Si yo tuviera una escoba

Si yo tuviera una escoba

Siempre dije que al pasado ni para coger impulso, pero uno es nostálgico, a veces, y no se puede olvidar de lo que a uno le forjó, le animó, le constituyó e incluso lo que uno mamó de pequeño o de adolescente. Una de esas cosas son las canciones que han marcado toda una época, una vida e incluso una personalidad. Una de esas canciones ha sido y es aquella que decía: ¡si yo tuviera una escoba, cuantas cosas barrería! Claro que sí.

Me quiero acordar este fin de semana de un santo que el día tres era su onomástica: era Martín de nombre, Porres el apellido y fray escoba comúnmente conocido. Y me quiero acordar de fray escoba porque entiendo que en todas nuestras comunidades de fe, donde compartimos y celebramos cada semana, hay siempre un/una fray escoba: esa persona que, como Martín, hace las labores que parece que no se ven, pero que son imprescindibles; esas personas que con su labor callada y abnegada, hacen más agradable nuestra estancia en los lugares de culto; esas personas con nombres y apellidos que probablemente no conozcamos por su anonimato, pero a las que hay que decirles GRACIAS. Me quiero acordar de Carmelo, Dámaso, Juan, Pepe, Ceni… y tantos y tantos de los que no me acuerdo o cuyo nombre no me lo sé.

Es curioso que el evangelio de este fin de semana nos habla de “hacer lo que nos dicen, pero no lo que hacen”. ¡Qué importante es la coherencia en nuestras vidas!, pero aún siendo verdad que no siempre se consigue, ¡qué valor tiene el hacer lo que otros, como ejemplo y coherencia, hacen aunque no siempre sea lo mismo que ellos dicen. Qué hermosa era la frase de Pablo VI cuando decía que “el hombre escucha más atento a los testigos que a los maestros” y ya lo decía Francisco de Asís: si es necesario, díganlo también con palabras”. Insisto, ¡ay, si yo tuviera una escoba!

Las escobas son aquellos instrumentos que recogen lo que no sirve, lo que no nos es válido, aquello que desechamos y que no queremos. Pero más importante que la escoba es quien la utiliza y para ello el que utiliza la escoba ha de ser humilde, es decir, salir de sí mismos para darse a los demás. ¡Cuántos en nuestras comunidades salen de sí mismos y se dan a los demás, para que estos, en las celebraciones se sientan a gusto! ¡Cuántos fray escobas hay en nuestras comunidades y no son valorados! Martín de Porres era un hombre que no quería que nadie le reconociera su labor, lo hacía por los pobres, para los pobres y en el bien de la comunidad. En nuestras parroquias ha de pasar lo mismo.

Una humildad que nos tiene que llevar a no llamar a nadie Maestro, porque uno solo es el Maestro. Nadie está por encima de nadie, independientemente de la labor que desarrolle en una comunidad: ¡cuántos nos creemos superiores a los demás! ¡cuántos decimos que con una carrera universitaria somos capaces de superar a los demás…! ¡Ay, si yo tuviera una escoba!.

Probablemente en muchas de nuestras parroquias hay que pasar una escoba. Hay que barrer, hay que limpiar. Hay que limpiar de soberbia, de orgullo, de protagonismo, de ocupar primeros bancos, de saber leer mejor que nadie, de saber de ciertas cosas mejor que otros, de decir quien debe pertenecer a un grupo y quien no…..: no llamen a nadie Maestro.

¡Cuántos fray escobas hay en nuestras comunidades! Ojalá que aprendamos de las bienaventuranzas que se proclamaban esta semana: dichosos los que limpian, dichosos los que te dicen en una comunidad donde está tu sitio; dichosos los que nunca te niegan una sonrisa; dichoso el párroco que atiende a todos por igual y no hace distinciones; dichosos los que siempre se quedan para el final y no se pelean por los primeros puestos; dichosos los humildes, los sencillos de corazón, porque de los que tienen la escoba en la mano es el Reino de los cielos.

Despojémonos de los grandes trajes y vayamos cogiendo el mono de trabajo porque queda mucho por hacer.

Hasta la próxima.

Paco Mira

Fuente: Parroquias de Arinaga

Enlace relacionado: San Martín de Porres en Arinaga

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Festividad de San Martín de Porres: Fray Martín, el santo de la santa sencillez

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La Virgen de la Paloma

No hay en los barrios populares de la capital de España recién casada que no vaya A pedir después de su boda la protección de la Virgen bendita de la Paloma para que la vaya bien en su matrimonio; así como no hay madre que no lleve al humilde santuario el hijo recién nacido para que se críe fuerte y sano y sea dichoso al avanzar en el camino de la vida. Esta devoción, eminentemente madrileña, es de fines del siglo XVIII. En un corral, propiedad de las monjas de Santa Juana de Alcalá de Henares o San Juan de Alcalá, que estaba en esta calle, se crió una paloma que se posaba sobre la imagen de la Virgen de las Maravillas siempre que la llevaban en procesión. En tosco lienzo se reprodujo esta escena, y habiéndolo encontrado unos muchachos que se disponían a jugar con él, le rescató de sus manos una piadosa mujer llamada María Isabel Tintero, y limpiándolo cuidadosamente, alumbrándolo y adornándolo lo mejor que pudo, lo colocó en el portal de su casa, donde veneraron a la Excelsa Señora las vecinas primero, y todos los habitantes del barrio después.

Se dijo que la Virgen que tenía la paloma hacia milagros. La reina María Luisa pidió su intercesión en la grave enfermedad que sufría uno de sus hijos, y como el niño sanase, fue con gran solemnidad, y acompañada de sus damas, a la humilde calle para hacer ofrenda a la imagen que se veneraba en el portal de Isabel Tintero, del mejor traje que tenía el Infante, mandando corriese de cuenta de Palacio el alumbrado de la Imagen.

La iglesia fue construida con las limosnas que recogía Isabel, el año 1795, por D. Francisco Sánchez, discípulo de Ventura Rodríguez, y desde entonces acá ha ido creciendo la devoción de los madrileños, y especialmente de las madrileñas, por la Virgen de la Paloma.

Lavandera que pierde una prenda en el río, a la primera que se encomienda para encontrarla es a la Virgen de la Paloma. Cigarrera que sufre una aflicción, a la Virgen pide su consuelo y su remedio, y para ir a su iglesia cuando sale a la calle, después de haber tenido un hijo, se viste con sus mejores prendas, luciendo tal mantilla de blondas y el pañolón de Manila. Igual devoción que la mujer del pueblo, profesa a la bendita Imagen la dama de alta alcurnia, si es madrileña neta.

Revista Hormiga de Oro, agosto de 1910.

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Oración

Oh,  Virgen Santísima, que antes que hubiera mundo ya fuisteis concebida en la Sabiduría de Dios, teniéndola infusa porque no perdisteis la primera gracia, siendo concebida sin ninguna sombra de pecado ni malicia! Toda hermosa, toda perfecta, toda amada del Esposo Jesucristo, siendo Vos su Esposa y Paloma inmaculada, cándida en extremo, sencilla, y la más humilde y recatada de todas las criaturas, dotada de todas las virtudes, y ajena de todo vicio y corrupción mundana: haced que yo imite vuestra pureza y perfección; encended en mi espíritu la llama de la virtud; arrancad de raíz el vicio que me oprime; conducid mis pasos por la senda de la humildad y contrición de mis pecados; para que uniéndome estrechamente con Vos, consiga más fácilmente vuestra intercesión, y logre esto que pido si es voluntad del Señor. Amén.

La Transfiguración: Prueba de la esperanza

PRUEBA DE LA ESPERANZA

1. No es sólo el Evangelio quien nos trae el Misterio de la Transfiguración. También Pedro —testigo ocular del hecho— nos habla de ella. Y no como de un pasaje más en la vida de Cristo. Sino como argumento de su fe, como prueba de su esperanza. Pasados los primeros entusiasmos, el desencanto hizo su aparición en las primeras comunidades cristianas. Y una de las fuentes de ese desencanto provenía por el retraso en la nueva y definitiva de Cristo al final de los tiempos, que ellos entendían inminente. Y al retrasarse, corrió la idea de que esa venida era una «fábula». Pedro sale al paso de este desafuero, exhortando a todos a permanecer firmes en la seguridad de esa esperanza: Cristo volverá. Y como argumentó de su aserto aduce dos tipos de pruebas: la Transfiguración de Jesús (vs. 16—18) y el Antiguo Testamento (vs. 19).

Porque —nos dice el Apóstol— la venida gloriosa de Cris to no es un cuento, ni un mito. Vendrá. Porque posee la prerrogativa de la grandeza, de la gloria. Testigo soy de ello, pues estuve presente en la Transfiguración de Cristo.

Sí. La Transfiguración es prueba de la gloria de Cristo Es prueba de su divinidad. Es prueba de su poder. Aquel día demostró que era Dios. Lo de menos fue la luz, y los vestidos de nieve. Lo importante fue Jesús, en medio de Moisés, la Ley y los Profetas. Lo importante fue la voz: Este es mi Hijo: Hacedle caso. Lo importante fue todo el contexto del misterio transfigurativo. Aquel Hombre que se paseaba por los pórticos del templo, que tenía discípulos, era Dios. Aquella mañana de la Transfiguración lo dejó ver. «El recibió de Dios Padre honra y gloria, cuando la Sublime Gloria le trajo aquella voz: «Este es mi Hijo amado, en él yo me he complacido». Y el otro argumento: Esto también lo confirma la palabra da los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención…

2. El maravilloso fenómeno de la Transfiguración demuestra que el espíritu no es inerme como lo ha pretendido una falsa antropología de nuestro tiempo. Al contrario, es fuerza —«dinamis», que con la sublime virtud de la vida divina fulge y hace refulgir al mismo cuerpo. La vista, que es el órgano de la contemplación, fue el instrumento catalizador del prodigio. Le vieron. Lo palparon.

Buena lección para nosotros que pedimos «meter los dedos en las llagas». Nuestro lastre de imperfecciones necesita el discurso. Y Dios, por una vez, nos lo da. Nos da argumentos por si queremos creer, por si queremos seguir esperando.

La Transfiguración de Jesús, de todos modos, es de aliento, constituye para el viandante oasis de esperanza. A pesar de su fugacidad sirve para mantenernos en ascuas.

Cristo vendrá. La Iglesia es divina. La fe tiene soporte. Le esperanza no es vacua. Todo eso, y mucho más nos está diciendo este día de gloría para Cristo y para nosotros. Podrá venir el desencanto, aparecer también en nuestra vida. Pero no será porque Cristo no nos dejara un argumento irrefutable: Él es Dios.

3. El peligro de nuestro tiempo radica en creer sólo en el resplandor de las cosas. Cuando vemos a la Iglesia triunfalista da gusto creer. Cuando los argumentos prueban nos sentimos satisfechos. Y no es eso, no. La fe pide oscuridad; la esperanza, suspiro. Nos pagamos de minucias. Y la fe y la esperanza del cristiano exigen la plenitud del sentido de nuestra vida.

Y la Transfiguración nos la da. No en vano la «visión de la gloria» de Jesús se abre al que la quiera contemplar por la fe; se expande en «plenitud de gracia y de verdad» como nos diría el prólogo del cuarto Evangelio.

Si a los testigos les recomendó el Señor que no dijeran nada hasta su Resurrección, fue para que La anticipación teórica no malograra la práctica formación de una fe incipiente. Que la madurez de nuestra fe se perfuma con la meditación de las profundidades divinas. Esas que se manifestaron, por primera vez, en la cumbre del Tabor.

P. José Cabrera Vélez
El Eco de Canarias, 6 de agosto de 1982.

Imagen ilustrativa: “La Transfiguración del Señor”, óleo de Giovanni Francesco Penni (Museo del Padro, Madrid).

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La Transfiguración: Fiesta para soñar

Un futbolista para Cristo

Un futbolista para Cristo

Un futbolista para Cristo

Si vamos a resumir mi vida, podemos condesarla en esta frase: “siempre fui feliz, con aspiración de serlo más. Fui siempre en casa el rey, con los caprichos cumplidos. Los “golfos”, ganados por mi balón en la calle, eran mis mejores compañeros, porque me divertían con sus luchas, pedreas y jugando al balón.

Conocí muy pronto entre los que rodeaban, viejos de diecisiete y dieciocho años, niños casi, ya desengañados de muchas cosas; después vi en alguno las lacras que deja el vicio, y no puedo explicar la repugnancia que se imprimió en mi alma. Esto no era nada más que el primer escalón de los muchos que aún me quedaban por subir. La tristeza hasta entonces desconocida en casa la invadió. Graves enfermedades en mis padres y hermanos. Vi morir a la hermana que más quería. Un fuerte incendio a media noche, en el que estuvieron a punto de perecer varias personas de casa me enseñó prácticamente que la muerte acecha en todo momento. Vi sacar de casa para siempre a mi abuelo y con él, mi padre. Este volvió después de fusilado aquél, y aquellos días, con sus escenas, con sus brazos e inquietudes nunca se me podrán olvidar. En estas circunstancias, los consejos de un religioso compresivo me apartaron para siempre de muchos peligros, de los que nunca quizá, en otras circunstancias, me hubiese apartado.

Juntamente con estas tristes realidades de la vida había algo que iba levantando mis deseos y me iba transformando lentamente: la Virgen María, con su rosario, su mes de mayo y Jesús en la Comunión. Desde muy pequeño, aún en mis peores días, nunca dejé el rosario, solo o acompañado de la familia, y siempre me esforcé en rezarlo como mejor sabía.

Esta vida de piedad que se iba intensificando por días hasta llegar muy pronto a la Comunión diaria, la compaginaba muy bien, sin embargo, con la vida de sociedad, aunque en ella había cosas que yo no podía sufrir. Soy abierto y sincero, y veía en todos los chicos y chicas mucho de fingimiento, de quejas y chismes insulsos; pero todo esto era un fondo inconsciente, velado por lo que me halagaba ver en las reuniones a todos pendientes de mi conversación y de mis gracias.

Salí de la zona roja y llegó por fin el momento cumbre en el que me iba a llamar el Señor y el alegre sonreír de una vida en la que todo me gustaba. No estudiaba sino lo que me venía en gusto, que eran muy pocas cosas. En los deportes triunfaba, y en las amistades, como en el deporte. Como me sonreía todo, yo era feliz. Era el ídolo del fútbol en la ciudad en que estaba, y lo sabía yo,  que era lo peor; además, que la diferencia de edad con los demás jugadores me hacía más simpático, mi nombre salía en los periódicos, y lo oía murmurar al ir por la calle y sentirme señalado por chicos y grandes. ¡Qué orgullosa iba entonces mi madre a mi lado!

Una idea, sin embargo, tenía grabada en el alma, que me mordía sin hacerme daño: “Si vuelves a lo de antes de la guerra, te condenas, y si sigues así…tienes que cambiar”. El morir antes de ofender a Dios era la oración sincera de mi comunión diaria. El poder pecar y la idea de condenarme no me dejaba soñar a mi gusto con mis ilusiones de la Marina de Guerra y el fútbol.

El ser sacerdote, que era el camino mejor para salvarme, me entusiasmaba en idea; ahora que me gustaba verlo de lejos, y las frases que se me ocurrían, al pensar en los seminaristas, eran como éstas: “¿Yo ponerme faldas, y ser, además, un tío “pelao” y “aburrido”?

Por fin, después de un año de estos pensamientos, llegó el ambiente, la hora, el momento de la gracia de Dios. El ambiente fue un colegio de la Compañía de Jesús; la hora, aquella en que vi a la Virgen del Colegio; el momento, la sagrada Comunión a los pies de la Virgen.

Momentos hay inolvidables en mi vida, pero ninguno como aquellos dos: en el que miré a la Virgen Madre antes de la Sagrada Comunión, cuando ella está más hermosa que nunca, y cuando estuve después con el Señor Jesús dentro de mi pecho. El y Ella saben lo que hicieron. No me hablaron, no me dijeron nada ni ellos ni nadie; sólo sé que salí de la capilla aquel día rebosando alegría y con una resolución que me llenaba de paz: “seré jesuita”, y desde entonces jamás se me ha ocurrido lo contrario.

De todas mis cosas, siempre fue confidente mi madre, y aquel mismo día le conté todo. Su cara se nubló un instante, pero inmediatamente me lo aprobó y prometió su ayuda —como lo hizo—; sólo esperaba que terminase el Bachillerato.

Mi vida, desde este día, fue triunfar, y después de triunfar, volver a triunfar. Iba a ser jesuita y seguí siendo el mismo de antes; no era el clásico beato de voz tímida, ni una momia aburrida. Corté el trato en absoluto con las chicas, a las que no miraba más de lo que permite la educación, y para no ser raro; mis ojos eran ya de la Virgen, con todo mi ser, pues era ya congregante; el cine, igualmente, se acabó para siempre, vi que me hacía daño, y ¡fuera! Con los compañeros seguí el mismo: armar jaleo, reír y divertirme.

Este invierno fue el campeonato de fútbol y triunfé como nunca: periódicos y público, como antes. Ahora, además, se hizo la selección para jugar en provincias; fui seleccionado, fui el mejor goleador de todos los equipos, y mi madre, siempre, con mis hermanos, animándome en la tribuna. El Campeonato del Colegio lo ganamos los de nuestro grupo, y no éramos los mayores. Sin embargo de todo esto, mis triunfos no me llenaban, y casi no me importaban, pues, terminado el barullo, sólo me alegraba el trato con la Virgen y la comunión del día siguiente. Después de la calma viene la tempestad, y tras el invierno de triunfos…

Iba a una playa de un pueblo norteño. Se me presentaba dos horizontes: Uno, seguir triunfando y quizá perder mi vocación, pero… ¿iba yo a traicionar a la Virgen? La Sagrada Comunión y la Santa Misa con mi oración, como fiel congregante, me daba fortaleza para todo el día; el rosario nocturno me confirmaba que la Virgen estaba satisfecha de mí. Mi vida, solo, casi salvaje, era ésta: mañana, salida en “yola” y un baño largo en mitad de la bahía, donde nadie se atrevía a ir. Tarde, una vuelta en “bici” o a caballo; después, a pie, escalar montes cuajados de pinares y sentarme rendido en la cima, donde sólo había rocas; mirar al mar inmenso, al cielo azul, dejarme azotar por la brisa fresca y mirar allí abajo, a la iglesia, las naves pesqueras que volvían. Yo nunca he sido poeta, pero lo que allí sentía no sé explicarlo; el cielo, el mar, la brisa me hablaban de la Virgen, y yo quería como Ella: puro, limpio. ¡Qué poco me importaban entonces lo que pensasen de mí, allá abajo, las “pandas” del pueblo! ¡Qué pena me daban sus preocupaciones insulsas, y más aún, me daban sus preocupaciones insulsas, y más aún, me daban sus almas! ¿Vivirían en gracia?

En el fútbol seguí mi rumbo ascendente; jugaba en el colegio y con los universitarios. Notaba cómo gente desconocida para mí lanzaba indirectas para que fuese profesional, pero me hacía el desentendido. En efecto, los equipos de primera división intentaron “cazarme”. Con uno de ellos jugué un partido, en que seleccionaron a varios que hoy son profesionales. El telefonazo de la noche anterior me hizo aceptar el partido. Yo fracasaría porque iba sin entusiasmo; el poco que llevaba me lo quitaron en la caseta unos jóvenes que hablaban de que su porvenir se lo jugaban en aquel partido. ¿Se lo iba yo a quitar? En este estado de ánimo jugué la primera parte. Sin embargo, al fin del primer tiempo, me pidieron las botas, me pusieron tacos nuevos y jugué más animadillo el segundo; pero, de todas formas, era la primera vez en mi vida que no me entregaba totalmente al juego. Salí como había entrado, convencido de mi fracaso, y cuál no fue mi asombro, cuando veo acercarse a mi padre uno de los directivos y decirle estas palabras: “Espero a su hijo en el entrenamiento del próximo jueves”.

Pasaba el tiempo y se acercaba un día en el que nunca quise pensar. Era el de la separación para siempre de mis padres. Llegó el día. Ayudé la misa, en que comulgamos todos… Ni mi madre ni yo podíamos dejar de mirarnos a hurtadillas, porque no queríamos o… no podíamos, por primera vez, sostener el uno la mirada del otro. Tenía una idea fija: “¿Le vas a dejar? ¿A dónde vas? ¿En qué lío te has metido?”

Cogí la maleta como un autómata. En aquellos instantes en que abracé a mi madre, ella no pudo más y rompió a llorar sin consuelo. Nunca en mi vida he palpado la gracia de Dios como entonces. “Si no fuese por Jesús –dije-, yo no hacía esto”. Y salí disparado, llevando colgado de brazos y cuello, hermanos y hermanas.

El coche y mi padre me esperaban a la puerta. Al separarnos, fue la segunda vez en mi vida que he visto lágrimas en los ojos de un hombre que no sabe llorar, y fue al decirle al Padre Maestro, después de aquel abrazo largo y silencioso: “Padre, aquí le dejo, no sólo a mi hijo, sino a mi mejor amigo”. Y, dirigiéndome una mirada inolvidable, como todo lo de aquel día, salió sin decir una sola palabra más.

El Padre Maestro me llevó al único sitio donde podía ir yo en aquellas circunstancias: al Sagrario; y, sobre él, la Virgen del Noviciado, mi Madre. El me daba fuerzas: “Señor, ahora sé que te amo un poco. Si después de esto no soy santo…”

Cuentan que el día de tomar la sotana, cuando se acabó para siempre la “murria”, pisoteé la chaqueta. ¿Qué hay de verdad? Ella apareció llena de polvo; yo, con sotana en la Compañía de Jesús. En ella he encontrado al Corazón de Cristo —realidad e ideal de mi vida—. Y lo he encontrado, además, en brazos de María.

José María de Llanos, S.J.
Treinta y cuatro aventuras hacia Dios. Madrid, 1948.

El Corazón de Jesús y la Cruz

El Corazón de Jesús y la Cruz

No pocas capillas y altares dedicados a Jesús crucificado se van mudando y consagrando al Corazón de Jesús. Este es un hecho. Ahora bien: ¿reúne el Corazón de Jesús la sublimidad del misterio doloroso que redime y ama, el concepto comprensivo de los destinos de la Cruz en la evangelización del mundo? Creo que esta nueva fase de la teología mística es perfectamente explicable y corresponde al refinamiento de las aspiraciones del espíritu cada vez más complejo y sediento de emociones que acorten la distancia que media entre el hombre que asciende a Dios y Dios, que desciende al hombre para comunicarse íntimamente estableciendo el lazo religioso que se apretará allá donde lo bueno se mejora y lo perfecto se perfecciona con progresión indefinida. No queremos deprimir el culto a Jesucristo Redentor; pero sus relaciones con el misterio de su Corazón merecen atento estudio: si el Crucifijo es el amante que se martiriza como Hostia cruenta, el Corazón de Jesús es la misma Hostia que perpetúa su holocausto con vida interminable, con vida viva, si cabe la frase; el Crucifijo ama y muere por amar, el Corazón de Jesús sufre y vive cara seguir sufriendo; Jesús crucificado purifica las almas por el dolor amoroso, el Corazón de Jesús por el amor doloroso; en la Cruz se exhibe Cristo vencedor de la muerte en todos sus miembros; aquí reconcentra todos sus dolores y los brinda en el cáliz de amargura de su Corazón; como si dijéramos el mar hecho una gota, el sol condensado en una chispa.

Mas, si alguno hubiere que exija la efusión de sangre expiatoria y las supremas hermosuras de la muerte, que medite bien, le suplico, en los misterios del Corazón de Jesús. ¿Le falta la Cruz acaso? ¿No la lleva sobre el corazón? ¡Ah! Que ya no es Cristo extendido en ella, sino la Cruz que brota y culmina en su mismo pecho: es su Corazón convertido en Cruz. Y como si fuera insuficiente todo esto y quisiérase integrar el misterio añadiendo los pensamientos a los afectos, despréndese de la cabeza del Crucificado la corona de espinas y cae sobre el Corazón, a fin de que no solamente sea torturado el órgano de la idea, pero también el de las afecciones, y así, entrelazados corazón y entendimiento, prorrumpan en llamas de caridad que suban al cielo y en hilos de sangre que caigan sobre la tierra cual lluvia de amor.

Fray Pedro Fabo del Purísimo Corazón de María (Marcilla, Navarra, 1873-Roma, 1933)

La Hormiga de Oro, 18 de junio de 1936.

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Conozcamos a Dios, conozcamos su Corazón

Ella y la Flor

Ella y la Flor

«Apareció en el cielo una señal grande: una mujer envuelta en el Sol, con la Luna debajo de sus pies, y sobre la cabeza, una corona de doce estrellas» (Apocalipsis, XII, 1). Sin duda alguna. Es Ella, y no otra, afírmanlo categóricamente los intérpretes. Tampoco es necesario poseer especial perspicacia para comprenderlo ya a primera vista.

Las doce estrellas de la corona pueden significar—aunque no lo asevere nadie—los doce meses del año. Con la plenitud simbólica del número doce, sintetizando toda la naturaleza creada. Orlando las sienes de María, la Reina. La que logró—por la magia sobrenatural de su Hijo—hacer de una naturaleza hundida otra resurgida: «Populum electum, regale sacerdotium…». Una auténtica naturaleza regia.

No ha de extrañar, pues, que cuando esa naturaleza se sienta más majestuosamente regia vuelva los ojos a Ella. Con alegría incontenible. Ocurre en mayo. El mes que, entre las doce estrellas de la corona, sobresale en fulgor. El mes que la Iglesia quiso consagrar con un marianismo especial. Colocando a María en dosel de flores.

La flor tiene amores con María. Máxime la flor de mayo. La flor es delicada, como una criatura nacida sin pecado, pudor virgíneo, labios puros de la tierra, brindando amor inocente, música, trompeta de anunciación, paloma mensajera… Todo eso es la flor. La virgen de la naturaleza vegetal. Como la Virgen de la Humanidad, la flor de los campos espirituales, es María.

La flor de mayo está más palpitante de vida que ninguna otra. Tiene toda la primorosa fuerza de la primavera. Aurora de vida. Víspera encendida de granado estilo. Rosetón de góticas catedrales.

Entre esas flores de mayo vive Ella, palpita Ella. Como quien jugara con sus amigas. Compañeras, colegialas del mismo Colegio. Bajo la arcadas de una mística Rosaleda. La Fuente—Cristo—, en el centro, mantiene el frescor ambiental. Y la Vida.

De hinojos, desde la ladera nuestra, con flores de nuestros humildes muertos, saludémosla. El corazón, maceta de la flor de mayo, altar de María. En los labios:

«Venid y vamos todos
con flores a porfía;
con flores a María,
que Madre nuestra es».

Fray Elías Gómez, Mercedario. Revista La Merced, mayo de 1959 (nº 122).

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Flor de las flores

Flor de cinco pétalos,
la Virgen María;
como la violeta
o la campanilla.

Su nombre perfuma
mundos de alegría;
el nardo, su aroma,
por Ella destila.

Dios, con cinco flores,
su nombre escribía,
bajo los luceros:
Margarita linda.

Azucena pura,
Rosa sin espinas,
Izote florido,
Amapola herida.

Reina de las flores
ha sido elegida,
cuando flor de Arcángel
dijo: «Ave María».

Huerto de su seno
maduró caricias:
¡en su Primavera
maduró la Vida!

¡Qué es Virgen, sí, madre,
la Virgen María!
Fruto de su otoño
flores no marchita.

               MÁSER

Mater mea es tu (Madre mía, tú eres mi Madre)

Mater mea es tu

El Eterno se compadeció del Hombre y quiso regenerarlo: pero, ¿cómo? Haciendo que una Mujer concibiera al principio de nuestro ser sobrenatural, engendrándonos sobrenaturalmente en las entrañas de María en Jesucristo. ¡Ah! Cuando contemplaba llena de ternura maternal en su virginal claustro a Jesús, María con igual ternura nos contemplaba también a nosotros. Todos estábamos allí, porque allí estaba la gracia para todos.

Junto a la Cruz de la Redención está en pie la más bella entre las hijas de Jerusalén, la más luciente entre las estrellas de Nazaret, la más fresca y pura y aromática entre las rosas de Sarón, está María recibiendo los últimos suspiros, las últimas golas de sangre, las últimas palabras, las últimas palpitaciones de su Hijo, el más amante y amado de los hijos. Muere Dios para acabar con la muerte del hombre. Destruyese la vida para podernos dar la vida. Muere el Eterno para que nazcamos los mortales. Por esto está allí María. Padece, sufre, se destroza su corazón, clama al cielo en lo más hondo de su espíritu por la fuerza del dolor, porque allí nace el hombre a la vida sobrenatural. Jesucristo nos engendra con su sangre: María nos da a luz con sus tormentos. Aquel es el principio activo de la Redención, como cumple a un Padre: Esta es el principio cooperante, pasivo, como cumple a una madre. Un Dios nos da la vida muriendo: una Madre de Dios nos da a luz padeciendo.

¡Oh felices dolores, que nos permiten, que nos obligan dulcemente a llamarte Madre, o sin par María. Yo te amo, como se ama a la que nos ha dado el ser: te amo más e infinitamente más, cuanta es la ventana que lleva el nacimiento espiritual al natural. Permíteme, que te mire hito a hito, que sorba el amor que tus ojos manan para que sepa amarte más; dame dulzura, ternura, amor para que te diga con toda la efusión de mi alma: Mater mea es tu: Madre mía, tú eres mi Madre, porque de ti he nacido.

¡Escucha, o Virgen! ¡Ah!, Jesús lo dice. ¿Oyes?, he aquí a tu hijo. Soy yo, o María, somos nosotros: he aquí a tus hijos. Eres nuestra Madre; son palabras de un Dios moribundo: no miente, no; es verdad: eres nuestra Madre.

Hablad, Jesús mío, hablad que vuestro siervo os escucha: Ecce Mater tua: ¡Oh, sí! Ella, vuestra Madre es mi Madre; vos lo decís, queréis que la llame tal, queréis que la honre como Madre; sí, Jesús mío, sí, ella es mi Madre, ¡ella es nuestra Madre! ¡Madre mía de mi alma! Voz poderosa que los cielos inclinan, que las entrañas de María conmueven, que los ángeles a nuestro favor atraen, que la ira de un Dios justiciero aplaca.

¡Madre mía de mi alma! Palabra de suavidad que embalsama el ambiente con su aroma, armonía misteriosa que al huracán apacigua, que los mares calma, que hace enmudecer al trueno, que a los rayos encadena. No cesemos pues jamás de clamar; dirijamos nuestros ojos al cielo humedecidos por el llanto que el exceso del amor arranca a nuestros ojos. Madre mía del alma, llena eres de gracia, templo, santuario del Señor, bienaventurada entre todas las mujeres, porque es bienaventurado el fruto de tu vientre.

Dirijámonos a ella con la sencillez del niño, con la confianza del hijo, con el cariño del cristiano: Acuérdate que eres Madre de Dios; ruega pues por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte.

Un fraile de antaño (s.XIX)

-Adaptación-

Foto: Virgen de los Dolores de la Iglesia de San Francisco de Asís, La Orotava (Juan Luis Bardón G.)

Mi corazón está a los pies de María (Hermano Rafael)

«¡Que dulce es esperar, pensando en Dios y debajo del manto de María!».

¡Qué alegría el día que pueda ver a María!

Desde la misma cuna recibió Rafael una formación mariana. En sus primeros años de colegio padeció unas fiebres que le obligaron a abandonar los estudios algún tiempo. En cuanto recobró la salud, sus padres, agradecidos a este favor del cielo, lo llevaron a Zaragoza para dar gracias a la Virgen del Pilar y consagrarlo a su servicio. Su madre fue enseñándole progresivamente prácticas de devoción mariana tradicionales, y le aleccionó sobre todo, ver que nunca se omitía el rezo del Santo Rosario en familia. En el colegio tuvo el honor de ser Congregante de María Inmaculada.

A esta insistente formación mariana correspondió pronto Rafael con su colaboración personal. Luchó cuanto por mantener la vida en gracia y por vencer peligros que le cercaron.

Cuando llamó, con 22 años, a las puertas del Císter –Orden consagrada de manera especial a la Virgen Santísima– creció en su alma esta devoción, como él mismo manifiesta en sus escritos, por el continuo ejercicio de prácticas señaladas en las Reglas, por el ejemplo vivo de los demás Hermanos, amantes a cual más de la Señora, y sobre todo por la meditación de san Bernardo, el santo que más influencia ha ejercido en la devoción mariana de todos los tiempos. En esta escuela procuraba Rafael caldear su corazón joven, inquieto y alegre.

Todos los escritos de Rafael rezuman marianismo, están salpicados de citas sobre la Virgen, son chispas de fuego ardiente y tierno en honor de la Señora que llevaba muy dentro de su corazón, hasta enamorarse locamente de tan buena Madre.

Quien visita por vez primera la Abadía de San Isidro de Dueñas —escenario donde transcurrieron los últimos años de san Rafael Arnaiz y una urna que guarda hoy con cariño sus restos— queda impresionado ante la talla de la Virgen Santísima que en el misterio de la Asunción preside el retablo del altar mayor. Es obra de Granda, y por sí sola llena la iglesia abacial. Es un hecho honroso para el Císter: todos sus monasterios —desde los primeros tiempos de la Orden— deben consagrar sus iglesias a Santa María Reina de los cielos y tierra. El altar mayor de la iglesia de cada uno de ellos suele estar presidido por una imagen, representando la Maternidad divina —con el Niño Jesús en los brazos— o en el misterio de la Asunción, como en el monasterio de San Isidro de Dueñas.

Precisamente esta imagen iba a ser la que cautivara para siempre a aquel joven de mirada limpia, que sentía inquietud vocacional y buscaba un lugar alejado del mundo, empeñado como estaba en vivir enteramente para Dios. Causa admiración todavía cómo este joven adornado de cualidades físicas y morales, con un porvenir de color de rosa en la mano, supo luchar para dejarlo todo. Precisamente en una época de materialismo desbocado, cual fue la de los dos años de la república, de tan tristes recuerdos por centenares de iglesias y monasterios quemados o destruidos. Allí a los pies de la Virgen de la Trapa se forjó la vocación de Rafael, de una manera sencilla, fiel, entrañable.

«¿Cómo no ser santos, Dios mío, si en la tierras nos ayudas con tantas almas de Dios, y en el cielo con María?».

Mi corazón está a los pies de María

Todavía hoy pueden visitarse en Oviedo los lugares santificados por la presencia y devoción de San Rafael. Uno de ellos es la capilla del Sagrario de la Catedral en la que pasaba largas horas. Otra la del Rosario en la iglesia de los Padres Dominicos. Solía ir Rafael con frecuencia y allí tuvo lugar un episodio emocionante, que retrata al vivo su sensibilidad exquisita. Se expresa así en otra carta a su tía¹:

“Estuve una hora en la iglesia y la mayor parte con la Señora. Si vieras cómo me quiere. Es la Virgen del Rosario… Por cierto que en los últimos momentos se llegó hasta el altar una muchacha que hizo el camino de rodillas y cuando llegó se puso en cruz y la oí llorar mientras miraba a la Virgen. Por poco lloro yo también. Debía tener una pena muy grande y fue a contársela a la Señora. Me edificó mucho y pedía a la Virgen que la atendiera. Yo creo que la escuchará. Si vieras es tan buena la Virgen. No hay pena que Ella no dulcifique, no hay alegría que Ella no santifique…

Te aseguro que si acudiéramos siempre a la Virgen María sería otra cosa de nosotros… A mí siempre me ha servido de mucho. Casi en todo se lo debo a Ella; hasta mi vocación. ¡Es tan dulce el amor a María!”.

¡Cuánto amaba Rafael a la Virgen! ¡Qué cosas tan maravillosas ha escrito de Ella! ¡Qué confianza sin límites, la suya en la Señora!

D. Rafael Palmero

Extracto del artículo “Enamorado de la Señora. ¡Qué alegría el día que pueda ver a María!” (Boletín informativo San Rafael Arnáiz Barón, Julio-Diciembre 2017, nº 187)

¹Referencia a su tía María Osorio Moscoso, duquesa de Maqueda.

Paz del alma

PAZ DEL ALMA

Importa conservarla muchísimo, porque el Alma que no tiene paz en su interior, que es su casa, ¿cómo la ha de hallar derramada por las casas ajenas? Entre dentro de sí misma, y allí pretender toda quietud, y que cosa de esta vida, ni la saque de su interior.

Dice San Bernardo, que la virtud se adquiere en la paz y se prueba en la tentación, y se corona en la victoria de la tribulación. La falta de paz destruye el interior, y con aquellos movimientos que se sienten, no se deja pintar al Espíritu Santo lo que quiere dibujar en el alma; como si al pintor le estuviesen moviendo el lienzo, no daría pincelada. Nace esto del amor propio, porque si no gustamos las ternuras del corazón, los gustos especiales, los sentimientos en la oración, luego andamos tristes y turbados, si lo que queremos no nos sale a nuestro gusto, si viene la murmuración o el trabajo, luego entra la aflicción o falta de paz.

La paz se adquiere y se conserva con la intención pura de sólo querer lo que es más honra y gloria de Dios, y hacer cuanto se pudiere para este fin, y entender que Dios es Príncipe de paz, y que donde El reinare, ha de ser Reino de paz y aunque haya guerra de tribulaciones y adversidades, entre aquella guerra el alma ha de conservar la paz.

Todos los pensamientos que nos dan inquietud no son de Dios, que es Rey de paz; son del enemigo, y así desecharlos. En las tristezas y amarguras se ha de vivir con paz; el mal lo hemos de huir con paz; el bien lo hemos de hacer con paz y sosiego, y entiéndase que en las cosas hechas de prisa, nunca faltan imperfecciones. La penitencia se ha de hacer con paz y tranquilidad.

La mejor muestra que el alma da a Dios de su fidelidad, es en los trabajos y contrariedades, no dejar alborotar ni revolver el corazón con las penas, sino mirar a Dios entonces, y acordarse que Su Majestad, en medio de la tempestad del mar, dormía en la popa de la nave, que fue enseñarnos a tener paz en el Alma. Cuanto más alborotado el mar de las tribulaciones, tener el ánimo firme, el corazón puro, la intención recta, la vista en el Señor, y allí toda la confianza y se conservará la Paz.

La virtud no se cría en el reposo exterior sino en las contrariedades. La humildad es el mayor fiador de la paz, porque con ella no se dicen quejas, ni sentimientos, y el corazón se conserva en paz, y en una alegría y aliento que mantienen las virtudes.

P. Pablo Ramírez de Bermudo. Extracto del libro «Gobierno Espiritual Mercedario», Madrid, 1676.

Imagen ilustrativa: “Niño Jesús dormido sobre la Cruz”, de Bartolomé Esteban Murillo.

Conozca el secreto para ser humilde

Por su humildad María conquistó el corazón de Dios.

Conozca el secreto para ser humilde

Por Javier Navascués

Fuente: Adelante la Fe (enlace del contenido original y en su totalidad abajo)

Los filósofos clásicos tenían gran aprecio por la virtud, tanto es así que la estudiaron a fondo y llegaron a confeccionar una lista de más de 300 virtudes. Pero lo más curioso de todo es que entre ellas no estaba la humildad. Una virtud escondida a los ojos de los sabios que el cristianismo vendría a descubrir y ensalzar. Así lo leemos y meditamos en el Magnificat, perfecta radiografía del alma de María Santísima. «Él hizo proezas con su brazo: dispersó a los soberbios de corazón, derribó del trono a los poderosos, y enalteció a los humildes, a los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió vacíos.»

Por su humildad María conquistó el corazón de Dios. La humildad es una virtud clave en la vida cristiana, pues se opone frontalmente a la soberbia, pecado luciferino por antonomasia. Es la base para alcanzar todas las virtudes, tanto las teologales (fe, esperanza y caridad) como las cardinales (justicia, templanza, prudencia y fortaleza). El propio Cristo no dijo que aprendamos de Él a predicar, a hacer milagros etc sino a ser mansos y humildes de corazón.

La palabra humildad proviene del término latino humilitas, de la raíz humus, que significa tierra (que es lo más bajo aparentemente), pero paradójicamente también humus significa fértil. Nada más fértil que un alma humilde, pues deja que Dios obre maravillas en ella. Su etimología griega dimana del término tapeinosis, que significa tapete, alfombra, algo que pisa todo el mundo. ¿Estamos dispuestos a dejarnos pisar (sufrir oprobios y desprecios) por amor a Cristo?

Humildad, divino tesoro. Decía un docto autor espiritual, del que no recuerdo el nombre, que el simple hecho de querer ser humilde es muy buena señal, aunque nos cueste mucho serlo, porque el soberbio ni siquiera se lo plantea. Para amar más esta virtud y tratar de alcanzarla meditaremos en este artículo sobre la excelencia y la belleza de la humildad, en radical contraposición con la fealdad y vacuidad de la soberbia y la vanagloria.

La soberbia se define como el deseo desordenado de la propia excelencia. La virtud opuesta a éste vicio, la humildad, es por tanto es una virtud derivada de la templanza por la que el hombre tiene facilidad para moderar ese apetito desordenado de la propia excelencia, porque recibe luces para entender su pequeñez y su miseria, principalmente con relación a Dios. Santo Tomás afirma en la Summa: “La humildad significa cierto laudable rebajamiento de sí mismo, por convencimiento interior”.

No sólo la Teología ensalza la humildad. También es una virtud muy valorada en la formación humanística. Hay millones de ejemplos, pero citaré uno muy castizo. Miguel de Cervantes afirma en el famoso Coloquio de los perros que: “La humildad es la base y fundamento de todas las virtudes, y que sin ella no hay ninguna virtud que lo sea realmente”

Meditemos en lo que es la humildad y la importancia de esta virtud en aras a la santidad e incluso a la salvación. Sin humildad no haremos nunca la voluntad de Dios, sino la nuestra. La soberbia perdió a Lucifer, que se rebeló radicalmente contra Dios en un acto de desobediencia. La humildad ensalzó a María como Madre de Dios, de donde dimanan todos sus privilegios.

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