Festividad de San Martín de Porres: Fray Martín, el santo de la santa sencillez

Si no nos hacemos sencillos y puros de intenciones, como los niños, no entraremos en el Reino de Dios.

Fray Martín era un hombre abierto, cercano y auténtico. La sencillez de su carácter era fruto de un resultado natural y a su profundo deseo, con convicción, de ser sólo un hombre bueno. Pero detrás de esta modestia del santo mulato se encontraba un trabajo duro, de sacrificio y de un amor sin artificios: sintió con el prójimo doliente, viviendo en la voluntad de Dios y participando de su inagotable Misericordia. Para las almas puras, como la de Martín, que han llegado a la luz de la fe y de la verdad, todo es sencillo y natural. La fe, pues, radica en la respuesta verdadera dada a la Palabra de Dios; no tanto en su erudición. Una respuesta que iba acompañada —como algo innato— de humildad generosa y de una presencia que atrapaba confiadamente en el espacio vital. Así, en ese espacio creaba nuestro querido santo su “propio” lugar de amor del que hacía partícipe a los demás. Gozaba, por tanto, de un alma fervorosa que transmitía paz y alegría allá donde estuviera, y a su vez, encontraba su razón de ser procurando el bien al prójimo.

Es bien cierto que los buenos hijos de Dios no sólo nos ayudan a mejorar sino que además nos cambian la vida. Precisamente en este mundo que compartimos, donde vivimos y convivimos, junto a nuestras familias y en comunidad, es nuestra forma de ser la que puede obrar el cambio en el comportamiento de aquellas personas que nos rodean, y especialmente frente a actitudes poco gratificantes. La expresión humana de la sencillez siempre cala en los buenos corazones, esos mismos donde sempiterna resuena la Palabra del Señor.

A su vez, solícito pero sin nimiedades, deseaba nuestro amigo Martín ser el último porque, libre de cargas mundanas y ambiciones personales, sabía que era el camino seguro para servir a Dios y a los hombres. Y a los ojos del Señor, es la sencillez y humildad de corazón los valores que más aprecia: ambas constituyen ese dulce triunfo sobre nuestros corazones, a menudo tan llenos de soberbia y sentir hipócrita que marcan de manera deleznable muchos actos de nuestras vidas.

“Con dos alas se levanta el hombre de las cosas terrenas, que son sencillez y pureza”, dijo Tomás Kempis; y no le faltaba razón, pues la sencillez glorifica y la pureza, además, santifica: como así vivió, de manera permanente en estas cualidades, Fray Martín.

J.J.

* * *

El mulato de Lima sigue su camino, con su sublime humildad, sin sorprenderse de nada de cuanto de extraordinario va ocurriendo a su paso. Todo es natural en él, todo lo lleva a cabo con tal sencillez, con tanta naturalidad, que diríase que éste es el camino obligado de su realización. En su casi ingenuidad infantil, en su innata inocencia, no puede pensar que el camino que sigue sea extraordinario. Nunca pensó que él fuera la causa y el agente de tantas maravillas y prodigios. Porque Fray Martín tuvo conocimiento sobrenatural de los acontecimientos y penetración de las cosas ocultas, poseyó el don de profecía y de la sutileza, siendo capaz de penetrar en lugares cerrados, sin abrir la puerta.

También por voluntad Divina poseyó otros dones asombrosos: el de la ligereza, que le permitía recorrer grandes distancias en un momento, y el de la invisibilidad, cosas ambas que fue capaz de comunicar a otras personas.

Y todo ello, no nos cansaremos de repetirlo, porque su humildad y su gran inocencia no le deja pensar que es capaz de tales prodigios. Tiene una visión infantil de las cosas. No se sorprende, como no se sorprenden los niños de las más extraordinarias maravillas, porque en su espíritu lo creen la cosa más natural del mundo.

Su humildad fue heroica, fundamento de todas las demás virtudes. Su caridad, inagotable, ya que alcanzó incluso a los irracionales. Su paciencia, imperturbable, basada en su gran humildad sin que las censuras e incomprensiones que tuvo que soportar, alterasen su sonrisa. Su obediencia, admirable, ya que murió obedeciendo. El conocimiento que tenía de su propia bajeza le protegía.

Este era Fray Martín de Porres, el mulato de Lima, que realizó los más portentosos milagros con tal naturalidad que diríase que era el camino simple y obligado de su sencilla existencia. Sus actos fueron sumamente sencillos, y la vida que llevó nunca se salió de lo ordinario. Lo extraordinario le llegaba de lo Alto, del supremo Hacedor.

Hábito dominicano,
aumenta tu penitencia,
es extrema tu obediencia,
sufres el insulto humano;
si te alaban, es en vano
que es opuesto a tu humildad.

Oración

Oh, San Martín de Porres, interponed vuestra poderosa intercesión ante el divino Señor y alcanzadnos a cuantos admiramos la sublimidad de vuestras virtudes, el favor de imitaros para que así logremos la dicha de disfrutar de las bendiciones de la gracia. Y en prenda de que son escuchados estos nuestros ruegos, otorgadnos el consuelo de ver remediadas las necesidades que con todo fervor y plena confianza encomendamos a vuestra intercesión. Así sea.

Con cariño, a Fray Martín, santo sencillo y bueno. Para que algún día aprendamos a ser como tú.

Enlace relacionado: Fray Martín, el “enfermero” de almas

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¿Quiénes son todos los Santos?

¿Quiénes son todos los Santos?
Son, ni más ni menos, aquellos
que en la Montaña de las Bienaventuranzas
encontraron y renovaron, una y otra vez,
su pasión y su carnet de identidad. 
Los que, abriendo la ventana de su corazón,
permitieron que entrase la luz divina y, con esa luz eterna,
agradar totalmente a Dios sin olvidar a las personas.
Son, esos hermanos nuestros que, sin hacer cosas extraordinarias,
fueron grandes por su inmensa sencillez;
en la oscuridad, nunca se cansaron de buscar al Señor
y en la luz del mundo nunca lo dejaron perder.

¿Quiénes son todos los Santos?
Son aquellos y aquellas que fueron fieles al Señor
sin doblegarse o arrodillarse a los pies de otros dioses.
Los que, en el sufrimiento, nunca se acobardaron
y, en el éxito, no quisieron dar la espalda al Evangelio.
Los que, ante la injusticia, eran altavoz de los que no tenían voz
o los que, ante la pobreza, sabían sembrar a Dios como riqueza.

¿Quiénes son todos los Santos?
Tal vez los que, sin levantar mucho ruido,
hicieron un bien inmenso en tantos hombres y mujeres del mundo.
Aquellos que, en la soledad, acompañaron con horas sin término.
Los que, obligados a renunciar a su fe, prefirieron el martirio.
Los que, enmudecidos por muchos intereses, nunca callaron.
Los que, presionados por la hostilidad, sólo predicaron la paz.

¿Quiénes son todos los Santos?
Son los que, lejos de dejarse seducir por la palabrería barata,
se dejaron llevar por la Palabra de Jesucristo.
Son los que, tentados por los mil sabores de la tierra,
no quisieron jamás apartarse del alimento del cielo: la Eucaristía.
Son los que, perseguidos por proclamar la verdad,
se crecieron y fueron fuertes hasta el último instante de sus vidas.
Son los que, además de amar con pasión la creación,
nunca olvidaron que, Alguien, era su Creador.

¿Quiénes son todos los Santos?
Son los que pretendieron un mundo diferente,
atravesado por la estrella de la fe e iluminado por el Espíritu Santo.
Los que esperaron y soñaron con Dios como recompensa final.
Los que, sin ser entendidos ni comprendidos,
han sido recibidos con un abrazo gratificante en el cielo.
Los que, con su vida y en su vida, por su vida y desde su vida,
quisieron y disfrutaron llevando a Dios
hasta lo más hondo de su existencia.

Esos son… nuestros santos.

Javier Leoz, Sacerdote Diocesano de Pamplona (Navarra).

* * *

Enlace de interés: Nuestros santos de Canarias

Beato John Henry Newman (Cardenal Newman): de las sombras a la luz

Guíame, Luz amable

Guíame, Luz amable,
entre tanta tiniebla espesa:
guíame hacia adelante.

Oscura es la noche
y mi morada aún está lejos:
guíame hacia adelante.

Guarda mis pasos;
no te pido ver confines ni horizontes,
porque un solo paso seguro me basta.
Antes, no pensaba así, ni te dirigía mis oraciones:
guíame hacia adelante.

Me complacía elegir yo sólo el camino;
pero ahora guíame Tú.

Me complacía la luz del día
y sin temor alguno anteponía el orgullo:
no guardes, te ruego, cuenta del pasado.

Desde hace mucho tiempo has estado cerca de mí;
y por ello puedo decir una vez más:
guíame hacia adelante,
por entre ciénagas y pantanos,
entre precipicios y arroyos,
hasta que haya pasado la noche.
Al amanecer,
aquellos rostros de ángeles volverán a sonreír;
ellos, a quienes amé
y por desgracia con el pasar del tiempo, perdí.

         Versos de su poema “La Columna de nube”.

Dios cuida de ti

Dios te quiere, Dios cuida de ti, te llama por tu nombre.
Te ve y te comprende tal y como te hizo.
Sabe lo que hay en ti,
todos tus sentimientos y pensamientos propios,
tus inclinaciones y preferencias,
tu fortaleza y debilidad.

Te ve en tu hora de alegría
y en la hora de tu infortunio.

Conoce tus esperanzas
y se compadece de tus tentaciones.

Se interesa por todas tus ansiedades y recuerdos,
por todos los momentos de tu espíritu.
Te envuelve y te sostiene con sus brazos.

Nunca te olvida,
tanto cuando ríes como cuando lloras.
Cuida de ti con amor.
Escucha tu voz, tu respiración,
los latidos de tu corazón.

* * *

“Ex umbris et imaginibus in veritatem”: De las sombras y las imágenes pasó a la Verdad.

Oración

Oh Dios que diste al Beato John Henry Newman, sacerdote,
la gracia de seguir tu amable luz y hallar la paz en tu Iglesia;
concédenos, por su intercesión y ejemplo,
que podamos pasar de las sombras y las imágenes
a la plenitud de tu verdad.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
un solo Dios, por lo siglos de los siglos. Amen

(Fuente de la oración: Hispanismo.org)

Aunque el fallecimento del Beato Cardenal John Henry Newman —converso del anglicanismo— se produjo el 11 de agosto de 1890, su fiesta se celebra el 9 de octubre: día de su conversión al catolicismo (9 de octubre de 1845).

Enlaces recomendados:

John Henry Newman, profeta de la Verdad católica

Asociación Amigos de Newman

A la Virgen del Rosario (plegaria)

A la Virgen del Rosario
(Plegaria)

A tus plantas hermosas
llegué otras veces,
uniendo bellas rosas
y humildes preces,
que entonces era
un camino florido
mi primavera.

Hoy no traigo otra ofrenda
que fe y amores,
que esta vez en mi senda
no encuentro flores,
pues la fortuna
las agostó a mi paso
una por una.

Dame Tú, Madre mía,
con que adornarte
cuando vuelva otro día
mi fe a buscarte;
con tu permiso
florecerá la tierra
donde yo piso.

Y pues siempre he buscado
yo mis consuelos
en tu manto azulado
como los cielos,
da sin tardanza
alientos que reanimen
a mí esperanza.

No olvides, Virgen pura,
que has ofrecido
endulzar la amargura
del que afligido
va al santuario
para besar las cuentas
de tu rosario.

                Concha Espina de Serna.

* * *

Tu Orden la he encomendado a mi Madre

Imagen ilustrativa: Nuestra Señora del Rosario de la Villa de Agüimes (Foto: José J. Santana)

Témporas de acción de gracias y de petición

Las Témporas son días de acción de gracias y de petición que la comunidad cristiana ofrece a Dios, terminadas las vacaciones y la recolección de las cosechas, al retomar la actividad habitual. En España, la celebración de las Témporas se limita a un día: el 5 de octubre.

Himno

Gracias, Señor, por esta agua que llega
del aire hasta los campos, hasta el bosque y el huerto;
gracias por tu palabra que riega este desierto
del alma, prometiendo las horas de la siega.

Gracias por tanta gracia, tanta cuidada entrega,
por el sol que calienta este corazón yerto;
gracias por estas flores primeras que han abierto
ojos de luz a tanta claridad honda y ciega.

Gracias porque te he visto latiendo en los bancales,
favoreciendo, urdiendo los tiernos esponsales
del verdor con la tierra, la rosa con la rama.

Gracias porque nos enseñas a ser en lo que era,
al olvidar mis estiajes en esta primavera;
gracias porque es llegado el tiempo del que ama.

Amén.

* * *

Enlaces recomendados:

Las témporas de acción de gracias y de petición

Evangelio del día: “Pedid y se os dará”. Témporas de acción de gracias y petición

 

Santa Teresa de Lisieux (Santa Teresita del Niño de Jesús)

Quiero pasar mi cielo haciendo bien en la tierra

Nació en Alençon (Normandía, Francia) el dos de enero de 1873. Fue la mayor de las cinco hijas de los esposos Luis Martin y Celia Guerin. Inteligente y sumamente tierna, escribe: «Si no hubiese sido educada por padres virtuosos, hubiera llegado a ser muy mala y tal vez perderme eternamente». Más tarde, visitando el Carmelo de Lisieux sintió la llamada divina en su alma. A causa de su poca edad y de una grave enfermedad, no podía lograr su deseo. En su habitación la imagen de la Virgen “le sonrió, recuperando milagrosamente la salud. En 1887, delante de León XIII, arrodillada y bañada en lágrimas pidió ser admitida al Carmelo. Al poco tiempo de morir su madre se cumplieron sus deseos, ingresando en las benedictinas de Lisieux el 9 de abril de 1888. Llevó una vida de amor y heroico sacrificio, mereciendo durante toda ella el elogio que recibió una vez: No hizo ninguna cosa extraordinaria, pero todo lo hizo extraordinariamente bien. Únicamente sentía un deseo: ¡Amar a Jesús hasta la locura! Teresita se entrega como ofrenda al cuidado de los pobres y necesitados, siguiendo con humildad su caminito espiritual que ya claramente tiene trazado hacia el cielo: «El amor se paga nada más que con amor, mi misma debilidad me da valor para ofrecerme como víctima a vuestro amor». Pasó diez años dentro de la clausura y su salud no tarda en resistirse. Enferma de tuberculosis, en una larga noche de santa expectación dolorosa, sólo en el corazón de Santa Teresita florece la paz. En su lecho de dolor pronunció estas proféticas palabras: «Sólo amor he dado a Dios durante mi vida, y sólo amor me devolverá el Señor. Después de mi muerte derramaré una lluvia de rosas». Murió el 30 de septiembre de 1897.

* * *

“La vida es con frecuencia pesada. ¡Qué amargura, pero también qué dulzura; Sí, la vida cuesta; es penoso comenzar un día de trabajo; tanto el débil capullo como el hermoso lirio lo han experimentado. ¡Si al menos se sintiese a Jesús…! ¡Oh, con qué gusto se haría todo por El! Pero no. El parece estar lejos… estamos solas con nosotras mismas. Oh, la enojosa compañía cuando Jesús está ausente!

¿Pero qué hace, entonces, este dulce Amigo? ¿No ve nuestra angustia, el peso que nos oprime? ¿Dónde está, por qué no viene a consolarnos puesto que no tenemos otro amigo que a El? ¡Ay…! El no está lejos, está muy cerca y nos mira; y nos “mendiga” esta tristeza, esta agonía… El la “necesita” para las almas, para nuestra alma: ¡Quiere darnos tan bella recompensa! ¡Sus ambiciones para nosotras son tan grandes…!

…¡Oh, qué destino! ¡Qué grande es nuestra alma! ¡Elevémonos por encima de la tierra! Más arriba el aire es puro. Jesús se esconde, pero se le adivina adivina… Derramando lágrimas se le enjugan las suyas, y la Santísima Virgen sonríe. ¡Pobre Madre! ¡Ha sufrido tanto Ella por causa nuestra! Justo es que nosotros la consolemos un poco llorando y sufriendo con Ella…”.

(Extracto de una carta de Santa Teresa de Lisieux a su hermana Celina, Sor Genoveva de la Santa Faz).

Oración

¡Oh Santa Teresita del Niño Jesús, modelo de humildad, de confianza y de amor! Desde lo alto de los cielos deshoja sobre nosotros esas rosas que llevas en tus brazos: la rosa de humildad, para que rindamos nuestro orgullo y aceptemos el yugo del Evangelio; la rosa de la confianza, para que nos abandonemos a la Voluntad de Dios y descansemos en su Misericordia; la rosa del amor para que abriendo nuestras almas sin medida a la gracia, realicemos el único fin para el que Dios nos ha creado a su Imagen: Amarle y hacerle amar Tú que pasas tu Cielo haciendo bien en la tierra, ayúdame en esta necesidad y concédeme del Señor lo que Te pido si ha de ser para gloria de Dios y bien de mi alma. Así sea.

Enlace recomendado: La Basílica de Santa Teresita

Al Santísimo Cristo de Tacoronte (Plegaria)

Plegaria

¿Te vas, señor?
Parece que caminas
levantando tu cruz como bandera.
Caudillo, adelantado, que nos hablas
de luchas y de guerras.

Espera que te hable…
Que he venido
a contarte mis penas…
A pedir por aquellos que no piden…
Que de tí no se acuerdan,
hasta que ven muy cerca la desgracia,
o la sombra fatal, tétrica y negra
del infortunio roza sus mejillas;
o en sus tapias acecha
la segadora del caballo ciego
y la guadaña intrépida…
La que corta las flores más altivas
y las flores modestas.

Por los que alguna vez vienen a verte
y te saben rezar a su manera,
yo te pido, Señor,
el de la cruz en forma de bandera.

Por los que un sol de invierno ha calcinado
y fascina la voz de la sirena.
Los que no ven la luz de un cielo claro
por no elevar sus ojos de la tierra.

Por los que ignoran que esta vida es paso
y ruta a las estrellas.
Los que no ven la espina entre la rosa
ni la marcada huella
del reptil por el polvo menudito
de la vereda estrecha.
Los que no oyeron en su blanca cuna
una canción de nardos y azucenas.
Por los que llevan el amor oculto
en un mar de tristezas.
Por los que llegan sólo para verte
y no pasan tus puertas,
porque les da pavor esa mirada
que a mí me infunde amores y clemencia…
Por todos, que son hijos de tu sangre.
Por todos mi plegaria.
Tu bandera.
Capitán de un ejército ecuménico,
en marcha está.

¡Alerta!
Y ya sabemos que el vivir es eso:
¡Vivir es dura guerra!

                 A. Ureña, Salesiano.

Festividad de San José de Cupertino, fraile franciscano conventual

San José de Cupertino, fraile franciscano conventual

La familia religiosa del Seráfico padre San Francisca de Asís, en la rama más antigua de su primera Orden, llamada de Menores franciscanos conventuales, celebra la fiesta de este santo, singular premio por sus virtudes —humildad y paciencia ante las humillaciones y los fracasos— y por los dones que recibió del Señor. Nació José María Desa el año 1.603, en la localidad italiana de Cupertino, de la provincia de Lecce, de padres pobres y religiosos que educaron a su hijo en el santo amor a Dios. En su deseo de ofrecerse al Señor, intentó ingresar en la religión capuchina, más hubieron de despedirlo por su ineptitud para los oficios; no desistió el joven y solicitó su ingreso entre los padres conventuales, quienes movidos de la bondad del postulante, le admitieron como hermano lego. Más tarde, a causa de su excelente comportamiento y por especial disposición del Señor, le hicieron estudiar y a los 25 años se ordena sacerdote. Sus virtudes, los favores que recibía del cielo y otros prodigios  —arrobado de éxtasis, levitaba a grandes alturas— hacían que la gente acudiera, a su pesar, en tropel a venerarlo. Más de sesenta fueron los éxtasis públicos, con la particularidad de que cesaban a la voz de la obediencia. Su paciencia era inagotable, ya que muchos le atacaban por su sencillez, por su humildad y por su extremada pobreza; y vivió muchos años con grandes tribulaciones, de las que le libró después el Señor, llevándolo al descanso eterno desde Osimo el 18 de septiembre de 1663, cuando contaba sesenta años. Sus últimas palabras fueron para la Virgen: Monstra te esse Matrem: Muestra que eres mi Madre. Contaban los frailes que aquel perfume milagroso que indicaba su presencia en los conventos se difundió en ese momento y duró muchos años. Conocido como “el santo volador” es, además, considerado patrono de los estudiantes, pues sus oportunas invocaciones a la Virgen le bastaban para lograr prodigios de sabiduría en los exámenes.

* * *

Protector de los examinandos 

Vivió San José de Cupertino en el siglo XVII (1603-1663). Joven todavía, y vencidas ya no pequeñas dificultades motivadas por su escasísima aptitud para las letras, fue admitido en calidad de lego en la Orden de Franciscanos Conventuales y destinado inmediatamente al convento de Santa María della Grotella, cuyos religiosos diéronse muy pronto cuenta del gran tesoro que Dios les había confiado, que a las reiteradas y a las justas instancias de ellos debió el Santo la singular merced de ser admitido entre los religiosos del coro, a pesar, según hemos dicho, de su poca disposición para el estudio.

Por su parte, haciéndose cargo el joven Religioso de sus nuevos deberes de estudiante, dióse con ánimo esforzado a observarlos, y después de mucho trabajo y diligencia pudo penetrar algo en el conocimiento del latín y aun a traducir con seguridad aquel fragmento del Evangelio, donde, entre otras cosas, se leen aquellas tan conocidas palabras: Beatus venter qui te portavit.

Preparado de esta suerte y puesta toda su confianza en la Santísima Virgen presentóse para recibir el Diaconado, siendo de advertir que la primera clerical tonsura, las cuatro Órdenes menores y el subdiaconado los recibió sin previo examen, atendida su pura santidad. Era el señor Obispo de Nardó, D. Jerónimo de Franchi, quien debía conferirle tal Orden, y lo hubiera realizado pasando por alto el requisito del previo examen, a no habérselo recordado uno de los que le acompañaban. Por este motivo se dispuso aquel Prelado a cumplir los sagrados Cánones, y a tal fin abrió al azar el libro de los santos Evangelios, señalando como materia para el examen el pasaje que tan providencialmente se había ofrecido, esto es, el único ya citado, que el Santo conocía con perfección. Tradújolo el humilde religioso y lo comentó luego con tan santa maestría, ponderando las excelencias de la Virgen, que dejó al Obispo sumamente satisfecho y admirados a los demás presentes.

Pero mayores y hasta humanamente insuperables eran las dificultades con que parecía haber de tropezar para recibir el Presbiterado, pues, dada la fama de riguroso que tenía el señor Obispo de Castro, Don Juan Deti, era de temer que por esta vez saliese mal parado el Santo, y esto le habría sucedido a no contar con la protección y amparo de la Santísima Virgen, la cual le infundió tal ánimo que se presentó con toda confianza a exámenes en compañía de otros ordenandos de su Instituto muy aprovechados en ciencias divinas y humanas. Preguntó el señor Obispo a varios de los mismos con el rigor que acostumbraba, y deduciendo, luego, de la notoria aptitud de los ya examinados la de los que quedaban todavía por examinar, entre los cuales estaba San José de Cupertino, dejó de preguntar a estos últimos, dándose por satisfecho de todos.

Pedro Mártir Bordoy i Torrents

Oración

Querido Santo, purifica mi corazón, transfórmalo y hazlo semejante al tuyo, infunde en mí tu fervor, tu sabiduría y tu fe. Muestra tu bondad ayudándome y yo me esforzaré en imitar tus virtudes. Gloria…

Amable protector mío, el estudio frecuentemente me resulta difícil, duro y aburrido. Tú puedes hacérmelo fácil y agradable. Esperas solamente mi llamada. Yo te prometo un mayor esfuerzo en mis estudios y una vida más digna de tu santidad. Gloria…

Oh Dios, que dispusiste atraerlo todo a tu unigénito Hijo, elevado sobre la tierra en la Cruz, concédenos qué, por los méritos y ejemplos de tu Seráfico Confesor José, sobreponiéndonos a todas las terrenas concupiscencias, merezcamos llegar a El, que contigo vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.

San José de Cupertino, por José María Feraud

Nuestra Señora de la Soledad de la Portería, leyenda dorada

Mas, entre tantas Imágenes de Soledad existentes en las Islas, resalta y tiene encanto especial la del Convento de San Francisco de Las Palmas, conocida con el nombre de Virgen de la Portería.

El origen de esta Imagen lo encontramos también arropado con una leyenda delicada, que, de padres a hijos y de boca en boca, ha llegado hasta nosotros.

Cuentan, que, allá por los años de la conquista de Gran Canaria, se paseaba, por el puerto de la ciudad de Cádiz, una señora enlutada, con una pena profunda en su alma resignada. Buscaba embarcación para la isla recién conquistada, porque quería hacer llegar a los Padres Franciscanos de la misma un encargo misterioso.

Ella, con rostro suplicante, se dirige al capitán de unas de las naves, que estaban prontas a zarpar. Mas el patrón, lleno de altivez y sin hacer caso a la petición de la señora, suelta las amarras de su barco y se hace a la mar. Y comienza a navegar rumbo hacia el sur. Pero de pronto, Y de un modo inesperado, le sorprende una tormenta y se ve obligado a volver al puerto, de donde había salido.

Por segunda y muchas veces más vuelve a hacerse a la mar, y otras tantas tiene que refugiarse, porque nuevas tormentas le obligan a ello.

La señora enlutada insiste en su petición; y el marino, ya sin la altivez de antes, acepta en su nave el embalaje. Recibirlo y cesar los obstáculos a la navegación, todo fue uno.

A los pocos días el marino, – tranquilo, como el mar, arriba al puerto de las Isletas con toda felicidad. A toda prisa se encamina al Real de Las Palmas y entrega su encargo al Convento de San Francisco.

En presencia del Guardián, Discretos del Convento y de los hombres de la mar, se abre el baúl del misterio. Y ¡oh sorpresa!, aparece, ante las miradas de todos, una Imagen de María; y comprueban con sus propios ojos, como ella tiene la misma cara, los mismos vestidos de luto, y hasta la misma pena de aquella señora enlutada, que días atrás se paseara por el puerto de Cádiz.

¡Era la Virgen de la Soledad, o de la Portería, del Convento de San Francisco de las Palmas!

Veracazorla. B.O. Diócesis de Canarias, 1981

* * *

Soneto a la Virgen de la Soledad

Pasas muda, florosa y enlutada;
y al ver esa piedad con que me miras
sé que ruegas por mí y por mí suspiras;
por mí, que soy ceniza, polvo, nada.

Dame tu llanto lágrima sagrada,
para salvarme del mundo y sus mentiras.
Yo, pecador, hallo en la fe que inspiras
un consuelo a mi alma atormentada.

El Dolor es contigo, y me arrepiento
de ser causa de él, por tener parte,
pues soy hombre y culpable en el delito
de alzar la cruz, y en mi interior la siento.
Mas su signo se trueca en mí baluarte
y tu dolor está en mi cruz inscrito.

                          Luis Benítez Inglott

Dedicada a la Santísima Virgen de los Dolores

Al Pie de la Cruz.
(Dedicada a la Santísima Virgen de los Dolores)

I

Venid en derredor, cercadme todos,
Mirad al Hijo tierno mármol frío,
Y entre los varios modos
Con que el pecho combate al albedrío.
Decid, ¿dónde hay un dolor igual al mío?

Su sangre es leche mía, sus entrañas
Entrañas mías son ¿quien tal dijera?
¡Ay! ¿cómo al alma extraña
Podrían ser las penas que sufriera
Aquel por cuya vida miles diera?

Torno los ojos sin su luz perdidos
Que mi sol se anubló ¡tristes amores!
Si al cielo fueron idos.
Coronada de espinas, flor de flores,
Virgen y madre soy, más de dolores.

De aquí no apartaré la planta esquiva
Hasta quererlo y ordenarlo el Padre,
Sea yo mientras viva
La efigie del dolor para que cuadre:
“No hay un amor igual al de una madre”.

Dijo María, y con pesar profundo
Muda, a sus pies lloró la humanidad:
¡Oh! ¡cuán cara ha costado siempre al mundo
La inestimable luz de la verdad!

Amargura del mar, mar de amarguras
Dice a todos tu santo y dulce nombre;
Más por eso entre tantas criaturas
Mereciste ser madre del Dios-hombre.

Lágrimas mil mas puras que el rocío
Tu herido corazón tierno manó;
Más, ¡cuántas almas del averno impío
Cada gota de aquellas rescató!

Si una madre no acepta ya consuelo
Cuando vela el sepulcro de su amor,
Temple al menos tu pena en este suelo
Ver los hijos que engendra tu dolor.

Veelos unidos…. tu piedad imploran
Porque amaron también, y en este día
Recuerdos de su amor perdidos lloran
Juntando su dolor al de María.

Helos todos aquí que al Hijo amado
Con inefable afán ruegan y admiran;
Más al tocar tu pecho desgarrado,
¡Ya no pueden orar…. solo suspiran!

II

“Amad y perdonad”: Jesús lo dijo
Y de amor y perdón nos dio el modelo
Cuando en sufrir prolijo
Tras descender cual hostia desde el cielo,
Por nuestro amor no más murió en el suelo.

Pues no saben lo que hacen, exclamaba,
Padre mió, perdónalos te pido:
¡Ah! con ello enseñaba
Que el Justo de ignorantes ofendido,
La injuria debe dar siempre al olvido.

Se estremece la tierra adolorida
Mientras el árbol de paz firme se ostenta
Cual roca combatida:
Así vence la Iglesia a la tormenta
Que a los pueblos sacude y amedrenta.

Turbado el sol en convulsión tan fuerte
Viste por luto fúnebre capuz;
Más, ¡cuál es nuestra suerte!
Pío temáis si del sol muere la luz,
Que otra eterna ha nacido de la cruz.

Si aurora sin ocaso blanda hiere
Los ojos en el vicio adormecidos,
Un día el que creyere,
Con los ojos del alma enaltecidos
Verá al sol de justicia entre escogidos.

Y las nieblas del mal que al orbe entero
Amagaron cubrir, temerá en vano
Cuando al fulgor primero
Que su imagen tomó del Soberano,
Torne el destino del linaje humano.

Si el hierro al sauce hiere, aun más pomposo
Extiende a su placer tallos y sombra;
Tal el mártir glorioso
Con sentir en su cuerpo mal que asombra
Extiende más y más la fe que nombra.

Árbol a cuyo pie, si herido, fuerte,
Reúnes hoy la humanidad perdida
En busca de su suerte;
La palabra de Dios está cumplida,
Un árbol dio la muerte, otro da vida.

Mas, ¡ay! que entre tus vástagos lozanos
Tinta en llanto de sangre tan preciosa,
Por nuestra culpa, hermanos,
Está de Jericó la blanca rosa,
Triste como el dolor, cual él hermosa.

¡Ah! Madre virgen, si entre mil dolores
Ves cual hombre morir al Dios que admiran.
Perdonen tus amores
A estos hijos que al verte cual le miran.
Como amaron también, también suspiran.

                                 C. Pascual y Genís.

Imagen ilustrativa: “A tus plantas”, pintura a acuarela y tinta china del artista Domingo J. Cabrera.