La parábola del Buen Pastor

Tenemos la parábola del Buen Pastor: símbolo de predilección por parte del Divino Maestro, por cuanto quiso, como apropiárselo personalmente, al afirmar positivamente: “Yo soy el Buen Pastor; y conozco a mis ovejas, y ellas me conocen a Mí…”

Tenemos en esta parábola una confirmación palmaria de la providencia paternal de Jesucristo sobre nosotros, personificada en el oficio de Pastor propio y solícito. El Pastor, como tal, lo es todo para sus ovejas; puesto que ellas no tienen de por sí iniciativa alguna. Todo ha de proceder; todo es debido al Pastor. Él les proporciona los pastos; él las vigila y custodia, para defenderlas de cualquier riesgo o contingencia; él las recoge por fin en el aprisco por la noche, manteniendo aún durante la misma su solicitud y desvelos, en evitación de asaltos enemigos o de cualquier percance que pudiera sobrevenir. A todo esto y a mucho más se extiende la eficacia de la protección y providencia de Jesús, el Buen Pastor sobre nosotros. Por tal motivo debe surgir en nuestra alma una como efusión de afectuosa confianza, en quien tanto interés y solicitud atesora en su Corazón por nuestro bien.

Si las ovejas pudieran darse cuenta y reflexionar sobre los bienes que reportan de la solicitud y cuidados de su verdadero Pastor, dueños de la mismas, no de un desdichado asalariado, ¿qué muestras de júbilo y con qué cariño se acogerían junto a él, cuando en medio de ellas las contara, las acariciara y hasta les proporcionara algún puñado de pasto más selecto y exquisito…?—Esto puntualmente tenemos todos los que somos ovejas espirituales, a quienes es dado poder apreciar y darnos razón de las finezas del solícito Pastor de nuestras almas, nuestro Divino Maestro Redentor Jesucristo.

Odorrat, C.F.M. Abril de 1947.

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Jesús, Divino Pastor

¡Jesús, Pastor Divino! Que eres infinita caridad y tierna solicitud llamas siempre a mi corazón, hasta vencer amorosamente la dureza con que muchas veces te he respondido. Vengo humildemente a suplicarte, aceptes mi voluntad de ser para siempre todo tuyo, servirte por los que te ofenden, adórate por los que te desprecian, pensar en Ti por los que te olvidan, amarte por los que te odian y blasfeman  de Ti; que mis gustos estén sometidos a tu voluntad y mi vida sea un prolongado acto de desagravio a tu Divino Corazón, para que en todos los hombres mis hermanos, reines como Soberano.

Que mi alimento ¡Oh, buen Pastor! Sea tu palabra y tu Cuerpo, pasto con que apacientas a tus ovejas  y vacié mi ser en las aguas de vida eterna.

Que siempre y donde quiera  tu silbido amoroso  me siga y me haga recordar tus palabras: “Yo conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí. Me es preciso guiarlas, ellas oirán mi voz y resultara un solo rebaño y un solo Pastor”. Amén

Fuente de la oración: Evangeliza fuerte (México), de la novena al Divino Pastor.

Las Siervas de Jesús y de María

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¿No habéis visto a las Siervas de Jesús y de María en el cumplimiento de su deber, que voluntariamente se imponen? Hoy en que todo se hunde y mancilla, la Sierva, huyendo de la saña del mundo ingrato, y despreciando las comodidades de la vida, se sienta al borde de oscuro lecho, nido de ocultos fieros dolores, y todo su pensamiento, todo su anhelo lo cifra en el alivio del enfermo puesto a su cuidado, no omitiendo sacrificio alguno para conseguirlo.

La Sierva, que es el bálsamo del dolor, penetra en casas donde existen focos de contagiosas enfermedades, y allí donde la epidemia causa estragos horribles, llevando la muerte y el espanto al seno de la familia, la vemos inclinada sobre el lecho del paciente, despreciando el contagio, sin temor a la muerte, porque en los justos no se abriga el temor de dejar este mundo de miserias y pasiones; en el ambicioso, en el poderoso, en el soberbio, sí; porque la muerte les recuerda que allí cesa poder y sus deleites.

Por eso la Sierva, penetrada de su santa misión, sabe que va a sufrir todo género de molestias y en vez de manifestar cansancio, por el trabajo y desvelo en largas y penosas noches; dirige, cual Ángel de Caridad, consoladoras palabras al enfermo y seca el sudor de la muerte, y cuando ha sido necesario, también con sus ruegos y lágrimas ha conseguido que volvieran los ojos a Dios, corazones empedernidos, demostrando luego verdadero arrepentimiento.

Pero llegado el trance de la muerte y a la vez que vela el cadáver y eleva a Dios nuestro Señor fervientes súplicas por el eterno descanso del que tan cariñosamente asistió hasta el último momento; la Sierva tiene también palabras de consuelo para la afligida familia, y estas palabras sirven de lenitivo porque salen de labios que practican la más sublime de las virtudes: «La Caridad».

¡Qué ejemplos de abnegación cristiana demuestran la infinita grandeza de almas de esas dulces siervas que sacrifican su existencia, al cuidar de los enfermos!

¡Benditas seáis siervas de Jesús y de María, que cuando vosotras enjugáis un rostro frío y cerráis los ojos muertos aunque sean los de un impío; para miraros en aquel momento tiene Jesús abiertos los suyos, y como recompensa a tan meritorios obras, alcanzaréis, sin duda alguna, el premio prometido a los que voluntariamente abrazan la Cruz para seguir a Nuestro Redentor.

Francisco Jiménez Marco. La Coruña, 5 de marzo de 1897.

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Enlaces de interés:

Siervas de Jesús

Siervas de María

Santa Ángela de la Cruz, 85 aniversario de su tránsito al cielo

«Quédate con nosotros»

Como cada 2 de marzo, día en que murió la santa sevillana (2 de marzo de 1932), se producen largas colas para visitar el cuarto donde murió Sor Ángela y donde se guardan y exponen sus objetos personales y los del venerado canónigo Padre Torres Padilla, fundadores ambos del instituto religioso de las Hermanas de la Compañía de la Cruz (más conocidas como Hermanas de la Cruz). El 8 de agosto de 1875 nació oficialmente la Compañía de la Cruz y Roma aprobó el instituto en 1908. Ángela y sus queridas hermanas dieron testimonio con sencillez, dulzura, alegría y amor consolidando definitivamente su hermoso proyecto en España -cómo no, también presente en nuestra localidad de La Orotava-, Italia y Argentina.

Ella sigue presente en nuestra gente con el testimonio de su amor. De ese amor que es su tesoro en la eterna comunión de los santos; que realizó por el amor y en el amor absoluto, haciéndose pobre con los pobres. Y el pueblo agradece esta manera de querer a Dios y a los pobres. El Papa Juan Pablo II beatificó a Sor Ángela de la Cruz en su primer viaje a España el 5 de noviembre de 1982, confirmando en nombre de la Iglesia la respuesta de amor fiel que ella dio a Cristo. Y, a la vez, se hace eco de la respuesta que Cristo mismo da a la vida de su sierva: «El Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles y entonces dará a cada uno según sus obras».

La misa de la beatificación de Sor Ángela de la Cruz se celebró en el Real de la Feria de Sevilla y se habilitó para ella el retablo de plata de la catedral, que se usa el Jueves Santo, junto a un baldaquino de flores. Después de declarar beata a Sor Angela, el Papa felicitó al Cardenal Bueno Monreal, prelado dimisionario de la Diócesis que tanto trabajó por la beatificación de Sor Ángela. Un día, aquel 5 de noviembre de 1982, realmente grandioso:

«Nos, acogiendo los deseos de nuestro hermano Carlos Amigo Vallejo, arzobispo de Sevilla, del venerado hermano cardenal José María Bueno Monreal, así como de otros muchos hermanos en el Episcopado, y de numerosos fieles, después de haber escuchado el parecer de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, con nuestra autoridad apostólica, declaramos que la venerable Sierva de Dios Ángela de la Cruz Guerrero y González, fundadora de la Congregación de las Hermanas de la Compañía de la Cruz, de ahora en adelante puede ser llamada beata y que se podrá celebrar su fiesta en los lugares y de modo establecido por el derecho, el día 2 de marzo, día de su tránsito para el cielo. En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén»

Homilía del Papa Juan Pablo II en la beatificación de Sor Ángela de la Cruz

Señor Cardenal,
Hermanos en el Episcopado,
queridos hermanos y hermanas:

Hoy tengo la dicha de encontrarme por vez primera bajo el cielo de Andalucía; esta región hermosa, la más extensa y poblada de España, centro de una de las más antiguas culturas de Europa. Aquí se dieron cita múltiples civilizaciones que configuraron las peculiares notas características del hombre andaluz.

Vosotros disteis al Imperio romano emperadores, filósofos y poetas; ocho siglos de presencia árabe os afinaron la sensibilidad poética y artística; aquí se forjó la unidad nacional; de las costas cercanas a este “Guadalquivir sonoro” partió la formidable hazaña del descubrimiento del Nuevo Mundo y la expedición de Magallanes y Encano hasta Filipinas.

Conozco el origen apostólico del cristianismo de la Bética, fecundado por vuestros Santos: Isidoro y Leandro, Fernando y Juan de Ribera, Juan de Dios y el beato Juan Grande, Juan de Ávila y Diego José de Cádiz, Francisco Solano, Rafaela María, el venerable Miguel de Mañara y otras muchas figuras insignes.

El recuerdo cariñoso de tanta riqueza histórica y espiritual, es mi mejor saludo a vuestro pueblo, a vuestro nuevo arzobispo, a los Pastores presentes y a todos los españoles, especialmente a los venidos de Canarias; pero, son sobre todo la voz prestada a quien tanto ha dado a vuestras gentes: a mi queridísimo hermano y vuestro amado cardenal que nos acompaña.

En este marco sevillano, envuelto como vuestros patios por la “fragancia rural” de Andalucía, vengo a encontrar a las gentes del campo de España. Y lo hago poniendo ante su vista una humilde hija del pueblo, tan cercana a este ambiente por su origen y su obra. Por eso he querido dejaros un regalo precioso, glorificando aquí a Sor Ángela de la Cruz.

Hemos oído las palabras del Profeta Isaías que invita a partir el pan con el hambriento, albergar al pobre, vestir al desnudo, y no volver el rostro ante el hermano, porque “cuando des tu pan al hambriento y sacies el alma indigente, brillará tu luz en la oscuridad, y tus tinieblas serán cual mediodía”.

Parecería que las palabras del Profeta se refieren directamente a Sor Ángela de la Cruz: cuando ejercita heroicamente la caridad con los necesitados de pan, de vestido, de amor; y cuando, como sucede hoy, ese ejercicio heroico de la caridad hace brillar su luz en los altares, como ejemplo para todos los cristianos.

Sé que la nueva Beata es considerada un tesoro común de todos los andaluces, por encima de cualquier división social, económica, política. Su secreto, la raíz de donde nacen sus ejemplares actos de amor, está expresado en las palabras del Evangelio que acabamos de escuchar: “El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la hallará”.

Ella se llamaba Ángela de la Cruz. Como si quisiera decir que, según las palabras de Cristo, ha tomado su cruz para seguirlo. La nueva Beata entendió perfectamente esta ciencia de la cruz, y la expuso a sus hijas con una imagen de gran fuerza plástica. Imagina que sobre el monte Calvario existe, junto al Señor clavado en la cruz, otra cruz “a la misma altura, no a la mano derecha ni a la izquierda, sino enfrente y muy cerca”. Esta cruz vacía la quieren ocupar Sor Ángela y sus hermanas, que desean “verse crucificadas frente al Señor”, con “pobreza, desprendimiento y santa humildad”. Unidas al sacrificio de Cristo, Sor Ángela y sus hermanas podrán realizar el testimonio del amor a los necesitados.

En efecto, la renuncia de los bienes terrenos y la distancia de cualquier interés personal, colocó a Sor Ángela en aquella actitud ideal de servicio que gráficamente define llamándose “expropiada para utilidad pública”. De algún modo pertenece ya a los demás, como Cristo nuestro Hermano.

santa-angela-de-la-cruz-iLa existencia austera, crucificada, de las Hermanas de la Cruz, nace también de su unión al misterio redentor de Jesucristo. No pretenden dejarse morir variamente de hambre o de frío; son testigos del Señor, por nosotros muerto y resucitado. Así el misterio cristiano se cumple perfectamente en Sor Ángela de la Cruz, que aparece “inmersa en alegría pascual”. Esa alegría dejada como testamento a sus hijas y que todos admiráis en ellas. Porque la penitencia es ejercida como renuncia del propio placer, para estar disponibles al servicio del prójimo; ello supone una gran reserva de fe, para inmolarse sonriendo, sin pasar factura, quitando importancia al sacrificio propio.

Sor Ángela de la Cruz, fiel al ejemplo de pobreza de Cristo, puso su instituto al servicio de los pobres más pobres, los desheredados, los marginados. Quiso que la Compañía de la Cruz estuviera instalada “dentro de la pobreza”, no ayudando desde fuera, sino viviendo las condiciones existenciales propias de los pobres. Sor Ángela piensa que ella y sus hijas pertenecen a la clase de los trabajadores, de los humildes, de los necesitados, “son mendigas que todo lo reciben de limosna”.

La pobreza de la Compañía de la Cruz no es puramente contemplativa, les sirve a las hermanas de plataforma dinámica para un trabajo asistencial con trabajadores, familias sin techo, enfermos, pobres de solemnidad, pobres vergonzantes, niñas huérfanas o sin escuela, adultas analfabetas. A cada persona intentan proporcionarle lo que necesite: dinero, casa, instrucción, vestidos, medicinas; y todo, siempre, servido con amor. Los medios que utilizan son un trabajo personal, y pedir limosna a quienes puedan darla.

De este modo, Sor Ángela estableció un vínculo, un puente desde los necesitados a los poderosos, de los pobres a los ricos. Evidentemente, ella no puede resolver los conflictos políticos ni los desequilibrios económicos. Su tarea significa una “caridad de urgencia”, por encima de toda división, llevando ayuda a quien la necesite. Pide en nombre de Cristo, y da en nombre de Cristo. La suya es aquella caridad cantada por el Apóstol Pablo en su primera Carta a los Corintios: “Paciente, benigna…, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal…; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera”.

Esta acción testimonial y caritativa de Sor Ángela ejerció una influencia benéfica más allá de la periferia de las grandes capitales, y se difundió inmediatamente por el ámbito rural. No podía ser menos, ya que a lo largo del último tercio del siglo XIX, cuando Sor Ángela funda su instituto, la región andaluza ha visto fracasar sus conatos de industrialización y queda sujeta a modos de vida mayoritariamente rurales.

Muchos hombres y mujeres del campo acuden sin éxito a la ciudad, buscando un puesto de trabajo estable y bien remunerado. La misma Sor Ángela es hija de padre y madre venidos a Sevilla desde pueblos pequeños, para establecerse en la ciudad. Aquí trabajará durante unos años en un taller de zapatería.

También la Compañía de la Cruz se nutre mayoritariamente de mujeres vinculadas a familias campesinas, en sintonía perfecta con la sencilla gente del pueblo, y conserva los rasgos característicos de origen. Sus conventos son pobrecitos, pero muy limpios; y están amueblados con los útiles característicos de las viviendas humildes de los labriegos.

En vida de la Fundadora, las Hermanas abren casa en nueve pueblos de la provincia de Sevilla, cuatro en la de Huelva, tres en Jaén, dos en Málaga y una en Cádiz. Y su acción en la periferia de las capitales se despliega entre familias campesinas frecuentemente recién venidas del campo y asentadas en habitaciones miserables, sin los imprescindibles medios para afrontar una enfermedad, el paro, o la escasez de alimentos y de ropa.

Hoy, el mundo rural de Sor Ángela de la Cruz ha presenciado la transformación de las sociedades agrarias en sociedades industriales, a veces con un éxito impresionante. Pero este atractivo del horizonte industrial, ha provocado de rechazo un cierto desprecio hacia el campo, “hasta el punto de crear entre los hombres de la agricultura el sentimiento de ser socialmente unos marginados, y acelerar en ellos el fenómeno de la fuga masiva del campo a la ciudad, desgraciadamente hacia condiciones de vida todavía más deshumanizadoras”.

Tal menosprecio parte de presupuestos falsos, ya que tantos engranajes de la economía mundial continúan pendientes del sector agrario, “que ofrece a la sociedad los bienes necesarios para el sustento diario”.

En esa línea de defensa del hombre del campo, la Iglesia contemporánea anuncia a los hombres de hoy las exigencias de la doctrina sobre la justicia social, tanto en lo referente a los problemas del campo como al trabajo de la tierra: el mensaje de justicia del Evangelio que arranca de los Profetas del Antiguo Testamento. El Profeta Isaías nos lo recordaba hace algunos momentos: si partes tu pan con el hambriento, “entonces brotará tu luz como la aurora … e irá delante de ti tu justicia”. Llamada actual entonces y hoy, porque la justicia y el amor al prójimo son siempre actuales.

A lo largo del siglo XX, el campo ha cambiado, por fortuna, algunas condiciones que lo hacían inhumano: salarios bajísimos, viviendas míseras, niños sin escuela, propiedad consolidada en pocas manos, extensiones poco o mal explotadas, falta de seguros que ofrecieran un mínimo de serenidad frente al futuro.

La evolución social y laboral ha mejorado sin duda este panorama tristísimo, en el mundo entero y en España. Pero el campo continúa siendo la cenicienta del desarrollo económico. Por eso los poderes públicos deben afrontar los urgentes problemas del sector agrario. Reajustando debidamente costos y precios que lo hagan rentable; dotándolo de industrias subsidiarias y de transformación que lo liberen de la angustiosa plaga del paro y de la forzosa emigración que afecta a tantos queridos hijos de esta y de otras tierras de España; racionalizando la comercialización de los productos agrarios, y procurando a las familias campesinas, sobre todo a los jóvenes, condiciones de vida que los estimulen a considerarse trabajadores tan dignos como los integrados en la industria.

Ojalá las próximas etapas de vuestra vida pública logren avanzar en esa dirección, alejándose de fáciles demagogias que aturden al pueblo sin resolver sus problemas, y convocando a todos los hombres de buena voluntad para coordinar esfuerzos en programas técnicos y eficaces.

Para progresar en ese camino es necesario que la fuerza espiritual y amor al hombre que animó a Sor Ángela de la Cruz; que esa caridad que nunca tendrá fin, informe la vida humana y religiosa de todo cristiano.

Sé que Andalucía nutre las raíces culturales y religiosas de su pueblo, gracias a un depósito tradicional pasado de padres a hijos. Todo el mundo admira las hermosas expresiones piadosas o festivas que el pueblo andaluz ha creado para vestir plásticamente sus sentimientos religiosos. Por otra parte, las cofradías y hermandades creadas a lo largo de siglos, han obtenido influencia en el cuerpo social.

Esa religiosidad popular debe ser respetada y cultivada, como una forma de compromiso cristiano con las exigencias fundamentales del mensaje evangélico; integrando la acción de las hermandades en la pastoral renovada del Concilio Vaticano II, purificándolas de reservas ante el ministerio sacerdotal y alejándolas de cualquier tensión interesada o partidista. De este modo, esa religiosidad purificada podrá ser un válido camino hacia la plenitud de salvación en Cristo, como dije a vuestros Pastores.

Queridos andaluces y españoles todos: La figura de la nueva Beata se alza ante nosotros con toda su ejemplaridad y cercanía al hombre, sobre todo al humilde y del mundo rural. Su ejemplo es una prueba permanente de esa caridad que no pasa.

Ella sigue presente entre sus gentes con el testimonio de su amor. De ese amor que es su tesoro en la eterna comunión de los Santos, que se realiza por el amor y en el amor.

El Papa que ha beatificado hoy a Sor Ángela de la Cruz, confirma en nombre de la Iglesia la respuesta de amor fiel que ella dio a Cristo. Y a la vez se hace eco de la respuesta que Cristo mismo da a la vida de su sierva: “El Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras”.

Hoy veneramos este misterio de la venida de Cristo, que premia a Sor Ángela “según sus obras”.

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Oración 

Oh Dios, que iluminaste a Santa Ángela
virgen con la sabiduría de la Cruz para
que reconociese a tu Hijo Jesucristo
en los pobres y enfermos abandonados,
y les sirviese como humilde esclava.
Concédenos la gracia que te pedimos,
por su intercesión (pedir la gracia).
Así también, inspira en nosotros el
deseo de seguir su ejemplo, abrazando
cada día nuestra propia cruz, en unión
con Cristo Crucificado, y sirviendo
a nuestros hermanos con entrega y amor.
Te lo pedimos por el mismo Jesucristo
tu Hijo y Señor nuestro, que vive y reina.
Amén

 Enlace recomendado: Hermanas de la Cruz

Santo Tomás de Aquino, poeta del Universo

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Santo Tomás de Aquino, poeta del Universo

En la noche callada, Sócrates escuchaba la armonía del himno sublime que cantan las estrellas. Porque los cielos cantan —David lo había dicho— «cantan la gloria de Dios».
Santo Tomás es el filósofo de la armonía y el poeta del Universo. No escucha sólo el canto de las estrellas; oye el concierto de toda la creación, bajo la dirección del gran maestro de capilla, que es su Hacedor, el Poeta. Porque poeta, eso significa. La Creación es el poema con que Dios se canta a sí mismo, fuera de sí. Cada creatura es un verso de ese gran poema. Cada movimiento es una nota de ese gran concierto. De su conjunto resulta la nueva armonía.
Y el poema que Dios había escrito en jeroglíficos, con caracteres de esencias y movimientos, es el que Tomás de Aquino, el fraile dominico de hábito blanco y negro, ha descifrado. Al poema divino le ha dado forma humana. La «Suma Teológica» es un gran poema: el poema del Universo.
Por los sones lejanos de las creaturas, llega el poeta hasta Dios, principio de toda armonía, en su unidad simplicísima. Y ya en brazos de la Revelación —ninfa Egeria que le conduce por el país de lo ignoto—, penetra en el santuario, sorprende la vida íntima del Ser absoluto y canta con lengua inteligible los misterios del idilio eterno entre el Poder, que es el Padre, y la Sabiduría, que es el Hijo, en un efluvio de Amor infinito, que es el Espíritu Santo.
Y ese idilio inmanente, perpetuamente vital y fecundo, lanza fuera de sí, en el tiempo, algunas gotas del ser que son las creaturas. No como emanación espontánea de la substancia divina, sino como efecto producido fuera de sí por el Poder, la Sabiduría y el Amor.
Entre esas esencias creadas —gotas de ser infinito, vestigios del Infinito, Uno y Trino en substancia—, hay dos que son imagen suya, que tienen poder, sabiduría y amor: ¡el ángel y el hombre! A ellas está subordinado, por natural jerarquía, todo el resto de la creación. Ellas sólo tienen valores eternos, porque son capaces de participar del eterno idilio del Ser infinito, conociéndole y amándole. El drama angélico se ha terminado en un instante. El drama humano perdurará hasta el fin del mundo.
Y continúa el poema cantando al hombre. El hombre, el jerarca de este mundo visible, que debe producir la armonía, en sí mismo y fuera de sí. Esa es su tarea. De todas las cosas puede usar el hombre, pues todas fueron hechas para él y él es el dueño de sus actos y de sí mismo por su libre albedrío. Mas siguiendo el compás que le señala el Jerarca supremo con la batuta de su razón.
Armonía entre lo natural y sobrenatural. La gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona, en toda su integridad. La fe no rebaja la razón, le da ambiente para volar por las regiones de lo divino, donde ella sola caería asfixiada. La gracia diviniza al hombre. El hombre sometiéndose a Dios, se hace divino. Jerarquía y armonía, entre el hombre y Dios.
La razón y el apetito. No es Santo Tomás un idealista que independice la razón; ni escéptico que la aniquile. Con bravura defiende sus fueros, pero con dependencia objetiva. Y ella, grávida de la Verdad, la entrega al apetito que produce el Bien. Ni la voluntad es autónoma, independiente de la razón o superior a ella. La razón dirige, impera, manda, lo mismo en el fuero de la conciencia que en el orden social externo, porque la ley es un dictamen de la razón. Y la perfección de la voluntad consiste en ejecutar con fidelidad lo que la razón prescribe Ni son malas las pasiones. Solamente serán cuando rompen la armonía jerárquica que las mantiene sumisas al dictamen, de la razón y al impulso de la voluntad.
La misma armonía entre el alma y el cuerpo, que forma un todo substancial. El alma es la porción superior, pero ella sola no es el hombre. El cuerpo también es un valor humano. Todo lo que es, es bueno y debe subsistir. Pero en su puesto.
Y ese todo armónico que llamamos hombre, está ordenado a la operación. Y para obrar en armonía necesita de las virtudes. Y, sobre las virtudes, los dones del Espíritu Santo, con los que obra a lo divino.
La mística tomística no destruye, no aniquila, no desentona, no hace seres extraños. Es mesura y equilibrio. Todo lo purifica, todo lo transfigura. Así es la mística española, Granada y Teresa de Jesús.
Pero el hombre no es un ser irrelacionable. Es Social por naturaleza. Quien no vive en sociedad es menos que hombre o más que hombre. Armonía también entre los distintos hombres.
Y el Estado, el Poder, que armoniza, que concierta, que dirige y ajusta los instrumentos para que, dando cada cual su nota, resulte el acorde del bien común. Pero no absorbe al individuo, no amengua a la persona, da valor y eficacia a los derechos particulares.
Y ante el poder temporal se levanta otro Poder espiritual. También concierto, también armonía, también jerarquía. La Iglesia es superior al Estado, pero en nada viene a mermar sus derechos; antes le ayuda a conseguir sus fines.
Y frente a un Estado se levantan otros Estados. Mas entre ellos también hay armonía trascendente, que resulta de una unidad de la especie, de la catolicidad de la Iglesia, de la fraternidad en Cristo, de la comunión en el último fin.
Pero la raza humana no es homogénea. Es hombre y mujer Un vínculo irrompible, urdido, por el amor y apretado por la religión hará de dos uno, que se perpetuarán en nuevos seres. También con orden, con jerarquía. El hombre es superior a la mujer, es su cabeza. Más ella es también persona igual a él en sus derechos primarios, fundamentales. Y aquí el poema comienza a tomar colores de epopeya.
El ángel malo sedujo al hombre, que cayó, pecó y, con el pecado, rompió la armonía de todo el Universo. Sólo Dios podía restaurar esa armonía. Más el hombre la había roto y era justo que el mismo hombre fuese su restaurador.
La indignación divina, al ver su obra transformada por la culpa humana, cede ante los impulsos de su amor, que le saca fuera de sí en éxtasis sublime. Y Dios se hace hombre. Es la aspiración suprema del amor: hacerse de dos uno.
Y, como hombre, lucha con la muerte y se deja morir para vencer a la muerte, para arrebatar a la muerte sus presas, para devolvernos la vida divina, la vida inmortal.
Después, las fuentes de la vida que manan del Hombre-Dios, que nos incorporan a Cristo y nos hacen dioses por anticipación de su misma naturaleza.
Desenlace del poema. El triunfo definitivo del Bien sobre el Mal. La victoria del Hombre-Dios y de todos los que han luchado bajo su bandera. La plena armonía peregnalmente restablecida. La entrada triunfal del hombre restaurado en el reino de la luz. La satisfacción cumplida de sus ansias de amor, de bien, de belleza y de verdad.
Tal es el gran poema que Tomás ha escrito. El poema de la suprema armonía. El poema del Universo. El poema de la Verdad. Ya había escrito Aristóteles que la poesía es más verdadera que la historia.
Tomás de Aquino, sin ambiciones terrenales, oteando el horizonte desde su celda dominicana, embriagándose en la contemplación filosófica y sobrenatural, es el poeta de la Humanidad. Homero y Dante no osarán acercarse a él, ni aún sombrero en mano y lomo encorvado. Y Dios y los siglos siguen bendiciendo su nombre y su memoria.

Ignacio Menéndez-Reigada, O.P.

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Oración de Santo Tomás de Aquino al Santísimo Sacramento

¡Oh, Santísimo Jesús, que aquí sois verdaderamente Dios escondido; concededme desear ardientemente, buscar prudentemente, conocer verdaderamente y cumplir perfectamente en alabanza, y gloria de vuestro nombre todo lo que os agrada. Ordenad, ¡oh Dios mío!, el estado de mi vida; concededme que conozca lo que de mí queréis y que lo cumpla corno es menester y conviene a mi alma. Dadme, oh Señor Dios mío, que no desfallezca entre las prosperidades y adversidades, para que ni en aquellas me ensalce, ni en éstas me abata. De ninguna cosa tenga gozo ni pena, sino de lo que lleva a Vos o aparta de Vos. A nadie desee agradar o tema desagradar sino a Vos. Séanme viles, Señor, todas las cosas transitorias y preciosas todas las eternas. Disgústeme, Señor, todo gozo sin Vos, y no ambicione cosa ninguna fuera de Vos. Séame deleitoso, Señor, cualquier trabajo por Vos, y enojoso el descanso sin Vos. Dadme, oh Dios mío, levantar a Vos mi corazón frecuente y fervorosamente, hacerlo todo con amor, tener por muerto lo que no pertenece a vuestro servicio, hacer mis obras no por rutina, sino refiriéndolas a Vos con devoción. Hacedme, oh Jesús, amor mío y mi vida, obediente sin contradicción, pobre sin rebajamiento, casto sin corrupción, paciente sin disipación, maduro sin pesadumbre, diligente sin inconstancia, temeroso de Vos sin desesperación, veraz sin doblez; haced que practique el bien sin presunción que corrija al prójimo sin soberbia, que le edifique con palabras y obras sin fingimientos. Dadme, oh Señor Dios mío, un corazón vigilante que por ningún pensamiento curioso se aparte de Vos; dadme un corazón noble que por ninguna intención siniestra se desvíe; dadme un corazón firme que por ninguna tribulación se quebrante; dadme un corazón libre que ninguna pasión violenta le domine. Otorgadme, oh Señor Dios mío, entendimiento que os conozca, diligencia que os busque, sabiduría que os halle, comportamiento que os agrade, perseverancia que confiadamente os espere, y esperanza que, finalmente, os abrace. Dadme que me aflija con vuestras penas aquí por la penitencia, y en el camino de mi vida use de vuestros beneficios por gracia, y en la patria goce de vuestras alegrías por gloria. Señor que vivís y reináis, Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.

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Enlaces recomendados:

santotomasdeaquinoverboencarnado.net (página dedicada a Santo Tomás de Aquino)

Santo Tomás de Aquino (perfil biográfico y semblanza espiritual)

Semblante espiritual de Fray Martín

semblante

Su rostro irradiaba la bondad y dulzura propia de las personas santas

De San Martín de Porres, como la del santo Job, se puede afirmar que nació con marcada inclinación a la misericordia, y desde su tierna infancia procuró socorrer las necesidades de su prójimo. De estas obras nos consta por el testimonio de los beneficiarios. En la eternidad nos serán reveladas las misericordias espirituales y corporales realizadas por el Santo de Dios.

Pasó por la tierra sin que alcanzara a inficionarle la corrupción que domina por doquier. Fiel a la gracia recibida en el bautismo, puso en juego todos los medios para asegurar la posesión de este tesoro. A este fin renuncia a los atractivos del mundo y abraza la vida religiosa. Y no contento con las austeridades de su profesión se entrega a las más duras mortificaciones.

Desligado así de lo terreno y libre de toda miseria su espíritu inocente y puro volaba espontáneamente, sin obstáculos, hacia Dios.  Cuando su espíritu endiosado volvía a las realidades de la vida terrena, continuaba viendo a Dios en todos los seres de la Creación.

La constante y fiel correspondencia a la acción de la gracia divina hizo que su espíritu se mantuviera firme en observar el orden que preside las relaciones del cristiano con Dios y con el prójimo. Por esto no dejó nunca de cumplir los deberes que le obligaban a Dios y a los hombres. Y resultado de esta fidelidad en las obras de justicia, fue la paz inalterable de su espíritu en cualesquiera circunstancias, favorables o adversas por las que atravesó.

Admitido el trato íntimo con Dios, la luz divina irradió en su alma, dándole a conocer y profundizar las verdades más encumbradas de nuestra religión. Bajo la acción de esta misma luz, conoció muchas veces los secretos envueltos en la lejanía del tiempo y del espacio.

Escuchó las palabras de Cristo, y ya hemos visto con que generosidad las abrazó y con qué fidelidad las puso en práctica. Consciente de que en su correspondencia a la gracia divina estribaba todo su bien, en el tiempo y en la eternidad, no dudó en exponerlo todo por el Todo. Y porque se mostró siempre fiel, sin ceder ante las pruebas y persecuciones, he aquí que es introducido en el gozo de su Señor y admitido en el reino de los Cielos.

Por respeto a Dios amó tanto a sus hermanos los hombres mientras peregrinó por la tierra, que no los puede olvidar ahora que se encuentra seguro en el descanso de la patria. La caridad que le movía a procurar todo bien a sus compañeros de destierro, perfeccionada altura en el seno de Dios, hace que se interese con mayor insistencia y eficiencia en provecho de quienes necesitan y reclaman su valioso patrocinio.

Semblanzas de Fray Martín

Día de la Santa Infancia

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La Obra de la Santa Infancia ha sido ya en la historia probada como buena. La caridad la ha concebido, la caridad la ha criado, la caridad la ha desarrollado.

Vamos a celebrar, este domingo, el Día misional mundial de la Santa Infancia. “Hemos señalado un día al año afirma el Papa Pío XII—, para promover con la oración y la limosna la Obra Pontificia de la Santa Infancia”.
El conocimiento de sus excelencias, con tal motivo proclamadas por los expositores que canten sus glorias, necesariamente producirá incremento de ayuda espiritual y material a su favor.
Pasó la época de la idea ingenua del Progreso. Nos hallamos en la era de la técnica que no hace al hombre ni mejor ni más feliz. Como dice un poeta misionero: «llegar a la frontera del mundo civilizado es entrar en el “gran pórtico de las complicaciones”. Ese metro que gasta los pulmones. Esas fábricas que manchan el cielo. Esas máquinas que enervan el temperamento y ese estrépito que turba nuestras noches. Hombres tensos, inquietos…».
Cuando los ingenios del mundo están tratando de hacer avanzar la técnica, pocos son los que investigan los medios de perfeccionar moralmente al hombre. Y eso sí que hay que inventar.
Pero…, ¿qué digo? ¡Ya está hallado! ¡¡El Evangelio predicado por Jesús!! Es vedad que hay que adaptarlo a las circunstancias. Y en la adaptación —precisa reconocerlo con sinceridad— estamos fallando. Alguien ha dicho que los medios no están resultando eficaces. Al menos, en cuanto al mundo pagano, el recurso que se ha proclamado mejor es la “SANTA INFANCIA”. Se ha dicho que entre todas las obras católicas, ninguna salva con tanta “facilidad, prontitud y certeza” TAN GRAN NÚMERO de almas.
El Día de la Santa Infancia debe ser un día de meditación, de examen y de obrar en consecuencia. Del enemigo, el consejo. Hay que salvar al niño pagano y hay que hacer misionero al niño cristiano. Cuanto el niño sea más proselitista, lo será el adulto. Y con ese proselitismo santo se beneficiará el Cuerpo de Cristo.
El niño, «blanda cera que la Obra emplea es como la flor que abre su cáliz, a medida que el sol asciende sobre el horizonte y expande más sus perfumes en derredor, el niño puede sentir las dulces influencias de la religión y de la caridad». En el mundo misionero y en el católico.
La SANTA INFANCIA, al mismo tiempo que extiende el reino de Cristo en los países alejados de El, intensifica y fortifica en nuestras viejas cristiandades el aprendizaje misionero de las generaciones que advienen, «las que no trabajarán eficazmente en el resurgimiento espiritual, moral y social de su país sino en la medida en que tengan una conciencia apostólica» (Card. Suhard).
No desaprovechemos la oportunidad que nos brinda la Santa Infancia y especialmente en su Semana y gran DÍA para iluminar, para infundir amor misional en las almas infantiles amor que como rescoldo de fuego sagrado debe durar todo el año y alimentar toda una vida Que los niños, conquistándose a sí mismos, ganen las ricas preseas de las almas infantiles.
Sacerdotes, padres, educadores… Reflexionad sobre estos puntos. Si siempre, más aún en el Día de la SANTA INFANCIA.

Mons. Emilio De Hueto. Director Nacional y Delegado Hispano-americano de la O. P. de la Santa Infancia. Enero de 1959.

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La Santa Infancia pide una oración corta, pero constante. Y la ofrecemos junto a la Virgen María, Reina de las Misiones.

Señor Jesús, Tú dijiste a los apóstoles:
“Dejad que los niños se acerquen a Mí”.
Te damos gracias por el amor
y el cuidado que tienes con los más pequeños.
Te pedimos por todos los niños del mundo
para que tengan la alegría de conocerte a Ti y a tu Madre,
y puedan escuchar tu Palabra y recibir tus sacramentos.
Ayúdanos a iluminar con la fe
la vida de nuestras familias y de nuestros amigos.
Bendícenos a nosotros
para que hoy y mañana seamos misioneros
y amemos a todas las personas
de cualquier raza, cultura, lengua y edad.
Te pedimos que tu Madre, la Virgen María, nos acompañe.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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Enlace de interés: La Infancia Misionera o Santa Infancia en nuestra Comunidad 

Página recomendada: Infancia Misionera

Navidad es presencia

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1.-«Hermanos, Dios ha nacido —sobre un pesebre. Aleluya.— Hermanos, cantad conmigo.— «Gloria a Dios en las alturas». Así, de sencillo y profundo. Así, cantan los nuevos himnos, sacados de la literatura española, en la Liturgia de las Horas. ¡Estamos en Navidad!
«Hermanos, cantad conmigo». Porque Navidad es el misterio de una Presencia, que lo llena todo. La Eternidad se ha metido en el tiempo; la Trascendencia se ha hecho condescendencia; la Omnipotencia, sencillez de niño.
La Navidad es Dios con nosotros y para nosotros. Es la salvación que recibimos, el gozo que sentimos, la verdad que vivimos. Navidad es Dios con nosotros y nosotros con nuestro hermano. Navidad no es una palabra o un recuerdo. Navidad es un acontecimiento hoy, entre nosotros.
Y siguen los himnos: «No la debemos dormir —la nochesanta—, no la debemos dormir». Porque en Navidad, Belén se hace camino: encuentro entre Dios y los hombres, con aires de urgencia. Es imposible la quietud y el reposo, sí se oye de verdad el mensaje de este día.
Caminan los pastores, porque tienen la salvación. Y camina la humanidad porque la liberación ha llegado a ella. Belén es el paso de los dones de Dios hasta la donación de Dios mismo. ¡Ya el hombre no está solo: Dios le acompaña en todo lo humano, en todo quehacer! Dios entra en la historia de noche, como de puntillas. Para amanecer con el hombre, caminando a su lado.

2.- Pero que no nos engañen los himnos. Porque Dios hace cosas grandes con realidades sencillas. Y podemos creer que todo está hecho porque los ángeles cantaron la paz en esta noche santa. Todo es sencillo en Belén. Hay ternura humana y canción con ritmo de villancico. Un pesebre, un Niño, María que sonríe, José que acaricia, pastores que buscan, ángeles que cantan. Todo es sencillo. Todo… menos el mensaje.
Porque podemos quedarnos en lo externo, en la sencillez. Y Dios, en Belén llama. Llama al hombre a su gracia, a su amistad. Y el hombre tiene que responder saliendo al encuentro de Cristo. Nos ha nacido un Salvador. Pero es una salvación que se nos ofrece. Y que puede quedar en pura oferta si el hombre no se arriesga a buscarla. Hoy se nos habla de amor. Pero de amor compartido que necesita el compromiso del hombre.
Y sigue el himno: «Más no nace solamente —en Belén— nace donde hay un caliente —corazón—. Nace en mí, nace en cualquiera, —sí hay amor— nace donde hay verdadera —comprensión—». Y sólo entonces termina el himno: «¡Qué gran gozo y alegría— tiene Dios!

3.- Si. El gozo y la alegría de Dios compartida en Belén. Que el pesebre es «misión», «escalofrío», como repite otro himno, el del Oficio de Lectura. «Poner paz en tanta guerra, —calor donde hay tanto frío— ser de todos que es mío, —plantar un cielo en la tierra—. ¡Qué misión de escalofrío— la que Dios nos confió! —¡Quién lo hiciera y fuera yo!». ¡Quién lo hiciera y fuera yo! Navidad es Presencia, impulso. O no es nada.

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¿Recordáis el bello párrafo de Papini? Dice, más o menos, así. La nieve que borra los caminos no es igual al yeso que esparcimos sobre nuestros diminutos belenes. Es nieve verdadera que hace temblar. Tampoco los ríos son de platina. Ni los pastores de barro cocido. Todo es humano, terriblemente humano en Belén. Hasta el Niño, que se nos ha dado, es hombre. Con sus miserias y sus debilidades. Con su cansera y su sed. Todo humano, menos en el pecado.
Y si hoy recordamos el Nacimiento, y seguimos poniendo tiestos de flores, pastores de yeso, ríos de espejos, puentes de corcho… Y nos quedamos ahí, Belén será un cuento para niños y un negocio para comerciantes.
Belén es Dios que se hace hombre, para decirnos a los hombres que lo somos. Belén es Dios que se encama, para que todos nos encarnemos en la vida cotidiana. Belén es amor, para que no nos olvidemos de que detrás de cada hombre es Dios mismo el que late. Todo lo demás: yeso, barro cocido, platina…
Jesús es la Palabra de Dios hecha Carne, de nuestra misma especie. Para decimos la verdad Para hacer que vivamos todos la Verdad. Jesús se hace hombre. Pone su tienda junto a la última que hemos puesto los hombres. Dios no huye del mundo —con todas sus estructuras, todas sus falsedades, todas sus trapisondas—. Viene a vivir en el mundo, para que nosotros huyamos del mundo. Sino que tratemos de cambiarlo en más humano, en más divino, si se quiere. Como lo hizo El. Que Cristo «pasó» por el mundo. Pero interesándose por todo lo que «mundo» significa.
Porque Cristo se encarnó en las entrañas de la Virgen. Y nació una noche en Belén. Y se puso a vivir con los hombres, para los hombres.
Jesús nacido es el hecho concretísimo al que debemos conformarnos si queremos ser sus discípulos. La fe no puede ser sólo la aceptación de unas verdades. Sino de la Verdad misma, de Jesús.
Por la fe entramos en comunicación con El, nos incorporamos a su persona, a su casa. Nos comprometemos a seguirla de por vida. Y hasta de por muerte, para resucitar con El.
Que eso es Navidad. Y no al corcho, la platina, el barro cocido. Vengan, en buena hora, los belenes. Y hasta el árbol de Navidad. Pero siempre que signifiquen que nos ha nacido un Niño, que Dios se ha hecho hombre para que los hombres amándonos de veras nos encaremos con El.

P. José Cabrera Vélez, 25 de diciembre de 1980. El Eco de Canarias

El Belén de María Rosa (Cuento de Navidad)

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El Belén de María Rosa

Por fin María Rosa iba a convertir en realidad su más bello sueño. La Nochebuena, tan cerquita ya, tendría su Belén en su humilde hogar.

¡Qué angustia la de los años anteriores, cuando desde el fondo de su portería observaba el bajar y subir apresurado de los niños de los pisos, en alegre tropel, para contemplar mutuamente sus respectivos y costosos Nacimientos. Y cómo se acentuaba su pena cuando alguno le apuntaba irónicamente al pasar: “Enséñanos tu Belén, María Rosa. Ah, no me acordaba que eres pobre y no tienes ninguno”. Y huía presuroso como si acabase de arrojar una piedra. ¡Piedra certera, desde luego, en su sensible corazón!…

Pero este año, no. Este año no sucedería así. El Niño Jesús había oído sus ruegos y la había inspirado para que consiguiese su propósito.

Como por un milagro cristalizaron sus fervientes anhelos. En un ángulo del humilde, pero limpio y reluciente comedor, se destacaba un Belén encantador y chiquitín, pero “completito”, como decía candorosamente la niña, mientras palmeteaba entusiasmada. Con su precioso Misterio, rodeado de casitas de corcho y cartulina, palmeras de latón, riachuelos de platina y pastorcitos de barro con diversos dones y corderitos de blanco algodón.

Y todo ganado por ella, por ella sólita. En las horas libres, después de su asistencia a la escuela, María Rosa bordó afanosamente motivos sencillos para la tiendecita de modas más cercana, y mientras sus compañeras de estudio jugaban y leían “Colorines”, ella renunció a sus naturales aficiones y trabajó asiduamente, invirtiendo el importe de sus afanes en adquirir el precioso Misterio, centro principal de todos sus sueños, y luego todo lo demás, ayudada por su maestra, que enterada de la conducta de la aplicada y piadosa niña la hizo merecedora al premio metálico mensual, y además la orientó en la confección de objetos y adornos para el portalito, mientras le decía: “Es hermosísimo lo que has conseguido, nenita, haciendo entrar en tu hogar al Niño Jesús en la más feliz de las noches del año, pero el ideal sería que entrase también para siempre en el corazón de sus moradores”.

Sin comprender del todo las palabras, pero adivinándolas instintivamente, María Rosa suplicó anhelante a su Divino Niño que se cumpliese esta segunda y principal parte y… ¿cómo no había de oírla Jesús, y por tanto permitir que se cumpliese?…

Una tarde que su padre regresaba del trabajo, para marchar luego, como de costumbre, a la taberna, donde entre naipes y copas quedaba buena parte de su módico sueldo, se fijó en lo atareada de su hijita, inclinada sobre el bastidor, y al inquirir el motivo de su laboriosidad excesiva, la pequeña contestó muy seria: “¡Oh, papá! ¿Tú crees que sólo los hombres trabajan en eso que llaman horas extraordinarias? Nosotras también podemos hacerlo. Con el importe de ellas, verás qué precioso Nacimiento prepararé para Nochebuena; porque este año la tendremos en casa y tú nos acompañarás”. ¿Verdad, padre? Y, muy bajito, casi sollozando, añadió: Si no estás tú, no será “Buena” de verdad para mí”.

Como un eco lejano sonó la voz de la hijita querida en su corazón, evocando su niñez y las costumbres de la que fue su santa madre… Un repentino remordimiento sacudió todo su ser, se humedecieron los ojos de la carne y se abrieron los del espíritu. El flechazo de amor del Dios Niño había llegado. Los ruegos de María Rosa obtenían contestación.

Desde aquel momento el padre se prometió asimismo cambiar de conducta, y en adelante, las horas dedicadas a la taberna, se trocaron en horas de trabajo extra, que trajeron la paz y nuevos ingresos a su hogar.

Y este fue el mejor premio del comportamiento de la niña, concedido por su Jesusito adorado.

Llegó por fin la noche más hermosa del año, y María Rosa, luego de haber oído con sus padres la típica misa de gallo por vez primera en su vida, recibió la visita de los ricos inquilinos, que admiraban el pequeño portal, y aún más la transformación espiritual y material de aquel hogar, fruto de los afanes de la pequeña porterita, a quien colmaron de alabanzas y regalos.

Luego, solos los tres, ante las imágenes de aquellos “Otros tres” que formaron la “Familia modelo”, pasaron la más feliz noche de su vida, porque más que golosinas pascuales y alegres villancicos poseían el tesoro divino de Jesús, y el de !a hijita buena, la niña “pobre”, como la motejaban despectivamente los vecinos pudientes, más rica que ninguno, porque tenia un corazón de oro.

El alegre ruido de castañuelas y panderetas invade la casa. Cantos y risas la pueblan de sonidos, y en la iluminada portería una vocecita dulce y clara, como campanita de cristal, repica a los pies del Dios Niño:

En el portal de Belén
brotó la Rosa más bella,
y pronto vendrá del cielo,
para adorarla, una estrella.

Cuento de Josefina Tresguerras. Diciembre de 1952.

La Inmaculada Concepción: Tres miradas

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¡Bendita Tú, María Inmaculada!,
que eres la salvación de los creyentes,
escucha nuestras súplicas fervientes,
envuélvenos ¡oh Madre! en tu mirada.

I. Hacia las alturas

Festividad de la Inmaculada Concepción. Día de la “Purísima”, como llama el pueblo a María en su misterio augusto, con esa profundidad intuitiva que sólo tiene su origen en una fe sencilla y recia.
La Concepción Inmaculada de María. Nada, en Ella, de indigencia sobrenatural, nunca mancha alguna, jamás alejamiento de Dios; desde el primer instante, la gracia adorna y llena su alma…
Si Dios la introduce en el mundo con esta plenitud de inocencia y de santidad, es que la prevé en la misión a que la destina y la prepara su amor eterno.
La concepción inmaculada es la victoria completa de la Madre de Dios. Será la colaboradora de su Hijo en la destrucción del pecado. Rescatada por El, ha de cooperar a la redención del mundo. Estará siempre junto a El: en la lucha y en el triunfo. María desde el primer momento de su ser, está separada de la multitud de los rescatados; puesta en otro orden; dotada de vida sobrenatural y operante. Su alma es ya jardín de delicias…

II. Hacia la tierra

Al llegar la fiesta de la Inmaculada, la mirada del católico lleva empañada su gozo por un fondo de tristeza. Corren tiempos de mucha irreflexión. Días de craso materialismo. Y nos falta a todos un poco del recto sentido de la CARIDAD CRISTIANA.
Anteponemos, con harta frecuencia, a lo grande, vital y de urgencia, las pequeñeces cotidianas, y luchamos demasiado ensañadamente por cosas deleznables. Curémonos de los excesos y pongamos la marida en la altura, allí donde, limadas las asperezas, convergen los más nobles anhelos de nuestro pensar y de nuestro sentir. No estamos en los tiempos místicos de Lull y de Fray Luis de León, de Calderón y de Lope; aquellos tiempos en que las Universidades de Salamanca, de Alcalá, de Baeza, juraban defender el misterio mariano por antonomasia.
Es verdad que también, ahora, prometemos y juramos… Pero ¡qué débiles son nuestras promesas y qué faltos de consistencia son nuestros mismos juramentos! El viento de cualquier novedad nos arrastra. El dragón del comunismo nos amenaza; y los tentáculos de los diminutos Luteros se van extendiendo…
Abramos el Apocalipsis. El de San Juan, el del Vidente de la isla de Patmos. Allí, veremos para consuelo nuestro, cómo sobre el fondo negro de las abominaciones de la tierra, y de sus desolaciones, aparece la Virgen blanca, salvadora de los horrores y errores de todos los tiempos. La Mujer exenta que venció a Satán.

III. Hacia dentro

¿Cómo está nuestro Corazón? Purifiquemos, en el gran día de nuestra MADRE, las escorias del corazón. Nadie, como la Inmaculada, para volvernos limpios. El misterio de la Purísima Concepción tiene la virtud de depurar las concepciones de la mente humana, después de haber tenido la de eximir de impurezas al único cuerpo virginal exento del original pecado.
María, sublime y sencilla, extraordinaria y corriente, “diosa” y mujer, debe ser el modelo que purifique nuestras intenciones. Que, en la Mama de su amor, se consuman, hoy, nuestras pasioncillas. Con alteza de miras, abramos la senda de la rectitud de intención, el camino de la pureza del ideal. Será el más férvido homenaje a la Inmaculada.

Revista Betania, diciembre de 1957. La Redacción

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Oración

Oh Dios que por la Inmaculada Virgen preparaste digna morada a Tu Hijo, te suplicamos que así como a ella la preservaste de toda mancha en previsión de la muerte del mismo Hijo, nos concedas también que por medio de su intercesión, lleguemos a Tu presencia libres de todo pecado.

Por el mismo Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

Jaculatorias

Bendita sea la Santa e Inmaculada Concepción de la Gloriosa Virgen María, Madre de Dios.
Ave María

Oh María que entraste en el mundo sin mancha de culpa, obtén para mí de Dios la gracia de salir de él sin pecado.
Ave María

Oh Virgen María que nunca estuviste afeada con la mancha del pecado original, ni de ningún pecado actual, yo te encomiendo y confío la pureza de mi corazón.
Ave María

Por tu Inmaculada Concepción, Oh María haz puro mi cuerpo y santa el alma mía.
Ave María

Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que acudimos a Ti.
Ave María

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Imagen 1: “La Inmaculada Concepción”, óleo de Carlo F. Nuvolone

Imagen 2: “La Inmaculada Concepción”, óleo de Fray Juan Sánchez Cotán

Imagen 3: “La Inmaculada Concepción”, óleo de Juan de Miranda

Ya alborea el día (2º domingo de Adviento)

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La liturgia del Adviento, tiempo de anhelante expectación, es un clamor de brazos abiertos que se alza hasta el Cielo en demanda del Redentor. Y aunque el pensamiento dominante de la liturgia es el de conmemorar la primera venida de Nuestro Señor Jesucristo al mundo; no lo hace solamente rememorando el acontecimiento histórico, sino que considera la venida del Señor como un hecho de actualidad, fecundo en gracias y bendiciones sobrenaturales.

Por esto, el Adviento es tiempo de purificarnos y de expurgar el espíritu del mundo; es decir, la disipación de la vida muelle, el pensar y obrar puramente naturales, el no enfocar hacia Dios todas nuestras intenciones, toda nuestra conducta.

Significa el Adviento un decidido apartamiento del pecado: “Ha concluido la noche. Ya alborea el día. Rompamos, pues, con toda obra de tinieblas y empuñemos las armas de la luz. Marchemos honradamente, como a plena luz del día; no en glotonerías y embriagueces, no en envidias y contiendas”.

Es el Adviento tiempo de penitencia, porque en él se espera la venida de Dios; y Dios sólo viene sobre la carne ceñida y castigada. Es inútil esperarle de otro modo. El Bautista Precursor único del Único Salvador, habló con toda claridad a su paso por las riberas del Jordán: “Preparad el camino del Señor… Haced dignos frutos de penitencia”.

Y esta misma voz que clama en el desierto, la repite la Iglesia en estos primeros días del Adviento para recordarnos cómo debemos estar dispuestos y preparados para recibir al Señor, que viene a nosotros por medio de la Gracia.

Así, pues, porque éste es el deseo y el espíritu de la Iglesia, porque es el tono que ha de ser dominante en nuestra Patria, hemos de llevar siempre una vida sobria y austera, con espíritu de penitencia y disciplina, para estar siempre dispuestos a recibir la venida del Señor, a celebrar la Navidad.

A esta norma de vida se ha de añadir la oración y el gozo exultante de la Iglesia: “¡Se acerca la Redención!” “¡Ya llega el día!” “He aquí que viene el Señor!” “¡Una Virgen concebirá!” “¡Lloved, cielos, de arriba, y que las nubes lluevan al Justo!”.

Así, conducidos por la mano de la Iglesia, es el único modo de sentir y de celebrar la alegría de la Navidad.

Revista “Guía”, diciembre de 1940