Virgen de la Soledad de la calle de la Paloma

Milagro de la Virgen de la Paloma

A vos soberana Madre
virgen, jazmín y azucena
sol radiante en claro día
vida y esperanza nuestra.
A vos, única pastora
para guiar las ovejas
por el camino de gracia
do se alcanza gloria eterna.
A vos preciosa Paloma
de gracia y pureza llena
os pido ilustréis mi numen
para escribir la grandeza
de vuestras sacras virtudes,
vuestra suma omnipotencia,
vuestro candoroso amor
y prodigiosa clemencia,
pues es justo tributemos
a la milagrosa perla
los dones que a profusión
reparte su mano bella.
La fama a vece pregona
por villas, pueblos y aldeas
ciudades y promontorios
de la insigne y culta Iberia
que en Madrid hay una Virgen
tan milagrosa y tan bella
que se cuentan sus prodigios
tantos como las estrellas;
cura males radicales,
sin que jamás aparezcan.
Da vista al ciego remoto,
al tullido le da fuerza,
el manco y cojo disfrutan
de los brazos y las piernas.
Da treguas al moribundo
cura el dolor de la jaqueca
quita el mal del corazón
del estómago y las muelas,
sostiene el roedor cáncer,
cura las llagas, gangrenas,
males de pasmo y de fiebre,
de mordeduras y orejas,
del pecho y de las espaldas,
de los costados y piernas;
y al fin al sordo da oído
y al mudo palabra entera.
Esta imagen venerada
de Madrid pródiga estrella
da curación a los males
siempre que el fervor merezca
aplicar su bella mano
sobre el alma que le ruega.
Para alcanzar esta gracia
de la celestial princesa
es preciso prepararse
con tanta fe y  entereza
que el alma del pecador
ha de aparecer tan bella
y limpia de toda culpa
como el día que naciera.
Es preciso la atrición
y acompañada con esta
un dolor de contrición
y un fervor sin competencia.
Es preciso que la voz
Que nuestra lengua profiera
nos salga del corazón
llena de amor, de fe y pena.
Es preciso que tan blanca
tenga el alma el que la ruega
para alcanzar esta gracia
como el nombre que veneran…

              Joaquín Hazañas

“Reciente Milagro que ha hecho la virgen de la Soledad de la calle de la Paloma…” (1840)

* * *

La Virgen de la Paloma (una mirada al pasado)

La soledad de la Virgen

La soledad de la Virgen

La Virgen sacrosanta, antes de retirarse del sepulcro, bendijo la sangrada losa, diciendo así: Piedra afortunada, que ahora encierras al que yo tuve dentro de mis entrañas, te bendigo mil veces, y te encargo le guardes cuidadosamente. Después, alzando al cielo la voz y los afectos del alma, dijo así: Padre celestial, en vuestras manos queda este divino tesoro, Hijo de vuestras complacencias e Hijo de mi corazón. Mira de nuevo el sepulcro, se despide otra vez del Hijo querido, y se vuelve con aquel triste acompañamiento, tan llorosa y tan desolada, que movió a lágrimas a muchos de los que la vieron pasar, y los mismos discípulos y personas del séquito lloraban ya más de la pena y quebranto de la Madre, que de la muerte del Señor. Las piadosas mujeres le echaron encima un manto negro, y al pasar por delante de la cruz, bañada todavía con la preciosa sangre, se postró en tierra, y fue la primera criatura que adoró aquel santo madero, diciendo de este modo:

¡Santísima Cruz! Yo te adoro y beso devotamente, pues ya no eres leño infame, sino trono de amor y altar de misericordia, consagrado con la sangre del Cordero que quita los pecados del mundo, sacrificado en ti por la salud del género humano. Luego que llegó a su pobre morada, volvió a todos lados la vista, y no viendo a su dulcísimo Hijo, se le representaron vivamente los hechos y ejemplos de vida tan santa, la dulce memoria de aquella noche gloriosa de su sagrado nacimiento, los regalados abrazos que le dio en su seno maternal, las conversaciones íntimas y suaves por tantos años en la casa de Nazareth, el tierno amor con que mutuamente se correspondían, las miradas amorosas y las palabras de vida eterna que salían de su boca divina.

Pero después se le volvió a renovar con mayor sentimiento y viveza la dolorosa tragedia de aquel triste día, los clavos, espinas y llagas profundas, las carnes despedazadas, los huesos descarnados, la boca sedienta, y los ojos obscurecidos y muertos. ¡Qué noche tan amarga! Preguntaba al amado discípulo: Juan, ¿dónde está tu divino Señor y Maestro? Preguntaba a la Magdalena: Hija, ¿dónde está tu amado? ¿Quién nos ha quitado nuestro único bien? ¿Quién nos ha puesto en tan amarga soledad? Lloran sus ojos virginales, lloran todos con ella. Y tú, alma, ¿qué haces? Dile, por fin: Señora, yo soy quien debo llorar, y no vos; yo soy el reo, y vos inocente. Permitidme que siquiera os acompañe en vuestro llanto y soledad: Fac ut tecum lugeam. Vuestras lágrimas nacen de amor. Broten las mías de la fuerza del dolor y arrepentimiento de mis pecados. Estos y otros afectos semejantes le has de decir con los labios y el corazón.

* * *

Oración

Madre dolorosa, tenga yo la dicha de acompañaros en vuestras penas juntando con vuestras lágrimas las mías, con memoria continua y tierna devoción de la Pasión de Jesús y la vuestra, para que en llorar vuestros dolores y los suyos ocupe y consagre todo el tiempo que me resta de vida, esperando confiadamente que en la hora de mi agonía ellos me darán fuerza y aliento para no desesperar de mi salvación avista de los muchos pecados con que tengo a Dios ofendido. Por los dolores de uno y otro confío alcanzar perdón, perseverancia y gloria, donde con vos. Madre amorosa, cantaré para Siempre las misericordias de Dios.

San Alfonso María de Ligorio

Imagen: “Virgen de la Soledad”, óleo sobre lienzo de Vicente López y Portaña (1840)

Meditación de la soledad de María

Meditación de la soledad de María

(Preámbulo: “Stabat Mater”)

“Stabat mater dolorosa,
juxta crucem lacrimosa”

Estaba la Dolorosa,
junto al leño de la Cruz.
¡Qué alta palabra de luz!
¡Qué manera tan graciosa
de enseñarnos la preciosa
lección del callar doliente!
Tronaba el cielo rugiente.
La tierra se estremecía.
Bramaba el agua… María
estaba, sencillamente.

(Composición de lugar)

Palidecidas las rosas
de tus labios angustiados;
mustios los lirios morados
de tus mejillas llorosas;
recordando las gozosas
horas idas de Belén,
sin consuelo ya y sin bien
que sus soledades llene…
¡miradla por donde viene,
hijas de Jerusalén!

(Meditación)

Virgen de la Soledad:
Rendido de gozos vanos,
En las rosas de tus manos
Se ha muerto mi voluntad.
Cruzadas con humildad
En tu pecho sin aliento,
La mañana del portento,
Tus manos fueron, Señora,
La primera cruz redentora:
La cruz del sometimiento.

Como tú te sometiste,
Someterme yo quería:
Para ir haciendo mi vía
Con sol claro noche triste.
Ejemplo santo nos diste
Cuando, en la tarde deicida,
Tu soledad dolorida
Por los senderos mostrabas:
Tocas de luto llevabas,
Ojos de paloma herida.
La fruta de nuestro bien
Fue de tu llanto regada:
Refugio fueron y almohada
Tus rodillas, de su sien.
Otra vez, como en Belén,
Tu falda cuna le hacía,
Y sobre Él tu amor volvía
A las angustias primeras…
Señora: si tú quisieras
Contigo lo lloraría.

(Coloquio) 

Por tu dolor sin testigo,
Por tu llanto sin piedades,
Maestra de soledades,
Enséñame a estar contigo.
Que al quedarte Tú conmigo,
Partido ya de tu vera
El hijo que en la madera
De la Santa Cruz dejaste,
Yo sé que en Tí lo encontraste
De una segunda manera.

En mi alma, Madre, lavada
De las bajas suciedades,
A fuerza de soledades,
Le estoy haciendo morada.
Prendida tengo y colgada
Ya mi cámara de flores.
Y a humear por los alcores
Por si llega el peregrino
He soltado en mi camino
Mis cinco perros mejores.

Quiero yo que el alma mía,
Tenga, de sí vaciada,
Su soledad preparada
Para la gran compañía.
Con nueva paz y alegría
Quiero, por amor, tener
La vida muerta al placer
Y muerta al mundo, de suerte
Que cuando venga la muerte
La quede poco que hacer.

(Oración final)

Pero en tanto que Él asoma,
Señora, por las cañadas,
—¡por tus tocas enlutadas
y tus ojos de paloma!—
recibe mi angustia y toma
en tus manos mi ansiedad.
Y séame, por piedad,
Señora, del Mayor Duelo,
tu soledad sin consuelo
consuelo en mi soledad.

        José María Pemán

Alma cautiva (a la Virgen de la Soledad de la Portería)

Creo estar leyendo en tus ojos, tan expresivos y serenos—¡oh dulce María!—el salmo tan infantil y medroso que Eva, niña como tú porque empezaba a vivir, dejaría caer a las puertas del perdido Paraíso.
Aún lleva, como tu alma, calor tibio de divinas manos; y zumbido sonoro de la voz del Altísimo, a la manera del que produce una abeja cuando se desprende del corazón de una flor, o la cuerda de violín que pone punto final a una sonata de Primavera.
La tristeza de tu mirada—¡oh dulce, Dulce María!—no es tristeza nacida del contacto con las cosas de este mundo; es, como la tristeza original que floreció en las pupilas de la madre Eva a las puertas del Paraíso, añoranza de un infinito bien temporalmente perdido.
¡Alma—tu alma—cautiva en linda figura de muñeca—tu cuerpo—que se asoma a derramar su pena por las ventanas de tus ojos tan expresivos y serenos!
Haber, ha muy poco, sido aliento divino y sentir la aspereza del barro, gran melancolía y desvanecimiento espiritual debe producir.
No quisiera que alegría de torrente formara cantarines ríos en el borde de tus ojos. Más me gustan así, tristes, porque ello pregona que aún miran hacia la Luz y no hacia estas tinieblas mal alumbradas cuyas luces alegran con alegría artificiosa y perecedera.

Francisco de Vega (1947)

* * *

Nuestra Señora de la Soledad de la Portería, leyenda dorada

Himno a la Virgen de la Soledad de la Paloma

Himno a la Virgen de la Paloma 

Oh, Virgen de la Paloma,
Madre de la Soledad,
con fervor Madrid entona
este canto a su Señora,
la Virgen más popular;
con fervor Madrid entona
este canto a su Señora,
la virgen más popular.

A tus pies, Madre querida,
nuestros hijos te ofrecemos
que tu mano generosa
les proteja desde el cielo.

Oh, Virgen de la Paloma,
Madre de la Soledad,
con fervor Madrid entona
este canto a su Señora,
la Virgen más popular;
con fervor Madrid entona
este canto a su Señora,
la virgen más popular.

Salve, Reina de los Cielos,
Virgen santa madrileña,
eres tú nuestro consuelo,
nuestra Madre verdadera.

Oh, Virgen de la Paloma,
Madre de la Soledad,
con fervor Madrid entona
este canto a su Señora,
la Virgen más popular;
con fervor Madrid entona
este canto a su Señora,
la virgen más popular.

               F. Palazón

* * *

Al pañuelo de la Virgen

Al pañuelo de la Virgen

Yo la he visto, Virgencita
como temblaba en tus dedos
la batista blanca y fina
de tu pañuelo.
Como en suave caricia
venía a besarla el viento
y dejaba entre su trama
la fragancia de su beso.

Yo he visto como guardaba
un suspiro de tu pecho
la batista blanca y fina
de tu pañuelo,
y un tulipán de tu trono
con cáliz de terciopelo
anhelando aquel suspiro
lloraba de sentimiento.

Yo he visto como una lágrima
la esperaba con deseos
la batista blanca y fina
de tu pañuelo,
mientras un clavel sangraba
por sus pétalos abiertos
el aroma de su vida
para llevarte consuelo.

Y yo tenía mucha envidia
de las caricias del viento
del tulipán de tu trono
y de aquel clavel abierto,
porque los tres me robaban
todo cuanto yo había puesto
en la tela blanca y fina
de tu pañuelo.

         Federico Acosta

Imagen: Nuestra Señora de la Soledad de la Portería Coronada, Las Palmas de Gran Canaria.

Madre y Virgen. Tríptico de Sonetos de la Coronación de Nuestra Señora de la Portería

Madre y Virgen

… Y la virgen sigue sola…

Un camino encharcado, una lluvia torrencial, viento, frío, tormenta… Una mujer camina por él. Está cubierta por un gran manto negro. Va descalza. Las zarzas y las hierbas del camino se abalanzan sobre sus pies como si quisieran besarlos, apartándose después para dejarla paso. Parece que no roza el suelo.

Su rostro apenas se ve; es como si la cubriese un velo, pero no, nada lo tapa. Anda despacio, muy despacio, y lleva las manos, unas manos largas delgadas y blancas, cruzadas sobre el pecho.

Esta mujer viene de ver morir a su hijo. Ha visto como le pegaban, azotaban, escupían: ha visto cómo lo mataban. Y no llora. Esta mujer es madre y es virgen. Es la Virgen, y va sola.

El pelo que se escapa del manto danza empujado por el viento, alrededor de su cabeza, y con sobrehumano poder deja de ser cabello para convertirse en corona, en corona de espinas. Los poros de la frente se van abriendo, abriendo, como si de capullos primaverales se tratara, y por ellos van penetrando las púas largas y afiladas que hacen brotar sangre, sangre roja, ardiente, enfurecida, que se deja resbalar dulcemente besando los negros cabellos y la piel pálida de esta mujer que no llora y qué va sola.

Su dolor es tan grande, que en espesa cortina se alza a los aires y, como vidrio celestial, cae sobre ella protegiéndola de la lluvia, del viento, de la tormenta…

Y no llora… y va sola…

Se acuerda de la Lanzada, y un lamento de muerte, formado en las entrañas de la tierra, sale al exterior e impulsado por fuerzas del más allá quiebra el cristal que la cubre, ciñéndose en torno a su garganta, a la cual oprime hasta cerrarla. En contra de él, un sollozo la abre y se escapa rasgando el manto de silencio que se ha formado en la noche.

El camino desciende, pero los pies de la virgen pisan el viento y subiendo por escalera de estrellas se pierde en una nube, que la acoge escondiéndola del mundo que siempre la deja sola.

Y aún está allí, esperando que alguien vaya a decirla:

—Mamá, llora, no dejes que tu dolor caiga en el gran abismo de tu corazón. Mamá, llora, que ahora… ya no estás sola.

Mayer (Diario de Las Palmas, 18 de marzo de 1964. Víspera de la Coronación de Nuestra Señora de la Portería).

* * *

Tríptico de Sonetos de la Coronación de Nuestra Señora de la Portería

I

La muy noble y leal ciudad mariana
Se congrega al amor de tu casona
Y el oro del fervor se hace corona
Para ceñir tu frente soberana.

La visión de la reina castellana
En la isla se encuentra y perfecciona
Y a través de los siglos lo pregona
La humilde portería franciscana.

De aquella franciscana portería
Nació la portentosa romería
Que lleva hasta tu altar honda plegaria

Y mira el rutilar de tu diadema
En donde brilla la encendida gema
Del corazón de la ciudad canaria.

II

VIRGEN de la ciudad, madre del llanto,
Arrebujada en luto y desconsuelo
Y en las manos la nieve del pañuelo,
Seguimos tu camino el Viernes Santo.

Junto a tu soledad, junto a tu manto
Que cobija el dolor de nuestro anhelo.
Va la ciudad llorando su desvelo,
Va la ciudad vertida en tu quebranto.

Cairasco —lyricen et vates— cante
En su esdrujúleo “Templo Militante”
La epifanía de tu sien ceñida

Por la regia corona que Las Palmas
Cinceló con el oro de sus almas
Para hacerte su reina dolorida.

III

¿VIRGEN de Soledad dice la gente,
Y estás siempre de amor acompañada?
¡Si es que Las Palmas siente, enamorada,
Que es de ti soledad estar ausente!

Juntos en soledad estás presente
Siendo luz invisible y voz callada
Que alumbra y grita, si la sombra errada
En soledad nos turba carne y frente.

Nuestra ciudad mariana y grancanaria,
En soledad contigo, solitaria
No está de tu materna compañía.

Juntos en soledad reza y espera
Que seas de otra Puerta compañera,
Nuestra Señora de la Portería.

                           Ignacio Quintana Marrero

La Coronación Canónica de Nuestra Señora de la Soledad de la Portería tuvo lugar en la Catedral de Santa Ana de Las Palmas de Gran Canaria el 19 de marzo de 1964, jueves de Pasión y festividad de San José.

A la Virgen María en su soledad

A la Virgen María en su soledad

Tórtola herida que con dulces trinos
Cuentas al bosque tu mortal congoja,
Flor azotada por el cierzo crudo,
Inocente paloma:

¿Quién al mirarte solitaria y triste
Cabe el sepulcro en que tu amor reposa?
¿Quién no golpea su rebelde pecho
Y tus angustias llora?

Virgen bendita, manantial de amores,
Por mí te encuentras lacerada y sola;
Por mí la espada del dolor acerbo
Tu corazón destroza.

Fueron mis culpas el amargo cáliz
Que tuvo que apurar, hasta la hora
En que rindió a la muerte su cabeza
En la cumbre del Gólgota.

Mis culpas aguzaron las espinas;
Mis culpas incitaron a la tropa
De sus torpes verdugos; yo su pecho
Rasgué con furia loca.

Déjame, Madre, que contigo llore;
Permite que mi sangre pecadora
Purifique besando enloquecido
De tu manto la orla.

            Isidoro Macabich (marzo de 1907)

Despedida de la Santísima Virgen

Despedida de la Santísima Virgen

Oye, alma, la tristeza
y la amarga despedida,
que la madre de pureza
hizo de Jesús, su vida,
postrada ante su grandeza.

Contempla cuán dolorida
nuestra Madre Soberana,
llorando la despedida
del hijo de sus entrañas,
de esta suerte le decía:

—Adiós, Jesús amoroso,
adiós, claro sol del alba,
adiós, celestial esposo,
de mi virginidad palma,
de mi seno fruto hermoso.

Adiós, lucero inmortal,
adiós, lumbre de mis ojos,
que me dejas, cual rosal
entre espinas y entre abrojos
y en una pena mortal.

Hijo, que a morir te vas,
adiós, fin de mis suspiros,
no te olvidaré jamás,
pues nací para serviros
y para penar no más.

Hijo, si en amargo llanto
se queda mi corazón,
sufra yo el duro quebranto
de mi triste situación
con paciencia y dolor santo.

De dolor acongojada
quedó la Virgen María,
pero un tanto recobrada.
Y exclamó con energía
en su alma dolorida:

Dejarte no puede ser,
aunque no tenga valor.
Soy Madre y soy mujer
y moriré por tu amor
si me dejas escoger.

                           Cancionero religioso tradicional

Imagen: “The Mother Of Christ”, óleo por Piotr Stachiewicz.

A la Virgen de la Soledad

A la Virgen de la Soledad

Virgen de la Soledad,
paloma de muerte herida,
permite que en mi orfandad
llegue a ofrecerte mi vida.

Quiero recoger tu llanto
con besos del alma mía;
quiero esconderme en tu manto
de negra melancolía;

Quiere pedirte mi labio
piedad y perdón, Señora,
y ofrecerte en desagravio
un corazón que te adora;

Quiero contemplar tus ojos
que enturbió la desventura,
y a tus pies caer de hinojos
adorando tu amargura.

Para alegrar tus dolores
tus altares adornaron,
y al verte tristes las flores
de pena se marchitaron.

Desmayó del sol la lumbre,
reinó un silencio profundo,
e insólita pesadumbre
se extendió por todo el mundo;

Y las notas de mi lira
que hasta tu altar ascendieron,
en tu boca que suspira
temblorosas se escondieron.
…….
Madre de inmensa piedad,
a quien con el alma adoro,
Virgen de la Soledad,
¡yo también contigo lloro!

                    Luisa García