La Virgen a mediodía

La Virgen a mediodía

Es mediodía. Veo la iglesia abierta. Debo entrar.
Madre de Jesucristo, yo no vengo a rezar.
No tengo nada que ofrecer ni nada que pedir.
Vengo solamente, Madre, a mirarte.
Mirarte, llorar de felicidad, saber eso, que soy tu hijo y que estás ahí.
Sólo por un momento, mientras todo se detiene.

¡Mediodía!
Estar contigo, María, en este lugar donde tú estás.
No decir nada, mirar tu rostro, dejar que el corazón cante en su propia
lengua.
No decir nada, sino sólo cantar porque el corazón se encuentra en su
plenitud.
Porque eres hermosa, porque eres inmaculada, la mujer restituida por
fin a la gracia.
La creatura en su inocencia primera y en su realización final,
tal como salió de Dios en la mañana de su esplendor original.

Inefablemente intacta porque eres la Madre de Jesucristo
–que es la Verdad entre tus brazos–
y la única esperanza y el único fruto.
Porque eres la mujer, el Edén de la antigua ternura olvidada,
cuya mirada encuentra de pronto el corazón
y hace derramar las lágrimas acumuladas.
Porque me has salvado…

Porque en esta hora en que todo tiembla es cuando tú te has hecho
presente…
Porque es mediodía, porque estamos en este día de hoy, porque estás
ahí para siempre.
Sencillamente porque eres María, sencillamente porque existes,
Madre de Jesucristo, te doy las gracias.

                                                                Paul Claudel

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El sueño que había soñado

El sueño que había soñado

Yo quise bordar un sueño
con agujas de cristal
en un retazo de cielo
sobre el bastidor del mar…

Hice sartas con estrellas
y así las pude enhebrar
y de la luna hice uso
como si fuese un dedal…

También dibujé mi sueño
para poderlos bordar
con un compás de silencio
y un lápiz de soledad…

En esto llegó la aurora,
túveme que despertar,
y el sueño que había soñado
todavía está sin soñar…

Víctor Galtier Montero

¡¡Madre!!

¡¡MADRE!!

«Las palabras que Jesús pronuncia desde la Cruz significan que la maternidad de su Madre encuentra una nueva continuación en la Iglesia». (RMa, 24b)

Cuando te llamo Madre, sé que digo
hontanar de bondad y de ternura,
que haces tuya mi vida y mi andadura
viviendo junto a mí, siempre conmigo.

Viviendo junto a Ti, bajo tu abrigo,
este valle de llanto en noche oscura,
se torna claridad por tu hermosura,
y es un dulce vivir, vivir contigo.

Reverdece mi gozo de ser hombre,
la dicha de llamarte por tu nombre.
No hay título de honor que más te cuadre,

pues sería mi vida mal vivida,
y la daría siempre por perdida,
al no poder gritar mil veces: ¡¡MADRE!!

               Paquita Sánchez Remiro
  (de “Santa María, Poesía de Dios”)

Foto: Dimitri Conejo S.

La soledad de la Virgen

La soledad de la Virgen

La Virgen sacrosanta, antes de retirarse del sepulcro, bendijo la sangrada losa, diciendo así: Piedra afortunada, que ahora encierras al que yo tuve dentro de mis entrañas, te bendigo mil veces, y te encargo le guardes cuidadosamente. Después, alzando al cielo la voz y los afectos del alma, dijo así: Padre celestial, en vuestras manos queda este divino tesoro, Hijo de vuestras complacencias e Hijo de mi corazón. Mira de nuevo el sepulcro, se despide otra vez del Hijo querido, y se vuelve con aquel triste acompañamiento, tan llorosa y tan desolada, que movió a lágrimas a muchos de los que la vieron pasar, y los mismos discípulos y personas del séquito lloraban ya más de la pena y quebranto de la Madre, que de la muerte del Señor. Las piadosas mujeres le echaron encima un manto negro, y al pasar por delante de la cruz, bañada todavía con la preciosa sangre, se postró en tierra, y fue la primera criatura que adoró aquel santo madero, diciendo de este modo:

¡Santísima Cruz! Yo te adoro y beso devotamente, pues ya no eres leño infame, sino trono de amor y altar de misericordia, consagrado con la sangre del Cordero que quita los pecados del mundo, sacrificado en ti por la salud del género humano. Luego que llegó a su pobre morada, volvió a todos lados la vista, y no viendo a su dulcísimo Hijo, se le representaron vivamente los hechos y ejemplos de vida tan santa, la dulce memoria de aquella noche gloriosa de su sagrado nacimiento, los regalados abrazos que le dio en su seno maternal, las conversaciones íntimas y suaves por tantos años en la casa de Nazareth, el tierno amor con que mutuamente se correspondían, las miradas amorosas y las palabras de vida eterna que salían de su boca divina.

Pero después se le volvió a renovar con mayor sentimiento y viveza la dolorosa tragedia de aquel triste día, los clavos, espinas y llagas profundas, las carnes despedazadas, los huesos descarnados, la boca sedienta, y los ojos obscurecidos y muertos. ¡Qué noche tan amarga! Preguntaba al amado discípulo: Juan, ¿dónde está tu divino Señor y Maestro? Preguntaba a la Magdalena: Hija, ¿dónde está tu amado? ¿Quién nos ha quitado nuestro único bien? ¿Quién nos ha puesto en tan amarga soledad? Lloran sus ojos virginales, lloran todos con ella. Y tú, alma, ¿qué haces? Dile, por fin: Señora, yo soy quien debo llorar, y no vos; yo soy el reo, y vos inocente. Permitidme que siquiera os acompañe en vuestro llanto y soledad: Fac ut tecum lugeam. Vuestras lágrimas nacen de amor. Broten las mías de la fuerza del dolor y arrepentimiento de mis pecados. Estos y otros afectos semejantes le has de decir con los labios y el corazón.

* * *

Oración

Madre dolorosa, tenga yo la dicha de acompañaros en vuestras penas juntando con vuestras lágrimas las mías, con memoria continua y tierna devoción de la Pasión de Jesús y la vuestra, para que en llorar vuestros dolores y los suyos ocupe y consagre todo el tiempo que me resta de vida, esperando confiadamente que en la hora de mi agonía ellos me darán fuerza y aliento para no desesperar de mi salvación avista de los muchos pecados con que tengo a Dios ofendido. Por los dolores de uno y otro confío alcanzar perdón, perseverancia y gloria, donde con vos. Madre amorosa, cantaré para Siempre las misericordias de Dios.

San Alfonso María de Ligorio

Imagen: “Virgen de la Soledad”, óleo sobre lienzo de Vicente López y Portaña (1840)

A la Virgen de la Soledad de la Portería (poema)

A la Virgen de la Soledad de la Portería

(Virgen de la Soledad de la Portería,
en Las Palmas fuiste coronada
y ya por siempre venerada,
¿sin ti de nosotros que sería?)

Cuenta la leyenda que una dama de incógnito,
vestida de noble y que es reina,
te envió a esta tierra grabada en tu retina
para velar de Dios a su Hijo Unigénito.

Y llevas por sobrenombre la portería
de aquel que fue humilde convento,
donde escapando del lamento
a los pies de tu retablo la paz encontraría.

Por el pecado somos almas cautivas,
dominadas por la iniquidad…
¡dulce anhelo llegar a la benignidad
con el perdón y sus rogativas!

Noche de Viernes Santo, noche de abril;
por dentro va un sentimiento de llanto
y a cada recuerdo un pálpito con quebranto,
incontenible al dolor más febril.

Sale el Retiro, piadoso camino a seguir;
en el permanente rezo del Salterio
anuncian las cuentas en cada misterio
que tus ojos son el credo de nuestro plañir.

Mientras, sujetas entre tus dedos el pañuelo
que lleva tu sentir en lágrimas de pena:
impregnada la tela en fragancia de azucena
y el suspiro del Tránsito redimido en celestial vuelo.

Afligida quedas, que hasta el aire se silencia;
que si en el silencio empieza la Contrición
en el Calvario llegó la Verdad y la Resurrección:
nacería el gozo pascual con la penitencia…

Ante tu imagen mi pesar torna a ternura,
pues es tu mirada tan pura y serena
que ante ti me postro, virgen nazarena,
al ver tu corazón rodeado de un aura.

Y en el lento transcurrir de cada instante,
la añoranza de un pronto regreso
y aquel adiós con el soplo de un beso
hicieron de la Fe generoso garante.

Virgen enlutada, castellana y canaria;
al pie de la cruz a tu hijo honraste su partir
con un atuendo que a cada herida vino a cubrir:
¡cobíjanos, Madre, bajo el manto de tu plegaria!

                      José J. Santana (La Orotava)

* * *

Nuestra Señora de la Soledad de la Portería

Al pie de la Cruz (I)

Al pie de la Cruz

Al pie de la Cruz, do pende
el hombre de Dios enclavado
por redemir del pecado
a la raza de Caín,
sobre el Gólgota sombrío
que baña en turbios vapores
el sol que toca entre horrores
de los mares el cofín;

velada la pura frente
con negro crespón de duelo,
alza los ojos al cielo
una mujer virginal:
y sus lágrimas que corren
y sus ardientes suspiros
seca y arrebata en giros
furiosos el vendaval.

El relámpago medroso
apenas triste ilumina
de aquella frente divina
el insondable dolor;
y el trueno rueda a lo lejos
sobre las cóncavas nubes,
y llanto de los querubes
y de la lluvia el clamor.

¡Ay de la Madre amorosa
que mira al hijo querido
de sus entrañas nacido,
nacido para morir!
¡Ay de la Virgen, que sola
y sin amores se queda…
¿quién hay que la suma pueda
de sus dolores medir?

Virgen pura, Madre hermosa,
tú, que sabes mi fe ciega,
perdóname, sí no llega
a ti mi canto de amor.
Mis lágrimas son de hombre,
mis pensamientos mundanos.
¡Ay, no vibra entre mis manos
la lira de tu dolor!

            M. Fernández y González

Imagen ilustrativa: Soledad al pie de la Cruz (Parroquia de San Millán, Segovia). Obra de Aniceto Marinas, 1930.

Meditación de la soledad de María

Meditación de la soledad de María

(Preámbulo: “Stabat Mater”)

“Stabat mater dolorosa,
juxta crucem lacrimosa”

Estaba la Dolorosa,
junto al leño de la Cruz.
¡Qué alta palabra de luz!
¡Qué manera tan graciosa
de enseñarnos la preciosa
lección del callar doliente!
Tronaba el cielo rugiente.
La tierra se estremecía.
Bramaba el agua… María
estaba, sencillamente.

(Composición de lugar)

Palidecidas las rosas
de tus labios angustiados;
mustios los lirios morados
de tus mejillas llorosas;
recordando las gozosas
horas idas de Belén,
sin consuelo ya y sin bien
que sus soledades llene…
¡miradla por donde viene,
hijas de Jerusalén!

(Meditación)

Virgen de la Soledad:
Rendido de gozos vanos,
En las rosas de tus manos
Se ha muerto mi voluntad.
Cruzadas con humildad
En tu pecho sin aliento,
La mañana del portento,
Tus manos fueron, Señora,
La primera cruz redentora:
La cruz del sometimiento.

Como tú te sometiste,
Someterme yo quería:
Para ir haciendo mi vía
Con sol claro noche triste.
Ejemplo santo nos diste
Cuando, en la tarde deicida,
Tu soledad dolorida
Por los senderos mostrabas:
Tocas de luto llevabas,
Ojos de paloma herida.
La fruta de nuestro bien
Fue de tu llanto regada:
Refugio fueron y almohada
Tus rodillas, de su sien.
Otra vez, como en Belén,
Tu falda cuna le hacía,
Y sobre Él tu amor volvía
A las angustias primeras…
Señora: si tú quisieras
Contigo lo lloraría.

(Coloquio) 

Por tu dolor sin testigo,
Por tu llanto sin piedades,
Maestra de soledades,
Enséñame a estar contigo.
Que al quedarte Tú conmigo,
Partido ya de tu vera
El hijo que en la madera
De la Santa Cruz dejaste,
Yo sé que en Tí lo encontraste
De una segunda manera.

En mi alma, Madre, lavada
De las bajas suciedades,
A fuerza de soledades,
Le estoy haciendo morada.
Prendida tengo y colgada
Ya mi cámara de flores.
Y a humear por los alcores
Por si llega el peregrino
He soltado en mi camino
Mis cinco perros mejores.

Quiero yo que el alma mía,
Tenga, de sí vaciada,
Su soledad preparada
Para la gran compañía.
Con nueva paz y alegría
Quiero, por amor, tener
La vida muerta al placer
Y muerta al mundo, de suerte
Que cuando venga la muerte
La quede poco que hacer.

(Oración final)

Pero en tanto que Él asoma,
Señora, por las cañadas,
—¡por tus tocas enlutadas
y tus ojos de paloma!—
recibe mi angustia y toma
en tus manos mi ansiedad.
Y séame, por piedad,
Señora, del Mayor Duelo,
tu soledad sin consuelo
consuelo en mi soledad.

        José María Pemán

Gozos a Nuestra Señora de Candelaria

Gozos a Nuestra Señora de Candelaria.

A Vos, Isleña Divina,
Morenica Celestial,
oh Virgen de Candelaria,
lucida Estrella del Mar,
pues gozáis tantas grandezas,
gozos Os quiero cantar.

Más que afortunadas Islas,
vaticinio os fue llamar
amenos Campos Elíseos,
la ciega gentilidad;
y profética antevió
tal bien, entre tanto mal.

En ellas, oh maravilla,
de la infinita Bondad,
parecisteis Taumaturga,
Divina, Bella Beldad,
antes un siglo que hubiese
luz de la Fe y Cristiandad.

Cándidos guanches pastores
Tu Imagen ven, y en su afán,
a rústico examen fían
si es Tu hermosura inmortal;
y con mortal escarmiento
adoran Vuestra Beldad.

A la novedad del Cielo
se unen los reyes y van
con festivo, alegre, tosco
pelíseo aparato real,
obsequiosos a rendiros
palacio, cueva y altar.

Oh Tú, Madre, la más linda,
toda Dulzura y Piedad,
Imán de seguro Norte
al más tempestuoso mar,
Puerto alegre, Playa limpia,
sin riesgo de zozobrar.

¿Quién a Tus aras, Señora,
llegó a pedir y rogar,
que tardara en conseguir
más tiempo que suplicar?,
Libertadora Judith,
de los cautivos de Adán.

Aurora del mejor sol;
Sol que traes la sanidad;
Alba de radiante Luz;
Luz del mayor luminar,
esplendor cuyo cenit
todo es luz orbicular.

Tú, la Escala de Jacob,
Arca del mejor maná;
Flor y Vara de José;
Ruth del angélico Pan.
Tú, Rosa de Jericó,
Tálamo de la Deidad.

¿Cuántas, isleño horizonte,
en tus playas de coral,
entre argentadas espumas,
vieron mil veces brillar
flamígeras luces, signo
de Tu guardia angelical?

Venturoso Tenerife;
ufánate, no envidiar
por tesoro a Guadalupe,
ni a Zaragoza, el Pilar,
a España, Regla, ni Atocha,
ni a Loreto su solar.

Feliz, atlante dichoso,
nevado, hermoso galán,
altivo canario Teide,
pirámide de cristal,
gózate en tu nácar concha
de Perla tan sin igual.

No ya los montes de Armenia,
por su eminente elevar,
blasones fueron del Arca
privilegiado lugar,
ni Olimpo distancias mida
con la luna vecindad.

Démonos, isleños todos,
el parabién singular
de tener tal Protectora,
tal Patrona tutelar,
del Evangelio y la Fe
que nos vino a predicar.

Al buen viaje, oh gran María,
con toda prosperidad,
oh Virgen de Candelaria,
luciente Estrella del Mar.

Alabado sea el Santísimo
Sacramento del Altar,
y María de Candelaria
sin pecado original.

Imagen ilustrativa: Composición fotográfica de la Virgen de Candelaria (FAT).

A la Virgen de Guadalupe, patrona de La Gomera

Es tu áurea el sol de Puntallana
(A la Virgen de Guadalupe)

Virgen de Guadalupe, dulce Señora,
crecen seis flores en tu cetro dorado,
pues queda tu ramillete ensalzado
cuando de las pupilas la emoción aflora.

Alajeró, Vallehermoso, Valle Gran Rey;
San Sebastián, Agulo y Hermigua,
donde el querer de un pueblo se fragua
junto a tu Hijo cuidando de su grey.

Es tu áurea el sol de Puntallana,
corona de doce estrellas
forjada en oraciones, doce huellas
que nuestro camino allana.

Bosque del Cedro, símil a tu encanto:
la bruma lo envuelve de leyenda
mientras corre el amor por su senda,
que –eterno– nació de un llanto.

Suenan las chácaras y tambores,
el corazón de la isla se descubre
cuando llega tu santo día en octubre:
Madre eres de La Gomera con loores.

Y en el silbido vuela el lenguaje
del sonido a través de los barrancos,
pues al viento le sobran las palabras
en aquellos labios que llevan tu mensaje:

Mi tilma, prenda divina,
es un manto marinero,
el blanco velo gomero
con que bendigo a la isla colombina.

                 José J. Santana

Se permite la reproducción de este poema haciéndose mención a su autor.

A la Iglesia de la Concepción de La Orotava

Iglesia de La Concepción de La Orotava

Una silueta divisé en este hermoso valle;
se alzaba delicada a toda aquella mirada:
era la arquitectura sacra siendo honrada
por el arte del villero bruñendo el detalle.

Luce la piedra tu impronta que no se olvida;
los ecos del púlpito cincelado en mármol
rememoran al madero que nació del árbol,
y por amor, transfigurado a Cruz vivida.

En el firmamento una cúpula dibujaste;
dos campanarios que conmueven al visitante
pregonan al viento el día más deslumbrante:
sonaba la melodía alegre del tajaraste.

Con el sonoro repique me acerqué,
palpando el señorío y tu historia;
sentí el hado de un pedacito de gloria
que resuena en cada toque su porqué.

Octava de Corpus y Semana Santa,
la obra consumada llegó en el cierno,
donde lo efímero siempre será eterno
cuando admirado oprime la garganta.

Y vi llover pétalos en precioso vuelo,
que desprendían con júbilo verdadero
tus lágrimas mostrando el sendero
de la Ascensión del Señor al cielo.

En la fe, acompañando tu tabernáculo,
acabó mi frío con tu sol: el que más calienta.
Es tu espíritu la fuerza que nos sustenta
y doblega el poder aferrado al báculo.

Mientras, una voz susurra una oración.
Testigo de quietud, de duelo y alhajas:
la fúnebre entrada de aquellas cajas,
la salida de unos novios sellada su unión.

Y ante su altar, mi siempre anhelada;
de Génova traída a la noble y leal Villa,
yo me inclino –manso– a tu maravilla:
¡Oh, Virgen de la Inmaculada!

No hay gente que no se cautive
en la fiesta que honra a la Pureza,
donde brota la belleza
que hasta el alma mustia revive.

Mas, la Asunción llegó con el glorioso Tránsito;
dormida en el lecho nuestra ternura acrecienta.
Yo la velaré para que sola no se sienta,
pues es su presencia el reposo que necesito.

Y con tu Santo Cristo de la Misericordia
el pueblo camina siguiéndolo a su vera;
con el mandato cumplido en la cruz nos espera:
la Sagrada Forma aguarda bajo la Custodia.

De fondo un órgano lleva a la emoción,
que en su apogeo el ambiente silencia…
la voz interior cae rendida a la cadencia:
Catedral del Valle es la Concepción.

                        José J. Santana

* * *

Enlace relacionado:

A la Iglesia de San Francisco de La Orotava

Foto de: Roberto Mazzanti