Paz a los hombres de buena voluntad

Paz a los hombres de buena voluntad

Si existe en el calendario eclesiástico una fiesta que encierra encantos y dulzura, es sin duda alguna, la fiesta de la Natividad de Nuestro Señor.
Todos los pueblos de la tierra, aún aquellos que permanecen alejados de la luz de la verdad, se preparan para celebrar esa gran fecha. Pero si para todos los mortales tiene esta festividad un gran atractivo, lo ha de ser sobremanera para los que han encontrado en ese misterio, de Belén, un misterio de amor y de paz cristiana.
El Señor se muestra en el hogar de Nazaret, donde dos almas vivían en dulce paz, en un solo pensamiento, en el pensamiento de Dios, y cuya paz es el patrimonio de esas almas escogidas.
Y al anunciar su venida al mundo brinda esa misma paz a almas sencillas, prontas a recibir el don inestimable de su gracia, a la vez que la niega a aquellos que, ofuscados por el error y la maldad del corazón, no son dignos de conocerla. Esa paz es precursora de las maravillas que obra el Señor en el alma humilde, sobrepujando las miserias humanas para elevar el corazón y el entendimiento del mortal.
Y al fenecer en su misión, el Señor nos deja una nueva paz, no la paz del mundo, no la paz del incrédulo, del disoluto, del mundano, sino la paz del amor que aúna los corazones en uno solo, para formar un solo pueblo y un solo redil bajo el cayado del príncipe de la paz: Cristo Jesús.
Esa paz —que Cristo trajo a la tierra—germina en el corazón del mortal que humilde la recibe, y del que se cobija bajo su benéfico influjo para cumplir con las normas cristianas.
El pobre desheredado de los bienes de la tierra, aquellos que no han sentido el aliciente del amor, aquellos cuya existencia no parece sino una no interrumpida cadena de lágrimas y dolores, afianzados en esa paz nacida del costado de un Dios Hombre sabrán afrontar las alternativas de la vida y buscarán en la paz cristiana la dulce tranquilidad del alma que vive en esta vida, la vida del amor.
El corazón humano que huye de todo lo que amarga su existencia y que es su norte coadyuvar a su propia felicidad, valiéndose para eso de todos los medios a su alcance, no acepta ni capitula con lo que le aparte de su propia felicidad.
Cuando oímos en nuestro corazón la voz que nos invita al sacrificio, a pasar desapercibidos a la vista de los demás, a confundirnos como Jesús con los demás mortales, a deponer nuestro amor personal, refrenando la sensualidad de nuestra vista, de nuestra lengua y de nuestros deseos, nuestra voluntad desfallece, nuestro ánimo decae, nuestro amor se enfría, nuestro celo por el bien de nuestro hermano se apaga y nuestra mano se cierra y se esconde.
De allí nacen esa zozobras, esas vacilaciones originarias todas de esa lucha del corazón, entre la felicidad que se apetece y la amarga realidad que se abre paso a través de nuestras aspiraciones más o menos nobles.
¿Dónde encontrará el mortal un aliciente en medio de estas luchas? ¿Dónde hallará la directriz de sus actos?
En el pesebre de Belén. Allí encontrará esa dulce paz que trajo Cristo a la tierra, esa paz reguladora de todos nuestros actos y de todas nuestras acciones que pulsa los latidos y deseos del corazón y nos señale la norma que se ha de practicar y el verdadero sendero a seguirse.
Sólo entonces el mortal encontrará esa tranquilidad y esa placidez en medio de las vicisitudes de la vida, en ese Dios que es Dios de paz, de dulzura y de caridad según el Apóstol, y que solamente aquellos que siguen a ese príncipe de la paz, sólo sobre ellos descenderá la paz del justo…
Nuestra vida cristiana será fructífera en obras, no palabras, obras de sabiduría eterna fundadas en motivos que excluyen aún la posibilidad de errar.
Obras del eterno amor, de la eterna santidad que nacen del deseo de hacer dichosos a los hombres, de sanar las almas librándolas de la inclinación febril que sienten a los bienes de la tierra.
Por eso los espíritus angélicos son heraldos de la paz, anunciándola a aquellos que lejos de los atractivos del mundo, en la dulce soledad del alma se hallan más cerca del Señor, a cuyo eco esos humildes corazones desasidos de los vínculos del mundo viven la vida del enamorado en las intimidades y goces del espíritu.

Revista Criterio. Redacción.
Diciembre de 1947.

Imagen ilustrativa: “Adoración de los pastores al Niño Jesús”, de Gerard Van Honthorst.

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La Natividad

La Natividad

Rey de reyes, tu natal
Que humilde al hombre parece
Es un sol que resplandece,
En un oscuro portal:
¡Albricias!, que es la señal
Que propagando el consuelo,
Volverá la paz al suelo:
Es un Iris de bonanza,
Símbolo de la alianza
Entre la tierra y el Cielo.

¿Por qué tal solemnidad
Corre por el ancho mundo,
Y un regocijo profundo
Altera la humanidad?
Muchos con velocidad
A Belén se han dirigido,
Y ofrendas han ofrecido
Para mostrar su alegría,
A la célica María
Y a Jesús recién nacido.

¡Belén!, albergue encantado.
De un Dios modesta morada,
Cuya primera mirada
Tu suelo ha santificado:
Las primicias has gozado
De un destello de la gloria,
Para que guardes memoria
En cada generación,
Que halló en ti la redención
El prólogo de su historia.

Allí fue el renacimiento
Tras de época aflictiva,
Para que el humano viva
En reformado elemento:
La razón y el sentimiento
Su norma debiendo ser,
Demostróle su deber
Un espíritu modelo,
Que bajó del alto cielo
A enseñar y padecer.

Fue humilde y pobre su cuna,
Mostrando que la grandeza
No la forma la riqueza
Ni la voluble fortuna:
No hay en la tierra ninguna
Que eleve la humanidad,
Mas que aquella caridad
Que Jesús mostró en la tierra,
Para trocar por la guerra
La dulce fraternidad.

Pomposos títulos vanos
En la vida transitoria
Son la línea divisoria
Que separa los humanos:
Procediendo como hermanos
Que siguen igual camino,
Grato fuera su destino
Por equitativas leyes,
Que nos dejó el Rey de reyes
En su código divino.

Gloria a Dios, los Serafines
Entonan allá en el Cielo…
Paz al hombre acá en el suelo
Luzca en todos sus confines:
Odios, enconos ruines.
No oscurezcan la verdad
De la sabia potestad
Que ora el espíritu alcanza.
Siendo un signo de alianza
De Dios la natividad.

          Ángela Mazzini.

* * *

Feliz Natividad de Nuestro Señor Jesucristo

Imagen ilustrativa: “La Adoración de los Reyes Magos”, Iglesia de los Santos Reyes (Valle del Gray Rey, La Gomera). Foto de José J. Santana.

Nochebuena (poema)

Nochebuena

Noche en que el sol infinito
mira nuestra ceguedad
y nos envía una chispa
de su inmensa claridad,
para que aparte las sombras,
incendie la soledad
y abra nuestros ojos ciegos
a la luz de la verdad.

Noche en que el mar infinito
contempla nuestra aridez
y se ofrece a nuestros labios
en una gota de miel,
que a pesar de ser pequeña
tiene bastante poder
para saciar hasta el fondo
las ansias de nuestra sed.

Noche en que el cielo infinito
mira la tierra infeliz
y se confunde con ella
en un abrazo sin fin,
para que, de tan dichosos,
no podamos distinguir
dónde termina la tierra
y empieza el cielo feliz.

Noche en que el tiempo infinito,
sin ayer, mañana ni hoy,
contempla el tiempo que mide
nuestra pena y nuestro amor,
y le infunde la energía
de su eterna perfección,
para que nuestros latidos
se cuenten por los de Dios.

Noche en que el Ser infinito
se apiada de nuestra cruz
y da comienzo a la suya
sobre la tierra sin luz,
para que, yendo a su lado
por el bien y la virtud,
encontremos el camino
de la paz y la salud.

     Francisco Luis Bernárdez.

Con María se hizo la Navidad

Con María se hizo la Navidad

Hermosísimo es y profundo el segundo Prefacio de Adviento. Allí, con palabras para entonar y saborear en meditación profunda se nos dice: «A quien… la Virgen esperó con inefable amor de Madre».
Y es verdad. El mejor Adviento fue vivido por una mujercita escondida, en quien Dios quiso hacer maravillas. Ya antes de venir estaba con ella, la llena de Gracia. Ella se dedicó a encarnarlo, a hacerle carne de nuestra carne y sangre de nuestra raza. Nadie mejor que ella para entender los gustos y estilo de Dios. Con María se hizo la Navidad.
Sí. Se hizo la Navidad. Si nosotros hoy tenemos a Dios-con-nosotros, si lo celebramos, a ella se lo debemos. Si queremos traerle a nuestra vida, hacerle existencia en nosotros, a ella debemos acudir e imitar. De ahí que la Liturgia de este último Domingo de Adviento nos hable de ella, de quien nos hizo la Navidad. Y… ¿cómo la «hizo»?
Sencillamente, siendo POBRE. Pobre, es decir, necesitada de Dios. Pobre, creyendo y aceptando. «He aquí la esclava del Señor». Y se hizo en ella la Navidad; se hizo en ella según la palabra del Ángel.
Porque la Navidad no es una fiesta que le preparamos a Dios en el mundo. No. Al revés, es una fiesta que nos prepara Dios a los hombres. Cuando El nace, todas nuestras empresas comienzan a prosperar, a tener sentido. Impone la paz, para que vivamos sin sobresaltos. Nos redime del pecado, para reconciliarnos con Dios. Él es nuestra Navidad. Y la Virgen la hizo.
Es El el que reúne al pueblo, quién trae la misericordia y la justicia. Su misterio eterno, es ahora revolado. Ya lo conocemos y por ese misterio, por vivirlo en nuestra vida mortal, llegaremos a la eterna. Y todo se hizo por la POBREZA de María, en medio da una grandiosa sencillez.

— II —

Nosotros hoy como siempre esperamos más do la riqueza que do los pobres. Por eso nos resulta sorprendente que Dios haga las cosas al revés. Estamos tan acostumbrados a esperarlo todo de los poderosos, que hasta decimos como Natanael: «Puede salir algo bueno de Nazaret».
Y, sin embargo, aún mirando la historia de «tejas abajo», nada hay tan claro como el hecho de que los poderosos no resuelven nada, no salvan al mundo. Nunca nos han dado la paz, mucho menos la felicidad. Sólo nos entretienen con un cierto desarrollo. A lo sumo favorecen una cierta tranquilidad corporal. Y eso… a costa del sacrificio de la inmensa mayoría de la humanidad.
Si mirarnos, en cambio, la Historia de «tejas arriba», la cosa se clarifica del todo. La salvación y la Paz son de Dios. No depende de nuestras «guerras», ni de nuestras «economías». Mucho menos de las estrategias terrestres.
Depende totalmente de Dios. Nosotros sólo podemos como la virgen, preparar la Navidad. Prepararla con nuestra Pobreza. Con esa pobreza de sabernos necesitados, esclavos. Necesitados de salvación, esclavos del pecado. (No la pobreza tonta que se cruza de brazos: sino la del que trabaja aún sabiendo que somos «siervos inútiles»).

— III —

Todas nuestras dificultades se resuelven en una condicional: nuestra debilidad y pobrezas radicales. Por mucho que el hombre pueda es más lo que no puede. Por mucho que el hombre sepa es más lo que ignora. Más lo que queda por hacer que lo que hemos hecho. Y ahí, en el reconocimiento de nuestra debilidad, ignorancia y pobreza está la fuerza, la verdadera fuerza del hombre.
Dios está ya muy cerca. No pretendamos nosotros tomar la iniciativa. Seamos como la Virgen, que en su pobreza, en su «esclavitud» fue la más rica, la Inmaculada, la Madre de Dios.
Y nos dio a Cristo. Al Rey del Universo. Al Dios escondido. Al único que puede salvarnos. Del único que podemos esperar «todo».
Hagamos la Navidad, pero con María. Como María. Porque es la única manera de hacer la Navidad. Que con ella… se hizo la Navidad.

P. José Cabrera Vélez.
El Eco de Canarias, diciembre de 1978.

Adviento

Adviento

Adviento es el tiempo que la iglesia dedica a la preparación del advenimiento de Jesucristo a la tierra. Abarca cuatro semanas correspondientes a los cuatro Domingos que preceden a Navidad. Todo este tiempo de Adviento está impregnado de esperanza mezclada de alegría y de santo temor.

La Iglesia pone ante nuestros ojos tres advenimientos del Señor: el histórico, que tuvo lugar cuando Jesús nació en Belén, pobre y humilde, de la Virgen María; el espiritual, que es el renacer de Cristo con aumento de gracias en el corazón de los fieles que viven la vida de Cristo por la profesión de su fe y el ardor de su caridad; y el futuro, o sea, la venida de Jesucristo al fin de los tiempos a juzgar a los vivos y a los muertos.

La venida de misericordia en Belén, la de gracia junto al Sagrario y la de justicia en el postrero día producen en las almas una santa disposición para interpretar el sentido y el espíritu de la Iglesia en el santo período de Adviento. La triple consigna durante este tiempo de preparación es: Oración, frecuencia de Santos Sacramentos y Penitencia.

* * *

El Adviento se viste de violetas.
Es, en el alma, tensión de espera.
No es aún la cosecha:
es primavera.

El Adviento es hambre de pan,
clamor de profetas;
es mugido en los establos
y cónclave en las estrellas.

El Adviento es llamada en los cielos,
luna que al sueño despierta,
suave temblor de alborada que alerta,
pasos de peregrinos que inquietan.

El Adviento es gravidez
que viene pidiendo urgencias.
Ya están convocados ángeles y reyes,
pastores, pesebre y bueyes…

El Adviento es Ella, es la Virgen bella,
serena, ante el cuenco de pajas que ya se quiebran.
Ya se escucha el «Gloria» en las lejanías.
El Adviento es Ella: ¡Santa María!

         Padre Jesús del Castillo.

Fuente de la poesía (y página recomendada): insulabaranaria.wordpress.com

¡Todo el año es Navidad!

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¡Todo el año es Navidad!
-Debe serlo y serlo en vena
de hacer toda vida plena
en vena de eternidad-.

Pues el hacerse Bondad
ciñendo ternura ajena
desmayó Dios en la pena
de toda la humanidad.

¡Hora de Dios!, que ya mora
en el heno del tamaño
de nuestra sed pecadora.

Que al nacer a nuestro engaño
—Clavel caído a la Aurora—,
Navidad… ¡Es todo el año!

                                            P. José Cabrera Vélez, “Cinco Villancicos y un Canto”.

Día de Navidad: Navidad es presencia

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1.-«Hermanos, Dios ha nacido —sobre un pesebre. Aleluya.— Hermanos, cantad conmigo.— «Gloria a Dios en las alturas». Así, de sencillo y profundo. Así, cantan los nuevos himnos, sacados de la literatura española, en la Liturgia de las Horas. ¡Estamos en Navidad!
«Hermanos, cantad conmigo». Porque Navidad es el misterio de una Presencia, que lo llena todo. La Eternidad se ha metido en el tiempo; la Trascendencia se ha hecho condescendencia; la Omnipotencia, sencillez de niño.
La Navidad es Dios con nosotros y para nosotros. Es la salvación que recibimos, el gozo que sentimos, la verdad que vivimos. Navidad es Dios con nosotros y nosotros con nuestro hermano. Navidad no es una palabra o un recuerdo. Navidad es un acontecimiento hoy, entre nosotros.
Y siguen los himnos: «No la debemos dormir —la nochesanta—, no la debemos dormir». Porque en Navidad, Belén se hace camino: encuentro entre Dios y los hombres, con aires de urgencia. Es imposible la quietud y el reposo, sí se oye de verdad el mensaje de este día.
Caminan los pastores, porque tienen la salvación. Y camina la humanidad porque la liberación ha llegado a ella. Belén es el paso de los dones de Dios hasta la donación de Dios mismo. ¡Ya el hombre no está solo: Dios le acompaña en todo lo humano, en todo quehacer! Dios entra en la historia de noche, como de puntillas. Para amanecer con el hombre, caminando a su lado.

2.- Pero que no nos engañen los himnos. Porque Dios hace cosas grandes con realidades sencillas. Y podemos creer que todo está hecho porque los ángeles cantaron la paz en esta noche santa. Todo es sencillo en Belén. Hay ternura humana y canción con ritmo de villancico. Un pesebre, un Niño, María que sonríe, José que acaricia, pastores que buscan, ángeles que cantan. Todo es sencillo. Todo… menos el mensaje.
Porque podemos quedarnos en lo externo, en la sencillez. Y Dios, en Belén llama. Llama al hombre a su gracia, a su amistad. Y el hombre tiene que responder saliendo al encuentro de Cristo. Nos ha nacido un Salvador. Pero es una salvación que se nos ofrece. Y que puede quedar en pura oferta si el hombre no se arriesga a buscarla. Hoy se nos habla de amor. Pero de amor compartido que necesita el compromiso del hombre.
Y sigue el himno: «Más no nace solamente —en Belén— nace donde hay un caliente —corazón—. Nace en mí, nace en cualquiera, —sí hay amor— nace donde hay verdadera —comprensión—». Y sólo entonces termina el himno: «¡Qué gran gozo y alegría— tiene Dios!».

3.- Si. El gozo y la alegría de Dios compartida en Belén. Que el pesebre es «misión», «escalofrío», como repite otro himno, el del Oficio de Lectura: «Poner paz en tanta guerra, —calor donde hay tanto frío— ser de todos que es mío, —plantar un cielo en la tierra—. ¡Qué misión de escalofrío— la que Dios nos confió! —¡Quién lo hiciera y fuera yo!». ¡Quién lo hiciera y fuera yo! Navidad es Presencia, impulso. O no es nada.

* * *

¿Recordáis el bello párrafo de Papini? Dice, más o menos, así. La nieve que borra los caminos no es igual al yeso que esparcimos sobre nuestros diminutos belenes. Es nieve verdadera que hace temblar. Tampoco los ríos son de platina. Ni los pastores de barro cocido. Todo es humano, terriblemente humano en Belén. Hasta el Niño, que se nos ha dado, es hombre. Con sus miserias y sus debilidades. Con su cansera y su sed. Todo humano, menos en el pecado.
Y si hoy recordamos el Nacimiento, y seguimos poniendo tiestos de flores, pastores de yeso, ríos de espejos, puentes de corcho… Y nos quedamos ahí, Belén será un cuento para niños y un negocio para comerciantes.
Belén es Dios que se hace hombre, para decirnos a los hombres que lo somos. Belén es Dios que se encama, para que todos nos encarnemos en la vida cotidiana. Belén es amor, para que no nos olvidemos de que detrás de cada hombre es Dios mismo el que late. Todo lo demás: yeso, barro cocido, platina…
Jesús es la Palabra de Dios hecha Carne, de nuestra misma especie. Para decimos la verdad Para hacer que vivamos todos la Verdad. Jesús se hace hombre. Pone su tienda junto a la última que hemos puesto los hombres. Dios no huye del mundo —con todas sus estructuras, todas sus falsedades, todas sus trapisondas—. Viene a vivir en el mundo, para que nosotros huyamos del mundo. Sino que tratemos de cambiarlo en más humano, en más divino, si se quiere. Como lo hizo El. Que Cristo «pasó» por el mundo. Pero interesándose por todo lo que «mundo» significa.
Porque Cristo se encarnó en las entrañas de la Virgen. Y nació una noche en Belén. Y se puso a vivir con los hombres, para los hombres.
Jesús nacido es el hecho concretísimo al que debemos conformarnos si queremos ser sus discípulos. La fe no puede ser sólo la aceptación de unas verdades. Sino de la Verdad misma, de Jesús.
Por la fe entramos en comunicación con El, nos incorporamos a su persona, a su casa. Nos comprometemos a seguirla de por vida. Y hasta de por muerte, para resucitar con El.
Que eso es Navidad. Y no al corcho, la platina, el barro cocido. Vengan, en buena hora, los belenes. Y hasta el árbol de Navidad. Pero siempre que signifiquen que nos ha nacido un Niño, que Dios se ha hecho hombre para que los hombres amándonos de veras nos encaremos con El.

P. José Cabrera Vélez, 25 de diciembre de 1980. El Eco de Canarias.

Evocación de Navidad

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¡Gloria y honor al Niño de Belén,
nuestro Salvador y nuestro Dios!

Se acerca la Navidad y Dios quiere llegar a lo más profundo de nosotros: Él quiere nacer en nuestras almas. Y nosotros, sintiendo al unísono la dulce llamada del Espíritu Santo, deseamos renacer con Jesús y de hoy en adelante vivir en Él, por Él y para Él. Como dice aquel hermoso invitatorio: “Cristo nació por nosotros; venid, adorémosle”… Hagamos nuestro camino hacia Dios junto a nuestras familias y amigos, pero también con la Virgen y el bueno de Fray Martín. Que el transcurso de este recorrido sea Tiempo de amor, Tiempo del perdón de las ofensas; Tiempo de paz con nosotros mismos, Tiempo para nuestra esperanza: la de todos.

Un minuto con el Niño Jesús (oración)

Bendíceme, Niño Jesús y ruega por mi sin cesar. Aleja de mí, hoy y siempre el pecado. Si tropiezo, tiende tu mano hacia mi. Si cien veces caigo, cien veces levántame. Si me dejas Niño, ¿que será de mí? En los peligros del mundo asísteme. Quiero vivir y morir bajo tu manto. Quiero que mi vida te haga sonreír. Mírame con compasión, no me dejes Jesús mio. Y, al final, sal a recibirme y llévame junto a Ti. Tu bendición me acompañe hoy y siempre. Amén. Aleluya. Rezar un gloria.

nacimiento

Evocación de Navidad

La noche apaga el grito del sol y la colina.
En un raudo paréntesis se recogen los sueños.
En los ojos se aprieta la esperanza del mundo;
y en el aire se enhebran los poemas del cielo.

Tienen ecos profundos las primeras palabras.
Los hombres se despiertan a nivel de una estrella.
Si el cielo es el imperio del alma trascendida,
la tierra es el refugio donde nace la ofrenda.

La noche rueda y rueda, como una tumba viva,
sobre el nido desnudo de la flor y la rama.
La oración y el recuerdo tienen ecos lejanos,
y es profunda la huella de la orilla encontrada.

La mano es honda siembra de esperanza y destino;
línea pura tan sólo sobre el pan y la frente.
Y en todo está la noche, la infancia y la mirada,
la verdad y el latido de un Nacimiento, siempre.

                Josefina Rodríguez Del Toro.

Gloria a Dios en las alturas y en la Tierra su Amor que aúne nuestros corazones en un solo pueblo. Con esperanza y paz, les deseamos una Feliz Navidad en Dios.

El Belén de María Rosa (Cuento de Navidad)

portal de belén

El Belén de María Rosa

Por fin María Rosa iba a convertir en realidad su más bello sueño. La Nochebuena, tan cerquita ya, tendría su Belén en su humilde hogar.

¡Qué angustia la de los años anteriores, cuando desde el fondo de su portería observaba el bajar y subir apresurado de los niños de los pisos, en alegre tropel, para contemplar mutuamente sus respectivos y costosos Nacimientos. Y cómo se acentuaba su pena cuando alguno le apuntaba irónicamente al pasar: “Enséñanos tu Belén, María Rosa. Ah, no me acordaba que eres pobre y no tienes ninguno”. Y huía presuroso como si acabase de arrojar una piedra. ¡Piedra certera, desde luego, en su sensible corazón!…

Pero este año, no. Este año no sucedería así. El Niño Jesús había oído sus ruegos y la había inspirado para que consiguiese su propósito.

Como por un milagro cristalizaron sus fervientes anhelos. En un ángulo del humilde, pero limpio y reluciente comedor, se destacaba un Belén encantador y chiquitín, pero “completito”, como decía candorosamente la niña, mientras palmeteaba entusiasmada. Con su precioso Misterio, rodeado de casitas de corcho y cartulina, palmeras de latón, riachuelos de platina y pastorcitos de barro con diversos dones y corderitos de blanco algodón.

Y todo ganado por ella, por ella sólita. En las horas libres, después de su asistencia a la escuela, María Rosa bordó afanosamente motivos sencillos para la tiendecita de modas más cercana, y mientras sus compañeras de estudio jugaban y leían “Colorines”, ella renunció a sus naturales aficiones y trabajó asiduamente, invirtiendo el importe de sus afanes en adquirir el precioso Misterio, centro principal de todos sus sueños, y luego todo lo demás, ayudada por su maestra, que enterada de la conducta de la aplicada y piadosa niña la hizo merecedora al premio metálico mensual, y además la orientó en la confección de objetos y adornos para el portalito, mientras le decía: “Es hermosísimo lo que has conseguido, nenita, haciendo entrar en tu hogar al Niño Jesús en la más feliz de las noches del año, pero el ideal sería que entrase también para siempre en el corazón de sus moradores”.

Sin comprender del todo las palabras, pero adivinándolas instintivamente, María Rosa suplicó anhelante a su Divino Niño que se cumpliese esta segunda y principal parte y… ¿cómo no había de oírla Jesús, y por tanto permitir que se cumpliese?…

Una tarde que su padre regresaba del trabajo, para marchar luego, como de costumbre, a la taberna, donde entre naipes y copas quedaba buena parte de su módico sueldo, se fijó en lo atareada de su hijita, inclinada sobre el bastidor, y al inquirir el motivo de su laboriosidad excesiva, la pequeña contestó muy seria: “¡Oh, papá! ¿Tú crees que sólo los hombres trabajan en eso que llaman horas extraordinarias? Nosotras también podemos hacerlo. Con el importe de ellas, verás qué precioso Nacimiento prepararé para Nochebuena; porque este año la tendremos en casa y tú nos acompañarás”. ¿Verdad, padre? Y, muy bajito, casi sollozando, añadió: Si no estás tú, no será “Buena” de verdad para mí”.

Como un eco lejano sonó la voz de la hijita querida en su corazón, evocando su niñez y las costumbres de la que fue su santa madre… Un repentino remordimiento sacudió todo su ser, se humedecieron los ojos de la carne y se abrieron los del espíritu. El flechazo de amor del Dios Niño había llegado. Los ruegos de María Rosa obtenían contestación.

Desde aquel momento el padre se prometió asimismo cambiar de conducta, y en adelante, las horas dedicadas a la taberna, se trocaron en horas de trabajo extra, que trajeron la paz y nuevos ingresos a su hogar.

Y este fue el mejor premio del comportamiento de la niña, concedido por su Jesusito adorado.

Llegó por fin la noche más hermosa del año, y María Rosa, luego de haber oído con sus padres la típica misa de gallo por vez primera en su vida, recibió la visita de los ricos inquilinos, que admiraban el pequeño portal, y aún más la transformación espiritual y material de aquel hogar, fruto de los afanes de la pequeña porterita, a quien colmaron de alabanzas y regalos.

Luego, solos los tres, ante las imágenes de aquellos “Otros tres” que formaron la “Familia modelo”, pasaron la más feliz noche de su vida, porque más que golosinas pascuales y alegres villancicos poseían el tesoro divino de Jesús, y el de !a hijita buena, la niña “pobre”, como la motejaban despectivamente los vecinos pudientes, más rica que ninguno, porque tenia un corazón de oro.

El alegre ruido de castañuelas y panderetas invade la casa. Cantos y risas la pueblan de sonidos, y en la iluminada portería una vocecita dulce y clara, como campanita de cristal, repica a los pies del Dios Niño:

En el portal de Belén
brotó la Rosa más bella,
y pronto vendrá del cielo,
para adorarla, una estrella.

Cuento de Josefina Tresguerras. Diciembre de 1952.

San Francisco de Asís, el arquitecto de belenes

Arquitecto de Belenes

El cielo te inspiró, divo profeta,
con su luz blanca sus celestes bienes.
Tú, Francisco de Asís, fuiste poeta
y arquitecto genial de los “belenes”.

Las lágrimas que un día derramaron
tus ojos, al leer el “Nacimiento”,
cual torrente de amor, se desbordaron
y surgió, por ensalmo, ese portento
de ternura, de fe, de misticismo,
en tu clásica Gruta belemita;
donde, por gracia del franciscanismo,
los más tiernos idilios se dan cita.

Tú, con tus manos de arrobado asceta,
modelaste los valles, los caminos,
los arroyos, los lagos cristalinos,
el nevado picacho y la meseta.

Elevaste en las cumbres imposibles
palacios de atrevida arquitectura.
La pastoril cabaña, en la espesura,
florecida en églogas sensibles.

Diste vida al rebaño trashumante,
que busca al Sol en noche misteriosa,
tras el lucero, cuya luz medrosa
anuncia al orbe el venturoso instante.

Con las ovejas, en el hato enano,
humilde, compasivo y penitente,
colocas al enorme lobo hermano,
siempre más bueno que esta mala gente.

Y en los olmos nevados y en los pinos,
alzas bandas de pájaros cantores,
que, al llenarse el “belén” de resplandores,
cual fondo musical, le den sus trinos.

No falta en tu “belén” aquella Estrella
que dio luz a los Sabios del Oriente,
siendo flecha fugaz su blanca huella,
y en los espacios, senda refulgente.

Mas donde tu piedad se hace ternura,
poeta, artista y dulce Franciscano,
es en el gran “Misterio”, que tu mano
reviste de piedad y de ventura.

Esta es tu Gruta, mínimo Francisco:
el Sol sobre unas pajas reclinado.
La Luna en plenilunio. En el aprisco
un Lucero de Dios. Manso ganado,
que adora más que el hombre a ese Dios Niño.
Medita el alma y ante el Portal se humilla,
vertiendo dulces perlas de cariño,
y doblando hasta el suelo su rodilla.

Así adoraste tú aquella noche
misteriosa, de arcángeles en vuelo;
y de un gozo infinito en el derroche,
en tus brazos alzaste al Rey del cielo.

Cantabas villancicos de alegría.
Danzabas al compás de los rabeles,
mientras el Niño en torno repartía
de sonrisas sin fin sus dulces mieles.

Desde entonces tu bella arquitectura,
con su estilo infantil, corrió el planeta.
Pende un “belén” de cada noble altura,
en versos de tu alma de poeta.

Hiciste bien, Francisco, al enseñarnos
este estilo de honrar a Jesús Niño.
Nos revelas la forma de acercarnos
y hablarle con palabras de cariño.

En tu “belén” mi mente se extasía,
pretendiendo un amor como era el tuyo…
Como balar de oveja, como arrullo
de paloma, le canta el alma mía:
“Mira, Niño chiquito; mira, encanto:
yo quiero ser cordero de tu aprisco.
Y quiero, Jesusito, amarte tanto
como te amara el mínimo Francisco”.

      A. Ureña Arroyo. Salesiano

natividad

El Belenismo: el misterio hecho arte

Imagen 1. “San Francisco y Santa Clara de Asís adorando al Niño Jesús”, de Josefa de Óbidos.

Imagen 2. “La Natividad”, de Philippe de Champaigne