La Soledad de María (poema)

La Soledad de María

Attendite et videte si est dolor
sicut dolor meus

Dame tu inspiración, profeta Santo;
Préstame de tu canto la dulzura;
Quiero llorar con el doliente llanto
Que de Sión lloraste la amargura;
Quiero con triste y doloroso canto
Acompañar la acerba desventura
De una mujer, del Cielo la alegría,
Que hoy sufre en soledad dura agonía…

Vedla…, vedla… Del Gólgota en la cumbre,
Humilde y dolorida está de hinojos;
Del sol poniente el pálido vislumbre
Viene a bañarla en sus fulgores rojos.
Mustia, apagada la celeste lumbre
De sus hermosos y divinos ojos,
Al alto los dirige, y solitaria
Murmura en su dolor triste plegaria.

¡Cuánto ha sufrido! En su serena frente
Dejó el dolor inextinguible huella;
Se ocultó su sonrisa, y tristemente
Silencio de dolor sus labios sella;
De su llanto de fuego la corriente
Dejó surco profundo en su faz bella,
Y con el lirio de los valles triste
Su hermoso rostro de dolor se viste.

¡Cuánto ha sufrido! Por martirio tanto
Su amante corazón está oprimido,
Que ni siquiera puede en su quebranto
Exhalar ni un sollozo ni un gemido;
Secas están las fuentes de su llanto,
Que á torrentes sus ojos lo han vertido:
Ni suspira ni llora; resignada
En su inmenso dolor está abismada.

Vio a su Jesús morir, vio su amargura.
Vio su pasión, su angustia, su tormento,
Le vio subir del Gólgota a la altura
Y el sacrificio consumar sangriento.
—¡Oh heroísmo sin par!, oh desventura!
¡Oh abnegación sublime!, ¡oh sentimiento!
¿Qué fuerza superior te sostenía
¡Para que no murieses, oh María!

Y le viste expirar; su cuerpo inerte
Entre tus brazos tiernos estrechaste,
Y su semblante, que veló la muerte
Con tu llanto purísimo regaste.
Sus manos, su cabeza, ¡oh Madre fuerte.
Con cuanta pena y cuanto amor besaste!
¡Ah! ¡Cuántas veces a su roto pecho
Juntaste el tuyo de dolor deshecho!

¡Pobre madre! ¡Martirio prolongado!
¿Quién sufriera tormento tan impío?
Ni aun el cadáver ve del Hijo amado.
Que se le oculta ya el sepulcro frío.
Sin luz y sin ventura se ha quedado.
Sola con su dolor, mudo y sombrío;
Doquier que vuelve los nublados ojos
Halla amargura, soledad y abrojos.

¡Pobre Madre! Su pecho un solo instante
Hallar no puede la quietud perdida;
Anda en las sombras de la noche errante
Buscando su consuelo dolorida.
Mil veces llama a su Jesús amante
Con voz penetrante y afligida:
— “¿Dónde estás, Jesús mío, dice; dónde?”
Y solo el eco a su clamor responde.

“¿No miras mi dolor, Hijo adorado?
Ven, mi Jesús, mi corazón te llama;
Ven, ven, que sin ventura me he quedado;
Consuela el mal de quien te llora y ama”.
Lleva el aura su acento acongojado
Cuando así dice y suspirando clama;
Y la responde a su infeliz lamento,
“Sola”, diciendo, el murmurar del viento.

¡Sola! ¿Dónde encontrar podrá consuelo
A su penar acerbo y prolongado?
Si mira con amor el bajo suelo.
Todo aumenta la angustia de su estado;
Si mira con ternura al alto cielo,
Le encuentra a su gemir mudo y cerrado;
Murió Jesús, y los que el Cielo moran
La muerte de su Dios tan solo lloran.

“¡Sola!” ¡Cuánto dolor, Madre afligida!
Sola en la situación más horrorosa;
Sola, y la prenda de tu amor querida
Muerta de muerte fiera y afrentosa!
¿Y aun puedes alentar? ¿Y aun tienes vida?
Te niega el Cielo muerte venturosa
Que a otros mártires da; tú, ¡oh Madre!, vives
Y martirio más grande así recibes.

Oh, sí, Jerusalén; la ciudad santa.
Delicias del Señor, un tiempo pura,
Cual fantasma precito se levanta
Entre la niebla de la noche oscura;
Y en torno, con horror que el alma espanta,
Se oye una voz que baja del altura
Diciendo aterradora y condolida:
“¡Jerusalén! ¡Jerusalén! ¡Deicida!”

Y María la escucha, y a su acento
Rasgar su corazón, morirse siente;
La voz es amenaza y es lamento
Por verdugos y víctima inocente:
Sin igual es su doble sentimiento
Por el Dios muerto y la deicida gente;
Es tu Hijo Dios; y ¡oh Madre de dolores!
También tus hijos son sus matadores.

¡Ah sin segundo, atroz; tormento horrible
(Aquí se hiela el corazón de espanto)
Comprender tu amargura es imposible;
Se abisma el alma en mares de quebranto;
Al humano lenguaje es indecible;
¿Cómo pudiste, Madre, sufrir tanto?
¿Ser también hijos tuyos los impíos,
Los malditos del Cielo, los judíos?

Lo quiso Dios. En el postrer momento,
Cuando de tu Jesús el alma huía.
En la cima del Gólgota sangriento.
Allí a la vista de la turba impía,
Oíste de su voz el dulce acento.
Que moribundo y triste te decía
Aumentando tu pena y tus dolores:
“Mujer, sé Madre tú de pecadores”.

¿Y qué fuera sino mujer bendita;
Sin ser tú Madre del mortal, qué fuera?
¿Quién del Cielo la cólera infinita
Y el brazo airado detener pudiera?
Pero en la tierra do el pecado habita
Naciste tú, celeste medianera,
Para ser entre Dios y la criatura
El lazo de la paz y la ventura.

Y ahora sola te ves; sola sufriendo
Lo que nadie sufrió, pobre María;
Donde volver tus ojos no teniendo.
Ni en quien calmar tu pena y agonía.
Al meditar en tu martirio horrendo
El alma se estremece, Madre mía,
Y se asombra al mirarte, Virgen pura,
Coloso de la humana desventura.

Y sola, en una tierra mancillada.
Con un delirio horrendo, entre insensible
Gente cuya dureza despiadada
Hace tu situación aun más horrible;
Entre la soledad más angustiada,
Con la pena y dolor más indecible.
Te oigo exclamar con voz que da agonía;
¡Mirad si hay pena cual la pena mía!

No la hay, ¡oh Madre!, no; ¿qué alma de hielo
No se enciende al mirar tu pecho herido?
¿Qué corazón, al ver tu desconsuelo.
No se siente de angustias oprimido?
¿Qué ojos te miraran, oh luz del Cielo,
Que llanto no derramen dolorido?
¿Quién habrá, Madre tierna, que te mire
Y con amarga pena no suspire?

¡Ah! Deja, Madre, que tus hijos fieles
Acompañen el tuyo con su llanto;
Deja que contemplemos tus crueles
Angustias y tu fúnebre quebranto.
Para que en tus pesares te consueles
Nada puede mi bajo, indigno canto;
Más déjame llorar a tu memoria,
Porque llorar tus penas es mi gloria.

Y hoy que te miro triste, desolada,
Hoy más te adoro, Madre de amargura;
Hoy todos, con el alma traspasada.
Lloramos tu dolor y desventura;
Hoy te vemos doliente, atribulada.
En soledad sombría, Virgen pura,
Y con el alma de ternura llena
Templar queremos tu profunda pena.

                   Francisco Sánchez de Castro

Imagen: Virgen de la Soledad de Zamora (Foto: Santiago Fernández). Cartel anunciador del Quinario de la Santísima Virgen de la Soledad, 2015.

A la Soledad (en su tránsito de la noche del Viernes)

A la Soledad (en su tránsito de la noche del Viernes)

Déjame ser el pañuelo
en tu mano de azucena
para enjugar tu llanto.

Y ser la cera encendida
en esta noche tremenda
de soledad, alumbrando
el silencio de las sombras
y el silencio de tus pasos.

Déjame ser el incienso
para perfumar el aire.
Y amapola. Y rosa. Y nardo.

Y déjame ser el viento.
Y torrente. Y lluvia. Y trueno.
Y convertirme en tormenta
rugiente, por tu calvario,

Y de tus pies la sandalia.
Y déjame ser el árbol,
que dé sombra a tu camino
y a tu caminar descanso.

Déjame ser en tu herido
corazón, consuelo,
haciendo mío tu dolor
y ese reposado llanto…

                      José Rodríguez Batllori. Abril de 1982.

Imagen: Nuestra Señora de la Soledad de la Portería. Iglesia de San Francisco de Asís, Las Palmas de G.C. (Foto: José Ubay)

A María, en su soledad

A la Virgen de la Soledad

Estoy delante de Ti,
Virgen pura y sacrosanta,
y al considerarme aquí,
no sé lo que pasa en mí
ni acierto a mover la planta.

Yo no sé quién me ha traído
a este lugar solitario;
sólo sé que, conmovido,
hoy tus huellas he seguido
hasta el monte del Calvario.

Pero tan turbado estoy
al vernos aquí los dos,
que enojos, pienso, te doy,
siendo yo, Virgen, quien soy,
y Tú, la Madre de Dios.

Y mi corazón en llanto
se mire al punto deshecho
viendo tan duro quebranto.
¡Oh, Madre! ¡Bajo tu manto
hallará alivio mi pecho!

Tú también lloras, María;
y este llanto que derramas
diciendo está al alma mía
que eres Tú la que me llamas
a llorar en tu agonía.

¡Sí! Que cuando en orfandad
tu pecho angustiado llora,
fuera impía crueldad,
en tu amarga soledad,
abandonarte, Señora.

Por eso, aunque con temor,
vengo a pedir tu licencia,
¡oh, Madre del Redentor!,
para llorar mi dolor,
Virgen pura, en tu presencia.

Yo bien sé que indigno soy
de venir a hablar contigo;
mas, de tus pies no me voy
si cuenta fiel no te doy
del hondo pesar que abrigo.

Aquí tienes al autor
de tus dolores, María:
¡el que, ingrato pecador,
te robó tu dulce amor,
tu contento y alegría!

Y soy aquél que, inhumano,
sacrílego y homicida,
clavó en madero villano
al Redentor soberano
que es el autor de la vida.

Mis pecados son, Señora,
los que alzaron esta Cruz
que sangre de un Dios colora,
y dieron muerte traidora
al inocente Jesús.

Pues tú la ofendida eres,
y yo el reo y criminal;
haz, Virgen, lo que quisieres
con el más vil de los seres
que es la causa de tu mal.

Mas, tu llanto de agonía
me está diciendo en tu faz,
que aunque mi culpa es impía,
no eres Tú mi juez, María,
sino ángel de amor y paz.

Hoy a tu Bien has perdido;
mas no puedes olvidar
que el amor al hombre ha sido
el que en sangre ha vertido
de la Cruz en el altar.

Y aunque mis pecados
son la causa de tus dolores,
Tú me darás tu perdón,
cual lo dio en la Redención
Jesús a los pecadores.

Tú le escuchaste, al morir,
para sus verdugos mismos
perdón al Cielo pedir,
cuando pudo confundir
su maldad en los abismos.

Y, en Ti, con ansioso afán
sus amantes ojos fijos,
Madre haciéndote de Juan,
te dio en adopción, por hijos,
los pobres hijos de Adán.

Vuelve a mí, Virgen María,
vuelve tus ojos de amor,
pues que Dios en este día
me dejó por madre mía
la Madre del Redentor.

Yo bien quisiera poder
aliviar tu corazón
de tan duro padecer;
pero es muy pobre mi ser,
y muy grande tu aflicción.

Sé que no puedo aliviar,
Madre, tus fieros dolores;
mas, quiero a tus pies estar
para contigo llorar
al Hijo de tus amores.

Yo, llorando arrepentido
las culpas que cometí,
lograré el perdón que pido,
por la sangre que ha vertido
un Dios que ha muerto por mí.

Y Tú, llorando afligida
a tu dulcísimo Bien
que murió por darnos vida,
dulcificará tu herida
vernos gozar de aquel bien.

Pide al Cielo, Madre mía,
tenga nuestro corazón
horror a la culpa impía,
y la sangre de este día
nos sirva de salvación.

Pídele, Madre y Señora
del pecador, esperanza;
pues, una Madre que llora
por el Hijo a Quién implora,
los imposibles alcanza.

Y haz, que el triste y desgraciado
que llora aquí, Madre mía,
perdone Dios sus pecados,
por haber acompañado
la Soledad de María.

            Francisco Pareja de Alarcón.

* * *

A los pies de la Paloma

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A los pies de la Paloma 

Dios te salve María
llena eres de Gracia
sálvame tú, madre mía
y me libres de toda desgracia.
El Señor es contigo,
y bendita tú eres,
quiera Dios que estés,
siempre conmigo,
si el dolor o la pena, me hiere.

Bendito tu sea aquel hijo,
que en Belén le cantaste la nana
mientras le dabas cobijo,
y era un sol al nacer la mañana.
Junto a la luna y la estrella
eres Madre, la rosa más bella,
porque bendita tu eres,
entre todas…
entre todas las… las mujeres.

Sé tú mi vida y dulzura,
para aliviar mis pesares,
y yo elevaré a tu altura,
el nardo de mis cantares.

Y si lo quiere mi suerte,
y a mi vida un cariño se asoma,
tuya sería hasta la muerte,
virgencita…
virgencita de… la Paloma.

(Ochaíta, Valerio y Solano)

A los pies de la Paloma – Marisol Reyes

Cantos sencillos de invocación a la Virgen de la Portería

Soledad de la Portería

I

Vivo en el viejo sueño de tu huerta
con la oración del fraile bien plantada,
y la nervuda mano que a la puerta
llamaba del Convento en la alborada.
Vivo en tu cara a mi ternura abierta
el milagro auroral de tu arribada;
Capitán cuya nave nos despierta
en un sueño de Virgen Enlutada.
Vivo el mágico viaje, vivo la tormenta,
con una dama a bordo misteriosa,
suspiro oculto que el periplo alienta,
bajel de gloria recto a su destino,
vivo el instante aquel, vivo el divino
decir “es Ella esta mujer hermosa”…
¡Y el caer de rodillas del marino!

II

Guardiana Virgen de la Portería
que el puerto celas, mar nuestro camino,
en tu ribera aguardo, madre mía,
de ochenta largos viajes peregrino.
Sangre longeva en fuente de aquel día,
bebida eterna de Castilla al sino,
cuando el Real la Reina recibía
que en rostro y manto de Isabel nos vino.
Madre de Dios tu eras la Enviada,
vela tu manto y brisa de partida,
vida de nuevos mundos tu llegada;
volaba Gran Canaria dando vida,
vuelo en la anchura azul de tu mirada
vuelo en tu suave lágrima encendida,
vuelo del alma en Cristo derramada;
¡hoy tu corona a nuestra paz ceñida
tiene a tus pies la Historia arrodillada!

III

Eres como un perfume de la infancia,
de rosas de los Viernes de Dolores,
para siempre en el alma la fragancia
cuando a tus pies dejábamos las flores.
Terciopelos de luto tu prestancia,
lloraban tu dolor nuestros mayores,
y era de dulcedumbres la abundancia
de madre a madre el círculo de amores.
Azahar de José, novia intocada,
con ansiedad aprendimos la balada
el alba de Belén, tu sufrimiento,
Madre sublime ante la Cruz postrada;
una Reina soñó con tu Embajada
mañanita de asombro en el Convento;
Azahar de José, novia intocada,
que eres paz, salvación, arrobamiento,
¡nuestra infancia de Viernes perfumada,
nuestro perdón del último momento!…

                                Luis Doreste Silva

Nuestra Señora de la Soledad de la Portería (Las Palmas de Gran Canaria)

Nuestra Señora de la Soledad de la Paloma

Cuadro Nuestra Señora de la Paloma

Virgen de la Paloma

¡Virgen de la Paloma, casta y buena; sois de todo mortal tierno consuelo…!

La entrañable historia tiene su origen en los últimos años del siglo XVIII, concretamente en 1787, en la Villa de Madrid. Un grupo de chiquillos encontraron un cuadro de la Virgen de la Soledad entre los leños apilados en una tahona de la vecindad. Una humilde vecina de la calle de La Paloma, María Isabel Tintero, al verlo en manos de los niños —que lo usan inocentemente para jugar— y temiendo que fuera dañado de manera irreversible, lo pone a salvo comprándolo por unas pocas monedas. Era una copia, en aquella época muy popular, de la imagen de Nuestra Señora de la Soledad del Convento de la Victoria (demolido con la desamortización de Mendizábal y que pertenecía a la Orden de los Mínimos, congregación fundada por San Francisco de Paula). Una vez restaurada la pintura, la coloca en la portería de su propia casa. Una noche, Doña Isabel buscando consuelo a sus penas se postra ante el cuadro y comienza a rezar. Entonces, un resplandor aureola la imagen de la Virgen y la piadosa mujer queda en éxtasis durante horas, desapareciendo la causa de sus pesares.

El marqués de Casa-García Postigo, alcalde de Madrid, refirió el hecho por escrito en 1791, informando que “... resulta que la expresada Isabel Tintero, mujer de Diego Charco, de ejercicio cochero, viendo a principios del año 1787 que unos muchachos llevaran arrastrando como por juguete un lienzo de Ntra. Sra. de la Soledad, lo arrebató de las manos de aquellos, lo hizo retocar y lo colocó en marzo del propio año en el portal de su misma casa, y esmerándose en su culto, le ha promovido con tanto fervor que ha conseguido extender su particular devoción; de modo que se hallan alumbrándola varios faroles y lámpara a expensas de personas de primera clase, además de las muchas velas que la devoción de los fieles la presentan, reconocidos a los singulares beneficios que dicen haber conseguido ellos por intercesión de esta su Poderosa Madre, y en señal de este reconocimiento se ven las paredes de la actual Capillita llenas de presentallas. (…) A impulsos de esta devoción se reza el Rosario todas las noches ante esta santa Imagen, cubriendo el Concurso gran parte de la calle…”.

En aquella época se había producido un cierto abandono en las prácticas religiosas, pero gracias a este humilde lienzo —que logra acercarse al alma entristecida de la virgen, transmitiéndonos un vivo sentimiento de ternura— mucha gente comienza a recuperar su fe (“Le dio a Madrid la Virgen su retrato como un mensaje de cariño grato que trae de su dolor el suave aroma. Y el pueblo se ve favorecido en requiebro de amor hondo y sentido…”, escribiría acertadamente el poeta). Los fieles, cada vez más, se congregan a rezar el rosario. Muy pronto se le comienzan a atribuir cualidades milagrosas a la imagen de Nuestra Señora de la Paloma; su fama y admiración van creciendo por la ciudad. La Reina María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV, pide la curación de su pequeño hijo enfermo: Fernando VII, futuro rey de España. Y la virgen lo sana. En agradecimiento, se levanta la primera capilla en 1796. Desde entonces, la devoción continúa aumentando con los años. Finalmente, en marzo de 1912, se inaugura la actual iglesia —en sustitución de la antigua capilla— que hoy en día sigue custodiando aquella imagen que Isabel Tintero rescató del olvido y de su definitiva pérdida. Aunque todo el mundo la conoce popularmente como la Iglesia de la Paloma su nombre oficial es el de Parroquia San Pedro el Real.

El cuadro permaneció oculto desde 1936 hasta 1939 —período de la Guerra Civil de España—, salvándose de su posible destrucción. Ante esta bendita imagen de la Virgen Santísima acuden las embarazadas y las madres a presentar a sus hijos pequeños y a pedirle su amparo y protección. Es también la Patrona de los Bomberos madrileños. Cuenta la tradición que un voraz incendio en la Plaza Mayor no terminó de sofocarse hasta la llegada del cuadro de la Virgen de la Paloma. Es, ciertamente, una advocación muy querida por los madrileños y reconocida como patrona “oficiosa” de la villa. En este sentido, el escritor Francisco Azorín acertó a decir: “La Virgen de la Paloma no es patrona de Madrid, pero sí reina plenamente en muchos corazones humildes que habitan la villa”.

Virgen de la Paloma3

La Virgen de la Paloma

“De la fe madrileña
vivo reflejo,
que entre sombras y nubes
luciente asoma
allá, en un rinconcito
del Madrid viejo,
tiene su altar la Virgen
de la Paloma.

Aunque apartada y triste,
la estrecha calle
no asusta al que en su Virgen
busca consuelo;
que así son los caminos
que desde el valle
entre zarzas y espinas
suben al cielo.

La imagen es tan bella
como sencilla;
el templo es pequeñito,
pobre y austero,
y allí la fe cristiana
radiante brilla,
y allí cabe el cariño
de un pueblo entero.

No es la artística talla
la que se adora,
ni la rica diadema
de luz brillante:
¡Una Madre Divina
que sufre y llora,
con copia en el lienzo
tiene bastante!

No busca que por rica
se la venere;
que las vírgenes huyen
de la riqueza.
¡Cuanto más pobrecitas
más se las quiere
y, cuanto más humildes,
más se las reza!

A ofrecerla sus cruces
va allí el soldado
a que bendiga el premio
de sus hazañas;
y allí imploran las madres
su amor sagrado
presentándole al hijo
de sus entrañas.

Allí no existen clases,
rangos ni cunas;
y van con las duquesas
las menestrales.
¡Con un hijo en los brazos
todas son unas!
¡A los pies de la Virgen,
todas iguales!

Jamás niega al que sufre
su influjo raro;
su imagen es del alma
divino espejo,
y por eso la gente
busca su amparo
allá en un rinconcito
del Madrid viejo.

Dicen que obra milagros
y obralos puede,
que el amor, a sus ojos,
piadoso asoma.
¡Todo lo que le pido
me lo concede
y es mi Virgen la Virgen
de la Paloma!”

                             José Jackson Veyán.

Virgen de la Paloma

A la Virgen de la Paloma

Así decía la Señora Encarna,
con tono de amargura y de tristeza,
al verse ya vencida por los años,
muy angustiada, a Soledad, su nieta:
-Siendo mu joven aún, perdí la vista;
tu abuelo, entre metines y entre huelgas,
no traía un jornal, y entonces tuve
que ira a implorarles a las almas buenas
una limosna, y a la ermita fuime
de la Paloma, colocá en su puerta,
a suplicarle al que en la ermita entrara
¡una limosna pa la pobre ciega…!
No t’avergüences, no; no t’avergüences,
que, mal que bien, con las limosnas esas
os mantuve; tú ya ties un oficio;
ya te he puesto, hija mía, en la vereda
de que ganes el pan honradamente.
Tú eres el capullito que ahora empieza
a entreabrirse a la vida; yo, la flor
marchitada y deshecha;
tú, la mocita alegre y vivaracha,
la alondra mañanera,
que al taller va cantando; yo, la pobre
anciana que no puede con sus piernas,
que ya no vuelve al templo de la Virgen,
donde pasó, bien mío, su existencia.
Yo te pido, hija mía, que en mi nombre,
y al irte siempre p’al taller, la veas,
y digas: “Mi abuelita ya no puede
venir a verte, y vengo por mi abuela…!”
Quiérela siempre como yo la quiero;
pon, nietecita mía, tu fe en Ella,
qu’es tanta su bondad y su hermosura,
que con mirarla encuentras
alivio a tus pesares. Es mi Virgen,
mi Virgen madrileña,
Reina y Señora de los barrios bajos,
venerada morena,
que allá, en un rinconcito muy humilde
del Madrid popular, tie su vivienda.
Rico trono es su altar, que lo perfuman
las rosas y la albahaca verbenera.
Yo, que hace muchos años no la veo,
pues de tanto sufrir me quedé ciega,
entro en el templo de la Virgen mía
y la veo sin verla,
y sin que m’hable escucho lo que dice,
y dialogo con Ella.
¡Son tan dulces, mi vida, sus palabras,
y a mis oídos llegan
tan milagrosamente, que parece
que cuando las escucho me consuelan!
Los príncipes, los reyes y los pobres,
todos van a su templo y la veneran;
las madres, a ofrendarla sus hijitos;
la mujer del torero, con su vela,
pa que luzca durante la corrida
y pa que ileso su marido vuelva.
La madre, que la pide fervorosa
por el hijo que lucha allá en la guerra.
La mujer, pa que quite de los vicios
al marido; la moza pinturera,
a pedirla un buen novio que la lleve
cuanto antes a la iglesia;
el chavalín, que aprende a santiguarse
ante la Imagen bella;
el mocerío del alegre barrio,
que acude al repicar a la verbena,
su primera visita es pa la Virgen;
después, a ahogar en vino sus tristezas.
Los príncipes, los reyes y los pobres,
todos van a su templo y la veneran.
Virgen de la Paloma, Virgencita,
mi Virgen madrileña,
Reina y Señora de los barrios bajos,
venerada morena,
en un escapulario, y en mi pecho,
siempre te llevaré, Virgen excelsa.

…………………………………………………

Yo te pido, hija mía, que en mi nombre,
y al irte siempre p’al taller, la veas,
y digas: “¡Mi abuelita ya no puede
venir a verte, y vengo yo por ella!”

                                  Antonio Casero Sanz

* * *

Vídeo: Himno de la Virgen de la Paloma

 ¡Virgen Santísima de la Paloma!, ampáranos y guárdanos siempre para tu servicio y nuestra felicidad. 

Enlace: Oración y Novena a la Virgen de la Paloma

Poemas a la Virgen de la Paloma

Nuestra Señora de la Paloma 1

Se oculta en nubes de incienso
la bendita callejuela
y entre aromas de claveles
y entre aromas de azucenas
va avanzando apresurada
muchedumbre vocinglera.

Y anhelantes y curiosas
se levantan las cabezas
deseosas, impacientes
de postrarse ante la estrella
cegadora, luminosa
cuya luz asombra y ciega.

Se oyen gritos de alegría,
se oyen ayes de impaciencia
cuando a un soplo soberano
entreábrense las puertas
y aparece en sus umbrales
la Paloma mensajera
que robando corazones
entre el manto se los lleva.

Y se abren los rosales
y su humilla la camelia
y a rendirse ante sus plantas
va volando que te vuela.

Y mil flores que brotando
de mil manos que semejan
mil claveles van cubriendo
de la Virgen la carrera.

Y a la vuelta cuando ya
se cubre la callejuela
de lirios la Virgen pura
vuelve; al verla se dijera
en efecto que es Paloma
que sobre las almas vuela.

Y cuando vuelve a cerrar
el santuario sus puertas
en los ojos de Madrid
brillan deliciosas perlas
y sus labios se entreabren
murmurando: ¡Virgen bella,
llévate mi corazón
porque es el de España entera!

                  S. P. Bustamante

Virgen de la Paloma (cuadro)

¡Oh, Virgen ideal…! ¡Oh, dulce anhelo,
de todo aquel que sufre alguna pena…!
Tu paz al corazón de bien le llena,
como luz santa del zafíreo velo.

Parece que en tu faz congrega el cielo,
toda su excelsitud grave y serena…
¡Virgen de la Paloma, casta y buena;
sois de todo mortal tierno consuelo…!

Y vedla, siempre, con sus ojos bellos,
inclinados al suelo, en suave calma,
de tristeza enviando sus destellos…

Las perlas de su místico rosario,
lágrimas son, que derramó su alma,
al ver morir a Dios en el Calvario.

                       Cesáreo Recalde

Estampa Virgen de la Paloma

Quiso la Virgen Madre dolorida
que un pintor en un lienzo reflejara
su vuelta del Calvario, y retratara
la tragedia de su alma entristecida.

Salió al original tan parecida
la copia aquella que el pintor pintara,
que más que copia que el pincel trazara
pareció realidad vuelta a la vida.

Le dio a Madrid la Virgen su retrato
como un mensaje de cariño grato,
que trae de su dolor el suave aroma.

Y el pueblo que se ve favorecido
en requiebro de amor hondo y sentido
llama en él a la Virgen LA PALOMA.

                                      Cruz de Cruz

Oración y Novena a la Virgen de la Paloma

V. de la Paloma

Sacratísima Madre de Dios, Tórtola solitaria, Purísima paloma, Fénix de amor, que en vuestro retiro renováis la memoria de la Pasión y Muerte de Vuestro Divino Hijo.

Oración a la Santísima Virgen de la Paloma

Madre inmaculada de nuestro amado Jesús, socórrenos y no olvides a tus fieles hijos que creen en ti y esperan en ti, por tu divina soledad, al pie del sagrado leño. Te pedimos que nos ayudes y confortes en todos los pasajes de nuestra vida ya que en este valle de lágrimas nada hemos de pasar superior a tu santísimo dolor al tener ante ti el cuerpo divino de tu hijo ensangrentado y traspasados su pies y manos. Virgen Santa de la Paloma, óyenos en la súplica de hoy y concédenos tus gracias por el Santo nombre de Jesús.

Novena a la Virgen de la Paloma (descarga pdf)

Procesión de “El Retiro”, a la Virgen de la Soledad de la Portería

Nuestra Señora de la Soledad de la Portería

No sé decirte en verdad
lo que venero y admiro,
tu procesión “del Retiro”,
Madre de la Soledad.

Procesión de El Retiro

En la noche solemne y silenciosa
como sumida en religioso anhelo,
el clarinete con gemir de duelo
dice en el aire su canción llorosa.

Se ve avanzar la imagen milagrosa,
prendida en las manitas el pañuelo,
y del manto de rico terciopelo
envuelta en la negrura suntuosa.

Bajo el palio magnífico y severo
destaca el porte señoril y austero,
y parece más triste en su tristeza
al vaivén de los cirios la Señora:
¡Esta es la noche en que la Virgen llora…
y esta es la noche en que Las Palmas reza!

                            Ignacia de Lara Henríquez

A la Santísima Virgen de la Soledad de la Portería

A Nuestra Señora de la Soledad de la Portería

 A la Santísima Virgen de la Soledad

Eres rosa de pálida blancura
Marfileña…sumida en el quebranto
De un pesar que te hiere tanto y tanto
Cual mar tempestuoso de amargura…
¡Virgen Santa! Tu celestial figura
en la tarde sin par del Viernes Santo
se lleva entre los pliegues de tu manto
la compasión de toda criatura.
¡Hay un dolor inmenso en tu mirada…
¡Tan hondo es ese abismo…cual ferviente
es el amor de tu alma torturada!
¡Y llevas en tus labios dibujada
el ansia de besar aquella frente,
con crueles espinas traspasada!
María del Carmen Barber (Semana Santa de 1964)

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Noche de Viernes Santo

La ciudad se agrupa en torno a su Virgen y la acompaña en la noche de su pena.
Las sombras de las calles se van iluminando al paso tembloroso de la imagen.
En el cielo se encienden otras luces, y entre cielo y tierra la brisa del mar trae por encima de
las blancas azoteas el rodar de las olas.
Las puertas del templo, cuajadas de luz, se abren como ofreciéndole el único puerto seguro para
su congoja.
La Virgen se detiene.
Es la última vez que aguardará inútilmente a su Hijo antes de recogerse.
               Claudio de la Torre, a Nuestra Señora de la Soledad de la Portería.