Fiesta del Corpus Christi en la Villa de La Orotava

Flores… más flores… muchas flores…

Desde la Cuesta de la Villa, momentáneamente, contemplo en actitud admirativa el incomparable Valle de la Orotava. Es una mañana en que la atmósfera está limpia como el cristal de roca. La primavera, en posesión de su máxima hermosura, se manifiesta en el Valle-prodigio, en plena floración.
La luz solar, plata y oro en fusión maravillosa, rompe en la alfombra verde de los extensos platanares y arranca centelleos a las gotas de rocío, como si fueran éstas, brillantes incrustados en las hojas de la vegetación. Tan intensa es la luz, que parece que llega acariciante hasta el mismo corazón del mortal que admira tanta belleza y siente la caricia como un hormigueo del espíritu.
El Teide poderoso, parece querer besar la bóveda celeste; contrastando con el azul purísimo, la nacarina nieve que en forma de caperuza cubre su mayor altura. Este día de sol incomparable, parece querer dar un mentís a ese tradicional proverbio que dice:

«Tres días hay en el año 
que relucen más que el sol
Jueves Santo, Corpus Christi
y el día de la Ascensión».

Corpus. Día de gloria… día de flores y de sol. Aquí, en la Orotava, este santo día, es de más brillantez que en cualquier otro sitio. La deliciosa villa, viste sus mejores galas. Las calles limpias, primorosamente adornadas, dan la grata impresión de un país de ensueño. La policromía de las múltiples alfombras confeccionadas en su mayor parte con flores naturales, parecen tener una interrogación en cada corola de flor y una sonrisa en cada pétalo.
El gusto artístico predomina en este alfombrado de las calles pinas y asimétricas. Como todos, con religiosidad mística, contemplo las alfombras en las que el genio del artista se funde en estrecho abrazo con esa obra inimitable que la naturaleza labró en las flores: luz y color, armonía suprema, obra de Dios…
En holocausto a él, se ofrenda todo esté derroche de arte, de color y luminosidad. La comitiva religiosa, pasa por sobre las alfombras que los mortales no osaron hollar con su planta por ver en ello la profanación.
Tras de sí deja la procesión las flores marchitas y deshechas. Las flores, más y más flores, muchas flores que antes parecían sonreír, ahora, muestran un gesto de dolor…
Mas no han quedado rotas y marchitas todas las flores… Como algo indestructible, semidivino, podemos admirar en profusión alucinante la eterna maravilla de luz y de color que en sus caras de diosas ostentan siempre las mujeres de la Orotava: Estas, como aquellas, son flores.

Y porque así Dios lo ha querido,
adornándolas como a las rosas,
recreándose en su obra complacido,
como a ellas, las hizo tan hermosas.

Rafael Peña León. La Orotava, 1926.
Revista Hespérides, agosto de 1926 (nº35)

* * *

Fiesta del Corpus Christi en la Villa de La Orotava

Siempre variada, aunque no distinta
camina en Corpus Christi La Orotava.
Religioso su espíritu proclama
la especial aventura ya intimista.
Elementos… Milagros vegetales
llenan de esplendor, dichosa Villa
perfume de sus montes, sus orillas…
hasta el mismo rincón donde hay sus mares.
Con tapices de pétalos y arena…
¡Oh volcán que rendido va a tu pie
y a la hostia sagrada fuego lleva!
qué hay más hermoso que te dé…
por dejar tu andar la propia vida
sino la ofrenda de amor con nuestra fe.
¡Y tú, villa norteña, bien nacida!
Tan llena de mil gracias tus rincones
donde abunda la paz entre las flores;
con tu Señor, Tú siempre agradecida.
Son tus calles bellezas alfombradas
se inclinan a tus pasos cual vecinos
en calidad su adoración de hijos;
levantando tu cáliz ya te alaban.
Para rendirte culto eternamente,
sin agotar el paso caminamos
para seguirte sin pensar dos veces;
¡Qué eres la verdad de cada día!
nos sorprende tu andar a nuestro lado
¡de manera tan franca, inmerecida!

               Carmen Suárez Baute
    “Imágenes en verso” (2005)

Enlace relacionado:

El arte de las alfombras de La Orotava (Infraoctava del Corpus Christi)

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El cuento de la espiga (un cuento con moraleja)

EL CUENTO DE LA ESPIGA

En un trigal, cuyas mieses el sol iba dorando a sus fueros, una espiga arrogante crecía muy cargada de hechizos y ensueños. Era esbelta, gallarda y tan buena, que todo su empeño lo cifraba en crecer y adentrarse en la gloria del Cielo.

El Señor, que sus sueños sabía, la miraba benigno y risueño y firmes promesas le hacía, de atraerla algún día a su Seno. Y la espiga  soñaba y crecía…, y esperando alcanzar sus anhelos, se pasaba las horas jugando en el dulce columpio del viento.

Una tarde muy larga de estío, presentose en el campo un labriego, que con hoz despiadada y  cortante  fue segando el precioso  terreno. Y alarmada decía:

¡A mí no! ¡A mí no!, —la inocente espiguita del cuento.

—¡A mí no! Porque estoy designada para alzarme con mi tallo hasta el Cielo.

Pero el hombre tal vez distraído, derribola de un golpe certero, destruyendo con él su ventura y el  hermoso ideal de sus sueños.

—¡Oh Señor! —exclamó entonces la espiga—, ¡mira, mira, mi Dios lo que han hecho! Ya no puedo llegar a tus brazos, ¡Sálvame!  ¡Sálvame, que me muero!

Y el Señor cual si nada escuchase, respondiola con sólo el silencio. Y el labriego tomando la espiga, bajo el trillo la puso al momento. El cabello arrancose con brío y los granos de trigo crujieron; y cual perlas de sartas deshechas, por las eras rodaron dispersos.

¡Oh granitos que Cielo anhelabais!, —un sin fin de amapolas dijeron— ¿de qué os sirve haber sido tan puro si a salvaros no bajó el Eterno?

Y en su angustia la triste clamaba:

Padrenuestro que estás en el Cielo.

En la cárcel oscura de un saco, al molino llevaron al nuevo; y los granos dorados y hermosos, en finísimo polvo volvieron. Y la harina llorando seguía y al Señor suplicaba con ruegos; y allá arriba seguían callando, y acá abajo seguían moliendo.

¿Y por qué el Buen Jesús callaría?…. ¿Y por qué le negaba consuelo? ¿Y por qué siendo pura e inocente, le dejaba en tan duro tormento?

Pero ved qué pasó con la harina, una Hostia bellísima hicieron. Y era tenue cual brisa de mayo, y era  blanca cual luna de enero. Su belleza brilló sobre el ara y las nubes al verla se abrieron. Dios mismo y su gloria bajaron, y en la Hostia feliz se fundieron. Y así en tierno coloquio de amores, a la espiga le dijo el Cordero:

—Yo anhelaba tenerte en mi gloria y mis brazos brindarte por lecho, pero escucha mi bien amada, a mis brazos, solo puede llegarse sufriendo.

Cuento popular

Fiesta del Beato Pere Tarrés i Claret

Pere Tarrés i Claret (Manresa, 30 de mayo de 1905 – Barcelona, 31 de agosto de 1959) fue un médico de gran competencia y caridad. Apóstol de la juventud y dirigente de la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña. Durante la Guerra Civil ejercitó de médico en el frente republicano del Pirineo y del Ebro. Ordenado sacerdote el 30 de mayo de 1942, se entregó totalmente a los hermanos. 

Ya enfermo, pasó en Núria sus últimos veranos atendiendo a grupos de Acción Católica Femenina de la Parroquia de Sarrià (Barcelona), donde se encuentra su sepulcro.

Beatificado en Loreto el 5 de septiembre de 2004, su fiesta tiene lugar el 30 de mayo. Tiene dedicada en Núria una fuente en la Ermita de San Gil (P. Queraltó, 1951) y una escultura en la Basílica (R. Muñoz, 2012).

Oración

Señor, Padre santo: Tú has llamado al bienaventurado Pedro Tarrés i Claret, presbítero, a llevar en su persona la imagen de Cristo, médico corporal y espiritual, y, por la gracia del Espíritu Santo, lo has hecho insigne en la caridad y en la castidad: por su intercesión y su ejemplo, concede a tus fieles perseverar siempre en la Iglesia como testigos y pregoneros del Evangelio. Por Cristo nuestro Señor.

* * *

Vida del Dr. Pere Tarrés

El arrorró (poema)

El arrorró

Guardo muchas canciones en la memoria
pero en el alma llevo tan sólo una:
aquella cuyas notas saben a gloria,
la que cantó mi madre junto a mi cima.

Aquella cuyas frases van impregnadas
del cadencioso arrullo de las palomas,
y cuyas vibraciones inmaculadas
tienen para nosotros luces y aromas.

Arrorró de mi tierra, sencillo y blando,
lleno de dulce y vaga melancolía,
¡quién no te ha oído nunca vive ignorando
de los grandes amores la poesía!

Susurro de los valles que lleva el viento,
del mar o de los bosques; canción lejana,
todo cuanto en mis penas tiene un acento
en tus notas encuentra la nota hermana.

Y se mezclan al ritmo de tus cantares
unas veces la dicha y otras la pena,
el murmurar alegre de los pinares
o el gemir de las ondas sobre la arena.

Canción incomparable, todo dulzura,
canción de mis recuerdos, tierna y vehemente,
cada vez que te escucho se me figura
que una ola de besos baña mi frente.

                   Domingo J. Manrique

La tristeza, la alegría, el arrepentimiento, el perdón…

LA TRISTEZA

Sigue tu arrullo, tórtola amorosa;
Hinche de tu ternura el bosque umbrío,
Y de amor bajo el suave poderío
Vive feliz correspondida esposa.

¡Ay! Yo con suerte mucho más dichosa
Trepar al olimpo por mí ser portio;
Y no obstante el acerbo dolor mío
Causa este llanto que en mi faz rebosa.

Que a ti de tu consorte siempre al lado
Con nuevo gozo te baila el nuevo día,
Y acrece los deleites del pasado:

Más huye de mi vida la alegría….
Y…. ¡Cómo! ¿Y es un fiel quien se ha quejado?
¡Tiene tristeza un hijo de María….!

LA ALEGRÍA

Dulce es María cuando tiende afable
Las manos amparando al inocente:
Dulce, cuando en favor del delincuente
Al irritado Juez torna exorable:

Dulce cuando con voz tierna agradable
Excita a la virtud al negligente:
Dulce, cuando acaricia suavemente
Al que juró en su amor no ser mudable.

Dulce, cuando en la noche de la vida
El ceño desarruga de la muerte,
Y acompaña al devoto en la partida.

Y dulcísima en fin, cuando… ¡Ah! Quien verte
Logra en el cielo, Madre esclarecida.
Ese podrá explicar su dulce suerte.

EL ARREPENTIMIENTO

¿Será Reina del cielo que severa
Miréis de un infeliz la angustia y llanto;
Y que así me arrojéis de aquese manto
Que en más risueños días me cubriera?

Madre, Madre piadosa, considera
Que, si bien no aprecié cariño tanto,
Mi ingratitud tanto me causa más espanto
Que el infierno si en él arder me viera.

Cuanto mayor mi ingratitud ha sido,
Más cruda, más horrible es mi desgracia.
Y más vivo el clamor de mi gemido.

Ved vos lo que valéis; y la eficacia
Veréis también con que perdón os pido,
Tórname aún esta vez, ¡ay! a tu gracia.

EL PERDÓN

Denme que el orbe a mi semblante atento
Mi voluntad mas que obedezca adore:
Denme que cómo sandez se enamore
Una Elena de mí con otras ciento:

Denme que dueño sea en el momento
Del oro que la tierra en sí atesore:
Denme que todo sabio condecore
Con su loor y aplauso mi talento:

Denme que finjan, o Marón, u Homero,
No imaginadas otras mil venturas
Que tengan para mí ser verdadero:

Para mí todas fueran desventuras,
Si la Virgen, su rostro antes severo,
No me hubiera anegado ya en dulzuras.

                                           V.C.R. (S. XIX)

Foto ilustrativa: Stefan Wise, en Cathopic.

Mi crucifijo (poema)

Mi crucifijo

¡Mi crucifijo!… ¡oh síntesis divina
de toda cuanto anhelo y necesito!
Luz, fuerza, paz, valor… sostén bendito
de un alma desterrada y peregrina.

Preso en mis manos, si mi ser declina,
tal aliento me das, que resucito:
y un consuelo me infundes infinito,
cuando beso tu llaga purpurina.

Yo contigo, no siento los dolores:
ni noto en mi redor, los desamores…
es más: mi soledad, de ver no echo:

Pendiente así de Ti la vida mía,
cerca de mí te tengo todo el día,
y duérmome contigo sobre el pecho…

     Carlota Navarrete (Málaga)

Invocación de una madre

Tú, que sobre las estrellas
Encumbrado,
Eres de Vírgenes bellas
Adorado…

A quien mil y mil querubes
A porfía,
Tributan de incienso nubes
Todo el día!

Tú, de la humana flaqueza
Dulce faro,
Tú, de la humana tristeza
Dulce amparo!

Oye el ruego fervoroso
De una madre,
Que eres todo Poderoso,
Y eres Padre!….

Por los suspiros dolientes
Que María
Sobre tus Hagas ardientes
Despedía…

Por tu sepulcro sublime,
Venerado,
Do el fiel sus labios imprime
Desolado…

Vuelve a la virgen que adoro
La salud,
Que es, buen Dios, almo tesoro
De virtud!…

Sin ella, todo aflicción,
Un desierto…
Dios mío, por tu oración
En el huerto!

             José P. Sansón

Ella y la Flor

Ella y la Flor

«Apareció en el cielo una señal grande: una mujer envuelta en el Sol, con la Luna debajo de sus pies, y sobre la cabeza, una corona de doce estrellas» (Apocalipsis, XII, 1). Sin duda alguna. Es Ella, y no otra, afírmanlo categóricamente los intérpretes. Tampoco es necesario poseer especial perspicacia para comprenderlo ya a primera vista.

Las doce estrellas de la corona pueden significar—aunque no lo asevere nadie—los doce meses del año. Con la plenitud simbólica del número doce, sintetizando toda la naturaleza creada. Orlando las sienes de María, la Reina. La que logró—por la magia sobrenatural de su Hijo—hacer de una naturaleza hundida otra resurgida: «Populum electum, regale sacerdotium…». Una auténtica naturaleza regia.

No ha de extrañar, pues, que cuando esa naturaleza se sienta más majestuosamente regia vuelva los ojos a Ella. Con alegría incontenible. Ocurre en mayo. El mes que, entre las doce estrellas de la corona, sobresale en fulgor. El mes que la Iglesia quiso consagrar con un marianismo especial. Colocando a María en dosel de flores.

La flor tiene amores con María. Máxime la flor de mayo. La flor es delicada, como una criatura nacida sin pecado, pudor virgíneo, labios puros de la tierra, brindando amor inocente, música, trompeta de anunciación, paloma mensajera… Todo eso es la flor. La virgen de la naturaleza vegetal. Como la Virgen de la Humanidad, la flor de los campos espirituales, es María.

La flor de mayo está más palpitante de vida que ninguna otra. Tiene toda la primorosa fuerza de la primavera. Aurora de vida. Víspera encendida de granado estilo. Rosetón de góticas catedrales.

Entre esas flores de mayo vive Ella, palpita Ella. Como quien jugara con sus amigas. Compañeras, colegialas del mismo Colegio. Bajo la arcadas de una mística Rosaleda. La Fuente—Cristo—, en el centro, mantiene el frescor ambiental. Y la Vida.

De hinojos, desde la ladera nuestra, con flores de nuestros humildes muertos, saludémosla. El corazón, maceta de la flor de mayo, altar de María. En los labios:

«Venid y vamos todos
con flores a porfía;
con flores a María,
que Madre nuestra es».

Fray Elías Gómez, Mercedario. Revista La Merced, mayo de 1959 (nº 122).

* * *

Flor de las flores

Flor de cinco pétalos,
la Virgen María;
como la violeta
o la campanilla.

Su nombre perfuma
mundos de alegría;
el nardo, su aroma,
por Ella destila.

Dios, con cinco flores,
su nombre escribía,
bajo los luceros:
Margarita linda.

Azucena pura,
Rosa sin espinas,
Izote florido,
Amapola herida.

Reina de las flores
ha sido elegida,
cuando flor de Arcángel
dijo: «Ave María».

Huerto de su seno
maduró caricias:
¡en su Primavera
maduró la Vida!

¡Qué es Virgen, sí, madre,
la Virgen María!
Fruto de su otoño
flores no marchita.

               MÁSER

A la Vera Cruz (tríptico)

A la Vera Cruz (tríptico)

I

Escrito fue en el cielo tu existencia
a aquel que de tu amor nunca supiera.
Y en medio del fragor, Cruz verdadera,
te alzaste como altar de la conciencia.

Y fuiste desde entonces plena audiencia
a todo pecador que te inquiriera.
Y fuiste, Cruz de amor, aura cimera
capaz de perdonar toda inclemencia.

Crecidos a tu sombra redentora,
gustamos el manjar de nuestra vida.
Sabiendo que algún día, a cualquier hora,

sin pausa emprenderemos la partida,
al seno ya infinito de la aurora
que emana de tu dicha compartida.

II

Al símbolo de amor que nos tutela
le llueven primaveras de alegría
que visten de floral alegoría
los brazos que su cuerpo nos desvela.

Rendidas a sus pies dejan su estela
las manos que conforman la armonía
y tejen con sublime maestría
el lábaro floral, que nos revela

el culto inmemorial a la verdad
del Hijo de Dios Padre ajusticiado
por culpa de la torpe humanidad.

La Cruz es redentora del pecado
y en ella descubrimos la bondad
que emana de un perdón, ya perdonado.

III

Por vestir a tu Cruz yo me desvelo
buscando lo mejor entre las flores,
son mayos que reviven los amores
que diste sin medida al propio anhelo.

Labrando estoy tu Cruz, que desde el suelo
se erige cual estrella de fulgores
y en ella van clavados los errores
de un torpe pecador que implora al cielo.

Ungido de perdón yo fui signado
y en ínfimo Jordán inmerso en luz.
En él fui, mi Señor, iluminado,

vestido con el cándido capuz,
que nace del encuentro afortunado
contigo y con tu Santa Vera Cruz.

Juan Carlos Monteverde García
(“Teselas”, 2016)

* * *

El sentido de la Cruz

Rafael, no te fuiste (al Hermano Rafael Arnáiz)

*Homilía

Queridos hermanos, Compañeros, representación del Ayuntamiento de la ciudad, asociación del barrio, comunidad parroquial: a todos nos acoge y nos saluda el Señor Jesucristo. Él es el que nos acoge y él es el que nos saluda. Bienvenidos.

También en este día celebramos como parroquia la fiesta del Hermano Rafael, el Señor nos llena de esperanza. A lo largo de toda la Sagrada Escritura, en un relato precioso, los momentos más gozosos que el pueblo experimenta, son los encuentros de Dios con su pueblo. Hoy también en honor de Cristo Resucitado, y en honor del Hermano San Rafael sentimos la alegría que Dios da al corazón humano, no solamente como un hecho psicológico, sino como un hecho profundo de la realidad de nuestra propia vida.

Estamos en unos días preciosos de la celebración en este tiempo solemne de Pascua, y el Señor Jesucristo resucitado y glorioso nos acompaña con su cercanía y la certeza de su amor. Vemos en estos textos los primeros testimonios de Cristo resucitado que realmente llenan nuestros sentimientos y nuestra mente. Es tan intensa la realidad de la fiesta pascual que ilumina nuestra vida, la belleza de Cristo resucitado se hace luz, se hace esperanza en el corazón, es la verdadera alegría. Dice la Escritura, que sólo Dios puede alegrar el corazón humano.

Estamos celebrando también la fiesta del Hermano San Rafael; sin duda vosotros mismos conocéis tantas cosas de él y de su vida, realmente entrañable por muchos motivos, también por su proximidad histórica, ya que casi pisamos sus huellas. Simplemente en este rato quisiera recordar, a la luz de la fe pascual, la humanidad profunda del Hermano San Rafael, la experiencia impresionante del hombre que se acerca a Dios en una actitud de adoración, en una actitud de fe profunda que encierra toda su vida.

Rafael encontró en la fe, la luz y la alegría de concebir a Dios, y por eso concibió el ser humano, la realidad y la existencia de su vida… También nosotros estamos llamados desde la realidad de nuestra propia vida, nuestra propia tierra, nuestras propias gentes; estamos llamados a buscar el bien de los bienes, el mayor bien, aquel que sostiene la creación, aquel que sostiene y da la vida al ser humano.

Queridos hermanos: Rafael tenía la actitud de reflexionar los hechos, de pensar la vida.

Rafael amaba la vida y amaba a Dios por encima del corazón, los sentimientos; la calidad humana del corazón nos hace nobles, le hizo noble a Rafael ante los demás y ante Dios mismo. Rafael llevó el amor a la vida, el amor a Dios y el amor a la creación entera, con un amor entrañable.

Dice la Escritura, que estamos llamados a amar, desde la inteligencia, desde el corazón y también desde las entrañas; la Escritura hace también referencia hacia las entrañas, a las partes nobles de la vida que quedan en nuestra propia existencia; normalmente en nuestro lenguaje todavía usamos esa expresión: esa persona, ese hombre, esa mujer tiene buenas entrañas. Rafael quería a Dios con un amor realmente entrañable.

En definitiva, nos encontramos con un hombre creyente en Dios. Él vivió la fe cristiana que recibió signado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Del mismo modo, todos los que estamos aquí hemos sido bautizados y llevamos en nuestro cuerpo las señales de Jesucristo porque fuimos ungidos y bautizados en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,  llevamos en nuestro cuerpo la muerte y la resurrección de Jesucristo. Este misterio tan sencillo de fe, lo vivió Rafael con una intensidad profunda en el aspecto de acoger en su vida de Dios Padre, el amor a Cristo y la presencia constante del Espíritu.

Hoy es un gran día de fiesta y ojalá la sepamos vivir con intensidad, con amor, con frescura, con la fuerza misma que da la fiesta; pero a la vez quisiéramos recordar la realidad de nuestro mundo para acoger el misterio de Dios en nuestra vida, en nuestras personas, en la realidad incluso de la Iglesia, por eso, en este tiempo pascual e imagen del Hermano San Rafael, verdadero injerto del cuerpo del Señor, vamos a hacer también ese recorrido, ese itinerario que de alguna manera es el camino de Dios en el silencio del amor, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Cristo nos ha permitido en su cuerpo humano y glorificado, ser de Él y para Él para siempre.

Hermanos es la actitud de vivir la fe cristiana con gratitud y con esperanza todo este tiempo de pascua, para que el Señor nos de la alegría de la vida, la fortaleza en la tribulación, para que el Señor limpie nuestro corazón con la túnica blanca del bautismo, una túnica blanca de la dignidad eclesial; los santos padres decían que representa la túnica del despojo de Cristo que se dejó en su desnudez y vistió el ser humano; a cada uno de nosotros el Señor nos ha vestido con su túnica de amor en el día de nuestro bautismo, de ahí la esperanza para que la fe vaya creciendo, no por lo que otros nos han dicho de Cristo, sino por lo que cada uno de nosotros podemos experimentar y ser testigo de Él.

Y ya para terminar, Rafael nos habla de la ternura y cercanía de Dios. También a nosotros nos toca ser testigos de Dios, de la ternura y del cariño de Dios en medio de nuestro mundo, como sin duda alguna Rafael ha sido.

Ánimos hermanos, escogisteis en vuestra parroquia al Hermano San Rafael. Hay muchos espejos en la vida en los cuales podemos mirarnos, vosotros habéis escogido a Rafael para miraros en él. Cada día que amanece también aparece la vida entrañable de los hombres y mujeres buenos y santos de ayer y de hoy que son el viento y voz profética de todos nosotros.

Ánimo hermanos, el Señor por mediación de Rafael, ha tenido aquí su mano limpia, profundamente limpia y generosa para poder escuchar su Palabra. Que en este escuchar su Palabra se pueda también encender el ardor en nuestros corazones, como en el camino de Emaús.

*Homilía de D. Miguel Ángel Delgado. Burgos, 27 de abril de 2017.

* * *

Rafael, no te fuiste
tú siempre vivirás entre nosotros.
Volverá tu alegría trascendente
a darnos el sonrís de tu mirada,
más pasos en tu ruta de desierto,
más sed con el torrente de tus aguas,
más luz que rasgue tules de inconsciencia,
más fuego con el fuego de tu brasa.

Tú siempre vivirás entre nosotros
sencillo: sin palabras.

¿Volverás, Rafael? No te fuiste,
permanece tu luz serena y blanca
tus escritos en alas del misterio,
son dardos, son hoguera, son espada.

Tu espíritu que arranca decisiones
tu fuego que enardece y arrebata
tu fe en incesante forcejeo
se clava en los rincones de las almas.

Hoy el mundo comprende tu alegría,
tu dolor, tus renuncias, tus llamadas.

¡Rafael, no te fuiste,
hoy el mundo… ¡es tu Trapa!

           M. Gemma Abia, Filipense

Boletín Informativo San Rafael Arnáiz Barón (Enero-Junio 2017, nº 186)