¿Qué es María?

¿Qué es María?

Del Empíreo, norte y guía,
es María
y también segura y cierta
puerta;
tras el azulado velo
del cielo,
es Reina y Madre modelo
centro de acendrado amor,
es puro afán, puro anhelo
de salvar al pecador,
es María toda, candor,
es María puerta del cielo.

Gozo, contento, alegría
es María,
del pecado seductor
horror,
enemiga ab aeterno
del infierno;
por eso todo el averno
se estremece con furia tanta,
se asusta, tiembla y espanta
sea madre del eterno,
con su delicada planta
es María horror del infierno.

Consuelo en la noche y día
es María,
con sus labios de arrebol
sol,
y entre claros resplandores
de los soles,
se destaca la figura
con matizados colores
de tan bella criatura,
reuniendo tantos primores,
¡qué dechado de hermosura!,
es María sol de los soles.

Dulce Nombre, ¡O Madre mía!,
es María,
flor para Dios escogida
concebida
contra el mismo infierno airado,
sin pecado,
fuente cuyo manantial
original
en virtud no tiene igual,
madre, esposa, hija querida
del Dios trino bendecida,
remedio de todo mal,
y hasta por ser especial
y de todo enriquecida,
es María concebida,
sin pecado original.

           J. Beltrán (1892).

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Los doce actos heroicos de humildad de la Santísima Virgen

Los doce actos heroicos de humildad de la Santísima Virgen

Por Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Fuente: Adelante la Fe (enlace del contenido original y en su totalidad abajo)

Queridos hermanos, la proximidad del bendito día de la festividad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, es provechoso para el alma meditar estas hermosísimas consideraciones sobre los actos de humildad, verdaderamente heroicos, de Nuestra Madre. Estos doce actos de humildad los trae el venerable padre jesuita Luis de la Puente (1554-1624) en su libro de Meditaciones (meditación 37, parte V), con el nombre de: De la heroica humildad de la Virgen Nuestra Señora por la cual fue elevada sobre todos los coros de los ángeles.

Dice al autor que de la misma forma que Nuestro Señor Jesucristo fue el que descendió para subir luego al Cielos y llenar todas las cosas (Ef. 4, 9-10), así mismo se puede aplicar a la Santísima Virgen; Ella subió sobre todas la criaturasporque se humilló más que todas ellas, y la corona gloriosísima de doce estrellas que tiene en el Cielo se la dio Dios por doce actos heroicos de humildad que ejerció en la tierra. Como hay actos de humildad para con Dios y humildad para con los hombres, en ambas la Virgen fue excelente. Los doce actos de humildad los reduce el autor a tres grupos: Actos de humildad respecto de los dones que recibió del SeñorActos de humildad en cuanto a la sujeción a Dios Nuestro Señor, y a los hombres, por su amor; y, por último, Actos de humildad que mostró en las humillaciones y en las injurias que vienen por mano ajena.

Actos de humildad, 1º, 2º y 3º, respecto a los dones que recibió de Nuestro Señor.

  1. El primer acto es encubrir estos dones con gran silencio, sin descubrirlos por medio de palabras o señales externas, por ningún respeto humano ni por necesidad aparente de glorificar a Dios o para provecho del prójimo, excepto los casos en que expresamente Nuestro Señor quiere y ordena que se descubran. Este acto lo realizó la Virgen ocultando la revelación del ángel y en el misterio de su embarazo, sin descubrir ni siquiera a San José, a quien amaba tiernamente (Mt.1, 19).
  2. El segundo acto es aborrecer sus alabanzas y oírlas de mala gana, con desazón y aflicción. Este acto lo ejerció la Virgen cuando el ángel la saludó con palabras de tan grande alabanza al llamarla “llena de gracia” y “bendita entre las mujeres” (Lc. 1, 28); porque como humilde, se turbó y ruborizó, pareciéndole de tal grandeza que no cabían en su pequeñez, por la baja estima que de sí tenía.
  3. El tercer acto de humildad es cuando Dios quiere que sus dones sean conocidos, o Él los descubre por algún camino, y entonces, darle luego la gloria de todo y alabarle y bendecirle. Esto hizo la Virgen cuando vio que Nuestro Señor había revelado a Santa Isabel el misterio secreto de que era Madre de Dios, y cuando oyó las grandezas que de Ella decía, porque al instante dio la gloria de todo sólo a Dios, diciendo (Lc. 1, 46 y ss.): Se alegra mi alma en Dios mi Salvador, porque se dignó mirar la pequeñez de su sierva; por eso me llamarán bienaventurada todas las generaciones.

Actos de humildad, 4º, 5º, 6º, 7º y 8º, en cuanto a la sujeción a Dios, y a los hombres por su amor.

  1. El cuarto acto de humildad es escoger el último lugar aunque Dios le dio el primero. Así lo hizo la Virgen, cuando vio que Dios la quería poner en el lugar más alto de su casa, después de su Hijo, haciéndola Madre suya, tomando el último lugar y llamándose a sí misma: esclava del Señor (Lc. 1, 38).
  2. El quinto acto de humildad es sujetarse y obedecer todas las leyes y obligaciones de Dios y de sus ministros, sin querer admitir privilegios ni excepciones, aunque tenga razón para ello; a imitación de Cristo Nuestro Señor, que se humilló a la ley de la circuncisión (Lc. 2, 21) y se hizo obediente hasta la muerte en la cruz (Flp. 2, 8). La Virgen cumplió puntualmente guardando la ley de la purificación, aunque no la obligaba y aunque era con algún detrimento de su honor, por ser ley dada a mujeres no limpias, que habían concebido por obra de varón (Lv. 12, 2), conformándose en esto a las demás mujeres que habían dado a luz, como si fuera una de ellas.
  3. El sexto acto de humildad es sujetarse y humillarse, no solamente a los mayores y a los iguales, sino también a los menores, dando a todos el primer lugar, y tratándolos a todos con cortesía y amabilidad. Así lo hizo la Virgen cuando fue a visitar a su prima Santa Isabel, y la saludó primero (Lc. 1, 40); la mayor en dignidad se humilló ante la menor y se ocupó en servirla.
  4. El séptimo acto de humildad es servir a otros en trabajos bajos y humildes, y hacerlo con gusto, como quien nació, no para ser servido, sino para servir, al modo que dijo el Señor (Mt, 20, 28; Mc. 10, 45): No vine para que otros me sirvieran, sino para servir. Lo que cumplió, Nuestro Señor, exactamente en su oficio de carpintero. Esto mismo ejercitó la Virgen, porque como humilde mujer de un carpintero, se ocupaba en todos los oficios humildes de su casa, y ayudaba a ganar su comida con el trabajo de sus manos, atendiendo siempre a servir a los demás en casa.
  5. El octavo acto de humildad va parejo con el anterior, que es rehusar cuanto es de su parte oficios y cargos honrosos, y ministerios que son muy estimados por los hombres, o por no juzgarse digno de ellos, o por huir de la honra que llevan consigo, o por no dejar su estado de humildad. Esto lo guardó la Virgen, la cual, como dice Santo Tomás de Aquino, no hizo en su vida milagro alguno, ni quiso predicar en público, y si enseñaba a  los Apóstoles y a otros fieles los misterios de la fe, era en secreto, dejando esa honra a los Apóstoles y discípulos.

Acto de humildad, 9º, 10º, 11º, 12º, que mostró en las humillaciones y en las injurias que vienen por mano ajena.

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Oración para pedir protección a la Inmaculada Concepción

Animados de los mismos sentimientos de devoción a la Santísima Virgen, y persuadido de que en las circunstancias dolorosas de los tiempos presentes no nos quedan otras esperanzas que las del Cielo, y entre éstas la intercesión poderosa de aquella bendita, que es en todo tiempo auxilio de los cristianos… Quiera el Señor atender las plegarias que le elevarán los fieles por intercesión de María Inmaculada, que fue llamada por la augustísima Trinidad para intervenir en todos los misterios de la misericordia y de amor, y fue constituida dispensadora de todas las gracias (Pío PP. X).

Oración

Virgen Santísima, que agradasteis al Señor, y sois su Madre, Inmaculada en el cuerpo, en el alma, en la fe, y en el amor; en la solemne proclamación del dogma, que os anunció al mundo concebida sin pecado, mirad benignamente a los míseros mortales, que imploran vuestro poderoso patrocinio. La maligna serpiente, contra la cual fue lanzada la primera maldición, continúa combatiendo y poniendo asechanzas a los miserables hijos de Eva. Vos, oh bendita Madre nuestra, Reina y abogada nuestra, que desde el primer instante de vuestra concepción quebrantasteis la cabeza del enemigo, acoged las plegarias que unidos con Vos en un solo corazón os rogamos presentéis al trono de Dios para que no seamos jamás seducidos por las asechanzas del enemigo, y lleguemos todos al puerto de la salvación, y para que a pesar de tantos peligros, la Iglesia y la sociedad cristiana canten una vez más el himno de liberación, de la victoria y de la paz. Amén.

(Imagen ilustrativa: “La Inmaculada Concepción”, de Tiepolo).

A María Inmaculada (plegaria)

A María Inmaculada

¡Vivir quisiera, sólo para amarte
Reina del Cielo, virginal María,
En mi pecho quisiera yo llevarte
Y tu esclavo a la vez sería!

Poder quisiera, sol resplandeciente.
Madre de Dios, aurora de mi vida,
Amarte con delirio, eternamente,
Como prenda que tienes merecida.

¡Ay, madre amante, qué dulce es quererte!
¡Qué dulce tu amistad! yo en ti confío:
No me espanta la sombra de la muerte
Si tu amor embriaga el pecho mío.

Ya mi loca pasión enardecida
Sólo busca en tu amor, la dulce calma.
En tu amor ¡oh María! concebida,
Sin la culpa mortal que llora el alma.

               Dámaso Bolaños, OFM.

Soneto en la dulzura innumerable de María

Soneto en la dulzura innumerable de María

Es dulce tu puñal, dulce María,
y su punta me hirió tan dulcemente,
que la quiero clavada eternamente;
deme dolor la dulce Poesía.

Hiéreme más, oh dulce Madre mía,
hiéreme el pecho, hiéreme en la frente,
que a más puñal tu mano inmensamente
versos en luz eterna me daría…

Oh Madre dulce, el lírico secreto
del puñal que me hiere y me da vida
hácese ya dulzura de soneto

por el dulce milagro de la herida.
¡En tu panal, oh Madre —graves, tersos—,
mi Vía-Crucis de catorce versos! 

             Luis Doreste Silva.

A Mater Admirabilis

La fiesta de María, Mater Admirabilis 

Bajo la presión del exceso de actividad que a veces nos consume, nos disturba o dispersa nuestras energías haciendo lo que es visible y accidental, vayamos a nuestra “Mater”. Ella es la Madre de lo Invisible, y la Madre de lo Esencial.

Pidámosle que nos desprenda, que nos libere de todo lo que no es importante, que nos conduzca y fije nuestra Mirada sobre lo Invisible que sus propios ojos observan: la Presencia Invisible, la Vida Invisible, La Acción Invisible; el Amor Invisible, todas esas cosas que son valores eternos en nosotros y las grandes realidades de la fe.

Que Mater nos mantenga, a través de nuestros días tan ocupados y abarrotados, en el brillo  de las cosas que no se ven y firmes en la observación de lo Invisible. En medio de todo lo no esencial que nos invita y a menudo nos distrae, corremos el riesgo de agobiarnos a nosotras mismas y confundir nuestros valores. Que Ella nos de la adecuada comprensión de lo Esencial y un gran deseo de ello.

Solo una cosa es necesaria: la voluntad de Dios y el trabajo de Su amor. Que Mater nos de la visión unificada que nos haga ver, también a nosotras, lo Invisible y lo Esencial en todo.

Marie-Therese de Lescure, rscj
Superiora General,  1946-1958
Carta Circular, 6 de julio de 1949.

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* Fuente: Religiosas del Sagrado Corazón de Jesús (enlace)

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Oración a Mater Admirabilis

¡Oh Madre Santísima de Jesús!, venimos a Vos como a la fuente viva que refrigera, como a la llama que calienta, como a la aurora que disipa las tinieblas, como a la Madre siempre atenta a las necesidades de sus hijos.
¡Oh Madre Admirable!, hay horas, en que el camino de nuestra vida es duro.
No es fácil andar siempre con paso igual en el camino del deber.
No es fácil amar al prójimo, nuestro hermano, como Jesús quiere que lo amenos.
No es fácil conservar un alma serena en medio de las vicisitudes de la vida.
No es fácil amar a las criaturas y reservarse para Dios.
No es fácil hacerse pequeño y humilde cuando el orgullo relama.
No es fácil ir caminando hacia el Dios de luz por caminos llenos de sombra.
Hay días en los que todo es carga. Pero Vos, oh Madre Admirable, hacéis todo fácil. Y sin embargo, no quitáis el sacrificio de nuestros caminos, como Dios tampoco lo quitó del vuestro, pero facilitáis el esfuerzo haciendo que crezca el amor. El amor siempre vencedor en Vos, os hizo decir en el umbral  de vuestro destino: “Fiat mihi secundurn Verbum tuum”. Esta palabra de adhesión al amor que os guiaba, jamás la retirasteis. Jamás os rebelasteis ante el sufrimiento, sino que ofrecisteis a su acción un alma mansa y humilde. entregada a Dios.

¡Oh María!, que vuestro ejemplo sea mi fuerza. Haced que todo sea fácil en mi vida, no suprimiendo toda pena sino por un amor generoso, siembre mayor que la pena.

¡Oh Madre dulcísima!, dadme un corazón lleno de fortaleza; y si veis que mi amor se apaga pronto, os suplico, dad a vuestro-a hijo-a un poco del vuestro y repetidle la lección del verdadero amor.

Mater Admirabilis (Madre Admirable) fue pintada en 1844 por Paulina Perdrau, postulante entonces de las religiosas del Sagrado Corazón. La Iglesia celebra su fiesta el 20 de Octubre, día principal para las religiosas del Sagrado Corazón.

Nuestra Señora de la Soledad de la Victoria, la Virgen enlutada

Virgen de la Soledad de la Victoria (antigua destruida)

Imagen original de Nuestra Señora de la Soledad del Convento de la Victoria (Madrid), obra de Gaspar Becerra. Posteriormente la talla fue trasladada a la Colegiata de San Isidro, siendo destruida tras la quema de la iglesia con el inicio de la Guerra Civil Española en julio de 1936.

La Soledad del Convento de la Victoria de Madrid de la Orden de los Mínimos de San Francisco de Paula fue la primera imagen española de la Soledad y supuso una nueva tipología mariana propia, con el atuendo de las viudas nobles de la época: túnica blanca, manto negro y toca. Una indumentaria de luto cuyo uso se extendió desde el tiempo de la Reina Juana I Castilla hasta el siglo XVIII, que refleja de una manera distinguida el sufrimiento o ese sentimiento de dolor por la pérdida del ser querido. Recordemos que el tema de la Soledad se encuentra estrechamente relacionado con la representación de María a los pies de la Cruz y es otra forma de encarnar los Siete Dolores de la Santísima Virgen.

Nuestra Señora de la Soledad de la Victoria tomó su nombre de un cuadro devocional traído desde Francia por la reina Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II, que representaba la Soledad y Angustias de la Virgen [1], una devoción muy popular por aquel entonces en Francia. Los frailes —en este caso Fray Diego de Valvuena, confesor de la Reina Isabel— le confiaron el encargo de una escultura de talla para el convento de los Mínimos de Madrid a partir de la pintura que Doña Isabel conservaba en su oratorio; propuesta que la soberana acogió de buen grado, concediendo las facilidades necesarias para que se convirtiera en una hermosa realidad. Recordemos que Isabel fue llamada la “Reina de la paz”, una mujer de espíritu abierto y amplia cultura que llevó el refinamiento y las buenas maneras a la Corte española.

Sería el baezano Gaspar Becerra y Padilla, un reputado imaginero de la época, el elegido para realizar tan importante encomienda. Becerra fue, además, arquitecto y pintor, recibiendo una fuerte influencia del renacimiento y manierismo italiano durante su estancia en el país transalpino. Sin duda pasará a la historia como un innovador de la iconografía de la Soledad. En lo concerniente a esta obra que tratamos, durante un año de trabajo el resultado no es el esperado. Lo intenta una segunda vez, que satisface a los frailes pero sigue sin convencer a la reina, es tal el grado de perfección requerido. Preocupado, y acaso como ultimátum, lo vuelve a intentar. En una fría noche, de un severo invierno, el escultor se encuentra agotado y prácticamente vencido por la desesperanza; arroja un tronco a la chimenea para mantener el calor de la habitación mientras se retira a descansar. Durante el sueño escucha una voz que le dice que retire aquel trozo de madera del fuego. Se levanta y con asombro vislumbra lo que es un contorno trabajado por la lengua de fuego. Una vez rescatado aquel leño esculpe sobre la parte aprovechable, y a medida que avanza en su trabajo observa —ahora sí— que va apareciendo ese rostro de la Virgen sereno y mirada llena de ternura que su retina guardaba ante aquella deslumbrante visión. Becerra culmina en 1565 esta portentosa imagen y la Reina ha quedado satisfecha. Fue el primero de otros tantos prodigios.

Vno de tres Retratos, inʃpirado,
O Artifice ʃacaʃte parecido,
Que en el amor Divino ha concurrido,
Coma otra vez, en fuego disfrazado.
Eʃte de Soledad vivo traslado,
De vn encendido Leño ha procedido,
Que ʃobre la materia de encencido
Cae la forma mejor de apaʃsionado
Fuego es amor, y amor grave tormento,
Si fe pierde el objeto que fe adora,
Pues queda en Soledad quien adoraba
Fuego en el Leño ʃirve de instrumento,
Pues el agua eficaz, que ardiente llora,
Dolor empieça, y Soledad acaba.[2]

Soneto de Don Antonio de Espinosa

Soledad de mi amor y compañía;
Luz que mi alma alienta,
Sea de vos en lágrimas deshecho,
Templo mi corazón, Altar mi pecho.

La imagen en cuestión no era de bulto de redondo (o talla completa) sino de candelero, concebida para ser vestida y sacada en procesión, y que la condesa Viuda de Ureña, Camarera Mayor de Isabel de Valois, atavió con sus propias ropas de luto. En una enternecedora representación de la Soledad la Virgen se encuentra arrodillada, con su rostro sereno y con las manos cruzadas en actitud humilde y devota. La misma fue entronizada el 15 de septiembre de 1565 y gozó de gran devoción entre los madrileños. La propia Isabel fundó la hermandad de Nuestra Señora de la Soledad y de las Angustias, a la que pertenecieron sus dos hijas (las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela) y su marido, el rey Felipe II. La cofradía se extinguió en 1651, motivada por los frecuentes desencuentros entre los frailes y cofrades. No obstante, la devoción a la Virgen de la Soledad siguió intacta entre el pueblo madrileño. El éxito de la imagen fue tal que se popularizó su iconografía en infinidad de copias, tanto en escultura como en pintura.

El convento de Nuestra Señora de la Victoria fue demolido con la desamortización de Mendizábal y la imagen de la virgen se trasladó a la Real Colegiata de San Isidro. Desgraciadamente, el edificio y la imagen —que se encontraba en la capilla del Buen Suceso— quedaron destruidos por un voraz incendio tras el comienzo de la Guerra Civil española. Aun así, esta advocación se difundió, incluso dando lugar o derivando a otras: como la de la venerada Virgen de la Paloma (un lienzo que representa a la virgen de la Soledad)con otra variante, pero con parecida iconografía, son la Virgen de la Soledad de Arganda y la de Chinchón, ambas en la provincia de Madrid; posiblemente algo anterior a la Soledad de Gaspar Becerra, pero que incluimos en este grupo por sus delicadas facciones y su característica vestimenta de viuda noble castellana de la época de los Austria que tuvo su máxima expresión en la citada corte de Felipe II, es Nuestra Señora de la Soledad de la Portería (Las Palmas de Gran Canaria), la hermosa imagen cuyo rostro —cuenta una leyenda con visos de realidad— es a semejanza del de la propia Reina Isabel I, “la Católica”; y sin olvidarnos, entre otras tantas dignas de mención, con Nuestra Señora de la Soledad Coronada, Patrona de Badajoz, cuya tierna mirada —y bien reza el dicho— “ablanda el corazón de todo aquel que la mira”. Asimismo, en numerosas iglesias y ermitas de ciudades y pueblos de tierras castellanas y andaluzas se encuentran cuadros al óleo con esta representación de la Virgen de la Soledad, sin olvidarnos de museos diocesanos y colecciones particulares. De hecho, muchas de estas pinturas o vera efigies, que oscilan entre los siglos XVII y XVIII, alcanzan cifras considerables en reputadas galerías de arte y en subastas de antigüedades.

Fuera de nuestro país existen numerosas representaciones de la Soledad de la Victoria situadas principalmente en iglesias y museos, destacando entre otras: la Virgen de la Soledad de la Iglesia de San Francisco, en la ciudad de Caracas (Venezuela); o la preciosa imagen de la Soledad de Amberes (Bélgica), atribuida al escultor flamenco —de estilo barroco— Petrus Verbrugghen. También ha quedado para la posteridad un cuadro de la Soledad de la Victoria sobre las andas procesionales del pintor puertorriqueño José Campeche Jordán (1752-1809), uno de los máximos exponentes del rococó en América. Asimismo, en Sudamérica las representaciones pictóricas a la Soledad de la denominada escuela cuzqueña, de clara influencia colonial española, son abundantes. Y al otro lado del mundo, en Filipinas, existe una importante devoción a Nuestra Señora de Porta Vaga (llamada la “Luz de Filipinas”); se trata de un cuadro de la Virgen de la Soledad, que arrodillada con su vestimenta blanca y negra tan propia se encuentra orante en la Pasión de su hijo.

Hace unos pocos años tuvimos la noticia de un lienzo del pintor madrileño Javier Cámara Sánchez-Seco —obra encargada para un monasterio— que representa, precisamente, a la desaparecida Virgen de la Soledad de la Victoria de Gaspar Becerra, con un resultado ciertamente extraordinario.

Como vemos, ha permanecido la divina influencia de esta santa imagen, tanto en su iconografía como en los prodigios realizados, que hoy día sigue conmoviendo el corazón de sus numerosos devotos.

por J.J. Santana

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Enlaces de interés:

Representaciones de la Virgen de la Soledad de La Victoria

De la Soledad de la Victoria a la Soledad de la Paloma (pdf)

Citas bibliográficas

[1]. Los Teatros Madrileños y la Cofradía de la Soledad, Bernardo J. García.

[2]. A la Venerabilísima imagen de N. S. de la Soledad en la célebre translación a su suntuosa capilla, con un epítome de su sagrada historia. (1664).

A la Virgen del Rosario (plegaria)

A la Virgen del Rosario
(Plegaria)

A tus plantas hermosas
llegué otras veces,
uniendo bellas rosas
y humildes preces,
que entonces era
un camino florido
mi primavera.

Hoy no traigo otra ofrenda
que fe y amores,
que esta vez en mi senda
no encuentro flores,
pues la fortuna
las agostó a mi paso
una por una.

Dame Tú, Madre mía,
con que adornarte
cuando vuelva otro día
mi fe a buscarte;
con tu permiso
florecerá la tierra
donde yo piso.

Y pues siempre he buscado
yo mis consuelos
en tu manto azulado
como los cielos,
da sin tardanza
alientos que reanimen
a mí esperanza.

No olvides, Virgen pura,
que has ofrecido
endulzar la amargura
del que afligido
va al santuario
para besar las cuentas
de tu rosario.

                Concha Espina de Serna.

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Tu Orden la he encomendado a mi Madre

Imagen ilustrativa: Nuestra Señora del Rosario de la Villa de Agüimes (Foto: José J. Santana)

A Nuestra Señora del Silencio

Nuestra Señora del Silencio, Patrona de los sordos. Esta imagen se encuentra en la Parroquia de Santa María del Silencio (Madrid).

Tú, que oyes nuestras voces, aunque no hablemos, pues comprendes en el movimiento de nuestras manos el lenguaje de nuestros corazones. No te pedimos, Señora, que nos des la voz y el oído para nuestros cuerpos, sino que nos concedas entender la Palabra de tu Hijo, y llegar a Él con amor, para la salvación de nuestras almas. Queremos amar nuestro silencio para evitar la calumnia, el odio y el pecado y, callando, dar testimonio de nuestra Fe. Queremos ofrecerte el silencio en que vivimos para que todos te llamemos Madre y seamos verdaderos hermanos, sin odios, ni rencores, como hijos tuyos. Te rogamos traduzcas nuestro arrepentimiento ante tu divino Hijo, en la hora de la muerte, para que en la otra vida podamos oír y hablar cantando tu alabanza por toda la eternidad.

(Oración compuesta por dos personas sordomudas en 1972).

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Enlace recomendado: Santa María del Silencio (Parroquia de personas sordas y sordociegas)

La Virgen de las Angustias (Recuerdo de Granada)

La Virgen de las Angustias

(Recuerdo de Granada)

Allí donde cerrada
De perlas y de aromas
Yació vilipendiada
Y esclava la mujer;
Allí donde los moros
Gozaron sus amores
Y alzaron entre flores
El Templo del Placer;

Al pie de la colina
Que aún muestra por corona
La Alhambra granadina,
Palacio del Amor,
Alzaron los cristianos
Morada más divina:
La casa de la Virgen,
El Templo del Dolor.

En él está la madre
De todos los que lloran…
Rendidos a sus plantas
Estáticos le adoran…
La tímida doncella
La busca por dechado:
Perdón aguarda de ella
La triste que ha pecado.

La lluvia providente
Le pide el campesino;
La vuelta del ausente
La esposa del marino;
Salud el pobre enfermo,
Victoria el campeón:
El huérfano infelice,
Fiado en su amor santo,
«¡Ampárame (le dice)
Debajo de tu manto!»

Demándale el pechero
Que postre a su enemigo;
Justicia el caballero….
Consuelos el mendigo,
Puerto seguro el náufrago.
El vate inspiración.

Y al ver aquellas lágrimas
Que en las mejillas mustias
De la celeste Madre
Revelan sus Angustias,
Todos los tristes hallan
Alivio a su penar.

Que es el dolor la fuente
Del bien y la alegría,
Y de la cruz pendiente
El Hijo de María
Trocó en mérito y gloria
La dicha de llorar.

                         Pedro Antonio de Alarcón (S. XIX).