Festividad de San José, Día del Padre

El que ama a Jesús y a María tiene que amar también a José.

San José, esposo de la Santísima Virgen: ¡Esposo de la Santísima Virgen y padre nutricio del Salvador! Habiendo escogido el Señor a San José para estos fines en la tierra ¡cuánta sería su virtud, cuántas gracias le daría para tan sublimes cargos! Le sabemos, por el Evangelio, religiosamente observante de la ley; solícito con Jesús y con María; obediente a los mandatos del Señor; humilde, casto, noble… El libro sagrado resume todas estas virtudes con esta palabra “…era justo”.

Saquemos nosotros, de esta expresión “justo” el sentido de la piedad verdadera. La piedad nutrida con el amor de Dios, cuyo fruto es la perfección.

La verdadera virtud, como la de San José, no tiene luz propia, sino la que le da Jesús y María; no es rígida, áspera, insociable: se da a todos, pero, aborrece la ostentación; es tesoro, pero tesoro escondido. Su aire no es austero, ni frío; tampoco de un celo arrebatador. Su carácter es de sencillez, de ecuanimidad, de perseverancia; gana el entendimiento por la solidez de su doctrina, y conquista el corazón por su dulzura y su modestia. Su mérito no depende ni del capricho, ni de la apreciación de los hombres porque fines elevadísimos la sostiene. Por humildes sendas ha subido alta y encuentra en las obligaciones de estado un camino seguro, firme y sólido hacia más altas perfecciones: “Siempre hace lo que Dios quiere, y siempre quiere lo que Dios hace”.

La verdadera virtud debe ser inseparable del cristiano inseparable de los miembros de nuestra A. C. En San José encontraremos el modelo, el protector: su humildad, su dulzura, su mortificación, su recogimiento, su perfecta sujeción a la voluntad de Dios, su amor a Jesús y a María. Pidamos todas estas virtudes al Santo que más elevado está en la Gloria, que tiene mayor poder con Dios y con la Santísima Virgen. Tomémosle por protector de nuestra familia; inspiremos su devoción a nuestros hijos y sirvientes.

Bendito sea el padre bueno y sufridor: el que trabaja duramente y con honradez para llevar el pan a su familia; el que ama a su mujer, a sus hijos;  el que se preocupa por cómo llegar a fin de mes; el que sufre por la enfermedad de su hijo, el que sonríe al verle crecer, el que se emociona al ver los logros importantes de sus hijos; el que ya en el ocaso de su vida hace balance con satisfacción.

Grandeza de San José

Grandeza de San José

No hay que extrañarse de que el glorioso Patriarca San José entre de lleno en los planes divinos de la Redención del hombre. Creado el hombre a imagen y semejanza de Dios, fue colocado en el magnífico palacio del universo, como rey dominador de todo cuanto existía en los ámbitos de la tierra, y, para que fuera más dichoso, fue puesto en el jardín ameno del paraíso para que lo cultivase y guardase.

Más el hombre engañado por la mujer, y ésta por la serpiente, desobedeció al Señor, tomó la fruta prohibida y se hizo acreedor a los castigos que le estaban conminados, que implicaban tremendas consecuencias para ellos y para toda su descendencia.

Pero Dios, siempre infinito en misericordia, no condenó al hombre, como hizo con los ángeles rebeldes, sino que, compadecido de él, en el mismo instante de la caída, le promete, bondadoso, levantarlo por medio de la Redención, enviando nada menos que a su Eterno y Unigénito Hijo, que tomara nuestra carne en las purísimas entrañas de una Virgen, desposada con un varón justísimo, que era el glorioso Patriarca San José, elevado de esta forma a la inefable dignidad de padre nutricio del Verbo encarnado.

De aquí que en el plan divino de la Redención del hombre figura siempre y de un modo inseparable, además de Jesús y de María, también San José. Esta es la Sagrada Familia, que constituye una inefable trilogía, de la que se derraman la dulzura y el consuelo sobre los hijos de Adán. Tomando el Verbo Eterno nuestra carne en el purísimo seno de la Santísima Virgen, queda María hecha verdadera Madre del Hijo de Dios; y San José el esposo fidelísimo y dichoso que, como solícito custodio e incansable defensor, fue en el mundo el encargado por Dios de sostener y llevar adelante entre los hombres aquel relicario divino que era la Sagrada Familia, de la cual él mismo formaba parte.

Jesús es el amable Redentor que rescató nuestras almas con el precio infinito de su preciosa sangre, librándonos de la esclavitud del pecado y de la muerte eterna; María cooperó en la Redención, ofreciéndose para que el Espíritu Santo formara en su seno virginal la sacrosanta humanidad de su Divino Hijo, que padeciendo por nosotros, nos mereciera la reconciliación con Dios. San José trabajó para sustentar aquellos dos seres, cuidó con gran esmero de ellos y los defendió sin cesar de todas las asechanzas y peligros que aparecieron contra Jesús.

Jesús es el Mediador entre Dios y los hombres; María tiene el elevadísimo privilegio de Mediadora entre la humanidad y Jesús, y San José está constituido en gloria muy cerca de ambos, en virtud del titulo que ejerció sobre ellos en vida mortal.

María tiene el titulo de verdadera Madre de Jesús, por el cual no puede menos de ser oída por su amabilísimo Hijo; y San José, como esposo de la Purísima Virgen, ha de ser atendido tanto por María como por Jesús; y bien podemos considerar que no está olvidada por aquellas dos sagradas personas la voluntad con que le estaban sujetos, como nos dice el evangelio de San Lucas.

San José viene a ser respecto de la Virgen, (podemos entender), algo así como la Virgen en relación a Jesús, y como Jesús en orden al Eterno Padre. Y como ninguno va al Padre sino por el Hijo Jesucristo; y como para llegar a Dios está la mediación de María, píamente podemos considerar alguna intervención que tenga alguna semejanza para lo mismo en el glorioso Patriarca San José.

María se insinúa con sumo poder en su bondadoso Hijo y en el Eterno Padre y alcanza cuanto quiere de ellos; y el fidelísimo Patriarca puede mucho, tanto en el corazón de su castísima esposa como en el del Hijo, Jesucristo. Por tanto, Jesús, María y José son la verdadera Sagrada Familia que se comunican mutua e inefablemente dentro de los resplandores de la celestial divinidad en el orden providente de la Redención del mundo.

José Manuel Lorenzo Ruiz. Revista Criterio, marzo de 1957.

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Oración a San José

Jesús, José y María, amparadme en este día.

Gloriosísimo Patriarca San José, hoy tengo la dicha de dedicaros este día, que es el que me corresponde en el Culto perpetuo, por medio del cual mis hermanos y yo os obsequiamos todo el año.

Por mi parte deseo que el presente día sea de santificación para mi alma, y como el principio de una vida nueva consagrada enteramente á Jesús vuestro hijo adoptivo, a María vuestra inmaculada esposa, y a Vos, santo mío.

A este fin os ofrezco todos mis pensamientos, afectos, palabras y acciones, suplicándoos fervorosamente que lo bendigáis todo, para que todo sea santo y digno de los ojos de Dios, que penetra los más ocultos secretos de mi corazón.

Alcanzadme una continua presencia de Dios, para que no sean cosas profanas, y sí sólo pensamientos y deseos celestiales los que me ocupen.

Estad siempre a mi lado, haced que no me olvide de Vos, y aceptad cuanto haga y desee hacer en bien de mi alma y en obsequio vuestro, y presentadlo a María y a Jesús para mayor gloria suya y en satisfacción de mis culpas y de las de mis hermanos. Amén.

Del Devocionario en honor del Patriarca Señor  San José (1900)

Encuentro con Bernadette

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Encuentro con Bernadette

Ella es quien vino en mi busca. Es lo que siempre pasa con los santos. Nosotros vamos por un camino que parece ser nuestro, cuando de repente, en un desvío, en un sendero o en una gran ruta nos llaman. Consentimos y avanzamos en la nueva dirección un poco a la manera de Caperucita Roja, atraídos aquí por una flor, más allá por un pequeño bosque; el canto de los pájaros de un cerco espinoso nos dicen algo y, más lejos, en un claro bosque, bañado de sol, un profundo silencio nos dice mucho más.

Yo andaba con San Juan de la Cruz por las rutas polvorientas de España cuando una pequeñita de mi país me tomó de la mano y me dijo: “Sígueme”. La seguí sorprendida yo misma de ceder a su dulce autoridad, a su fuerza tranquila, tan de admirar en una niña de su edad. Enseguida aprecié la profundidad de su mirada oscura y límpida como una fuente oculta, su frente voluntariosa, sus redondas mejillas, su manera de hablar simple y concisa.

Y fui confundida por la inteligencia de esta niña ignorante, por el tono claro y leal de esta inteligencia. Haga usted, lector, un esfuerzo de imaginación: piense que usted es la pobre niña de la más pobre familia de una pequeña población, en la que todo el mundo se conoce y donde todos, en vez de amarse los unos a los otros, tratan de despreciarse y calumniarse mutuamente. Y un día en que usted con dos amigas fue a juntar ramas muertas cerca de una gruta salvaje, donde el cuidador de puercos lleva a sus animales, ve, con sus propios ojos, una joven vestida de blanco, en luminosa aparición, y con ella reza el rosario… Esto se repetirá 18 veces, las multitudes se amotinarán, les verán venir… pero nadie fuera de usted verá a la Dama, que un día le dirá: “Soy la Inmaculada Concepción”.

¿No es cómo para perder, si no la cabeza, al menos la serenidad? La calma de Bernadette es sobrenatural. Es imposible seguirla, oírla, sin creer en la absoluta verdad de lo que dice.

A cuantos la interrogaron —y son centenares— desde sus padres y vecinos hasta los comisarios, procuradores, jueces, médicos, sacerdotes, obispos, arzobispos, etc., hizo la misma narración de los hechos sin que haya sido posible perturbarla ni hacerla caer en contradicciones. Yo pienso en los incrédulos. Si no creen en las Apariciones, ¿como explican los dos días en que Bernadette no vio nada?

Ella respondía a las preguntas que se le hacían. Sobre algunos puntos decía: “No sé.. No he notado nada…”. ¿Qué le hubiera costado inventar?

En la pastora de Lourdes percibo un parecido con Juana de Arco. Es la misma actitud intrépida, la misma firmeza en la réplica, la misma pizca de insolencia y el mismo timbre de voz en una misma luz divina.

El prodigio de Lourdes se extiende al universo, pero hay que venir a Francia, atravesar el Gave, arrodillarse ante la Gruta de Massabielle, para sentir que allí ha sucedido y sucede algo extraordinario. Aún los no habituados a la oración se sienten impulsados a orar. Yo creo que, llevada a través del mundo con los ojos vendados, sería capaz de reconocer ciertos lugares privilegiados por la indecible admiración de espíritu que percibiría al pasar. Lourdes sería uno de ellos.

Marcelle Auclair. 1958.

Marcelle Auclair (1893 – 1983) fue una escritora e hispanista francesa, gran conocedora de la vida de Santa Teresa de Jesús.

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Oración

¡Oh bienaventurada Bernardita! Acuérdate que la Virgen te dijo en la Gruta: “Ruega por los pecadores”, para que se conviertan y hagan penitencia. Ruega por mí, pecador, para que Dios perdone mis pecados. Ruega por mí a María Inmaculada, pues confío en que te concederá cuanto la pidas, porque fuiste su confidente en la Gruta de Lourdes. Así como Ella te prometió “hacerte feliz en el otro mundo”, te concederá que hagas felices a los que devotamente acudan a ti. A ti, pues, acudo humildemente, suplicándote no me dejes ni me abandones hasta verme contigo en el cielo. Amén.

La vida de Bernadette

Santo Tomás de Aquino, poeta del Universo

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Santo Tomás de Aquino, poeta del Universo

En la noche callada, Sócrates escuchaba la armonía del himno sublime que cantan las estrellas. Porque los cielos cantan —David lo había dicho— «cantan la gloria de Dios».
Santo Tomás es el filósofo de la armonía y el poeta del Universo. No escucha sólo el canto de las estrellas; oye el concierto de toda la creación, bajo la dirección del gran maestro de capilla, que es su Hacedor, el Poeta. Porque poeta, eso significa. La Creación es el poema con que Dios se canta a sí mismo, fuera de sí. Cada creatura es un verso de ese gran poema. Cada movimiento es una nota de ese gran concierto. De su conjunto resulta la nueva armonía.
Y el poema que Dios había escrito en jeroglíficos, con caracteres de esencias y movimientos, es el que Tomás de Aquino, el fraile dominico de hábito blanco y negro, ha descifrado. Al poema divino le ha dado forma humana. La «Suma Teológica» es un gran poema: el poema del Universo.
Por los sones lejanos de las creaturas, llega el poeta hasta Dios, principio de toda armonía, en su unidad simplicísima. Y ya en brazos de la Revelación —ninfa Egeria que le conduce por el país de lo ignoto—, penetra en el santuario, sorprende la vida íntima del Ser absoluto y canta con lengua inteligible los misterios del idilio eterno entre el Poder, que es el Padre, y la Sabiduría, que es el Hijo, en un efluvio de Amor infinito, que es el Espíritu Santo.
Y ese idilio inmanente, perpetuamente vital y fecundo, lanza fuera de sí, en el tiempo, algunas gotas del ser que son las creaturas. No como emanación espontánea de la substancia divina, sino como efecto producido fuera de sí por el Poder, la Sabiduría y el Amor.
Entre esas esencias creadas —gotas de ser infinito, vestigios del Infinito, Uno y Trino en substancia—, hay dos que son imagen suya, que tienen poder, sabiduría y amor: ¡el ángel y el hombre! A ellas está subordinado, por natural jerarquía, todo el resto de la creación. Ellas sólo tienen valores eternos, porque son capaces de participar del eterno idilio del Ser infinito, conociéndole y amándole. El drama angélico se ha terminado en un instante. El drama humano perdurará hasta el fin del mundo.
Y continúa el poema cantando al hombre. El hombre, el jerarca de este mundo visible, que debe producir la armonía, en sí mismo y fuera de sí. Esa es su tarea. De todas las cosas puede usar el hombre, pues todas fueron hechas para él y él es el dueño de sus actos y de sí mismo por su libre albedrío. Mas siguiendo el compás que le señala el Jerarca supremo con la batuta de su razón.
Armonía entre lo natural y sobrenatural. La gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona, en toda su integridad. La fe no rebaja la razón, le da ambiente para volar por las regiones de lo divino, donde ella sola caería asfixiada. La gracia diviniza al hombre. El hombre sometiéndose a Dios, se hace divino. Jerarquía y armonía, entre el hombre y Dios.
La razón y el apetito. No es Santo Tomás un idealista que independice la razón; ni escéptico que la aniquile. Con bravura defiende sus fueros, pero con dependencia objetiva. Y ella, grávida de la Verdad, la entrega al apetito que produce el Bien. Ni la voluntad es autónoma, independiente de la razón o superior a ella. La razón dirige, impera, manda, lo mismo en el fuero de la conciencia que en el orden social externo, porque la ley es un dictamen de la razón. Y la perfección de la voluntad consiste en ejecutar con fidelidad lo que la razón prescribe Ni son malas las pasiones. Solamente serán cuando rompen la armonía jerárquica que las mantiene sumisas al dictamen, de la razón y al impulso de la voluntad.
La misma armonía entre el alma y el cuerpo, que forma un todo substancial. El alma es la porción superior, pero ella sola no es el hombre. El cuerpo también es un valor humano. Todo lo que es, es bueno y debe subsistir. Pero en su puesto.
Y ese todo armónico que llamamos hombre, está ordenado a la operación. Y para obrar en armonía necesita de las virtudes. Y, sobre las virtudes, los dones del Espíritu Santo, con los que obra a lo divino.
La mística tomística no destruye, no aniquila, no desentona, no hace seres extraños. Es mesura y equilibrio. Todo lo purifica, todo lo transfigura. Así es la mística española, Granada y Teresa de Jesús.
Pero el hombre no es un ser irrelacionable. Es Social por naturaleza. Quien no vive en sociedad es menos que hombre o más que hombre. Armonía también entre los distintos hombres.
Y el Estado, el Poder, que armoniza, que concierta, que dirige y ajusta los instrumentos para que, dando cada cual su nota, resulte el acorde del bien común. Pero no absorbe al individuo, no amengua a la persona, da valor y eficacia a los derechos particulares.
Y ante el poder temporal se levanta otro Poder espiritual. También concierto, también armonía, también jerarquía. La Iglesia es superior al Estado, pero en nada viene a mermar sus derechos; antes le ayuda a conseguir sus fines.
Y frente a un Estado se levantan otros Estados. Mas entre ellos también hay armonía trascendente, que resulta de una unidad de la especie, de la catolicidad de la Iglesia, de la fraternidad en Cristo, de la comunión en el último fin.
Pero la raza humana no es homogénea. Es hombre y mujer Un vínculo irrompible, urdido, por el amor y apretado por la religión hará de dos uno, que se perpetuarán en nuevos seres. También con orden, con jerarquía. El hombre es superior a la mujer, es su cabeza. Más ella es también persona igual a él en sus derechos primarios, fundamentales. Y aquí el poema comienza a tomar colores de epopeya.
El ángel malo sedujo al hombre, que cayó, pecó y, con el pecado, rompió la armonía de todo el Universo. Sólo Dios podía restaurar esa armonía. Más el hombre la había roto y era justo que el mismo hombre fuese su restaurador.
La indignación divina, al ver su obra transformada por la culpa humana, cede ante los impulsos de su amor, que le saca fuera de sí en éxtasis sublime. Y Dios se hace hombre. Es la aspiración suprema del amor: hacerse de dos uno.
Y, como hombre, lucha con la muerte y se deja morir para vencer a la muerte, para arrebatar a la muerte sus presas, para devolvernos la vida divina, la vida inmortal.
Después, las fuentes de la vida que manan del Hombre-Dios, que nos incorporan a Cristo y nos hacen dioses por anticipación de su misma naturaleza.
Desenlace del poema. El triunfo definitivo del Bien sobre el Mal. La victoria del Hombre-Dios y de todos los que han luchado bajo su bandera. La plena armonía peregnalmente restablecida. La entrada triunfal del hombre restaurado en el reino de la luz. La satisfacción cumplida de sus ansias de amor, de bien, de belleza y de verdad.
Tal es el gran poema que Tomás ha escrito. El poema de la suprema armonía. El poema del Universo. El poema de la Verdad. Ya había escrito Aristóteles que la poesía es más verdadera que la historia.
Tomás de Aquino, sin ambiciones terrenales, oteando el horizonte desde su celda dominicana, embriagándose en la contemplación filosófica y sobrenatural, es el poeta de la Humanidad. Homero y Dante no osarán acercarse a él, ni aún sombrero en mano y lomo encorvado. Y Dios y los siglos siguen bendiciendo su nombre y su memoria.

Ignacio Menéndez-Reigada, O.P.

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Oración de Santo Tomás de Aquino al Santísimo Sacramento

¡Oh, Santísimo Jesús, que aquí sois verdaderamente Dios escondido; concededme desear ardientemente, buscar prudentemente, conocer verdaderamente y cumplir perfectamente en alabanza, y gloria de vuestro nombre todo lo que os agrada. Ordenad, ¡oh Dios mío!, el estado de mi vida; concededme que conozca lo que de mí queréis y que lo cumpla corno es menester y conviene a mi alma. Dadme, oh Señor Dios mío, que no desfallezca entre las prosperidades y adversidades, para que ni en aquellas me ensalce, ni en éstas me abata. De ninguna cosa tenga gozo ni pena, sino de lo que lleva a Vos o aparta de Vos. A nadie desee agradar o tema desagradar sino a Vos. Séanme viles, Señor, todas las cosas transitorias y preciosas todas las eternas. Disgústeme, Señor, todo gozo sin Vos, y no ambicione cosa ninguna fuera de Vos. Séame deleitoso, Señor, cualquier trabajo por Vos, y enojoso el descanso sin Vos. Dadme, oh Dios mío, levantar a Vos mi corazón frecuente y fervorosamente, hacerlo todo con amor, tener por muerto lo que no pertenece a vuestro servicio, hacer mis obras no por rutina, sino refiriéndolas a Vos con devoción. Hacedme, oh Jesús, amor mío y mi vida, obediente sin contradicción, pobre sin rebajamiento, casto sin corrupción, paciente sin disipación, maduro sin pesadumbre, diligente sin inconstancia, temeroso de Vos sin desesperación, veraz sin doblez; haced que practique el bien sin presunción que corrija al prójimo sin soberbia, que le edifique con palabras y obras sin fingimientos. Dadme, oh Señor Dios mío, un corazón vigilante que por ningún pensamiento curioso se aparte de Vos; dadme un corazón noble que por ninguna intención siniestra se desvíe; dadme un corazón firme que por ninguna tribulación se quebrante; dadme un corazón libre que ninguna pasión violenta le domine. Otorgadme, oh Señor Dios mío, entendimiento que os conozca, diligencia que os busque, sabiduría que os halle, comportamiento que os agrade, perseverancia que confiadamente os espere, y esperanza que, finalmente, os abrace. Dadme que me aflija con vuestras penas aquí por la penitencia, y en el camino de mi vida use de vuestros beneficios por gracia, y en la patria goce de vuestras alegrías por gloria. Señor que vivís y reináis, Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.

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Enlaces recomendados:

santotomasdeaquinoverboencarnado.net (página dedicada a Santo Tomás de Aquino)

Santo Tomás de Aquino (perfil biográfico y semblanza espiritual)

Fiesta de la Beata Laura Vicuña

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Oración

¡Oh Beata Laura Vicuña!
Tú que seguiste heroicamente
el camino de Cristo,
acoge nuestra confiada plegaria.

Alcánzanos de Dios las gracias
Que necesitamos…
Y ayúdanos a cumplir
con corazón puro y dócil
la voluntad del Padre.

Otorga a nuestras familias
la paz y la felicidad.
Haz que también en nuestra vida
como en la tuya
resplandezca una fe firme,
una pureza intrépida, y
la caridad atenta y solícita
para el bien de los hermanos
Amén.

25 pensamientos de la Beata Laura Vicuña:

1. “¡Oh Jesús! Me ofrezco a ti, y quiero ser toda tuya aunque haya de quedarme en el mundo”.
2. “No tengo miedo, estamos en los brazos de la Virgen”.
3. “Jesús quiero hacer cuanto sé y puedo para que tú seas conocido y amado”.
4. “María Santísima es mi fuerza y alegría: ¡Oh María!, dame tu mano, ¡coge las mías!”
5. “Para mí rezar y trabajar es lo mismo, es lo mismo rezar o jugar, rezar o dormir. Haciendo lo que debo, cumplo lo que Dios quiere de mí; y ésta es mi mejor oración”.
6. “María es ¡mi Madre! No hay nada que me haga más feliz que el pensar que soy hija de María”.
7. “Entiendo mortificarme en todo lo que me podría alejar de Dios”.
8. “Qué felices seremos en el paraíso con Jesús y María si les hemos siempre amado aquí abajo”.
9. “Sé constante en la virtud; desde el Cielo seguiré ayudándote”.
10. “Mi único deseo es adherirme con alegría a los deseos de Jesús y al amor de María Santísima”.
11. “El recuerdo de la presencia de Dios me acompaña y me ayuda siempre, doquiera yo me encuentre”.
12. “Quiero iniciar en la tierra la vida que continuaré en el Cielo”.
13. “Si recordáramos a menudo que Dios nos ve y nos ama, cuántos males podríamos evitar”.
14. “Amemos y ayudemos mucho a los pobres; por ellos Jesús tuvo un amor de predilección”.
15. “No despreciar a los pobres y no mirar a ninguno con indiferencia”.
16. “En cualquier sitio donde me encuentre, sea en clase, sea en el patio, este recuerdo me acompaña, me conforta y me ayuda a hacer todo en la mejor de las maneras y no me es ocasión de distracción, porque aún no pensando en esto, sin darme cuenta me
encuentro gozando de este recuerdo”.
17. “Estoy contenta de sufrir: mi único deseo es de contentar a Jesús y a María, mi querida Madre”.
18. “La santidad no se adquiere en pocos días; basta quererla, basta pedirla continuamente a Dios, basta empezar”.
19. “Hacer la voluntad de Dios: esta es mi oración preferida”.
20. “Me siento conmovida con pensar que Jesús se ha humillado tanto en la Cruz por nuestro amor”.
21. “Antes morir que pecar”.
22. “Señor: que yo sufra todo lo que a Ti te parezca bien, pero que mi madre se convierta y se salve”.
23. “Mamá, he pedido a Jesús morir por ti”.
24. “¡Oh Dios mío, quiero amarte y servirte toda mi vida, por eso te doy mi alma, mi corazón, todo mi ser!”.
25. “No hay amor más grande, que dar la vida por la persona amada”.

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Enlaces recomendados:

Para conocer a Laura Vicuña (pdf)

Beata Laura Vicuña, confesora de la fe (sitio dedicado a Laura Vicuña)

Beato Carlos de Foucauld, a cien años de su fallecimiento

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«La Eucaristía es Dios con nosotros, es Dios en nosotros, es Dios que se da perennemente a nosotros, para amar, adorar, abrazar y poseer».

Hoy, 1 de diciembre de 2016, se cumplen cien años del fallecimiento de Carlos de Foucauld (Estrasburgo, 15 de septiembre de 1858 – Tamanrasset, 1 de diciembre de 1916), asesinado -de un disparo- por unos milicianos a la entrada de su ermita en Tamanrasset (Sahara argelino). Para conmemorar una fecha tan especial les proponemos un valioso texto por el P. Andrés Molina, que esboza acertadamente la fisionomía espiritual del Hermano Foucauld.

Vivió la Eucaristía

He aquí una figura eucarística fascinante que resplandece con fulgores propios como astro de primera magnitud. Cabalgó entre la segunda mitad del siglo XIX y las dos primeras décadas del pasado siglo XX. Enamorado ardiente de la Eucaristía, murió como él lo había deseado: de rodillas, con su mirada extática sobre la Blanca Hostia, con una entrega incondicional a su «Bienamado Hermano y Señor Jesucristo».

Síntesis biográfica

Nace en Estrasburgo (Francia) el 15 de septiembre de 1858. No ha cumplido los seis años cuando pierde a su madre el 13 de marzo de 1864, y a su padre el 9 de agosto del mismo año. A pesar de los tremendos avatares de su vida, recordará siempre las últimas palabras de su progenitora en el lecho de muerte: «¡Dios mío, hágase tu voluntad y no la mía!». Su educación es confiada al abuelo materno, el coronel Mollet, hombre piadoso, enamorado de la literatura y de la arqueología, pero incapaz de responder a las inteligentes preguntas de su inteligente nieto, alumno aventajado del Liceo de Nacy. A los quince años comienzan las dudas de fe hasta perderla progresivamente del todo en 1873. Se trató de una pérdida real de la primera virtud teologal y escribe así a un íntimo amigo: «Durante doce años he vivido sin fe alguna». Descreído, vivió su juventud en completo abandono moral: «Yo vivía -escribirá más tarde- como puede vivirse cuando se ha extinguido la última chispa de fe». En 1876 ingresa en la Academia Militar de Sant-Cyr, estimulado por el ejemplo de su abuelo y deseoso de gloria humana. Nombrado subteniente pasa a la Escuela de Caballería de Saumur, pero vive entregado a toda clase de frivolidades.

En una inspección de 1879 escucha este triste informe: «No tiene en grado suficiente el sentimiento del deber». Participa en una campaña militar de Argelia, y cesa en 1881 por indisciplina y mala conducta. Carlos de Foucauld está totalmente descentrado, con viva conciencia de su desesperado ateísmo, pero su espíritu inquieto descubre entre lejanas brumas la luz relampagueante de Dios que le asedia, preparando la aurora de su conversión. Porque dentro de las espesas tinieblas en que se debate, no puede olvidar el testimonio religioso del mundo musulmán de Argelia y Marruecos, como una viva llamada a resucitar su fe.

Llega así el año decisivo de 1886 en que se instala en París muy cerca de la Iglesia de Saint-Agustin. Comienza a leer las «Elevaciones sobre los misterios» de Bossuet, regalo familiar de su Primera Comunión. Se pasa las horas repitiendo, en busca de un rayo de luz, esta corta oración: «Dios mío, si existís, haced que yo os conozca». Por fin el 30 de octubre del mismo año confiesa y comulga. Su retorno a Dios es tan firme como definitivo: «Apenas creí que había Dios, comprendí que sólo podía vivir para Él». Tenía entonces 28 años y se muestra íntimamente convencido de que su conversión ha sido un milagro exclusivo de Dios misericordioso. Su itinerario espiritual a partir de esta crucial experiencia del encuentro con Dios, es rectilíneo. Brujulea, pero es sólo buscando cómo podrá vivir con más plenitud su entrega, es decir, en qué estado podrá servir con mayor perfección a Jesucristo. Comienza para él una etapa difícil. Se formula acuciantes interrogaciones en la búsqueda exacta de la voluntad de Dios. Lee y medita sin cesar la vida de Jesús: «El evangelio me hizo ver que el primer mandamiento es amar a Dios con todo el corazón, y que todo ha de encerrarse en el amor cuyo primer efecto es la imitación».

Intenta realizar su vocación con los trapenses en Notre Dame des Neiges, y seguidamente en Akbés (Siria). Viene después su vocación sacerdotal y sus estudios teológicos en Roma. Abandona la Trapa y marcha a Tierra Santa para vivir como ermitaño en Nazaret. No le interesa tanto vestir el hábito en una determinada orden religiosa, cuanto vivir con total fidelidad el auténtico espíritu contemplativo en la más completa pobreza y total desprendimiento. Después de un trienio en Tierra Santa regresa a Francia y el 9 de junio de 1901 se ordena sacerdote en Viviers, a los 43 años. Pasa a Marruecos para preparar su evangelización y celebra su Primera Misa en Beni Abbés preparándose para fundar su Primera Fraternidad y acogiendo a pobres y enfermos. Es para todos el «Hermanito Universal». Redacta unas «Reglas» para los que deseen compartir con él su vida abnegada. Después de cinco años se traslada a Tananrasset donde permanece los diez últimos años de su existencia como un contemplativo del desierto y como humilde servidor de cuantos acuden a él. Su vida se ha convertido en un aparente fracaso. Pero antes de su muerte lanza este grito desde la cruz de su calvario interior: «Diez años llevo diciendo la Misa en Tananrasset y no puedo contar ni un solo convertido».

El 1 de diciembre de 1916 muere en la heroica soledad de verdadero adorador eremita, sin ningún compañero ni discípulo, víctima de una emboscada asesina, al ser confundido por un espía. Ese mismo día había escrito en su Diario Espiritual: «Se siente que se sufre, pero no siempre se siente que se ama y esto es un grave sufrimiento más». Quince años después de su muerte, sepultado en el surco como fecundo grano de trigo, surgieron los «Hermanitos de Jesús» hoy presentes en todo el mundo católico como herederos espirituales del P. Carlos Foucauld. El sueño del Hermano Carlos quedaba cumplido de manera póstuma y «el páramo se volvía un vergel» (Isaías 32,15).

Disponibilidad sin condiciones

La mayor parte de su vida en el desierto se la pasó adorando la Sagrada Eucaristía en una modestísima tienda de campaña. Todos sus Escritos están inspirados a la sombra de la pequeña Custodia y de su pobrísimo Sagrario. Todo lo que salió de su pluma está transido por una autenticidad evangélica que contagia. Era de veras un alma que amaba apasionadamente a Cristo buscando como única obsesión el mejor modo de imitarle. A esta única meta encaminó todos sus esfuerzos durante los treinta años que transcurrieron desde su conversión (1886) hasta su muerte (1916). El esquema de su sencilla y a la vez profunda espiritualidad cabe en pocas frases: imitar la pobreza de Jesús, fidelidad al «Amado oculto», sentimiento de la adoración, sacerdocio reparador en el desierto de las bienaventuranzas. Entre sus Meditaciones destaca una plegaria programática que podemos calificar como la oración de la disponibilidad sin condiciones. Su texto es muy conocido y muchas personas lo recitan para ofrecerse al Señor en lo más duro y exigente de la vida cristiana:
«Padre: Me pongo en tus manos. Haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal de que su voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Padre. Te confío mi alma, te la doy con todo el amor de que soy capaz, porque te amo y necesito darme, ponerme en tus manos sin medida, con infinita confianza, porque Tú eres mi Padre».

Carlos de Foucauld deseaba que se leyeran a menudo las vidas de los santos y hombres de Dios porque las consideraba como una especie de comentario al Evangelio. Su divisa era bien sencilla: «Amor, amor, bondad, bondad». A cada cristiano se le pide imitar en su estado el «Fiat» de María ante los misteriosos caminos de Dios a quien no podemos exigir cuentas de lo que manda, dispone y permite». Por ello es imprescindible un profundo sentido providencialista convencidos de que Dios todo lo dispone con número, peso y medida, puesto que su providencia se extiende poderosa del uno al otro confín y lo gobierna todo con exquisita suavidad (Sab 8,10 y 11,21). El ideal de este «Hermanito Universal» se sintetiza así: «Leer y releer continuamente el Santo Evangelio, para tener siempre ante el espíritu, los actos, las palabras, las ideas de Jesús a fin de pensar, hablar y obrar como Él».

Apasionado adorador: Textos Eucarísticos

1. Vos estáis ahí, mi Señor Jesús, ¡En la Sagrada Eucaristía! ¡Vos estáis ahí, a un metro de mí, en el Sagrario! ¡Vuestro cuerpo, vuestra alma, vuestra humanidad, todo vuestro ser está ahí con su doble naturaleza! ¡Qué cerca estáis Dios mío! Dígnate darme ese sentimiento de tu presencia en mí y en torno a mí y ese amor temeroso que se siente en presencia de aquel a quien se ama apasionadamente y que nos hace quedarnos ante la persona amada sin poder apartar los ojos de ella con un gran deseo de hacer cuanto le agrada, con un gran temor de hacer, decir o pensar cualquier cosa que le disguste.

2. La Sagrada Eucaristía es Jesús, todo Jesús. Todo el resto no es sino una criatura muerta. En la Sagrada Eucaristía, vos estáis todo entero, totalmente vivo, mi bienamado Jesús, tan plenamente como estabais en casa de la Sagrada Familia de Nazaret, en casa de Magdalena en Betania, como estabais en medio de vuestros Apóstoles. ¡No estemos jamás fuera de la presencia de la Sagrada Eucaristía ni uno solo de los instantes que Jesús nos permita estar junto a ella!

3. Corazón Sagrado de Jesús, gracias por el don eterno de la Sagrada Eucaristía: gracias por estar de esta manera siempre con nosotros, siempre bajo nuestro techo, siempre ante nuestros ojos, cada día en nosotros. ¡Gracias por daros, entregaros, abandonaros así, todo entero a nosotros! El medio mejor y más sencillo de unirnos al Corazón de Jesucristo, es hacer, decir y pensar todo con Él y como Él, manteniéndose en su presencia e imitándole. En todo lo que hagamos, digamos, pensemos, decirnos: Jesús me ve, veía este instante durante su vida mortal: ¿cómo actuaba, hablaba, pensaba Él? ¿Qué haría, diría, pensaría en mi lugar? Mirarle e imitarle. Jesús mismo indicó a sus Apóstoles este método tan sencillo de unión con Él.

4. La Eucaristía no es solamente la comunión, el beso de Jesús, el matrimonio con Jesús: es también el Sagrario y la Custodia, Jesús presente en nuestros altares «todos los días hasta la consumación de los siglos», verdadero Enmanuel, verdadero Dios-con-nosotros, expuesto a cualquier hora, en todos los lugares de la tierra, a nuestras miradas, a nuestra adoración, a nuestro amor, y transformando por esta presencia perpetua la noche de nuestra vida en una iluminación deliciosa. La Eucaristía es Dios con nosotros, es Dios en nosotros, es Dios dándosenos perpetuamente para amar, adorar, abrazar y poseer. A Él la gloria, alabanza, honor y bendición por los siglos de los siglos. Amén.

Sean suficientes los brevísimos textos citados para valorar la gigantesca talla eucarística del P. Carlos Foucauld que leía siempre los Evangelios arrodillado junto al Santísimo Sacramento. Insistía mucho en esta práctica y escribía: «Hay que intentar impregnarse del espíritu de Jesús, leyendo y releyendo, meditando y remeditando sin cesar sus palabras y ejemplos. Que hagan en nuestras almas como la gota de agua que cae una y otra vez sobre una losa, siempre en el mismo lugar».

Hemos de educar y alimentar sólidamente nuestra piedad eucarística haciéndola cada día más evangélica y testimonial. En Jesús Eucaristía poseemos todos los tesoros y en ocasiones solemos olvidarlo. Que el heroico Carlos de Foucauld -próximo a ser beatificado¹– nos ayude con su ejemplo e intercesión a vivir con plenitud nuestra inapreciable vocación eucarística.

Andrés Molina Prieto, Pbro. “La Lámpara del Santuario”, nº5 (2002)

¹ Carlos de Foucauld fue beatificado el 13 de noviembre de 2005 por Su Santidad Benedicto XVI.

La Oración de Abandono (Beato Carlos de Foucauld)

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Padre mío:
Me abandono a Ti.
Haz de mí lo que quieras.
Sea lo que sea, te doy las gracias.
Estoy dispuesto a todo.
Lo acepto todo,
con tal que Tu voluntad se realice en mí
y en todas tus criaturas.
No deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi vida en Tus manos.
Te la doy, Dios mío,
con todo el amor de mi corazón,
porque te amo,
y porque para mí amarte es darme,
entregarme en Tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque Tú eres mi Padre.

Enlace recomendado:

Familia espiritual de Charles de Foucauld

Vi a la Santísima Virgen

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Vi a la Santísima Virgen

Noviembre de 1830. Sor Catalina Labouré, la humilde aldeanita de las landas francesas, sigue en el Seminario de las Hijas de la Caridad, en París. Sus ojos han visto ya a la Reina de los Cielos. Pero aún no ha llegado la misión anunciada por la Virgen. La hermanita espera siempre; y llega el 27 de noviembre, un sábado, víspera del primer domingo de Adviento.

Las cinco y media. La Comunidad en pleno, a los pies de la Virgen Inmaculada, hace la oración de la tarde.

Y de pronto…

“Creí oír un roce de un vestido de seda, y vi a la Santísima Virgen. De mediana estatura, su rostro era tan bello, que no podría describirlo. Estaba de pie y llevaba un vestido blanco.”

La Santa describe la figura bellísima de la Virgen; y luego…

“Sus pies descansaban sobre un globo, del que yo veía sólo la mitad. Sus manos, elevadas a la altura del pecho, sostenían otro globo más pequeño figura del universo. Tenía los ojos elevados al cielo, y su figura se iluminó cuando lo ofrecía a Nuestro Señor.”

Los rayos de luz la envuelven en una claridad tal, que ya no se ven ni sus pies ni su vestido.

“Mientras la contemplaba, la Virgen bajó los ojos y me miró; y una voz me decía en el fondo del corazón:

-Este globo representa el mundo entero, particularmente Francia y cada persona en particular.

Y luego añadió:

-He aquí el símbolo de las gracias que doy a aquellos que me las piden.”

Así comprendió la Santa qué generosa es la Virgen con los que acuden a Ella.

Después se formó en torno a la figura de la Virgen un óvalo sobre el que puede leerse, en letras de oro:

“¡Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a vos!”

Las manos de María, cargadas de gracias, se bajan y se extienden en una actitud de entrega, la misma actitud que vemos en la medalla.

Medalla MilagrosaY oye decir:

“Haz acuñar una medalla según este modelo; los que la lleven con piedad recibirán grandes gracias, sobre todo llevándola del cuello; las gracias correrán abundantes de mis manos para aquellos que confíen en mí.”

Luego el óvalo parece dar la vuelta: Aparece entonces una gran “M” coronada por una cruz; y a su pie los corazones de Jesús y de María –juntos siempre-. Una corona de espinas rodea al primero; una espada atraviesa el corazón de María.

Sor Paz Cortés. Madrid

(Del manuscrito de Santa Catalina Labouré)

ORACIÓN DE JUAN PABLO II

Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte Amén.

Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Vos. Ésta es la oración que tú inspiraste, oh María, a santa Catalina Labouré, y esta invocación, grabada en la medalla la llevan y pronuncian ahora muchos fieles por el mundo entero. ¡Bendita tú entre todas las mujeres! ¡Bienaventurada tú que has creído! ¡El Poderoso ha hecho maravillas en ti! ¡La maravilla de tu maternidad divina! Y con vistas a ésta, ¡la maravilla de tu Inmaculada Concepción! ¡La maravilla de tu fiat! ¡Has sido asociada tan íntimamente a toda la obra de nuestra redención, has sido asociada a la cruz de nuestro Salvador!

Tu corazón fue traspasado junto con su Corazón. Y ahora, en la gloria de tu Hijo, no cesas de interceder por nosotros, pobres pecadores. Velas sobre la Iglesia de la que eres Madre. Velas sobre cada uno de tus hijos. Obtienes de Dios para nosotros todas esas gracias que simbolizan los rayos de luz que irradian de tus manos abiertas. Con la única condición de que nos atrevemos a pedírtelas, de que nos acerquemos a ti con la confianza, osadía y sencillez de un niño. Y precisamente así nos encaminas sin cesar a tu Divino Hijo.

Te consagramos nuestras fuerzas y disponibilidad para estar al servicio del designio de salvación actuado por tu Hijo. Te pedimos que por medio del Espíritu Santo la fe se arraigue y consolide en todo el pueblo cristiano, que la comunión supere todos los gérmenes de división que la esperanza cobre nueva vida en los que están desalentados. Te pedimos por los que padecen pruebas particulares, físicas o morales, por los que están tentados de infidelidad, por los que son zarandeados por la duda de un clima de incredulidad, y también por los que padecen persecución a causa de su fe.

Te confiamos el apostolado de los laicos, el ministerio de los sacerdotes, el testimonio de las religiosas.

Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

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Enlaces recomendados:

La Medalla Milagrosa: Escudo de armas de María

La historia de Santa Catalina Labouré

Jesucristo Rey, Nuestro Señor

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El trono tuyo, oh Dios, permanece por los siglos de los siglos; el cetro de tu reino es cetro de rectitud (Palm. 44,7.)

¡Cristo Rey, venga a nosotros tu reino!: Cristo en todas las almas y en el mundo la paz; Cristo Rey en cada corazón, y en la Sociedad su amor, pureza y caridad…La Iglesia instituye esta festividad que celebra el reinado Social de Cristo unido al Imperio de su Sacratísimo Corazón, reafirmando su mandato supremo entre todas las cosas creadas. Toda la realidad de la presencia de Jesús tiende al establecimiento de su Reino como testimonio de esperanza imperecedera. Por consiguiente, levantemos muy alta la voz para proclamar con júbilo: “¡Viva Cristo Rey para que reine en nuestras vidas, para que viva íntimamente dentro de cada alma!”.

JESUCRISTO REY

Damos justísimamente a Jesucristo Nuestro Señor todos los nombres que en nuestro pobre idioma envuelven conceptos de autoridad, grandeza y dominio por parte de Dios, y dependencia, sujeción y vasallaje por parte del hombre.

Mas, el concepto que más gráficamente expresa la suma de sus atribuciones soberanas es el de Rey, por lo mismo que ninguna autoridad en la tierra nos impone tanto como la del monarca con el prestigio y la majestad del poder más absoluto. Por eso se encuentra este nombre repetido en cada página de los Libros Santos y aplicado proféticamente al Mesías; por eso, cual Rey le anuncian los vates y le esperan los pueblos, por el Rey preguntan los Magos; por el Rey lo aclaman en el desierto y en Jerusalén las turbas; por el delito de llamarse Rey le entregan sus enemigos y le condena Pilatos, bien que este cobarde Presidente no puede ni quiere impedir que se lea este título de realeza sobre el trono glorioso de la Cruz, en que triunfalmente sea pronunciado por los ángeles al penetrar en su palacio el Rey de la gloria.

Esta credencial de legítima soberanía de Cristo está basada en el triple y legal título de la herencia, de la conquista y del sufragio universal de la humanidad, que hace veinte siglos desfila humillándose bajo su cetro. De la herencia, cuando la voz del Padre, al coronar a su Verbo consubstancial, le dice: PÍDEME Y YO TE CONCEDERÉ TODAS LAS NACIONES POR HERENCIA Y EN POSESIÓN, TODOS LOS TÉRMINOS DE LA TIERRA; exclamando entonces el Unigénito: HE SIDO CONSTITUIDO REY SOBRE LA MONTAÑA SANTA DE SION. Por conquista lo fue desde el punto en que, librando al mundo de la cautividad del infierno y clavando en la Cruz la cédula de nuestro rescate, apareció coronado de espinas y sentado en el trono de la Cruz, oyéndose una voz al través de los siglos que dice: ANUNCIAD A LAS NACIONES QUE DIOS REINA DESDE UN MADERO. Finalmente lo fue por aclamación del universo, que viene colocando todo, desde lo más grande hasta lo más pequeño que en la tierra existe, bajo el signo dominador de la Cruz; desde las diademas que orlan las sienes de los reyes en su mayor esplendor, hasta las yertas manos del cadáver; desde la cúpula soberbia de una maravilla del arte, hasta la humilde espadaña del ruinoso santuario; viene marcando con este signo de vasallaje lo mismo la frente de los príncipes en su consagración que la del niño en su nacimiento. Viene siendo aclamado como Dios con tanta verdad por los que le confiesan en el Calvario como por los qué aterrados descienden de él perseguidos del remordimiento; por los sabios que le bendicen como por las blasfemias y odio de los que le maldicen; e impone finalmente el yugo irresistible de su ley, no menos a las conciencias recalcitrantes que en vano trabajan por sacudirle, que a las almas sumisas que le llevan con alegría.

Cristo, pues, vence, reina, impera en el universo: y no como un lejano monarca a cuyos oídos no llegan los ruegos y acciones de su pueblo, sino como soberano que ha sabido cumplir su promesa de estar realmente con nosotros hasta la consumación de los siglos. Desde que descendió a la tierra, en la tierra ha querido estar; y, si momentáneamente subió a su Padre para recibir la corona de este reino, en expresión suya y por solemne promesa, fue para iniciar un reinado que no tendrá fin. De este reinado es el solio el ara sacrosanta de nuestros templos.

Desde ese momento reina Cristo en la tierra, no ya solamente por los títulos enumerados, sino por venir, hace mil novecientos cuarenta años desempeñando las funciones de su soberanía, rigiendo las almas, gobernando las acciones humanas, alimentando las virtudes, imperando en la Naturaleza, y recibiendo pleito homenaje de la familia, de la sociedad y de la Iglesia, que agradecidas, le aclaman en la Eucaristía por su Rey y Señor. No es ya su trono el tronante Sinaí sembrando el terror en el pueblo que no quiere que su Dios le hable; ni siquiera el Tabor anonadando con sus resplandores a los testigos de la transfiguración, sino que la fe nos lo muestra sentado tranquilamente en un cenáculo de amor, en medio de sus hijos y dirigiéndoles con cariñoso acento aquéllas tan dulces expresiones: TOMAD Y COMED: ESTE ES MI CUERPO.

Javier Riquelme

Del Apostolado de la Oración
Santa Cruz de Tenerife, Octubre de 1940.
(Revista Criterio)

A CRISTO REY

Eres Hijo de Dios, y su Realeza
la tienes en tu Vida eternizada.
Eres Hijo del Hombre, y heredada
llevas del Rey David la real nobleza.

Eres el Redentor en el que empieza
el Reino de la Cruz, por Ti trocada
de patíbulo en trono, y exaltada
en trofeo imperial de tu grandeza.

Tres veces eres Rey. Señor, no en vano
tienes pendiente el mundo de tu mano
y no hay poder que a tu Poder resista.

Tres veces eres Rey; te las mereces.
¡Oh, Cristo, mi Señor! reinas tres veces
por Esencia, por Sangre y por Conquista.

                              Rafael Sanz De Diego

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CONSAGRACIÓN DEL GÉNERO HUMANO A CRISTO REY 

¡Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano! Míranos humildemente postrados delante de tu altar; tuyos somos y tuyos queremos ser; y a fin de vivir más estrechamente unidos a Ti, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a tu Sacratísimo Corazón.

Muchos, por desgracia, jamás te han conocido; muchos, despreciado tus mandamientos, te han desechado. ¡Oh Jesús benignísimo!, compadécete de los unos y de los otros, y atráelos a todos a tu Corazón Santísimo.

Señor, sé Rey, no sólo de los hijos fieles que jamás se han alejado de Ti, sino también de los pródigos que te han abandonado; haz que vuelvan pronto a la casa paterna porque no perezcan de hambre y de miseria.

Sé Rey de aquellos que, por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de Ti; devuélvelos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que en breve se forme un solo rebaño bajo un solo Pastor.

Concede, ¡oh Señor!, incolumidad y libertad segura a tu Iglesia; otorga a todos los pueblos la tranquilidad en el orden, haz que del uno al otro confín de la tierra no resuene sino esta voz: ¡Alabado sea el Corazón divino, causa de nuestra salud! A Él entonen cánticos de honor y de gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Festividad de San Martín de Porres: Fray Martín, el “enfermero” de almas

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La oración es necesaria para el alma porque nos pone en contacto con Dios y sirve verdaderamente para el entendimiento de los hombres.

Martín era un ángel para los enfermos, a pesar de que los tenía muy difíciles y poco agradecidos, a él poco le importaban las ingratitudes de los demás; los trataba como al mismo Jesús, muchas veces de rodillas, en señal de respeto y humildad, curando sus cuerpos maltrechos. Lo hacía con tanta dulzura y con tanto amor que ganaba, finalmente, sus corazones. Se podría decir que curaba más con su profunda bondad para con todos que con pócimas. Por eso también era un médico de las almas, pues si curaba a los enfermos de manera tan extraordinaria era para ganar sus almas para Cristo, con el convencimiento de que Dios salva al hombre, ¡siempre! Su encuentro cercano con el Señor -el mismo que se nos ofrece continuamente desde la cruz-, lo movía a servir con cariño a los que sufren física o espiritualmente, y a cuidar a los débiles y los olvidados: glorificando a todos los miembros en un solo cuerpo por medio de un solo pan fraterno.

Igualmente los pobres lo encontraron siempre dispuesto, encontrando en Martín alivio y descanso. Tenía el oído sensible hacia ellos. Él pidió la gracia del último lugar; la cama más dura, el tratamiento más pesado. Bendijo las manos que lo empujaron hacia los caminos agrestes, y cuando el odio amenazaba con atormentar su existencia, en sus labios florecía la flor del amor y la dulce sonrisa de Santidad. Sintió con el prójimo postrado, doliente -corporal y emocionalmente-, minado por dolencias más o menos duraderas, más o menos incurables, participando cristianamente en el sacrificio y la inagotable Misericordia. Y todo, por amor a Dios. Nada más: así de sencillo, así de natural.

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El alma iluminada de Fray Martín creyó y se fio de Cristo.

San Martín de Porres, allá en Lima, después de sus agotadoras tareas de hermanito lego en la portería, en la cocina, en la enfermería, en la misma calle, caía rendido en horas de silenciosa adoración ante Cristo en la Cruz. Con el trabajo de la tribulación soportada cristianamente -a base de esfuerzo y no pocos sacrificios en el cumplimiento del deber-, su amor se acrecentaba en la obra buena con valor de eternidad. Sin duda, su noble corazón y su camino espiritual no daban lugar a pérdida alguna… Asimismo, alabar la alegría permanente -y bien entendida- de Martín. Su espíritu abierto y alegre disipaba el mal humor como un rayo de luz las tinieblas.

Es una realidad -desgraciadamente cada vez más obstinada- que la naturaleza de las personas se va viciando por los actos impropios o por sentimientos negativos no controlados (de odio, de culpa, por complejos o por miedo, acaso también por las injusticias sufridas…). Y el alma que no se cuida, como una flor, acaba por marchitarse. Pues bien, a todo esto Fray Martín era como el agua pura y cristalina que discurre por las acequias, que riega y da vida. En algunas ocasiones fue insultado gravemente, injuriado o acusado injustamente de alguna falta, pero nuestro amigo Martín perdonaba siempre: sus acusadores y sus malas conciencias, ante las injusticias cometidas, caían rendidos por la bondad y el amor que aun así Fray Martín les transmitía de manera permanente, aliviando sus compungidas almas. El bien y la verdad siempre vencen al mal y a la mediocridad. El amor al prójimo, gran virtud cristiana, nos da la gratitud de los hombres y nos abre los brazos de Cristo. Definitivamente, hay que dar rienda suelta al corazón para amar y ser amado; y poder descubrir que tenemos vida verdadera, porque sólo puede dar vida aquel que la tiene.

Para lograrlo, sin embargo, es preciso algo que revuelva nuestro tranquilo estanque de aguas superficialmente transparentes, pero con fondo de lodazal. Necesitamos ver ese “barro” y hacerlo desaparecer: un revulsivo o acicate que nos haga recapacitar sobre nuestras miserias humanas; que nos escueza la piel del alma y nos apacigüe después. Vivimos con nuestras pasiones, pero con desánimo y amargura. Por ello, qué mayor determinación que el encomendarnos a Jesús Redentor, a Nuestra Señora Madre de Dios y Mediadora, y al ejemplo e intercesión de Fray Martín (¡cómo no!) para llegar a esa transformación: la ansiada liberación de tantas ataduras.

He aquí, como colofón, una bonita historia referida a San Martín de Porres:

Después de una excursión que hizo por estas costas el pirata Jorge Spilbergen, a mediados del año 1615, con cuatro navíos holandeses, quedaron en tierra algunos de ellos. Uno, llamado Esteban y tenido por cristiano se hizo amigo de Martín. Enfermó gravemente y se acogió al hospital de San Andrés. Allí estuvo tres días, juzgándose que de un momento a otro podría ocurrir su muerte. Una noche apareció por el hospital el buen Hermano y acercándose al lecho del enfermo dijo: ¿cómo es esto Esteban, sin bautizarse se quiere morir? y con esto le animó a recibir el bautismo y a convertirse de veras a Dios. Pidió entonces el enfermo que le administrasen el sacramento que había de hacerle cristiano, como lo hizo el cura del hospital y a las pocas horas, dejó esta vida con señales de predestinación. Martín le había abierto las puertas del cielo.

Las buenas obras, las buenas acciones: he aquí el ideal de la vida y alivio para las almas. Dichosos los que vivan en el mundo cuando todos los hombres se esfuercen en practicar el bien, como así hizo nuestro amigo Fray Martín de Porres.

¡Feliz día de San Martín de Porres, siempre unidos en el Señor! fraymartindeporres.wordpress.com

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Oración

Glorioso San Martín de Porres, cuya ardiente caridad abrazó siempre a sus hermanos necesitados, te saludamos e invocamos. Derrama sobre nuestras almas los dones preciosos de tu intercesión solícita y generosa, y escucha las súplicas de tus hermanos necesitados para que, por imitación de tus virtudes y siguiendo los pasos de nuestro bendito Redentor, podamos llevar con fuerza y valor nuestra cruz hasta alcanzar el Reino de los Cielos. Amén.

* * *

Festividad de San Martín de Porres: Una visión personal (2015)

Oremos por los Fieles Difuntos

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La religión es Caridad y hasta el Purgatorio también llegan los anhelos de nuestra Madre la Iglesia, a los que debemos unir los nuestros, por las benditas almas del Purgatorio.

Después de celebrar a Todos los Santos en el Cielo, nos condolemos, con la Iglesia, en este día de los fieles difuntos y pensamos en el Purgatorio. Ayer nos deslumbró el Cielo y vivimos el triunfo de los Santos, pero los Santos no necesitan de nosotros; nosotros sí de ellos, y les pedimos vernos un día en la gloria que gozan. Nos gustó ayer pensar en el Cielo maravilloso, deslumbrante, y… nos cuesta mucho pensar hoy en el tenebroso Purgatorio, y en las almas, quizá muy nuestras, penando y sufriendo grandes tormentos, Y, estas pobres almas necesitan nuestras oraciones, nuestros sacrificios y limosnas para satisfacer por ellas gracias a la admirable caridad y misericordia de Cristo, porque “no son nuestros méritos sino los vuestros Jesús; no son nuestras virtudes sino vuestro amor, Señor, los que nos abrirán las puertas de la eterna morada. Pobres pecadores, nosotros no llegaremos a la beatitud más que por misericordia. Pero vuestro gran amor que reina por la Cruz es bastante grande, Señor, para cubrir nuestras miserias, a condición de que nos humillemos”.

Los pobres fieles difuntos que no fueron malos, pero que fueron como somos nosotros, instintivos y apasionados, pensando en ellos mismos antes de pensar en Dios, preocupados de vivir, de vivir plácidamente, antes que servir a Dios…

Pobres fieles difuntos, que no fuisteis malos, que practicasteis más o menos lo que la Iglesia ordena, cuando ello no os costaba demasiado; que recibisteis los últimos Sacramentos en vuestro lecho de muerte, en algunos casos, “sub condicione” sin saber si iban a ser ya fructuosos; pobres fieles difuntos, pobres almas que vivisteis sobre la tierra en ese barullo, en esa confusión en que vivimos generalmente y que de repente os encontrasteis ante la gran luz…

¡Pobres fieles difuntos! Unamos nuestras miserias. Nosotros que somos los futuros pobres fieles difuntos, oramos por vuestras almas obscuras, a las que la gran luz no ha acabado de deslumbrar y que todavía no pueden entrar en el Cielo porque no soportarían el resplandor; oramos por vuestras almas con todo lo que tienen de impulso nuestras pobres almas.

“Pero Dios es misericordioso, Señor, es Tu misericordia lo que resolverá toda esta miseria”.

“Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí vivirá, aunque hubiera muerto, y para toda la eternidad”. La palabra de Dios tiene un acento de tranquilidad y de seguridad. No puede haber venido en vano.

La Iglesia tiene un bello canto de esperanza que pone en nuestros labios en el momento en que vamos a depositar en la tumba los restos de los que amamos: “Que los ángeles te conduzcan al paraíso; que los mártires te reciban a la entrada; que te lleven a la Ciudad Santa Jerusalén…”

Roguemos por los fieles difuntos: “Dadles, Señor, a todos los que han muerto con el signo de la fe, dadles junto a Vos el reposo eterno en la mansión de la luz y de la paz”.

Revista Betania, noviembre de 1952. Redacción

(Santa Cruz de Tenerife)

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Preces por los difuntos (parientes, amigos y bienhechores)

¡Oh Dios, que concedes el perdón de los pecados y quieres la salvación de los hombres!, imploramos tu clemencia en favor de todos nuestros hermanos, parientes y amigos que partieron de este mundo, para que, mediante la intercesión de la bienaventurada Virgen María y de todos los Santos, hagas que lleguen a participar de la eterna bienaventuranza.

Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Imagen 1: Iglesia de San Francisco de Asís (La Orotava). Cuadro de Ánimas del Purgatorio

Imagen 2: “Entierro de un niño”, de Helene Schjerfbeck