San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac, dos héroes de la Caridad

San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac

San Vicente y Santa Luisa de Marillac, dos heróes de la Caridad

Alguien se atrevió a decir que la caridad tiene un nombre divino con dos apellidos humanos. El nombre divino es Dios, porque Dios es caridad. Los dos apellidos humanos son: San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac. La frase, aunque a primera vista parezca atrevida, tiene, sin embargo, un fondo de realidad. El nombre y los apellidos de una determinada persona, aunque entre sí sean diferentes, son, sin embargo, dos signos de equivalencia, son como dos símbolos de una misma realidad, y aunque el nombre sea primero y los apellidos después, uno y otros nos conducen al recuerdo de la misma idea por que son dos caminos que se dirigen al mismo fin. Dios es caridad, dice San Juan, y quien permanece en caridad se identifica con Dios. Y con Dios se identificaron estos dos gloriosos santos cuyo lema fue siempre la práctica de la caridad. San Vicente y Santa Luisa fueron dos vidas paralelas que persiguieron siempre el mismo ideal. Por eso parecen dos flores que exhalan las mismas fragancias. Por eso sus propios nombres personifican y simbolizan la misma virtud de la caridad y son dos apellidos sinónimos que reclaman para sí aquella virtud real que es sinónimo de Dios.

San Vicente y Santa Luisa fueron como las dos manos de una misma persona, que a impulso de un mismo amor, acometen y realizan una misma empresa. Esa empresa fue la empresa de la caridad y el amor que la inspiró fue un amor del todo divino, es decir, aquel amor que en lenguaje teológico se llama Espíritu Santo. Existe un amor pagano, que obra sólo por motivos humano-naturales. Ese amor ni es divino ni es cristiano, porque prescinde de Dios, porque no obra por Dios. Ese amor no es caridad. Pecado sería colgárselo a Dios como apellido, pues tal apellido sólo tendría el injurioso sentido de un apodo. Ese no fue el amor con que amaron estos nuestros dos santos. Ellos bebieron la caridad en Dios mismo. Por Dios hicieron todo cuanto hicieron y en Dios se inspiraron para todas sus empresas, y Dios les dio su propio amor y su propia inspiración y por eso ellos fueron dos genios y todas sus obras fueron geniales y aun nos atrevemos a decir que fueron auténticas obras de Dios.

Ellos fueron, pues, digámoslo sin rodeos, las dos llamas divinas con que Dios reavivó el amor entre los hombres; ellos las dos manos de la Providencia que fajaron al mundo y lo envolvieron y arroparon con el manto de seda de la caridad. Por eso, el mundo entero, consciente de estos beneficios, los ha mirado siempre como la silueta de Dios y los ha aclamado, alabado y bendecido como aclama y alaba y bendice al mismo Dios.

* * *

Enlace recomendado: 

San Vicente y Santa Luisa (una misma pasión por los pobres)

Anuncios

El Carisma Vicenciano

“Fui forastero y me recibiste…”

La Familia Vicenciana celebra, a lo largo de este año 2017, el 400 aniversario del nacimiento del Carisma Vicenciano. A modo de pequeño homenaje, reproducimos el siguiente artículo¹ escrito con motivo de la otrora conmemoración del cuarto centenario del nacimiento² de San Vicente de Paúl (1581–1981). Ambas efemérides se encuentran estrechamente relacionadas, en espíritu y dinámica, incluyendo un mensaje social plenamente vigente:

IV Centenario de San Vicente de Paúl

Sin ruidos, sin aparatosidad ni espectacularidad, se nos ha metido por los pobres para adentro el IV Centenario del nacimiento de San Vicente de Paúl. Calladamente, sigilosamente, como una vida, como un servicio de amor sencillo y humilde. —Dicen que el bien no hace ruido, ni el ruido hace bien—. Por eso, quizá no lo entiendan más que los humildes y sencillos, los de corazón pobre; aunque no sepan definirlo: pero, ¿cómo definir el amor, una amistad, la fe?

Celebra el IV Centenario da San Vicente de Paúl toda la ingente familia vicenciana: su familia de misioneros paúles, Hijas de la Caridad, Voluntarias de la Caridad, las Conferencias de San Vicente de Paúl, todas las obras de inspiración vicenciana: su familia de todos los amigos de los pobres: y sobre todo, su familia que son todos los pobres, los hambrientos de pan y de verdad, los necesitados da cuidados corporales y espirituales, de salud y de amor. Los pobres de viejas y modernas pobrezas, a los que llega la acción vicenciana y a los que no llega todavía la acción vicenciana, porque aún siguen siendo insuficientes los obreros para tanta mies.

Por eso el IV Centenario de San Vicente de Paúl, no es una meta final, sino una llamada a zambullirse en ese impulso evangélico y a dejarse empapar en esa oleada de caridad suya, que se ha extendido por todo el mundo y llegar hasta las arenas de nuestra existencia concreta. No queremos celebrarlo como un homenaje, ni como un recontar avaramente una herencia familiar, sino como una experiencia de fe, tremendamente actual: como una participación en la experiencia de Dios y de los pobres que tuvo Vicenta da Paúl. Juan Pablo II, en carta al Superior General de la Congregación de Misión y da las Hijas de la Caridad, con motivo de este Centenario, lo recuerda: «La vocación de este iniciador genial de la acción caritativa y social ilumina todavía hoy el camino de sus hijos e hijas, de los laicos que viven de su espíritu, de los jóvenes que buscan el secreto de una existencia útil y radicalmente empleada en el don de si mismo. El itinerario espiritual de Vicente de Paúl es fascinante».

Quizá muchos se pregunten si todavía quedan pobres en nuestras ciudades de consumo y en nuestros campos semiabandonados. Quizá muchos seamos pobres-ricos, que no vemos las nuevas miserias que pululan debajo de nuestra mesa, como el Epulón no vela a Lázaro. Es cuestión de leer el Evangelio y el mundo como Vicente de Paúl, para percibir el latido de la pobreza, de las múltiples pobrezas de nuestro tiempo, porque al pobre no se le conoce más que en la cercanía, en el compartir el pan y el corazón con él. También a Vicente de Paúl le reprocharon que parecía que se inventaba a los pobres, cuando acercaba a los pobres a la conciencia de los poderosos.

UN SANTO MODERNO

Cuatro siglos son muchos años de pervivencia de una actualidad. Juan Pablo II sigue asegurando que «la mirada de contemplación a la epopeya vicenciana nos lleva a decir sin titubeos que San Vicente es un santo moderno». Y el mismo Santo Padre formula el reto: «¿Podemos imaginar siquiera lo que este heraldo de la misericordia y de la ternura de Dios sería capaz de emprender hoy, utilizando con acierto todos los medios modernos que tenemos a nuestra disposición? Su vida sería semejante a lo que fue: un Evangelio ampliamente abierto, con el mismo cortejo de pobres, de enfermos, de pecadores, de niños desgraciados, de hombres y mujeres que se pondrían ellos también a amar y servir a los pobres».

¡Un reto y una esperanza en medio de nuestro tiempo!: si acertamos a situarnos en su luz, descubriendo vitalmente el sacramento del pobre y a consentir en su fuerza de compromiso humano y cristiano.

Asusta su asombrosa actividad personal y su increíble capacidad de organización. Asusta, sobre todo, la fuerza expansiva de su espíritu a lo largo de estos cuatro siglos. Pero San Vicente tranquiliza: todo lo reduce al servicio humilde y sencillo, con la profunda intencionalidad e intensidad que da a estas actitudes. Todo lo demás lo harán los pobres, ellos mismos. Cabría pensar si los pobres lo llevaron a Dios, o Dios lo entregó a los pobres. Pero lo cierto es que Vicente de Paúl aceptó a los pobres como sus maestros y señores. Los pobres le cerraron todos los otros caminos, lo acosaron y lo empujaron, le hicieron amoldarse y crecer, superarse y renunciar, vivir en hondura y plenitud su propia existencia. San Vicente debe mucho más a los pobres, que los pobres a San Vicente. Y este es el reto que nos deja, —siempre es un riesgo encontrarse verdaderamente con los pobres—, pero es al mismo tiempo la esperanza que les queda a los pobres de que la ternura de Dios llegue hasta ellos.

UN HUMANISMO CRISTIANO

Los términos pueden estar gastados por el uso, pero entrañan una profunda realidad. A San Vicente se le ha estudiado mucho: su psicología, sus concepciones sociales, hasta su visión política. Incluso se ha estudiado su humanismo, separado de su cristianismo y su cristianismo, separado de su humanismo.

Pero si queremos descubrir los resortes íntimos, los dinamismos profundos de su acción caritativa y social, la fuerza superior que hoy nos puede comprometer auténticamente en el sacramento del pobre, tenemos que recurrir a sus inseparables coordenadas de vida y acción: primera, «hay que ver y servir a Dios en los pobres y a los pobres en Dios». El lugar de su contemplación y de su acción hacia el pobre es Dios y hacia Dios es el pobre. «No me basta amar a Dios, si mi prójimo no le ama», se repite en su trabajo incansable. Al hombre lo ve en sí mismo, pero a la luz y a la sombra de Dios: a Dios lo ve y le sirve en sí mismo, pero a la luz y a la sombra que el pobre proyecta en Dios… Y la segunda coordenada: el paso del amor afectivo al amor efectivo. No se fía de los buenos pensamientos y bellos sentimientos: le urge siempre la acción: «Amemos a Dios, pero que sea con el sudor de nuestra frente y el esfuerzo de nuestros brazos».

No parte, por tanto, de una ideología, de una teoría del hombre. No parte de una ciencia del hombre, sino de una «conciencia». Es fundamental la percepción y observación del hombre, del pobre, para comprender al qué, el por qué y el cómo del servicio. Y quizá lo primero en la antropología vicenciana es desteorizar al hombre: el pobre no es una idea, una teoría, sino un yo viviente en necesidad. El pobre no es una ausencia, ni siquiera la distancia despersonalizada de una masa, sino una presencia interpelante, desgarrada, con sus heridas en carne viva. El pobre no es una situación que puede interpretarse desde la visión pesimista del pasado o desde la utopía de un futuro optimista: es simplemente una actualidad que clama en un ahora y una realidad que espera inmediatamente. El pobre no es un abstracto, sino un concreto. No es una definición, sino una vida, con sus sentimientos, sus humillaciones, sus derechos y sus carencias, su dolor y su alegría…

Y cuando ese hombre se percibe integral en el misterio de Cristo, cuando se comprende internamente que está asumido por Cristo, —«tuve hambre y me disteis o no me disteis de comer, tuve sed, estaba desnudo, enfermo, en la cárcel…—, entonces comprendemos la vida y la acción de Vicente de Paúl, su mística y su entrega total al servicio del pobre.

EN EL AOUÍ Y AHORA

San Vicente, su carisma, entronca en raíces tan profundamente humanas del hombre, que en cualquier lugar, aquí, y en cualquier momento histórico, ahora, encuentra el camino de los pobres, de los nuevos pobres, y actúan. Y en medio de nuestra sociedad consumista, materializada, hedonista, está presente, descubriendo las nuevas víctimas de esa misma sociedad. Evidentemente, con una escala distinta de valores, Vicente de Paúl es hoy y ahora quien opta por servir a Cristo en el hermano, quien se solidariza con los más desfavorecidos, quien se entrega a la promoción integral de los abandonados. Con sus limitaciones, con su propia pobreza de recursos, humildemente: por eso se nos puede pasar desapercibido, porque el pobre casi nunca es noticia y tiene hasta la pobreza da no poder expresarse, de no podar gritar sus derechos.

Vicente de Paúl, su espíritu, es ya secular en nuestras islas. Las dos primeras oleadas del espíritu vicenciano llegaron, en 1829 con las Hijas de la Caridad del Viejo Hospital de San Martin, y en 1847 en la persona del obispo Codina, el gran misionero de nuestros pueblos. Desde entonces esa semilla no ha hecho más que constituirse en árbol y crecer y extender sus ramas de acción: orfelinatos, hospitales, colegios, parroquias, sanatorios psiquiátricos, leprosería regional… hasta la reciente expansión a todas las islas periféricas.

Tal vez, pocos entre nosotros puedan asegurar que no han sentido el calor de ese espíritu vicenciano, en algún momento de dolor o necesidad del cuerpo o del espíritu: directa o indirectamente, personalmente o en algún ser querido. Muchos, en el campo docente cuando la vida aún es casi un juguete. Pero, ¿quién podrá contar la multitud de los que han recibido alivio corporal o espiritual, a través del contacto personal o en el ámbito sanitario, cuando la vida se resiente o comienza a resquebrajarse y se busca una palabra para nuestros miedos, nuestras soledades, nuestros interrogantes en el dolor?

Al celebrar este IV Centenario de San Vicente de Paúl no se pretende hacer estadísticas da personas asistidas, ni números de vidas desgranadas día a día en la entrega anónima del servicio al prójimo, ni fechas que encasillen un espíritu. Todo queda abierto, porque queda aún mucho que hacer, y que profundizar, y que renovarse, y que alcanzar: este es el intento. Una vez más acudimos a la carta del Santo Padre el Papa, para expresar nuestro deseo convertido en oración: «Que el cuarto centenario del nacimiento de Vicente de Paúl llegue a iluminar abundantemente al pueblo de Dios, a reanimar el fervor de todos sus discípulos y a hacer resonar en los corazones de muchos jóvenes la llamada al servicio exclusivo de la caridad evangélica».

J. VEGA HERRERA

Oración para el IV Centenario del Carisma Vicenciano

Señor, Padre Misericordioso,
que suscitaste en San Vicente de Paúl
una gran inquietud
por la evangelización de los pobres,
infunde tu Espíritu
en los corazones de sus seguidores.

Que, al escuchar hoy
el clamor de tus hijos abandonados,
acudamos diligentes en su ayuda
“como quien corre a apagar un fuego”.

Aviva en nosotros la llama del carisma
que desde hace 400 años
anima nuestra vida misionera.

Te lo pedimos por tu Hijo,
“el Evangelizador de los pobres”,
Jesucristo nuestro Señor. Amén.

* * *

* ¹El Eco de Canarias, 25 de septiembre de 1981.

* ²San Vicente de Paúl nació el 24 de abril de 1581 en la localidad de Pouy, Francia. Hoy se cumplen, por tanto, 536 años de su nacimiento.

Vi a la Santísima Virgen

virgen-de-la-medalla-milagrosa

Vi a la Santísima Virgen

Noviembre de 1830. Sor Catalina Labouré, la humilde aldeanita de las landas francesas, sigue en el Seminario de las Hijas de la Caridad, en París. Sus ojos han visto ya a la Reina de los Cielos. Pero aún no ha llegado la misión anunciada por la Virgen. La hermanita espera siempre; y llega el 27 de noviembre, un sábado, víspera del primer domingo de Adviento.

Las cinco y media. La Comunidad en pleno, a los pies de la Virgen Inmaculada, hace la oración de la tarde.

Y de pronto…

“Creí oír un roce de un vestido de seda, y vi a la Santísima Virgen. De mediana estatura, su rostro era tan bello, que no podría describirlo. Estaba de pie y llevaba un vestido blanco.”

La Santa describe la figura bellísima de la Virgen; y luego…

“Sus pies descansaban sobre un globo, del que yo veía sólo la mitad. Sus manos, elevadas a la altura del pecho, sostenían otro globo más pequeño figura del universo. Tenía los ojos elevados al cielo, y su figura se iluminó cuando lo ofrecía a Nuestro Señor.”

Los rayos de luz la envuelven en una claridad tal, que ya no se ven ni sus pies ni su vestido.

“Mientras la contemplaba, la Virgen bajó los ojos y me miró; y una voz me decía en el fondo del corazón:

-Este globo representa el mundo entero, particularmente Francia y cada persona en particular.

Y luego añadió:

-He aquí el símbolo de las gracias que doy a aquellos que me las piden.”

Así comprendió la Santa qué generosa es la Virgen con los que acuden a Ella.

Después se formó en torno a la figura de la Virgen un óvalo sobre el que puede leerse, en letras de oro:

“¡Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a vos!”

Las manos de María, cargadas de gracias, se bajan y se extienden en una actitud de entrega, la misma actitud que vemos en la medalla.

Medalla MilagrosaY oye decir:

“Haz acuñar una medalla según este modelo; los que la lleven con piedad recibirán grandes gracias, sobre todo llevándola del cuello; las gracias correrán abundantes de mis manos para aquellos que confíen en mí.”

Luego el óvalo parece dar la vuelta: Aparece entonces una gran “M” coronada por una cruz; y a su pie los corazones de Jesús y de María –juntos siempre-. Una corona de espinas rodea al primero; una espada atraviesa el corazón de María.

Sor Paz Cortés. Madrid

(Del manuscrito de Santa Catalina Labouré)

ORACIÓN DE JUAN PABLO II

Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte Amén.

Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Vos. Ésta es la oración que tú inspiraste, oh María, a santa Catalina Labouré, y esta invocación, grabada en la medalla la llevan y pronuncian ahora muchos fieles por el mundo entero. ¡Bendita tú entre todas las mujeres! ¡Bienaventurada tú que has creído! ¡El Poderoso ha hecho maravillas en ti! ¡La maravilla de tu maternidad divina! Y con vistas a ésta, ¡la maravilla de tu Inmaculada Concepción! ¡La maravilla de tu fiat! ¡Has sido asociada tan íntimamente a toda la obra de nuestra redención, has sido asociada a la cruz de nuestro Salvador!

Tu corazón fue traspasado junto con su Corazón. Y ahora, en la gloria de tu Hijo, no cesas de interceder por nosotros, pobres pecadores. Velas sobre la Iglesia de la que eres Madre. Velas sobre cada uno de tus hijos. Obtienes de Dios para nosotros todas esas gracias que simbolizan los rayos de luz que irradian de tus manos abiertas. Con la única condición de que nos atrevemos a pedírtelas, de que nos acerquemos a ti con la confianza, osadía y sencillez de un niño. Y precisamente así nos encaminas sin cesar a tu Divino Hijo.

Te consagramos nuestras fuerzas y disponibilidad para estar al servicio del designio de salvación actuado por tu Hijo. Te pedimos que por medio del Espíritu Santo la fe se arraigue y consolide en todo el pueblo cristiano, que la comunión supere todos los gérmenes de división que la esperanza cobre nueva vida en los que están desalentados. Te pedimos por los que padecen pruebas particulares, físicas o morales, por los que están tentados de infidelidad, por los que son zarandeados por la duda de un clima de incredulidad, y también por los que padecen persecución a causa de su fe.

Te confiamos el apostolado de los laicos, el ministerio de los sacerdotes, el testimonio de las religiosas.

Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

virgen-de-la-milagrosa-1

Enlaces recomendados:

La Medalla Milagrosa: Escudo de armas de María

La historia de Santa Catalina Labouré

San Francisco de Asís y San Vicente de Paúl, un hermoso paralelismo

san-francisco-y-san-vicente-p

En días pasados la Iglesia ha celebrado la festividad de San Vicente Paúl y transcurridos unos pocos días -justo una semana después- llega la fiesta de San Francisco de Asís. Dos grandes santos que, aunque no contemporáneos en el sentido propio de la cronología, son “hermanos” en el reino de la caridad y la misericordia. He aquí un hermoso paralelismo entre San Francisco de Asís y San Vicente de Paúl, escrito por el filósofo, político y escritor francés Jules F. Simon:

“Existe en el cristianismo tal fecundidad de misericordia social, que hasta ahora los más audaces innovadores no han podido sino inventar lo que ya había sido enseñado y practicado hacia mucho tiempo por esa Religión; pero ninguno de esos innovadores ha intentado imitar, ni aún de lejos, a los dos hombres admirables, que a pesar de los siglos que mediaron entre uno y otro, se completan tan admirablemente: Francisco de Asís y Vicente de Paúl.

El primero se sintió conmovido, sobre todo ante el sufrimiento moral del pobre: la humillación; y para consolarle, sabiendo que es imposible destruir la desigualdad, se desposó con la pobreza y con ella vivió mendigando.

El segundo se conmovió ante el sufrimiento físico del indigente, la miseria; y no sabiendo como proporcionarle una parte de los bienes terrenales, se convirtió en predicador de la compasión, y le facilitó una sirviente gratuita; la Hermanas de la Caridad.

Hombres del pueblo, cuando se trate de atacar la Religión del Evangelio, acordaos que a ella le debéis Francisco de Asís y Vicente de Paul; los dos amigos más tiernos y mas desinteresados que habéis tenido sobre la tierra.

Y vosotros, jefes de Estado, cuando penséis destruir la fe en los corazones de los desgraciados, tened presente que aquellos a quienes queréis quitar la esperanza del cielo en la vida futura, tarde o temprano os pedirán de ello estrecha cuenta en la presente: y ¡no permita Dios que sea con el hierro y por la fuerza!”.

San Vicente de Paúl, insigne ejemplo de la Caridad

San Vicente de Paúl

San Vicente abrazó la Caridad en todos sus aspectos, y acudió a remediar todas las necesidades. Su caridad fue universal; asombro del mundo; honor de la Humanidad; gloria de la Iglesia. San Vicente personificó esta gran Virtud de tal forma que León XIII le proclamó Patrono de las Instituciones de Caridad.

En aquel tiempo, como en este, como en todos, hacia falta poner en práctica las enseñanzas de Cristo: evangelizar… dar de comer al hambriento… vestir al desnudo… La bondad que Dios infundió en el corazón de Vicente, cultivada por sus padres, fomentada con abnegación y sacrificios propios, crecía y dilataba y llenaba su alma de todas las Virtudes para llegar a la cumbre de la santidad.

Fue este gran Apóstol de la Caridad, Sacerdote y Párroco. Pocos días después de llegar a su Parroquia se dio cuenta de la miseria en que vivía una parte de sus feligreses, y de la abundancia en que vivía la otra parte. Este pensamiento le inspiró un sermón a favor de una familia pobre, enferma, y abandonada, que sufría en lugar próximo.

Terminado el sermón muchos oyentes acudieron solícitos y llenaron de provisiones aquella casita que carecía de todo. Esta pronta reacción llenó el santo corazón del Párroco de grandes esperanzas pero le preocupó el “mañana” de aquella pobre gente tan socorrida “un día”. Su espíritu de orden y método, que caracterizó siempre todas sus Obras, trazó un reglamento para que las señoras caritativas de su Parroquia ejercieran el bien constante y eficaz. De aquí nacieron las Cofradías y las Asociaciones de Caridad que, más tarde, se transformarían en las famosas y beneméritas «Conferencias de San Vicente de Paúl».

La Caridad entre Patronos y obreros preocupó también su espíritu de justicia y, escrito de su puño y letra, se conserva un reglamento de organización cristiana de una Fábrica, para el mejor modo de socorrer a sus Obreros y darles medios de vida. Trata también, dicho manuscrito, de los deberes del Patrono, del Maestro obrero, y del Aprendiz; y un método para el empleo cristiano del trabajo. ¡Mutualidad entre Patronos y obreros en el amplio sentido católico!

Su caridad era universal: las Misiones en el campo le llevaron a evangelizar los pueblos de la comarca, ardiente deseo que hizo realidad porque, llevados por el ejemplo del santo Párroco, otros Sacerdotes celosos se agruparon a su alrededor comprometiéndose, con voto, bajo la dirección de San Vicente, a trabajar en la salvación de los campesinos. Así empezó la “Congregación de la Misión” una de las obras apostólicas más importantes de Vicente que, aún hoy día produce frutos abundantísimos en el campo y en la ciudad.

Todas las almas encontraron asilo en aquella gran alma, desde los recién nacidos expósitos hasta los ancianos próximos a comparecer ante el Supremo Juez; sacerdotes y seglares; hombres de Ciencia o pobres ignorantes; cautivos y esclavos; virtuosos, pecadores, y renegados. A todos llegaba la caridad, que no conoció barreras, de Vicente de Paúl. Supo este gran Apóstol de la Caridad aunar valores; organizar fuerzas; ordenar voluntades, para su universal apostolado.

Buscó en una señora de eminente fe y caridad, de gran talento y celo, colaboradora para su magna obra. Con Luisa de Marillac ideó y estableció la Congregación de «Las Hijas de la Caridad». En audaz vuelo, que sólo el amor a Dios y al prójimo pudo inspirar, lanzó a sus Hijas por el mundo, diciéndoles: “Tendréis por Monasterios las casas de los pobres, y viviréis en la calle y en los Hospitales; vuestra clausura será la obediencia y vuestro velo la santa modestia”.

Desde entonces las Hijas de San Vicente se desviven junto a las cunas de los niños expósitos, o sobre el lecho de los moribundos. Su grandeza de alma provocó un grito de admiración que no ha cesado de resonar en todo el mundo católico.

Para conocer el espíritu que anima a estas almas heroicas, relataremos el siguiente hecho: Una de ellas moría asistida por el Santo Fundador. “¿No tienes nada que te inquiete?”, preguntó éste. “Sólo una cosa. Padre mío, —replicó la moribunda—he experimentado demasiado placer en el cuidado de los pobres. ¡Me sentía tan feliz a su servicio!” “Muere en paz. Hija mía”, dijo San Vicente emocionado por tan sublime caridad. El secreto de tantas maravillas estaba en el mandato evangélico del “Amor” puesto en práctica por Vicente.

La fecundidad de su Obra fue fruto de su piedad, su oración y constante trabajo. Murió a los 84 años y toda su vida se levantó al amanecer, dedicó las primeras horas del día a la oración y la meditación, que hacia de rodillas. Cuando terminaba de celebrar la Santa Misa, dábase al trabajo sin tregua ni descanso. Solía decir: “Un Sacerdote debe tener siempre más trabajo que el que pueda realizar”. Se oyó en más de una ocasión, a este infatigable obrero del Evangelio, decirse con humildad, al entrar en el refectorio: “¿Has ganado el pan que vas a comer?” Las 55.000 «Hijas de la Caridad» y los 5.000 «Sacerdotes Misioneros» esparcidos hoy por todo el mundo perpetúan la ardiente caridad de San Vicente de Paúl. Honor y gloria al pastor que llegó a la cumbre de la Santidad, al pobre que repartió entre los pobres más de ¡veinticuatro millones de pesetas!; que envió obreros a evangelizar a fieles e infieles; que convirtió a pecadores y a herejes. Admiremos al Santo Fundador del apostolado de la Caridad y amemos y ayudemos a sus hijos.

Revista Betania (julio de 1957)

San Vicente de Paúl

A San Vicente de Paúl

Tierno brote surgido bajo el cielo de Francia
con ímpetu ascendente de españolas encinas.
Breve grano de almizcle que en Las Landas integras
la copuda parábola del Reinado Celeste.

Alma fresca de estanque que atesora en su fondo
y diluye en sus ondas una augusta sonrisa.
Ancho pecho de roble por ti mismo excavado
para fiel hornacina de la Excelsa Señora.

En ti, la mansedumbre de los bueyes paternos,
los que un día sirvieron para pagar tu ciencia.
En ti, la humildad viva que te proclama indigno
de amasar el Misterio de la Artesa Divina.

Forjador esforzado de un ejército único
que libras las batallas que nunca se han perdido.
Capitán que te esfumas, te apartas, te obscureces
tras de la fortaleza pujante de tu gloria.

Manso, sí, pero fuerte; flexible, pero entero;
muralla de diamante junto al mar jansenista.
Tu soportas insidias, calumnias y vejámenes;
tú nunca te defiendes; te defiende Dios mismo.

Pero tú, sobre todo, volcán de caridades
que ablanda en llanto dulce los témpanos más duros.
Y a las siervas, de pronto, las transformas en reinas
y a las reinas, en siervas de la gleba de Cristo.

Tú, pastorcillo tierno, forjas grandes pastores
para agrandar los hondos rediles de la Iglesia.
Y en tu espíritu recto, como un mástil erguido,
ondea la religio manda et inmaculata.

Oh Casa de San Lázaro, foco de luz y vida,
manantial setentista de fecundas misiones;
que si exige cuidados la material miseria,
mucho más la desnuda ceguera del espíritu.

Un turbión de piratas te ahoga en sus hervores,
y ciñe a tu garganta, no cadenas, espumas:
golilla de la Gracia que hace amo al esclavo
y al amo lo hace esclavo de grilletes eternos.

…Bandoleros de Córcega, lobos de los caminos
que por tu azul presencia se tornan en corderos.
Ladrones de Bretaña, por la Gracia tocados.
Nada escapa a ese dulce resplandor de tu alma.

Oh campos de Champaña, Lorena y Picardía,
de Borgoña, de Anjou y Orleans, arrasados:
floreced en asombros; la Caridad se acerca
sobre el derrumbadero de la muerte y el hambre.

Sin temor a la lluvia de las armas que silban,
de los ríos, serpientes que le salen al paso;
de las fúnebres hienas, de los canes rabiosos,
de las hondas celadas, de las áulicas furias.

Avanzando en las sombras, tú no temes a nada,
ni a las sucias bodegas donde acecha la muerte.
Redentor de forzados, buceador del lodo,
que hasta en el limo, a veces, se ocultan las estrellas.

Nada más, ya te dejo; ya mi verso se aparta
que hoy como tú se siente más indigno que nunca.
Oh Pastor de luceros en los prados celestes,
hornacina de roble de la Virgen María.

                                                   E. Gutiérrez Albelo

Canción a San Vicente de Paúl

Santa Luisa de Marillac: La benéfica institución de las Hermanas de la Caridad

Hijas de la Caridad

Monjitas de la Caridad,
Santas que en la tierra viven,
que por curar se desviven
sin buscar loor ni tener vanidad.

Sus manos curando hacen
que las llagas broten flores,
pues curan con mil amores
y los enfermos renacen.

De Job tienen la paciencia.
De la Soledad el dolor,
y de madre es el amor
que les llena la conciencia.

Vestidas de albo y azul
sois sacrificio y bondad.
Hijas de la Caridad,
de Vicente de Paúl
y Luisa de Marillac.

Santa Luisa de Marillac y San Vicente de Paúl siguen viviendo en sus hijas e hijos esparcidos por el mundo, amando y obrando con el mismo espíritu. Pero sí el mundo les debe, Canarias muchísimo más. Las Hijas de la Caridad y los PP. Paúles han volcado sobre el pueblo canario su caridad y su misión apostólica: en escuelas, hospitales (psiquiátricos, antiguas leproserías, etc.), asilos, orfanatos, obras sociales; y en cualquier caso, siempre dignificando la vida material y la espiritual de los más necesitados. Un ejemplo de todo ello lo encontramos en el siguiente texto, tan sensible como acertado, de Sebastián Padrón Acosta: una loa al trabajo realizado en la Villa de La Orotava, pero que también es extensible -por ser fiel reflejo- a Las Palmas de Gran Canaria o cualquier otro punto de nuestras islas donde las Hermanas han llevado a cabo una ingente labor.

Nos hemos congregado en este santo retiro, llamados por la voz de la caridad, esa palabra magna y significativa, mansa y sonora, que debiera ser escrita con letras de oro en el frontispicio de vuestras casas solariegas como el blasón más egregio de vuestra hidalguía y de vuestra religiosidad preclaras; virtud sublime, cuya primera lección fuera dada por Cristo en la Cima del Calvario, cuando murió por salvar a la humanidad prevaricadora, ofreciéndose al Padre como hostia de expiación; sentimiento, dignificado por el catolicismo, que le erigió trono y altar, incluyéndola entre las virtudes teologales, como síntesis, resumen y compendio de le Fe y de la Esperanza; ángel de alas blancas y tutelares que tiende su manso vuelo sobre las casas donde reina la desgracia y el infortunio, la indigencia y la desdicha, el desamparo y la orfandad; sentimiento que debiera ser el móvil de todas nuestras acciones, porque así lo preceptuó Jesús de Galilea, al dejarnos, como testamento inolvidable antes de su partida al cielo, aquellas amorosas palabras: «Amaos los unos a los otros»; azul paloma descendida de las alturas. ¡La caridad!, hija de Dios, madre del Bien, hermana del Amor, dispensadora del Consuelo, mensajera de la Alegría.

…Cuando la caridad, cubierta de gasas, bajó entre fulguraciones de oro a esta tierra de amargura, un nuevo sol esplendente y triunfal lució sobre la línea azul del horizonte, Y al conjuro mágico de este ángel salvador y tutelar, las instituciones benéficas del Cristianismo florecieron y surgieron almas como la beata Luisa de Marillac, que fundó la hermosa institución de Las Hermanas de la Caridad, que se difundieron por la tierra prodigando bienes y alegrías y consuelos.

Aquí tenéis, orotavenses, a estas santas mujeres, pasionarias de sacrificio, violetas de humildad, lirios de sencillez. Ellas, ahogando en el fondo de su espíritu delicado todos los impulsos de su primavera, se abrazan a la cruz amorosamente. Se desposan con la caridad, con Jesús, después de haber dirigido al mundo una mirada entristecida, desdeñosa. Y recatan en unas bancas tocas el encanto espiritual de su pudor, como un lirio que cierra sus pétalos ruboroso. Desde el momento en que se desposan con la caridad, emprenden la senda luminosa del Calvario, buscando con anhelo las huellas del Nazareno.

Como que la alondra del amor canta en sus pechos, el lugar donde viven, cárcel para el mundo, es para ellas alcázar de felicidad, porque está bañado por los esplendores con que el amor lo ilumina. Cuando en prisión vive ¡o amado, prisión es paraíso. Y por eso en este lugar de refugio tienen las hermanas su vergel, porque a él acuden los ancianos, representaciones de Cristo hambriento, de Cristo cansado, de Cristo sediento. Y es altamente conmovedor el cariño inefable con que estas hijas de la Caridad cuidan a los náufragos de la vida. Y en este hogar cristiano, reina el verdadero amor a la humanidad, prueba inconcusa rotunda de que el ángel que trajera el Cristianismo no ha alzado su vuelo. Palpable demostración de que la mujer jamás abdicará su aroma de virgen y madre, ¡sus gloriosas aureolas!

Ellas van cantando que Cristo es el amor, que Cristo es la caridad. Merecen las Hermanas de la Caridad nuestra adoración, nuestros donativos, nuestros esfuerzos, porque en aras de la humanidad sacrifican su vida abnegada. ¡Quién sabe si los que hoy damos limosna, tendremos que mendigarla mañana!, porque aún peregrinamos por la senda! Y hoy en que el materialismo parece romper con lo sobrenatural, ellas permanecen extasiadas contemplando el misterio de las alturas.

Pasan por la vida, derramando sobre el desamparo de la tierra los bálsamos de la caridad, deshojando las rosas de su sacrificio y de su amor y de su abnegación. Sus cuerpos permanecen en la tierra, pero sus almas viven perdidas en los senos de la Divinidad. Mientras las Hermanas miran a los ancianos con la sonrisa de la caridad en los labios, ellos, en el misterio de sus almas cansadas, quizá piensen en el ocaso…

Las Hermanas de la Caridad son contemplativas como María y laboriosas como Marta. Son ellas la castidad que pasa por el lodo de la tierra sin manchar la albura de sus tocas. Son los ángeles de la Caridad. Vosotros sabéis todas las abnegaciones de las hijas de S. Vicente, de las hijas de la beata Luisa de Marillac. No necesito insistir más sobre ello, pues vuestra presencia en el acto que estamos celebrando lo corrobora.

La solemnidad que estamos celebrando honra altamente al valle de Orotava y a sus damas preclaras. Desde 1884 se ha venido sosteniendo este Asilo con el esfuerzo, con la entereza de almas recias y fuertes, generosas y caritativas; es un ejemplo digno de imitación. La piedad orotavense ha levantado y sostenido este Asilo, que es puerto de refugio, lugar de consolación, rincón de cariño.

Estos beneficios que vosotros dispensáis a los desamparados se os premiarán en aquella hora en que toda obra buena recibirá su galardón. Y vuestra labor es enaltecedora, porque nos hallamos en una época en que la Humanidad ha menester de los bálsamos de la caridad; porque atravesamos una edad angustiosa en que la túnica blanca e inconsútil de la caridad se ha rasgado ignominiosamente; porque estamos en una edad en que la doctrina traída al mundo por Jesús, quiere ser bautizada por fariseos con el nombre de filantropía; porque vivimos en tiempos dolorosos; porque las palabras confortadoras de Jesús se pierden en el vacío de los espíritus. Y vosotros habéis laborado infatigablemente, silenciosamente por favorecer con vuestro propio peculio a estos desamparados de la fortuna.

Dios premiará con creces la magnitud de vuestra labor, la grandeza de vuestra obra, el esfuerzo de vuestra voluntad, la bondad da vuestra intención, el valor de vuestro sacrificio. Habéis enjugado lágrimas, habéis calmado la sed y el hambre de los sedientos y necesitados, habéis vestido a los desnudos, habéis dado posada al peregrino, habéis, en una palabra, cumplido con los preceptos misericordiosos. Y por todo esto recibiréis galardón, recompensa, aureola.

…No sucumbáis jamás en vuestra caritativa empresa enaltecedora. La caridad, como un nimbo, orna vuestras frentes. Debemos seguir serenos, imperturbables, infatigables, los derroteros señalados por Jesús de Galilea. Seguid vuestra labor; no os arredre la magnitud de vuestra obra.

Cuando sintáis en vuestros corazones desfallecimientos en la jornada, id al pie de los altares, y en el secreto de vuestro retiro contad a Jesús Sacramentado vuestras cuitas, que Él es aurora esplendente, gloriosa y triunfal, en medio de esta noche abrumadora que atravesamos, nosotros peregrinos en este doloroso viaje de la vida hacia la Eternidad, donde se rasgarán todas las sombras que nos envuelven dolorosamente.

Reciban, pues, las Hermanas el fervor más entusiasta de nuestro agradecimiento.

Sebastián Padrón Acosta: La benéfica institución de las Hermanas de la Caridad en la Villa de La Orotava. Gaceta de Tenerife (julio de 1922). Extractos.

“Sed empeñosas en el servicio de los pobres… amad a los pobres, honradlos, hijas mías, y honraréis al mismo Cristo”.

Oración

¡Oh gloriosa Santa Luisa de Marillac!
Esposa fiel, madre modelo,
formadora de catequistas, maestras y enfermeras.
Ven en nuestra ayuda y alcanza del Señor:
socorro a los pobres,
alivio a los enfermos,
protección a los desamparados,
caridad a los ricos,
conversión a los pecadores,
vitalidad a nuestra Iglesia
y paz a nuestro pueblo.
Cuida nuestro hogar
y cuanto hay en él.
Que sea un camino recto
que nos conduzca a nuestra casa del Cielo,
y que tu bendición descienda todos los días
sobre cada uno de los que lo transitamos.
Bendito seas, buen Dios,
porque sembraste el amor en Santa Luisa
para ejemplo nuestro
e imitación de Jesús,
Camino, Verdad y Vida.
Amén.

* * *

Enlace recomendado: Biografías de Santa Luisa de Marillac

Con fecha de 3 de febrero de este año de 2016, el Superior General de la Congregación de la Misión (Misioneros Paúles) y de la Compañía de las Hijas de la Caridad, P. Gregory G. Gay, C. M., ha escrito una carta a todos los “Sacerdotes y Hermanos de la Congregación de la Misión” comunicándoles el cambio oficial de fecha de la fiesta de Santa Luisa de Marillac. Como dice el Superior General en su carta, “La celebración de la fiesta de Santa Luisa permanece solemnidad y, con efectos inmediatos, se celebrará cada año el 9 de mayo”.

Se ha considerado cambiar la fiesta de Santa Luisa de Marillac, porque siempre cae en Cuaresma y es preferible no celebrar solemnidades durante ese tiempo litúrgico. Acordándose el 9 de mayo, aniversario de la beatificación de Santa Luisa, porque el aniversario de su canonización también cae en Cuaresma.

La Medalla Milagrosa: Escudo de Armas de María

Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa (Iglesia de Santo Domingo)

“Madre de los pobres,
los humildes y sencillos,
de los tristes y los niños
que confían siempre en Dios.

Tú, que has vivido el dolor y la pobreza
tú, que has sufrido en la noche del hogar
tú, que eres madre de los pobres y olvidados;
eres el consuelo del que reza en su llorar.

Oh María, sin pecado concebida,
rogad por nosotros, rogad por nosotros,
que recurrimos a Ti”.

Medalla Milagrosa

La Medalla Milagrosa: Escudo de Armas de María

TRES insignias bellísimas de los dones con que el cielo adornó a María, vamos a enunciar ahora: son la enseñanza más preciosa, el timbre más florido del escudo de María. Fíjate en el reverso de la Medalla Milagrosa:

Las doce estrellas.- La luz es la que hermosea los cuerpos, y también las almas. Por eso la Escritura nos presenta a María envuelta en el sol, con los suaves resplandores de la luna por peana y coronada por las estrellas.

Estas doce estrellas simbolizan, dice San Bernardo, las prerrogativas de la Virgen: cuatro prerrogativas “del Cielo”, cuatro prerrogativas “de la Carne”, y cuatro prerrogativas “del Corazón”. Doce prerrogativas que la constituyen Reina del cielo, de la tierra y de los abismos.

La cruz y la letra M.- Por encargo de su Director, preguntó sor Catalina a la Virgen si en el reverso de la Medalla había que poner alguna oración, como la quería alrededor de la imagen en el anverso, y la Virgen le contestó: “Bastante dicen la letra M. y los Sagrados Corazones”.

La Cruz descansando en la M. nos dice que María es la Madre de Jesucristo, que por salvarnos murió en la Cruz. Nos dice que María cooperó no sólo con sus deseos y voluntad a la Redención, sino también que dio a Jesucristo el cuerpo que había de morir, que la “carne de Cristo, es carne de María”, que la sangre que purificó al mundo era sangre de María, sangre criada y conservada en sus purísimas entrañas. Durante nueve meses alimentó con su sustancia el cuerpo de Cristo, y cuando de esta Estrella hubo nacido el Sol, de justicia la Virgen aplicaba sus pechos a los labios santísimos de Dios; y de este modo comunicaba al Redentor la flor de la sangre virginal, que había de ser el precio de nuestra salvación.

A esta cooperación añadió los dolores con que en el Calvario ofreció su Hijo al Eterno Padre.

María es la Madre de Jesús muerto en la cruz, al pie de la cual estaba, como vaso precioso, recogiendo la sangre preciosa para aplicarla luego a todo el género humano. Es la Madre espiritual de todos los redimidos, y todos somos hijos de sus dolores.

Los Sagrados Corazones.- El corazón es el asiento y símbolo del amor. La unión de estos dos corazones significa que son inseparables, que un mismo deseo ardoroso los une: el deseo de la salvación de toda la humanidad.

Pero el amor engendra sacrificio, y en las llamas vivas de su amor se inundaron estos dos Corazones para purificar y santificar a todos los hijos de Adán. Son las dos avecillas que el Levítico mandaba ofrecer por los inmundos leprosos, previniéndole al sacerdote que la sangre de la una manchase a la otra. Muere Jesús en la cruz y María bebe el amargo cáliz de la Pasión, y refleja en su Corazón las penas de su amado moribundo. Los dos cargaron sobre sí las iniquidades de los hombres.

Por eso aparecen en la Medalla Milagrosa los dos Corazones: el de Jesús, rodeado de espinas y derramando sangre; el de María, circundado de rosas y atravesado por una espada: ambos unidos en el mismo amor y en el mismo sacrificio.

Hagámosle una ayuda a su imagen, dijo Dios cuando crió al hombre. Cuando Dios vio padecer a su Hijo quiso darle una ayuda, que se le pareciese en todo la Santísima Virgen.

¿No es verdad, lector, que la Medalla Milagrosa es un compendio de Teología Mariana y que merece el nombre de «Escudo de Armas de María».

Rafael Cabrera, 1937. Voz Celeste (Padres Paúles)

Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa 1

Himno a Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa

Míranos, ¡oh, Milagrosa!
Míranos, Madre de amor.
Míranos, que tu mirada
nos dará la salvación.

Son tus ojos los luceros
que en la noche del dolor,
dan aliento y esperanza
al humano corazón.

De tus manos extendidas
brotan rayos de fulgor:
son las gracias escogidas
que a tus hijos da el Señor.

¡Milagrosa! la plegaria
que a ti sube en un cantar,
a nos, vuelva transformada
en celeste bendición.

Te coronan las estrellas
con un nimbo de esplendor:
eres Reina de belleza,
de bondad y de perdón.

Origen de la Medalla Milagrosa

Sor Lorenza Díaz Bolaños, H.C., la primera beata canaria

sor lorenza diaz bolanos

sor lorenza díaz bolaños

Su fortaleza y fidelidad pasó por encima del temor a la muerte

El próximo 13 de Octubre de 2013 tendrá lugar en la Catedral de Tarragona la ceremonia de beatificación -oficiada por Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos- de la primera mujer nacida en Canarias, Sor Lorenza Díaz junto a otros 500 mártires de la Guerra Civil española. Lorenza Díaz Bolaños nace en Santa María de Guía (Gran Canaria), el 10 de agosto de 1896, en el seno de una familia humilde y muy cristiana; despierta y piadosa recibe el bautismo el día 15 de agosto, Solemnidad de la Asunción de la Virgen y fiesta patronal en la localidad de su nacimiento. Su padre tuvo que emigrar y su madre, María del Pino, trabajó duramente en la agricultura para mantener a la familia. Lorenza la ayudaba en las tareas del hogar y en las labores del campo. Ya desde su más tierna infancia fue creciendo y madurando con vocación religiosa y de servicio hacia los demás.

Era muy amante de la Virgen” dicen sus hermanos Juan Jesús y José Ignacio, “de niña cogía las flores más bellas que cultivaba en el huerto para llevárselas a su altar”, siguen diciendo de ella, “su expresión era de humildad perenne, piadosa, bondadosa, no tuvo con nadie un mal gesto, pronta para ayudar a todos, era alegre…mostraba un recogimiento y ensimismamiento que indicaba vivía en la presencia de Dios”

Sor Casilda Ruíz, Hija de la Caridad

Fue confirmada, casi como una providencia, por el Padre Cueto, un 26 de Mayo de 1900 – festividad de San Felipe Neri, “el santo de la alegría” -. Con sus cualidades humanas y virtudes, no le fue difícil seguir la llamada de Dios; realiza el postulando en el hospital de San Martín de Las Palmas de G.C., y poco tiempo después solicita el ingreso en la Congregación de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, donde tuvo una vida de servicio hacia los enfermos y los pobres a quienes servía con cariño y solitud maternal, reflejo de su inmenso amor a Dios.

Pero Sor Lorenza entiende que el seguimiento a Cristo requiere una gran entrega, como lo hicieron los discípulos de Jesús. Le cuesta dejar a su familia a quien tanto estaba unida, pero la fuerza que la daba la Eucaristía y la oración vence toda resistencia. Sor Lorenza se traslada a Madrid en abril de 1921 para hacer el seminario de formación, y a los seis meses es destinada al Instituto de Reeducación Profesional de Inválidos del Trabajo, ubicado en Carabanchel Bajo. Transcurridos cinco años de vocación, el día 1 de mayo de 1926, emite por primera vez sus votos solemnes. Durante todo este tiempo trabaja incansablemente, estudia y se perfecciona admirablemente en su oficio de enfermera. Algunos años después llega el fatídico día en que un grupo de milicianos van a buscarla a la pensión en la que se encontraba. Su nombre figura en una lista negra: denunciada por un celador del hospital de Carabanchel donde trabaja, que la acosa y a quien ella siempre rechazó con firmeza, no cediendo a sus pretensiones. Fue apresada junto a otra religiosa, Sor Josefa Gironés Arteta, y seguidamente llevada a una checa o lugar de suplicio, atormentada vilmente, y finalmente martirizada en el parque de las Vistillas de Madrid el 22 de noviembre de 1936 -seis días después de haber sido apresada- por fidelidad a su fe y a su vocación, derramando su sangre por nuestro Señor Jesucristo. Su cuerpo descansa en la cripta que tiene la Congregación de las Hijas de la Caridad en el cementerio de San Isidro (Madrid).

Hijas de la Caridad - mártires

Mensaje con motivo de la Beatificación del Año de la fe, en Tarragona, el 13 de Octubre de 2013

“Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había transformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor, con el perdón de sus perseguidores.”

Benedicto XVI, Carta Apostólica Porta fidei, 13

Oración a la Beata Sor Lorenza Díaz

Oración a Sor Lorenza Díaz Bolaños

Dios Padre, rico en misericordia y autor de todo bien. Tú hiciste brotar en el corazón de tu hija Sor Lorenza Díaz Bolaños y sus compañeras un amor tan grande hacia Ti, que las llevó a entregar su vida al servicio de los necesitados. Tú les diste la fuerza de tu Espíritu Santo para dar su vida como testimonio de fe y caridad. Concédenos por su intercesión que imitando sus virtudes, alcancemos las gracias que te pedimos. Por Jesucristo Nuestro Señor. AMÉN

(Se puede rezar Padrenuestro, Avemaría y Gloria por la intercesión que se desea)

≈ ≈ ≈

Sor Lorenza Díaz, religiosa guiense y mártir, por Sor María Ángeles Infante, H.C.

Enlace recomendado: somosvincecianos.org