San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac, dos héroes de la Caridad

San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac

San Vicente y Santa Luisa de Marillac, dos heróes de la Caridad

Alguien se atrevió a decir que la caridad tiene un nombre divino con dos apellidos humanos. El nombre divino es Dios, porque Dios es caridad. Los dos apellidos humanos son: San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac. La frase, aunque a primera vista parezca atrevida, tiene, sin embargo, un fondo de realidad. El nombre y los apellidos de una determinada persona, aunque entre sí sean diferentes, son, sin embargo, dos signos de equivalencia, son como dos símbolos de una misma realidad, y aunque el nombre sea primero y los apellidos después, uno y otros nos conducen al recuerdo de la misma idea por que son dos caminos que se dirigen al mismo fin. Dios es caridad, dice San Juan, y quien permanece en caridad se identifica con Dios. Y con Dios se identificaron estos dos gloriosos santos cuyo lema fue siempre la práctica de la caridad. San Vicente y Santa Luisa fueron dos vidas paralelas que persiguieron siempre el mismo ideal. Por eso parecen dos flores que exhalan las mismas fragancias. Por eso sus propios nombres personifican y simbolizan la misma virtud de la caridad y son dos apellidos sinónimos que reclaman para sí aquella virtud real que es sinónimo de Dios.

San Vicente y Santa Luisa fueron como las dos manos de una misma persona, que a impulso de un mismo amor, acometen y realizan una misma empresa. Esa empresa fue la empresa de la caridad y el amor que la inspiró fue un amor del todo divino, es decir, aquel amor que en lenguaje teológico se llama Espíritu Santo. Existe un amor pagano, que obra sólo por motivos humano-naturales. Ese amor ni es divino ni es cristiano, porque prescinde de Dios, porque no obra por Dios. Ese amor no es caridad. Pecado sería colgárselo a Dios como apellido, pues tal apellido sólo tendría el injurioso sentido de un apodo. Ese no fue el amor con que amaron estos nuestros dos santos. Ellos bebieron la caridad en Dios mismo. Por Dios hicieron todo cuanto hicieron y en Dios se inspiraron para todas sus empresas, y Dios les dio su propio amor y su propia inspiración y por eso ellos fueron dos genios y todas sus obras fueron geniales y aun nos atrevemos a decir que fueron auténticas obras de Dios.

Ellos fueron, pues, digámoslo sin rodeos, las dos llamas divinas con que Dios reavivó el amor entre los hombres; ellos las dos manos de la Providencia que fajaron al mundo y lo envolvieron y arroparon con el manto de seda de la caridad. Por eso, el mundo entero, consciente de estos beneficios, los ha mirado siempre como la silueta de Dios y los ha aclamado, alabado y bendecido como aclama y alaba y bendice al mismo Dios.

* * *

Enlace recomendado: 

San Vicente y Santa Luisa (una misma pasión por los pobres)

El Buen Pastor (Domingo del Buen Pastor, IV Domingo de Pascua)

EL BUEN PASTOR

Si nuestra vida fuese inocente y pura y si sufriéramos con resignación lo mismo los contratiempos que las injurias e hiciéramos que las dentelladas del maligno se embolaran en el blando y suave vellón de la verdadera mansedumbre; probaríamos al mundo que realmente pertenecemos al rebaño de Jesucristo y mereceríamos más con la victoria sobre nosotros mismos que los esforzados guerreros en la conquista de fortísimas ciudades, según expresión de la Sagrada Escritura.

Nuestro Divino Salvador y Buen Pastor nos enseña a que mientras tengamos tiempo, procuremos imprimir en nuestras almas ideas buenas, tomadas ya de un libro piadoso, ya de un elocuente sermón, ya de los labios de prudente director, ya de las enseñanzas de sabio preceptor, ya de los ejemplos que vemos; ideas y pensamientos que luego meditaremos y combinaremos y haremos nuestros en el descanso, en la soledad, en el sosiego de nuestro oratorio y de los templos para reducirlos a la práctica cuando llegue la ocasión y el feliz momento en que llamados por Dios, seamos reconocidos cual imágenes y copias más o menos aproximadas de su Divino Hijo Jesucristo.

el-buen-pastor-iY hemos de tener muy presente que así como el pastor conoce sus ovejas, sabe cuántas tiene; cuales son las fuertes y cuales son las débiles; Jesucristo nos conoce muy bien, porque como Dios es sapientísimo y no se le ocultan ni nuestras necesidades, ni nuestras miserias, ni nuestras virtudes, ni aun los más recónditos pensamientos, viendo además todo lo que nos hace falta para el cuerpo y para el alma, para la vida presente y para la vida futura.

¿Y qué hemos de hacer nosotros para conocerá nuestro Divino Pastor? Acercarnos a Él y seguir sus máximas y oír su voz, indicada por sus representantes en la tierra, y hacerlo posible por no salir de los caminos que nos traza, para no ser presa del infernal enemigo que no duerme y acecha el funesto instante en que nos separemos del rebaño para devorarnos.

Y si alguna vez nos extraviamos como acontece con las ovejas entretenidas con el grato placer de abundante pasto, ¿qué hemos de hacer entonces? ¡Ah!, entonces debemos acudir presurosos al llamamiento amoroso de nuestro Buen Pastor que nos recuerda el cumplimiento de nuestros sagrados deberes por medio de persuasivas exhortaciones de los Párrocos, al explicarnos el Santo Evangelio y el de los incesantes gritos de alarma de los Prelados, centinelas avanzados de la casa del Señor. Y si el pastor ama las ovejas y procura su bienestar, y las ovejas siguen al pastor y le regalan con su sabrosa leche amándonos como tanto nos ama Jesucristo y habiendo muerto afrentosamente en una cruz por nuestro bien; nosotros estamos obligados a tomar la cruz, obedecerle, amarle y entregarnos por completo a su santísimo servicio.

Francisco Jiménez Marco. La Coruña, 1897.

Oración del Buen Pastor

Mi Señor, mi Buen Pastor, Hijo del Padre, fuente de luz, tormenta de fe, que vienes a sacudir nuestra dormida esperanza, que nos envías a Tu Madre para enamorar nuestros fríos corazones, que luchas con amor para conquistar los espíritus inquietos por las angustias del mundo.

Óyenos Señor, escucha a tus hermanos aquí, juntos queremos seguirte, donde Tú quieras que nuestros pasos se dirijan.

Nuestros corazones quieren pertenecerte, por siempre.

Nuestras almas sedientas de Tu luz solo quieren verte sonreír junto a Tu Madre.

Envíanos Tus Angeles y Tus Santos, consuélanos con su presencia celestial.

Danos el consuelo infinito de saber que Tu Misericordia ve con ojos agradables nuestro arrepentimiento por tanto error cometido.

No permitas que bajemos nuestras defensas contra el maligno y sus tentaciones.

Haznos fuertes, Señor, haznos fuertes en la entrega a Vos, nuestro Dios.

Haznos pequeños y dóciles para que dejemos actuar a Tu Santo Espíritu en nosotros, para que Tú te hagas cargo de nuestra vida.

Haznos confiados corderos de Tu rebaño, Señor, danos el abrazo de Tu Voluntad, Señor. Que seas Tu quien nos guíe, que sea tu Madre quien nos proteja.

No te alejes de nosotros, Señor, perdona nuestros errores y pecados, y nuestra falta de fe.

Amén.

* * *

La parábola del Buen Pastor

A Jesús Crucificado

A Jesús Crucificado

Delante de la Cruz, los ojos míos,
quédense, Señor, así mirando
y sin ellos quererlo, estén llorando,
porque pecaron mucho y están fríos.

Y estos labios que dicen mis desvíos,
quédenseme, Señor, así cantando,
y, sin ellos quererlo, estén rezando
porque pecaron mucho y son impíos.

Y así, con la mirada en vos prendida,
y así, con la palabra prisionera
como a carne a vuestra cruz asida,

quédeseme, Señor, el alma entera,
y así, lavada en vuestra Cruz mi vida,
Señor, así, cuando queráis me muera.

                   Rafael Sánchez Mazas

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Imagen: Santísimo Cristo del Amor (Iglesia Colegial del Divino Salvador, Sevilla)

El Carisma Vicenciano

“Fui forastero y me recibiste…”

La Familia Vicenciana celebra, a lo largo de este año 2017, el 400 aniversario del nacimiento del Carisma Vicenciano. A modo de pequeño homenaje, reproducimos el siguiente artículo¹ escrito con motivo de la otrora conmemoración del cuarto centenario del nacimiento² de San Vicente de Paúl (1581–1981). Ambas efemérides se encuentran estrechamente relacionadas, en espíritu y dinámica, incluyendo un mensaje social plenamente vigente:

IV Centenario de San Vicente de Paúl

Sin ruidos, sin aparatosidad ni espectacularidad, se nos ha metido por los pobres para adentro el IV Centenario del nacimiento de San Vicente de Paúl. Calladamente, sigilosamente, como una vida, como un servicio de amor sencillo y humilde. —Dicen que el bien no hace ruido, ni el ruido hace bien—. Por eso, quizá no lo entiendan más que los humildes y sencillos, los de corazón pobre; aunque no sepan definirlo: pero, ¿cómo definir el amor, una amistad, la fe?

Celebra el IV Centenario da San Vicente de Paúl toda la ingente familia vicenciana: su familia de misioneros paúles, Hijas de la Caridad, Voluntarias de la Caridad, las Conferencias de San Vicente de Paúl, todas las obras de inspiración vicenciana: su familia de todos los amigos de los pobres: y sobre todo, su familia que son todos los pobres, los hambrientos de pan y de verdad, los necesitados da cuidados corporales y espirituales, de salud y de amor. Los pobres de viejas y modernas pobrezas, a los que llega la acción vicenciana y a los que no llega todavía la acción vicenciana, porque aún siguen siendo insuficientes los obreros para tanta mies.

Por eso el IV Centenario de San Vicente de Paúl, no es una meta final, sino una llamada a zambullirse en ese impulso evangélico y a dejarse empapar en esa oleada de caridad suya, que se ha extendido por todo el mundo y llegar hasta las arenas de nuestra existencia concreta. No queremos celebrarlo como un homenaje, ni como un recontar avaramente una herencia familiar, sino como una experiencia de fe, tremendamente actual: como una participación en la experiencia de Dios y de los pobres que tuvo Vicenta da Paúl. Juan Pablo II, en carta al Superior General de la Congregación de Misión y da las Hijas de la Caridad, con motivo de este Centenario, lo recuerda: «La vocación de este iniciador genial de la acción caritativa y social ilumina todavía hoy el camino de sus hijos e hijas, de los laicos que viven de su espíritu, de los jóvenes que buscan el secreto de una existencia útil y radicalmente empleada en el don de si mismo. El itinerario espiritual de Vicente de Paúl es fascinante».

Quizá muchos se pregunten si todavía quedan pobres en nuestras ciudades de consumo y en nuestros campos semiabandonados. Quizá muchos seamos pobres-ricos, que no vemos las nuevas miserias que pululan debajo de nuestra mesa, como el Epulón no vela a Lázaro. Es cuestión de leer el Evangelio y el mundo como Vicente de Paúl, para percibir el latido de la pobreza, de las múltiples pobrezas de nuestro tiempo, porque al pobre no se le conoce más que en la cercanía, en el compartir el pan y el corazón con él. También a Vicente de Paúl le reprocharon que parecía que se inventaba a los pobres, cuando acercaba a los pobres a la conciencia de los poderosos.

UN SANTO MODERNO

Cuatro siglos son muchos años de pervivencia de una actualidad. Juan Pablo II sigue asegurando que «la mirada de contemplación a la epopeya vicenciana nos lleva a decir sin titubeos que San Vicente es un santo moderno». Y el mismo Santo Padre formula el reto: «¿Podemos imaginar siquiera lo que este heraldo de la misericordia y de la ternura de Dios sería capaz de emprender hoy, utilizando con acierto todos los medios modernos que tenemos a nuestra disposición? Su vida sería semejante a lo que fue: un Evangelio ampliamente abierto, con el mismo cortejo de pobres, de enfermos, de pecadores, de niños desgraciados, de hombres y mujeres que se pondrían ellos también a amar y servir a los pobres».

¡Un reto y una esperanza en medio de nuestro tiempo!: si acertamos a situarnos en su luz, descubriendo vitalmente el sacramento del pobre y a consentir en su fuerza de compromiso humano y cristiano.

Asusta su asombrosa actividad personal y su increíble capacidad de organización. Asusta, sobre todo, la fuerza expansiva de su espíritu a lo largo de estos cuatro siglos. Pero San Vicente tranquiliza: todo lo reduce al servicio humilde y sencillo, con la profunda intencionalidad e intensidad que da a estas actitudes. Todo lo demás lo harán los pobres, ellos mismos. Cabría pensar si los pobres lo llevaron a Dios, o Dios lo entregó a los pobres. Pero lo cierto es que Vicente de Paúl aceptó a los pobres como sus maestros y señores. Los pobres le cerraron todos los otros caminos, lo acosaron y lo empujaron, le hicieron amoldarse y crecer, superarse y renunciar, vivir en hondura y plenitud su propia existencia. San Vicente debe mucho más a los pobres, que los pobres a San Vicente. Y este es el reto que nos deja, —siempre es un riesgo encontrarse verdaderamente con los pobres—, pero es al mismo tiempo la esperanza que les queda a los pobres de que la ternura de Dios llegue hasta ellos.

UN HUMANISMO CRISTIANO

Los términos pueden estar gastados por el uso, pero entrañan una profunda realidad. A San Vicente se le ha estudiado mucho: su psicología, sus concepciones sociales, hasta su visión política. Incluso se ha estudiado su humanismo, separado de su cristianismo y su cristianismo, separado de su humanismo.

Pero si queremos descubrir los resortes íntimos, los dinamismos profundos de su acción caritativa y social, la fuerza superior que hoy nos puede comprometer auténticamente en el sacramento del pobre, tenemos que recurrir a sus inseparables coordenadas de vida y acción: primera, «hay que ver y servir a Dios en los pobres y a los pobres en Dios». El lugar de su contemplación y de su acción hacia el pobre es Dios y hacia Dios es el pobre. «No me basta amar a Dios, si mi prójimo no le ama», se repite en su trabajo incansable. Al hombre lo ve en sí mismo, pero a la luz y a la sombra de Dios: a Dios lo ve y le sirve en sí mismo, pero a la luz y a la sombra que el pobre proyecta en Dios… Y la segunda coordenada: el paso del amor afectivo al amor efectivo. No se fía de los buenos pensamientos y bellos sentimientos: le urge siempre la acción: «Amemos a Dios, pero que sea con el sudor de nuestra frente y el esfuerzo de nuestros brazos».

No parte, por tanto, de una ideología, de una teoría del hombre. No parte de una ciencia del hombre, sino de una «conciencia». Es fundamental la percepción y observación del hombre, del pobre, para comprender al qué, el por qué y el cómo del servicio. Y quizá lo primero en la antropología vicenciana es desteorizar al hombre: el pobre no es una idea, una teoría, sino un yo viviente en necesidad. El pobre no es una ausencia, ni siquiera la distancia despersonalizada de una masa, sino una presencia interpelante, desgarrada, con sus heridas en carne viva. El pobre no es una situación que puede interpretarse desde la visión pesimista del pasado o desde la utopía de un futuro optimista: es simplemente una actualidad que clama en un ahora y una realidad que espera inmediatamente. El pobre no es un abstracto, sino un concreto. No es una definición, sino una vida, con sus sentimientos, sus humillaciones, sus derechos y sus carencias, su dolor y su alegría…

Y cuando ese hombre se percibe integral en el misterio de Cristo, cuando se comprende internamente que está asumido por Cristo, —«tuve hambre y me disteis o no me disteis de comer, tuve sed, estaba desnudo, enfermo, en la cárcel…—, entonces comprendemos la vida y la acción de Vicente de Paúl, su mística y su entrega total al servicio del pobre.

EN EL AOUÍ Y AHORA

San Vicente, su carisma, entronca en raíces tan profundamente humanas del hombre, que en cualquier lugar, aquí, y en cualquier momento histórico, ahora, encuentra el camino de los pobres, de los nuevos pobres, y actúan. Y en medio de nuestra sociedad consumista, materializada, hedonista, está presente, descubriendo las nuevas víctimas de esa misma sociedad. Evidentemente, con una escala distinta de valores, Vicente de Paúl es hoy y ahora quien opta por servir a Cristo en el hermano, quien se solidariza con los más desfavorecidos, quien se entrega a la promoción integral de los abandonados. Con sus limitaciones, con su propia pobreza de recursos, humildemente: por eso se nos puede pasar desapercibido, porque el pobre casi nunca es noticia y tiene hasta la pobreza da no poder expresarse, de no podar gritar sus derechos.

Vicente de Paúl, su espíritu, es ya secular en nuestras islas. Las dos primeras oleadas del espíritu vicenciano llegaron, en 1829 con las Hijas de la Caridad del Viejo Hospital de San Martin, y en 1847 en la persona del obispo Codina, el gran misionero de nuestros pueblos. Desde entonces esa semilla no ha hecho más que constituirse en árbol y crecer y extender sus ramas de acción: orfelinatos, hospitales, colegios, parroquias, sanatorios psiquiátricos, leprosería regional… hasta la reciente expansión a todas las islas periféricas.

Tal vez, pocos entre nosotros puedan asegurar que no han sentido el calor de ese espíritu vicenciano, en algún momento de dolor o necesidad del cuerpo o del espíritu: directa o indirectamente, personalmente o en algún ser querido. Muchos, en el campo docente cuando la vida aún es casi un juguete. Pero, ¿quién podrá contar la multitud de los que han recibido alivio corporal o espiritual, a través del contacto personal o en el ámbito sanitario, cuando la vida se resiente o comienza a resquebrajarse y se busca una palabra para nuestros miedos, nuestras soledades, nuestros interrogantes en el dolor?

Al celebrar este IV Centenario de San Vicente de Paúl no se pretende hacer estadísticas da personas asistidas, ni números de vidas desgranadas día a día en la entrega anónima del servicio al prójimo, ni fechas que encasillen un espíritu. Todo queda abierto, porque queda aún mucho que hacer, y que profundizar, y que renovarse, y que alcanzar: este es el intento. Una vez más acudimos a la carta del Santo Padre el Papa, para expresar nuestro deseo convertido en oración: «Que el cuarto centenario del nacimiento de Vicente de Paúl llegue a iluminar abundantemente al pueblo de Dios, a reanimar el fervor de todos sus discípulos y a hacer resonar en los corazones de muchos jóvenes la llamada al servicio exclusivo de la caridad evangélica».

J. VEGA HERRERA

Oración para el IV Centenario del Carisma Vicenciano

Señor, Padre Misericordioso,
que suscitaste en San Vicente de Paúl
una gran inquietud
por la evangelización de los pobres,
infunde tu Espíritu
en los corazones de sus seguidores.

Que, al escuchar hoy
el clamor de tus hijos abandonados,
acudamos diligentes en su ayuda
“como quien corre a apagar un fuego”.

Aviva en nosotros la llama del carisma
que desde hace 400 años
anima nuestra vida misionera.

Te lo pedimos por tu Hijo,
“el Evangelizador de los pobres”,
Jesucristo nuestro Señor. Amén.

* * *

* ¹El Eco de Canarias, 25 de septiembre de 1981.

* ²San Vicente de Paúl nació el 24 de abril de 1581 en la localidad de Pouy, Francia. Hoy se cumplen, por tanto, 536 años de su nacimiento.

Meditación en Jesús (poema)

Meditación

Yo he sentido, Jesús mío recordando los momentos
que, clavado en el Madero, por nosotros padeciste,
el deseo expiatorio de sufrir yo los tormentos que
sufriste.

Llevar clavada en mi frente la corona que llevaste
y sentir en mi costado penetrar el hierro frio,
y perdonar los agravios, como Tú los perdonaste,
Jesús mío.

Mártir Divino, al que un día, llenos de dulces fervores
tus discípulos, absortos, tus palabras escuchaban
en las orillas del río o en los campos que las flores
esmaltaban.

Que tus palabras Divinas suenen siempre en mis oídos
y mis pasos se encaminen a la Gloria prometida;
mira que hoy lloro, Dios mío, los errores cometidos
en mi vida.

Y el día que ya la muerte me llame a infinita calma
y de mis ojos, velados, se borren seres y trazos
yo quisiera, Jesús mío, que recogieses mi alma
en tus brazos.

Te lo pido por los clavos que tus miembros traspasaron,
por la última plegaria que cruzara por tu mente,
por la corona de espinas que los hombres te clavaron
en la frente.

Por la pena de tu Madre, en un rictus doloroso,
en aquel aciago día de tristezas y de espanto,
en tus pies martirizados vertió el raudal amoroso
de su llanto.

Mi corazón dolorido tu misericordia implora;
no permitas que me aparte del camino de la luz,
¡Por el llanto de tu Madre y la imagen redentora
de la Cruz!

La vida nueva del hombre

Resurrección

La vida nueva del hombre

En este día glorioso de la Resurrección, Jesús marchó al Padre para redimirnos. Acaso no nos demos cuenta, o queremos olvidarnos, de la significación profunda que entraña este hecho histórico milagroso.
Aquel hueco sepulcral quedó vacío para llenarse de vida eterna. La Humanidad, y todos y cada uno de los hombres que la componen ganaban la posibilidad de la salvación. La figura maltrecha y escarnecida de un Dios se elevaba a los Cielos, nimbada de luz, de pureza, de éxtasis infinito para configurar una Vida Nueva en el hombre. Y repicaron en ese instante las campanas del mundo entero, y un grito de Aleluya se escuchó en todos los confines de la tierra, y un rayo inmenso de luz iluminó todos los corazones.
¡La Vida Nueva del hombre! Aquel Hijo del Carpintero que atravesó los caminos de Palestina, y conoció el odio, la persecución y la muerte en vilipendio levantaba en ese momento la gran bandera del perdón. Esa bandera que hemos visto enarbolada, con aire triunfal, en todo el Orbe, a través de veinte siglos. El viernes mismo la hemos presenciado en forma de Cruz a través de la pantalla, levantada por las manos del Vicario de Cristo, en el Coliseo de Roma. Las patéticas, pero serenas escenas del Vía Crucis pontifical, bajo la noche estrellada de la Ciudad Eterna, nos llenaban de emoción. Era un anciano, Representante de Jesús, quien levantaba su Cruz ante los Misterios, con sotana y solideo blancos, adorando y reverenciando al Salvador del Mundo. Su palabra quería ser firme y trocábase en angustiosa, oprimida por la dramática situación que impera en la faz de la tierra. Pero, inspirado por el Espíritu Santo, brotaba la oración del Papa con esa iluminada esperanza y esa entrañable caridad que lleva siempre en su corazón el gran Príncipe del Cristianismo.
De ese mismo manantial de fe hemos de participar todos los católicos. Manantial que se nos figura puro y cristalino en este glorioso día de la Resurrección del Señor. El corazón del cristiano ha de tornarse valiente, seguro, esperanzado en la gran conmemoración de la redención humana. Ha de mostrarse sin fisuras ni vaivenes, porque creer en Dios y, sobre todo, cumplir sus mandamientos es el supremo deber del buen cristiano. Quienes se postran de rodillas para luego desviarse de Jesús, en la vida o en el ejemplo, merecen, a juicio mío, mayor estima que quien se empeña en desconocerle o se niega a seguirlo.
¡Vida nueva del hombre! En este día glorioso de la Resurrección pensemos en ella, suprimiendo odios, buscando la cordialidad y la paz, alzando el espíritu sobre las miserias de nuestra existencia. Esa nueva vida que debe ser hechura e imitación de Cristo, amándonos con humildad, perdonándonos con sincero cariño, buscando horizontes de convivencia fraterna.
Por la faz de la tierra parece hoy pasar una ráfaga satánica de incontenido desamor. Miremos a lo alto y veamos esa gloriosa figura de un Dios hecho hombre que penetra en los Cielos para perdonarnos y bendecirnos. Si le volvemos la cara seremos reos de ingratitud. Si le seguimos con ojos de fe seremos auténticos hijos de Jesús.

Carlos Ramírez Suárez, “En la ruta de mis recuerdos” (1976)

Tarde de Viernes Santo

Ha llegado Jesús al pie del monte Calvario, al lugar llamado Gólgota. Una muchedumbre inmensa iba tras él. La cruz se halla dispuesta.
Aun no sé ha turbado la armonía del universo, pero el horizonte empieza a oscurecerse. Las tempestades salen, profiriendo horribles alaridos, de las cuevas en que las retenía la mano del Eterno.
El Hombre-Dios se detiene al pie de la cruz.
Lleva la mano a la frente, se inclina con humildad y habla a su Padre, o su juez. Solamente el Eterno oye sus palabras; pero su misteriosa respuesta hace estremecer a los cielos. Los verdugos se apoderan del Mesías.
Los millones de mundos que vagan por el espacio entran en las parábolas que han de describir para anunciar, al infinito la muerte del Hijo del Eterno.
El universo se detiene, señalando la hora del sacrificio. El eje de la tierra permanece inmóvil.
El Mesías pende de la cruz. Sus ojos en que brilla la bondad de un Dios, fíjanse en sus verdugos y elévanse seguidamente al cielo:
—¡Perdonadles, Padre mío —dice— No saben lo que se hacen!…

* * *

Tarde de Viernes Santo

¡Oh tarde de duelo y llanto!
¡Oh tarde sin sol ni azul!
¡Oh tarde de Viernes Santo!

En el monte empieza un drama:
la tragedia del Calvario.

¡Qué blancas están las cruces
en el verde del Calvario!

¡Qué grises las horas caen!
Tres chopos están llorando…

Y las aguas bajan turbias,
y no hay paz en los remansos,
y en los árboles sin luz
están dormidos los pájaros.

¡Qué tristes están las calles
de los pueblos provincianos!
Hasta en la plaza los hombres
fingen hablar más despacio.

Sed buenos, dicen las madres,
sed buenos, que es Viernes Santo.

Hay un dolor en el viento
de ayer sordos y lejanos.

-Misereres plañideros
de los frailes cartujanos.

Las campanas están mudas
en los viejos campanarios.
En la iglesia, con dos velas
el Señor amortajado…

En el Monte queda una tragedia:
la tragedia del Calvario.

                         José Ávila García. Abril de 1955.

La muerte de Jesús (poema)

La muerte de Jesús

De negras tintas se reviste el cielo;
el valle cubren tétricos fulgores;
los hijos de Judá con sus clamores
llenan al Justo de amargura y duelo.

Clavado en una cruz, con triste anhelo
sufre Jesús del pueblo los rigores;
muriendo salvará a los pecadores,
y halla en la muerte celestial consuelo.

Sombras inundan el vecino prado,
la tierra se estremece conmovida,
y el pueblo de la cruz huye aterrado.

Brilla por fin la luz apetecida,
y alumbra, en aquel crimen consumado
la humanidad entera redimida.

                 Narciso Díaz de Escobar.

* * *

Imagen: Santísimo Cristo de la Salud, Hermandad de San Bernardo (Sevilla).

Manos de Jesús

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Manos de Jesús

Manos de Jesús heridas,
manos de Jesús clavadas,
manos de Dios ofendidas,
santas manos olvidadas…

Manos de Jesús hermosas
dulces, santificadoras
con sus llagas dolorosas
de aquestas manos traidoras.

Oh, manos olvidadoras
de tantos justos enojos:
tus manos perdonadoras
¡si las viesen nuestros ojos!

Si sobre tus manos santas
lágrimas, en vez de culpas,
pusiéramos por disculpas
de nuestras maldades tantas…

Manos divinas y puras
que con sangre y caridades
lavas las sensualidades
de aquestas manos impuras…

Manos sumisas y presas:
¡Oh, manos tan mal tratadas!
Manos que aguardan sin priesas:
¡Oh, manos sacramentadas!

Manos para dar sin nombre
a cualesquiera pobreza…
¡que pueda estar tu grandeza
entre las manos del hombre!

Manos de Jesús heridas…
Manos de Jesús clavadas…
Manos de Dios ofendidas…
Santas manos olvidadas…

          Alberto Zoghbi

Foto: Detalle de las manos del Santísimo Cristo a la Columna de San Juan del Farrobo (La Orotava). P.J. Photos.

¡Gethsemaní!

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¡Gethsemaní!

¡Gethsemaní, Gethsemaní, han pasado
los siglos por tu escena desnudándote,
y ya estabas desnudo; devastándote,
Gethsemaní, y ya estabas devastado!

Tus olivos son árboles llorosos
que tienen torcimientos de agonía;
al desmamparo de su sombra fría
sólo crecen los cactus espinosos,

cilicios de la trágica Judea;
tu triste desnudez vistió de gracia
nuestro pecado y nuestra contumacia,
el amor redentor dijo: ¡así sea!

Cristo trasudó sangre en tu escenario,
que vacío y sin luz su gloria llena
(gloria de Dios en mezquindad terrena);
tú fuiste la antesala del Calvario

y recibiste el beso de Iscariote
al par de Jesucristo, y lo guardaste
indeleble; por siempre te quedaste
estéril, dolorido del azote…

Azote fue, el primero y el más fuerte:
Cristo amó en Judas la verdad donada,
como el sembrador a la tierra sembrada;
Judas, en pago, lo entregó a la muerte

Mirad al hombre en la estación del Huerto;
lo humano pide protección divina,
manso cordero la cabeza inclina,
en torno de Jesús todo se ha muerto…

El crimen se aproxima lentamente,
la traición va a saltar como una fiera
con el salto feroz de la pantera
sobre Jesús, la victima inocente…

Pero la Caridad baja del Cielo;
se sonríe la lívida mañana
y vistiendo belleza sobrehumana
un ángel llega en silencioso vuelo…

¡Hora del sacrificio y de la afrenta!
Jesús apuró el cáliz de amargura:
de cada gota de su sangre pura
brotó una rosa de Pasión, sangrienta…

¡Gethsemaní, Gethsemaní, han pasado
los siglos por tu escena desnudándote,
y ya estabas desnudo; devastándote,
Gethsemaní, y ya estabas devastado!

                  Francisco González Díaz
               (Gran Canaria, abril de 1943)