Mandato (poema)

Mandato

Ya está dicho, Señor, todo a los hombres
en los siglos, la noche y la distancia.
Nos lo dijiste Tú. Entre tus brazos
se encierra el gran misterio de la lanza.
Todo está dicho ya. Nada hay de nuevo
que no sea la guerra y la cizaña,
que no sea ese frío de su odio
o el triste subsistir, aunque sin alma
—pues se ha perdido, triste entre las cosas—
sin comprender la vida y su constancia,
sin comprender la noche y su pureza,
sin saber que el dolor es quien le salva.
Ya se ha escuchado todo. Y en el hombre
se ha perdido la fe de tu llamada;
son sus huellas  —el paso de otros hombres—
tristeza y desaliento. Le acompañan
porque ignora la fuerza del silencio,
desconoce el valor de la plegaria
y vive —vagabundo de su angustia,
eterno caminante de nostalgias—
torturado entre sombras y entre asfalto
apresado en su cuerpo y en su nada,
vaciando por los ojos el hastío
sin saber sonreír. Sólo, en su marcha,
le espera el desaliento junto al vicio
con las manos vacías… ¡Todo pasa!
Le esperan los sarcasmos de sus horas.
Le acechan desengaños que le arrastran
al abismo insondable del pecado
o a la cúspide atroz de tantas faltas
que son la consecuencia de sí mismo…
¡achacándote a Ti, que Tú, no hablas ..!
* * *
Ya está dicho, Señor, todo a los hombres.
Ya nos lo has dicho Tú. Y en tus palabras
—bendición de las penas y los siglos—
vibrante está el Amor: “¡Levanta y anda!”

                 Aurea María Fernán-Torre

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A ti, Padre Divino

Aquel! Fue grande Aquel; pero en la cima
De la grandeza paternal no hay monte
Que de dolor de pequeñez no gima,
Ni hay rayos en el Sol, ni hay horizonte
Que de besar sus huellas se levante,
Ni mar que no murmure,
Ni labio que no jure,
Ni mundo que no cante!—
Hay cantos para ti: canta el mezquino
Ser de la tierra el oro y el palacio,
Y a ti, padre divino,
El mundo entona el canto del espacio!—

Un leño se cruzó con otro leño;
Un cadáver—Jesús— hundió la arcilla
Y al resplandor espléndido de un sueño
Cayó en tierra del mundo la rodilla:

¡Un siglo acaba, nace otra centuria
Y el hombre de la cruz canta abrazado,
Y sobre el vil cadáver de la Injuria,
El Universo adora arrodillado!—

José Martí, marzo de 1875
    (fragmento de su poema “Muerto”)

A Jesucristo en la Cruz

A Jesucristo en la Cruz

¡Tú, por Mi amor de un leño suspendido!
¡Tú, que tienes por trono el firmamento,
haber desde tan alto descendido
a dar así tu postrimer aliento!

¡Tú sufrir, resignado de esa suerte
tanta y tan honda y, tan amarga herida,
y Tú del mundo recibir la muerte,
cuando viniste a dar al mundo vida!

¡Tú, rasgados los miembros soberanos;
Tú, escupido en la faz cándida y pura,
y al hombre ver clavándote las manos,
esas manos, gran Dios, de que es hechura!

¡Tú, que animas el rayo y das el trueno,
así expiar entre amarguras tantas
por un gusano de miserias lleno,
que no vale ni el polvo de tus plantas!

¡Tú por mi amor, en fin, tan humillado!
¿Y aún a ofenderte, Santo Dios, me atrevo,
cuando yo, nada a Ti, nada te he dado,
y cuando tanto a Ti, tanto te debo?…

¡Miserable de mí! Más los enojos
depón, Señor, del rostro esclarecido;
que ya cansados de llorar los ojos
vuelvo a tu Cruz con pecho arrepentido.

Vuelvo, Señor, a demandar tu gracia;
vuelvo, Señor, como al pastor la oveja;
porque el dolor en tan cruel desgracia
ni aun aire ya que respirar me deja.

Vuelvo trayendo el corazón doliente
lleno de contrición, de luto lleno,
y ante tus plantas a inclinar la frente,
con la profunda devoción del bueno.

¡Escucha, pues mi voz! Yo no soy digno
de hallar, Señor, tu voluntad propicia;
mas suple Tú mis méritos benigno,
y juzgue tu bondad, no tu justicia.

                  Ramón de Satorres

Manos de Cristo

Manos de Cristo

Esas manos, Señor, blancas, divinas
y que el hierro rasgó con vil suplicio,
abiertas con dolor al sacrificio
rubrican el amor de sus doctrinas.

Blancas manos, Señor, que peregrinas
tuvieron en su palma un orificio
para el mundo regar de beneficio
izando la verdad entre sus ruinas.

Manos blancas, caminos de esperanza
que alumbran para el orbe el derrotero
con el Norte de firme confianza;

pues tus manos clavadas al madero,
en abierto abrazo, es esperanza
de un mensaje de paz al mundo entero.

           Federico Acosta Noriega

Imagen ilustrativa:  Detalle del cartel del quinario del Santísimo Cristo a la Columna de la Villa de la Orotava del año 2016 (Hermandad de la Venerable Esclavitud del Santísimo Cristo a la Columna).

La Oración del Huerto

La Oración del Huerto

I

En sus bases de pórfido
del Erego la mística montana
sus encumbradas cimas
hasta el cielo levanta.
La luna melancólica,
escondida entre lóbregas nimbadas,
traslucir deja, en vaga intermitencia.
su moribundo resplandor de plata.

Las nieblas vagarosas,
extendiendo del monte por las faldas
sus húmedos vapores,
por el extenso campo se dilatan.

El viento, entre los cedros,
y las robustas palmas
que se yergen altivas en el valle,
hondos suspiros de tristeza exhalan,
y del verde olivar en el ramaje,
los pardos búhos de pupilas anchas,
en agorera queja
sus tétricos ronquidos desparraman.

En sus nidales las palomas sueñan
y en los cañales del Cedrón, las garzas
empiezan a dormir, mientras el río,
como un sollozo, su caudal arrastra.

II

Es media noche.
En el obscuro seno
de una abrupta caverna,
con dolorosas ansías,
orando está Jesús, el rostro en tierra.
En sedosa madeja a sus espaldas
flota su cabellera
y por el blanco cuello
en guedejas undívagas se enreda.

Conmueve la caverna sus entrañas
y retumbar escúchase en sus grietas
la voz de Dios que exclama:
“Si hay alguien en el mundo que se atreva
a servir de holocausto por el hombre,
responda a mis acentos. Dios lo espera”.
Y alzando Cristo su angustiada frente,
sin vacilar contesta:
—”Señor, estoy dispuesto,
en redención te ofrezco mi existencia…
Soy obra de tus manos;
hágase en mí la Voluntad Eterna!”.

III

Y se rompen de nuevo
los senos de la gruta, y un arcángel
se yergue en ella en actitud altiva…
Y en ese mismo instante
llena la caverna de relámpagos
y un trueno sordo suena por el Valle.
El ángel habla a Cristo:
-¿Dime, Jesús, vas a verter tu sangre
para salvar al hombre?
-Sí, contesta Jesús, por su rescate
ofreceré mi vida
y le abriré los cielos. Ya lo sabes.
Un rugido infernal de sus entrañas
exhala, ardiente de furor, el ángel,
y volviéndose al Cristo:
—¿Cómo te atreves, dícele, a inmolarte
por la prole de Adán, raza maldita,
con millones de crímenes culpable?
Troncha Caín el cuello de su hermano
y vaga ahora por el mundo errante;
vende a Sansón la pérfida Dalila;
asesina Aristóbulo a su madre;
Absalón es traidor y sanguinario…
¿Y aún así piensas, Jesús, sacrificarte?
—Sí, le responde Cristo dulcemente.
Yo cumpliré la voluntad del Padre…
Y, en tanto, rueda por su sacro rostro,
tembladora, una lágrima de sangre.

Comprimida sonrisa de despecho
muestra en su labio el ángel,
y con acento irónico,
—Óyeme, dícele, óyeme un instante,
oh Cristo, que el Eterno me concede
tres horas más aún, para tentarte.
Si los pasados crímenes,
para calmar tu afán no son bastantes,
mira la historia que vendrá mañana.
En un inmundo dédalo de sangre
Nerón, Tiberio y el feroz Calígula
harán del trono pedestal infame…
Vendrá, quizá, otra Venus más impura
y el Odio y el Rencor tendrán altares;
erguiráse en un solio la Soberbia
y estos vicios será nuevas deidades
que en su locura adorarán los hombres.
Infesta Babilonia las ciudades
consumarán el crimen de Sodoma…
¿Y así vas, oh Jesús, Divino Mártir,
a morir por el hombre?
—Sí, yo ofrezco
gustoso mi existencia en su rescate,
Cristo, de nuevo, le responde, y rueda
otra vez una lágrima de sangre
por su pálido rostro…
El ángel presuroso
se aleja blasfemando,
mientras los senos de la gruta se abren.
Se llena la caverna de relámpagos
y los truenos retumban por el valle…

          Tomás Gatica Martínez

Imagen ilustrativa: “La Oración en el Huerto”, óleo de Mariano de la Roca y Delgado.

El Cristo de la Humildad (soneto)

El Cristo de la Humildad 

Después de condenado en burdo juicio,
coronada tu frente por espinas,
sobre tu misma mano la reclinas
en el breve descanso del suplicio.

¿Qué se esconde, Señor, bajo tu frente?
¿Qué piensas mi Señor en ese instante?
¿Es acaso, Jesús, que no es bastante
hacerte condenar, siendo inocente?

Sólo a tus jueces la condena infama
por el torpe baldón de su sentencia,
y todo el orbe con ardor se inflama

al noble resplandor de tu inocencia.
Y para siempre con amor te aclama,
Señor de la Humildad y la Paciencia.

        Federico Acosta Noriega

Imagen ilustrativa: Cristo de la Humildad y Paciencia de la Iglesia de San Agustín (La Orotava). Foto: Bruno J. Alvárez.

Getsemaní (según La Orotava)

Getsemaní (según La Orotava)

Pasa el tiempo. Cae la tarde.
El sol, mientras tiñe el monte
de rojo, en el horizonte
como ahogado en el mar, arde.
La noche, con un alarde
de contrito frenesí,
pretende llegar así
más pronto, a costa del día,
con tal de ver la agonía
de Cristo en Getsemaní.

Aquí los temores fieros
de Cristo serán aciagos
llantos que vetustos dragos,
tendrán como prisioneros.
Los agapantos primeros
adelantarán el alba,
con tal de que sea el malva
de sus flores cuaresmal
imagen de la final
traición que a los hombres salva.

Ya comenzó la Pasión
y el antiguo San Lorenzo
llena de nubes de incienso
el más perdido rincón.
San Francisco es aluvión
de pesares y agonía,
entre un Cristo que confía
a su Padre estas jornadas
y una tormenta de espadas
al corazón de María.
[Silencio] que ni un milímetro puedes
fallarle al peso suspenso,
de un trono, en prodigio extenso,
cruzando estrechas paredes.
El olivo a las mercedes
de los cargadores va,
y cuando en la calle está
Cristo clava la mirada
en la noche despejada:
Getsemaní empieza ya.

        Eduardo Duque González (2017)

Foto: Santísimo Señor del Huerto. Iglesia de San Francisco de Asís de La Orotava. Franciscana Hermandad del Santísimo Cristo del Huerto.

Amor del viento (soneto al Santísimo Cristo del Remedio de Ánimas)

Amor del viento

En tu cuerpo desnudo, amor del viento,
beben su palidez las alboradas
y en tus manos enclavadas,
la luna siega en flor el sentimiento.

Cómo aprenden de tu estremecimiento
las hojas por las brisas acunadas.
Cómo aprenden quejidos y baladas
de tu cuerpo desnudo y violento.

El manantial que copia tus heridas,
tu corazón, el pájaro; tus dedos
las pobres cañamizas abatidas;

que haya un enorme aletear de credos
y desde esa vendimia en la que anidas
acaricien tus ojos a mis miedos.

                                   Antonio Gala

Soneto escrito por Antonio Gala (dramaturgo, novelista, poeta y ensayista español de reconocido prestigio) al Santísimo Cristo del Remedio de Ánimas, Córdoba. La Muy Humilde y Antigua Hermandad Sacramental del Santísimo Cristo del Remedio de Ánimas  y Nuestra Señora Madre de Dios en sus Tristezas realiza su estación penitencial el Lunes Santo.

El llanto de Jesús

El llanto de Jesús

De la empinada loma, hambrienta de la cumbre,
luz media hilando con el huso del amor
bajaba sobre un asno—candelabro de Lumbre—
el Padre de los hombres, el Hijo del Señor.
En su torno, las palmas se agitan suavemente
moviendo en el ambiente de besos el rumor;
la regia comitiva avanza lentamente
bebiendo en los oídos el divino licor.
Al llegar a la mira de la ciudad ingrata
que en mármol, jaspe y oro tocaba la sonata
de fasto, de soberbia, vesania y corrupción
Jesús lloró sobre ella, llorando su destino…
(La comitiva triste prosiguió su camino
guardando en los pañuelos presentes de emoción).
El silencio elegíaco rompió una carcajada
que en el arranque histérico diluyó su dolor
y la ciudad abyecta, cínica, degradada
que rasgaba en la orgía su virginal pudor
desencajó su rostro y enmudeció aterrada…
Todo lo había perdido su brutal carcajada:
Privilegio divino, esperanza y honor.

          Francisco J. Centurión (1934)

Imagen ilustrativa: Nuestro Señor de las Lágrimas (Hermandad de Nuestra Señora del Olvido, Murcia).

A San José

A SAN JOSÉ

Bajo tu excelsa tutela,
Casto esposo de María,
Ha crecido el alma mía
En virtud y perfección:
Deja, pues, que agradecido
Y a impulsos del sentimiento
Te dedique estos acentos
Que exhala mi corazón.

Yo recuerdo avergonzado
Que hubo un tiempo, que abomino,
En que desprecié el camino
Que conduce a la virtud;
Y en que mi alma colocada
Al borde del precipicio
Con el fango de los vicios
Profanó su excelsitud.

Tiempo lleno de inquietudes
Que mis dichas amargaba,
En que mi alma zozobraba
En el mar de la pasión,
Fueron sus frutos aciagos
Según los vi en mi conciencia.
Sombras en la inteligencia
Llantos en el corazón.

Tú, lucero de la Iglesia,
Con santas inspiraciones
Rompiste con las prisiones
Que me ligaban al mal.
¡Cuántas sombras de la mente
Disipaste cariñoso
Al influjo poderoso
De tu gracia celestial!

¡Cuántas veces de mis pasos
Cortaste la audaz carrera.
Para que el alma viviera
Y triunfara la virtud!
¡Cuántas veces en el templo
Ante ti me postré triste,
Y a mis voces respondiste
Con tierna solicitud!

Allí escuché de tus labios
Esa doctrina sublime,
Que regocija al que gime
Y consuela al pecador.
Esas máximas de vida
Del Verbo Eterno emanadas
Y a los hombres enseñadas
Por Jesús, mi Salvador.

Y creí en tus enseñanzas,
Y practiqué tus consejos,
Y percibí los reflejos
De la celeste mansión.
Y sé que tu sombra augusta
Rige y guía mi existencia,
Alumbra mi inteligencia
Y alegra mi corazón.

Ya no siento aquí, en mi pecho
Los acerbos sinsabores
Que sienten los amadores
De este mundo terrenal:
Que es el vicio, y su deleite.
Como la sierpe alevosa.
Que oculta tras fresca rosa
Clava su dardo letal.

Solo ansío la virtud,
Que en esto solo se encierra
La dicha que aquí en la tierra
Puede el alma disfrutar.
Haz que sean los afanes
De ésta mi alma agradecida.
Sufrir mucho en esta vida,
Para en el cielo gozar.

No importa que sus senderos.
Cubran flores purpurinas;
Porque ¡ay!, agudas espinas
Desgarran el corazón.
Padecer es necesario:
Mas, Dios dispuso propicio,
En la tierra el sacrificio
Y en el cielo el galardón.

Y tú, faro esplendoroso,
De la humanidad errante,
Fiel custodio, tierno amante,
Y celoso Protector.
No abandones un momento
A mi alma humilde y piadosa,
Hasta que vuele gozosa
Ante el trono del Señor.

          P. Albino Justa

* * *

Grandeza de San José