Quiero hacer con mi vida una oración

Quiero hacer con mi vida una oración

Quiero hacer con mi vida una oración,
agradecer tus gracias y tus dones,
pedirte, mi Señor, que me perdones,
y poner a tus pies mi corazón.

Yo quiero compartir tu redención,
basar en tu verdad mis ilusiones,
servirte diligente en tus misiones
y, al final, merecer tu bendición.

Eres mi amor, mi amigo, mi cobijo.
Como el ladrón, que tu bondad bendijo,
condúceme hasta el Reino de tu Padre.

Oye el ruego que humilde te dirijo,
dile a María: ahí tienes a tu hijo.
Y dime: hijo, ahí tienes a tu Madre.

Emma-Margarita R.A.-Valdés
(Versos de amor y gloria)

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Tu beso, mi Dios (poema)

Tu beso, mi Dios

Quiero un beso en el alma, lo preciso,
beso blanco de hostia perfumada
y vivir de ese beso no el momento,
sino toda su esencia inmaculada.

Bésame, como el mar besa la playa,
como el sol, al salir, le besa al lirio;
pon tus labios de escarcha en mi corola,
pon tus labios de fuego en mi delirio.

Tu beso embriagador rasga el oriente,
y en tus labios florece aurora pura;
a tus besos declina ya la tarde
y surgen las estrellas con premura.

Es tu beso el que mece la azucena
y el que hace brotar la campanilla;
y el que mima las rosas y los nardos
y cuida la violeta tan sencilla.

Tu beso es de galán, de padre, de flor,
tu beso es suave brisa y luz del día,
tu beso es de placer, cielo y amor,
tu suave beso es música y poesía.

Pon tu beso en mi alma enamorada,
languidezco en la espera…
al contacto de tu Hostia tan ansiada
déjame que te quiera.

                  Don Desiderio

Imagen ilustrativa: “Virgen Eucaristíca”, óleo de Jean Ausguste Dominique Ingres.

A la Iglesia de San Francisco de La Orotava

Iglesia de San Francisco de La Orotava

En la tierra, pedacito de cielo a cubierto
es nuestro recoleto templo franciscano,
que –confidente– aleja de lo mundano
y nos da cobijo en su Cristo del Huerto.

Naciste bajo la Orden Seráfica
con la palabra de Dios como cimiento;
florece en tu interior el recogimiento,
paz y bien que tu Santo Patrón glorifica.

Ya llega el tañido de tu vieja campana,
llamada a las dos villas a la oración:
un canto a San Juan y a la Concepción
cuya voz nunca se oyó tan cercana.

A tu vera, el sagrado camposanto
donde los difuntos en paz descansan
y en su recuerdo los vivos se amansan,
pues también la nostalgia acaba en llanto.

Tarde de domingo de Ramos;
abren tus puertas a la evocación:
es el sufrir del Señor en su Pasión,
getsemaní que todavía lloramos.

Suena la música, el nudo en mi garganta.
La Soledad acompaña al que es su vida:
ahí va tu Hijo en su dolorosa partida
marcando el paso de nuestra Semana Santa.

Se agiganta el entorno con la sombra:
brota la noche en el drago y los cipreses
que elevan al cielo sus ramas como preces
en memoria de quien te dio justa honra.

En mi conciencia se aligera el quebranto
adentro con la Virgen de la Caridad,
que en su aceite rezuma santidad
y en la leyenda prendió el encanto.

Guardan los muros el debido secreto
y añora la historia que era fecunda,
pero que el hombre ávido refunda
cuando vencido firmó un mal decreto.

Convento, hospital… lugar señorial;
en mi retina grabada un hermoso lienzo
imagino lo que fue el antiguo San Lorenzo:
¡Cinco veces centenario es nuestro Escorial!

                 José J. Santana, La Orotava.

El antiguo convento franciscano de San Lorenzo de La Orotava fue fundado en 1519, por lo que el próximo año será la efemérides del 500 aniversario fundacional.

* * *

San Francisco de La Orotava, por Alfonso Trujillo Rodríguez (Biblioteca Virtual Viera y Clavijo)

Foto 1: Presbiterio de la iglesia con motivo de la festividad de San Francisco de Asís. Gentileza de Juan Luis Bardón.

Foto 2: San Francisco y su entorno a finales de la década de los sesenta.

Se permite la reproducción de este poema haciéndose mención a su autor.

Ante Nuestra Señora (soneto)

Imagen de Nuestra Señora de las Mercedes, obra de José Luján Pérez (Iglesia Matriz de Santa María de Guía, Gran Canaria). Foto: Wikipedia.

ANTE NUESTRA SEÑORA

Cuando era niño se hablaba del pasado
con más unción y menos abundancia,
se daba a Cristo el pálpito hechizado
de todo fin humano hecho fragancia.

¡Oh, cuánto amor de aquel amor guardado!
¡Oh, doble pan al hombre hecho sustancia,
sabor del uno a sangre del costado,
el otro, a miel divina de la infancia!

Como llegara a ti, místico a la entrega,
con el alma en tu historia enamorada,
subí a la torre y contemplé la vega.

Viejo, torno a ser niño en la mirada
que es miel celeste por Luján¹ brindada,
¡Virgen de las Mercedes, mágica al que llega!

                               Luis Doreste Silva

1. Soneto en homenaje a la celebración del bicentenario del nacimiento del imaginero José Luján Pérez. Dicha conmemoración tuvo lugar en mayo de 1956.

Ecce Homo, por Miguel de Unamuno (poema)

cristo-velazquez-detalle

¡Tú eres el Hombre-Dios, Hijo del hombre!
La humanidad en doloroso parto
de última muerte que salvó a la vida.
Te dio a luz como Luz de nuestra noche,
que es todo un hombre el Dios de nuestra noche
y hombría es su humanidad divina.
Tú eres el Hombre, la Razón, la Norma,
tu cruz es nuestra vara, la medida
del dolor que sublima, y es la escuadra,
de nuestra derechura: ella endereza
cuando caído al corazón del hombre.
Tú has humanado al universo, Cristo,
¡que por Ti es Obra humana! ¡Vedlo todo!
“¡He aquí el Hombre!” por quien Dios es algo.
“¡No tengo Hombre!”, decimos en los trances
de la vida mortal; mas Tú contestas:
“¡Yo soy el Hombre, la Verdad, la Vida!”
Tal es el Hombre, Rey de las naciones
de desterrados, de la Iglesia Santa,
del pueblo sin hogar que va cruzando
el desierto mortal tras de la enseña
y cifra de lo eterno, que es la cruz!…

                 Miguel de Unamuno
(Del libro “El Cristo de Velázquez”)

Imagen: Detalle del Cristo Crucificado (Cristo de Velázquez), óleo sobre lienzo de Diego Velázquez.

* * *

¿Por qué la llaman Paloma?

Virgen de la Paloma (Foto: Wikipedia Zarateman)

Es la sola perfecta
que viene del desierto de la vida,
Paloma predilecta…
sin mancha concebida,
por siglos de los siglos bendecida.

Nuestra Señora de la Paloma es una de las advocaciones más populares de la ciudad de Madrid —acaso la que más—. Recordemos que la festividad litúrgica de la Virgen de la Paloma se celebra el 15 de agosto —solemnidad de la Asunción de la Virgen María—. El cuadro de la Virgen de la Paloma, que ha sufrido no pocas vicisitudes, recibe las oraciones y súplicas de los más desfavorecidos y necesitados que buscan ayuda y consuelo; o de aquellos que simplemente quieren rendir un sincero homenaje a la Madre de Dios. También imploran la protección de la virgen madrileña madres que ofrecen sus hijos recién nacidos para que los bendiga y cuide de ellos, guardándoles de las adversidades y brindándoles con el amor filial.

El cuadro tiene un origen y una posterior historia ciertamente interesante. Ya en una ocasión anterior hemos contando de qué forma fue “rescatado” por Isabel Tintero, su gran valedora. Acerca del origen del lienzo, que recordemos se trata de una imagen de la Virgen de la Soledad, existen algunas leyendas al respecto: una muy probable es que se trata de una reproducción pictórica de la imagen de La Soledad de la Victoria, obra del escultor Gaspar Becerra; otra, es que se trata del retrato de una monja profesa de un convento de Burgos realizado por su padre antes de que ella entrara en la clausura con el ropaje que habría de vestir: túnica blanca y manto negro. La monja murió en virtud de santidad y se autorizó la copia de dicho retrato para extender el culto a la Virgen de la Soledad.

Vemos, pues, que la devoción a la Virgen en armonía con la tradición, lejos de una moda o simplemente un bonito nombre, triunfa desde el momento en que los padres deciden tan entrañable nombre para sus hijas. Para todos ellos, a modo de humilde homenaje, dedicamos este precioso fragmento entresacado de la zarzuela “El Barbillero de Lavapiés” (1874):

—¿Por qué la llaman Paloma?
—Porque nací en la calle de este nombre, contestó la joven, y siendo niña, mis compañeras así me llamaron en broma y después del mismo modo han seguido todos llamándome. No me pesa, pues al ver revolotear las palomas por el espacio, me parece que las voy siguiendo, que como ellas tengo alas, y que tendiendo el vuelo llego a las regiones de luz donde mis padres gozan de eterna gloria… Mis padres me abandonaron por la mansión de eterna gloria, pero al morir rogaron a la Virgen santa de la Paloma que velase mi inocencia, que velase mi sueño, y la Madre de Dios no me abandone. A la vuelta de la calle, y casi pared por medio, está la Santa Virgen, y tanto la adoro, tanto rezo, que me parece verla que tiende su manto de estrellas sobre mi cabeza, que su poderosa mano me protege. ¡Bendita seas, Madre del Amor Hermoso, y no abandones jamás a la pobre huérfana!

Con cariño, a las de nombre Paloma
(fraymartindeporres.wordpress.com)

* * *

La Virgen de la Paloma (mirando al pasado)

Las campanas de la Iglesia

Las campanas de la Iglesia

Suenan las campanas
Y en su vibración,
Dan notas distintas
En el corazón.

Dicen las campanas
Al que ha fe y practica;
«En el cielo tienes
Tu mansión más rica».

Para el extraviado
A cada momento,
Sonido es que activa
El remordimiento.

Dicen las campanas
A quien ha esperanza;
«Es el cielo centro
De la bienandanza».

Los oídos hieren
Del desesperado;
¡La armonía en ruido
Para él se ha trocado!

Dicen las campanas
Al caritativo;
«El fuego más santo
Tú mantienes vivo».

Repiten muy tristes
Al que es egoísta;
«Del cielo tú tienes
Que apartar la vista».

Y dan las campanas
En su vibración
Notas desiguales
Para el corazón.

               Tamoe (Sevilla, abril de 1897)

Un futbolista para Cristo

Un futbolista para Cristo

Un futbolista para Cristo

Si vamos a resumir mi vida, podemos condesarla en esta frase: “siempre fui feliz, con aspiración de serlo más. Fui siempre en casa el rey, con los caprichos cumplidos. Los “golfos”, ganados por mi balón en la calle, eran mis mejores compañeros, porque me divertían con sus luchas, pedreas y jugando al balón.

Conocí muy pronto entre los que rodeaban, viejos de diecisiete y dieciocho años, niños casi, ya desengañados de muchas cosas; después vi en alguno las lacras que deja el vicio, y no puedo explicar la repugnancia que se imprimió en mi alma. Esto no era nada más que el primer escalón de los muchos que aún me quedaban por subir. La tristeza hasta entonces desconocida en casa la invadió. Graves enfermedades en mis padres y hermanos. Vi morir a la hermana que más quería. Un fuerte incendio a media noche, en el que estuvieron a punto de perecer varias personas de casa me enseñó prácticamente que la muerte acecha en todo momento. Vi sacar de casa para siempre a mi abuelo y con él, mi padre. Este volvió después de fusilado aquél, y aquellos días, con sus escenas, con sus brazos e inquietudes nunca se me podrán olvidar. En estas circunstancias, los consejos de un religioso compresivo me apartaron para siempre de muchos peligros, de los que nunca quizá, en otras circunstancias, me hubiese apartado.

Juntamente con estas tristes realidades de la vida había algo que iba levantando mis deseos y me iba transformando lentamente: la Virgen María, con su rosario, su mes de mayo y Jesús en la Comunión. Desde muy pequeño, aún en mis peores días, nunca dejé el rosario, solo o acompañado de la familia, y siempre me esforcé en rezarlo como mejor sabía.

Esta vida de piedad que se iba intensificando por días hasta llegar muy pronto a la Comunión diaria, la compaginaba muy bien, sin embargo, con la vida de sociedad, aunque en ella había cosas que yo no podía sufrir. Soy abierto y sincero, y veía en todos los chicos y chicas mucho de fingimiento, de quejas y chismes insulsos; pero todo esto era un fondo inconsciente, velado por lo que me halagaba ver en las reuniones a todos pendientes de mi conversación y de mis gracias.

Salí de la zona roja y llegó por fin el momento cumbre en el que me iba a llamar el Señor y el alegre sonreír de una vida en la que todo me gustaba. No estudiaba sino lo que me venía en gusto, que eran muy pocas cosas. En los deportes triunfaba, y en las amistades, como en el deporte. Como me sonreía todo, yo era feliz. Era el ídolo del fútbol en la ciudad en que estaba, y lo sabía yo,  que era lo peor; además, que la diferencia de edad con los demás jugadores me hacía más simpático, mi nombre salía en los periódicos, y lo oía murmurar al ir por la calle y sentirme señalado por chicos y grandes. ¡Qué orgullosa iba entonces mi madre a mi lado!

Una idea, sin embargo, tenía grabada en el alma, que me mordía sin hacerme daño: “Si vuelves a lo de antes de la guerra, te condenas, y si sigues así…tienes que cambiar”. El morir antes de ofender a Dios era la oración sincera de mi comunión diaria. El poder pecar y la idea de condenarme no me dejaba soñar a mi gusto con mis ilusiones de la Marina de Guerra y el fútbol.

El ser sacerdote, que era el camino mejor para salvarme, me entusiasmaba en idea; ahora que me gustaba verlo de lejos, y las frases que se me ocurrían, al pensar en los seminaristas, eran como éstas: “¿Yo ponerme faldas, y ser, además, un tío “pelao” y “aburrido”?

Por fin, después de un año de estos pensamientos, llegó el ambiente, la hora, el momento de la gracia de Dios. El ambiente fue un colegio de la Compañía de Jesús; la hora, aquella en que vi a la Virgen del Colegio; el momento, la sagrada Comunión a los pies de la Virgen.

Momentos hay inolvidables en mi vida, pero ninguno como aquellos dos: en el que miré a la Virgen Madre antes de la Sagrada Comunión, cuando ella está más hermosa que nunca, y cuando estuve después con el Señor Jesús dentro de mi pecho. El y Ella saben lo que hicieron. No me hablaron, no me dijeron nada ni ellos ni nadie; sólo sé que salí de la capilla aquel día rebosando alegría y con una resolución que me llenaba de paz: “seré jesuita”, y desde entonces jamás se me ha ocurrido lo contrario.

De todas mis cosas, siempre fue confidente mi madre, y aquel mismo día le conté todo. Su cara se nubló un instante, pero inmediatamente me lo aprobó y prometió su ayuda —como lo hizo—; sólo esperaba que terminase el Bachillerato.

Mi vida, desde este día, fue triunfar, y después de triunfar, volver a triunfar. Iba a ser jesuita y seguí siendo el mismo de antes; no era el clásico beato de voz tímida, ni una momia aburrida. Corté el trato en absoluto con las chicas, a las que no miraba más de lo que permite la educación, y para no ser raro; mis ojos eran ya de la Virgen, con todo mi ser, pues era ya congregante; el cine, igualmente, se acabó para siempre, vi que me hacía daño, y ¡fuera! Con los compañeros seguí el mismo: armar jaleo, reír y divertirme.

Este invierno fue el campeonato de fútbol y triunfé como nunca: periódicos y público, como antes. Ahora, además, se hizo la selección para jugar en provincias; fui seleccionado, fui el mejor goleador de todos los equipos, y mi madre, siempre, con mis hermanos, animándome en la tribuna. El Campeonato del Colegio lo ganamos los de nuestro grupo, y no éramos los mayores. Sin embargo de todo esto, mis triunfos no me llenaban, y casi no me importaban, pues, terminado el barullo, sólo me alegraba el trato con la Virgen y la comunión del día siguiente. Después de la calma viene la tempestad, y tras el invierno de triunfos…

Iba a una playa de un pueblo norteño. Se me presentaba dos horizontes: Uno, seguir triunfando y quizá perder mi vocación, pero… ¿iba yo a traicionar a la Virgen? La Sagrada Comunión y la Santa Misa con mi oración, como fiel congregante, me daba fortaleza para todo el día; el rosario nocturno me confirmaba que la Virgen estaba satisfecha de mí. Mi vida, solo, casi salvaje, era ésta: mañana, salida en “yola” y un baño largo en mitad de la bahía, donde nadie se atrevía a ir. Tarde, una vuelta en “bici” o a caballo; después, a pie, escalar montes cuajados de pinares y sentarme rendido en la cima, donde sólo había rocas; mirar al mar inmenso, al cielo azul, dejarme azotar por la brisa fresca y mirar allí abajo, a la iglesia, las naves pesqueras que volvían. Yo nunca he sido poeta, pero lo que allí sentía no sé explicarlo; el cielo, el mar, la brisa me hablaban de la Virgen, y yo quería como Ella: puro, limpio. ¡Qué poco me importaban entonces lo que pensasen de mí, allá abajo, las “pandas” del pueblo! ¡Qué pena me daban sus preocupaciones insulsas, y más aún, me daban sus preocupaciones insulsas, y más aún, me daban sus almas! ¿Vivirían en gracia?

En el fútbol seguí mi rumbo ascendente; jugaba en el colegio y con los universitarios. Notaba cómo gente desconocida para mí lanzaba indirectas para que fuese profesional, pero me hacía el desentendido. En efecto, los equipos de primera división intentaron “cazarme”. Con uno de ellos jugué un partido, en que seleccionaron a varios que hoy son profesionales. El telefonazo de la noche anterior me hizo aceptar el partido. Yo fracasaría porque iba sin entusiasmo; el poco que llevaba me lo quitaron en la caseta unos jóvenes que hablaban de que su porvenir se lo jugaban en aquel partido. ¿Se lo iba yo a quitar? En este estado de ánimo jugué la primera parte. Sin embargo, al fin del primer tiempo, me pidieron las botas, me pusieron tacos nuevos y jugué más animadillo el segundo; pero, de todas formas, era la primera vez en mi vida que no me entregaba totalmente al juego. Salí como había entrado, convencido de mi fracaso, y cuál no fue mi asombro, cuando veo acercarse a mi padre uno de los directivos y decirle estas palabras: “Espero a su hijo en el entrenamiento del próximo jueves”.

Pasaba el tiempo y se acercaba un día en el que nunca quise pensar. Era el de la separación para siempre de mis padres. Llegó el día. Ayudé la misa, en que comulgamos todos… Ni mi madre ni yo podíamos dejar de mirarnos a hurtadillas, porque no queríamos o… no podíamos, por primera vez, sostener el uno la mirada del otro. Tenía una idea fija: “¿Le vas a dejar? ¿A dónde vas? ¿En qué lío te has metido?”

Cogí la maleta como un autómata. En aquellos instantes en que abracé a mi madre, ella no pudo más y rompió a llorar sin consuelo. Nunca en mi vida he palpado la gracia de Dios como entonces. “Si no fuese por Jesús –dije-, yo no hacía esto”. Y salí disparado, llevando colgado de brazos y cuello, hermanos y hermanas.

El coche y mi padre me esperaban a la puerta. Al separarnos, fue la segunda vez en mi vida que he visto lágrimas en los ojos de un hombre que no sabe llorar, y fue al decirle al Padre Maestro, después de aquel abrazo largo y silencioso: “Padre, aquí le dejo, no sólo a mi hijo, sino a mi mejor amigo”. Y, dirigiéndome una mirada inolvidable, como todo lo de aquel día, salió sin decir una sola palabra más.

El Padre Maestro me llevó al único sitio donde podía ir yo en aquellas circunstancias: al Sagrario; y, sobre él, la Virgen del Noviciado, mi Madre. El me daba fuerzas: “Señor, ahora sé que te amo un poco. Si después de esto no soy santo…”

Cuentan que el día de tomar la sotana, cuando se acabó para siempre la “murria”, pisoteé la chaqueta. ¿Qué hay de verdad? Ella apareció llena de polvo; yo, con sotana en la Compañía de Jesús. En ella he encontrado al Corazón de Cristo —realidad e ideal de mi vida—. Y lo he encontrado, además, en brazos de María.

José María de Llanos, S.J.
Treinta y cuatro aventuras hacia Dios. Madrid, 1948.

Siembras (poema de Ismael Domínguez)

Siembras

Pan…
Cuerpo,
porque sabe a caricias de dolor de la carne,
porque es risa y es lágrima,
porque es alegre y dulce, como el vino y la miel.

Pan…
Alma,
porque es hostia y es luz.
Divino primor de nuestras manos.
Palabra de Dios.

Pan…
Almas niñas en la siembra,
vidas blancas
como estrellas diminutas sobre el surco abierto al sol.

Fresca promesa de oro
—alba verde, nacimiento, amanecer.

… Y en la tierra
—cuna y cáliz maternal—,
el brote de la espiga mira al hombre,
y le ofrece su carne,
su carne que es risa,
su carne que es lágrima,
y vino, y miel.

Pan…
En la siembra,
la semilla,
deja acaso en nuestras manos,
un mimo de caricias,
un eco de calor…

El pan es hostia y luz…
Palabra de Dios…

         Ismael Domínguez

Instante

Instante

Me llegará por fin el día en que tu rostro al despertar
ya no será la luz de mi sendero
un día más que ocuparé con lo que toque
y tu gozoso cuerpo no irrumpirá celoso
las horas de mis ojos y mi tiempo

también la dulce tarde
en que repose mi frente cada hueco
y me dedique en carne y hueso
a lo que tenga aquí: cabal, urgente, pleno

la noche en paz que al tornar a mi lecho
repase a los que amo en este reino
y ya no estés, ni tú, ni tus silencios

espero, sí, que de mis labios a mis pechos
estará todo claro y certero
que se impondrá la realidad presente y pura
y que seré feliz ya sin tu sueño

me llegará por fin, estoy seguro,
aquel atardecer en que comulgue
con lo que soy ahora, con lo que ya no tiemblo
con todas las caricias que me han hecho de nuevo

me llegará la paz, la sonrisa total, el silencio perfecto
el saber ya quién soy ajeno a tu requiebro
me bastará saber que amé
y aquel amor es todo lo que tengo.

                                             Moncho