¡Bellas horas de la vida!…

¡Bellas horas de la vida!

En mis manos las magnolias perfumadas de tus manos
florecían; blancas, tiernas, de pureza virginal;
En mis labios las sonrisas de tus labios, rojos, sanos,
desgranaban el encanto de un sonoro madrigal.

En mis ojos de las luces de tus ojos los reflejos
fulguraban luz divina de otro mundo de ilusión,
luz divina de una llama que venía de allá lejos,
de allá arriba, de aquí dentro, de mi pecho, la emoción.

En mis sueños de tus sueños los miríficos dioramas
disipaban de las sombras de otros horas el capuz;
horizontes se encendían y grandiosos panoramas
en suntuosas lejanías irisados por la luz.

En mis ansias se escanciaba de tus ansias la dulzura;
era el vino de un anhelo que hacia un mundo celestial,
embriagado, me llevaba suavemente, en la ventura
de una vida inmarcesible, esotérica, inmortal.

En mis tímidas caricias, como el roce de unas alas,
cual el toque de aquel beso que se apaga sin rumor,
se cernían tus caricias, mariposas cuyas alas,
con sus oros, orquestaban los silencios del amor.

En mi vida la fragancia embriagadora de tu vida,
trascendiendo de este vaso palpitante de mi ser,
perfumaba el holocausto, sobre el ara bendecida,
de otro sueño, de otra gloria que no fueras tú, mujer.

¡Bellas horas de la vida que emprendisteis la carrera
de infinitos y de soles hacia ignota eternidad,
arrastradme con vosotras, transportadme adondequiera!…
¡Qué no sienta yo el vacío de esta inmensa soledad!…

                                                        José F. Hidalgo.

Imagen: Ilustración perteneciente al manuscrito “Las muy ricas horas del duque de Berry” (también conocido como “Las bellas horas de Jean de Berry”).

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Noviembre

Noviembre

Ya llega Noviembre tan triste, tan grave;
se acerca sereno, cual tímida nave,
que trae lejanos recuerdos de ayer;
recuerdos dolientes que roban la calma,
recuerdos que llevan jirones del alma
a los que a la vida no pueden volver.

¡Oh! ¡Mes de lo muertos, que vistes de luto!
¡Tú vas por el mundo cobrando un tributo
de lágrimas, flores, incienso, oración!
¡Tu voz nos congrega, nos llama sin ruido,
y mágicamente disuelve el olvido
que invade y anula nuestro corazón!

¡Oh! ¡Mes de los muertos! ¡Tu voz insonora
nos habla de aquellos que viven ahora
la vida dichosa, la vida verdad!
¡De aquellos que fueron, cual yo, sombra vana
y de los que vieron tras la farsa humana
los amplios umbrales de la eternidad!

¡Oh! ¡Mes de los muertos! ¡Tu tétrica estela
es algo sublime que al alma revela
la dulce esperanza que alienta a bregar,
y dice en silencio: no temas la suerte,
pues tras el enigma fatal de la muerte,
es cuando la vida se viene a empezar!

                    Bohemia Pulido Salazar, de “Mujeres canarias”.

Dos poemas a San Martín de Porres

Yo soy uno de ellos

El Santo moreno
tiene entre sus manos
dolencias de pobres
tragedias de antaño.

Tiene en su mirada
gritos de palomas,
palabras cruzadas.
Plegarias y rezos
recoge en su palma.

El Santo moreno,
viene con su escoba
derrotando imposibles,
predicando esperanzas.

Nos trae evangelio
de madres que barren
y encuentran tesoros
que nunca esconden
y siempre comparten.

El Santo moreno
me mira y lo miro
y su mirada clava
en miles de anhelos,
de pequeñas heridas
y grandes consejos.

El Santo moreno
se queda en penumbra,
—y entre silencios—
recoge las cartas
de fieles eternos…

Yo soy uno de ellos…

              (Rogelio)

* * *

El Santo

Se le fue la tarde leyendo
poemas en la iglesia de San Martín.

Al levantarse y ver de nuevo
los vitrales luminosos
—después de pensar
en darles la espalda e irse—
imaginó en sordina el ruido de los autos
y todas las frecuencias de sonido
que se le pegarían a la cara.

Entonces, decidió dormir ahí,
depositarse en la ternura del silencio
o echarse a descansar en una imagen tibia
y alimentarse solo de luz… solo de Luz.

                                            (Javier)

Poemas de Rogelio y Javier, padre e hijo, en la iglesia de los Dominicos de Concepción (Chile).

Fuente: Revista Amigos de Fray Martín, Septiembre-Octubre de 2017 (Nº 560).

Encontrarás a Dios (poema)

Encontrarás a Dios

Dondequiera que pongas tu mirada,
dondequiera que fijes tu atención,
dondequiera que un átomo subsista,
ENCONTRARÁS A DIOS.

En las formas diversas de las nubes,
en los rayos dorados que da el sol,
en el brillo que lanzan las estrellas,
ENCONTRARÁS A DIOS.

En los dulces balidos que en los prados
el rebaño da al silbo del pastor,
en los trinos cambiantes de las aves.
ENCONTRARÁS A DIOS.

En la sangre que corre por tus venas,
en la misma conciencia del tu YO,
en los propios latidos de tu pecho,
ENCONTRARÁS A DIOS.

En la santa figura de la madre
cuyo seno la vida te donó,
en la franca sonrisa de una hermana,
ENCONTRARÁS A DIOS.

En las lindas pupilas de la joven
que de amores prendió tu corazón,
en la grata visión de un ser querido,
ENCONTRARÁS A DIOS.

En las horas de sombra y amargura
cuando a solas estés con tu dolor
si le buscas en la sombría noche
ENCONTRARÁS A DIOS.

           Arturo Gutiérrez Martín.

A un mendigo (poema)

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A un mendigo

Llama con confianza, anciano,
al ver cerrada mi puerta;
más, si la hallares abierta,
entra sin respeto humano.

Que al saber lo que es pobreza
y lo que es caridad,
se brinda hospitalidad
al pobre aquí con llaneza.

Ya ves: cuando te avecinas
de mi portada a los hierros,
ni se enfurecen los perros,
ni se turban mis gallinas.

Mi hermana regocijada,
porque sabe que eres pobre,
una moneda de cobre
pone en tu mano arrugada.

Y al ver de hambre temblar,
te convida francamente
con gofio y leche caliente
acabada de ordeñar.

Porque al acercarte en pos
del sustento deseado,
reconoce en ti un enviado
que llega en nombre de Dios.

Entra, pues, sin dilación,
traspasa el umbral, amigo,
y entre en mi casa contigo
del cielo la bendición.

No te detenga el rubor,
que tu andrajoso sayal
es un ropaje especial
de los hijos del Señor.

Las inclemencias de Enero
te tienen yerto de frío;
siéntate aquí al lado mío
a la lumbre del brasero.

Seca el calor apacible
tus harapos remendados,
y él a tus miembros helados
dé el vigor apetecible.

En vez de tu desgarrado
y sucio traje raído,
ponte este nuevo vestido
que para ti he procurado.

Para que Dios inmortal
al cabo de mi jornada…
me abra las puertas de entrada
de su mansión celestial.

D. Juan Francisco  y González, Rvdo.

D. Juan Francisco y González (Arucas, 30 de Marzo de 1863 – Arucas, 14 de agosto de 1937), sacerdote y poeta.

Las Flores del Calvario

Las Flores del Calvario

Flores apparuerunt in terra riostra.

Yo soy el perfume que aroma la vida,
estrofa divina de eterna canelón;
celeste desmayo, hoguera encendida,
florido refugio del fiel corazón.
¡Yo soy la Oración!

Mi traje es de bruma, mi voz es de cielo,
de coros de niños mi corte formé;
un rayo de luna me sirve de velo;
yo soy la victoria, la dicha, el consuelo…
¡Me llamo la Fe!

Mi paso ha sembrado la tierra de flores;
en pos de mis huellas el mundo se lanza;
yo soy quien avivo los santos amores;
yo soy la que calma los rudos dolores;
Yo soy la Esperanza!…

Mi aliento es suave, mi hablar deleitoso;
envuelta en un rayo de luz bajé al suelo;
soy rítmica nota, balido amoroso
que lleva á las almas el dulce reposo;
me llamo ¡el Consuelo!

Habito en el cáliz de oculta violeta;
el mundo me mira con rara piedad;
y en mi encuentra el alma su dicha completa,
que soy de los santos la amiga discreta;
que soy… ¡la Humildad!

Me envuelvo en un manto de nubes de rosa;
yo soy de la vida purísima esencia;
angélica Virgen de faz ruborosa,
del niño inocente sonrisa graciosa.
¡Me llamo Inocencia!…

Yo soy de las almas dichosa agonía,
celeste dulzura, divino dolor;
me llaman querube, luz, astro, armonía,
flor, beso, suspiro, recuerdo, poesía…
¡Yo soy el Amor!

                                    Madre Alberta Giménez.

Imagen ilustrativa: Santísimo Cristo del Calvario de la Villa de La Orotava (Foto de Bruno J. Álvarez).

Durante el primer fin de semana del mes de septiembre se celebra en la villa orotavense el Solemne culto en honor al Cristo del Calvario.

La Venerable Madre Joaquina de Vedruna

*La Venerable Madre Joaquina de Vedruna

La Venerable Joaquina de Vedruna, viuda de Mas, nació en Barcelona el 16 de abril del año 1783, y fue bautizada con los nombres de Joaquina, Francisca de Paula Antonia. Sus padres, distinguidísimos por la nobleza y piedad cristiana, se llamaron Lorenzo y Teresa Vidal, los cuales, habiendo tenido ocho hijos, estudiaron de educarlos en el temor de Dios. Joaquina, que era de naturaleza dócil, respondió plenamente a sus cuidados, de modo que todos los que frecuentaban la familia admiraban la docilidad y obediencia, el candor de su ánimo, la diligencia y el progreso que hacía en los estudios, como también el amor a la oración, en la que empleaba el tiempo que la dejaban libre sus ocupaciones; igualmente eran llenos de admiración para con ella viendo el esfuerzo continuo que hacía para conquistar la virtud, especialmente después de la primera Comunión.

Llegada a la edad de doce años, deseó entrar en el Monasterio de las Carmelitas para ser religiosa; pero, disponiendo diversamente el Señor, no pudo seguir tal voluntad, puesto que, obsequiando a su padre, y habiéndose añadido el consejo del confesor para ello, en el año 1799 contrajo matrimonio con el noble y piadoso joven Teodoro de Mas, con el que convivió santamente por diecisiete años y del cual tuvo nueve hijos, que felizmente preparó para la gloria de Dios; de ellos cuatro hijas fueron religiosas, dos se unieron en matrimonio honestísimo, tres volaron al cielo en tierna edad.

Invadiendo España Napoleón Bonaparte, Teodoro tomó las armas para defender la patria, pero los malestares de la guerra, despojado de fuerzas y oprimido por las angustias, poco después murió piadosamente en el año 1816.

Joaquina, quedando viuda de su amantísimo esposo se retiró a Vich con sus hijos, y allí atendió por diez años a la educación de los mismos, a administrar los bienes patrimoniales, dedicándose también insistentemente a las obras de piedad para con Dios y de caridad para con sus prójimos, así como a conocer más claramente la voluntad del Altísimo, para seguirla, implorando ardientemente para tal fin, con oraciones y penitencias durísimas, la luz del cielo.

Mucho tuvo que sufrir, de parte de sus allegados, por razones políticas; no obstante, teniendo por norma la justicia y confiando en Dios, todo lo superó con fortaleza.

Por inspiración divina, y con el consejo e impulso del P. Esteban de Olot, de los Menores Capuchinos, hombre distinguido por su santidad, se aprestó a fundar una nueva Congregación de Hermanas, la cual tuvo primero la aprobación de los Padres Franciscanos, y después, por la autoridad del Obispo de Vich, Pablo de Jesús Corcuera, fue en I826 canónicamente erigida con el nombre de Instituto de las Carmelitas de la Caridad, señalándose un doble fin: educar a las niñas y tener cuidado de los enfermos. Tal Instituto tuvo la aprobación del Sumo Pontífice Pío IX; las constituciones después compuestas por el mismo P. Esteban de Olot, fueron primero aprobadas por el mismo Pontífice, y más tarde confirmadas plenamente por el mismo Pontífice León XIII, de felicísima memoria.

Con la dirección suave, prudente y fuerte de la  Venerable Sierva de Dios, se levantaron muchas casas del mismo Instituto en Cataluña, en toda España y en otras partes del mundo.

Al empezar la gran obra es difícil el decir cuántas son las contrariedades, cuántas las angustias, cuántas las amarguras que tuvo que soportar, llevándolo todo con ánimo sereno e intrépido. Confiada en Dios, sostuvo resignada las asperezas del destierro, la miseria de la cárcel, las privaciones y las defecciones de algunas Hermanas. Semejante virtud, la conquistó ella de la íntima unión con Dios, teniendo ya dispuesta desde niña su ánimo. Continuamente dada a la oración, meditaba los divinos misterios, especialmente aquellos de la Santísima Trinidad, repitiendo muchísimas veces al día el Trisagio con indecible consolación y gozo del ánimo; veneró grandemente a la  Santísima Eucaristía; y a guisa de buena hija amó a la celeste Madre, y mostró devoto afecto a San José, San Rafael Arcángel y los Santos. Fue humildísima y se complacía en sufrir y ser despreciada. En el cuádruple estado de su vida se manifestó verdaderamente heroica. Igualmente se distinguió por la sabiduría y caridad con las Hermanas, como también para las niñas a quienes educaba y en el amor a los enfermos en el que no fue vencida por nadie.

Y así, estas grandes virtudes de la Sierva quiso Dios colmarlas de grandes dones, tanto en vida como después de su muerte.

En el año 1849 tuvo un ataque de apoplejía, del que todavía se libró. En 1852, agravada tal enfermedad, no pudiendo ejercer más el oficio de Superiora, tomó para compañera suya a la Sierva de Dios Paula de San Luis Delpuig, para que hiciese sus veces y la que fue más tarde Superiora General. Imperando el cólera en Barcelona, la Venerable, que se encontraba entonces allí, fue atacada por la terrible enfermedad. Recibidos con ánimo piadoso los Sacramentos de la Iglesia, murió santamente el día 28 de agosto del año 1854.

La fama de santidad que tuvo mientras vivía, se acrecentó después de su muerte. Por tanto, la Curia de Vich, en los años 1909, 1911, con ordinaria autoridad hizo los procesos relativos. El día 22 de enero de 1919 se tuvo un favorable decreto de la Congregación Sagrada para los escritos de la Sierva de Dios. El 14 de enero de 1920 el Sumo Pontífice Benedicto XV, de feliz memoria, signó de propio puño la Comisión de Introducción de la Causa. El día 13 de julio de 1921 fue declarada la observancia hecha de los decretos de Urbano VIII. Completados los Procesos Apostólicos en Barcelona y Vich, con decreto exprofeso del 23 de junio de 1923, fueron éstos reconocidos jurídicamente válidos. Por tanto, delante de su Eminencia Reverendísima el Cardenal Luis Sincero, Ponente, es decir, Relator de la Causa, el 28 de abril de 1931, tuvo, lugar la Congregación Anti-preparatoria sobre las virtudes; a continuación, el 7 de agosto del pasado año, se celebró la Congregación Preparatoria; y el día 28 de mayo del corriente año, se tuvo la General, en la presencia de Su Santidad Pío XI, felizmente reinante, quien difirió su juicio hasta el 16 de junio, día solemne de la Santísima Trinidad, en que, celebrado el Divino Sacrificio, y oídos los Eminentísimos Cardenales, los Oficiales Prelados y los Consultores que intervinieron, proclamó heroicas las virtudes de la Rdma. M. Joaquina de Vedruna, viuda de Mas, fundadora de las Hermanas Carmelitas de la Caridad.

Hagamos votos al Cielo para que a la declaración solemne de la heroicidad de las virtudes de la Venerable Madre Joaquina de Vedruna siga a no tardar su beatificación, y podamos ver pronto en los altares a la Sierva de Dios que durante un cuarto de siglo trabajó por la recristianización de Cataluña.

La Hormiga de Oro, agosto de 1935.

* El presente artículo fue escrito en los albores del proceso diocesano de la Causa de la Madre Joaquina Vedruna, siendo declarada Venerable el 16 de junio de 1935.

* * *

Festividad de Santa Joaquina Vedruna, fundadora de las Carmelitas de la Caridad

A María Micaela del Santísimo Sacramento

A María Micaela del Santísimo Sacramento

Casta Virgen, de Cristo enamorada
oculto en la Sagrada Eucaristía;
tu amante corazón allí aprendía
cuál es la caridad más acendrada.
Por el Pastor divino aleccionada
y con la antorcha de la fe por guía,
tu existencia empleaste noche y día
en buscar la ovejuela extraviada.
Desdeñaste del mundo los honores
por seguir a Jesús crucificado
y sufriste improperios y dolores;
pisaste mil abrojos punzadores
luchando contra el mundo y el pecado,
por dar gloria al amor de tus amores.

¡Mártir de caridad; blanca paloma!…
huyó la noche;… el sol radiante asoma…
Los querubes en cántico armonioso
—¡Mirad—repiten—a la esposa amada!…
Vedla feliz, y con laurel glorioso
por el Rey de los cielos coronada.
Y aquí en la tierra un eco misterioso
cual cefirillo leve
aclamarte parece rumoroso,
maravilla del siglo diecinueve.

                             D.S.B.

(La autora de esta poesía, consagrada a Dios en el retiro de un claustro, ha preferido no revelar su nombre).

María Micaela del Santísimo Sacramento murió el 24 de agosto de 1865 y su memoria se celebra el 15 de junio, aniversario de sus votos perpetuos.

* * *

Santa María Micaela del Santísimo Sacramento, la Santa de la Eucaristía

¡Hazme otra vez, alfarero!

Hazme otra vez, alfarero

Toma mi barro otra vez, alfarero.
Recógeme en tus brazos que vengo roto,
y no puedo tocar con las mías tu cuerpo.

Álzame de nuevo a tu torno, alfarero,
que traigo mi gesto sin vida,
y tengo necesidad de tu gesto.

Recréame con tus dedos, aliéntame con tu aliento;
pon en mi carne tu fuego, dame tu voz y tu verso,
que yo seré tu palabra, pueblo tras pueblo.

Mete tu mano en mi entraña,
forma mi cuenco: un cuenco frágil y pequeño
donde solamente quepa un corazón bueno.
¡Hazme otra vez, alfarero!

Tú (poema)

Señor, Señor, Tú antes, Tú después, Tú en la inmensa
hondura del vacío y en la hondura interior;
Tú en la aurora que canta y en la noche que piensa;
Tú en la flor de los cardos y en los cardos en flor.

Tú en el cenit a un tiempo y en el nadir; Tú en todas
las transfiguraciones y en todo el padecer;
Tú en la capilla fúnebre, Tú en la noche de bodas;
¡Tú en el beso primero, Tú en el beso postrer!

Tú en los ojos azules y en los ojos obscuros;
Tú en la frivolidad quinceañera, y también
en las grandes ternezas de los años maduros;
Tú en la más negra sima, Tú en el más alto edén.

Si la ciencia engreída no te ve, yo te veo;
si sus labios te niegan, yo te proclamaré.
Por cada hombre que duda, mi alma grita: «yo creo»,
¡y con cada fe muerta, se agiganta mi fe!

                                           Amado Nervo.