La parábola del Buen Pastor

Tenemos la parábola del Buen Pastor: símbolo de predilección por parte del Divino Maestro, por cuanto quiso, como apropiárselo personalmente, al afirmar positivamente: “Yo soy el Buen Pastor; y conozco a mis ovejas, y ellas me conocen a Mí…”

Tenemos en esta parábola una confirmación palmaria de la providencia paternal de Jesucristo sobre nosotros, personificada en el oficio de Pastor propio y solícito. El Pastor, como tal, lo es todo para sus ovejas; puesto que ellas no tienen de por sí iniciativa alguna. Todo ha de proceder; todo es debido al Pastor. Él les proporciona los pastos; él las vigila y custodia, para defenderlas de cualquier riesgo o contingencia; él las recoge por fin en el aprisco por la noche, manteniendo aún durante la misma su solicitud y desvelos, en evitación de asaltos enemigos o de cualquier percance que pudiera sobrevenir. A todo esto y a mucho más se extiende la eficacia de la protección y providencia de Jesús, el Buen Pastor sobre nosotros. Por tal motivo debe surgir en nuestra alma una como efusión de afectuosa confianza, en quien tanto interés y solicitud atesora en su Corazón por nuestro bien.

Si las ovejas pudieran darse cuenta y reflexionar sobre los bienes que reportan de la solicitud y cuidados de su verdadero Pastor, dueños de la mismas, no de un desdichado asalariado, ¿qué muestras de júbilo y con qué cariño se acogerían junto a él, cuando en medio de ellas las contara, las acariciara y hasta les proporcionara algún puñado de pasto más selecto y exquisito…?—Esto puntualmente tenemos todos los que somos ovejas espirituales, a quienes es dado poder apreciar y darnos razón de las finezas del solícito Pastor de nuestras almas, nuestro Divino Maestro Redentor Jesucristo.

Odorrat, C.F.M. Abril de 1947.

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Jesús, Divino Pastor

¡Jesús, Pastor Divino! Que eres infinita caridad y tierna solicitud llamas siempre a mi corazón, hasta vencer amorosamente la dureza con que muchas veces te he respondido. Vengo humildemente a suplicarte, aceptes mi voluntad de ser para siempre todo tuyo, servirte por los que te ofenden, adórate por los que te desprecian, pensar en Ti por los que te olvidan, amarte por los que te odian y blasfeman  de Ti; que mis gustos estén sometidos a tu voluntad y mi vida sea un prolongado acto de desagravio a tu Divino Corazón, para que en todos los hombres mis hermanos, reines como Soberano.

Que mi alimento ¡Oh, buen Pastor! Sea tu palabra y tu Cuerpo, pasto con que apacientas a tus ovejas  y vacié mi ser en las aguas de vida eterna.

Que siempre y donde quiera  tu silbido amoroso  me siga y me haga recordar tus palabras: “Yo conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí. Me es preciso guiarlas, ellas oirán mi voz y resultara un solo rebaño y un solo Pastor”. Amén

Fuente de la oración: Evangeliza fuerte (México), de la novena al Divino Pastor.

Romance de la Anunciación de la Virgen Santa María

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“Y el Verbo se hizo carne para habitar con nosotros”

La página más bella de la vida de María la narra el Evangelio y es el mejor documento de su grandeza. Por el misterio de la Encarnación María es Madre de Dios. Y a este fin supremo obedecen todos los dones, todas las gracias con que el Hijo la llenó “¡llena de gracia…!”.

Esta festividad viene a ser el compendio de todas las fiestas marianas: Nos dice el porqué de la Inmaculada Concepción; de la realeza de la Madre; de su participación en la Redención; de su mediación universal… El “Ave María” resuena constante en todo el Mundo repetido por boca de la cristiandad universal. ¡El eco de las palabras del Ángel no se extinguirá jamás! El Rosario y el Ángelus llevan las palabras evangélicas por todos los rincones de la tierra celebrando, cada instante de los siglos, la festividad de la Anunciación.

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Romance de la Anunciación de la Virgen Santa María

La cantiga es de una rosa.
El lugar es Nazaret.
En el agua del aljibe
se quiere la luna ver.
Cada casa es como nido
perfumada por doquier,
azahar de flor y aroma
de florido naranjel.

Bendita Judá que diste
tanta flor y tanto bien:
San José, vara florida,
y María, su mujer.
Azucena que reblanca,
guardando su doncellez
con una cinta de cielo,
cinta que no tiene envés.

Las maderas del amor
serrando está San José.
Un vuelo hay de paloma.
Es el Arcángel Gabriel.
En cada pluma un amor
flotan sobre Nazaret
y en el aire hay impaciencias
de amores que yo no sé.

—María, campo sin siembra,
de tu tierra ha de nacer
flor de semilla de cielo
sin dejar tu doncellez.

María se quedó muda
al escuchar a Gabriel,
sus palabras fueron notas
y su rostro rosicler…
—que temblores da el amor
cuando del amor se es—
y sus miradas el vuelo
de una alondra, quieren ser.

Para su cuerpo columna
el rostro por capitel.
Colmena llena de gracias,
panal florido de miel.
Fuente donde una paloma
las aguas quiere beber,
cansada vuela de amor
y muriendo está de sed.

Por una escala florida
volvió al cielo San Gabriel.
Hubo danzas, hubo cantos
y Dios concebido fue.
Es el cuerpo de María
templo para Nazaret.

                        Alfredo Reyes Darias. “Sonaja y Pandero” (1955)

Una imagen de San Martín de Porres en Almería

Imagen de San Martín de Porres en la Basílica de Santo Domingo y Santuario de la Virgen del Mar, conocido como el “Templo de la Patrona”, en Almería. La Virgen del Mar es la patrona la provincia. Su festividad se celebra el sábado anterior al último domingo del mes de agosto. En la imagen de arriba, San Martín de Porres figura en una hornacina flanqueado por otros dos santos.

Nuestro más sincero agradecimiento y enlace recomendado: J. Díez Arnal

Festividad de San José, Día del Padre

El que ama a Jesús y a María tiene que amar también a José.

San José, esposo de la Santísima Virgen: ¡Esposo de la Santísima Virgen y padre nutricio del Salvador! Habiendo escogido el Señor a San José para estos fines en la tierra ¡cuánta sería su virtud, cuántas gracias le daría para tan sublimes cargos! Le sabemos, por el Evangelio, religiosamente observante de la ley; solícito con Jesús y con María; obediente a los mandatos del Señor; humilde, casto, noble… El libro sagrado resume todas estas virtudes con esta palabra “…era justo”.

Saquemos nosotros, de esta expresión “justo” el sentido de la piedad verdadera. La piedad nutrida con el amor de Dios, cuyo fruto es la perfección.

La verdadera virtud, como la de San José, no tiene luz propia, sino la que le da Jesús y María; no es rígida, áspera, insociable: se da a todos, pero, aborrece la ostentación; es tesoro, pero tesoro escondido. Su aire no es austero, ni frío; tampoco de un celo arrebatador. Su carácter es de sencillez, de ecuanimidad, de perseverancia; gana el entendimiento por la solidez de su doctrina, y conquista el corazón por su dulzura y su modestia. Su mérito no depende ni del capricho, ni de la apreciación de los hombres porque fines elevadísimos la sostiene. Por humildes sendas ha subido alta y encuentra en las obligaciones de estado un camino seguro, firme y sólido hacia más altas perfecciones: “Siempre hace lo que Dios quiere, y siempre quiere lo que Dios hace”.

La verdadera virtud debe ser inseparable del cristiano inseparable de los miembros de nuestra A. C. En San José encontraremos el modelo, el protector: su humildad, su dulzura, su mortificación, su recogimiento, su perfecta sujeción a la voluntad de Dios, su amor a Jesús y a María. Pidamos todas estas virtudes al Santo que más elevado está en la Gloria, que tiene mayor poder con Dios y con la Santísima Virgen. Tomémosle por protector de nuestra familia; inspiremos su devoción a nuestros hijos y sirvientes.

Bendito sea el padre bueno y sufridor: el que trabaja duramente y con honradez para llevar el pan a su familia; el que ama a su mujer, a sus hijos;  el que se preocupa por cómo llegar a fin de mes; el que sufre por la enfermedad de su hijo, el que sonríe al verle crecer, el que se emociona al ver los logros importantes de sus hijos; el que ya en el ocaso de su vida hace balance con satisfacción.

Grandeza de San José

Grandeza de San José

No hay que extrañarse de que el glorioso Patriarca San José entre de lleno en los planes divinos de la Redención del hombre. Creado el hombre a imagen y semejanza de Dios, fue colocado en el magnífico palacio del universo, como rey dominador de todo cuanto existía en los ámbitos de la tierra, y, para que fuera más dichoso, fue puesto en el jardín ameno del paraíso para que lo cultivase y guardase.

Más el hombre engañado por la mujer, y ésta por la serpiente, desobedeció al Señor, tomó la fruta prohibida y se hizo acreedor a los castigos que le estaban conminados, que implicaban tremendas consecuencias para ellos y para toda su descendencia.

Pero Dios, siempre infinito en misericordia, no condenó al hombre, como hizo con los ángeles rebeldes, sino que, compadecido de él, en el mismo instante de la caída, le promete, bondadoso, levantarlo por medio de la Redención, enviando nada menos que a su Eterno y Unigénito Hijo, que tomara nuestra carne en las purísimas entrañas de una Virgen, desposada con un varón justísimo, que era el glorioso Patriarca San José, elevado de esta forma a la inefable dignidad de padre nutricio del Verbo encarnado.

De aquí que en el plan divino de la Redención del hombre figura siempre y de un modo inseparable, además de Jesús y de María, también San José. Esta es la Sagrada Familia, que constituye una inefable trilogía, de la que se derraman la dulzura y el consuelo sobre los hijos de Adán. Tomando el Verbo Eterno nuestra carne en el purísimo seno de la Santísima Virgen, queda María hecha verdadera Madre del Hijo de Dios; y San José el esposo fidelísimo y dichoso que, como solícito custodio e incansable defensor, fue en el mundo el encargado por Dios de sostener y llevar adelante entre los hombres aquel relicario divino que era la Sagrada Familia, de la cual él mismo formaba parte.

Jesús es el amable Redentor que rescató nuestras almas con el precio infinito de su preciosa sangre, librándonos de la esclavitud del pecado y de la muerte eterna; María cooperó en la Redención, ofreciéndose para que el Espíritu Santo formara en su seno virginal la sacrosanta humanidad de su Divino Hijo, que padeciendo por nosotros, nos mereciera la reconciliación con Dios. San José trabajó para sustentar aquellos dos seres, cuidó con gran esmero de ellos y los defendió sin cesar de todas las asechanzas y peligros que aparecieron contra Jesús.

Jesús es el Mediador entre Dios y los hombres; María tiene el elevadísimo privilegio de Mediadora entre la humanidad y Jesús, y San José está constituido en gloria muy cerca de ambos, en virtud del titulo que ejerció sobre ellos en vida mortal.

María tiene el titulo de verdadera Madre de Jesús, por el cual no puede menos de ser oída por su amabilísimo Hijo; y San José, como esposo de la Purísima Virgen, ha de ser atendido tanto por María como por Jesús; y bien podemos considerar que no está olvidada por aquellas dos sagradas personas la voluntad con que le estaban sujetos, como nos dice el evangelio de San Lucas.

San José viene a ser respecto de la Virgen, (podemos entender), algo así como la Virgen en relación a Jesús, y como Jesús en orden al Eterno Padre. Y como ninguno va al Padre sino por el Hijo Jesucristo; y como para llegar a Dios está la mediación de María, píamente podemos considerar alguna intervención que tenga alguna semejanza para lo mismo en el glorioso Patriarca San José.

María se insinúa con sumo poder en su bondadoso Hijo y en el Eterno Padre y alcanza cuanto quiere de ellos; y el fidelísimo Patriarca puede mucho, tanto en el corazón de su castísima esposa como en el del Hijo, Jesucristo. Por tanto, Jesús, María y José son la verdadera Sagrada Familia que se comunican mutua e inefablemente dentro de los resplandores de la celestial divinidad en el orden providente de la Redención del mundo.

José Manuel Lorenzo Ruiz. Revista Criterio, marzo de 1957.

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Oración a San José

Jesús, José y María, amparadme en este día.

Gloriosísimo Patriarca San José, hoy tengo la dicha de dedicaros este día, que es el que me corresponde en el Culto perpetuo, por medio del cual mis hermanos y yo os obsequiamos todo el año.

Por mi parte deseo que el presente día sea de santificación para mi alma, y como el principio de una vida nueva consagrada enteramente á Jesús vuestro hijo adoptivo, a María vuestra inmaculada esposa, y a Vos, santo mío.

A este fin os ofrezco todos mis pensamientos, afectos, palabras y acciones, suplicándoos fervorosamente que lo bendigáis todo, para que todo sea santo y digno de los ojos de Dios, que penetra los más ocultos secretos de mi corazón.

Alcanzadme una continua presencia de Dios, para que no sean cosas profanas, y sí sólo pensamientos y deseos celestiales los que me ocupen.

Estad siempre a mi lado, haced que no me olvide de Vos, y aceptad cuanto haga y desee hacer en bien de mi alma y en obsequio vuestro, y presentadlo a María y a Jesús para mayor gloria suya y en satisfacción de mis culpas y de las de mis hermanos. Amén.

Del Devocionario en honor del Patriarca Señor  San José (1900)

A… (poema)

A…

No te miran mis ojos;
Pero en lo más recóndito de mi alma,
Sin temores ni enojos,
Que la quietud alteren ni la calma,
Hondamente gravada
Veo siempre tu imagen adorada.

Allí te busco, ansioso
De contemplar en ti tanta hermosura,
Tranquilo y con reposo;
Único bien que alcanza mi ternura
Y permite el anhelo
Admirar el encanto de tu cielo.

Busco allí, apasionado,
Esa luz que ilumina la belleza,
Que en tu rostro adorado
Puso Dios con espléndida largueza,
En cuyo foco veo
Todo el bien que imagina mi deseo.

Allí voy a buscarte,
Envidioso de paz y de retiro,
Para poder mirarte.
Sin que el mundo se entere que te miro,
ni con su duda aleve
Sofoque el sentimiento que te mueve.

Busco allí la mirada
Que en tus divinos ojos resplandece,
Y alienta la callada,
Viva pasión que el alma me enloquece.
Porque en ella, encendida,
Arde la llama toda de mi vida.

Allí busco, impaciente,
El plácido fulgor, alto reflejo
Que circunda tu frente,
De celestial pureza claro espejo.
Porque a su luz serena,
mi espíritu te ve de gracias llena.

De tu voz armoniosa
Oigo allí los dulcísimos acentos,
Y con ellos reposa
El ánima abatida de tormentos,
De dudas y temores,
De impaciencias, de anhelos y dolores.

Allí, sin el cuidado
Que el mundanal ruido el pecho agita.
De todos olvidado,
Atento sólo al bien que solicita,
Mi corazón gozoso
Busca el tuyo aplacible y generoso.

Y allí, todo abstraído,
Aspirando el perfume de tu esencia
Vive a ti tan unido
Mi pensamiento entero y mi existencia.
Que por nada cambiara
el bien que tu hermosura me depara.

                                          X.∗∗∗Z.∗∗∗

                                           La Orotava.

El Crucifijo de mi hogar (poema)

El crucifijo de mi hogar

Con religioso amor guardo una talla
que representa a Cristo, cuando inerte
y ya sin fuerzas en la Cruz, batalla
con las fieras congojas de la muerte.

Sin forma escultural, tosco, mal hecho;
pero la sola herencia que en el mundo
mi madre desolada al pie del lecho
recibió de su padre moribundo;

Ese Cristo sin arte y sin historia,
fue para el pobre hogar que le dio abrigo
urna de bendición, fuente de gloria
y, mudo, sí, pero inmutable amigo.

Él, en la adversa y próspera fortuna
avivó la piedad de mis abuelos,
doró sus dulces sueños en la cuna
y les mostró la senda de los cielos.

Él les dio su corazón entero y sano,
nunca sobresaltado por el grito
del pertinaz remordimiento humano
que acosa al criminal con su delito.

Él calmó su angustiado pensamiento
en las horas sin luz de la agonía,
y recogió su postrimer aliento
y su última mirada incierta y fría.

Por Él, cuando la hambrienta sepultura
aquel horrendo lugar dejó vacío,
tuvieron ¡ay! sus hijos sin ventura
a quien llamar llorando ¡Padre mío!

                       Gaspar Núñez De Arce.

Las Siervas de Jesús y de María

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¿No habéis visto a las Siervas de Jesús y de María en el cumplimiento de su deber, que voluntariamente se imponen? Hoy en que todo se hunde y mancilla, la Sierva, huyendo de la saña del mundo ingrato, y despreciando las comodidades de la vida, se sienta al borde de oscuro lecho, nido de ocultos fieros dolores, y todo su pensamiento, todo su anhelo lo cifra en el alivio del enfermo puesto a su cuidado, no omitiendo sacrificio alguno para conseguirlo.

La Sierva, que es el bálsamo del dolor, penetra en casas donde existen focos de contagiosas enfermedades, y allí donde la epidemia causa estragos horribles, llevando la muerte y el espanto al seno de la familia, la vemos inclinada sobre el lecho del paciente, despreciando el contagio, sin temor a la muerte, porque en los justos no se abriga el temor de dejar este mundo de miserias y pasiones; en el ambicioso, en el poderoso, en el soberbio, sí; porque la muerte les recuerda que allí cesa poder y sus deleites.

Por eso la Sierva, penetrada de su santa misión, sabe que va a sufrir todo género de molestias y en vez de manifestar cansancio, por el trabajo y desvelo en largas y penosas noches; dirige, cual Ángel de Caridad, consoladoras palabras al enfermo y seca el sudor de la muerte, y cuando ha sido necesario, también con sus ruegos y lágrimas ha conseguido que volvieran los ojos a Dios, corazones empedernidos, demostrando luego verdadero arrepentimiento.

Pero llegado el trance de la muerte y a la vez que vela el cadáver y eleva a Dios nuestro Señor fervientes súplicas por el eterno descanso del que tan cariñosamente asistió hasta el último momento; la Sierva tiene también palabras de consuelo para la afligida familia, y estas palabras sirven de lenitivo porque salen de labios que practican la más sublime de las virtudes: «La Caridad».

¡Qué ejemplos de abnegación cristiana demuestran la infinita grandeza de almas de esas dulces siervas que sacrifican su existencia, al cuidar de los enfermos!

¡Benditas seáis siervas de Jesús y de María, que cuando vosotras enjugáis un rostro frío y cerráis los ojos muertos aunque sean los de un impío; para miraros en aquel momento tiene Jesús abiertos los suyos, y como recompensa a tan meritorios obras, alcanzaréis, sin duda alguna, el premio prometido a los que voluntariamente abrazan la Cruz para seguir a Nuestro Redentor.

Francisco Jiménez Marco. La Coruña, 5 de marzo de 1897.

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Enlaces de interés:

Siervas de Jesús

Siervas de María

Santa Ángela de la Cruz, 85 aniversario de su tránsito al cielo

«Quédate con nosotros»

Como cada 2 de marzo, día en que murió la santa sevillana (2 de marzo de 1932), se producen largas colas para visitar el cuarto donde murió Sor Ángela y donde se guardan y exponen sus objetos personales y los del venerado canónigo Padre Torres Padilla, fundadores ambos del instituto religioso de las Hermanas de la Compañía de la Cruz (más conocidas como Hermanas de la Cruz). El 8 de agosto de 1875 nació oficialmente la Compañía de la Cruz y Roma aprobó el instituto en 1908. Ángela y sus queridas hermanas dieron testimonio con sencillez, dulzura, alegría y amor consolidando definitivamente su hermoso proyecto en España -cómo no, también presente en nuestra localidad de La Orotava-, Italia y Argentina.

Ella sigue presente en nuestra gente con el testimonio de su amor. De ese amor que es su tesoro en la eterna comunión de los santos; que realizó por el amor y en el amor absoluto, haciéndose pobre con los pobres. Y el pueblo agradece esta manera de querer a Dios y a los pobres. El Papa Juan Pablo II beatificó a Sor Ángela de la Cruz en su primer viaje a España el 5 de noviembre de 1982, confirmando en nombre de la Iglesia la respuesta de amor fiel que ella dio a Cristo. Y, a la vez, se hace eco de la respuesta que Cristo mismo da a la vida de su sierva: «El Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles y entonces dará a cada uno según sus obras».

La misa de la beatificación de Sor Ángela de la Cruz se celebró en el Real de la Feria de Sevilla y se habilitó para ella el retablo de plata de la catedral, que se usa el Jueves Santo, junto a un baldaquino de flores. Después de declarar beata a Sor Angela, el Papa felicitó al Cardenal Bueno Monreal, prelado dimisionario de la Diócesis que tanto trabajó por la beatificación de Sor Ángela. Un día, aquel 5 de noviembre de 1982, realmente grandioso:

«Nos, acogiendo los deseos de nuestro hermano Carlos Amigo Vallejo, arzobispo de Sevilla, del venerado hermano cardenal José María Bueno Monreal, así como de otros muchos hermanos en el Episcopado, y de numerosos fieles, después de haber escuchado el parecer de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, con nuestra autoridad apostólica, declaramos que la venerable Sierva de Dios Ángela de la Cruz Guerrero y González, fundadora de la Congregación de las Hermanas de la Compañía de la Cruz, de ahora en adelante puede ser llamada beata y que se podrá celebrar su fiesta en los lugares y de modo establecido por el derecho, el día 2 de marzo, día de su tránsito para el cielo. En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén»

Homilía del Papa Juan Pablo II en la beatificación de Sor Ángela de la Cruz

Señor Cardenal,
Hermanos en el Episcopado,
queridos hermanos y hermanas:

Hoy tengo la dicha de encontrarme por vez primera bajo el cielo de Andalucía; esta región hermosa, la más extensa y poblada de España, centro de una de las más antiguas culturas de Europa. Aquí se dieron cita múltiples civilizaciones que configuraron las peculiares notas características del hombre andaluz.

Vosotros disteis al Imperio romano emperadores, filósofos y poetas; ocho siglos de presencia árabe os afinaron la sensibilidad poética y artística; aquí se forjó la unidad nacional; de las costas cercanas a este “Guadalquivir sonoro” partió la formidable hazaña del descubrimiento del Nuevo Mundo y la expedición de Magallanes y Encano hasta Filipinas.

Conozco el origen apostólico del cristianismo de la Bética, fecundado por vuestros Santos: Isidoro y Leandro, Fernando y Juan de Ribera, Juan de Dios y el beato Juan Grande, Juan de Ávila y Diego José de Cádiz, Francisco Solano, Rafaela María, el venerable Miguel de Mañara y otras muchas figuras insignes.

El recuerdo cariñoso de tanta riqueza histórica y espiritual, es mi mejor saludo a vuestro pueblo, a vuestro nuevo arzobispo, a los Pastores presentes y a todos los españoles, especialmente a los venidos de Canarias; pero, son sobre todo la voz prestada a quien tanto ha dado a vuestras gentes: a mi queridísimo hermano y vuestro amado cardenal que nos acompaña.

En este marco sevillano, envuelto como vuestros patios por la “fragancia rural” de Andalucía, vengo a encontrar a las gentes del campo de España. Y lo hago poniendo ante su vista una humilde hija del pueblo, tan cercana a este ambiente por su origen y su obra. Por eso he querido dejaros un regalo precioso, glorificando aquí a Sor Ángela de la Cruz.

Hemos oído las palabras del Profeta Isaías que invita a partir el pan con el hambriento, albergar al pobre, vestir al desnudo, y no volver el rostro ante el hermano, porque “cuando des tu pan al hambriento y sacies el alma indigente, brillará tu luz en la oscuridad, y tus tinieblas serán cual mediodía”.

Parecería que las palabras del Profeta se refieren directamente a Sor Ángela de la Cruz: cuando ejercita heroicamente la caridad con los necesitados de pan, de vestido, de amor; y cuando, como sucede hoy, ese ejercicio heroico de la caridad hace brillar su luz en los altares, como ejemplo para todos los cristianos.

Sé que la nueva Beata es considerada un tesoro común de todos los andaluces, por encima de cualquier división social, económica, política. Su secreto, la raíz de donde nacen sus ejemplares actos de amor, está expresado en las palabras del Evangelio que acabamos de escuchar: “El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la hallará”.

Ella se llamaba Ángela de la Cruz. Como si quisiera decir que, según las palabras de Cristo, ha tomado su cruz para seguirlo. La nueva Beata entendió perfectamente esta ciencia de la cruz, y la expuso a sus hijas con una imagen de gran fuerza plástica. Imagina que sobre el monte Calvario existe, junto al Señor clavado en la cruz, otra cruz “a la misma altura, no a la mano derecha ni a la izquierda, sino enfrente y muy cerca”. Esta cruz vacía la quieren ocupar Sor Ángela y sus hermanas, que desean “verse crucificadas frente al Señor”, con “pobreza, desprendimiento y santa humildad”. Unidas al sacrificio de Cristo, Sor Ángela y sus hermanas podrán realizar el testimonio del amor a los necesitados.

En efecto, la renuncia de los bienes terrenos y la distancia de cualquier interés personal, colocó a Sor Ángela en aquella actitud ideal de servicio que gráficamente define llamándose “expropiada para utilidad pública”. De algún modo pertenece ya a los demás, como Cristo nuestro Hermano.

santa-angela-de-la-cruz-iLa existencia austera, crucificada, de las Hermanas de la Cruz, nace también de su unión al misterio redentor de Jesucristo. No pretenden dejarse morir variamente de hambre o de frío; son testigos del Señor, por nosotros muerto y resucitado. Así el misterio cristiano se cumple perfectamente en Sor Ángela de la Cruz, que aparece “inmersa en alegría pascual”. Esa alegría dejada como testamento a sus hijas y que todos admiráis en ellas. Porque la penitencia es ejercida como renuncia del propio placer, para estar disponibles al servicio del prójimo; ello supone una gran reserva de fe, para inmolarse sonriendo, sin pasar factura, quitando importancia al sacrificio propio.

Sor Ángela de la Cruz, fiel al ejemplo de pobreza de Cristo, puso su instituto al servicio de los pobres más pobres, los desheredados, los marginados. Quiso que la Compañía de la Cruz estuviera instalada “dentro de la pobreza”, no ayudando desde fuera, sino viviendo las condiciones existenciales propias de los pobres. Sor Ángela piensa que ella y sus hijas pertenecen a la clase de los trabajadores, de los humildes, de los necesitados, “son mendigas que todo lo reciben de limosna”.

La pobreza de la Compañía de la Cruz no es puramente contemplativa, les sirve a las hermanas de plataforma dinámica para un trabajo asistencial con trabajadores, familias sin techo, enfermos, pobres de solemnidad, pobres vergonzantes, niñas huérfanas o sin escuela, adultas analfabetas. A cada persona intentan proporcionarle lo que necesite: dinero, casa, instrucción, vestidos, medicinas; y todo, siempre, servido con amor. Los medios que utilizan son un trabajo personal, y pedir limosna a quienes puedan darla.

De este modo, Sor Ángela estableció un vínculo, un puente desde los necesitados a los poderosos, de los pobres a los ricos. Evidentemente, ella no puede resolver los conflictos políticos ni los desequilibrios económicos. Su tarea significa una “caridad de urgencia”, por encima de toda división, llevando ayuda a quien la necesite. Pide en nombre de Cristo, y da en nombre de Cristo. La suya es aquella caridad cantada por el Apóstol Pablo en su primera Carta a los Corintios: “Paciente, benigna…, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal…; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera”.

Esta acción testimonial y caritativa de Sor Ángela ejerció una influencia benéfica más allá de la periferia de las grandes capitales, y se difundió inmediatamente por el ámbito rural. No podía ser menos, ya que a lo largo del último tercio del siglo XIX, cuando Sor Ángela funda su instituto, la región andaluza ha visto fracasar sus conatos de industrialización y queda sujeta a modos de vida mayoritariamente rurales.

Muchos hombres y mujeres del campo acuden sin éxito a la ciudad, buscando un puesto de trabajo estable y bien remunerado. La misma Sor Ángela es hija de padre y madre venidos a Sevilla desde pueblos pequeños, para establecerse en la ciudad. Aquí trabajará durante unos años en un taller de zapatería.

También la Compañía de la Cruz se nutre mayoritariamente de mujeres vinculadas a familias campesinas, en sintonía perfecta con la sencilla gente del pueblo, y conserva los rasgos característicos de origen. Sus conventos son pobrecitos, pero muy limpios; y están amueblados con los útiles característicos de las viviendas humildes de los labriegos.

En vida de la Fundadora, las Hermanas abren casa en nueve pueblos de la provincia de Sevilla, cuatro en la de Huelva, tres en Jaén, dos en Málaga y una en Cádiz. Y su acción en la periferia de las capitales se despliega entre familias campesinas frecuentemente recién venidas del campo y asentadas en habitaciones miserables, sin los imprescindibles medios para afrontar una enfermedad, el paro, o la escasez de alimentos y de ropa.

Hoy, el mundo rural de Sor Ángela de la Cruz ha presenciado la transformación de las sociedades agrarias en sociedades industriales, a veces con un éxito impresionante. Pero este atractivo del horizonte industrial, ha provocado de rechazo un cierto desprecio hacia el campo, “hasta el punto de crear entre los hombres de la agricultura el sentimiento de ser socialmente unos marginados, y acelerar en ellos el fenómeno de la fuga masiva del campo a la ciudad, desgraciadamente hacia condiciones de vida todavía más deshumanizadoras”.

Tal menosprecio parte de presupuestos falsos, ya que tantos engranajes de la economía mundial continúan pendientes del sector agrario, “que ofrece a la sociedad los bienes necesarios para el sustento diario”.

En esa línea de defensa del hombre del campo, la Iglesia contemporánea anuncia a los hombres de hoy las exigencias de la doctrina sobre la justicia social, tanto en lo referente a los problemas del campo como al trabajo de la tierra: el mensaje de justicia del Evangelio que arranca de los Profetas del Antiguo Testamento. El Profeta Isaías nos lo recordaba hace algunos momentos: si partes tu pan con el hambriento, “entonces brotará tu luz como la aurora … e irá delante de ti tu justicia”. Llamada actual entonces y hoy, porque la justicia y el amor al prójimo son siempre actuales.

A lo largo del siglo XX, el campo ha cambiado, por fortuna, algunas condiciones que lo hacían inhumano: salarios bajísimos, viviendas míseras, niños sin escuela, propiedad consolidada en pocas manos, extensiones poco o mal explotadas, falta de seguros que ofrecieran un mínimo de serenidad frente al futuro.

La evolución social y laboral ha mejorado sin duda este panorama tristísimo, en el mundo entero y en España. Pero el campo continúa siendo la cenicienta del desarrollo económico. Por eso los poderes públicos deben afrontar los urgentes problemas del sector agrario. Reajustando debidamente costos y precios que lo hagan rentable; dotándolo de industrias subsidiarias y de transformación que lo liberen de la angustiosa plaga del paro y de la forzosa emigración que afecta a tantos queridos hijos de esta y de otras tierras de España; racionalizando la comercialización de los productos agrarios, y procurando a las familias campesinas, sobre todo a los jóvenes, condiciones de vida que los estimulen a considerarse trabajadores tan dignos como los integrados en la industria.

Ojalá las próximas etapas de vuestra vida pública logren avanzar en esa dirección, alejándose de fáciles demagogias que aturden al pueblo sin resolver sus problemas, y convocando a todos los hombres de buena voluntad para coordinar esfuerzos en programas técnicos y eficaces.

Para progresar en ese camino es necesario que la fuerza espiritual y amor al hombre que animó a Sor Ángela de la Cruz; que esa caridad que nunca tendrá fin, informe la vida humana y religiosa de todo cristiano.

Sé que Andalucía nutre las raíces culturales y religiosas de su pueblo, gracias a un depósito tradicional pasado de padres a hijos. Todo el mundo admira las hermosas expresiones piadosas o festivas que el pueblo andaluz ha creado para vestir plásticamente sus sentimientos religiosos. Por otra parte, las cofradías y hermandades creadas a lo largo de siglos, han obtenido influencia en el cuerpo social.

Esa religiosidad popular debe ser respetada y cultivada, como una forma de compromiso cristiano con las exigencias fundamentales del mensaje evangélico; integrando la acción de las hermandades en la pastoral renovada del Concilio Vaticano II, purificándolas de reservas ante el ministerio sacerdotal y alejándolas de cualquier tensión interesada o partidista. De este modo, esa religiosidad purificada podrá ser un válido camino hacia la plenitud de salvación en Cristo, como dije a vuestros Pastores.

Queridos andaluces y españoles todos: La figura de la nueva Beata se alza ante nosotros con toda su ejemplaridad y cercanía al hombre, sobre todo al humilde y del mundo rural. Su ejemplo es una prueba permanente de esa caridad que no pasa.

Ella sigue presente entre sus gentes con el testimonio de su amor. De ese amor que es su tesoro en la eterna comunión de los Santos, que se realiza por el amor y en el amor.

El Papa que ha beatificado hoy a Sor Ángela de la Cruz, confirma en nombre de la Iglesia la respuesta de amor fiel que ella dio a Cristo. Y a la vez se hace eco de la respuesta que Cristo mismo da a la vida de su sierva: “El Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras”.

Hoy veneramos este misterio de la venida de Cristo, que premia a Sor Ángela “según sus obras”.

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Oración 

Oh Dios, que iluminaste a Santa Ángela
virgen con la sabiduría de la Cruz para
que reconociese a tu Hijo Jesucristo
en los pobres y enfermos abandonados,
y les sirviese como humilde esclava.
Concédenos la gracia que te pedimos,
por su intercesión (pedir la gracia).
Así también, inspira en nosotros el
deseo de seguir su ejemplo, abrazando
cada día nuestra propia cruz, en unión
con Cristo Crucificado, y sirviendo
a nuestros hermanos con entrega y amor.
Te lo pedimos por el mismo Jesucristo
tu Hijo y Señor nuestro, que vive y reina.
Amén

 Enlace recomendado: Hermanas de la Cruz

Miércoles de Ceniza

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Dulce Señor, mis vanos pensamientos

Dulce Señor, mis vanos pensamientos
fundados en el viento me acometen,
pero por más que mi quietud inquieten
no podrán derribar tus fundamentos.

No porque de mi parte mis intentos
seguridad alguna me prometen
para que mi flaqueza no sujeten,
ligera más que los mudables vientos.

Mas porque si a mi voz, Señor, se inclina
tu defensa y piedad, ¿qué humana guerra
contra lo que Tú amparas será fuerte?

Ponme a la sombra de tu cruz divina,
y vengan contra mí fuego, aire, tierra,
mar, yerro, engaño, envidia, infierno y muerte.

                                          Lope de Vega

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“Acuérdate, hombre, que polvo eres y en polvo te convertirás”.