poner manos a la obra.

De todos los odios y venganzas este es el de peor linaje, y el más repugnante, el que se escuda con la gloria de Dios, el bien de la Religión y el triunfo de la Justicia.

Grabemos todos en el fondo de nuestra almo la primera Palabra de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz y tengámosla como ley de nuestras acciones, como regla de nuestra conducta, y habremos resuelto el problema de la paz en los pueblos, en las familias y en cualquiera otra suerte de colectividades.

+ FR. JOSÉ
Obispo de Canarias

Publicado en diferentes medios de la prensa local grancanaria con motivo del centenario del nacimiento del Padre José Cueto.

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Siervo de Dios Padre José Cueto, O.P., Obispo de Canarias

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