El Corazón de Jesús y la Cruz

El Corazón de Jesús y la Cruz

No pocas capillas y altares dedicados a Jesús crucificado se van mudando y consagrando al Corazón de Jesús. Este es un hecho. Ahora bien: ¿reúne el Corazón de Jesús la sublimidad del misterio doloroso que redime y ama, el concepto comprensivo de los destinos de la Cruz en la evangelización del mundo? Creo que esta nueva fase de la teología mística es perfectamente explicable y corresponde al refinamiento de las aspiraciones del espíritu cada vez más complejo y sediento de emociones que acorten la distancia que media entre el hombre que asciende a Dios y Dios, que desciende al hombre para comunicarse íntimamente estableciendo el lazo religioso que se apretará allá donde lo bueno se mejora y lo perfecto se perfecciona con progresión indefinida. No queremos deprimir el culto a Jesucristo Redentor; pero sus relaciones con el misterio de su Corazón merecen atento estudio: si el Crucifijo es el amante que se martiriza como Hostia cruenta, el Corazón de Jesús es la misma Hostia que perpetúa su holocausto con vida interminable, con vida viva, si cabe la frase; el Crucifijo ama y muere por amar, el Corazón de Jesús sufre y vive cara seguir sufriendo; Jesús crucificado purifica las almas por el dolor amoroso, el Corazón de Jesús por el amor doloroso; en la Cruz se exhibe Cristo vencedor de la muerte en todos sus miembros; aquí reconcentra todos sus dolores y los brinda en el cáliz de amargura de su Corazón; como si dijéramos el mar hecho una gota, el sol condensado en una chispa.

Mas, si alguno hubiere que exija la efusión de sangre expiatoria y las supremas hermosuras de la muerte, que medite bien, le suplico, en los misterios del Corazón de Jesús. ¿Le falta la Cruz acaso? ¿No la lleva sobre el corazón? ¡Ah! Que ya no es Cristo extendido en ella, sino la Cruz que brota y culmina en su mismo pecho: es su Corazón convertido en Cruz. Y como si fuera insuficiente todo esto y quisiérase integrar el misterio añadiendo los pensamientos a los afectos, despréndese de la cabeza del Crucificado la corona de espinas y cae sobre el Corazón, a fin de que no solamente sea torturado el órgano de la idea, pero también el de las afecciones, y así, entrelazados corazón y entendimiento, prorrumpan en llamas de caridad que suban al cielo y en hilos de sangre que caigan sobre la tierra cual lluvia de amor.

Fray Pedro Fabo del Purísimo Corazón de María (Marcilla, Navarra, 1873-Roma, 1933)

La Hormiga de Oro, 18 de junio de 1936.

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Enlace relacionado:

Conozcamos a Dios, conozcamos su Corazón

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Ella y la Flor

Ella y la Flor

«Apareció en el cielo una señal grande: una mujer envuelta en el Sol, con la Luna debajo de sus pies, y sobre la cabeza, una corona de doce estrellas» (Apocalipsis, XII, 1). Sin duda alguna. Es Ella, y no otra, afírmanlo categóricamente los intérpretes. Tampoco es necesario poseer especial perspicacia para comprenderlo ya a primera vista.

Las doce estrellas de la corona pueden significar—aunque no lo asevere nadie—los doce meses del año. Con la plenitud simbólica del número doce, sintetizando toda la naturaleza creada. Orlando las sienes de María, la Reina. La que logró—por la magia sobrenatural de su Hijo—hacer de una naturaleza hundida otra resurgida: «Populum electum, regale sacerdotium…». Una auténtica naturaleza regia.

No ha de extrañar, pues, que cuando esa naturaleza se sienta más majestuosamente regia vuelva los ojos a Ella. Con alegría incontenible. Ocurre en mayo. El mes que, entre las doce estrellas de la corona, sobresale en fulgor. El mes que la Iglesia quiso consagrar con un marianismo especial. Colocando a María en dosel de flores.

La flor tiene amores con María. Máxime la flor de mayo. La flor es delicada, como una criatura nacida sin pecado, pudor virgíneo, labios puros de la tierra, brindando amor inocente, música, trompeta de anunciación, paloma mensajera… Todo eso es la flor. La virgen de la naturaleza vegetal. Como la Virgen de la Humanidad, la flor de los campos espirituales, es María.

La flor de mayo está más palpitante de vida que ninguna otra. Tiene toda la primorosa fuerza de la primavera. Aurora de vida. Víspera encendida de granado estilo. Rosetón de góticas catedrales.

Entre esas flores de mayo vive Ella, palpita Ella. Como quien jugara con sus amigas. Compañeras, colegialas del mismo Colegio. Bajo la arcadas de una mística Rosaleda. La Fuente—Cristo—, en el centro, mantiene el frescor ambiental. Y la Vida.

De hinojos, desde la ladera nuestra, con flores de nuestros humildes muertos, saludémosla. El corazón, maceta de la flor de mayo, altar de María. En los labios:

«Venid y vamos todos
con flores a porfía;
con flores a María,
que Madre nuestra es».

Fray Elías Gómez, Mercedario. Revista La Merced, mayo de 1959 (nº 122).

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Flor de las flores

Flor de cinco pétalos,
la Virgen María;
como la violeta
o la campanilla.

Su nombre perfuma
mundos de alegría;
el nardo, su aroma,
por Ella destila.

Dios, con cinco flores,
su nombre escribía,
bajo los luceros:
Margarita linda.

Azucena pura,
Rosa sin espinas,
Izote florido,
Amapola herida.

Reina de las flores
ha sido elegida,
cuando flor de Arcángel
dijo: «Ave María».

Huerto de su seno
maduró caricias:
¡en su Primavera
maduró la Vida!

¡Qué es Virgen, sí, madre,
la Virgen María!
Fruto de su otoño
flores no marchita.

               MÁSER

Mater mea es tu (Madre mía, tú eres mi Madre)

Mater mea es tu

El Eterno se compadeció del Hombre y quiso regenerarlo: pero, ¿cómo? Haciendo que una Mujer concibiera al principio de nuestro ser sobrenatural, engendrándonos sobrenaturalmente en las entrañas de María en Jesucristo. ¡Ah! Cuando contemplaba llena de ternura maternal en su virginal claustro a Jesús, María con igual ternura nos contemplaba también a nosotros. Todos estábamos allí, porque allí estaba la gracia para todos.

Junto a la Cruz de la Redención está en pie la más bella entre las hijas de Jerusalén, la más luciente entre las estrellas de Nazaret, la más fresca y pura y aromática entre las rosas de Sarón, está María recibiendo los últimos suspiros, las últimas golas de sangre, las últimas palabras, las últimas palpitaciones de su Hijo, el más amante y amado de los hijos. Muere Dios para acabar con la muerte del hombre. Destruyese la vida para podernos dar la vida. Muere el Eterno para que nazcamos los mortales. Por esto está allí María. Padece, sufre, se destroza su corazón, clama al cielo en lo más hondo de su espíritu por la fuerza del dolor, porque allí nace el hombre a la vida sobrenatural. Jesucristo nos engendra con su sangre: María nos da a luz con sus tormentos. Aquel es el principio activo de la Redención, como cumple a un Padre: Esta es el principio cooperante, pasivo, como cumple a una madre. Un Dios nos da la vida muriendo: una Madre de Dios nos da a luz padeciendo.

¡Oh felices dolores, que nos permiten, que nos obligan dulcemente a llamarte Madre, o sin par María. Yo te amo, como se ama a la que nos ha dado el ser: te amo más e infinitamente más, cuanta es la ventana que lleva el nacimiento espiritual al natural. Permíteme, que te mire hito a hito, que sorba el amor que tus ojos manan para que sepa amarte más; dame dulzura, ternura, amor para que te diga con toda la efusión de mi alma: Mater mea es tu: Madre mía, tú eres mi Madre, porque de ti he nacido.

¡Escucha, o Virgen! ¡Ah!, Jesús lo dice. ¿Oyes?, he aquí a tu hijo. Soy yo, o María, somos nosotros: he aquí a tus hijos. Eres nuestra Madre; son palabras de un Dios moribundo: no miente, no; es verdad: eres nuestra Madre.

Hablad, Jesús mío, hablad que vuestro siervo os escucha: Ecce Mater tua: ¡Oh, sí! Ella, vuestra Madre es mi Madre; vos lo decís, queréis que la llame tal, queréis que la honre como Madre; sí, Jesús mío, sí, ella es mi Madre, ¡ella es nuestra Madre! ¡Madre mía de mi alma! Voz poderosa que los cielos inclinan, que las entrañas de María conmueven, que los ángeles a nuestro favor atraen, que la ira de un Dios justiciero aplaca.

¡Madre mía de mi alma! Palabra de suavidad que embalsama el ambiente con su aroma, armonía misteriosa que al huracán apacigua, que los mares calma, que hace enmudecer al trueno, que a los rayos encadena. No cesemos pues jamás de clamar; dirijamos nuestros ojos al cielo humedecidos por el llanto que el exceso del amor arranca a nuestros ojos. Madre mía del alma, llena eres de gracia, templo, santuario del Señor, bienaventurada entre todas las mujeres, porque es bienaventurado el fruto de tu vientre.

Dirijámonos a ella con la sencillez del niño, con la confianza del hijo, con el cariño del cristiano: Acuérdate que eres Madre de Dios; ruega pues por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte.

Un fraile de antaño (s.XIX)

-Adaptación-

Foto: Virgen de los Dolores de la Iglesia de San Francisco de Asís, La Orotava (Juan Luis Bardón G.)

Mi corazón está a los pies de María (Hermano Rafael)

«¡Que dulce es esperar, pensando en Dios y debajo del manto de María!».

¡Qué alegría el día que pueda ver a María!

Desde la misma cuna recibió Rafael una formación mariana. En sus primeros años de colegio padeció unas fiebres que le obligaron a abandonar los estudios algún tiempo. En cuanto recobró la salud, sus padres, agradecidos a este favor del cielo, lo llevaron a Zaragoza para dar gracias a la Virgen del Pilar y consagrarlo a su servicio. Su madre fue enseñándole progresivamente prácticas de devoción mariana tradicionales, y le aleccionó sobre todo, ver que nunca se omitía el rezo del Santo Rosario en familia. En el colegio tuvo el honor de ser Congregante de María Inmaculada.

A esta insistente formación mariana correspondió pronto Rafael con su colaboración personal. Luchó cuanto por mantener la vida en gracia y por vencer peligros que le cercaron.

Cuando llamó, con 22 años, a las puertas del Císter –Orden consagrada de manera especial a la Virgen Santísima– creció en su alma esta devoción, como él mismo manifiesta en sus escritos, por el continuo ejercicio de prácticas señaladas en las Reglas, por el ejemplo vivo de los demás Hermanos, amantes a cual más de la Señora, y sobre todo por la meditación de san Bernardo, el santo que más influencia ha ejercido en la devoción mariana de todos los tiempos. En esta escuela procuraba Rafael caldear su corazón joven, inquieto y alegre.

Todos los escritos de Rafael rezuman marianismo, están salpicados de citas sobre la Virgen, son chispas de fuego ardiente y tierno en honor de la Señora que llevaba muy dentro de su corazón, hasta enamorarse locamente de tan buena Madre.

Quien visita por vez primera la Abadía de San Isidro de Dueñas —escenario donde transcurrieron los últimos años de san Rafael Arnaiz y una urna que guarda hoy con cariño sus restos— queda impresionado ante la talla de la Virgen Santísima que en el misterio de la Asunción preside el retablo del altar mayor. Es obra de Granda, y por sí sola llena la iglesia abacial. Es un hecho honroso para el Císter: todos sus monasterios —desde los primeros tiempos de la Orden— deben consagrar sus iglesias a Santa María Reina de los cielos y tierra. El altar mayor de la iglesia de cada uno de ellos suele estar presidido por una imagen, representando la Maternidad divina —con el Niño Jesús en los brazos— o en el misterio de la Asunción, como en el monasterio de San Isidro de Dueñas.

Precisamente esta imagen iba a ser la que cautivara para siempre a aquel joven de mirada limpia, que sentía inquietud vocacional y buscaba un lugar alejado del mundo, empeñado como estaba en vivir enteramente para Dios. Causa admiración todavía cómo este joven adornado de cualidades físicas y morales, con un porvenir de color de rosa en la mano, supo luchar para dejarlo todo. Precisamente en una época de materialismo desbocado, cual fue la de los dos años de la república, de tan tristes recuerdos por centenares de iglesias y monasterios quemados o destruidos. Allí a los pies de la Virgen de la Trapa se forjó la vocación de Rafael, de una manera sencilla, fiel, entrañable.

«¿Cómo no ser santos, Dios mío, si en la tierras nos ayudas con tantas almas de Dios, y en el cielo con María?».

Mi corazón está a los pies de María

Todavía hoy pueden visitarse en Oviedo los lugares santificados por la presencia y devoción de San Rafael. Uno de ellos es la capilla del Sagrario de la Catedral en la que pasaba largas horas. Otra la del Rosario en la iglesia de los Padres Dominicos. Solía ir Rafael con frecuencia y allí tuvo lugar un episodio emocionante, que retrata al vivo su sensibilidad exquisita. Se expresa así en otra carta a su tía¹:

“Estuve una hora en la iglesia y la mayor parte con la Señora. Si vieras cómo me quiere. Es la Virgen del Rosario… Por cierto que en los últimos momentos se llegó hasta el altar una muchacha que hizo el camino de rodillas y cuando llegó se puso en cruz y la oí llorar mientras miraba a la Virgen. Por poco lloro yo también. Debía tener una pena muy grande y fue a contársela a la Señora. Me edificó mucho y pedía a la Virgen que la atendiera. Yo creo que la escuchará. Si vieras es tan buena la Virgen. No hay pena que Ella no dulcifique, no hay alegría que Ella no santifique…

Te aseguro que si acudiéramos siempre a la Virgen María sería otra cosa de nosotros… A mí siempre me ha servido de mucho. Casi en todo se lo debo a Ella; hasta mi vocación. ¡Es tan dulce el amor a María!”.

¡Cuánto amaba Rafael a la Virgen! ¡Qué cosas tan maravillosas ha escrito de Ella! ¡Qué confianza sin límites, la suya en la Señora!

D. Rafael Palmero

Extracto del artículo “Enamorado de la Señora. ¡Qué alegría el día que pueda ver a María!” (Boletín informativo San Rafael Arnáiz Barón, Julio-Diciembre 2017, nº 187)

¹Referencia a su tía María Osorio Moscoso, duquesa de Maqueda.

Paz del alma

PAZ DEL ALMA

Importa conservarla muchísimo, porque el Alma que no tiene paz en su interior, que es su casa, ¿cómo la ha de hallar derramada por las casas ajenas? Entre dentro de sí misma, y allí pretender toda quietud, y que cosa de esta vida, ni la saque de su interior.

Dice San Bernardo, que la virtud se adquiere en la paz y se prueba en la tentación, y se corona en la victoria de la tribulación. La falta de paz destruye el interior, y con aquellos movimientos que se sienten, no se deja pintar al Espíritu Santo lo que quiere dibujar en el alma; como si al pintor le estuviesen moviendo el lienzo, no daría pincelada. Nace esto del amor propio, porque si no gustamos las ternuras del corazón, los gustos especiales, los sentimientos en la oración, luego andamos tristes y turbados, si lo que queremos no nos sale a nuestro gusto, si viene la murmuración o el trabajo, luego entra la aflicción o falta de paz.

La paz se adquiere y se conserva con la intención pura de sólo querer lo que es más honra y gloria de Dios, y hacer cuanto se pudiere para este fin, y entender que Dios es Príncipe de paz, y que donde El reinare, ha de ser Reino de paz y aunque haya guerra de tribulaciones y adversidades, entre aquella guerra el alma ha de conservar la paz.

Todos los pensamientos que nos dan inquietud no son de Dios, que es Rey de paz; son del enemigo, y así desecharlos. En las tristezas y amarguras se ha de vivir con paz; el mal lo hemos de huir con paz; el bien lo hemos de hacer con paz y sosiego, y entiéndase que en las cosas hechas de prisa, nunca faltan imperfecciones. La penitencia se ha de hacer con paz y tranquilidad.

La mejor muestra que el alma da a Dios de su fidelidad, es en los trabajos y contrariedades, no dejar alborotar ni revolver el corazón con las penas, sino mirar a Dios entonces, y acordarse que Su Majestad, en medio de la tempestad del mar, dormía en la popa de la nave, que fue enseñarnos a tener paz en el Alma. Cuanto más alborotado el mar de las tribulaciones, tener el ánimo firme, el corazón puro, la intención recta, la vista en el Señor, y allí toda la confianza y se conservará la Paz.

La virtud no se cría en el reposo exterior sino en las contrariedades. La humildad es el mayor fiador de la paz, porque con ella no se dicen quejas, ni sentimientos, y el corazón se conserva en paz, y en una alegría y aliento que mantienen las virtudes.

P. Pablo Ramírez de Bermudo. Extracto del libro «Gobierno Espiritual Mercedario», Madrid, 1676.

Imagen ilustrativa: “Niño Jesús dormido sobre la Cruz”, de Bartolomé Esteban Murillo.

Conozca el secreto para ser humilde

Por su humildad María conquistó el corazón de Dios.

Conozca el secreto para ser humilde

Por Javier Navascués

Fuente: Adelante la Fe (enlace del contenido original y en su totalidad abajo)

Los filósofos clásicos tenían gran aprecio por la virtud, tanto es así que la estudiaron a fondo y llegaron a confeccionar una lista de más de 300 virtudes. Pero lo más curioso de todo es que entre ellas no estaba la humildad. Una virtud escondida a los ojos de los sabios que el cristianismo vendría a descubrir y ensalzar. Así lo leemos y meditamos en el Magnificat, perfecta radiografía del alma de María Santísima. «Él hizo proezas con su brazo: dispersó a los soberbios de corazón, derribó del trono a los poderosos, y enalteció a los humildes, a los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió vacíos.»

Por su humildad María conquistó el corazón de Dios. La humildad es una virtud clave en la vida cristiana, pues se opone frontalmente a la soberbia, pecado luciferino por antonomasia. Es la base para alcanzar todas las virtudes, tanto las teologales (fe, esperanza y caridad) como las cardinales (justicia, templanza, prudencia y fortaleza). El propio Cristo no dijo que aprendamos de Él a predicar, a hacer milagros etc sino a ser mansos y humildes de corazón.

La palabra humildad proviene del término latino humilitas, de la raíz humus, que significa tierra (que es lo más bajo aparentemente), pero paradójicamente también humus significa fértil. Nada más fértil que un alma humilde, pues deja que Dios obre maravillas en ella. Su etimología griega dimana del término tapeinosis, que significa tapete, alfombra, algo que pisa todo el mundo. ¿Estamos dispuestos a dejarnos pisar (sufrir oprobios y desprecios) por amor a Cristo?

Humildad, divino tesoro. Decía un docto autor espiritual, del que no recuerdo el nombre, que el simple hecho de querer ser humilde es muy buena señal, aunque nos cueste mucho serlo, porque el soberbio ni siquiera se lo plantea. Para amar más esta virtud y tratar de alcanzarla meditaremos en este artículo sobre la excelencia y la belleza de la humildad, en radical contraposición con la fealdad y vacuidad de la soberbia y la vanagloria.

La soberbia se define como el deseo desordenado de la propia excelencia. La virtud opuesta a éste vicio, la humildad, es por tanto es una virtud derivada de la templanza por la que el hombre tiene facilidad para moderar ese apetito desordenado de la propia excelencia, porque recibe luces para entender su pequeñez y su miseria, principalmente con relación a Dios. Santo Tomás afirma en la Summa: “La humildad significa cierto laudable rebajamiento de sí mismo, por convencimiento interior”.

No sólo la Teología ensalza la humildad. También es una virtud muy valorada en la formación humanística. Hay millones de ejemplos, pero citaré uno muy castizo. Miguel de Cervantes afirma en el famoso Coloquio de los perros que: “La humildad es la base y fundamento de todas las virtudes, y que sin ella no hay ninguna virtud que lo sea realmente”

Meditemos en lo que es la humildad y la importancia de esta virtud en aras a la santidad e incluso a la salvación. Sin humildad no haremos nunca la voluntad de Dios, sino la nuestra. La soberbia perdió a Lucifer, que se rebeló radicalmente contra Dios en un acto de desobediencia. La humildad ensalzó a María como Madre de Dios, de donde dimanan todos sus privilegios.

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Paz a los hombres de buena voluntad

Paz a los hombres de buena voluntad

Si existe en el calendario eclesiástico una fiesta que encierra encantos y dulzura, es sin duda alguna, la fiesta de la Natividad de Nuestro Señor.
Todos los pueblos de la tierra, aún aquellos que permanecen alejados de la luz de la verdad, se preparan para celebrar esa gran fecha. Pero si para todos los mortales tiene esta festividad un gran atractivo, lo ha de ser sobremanera para los que han encontrado en ese misterio, de Belén, un misterio de amor y de paz cristiana.
El Señor se muestra en el hogar de Nazaret, donde dos almas vivían en dulce paz, en un solo pensamiento, en el pensamiento de Dios, y cuya paz es el patrimonio de esas almas escogidas.
Y al anunciar su venida al mundo brinda esa misma paz a almas sencillas, prontas a recibir el don inestimable de su gracia, a la vez que la niega a aquellos que, ofuscados por el error y la maldad del corazón, no son dignos de conocerla. Esa paz es precursora de las maravillas que obra el Señor en el alma humilde, sobrepujando las miserias humanas para elevar el corazón y el entendimiento del mortal.
Y al fenecer en su misión, el Señor nos deja una nueva paz, no la paz del mundo, no la paz del incrédulo, del disoluto, del mundano, sino la paz del amor que aúna los corazones en uno solo, para formar un solo pueblo y un solo redil bajo el cayado del príncipe de la paz: Cristo Jesús.
Esa paz —que Cristo trajo a la tierra—germina en el corazón del mortal que humilde la recibe, y del que se cobija bajo su benéfico influjo para cumplir con las normas cristianas.
El pobre desheredado de los bienes de la tierra, aquellos que no han sentido el aliciente del amor, aquellos cuya existencia no parece sino una no interrumpida cadena de lágrimas y dolores, afianzados en esa paz nacida del costado de un Dios Hombre sabrán afrontar las alternativas de la vida y buscarán en la paz cristiana la dulce tranquilidad del alma que vive en esta vida, la vida del amor.
El corazón humano que huye de todo lo que amarga su existencia y que es su norte coadyuvar a su propia felicidad, valiéndose para eso de todos los medios a su alcance, no acepta ni capitula con lo que le aparte de su propia felicidad.
Cuando oímos en nuestro corazón la voz que nos invita al sacrificio, a pasar desapercibidos a la vista de los demás, a confundirnos como Jesús con los demás mortales, a deponer nuestro amor personal, refrenando la sensualidad de nuestra vista, de nuestra lengua y de nuestros deseos, nuestra voluntad desfallece, nuestro ánimo decae, nuestro amor se enfría, nuestro celo por el bien de nuestro hermano se apaga y nuestra mano se cierra y se esconde.
De allí nacen esa zozobras, esas vacilaciones originarias todas de esa lucha del corazón, entre la felicidad que se apetece y la amarga realidad que se abre paso a través de nuestras aspiraciones más o menos nobles.
¿Dónde encontrará el mortal un aliciente en medio de estas luchas? ¿Dónde hallará la directriz de sus actos?
En el pesebre de Belén. Allí encontrará esa dulce paz que trajo Cristo a la tierra, esa paz reguladora de todos nuestros actos y de todas nuestras acciones que pulsa los latidos y deseos del corazón y nos señale la norma que se ha de practicar y el verdadero sendero a seguirse.
Sólo entonces el mortal encontrará esa tranquilidad y esa placidez en medio de las vicisitudes de la vida, en ese Dios que es Dios de paz, de dulzura y de caridad según el Apóstol, y que solamente aquellos que siguen a ese príncipe de la paz, sólo sobre ellos descenderá la paz del justo…
Nuestra vida cristiana será fructífera en obras, no palabras, obras de sabiduría eterna fundadas en motivos que excluyen aún la posibilidad de errar.
Obras del eterno amor, de la eterna santidad que nacen del deseo de hacer dichosos a los hombres, de sanar las almas librándolas de la inclinación febril que sienten a los bienes de la tierra.
Por eso los espíritus angélicos son heraldos de la paz, anunciándola a aquellos que lejos de los atractivos del mundo, en la dulce soledad del alma se hallan más cerca del Señor, a cuyo eco esos humildes corazones desasidos de los vínculos del mundo viven la vida del enamorado en las intimidades y goces del espíritu.

Revista Criterio. Redacción
Diciembre de 1947

Imagen ilustrativa: “Adoración de los pastores al Niño Jesús”, de Gerard Van Honthorst.

Con María se hizo la Navidad

Con María se hizo la Navidad

Hermosísimo es y profundo el segundo Prefacio de Adviento. Allí, con palabras para entonar y saborear en meditación profunda se nos dice: «A quien… la Virgen esperó con inefable amor de Madre».
Y es verdad. El mejor Adviento fue vivido por una mujercita escondida, en quien Dios quiso hacer maravillas. Ya antes de venir estaba con ella, la llena de Gracia. Ella se dedicó a encarnarlo, a hacerle carne de nuestra carne y sangre de nuestra raza. Nadie mejor que ella para entender los gustos y estilo de Dios. Con María se hizo la Navidad.
Sí. Se hizo la Navidad. Si nosotros hoy tenemos a Dios-con-nosotros, si lo celebramos, a ella se lo debemos. Si queremos traerle a nuestra vida, hacerle existencia en nosotros, a ella debemos acudir e imitar. De ahí que la Liturgia de este último Domingo de Adviento nos hable de ella, de quien nos hizo la Navidad. Y… ¿cómo la «hizo»?
Sencillamente, siendo POBRE. Pobre, es decir, necesitada de Dios. Pobre, creyendo y aceptando. «He aquí la esclava del Señor». Y se hizo en ella la Navidad; se hizo en ella según la palabra del Ángel.
Porque la Navidad no es una fiesta que le preparamos a Dios en el mundo. No. Al revés, es una fiesta que nos prepara Dios a los hombres. Cuando El nace, todas nuestras empresas comienzan a prosperar, a tener sentido. Impone la paz, para que vivamos sin sobresaltos. Nos redime del pecado, para reconciliarnos con Dios. Él es nuestra Navidad. Y la Virgen la hizo.
Es El el que reúne al pueblo, quién trae la misericordia y la justicia. Su misterio eterno, es ahora revolado. Ya lo conocemos y por ese misterio, por vivirlo en nuestra vida mortal, llegaremos a la eterna. Y todo se hizo por la POBREZA de María, en medio da una grandiosa sencillez.

— II —

Nosotros hoy como siempre esperamos más do la riqueza que do los pobres. Por eso nos resulta sorprendente que Dios haga las cosas al revés. Estamos tan acostumbrados a esperarlo todo de los poderosos, que hasta decimos como Natanael: «Puede salir algo bueno de Nazaret».
Y, sin embargo, aún mirando la historia de «tejas abajo», nada hay tan claro como el hecho de que los poderosos no resuelven nada, no salvan al mundo. Nunca nos han dado la paz, mucho menos la felicidad. Sólo nos entretienen con un cierto desarrollo. A lo sumo favorecen una cierta tranquilidad corporal. Y eso… a costa del sacrificio de la inmensa mayoría de la humanidad.
Si mirarnos, en cambio, la Historia de «tejas arriba», la cosa se clarifica del todo. La salvación y la Paz son de Dios. No depende de nuestras «guerras», ni de nuestras «economías». Mucho menos de las estrategias terrestres.
Depende totalmente de Dios. Nosotros sólo podemos como la virgen, preparar la Navidad. Prepararla con nuestra Pobreza. Con esa pobreza de sabernos necesitados, esclavos. Necesitados de salvación, esclavos del pecado. (No la pobreza tonta que se cruza de brazos: sino la del que trabaja aún sabiendo que somos «siervos inútiles»).

— III —

Todas nuestras dificultades se resuelven en una condicional: nuestra debilidad y pobrezas radicales. Por mucho que el hombre pueda es más lo que no puede. Por mucho que el hombre sepa es más lo que ignora. Más lo que queda por hacer que lo que hemos hecho. Y ahí, en el reconocimiento de nuestra debilidad, ignorancia y pobreza está la fuerza, la verdadera fuerza del hombre.
Dios está ya muy cerca. No pretendamos nosotros tomar la iniciativa. Seamos como la Virgen, que en su pobreza, en su «esclavitud» fue la más rica, la Inmaculada, la Madre de Dios.
Y nos dio a Cristo. Al Rey del Universo. Al Dios escondido. Al único que puede salvarnos. Del único que podemos esperar «todo».
Hagamos la Navidad, pero con María. Como María. Porque es la única manera de hacer la Navidad. Que con ella… se hizo la Navidad.

P. José Cabrera Vélez
El Eco de Canarias, diciembre de 1978.

Los doce actos heroicos de humildad de la Santísima Virgen

Los doce actos heroicos de humildad de la Santísima Virgen

Por Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Fuente: Adelante la Fe (enlace del contenido original y en su totalidad abajo)

Queridos hermanos, la proximidad del bendito día de la festividad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, es provechoso para el alma meditar estas hermosísimas consideraciones sobre los actos de humildad, verdaderamente heroicos, de Nuestra Madre. Estos doce actos de humildad los trae el venerable padre jesuita Luis de la Puente (1554-1624) en su libro de Meditaciones (meditación 37, parte V), con el nombre de: De la heroica humildad de la Virgen Nuestra Señora por la cual fue elevada sobre todos los coros de los ángeles.

Dice al autor que de la misma forma que Nuestro Señor Jesucristo fue el que descendió para subir luego al Cielos y llenar todas las cosas (Ef. 4, 9-10), así mismo se puede aplicar a la Santísima Virgen; Ella subió sobre todas la criaturasporque se humilló más que todas ellas, y la corona gloriosísima de doce estrellas que tiene en el Cielo se la dio Dios por doce actos heroicos de humildad que ejerció en la tierra. Como hay actos de humildad para con Dios y humildad para con los hombres, en ambas la Virgen fue excelente. Los doce actos de humildad los reduce el autor a tres grupos: Actos de humildad respecto de los dones que recibió del SeñorActos de humildad en cuanto a la sujeción a Dios Nuestro Señor, y a los hombres, por su amor; y, por último, Actos de humildad que mostró en las humillaciones y en las injurias que vienen por mano ajena.

Actos de humildad, 1º, 2º y 3º, respecto a los dones que recibió de Nuestro Señor.

  1. El primer acto es encubrir estos dones con gran silencio, sin descubrirlos por medio de palabras o señales externas, por ningún respeto humano ni por necesidad aparente de glorificar a Dios o para provecho del prójimo, excepto los casos en que expresamente Nuestro Señor quiere y ordena que se descubran. Este acto lo realizó la Virgen ocultando la revelación del ángel y en el misterio de su embarazo, sin descubrir ni siquiera a San José, a quien amaba tiernamente (Mt.1, 19).
  2. El segundo acto es aborrecer sus alabanzas y oírlas de mala gana, con desazón y aflicción. Este acto lo ejerció la Virgen cuando el ángel la saludó con palabras de tan grande alabanza al llamarla “llena de gracia” y “bendita entre las mujeres” (Lc. 1, 28); porque como humilde, se turbó y ruborizó, pareciéndole de tal grandeza que no cabían en su pequeñez, por la baja estima que de sí tenía.
  3. El tercer acto de humildad es cuando Dios quiere que sus dones sean conocidos, o Él los descubre por algún camino, y entonces, darle luego la gloria de todo y alabarle y bendecirle. Esto hizo la Virgen cuando vio que Nuestro Señor había revelado a Santa Isabel el misterio secreto de que era Madre de Dios, y cuando oyó las grandezas que de Ella decía, porque al instante dio la gloria de todo sólo a Dios, diciendo (Lc. 1, 46 y ss.): Se alegra mi alma en Dios mi Salvador, porque se dignó mirar la pequeñez de su sierva; por eso me llamarán bienaventurada todas las generaciones.

Actos de humildad, 4º, 5º, 6º, 7º y 8º, en cuanto a la sujeción a Dios, y a los hombres por su amor.

  1. El cuarto acto de humildad es escoger el último lugar aunque Dios le dio el primero. Así lo hizo la Virgen, cuando vio que Dios la quería poner en el lugar más alto de su casa, después de su Hijo, haciéndola Madre suya, tomando el último lugar y llamándose a sí misma: esclava del Señor (Lc. 1, 38).
  2. El quinto acto de humildad es sujetarse y obedecer todas las leyes y obligaciones de Dios y de sus ministros, sin querer admitir privilegios ni excepciones, aunque tenga razón para ello; a imitación de Cristo Nuestro Señor, que se humilló a la ley de la circuncisión (Lc. 2, 21) y se hizo obediente hasta la muerte en la cruz (Flp. 2, 8). La Virgen cumplió puntualmente guardando la ley de la purificación, aunque no la obligaba y aunque era con algún detrimento de su honor, por ser ley dada a mujeres no limpias, que habían concebido por obra de varón (Lv. 12, 2), conformándose en esto a las demás mujeres que habían dado a luz, como si fuera una de ellas.
  3. El sexto acto de humildad es sujetarse y humillarse, no solamente a los mayores y a los iguales, sino también a los menores, dando a todos el primer lugar, y tratándolos a todos con cortesía y amabilidad. Así lo hizo la Virgen cuando fue a visitar a su prima Santa Isabel, y la saludó primero (Lc. 1, 40); la mayor en dignidad se humilló ante la menor y se ocupó en servirla.
  4. El séptimo acto de humildad es servir a otros en trabajos bajos y humildes, y hacerlo con gusto, como quien nació, no para ser servido, sino para servir, al modo que dijo el Señor (Mt, 20, 28; Mc. 10, 45): No vine para que otros me sirvieran, sino para servir. Lo que cumplió, Nuestro Señor, exactamente en su oficio de carpintero. Esto mismo ejercitó la Virgen, porque como humilde mujer de un carpintero, se ocupaba en todos los oficios humildes de su casa, y ayudaba a ganar su comida con el trabajo de sus manos, atendiendo siempre a servir a los demás en casa.
  5. El octavo acto de humildad va parejo con el anterior, que es rehusar cuanto es de su parte oficios y cargos honrosos, y ministerios que son muy estimados por los hombres, o por no juzgarse digno de ellos, o por huir de la honra que llevan consigo, o por no dejar su estado de humildad. Esto lo guardó la Virgen, la cual, como dice Santo Tomás de Aquino, no hizo en su vida milagro alguno, ni quiso predicar en público, y si enseñaba a  los Apóstoles y a otros fieles los misterios de la fe, era en secreto, dejando esa honra a los Apóstoles y discípulos.

Acto de humildad, 9º, 10º, 11º, 12º, que mostró en las humillaciones y en las injurias que vienen por mano ajena.

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Festividad de San Martín de Porres: Fray Martín, el santo de la santa sencillez

Si no nos hacemos sencillos y puros de intenciones, como los niños, no entraremos en el Reino de Dios.

Fray Martín era un hombre abierto, cercano y auténtico. La sencillez de su carácter era fruto de un resultado natural y a su profundo deseo, con convicción, de ser sólo un hombre bueno. Pero detrás de esta modestia del santo mulato se encontraba un trabajo duro, de sacrificio y de un amor sin artificios: sintió con el prójimo doliente, viviendo en la voluntad de Dios y participando de su inagotable Misericordia. Para las almas puras, como la de Martín, que han llegado a la luz de la fe y de la verdad, todo es sencillo y natural. La fe, pues, radica en la respuesta verdadera dada a la Palabra de Dios; no tanto en su erudición. Una respuesta que iba acompañada —como algo innato— de humildad generosa y de una presencia que atrapaba confiadamente en el espacio vital. Así, en ese espacio creaba nuestro querido santo su “propio” lugar de amor del que hacía partícipe a los demás. Gozaba, por tanto, de un alma fervorosa que transmitía paz y alegría allá donde estuviera, y a su vez, encontraba su razón de ser procurando el bien al prójimo.

Es bien cierto que los buenos hijos de Dios no sólo nos ayudan a mejorar sino que además nos cambian la vida. Precisamente en este mundo que compartimos, donde vivimos y convivimos, junto a nuestras familias y en comunidad, es nuestra forma de ser la que puede obrar el cambio en el comportamiento de aquellas personas que nos rodean, y especialmente frente a actitudes poco gratificantes. La expresión humana de la sencillez siempre cala en los buenos corazones, esos mismos donde sempiterna resuena la Palabra del Señor.

A su vez, solícito pero sin nimiedades, deseaba nuestro amigo Martín ser el último porque, libre de cargas mundanas y ambiciones personales, sabía que era el camino seguro para servir a Dios y a los hombres. Y a los ojos del Señor, es la sencillez y humildad de corazón los valores que más aprecia: ambas constituyen ese dulce triunfo sobre nuestros corazones, a menudo tan llenos de soberbia y sentir hipócrita que marcan de manera deleznable muchos actos de nuestras vidas.

“Con dos alas se levanta el hombre de las cosas terrenas, que son sencillez y pureza”, dijo Tomás Kempis; y no le faltaba razón, pues la sencillez glorifica y la pureza, además, santifica: como así vivió, de manera permanente en estas cualidades, Fray Martín.

J.J.

* * *

El mulato de Lima sigue su camino, con su sublime humildad, sin sorprenderse de nada de cuanto de extraordinario va ocurriendo a su paso. Todo es natural en él, todo lo lleva a cabo con tal sencillez, con tanta naturalidad, que diríase que éste es el camino obligado de su realización. En su casi ingenuidad infantil, en su innata inocencia, no puede pensar que el camino que sigue sea extraordinario. Nunca pensó que él fuera la causa y el agente de tantas maravillas y prodigios. Porque Fray Martín tuvo conocimiento sobrenatural de los acontecimientos y penetración de las cosas ocultas, poseyó el don de profecía y de la sutileza, siendo capaz de penetrar en lugares cerrados, sin abrir la puerta.

También por voluntad Divina poseyó otros dones asombrosos: el de la ligereza, que le permitía recorrer grandes distancias en un momento, y el de la invisibilidad, cosas ambas que fue capaz de comunicar a otras personas.

Y todo ello, no nos cansaremos de repetirlo, porque su humildad y su gran inocencia no le deja pensar que es capaz de tales prodigios. Tiene una visión infantil de las cosas. No se sorprende, como no se sorprenden los niños de las más extraordinarias maravillas, porque en su espíritu lo creen la cosa más natural del mundo.

Su humildad fue heroica, fundamento de todas las demás virtudes. Su caridad, inagotable, ya que alcanzó incluso a los irracionales. Su paciencia, imperturbable, basada en su gran humildad sin que las censuras e incomprensiones que tuvo que soportar, alterasen su sonrisa. Su obediencia, admirable, ya que murió obedeciendo. El conocimiento que tenía de su propia bajeza le protegía.

Este era Fray Martín de Porres, el mulato de Lima, que realizó los más portentosos milagros con tal naturalidad que diríase que era el camino simple y obligado de su sencilla existencia. Sus actos fueron sumamente sencillos, y la vida que llevó nunca se salió de lo ordinario. Lo extraordinario le llegaba de lo Alto, del supremo Hacedor.

Hábito dominicano,
aumenta tu penitencia,
es extrema tu obediencia,
sufres el insulto humano;
si te alaban, es en vano
que es opuesto a tu humildad.

Oración

Oh, San Martín de Porres, interponed vuestra poderosa intercesión ante el divino Señor y alcanzadnos a cuantos admiramos la sublimidad de vuestras virtudes, el favor de imitaros para que así logremos la dicha de disfrutar de las bendiciones de la gracia. Y en prenda de que son escuchados estos nuestros ruegos, otorgadnos el consuelo de ver remediadas las necesidades que con todo fervor y plena confianza encomendamos a vuestra intercesión. Así sea.

Con cariño, a Fray Martín, santo sencillo y bueno. Para que algún día aprendamos a ser como tú.

Enlace relacionado: Fray Martín, el “enfermero” de almas