Invocación de una madre

Tú, que sobre las estrellas
Encumbrado,
Eres de Vírgenes bellas
Adorado…

A quien mil y mil querubes
A porfía,
Tributan de incienso nubes
Todo el día!

Tú, de la humana flaqueza
Dulce faro,
Tú, de la humana tristeza
Dulce amparo!

Oye el ruego fervoroso
De una madre,
Que eres todo Poderoso,
Y eres Padre!….

Por los suspiros dolientes
Que María
Sobre tus Hagas ardientes
Despedía…

Por tu sepulcro sublime,
Venerado,
Do el fiel sus labios imprime
Desolado…

Vuelve a la virgen que adoro
La salud,
Que es, buen Dios, almo tesoro
De virtud!…

Sin ella, todo aflicción,
Un desierto…
Dios mío, por tu oración
En el huerto!

             José P. Sansón

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Ella y la Flor

Ella y la Flor

«Apareció en el cielo una señal grande: una mujer envuelta en el Sol, con la Luna debajo de sus pies, y sobre la cabeza, una corona de doce estrellas» (Apocalipsis, XII, 1). Sin duda alguna. Es Ella, y no otra, afírmanlo categóricamente los intérpretes. Tampoco es necesario poseer especial perspicacia para comprenderlo ya a primera vista.

Las doce estrellas de la corona pueden significar—aunque no lo asevere nadie—los doce meses del año. Con la plenitud simbólica del número doce, sintetizando toda la naturaleza creada. Orlando las sienes de María, la Reina. La que logró—por la magia sobrenatural de su Hijo—hacer de una naturaleza hundida otra resurgida: «Populum electum, regale sacerdotium…». Una auténtica naturaleza regia.

No ha de extrañar, pues, que cuando esa naturaleza se sienta más majestuosamente regia vuelva los ojos a Ella. Con alegría incontenible. Ocurre en mayo. El mes que, entre las doce estrellas de la corona, sobresale en fulgor. El mes que la Iglesia quiso consagrar con un marianismo especial. Colocando a María en dosel de flores.

La flor tiene amores con María. Máxime la flor de mayo. La flor es delicada, como una criatura nacida sin pecado, pudor virgíneo, labios puros de la tierra, brindando amor inocente, música, trompeta de anunciación, paloma mensajera… Todo eso es la flor. La virgen de la naturaleza vegetal. Como la Virgen de la Humanidad, la flor de los campos espirituales, es María.

La flor de mayo está más palpitante de vida que ninguna otra. Tiene toda la primorosa fuerza de la primavera. Aurora de vida. Víspera encendida de granado estilo. Rosetón de góticas catedrales.

Entre esas flores de mayo vive Ella, palpita Ella. Como quien jugara con sus amigas. Compañeras, colegialas del mismo Colegio. Bajo la arcadas de una mística Rosaleda. La Fuente—Cristo—, en el centro, mantiene el frescor ambiental. Y la Vida.

De hinojos, desde la ladera nuestra, con flores de nuestros humildes muertos, saludémosla. El corazón, maceta de la flor de mayo, altar de María. En los labios:

«Venid y vamos todos
con flores a porfía;
con flores a María,
que Madre nuestra es».

Fray Elías Gómez, Mercedario. Revista La Merced, mayo de 1959 (nº 122).

* * *

Flor de las flores

Flor de cinco pétalos,
la Virgen María;
como la violeta
o la campanilla.

Su nombre perfuma
mundos de alegría;
el nardo, su aroma,
por Ella destila.

Dios, con cinco flores,
su nombre escribía,
bajo los luceros:
Margarita linda.

Azucena pura,
Rosa sin espinas,
Izote florido,
Amapola herida.

Reina de las flores
ha sido elegida,
cuando flor de Arcángel
dijo: «Ave María».

Huerto de su seno
maduró caricias:
¡en su Primavera
maduró la Vida!

¡Qué es Virgen, sí, madre,
la Virgen María!
Fruto de su otoño
flores no marchita.

               MÁSER

Mater mea es tu (Madre mía, tú eres mi Madre)

Mater mea es tu

El Eterno se compadeció del Hombre y quiso regenerarlo: pero, ¿cómo? Haciendo que una Mujer concibiera al principio de nuestro ser sobrenatural, engendrándonos sobrenaturalmente en las entrañas de María en Jesucristo. ¡Ah! Cuando contemplaba llena de ternura maternal en su virginal claustro a Jesús, María con igual ternura nos contemplaba también a nosotros. Todos estábamos allí, porque allí estaba la gracia para todos.

Junto a la Cruz de la Redención está en pie la más bella entre las hijas de Jerusalén, la más luciente entre las estrellas de Nazaret, la más fresca y pura y aromática entre las rosas de Sarón, está María recibiendo los últimos suspiros, las últimas golas de sangre, las últimas palabras, las últimas palpitaciones de su Hijo, el más amante y amado de los hijos. Muere Dios para acabar con la muerte del hombre. Destruyese la vida para podernos dar la vida. Muere el Eterno para que nazcamos los mortales. Por esto está allí María. Padece, sufre, se destroza su corazón, clama al cielo en lo más hondo de su espíritu por la fuerza del dolor, porque allí nace el hombre a la vida sobrenatural. Jesucristo nos engendra con su sangre: María nos da a luz con sus tormentos. Aquel es el principio activo de la Redención, como cumple a un Padre: Esta es el principio cooperante, pasivo, como cumple a una madre. Un Dios nos da la vida muriendo: una Madre de Dios nos da a luz padeciendo.

¡Oh felices dolores, que nos permiten, que nos obligan dulcemente a llamarte Madre, o sin par María. Yo te amo, como se ama a la que nos ha dado el ser: te amo más e infinitamente más, cuanta es la ventana que lleva el nacimiento espiritual al natural. Permíteme, que te mire hito a hito, que sorba el amor que tus ojos manan para que sepa amarte más; dame dulzura, ternura, amor para que te diga con toda la efusión de mi alma: Mater mea es tu: Madre mía, tú eres mi Madre, porque de ti he nacido.

¡Escucha, o Virgen! ¡Ah!, Jesús lo dice. ¿Oyes?, he aquí a tu hijo. Soy yo, o María, somos nosotros: he aquí a tus hijos. Eres nuestra Madre; son palabras de un Dios moribundo: no miente, no; es verdad: eres nuestra Madre.

Hablad, Jesús mío, hablad que vuestro siervo os escucha: Ecce Mater tua: ¡Oh, sí! Ella, vuestra Madre es mi Madre; vos lo decís, queréis que la llame tal, queréis que la honre como Madre; sí, Jesús mío, sí, ella es mi Madre, ¡ella es nuestra Madre! ¡Madre mía de mi alma! Voz poderosa que los cielos inclinan, que las entrañas de María conmueven, que los ángeles a nuestro favor atraen, que la ira de un Dios justiciero aplaca.

¡Madre mía de mi alma! Palabra de suavidad que embalsama el ambiente con su aroma, armonía misteriosa que al huracán apacigua, que los mares calma, que hace enmudecer al trueno, que a los rayos encadena. No cesemos pues jamás de clamar; dirijamos nuestros ojos al cielo humedecidos por el llanto que el exceso del amor arranca a nuestros ojos. Madre mía del alma, llena eres de gracia, templo, santuario del Señor, bienaventurada entre todas las mujeres, porque es bienaventurado el fruto de tu vientre.

Dirijámonos a ella con la sencillez del niño, con la confianza del hijo, con el cariño del cristiano: Acuérdate que eres Madre de Dios; ruega pues por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte.

Un fraile de antaño (s.XIX)

-Adaptación-

Foto: Virgen de los Dolores de la Iglesia de San Francisco de Asís, La Orotava (Juan Luis Bardón G.)

A la Virgen de la Soledad y Humildad

A la Virgen de la Soledad y Humildad
-Virgo Humilitatis et Solicitudinis-

Virgen de la Soledad y Humildad,
en la santa noche de azabache color
conmovida por el intenso dolor
aguardas en la cruz tu dulce verdad.

Tu mirada es ternura maternal, Madre de la Piedad.
Presencia que acompaña llena de amor,
paz y fervor que irradian candor;
tierno velo, luto sereno: la perfecta sobriedad.

Hice de súplica la oración afectiva
y tu soledad fue guía que llevó
a mi triste sentir fiel intercesión;

puse mi mano en tu mano compasiva
y tu humildad fue guía que me acercó
al corazón de tu Hijo, nuestra redención.

         José J. Santana (La Orotava)

Al pie de la Cruz

Al pie de la Cruz

Al pie de la cruz estaba
afligida y dolorosa,
la Madre triste llorosa
traspasado el corazón
sufriendo junto a su hijo
el dolor de su pasión.

Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros al redentor.

Lloramos madre la culpa
por la muerte de tu hijo,
Y nos conmueve el perdón
de un amor tan infinito
Que a ti nos da como madre
y a nosotros como hijos.

Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros al redentor.

Tus lágrimas Madre nuestra
van teñidas de esperanza,
aun cuando tu hijo expira
crees tú en su palabra
si el grano de trigo muere
resurge una nueva espiga.

Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros al redentor.

Contigo estamos Señora
Madre  de dolor transida,
para enjugar esas lágrimas
que corren por tus mejillas
ofreciéndote el consuelo
de una vida arrepentida

Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros al redentor.

* * *

El Calvario de María

El Calvario de María

Déjame que a tus plantas, Virgen María,
ponga las rosas frescas de mi dolor,
que mis penas te sigan en la agonía
de ver morir a un Hijo, que es mi Señor,
Déjame que mi lira llena de llanto
cante tus amarguras y tus dolores
y ya que por mi causa sufriste tanto
mira de mi tristeza los resplandores.

Al escribir ¡oh Madre! tiembla mi pluma
todo vueltas y vueltas da en mi redor;
ante mi pensamiento todo se esfuma
y mi frente se baña en frío sudor.

Se cierran mis pupilas de sentimiento;
de entre los claros ojos el blanco manto
en un entreabrirse pausado y lento
desciende a la mejilla dolido llanto.
Tu dolor, Madre mía, ver no quisiera
porque pedazos hace mi corazón.
¡De tal modo mi noble pecho se altera
que siento rudos golpes en la razón!
Vosotras nobles madres que habéis sufrido
la pérdida sensible de un hijo amado,
comprenderéis la pena que habrá sentido
cuando viera a su Hijo crucificado.

Figuraos el trance tan doloroso
de una afligida Madre que ha de seguir
un camino erizado, crudo, espinoso
donde el Hijo adorado debe morir.

Camina Jesucristo bajo pesada
cruz que sus santos miembros ruda lacera
cuando se halla de frente a la desolada
Virgen que sobrehumana llorosa espera.

Un grito en el espacio vibra sonoro
y en los brazos el alma de la cuitada
confúndense la sangre y el blando lloro
de la dolida Madre desesperada.
Apartar a la Madre del Poderoso
tratan los fariseos; pero es en vano
y con rudos modales, de modo odioso
en la sagrada Virgen ponen la mano.

Como mofan y vejan al desdichado
mira la gran Señora sin desmayar
con un dolor intenso tan desgarrado
que ni fuerzas le quedan para llorar.

Las piedras se estremecen al ser pisadas,
las avecillas callan en la arboleda
y las fieras confusas y atolondradas
huyen sin explicarse lo que sucede.
El sol entre las nubes avergonzado
oculta temeroso su resplandor
y el Universo entero queda parado
como señal de duelo por su Señor.
Las nubes en el cielo despavoridas
chocan unas con otras por no mirar
y ante el horrendo crimen desvanecidas
abren sus manantiales para llorar.

Solamente los hombres endurecidos
hacen mofas y burlas de su dolor
y piden embriagados, enardecidos
la sacrílega muerte del Redentor.

La Madre, como imagen del sufrimiento
no se aparta un instante del Hijo amado
¡Sintió desvanecerse solo un momento
cuando en la cruz siniestra le vio clavado!

                                S. Pérez de Bustamante
                           (Madrid. Semana Santa de 1934)

La Virgen, camino del Calvario

LA VIRGEN, CAMINO DEL CALVARIO

+ LA SANGRE DE CRISTO (á.o)

Versión de La Luz (La Orotava, Tenerife), dicha por Úrsula Borges y recogida por Mercedes Morales.

Por el rostro de la sangre    que Jesús ha derramado,
2   iba la Virgen María    buscando su hijo amado.
Por el camino donde iba    una mujer ha encontrado.
4   —¿Qué haces aquí, mujer,    qué haces aquí llorando?
—Usted me ha visto pasar    a mi hijo Jesús amado?
6   —Deme las señas, señora,    de su vuestro hijo adorado.
—Es más blanco que la nieve,    más brillante que oro y plata,
8   que en su frente trae el sol    y la cara es como un ángel.
—Por aquí pasó, señora,    por aquí Cristo ha pasado,
10  con una cruz a sus hombros,    una cadena arrastrando
y me pidió que le diera    un paño de mi tocado
12  para limpiarse su rostro    que lo trae sudado;
tres dobleces traía el paño,    tres figuras le han quedado,
14  si lo quiere ver, señora,    aquí lo traigo guardado.—
Al oír la Virgen esto    cae al suelo desmayada.
16  San Juan y la Magdalena    vienen pronto a levantarla.
—Vamos, vamos, mi señora,    vamos pronto pal Calvario;
18  por muy pronto que llegamos ya lo habrán crucificado,—
Ya lo ponen en la cruz,    ya le clavan los tres clavos,
20  ya le dieron la bebida    de amarga hiel y vinagre.
Y la sangre que derrama    en el cáliz su brisal,
22  el hombre que toma de ella    será bienaventurado,
y la gracia que pidiese    de Dios sería otorgado,
24  la del Padre, la del Hijo    y la del Espíritu Santo, amén.

Diego Catalán. La Flor de la marañuela: Romancero General de las Islas Canarias, (1969).

* * *

María en el Calvario

Imagen ilustrativa: Virgen de los Dolores de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, La Perdoma (La Orotava). Foto: Jonathan García.

A la Virgen de la Esperanza (La Macarena de Sevilla)

A la Virgen de la Esperanza
(La Macarena de Sevilla)

¡Virgen de la Macarena!
¡Bellísima Virgen mía!
Cuando sales con tu pena,
blanca como una azucena,
la noche cambias en día.

Pasas, bella entre las bellas,
bajo su dosel de estrellas,
la noche del Jueves Santo,
recogiendo en tu amplio manto
de nuestro amor las centellas.

¡Por tu carita morena!,
¡Por tus lágrimas, María!
Por la noche que haces día
cuando llora en alma buena
con lágrimas de alegría…

¡Danos días de bonanza
en el mar de la existencia,
oh Virgen de la Esperanza,
y enséñanos cuanto alcanza
el alma con la paciencia!

Fr. José S. Crespo, O. de M.

* * *

Hermandad de la Macarena

Al pañuelo de la Virgen

Al pañuelo de la Virgen

Yo la he visto, Virgencita
como temblaba en tus dedos
la batista blanca y fina
de tu pañuelo.
Como en suave caricia
venía a besarla el viento
y dejaba entre su trama
la fragancia de su beso.

Yo he visto como guardaba
un suspiro de tu pecho
la batista blanca y fina
de tu pañuelo,
y un tulipán de tu trono
con cáliz de terciopelo
anhelando aquel suspiro
lloraba de sentimiento.

Yo he visto como una lágrima
la esperaba con deseos
la batista blanca y fina
de tu pañuelo,
mientras un clavel sangraba
por sus pétalos abiertos
el aroma de su vida
para llevarte consuelo.

Y yo tenía mucha envidia
de las caricias del viento
del tulipán de tu trono
y de aquel clavel abierto,
porque los tres me robaban
todo cuanto yo había puesto
en la tela blanca y fina
de tu pañuelo.

         Federico Acosta

Imagen: Nuestra Señora de la Soledad de la Portería Coronada, Las Palmas de Gran Canaria.

Unión de lágrimas a la Dolorosa

Unión de lágrimas a la Dolorosa

¿Cómo anhelará mi alma
felicidad y ventura
contemplando tu amargura
meditando tu dolor?

¡No llores, Madre inocente!,
reparando desvaríos
yo he de llorar los desvíos
con que atormenté al Amor.

¡Cruel, ay, fui!, pues cegado
por los goces mundanales
te clavé aquesos puñales
que te hacen tanto sufrir…

¡Perdón!… Madre de clemencia,
que fui criminal confieso;
mas de mis culpas al peso,
¿me dejarás sucumbir?

No, Madre, sé mi abogada,
y acercándome al madero
con la sangre del Cordero
mi mente baña en salud.

Y, borradas mis maldades,
en el resto de mi vida
contigo, Madre afligida,
lloraré al pie de la Cruz.

       Publio Alonso, C.F.M.