Viento de Pentecostés

Viento de Pentecostés

“Al cumplirse los días de Pentecostés estaban todos juntos en un mismo lugar, cuando de repente sobrevino del cielo un ruido, COMO DE VIENTO IMPETUOSO QUE SOPLARA, y llenó toda la casa donde estaban”.

Para el buen marinero no hay mayor felicidad que la de extender las velas un día de buen viento. Es un placer dejarse llevar por aquella maravillosa fuerza del cielo, gracias a la cual se avanza, en poco rato y con menos esfuerzo, mucho más que remando durante horas.

Pero muchos marineros tienen pereza de alzar la vela y manejar el timón… no saben aprovecharse del viento ni dejarse conducir por su fuerza. Y lo mismo ocurre en el plan espiritual. Pentecostés es la fiesta del gran soplo divino que se apodera de los hombres para empujarles mar adentro y darles una vida que valga la pena de ser vivida.

Pero la mayoría de los hombres se comportan como unos pobres remeros que sólo confían en sus propias fuerzas. Reman penosamente, y muchas veces sin rumbo… en vez de alzar su vela y abandonarse a la fuerza del Espíritu divino. El viento de Pentecostés es un soplo primaveral, cuya impetuosidad lo transforma todo, cuya constancia y dulzura trabajan sin descanso en renovar la faz de la tierra. A los que saben alzar las velas de la confianza les arranca de sus egoísmos para llevarles siempre más lejos por los caminas de la Verdad y del Amor.

El viento de Pentecostés que dio nacimiento a la Iglesia continúa soplando por los siglos de los siglos, empujándonos a todos en el camino del apostolado, como entonces empujó a los Doce a la conquista del mundo para Cristo. Mientras haya almas alejadas de Dios en cualquier parte del mundo, mientras no haya un solo rebaño y un solo pastor, la misión apostólica no tendrá fin, y todos estamos llamados a esta misión.

Así lo dispuso Cristo el día de su Ascensión: “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea y Samaria y hasta las extremidades de la tierra”.

El Espíritu Santo, soplo divino de inteligencia y sabiduría, de fuerza y consejo, de ciencia, piedad y santo temor, es la realización de la gran promesa que hizo Cristo a los hombres al volver hacia el Padre Eterno. El Espíritu Santo, don de Dios en el día de Pentecostés, se queda en la Iglesia hasta la consumación de los siglos, para acabar en ella, por ella y con ella (lo que significa en nosotros, para nosotros y con nosotros) la misión evangélica de Cristo.

Revista Betania, 1 de junio de 1952. La Redacción.

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Una imagen de San Martín de Porres en Torrevieja (Alicante)

Imagen de San Martín de Porres en la Parroquia de San Roque y Santa Ana de Torrevieja (Alicante), obra del escultor Víctor García.

Hace poco, mi compañero de habitación en un hospital —le extirparon un riñón— fue contándome a ratos (eran muchas horas solos) sus trabajos y sus días. Albañil, pero albañil con todos los aires sencillos del artesano rural. Trabajaba la piedra y la madera en sus ratos libres. Ponía empeño y lo hacía muy bien a tenor de las fotos que me enseñó. Le dije que pasado un tiempo iría a verle a su casa y que le llevaría unas fotos de San Martín para que hiciese una talla, medallón o lo que quisiera como recuerdo agradecido de los 10 días compartidos en aquella habitación. Y por la bonanza pos-operatoria. Será mi visita en octubre. Y espero que…

Todos hemos oído alguna vez la frase: “Estas cosas ya no se hacen hoy en día” cuando hemos visto una iglesia o catedral de muy bella factura, o cuando hemos ido a un museo y hemos podido contemplar obras espectaculares de imaginería religiosa u obras artísticas de otro tipo. Pues sí, se siguen haciendo obras bellas, con gusto estético, y que reflejan todo un mundo de mística interior, de creencias firmes y duraderas, que plasman rostros y actitudes que invitan a la devoción y al respeto. Una forma de avivar la memoria del corazón y alentar la fe de las gentes en gestos agradecidos.

Torrevieja nos suena a mar, a apartamento ganado en concurso televisivo, como si allí no hubiese más que sol y playa. Pues no. También hay vida y vida cristiana cuidada, presencia creyente en sus gentes y en sus imagineros imaginativos. Eso es lo que tan bien nos ha demostrado el imaginero y escultor Víctor García Villalgordo con su trabajo para la parroquia de San Roque y Santa Ana, allí, en Torrevieja (Alicante): ha esculpido una talla de San Martín de Porres en tamaño natural, 1,70 metros de altura, con un rostro joven, bello, de un mulato emigrante lugareño, en madera de tilo. El artista ha sabido captar tres elementos esenciales en San Martín de Porres: la mirada «serena» puesta en lo alto, el «crucifijo» que sostiene y la «escoba» simbólica de su actitud de servicio. Hay en toda ella un aire que hace imposible no recordar a San Juan de la Cruz en actitud similar. Y es que cuando hay santidad por el medio, los gestos se asemejan. La imagen ha sido colocada en lugar bien visible este verano, en el altar de la Virgen del Rosario, sin que se hagan competencia, sino como apoyo mutuo en las demandas y agradecimientos de las buenas gentes de Torrevieja.

Una rifa popular de una talla, a escala, del s. XVII de S. Martín, donada por Ramón Torregrosa, se ha llevado a cabo para sufragar los gastos de esta otra más imponente, más a la altura de nuestra propia humanidad. El párroco, D. Mariano Martínez Bernad, ha puesto mucho empeño en esta imagen tan simbólica como real, en estos tiempos en que los refugiados, los emigrantes, todos nosotros, necesitamos rostros en los que mirarnos, como miramos padres o familiares ausentes. Desde aquí, nuestro agradecimiento dominicano; con la esperanza de poder un día compartir con el Sr. Víctor y D. Mariano, un rato de afable charla en torno a San Martín de Porres. Seguro que tienen muchas cosas que contarnos.

Fuente: Revista Amigos de Fray Martín, Septiembre-Octubre de 2017 (Nº 560).

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El sentir de un escultor: una imagen de San Martín de Porres

Miércoles de ceniza

Miércoles de Ceniza

Empieza la Cuaresma, y la ceniza impuesta en nuestra cabeza nos recuerda lo que somos, polvo… Y, nos dice de humillación y penitencia.

En la Doctrina de Cristo entra la mortificación y la penitencia y la Iglesia, en este Tiempo, predica el sacrificio, lo aconseja, lo exije… Dueña de su disciplina concreta esta penitencia en el ayuno y la abstinencia. Madre educadora, impone el precepto que fortalece, vivifica y educa la voluntad para el ejercicio de las virtudes y su santificación. Siempre Madre, velando por la salud de las almas, y de los cuerpos, en cada tiempo ha sabido adaptarse para conseguir el fin espiritual que se propone. En los tiempos antiguos convenía el rigor; después… indulgencia, porque cambiaba también la vida, en si más sacrificada; ahora… compasión. La debilidad de los temperamentos, el peso del trabajo excesivo, la lucha por la vida pide mitigar las austeridades cuaresmales. Y, esta buena Madre, reduce al mínimo su “exigencia”….

Pero el espíritu de penitencia no debe mitigarse, debe seguir toda la Cuaresma, y en estos tiempos más que en otros, por lo que dijo nuestro llorado Papa Pío XII: “El mal de los tiempos presentes no es tanto la malicia de los malos, como el cansancio de los buenos”. Y, para renovar energías, para ser cristianos heroicos, es necesario el sacrificio: sacrificar el lujo, la buena mesa a favor de los pobres; el baile, el cine, la disipación o frivolidad a favor del recogimiento interior que tanta luz da al espíritu para encauzar la vida; la moda exagerada, las tendencias modernistas, a favor de la modestia cristiana. ¡Tanto mal podemos sacrificar en estos tiempos a favor del bien!

Revista Betania, marzo de 1960 (nº160). La Redacción.

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Miércoles de Ceniza: el inicio de la Cuaresma

San Martín de Porres y su Tratado de amistad

fray martín y los hombres

Los actos de amistad de Martín de Porres daban lugar a “Tratados de amistad” en su más alto sentido.

Una de las características espirituales que sobresalieron en la personalidad de San Martín de Porres fue el sentimiento profundo de la amistad. Su capacidad de simpatía por los demás seres humanos fue ilimitada. Desconoció la enemistad, la antipatía, la inquina y el odio.

Es posible que no sea posible apreciar esa exquisita cualidad en todo su valor en estos tiempos, sobre todo en las grandes urbes sumidas en el bullicio y en la urgencia de todo. Pero en los lejanos tranquilos días de la colonia, mientras la ciudad se hallaba todavía sin empedrado y las gentes estaban en corto número, tenían la obligación de verse todos los días. En el atrio del templo, en el mercado, en la calle principal o en la portería del convento. Entonces, ese rozamiento constante ponía a prueba la amistad. Las simpatías o las diferencias se estimulaban a diario con el roce forzoso de las personalidades.

A Martín de Porres lo buscaban todos los que tenían conflictos espirituales o materiales como al mejor amigo de la ciudad. Cuentan sus biógrafos que tenía amigos en todas las capas sociales. Altos dignatarios de la iglesia, del foro y del gobierno; gentes sencillas, ricos y pobres; todos tenían en Martín a un amigo, a un confesor laico, para decir sus angustias, sus conflictos y secretos. Tenía el negro un inagotable don de simpatía y atracción y una lealtad inagotable. Amigable componedor, consejero, mediador, siempre lograba el éxito que luego llamaron milagro. Y era debido solamente a su extraordinario espíritu, a una lógica sencilla e indestructible y también a una mirada mansa de negro, que conmovía, logrando aparecer siempre con inferior y humilde ante todos, secreto de la confianza que inspiraba. Los hechos que se cuentan a este respecto son innumerables y muchos de ellos lindan con la exageración y lo increíble, pero confirman el contenido de humanidad que había en el negro, con su capacidad de amistad.

Ese sentimiento de amistad quintaesenciado lo impulsó a dar todo lo que podía a los desvalidos. Su propia celda cobijó a enfermos pobres, a escondidas de las altas autoridades del convento, cuando las salas de socorro estaban pletóricas. La portería estaba colmada de visitantes que con su presencia continuada y numerosa acarreaban grandes dificultades al donado, despertando los celos de los superiores y demás miembros de la comunidad, aparte de las molestias consiguientes.

Para esas atenciones Martín hacía el milagro de alargar el tiempo, dilatando las horas del día, ya que tenía que levantarse de madrugada para sus oraciones y reconcentrarse ante el Crucificado de la Sala Capitular. Luego barrer, barrer y barrer. Tocar las campanas, limpiar los libros de la biblioteca, visitar la enfermería y atender a los enfermeros. Hacer de barbero y sacamuelas ante los graves padres de la comunidad. Volver a barrer y tocar campanas y luego atender de paso a la portería donde comenzaba a aglomerarse las gentes para consultar sus casos y pedir ayuda y consejo. Luego ir por detrás del burro a los mercados. Escuchar las voces de la ciudad, los gritos, los pregones, los suspiros, los estertores y los lamentos de la multitud. Visitar otros conventos, porterías e iglesias. Una vida extraordinaria, de servicio público.

Tratado de amistad 1

La influencia que Martín de Porres ejerció en la colectividad de su época, influencia fundada en el más alto sentido de la amistad, de la cooperación, de lo que se llama hoy el servicio social, fue muy elevada.

Ese sentido de sugestión colectiva, de afecto y de veneración, obraba milagros. La gente sentía la presencia de Martín de Porres en distintos sitios. Bastaba que Martín de Porres prometiera visitar a una persona para reconfortarlo en sus tribulaciones, para que en el momento sicológico de requerir su presencia, se creyera que Martín estaba entre ellos…

Martín de Porres, arreando su borrico, limosneando verduras y frutas malogradas, panes fríos, para sus pobres, era saludado por todos con sonrisas y gestos de afecto. El amigo de la ciudad pasaba como la figura más humilde pero a la vez más querida y respetada. El sentido de servicio social, de amistad y de amor a la humanidad alcanza límites extraordinarios para su tiempo y para las costumbres y modo de pensar de la época. Cuenta uno de sus biógrafos que en el año 1615, cuando las costas del Perú fueron amenazadas por el primer pirata Jorge Spilberger con cuatro navíos de guerra, después de de algunos bombardeos la flota atracó frente a El Callao para desembarcar a uno de sus tripulantes atacado de grave enfermedad contagiosa. El enfermo  depositado en la playa del puerto se llamaba Esteban, ignoraba el castellano y estaba abandonado sin recurso alguno. Las gentes huían temerosas de que una enfermedad contagiosa pudiera prender en la ciudad…

Pero en Lima había un negro que era en principio amigo de la humanidad, sin distinción de razas, credos ni colores. Apiadado del extranjero moribundo en las playas, obtuvo permiso para viajar al puerto y poniendo como un fardo la carga del moribundo sobre una acémila lo trasladó por los polvorientos caminos del Callao de Lima hasta el hospital de Santa Ana, donde Esteban pasó días terribles, atendido y consolado por el negro, invocando en su extraño idioma a la muerte.

Pero como el lenguaje de la amistad y de la caridad es universal, Martín de Porres entendió y se dejó entender: – ¿Cómo quieres morir hermano Esteban, si ni tan siquiera estás bautizado?… Esteban se quedó absorto mirando al negro. Pero luego pareció haber comprendido el mensaje. Sonrió y asintió con la cabeza. Se convirtió a la religión católica, murió con los auxilios de la religión y llorando por un amigo que estrechaba sus manos con afecto, como si fuera uno de su familia. El corsario Esteban murió con una sonrisa de consuelo infinito. Sonrisa que era parte del idioma universal de las gentes de bien del orbe, blancos o amarillos, sajones, españoles o indios.

Martín de Porres había nacido para dar y nunca recibir… era amigo personal de miles de seres humanos. En todos despertó afecto, gratitud y admiración. Quizá el altar levantado a su memoria es el recuerdo permanente de su figura, como si fuera un anhelo de la humanidad que seres humanos que alcanzan a ser amigos así no deberían morir jamás.

Emilio Romero. Extracto del capítulo ‘La amistad’, del libro «El Santo de la escoba: Fray Martín de Porras» (1959)

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San Martín de Porres: Un creador de la amistad

Un recuerdo para un gran amigo de San Martín de Porres

Un recuerdo para un gran amigo de San Martín de Porres

D. Cayo de Juan Álvarez D.E.P.

(Artículo tomado de la revista Amigos de Fray Martín, Enero – Febrero 2019, nº568)

El pasado día 30 de diciembre, de modo inesperado, partió a la casa del Padre nuestro gran amigo y colaborador D. Cayo de Juan Álvarez. A los 74 años de edad, y una vida plena de servicio a muchas instituciones de la Iglesia y de la Orden de Predicadores.

A lo largo de más de 50 años fue un colaborador indispensable en la obra apostólica del Secretariado de San Martín de Porres. Durante horas interminables pintaba amorosamente miles y miles de imágenes de nuestro santo, poniendo en cada pincelada el cariño de un verdadero amigo y devoto de Fray Escoba. Cualquier trabajo que se le encomendaba era para él un modo de servir a la promoción y a la difusión de la vida, obra y santidad de su querido San Martín. Estampas, reliquias y millones de escobas, que se distribuían por todo el mundo, han salido de sus manos, y me atrevo a decir que de su corazón. Un corazón, que como decía unas semanas antes de dejarnos, le habían dicho los médicos que era demasiado grande y con lo que bromeábamos diciendo: “eso es evidente, tan grande como el de San Martín”. Él lo negaba, diciendo que “como el de San Martín, no había otro corazón, pues en él cabemos todos los devotos y amigos, que en las angustias y penas de la vida acudimos a su amparo y auxilio”.

Acompañó a Fray Daniel, O.P. junto con otro gran colaborador, Goyo González, por toda la geografía española, dando a conocer a este humilde santo de la escoba, por lo que era muy conocido de cuantos acudían o llamaban a las oficinas del Secretariado. Amigo y hermano de los frailes del convento de Palencia, siempre estuvo dispuesto a colaborar con nosotros: en la iglesia, en preparar el triduo de Palencia, o la novena de la Virgen del Rosario, y un sinfín de trabajos. Por esta colaboración, y de amistad con la Orden, el 3 de noviembre del año 2017, Fiesta de San Martín de Porres, se le concedió la Carta de Hermandad con la Orden de Predicadores, que le fue entregada, en nombre del Prior Provincial, por el Secretario de la Provincia. Fue un gran promotor del nuevo relicario de San Martín, que tuvo la dicha de poder ver terminado y que estuvo presente en su último adiós.

Pertenecía a la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario, a la Cofradía de San José, así como a la Cofradía de la Santa Vera Cruz, en la que desempeñó durante muchos años el cargo de Hermano Mayor, por lo que se le concedió el título, posteriormente, de Hermano Mayor Honorario. Su funeral que se celebró en la iglesia conventual de San Pablo de los dominicos de Palencia, su segunda casa, fue una muestra de cariño y homenaje a quien trabajó incansablemente por los dominicos desde la sencillez de este Secretariado, a ejemplo de San Martín. Que la Virgen del Rosario, Madre de los Predicadores, lo presente junto con Santo Domingo y San Martín de Porres, ante el Dios de la vida y la misericordia.

Descanse en paz.

En la oración, el dolor y la esperanza, descanse en paz el Señor D. Cayo de Juan. Desde este blog damos nuestro más sentido pésame a su familia y a sus compañeros de la Orden.

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Enlaces relacionados:

Fray Benigno de la Cruz, O.P., el amigo de Fray Martín

Padre José Luis Gago de Val, O.P., en el recuerdo

 

Sangre de mártires

La sangre de los mártires

SANGRE DE MÁRTIRES

Sangre de mártires, sí, que hará florecer y embellecer, más y más el jardín de Cristo. Jóvenes que caen en tierra de misión, henchidos sus pechos de esperanza. La furia salvaje de la bestia humana se ha ensañado en unos servidores del Señor, que han caído humildes, valientes, apretada la Cruz en sus manos, mirando al Cielo. En ese instante supremo, Dios les ha acompañado más que en ningún otro. Habrán tenido la visión retrospectiva inevitable de toda tragedia; sus madres, su tierra, su vida infantil… Y, después de ser esculpidos y arrastrados, habrán muerto con una plegaria en sus labios. Alguien podrá exclamar: ¡pobres misioneros! Pero se equivocan quienes les compadecen, porque han ofrendado sus vidas por el más alto ideal. Han crujido sus huesos, han cegado sus ojos, han roto sus entrañas y, en definitiva, los han divinizado al convertirlos en héroes de Cristo, otorgándoles el máximo galardón a que pueda aspirar un ser humano.

Yo imagino a este grupo, con sus hábitos blancos, al pie del Sagrario, hermanados ante la muerte en la morada de Dios. Fuera, un batir de tambores -el siniestro “tam-tam”-; entre aullidos de fieras. Dentro, la luz mortecina de una lámpara y un susurro valiente y sereno de plegarias. La pasión sanguinaria que avanza. El pelotón de Cristo que espera con el alma en vilo. ¿Qué pueden contra ello las flechas, el odio, la tortura, la muerte? En ese instante supremo, las campanas de todas las iglesias habrán repicado a gloria en el corazón de estos mártires. En ese momento sublime, la mirada del Señor les habrá inflamado de santo orgullo. Y todo el orbe católico ha hecho sonar en sus oídos un himno clamoroso de amor, infundiéndoles valor y alegría.

Quién fuera poeta para poder cantar, con versos ardorosos, la gesta magnífica de estos mártires del Evangelio, gritando por todos los confines estrofas de amor y compasión a los verdugos, de reverencia y exaltación a las víctimas. No saben esos pobres asesinos que la sangre de mártires embellece y perfuma el jardín del Señor. No piensan esos caníbales de carne cristiana que sus banquetes macabros son una ofensa, pero también un servicio a la Iglesia de Cristo. No imaginan siquiera que cada uno de estos soldados que caen empuñando su cruz, hace surgir legiones de cristianos que, con brío redoblado, les siguen, les rezan y les glorifican.

Desdichados secuaces de la barbarie materialista, que en tierras de Rusia, de Cuba o del Congo aspiran a extirpar la semilla de Dios con el espectro del tormento y de la muerte en siervos de su causa! Olvidan que Aquel divino soñador que paseó sus sandalias por los campos de Palestina, ya anunció la buena nueva de estas persecuciones, como un renacer glorioso de su doctrina. Son ellos, sus discípulos, los mejores, los que buscan con gozo el tormento, los que no saben gritar, sino rezar; los que no temen la muerte, sino la desean; los que desafían la vesanía de tales jerifaltes, con una mirada de perdón.

Benditos sean los que así saben honrar al Señor. Honor y gratitud hacia esos, misioneros, que han muerto con el beso de Dios en sus frentes.

Carlos Ramírez Suárez, “En la ruta de mis recuerdos” (1976)

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Por los mártires: Testigos

Sois fuerza, sois alma, sois tierra;
sois signo de vida y grandeza.
Sois faros, luceros, faroles;
sois luz, sois credo y bandera.

Hombres, mujeres del mundo
que en Dios pusisteis el rumbo
y frente a barbaries humanas
sois fuego y carne y triunfo.

Marcáis de estrellas los cielos
guiando a la Iglesia de Cristo.
Testigos del Dios más profundo
que salva y destierra lo inmundo.

Blasones de perlas y mármol,
entrega, valor, sacrificio,
consagrados y peregrinos,
la sal, la luz, el compromiso.

Sois, pues, los mártires de Cristo
que es Camino, Verdad y Vida…
¡Sois testigos!

Hoy la Iglesia Católica celebra la festividad de San Esteban, el primer mártir (protomártir) que derramó su sangre por proclamar su fe en Jesucristo.

Si yo tuviera una escoba

Si yo tuviera una escoba

Siempre dije que al pasado ni para coger impulso, pero uno es nostálgico, a veces, y no se puede olvidar de lo que a uno le forjó, le animó, le constituyó e incluso lo que uno mamó de pequeño o de adolescente. Una de esas cosas son las canciones que han marcado toda una época, una vida e incluso una personalidad. Una de esas canciones ha sido y es aquella que decía: ¡si yo tuviera una escoba, cuantas cosas barrería! Claro que sí.

Me quiero acordar este fin de semana de un santo que el día tres era su onomástica: era Martín de nombre, Porres el apellido y fray escoba comúnmente conocido. Y me quiero acordar de fray escoba porque entiendo que en todas nuestras comunidades de fe, donde compartimos y celebramos cada semana, hay siempre un/una fray escoba: esa persona que, como Martín, hace las labores que parece que no se ven, pero que son imprescindibles; esas personas que con su labor callada y abnegada, hacen más agradable nuestra estancia en los lugares de culto; esas personas con nombres y apellidos que probablemente no conozcamos por su anonimato, pero a las que hay que decirles GRACIAS. Me quiero acordar de Carmelo, Dámaso, Juan, Pepe, Ceni… y tantos y tantos de los que no me acuerdo o cuyo nombre no me lo sé.

Es curioso que el evangelio de este fin de semana nos habla de “hacer lo que nos dicen, pero no lo que hacen”. ¡Qué importante es la coherencia en nuestras vidas!, pero aún siendo verdad que no siempre se consigue, ¡qué valor tiene el hacer lo que otros, como ejemplo y coherencia, hacen aunque no siempre sea lo mismo que ellos dicen. Qué hermosa era la frase de Pablo VI cuando decía que “el hombre escucha más atento a los testigos que a los maestros” y ya lo decía Francisco de Asís: si es necesario, díganlo también con palabras”. Insisto, ¡ay, si yo tuviera una escoba!

Las escobas son aquellos instrumentos que recogen lo que no sirve, lo que no nos es válido, aquello que desechamos y que no queremos. Pero más importante que la escoba es quien la utiliza y para ello el que utiliza la escoba ha de ser humilde, es decir, salir de sí mismos para darse a los demás. ¡Cuántos en nuestras comunidades salen de sí mismos y se dan a los demás, para que estos, en las celebraciones se sientan a gusto! ¡Cuántos fray escobas hay en nuestras comunidades y no son valorados! Martín de Porres era un hombre que no quería que nadie le reconociera su labor, lo hacía por los pobres, para los pobres y en el bien de la comunidad. En nuestras parroquias ha de pasar lo mismo.

Una humildad que nos tiene que llevar a no llamar a nadie Maestro, porque uno solo es el Maestro. Nadie está por encima de nadie, independientemente de la labor que desarrolle en una comunidad: ¡cuántos nos creemos superiores a los demás! ¡cuántos decimos que con una carrera universitaria somos capaces de superar a los demás…! ¡Ay, si yo tuviera una escoba!.

Probablemente en muchas de nuestras parroquias hay que pasar una escoba. Hay que barrer, hay que limpiar. Hay que limpiar de soberbia, de orgullo, de protagonismo, de ocupar primeros bancos, de saber leer mejor que nadie, de saber de ciertas cosas mejor que otros, de decir quien debe pertenecer a un grupo y quien no…..: no llamen a nadie Maestro.

¡Cuántos fray escobas hay en nuestras comunidades! Ojalá que aprendamos de las bienaventuranzas que se proclamaban esta semana: dichosos los que limpian, dichosos los que te dicen en una comunidad donde está tu sitio; dichosos los que nunca te niegan una sonrisa; dichoso el párroco que atiende a todos por igual y no hace distinciones; dichosos los que siempre se quedan para el final y no se pelean por los primeros puestos; dichosos los humildes, los sencillos de corazón, porque de los que tienen la escoba en la mano es el Reino de los cielos.

Despojémonos de los grandes trajes y vayamos cogiendo el mono de trabajo porque queda mucho por hacer.

Hasta la próxima.

Paco Mira

Fuente: Parroquias de Arinaga

Enlace relacionado: San Martín de Porres en Arinaga

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Festividad de San Martín de Porres: Fray Martín, el santo de la santa sencillez

La Virgen de la Paloma

No hay en los barrios populares de la capital de España recién casada que no vaya A pedir después de su boda la protección de la Virgen bendita de la Paloma para que la vaya bien en su matrimonio; así como no hay madre que no lleve al humilde santuario el hijo recién nacido para que se críe fuerte y sano y sea dichoso al avanzar en el camino de la vida. Esta devoción, eminentemente madrileña, es de fines del siglo XVIII. En un corral, propiedad de las monjas de Santa Juana de Alcalá de Henares o San Juan de Alcalá, que estaba en esta calle, se crió una paloma que se posaba sobre la imagen de la Virgen de las Maravillas siempre que la llevaban en procesión. En tosco lienzo se reprodujo esta escena, y habiéndolo encontrado unos muchachos que se disponían a jugar con él, le rescató de sus manos una piadosa mujer llamada María Isabel Tintero, y limpiándolo cuidadosamente, alumbrándolo y adornándolo lo mejor que pudo, lo colocó en el portal de su casa, donde veneraron a la Excelsa Señora las vecinas primero, y todos los habitantes del barrio después.

Se dijo que la Virgen que tenía la paloma hacia milagros. La reina María Luisa pidió su intercesión en la grave enfermedad que sufría uno de sus hijos, y como el niño sanase, fue con gran solemnidad, y acompañada de sus damas, a la humilde calle para hacer ofrenda a la imagen que se veneraba en el portal de Isabel Tintero, del mejor traje que tenía el Infante, mandando corriese de cuenta de Palacio el alumbrado de la Imagen.

La iglesia fue construida con las limosnas que recogía Isabel, el año 1795, por D. Francisco Sánchez, discípulo de Ventura Rodríguez, y desde entonces acá ha ido creciendo la devoción de los madrileños, y especialmente de las madrileñas, por la Virgen de la Paloma.

Lavandera que pierde una prenda en el río, a la primera que se encomienda para encontrarla es a la Virgen de la Paloma. Cigarrera que sufre una aflicción, a la Virgen pide su consuelo y su remedio, y para ir a su iglesia cuando sale a la calle, después de haber tenido un hijo, se viste con sus mejores prendas, luciendo tal mantilla de blondas y el pañolón de Manila. Igual devoción que la mujer del pueblo, profesa a la bendita Imagen la dama de alta alcurnia, si es madrileña neta.

Revista Hormiga de Oro, agosto de 1910.

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Oración

Oh,  Virgen Santísima, que antes que hubiera mundo ya fuisteis concebida en la Sabiduría de Dios, teniéndola infusa porque no perdisteis la primera gracia, siendo concebida sin ninguna sombra de pecado ni malicia! Toda hermosa, toda perfecta, toda amada del Esposo Jesucristo, siendo Vos su Esposa y Paloma inmaculada, cándida en extremo, sencilla, y la más humilde y recatada de todas las criaturas, dotada de todas las virtudes, y ajena de todo vicio y corrupción mundana: haced que yo imite vuestra pureza y perfección; encended en mi espíritu la llama de la virtud; arrancad de raíz el vicio que me oprime; conducid mis pasos por la senda de la humildad y contrición de mis pecados; para que uniéndome estrechamente con Vos, consiga más fácilmente vuestra intercesión, y logre esto que pido si es voluntad del Señor. Amén.

La Transfiguración: Prueba de la esperanza

PRUEBA DE LA ESPERANZA

1. No es sólo el Evangelio quien nos trae el Misterio de la Transfiguración. También Pedro —testigo ocular del hecho— nos habla de ella. Y no como de un pasaje más en la vida de Cristo. Sino como argumento de su fe, como prueba de su esperanza. Pasados los primeros entusiasmos, el desencanto hizo su aparición en las primeras comunidades cristianas. Y una de las fuentes de ese desencanto provenía por el retraso en la nueva y definitiva de Cristo al final de los tiempos, que ellos entendían inminente. Y al retrasarse, corrió la idea de que esa venida era una «fábula». Pedro sale al paso de este desafuero, exhortando a todos a permanecer firmes en la seguridad de esa esperanza: Cristo volverá. Y como argumentó de su aserto aduce dos tipos de pruebas: la Transfiguración de Jesús (vs. 16—18) y el Antiguo Testamento (vs. 19).

Porque —nos dice el Apóstol— la venida gloriosa de Cris to no es un cuento, ni un mito. Vendrá. Porque posee la prerrogativa de la grandeza, de la gloria. Testigo soy de ello, pues estuve presente en la Transfiguración de Cristo.

Sí. La Transfiguración es prueba de la gloria de Cristo Es prueba de su divinidad. Es prueba de su poder. Aquel día demostró que era Dios. Lo de menos fue la luz, y los vestidos de nieve. Lo importante fue Jesús, en medio de Moisés, la Ley y los Profetas. Lo importante fue la voz: Este es mi Hijo: Hacedle caso. Lo importante fue todo el contexto del misterio transfigurativo. Aquel Hombre que se paseaba por los pórticos del templo, que tenía discípulos, era Dios. Aquella mañana de la Transfiguración lo dejó ver. «El recibió de Dios Padre honra y gloria, cuando la Sublime Gloria le trajo aquella voz: «Este es mi Hijo amado, en él yo me he complacido». Y el otro argumento: Esto también lo confirma la palabra da los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención…

2. El maravilloso fenómeno de la Transfiguración demuestra que el espíritu no es inerme como lo ha pretendido una falsa antropología de nuestro tiempo. Al contrario, es fuerza —«dinamis», que con la sublime virtud de la vida divina fulge y hace refulgir al mismo cuerpo. La vista, que es el órgano de la contemplación, fue el instrumento catalizador del prodigio. Le vieron. Lo palparon.

Buena lección para nosotros que pedimos «meter los dedos en las llagas». Nuestro lastre de imperfecciones necesita el discurso. Y Dios, por una vez, nos lo da. Nos da argumentos por si queremos creer, por si queremos seguir esperando.

La Transfiguración de Jesús, de todos modos, es de aliento, constituye para el viandante oasis de esperanza. A pesar de su fugacidad sirve para mantenernos en ascuas.

Cristo vendrá. La Iglesia es divina. La fe tiene soporte. Le esperanza no es vacua. Todo eso, y mucho más nos está diciendo este día de gloría para Cristo y para nosotros. Podrá venir el desencanto, aparecer también en nuestra vida. Pero no será porque Cristo no nos dejara un argumento irrefutable: Él es Dios.

3. El peligro de nuestro tiempo radica en creer sólo en el resplandor de las cosas. Cuando vemos a la Iglesia triunfalista da gusto creer. Cuando los argumentos prueban nos sentimos satisfechos. Y no es eso, no. La fe pide oscuridad; la esperanza, suspiro. Nos pagamos de minucias. Y la fe y la esperanza del cristiano exigen la plenitud del sentido de nuestra vida.

Y la Transfiguración nos la da. No en vano la «visión de la gloria» de Jesús se abre al que la quiera contemplar por la fe; se expande en «plenitud de gracia y de verdad» como nos diría el prólogo del cuarto Evangelio.

Si a los testigos les recomendó el Señor que no dijeran nada hasta su Resurrección, fue para que La anticipación teórica no malograra la práctica formación de una fe incipiente. Que la madurez de nuestra fe se perfuma con la meditación de las profundidades divinas. Esas que se manifestaron, por primera vez, en la cumbre del Tabor.

P. José Cabrera Vélez
El Eco de Canarias, 6 de agosto de 1982.

Imagen ilustrativa: “La Transfiguración del Señor”, óleo de Giovanni Francesco Penni (Museo del Padro, Madrid).

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La Transfiguración: Fiesta para soñar

Un futbolista para Cristo

Un futbolista para Cristo

Un futbolista para Cristo

Si vamos a resumir mi vida, podemos condesarla en esta frase: “siempre fui feliz, con aspiración de serlo más. Fui siempre en casa el rey, con los caprichos cumplidos. Los “golfos”, ganados por mi balón en la calle, eran mis mejores compañeros, porque me divertían con sus luchas, pedreas y jugando al balón.

Conocí muy pronto entre los que rodeaban, viejos de diecisiete y dieciocho años, niños casi, ya desengañados de muchas cosas; después vi en alguno las lacras que deja el vicio, y no puedo explicar la repugnancia que se imprimió en mi alma. Esto no era nada más que el primer escalón de los muchos que aún me quedaban por subir. La tristeza hasta entonces desconocida en casa la invadió. Graves enfermedades en mis padres y hermanos. Vi morir a la hermana que más quería. Un fuerte incendio a media noche, en el que estuvieron a punto de perecer varias personas de casa me enseñó prácticamente que la muerte acecha en todo momento. Vi sacar de casa para siempre a mi abuelo y con él, mi padre. Este volvió después de fusilado aquél, y aquellos días, con sus escenas, con sus brazos e inquietudes nunca se me podrán olvidar. En estas circunstancias, los consejos de un religioso compresivo me apartaron para siempre de muchos peligros, de los que nunca quizá, en otras circunstancias, me hubiese apartado.

Juntamente con estas tristes realidades de la vida había algo que iba levantando mis deseos y me iba transformando lentamente: la Virgen María, con su rosario, su mes de mayo y Jesús en la Comunión. Desde muy pequeño, aún en mis peores días, nunca dejé el rosario, solo o acompañado de la familia, y siempre me esforcé en rezarlo como mejor sabía.

Esta vida de piedad que se iba intensificando por días hasta llegar muy pronto a la Comunión diaria, la compaginaba muy bien, sin embargo, con la vida de sociedad, aunque en ella había cosas que yo no podía sufrir. Soy abierto y sincero, y veía en todos los chicos y chicas mucho de fingimiento, de quejas y chismes insulsos; pero todo esto era un fondo inconsciente, velado por lo que me halagaba ver en las reuniones a todos pendientes de mi conversación y de mis gracias.

Salí de la zona roja y llegó por fin el momento cumbre en el que me iba a llamar el Señor y el alegre sonreír de una vida en la que todo me gustaba. No estudiaba sino lo que me venía en gusto, que eran muy pocas cosas. En los deportes triunfaba, y en las amistades, como en el deporte. Como me sonreía todo, yo era feliz. Era el ídolo del fútbol en la ciudad en que estaba, y lo sabía yo,  que era lo peor; además, que la diferencia de edad con los demás jugadores me hacía más simpático, mi nombre salía en los periódicos, y lo oía murmurar al ir por la calle y sentirme señalado por chicos y grandes. ¡Qué orgullosa iba entonces mi madre a mi lado!

Una idea, sin embargo, tenía grabada en el alma, que me mordía sin hacerme daño: “Si vuelves a lo de antes de la guerra, te condenas, y si sigues así…tienes que cambiar”. El morir antes de ofender a Dios era la oración sincera de mi comunión diaria. El poder pecar y la idea de condenarme no me dejaba soñar a mi gusto con mis ilusiones de la Marina de Guerra y el fútbol.

El ser sacerdote, que era el camino mejor para salvarme, me entusiasmaba en idea; ahora que me gustaba verlo de lejos, y las frases que se me ocurrían, al pensar en los seminaristas, eran como éstas: “¿Yo ponerme faldas, y ser, además, un tío “pelao” y “aburrido”?

Por fin, después de un año de estos pensamientos, llegó el ambiente, la hora, el momento de la gracia de Dios. El ambiente fue un colegio de la Compañía de Jesús; la hora, aquella en que vi a la Virgen del Colegio; el momento, la sagrada Comunión a los pies de la Virgen.

Momentos hay inolvidables en mi vida, pero ninguno como aquellos dos: en el que miré a la Virgen Madre antes de la Sagrada Comunión, cuando ella está más hermosa que nunca, y cuando estuve después con el Señor Jesús dentro de mi pecho. El y Ella saben lo que hicieron. No me hablaron, no me dijeron nada ni ellos ni nadie; sólo sé que salí de la capilla aquel día rebosando alegría y con una resolución que me llenaba de paz: “seré jesuita”, y desde entonces jamás se me ha ocurrido lo contrario.

De todas mis cosas, siempre fue confidente mi madre, y aquel mismo día le conté todo. Su cara se nubló un instante, pero inmediatamente me lo aprobó y prometió su ayuda —como lo hizo—; sólo esperaba que terminase el Bachillerato.

Mi vida, desde este día, fue triunfar, y después de triunfar, volver a triunfar. Iba a ser jesuita y seguí siendo el mismo de antes; no era el clásico beato de voz tímida, ni una momia aburrida. Corté el trato en absoluto con las chicas, a las que no miraba más de lo que permite la educación, y para no ser raro; mis ojos eran ya de la Virgen, con todo mi ser, pues era ya congregante; el cine, igualmente, se acabó para siempre, vi que me hacía daño, y ¡fuera! Con los compañeros seguí el mismo: armar jaleo, reír y divertirme.

Este invierno fue el campeonato de fútbol y triunfé como nunca: periódicos y público, como antes. Ahora, además, se hizo la selección para jugar en provincias; fui seleccionado, fui el mejor goleador de todos los equipos, y mi madre, siempre, con mis hermanos, animándome en la tribuna. El Campeonato del Colegio lo ganamos los de nuestro grupo, y no éramos los mayores. Sin embargo de todo esto, mis triunfos no me llenaban, y casi no me importaban, pues, terminado el barullo, sólo me alegraba el trato con la Virgen y la comunión del día siguiente. Después de la calma viene la tempestad, y tras el invierno de triunfos…

Iba a una playa de un pueblo norteño. Se me presentaba dos horizontes: Uno, seguir triunfando y quizá perder mi vocación, pero… ¿iba yo a traicionar a la Virgen? La Sagrada Comunión y la Santa Misa con mi oración, como fiel congregante, me daba fortaleza para todo el día; el rosario nocturno me confirmaba que la Virgen estaba satisfecha de mí. Mi vida, solo, casi salvaje, era ésta: mañana, salida en “yola” y un baño largo en mitad de la bahía, donde nadie se atrevía a ir. Tarde, una vuelta en “bici” o a caballo; después, a pie, escalar montes cuajados de pinares y sentarme rendido en la cima, donde sólo había rocas; mirar al mar inmenso, al cielo azul, dejarme azotar por la brisa fresca y mirar allí abajo, a la iglesia, las naves pesqueras que volvían. Yo nunca he sido poeta, pero lo que allí sentía no sé explicarlo; el cielo, el mar, la brisa me hablaban de la Virgen, y yo quería como Ella: puro, limpio. ¡Qué poco me importaban entonces lo que pensasen de mí, allá abajo, las “pandas” del pueblo! ¡Qué pena me daban sus preocupaciones insulsas, y más aún, me daban sus preocupaciones insulsas, y más aún, me daban sus almas! ¿Vivirían en gracia?

En el fútbol seguí mi rumbo ascendente; jugaba en el colegio y con los universitarios. Notaba cómo gente desconocida para mí lanzaba indirectas para que fuese profesional, pero me hacía el desentendido. En efecto, los equipos de primera división intentaron “cazarme”. Con uno de ellos jugué un partido, en que seleccionaron a varios que hoy son profesionales. El telefonazo de la noche anterior me hizo aceptar el partido. Yo fracasaría porque iba sin entusiasmo; el poco que llevaba me lo quitaron en la caseta unos jóvenes que hablaban de que su porvenir se lo jugaban en aquel partido. ¿Se lo iba yo a quitar? En este estado de ánimo jugué la primera parte. Sin embargo, al fin del primer tiempo, me pidieron las botas, me pusieron tacos nuevos y jugué más animadillo el segundo; pero, de todas formas, era la primera vez en mi vida que no me entregaba totalmente al juego. Salí como había entrado, convencido de mi fracaso, y cuál no fue mi asombro, cuando veo acercarse a mi padre uno de los directivos y decirle estas palabras: “Espero a su hijo en el entrenamiento del próximo jueves”.

Pasaba el tiempo y se acercaba un día en el que nunca quise pensar. Era el de la separación para siempre de mis padres. Llegó el día. Ayudé la misa, en que comulgamos todos… Ni mi madre ni yo podíamos dejar de mirarnos a hurtadillas, porque no queríamos o… no podíamos, por primera vez, sostener el uno la mirada del otro. Tenía una idea fija: “¿Le vas a dejar? ¿A dónde vas? ¿En qué lío te has metido?”

Cogí la maleta como un autómata. En aquellos instantes en que abracé a mi madre, ella no pudo más y rompió a llorar sin consuelo. Nunca en mi vida he palpado la gracia de Dios como entonces. “Si no fuese por Jesús –dije-, yo no hacía esto”. Y salí disparado, llevando colgado de brazos y cuello, hermanos y hermanas.

El coche y mi padre me esperaban a la puerta. Al separarnos, fue la segunda vez en mi vida que he visto lágrimas en los ojos de un hombre que no sabe llorar, y fue al decirle al Padre Maestro, después de aquel abrazo largo y silencioso: “Padre, aquí le dejo, no sólo a mi hijo, sino a mi mejor amigo”. Y, dirigiéndome una mirada inolvidable, como todo lo de aquel día, salió sin decir una sola palabra más.

El Padre Maestro me llevó al único sitio donde podía ir yo en aquellas circunstancias: al Sagrario; y, sobre él, la Virgen del Noviciado, mi Madre. El me daba fuerzas: “Señor, ahora sé que te amo un poco. Si después de esto no soy santo…”

Cuentan que el día de tomar la sotana, cuando se acabó para siempre la “murria”, pisoteé la chaqueta. ¿Qué hay de verdad? Ella apareció llena de polvo; yo, con sotana en la Compañía de Jesús. En ella he encontrado al Corazón de Cristo —realidad e ideal de mi vida—. Y lo he encontrado, además, en brazos de María.

José María de Llanos, S.J.
Treinta y cuatro aventuras hacia Dios. Madrid, 1948.