Nuestra Señora de la Soledad de la Victoria, la Virgen enlutada

Virgen de la Soledad de la Victoria (antigua destruida)

Imagen original de Nuestra Señora de la Soledad del Convento de la Victoria (Madrid), obra de Gaspar Becerra. Posteriormente la talla fue trasladada a la Colegiata de San Isidro, siendo destruida tras la quema de la iglesia con el inicio de la Guerra Civil Española en julio de 1936.

La Soledad del Convento de la Victoria de Madrid de la Orden de los Mínimos de San Francisco de Paula fue la primera imagen española de la Soledad y supuso una nueva tipología mariana propia, con el atuendo de las viudas nobles de la época: túnica blanca, manto negro y toca. Una indumentaria de luto cuyo uso se extendió desde el tiempo de la Reina Juana I Castilla hasta el siglo XVIII.

Nuestra Señora de la Soledad de la Victoria tomó su nombre de un cuadro devocional traído desde Francia por la reina Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II, que representaba la Soledad y Angustias de la Virgen [1], una devoción muy popular por aquel entonces en Francia. Los frailes —en este caso Fray Diego de Valvuena, confesor de la Reina Isabel— le confiaron el encargo de una escultura de talla para el convento de los Mínimos de Madrid a partir de la pintura que Doña Isabel conservaba en su oratorio; propuesta que la soberana acogió de buen grado, concediendo las facilidades necesarias para que se convirtiera en una hermosa realidad. Recordemos que Isabel fue llamada la “Reina de la paz”, una mujer de espíritu abierto y amplia cultura que llevó el refinamiento y las buenas maneras a la Corte española.

Sería el baezano Gaspar Becerra y Padilla, un reputado imaginero de la época, el elegido para realizar tan importante encomienda. Becerra fue, además, arquitecto y pintor, recibiendo una fuerte influencia del renacimiento y manierismo italiano durante su estancia en el país transalpino. Sin duda pasará a la historia como un innovador de la iconografía de la Soledad. En lo concerniente a esta obra que tratamos, durante un año de trabajo el resultado no es el esperado. Lo intenta una segunda vez, que satisface a los frailes pero sigue sin convencer a la reina, es tal el grado de perfección requerido. Preocupado, y acaso como ultimátum, lo vuelve a intentar. En una fría noche, de un severo invierno, el escultor se encuentra agotado y prácticamente vencido por la desesperanza; arroja un tronco a la chimenea para mantener el calor de la habitación mientras se retira a descansar. Durante el sueño escucha una voz que le dice que retire aquel trozo de madera del fuego. Se levanta y con asombro vislumbra lo que es un contorno trabajado por la lengua de fuego. Una vez rescatado aquel leño esculpe sobre la parte aprovechable, y a medida que avanza en su trabajo observa —ahora sí— que va apareciendo ese rostro de la Virgen sereno y mirada llena de ternura que su retina guardaba ante aquella deslumbrante visión. Becerra culmina en 1565 esta portentosa imagen y la Reina ha quedado satisfecha. Fue el primero de otros tantos prodigios.

Vno de tres Retratos, inʃpirado,
O Artifice ʃacaʃte parecido,
Que en el amor Divino ha concurrido,
Coma otra vez, en fuego disfrazado.
Eʃte de Soledad vivo traslado,
De vn encendido Leño ha procedido,
Que ʃobre la materia de encencido
Cae la forma mejor de apaʃsionado
Fuego es amor, y amor grave tormento,
Si fe pierde el objeto que fe adora,
Pues queda en Soledad quien adoraba
Fuego en el Leño ʃirve de instrumento,
Pues el agua eficaz, que ardiente llora,
Dolor empieça, y Soledad acaba.[2]

Soneto de Don Antonio de Espinosa

Soledad de mi amor y compañía;
Luz que mi alma alienta,
Sea de vos en lágrimas deshecho,
Templo mi corazón, Altar mi pecho.

La imagen en cuestión no era de bulto de redondo (o talla completa) sino de candelero, concebida para ser vestida y sacada en procesión, y que la condesa Viuda de Ureña, Camarera Mayor de Isabel de Valois, atavió con sus propias ropas de luto. En una enternecedora representación de la Soledad la Virgen se encuentra arrodillada, con su rostro sereno y con las manos cruzadas en actitud humilde y devota. La misma fue entronizada el 15 de septiembre de 1565 y gozó de gran devoción entre los madrileños. La propia Isabel fundó la hermandad de Nuestra Señora de la Soledad y de las Angustias, a la que pertenecieron sus dos hijas (las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela) y su marido, el rey Felipe II. La cofradía se extinguió en 1651, motivada por los frecuentes desencuentros entre los frailes y cofrades. No obstante, la devoción a la Virgen de la Soledad siguió intacta entre el pueblo madrileño. El éxito de la imagen fue tal que se popularizó su iconografía en infinidad de copias, tanto en escultura como en pintura.

El convento de Nuestra Señora de la Victoria fue demolido con la desamortización de Mendizábal y la imagen de la virgen se trasladó a la Real Colegiata de San Isidro. Desgraciadamente, el edificio y la imagen —que se encontraba en la capilla del Buen Suceso— quedaron destruidos por un voraz incendio tras el comienzo de la Guerra Civil española. Aun así, esta advocación se difundió, incluso dando lugar o derivando a otras: como la de la venerada Virgen de la Paloma (un lienzo que representa a la virgen de la Soledad)con otra variante, pero con parecida iconografía, son la Virgen de la Soledad de Arganda y la de Chinchón, ambas en la provincia de Madrid; posiblemente algo anterior a la Soledad de Gaspar Becerra, pero que incluimos en este grupo por sus delicadas facciones y su característica vestimenta de viuda noble castellana de la época de los Austria que tuvo su máxima expresión en la citada corte de Felipe II, es Nuestra Señora de la Soledad de la Portería (Las Palmas de Gran Canaria), la hermosa imagen cuyo rostro —cuenta una leyenda con visos de realidad— es a semejanza del de la propia Reina Isabel I, “la Católica”; y sin olvidarnos, entre otras tantas dignas de mención, con Nuestra Señora de la Soledad Coronada, Patrona de Badajoz, cuya tierna mirada —y bien reza el dicho— “ablanda el corazón de todo aquel que la mira”. Asimismo, en numerosas iglesias y ermitas de ciudades y pueblos de tierras castellanas y andaluzas se encuentran cuadros al óleo con esta representación de la Virgen de la Soledad, sin olvidarnos de museos diocesanos y colecciones particulares. De hecho, muchas de estas pinturas o vera efigies, que oscilan entre los siglos XVII y XVIII, alcanzan cifras considerables en reputadas galerías de arte y en subastas de antigüedades.

Fuera de nuestro país existen numerosas representaciones de la Soledad de la Victoria situadas principalmente en iglesias y museos, destacando entre otras: la Virgen de la Soledad de la Iglesia de San Francisco, en la ciudad de Caracas (Venezuela); o la preciosa imagen de la Soledad de Amberes (Bélgica), atribuida al escultor flamenco —de estilo barroco— Petrus Verbrugghen. También ha quedado para la posteridad un cuadro de la Soledad de la Victoria sobre las andas procesionales del pintor puertorriqueño José Campeche Jordán (1752-1809), uno de los máximos exponentes del rococó en América. Asimismo, en Sudamérica las representaciones pictóricas a la Soledad de la denominada escuela cuzqueña, de clara influencia colonial española, son abundantes. Y al otro lado del mundo, en Filipinas, existe una importante devoción a Nuestra Señora de Porta Vaga (llamada la “Luz de Filipinas”); se trata de un cuadro de la Virgen de la Soledad, que arrodillada con su vestimenta blanca y negra tan propia se encuentra orante en la Pasión de su hijo.

Hace unos pocos años tuvimos la noticia de un lienzo del pintor madrileño Javier Cámara Sánchez-Seco —obra encargada para un monasterio— que representa, precisamente, a la desaparecida Virgen de la Soledad de la Victoria de Gaspar Becerra, con un resultado ciertamente extraordinario.

Como vemos, ha permanecido la divina influencia de esta santa imagen, tanto en su iconografía como en los prodigios realizados, que hoy día sigue conmoviendo el corazón de sus numerosos devotos.

por J.J. Santana

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Enlaces de interés:

Representaciones de la Virgen de la Soledad de La Victoria

De la Soledad de la Victoria a la Soledad de la Paloma (pdf)

Citas bibliográficas

[1]. Los Teatros Madrileños y la Cofradía de la Soledad, Bernardo J. García.

[2]. A la Venerabilísima imagen de N. S. de la Soledad en la célebre translación a su suntuosa capilla, con un epítome de su sagrada historia. (1664).

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Nuestra Señora de la Soledad de la Portería, leyenda dorada

Mas, entre tantas Imágenes de Soledad existentes en las Islas, resalta y tiene encanto especial la del Convento de San Francisco de Las Palmas, conocida con el nombre de Virgen de la Portería.

El origen de esta Imagen lo encontramos también arropado con una leyenda delicada, que, de padres a hijos y de boca en boca, ha llegado hasta nosotros.

Cuentan, que, allá por los años de la conquista de Gran Canaria, se paseaba, por el puerto de la ciudad de Cádiz, una señora enlutada, con una pena profunda en su alma resignada. Buscaba embarcación para la isla recién conquistada, porque quería hacer llegar a los Padres Franciscanos de la misma un encargo misterioso.

Ella, con rostro suplicante, se dirige al capitán de unas de las naves, que estaban prontas a zarpar. Mas el patrón, lleno de altivez y sin hacer caso a la petición de la señora, suelta las amarras de su barco y se hace a la mar. Y comienza a navegar rumbo hacia el sur. Pero de pronto, Y de un modo inesperado, le sorprende una tormenta y se ve obligado a volver al puerto, de donde había salido.

Por segunda y muchas veces más vuelve a hacerse a la mar, y otras tantas tiene que refugiarse, porque nuevas tormentas le obligan a ello.

La señora enlutada insiste en su petición; y el marino, ya sin la altivez de antes, acepta en su nave el embalaje. Recibirlo y cesar los obstáculos a la navegación, todo fue uno.

A los pocos días el marino, – tranquilo, como el mar, arriba al puerto de las Isletas con toda felicidad. A toda prisa se encamina al Real de Las Palmas y entrega su encargo al Convento de San Francisco.

En presencia del Guardián, Discretos del Convento y de los hombres de la mar, se abre el baúl del misterio. Y ¡oh sorpresa!, aparece, ante las miradas de todos, una Imagen de María; y comprueban con sus propios ojos, como ella tiene la misma cara, los mismos vestidos de luto, y hasta la misma pena de aquella señora enlutada, que días atrás se paseara por el puerto de Cádiz.

¡Era la Virgen de la Soledad, o de la Portería, del Convento de San Francisco de las Palmas!

Veracazorla. B.O. Diócesis de Canarias, 1981

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Soneto a la Virgen de la Soledad

Pasas muda, florosa y enlutada;
y al ver esa piedad con que me miras
sé que ruegas por mí y por mí suspiras;
por mí, que soy ceniza, polvo, nada.

Dame tu llanto lágrima sagrada,
para salvarme del mundo y sus mentiras.
Yo, pecador, hallo en la fe que inspiras
un consuelo a mi alma atormentada.

El Dolor es contigo, y me arrepiento
de ser causa de él, por tener parte,
pues soy hombre y culpable en el delito
de alzar la cruz, y en mi interior la siento.
Mas su signo se trueca en mí baluarte
y tu dolor está en mi cruz inscrito.

                          Luis Benítez Inglott

Nuestra Señora de la Soledad del Fuego (Baterno, Badajoz)

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El 20 de agosto se festeja en la localidad pacense de Baterno la fiesta en honor a Nuestra Señora del Fuego, una representación de la Virgen en lienzo y que fue coronada canónicamente por el arzobispo Marcelo González Martín.

 NUESTRA SEÑORA DEL FUEGO

Esta Santa Imagen se llama del Fuego, aunque es de la Soledad, porque en el año del 1672, a 20 de agosto, día del glorioso San Bernardo, en que se quemó la panadería de la Plaza Mayor de Madrid, hallándose un pobre hombre en uno de los cuartos más altos de la casa en que moraba, sin poderse escapar del incendio, encomendándose a esta Santa Imagen y abrazándose con ella, se arrojó de la dicha altura en que estaba a la Plaza, donde también había grande fuego, y cayendo en ella sin hacerse daño alguno se escapó de las llamas, dejándose en ellas la dicha Santa Imagen hasta que una pobre mujer, que reparó en el caso, la sacó, hallándole abrasado todo el lienzo y pintura por todas partes, excepto el rostro, pecho, manos de dicha Santa Imagen, y unas tres tiras del mismo lienzo. Se la llevó la dicha mujer a su casa, y habiendo muerto ésta se la llevó una vecina, a quien la dejó; y hecho almoneda de los bienes de ésta por no haber quien diese nada por le dicha imagen, se la llevó uno de los albaceas a su casa, y sucediendo lo mismo en la muerte de este albacea, se la llevó a su casa otro. Y habiéndola hallado en casa de este último albacea, el referido padre Fray Joseph de San Juan en la forma expresada, el año 1695, informado de todo lo dicho, y de otras cosas, que se dejan por brevedad, se la pidió al sobredicho albacea, con deseo de colocarla donde estuviese con veneración, ya que tanto tiempo había estado despreciada, creyendo que aquel prodigio de haber Dios reservado del fuego el rostro, pecho y manos de dicha Santa Imagen, era para manifestar en ella sus misericordias con sus devotos, y el haber reservado aquellas tres listas del mismo lienzo, que la mantenía en su propio lugar, era para darnos a entender, quería que la mantenían con veneración.

Y ambas cosas se han experimentado, porque lo primero: que es colocarla con veneración, ya se ha ejecutado, pues a fuerza de prodigios se le ha fabricado una hermosísima capilla ochavada, de treinta pies de hueco, con su sastrería detrás y pórtico delante, su media naranja, retablo y preciosas pinturas, todo poco para quien tanto merece; y mucho, por haber pendido del sobredicho religioso, haciendo la Madre de Dios cobrarles las cantidades, que por incobrables le han cedido algunos devotos.
Y lo segundo, de manifestarse el Señor en esta Santa Imagen misericordioso, no menos se ha experimentado, porque primeramente, habiendo traído la dicha Santa Imagen al convento real de San Gil de Madrid, donde el dicho religioso es morador y habiéndola lavado en el estanque de la huerta de dicho convento con un estropajo y ceniza por cerner el Siervo de Dios E. Joseph de Canalejas (que fue quien le puso el nombre de Nuestra Señora del Fuego) subió a la enfermería de dicho convento con ella el dicho religioso, y entrando en la celda de otro religioso grave, que estaba desahuciado, le dijo que le llevaba aquella Santa Imagen para que se encomendase a ella, porque esperaba que había de ser milagrosa, y deseaba que fuese con él la primera misericordia; rezaron allí los circunstantes una salva, y a la noche ya estaba fuera de peligro el enfermo, y en breve convaleció y estuvo bueno.

CLAVES-COMENTARIO: Libro de Ntra Sra del Fuego (Baterno). Badajoz, 1986. Edita: Parroquia de San Andrés.
Diccionario Enciclopédico P&J. Tomos: II, III, IV, VI y VIII.
MARTOS NÚÑEZ, E. Albúm de cuentos y leyendas de Extremadura. Grupo Alborán.

Fuente: alcazaba.unex.es (biblioteca Siberia)

Gozos a Nuestra Señora de la Soledad de la Paloma

Gozos a Nuestra Señora de la Soledad de la calle de la Paloma

Pues del Verbo Engendradora,
Sois, María Inmaculada,
Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

La Iglesia, mística Rosa
Os apellida triunfante,
Por ser Vos la más constante
Del Eterno Verbo Esposa;
De dolientes amorosa
Sois dulce consoladora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

De Paloma en los Cantares
Gozáis título amoroso,
Por eso el más milagroso
Aquí mostráis a millares:
Quitando grandes pesares
Al que a tus Pies pide y llora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Vuestra Imagen ultrajada
En este sitio se vio;
Pero una mujer corrió
Al momento apresurada;
Y ella misma apiadada
Se hace desagraviadora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Este Pueblo enternecido
Se sacrifica sincero,
Al ultraje verdadero
Que vos habéis recibido;
Apartando del olvido
La efigie que humilde adora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Por tal desagravio Pía
La devoción os ensalza,
Con un culto que realza
Más y más de día en día,
Aclamándoos a porfía,
Alma, Madre y Protectora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Vuestro original copiado
De Lucas Evangelista,
Quien fiel testigo de vista
Nos lo dio en un fiel dechado,
Siendo el más perfeccionado
De su hábil arte Pintora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Este nuevo Santuario
Alcázar de devoción,
Disteis a esta Población
Para ser nuevo sumario
Del culto que a Vos diario
Toca como bienhechora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Vuestro rostro en nuestro suelo
Todas las gracias encierra,
Siendo la dichosa tierra
Que escogió vuestro desvelo,
Para darnos el consuelo
En todo momento y hora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Entre espinas azucena
De Soledad con el llanto,
Os miró el Esposo Santo
De dolores toda llena;
Convertid ya vuestra pena
En amable aliviadora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

De fe pura el más ameno
Un jardín la piedad,
Nos muestra en tu Soledad
De delicias siempre lleno,
Saliendo de vuestro Seno
La Flor más encantadora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Al olor de vuestra aroma
Corren sabias y benditas,
Las que os aman doncellitas
Como a Cándida Paloma,
Siendo quien la culpa doma
La pureza que en Vos mora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Si como Mirra escogida
Disteis la dulce fragancia,
Sednos Madre de constancia
En nuestra fatal caída,
Alejando nuestra vida
De toda culpa traidora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Ya del borrascoso invierno
Se ausentó el rigor insano,
Viniendo de vuestra mano
El Divino Sol sereno:
Haced, pues, que venga ameno
A ser nuestra feliz hora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Pues del Verbo Engendradora
Sois, María inmaculada,
Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

De la Novena Rogativa a Nuestra Señora de la Soledad de la calle de la Paloma, por  el D.D.J.G. (1797)

Canto a la Virgen de la Paloma

Canto de alabanza a La Soledad que el musicólogo estadounidense Alan Lomax grabó en Alhama de Murcia el día 16 de diciembre de 1952 a Eduardo y José Valverde Pérez:

De los reinos que el mundo compone entre todos ellos sin duda no habrá
una corte como la de España tan maravillosa, digna de admirar;
gran prueba nos da
porque en ella se ha establecido la hermosa Paloma de la Soledad.

Esta Reina bajó de los Cielos, para fe y aumento de la Cristiandad,
transformada en un cuadro de lienzo su hermosa figura viva y natural,
y vino a tomar
el asiento en el barrio más pobre que en toda la Corte se ha podido hallar.

Unos niños jugando en la calle con este retrato van sin reparar;
ha pasado una anciana devota y vio que era el cuadro de la Soledad,
gran pena le da,
se lo pide a los niños y dicen: —Si usted nos lo compra se lo llevará—.

La señora sacó del bolsillo una monedita y a los niños da,
le entregaron el cuadro precioso que a toda la Corte favor le va a dar,
y vino a fijar
en el mismo portal de su casa, la gente que pasa se para a mirar.

Al fijarse en tan bello retrato no hay otra hermosura que pueda igualar;
los vecino[s] y la gente del barrio tienen por costumbre de irle a rezar,
y con fe leal,
el rosario a la Blanca Paloma, que a aquel que está enfermo la salud le da.

Puede escucharse en el siguiente enlace de culturaequity.org

Fuente: Fundación Joaquín Díaz. Revista de Folkore (nº365, 2012)

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Enlace recomendado: La Virgen de la Paloma: Historia y tradición (por Doña Paloma Palacios)

A la Virgen del Desprecio

Nuestra Señora la Virgen del Desprecio es una advocación que se celebra en la localidad segoviana de Martín Muñoz de las Posadas el lunes de Pentecostés. Se trata de una representación pictórica de la Virgen de la Soledad.

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A la Virgen del Desprecio

Virgen, virgen del Desprecio,
mira, ya llegó tu hora
de que te adoremos todos
y que no te sientas sola.

Dinos y te seguiremos
dinos, donde está la gloria
y caminaremos todos
juntos, ante ti Señora.

Virgen del Desprecio
quiero estar contigo
llévame en tus andas
ábreme el camino
que mis ojos vean
lo que tú has querido
estando a tu lado
yo estoy protegido.

                      Letra y música: Lázaro Sáez

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Foto: Página del ayuntamiento de Martín Muñoz de las Posadas (Segovia).

La Soledad de María (poema)

La Soledad de María

Attendite et videte si est dolor
sicut dolor meus

Dame tu inspiración, profeta Santo;
Préstame de tu canto la dulzura;
Quiero llorar con el doliente llanto
Que de Sión lloraste la amargura;
Quiero con triste y doloroso canto
Acompañar la acerba desventura
De una mujer, del Cielo la alegría,
Que hoy sufre en soledad dura agonía…

Vedla…, vedla… Del Gólgota en la cumbre,
Humilde y dolorida está de hinojos;
Del sol poniente el pálido vislumbre
Viene a bañarla en sus fulgores rojos.
Mustia, apagada la celeste lumbre
De sus hermosos y divinos ojos,
Al alto los dirige, y solitaria
Murmura en su dolor triste plegaria.

¡Cuánto ha sufrido! En su serena frente
Dejó el dolor inextinguible huella;
Se ocultó su sonrisa, y tristemente
Silencio de dolor sus labios sella;
De su llanto de fuego la corriente
Dejó surco profundo en su faz bella,
Y con el lirio de los valles triste
Su hermoso rostro de dolor se viste.

¡Cuánto ha sufrido! Por martirio tanto
Su amante corazón está oprimido,
Que ni siquiera puede en su quebranto
Exhalar ni un sollozo ni un gemido;
Secas están las fuentes de su llanto,
Que á torrentes sus ojos lo han vertido:
Ni suspira ni llora; resignada
En su inmenso dolor está abismada.

Vio a su Jesús morir, vio su amargura.
Vio su pasión, su angustia, su tormento,
Le vio subir del Gólgota a la altura
Y el sacrificio consumar sangriento.
—¡Oh heroísmo sin par!, oh desventura!
¡Oh abnegación sublime!, ¡oh sentimiento!
¿Qué fuerza superior te sostenía
¡Para que no murieses, oh María!

Y le viste expirar; su cuerpo inerte
Entre tus brazos tiernos estrechaste,
Y su semblante, que veló la muerte
Con tu llanto purísimo regaste.
Sus manos, su cabeza, ¡oh Madre fuerte.
Con cuanta pena y cuanto amor besaste!
¡Ah! ¡Cuántas veces a su roto pecho
Juntaste el tuyo de dolor deshecho!

¡Pobre madre! ¡Martirio prolongado!
¿Quién sufriera tormento tan impío?
Ni aun el cadáver ve del Hijo amado.
Que se le oculta ya el sepulcro frío.
Sin luz y sin ventura se ha quedado.
Sola con su dolor, mudo y sombrío;
Doquier que vuelve los nublados ojos
Halla amargura, soledad y abrojos.

¡Pobre Madre! Su pecho un solo instante
Hallar no puede la quietud perdida;
Anda en las sombras de la noche errante
Buscando su consuelo dolorida.
Mil veces llama a su Jesús amante
Con voz penetrante y afligida:
— “¿Dónde estás, Jesús mío, dice; dónde?”
Y solo el eco a su clamor responde.

“¿No miras mi dolor, Hijo adorado?
Ven, mi Jesús, mi corazón te llama;
Ven, ven, que sin ventura me he quedado;
Consuela el mal de quien te llora y ama”.
Lleva el aura su acento acongojado
Cuando así dice y suspirando clama;
Y la responde a su infeliz lamento,
“Sola”, diciendo, el murmurar del viento.

¡Sola! ¿Dónde encontrar podrá consuelo
A su penar acerbo y prolongado?
Si mira con amor el bajo suelo.
Todo aumenta la angustia de su estado;
Si mira con ternura al alto cielo,
Le encuentra a su gemir mudo y cerrado;
Murió Jesús, y los que el Cielo moran
La muerte de su Dios tan solo lloran.

“¡Sola!” ¡Cuánto dolor, Madre afligida!
Sola en la situación más horrorosa;
Sola, y la prenda de tu amor querida
Muerta de muerte fiera y afrentosa!
¿Y aun puedes alentar? ¿Y aun tienes vida?
Te niega el Cielo muerte venturosa
Que a otros mártires da; tú, ¡oh Madre!, vives
Y martirio más grande así recibes.

Oh, sí, Jerusalén; la ciudad santa.
Delicias del Señor, un tiempo pura,
Cual fantasma precito se levanta
Entre la niebla de la noche oscura;
Y en torno, con horror que el alma espanta,
Se oye una voz que baja del altura
Diciendo aterradora y condolida:
“¡Jerusalén! ¡Jerusalén! ¡Deicida!”

Y María la escucha, y a su acento
Rasgar su corazón, morirse siente;
La voz es amenaza y es lamento
Por verdugos y víctima inocente:
Sin igual es su doble sentimiento
Por el Dios muerto y la deicida gente;
Es tu Hijo Dios; y ¡oh Madre de dolores!
También tus hijos son sus matadores.

¡Ah sin segundo, atroz; tormento horrible
(Aquí se hiela el corazón de espanto)
Comprender tu amargura es imposible;
Se abisma el alma en mares de quebranto;
Al humano lenguaje es indecible;
¿Cómo pudiste, Madre, sufrir tanto?
¿Ser también hijos tuyos los impíos,
Los malditos del Cielo, los judíos?

Lo quiso Dios. En el postrer momento,
Cuando de tu Jesús el alma huía.
En la cima del Gólgota sangriento.
Allí a la vista de la turba impía,
Oíste de su voz el dulce acento.
Que moribundo y triste te decía
Aumentando tu pena y tus dolores:
“Mujer, sé Madre tú de pecadores”.

¿Y qué fuera sino mujer bendita;
Sin ser tú Madre del mortal, qué fuera?
¿Quién del Cielo la cólera infinita
Y el brazo airado detener pudiera?
Pero en la tierra do el pecado habita
Naciste tú, celeste medianera,
Para ser entre Dios y la criatura
El lazo de la paz y la ventura.

Y ahora sola te ves; sola sufriendo
Lo que nadie sufrió, pobre María;
Donde volver tus ojos no teniendo.
Ni en quien calmar tu pena y agonía.
Al meditar en tu martirio horrendo
El alma se estremece, Madre mía,
Y se asombra al mirarte, Virgen pura,
Coloso de la humana desventura.

Y sola, en una tierra mancillada.
Con un delirio horrendo, entre insensible
Gente cuya dureza despiadada
Hace tu situación aun más horrible;
Entre la soledad más angustiada,
Con la pena y dolor más indecible.
Te oigo exclamar con voz que da agonía;
¡Mirad si hay pena cual la pena mía!

No la hay, ¡oh Madre!, no; ¿qué alma de hielo
No se enciende al mirar tu pecho herido?
¿Qué corazón, al ver tu desconsuelo.
No se siente de angustias oprimido?
¿Qué ojos te miraran, oh luz del Cielo,
Que llanto no derramen dolorido?
¿Quién habrá, Madre tierna, que te mire
Y con amarga pena no suspire?

¡Ah! Deja, Madre, que tus hijos fieles
Acompañen el tuyo con su llanto;
Deja que contemplemos tus crueles
Angustias y tu fúnebre quebranto.
Para que en tus pesares te consueles
Nada puede mi bajo, indigno canto;
Más déjame llorar a tu memoria,
Porque llorar tus penas es mi gloria.

Y hoy que te miro triste, desolada,
Hoy más te adoro, Madre de amargura;
Hoy todos, con el alma traspasada.
Lloramos tu dolor y desventura;
Hoy te vemos doliente, atribulada.
En soledad sombría, Virgen pura,
Y con el alma de ternura llena
Templar queremos tu profunda pena.

                   Francisco Sánchez de Castro

Imagen: Virgen de la Soledad de Zamora (Foto: Santiago Fernández). Cartel anunciador del Quinario de la Santísima Virgen de la Soledad, 2015.

A la Soledad (en su tránsito de la noche del Viernes)

A la Soledad (en su tránsito de la noche del Viernes)

Déjame ser el pañuelo
en tu mano de azucena
para enjugar tu llanto.

Y ser la cera encendida
en esta noche tremenda
de soledad, alumbrando
el silencio de las sombras
y el silencio de tus pasos.

Déjame ser el incienso
para perfumar el aire.
Y amapola. Y rosa. Y nardo.

Y déjame ser el viento.
Y torrente. Y lluvia. Y trueno.
Y convertirme en tormenta
rugiente, por tu calvario,

Y de tus pies la sandalia.
Y déjame ser el árbol,
que dé sombra a tu camino
y a tu caminar descanso.

Déjame ser en tu herido
corazón, consuelo,
haciendo mío tu dolor
y ese reposado llanto…

                      José Rodríguez Batllori. Abril de 1982.

Imagen: Nuestra Señora de la Soledad de la Portería. Iglesia de San Francisco de Asís, Las Palmas de G.C. (Foto: José Ubay)

A María, en su soledad

A la Virgen de la Soledad

Estoy delante de Ti,
Virgen pura y sacrosanta,
y al considerarme aquí,
no sé lo que pasa en mí
ni acierto a mover la planta.

Yo no sé quién me ha traído
a este lugar solitario;
sólo sé que, conmovido,
hoy tus huellas he seguido
hasta el monte del Calvario.

Pero tan turbado estoy
al vernos aquí los dos,
que enojos, pienso, te doy,
siendo yo, Virgen, quien soy,
y Tú, la Madre de Dios.

Y mi corazón en llanto
se mire al punto deshecho
viendo tan duro quebranto.
¡Oh, Madre! ¡Bajo tu manto
hallará alivio mi pecho!

Tú también lloras, María;
y este llanto que derramas
diciendo está al alma mía
que eres Tú la que me llamas
a llorar en tu agonía.

¡Sí! Que cuando en orfandad
tu pecho angustiado llora,
fuera impía crueldad,
en tu amarga soledad,
abandonarte, Señora.

Por eso, aunque con temor,
vengo a pedir tu licencia,
¡oh, Madre del Redentor!,
para llorar mi dolor,
Virgen pura, en tu presencia.

Yo bien sé que indigno soy
de venir a hablar contigo;
mas, de tus pies no me voy
si cuenta fiel no te doy
del hondo pesar que abrigo.

Aquí tienes al autor
de tus dolores, María:
¡el que, ingrato pecador,
te robó tu dulce amor,
tu contento y alegría!

Y soy aquél que, inhumano,
sacrílego y homicida,
clavó en madero villano
al Redentor soberano
que es el autor de la vida.

Mis pecados son, Señora,
los que alzaron esta Cruz
que sangre de un Dios colora,
y dieron muerte traidora
al inocente Jesús.

Pues tú la ofendida eres,
y yo el reo y criminal;
haz, Virgen, lo que quisieres
con el más vil de los seres
que es la causa de tu mal.

Mas, tu llanto de agonía
me está diciendo en tu faz,
que aunque mi culpa es impía,
no eres Tú mi juez, María,
sino ángel de amor y paz.

Hoy a tu Bien has perdido;
mas no puedes olvidar
que el amor al hombre ha sido
el que en sangre ha vertido
de la Cruz en el altar.

Y aunque mis pecados
son la causa de tus dolores,
Tú me darás tu perdón,
cual lo dio en la Redención
Jesús a los pecadores.

Tú le escuchaste, al morir,
para sus verdugos mismos
perdón al Cielo pedir,
cuando pudo confundir
su maldad en los abismos.

Y, en Ti, con ansioso afán
sus amantes ojos fijos,
Madre haciéndote de Juan,
te dio en adopción, por hijos,
los pobres hijos de Adán.

Vuelve a mí, Virgen María,
vuelve tus ojos de amor,
pues que Dios en este día
me dejó por madre mía
la Madre del Redentor.

Yo bien quisiera poder
aliviar tu corazón
de tan duro padecer;
pero es muy pobre mi ser,
y muy grande tu aflicción.

Sé que no puedo aliviar,
Madre, tus fieros dolores;
mas, quiero a tus pies estar
para contigo llorar
al Hijo de tus amores.

Yo, llorando arrepentido
las culpas que cometí,
lograré el perdón que pido,
por la sangre que ha vertido
un Dios que ha muerto por mí.

Y Tú, llorando afligida
a tu dulcísimo Bien
que murió por darnos vida,
dulcificará tu herida
vernos gozar de aquel bien.

Pide al Cielo, Madre mía,
tenga nuestro corazón
horror a la culpa impía,
y la sangre de este día
nos sirva de salvación.

Pídele, Madre y Señora
del pecador, esperanza;
pues, una Madre que llora
por el Hijo a Quién implora,
los imposibles alcanza.

Y haz, que el triste y desgraciado
que llora aquí, Madre mía,
perdone Dios sus pecados,
por haber acompañado
la Soledad de María.

            Francisco Pareja de Alarcón.

* * *

A los pies de la Paloma

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A los pies de la Paloma 

Dios te salve María
llena eres de Gracia
sálvame tú, madre mía
y me libres de toda desgracia.
El Señor es contigo,
y bendita tú eres,
quiera Dios que estés,
siempre conmigo,
si el dolor o la pena, me hiere.

Bendito tu sea aquel hijo,
que en Belén le cantaste la nana
mientras le dabas cobijo,
y era un sol al nacer la mañana.
Junto a la luna y la estrella
eres Madre, la rosa más bella,
porque bendita tu eres,
entre todas…
entre todas las… las mujeres.

Sé tú mi vida y dulzura,
para aliviar mis pesares,
y yo elevaré a tu altura,
el nardo de mis cantares.

Y si lo quiere mi suerte,
y a mi vida un cariño se asoma,
tuya sería hasta la muerte,
virgencita…
virgencita de… la Paloma.

(Ochaíta, Valerio y Solano)

A los pies de la Paloma – Marisol Reyes