A la Virgen de Montserrat

A la Virgen de Montserrat

¡Madre de Dios! en los revueltos marea
faro de salvación!
Vengo a rendir, feliz, en tus altares
no un canto, una oración!

Al doblar en tu templo la rodilla
descendió sobre mí
rayo de luz que aún a mis ojos brilla:
oré, lloré, creí.

Entre cantos y mística fragancia
un mes allá alcancé,
y renació en mi pecho de la infancia
la combatida fe.

Abiertos ver los cielos soberanos!
Cual bajo pedestal
hollar la tierra y las ansiosas manos
tender al ideal!

¡Suprema aspiración, santa ventura!
¿Y por qué, cielos, por qué
inseguro resbala en esta altura
mi vacilante pie?

¡Ah, Madre, Madre! el vértigo del mundo
me arranca de tu altar;
yo no sé resistir, y al infecundo
campo vuelvo a luchar.

Mas, sí otra vez del desigual combate
el polvo embriagador,
eclipsa al alma, que el cansancio abate,
del cielo el resplandor,

de la luz que inundó mi pensamiento
de tus aras al pie,
para que alumbre mi postrer momento
un rayo guardaré.

                     Teodoro Llorente

La Soledad de María (poema)

La Soledad de María

Attendite et videte si est dolor
sicut dolor meus

Dame tu inspiración, profeta Santo;
Préstame de tu canto la dulzura;
Quiero llorar con el doliente llanto
Que de Sión lloraste la amargura;
Quiero con triste y doloroso canto
Acompañar la acerba desventura
De una mujer, del Cielo la alegría,
Que hoy sufre en soledad dura agonía…

Vedla…, vedla… Del Gólgota en la cumbre,
Humilde y dolorida está de hinojos;
Del sol poniente el pálido vislumbre
Viene a bañarla en sus fulgores rojos.
Mustia, apagada la celeste lumbre
De sus hermosos y divinos ojos,
Al alto los dirige, y solitaria
Murmura en su dolor triste plegaria.

¡Cuánto ha sufrido! En su serena frente
Dejó el dolor inextinguible huella;
Se ocultó su sonrisa, y tristemente
Silencio de dolor sus labios sella;
De su llanto de fuego la corriente
Dejó surco profundo en su faz bella,
Y con el lirio de los valles triste
Su hermoso rostro de dolor se viste.

¡Cuánto ha sufrido! Por martirio tanto
Su amante corazón está oprimido,
Que ni siquiera puede en su quebranto
Exhalar ni un sollozo ni un gemido;
Secas están las fuentes de su llanto,
Que á torrentes sus ojos lo han vertido:
Ni suspira ni llora; resignada
En su inmenso dolor está abismada.

Vio a su Jesús morir, vio su amargura.
Vio su pasión, su angustia, su tormento,
Le vio subir del Gólgota a la altura
Y el sacrificio consumar sangriento.
—¡Oh heroísmo sin par!, oh desventura!
¡Oh abnegación sublime!, ¡oh sentimiento!
¿Qué fuerza superior te sostenía
¡Para que no murieses, oh María!

Y le viste expirar; su cuerpo inerte
Entre tus brazos tiernos estrechaste,
Y su semblante, que veló la muerte
Con tu llanto purísimo regaste.
Sus manos, su cabeza, ¡oh Madre fuerte.
Con cuanta pena y cuanto amor besaste!
¡Ah! ¡Cuántas veces a su roto pecho
Juntaste el tuyo de dolor deshecho!

¡Pobre madre! ¡Martirio prolongado!
¿Quién sufriera tormento tan impío?
Ni aun el cadáver ve del Hijo amado.
Que se le oculta ya el sepulcro frío.
Sin luz y sin ventura se ha quedado.
Sola con su dolor, mudo y sombrío;
Doquier que vuelve los nublados ojos
Halla amargura, soledad y abrojos.

¡Pobre Madre! Su pecho un solo instante
Hallar no puede la quietud perdida;
Anda en las sombras de la noche errante
Buscando su consuelo dolorida.
Mil veces llama a su Jesús amante
Con voz penetrante y afligida:
— “¿Dónde estás, Jesús mío, dice; dónde?”
Y solo el eco a su clamor responde.

“¿No miras mi dolor, Hijo adorado?
Ven, mi Jesús, mi corazón te llama;
Ven, ven, que sin ventura me he quedado;
Consuela el mal de quien te llora y ama”.
Lleva el aura su acento acongojado
Cuando así dice y suspirando clama;
Y la responde a su infeliz lamento,
“Sola”, diciendo, el murmurar del viento.

¡Sola! ¿Dónde encontrar podrá consuelo
A su penar acerbo y prolongado?
Si mira con amor el bajo suelo.
Todo aumenta la angustia de su estado;
Si mira con ternura al alto cielo,
Le encuentra a su gemir mudo y cerrado;
Murió Jesús, y los que el Cielo moran
La muerte de su Dios tan solo lloran.

“¡Sola!” ¡Cuánto dolor, Madre afligida!
Sola en la situación más horrorosa;
Sola, y la prenda de tu amor querida
Muerta de muerte fiera y afrentosa!
¿Y aun puedes alentar? ¿Y aun tienes vida?
Te niega el Cielo muerte venturosa
Que a otros mártires da; tú, ¡oh Madre!, vives
Y martirio más grande así recibes.

Oh, sí, Jerusalén; la ciudad santa.
Delicias del Señor, un tiempo pura,
Cual fantasma precito se levanta
Entre la niebla de la noche oscura;
Y en torno, con horror que el alma espanta,
Se oye una voz que baja del altura
Diciendo aterradora y condolida:
“¡Jerusalén! ¡Jerusalén! ¡Deicida!”

Y María la escucha, y a su acento
Rasgar su corazón, morirse siente;
La voz es amenaza y es lamento
Por verdugos y víctima inocente:
Sin igual es su doble sentimiento
Por el Dios muerto y la deicida gente;
Es tu Hijo Dios; y ¡oh Madre de dolores!
También tus hijos son sus matadores.

¡Ah sin segundo, atroz; tormento horrible
(Aquí se hiela el corazón de espanto)
Comprender tu amargura es imposible;
Se abisma el alma en mares de quebranto;
Al humano lenguaje es indecible;
¿Cómo pudiste, Madre, sufrir tanto?
¿Ser también hijos tuyos los impíos,
Los malditos del Cielo, los judíos?

Lo quiso Dios. En el postrer momento,
Cuando de tu Jesús el alma huía.
En la cima del Gólgota sangriento.
Allí a la vista de la turba impía,
Oíste de su voz el dulce acento.
Que moribundo y triste te decía
Aumentando tu pena y tus dolores:
“Mujer, sé Madre tú de pecadores”.

¿Y qué fuera sino mujer bendita;
Sin ser tú Madre del mortal, qué fuera?
¿Quién del Cielo la cólera infinita
Y el brazo airado detener pudiera?
Pero en la tierra do el pecado habita
Naciste tú, celeste medianera,
Para ser entre Dios y la criatura
El lazo de la paz y la ventura.

Y ahora sola te ves; sola sufriendo
Lo que nadie sufrió, pobre María;
Donde volver tus ojos no teniendo.
Ni en quien calmar tu pena y agonía.
Al meditar en tu martirio horrendo
El alma se estremece, Madre mía,
Y se asombra al mirarte, Virgen pura,
Coloso de la humana desventura.

Y sola, en una tierra mancillada.
Con un delirio horrendo, entre insensible
Gente cuya dureza despiadada
Hace tu situación aun más horrible;
Entre la soledad más angustiada,
Con la pena y dolor más indecible.
Te oigo exclamar con voz que da agonía;
¡Mirad si hay pena cual la pena mía!

No la hay, ¡oh Madre!, no; ¿qué alma de hielo
No se enciende al mirar tu pecho herido?
¿Qué corazón, al ver tu desconsuelo.
No se siente de angustias oprimido?
¿Qué ojos te miraran, oh luz del Cielo,
Que llanto no derramen dolorido?
¿Quién habrá, Madre tierna, que te mire
Y con amarga pena no suspire?

¡Ah! Deja, Madre, que tus hijos fieles
Acompañen el tuyo con su llanto;
Deja que contemplemos tus crueles
Angustias y tu fúnebre quebranto.
Para que en tus pesares te consueles
Nada puede mi bajo, indigno canto;
Más déjame llorar a tu memoria,
Porque llorar tus penas es mi gloria.

Y hoy que te miro triste, desolada,
Hoy más te adoro, Madre de amargura;
Hoy todos, con el alma traspasada.
Lloramos tu dolor y desventura;
Hoy te vemos doliente, atribulada.
En soledad sombría, Virgen pura,
Y con el alma de ternura llena
Templar queremos tu profunda pena.

                   Francisco Sánchez de Castro

Imagen: Virgen de la Soledad de Zamora (Foto: Santiago Fernández). Cartel anunciador del Quinario de la Santísima Virgen de la Soledad, 2015.

A la Soledad (en su tránsito de la noche del Viernes)

A la Soledad (en su tránsito de la noche del Viernes)

Déjame ser el pañuelo
en tu mano de azucena
para enjugar tu llanto.

Y ser la cera encendida
en esta noche tremenda
de soledad, alumbrando
el silencio de las sombras
y el silencio de tus pasos.

Déjame ser el incienso
para perfumar el aire.
Y amapola. Y rosa. Y nardo.

Y déjame ser el viento.
Y torrente. Y lluvia. Y trueno.
Y convertirme en tormenta
rugiente, por tu calvario,

Y de tus pies la sandalia.
Y déjame ser el árbol,
que dé sombra a tu camino
y a tu caminar descanso.

Déjame ser en tu herido
corazón, consuelo,
haciendo mío tu dolor
y ese reposado llanto…

                      José Rodríguez Batllori. Abril de 1982.

Imagen: Nuestra Señora de la Soledad de la Portería. Iglesia de San Francisco de Asís, Las Palmas de G.C. (Foto: José Ubay)

A María, en su soledad

A la Virgen de la Soledad

Estoy delante de Ti,
Virgen pura y sacrosanta,
y al considerarme aquí,
no sé lo que pasa en mí
ni acierto a mover la planta.

Yo no sé quién me ha traído
a este lugar solitario;
sólo sé que, conmovido,
hoy tus huellas he seguido
hasta el monte del Calvario.

Pero tan turbado estoy
al vernos aquí los dos,
que enojos, pienso, te doy,
siendo yo, Virgen, quien soy,
y Tú, la Madre de Dios.

Y mi corazón en llanto
se mire al punto deshecho
viendo tan duro quebranto.
¡Oh, Madre! ¡Bajo tu manto
hallará alivio mi pecho!

Tú también lloras, María;
y este llanto que derramas
diciendo está al alma mía
que eres Tú la que me llamas
a llorar en tu agonía.

¡Sí! Que cuando en orfandad
tu pecho angustiado llora,
fuera impía crueldad,
en tu amarga soledad,
abandonarte, Señora.

Por eso, aunque con temor,
vengo a pedir tu licencia,
¡oh, Madre del Redentor!,
para llorar mi dolor,
Virgen pura, en tu presencia.

Yo bien sé que indigno soy
de venir a hablar contigo;
mas, de tus pies no me voy
si cuenta fiel no te doy
del hondo pesar que abrigo.

Aquí tienes al autor
de tus dolores, María:
¡el que, ingrato pecador,
te robó tu dulce amor,
tu contento y alegría!

Y soy aquél que, inhumano,
sacrílego y homicida,
clavó en madero villano
al Redentor soberano
que es el autor de la vida.

Mis pecados son, Señora,
los que alzaron esta Cruz
que sangre de un Dios colora,
y dieron muerte traidora
al inocente Jesús.

Pues tú la ofendida eres,
y yo el reo y criminal;
haz, Virgen, lo que quisieres
con el más vil de los seres
que es la causa de tu mal.

Mas, tu llanto de agonía
me está diciendo en tu faz,
que aunque mi culpa es impía,
no eres Tú mi juez, María,
sino ángel de amor y paz.

Hoy a tu Bien has perdido;
mas no puedes olvidar
que el amor al hombre ha sido
el que en sangre ha vertido
de la Cruz en el altar.

Y aunque mis pecados
son la causa de tus dolores,
Tú me darás tu perdón,
cual lo dio en la Redención
Jesús a los pecadores.

Tú le escuchaste, al morir,
para sus verdugos mismos
perdón al Cielo pedir,
cuando pudo confundir
su maldad en los abismos.

Y, en Ti, con ansioso afán
sus amantes ojos fijos,
Madre haciéndote de Juan,
te dio en adopción, por hijos,
los pobres hijos de Adán.

Vuelve a mí, Virgen María,
vuelve tus ojos de amor,
pues que Dios en este día
me dejó por madre mía
la Madre del Redentor.

Yo bien quisiera poder
aliviar tu corazón
de tan duro padecer;
pero es muy pobre mi ser,
y muy grande tu aflicción.

Sé que no puedo aliviar,
Madre, tus fieros dolores;
mas, quiero a tus pies estar
para contigo llorar
al Hijo de tus amores.

Yo, llorando arrepentido
las culpas que cometí,
lograré el perdón que pido,
por la sangre que ha vertido
un Dios que ha muerto por mí.

Y Tú, llorando afligida
a tu dulcísimo Bien
que murió por darnos vida,
dulcificará tu herida
vernos gozar de aquel bien.

Pide al Cielo, Madre mía,
tenga nuestro corazón
horror a la culpa impía,
y la sangre de este día
nos sirva de salvación.

Pídele, Madre y Señora
del pecador, esperanza;
pues, una Madre que llora
por el Hijo a Quién implora,
los imposibles alcanza.

Y haz, que el triste y desgraciado
que llora aquí, Madre mía,
perdone Dios sus pecados,
por haber acompañado
la Soledad de María.

* * *

María en el Calvario

¿Qué trono

mejor querías 

que los brazos

de María?

                    (Alfredo Reyes Darias)

* * *

María en el Calvario

Firmada por el pretor Romano la sentencia de muerte de Jesús que aplaude frenéticamente aquel pueblo sanguinario y degenerado, suenan los clarines, forma la cohorte romana ante el pretorio y salen dos bandidos, llevando cada uno sobre sus hombros el palo en que han de ser ajusticiados. En pos de ellos marcha Nuestro Redentor, extenuado de fatiga, sediento por la mucha sangre que ha perdido y también lleva su cruz, cuyo peso le abruma y le hace caer desfallecido. Al verlo gime su Madre amantísima y se desmaya; las santas mujeres alzan dolorosos gemidos que llegan al cielo y las acompañan en su dolor las piadosas doncellas de Jerusalén.
María Santísima, repuesta de su desmayo, sigue las huellas de su hijo: de buena gana hubiera llevado la cruz, pero los soldados la rechazan, diciendo «Es la madre del ajusticiado…»
Una vez en la cumbre del Calvario, unos soldados abren los hoyos y fijan los maderos, otros desnudan brutalmente á Jesús, le tienden sobre la cruz y clavando sus divinas manos y pies, es izado a lo alto…. ¡Denuestos, silbidos, insultos, infame rechifla acoge su elevación…!
Despéjase el círculo: los curiosos y los vengativos van dejando el monte y entonces María Santísima acompañada del apóstol San Juan que no la abandonaba; se acerca al madero ya santificado de la cruz y habiéndole visto Jesús así como a su discípulo amado; dijo a su Madre: «Mujer, ve ahí a tu hijo»—Después dijo a San Juan—«Ve ahí a tu Madre».
Humedecida su bendita boca, reseca por la fiebre y la pérdida de tanta sangre; a las tres horas de estar crucificado y sin separarse María Santísima un momento de la cruz; pronuncia Jesús sus últimas palabras «Consumatum et».
Faltaba experimentar a María otro agudísimo dolor. La lanza de un pretoriano abrió el costado de Jesús para asegurarse de su muerte. El corazón de la madre sufrió a la vez el golpe y el ultraje, ya que el cadáver de su Hijo no sentía ningún dolor.
Descolgado de la cruz el santísimo cuerpo de Jesús, lo recibe en los brazos la Madre amantísima y lo estrecha contra su seno. Pero, ¿habrá lengua que pueda explicar lo que María Santísima sintió en aquel momento? Abrázase con el cuerpo despedazado de su hijo, apriétalo fuertemente contra su pecho, mete su cara entre las espinas de la sagrada cabeza, júntase rostro con rostro, tíñese la cara de la Madre con la sangre del Hijo y riégase la del Hijo con las lágrimas de la Madre.
¡Oh Virgen Santísima y Madre nuestra!
Este título que recibiste al pie de la cruz es áncora de salvación. Acoge propicia cuantas súplicas te dirijamos mientras estemos en este valle de lágrimas y comprendiendo que fuimos nosotros la causa de la afrentosa muerte de vuestro amantísimo Hijo Jesús y de los dolores sin ejemplo que sufriste en su sagrada pasión: alcánzanos Madre Amorosísima el perdón de nuestros pecados.

Francisco Jiménez Marco. Abril de 1897.

Imagen: Detalle del Santísimo Cristo del Calvario de la Villa de La Orotava (grupo escultórico que representa la iconografía de La Piedad), obra de Fernando Estévez. Foto: Bruno J. Alvárez.

Plegaria a la Virgen de los Dolores

Plegaria a la Virgen de los Dolores

Virgen cuyos dolores
Parten el alma,
Virgen cuyos pesares
Roban la calma;
Madre amorosa,
Casta y pura azucena,
Cándida esposa.

Consuelo del que triste
Llora en el mundo,
Amparo del que sufre
Dolor profundo;
Madre querida,
Tan sólo para amarte
Quiero la vida.

Del huracán mundano
Corrí impelido,
Y náufrago en los mares
Luché perdido;
Que mi inocencia,
Cual rosa marchitada,
Perdió su esencia.

Del mundo los placeres
Me subyugaron,
Y mis labios tu nombre
No pronunciaron;
Que mi locura
En dicha transformaba
La desventura.

Así pasé los días,
Meses y años,
Creyendo realidades
Del mundo engaños.
Y en mi carrera.
Ni un recuerdo a María,
¡Ni uno siquiera!

Hoy tu nombre en mi boca.
Virgen querida.
Le devuelve a mi pecho
La paz perdida;
Porque confío
Que habrás de perdonarme
Mi desvarío.

Mírame en tu presencia
Puesto de hinojos,
Y en lágrimas bañados
Los tristes fijos;
Y en mi agonía,
Tu perdón implorando,
Virgen María.

                       J. Conde de Salazar y Souleret.

* * *

Imagen: Virgen de los Dolores de la Iglesia de Santo Domingo de La Orotava (Foto: Bruno J. Álvarez)

A la Virgen de los Dolores

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Nuestra Señora de los Dolores, “La Predilecta” (Foto: Antonio M. Rodríguez Cedrés. Programa Semana Santa de La Laguna, 2012)

La Virgen María está ligada con nosotros, no sólo porque sus penas fueron el reflejo y la repercusión en su alma de los tormentos atroces que su Hijo padeció en su cuerpo para nuestra Redención, sino también porque en aquellos memorables instantes le fue conferida, y por ella aceptada, la sublime maternidad espiritual de todos los hombres, que desde entonces han venido prodigándole el dulce nombre de Madre y depositando cariños y ternuras envueltas en plegarias ante los altares de la Virgen de los Dolores, consuelo amoroso de todo corazón doliente.

Maximiliano D. Montesino.
Párroco de Ntra Sra. de la Concepción de La Laguna (1934).

* * *

A la Virgen de los Dolores

¡Una noche…! la recuerdo con espantos dolorosos…
…la recuerdo como un sueño de fantasmas tenebrosos…
¡se ha quedado aquí en mi pecho de mi vida hasta el final…!
Esa noche, de mi casa se borraba luz y calma;
nos dejaba para siempre la alegría de mi alma,
la hermana de mis amores ¡Niña santa e ideal!


Sentí que era mi alma débil para soportar el peso
de aquella hora espantosa, en que de la Muerte al beso
quedaba rota una vida y aplastada mi ilusión,
y caí a los pies benditos de una Imagen de María
y apretando mi cabeza sobre aquella piedra fría,
dejé en dolores de angustia, desgarrar mi corazón!


Más, levantando mis ojos encharcados por el llanto,
vi, ¡Oh María! en tus mejillas, resbalando por tu manto,
las lágrimas que brotaban de tus ojos, ya sin luz
de tanto llorar la muerte de aquel Hijo de tu vida
a quien con tus ojos vistes espirar ¡madre querida!
sin poder besar su frente en el árbol de la Cruz…!


Y recuerdo que a las plantas de tu imagen dolorida
me pareció que sentía por los bordes de mi herida
el consuelo de tu llanto, ¡rocío de bendición!
y en mi alma se fundieron, tu Imagen, y la figura
de mi hermana idolatrada, aquel día de amargura
en que a tus plantas benditas se rompió mi corazón…


Aquel día en que llorando pedí tu auxilio amoroso
porque me encontré sin fuerzas contra aquel golpe espantoso:
…¡aquel día en que por siempre nos separamos las dos..!
aquel en que concedisteis consuelos a mi agonía
diciéndome con tus ojos—“Vi morir la gloria mía,
¡y era el Hijo de mi vida! ¡¡y era mi Dios y tu Dios!!”


Entonces alcé mi frente abrumada de dolores
y te rogué sollozando, que al amor de mis amores
lo pusieras en la Gloria, cerca ¡muy cerca de ti…!
Y cuando miro a tu Imagen vistiendo su negro manto,
me parece que a tu lado,—o en el cristal de mi llanto,—
va la sombra de mi hermana, mirándome desde allí..!!

             Mercedes Pinto de Feronda. Marzo de 1918.

Romance de la Anunciación de la Virgen Santa María

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“Y el Verbo se hizo carne para habitar con nosotros”

La página más bella de la vida de María la narra el Evangelio y es el mejor documento de su grandeza. Por el misterio de la Encarnación María es Madre de Dios. Y a este fin supremo obedecen todos los dones, todas las gracias con que el Hijo la llenó “¡llena de gracia…!”.

Esta festividad viene a ser el compendio de todas las fiestas marianas: Nos dice el porqué de la Inmaculada Concepción; de la realeza de la Madre; de su participación en la Redención; de su mediación universal… El “Ave María” resuena constante en todo el Mundo repetido por boca de la cristiandad universal. ¡El eco de las palabras del Ángel no se extinguirá jamás! El Rosario y el Ángelus llevan las palabras evangélicas por todos los rincones de la tierra celebrando, cada instante de los siglos, la festividad de la Anunciación.

* * *

Romance de la Anunciación de la Virgen Santa María

La cantiga es de una rosa.
El lugar es Nazaret.
En el agua del aljibe
se quiere la luna ver.
Cada casa es como nido
perfumada por doquier,
azahar de flor y aroma
de florido naranjel.

Bendita Judá que diste
tanta flor y tanto bien:
San José, vara florida,
y María, su mujer.
Azucena que reblanca,
guardando su doncellez
con una cinta de cielo,
cinta que no tiene envés.

Las maderas del amor
serrando está San José.
Un vuelo hay de paloma.
Es el Arcángel Gabriel.
En cada pluma un amor
flotan sobre Nazaret
y en el aire hay impaciencias
de amores que yo no sé.

—María, campo sin siembra,
de tu tierra ha de nacer
flor de semilla de cielo
sin dejar tu doncellez.

María se quedó muda
al escuchar a Gabriel,
sus palabras fueron notas
y su rostro rosicler…
—que temblores da el amor
cuando del amor se es—
y sus miradas el vuelo
de una alondra, quieren ser.

Para su cuerpo columna
el rostro por capitel.
Colmena llena de gracias,
panal florido de miel.
Fuente donde una paloma
las aguas quiere beber,
cansada vuela de amor
y muriendo está de sed.

Por una escala florida
volvió al cielo San Gabriel.
Hubo danzas, hubo cantos
y Dios concebido fue.
Es el cuerpo de María
templo para Nazaret.

                        Alfredo Reyes Darias. “Sonaja y Pandero” (1955)

Sé tú mi guía

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No te apartes de mí, sé tú mi guía,
plácida calma de la noche umbrosa:
con tu paz buscaré la luz del día,
con tu brisa el aroma de la rosa.

Y si pasan las horas
y no encuentro la luz, sé tú mi guía:
con tu plácida calma otras auroras
luz y aromas darán el alma mía.

                       José Cabrera Vélez, de su poesía ‘Nocturno’.

Lourdes, puerta del cielo

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*Lourdes, puerta del cielo

Este año, como aquel de 1858, ¡ahora hace un siglo!, se ha adelantado la Primavera, empezando el 11 de febrero… ¿No vio Bernadette rosas de oro a los pies de la Virgen…? Al cumplirse el primer Centenario de las Apariciones, el mundo católico y hasta el no católico, florece en una primavera espléndida de fe, esperanza y amor. ¡Las virtudes teologales no solo se predican en Lourdes, se viven intensamente. Nosotros, fabricamos cohetes y satélites artificiales para llegar a los astros… Ella, la Mujer vestida del sol, coronada de estrellas, que tiene a sus plantas la luna, no necesita los progresos de la Ciencia para atravesar el espacio y bajar dieciocho veces a un valle desconocido del Pirineo, para hablar con una humilde pastorcilla.
Y, ¿de qué tratan…?
Su Virgen pide… ¡siempre que pide algo es para dar más! Pide a Bernadette que vaya quince días seguidos a la gruta y en cambio le promete el cielo… También le pide, que ruegue por los pecadores… que se levante en aquel lugar una capilla y que vayan allí en procesión.
¿Cómo ha respondido el pueblo cristiano a los deseos de la Virgen? No uno, sino tres templos escalonados, se han levantado junto a la Gruta de las Apariciones. Empezaron a construirse en el año 1862; el primero que se abrió al Culto fue la Cripta, después la Basílica y por último el del Rosario. Hoy, ya son insuficientes y se ha levantado el de S. Pío X, a la izquierda de la explanada, capaz para 20.000 personas, que será consagrado el 25 de marzo, aniversario de aquel día ¡hace 100 años! en que la Virgen dijo a Bernadette: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.
Y que vengan en procesión —añade la Señora…
Las dos procesiones tradicionales de Lourdes se forman delante de la gruta… donde Ella descansó 18 veces. La del Santísimo, por la tarde, es el clamor angustioso de la humanidad desterrada en el valle de las lágrimas.
Señor, que vea…
Señor, que oiga…
Señor, que ande…
Unos enfermos se levantan de sus camillas. Otros siguen atados a la Cruz. ¡Dios sabrá por qué! ¡El no tiene azar y siempre se propone algo! Pero el milagro que mueve los más hondos pozos del alma humana, no es una llaga que se cierra o un paralítico que deja las muletas…
El gran milagro de Lourdes… es la muerte del egoísmo, la oración de cada uno porque curen los demás, la alegría sincera de todos, cuando hay algún privilegiado…
Aquí el “yo” se desinfla y se convierte en el “nos” del Padrenuestro. Y cuando el sol se marcha y solo alumbra a la Virgen la claridad dorada de los cirios, bajan las estrellas y trazan un camino de luz, que nace y muere, en la Gruta; es la Procesión de las Antorchas… parece un reptil gigante, en llamas, agitándose sin desplazarse; de esta maza enorme sale el Avemaría, en todos los idiomas.
El aire se carga de la fuerza más poderosa del hombre: la oración —esa oración hecha por todos— en plural, que es el verdadero sentido de la oración católica.
Bernadette habló, hace 100 años, con la Virgen. Desde entonces las peregrinaciones se suceden. Hay dos nacionales, la del “tren blanco” de los enfermos graves que organizan los Padres de la Asunción en agosto y la del Rosario, por los dominicos, a fines de septiembre. Hay otras especiales como la de excombatientes después de la gran guerra, en la que, se abrazaban como hermanos, los que habían luchado hacia muy poco; la de ciegos, la de liberados de campos de concentración, la de mineros, la de veteranos de la guerra; todos, al arrancar el tren, arrojan a los pies de la Señora el “piropo” del Magníficat.
Por Lourdes han pasado todos los pueblos de la tierra —millones cada año— y en este del Centenario espera una inmensa multitud. Lourdes es la Verdadera Sociedad de Naciones, donde flota la bandera de la paz, vuelta hacia el cielo, como la llama de los sirios y perfumada con el canto del Ave María.
Ante la Gruta han desfilado hombres de todas las razas y de todos los credos. Millonarios indios que se quitan sus anillos de brillantes, para trabajar como camilleros; musulmanes que rezan a la Sadiya de la que dijo Mahoma a su hija Fátima: “Hija mía, serás la primera mujer del Paraíso, después de la Virgen María”.
Indios que se arrodillan ante esta mujer de su raza y le dicen como Franz Werfel: “Si me salvas de la furia nazi escribiré para ti mi primer libro”. Y surgió “La Canción de Bernadette” que ha recorrido en triunfo el mundo.
Protestantes de buena fe, almas rectas, sinceras, como Ruth Cranston, que ha escrito el mejor libro sobre Lourdes; todos van a enriquecerse espiritualmente a esta “Capital de la oración”, como la llamó Rene Schwol, el judío convertido. Todos van a aspirar el perfume de esta “Rosa puesta a los pies de la Virgen”, según Mauricio Barres.

* * *

Nosotros, ¿no iremos a Lourdes este año? El 11 de febrero se abre el Centenario. Vendrán peregrinos de todos los países a poner el problema de su vida, sus tristezas y esperanzas a los pies de la “Blanca Señora” de la Gruta. Lourdes es internacional; el “Domame” de la Virgen es la plaza espiritual del mundo… Llegarán multitudes exóticas, de Australia, del Oriente lejano, del África negra. América enviará lo más selecto de sus riquezas humanas: Mons. Fulton Sheen ha estado en Lourdes 23 veces y vive en Norteamérica; nosotros, tan próximos a Europa, ¿no nos acercaremos este año a la “puerta del cielo”? Allí nos espera la Señora con su mejor sonrisa, para prometernos como a Bernadette la felicidad, no en esta vida sino en el cielo. Ese es el gran don de la Virgen.

Sor Redención de Jesús
Dominica de la Sagrada Familia

santuario-de-lourdes

Santuario Nuestra Señora de Lourdes: El mensaje de Lourdes

* Febrero de 1958, en el centenario de las apariciones de Lourdes. R. Betania.