Instante

Instante

Me llegará por fin el día en que tu rostro al despertar
ya no será la luz de mi sendero
un día más que ocuparé con lo que toque
y tu gozoso cuerpo no irrumpirá celoso
las horas de mis ojos y mi tiempo

también la dulce tarde
en que repose mi frente cada hueco
y me dedique en carne y hueso
a lo que tenga aquí: cabal, urgente, pleno

la noche en paz que al tornar a mi lecho
repase a los que amo en este reino
y ya no estés, ni tú, ni tus silencios

espero, sí, que de mis labios a mis pechos
estará todo claro y certero
que se impondrá la realidad presente y pura
y que seré feliz ya sin tu sueño

me llegará por fin, estoy seguro,
aquel atardecer en que comulgue
con lo que soy ahora, con lo que ya no tiemblo
con todas las caricias que me han hecho de nuevo

me llegará la paz, la sonrisa total, el silencio perfecto
el saber ya quién soy ajeno a tu requiebro
me bastará saber que amé
y aquel amor es todo lo que tengo.

                                             Moncho

Anuncios

Poema a La Orotava

LA OROTAVA

Partida en dos,
La Orotava florece siempre
la idea de ser una sola voz
como Dios manda y ordena.
Dos llaves tiene su angustia,
dos acentos cada letra,
cada sombra dos perfiles
y dos aceras las penas.
Hasta el aire se respira
de dos distintas maneras.
Señor en casa, el silencio
con sus babuchas de seda;
despierto y a la intemperie,
el platanal como gleba.
Aquí no hay sumas que valgan,
todo sucede y se enhebra
en la vecindad distante
de las líneas paralelas.
Y en este lugar de justas
donde el sí y el no se encuentran
edificó La Orotava
su castillo sin almenas.
Todo él discurre y se acuña
en el troquel de un dilema:
en cada aldaba hay el nudo
de una pared sin respuesta,
en los balcones del aire
la soledad que te acecha
y en los pájaros que cantan,
la jaula de su condena.
Y es la espuma contrapunto
de la amistad de la estrella
y el loro del arco iris
del jugador de ruleta.
Y en este flujo y reflujo
donde los verdes se orquestan,
en este ajedrez de magia
acampan todas las brechas.
Aquí los lares si lloran
con lágrimas como piedras,
que en La Orotava conmueve
el pecho de una belleza
que oculta un río de fuego
amortajado en las venas.
Pero las flores la salvan;
las flores, que no recuerdan
ser más que notas y ritmos
del vals de la primavera;
las flores, universales
nidos que hablan una lengua
para todas las miradas;
las flores, esas doncellas
que tejen su desnudez
con intimidad de rueca
y dan al color las alas
de palomas mensajeras;
las flores, que son las ondas
que emiten por sus antenas
los sueños que no murieron
y levantan la cabeza.
Y en este claro de bosque
donde el sí y el no se encuentran
la flor redonda del día
cierra el paso a la tristeza.
Y su valle de esperanza
es como una cita abierta
donde el volcán y la nieve
echan la rodilla a tierra.

Pedro García Cabrera
“Vuelta a la isla” (1968).

El arrorró (poema)

El arrorró

Guardo muchas canciones en la memoria
pero en el alma llevo tan sólo una:
aquella cuyas notas saben a gloria,
la que cantó mi madre junto a mi cima.

Aquella cuyas frases van impregnadas
del cadencioso arrullo de las palomas,
y cuyas vibraciones inmaculadas
tienen para nosotros luces y aromas.

Arrorró de mi tierra, sencillo y blando,
lleno de dulce y vaga melancolía,
¡quién no te ha oído nunca vive ignorando
de los grandes amores la poesía!

Susurro de los valles que lleva el viento,
del mar o de los bosques; canción lejana,
todo cuanto en mis penas tiene un acento
en tus notas encuentra la nota hermana.

Y se mezclan al ritmo de tus cantares
unas veces la dicha y otras la pena,
el murmurar alegre de los pinares
o el gemir de las ondas sobre la arena.

Canción incomparable, todo dulzura,
canción de mis recuerdos, tierna y vehemente,
cada vez que te escucho se me figura
que una ola de besos baña mi frente.

                   Domingo J. Manrique

La tristeza, la alegría, el arrepentimiento, el perdón…

LA TRISTEZA

Sigue tu arrullo, tórtola amorosa;
Hinche de tu ternura el bosque umbrío,
Y de amor bajo el suave poderío
Vive feliz correspondida esposa.

¡Ay! Yo con suerte mucho más dichosa
Trepar al olimpo por mí ser portio;
Y no obstante el acerbo dolor mío
Causa este llanto que en mi faz rebosa.

Que a ti de tu consorte siempre al lado
Con nuevo gozo te baila el nuevo día,
Y acrece los deleites del pasado:

Más huye de mi vida la alegría….
Y…. ¡Cómo! ¿Y es un fiel quien se ha quejado?
¡Tiene tristeza un hijo de María….!

LA ALEGRÍA

Dulce es María cuando tiende afable
Las manos amparando al inocente:
Dulce, cuando en favor del delincuente
Al irritado Juez torna exorable:

Dulce cuando con voz tierna agradable
Excita a la virtud al negligente:
Dulce, cuando acaricia suavemente
Al que juró en su amor no ser mudable.

Dulce, cuando en la noche de la vida
El ceño desarruga de la muerte,
Y acompaña al devoto en la partida.

Y dulcísima en fin, cuando… ¡Ah! Quien verte
Logra en el cielo, Madre esclarecida.
Ese podrá explicar su dulce suerte.

EL ARREPENTIMIENTO

¿Será Reina del cielo que severa
Miréis de un infeliz la angustia y llanto;
Y que así me arrojéis de aquese manto
Que en más risueños días me cubriera?

Madre, Madre piadosa, considera
Que, si bien no aprecié cariño tanto,
Mi ingratitud tanto me causa más espanto
Que el infierno si en él arder me viera.

Cuanto mayor mi ingratitud ha sido,
Más cruda, más horrible es mi desgracia.
Y más vivo el clamor de mi gemido.

Ved vos lo que valéis; y la eficacia
Veréis también con que perdón os pido,
Tórname aún esta vez, ¡ay! a tu gracia.

EL PERDÓN

Denme que el orbe a mi semblante atento
Mi voluntad mas que obedezca adore:
Denme que cómo sandez se enamore
Una Elena de mí con otras ciento:

Denme que dueño sea en el momento
Del oro que la tierra en sí atesore:
Denme que todo sabio condecore
Con su loor y aplauso mi talento:

Denme que finjan, o Marón, u Homero,
No imaginadas otras mil venturas
Que tengan para mí ser verdadero:

Para mí todas fueran desventuras,
Si la Virgen, su rostro antes severo,
No me hubiera anegado ya en dulzuras.

                                           V.C.R. (S. XIX)

Foto ilustrativa: Stefan Wise, en Cathopic.

Mi crucifijo (poema)

Mi crucifijo

¡Mi crucifijo!… ¡oh síntesis divina
de toda cuanto anhelo y necesito!
Luz, fuerza, paz, valor… sostén bendito
de un alma desterrada y peregrina.

Preso en mis manos, si mi ser declina,
tal aliento me das, que resucito:
y un consuelo me infundes infinito,
cuando beso tu llaga purpurina.

Yo contigo, no siento los dolores:
ni noto en mi redor, los desamores…
es más: mi soledad, de ver no echo:

Pendiente así de Ti la vida mía,
cerca de mí te tengo todo el día,
y duérmome contigo sobre el pecho…

     Carlota Navarrete (Málaga)

A la Vera Cruz (tríptico)

A la Vera Cruz (tríptico)

I

Escrito fue en el cielo tu existencia
a aquel que de tu amor nunca supiera.
Y en medio del fragor, Cruz verdadera,
te alzaste como altar de la conciencia.

Y fuiste desde entonces plena audiencia
a todo pecador que te inquiriera.
Y fuiste, Cruz de amor, aura cimera
capaz de perdonar toda inclemencia.

Crecidos a tu sombra redentora,
gustamos el manjar de nuestra vida.
Sabiendo que algún día, a cualquier hora,

sin pausa emprenderemos la partida,
al seno ya infinito de la aurora
que emana de tu dicha compartida.

II

Al símbolo de amor que nos tutela
le llueven primaveras de alegría
que visten de floral alegoría
los brazos que su cuerpo nos desvela.

Rendidas a sus pies dejan su estela
las manos que conforman la armonía
y tejen con sublime maestría
el lábaro floral, que nos revela

el culto inmemorial a la verdad
del Hijo de Dios Padre ajusticiado
por culpa de la torpe humanidad.

La Cruz es redentora del pecado
y en ella descubrimos la bondad
que emana de un perdón, ya perdonado.

III

Por vestir a tu Cruz yo me desvelo
buscando lo mejor entre las flores,
son mayos que reviven los amores
que diste sin medida al propio anhelo.

Labrando estoy tu Cruz, que desde el suelo
se erige cual estrella de fulgores
y en ella van clavados los errores
de un torpe pecador que implora al cielo.

Ungido de perdón yo fui signado
y en ínfimo Jordán inmerso en luz.
En él fui, mi Señor, iluminado,

vestido con el cándido capuz,
que nace del encuentro afortunado
contigo y con tu Santa Vera Cruz.

Juan Carlos Monteverde García
(“Teselas”, 2016)

* * *

El sentido de la Cruz

Dios (del Himno de la Creación)

DIOS

¿A quién, Señor, compararé tu alteza,
Tu nombre y tu grandeza,
Si no hay poder que a tu poder iguale?
¿Qué imagen buscaré, si toda forma
Lleva estampado, por divina norma,
Tu sello soberano?
¿Qué carro ascenderá donde tú moras,
Sublime más que el alto pensamiento?
¿Qué palabra tu nombre ha contenido?
¿Vives de algún mortal en el acento?
¿Qué corazón entre tus alas pudo
Aprisionar tu veneranda esencia?
¿Quién hasta ti levantará los ojos?
¿Quién te dio su consejo, quién su ciencia?
Inmenso testimonio
De tu unidad pregona el ancho mundo;
Ni hay otro antes que tú. Claro reflejo
De tu Saber doquiera se discierne,
Y en misterio profundo
Las Letras de tu nombre centellean.
Antes que las montañas dominasen,
Antes que erguidas en sus bases de oro
Las columnas del cielo se elevasen,
Tú en la sede divina te gozabas,
Do no hay profundidad, do no hay altura.
Llenas el universo, y no te llena;
Contienes toda cosa,
Y a ti ninguna contenerte puede;
Quiere la mente ansiosa
El arcano indagar, y rota cede,
Cuando la voz en tu alabanza nuevo,
Al concepto la lengua se resiste;
Y hasta el pensar del sabio y del prudente
Y la meditación más diligente
Enmudece ante ti. Si el himno se alza,
Tan sólo El Venerando te apellida,
Pero tu Ser te ensalza
Sobre toda alabanza y toda vida.
¡Oh, sumo en fortaleza!
¿Cómo es tu nombre ignoto,
Si en todo cielo y en toda tierra brilla?
Es profundo… profundo…
Y a su profundidad ninguno llega.
¡Lejos está… muy lejos…
Y toda vista ante su luz es ciega!
Mas, no tu ser, tus obras indagamos;
Tu fe cual ascua viva,
Que en medio de los santos arde y quema:
Por tu ley sacrosanta te adoramos;
Por tu justicia, de tu ley emblema;
Por tu presencia, al penitente grata,
Terrífica al perverso;
Porque te ven sin luz y sin antorchas
Las almas no manchadas,
Y tus palabras oyen, extasiadas,
Cuando yace dormido
El corporal sentido;
Y repiten en coro resonante:
«Tres veces santo, vencedor y eterno
Señor de los ejércitos triunfante».

“Himno de la Creación”, por Judah Leví (Versión de Menéndez y Pelayo)

Imagen ilustrativa: “Crucifixión” (detalle), atribuido al círculo de Hans Wydytz I (ca. 1490-1510). Metropolitan Museum of Art, Nueva York (EEUU).

Mandato (poema)

Mandato

Ya está dicho, Señor, todo a los hombres
en los siglos, la noche y la distancia.
Nos lo dijiste Tú. Entre tus brazos
se encierra el gran misterio de la lanza.
Todo está dicho ya. Nada hay de nuevo
que no sea la guerra y la cizaña,
que no sea ese frío de su odio
o el triste subsistir, aunque sin alma
—pues se ha perdido, triste entre las cosas—
sin comprender la vida y su constancia,
sin comprender la noche y su pureza,
sin saber que el dolor es quien le salva.
Ya se ha escuchado todo. Y en el hombre
se ha perdido la fe de tu llamada;
son sus huellas  —el paso de otros hombres—
tristeza y desaliento. Le acompañan
porque ignora la fuerza del silencio,
desconoce el valor de la plegaria
y vive —vagabundo de su angustia,
eterno caminante de nostalgias—
torturado entre sombras y entre asfalto
apresado en su cuerpo y en su nada,
vaciando por los ojos el hastío
sin saber sonreír. Sólo, en su marcha,
le espera el desaliento junto al vicio
con las manos vacías… ¡Todo pasa!
Le esperan los sarcasmos de sus horas.
Le acechan desengaños que le arrastran
al abismo insondable del pecado
o a la cúspide atroz de tantas faltas
que son la consecuencia de sí mismo…
¡achacándote a Ti, que Tú, no hablas ..!
* * *
Ya está dicho, Señor, todo a los hombres.
Ya nos lo has dicho Tú. Y en tus palabras
—bendición de las penas y los siglos—
vibrante está el Amor: “¡Levanta y anda!”

                 Aurea María Fernán-Torre

A ti, Padre Divino

Aquel! Fue grande Aquel; pero en la cima
De la grandeza paternal no hay monte
Que de dolor de pequeñez no gima,
Ni hay rayos en el Sol, ni hay horizonte
Que de besar sus huellas se levante,
Ni mar que no murmure,
Ni labio que no jure,
Ni mundo que no cante!—
Hay cantos para ti: canta el mezquino
Ser de la tierra el oro y el palacio,
Y a ti, padre divino,
El mundo entona el canto del espacio!—

Un leño se cruzó con otro leño;
Un cadáver—Jesús— hundió la arcilla
Y al resplandor espléndido de un sueño
Cayó en tierra del mundo la rodilla:

¡Un siglo acaba, nace otra centuria
Y el hombre de la cruz canta abrazado,
Y sobre el vil cadáver de la Injuria,
El Universo adora arrodillado!—

José Martí, marzo de 1875
    (fragmento de su poema “Muerto”)

A Jesucristo en la Cruz

A Jesucristo en la Cruz

¡Tú, por Mi amor de un leño suspendido!
¡Tú, que tienes por trono el firmamento,
haber desde tan alto descendido
a dar así tu postrimer aliento!

¡Tú sufrir, resignado de esa suerte
tanta y tan honda y, tan amarga herida,
y Tú del mundo recibir la muerte,
cuando viniste a dar al mundo vida!

¡Tú, rasgados los miembros soberanos;
Tú, escupido en la faz cándida y pura,
y al hombre ver clavándote las manos,
esas manos, gran Dios, de que es hechura!

¡Tú, que animas el rayo y das el trueno,
así expiar entre amarguras tantas
por un gusano de miserias lleno,
que no vale ni el polvo de tus plantas!

¡Tú por mi amor, en fin, tan humillado!
¿Y aún a ofenderte, Santo Dios, me atrevo,
cuando yo, nada a Ti, nada te he dado,
y cuando tanto a Ti, tanto te debo?…

¡Miserable de mí! Más los enojos
depón, Señor, del rostro esclarecido;
que ya cansados de llorar los ojos
vuelvo a tu Cruz con pecho arrepentido.

Vuelvo, Señor, a demandar tu gracia;
vuelvo, Señor, como al pastor la oveja;
porque el dolor en tan cruel desgracia
ni aun aire ya que respirar me deja.

Vuelvo trayendo el corazón doliente
lleno de contrición, de luto lleno,
y ante tus plantas a inclinar la frente,
con la profunda devoción del bueno.

¡Escucha, pues mi voz! Yo no soy digno
de hallar, Señor, tu voluntad propicia;
mas suple Tú mis méritos benigno,
y juzgue tu bondad, no tu justicia.

                  Ramón de Satorres