Las Flores del Calvario

Las Flores del Calvario

Flores apparuerunt in terra riostra.

Yo soy el perfume que aroma la vida,
estrofa divina de eterna canelón;
celeste desmayo, hoguera encendida,
florido refugio del fiel corazón.
¡Yo soy la Oración!

Mi traje es de bruma, mi voz es de cielo,
de coros de niños mi corte formé;
un rayo de luna me sirve de velo;
yo soy la victoria, la dicha, el consuelo…
¡Me llamo la Fe!

Mi paso ha sembrado la tierra de flores;
en pos de mis huellas el mundo se lanza;
yo soy quien avivo los santos amores;
yo soy la que calma los rudos dolores;
Yo soy la Esperanza!…

Mi aliento es suave, mi hablar deleitoso;
envuelta en un rayo de luz bajé al suelo;
soy rítmica nota, balido amoroso
que lleva á las almas el dulce reposo;
me llamo ¡el Consuelo!

Habito en el cáliz de oculta violeta;
el mundo me mira con rara piedad;
y en mi encuentra el alma su dicha completa,
que soy de los santos la amiga discreta;
que soy… ¡la Humildad!

Me envuelvo en un manto de nubes de rosa;
yo soy de la vida purísima esencia;
angélica Virgen de faz ruborosa,
del niño inocente sonrisa graciosa.
¡Me llamo Inocencia!…

Yo soy de las almas dichosa agonía,
celeste dulzura, divino dolor;
me llaman querube, luz, astro, armonía,
flor, beso, suspiro, recuerdo, poesía…
¡Yo soy el Amor!

                                    Madre Alberta Giménez.

Imagen ilustrativa: Santísimo Cristo del Calvario de la Villa de La Orotava (Foto de Bruno J. Álvarez).

Durante el primer fin de semana del mes de septiembre se celebra en la villa orotavense el Solemne culto en honor al Cristo del Calvario.

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La Venerable Madre Joaquina de Vedruna

*La Venerable Madre Joaquina de Vedruna

La Venerable Joaquina de Vedruna, viuda de Mas, nació en Barcelona el 16 de abril del año 1783, y fue bautizada con los nombres de Joaquina, Francisca de Paula Antonia. Sus padres, distinguidísimos por la nobleza y piedad cristiana, se llamaron Lorenzo y Teresa Vidal, los cuales, habiendo tenido ocho hijos, estudiaron de educarlos en el temor de Dios. Joaquina, que era de naturaleza dócil, respondió plenamente a sus cuidados, de modo que todos los que frecuentaban la familia admiraban la docilidad y obediencia, el candor de su ánimo, la diligencia y el progreso que hacía en los estudios, como también el amor a la oración, en la que empleaba el tiempo que la dejaban libre sus ocupaciones; igualmente eran llenos de admiración para con ella viendo el esfuerzo continuo que hacía para conquistar la virtud, especialmente después de la primera Comunión.

Llegada a la edad de doce años, deseó entrar en el Monasterio de las Carmelitas para ser religiosa; pero, disponiendo diversamente el Señor, no pudo seguir tal voluntad, puesto que, obsequiando a su padre, y habiéndose añadido el consejo del confesor para ello, en el año 1799 contrajo matrimonio con el noble y piadoso joven Teodoro de Mas, con el que convivió santamente por diecisiete años y del cual tuvo nueve hijos, que felizmente preparó para la gloria de Dios; de ellos cuatro hijas fueron religiosas, dos se unieron en matrimonio honestísimo, tres volaron al cielo en tierna edad.

Invadiendo España Napoleón Bonaparte, Teodoro tomó las armas para defender la patria, pero los malestares de la guerra, despojado de fuerzas y oprimido por las angustias, poco después murió piadosamente en el año 1816.

Joaquina, quedando viuda de su amantísimo esposo se retiró a Vich con sus hijos, y allí atendió por diez años a la educación de los mismos, a administrar los bienes patrimoniales, dedicándose también insistentemente a las obras de piedad para con Dios y de caridad para con sus prójimos, así como a conocer más claramente la voluntad del Altísimo, para seguirla, implorando ardientemente para tal fin, con oraciones y penitencias durísimas, la luz del cielo.

Mucho tuvo que sufrir, de parte de sus allegados, por razones políticas; no obstante, teniendo por norma la justicia y confiando en Dios, todo lo superó con fortaleza.

Por inspiración divina, y con el consejo e impulso del P. Esteban de Olot, de los Menores Capuchinos, hombre distinguido por su santidad, se aprestó a fundar una nueva Congregación de Hermanas, la cual tuvo primero la aprobación de los Padres Franciscanos, y después, por la autoridad del Obispo de Vich, Pablo de Jesús Corcuera, fue en I826 canónicamente erigida con el nombre de Instituto de las Carmelitas de la Caridad, señalándose un doble fin: educar a las niñas y tener cuidado de los enfermos. Tal Instituto tuvo la aprobación del Sumo Pontífice Pío IX; las constituciones después compuestas por el mismo P. Esteban de Olot, fueron primero aprobadas por el mismo Pontífice, y más tarde confirmadas plenamente por el mismo Pontífice León XIII, de felicísima memoria.

Con la dirección suave, prudente y fuerte de la  Venerable Sierva de Dios, se levantaron muchas casas del mismo Instituto en Cataluña, en toda España y en otras partes del mundo.

Al empezar la gran obra es difícil el decir cuántas son las contrariedades, cuántas las angustias, cuántas las amarguras que tuvo que soportar, llevándolo todo con ánimo sereno e intrépido. Confiada en Dios, sostuvo resignada las asperezas del destierro, la miseria de la cárcel, las privaciones y las defecciones de algunas Hermanas. Semejante virtud, la conquistó ella de la íntima unión con Dios, teniendo ya dispuesta desde niña su ánimo. Continuamente dada a la oración, meditaba los divinos misterios, especialmente aquellos de la Santísima Trinidad, repitiendo muchísimas veces al día el Trisagio con indecible consolación y gozo del ánimo; veneró grandemente a la  Santísima Eucaristía; y a guisa de buena hija amó a la celeste Madre, y mostró devoto afecto a San José, San Rafael Arcángel y los Santos. Fue humildísima y se complacía en sufrir y ser despreciada. En el cuádruple estado de su vida se manifestó verdaderamente heroica. Igualmente se distinguió por la sabiduría y caridad con las Hermanas, como también para las niñas a quienes educaba y en el amor a los enfermos en el que no fue vencida por nadie.

Y así, estas grandes virtudes de la Sierva quiso Dios colmarlas de grandes dones, tanto en vida como después de su muerte.

En el año 1849 tuvo un ataque de apoplejía, del que todavía se libró. En 1852, agravada tal enfermedad, no pudiendo ejercer más el oficio de Superiora, tomó para compañera suya a la Sierva de Dios Paula de San Luis Delpuig, para que hiciese sus veces y la que fue más tarde Superiora General. Imperando el cólera en Barcelona, la Venerable, que se encontraba entonces allí, fue atacada por la terrible enfermedad. Recibidos con ánimo piadoso los Sacramentos de la Iglesia, murió santamente el día 28 de agosto del año 1854.

La fama de santidad que tuvo mientras vivía, se acrecentó después de su muerte. Por tanto, la Curia de Vich, en los años 1909, 1911, con ordinaria autoridad hizo los procesos relativos. El día 22 de enero de 1919 se tuvo un favorable decreto de la Congregación Sagrada para los escritos de la Sierva de Dios. El 14 de enero de 1920 el Sumo Pontífice Benedicto XV, de feliz memoria, signó de propio puño la Comisión de Introducción de la Causa. El día 13 de julio de 1921 fue declarada la observancia hecha de los decretos de Urbano VIII. Completados los Procesos Apostólicos en Barcelona y Vich, con decreto exprofeso del 23 de junio de 1923, fueron éstos reconocidos jurídicamente válidos. Por tanto, delante de su Eminencia Reverendísima el Cardenal Luis Sincero, Ponente, es decir, Relator de la Causa, el 28 de abril de 1931, tuvo, lugar la Congregación Anti-preparatoria sobre las virtudes; a continuación, el 7 de agosto del pasado año, se celebró la Congregación Preparatoria; y el día 28 de mayo del corriente año, se tuvo la General, en la presencia de Su Santidad Pío XI, felizmente reinante, quien difirió su juicio hasta el 16 de junio, día solemne de la Santísima Trinidad, en que, celebrado el Divino Sacrificio, y oídos los Eminentísimos Cardenales, los Oficiales Prelados y los Consultores que intervinieron, proclamó heroicas las virtudes de la Rdma. M. Joaquina de Vedruna, viuda de Mas, fundadora de las Hermanas Carmelitas de la Caridad.

Hagamos votos al Cielo para que a la declaración solemne de la heroicidad de las virtudes de la Venerable Madre Joaquina de Vedruna siga a no tardar su beatificación, y podamos ver pronto en los altares a la Sierva de Dios que durante un cuarto de siglo trabajó por la recristianización de Cataluña.

La Hormiga de Oro, agosto de 1935.

* El presente artículo fue escrito en los albores del proceso diocesano de la Causa de la Madre Joaquina Vedruna, siendo declarada Venerable el 16 de junio de 1935.

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Festividad de Santa Joaquina Vedruna, fundadora de las Carmelitas de la Caridad

Virgen de la Cuevita, Gran Canaria (pregón de 1967)

La fiesta principal de la Virgen de la Cuevita se celebra el último domingo del mes de agosto en la localidad de Artenara (Gran Canaria). Recogemos este magnífico pregón leído hace cincuenta años, toda una prueba viva de devoción a esta advocación mariana en la isla.

Sólo el gran amor a Gran Canaria, sencillamente el sentir con la más sincera devoción cuanto con lo nuestro se relaciona, me hace ir de uno al otro punto del ámbito isleño y, enhebrado en tal actitud, la cordialidad y el excesivo optimismo de los organizadores de actos y fiestas me hacen pregonero, cosa que acepto sabiendo mis pocos méritos para tal empresa, pero no eludiendo nunca mi participación entusiástica por todo lo canario… Y canaria, canarísima es esta fiesta de la Virgen de la Cuevita de la que brevemente vernos a tratar ahora, aquí.

Y queriendo decir algo original para corresponder a la atención amable de todos ustedes, vamos a anotar algo curioso y significativo en la geografía marina de nuestra isla y es que en la Costa veneramos a la Virgen bajo la advocación de La Luz; en las Medianías y con proyección incluso al mundo entero donde exista un canario o descendiente de canarios, está la Virgen del Pino, y en las Cumbres, tenemos la devoción de la Virgen de la Cuevita, y así se unen la luz, el árbol y la piedra más noblemente labrada para sede y peana del grancanario por la Virgen.

Y, con ellas y fieles al dogma y la hispanidad esas otras devociones igualmente profundas, antiguas y definidoras, tal el Rosario en Agüimes; de la Antigua, en la Catedral; de las Nieves, en Agaete; de Guadalupe, en Juan Grande; del Carmen en multitud de lugares, y además de otras no falta en este mapa espiritual los impactos de Lourdes y Fátima.

Así, pues, hemos visto que en la Luz, en el Árbol y en la vivienda rupestre, el alma canaria, siguiendo casi el poema de la Creación, ha ido logrando una fervorosa manifestación del amor a la Virgen, uniendo lo humano, lo terreno, con lo divino, con lo espiritual… y más aún, en cada uno de estos cultos y estas fiestas se cumple asimismo esa verdad de la psicología y de la geografía, que hacen a los hombres de una forma según el ambiente, el medio, en que viven y se cumple esa espiritualidad en nuestras tierras altas, de tal forma que en ninguna otra aérea geográfica de las islas de dan tantas vocaciones religiosas como en la que tiene su eje en esta Virgen de la Cuevita de Artenara, pues, entre este pueblo y los vecinos, tal Juncalillo, la proporción de religiosos y religiosas sobre los demás lugares de la provincia es astronómica. Y sí la geografía mezclada con la psicología define este afán, esta necesidad espiritual del hombre, no cabe duda que el fervor por la Virgen de la Cuevita es razón igualmente poderosa y definitiva.

Ya vamos viendo como esta fiesta, esta devoción por la Virgen de la Cuevita, nos señala estas originalidades de las devociones marianas de Gran Canaria (la luz, el árbol, la cueva); y, además, como aquí se cumple con la filosofía de la existencia, pasando a la Cumbre de la esencia. Y hay más aún por decir y afincar en esta fiesta de la Virgen de la Cuevita y es que según en lo religioso fue el propio Jesucristo quien eligió la Montaña para decir el Sermón más hermoso que conoce la Humanidad y otro monte para allí, con los brazos abiertos al perdón, impartir la redención del género humano, ocurre también que a los grandes hombres les gusta hacer su mejor página en las alturas, y así Napoleón, como Aníbal o César pasan los Alpes y allí sienten su grandeza inmortal… Y también la isla, siguiendo la verdad de ser continente en miniatura, busca en sus alturas supremas expresiones, y es un día en Ansite donde se proclama el heroísmo del aborigen y su noble pacto con entrada en la civilización cristiana y es, en este otro monte de Artenara, donde con la arquitectura más emotivamente elocuente hace la ermita más original, hermosa y simbólica de la Gran Canaria.

Todas estas razones profundas, sinceras, antiguas, eternas, justifican el fervor de siempre por la Virgen de la Cuevita y el que, año tras año, a esta fiesta se le imprima un carácter canarísimo, y entidades, actividades y agrupaciones, en especial el folklore, pongan bajo Ella el patronazgo.

Y así, en estas fiestas de Artenara, los que tenemos la fortuna de conocerlas y vivirlas tenemos, para siempre en el alma multitud de cuadros inolvidables, en especial esa procesión nocturna, cuando la Virgen regresa a su Cueva, acompañada del pueblo que enciende hogueras a lo largo del camino; que canta sus rezos en la noche y entonces, allí, en nuestras cumbres sentimos algo supremo que está por encima de las palabras, de las tierras y de las cosas, dialogando con los astros, teniendo en la lírica caligrafía de las estrellas y en el aire alto y limpio esa verdad de lo eterno, de lo sencillo, de lo auténticamente bello…

Un gran poeta dijo que la historia de la humanidad se ha hecho de cumbre en cumbre y en cada cumbre una cruz; pues bien, en la Gran Canaria, en la entrañable historia de nuestro amor a la Virgen también lo hacemos (además de la Luz o del Pino, como ya señalamos), en la Cumbre… y en esta cumbre nuestra, en esta cruz ponemos como nacimiento en esta Cuevita con esta Virgen y este Niño que emociona las almas; que a todo el que la conoce imanta para siempre, y que llama ya a su fiesta —una fiesta distinta, muy nuestra: canarísima— y a la que este pregonero señala como acto que una vez vivido nunca se olvida y se tiene muy dentro del alma, con esa verdad profunda de lo auténtico, de lo nuestro, de lo inmortal.

Y así, con la sencillez y la noble tradición de unos actos inigualables invitamos a la fiesta de la Virgen de la Cuevita, donde la Gran Canaria en su cumbre inscribe un mensaje sincero y sencillo de amor a la Virgen, y es por este amor que sentimos, la razón única por la que nos ha correspondido este año el pregón de estas fiestas tan magníficamente cantadas otras veces, fiestas en un marco donde el hombre y la tierra canaria se unen para lograr esa expresión que allí se siente, se vive y está más allá de las palabras.

Con Artenara, frente al Bentayga y al Nublo, el corazón mas verdadero de la Gran Canana, con eterno lenguaje de piedra y estrella, cueva y Virgen, ahora en fiestas.

Luis Jorge Ramírez. Pregón de las fiestas de la Virgen de la Cuevita (1967). Del folleto de las fiestas.

A María Micaela del Santísimo Sacramento

A María Micaela del Santísimo Sacramento

Casta Virgen, de Cristo enamorada
oculto en la Sagrada Eucaristía;
tu amante corazón allí aprendía
cuál es la caridad más acendrada.
Por el Pastor divino aleccionada
y con la antorcha de la fe por guía,
tu existencia empleaste noche y día
en buscar la ovejuela extraviada.
Desdeñaste del mundo los honores
por seguir a Jesús crucificado
y sufriste improperios y dolores;
pisaste mil abrojos punzadores
luchando contra el mundo y el pecado,
por dar gloria al amor de tus amores.

¡Mártir de caridad; blanca paloma!…
huyó la noche;… el sol radiante asoma…
Los querubes en cántico armonioso
—¡Mirad—repiten—a la esposa amada!…
Vedla feliz, y con laurel glorioso
por el Rey de los cielos coronada.
Y aquí en la tierra un eco misterioso
cual cefirillo leve
aclamarte parece rumoroso,
maravilla del siglo diecinueve.

                             D.S.B.

(La autora de esta poesía, consagrada a Dios en el retiro de un claustro, ha preferido no revelar su nombre).

María Micaela del Santísimo Sacramento murió el 24 de agosto de 1865 y su memoria se celebra el 15 de junio, aniversario de sus votos perpetuos.

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Santa María Micaela del Santísimo Sacramento, la Santa de la Eucaristía

Santa María, Reina

Desde los primeros siglos del cristianismo invocaron los fieles a la Santísima Virgen como Reina del cielo y de la tierra. Ella es reina por aclamación universal de todos sus hijos.

Pío Xll en la encíclica “Ad Caeli Reginam” (ll-X-1954) instituyó la fiesta litúrgica de María Reina, que actualmente se celebra en la octava de la Asunción de la Virgen María. El primer fundamento de la dignidad real de María es indudablemente su divina maternidad. María es Reina porque engendró un Hijo que, aun en cuanto hombre, por la unión hipostática de la naturaleza humana con el Verbo, es Rey y Señor de todas las cosas. María es también Reina del Cielo y de la Tierra por haber participado como mediadora de todas las gracias en la obra de nuestra salvación.

Para que “todos conozcan más claramente y veneren con más ardor el bondadoso y maternal imperio de la Madre de Dios, importa mucho que se conserve, afiance y perdure la paz de las naciones, alterada casi diariamente por cuestiones llenas de incertidumbres”. Estas palabras de Pío XII en la encíclica “Ad Caeli Reginam” expresan uno de los principales motivos que le incitaron a instituir la fiesta: la unión y concordia de los pueblos por el reconocimiento de la realeza de María. Ciertamente María es el arco iris puesto por Dios en las nubes como señal de la alianza de la paz entre los hombres. Por ello, ante las adversidades, no dudemos en pedirle a nuestra Reina y Madre de Misericordia: Santa María, Reina de la Paz, ¡ruega por nosotros!

Oración

Dios todopoderoso, que nos has dado como Madre y como Reina a la Madre de tu Unigénito, concédenos que, protegidos por su intercesión, alcancemos la gloria de tus hijos en el reino de los cielos.
Reina dignísima del mundo, María Virgen perpetua, intercede por nuestra paz y salud, tú que engendraste a Cristo Señor, Salvador de todos.
Por Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Oración

En vuestro Corazón Inmaculado confiamos en esta hora trágica de la historia humana: que os conmuevan tantas ruinas materiales y morales, tantos dolores, tantas agonías de los padres, madres, esposos, hermanos, criaturas inocentes; tantas vidas cortadas en flor, tantos cuerpos despedazados en una horrenda carnicería, tantas almas torturadas y agonizantes, tantas en peligro de perderse eternamente. Reina de la paz, rogad por nosotros y dad al mundo en guerra, la paz que los pueblos suspiran: la paz en la verdad, en la justicia, en la caridad de Cristo. A los pueblos separados por los errores y por la discordia, especialmente a aquellos que os profesan singular devoción, donde no había casa que no ostentase vuestro venerado icono, hoy acaso escondido y reservado para mejores días, dadles la paz y reconducidlos al único redil de Cristo, bajo el único y verdadero Pastor. Conceded a la Santa Iglesia de Dios un fin de paz y de verdad. Contened el diluvio inundante del neopaganismo, todo materia, y fomentad en los fieles el amor de la pureza, la práctica de la vida cristiana, del celo apostólico, para que el coro de los que sirven a Dios aumente en mérito y en número.

(Oración de Pío XII al Corazón de María)

Imagen ilustrativa: “La Coronación de la Virgen”, obra del pintor malagueño Raúl Berzosa. Oratorio de Santa María Reina y Madre de la Hermandad de las Penas (Málaga).

Pío XII, después de consagrar a todo el género humano al Inmaculado Corazón de María, para ponerlo bajo la protección de la Madre del Salvador, decretó el 4 de mayo de 1944, que toda la Iglesia celebrase anualmente —en la octava de la Solemnidad de la Asunción— una fiesta en honor del Inmaculado Corazón de María. Posteriormente, en 1970, llevados por los principio señalados por el Vaticano II se reforma el calendario y el santoral litúrgico. Entre otros cambios, la fiesta del Corazón de María se trasladó al día después del Sagrado Corazón de Jesús y la de Santa María Reina del 31 de mayo al 22 de agosto.

Pío X, glorioso

San Pío X, el Papa humilde que nació, vivió y dio su último aliento a Dios en la más edificante pobreza. El Papa que amó tiernamente a los niños y desbordó su corazón por los cauces de la caridad. El Pontífice que lloró amargamente su proclamación, bajo el peso de una responsabilidad presentida, pero que supo sostener el Pontificado con un rango supremo de dignidad y de justicia.

Pío X, glorioso

El alma de la Virgen glorificó al Señor y recordó, entre otras cosas que Dios “derribó del solio a los poderosos y ensalzó a los humildes; colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió sin nada”.
En el siglo primero de nuestra era sonaron a misterio indescifrable estas frases de María, pronunciadas ante su prima Isabel. Tampoco hoy, después de veinte siglos de vida cristiana, se esfuerza el mundo por llegar a comprenderlas. No es ello extraño, sin embargo. Cada día que pasa puede observarse cómo entre los criterios del mundo y los criterios de Dios existe una perpetua enemistad, análoga a la que Dios anunciara entre la Mujer y la serpiente.
El mundo exalta el brillo del dinero. Dios llama bienaventurados a los pobres. El mundo alardea de sus bajas concupiscencias. Dios alaba la virtud oculta. El mundo brinda su aplauso más caliente a los grandes ladrones, a los estafadores avisados, a los mentirosos advertidos, a los truhanes elegantes y escurridizos y a los cretinos que pliegan su cintura para cortejar la mueca forzada del poderoso. Dios da su bendición al santo que repudia la mentira, que ama la paz del corazón, que desprecia el dinero y que retuerce la ambición en sus inicios cordiales…
El dia 2 de junio de 1835 nacía en el pueblecito de Riese, provincia de Treviso, sita al nordeste de Italia, José Melchor Sarto. Hijo del alguacil de su pueblo natal, fue creciendo entre penurias económicas y dolorosas privaciones. En 1850 entra como becario en el Seminario de Padua. El 18 de septiembre de 1858 se ordena de sacerdote y es destinado inmediatamente a Tombolo, como coadjutor. En 1.867 se le nombra párroco de Salzano. En 1875 desempeña el cargo de canónigo de Treviso y Padre Espiritual de aquel seminario. En 1.884 es ya Obispo de Mantua. En 1.893 sube a Cardenal Patriarca de Venecia. En 1903 es elegido Sumo Pontífice, la suprema dignidad de la tierra, tocando el nombre de Pío X. Gobierna el timón de la Iglesia hasta el año 1.914, en que muere. En 1.954 es elevado al honor de los altares.
He aquí, pues, la cronología de este hombre que en todo momento sólo conoció una preocupación fundamental: cumplir con su deber, suavizando cada aspereza con el bálsamo de una bondad carente de artificios. Un autor francés escribió sobre Pío X: “Su mirada, su conversación, todo su ser, respiraban tres cosas: bondad, firmeza, fe. La bondad del hombre, la firmeza del dirigente y la fe del cristiano, del sarcedote, del Pontífice, del hombre de Dios”.
José Sarto, el hijo humilde y sumiso del oscuro alguacil de Riese, escala hoy, por sus méritos constatados con fina escrupulosidad, el honor de los altares. Como un ejemplo para este mundo amasado de envidias y ambiciones, aturdido de rencillas, seco de caridad, presa de resentimientos, ha de brillar la figura ingente de Pío X; de aquel Pío X lloroso y desfallecido ante el duro peso de Tiara Pontificia que se le confiaba.
Fue el Cardenal Merry del Val, el gran diplomático español, luego Secretario de Estado durante el pontificado de Pío X quien hubo de consolarlo y animarlo cuando le encontró en la Capilla Paolina, arrodillado en el suelo, con la cabeza entre las manos y el pulso tembloroso: “Eminencia, armaos de valor; el Señor os ayudará”.
No quería ser Papa y lo fue. En rasgo de permanente humildad, jamás permitió que a sus hermanas se les asignase título nobiliario alguno. Pero el Señor prometió exaltación al que se humilla y hoy, día 29 de mayo, subirá a la Gloria de Bernini la radiante figura del Papa Sarto, para recibir el homenaje público que la iglesia, y sólo ella, guarda para los santos…
Y es que también aquí existe una radical diferencia entre los criterios de Dios y los criterios del mundo. Mientras el mundo olvida a los truhanes, a los mentirosos y a los ladrones cuando los deja ya en el pudridero. Dios engrandece a los humildes cuando traspasan los umbrales de este mundo y entran gozosos en la luz perpetua, que los ha de iluminar para siempre.

Gabriel de Armas Medina, sección “Plumas de las islas” (periódico Falange, 29 de mayo de 1954).

Oración a San Pío X

Glorioso Papa de la Eucaristía, San Pío X, que te has empeñado en “restaurar todas las cosas en Cristo”. Obtenme un verdadero amor a Jesucristo, de tal manera que sólo pueda vivir por y para Él. Ayúdame a alcanzar un ardiente fervor y un sincero deseo de luchar por la santidad, y a poder aprovechar todas las riquezas que brinda la Sagrada Eucaristía. Por tu gran amor a María, madre y reina de todo lo creado, inflama mi corazón con una tierna y gran devoción a ella.

Bienaventurado modelo del sacerdocio, intercede para que cada vez haya más santos y dedicados sacerdotes, y se acrecienten las vocaciones religiosas. Disipa la confusión, el odio y la ansiedad, e inclina nuestros corazones a la paz y la concordia, a fin de que todas las naciones se coloquen bajo el dulce reinado de Jesucristo. Amén.

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Enlace de interés: S. Pius PP. X

Nuestra Señora de la Soledad del Fuego (Baterno, Badajoz)

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El 20 de agosto se festeja en la localidad pacense de Baterno la fiesta en honor a Nuestra Señora del Fuego, una representación de la Virgen en lienzo y que fue coronada canónicamente por el arzobispo Marcelo González Martín.

 NUESTRA SEÑORA DEL FUEGO

Esta Santa Imagen se llama del Fuego, aunque es de la Soledad, porque en el año del 1672, a 20 de agosto, día del glorioso San Bernardo, en que se quemó la panadería de la Plaza Mayor de Madrid, hallándose un pobre hombre en uno de los cuartos más altos de la casa en que moraba, sin poderse escapar del incendio, encomendándose a esta Santa Imagen y abrazándose con ella, se arrojó de la dicha altura en que estaba a la Plaza, donde también había grande fuego, y cayendo en ella sin hacerse daño alguno se escapó de las llamas, dejándose en ellas la dicha Santa Imagen hasta que una pobre mujer, que reparó en el caso, la sacó, hallándole abrasado todo el lienzo y pintura por todas partes, excepto el rostro, pecho, manos de dicha Santa Imagen, y unas tres tiras del mismo lienzo. Se la llevó la dicha mujer a su casa, y habiendo muerto ésta se la llevó una vecina, a quien la dejó; y hecho almoneda de los bienes de ésta por no haber quien diese nada por le dicha imagen, se la llevó uno de los albaceas a su casa, y sucediendo lo mismo en la muerte de este albacea, se la llevó a su casa otro. Y habiéndola hallado en casa de este último albacea, el referido padre Fray Joseph de San Juan en la forma expresada, el año 1695, informado de todo lo dicho, y de otras cosas, que se dejan por brevedad, se la pidió al sobredicho albacea, con deseo de colocarla donde estuviese con veneración, ya que tanto tiempo había estado despreciada, creyendo que aquel prodigio de haber Dios reservado del fuego el rostro, pecho y manos de dicha Santa Imagen, era para manifestar en ella sus misericordias con sus devotos, y el haber reservado aquellas tres listas del mismo lienzo, que la mantenía en su propio lugar, era para darnos a entender, quería que la mantenían con veneración.

Y ambas cosas se han experimentado, porque lo primero: que es colocarla con veneración, ya se ha ejecutado, pues a fuerza de prodigios se le ha fabricado una hermosísima capilla ochavada, de treinta pies de hueco, con su sastrería detrás y pórtico delante, su media naranja, retablo y preciosas pinturas, todo poco para quien tanto merece; y mucho, por haber pendido del sobredicho religioso, haciendo la Madre de Dios cobrarles las cantidades, que por incobrables le han cedido algunos devotos.
Y lo segundo, de manifestarse el Señor en esta Santa Imagen misericordioso, no menos se ha experimentado, porque primeramente, habiendo traído la dicha Santa Imagen al convento real de San Gil de Madrid, donde el dicho religioso es morador y habiéndola lavado en el estanque de la huerta de dicho convento con un estropajo y ceniza por cerner el Siervo de Dios E. Joseph de Canalejas (que fue quien le puso el nombre de Nuestra Señora del Fuego) subió a la enfermería de dicho convento con ella el dicho religioso, y entrando en la celda de otro religioso grave, que estaba desahuciado, le dijo que le llevaba aquella Santa Imagen para que se encomendase a ella, porque esperaba que había de ser milagrosa, y deseaba que fuese con él la primera misericordia; rezaron allí los circunstantes una salva, y a la noche ya estaba fuera de peligro el enfermo, y en breve convaleció y estuvo bueno.

CLAVES-COMENTARIO: Libro de Ntra Sra del Fuego (Baterno). Badajoz, 1986. Edita: Parroquia de San Andrés.
Diccionario Enciclopédico P&J. Tomos: II, III, IV, VI y VIII.
MARTOS NÚÑEZ, E. Albúm de cuentos y leyendas de Extremadura. Grupo Alborán.

Fuente: alcazaba.unex.es (biblioteca Siberia)

El perdón de los enemigos (un artículo del Padre Cueto)

Padre José Cueto, O.P.

El Perdón de los enemigos

Nada hay que se resista tanto al egoísmo humano; y, sin embargo, pocas cosos son tan características de la Religión cristiana. «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen», es la primera palabra que Nuestro Señor Jesucristo pronuncia en la Cruz. Por aquí comienza en aquella sagrada cátedra sus concisas y magistrales enseñanzas, repletas de sentido. Antes, dice el Vble. Fray Luis de Granada, que encomiende su Madre al Discípulo, y su espíritu al Padre, pide a éste perdón para sus mismos verdugos; y entre tantas cosas como había de proveer, la primera provisión es para ellos. ¡Cuán cierto es que nada nos mandó Nuestro Señor Jesucristo que Él no lo practicase antes! Maestro y modelo a la vez, no se limitó a enseñarnos nuestros deberes de palabra, quiso movernos a cumplirlos con su propio ejemplo. Por eso nos dice de Él el Santo Evangelio que «comenzó a hacer y enseñar». No tenemos, pues, legítima excusa. Es mandamiento de Nuestro Señor Jesucristo, sancionado con sus propios hechos, que amemos a nuestros enemigos y hagamos bien a los que nos aborrecen. No soñemos con salvarnos, si en esto no le imitamos. «Si perdonáis, seréis perdonados», nos dice a todos el divino Maestro.

El Padre Celestial no nos otorgará indulgencia de las culpas con que le ofendamos, sino a condición de que nosotros lo otorguemos de corazón a los que nos han ofendido. Ni se nos admitirá al altar a ofrecer sacrificio, si antes no nos reconciliamos con aquellos de nuestros hermanos que contra nosotros tuvieren alguna cosa. No basta pensar que perdonamos; es preciso quererlo, y quererlo de veras, con toda sinceridad, y ponerlo por obra. Temamos siempre mucho en esta materia no ser víctimas de ilusiones. Es tan difícil perdonar de corazón y sinceramente, «que las leyes apenas lo suponen nunca, y por eso excluyen ordinariamente de actuar en un juicio a las personas enemistadas». A los enemigos no los admiten las leyes ni para denunciar, ni para acusar, ni para ser testigos. ¡Cuánto dice esto, y cuán poco, sin embargo, se tiene en cuenta! Debíamos temblar ante el solo propósito de salir por los fueros de la verdad y de lo justicia misma, en toda ocasión que advirtiésemos en nosotros algún sentimiento de aborrecimiento y antipatía hacia las personas contra las cuales nos ocurriese proceder. Porque seguramente no alterará lo esencia de los cosas pensar, así por alto nada más, y de una manera vaga y sin ahondar en el asunto: «no me mueve odio alguno; ni deseo de venganza, ni intención de hacer daño; únicamente me propongo lo gloría de Dios, el bien común, la realización de la justicia». ¡Ay, que no echemos de ver el sofisma en que envolvemos nuestra propia conciencia! Tales nos figuramos falsamente que son los móviles o que obedecemos; pero allá, en el fondo de nuestro espíritu, existen otros muy diversos, que son los que triunfan en lo contienda y se llevan la eficacia y se arrogan el imperio y dan el impulso que nos mueven y deciden y hacen poner manos a la obra.

De todos los odios y venganzas este es el de peor linaje, y el más repugnante, el que se escuda con la gloria de Dios, el bien de la Religión y el triunfo de la Justicia.

Grabemos todos en el fondo de nuestra almo la primera Palabra de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz y tengámosla como ley de nuestras acciones, como regla de nuestra conducta, y habremos resuelto el problema de la paz en los pueblos, en las familias y en cualquiera otra suerte de colectividades.

+ FR. JOSÉ
Obispo de Canarias

Publicado en diferentes medios de la prensa local grancanaria con motivo del centenario del nacimiento del Padre José Cueto.

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Siervo de Dios Padre José Cueto, O.P., Obispo de Canarias

A la Virgen de la Paloma para pedir un parto feliz

Oración

Virgen clementísima, Paloma inmaculada y Madre de piedad, ya que prosperáis con vuestra intercesión delante de Dios mi vínculo conyugal, y me habéis traído a este estado, os ruego humildemente que pues sois la que dais prosperidad a los sucesos, desvanecéis las fatalidades, apartáis las ruinas y desgraciadas horas, os dignáis llevarme bien hasta el punto del alumbramiento, y sacarme de él con toda felicidad: alcanzadme este favor, Madre mía, para que por él enderece mi corazón a Dios, en quien tengo puesta toda mi confianza, que me lo concederá si me conviene, y en Vos que me protegeréis en este lance tan grande y especial, para que así os pueda estar atenta y agradecida en todas horas. Amén.

Pedimos por aquellas mujeres embarazadas o que han sido recientemente madres para que el Señor y su Madre del Amor Hermoso, en la advocación de Nuestra Señora de la Paloma, cuiden de ellas y den salud a sus hijos; guardándoles de las adversidades y brindándoles con el amor filial.

Con confianza y alegría, fraymartindeporres.wordpress.com

Imagen ilustrativa: Nuestra Señora de la Paloma, La Viña (Telde, Gran Canaria).

La Virgen de la Paloma (mirando al pasado)

Virgen de la Paloma

Como las majas que la rindieron culto, hace perdurable su fama a través de las generaciones. Y, sin embargo, su primitiva capillita ha desaparecido en silencio. Su historial es ya de otro tiempo; no entrarán más en el sagrario las chulas de la barriada; nadie interrumpirá la paz de aquel recinto; el santuario dejó de ser, pero la capillita vive; con el espíritu de lamas castiza de las verbenas madrileñas, que, llevada al teatro, dejó en los fastos de la escena un recuerdo tan imperecedero como el de la Virgen milagrosa, que los hijos de Madrid veneran con grandísimo fervor. Ábrese el vacío de un solar; pero dos pasos más arriba, en el nuevo templo de San Pedro el Real, existe la Virgen de la Paloma, cuyo nombre es dulce y apacible como el arrullo.

La capillita de la Paloma tuvo unos gloriosos días de esplendor y magnificencia, cuando la reina María Luisa hincaba la rodilla al píe del altar, y con ella las damas majas y todo el pueblo heroico que legó el ciego amor religioso a Doña Isabel II, postrada también de hinojos ante la Virgen popular de los barrios manolescos.

No imaginara el arquitecto D. Francisco Sánchez, discípulo de Ventura Rodríguez, cuando en 1795 construyó la iglesia, que el pequeño templo había de verse tan concurrido, pues si bien es verdad que ya la imagen tenía enormes devotos, no dieron en visitarla con la posterior frecuencia y generalidad las mujeres que oían la primera misa después de dar a luz. Esta costumbre fue la nota más característica de la capillita que nos ocupa.

Aquel paraje resultaba en otro tiempo el confín del populoso barrio de Calatrava, lleno de tradiciones y de lugares curiosos, por la importancia que tenía en los anales de la villa. Hacia el campillo de Gil Imón, el caserío de humildes viviendas domingueras, así llamadas porque sus vecinos las pagaban semanalmente, no con poco trabajo. Por dónde el hospital de la Orden Tercera, la morada del fiscal Gil Imón de la Mata, que dio nombre al descampado y al portillo que allí se abría. En una casa cercana vivió y murió el duque de Osuna. Más atrás, en la calle del Águila, quedaba la capilla de la Sacramental de San Andrés, guardadora de una de las arcas donde estuvo sepultado San Isidro. En la calle de los Santos, frente a la parte del monasterio de San Francisco que luego se dedicó a prisión militar, estaba en pie la casa de la beata Clara. Y por entonces, conforme se pasaba por la plaza de la Cebada, camino de este barrio legendario, se alzaba, en la equina de la calle del Humilladero, la ermita de Santa María de Gracia, debida a la Hermandad de la Santa Vera Cruz.

Es muy complejo y largo de contar el origen del retablo de esta imagen. Existen varias opiniones, desperdigadas en libros y papeles. Las más autorizadas son que unos gitanos que vivían en la calle que hoy se llama de Arlaban, entre la leña con que se calentaban, tenían un cuadro sin valor alguno, con la sagrada efigie de la Virgen de las Maravillas, y que, pasando a la sazón cierto pintor que habitaba en la calle del Lobo, lo compró y regaló después a una señora muy cristiana, que a su vez lo donó al convento de Carmelitas descalzas. Y que una paloma criada en el corral de las monjas de San Juan de la Penitencia, acompañó, volando, a la Virgen de las Maravillas, cuando fue trasladada a su nueva iglesia. Una devota mujer del pueblo hizo representar la escena en un cuadro, lo colocó en el portal de su casa, le rindieron culto los vecinos y, con los milagros, adquirió celebridad.

Lo cierto es que, jugando con el cuadro unos muchachos de la barriada, que lo habían substraído del montón de leña de una tahona próxima, lo vio María Isabel Andrea Tintero, quien, arrebatándolo de manos de los chiquillos, lo puso en un marco, y alumbró con las limosnas recogidas. Era el retablo de Nuestra Señora de la Soledad, venerado en el portalillo de la calle de la Paloma, esquina a la de la Solana. Con limosnas se fabricó la capillita; con limosnas se dijeron las primeras misas, y con limosnas atendió a su vida la piadosa mujer, que vivía en la casa contigua, y que cuidaba y limpiaba la iglesia.

La imagen de las Maravillas era muy otra: era un Cristo así nombrado, porque se veneraba en el portalillo perteneciente a las monjas de Maravillas, y que se trasladó a San Andrés. El Cristo cercano al parador de Calatrava, y al que rogaban las infelices criaturas sometidas al portentoso tratamiento de la famosa curandera Juana Picazo, que vivía en la calle de la Ventosa.

Era la capillita un ascua de oro en el barrio humilde. Sonaba a gloria su campana. Honrábanse y tenían a gala los que allí se bautizaban. Y la estampa de la Virgen figuraba en todas las casas, amparando la paz del hogar.

Ya era popularísimo el santuario. Ya se celebraban en él las bodas de rumbo, amenizadas con la música de los murgantes. Ya las madres amantísímas presentaban a la Virgen los recién nacidos. Ya se trajo el Santísimo Cristo de la Misericordia. Ya arrimaban a su puerta los coches palacianos. Y todo pasó, todo se acabó. Cerróse la puerta; cerróse la cancela; hízose el silencio; la piqueta demolió el lugar sagrado, y en lo que hoy es solar, lo mismo que las golondrinas que anidaban en el quicio del portón, unas niñas saltan y cantan en un ambiente de romería de verbena.

Antonio Velasco Zazo. Revista La Esfera, agosto de 1919 (nº294).

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Enlace relacionado: Nuestra Señora de la Soledad de la Paloma