Santo Tomás de Aquino, poeta del Universo

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Santo Tomás de Aquino, poeta del Universo

En la noche callada, Sócrates escuchaba la armonía del himno sublime que cantan las estrellas. Porque los cielos cantan —David lo había dicho— «cantan la gloria de Dios».
Santo Tomás es el filósofo de la armonía y el poeta del Universo. No escucha sólo el canto de las estrellas; oye el concierto de toda la creación, bajo la dirección del gran maestro de capilla, que es su Hacedor, el Poeta. Porque poeta, eso significa. La Creación es el poema con que Dios se canta a sí mismo, fuera de sí. Cada creatura es un verso de ese gran poema. Cada movimiento es una nota de ese gran concierto. De su conjunto resulta la nueva armonía.
Y el poema que Dios había escrito en jeroglíficos, con caracteres de esencias y movimientos, es el que Tomás de Aquino, el fraile dominico de hábito blanco y negro, ha descifrado. Al poema divino le ha dado forma humana. La «Suma Teológica» es un gran poema: el poema del Universo.
Por los sones lejanos de las creaturas, llega el poeta hasta Dios, principio de toda armonía, en su unidad simplicísima. Y ya en brazos de la Revelación —ninfa Egeria que le conduce por el país de lo ignoto—, penetra en el santuario, sorprende la vida íntima del Ser absoluto y canta con lengua inteligible los misterios del idilio eterno entre el Poder, que es el Padre, y la Sabiduría, que es el Hijo, en un efluvio de Amor infinito, que es el Espíritu Santo.
Y ese idilio inmanente, perpetuamente vital y fecundo, lanza fuera de sí, en el tiempo, algunas gotas del ser que son las creaturas. No como emanación espontánea de la substancia divina, sino como efecto producido fuera de sí por el Poder, la Sabiduría y el Amor.
Entre esas esencias creadas —gotas de ser infinito, vestigios del Infinito, Uno y Trino en substancia—, hay dos que son imagen suya, que tienen poder, sabiduría y amor: ¡el ángel y el hombre! A ellas está subordinado, por natural jerarquía, todo el resto de la creación. Ellas sólo tienen valores eternos, porque son capaces de participar del eterno idilio del Ser infinito, conociéndole y amándole. El drama angélico se ha terminado en un instante. El drama humano perdurará hasta el fin del mundo.
Y continúa el poema cantando al hombre. El hombre, el jerarca de este mundo visible, que debe producir la armonía, en sí mismo y fuera de sí. Esa es su tarea. De todas las cosas puede usar el hombre, pues todas fueron hechas para él y él es el dueño de sus actos y de sí mismo por su libre albedrío. Mas siguiendo el compás que le señala el Jerarca supremo con la batuta de su razón.
Armonía entre lo natural y sobrenatural. La gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona, en toda su integridad. La fe no rebaja la razón, le da ambiente para volar por las regiones de lo divino, donde ella sola caería asfixiada. La gracia diviniza al hombre. El hombre sometiéndose a Dios, se hace divino. Jerarquía y armonía, entre el hombre y Dios.
La razón y el apetito. No es Santo Tomás un idealista que independice la razón; ni escéptico que la aniquile. Con bravura defiende sus fueros, pero con dependencia objetiva. Y ella, grávida de la Verdad, la entrega al apetito que produce el Bien. Ni la voluntad es autónoma, independiente de la razón o superior a ella. La razón dirige, impera, manda, lo mismo en el fuero de la conciencia que en el orden social externo, porque la ley es un dictamen de la razón. Y la perfección de la voluntad consiste en ejecutar con fidelidad lo que la razón prescribe Ni son malas las pasiones. Solamente serán cuando rompen la armonía jerárquica que las mantiene sumisas al dictamen, de la razón y al impulso de la voluntad.
La misma armonía entre el alma y el cuerpo, que forma un todo substancial. El alma es la porción superior, pero ella sola no es el hombre. El cuerpo también es un valor humano. Todo lo que es, es bueno y debe subsistir. Pero en su puesto.
Y ese todo armónico que llamamos hombre, está ordenado a la operación. Y para obrar en armonía necesita de las virtudes. Y, sobre las virtudes, los dones del Espíritu Santo, con los que obra a lo divino.
La mística tomística no destruye, no aniquila, no desentona, no hace seres extraños. Es mesura y equilibrio. Todo lo purifica, todo lo transfigura. Así es la mística española, Granada y Teresa de Jesús.
Pero el hombre no es un ser irrelacionable. Es Social por naturaleza. Quien no vive en sociedad es menos que hombre o más que hombre. Armonía también entre los distintos hombres.
Y el Estado, el Poder, que armoniza, que concierta, que dirige y ajusta los instrumentos para que, dando cada cual su nota, resulte el acorde del bien común. Pero no absorbe al individuo, no amengua a la persona, da valor y eficacia a los derechos particulares.
Y ante el poder temporal se levanta otro Poder espiritual. También concierto, también armonía, también jerarquía. La Iglesia es superior al Estado, pero en nada viene a mermar sus derechos; antes le ayuda a conseguir sus fines.
Y frente a un Estado se levantan otros Estados. Mas entre ellos también hay armonía trascendente, que resulta de una unidad de la especie, de la catolicidad de la Iglesia, de la fraternidad en Cristo, de la comunión en el último fin.
Pero la raza humana no es homogénea. Es hombre y mujer Un vínculo irrompible, urdido, por el amor y apretado por la religión hará de dos uno, que se perpetuarán en nuevos seres. También con orden, con jerarquía. El hombre es superior a la mujer, es su cabeza. Más ella es también persona igual a él en sus derechos primarios, fundamentales. Y aquí el poema comienza a tomar colores de epopeya.
El ángel malo sedujo al hombre, que cayó, pecó y, con el pecado, rompió la armonía de todo el Universo. Sólo Dios podía restaurar esa armonía. Más el hombre la había roto y era justo que el mismo hombre fuese su restaurador.
La indignación divina, al ver su obra transformada por la culpa humana, cede ante los impulsos de su amor, que le saca fuera de sí en éxtasis sublime. Y Dios se hace hombre. Es la aspiración suprema del amor: hacerse de dos uno.
Y, como hombre, lucha con la muerte y se deja morir para vencer a la muerte, para arrebatar a la muerte sus presas, para devolvernos la vida divina, la vida inmortal.
Después, las fuentes de la vida que manan del Hombre-Dios, que nos incorporan a Cristo y nos hacen dioses por anticipación de su misma naturaleza.
Desenlace del poema. El triunfo definitivo del Bien sobre el Mal. La victoria del Hombre-Dios y de todos los que han luchado bajo su bandera. La plena armonía peregnalmente restablecida. La entrada triunfal del hombre restaurado en el reino de la luz. La satisfacción cumplida de sus ansias de amor, de bien, de belleza y de verdad.
Tal es el gran poema que Tomás ha escrito. El poema de la suprema armonía. El poema del Universo. El poema de la Verdad. Ya había escrito Aristóteles que la poesía es más verdadera que la historia.
Tomás de Aquino, sin ambiciones terrenales, oteando el horizonte desde su celda dominicana, embriagándose en la contemplación filosófica y sobrenatural, es el poeta de la Humanidad. Homero y Dante no osarán acercarse a él, ni aún sombrero en mano y lomo encorvado. Y Dios y los siglos siguen bendiciendo su nombre y su memoria.

Ignacio Menéndez-Reigada, O.P.

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Oración de Santo Tomás de Aquino al Santísimo Sacramento

¡Oh, Santísimo Jesús, que aquí sois verdaderamente Dios escondido; concededme desear ardientemente, buscar prudentemente, conocer verdaderamente y cumplir perfectamente en alabanza, y gloria de vuestro nombre todo lo que os agrada. Ordenad, ¡oh Dios mío!, el estado de mi vida; concededme que conozca lo que de mí queréis y que lo cumpla corno es menester y conviene a mi alma. Dadme, oh Señor Dios mío, que no desfallezca entre las prosperidades y adversidades, para que ni en aquellas me ensalce, ni en éstas me abata. De ninguna cosa tenga gozo ni pena, sino de lo que lleva a Vos o aparta de Vos. A nadie desee agradar o tema desagradar sino a Vos. Séanme viles, Señor, todas las cosas transitorias y preciosas todas las eternas. Disgústeme, Señor, todo gozo sin Vos, y no ambicione cosa ninguna fuera de Vos. Séame deleitoso, Señor, cualquier trabajo por Vos, y enojoso el descanso sin Vos. Dadme, oh Dios mío, levantar a Vos mi corazón frecuente y fervorosamente, hacerlo todo con amor, tener por muerto lo que no pertenece a vuestro servicio, hacer mis obras no por rutina, sino refiriéndolas a Vos con devoción. Hacedme, oh Jesús, amor mío y mi vida, obediente sin contradicción, pobre sin rebajamiento, casto sin corrupción, paciente sin disipación, maduro sin pesadumbre, diligente sin inconstancia, temeroso de Vos sin desesperación, veraz sin doblez; haced que practique el bien sin presunción que corrija al prójimo sin soberbia, que le edifique con palabras y obras sin fingimientos. Dadme, oh Señor Dios mío, un corazón vigilante que por ningún pensamiento curioso se aparte de Vos; dadme un corazón noble que por ninguna intención siniestra se desvíe; dadme un corazón firme que por ninguna tribulación se quebrante; dadme un corazón libre que ninguna pasión violenta le domine. Otorgadme, oh Señor Dios mío, entendimiento que os conozca, diligencia que os busque, sabiduría que os halle, comportamiento que os agrade, perseverancia que confiadamente os espere, y esperanza que, finalmente, os abrace. Dadme que me aflija con vuestras penas aquí por la penitencia, y en el camino de mi vida use de vuestros beneficios por gracia, y en la patria goce de vuestras alegrías por gloria. Señor que vivís y reináis, Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.

* * *

Enlaces recomendados:

santotomasdeaquinoverboencarnado.net (página dedicada a Santo Tomás de Aquino)

Santo Tomás de Aquino (perfil biográfico y semblanza espiritual)

Semblante espiritual de Fray Martín

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Su rostro irradiaba la bondad y dulzura propia de las personas santas

De San Martín de Porres, como la del santo Job, se puede afirmar que nació con marcada inclinación a la misericordia, y desde su tierna infancia procuró socorrer las necesidades de su prójimo. De estas obras nos consta por el testimonio de los beneficiarios. En la eternidad nos serán reveladas las misericordias espirituales y corporales realizadas por el Santo de Dios.

Pasó por la tierra sin que alcanzara a inficionarle la corrupción que domina por doquier. Fiel a la gracia recibida en el bautismo, puso en juego todos los medios para asegurar la posesión de este tesoro. A este fin renuncia a los atractivos del mundo y abraza la vida religiosa. Y no contento con las austeridades de su profesión se entrega a las más duras mortificaciones.

Desligado así de lo terreno y libre de toda miseria su espíritu inocente y puro volaba espontáneamente, sin obstáculos, hacia Dios.  Cuando su espíritu endiosado volvía a las realidades de la vida terrena, continuaba viendo a Dios en todos los seres de la Creación.

La constante y fiel correspondencia a la acción de la gracia divina hizo que su espíritu se mantuviera firme en observar el orden que preside las relaciones del cristiano con Dios y con el prójimo. Por esto no dejó nunca de cumplir los deberes que le obligaban a Dios y a los hombres. Y resultado de esta fidelidad en las obras de justicia, fue la paz inalterable de su espíritu en cualesquiera circunstancias, favorables o adversas por las que atravesó.

Admitido el trato íntimo con Dios, la luz divina irradió en su alma, dándole a conocer y profundizar las verdades más encumbradas de nuestra religión. Bajo la acción de esta misma luz, conoció muchas veces los secretos envueltos en la lejanía del tiempo y del espacio.

Escuchó las palabras de Cristo, y ya hemos visto con que generosidad las abrazó y con qué fidelidad las puso en práctica. Consciente de que en su correspondencia a la gracia divina estribaba todo su bien, en el tiempo y en la eternidad, no dudó en exponerlo todo por el Todo. Y porque se mostró siempre fiel, sin ceder ante las pruebas y persecuciones, he aquí que es introducido en el gozo de su Señor y admitido en el reino de los Cielos.

Por respeto a Dios amó tanto a sus hermanos los hombres mientras peregrinó por la tierra, que no los puede olvidar ahora que se encuentra seguro en el descanso de la patria. La caridad que le movía a procurar todo bien a sus compañeros de destierro, perfeccionada altura en el seno de Dios, hace que se interese con mayor insistencia y eficiencia en provecho de quienes necesitan y reclaman su valioso patrocinio.

Semblanzas de Fray Martín

Día de la Santa Infancia

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La Obra de la Santa Infancia ha sido ya en la historia probada como buena. La caridad la ha concebido, la caridad la ha criado, la caridad la ha desarrollado.

Vamos a celebrar, este domingo, el Día misional mundial de la Santa Infancia. “Hemos señalado un día al año afirma el Papa Pío XII—, para promover con la oración y la limosna la Obra Pontificia de la Santa Infancia”.
El conocimiento de sus excelencias, con tal motivo proclamadas por los expositores que canten sus glorias, necesariamente producirá incremento de ayuda espiritual y material a su favor.
Pasó la época de la idea ingenua del Progreso. Nos hallamos en la era de la técnica que no hace al hombre ni mejor ni más feliz. Como dice un poeta misionero: «llegar a la frontera del mundo civilizado es entrar en el “gran pórtico de las complicaciones”. Ese metro que gasta los pulmones. Esas fábricas que manchan el cielo. Esas máquinas que enervan el temperamento y ese estrépito que turba nuestras noches. Hombres tensos, inquietos…».
Cuando los ingenios del mundo están tratando de hacer avanzar la técnica, pocos son los que investigan los medios de perfeccionar moralmente al hombre. Y eso sí que hay que inventar.
Pero…, ¿qué digo? ¡Ya está hallado! ¡¡El Evangelio predicado por Jesús!! Es vedad que hay que adaptarlo a las circunstancias. Y en la adaptación —precisa reconocerlo con sinceridad— estamos fallando. Alguien ha dicho que los medios no están resultando eficaces. Al menos, en cuanto al mundo pagano, el recurso que se ha proclamado mejor es la “SANTA INFANCIA”. Se ha dicho que entre todas las obras católicas, ninguna salva con tanta “facilidad, prontitud y certeza” TAN GRAN NÚMERO de almas.
El Día de la Santa Infancia debe ser un día de meditación, de examen y de obrar en consecuencia. Del enemigo, el consejo. Hay que salvar al niño pagano y hay que hacer misionero al niño cristiano. Cuanto el niño sea más proselitista, lo será el adulto. Y con ese proselitismo santo se beneficiará el Cuerpo de Cristo.
El niño, «blanda cera que la Obra emplea es como la flor que abre su cáliz, a medida que el sol asciende sobre el horizonte y expande más sus perfumes en derredor, el niño puede sentir las dulces influencias de la religión y de la caridad». En el mundo misionero y en el católico.
La SANTA INFANCIA, al mismo tiempo que extiende el reino de Cristo en los países alejados de El, intensifica y fortifica en nuestras viejas cristiandades el aprendizaje misionero de las generaciones que advienen, «las que no trabajarán eficazmente en el resurgimiento espiritual, moral y social de su país sino en la medida en que tengan una conciencia apostólica» (Card. Suhard).
No desaprovechemos la oportunidad que nos brinda la Santa Infancia y especialmente en su Semana y gran DÍA para iluminar, para infundir amor misional en las almas infantiles amor que como rescoldo de fuego sagrado debe durar todo el año y alimentar toda una vida Que los niños, conquistándose a sí mismos, ganen las ricas preseas de las almas infantiles.
Sacerdotes, padres, educadores… Reflexionad sobre estos puntos. Si siempre, más aún en el Día de la SANTA INFANCIA.

Mons. Emilio De Hueto. Director Nacional y Delegado Hispano-americano de la O. P. de la Santa Infancia. Enero de 1959.

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La Santa Infancia pide una oración corta, pero constante. Y la ofrecemos junto a la Virgen María, Reina de las Misiones.

Señor Jesús, Tú dijiste a los apóstoles:
“Dejad que los niños se acerquen a Mí”.
Te damos gracias por el amor
y el cuidado que tienes con los más pequeños.
Te pedimos por todos los niños del mundo
para que tengan la alegría de conocerte a Ti y a tu Madre,
y puedan escuchar tu Palabra y recibir tus sacramentos.
Ayúdanos a iluminar con la fe
la vida de nuestras familias y de nuestros amigos.
Bendícenos a nosotros
para que hoy y mañana seamos misioneros
y amemos a todas las personas
de cualquier raza, cultura, lengua y edad.
Te pedimos que tu Madre, la Virgen María, nos acompañe.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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Enlace de interés: La Infancia Misionera o Santa Infancia en nuestra Comunidad 

Página recomendada: Infancia Misionera

Navidad es presencia

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1.-«Hermanos, Dios ha nacido —sobre un pesebre. Aleluya.— Hermanos, cantad conmigo.— «Gloria a Dios en las alturas». Así, de sencillo y profundo. Así, cantan los nuevos himnos, sacados de la literatura española, en la Liturgia de las Horas. ¡Estamos en Navidad!
«Hermanos, cantad conmigo». Porque Navidad es el misterio de una Presencia, que lo llena todo. La Eternidad se ha metido en el tiempo; la Trascendencia se ha hecho condescendencia; la Omnipotencia, sencillez de niño.
La Navidad es Dios con nosotros y para nosotros. Es la salvación que recibimos, el gozo que sentimos, la verdad que vivimos. Navidad es Dios con nosotros y nosotros con nuestro hermano. Navidad no es una palabra o un recuerdo. Navidad es un acontecimiento hoy, entre nosotros.
Y siguen los himnos: «No la debemos dormir —la nochesanta—, no la debemos dormir». Porque en Navidad, Belén se hace camino: encuentro entre Dios y los hombres, con aires de urgencia. Es imposible la quietud y el reposo, sí se oye de verdad el mensaje de este día.
Caminan los pastores, porque tienen la salvación. Y camina la humanidad porque la liberación ha llegado a ella. Belén es el paso de los dones de Dios hasta la donación de Dios mismo. ¡Ya el hombre no está solo: Dios le acompaña en todo lo humano, en todo quehacer! Dios entra en la historia de noche, como de puntillas. Para amanecer con el hombre, caminando a su lado.

2.- Pero que no nos engañen los himnos. Porque Dios hace cosas grandes con realidades sencillas. Y podemos creer que todo está hecho porque los ángeles cantaron la paz en esta noche santa. Todo es sencillo en Belén. Hay ternura humana y canción con ritmo de villancico. Un pesebre, un Niño, María que sonríe, José que acaricia, pastores que buscan, ángeles que cantan. Todo es sencillo. Todo… menos el mensaje.
Porque podemos quedarnos en lo externo, en la sencillez. Y Dios, en Belén llama. Llama al hombre a su gracia, a su amistad. Y el hombre tiene que responder saliendo al encuentro de Cristo. Nos ha nacido un Salvador. Pero es una salvación que se nos ofrece. Y que puede quedar en pura oferta si el hombre no se arriesga a buscarla. Hoy se nos habla de amor. Pero de amor compartido que necesita el compromiso del hombre.
Y sigue el himno: «Más no nace solamente —en Belén— nace donde hay un caliente —corazón—. Nace en mí, nace en cualquiera, —sí hay amor— nace donde hay verdadera —comprensión—». Y sólo entonces termina el himno: «¡Qué gran gozo y alegría— tiene Dios!

3.- Si. El gozo y la alegría de Dios compartida en Belén. Que el pesebre es «misión», «escalofrío», como repite otro himno, el del Oficio de Lectura. «Poner paz en tanta guerra, —calor donde hay tanto frío— ser de todos que es mío, —plantar un cielo en la tierra—. ¡Qué misión de escalofrío— la que Dios nos confió! —¡Quién lo hiciera y fuera yo!». ¡Quién lo hiciera y fuera yo! Navidad es Presencia, impulso. O no es nada.

∼  

¿Recordáis el bello párrafo de Papini? Dice, más o menos, así. La nieve que borra los caminos no es igual al yeso que esparcimos sobre nuestros diminutos belenes. Es nieve verdadera que hace temblar. Tampoco los ríos son de platina. Ni los pastores de barro cocido. Todo es humano, terriblemente humano en Belén. Hasta el Niño, que se nos ha dado, es hombre. Con sus miserias y sus debilidades. Con su cansera y su sed. Todo humano, menos en el pecado.
Y si hoy recordamos el Nacimiento, y seguimos poniendo tiestos de flores, pastores de yeso, ríos de espejos, puentes de corcho… Y nos quedamos ahí, Belén será un cuento para niños y un negocio para comerciantes.
Belén es Dios que se hace hombre, para decirnos a los hombres que lo somos. Belén es Dios que se encama, para que todos nos encarnemos en la vida cotidiana. Belén es amor, para que no nos olvidemos de que detrás de cada hombre es Dios mismo el que late. Todo lo demás: yeso, barro cocido, platina…
Jesús es la Palabra de Dios hecha Carne, de nuestra misma especie. Para decimos la verdad Para hacer que vivamos todos la Verdad. Jesús se hace hombre. Pone su tienda junto a la última que hemos puesto los hombres. Dios no huye del mundo —con todas sus estructuras, todas sus falsedades, todas sus trapisondas—. Viene a vivir en el mundo, para que nosotros huyamos del mundo. Sino que tratemos de cambiarlo en más humano, en más divino, si se quiere. Como lo hizo El. Que Cristo «pasó» por el mundo. Pero interesándose por todo lo que «mundo» significa.
Porque Cristo se encarnó en las entrañas de la Virgen. Y nació una noche en Belén. Y se puso a vivir con los hombres, para los hombres.
Jesús nacido es el hecho concretísimo al que debemos conformarnos si queremos ser sus discípulos. La fe no puede ser sólo la aceptación de unas verdades. Sino de la Verdad misma, de Jesús.
Por la fe entramos en comunicación con El, nos incorporamos a su persona, a su casa. Nos comprometemos a seguirla de por vida. Y hasta de por muerte, para resucitar con El.
Que eso es Navidad. Y no al corcho, la platina, el barro cocido. Vengan, en buena hora, los belenes. Y hasta el árbol de Navidad. Pero siempre que signifiquen que nos ha nacido un Niño, que Dios se ha hecho hombre para que los hombres amándonos de veras nos encaremos con El.

P. José Cabrera Vélez, 25 de diciembre de 1980. El Eco de Canarias

El Belén de María Rosa (Cuento de Navidad)

portal de belén

El Belén de María Rosa

Por fin María Rosa iba a convertir en realidad su más bello sueño. La Nochebuena, tan cerquita ya, tendría su Belén en su humilde hogar.

¡Qué angustia la de los años anteriores, cuando desde el fondo de su portería observaba el bajar y subir apresurado de los niños de los pisos, en alegre tropel, para contemplar mutuamente sus respectivos y costosos Nacimientos. Y cómo se acentuaba su pena cuando alguno le apuntaba irónicamente al pasar: “Enséñanos tu Belén, María Rosa. Ah, no me acordaba que eres pobre y no tienes ninguno”. Y huía presuroso como si acabase de arrojar una piedra. ¡Piedra certera, desde luego, en su sensible corazón!…

Pero este año, no. Este año no sucedería así. El Niño Jesús había oído sus ruegos y la había inspirado para que consiguiese su propósito.

Como por un milagro cristalizaron sus fervientes anhelos. En un ángulo del humilde, pero limpio y reluciente comedor, se destacaba un Belén encantador y chiquitín, pero “completito”, como decía candorosamente la niña, mientras palmeteaba entusiasmada. Con su precioso Misterio, rodeado de casitas de corcho y cartulina, palmeras de latón, riachuelos de platina y pastorcitos de barro con diversos dones y corderitos de blanco algodón.

Y todo ganado por ella, por ella sólita. En las horas libres, después de su asistencia a la escuela, María Rosa bordó afanosamente motivos sencillos para la tiendecita de modas más cercana, y mientras sus compañeras de estudio jugaban y leían “Colorines”, ella renunció a sus naturales aficiones y trabajó asiduamente, invirtiendo el importe de sus afanes en adquirir el precioso Misterio, centro principal de todos sus sueños, y luego todo lo demás, ayudada por su maestra, que enterada de la conducta de la aplicada y piadosa niña la hizo merecedora al premio metálico mensual, y además la orientó en la confección de objetos y adornos para el portalito, mientras le decía: “Es hermosísimo lo que has conseguido, nenita, haciendo entrar en tu hogar al Niño Jesús en la más feliz de las noches del año, pero el ideal sería que entrase también para siempre en el corazón de sus moradores”.

Sin comprender del todo las palabras, pero adivinándolas instintivamente, María Rosa suplicó anhelante a su Divino Niño que se cumpliese esta segunda y principal parte y… ¿cómo no había de oírla Jesús, y por tanto permitir que se cumpliese?…

Una tarde que su padre regresaba del trabajo, para marchar luego, como de costumbre, a la taberna, donde entre naipes y copas quedaba buena parte de su módico sueldo, se fijó en lo atareada de su hijita, inclinada sobre el bastidor, y al inquirir el motivo de su laboriosidad excesiva, la pequeña contestó muy seria: “¡Oh, papá! ¿Tú crees que sólo los hombres trabajan en eso que llaman horas extraordinarias? Nosotras también podemos hacerlo. Con el importe de ellas, verás qué precioso Nacimiento prepararé para Nochebuena; porque este año la tendremos en casa y tú nos acompañarás”. ¿Verdad, padre? Y, muy bajito, casi sollozando, añadió: Si no estás tú, no será “Buena” de verdad para mí”.

Como un eco lejano sonó la voz de la hijita querida en su corazón, evocando su niñez y las costumbres de la que fue su santa madre… Un repentino remordimiento sacudió todo su ser, se humedecieron los ojos de la carne y se abrieron los del espíritu. El flechazo de amor del Dios Niño había llegado. Los ruegos de María Rosa obtenían contestación.

Desde aquel momento el padre se prometió asimismo cambiar de conducta, y en adelante, las horas dedicadas a la taberna, se trocaron en horas de trabajo extra, que trajeron la paz y nuevos ingresos a su hogar.

Y este fue el mejor premio del comportamiento de la niña, concedido por su Jesusito adorado.

Llegó por fin la noche más hermosa del año, y María Rosa, luego de haber oído con sus padres la típica misa de gallo por vez primera en su vida, recibió la visita de los ricos inquilinos, que admiraban el pequeño portal, y aún más la transformación espiritual y material de aquel hogar, fruto de los afanes de la pequeña porterita, a quien colmaron de alabanzas y regalos.

Luego, solos los tres, ante las imágenes de aquellos “Otros tres” que formaron la “Familia modelo”, pasaron la más feliz noche de su vida, porque más que golosinas pascuales y alegres villancicos poseían el tesoro divino de Jesús, y el de !a hijita buena, la niña “pobre”, como la motejaban despectivamente los vecinos pudientes, más rica que ninguno, porque tenia un corazón de oro.

El alegre ruido de castañuelas y panderetas invade la casa. Cantos y risas la pueblan de sonidos, y en la iluminada portería una vocecita dulce y clara, como campanita de cristal, repica a los pies del Dios Niño:

En el portal de Belén
brotó la Rosa más bella,
y pronto vendrá del cielo,
para adorarla, una estrella.

Cuento de Josefina Tresguerras. Diciembre de 1952.

La Inmaculada Concepción: Tres miradas

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¡Bendita Tú, María Inmaculada!,
que eres la salvación de los creyentes,
escucha nuestras súplicas fervientes,
envuélvenos ¡oh Madre! en tu mirada.

I. Hacia las alturas

Festividad de la Inmaculada Concepción. Día de la “Purísima”, como llama el pueblo a María en su misterio augusto, con esa profundidad intuitiva que sólo tiene su origen en una fe sencilla y recia.
La Concepción Inmaculada de María. Nada, en Ella, de indigencia sobrenatural, nunca mancha alguna, jamás alejamiento de Dios; desde el primer instante, la gracia adorna y llena su alma…
Si Dios la introduce en el mundo con esta plenitud de inocencia y de santidad, es que la prevé en la misión a que la destina y la prepara su amor eterno.
La concepción inmaculada es la victoria completa de la Madre de Dios. Será la colaboradora de su Hijo en la destrucción del pecado. Rescatada por El, ha de cooperar a la redención del mundo. Estará siempre junto a El: en la lucha y en el triunfo. María desde el primer momento de su ser, está separada de la multitud de los rescatados; puesta en otro orden; dotada de vida sobrenatural y operante. Su alma es ya jardín de delicias…

II. Hacia la tierra

Al llegar la fiesta de la Inmaculada, la mirada del católico lleva empañada su gozo por un fondo de tristeza. Corren tiempos de mucha irreflexión. Días de craso materialismo. Y nos falta a todos un poco del recto sentido de la CARIDAD CRISTIANA.
Anteponemos, con harta frecuencia, a lo grande, vital y de urgencia, las pequeñeces cotidianas, y luchamos demasiado ensañadamente por cosas deleznables. Curémonos de los excesos y pongamos la marida en la altura, allí donde, limadas las asperezas, convergen los más nobles anhelos de nuestro pensar y de nuestro sentir. No estamos en los tiempos místicos de Lull y de Fray Luis de León, de Calderón y de Lope; aquellos tiempos en que las Universidades de Salamanca, de Alcalá, de Baeza, juraban defender el misterio mariano por antonomasia.
Es verdad que también, ahora, prometemos y juramos… Pero ¡qué débiles son nuestras promesas y qué faltos de consistencia son nuestros mismos juramentos! El viento de cualquier novedad nos arrastra. El dragón del comunismo nos amenaza; y los tentáculos de los diminutos Luteros se van extendiendo…
Abramos el Apocalipsis. El de San Juan, el del Vidente de la isla de Patmos. Allí, veremos para consuelo nuestro, cómo sobre el fondo negro de las abominaciones de la tierra, y de sus desolaciones, aparece la Virgen blanca, salvadora de los horrores y errores de todos los tiempos. La Mujer exenta que venció a Satán.

III. Hacia dentro

¿Cómo está nuestro Corazón? Purifiquemos, en el gran día de nuestra MADRE, las escorias del corazón. Nadie, como la Inmaculada, para volvernos limpios. El misterio de la Purísima Concepción tiene la virtud de depurar las concepciones de la mente humana, después de haber tenido la de eximir de impurezas al único cuerpo virginal exento del original pecado.
María, sublime y sencilla, extraordinaria y corriente, “diosa” y mujer, debe ser el modelo que purifique nuestras intenciones. Que, en la Mama de su amor, se consuman, hoy, nuestras pasioncillas. Con alteza de miras, abramos la senda de la rectitud de intención, el camino de la pureza del ideal. Será el más férvido homenaje a la Inmaculada.

Revista Betania, diciembre de 1957. La Redacción

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Oración

Oh Dios que por la Inmaculada Virgen preparaste digna morada a Tu Hijo, te suplicamos que así como a ella la preservaste de toda mancha en previsión de la muerte del mismo Hijo, nos concedas también que por medio de su intercesión, lleguemos a Tu presencia libres de todo pecado.

Por el mismo Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

Jaculatorias

Bendita sea la Santa e Inmaculada Concepción de la Gloriosa Virgen María, Madre de Dios.
Ave María

Oh María que entraste en el mundo sin mancha de culpa, obtén para mí de Dios la gracia de salir de él sin pecado.
Ave María

Oh Virgen María que nunca estuviste afeada con la mancha del pecado original, ni de ningún pecado actual, yo te encomiendo y confío la pureza de mi corazón.
Ave María

Por tu Inmaculada Concepción, Oh María haz puro mi cuerpo y santa el alma mía.
Ave María

Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que acudimos a Ti.
Ave María

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Imagen 1: “La Inmaculada Concepción”, óleo de Carlo F. Nuvolone

Imagen 2: “La Inmaculada Concepción”, óleo de Fray Juan Sánchez Cotán

Imagen 3: “La Inmaculada Concepción”, óleo de Juan de Miranda

Ya alborea el día (2º domingo de Adviento)

adviento

La liturgia del Adviento, tiempo de anhelante expectación, es un clamor de brazos abiertos que se alza hasta el Cielo en demanda del Redentor. Y aunque el pensamiento dominante de la liturgia es el de conmemorar la primera venida de Nuestro Señor Jesucristo al mundo; no lo hace solamente rememorando el acontecimiento histórico, sino que considera la venida del Señor como un hecho de actualidad, fecundo en gracias y bendiciones sobrenaturales.

Por esto, el Adviento es tiempo de purificarnos y de expurgar el espíritu del mundo; es decir, la disipación de la vida muelle, el pensar y obrar puramente naturales, el no enfocar hacia Dios todas nuestras intenciones, toda nuestra conducta.

Significa el Adviento un decidido apartamiento del pecado: “Ha concluido la noche. Ya alborea el día. Rompamos, pues, con toda obra de tinieblas y empuñemos las armas de la luz. Marchemos honradamente, como a plena luz del día; no en glotonerías y embriagueces, no en envidias y contiendas”.

Es el Adviento tiempo de penitencia, porque en él se espera la venida de Dios; y Dios sólo viene sobre la carne ceñida y castigada. Es inútil esperarle de otro modo. El Bautista Precursor único del Único Salvador, habló con toda claridad a su paso por las riberas del Jordán: “Preparad el camino del Señor… Haced dignos frutos de penitencia”.

Y esta misma voz que clama en el desierto, la repite la Iglesia en estos primeros días del Adviento para recordarnos cómo debemos estar dispuestos y preparados para recibir al Señor, que viene a nosotros por medio de la Gracia.

Así, pues, porque éste es el deseo y el espíritu de la Iglesia, porque es el tono que ha de ser dominante en nuestra Patria, hemos de llevar siempre una vida sobria y austera, con espíritu de penitencia y disciplina, para estar siempre dispuestos a recibir la venida del Señor, a celebrar la Navidad.

A esta norma de vida se ha de añadir la oración y el gozo exultante de la Iglesia: “¡Se acerca la Redención!” “¡Ya llega el día!” “He aquí que viene el Señor!” “¡Una Virgen concebirá!” “¡Lloved, cielos, de arriba, y que las nubes lluevan al Justo!”.

Así, conducidos por la mano de la Iglesia, es el único modo de sentir y de celebrar la alegría de la Navidad.

Revista “Guía”, diciembre de 1940

Jesucristo Rey, Nuestro Señor

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El trono tuyo, oh Dios, permanece por los siglos de los siglos; el cetro de tu reino es cetro de rectitud (Palm. 44,7.)

¡Cristo Rey, venga a nosotros tu reino!: Cristo en todas las almas y en el mundo la paz; Cristo Rey en cada corazón, y en la Sociedad su amor, pureza y caridad…La Iglesia instituye esta festividad que celebra el reinado Social de Cristo unido al Imperio de su Sacratísimo Corazón, reafirmando su mandato supremo entre todas las cosas creadas. Toda la realidad de la presencia de Jesús tiende al establecimiento de su Reino como testimonio de esperanza imperecedera. Por consiguiente, levantemos muy alta la voz para proclamar con júbilo: “¡Viva Cristo Rey para que reine en nuestras vidas, para que viva íntimamente dentro de cada alma!”.

JESUCRISTO REY

Damos justísimamente a Jesucristo Nuestro Señor todos los nombres que en nuestro pobre idioma envuelven conceptos de autoridad, grandeza y dominio por parte de Dios, y dependencia, sujeción y vasallaje por parte del hombre.

Mas, el concepto que más gráficamente expresa la suma de sus atribuciones soberanas es el de Rey, por lo mismo que ninguna autoridad en la tierra nos impone tanto como la del monarca con el prestigio y la majestad del poder más absoluto. Por eso se encuentra este nombre repetido en cada página de los Libros Santos y aplicado proféticamente al Mesías; por eso, cual Rey le anuncian los vates y le esperan los pueblos, por el Rey preguntan los Magos; por el Rey lo aclaman en el desierto y en Jerusalén las turbas; por el delito de llamarse Rey le entregan sus enemigos y le condena Pilatos, bien que este cobarde Presidente no puede ni quiere impedir que se lea este título de realeza sobre el trono glorioso de la Cruz, en que triunfalmente sea pronunciado por los ángeles al penetrar en su palacio el Rey de la gloria.

Esta credencial de legítima soberanía de Cristo está basada en el triple y legal título de la herencia, de la conquista y del sufragio universal de la humanidad, que hace veinte siglos desfila humillándose bajo su cetro. De la herencia, cuando la voz del Padre, al coronar a su Verbo consubstancial, le dice: PÍDEME Y YO TE CONCEDERÉ TODAS LAS NACIONES POR HERENCIA Y EN POSESIÓN, TODOS LOS TÉRMINOS DE LA TIERRA; exclamando entonces el Unigénito: HE SIDO CONSTITUIDO REY SOBRE LA MONTAÑA SANTA DE SION. Por conquista lo fue desde el punto en que, librando al mundo de la cautividad del infierno y clavando en la Cruz la cédula de nuestro rescate, apareció coronado de espinas y sentado en el trono de la Cruz, oyéndose una voz al través de los siglos que dice: ANUNCIAD A LAS NACIONES QUE DIOS REINA DESDE UN MADERO. Finalmente lo fue por aclamación del universo, que viene colocando todo, desde lo más grande hasta lo más pequeño que en la tierra existe, bajo el signo dominador de la Cruz; desde las diademas que orlan las sienes de los reyes en su mayor esplendor, hasta las yertas manos del cadáver; desde la cúpula soberbia de una maravilla del arte, hasta la humilde espadaña del ruinoso santuario; viene marcando con este signo de vasallaje lo mismo la frente de los príncipes en su consagración que la del niño en su nacimiento. Viene siendo aclamado como Dios con tanta verdad por los que le confiesan en el Calvario como por los qué aterrados descienden de él perseguidos del remordimiento; por los sabios que le bendicen como por las blasfemias y odio de los que le maldicen; e impone finalmente el yugo irresistible de su ley, no menos a las conciencias recalcitrantes que en vano trabajan por sacudirle, que a las almas sumisas que le llevan con alegría.

Cristo, pues, vence, reina, impera en el universo: y no como un lejano monarca a cuyos oídos no llegan los ruegos y acciones de su pueblo, sino como soberano que ha sabido cumplir su promesa de estar realmente con nosotros hasta la consumación de los siglos. Desde que descendió a la tierra, en la tierra ha querido estar; y, si momentáneamente subió a su Padre para recibir la corona de este reino, en expresión suya y por solemne promesa, fue para iniciar un reinado que no tendrá fin. De este reinado es el solio el ara sacrosanta de nuestros templos.

Desde ese momento reina Cristo en la tierra, no ya solamente por los títulos enumerados, sino por venir, hace mil novecientos cuarenta años desempeñando las funciones de su soberanía, rigiendo las almas, gobernando las acciones humanas, alimentando las virtudes, imperando en la Naturaleza, y recibiendo pleito homenaje de la familia, de la sociedad y de la Iglesia, que agradecidas, le aclaman en la Eucaristía por su Rey y Señor. No es ya su trono el tronante Sinaí sembrando el terror en el pueblo que no quiere que su Dios le hable; ni siquiera el Tabor anonadando con sus resplandores a los testigos de la transfiguración, sino que la fe nos lo muestra sentado tranquilamente en un cenáculo de amor, en medio de sus hijos y dirigiéndoles con cariñoso acento aquéllas tan dulces expresiones: TOMAD Y COMED: ESTE ES MI CUERPO.

Javier Riquelme

Del Apostolado de la Oración
Santa Cruz de Tenerife, Octubre de 1940.
(Revista Criterio)

A CRISTO REY

Eres Hijo de Dios, y su Realeza
la tienes en tu Vida eternizada.
Eres Hijo del Hombre, y heredada
llevas del Rey David la real nobleza.

Eres el Redentor en el que empieza
el Reino de la Cruz, por Ti trocada
de patíbulo en trono, y exaltada
en trofeo imperial de tu grandeza.

Tres veces eres Rey. Señor, no en vano
tienes pendiente el mundo de tu mano
y no hay poder que a tu Poder resista.

Tres veces eres Rey; te las mereces.
¡Oh, Cristo, mi Señor! reinas tres veces
por Esencia, por Sangre y por Conquista.

                              Rafael Sanz De Diego

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CONSAGRACIÓN DEL GÉNERO HUMANO A CRISTO REY 

¡Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano! Míranos humildemente postrados delante de tu altar; tuyos somos y tuyos queremos ser; y a fin de vivir más estrechamente unidos a Ti, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a tu Sacratísimo Corazón.

Muchos, por desgracia, jamás te han conocido; muchos, despreciado tus mandamientos, te han desechado. ¡Oh Jesús benignísimo!, compadécete de los unos y de los otros, y atráelos a todos a tu Corazón Santísimo.

Señor, sé Rey, no sólo de los hijos fieles que jamás se han alejado de Ti, sino también de los pródigos que te han abandonado; haz que vuelvan pronto a la casa paterna porque no perezcan de hambre y de miseria.

Sé Rey de aquellos que, por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de Ti; devuélvelos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que en breve se forme un solo rebaño bajo un solo Pastor.

Concede, ¡oh Señor!, incolumidad y libertad segura a tu Iglesia; otorga a todos los pueblos la tranquilidad en el orden, haz que del uno al otro confín de la tierra no resuene sino esta voz: ¡Alabado sea el Corazón divino, causa de nuestra salud! A Él entonen cánticos de honor y de gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: San Martín de Porres

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“Tomando Jesús la palabra, dijo: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y se las has revelado al pequeño”. (Mt 11,25-30)

En el Perú celebramos hoy la solemnidad de San Martín de Porres.
Todos le conocemos como:
El Santo de la escoba.
El que unió perro, gato y pericote comiendo amistosamente en el mismo plato.
El Santo barbero.
Todo eso puede ser una realidad.
Pero el mejor título que se le ha dado es:
“Hermano Martín de la caridad”.
“El portero de lo pobres”.

En el Perú leeremos el Evangelio de Mateo 11,25-30.
“Dios se revela a los sencillos”.
“Los sencillos se abren a la palabra de Dios”.
En la Iglesia universal leemos Lc 14,12-14.
Ambos revelan y manifiestan la espiritualidad de Martín.

Porque Martín fue:
de esas almas sencillas siempre abiertas a las llamadas de Dios.
el enamorado del amor de Dios que se revelaba y manifestaba en él.
Pero también el enamorado de los pobres, lisiados, cojos y ciegos.
El enamorado del servicio a todos los necesitados.
La portería del Convento dominico estaba siempre lleno de pobres, indigentes y necesitados.

Martín fue el Evangelio de los pobres que todos podían leer.
Más que un Evangelio escrito en el papel, fue un evangelio escrito en la vida.
Juan XXIII que lo canonizó, lo llamó en su homilía “Martín de la caridad”.
Yo le llamaría “Evangelio vivo”.
O si prefieren, “el Santo de las preferencias de Dios”.
El Santo de los sencillos siempre abiertos al amor de Dios.
El Santo de los pobres, preferidos por Dios.
Que da de comer a los pobres.
Que sirve y atiende a los que sufren.
Que invita no a los que no pueden retribuirle.

Es posible que más de uno se molestase al ver tanto pobre tocando a la puerta del Convento.
Y hasta es posible que recibiese más de una reprimenda, por la mala impresión que daba la portería.
Pero los sencillos y los enamorados de Dios se fijan poco en la estética de la puerta.
Más bien viven la alegría de descubrir el rostro de Jesús escrito en la puerta.

Es que los santos piensan, ven y siente de otra manera.
No invitar a quien puede invitarte.
Sino vivir del amor de la gratuidad.

Pese a que han pasado tantos siglos también Jesús puede orar al Padre:
“Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños”.
“Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos, dichoso tú, porque no pueden pagarte”.

Es posible que en el Convento dominico hubiese grandes intelectuales.
Pero solo nos ha quedado la memoria del “del santo del amor y de los pobres”.
Es posible que aquellas ideas se las haya llevado el viento.
Pero la sencillez con los sencillos, sigue teniendo actualidad.
¿Acaso el problema de hoy y el testimonio más claro del Evangelio no es entregarnos al servicio de los pobres?

P. Clemente Sobrado, C.P. (3 de noviembre de 2016)

Fuente: mensajesalosamigos.wordpress.com

Fray Martín de Porres, religioso dominico

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Se cumple este año el 800 aniversario del acto fundacional de la Orden de Predicadores (Bula “Religiosam Vitam” del Papa Honorio III, de 22 de diciembre de 1216). Una Orden que sigue muy viva gracias a mujeres y hombres que han encarnado perfectamente el proyecto de Santo Domingo de Guzmán; donde la palabra de Dios ha formado y seguirá formando parte de sus vidas y actos.

La Orden ofreció a Martín, y como a tantos otros, el camino seguro en donde forjar su gran espiritualidad. Fray Martín de Porres supo equilibrar, dentro de los dominicos, una vida de oración y contemplación con su trabajo en beneficio de la comunidad y del prójimo. Humilde y caritativo como buen hijo de Santo Domingo, era un hombre del pueblo y para Dios. Siempre venció su dulce corazón en su vocación. También como buen dominico, Martín confió sus inquietudes y afanes a la virgen del Rosario, de la que era muy devoto; además, vivió y transmitió el Rosario como herencia y compromiso (“en la Orden Dominica va estampado el rosario cual sello de realeza”).

Nuestro amigo entró como terciario dominico (en aquel entonces, donado) en el convento de Nuestra Señora del Rosario de Lima: entregándose en cuerpo y alma a la oración y a la caridad, a la pobreza y a la humildad, a la penitencia interior y a las penitencias. Igualmente, con su carácter alegre, sencillo y servicial, pronto se gana el cariño de todos en su afán innato de ser un buen hermano -en su sentido más amplio- dentro de la Orden de Predicadores. En este sentido, deseaba y procuraba el bienestar de los novicios, a los que ayudaba a integrarse en sus deberes. Lejos de crear corriente mística o teóloga alguna es bien cierto que con su testimonio de vida cumplió con el sentir dominico: alababa constantemente al Señor, bendecía todo aquello que formaba parte de su vida (personas y situaciones) y predicaba fiel al ejemplo. Este fue su gran testimonio y su mejor apostolado. Por ello, Fray Martín es todo un símbolo universal: de humildad, caridad y cordialidad.

un amigo

Prefiero estar a la puerta de la casa de mi Dios que vivir en las mansiones de la maldad; prefiero dedicarme a barrer tu templo que convivir con los malvados.

«Si  te conformaras con ser un simple donado…No pronunciarás votos, pero te será permitido vestir parte del hábito: una túnica blanca y un escapulario negro. Un poco más adelante, claro…»

A Martín le pareció que el cielo se abría ante él. ¿Qué importaba el hábito, el lugar o el tratamiento, si podía estar en la casa de Dios y servirle fielmente, aunque ocupara el último lugar? Y así lo dijo:

 – ¿Es el donado el último puesto?

– Sí –afirmó el Superior-, el último.

– ¿Menos que portero?

– Sí, menos que portero.

Entonces…-balbució emocionado Martín-, gracias, señor. No creí merecer tan alto honor.

Así fue como el mulato Martín de Porres, el hijo del hidalgo español, entró en el convento dominico de Santo Domingo de Lima.

Desde este momento su vida fue una donación total, una entrega perfecta, al servicio de Dios…

smp dominicoLlevaba ya nueve años viviendo con fidelidad en el convento y es cuando sus superiores le invitan a dar el siguiente paso, el de profesión de votos religiosos, que acepta con júbilo. Había dado excelentes pruebas de laboriosidad y virtud. Había crecido en piedad y en armonía con los hermanos…Y aquel 2 de junio de 1603 pasaba de donado perpetuo a ser -ahora sí- Fray Martín de Porres, hermano dominico. Aquel día él hacía una nueva donación de su vida a Dios y a los hermanos. Un justo premio a una vida dedicada a la oración y al trabajo continuo:

Después de haber implorado la misericordia de Dios y de la Orden, Martín hizo su profesión solemne, prometiendo obedecer hasta la muerte a Dios, a la bienaventurada Virgen María, al Padre Santo Domingo y a los superiores de la Orden, según la regla de San Agustín y las Constituciones de los Frailes Predicadores.

Siempre estaba disponible para hacer el bien, y todos acudían a él. Ya no sólo empuñaba la escoba y el plumero y repiqueteaba las campanas. También tenía que manejar brochas, navajas, peines y tijeras. Había unos 200 frailes en la comunidad de Lima y todos buscaban a Fray Martín como barbero, peluquero o enfermero…

Al profesar le entregaron un nuevo servicio: ser enfermero. ¡Qué felicidad tener como enfermero a un santo! Sus biógrafos nos dicen que él llamaba a los enfermos “mis amos”, y han dejado descritos en muchas páginas los detalles de su caridad para atender como una madre a cuantos necesitaran de él… ¡y cómo corría solícito a su servicio! Sus curas resultaban tan eficaces para el cuerpo como para el alma. Fray Martín buscaba el remedio con inefable naturalidad en la oración.

Hasta llegado el momento en que vistió de otra luz y emprendió la partida hacia el cielo; con  los ojos cerrados y el corazón abierto. Ya todo lo había ganado con su corazoncito dominico. En la Orden Dominicana se redactó así su recuerdo:

– “Murió Fray Martín, hermano de admirable virtud y santidad…Abría su mano cada día al indigente y la extendía al necesitado. Brilló su caridad en la asistencia a los hermanos enfermos…Sirvió de ejemplo a toda la ciudad de Lima por su santidad y ejemplar vida. A una existencia tan prodigiosa correspondió una muerte dichosísima, habiendo acudido a sus exequias gran multitud del pueblo, disputándose el besar sus manos y sus pies, con gran reverencia, tanto en el clero como los simples fieles…”.

orden de predicadores

Oración

Bienaventurado San Martín, que desde tus primeros años aprendiste a andar por los caminos del Señor, firme siempre en tu fe, celoso de tu gloria y de la salvación de los hombres.

En la práctica de las virtudes supiste ganarte la admiración de todos, de los de dentro de la Orden y también de los de fuera. Por eso te propuso ser admitido a la profesión religiosa y a través de ella le diste un si generoso y absoluto a tu Dios.

Alcánzanos que sepamos vivir esa misma fe y sus consecuencias con total entrega. Queremos vivir nuestra fe con ejemplar fidelidad, sabiendo dar testimonios atrayentes desde nuestros puestos.

Que como tú, glorioso Fray Martín, derramemos la bondad de Dios con sonrisas y palabras amistosas, y con nuestros trabajos y alegría llenemos de felicidad nuestro alrededor.

Lo suplicamos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

(Oración de la “Novena a San Martín de Porres”, de Fray Ángel García de Pesquera, Capuchino).

las florecillas de fray martín

Santo de los pobres, Martín de Porres

Santo de los pobres, Martín de Porres,
fraile dominico, hermano cooperador,
cuidas del enfermo y del más necesitado,
vives confiado, como amigo de Dios.

Estribillo:
Martín de la caridad, reflejo del Padre bueno,
enséñanos la humildad,
camino que lleva al cielo.
Martín de la caridad,
predicas con el ejemplo,
que amar a Dios, para ti,
es el pobre y el enfermo.

Santo de los pobres, Martín de Porres,
tienes la alegría del hombre de oración,
bebes en la fuente de la Eucaristía,
eres fiel devoto de la Pasión del Señor.

Estribillo…

Padre de los pobres, Martín de Porres,
siembras esperanza, en quien sufre por amor,
gloria y alabanza, a ti siempre sean dadas,
sé, para nosotros, ante Dios, intercesor.

Estribillo…

Vicente Muñoz Esteban. Canciones para el Jubileo 800 de la Orden de Predicadores

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Enlace: Jubileo 1216-2016. Orden de Predicadores