Humildad

Humildad

Porque lo dice un poeta aceptamos su verso:
“Gran sabiduría es la humildad”.
No es moneda apreciada
ni gema apetecida esta digna virtud.
Por el contrario,
parece despreciable, cargada de complejos,
que no va con los tiempos ni con la condición
de triunfo, alarde y éxito.
En una sociedad ávida y competitiva
refulge el prepotente, domina el altanero,
avasalla el soberbio, somete el arrogante.
Sin embargo, y al fin, produce pena
la vana fatuidad del orgulloso.
Humildad es verdad. Y verdad es
la frágil y prestada condición de ser hombre.

                              José Luis Gago

* * *

Carta de Fray Martín a los enfermos (Padre José Luis Gago, O.P.)

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Homenaje lírico a las manos de Luján Pérez

Homenaje lírico a las manos de Luján Pérez

He aquí la huella luminosa
que han dejado tus manos sobre el tiempo
macerado de sombra y de ceniza,
cuyos lebreles fuiste acariciando
allá en la almena azul, sobre el adarve
de tu puro equilibrio incompartido.

Si otras manos, del agua, de la luz o la flor,
del fulgor de unos ojos, de la nieve o la bruma;
si otras se enamoraron de la tierra o la brisa
y fueron gubia o rosa, estrella o río,
las tuyas congregaron en un solo
haz de temblor de cada cosa viva,
el redondo racimo en que florecen
todas las savias juntas, el acorde
final donde convergen y se funden
y se hacen una sola las espumas
de todas las más altas sinfonías…
Luján: tus manos fueron río y rosa,
buril y estrella, corazón y llama.
Y sobre todo, mar; mar anchuroso,
pleamar de ambiciones infinitas,
pleamar sin orilla, como tu mismo sueño;
supremo altar de todas las ofrendas
y de todos los salmos con que el hombre
enaltece el amor.

Y ama la vida.
Y canta al hombre. Y le habla. Y allá en lo más recóndito
de su carne descubre fibras que aún no han vibrado,
porque la sangre tiene secretos que él ignora.

He aquí esta noble huella irrepetible
de tus dos anchas manos, barrocas manos tuyas,
cinceladoras de águilas y nubes,
alfareras de lágrimas de Vírgenes dolientes
y de Cristos exánimes, clavados
en el recio estertor de la madera;
hilanderas del íntimo silencio
que traspasa tus pulsos
como un viejo hontanar latiendo en tu nostalgia,
mitigando la sed
de tanta incertidumbre alucinante
que danza en tomo a tu verdad desnuda.
Tus manos ahí están, como dos frescas pomas
tentándonos los labios con su roja tersura;
como palomas trémulas soñando
Inéditos paisajes sin frontera;
mostrándonos. Luján, la sutil geometría
—no viene en nuestros textos anticuados—
de tu vuelo invisible que, de pronto,
se vuelve asombro de universos nuevos.
Tus manos ahí están,
atezadas de soles que no caben
más que en ellas, de soles que se han hecho
cárdeno contraluz en tus caminos
sembrados de divinas amarguras,
de soles que hoy son pátina encendida
sobre el viejo relumbre de tus tallas:
el mejor patrimonio de esas manos
avezadas de siempre al sortilegio
de todo lo imposible, que es lo tuyo.
Taumatúrgicas manos
que, por costumbre, sin querer, volvían
las piedras, pan; la soledad, belleza.
Manos, Luján, las tuyas,
enamoradas de la vida, blondas
colmenas de su miel
que, al ser tanta, la fueron derramando
a recios borbotones porque todos
supieran a qué sabe, qué esmeraldas
guardabas en el cofre de tus huesos.

Manos de nardo y luz: oh, manos olorosas
y ardientes como el sol de esta tierra fecunda,
de esta Santa María de Guía, en cuyo seno
abrió el ventalle de su luz la rosa
de tu sueño en escorzo de altos soles,
a la sombra amical de las tres Palmas,
Manos de honda pasión, de insomne brega,
como cuarzos de angustia esperanzada
entre las rocas lentas de un destino
que ellas mismas domaron,
como tu gubia el corazón
de esas tallas heridas
por las trémulas alas de tu milagro puro.
Manos de soledad madrugadora,
de afán irrepresable, de pertinaz abrazo,
de torrencial tesón sobre la artesa
donde fuiste amasando, instante a instante,
sin posible reposo, esa armonía
de tus rebeldes trigos interiores,
hechos pan mucho antes de que tú los pensaras,
para ofrecemos sobre tus cordiales manteles
con su gozo el perfume de tu vino jocundo.
Manos de paz, acariciando el hombro
de este barro que envuelve nuestra prisa;
manos de paz sembrando paz en nuestra besana
con tanta sed de mieses y amapolas,
con tanto insomnio de sentirse lumbre
para sentirse llama entre el rescoldo
donde aún vibra el fulgor de nuestra sangre.
¿Quién te las dio, Luján? Di: ¿quién te puso
tanta luz en las manos, tanto vértigo
de la luz entre ellas, que aún parece
como si camináramos a tientas,
porque sigues teniendo acaparada
toda la luz del mundo y nos deslumhras
y estremeces, de tanto poderío,
nuestra vieja retina bordadora
de tus encajes únicos?

¿Qué nuevo Prometeo,
desde tu origen ya, supo fijarse
en ti, signando tu señera frente,
dejando en el icrisol egregio de tus manos
ese fuego sagrado de la inmortal Belleza
que arrebató del cielo y que no a todos
es dado recibir?

Fuiste elegido
como lo fue Rodín o Miguel Ángel,
Salzillo o Montañés: manos orfebres,
anchas manos perfectas las de ellos y las tuyas,
dueñas de todos los arcanos
del tacto y de la forma,
de la honda vibración, del sonoro latido
de la luz, de esa luz que no envejece
ni os deja envejecer.

Con ellos diste
vida inmarchita al claro santoral
de tu imaginería innumerable
que ha de entonar, ya siempre,
con ardor renovado,
himnos de júbilo y amor
a esas dos manos creadoras
que le insuflaron el rotundo aliento
de las criaturas vivas y perennes.

Todo —no sólo el Arte— sin usura
te lo brindó la copa de los dioses:
la poderosa inspiración del genio
que habita sólo las más altas cumbres,
la inmensurable gloria que tuviste
sometida a tus pies, todo el prestigio
de tus dos manos, cráteras de tu insigne vendimia.
Y el generoso don de tu vida fecunda,
estrella impar con muchos años-luz,
más que muchas estrellas.
Por eso vivirás, mientras palpite
la euritmia de tus manos; mientras perdure, intacta
como una impronta de tu sombra inquieta,
la huella que dejaste sobre el tiempo…

           Cipriano Acosta Navarro

* * *

Enlace de interés

Un puente entre dos siglos: José Luján Pérez (Graciela García Santana. Memoria digital de Canarias)

Crucifixus Pro Nobis!…

Crucifixus Pro Nobis!…

A tus llagas, Amor crucificado,
vengo arrastrando la fatal cadena
de la culpa mortal que eterna pena
sobrado merecí. Pero a tu lado,

que sangre al darme vida has derramado,
solicito perdón. Da tu serena
mirada sobre mí, que todo llena
de energía vital. Regenerado

tomaré nuevo ser. ¿Que en mi locura
insensato rasgué tu pecho amante?
¡Perdóname, Jesús! En un instante

podré resucitar a nueva vida
si con mínima gota de dulzura
tu corazón divino me convida.

¡Heme a tus pies, oh Dios de lo infinito!
Recúbrame tu égida,
para siempre olvidando mi delito!

        Pedro Marcelino Quintana
“Antología Poética del Licenciado Pedro Marcelino Quintana”.

Getsemaní

Getsemaní

Sintiendo Cristo místicos anhelos
de consumar su redentor destino,
¡solo! ante el cáliz del acerbo vino
hacia las alturas demandó consuelos.

¡Si agonizáis en trágicos desvelos
si con sangre regáis vuestro camino
seguid la estela ideal de aquel divino
gemido humano que escaló los cielos!

Ven pobre amigo, mi doliente hermano,
ven tú que tiemblas de dolor y frío
al huerto de mi fe, dame tu mano.

Y en esta noche mística y serena,
de rodillas los dos, junto a tu pena,
ve diciendo conmigo: ¡Padre mío…!

             Ignacia de Lara M. (1933)

Imagen ilustrativa: La Oración en el Huerto Hacia 1754. de Corrado Giaquinto. (Museo del Prado).

Jesús en quien creo

Jesús en quien creo

Creo en el Jesús humano
humilde niño de Nazaret,
que entre olor a madera y dulzura filial
supo descubrir el amor del Padre
a la humanidad.
Amor que despertó su vida,
en el amanecer del Reino que llegaba,
al descubrir en cada hombre y mujer
la grandeza del Dios encarnado.
Es mi Cristo de pies morados
de tanto pasar frío;
pero que a la vez
están rojos de la pasión andada
por el hombre y sus caminos.
Es Jesús de silencios;
de sintonía con el Padre.
Rostro que hoy se repite,
en todas las gentes del mundo;
pues mi Cristo, es universal.
Rostro que hoy siento y veo
desfigurado como aquel día en la cruz.
Es mi Cristo en el llanto
del niño abandonado.
En los ojos clavados,
del emigrante en el mar.
En la voz femenina que aclama como María,
su Magníficat de Justicia e Igualdad.
O los surcos abiertos del obrero,
esperando su jornal.
Este es mi Jesús.
Eso y más es su identidad;
porque en cinco letras cabe
todo un hombre y mucho más.
Dios silente y escondido,
como plegaria suave al mar;
que te invita a entregarte
a su ritmo;
que te atrapa en libertad.
Que solo espera, a que tomes tu cruz,
para hacerte resucitar.

         Max Echevarría Burgos, SJ

A Jesús (poema)

 A JESÚS

Gracias por este momento
por haberme traído temprano a tu cita.
Encontrarte a Ti, es más difícil
que apoderar tesoros en la tierra.
El tenerte…
es la alegría de bastarse solo,
y de solo dar, y no esperar del mundo
de consultar contigo cada día
qué luz debo seguir en mi sendero.

En un profundo silencio tú te encuentras.
Y sólo en el silencio puedo oír tu voz,
con qué profundidad hablas a mi alma
con qué profundidad le dices que es de Dios.
Con qué alegría recibo tu silencio.
Con qué alegría recibo tu mensaje.
Con qué alegría mi alma se levanta
a caminar como tú se lo mandes.

De la sombra que mi cuerpo proyecta,
nunca te apartes.
Jesús, nunca te apartes.
Nunca. Nunca te apartes.

Regina Quintana, de “Un encuentro contigo”.

¡Señor…!

¡Señor…!

Sabes, Señor, que siempre he querido yo amarte.
Sabes, Señor, que nunca he querido ofenderte.
Sabes, Señor, que a veces he temido perderte.
Sabes, Señor, que siempre soñé con encontrarte.

De la vida en el sendero,
sin amigos y olvidado,
mi cabeza he reclinado
en el hombro consejero
de mi Jesús adorado.
¡Qué pláticas deliciosas
aquéllas de entre los dos!
¡Qué grato perfume a rosas,
perfume digno de un Dios!

En el tranquilo silencio de tu retiro
todo lo que me agobiaba en el camino
lo he aprendido.

Sólo allí se ve bien de dónde partimos;
sólo allí, quiénes fuimos
y qué quisimos.

              Luis G. de Ossuna

Señor de Magdalenas (soneto)

Señor de Magdalenas

¡Oh, Señor de la Cruz y del madero,
que trajiste a los hombres su destino:
ante mí el árbol tuyo ya crucero
llegó, Señor, me señaló un camino;

camino cierto, infancia que prefiero,
oh, Señor de los pobres y pasivos
y lisiados, Señor sepulturero
de los resucitados, de los vivos…

Me acerco a Ti sin rezos ni amargura,
—Señor de Magdalenas, prisionero
de soñadores, puerto en la negrura,

dador de piernas y ojo en el sendero—,
para que llenes mi vida futura
de amor y olvido y seas mi asidero.

                     José Quintana S.

Imagen ilustrativa:  Santísimo Cristo de la Misericordia de la iglesia de Nuestra Señora de la Blanca Paloma (Sevilla), obra del escultor Manuel Martín Nieto. Foto de Jorge Cabrera.

A la Iglesia de Santo Domingo de La Orotava

A la Iglesia de Santo Domingo

I

Antiguo Convento de San Benito,
otrora dominico, la luz de la mañana
regresó con la familia vicenciana:
el evangelio como carisma congénito.

Ante tu fachada elevo la vista,
pues en la mirada ascendente
se alcanza lo trascendente.
La cruz de tu torre: mi conquista.

Atesora tu interior paz y regocijo;
para mi espíritu digna morada
cuando la palabra queda obrada
y a la conciencia da buen cobijo.

Cincelada la pila del agua bendita
brotó una fuente de eximente,
donde persignada la frente
en lo íntimo nuestra Fe se acredita.

Y fluyeron las oraciones como el Agua
que llevaba por nombre tu calle,
manantial de este fértil valle
que al alma su sequedad apacigua…

Llenan mi pensamiento de ternura
tus santos, la Virgen y sus advocaciones;
junto a tu Hijo en las Tribulaciones
ya se aleja de esta vida la amargura.

Venerados son tus dos Corazones:
el de María, dulce e Inmaculado;
el de Jesús, por siempre Sagrado;
los dos pródigos en bendiciones.

Y el retablo mayor, recuerda la historia
del vía crucis que la oscuridad revierte;
donde la vida reina sobre la muerte
y se alza Cristo Resucitado en victoria.

II

LLega con la alborada el Encuentro.
Ahí tu Hijo, cargando humilde y sereno
desde Santo Domingo su trono de Nazareno
al son de una madrugá llevada adentro.

Mientras, apenada suplicas
mi Señora de los Dolores
por nuestros continuos errores,
que son como sismos y sus réplicas.

Y en la vigilia se apagó mi veleidad;
arrepentido, el silencio noble
toca al corazón con un redoble:
el reencuentro con Dios y su amistad;

necesitando del buen alimento
lo hallé presto en el Sagrario,
junto a la Virgen del Rosario
que por sus cuentas rige sustento.

Con el repique de las campanas
tu impronta llama al sentimiento:
alegría, anhelo… un aliento
que abrió en par mis ventanas…

Allá a lo lejos, del cielo te vi prendida;
la noche entre mi ruego y el rezo
y la luna llena como aderezo:
la casa de Dios estaba encendida.

          José J. Santana, La Orotava.

* * *

Enlace relacionado:

A la Iglesia de La Concepción de La Orotava

 

Foto ilustrativa de: Parroquia de Santo Domingo de La Orotava.

Balada de la mañana de la cruz

Balada de la mañana de la cruz

Dios está azul. La flauta y el tambor
anuncian ya la cruz de primavera.
Vivan las rosas, las rosas del amor
entre el verdor con sol de la pradera!

Vámonos, vámonos al campo por romero,
vámonos, vámonos
por romero y por amor…

Si yo le digo: no quieres que te quiera?,
responderá radiante de pasión:
cuando florezca la cruz de primavera
yo te querré con todo el corazón!

Vámonos, vámonos al campo por romero,
vámonos, vámonos
por romero y por amor…

Florecerá la cruz de primavera,
y le diré: ya floreció la cruz.
Responderá: … tú quieres que te quiera?,
y la mañana se llenará de luz!

Vámonos, vámonos al campo por romero,
vámonos, vámonos
por romero y por amor.

Flauta y tambor sollozarán de amores,
la mariposa vendrá con su ilusión…
¡Ella será la virgen de las flores
y me querrá con todo el corazón!

               Juan Ramón Jiménez
Baladas de primavera” (1910)