Cuando un amigo se va…

Imagen del escultor Manuel Madroñal Isorna (Fuente: Artesacro.org)

Hoy celebramos, como cada 3 de noviembre, la festividad de San Martín de Porres. Siempre con una sonrisa y en el recuerdo especial para nuestro querido santo mulato. Pero también, con un pensamiento en los muchos devotos y amigos del santo peruano: los que permanecemos aún en este mundo y en aquellos que ya han acabado su vida terrenal para partir a la casa del Señor. Y como buen y representativo ejemplo de estos últimos, el de Fray Daniel; un buen “amigo” de fray Martín -fallecido el pasado mes de julio- que pasó su vida haciendo el bien, con humildad y generosidad hacia los demás. Reproducimos, a título de homenaje, un artículo publicado por la revista Amigos de Fray Martín, del Secretariado San Martín de Palencia, que refleja perfectamente ese sentimiento de fidelidad, de alegría e inaccesibilidad al desaliento cuando irradia amor en el corazón y fe en lo que se hace. Que el bueno de Fray Martín interceda por los que ya no están y, además, por todos nosotros: para que seamos más íntegros y los tiempos que se avecinan mejores.

*Cuando un amigo se va…

Hemos perdido/ganado a Fray Daniel. En julio se fue junto a los que más quería. No fue una marcha definitiva, no. Este nº 572 quiere ser suyo, dedicado a él, porque se lo merecía, porque él fue el amigo de Amigos de Fray Martín durante muchos años, muchos, más de 50. Sin él la revista, la “revistilla” no hubiera tenido la fidelidad y respuesta que los fieles suscriptores merecían y han demostrado mes a mes. Muchos no lo conocieron, pero todos le conocían, le valoraban y estimaban tanto en la cercanía como en la distancia. Se fue en julio junto a Dios Padre, junto al Señor Jesús resucitado, junto a María a la que sabía situar en su lugar con devoción profunda y sin ñoñería alguna, junto a San Martín de Porres a cuyo servicio y de los pobres, supo dedicar su vida sin estimar un ápice para sí mismo.

Era el hombre de los pequeños detalles, de la comunicación y respuesta puntual, de la felicitación en cumpleaños de los suscriptores, de la llamada oportuna para “recordar” cualquier asunto pendiente y lo hacía con suavidad, con exquisita educación, con la sonrisa que se traslucía al otro lado de la llamada.

En Navidad, Fray Daniel escribía unas líneas, mandaba el calendario, la lotería, él premiaba con su bondad cualquier número aunque no hubiese tocado; en la fiesta de San Martín de Porres estaba pendiente de todo, a todos atendía, sabía hacer multiplicar como Jesús, los panecillos simbólicos con que obsequiaba a cuantos participaban.

Eso y más, “ad extra”, hacia fuera, nada en él era impostado, nunca se preocupó por quedar bien o porque dijeran tal o cual cosa; su causa era la de Jesús, la de Santo Domingo y fray Martín, la de la Orden que dejaba en buen lugar como buen hijo de Domingo y hermano de todos sus hermanos; por eso “ad intra”, en la vida comunitaria era igual: entrañable, pacificador, servicial al máximo, oportuno con criterios, ni un mal gesto, ni una palabra de más, con la sonrisa y el buen humor de quien sabe que hay que poner misericordia en las cosas pequeñas, dejando la grandilocuencia para otros, los principios generales para las cosas grandes, la palabrería vana para asuntos que ni le concernían ni debía poner mucho interés en ellos; era el hombre fraile, muy humano, mucho, para lo pequeño, los pequeños y más necesitados sin distinción alguna, pues a todos atendía y servía por igual.

Se fue pero se ha quedado en la memoria y en el corazón agradecido de miles de personas. En la memoria y el corazón de los frailes, que no es fácil. Nos va a seguir siendo útil y necesario desde ese “más allá” que con Fray Daniel se vuelve “más acá”. “Os seré más útil desde el cielo”, dijo Santo Domingo a sus frailes al despedirse antes de la muerte. Fray Daniel no lo formuló así, fiel a su profundo anonimato y sentido del servicio silencioso, pero todos somos conscientes de que en su ánimo estaba tal actitud que él supo convertir en aptitud.

Sí, algo, mucho, se ha quedado en el alma al marcharse este buen Amigo de Fray Martín y de cuantos tuvimos la dicha de compartir ratos de amistad y entrega. Algo, mucho, se queda en nuestro corazón que no puede hacer otra cosa que darle gracias a Dios, a San Martín y a él, por la dicha de su vida generosa.

Fray Daniel, ya estás donde quisiste estar toda tu vida: junto a Dios Padre, junto a María, la “Santina de Covadonga” que siempre ha estado en la cueva honda de tu corazón entrañable, junto a Santo Domingo de Guzmán, San Martín de Porres, junto a Fray Benigno que tanto te quiso siempre, junto a Fray José Luis Gago, junto a tus padres María Soledad y José, junto a tus hermanos, junto a tantos Amigos y Amigas de Fray Martín…

Nos has precedido, sí; pero te has quedado y seguiremos sintiendo tu presencia cálida y reconfortante. El Secretariado seguirá adelante, Amigos de Fray Martín, seguirá su andadura, la devoción y el respeto acumulado durante años que supiste sembrar y regar no desaparecerá mientras tú nos bendigas (digas bien, como siempre hiciste) a cada uno de nosotros. Sigue regando “milagros pequeños que a nadie dan nada que hablar” pero que sin ellos el rumor y el amor de Dios no se acabe ni se apague.

Un amigo me decía al leer esta editorial: Has canonizado a Fray Daniel. Pues sí, ¿hay algún problema?

La santidad es/era esto. Espéranos Fray Daniel.

Suavízanos el camino hacia Dios Padre.

San Fray Daniel, ruega por nosotros.

*Fuente: Revista “Amigos de Fray Martín” (nº 572, Septiembre-Octubre 2019)

El Hermano Rafael, un santo cercano en el tiempo y en el corazón

Hoy se cumplen diez años de la canonización del Hermano Rafael Arnáiz Barón.

«…El Hermano Rafael, aún cercano a nosotros, nos sigue ofreciendo con su ejemplo y sus obras un recorrido atractivo, especialmente para los jóvenes que no se conforman con poco, sino que aspiran a la plena verdad, a la más indecible alegría, que se alcanzan por el amor de Dios. “Vida de amor… He aquí la única razón de vivir”, dice el nuevo santo. E insiste: ‘Del amor de Dios sale todo’. Que el Señor escuche benigno una de las últimas plegarias de San Rafael Arnaiz, cuando le entregaba toda su vida, suplicando: “Tómame a mí y date Tú al mundo”. Que se dé para reanimar la vida interior de los cristianos de hoy. Que se dé para que sus hermanos de la Trapa y los centros monásticos sigan siendo ese faro que hace descubrir el íntimo anhelo de Dios que Él ha puesto en cada corazón humano…»

En la homilía de Benedicto XVI, el día de su canonización.
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* El Hermano Rafael, un santo cercano en el tiempo y en el corazón

El Hermano Rafael es un santo cercano en el tiempo y en el corazón. Murió joven a los veintisiete años en 1938. Su tiempo es todavía el nuestro. No es necesario tender puentes históricos demasiado largos para encontrarnos con su mundo.

Le entendemos enseguida cuando nos habla del “progreso”, como extendido valor supremo; y del “ruido” que hacen las fábricas; y de las carreteras transitadas a toda velocidad por automovilistas que no saben muy bien a dónde van; de un mundo en definitiva, que vive olvidado de su sentido y de su meta: de espaldas a Dios. Y le entendemos también cuando confiesa que, a veces, le asalta la duda y se pregunta: “¿tendrán ellos razón? ¿Será mejor seguir la corriente?”.

Sin embargo, es imposible leer los cuadernos y las cartas de Rafael y no sentirse arrastrado hacia lo hondo del alma, hacia aquel lugar donde no podemos evitar el encuentro con Dios. Porque la suya es una prosa del corazón. No escribió para ser leído por el público, pero sus escritos se agotan año tras año, porque destilan y comunican vida, vida divina. Y el hombre de hoy, está también sediento de Dios.

Los escritos del Hermano Rafael cayeron en mis manos cuando yo tenía catorce años allá por el año 1966. Los leí con fruición. Luego, aparentemente los olvidé, pero retornaron a la memoria y a la mesa cuando fue necesario volver al fondo del alma. No sé bien cuál será la causa de esa persistencia.

Por razón de mi profesión religiosa; como jesuita, y académica como profesor de teología, he tenido la ocasión y la obligación de hacer muchas y diversas lecturas, tanto espirituales como teológicas. Pero leer a Rafael ha sido para mí insustituible a la hora del encuentro personal con Dios. ¿Por qué?

Es posible que la razón del influjo benéfico de Rafael en mí se hallé en que él es un excelente traductor de la mejor mística española del siglo veinte. Leer a Rafael es como leer a san Ignacio de Loyola, a san Juan de la Cruz o a santa Teresa de Ávila en la prosa y en los sentimientos de un joven de nuestro tiempo, matizados por su hoy; cristalinos, nada complicados y hasta poéticos. Con la naturalidad misma del correo que nos llega de un amigo. Rafael nos transmite la incomparable ciencia de aquella esperanza que se cifra en Jesucristo crucificado y resucitado.

Recuerdo perfectamente aquel no lejano 27 de septiembre de 1992, cuando Juan Pablo II lo proclamó beato. Seguí la ceremonia por televisión. Su recién anunciada canonización para el próximo 11 de octubre me llena de asombro y alegría. Los hechos se han sucedido veloces.

Hace sólo seis años, en 2003, empezamos a contactar con las personas y a buscar la documentación necesaria para el estudio del segundo milagro realizado por su intercesión. Me pidieron ayuda los monjes de San Isidro de Dueñas, monasterio donde vivió el hermano Rafael y donde hoy se venera su sepulcro.

Me entrevisté con una joven madre madrileña, Begoña León, que había sido curada inexplicablemente, en enero de 2001, de una rara enfermedad que se presenta en los últimos meses del embarazo. En junio de 2004 habíamos conseguido que el hospital madrileño nos facilitara el diario de la UVI donde había sido atendida Begoña.

El 9 de abril de 2005 se constituyó en San Isidro de Dueñas el tribunal diocesano que, bajo la presidencia del obispo Rafael Palmero concluyó su trabajo en mayo de 2006, trasladando a Roma el expediente. En poco más de 2 años, la Congregación de las Causas de los Santos dio su voto favorable y el Papa ordenó la publicación del decreto de canonización el 6 de diciembre del 2008.

Ha sido un camino asombrosamente corto. “Rafael hace las cosas rápido; se lo he dicho muchas veces a la hermana María Asunción Fernández, una entusiasta amiga del alma del hermano Rafael, a quien debemos, entre otras muchas cosas, la transcripción de los manuscritos del hermano y la preparación de las sucesivas ediciones. La verdad es que no se lo había creído del todo, hasta que ahora la feliz noticia de la canonización nos pilla de sorpresa.

Valgan estas líneas escritas también con rapidez, para felicitar a los monjes cistercienses trapenses por la primera canonización de un hermano suyo en la edad moderna. Una gracia de Dios, que sabrán sin duda acoger y hacer fructificar con nuevas historias de santidad. Necesitamos monasterios poblados de monjes santos, que no dejen de enseñarnos, desde su silencio orante, la ciencia de la verdadera esperanza.

Valga igualmente este escrito a vuela pluma, para felicitar a toda la Iglesia peregrina en España por este nuevo santo: san Rafael Arnáiz Barón; un hijo más de la Santa Madre Iglesia, que como santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz o san Ignacio de Loyola, dará alas al espíritu para volar hacia Dios, a todos aquellos que se acerquen al testimonio que nos ha dejado en sus cartas y escritos.

Mons. Juan Antonio Martínez Camino (con motivo de la canonización del Hermano Rafael el 11 de octubre de 2009)

*Boletín informativo San Rafael Arnáiz Barón, nº 189, Julio-Diciembre 2018.

Confiar en María

*Confiar en María

La Santísima Virgen es a menudo comparada a una madre. En realidad ella supera por mucho a la mejor de las madres. La mejor de las madres, en efecto, de tanto en tanto castiga al hijo que le disgusta; cree hacer lo justo.

La Santísima Virgen, en cambio, no actúa de esta manera: es tan buena que nos trata siempre con amor. Su Corazón de Madre es solo amor y misericordia, su único deseo el de vernos felices. Es suficiente dirigirse a ella para ser escuchados. El Hijo tiene su justicia, la Madre solo tiene su amor. Dios nos ha amado hasta morir por nosotros; sin embargo, en el Corazón de Nuestro Señor reina la justicia que es un atributo de Dios; en el Corazón de la Santísima Virgen existe solo la misericordia…

Imaginad al Hijo, dispuesto a castigar a un pecador: María se lanza en su ayuda, detiene la espada, pide gracia para el pobre pecador: “Madre mía, le dice Nuestro Señor, no puedo negarte nada. Si el infierno pudiera arrepentirse, tú obtendrías la gracia para él”. La Santísima Virgen hace de mediadora entre su Hijo y nosotros. A pesar de nuestro ser pecadores, está llena de ternura y de compasión por nosotros. El hijo que le ha costado más lágrimas a la madre ¿no es acaso el que más le preocupa? ¿Acaso una madre no cuida siempre del más débil y del más indefenso?

Cuando hablamos de las cosas terrenas… nos cansamos pronto, pero cuando hablamos de la Santísima Virgen, es como si fuera siempre una novedad. Todos los Santos han tenido una gran devoción por la Santísima Virgen; ninguna gracia viene del cielo sin pasar antes por sus manos. No se entra en una casa sin hablar primero con el portero: la Santísima Virgen es la portera del Cielo. Pienso que al final de los tiempos la Santísima Virgen podrá finalmente gozar de un poco de tranquilidad, pero mientras dure el mundo, todos tiran de ella por todos lados… La Santísima Virgen es como una madre que tiene muchos hijos; está continuamente ocupada yendo de uno a otro.

Cuando se quiere ofrecer algo a un personaje importante, se hace presentar el objeto por la persona que él prefiere, de manera que el homenaje le sea más agradable. Del mismo modo, nuestras oraciones, presentadas por la Santísima Virgen, tienen otro valor, porque la Santísima Virgen es la única creatura que no ha ofendido jamás a Dios.

Cuando nuestras manos han rozado plantas aromáticas, perfuman todo lo que tocan; hagamos pasar, por tanto, nuestras oraciones por las manos de la Santísima Virgen y ella las perfumará.

Marcello Stanzione

(De “365 giorni con il santo Curato d’Ars”, a cargo de Marcello Stanzione. Piero Gribaudi editore srl – Via C. Baroni, 190 – 20142 Milano – tel. 02 89302244 – e-mail info@gribaudi.it)

(Traducido por Marianus el eremita)

*Texto original publicado el 7 de julio de 2019 en: adelantelafe.com

La Transfiguración: Junto a las nubes

JUNTO A LAS NUBES

1. Vivimos en un mundo superficial, «enmascarado». Lo que de verdad cuenta son las apariencias. Por eso nos preocupamos más de la imagen que de la realidad, más de parecer ante los hombres que de ser ante Dios. Y de ahí la lucha despiadada por tener más, por poseer más, por aparentar más, por dominar más.

Esta vanidad —«vanidad de vanidades», nos dijo un día Salomón— nos lleva a escalar cimas, a querer subir. Y cada vez a sitios más altos. Pero este lugar «junto a las nubes» no transfigura al hombre. Al revés, le envilece. Jesús si quisiera en el Tabor olvida que la hora de su exaltación —de su verdadera exaltación— será precisamente la hora de la Cruz.

Al hombre le pasa igual. Llamado a transfigurarse —«madurar» se dice hoy—, no ha de olvidar nunca que su exaltación, su verdadera madurez ha de buscarla entregándose. Entregándose a la fe. (Léase la Primera Lectura). Entregándose al amor. (Medítese la Lectura Segunda). Entregándose a los demás en sacrificio. (¿Diremos que se repase la Tercera Lectura?).

Y en la vida —llámese triunfos, victorias, «escaladas»— no olvidar nunca, como Cristo que la verdadera exaltación vendrá el día del premio.

2. La transfiguración ocupa en el Evangelio un lugar intermedio entre la resurrección y la muerte. Ciertamente, se anticipa la gloria de Cristo entronizado como Señor, como «Kirios» que ha de venir a juzgar. Pero al mismo tiempo, la escena está sujeta a una retención explícita: «hasta que el Hijo del Hombre no haya resucitado de entre los muertos».

La comprensión de la resurrección —y ésta sí que es exaltación, victoria—, pasa por la aceptación del misterio de la Cruz. Los apóstoles no terminaron nunca de comprender esto. Ni acabamos los cristianos de verlo. Si de nosotros dependiera transformaríamos al mundo más con bombas que con amor, más con dominio que con entrega. Huimos, ya no digo del dolor común de los hombres, sino hasta del que nos acarrea nuestra propia madurez.

Huimos del sacrificio que nos cuesta vivir, del que se nos exige para «ser». Rehusamos todo compromiso que cueste, que nos traiga sinsabores. Hasta el amor lo prostituimos, con tal de no hacerlo lo que es: entrega. Y Pablo de Tarso, cuando nos habla del dolor que falta a la Pasión de Cristo, no otra cosa nos están diciendo sino ésta: aporta tú ese dolor que te cuesta el trabajar para ser cristiano. Porque ese dolor es el que falta a la Pasión de Cristo para que realice en ti sus frutos, tu exaltación. Nada digamos de la muerte. De ese «grano de trigo puesto en tierra». Querríamos más ser transformados que morir. Y —¡terrible realidad!— «si el grano no cae en tierra y muere», no tendremos frutos de vida eterna.

3. ¡Transfiguración de Cristo! ¡Paradigma y símbolo de nuestra madurez! La comprensión de la resurrección sólo cabe en la aceptación de la cruz. Si. De ese momento cumbre de la fidelidad de Cristo a la voluntad del Padre. Y nuestra exaltación sólo depende de lo mismo. De que digamos de corazón —y la practiquemos— «Hágase tu voluntad». A través del sacrificio, del dolor, vendrá la gloria. Cristo nos lo enseña, al no olvidar ni en su transfiguración la mención honorífica a su muerte.

P. José Cabrera Vélez, El Eco de Canarias de 6 de marzo de 1982.

Imagen ilustrativa: “La Transfiguración del Señor”, óleo de Carl Bloch.

Viento de Pentecostés

Viento de Pentecostés

“Al cumplirse los días de Pentecostés estaban todos juntos en un mismo lugar, cuando de repente sobrevino del cielo un ruido, COMO DE VIENTO IMPETUOSO QUE SOPLARA, y llenó toda la casa donde estaban”.

Para el buen marinero no hay mayor felicidad que la de extender las velas un día de buen viento. Es un placer dejarse llevar por aquella maravillosa fuerza del cielo, gracias a la cual se avanza, en poco rato y con menos esfuerzo, mucho más que remando durante horas.

Pero muchos marineros tienen pereza de alzar la vela y manejar el timón… no saben aprovecharse del viento ni dejarse conducir por su fuerza. Y lo mismo ocurre en el plan espiritual. Pentecostés es la fiesta del gran soplo divino que se apodera de los hombres para empujarles mar adentro y darles una vida que valga la pena de ser vivida.

Pero la mayoría de los hombres se comportan como unos pobres remeros que sólo confían en sus propias fuerzas. Reman penosamente, y muchas veces sin rumbo… en vez de alzar su vela y abandonarse a la fuerza del Espíritu divino. El viento de Pentecostés es un soplo primaveral, cuya impetuosidad lo transforma todo, cuya constancia y dulzura trabajan sin descanso en renovar la faz de la tierra. A los que saben alzar las velas de la confianza les arranca de sus egoísmos para llevarles siempre más lejos por los caminas de la Verdad y del Amor.

El viento de Pentecostés que dio nacimiento a la Iglesia continúa soplando por los siglos de los siglos, empujándonos a todos en el camino del apostolado, como entonces empujó a los Doce a la conquista del mundo para Cristo. Mientras haya almas alejadas de Dios en cualquier parte del mundo, mientras no haya un solo rebaño y un solo pastor, la misión apostólica no tendrá fin, y todos estamos llamados a esta misión.

Así lo dispuso Cristo el día de su Ascensión: “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea y Samaria y hasta las extremidades de la tierra”.

El Espíritu Santo, soplo divino de inteligencia y sabiduría, de fuerza y consejo, de ciencia, piedad y santo temor, es la realización de la gran promesa que hizo Cristo a los hombres al volver hacia el Padre Eterno. El Espíritu Santo, don de Dios en el día de Pentecostés, se queda en la Iglesia hasta la consumación de los siglos, para acabar en ella, por ella y con ella (lo que significa en nosotros, para nosotros y con nosotros) la misión evangélica de Cristo.

Revista Betania, 1 de junio de 1952. La Redacción.

Una imagen de San Martín de Porres en Torrevieja (Alicante)

Imagen de San Martín de Porres en la Parroquia de San Roque y Santa Ana de Torrevieja (Alicante), obra del escultor Víctor García.

Hace poco, mi compañero de habitación en un hospital —le extirparon un riñón— fue contándome a ratos (eran muchas horas solos) sus trabajos y sus días. Albañil, pero albañil con todos los aires sencillos del artesano rural. Trabajaba la piedra y la madera en sus ratos libres. Ponía empeño y lo hacía muy bien a tenor de las fotos que me enseñó. Le dije que pasado un tiempo iría a verle a su casa y que le llevaría unas fotos de San Martín para que hiciese una talla, medallón o lo que quisiera como recuerdo agradecido de los 10 días compartidos en aquella habitación. Y por la bonanza pos-operatoria. Será mi visita en octubre. Y espero que…

Todos hemos oído alguna vez la frase: “Estas cosas ya no se hacen hoy en día” cuando hemos visto una iglesia o catedral de muy bella factura, o cuando hemos ido a un museo y hemos podido contemplar obras espectaculares de imaginería religiosa u obras artísticas de otro tipo. Pues sí, se siguen haciendo obras bellas, con gusto estético, y que reflejan todo un mundo de mística interior, de creencias firmes y duraderas, que plasman rostros y actitudes que invitan a la devoción y al respeto. Una forma de avivar la memoria del corazón y alentar la fe de las gentes en gestos agradecidos.

Torrevieja nos suena a mar, a apartamento ganado en concurso televisivo, como si allí no hubiese más que sol y playa. Pues no. También hay vida y vida cristiana cuidada, presencia creyente en sus gentes y en sus imagineros imaginativos. Eso es lo que tan bien nos ha demostrado el imaginero y escultor Víctor García Villalgordo con su trabajo para la parroquia de San Roque y Santa Ana, allí, en Torrevieja (Alicante): ha esculpido una talla de San Martín de Porres en tamaño natural, 1,70 metros de altura, con un rostro joven, bello, de un mulato emigrante lugareño, en madera de tilo. El artista ha sabido captar tres elementos esenciales en San Martín de Porres: la mirada «serena» puesta en lo alto, el «crucifijo» que sostiene y la «escoba» simbólica de su actitud de servicio. Hay en toda ella un aire que hace imposible no recordar a San Juan de la Cruz en actitud similar. Y es que cuando hay santidad por el medio, los gestos se asemejan. La imagen ha sido colocada en lugar bien visible este verano, en el altar de la Virgen del Rosario, sin que se hagan competencia, sino como apoyo mutuo en las demandas y agradecimientos de las buenas gentes de Torrevieja.

Una rifa popular de una talla, a escala, del s. XVII de S. Martín, donada por Ramón Torregrosa, se ha llevado a cabo para sufragar los gastos de esta otra más imponente, más a la altura de nuestra propia humanidad. El párroco, D. Mariano Martínez Bernad, ha puesto mucho empeño en esta imagen tan simbólica como real, en estos tiempos en que los refugiados, los emigrantes, todos nosotros, necesitamos rostros en los que mirarnos, como miramos padres o familiares ausentes. Desde aquí, nuestro agradecimiento dominicano; con la esperanza de poder un día compartir con el Sr. Víctor y D. Mariano, un rato de afable charla en torno a San Martín de Porres. Seguro que tienen muchas cosas que contarnos.

Fuente: Revista Amigos de Fray Martín, Septiembre-Octubre de 2017 (Nº 560).

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El sentir de un escultor: una imagen de San Martín de Porres

Miércoles de ceniza

Miércoles de Ceniza

Empieza la Cuaresma, y la ceniza impuesta en nuestra cabeza nos recuerda lo que somos, polvo… Y, nos dice de humillación y penitencia.

En la Doctrina de Cristo entra la mortificación y la penitencia y la Iglesia, en este Tiempo, predica el sacrificio, lo aconseja, lo exije… Dueña de su disciplina concreta esta penitencia en el ayuno y la abstinencia. Madre educadora, impone el precepto que fortalece, vivifica y educa la voluntad para el ejercicio de las virtudes y su santificación. Siempre Madre, velando por la salud de las almas, y de los cuerpos, en cada tiempo ha sabido adaptarse para conseguir el fin espiritual que se propone. En los tiempos antiguos convenía el rigor; después… indulgencia, porque cambiaba también la vida, en si más sacrificada; ahora… compasión. La debilidad de los temperamentos, el peso del trabajo excesivo, la lucha por la vida pide mitigar las austeridades cuaresmales. Y, esta buena Madre, reduce al mínimo su “exigencia”….

Pero el espíritu de penitencia no debe mitigarse, debe seguir toda la Cuaresma, y en estos tiempos más que en otros, por lo que dijo nuestro llorado Papa Pío XII: “El mal de los tiempos presentes no es tanto la malicia de los malos, como el cansancio de los buenos”. Y, para renovar energías, para ser cristianos heroicos, es necesario el sacrificio: sacrificar el lujo, la buena mesa a favor de los pobres; el baile, el cine, la disipación o frivolidad a favor del recogimiento interior que tanta luz da al espíritu para encauzar la vida; la moda exagerada, las tendencias modernistas, a favor de la modestia cristiana. ¡Tanto mal podemos sacrificar en estos tiempos a favor del bien!

Revista Betania, marzo de 1960 (nº160). La Redacción.

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Miércoles de Ceniza: el inicio de la Cuaresma

San Martín de Porres y su Tratado de amistad

fray martín y los hombres

Los actos de amistad de Martín de Porres daban lugar a “Tratados de amistad” en su más alto sentido.

Una de las características espirituales que sobresalieron en la personalidad de San Martín de Porres fue el sentimiento profundo de la amistad. Su capacidad de simpatía por los demás seres humanos fue ilimitada. Desconoció la enemistad, la antipatía, la inquina y el odio.

Es posible que no sea posible apreciar esa exquisita cualidad en todo su valor en estos tiempos, sobre todo en las grandes urbes sumidas en el bullicio y en la urgencia de todo. Pero en los lejanos tranquilos días de la colonia, mientras la ciudad se hallaba todavía sin empedrado y las gentes estaban en corto número, tenían la obligación de verse todos los días. En el atrio del templo, en el mercado, en la calle principal o en la portería del convento. Entonces, ese rozamiento constante ponía a prueba la amistad. Las simpatías o las diferencias se estimulaban a diario con el roce forzoso de las personalidades.

A Martín de Porres lo buscaban todos los que tenían conflictos espirituales o materiales como al mejor amigo de la ciudad. Cuentan sus biógrafos que tenía amigos en todas las capas sociales. Altos dignatarios de la iglesia, del foro y del gobierno; gentes sencillas, ricos y pobres; todos tenían en Martín a un amigo, a un confesor laico, para decir sus angustias, sus conflictos y secretos. Tenía el negro un inagotable don de simpatía y atracción y una lealtad inagotable. Amigable componedor, consejero, mediador, siempre lograba el éxito que luego llamaron milagro. Y era debido solamente a su extraordinario espíritu, a una lógica sencilla e indestructible y también a una mirada mansa de negro, que conmovía, logrando aparecer siempre con inferior y humilde ante todos, secreto de la confianza que inspiraba. Los hechos que se cuentan a este respecto son innumerables y muchos de ellos lindan con la exageración y lo increíble, pero confirman el contenido de humanidad que había en el negro, con su capacidad de amistad.

Ese sentimiento de amistad quintaesenciado lo impulsó a dar todo lo que podía a los desvalidos. Su propia celda cobijó a enfermos pobres, a escondidas de las altas autoridades del convento, cuando las salas de socorro estaban pletóricas. La portería estaba colmada de visitantes que con su presencia continuada y numerosa acarreaban grandes dificultades al donado, despertando los celos de los superiores y demás miembros de la comunidad, aparte de las molestias consiguientes.

Para esas atenciones Martín hacía el milagro de alargar el tiempo, dilatando las horas del día, ya que tenía que levantarse de madrugada para sus oraciones y reconcentrarse ante el Crucificado de la Sala Capitular. Luego barrer, barrer y barrer. Tocar las campanas, limpiar los libros de la biblioteca, visitar la enfermería y atender a los enfermeros. Hacer de barbero y sacamuelas ante los graves padres de la comunidad. Volver a barrer y tocar campanas y luego atender de paso a la portería donde comenzaba a aglomerarse las gentes para consultar sus casos y pedir ayuda y consejo. Luego ir por detrás del burro a los mercados. Escuchar las voces de la ciudad, los gritos, los pregones, los suspiros, los estertores y los lamentos de la multitud. Visitar otros conventos, porterías e iglesias. Una vida extraordinaria, de servicio público.

Tratado de amistad 1

La influencia que Martín de Porres ejerció en la colectividad de su época, influencia fundada en el más alto sentido de la amistad, de la cooperación, de lo que se llama hoy el servicio social, fue muy elevada.

Ese sentido de sugestión colectiva, de afecto y de veneración, obraba milagros. La gente sentía la presencia de Martín de Porres en distintos sitios. Bastaba que Martín de Porres prometiera visitar a una persona para reconfortarlo en sus tribulaciones, para que en el momento sicológico de requerir su presencia, se creyera que Martín estaba entre ellos…

Martín de Porres, arreando su borrico, limosneando verduras y frutas malogradas, panes fríos, para sus pobres, era saludado por todos con sonrisas y gestos de afecto. El amigo de la ciudad pasaba como la figura más humilde pero a la vez más querida y respetada. El sentido de servicio social, de amistad y de amor a la humanidad alcanza límites extraordinarios para su tiempo y para las costumbres y modo de pensar de la época. Cuenta uno de sus biógrafos que en el año 1615, cuando las costas del Perú fueron amenazadas por el primer pirata Jorge Spilberger con cuatro navíos de guerra, después de de algunos bombardeos la flota atracó frente a El Callao para desembarcar a uno de sus tripulantes atacado de grave enfermedad contagiosa. El enfermo  depositado en la playa del puerto se llamaba Esteban, ignoraba el castellano y estaba abandonado sin recurso alguno. Las gentes huían temerosas de que una enfermedad contagiosa pudiera prender en la ciudad…

Pero en Lima había un negro que era en principio amigo de la humanidad, sin distinción de razas, credos ni colores. Apiadado del extranjero moribundo en las playas, obtuvo permiso para viajar al puerto y poniendo como un fardo la carga del moribundo sobre una acémila lo trasladó por los polvorientos caminos del Callao de Lima hasta el hospital de Santa Ana, donde Esteban pasó días terribles, atendido y consolado por el negro, invocando en su extraño idioma a la muerte.

Pero como el lenguaje de la amistad y de la caridad es universal, Martín de Porres entendió y se dejó entender: – ¿Cómo quieres morir hermano Esteban, si ni tan siquiera estás bautizado?… Esteban se quedó absorto mirando al negro. Pero luego pareció haber comprendido el mensaje. Sonrió y asintió con la cabeza. Se convirtió a la religión católica, murió con los auxilios de la religión y llorando por un amigo que estrechaba sus manos con afecto, como si fuera uno de su familia. El corsario Esteban murió con una sonrisa de consuelo infinito. Sonrisa que era parte del idioma universal de las gentes de bien del orbe, blancos o amarillos, sajones, españoles o indios.

Martín de Porres había nacido para dar y nunca recibir… era amigo personal de miles de seres humanos. En todos despertó afecto, gratitud y admiración. Quizá el altar levantado a su memoria es el recuerdo permanente de su figura, como si fuera un anhelo de la humanidad que seres humanos que alcanzan a ser amigos así no deberían morir jamás.

Emilio Romero. Extracto del capítulo ‘La amistad’, del libro «El Santo de la escoba: Fray Martín de Porras» (1959)

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San Martín de Porres: Un creador de la amistad

Un recuerdo para un gran amigo de San Martín de Porres

Un recuerdo para un gran amigo de San Martín de Porres

D. Cayo de Juan Álvarez D.E.P.

(Artículo tomado de la revista Amigos de Fray Martín, Enero – Febrero 2019, nº568)

El pasado día 30 de diciembre, de modo inesperado, partió a la casa del Padre nuestro gran amigo y colaborador D. Cayo de Juan Álvarez. A los 74 años de edad, y una vida plena de servicio a muchas instituciones de la Iglesia y de la Orden de Predicadores.

A lo largo de más de 50 años fue un colaborador indispensable en la obra apostólica del Secretariado de San Martín de Porres. Durante horas interminables pintaba amorosamente miles y miles de imágenes de nuestro santo, poniendo en cada pincelada el cariño de un verdadero amigo y devoto de Fray Escoba. Cualquier trabajo que se le encomendaba era para él un modo de servir a la promoción y a la difusión de la vida, obra y santidad de su querido San Martín. Estampas, reliquias y millones de escobas, que se distribuían por todo el mundo, han salido de sus manos, y me atrevo a decir que de su corazón. Un corazón, que como decía unas semanas antes de dejarnos, le habían dicho los médicos que era demasiado grande y con lo que bromeábamos diciendo: “eso es evidente, tan grande como el de San Martín”. Él lo negaba, diciendo que “como el de San Martín, no había otro corazón, pues en él cabemos todos los devotos y amigos, que en las angustias y penas de la vida acudimos a su amparo y auxilio”.

Acompañó a Fray Daniel, O.P. junto con otro gran colaborador, Goyo González, por toda la geografía española, dando a conocer a este humilde santo de la escoba, por lo que era muy conocido de cuantos acudían o llamaban a las oficinas del Secretariado. Amigo y hermano de los frailes del convento de Palencia, siempre estuvo dispuesto a colaborar con nosotros: en la iglesia, en preparar el triduo de Palencia, o la novena de la Virgen del Rosario, y un sinfín de trabajos. Por esta colaboración, y de amistad con la Orden, el 3 de noviembre del año 2017, Fiesta de San Martín de Porres, se le concedió la Carta de Hermandad con la Orden de Predicadores, que le fue entregada, en nombre del Prior Provincial, por el Secretario de la Provincia. Fue un gran promotor del nuevo relicario de San Martín, que tuvo la dicha de poder ver terminado y que estuvo presente en su último adiós.

Pertenecía a la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario, a la Cofradía de San José, así como a la Cofradía de la Santa Vera Cruz, en la que desempeñó durante muchos años el cargo de Hermano Mayor, por lo que se le concedió el título, posteriormente, de Hermano Mayor Honorario. Su funeral que se celebró en la iglesia conventual de San Pablo de los dominicos de Palencia, su segunda casa, fue una muestra de cariño y homenaje a quien trabajó incansablemente por los dominicos desde la sencillez de este Secretariado, a ejemplo de San Martín. Que la Virgen del Rosario, Madre de los Predicadores, lo presente junto con Santo Domingo y San Martín de Porres, ante el Dios de la vida y la misericordia.

Descanse en paz.

En la oración, el dolor y la esperanza, descanse en paz el Señor D. Cayo de Juan. Desde este blog damos nuestro más sentido pésame a su familia y a sus compañeros de la Orden.

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Enlaces relacionados:

Fray Benigno de la Cruz, O.P., el amigo de Fray Martín

Padre José Luis Gago de Val, O.P., en el recuerdo

 

Sangre de mártires

La sangre de los mártires

SANGRE DE MÁRTIRES

Sangre de mártires, sí, que hará florecer y embellecer, más y más el jardín de Cristo. Jóvenes que caen en tierra de misión, henchidos sus pechos de esperanza. La furia salvaje de la bestia humana se ha ensañado en unos servidores del Señor, que han caído humildes, valientes, apretada la Cruz en sus manos, mirando al Cielo. En ese instante supremo, Dios les ha acompañado más que en ningún otro. Habrán tenido la visión retrospectiva inevitable de toda tragedia; sus madres, su tierra, su vida infantil… Y, después de ser esculpidos y arrastrados, habrán muerto con una plegaria en sus labios. Alguien podrá exclamar: ¡pobres misioneros! Pero se equivocan quienes les compadecen, porque han ofrendado sus vidas por el más alto ideal. Han crujido sus huesos, han cegado sus ojos, han roto sus entrañas y, en definitiva, los han divinizado al convertirlos en héroes de Cristo, otorgándoles el máximo galardón a que pueda aspirar un ser humano.

Yo imagino a este grupo, con sus hábitos blancos, al pie del Sagrario, hermanados ante la muerte en la morada de Dios. Fuera, un batir de tambores -el siniestro “tam-tam”-; entre aullidos de fieras. Dentro, la luz mortecina de una lámpara y un susurro valiente y sereno de plegarias. La pasión sanguinaria que avanza. El pelotón de Cristo que espera con el alma en vilo. ¿Qué pueden contra ello las flechas, el odio, la tortura, la muerte? En ese instante supremo, las campanas de todas las iglesias habrán repicado a gloria en el corazón de estos mártires. En ese momento sublime, la mirada del Señor les habrá inflamado de santo orgullo. Y todo el orbe católico ha hecho sonar en sus oídos un himno clamoroso de amor, infundiéndoles valor y alegría.

Quién fuera poeta para poder cantar, con versos ardorosos, la gesta magnífica de estos mártires del Evangelio, gritando por todos los confines estrofas de amor y compasión a los verdugos, de reverencia y exaltación a las víctimas. No saben esos pobres asesinos que la sangre de mártires embellece y perfuma el jardín del Señor. No piensan esos caníbales de carne cristiana que sus banquetes macabros son una ofensa, pero también un servicio a la Iglesia de Cristo. No imaginan siquiera que cada uno de estos soldados que caen empuñando su cruz, hace surgir legiones de cristianos que, con brío redoblado, les siguen, les rezan y les glorifican.

Desdichados secuaces de la barbarie materialista, que en tierras de Rusia, de Cuba o del Congo aspiran a extirpar la semilla de Dios con el espectro del tormento y de la muerte en siervos de su causa! Olvidan que Aquel divino soñador que paseó sus sandalias por los campos de Palestina, ya anunció la buena nueva de estas persecuciones, como un renacer glorioso de su doctrina. Son ellos, sus discípulos, los mejores, los que buscan con gozo el tormento, los que no saben gritar, sino rezar; los que no temen la muerte, sino la desean; los que desafían la vesanía de tales jerifaltes, con una mirada de perdón.

Benditos sean los que así saben honrar al Señor. Honor y gratitud hacia esos, misioneros, que han muerto con el beso de Dios en sus frentes.

Carlos Ramírez Suárez, “En la ruta de mis recuerdos” (1976)

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Por los mártires: Testigos

Sois fuerza, sois alma, sois tierra;
sois signo de vida y grandeza.
Sois faros, luceros, faroles;
sois luz, sois credo y bandera.

Hombres, mujeres del mundo
que en Dios pusisteis el rumbo
y frente a barbaries humanas
sois fuego y carne y triunfo.

Marcáis de estrellas los cielos
guiando a la Iglesia de Cristo.
Testigos del Dios más profundo
que salva y destierra lo inmundo.

Blasones de perlas y mármol,
entrega, valor, sacrificio,
consagrados y peregrinos,
la sal, la luz, el compromiso.

Sois, pues, los mártires de Cristo
que es Camino, Verdad y Vida…
¡Sois testigos!

Hoy la Iglesia Católica celebra la festividad de San Esteban, el primer mártir (protomártir) que derramó su sangre por proclamar su fe en Jesucristo.