El Buen Pastor (Domingo del Buen Pastor, IV Domingo de Pascua)

EL BUEN PASTOR

Si nuestra vida fuese inocente y pura y si sufriéramos con resignación lo mismo los contratiempos que las injurias e hiciéramos que las dentelladas del maligno se embolaran en el blando y suave vellón de la verdadera mansedumbre; probaríamos al mundo que realmente pertenecemos al rebaño de Jesucristo y mereceríamos más con la victoria sobre nosotros mismos que los esforzados guerreros en la conquista de fortísimas ciudades, según expresión de la Sagrada Escritura.

Nuestro Divino Salvador y Buen Pastor nos enseña a que mientras tengamos tiempo, procuremos imprimir en nuestras almas ideas buenas, tomadas ya de un libro piadoso, ya de un elocuente sermón, ya de los labios de prudente director, ya de las enseñanzas de sabio preceptor, ya de los ejemplos que vemos; ideas y pensamientos que luego meditaremos y combinaremos y haremos nuestros en el descanso, en la soledad, en el sosiego de nuestro oratorio y de los templos para reducirlos a la práctica cuando llegue la ocasión y el feliz momento en que llamados por Dios, seamos reconocidos cual imágenes y copias más o menos aproximadas de su Divino Hijo Jesucristo.

el-buen-pastor-iY hemos de tener muy presente que así como el pastor conoce sus ovejas, sabe cuántas tiene; cuales son las fuertes y cuales son las débiles; Jesucristo nos conoce muy bien, porque como Dios es sapientísimo y no se le ocultan ni nuestras necesidades, ni nuestras miserias, ni nuestras virtudes, ni aun los más recónditos pensamientos, viendo además todo lo que nos hace falta para el cuerpo y para el alma, para la vida presente y para la vida futura.

¿Y qué hemos de hacer nosotros para conocerá nuestro Divino Pastor? Acercarnos a Él y seguir sus máximas y oír su voz, indicada por sus representantes en la tierra, y hacerlo posible por no salir de los caminos que nos traza, para no ser presa del infernal enemigo que no duerme y acecha el funesto instante en que nos separemos del rebaño para devorarnos.

Y si alguna vez nos extraviamos como acontece con las ovejas entretenidas con el grato placer de abundante pasto, ¿qué hemos de hacer entonces? ¡Ah!, entonces debemos acudir presurosos al llamamiento amoroso de nuestro Buen Pastor que nos recuerda el cumplimiento de nuestros sagrados deberes por medio de persuasivas exhortaciones de los Párrocos, al explicarnos el Santo Evangelio y el de los incesantes gritos de alarma de los Prelados, centinelas avanzados de la casa del Señor. Y si el pastor ama las ovejas y procura su bienestar, y las ovejas siguen al pastor y le regalan con su sabrosa leche amándonos como tanto nos ama Jesucristo y habiendo muerto afrentosamente en una cruz por nuestro bien; nosotros estamos obligados a tomar la cruz, obedecerle, amarle y entregarnos por completo a su santísimo servicio.

Francisco Jiménez Marco. La Coruña, 1897.

Oración del Buen Pastor

Mi Señor, mi Buen Pastor, Hijo del Padre, fuente de luz, tormenta de fe, que vienes a sacudir nuestra dormida esperanza, que nos envías a Tu Madre para enamorar nuestros fríos corazones, que luchas con amor para conquistar los espíritus inquietos por las angustias del mundo.

Óyenos Señor, escucha a tus hermanos aquí, juntos queremos seguirte, donde Tú quieras que nuestros pasos se dirijan.

Nuestros corazones quieren pertenecerte, por siempre.

Nuestras almas sedientas de Tu luz solo quieren verte sonreír junto a Tu Madre.

Envíanos Tus Angeles y Tus Santos, consuélanos con su presencia celestial.

Danos el consuelo infinito de saber que Tu Misericordia ve con ojos agradables nuestro arrepentimiento por tanto error cometido.

No permitas que bajemos nuestras defensas contra el maligno y sus tentaciones.

Haznos fuertes, Señor, haznos fuertes en la entrega a Vos, nuestro Dios.

Haznos pequeños y dóciles para que dejemos actuar a Tu Santo Espíritu en nosotros, para que Tú te hagas cargo de nuestra vida.

Haznos confiados corderos de Tu rebaño, Señor, danos el abrazo de Tu Voluntad, Señor. Que seas Tu quien nos guíe, que sea tu Madre quien nos proteja.

No te alejes de nosotros, Señor, perdona nuestros errores y pecados, y nuestra falta de fe.

Amén.

* * *

La parábola del Buen Pastor

Al más ilustre de los peruanos (a San Martín de Porres)

Hoy se cumplen 55 años de la canonización de Fray Martín de Porres. Les invitamos a leer un interesante artículo tomado de la Revista Cultural Católica Tesoros de la Fe (más abajo le ofrecemos el enlace original), con motivo del que fue el cincuentenario aniversario de la subida a los altares de nuestro querido santo:

Al más ilustre de los peruanos

El próximo 6 de mayo se conmemora el cincuentenario de la canonización de este santo peruano del siglo XVII, conocido en el mundo entero por su caridad eximia y sus extraordinarios milagros, que rayan en lo mítico

Pablo Luis Fandiño

Hace exactamente 50 años, en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, el Papa Juan XXIII inscribía solemnemente en el catálogo de los santos al limeño Martín de Porres Velásquez (1579-1639), convirtiéndose en el primer mulato en ser canonizado por la Iglesia.

Fray Martín gozaba ya en vida de fama de santidad. Prueba de ello fue su multitudinario entierro. La ciudad entera se volcó para verlo por última vez “exhalando de sí una fragancia tan grande que embelesaba a los que se acercaban, y le hacían pedazos la ropa que tenía, de manera que fue menester vestirlo muchas veces y pedir guarda especial para el cuerpo. Y se resolvió enterrarlo luego aquella tarde por evitar inconvenientes”.1 Su cuerpo fue llevado procesionalmente hasta su sepultura en hombros de Feliciano de la Vega (arzobispo de México), Pedro de Ortega Sotomayor (deán de la catedral de Lima y después obispo del Cusco), Juan de Peñafiel (oidor de la Real Audiencia) y Juan de Figueroa Sotomayor (regidor del cabildo y más tarde alcalde limeño), entre otras notabilidades presentes a la hora del entierro. En la víspera, su amigo, el virrey conde de Chinchón se hizo presente ante su lecho y “arrodillado le besó la mano y le rogó que intercediera ante Dios por él”.2

Con el trascurso del tiempo su fama de taumaturgo y hombre de Dios no ha hecho más que crecer, desbordando las fronteras de su Lima natal, del Perú y de América, hasta llegar a los rincones más apartados del orbe.

Los milagros aprobados por la Iglesia para su canonización ocurrieron en Asunción (Paraguay) y en Santa Cruz de Tenerife (Islas Canarias); aunque ya se habían presentado casos operados en Cajamarca (Perú), Detroit (EE.UU.) y Transvaal (Sudáfrica)­ que fueron desestimados.­

Lectura amena e interesantísima

Su vida y sus milagros han llegado hasta nosotros a través de la tradición oral y de los testimonios manuscritos. El ejemplo de San Martín de Porres ha servido de inspiración a decenas de autores peruanos y extranjeros, de las más variadas especialidades: historiadores, médicos, religiosos, políticos y literatos. Ellos han escrito más de un centenar de volúmenes, cuyas ediciones y reediciones son incalculables. Se han publicado libros en español, latín, inglés, portugués, francés e italiano; al igual que en alemán, polaco, vietnamita y chino. Sin embargo, nada existe de más auténtico cuanto el propio Proceso de Beatificación. En él se recogen las declaraciones recabadas en Lima en 1660, 1664 y 1671 a más de setenta personas durante el desarrollo del Proceso Diocesano. La mayor parte de ellas conocieron y trataron íntimamente a fray Martín de Porres y fueron testigos directos y presenciales de los hechos que narran.

Aunque la lectura de los procesos de beatificación puede resultar un tanto tediosos hasta para los eruditos, debido a la invariable repetición de preguntas que se formulan a los declarantes y a sus monótonas respuestas, tan semejantes entre sí, en este caso sucede todo lo contrario. Como lo declara el padre Fray Tomás S. Perancho en la introducción del Proceso de Beatificación de fray Martín de Porres publicado por el Secretariado de Palencia en 1960: “La lectura del Proceso resulta amena e interesantísima: lo primero por la multitud de detalles curiosos que aportan los numerosos testigos que declaran, y lo segundo, por el realismo con que destacan las virtudes del sujeto que va camino de los altares”.3

A medida que se le conoce, crece y se eleva su figura

Al penetrar en el estudio y el conocimiento de la vida de San Martín de Porres sucede también algo paradigmático: cuanto más profundizamos en la materia, más crece y se eleva a los ojos del lector nuestro personaje. La tradición oral, transmitida de padres a hijos y cuya fuente natural era el propio convento de Nuestra Señora del Rosario de Lima —donde nuestro santo pasó la mayor parte de su existencia terrena— , lejos de ser desmentida es corroborada y engrandecida por los patentes testimonios del Proceso Diocesano. En él cabe destacar tanto la multitud de los declarantes, cuanto su idoneidad (superiores de conventos, predicadores generales, maestros en sagrada teología, obispos, etc.), quienes además aseveran haber visto y oído por sí mismos lo que testifican. Cuando hablan hombres de tan elevada talla moral, reafirmándose unos a otros en sus testimonios, aseverando que lo han visto y palpado, y por añadidura juran por Dios que dicen la verdad, resulta pues inevitable dar por auténticos los hechos.

Pero además de contar con una sólida base documental, para mejor comprender a nuestro santo, es imprescindible conocer adecuadamente la época en que vivió. Como bien puntualiza el historiador: “Querer juzgar ese ambiente y ese pensamiento con criterio actualizante o vanguardista es error irreversible, reñido en esencia con la investigación histórica”.4

Una dulce primavera de la fe en el suelo americano

Apagados los fragores de la conquista del imperio inca, cesadas las luchas fratricidas, disipadas las ambiciones personales, fue instaurándose gradualmente la paz en nuestra tierra. No cualquier paz, sino “la paz de Cristo en el reino de Cristo”. Y a partir de ese momento se pudo emprender la magna labor evangelizadora y civilizadora del cristianismo. Germinó entonces, naturalmente, una dulce primavera de la fe en el suelo americano. Basta pensar que en una pequeña metrópoli como era la Ciudad de los Reyes a fines del siglo XVI y comienzos del XVII, coincidieron cinco grandes santos: Santa Rosa de Lima, Santo Toribio de Mogrovejo, San Francisco Solano, San Juan Masías y San Martín de Porres, junto con más de un centenar de siervos de Dios e infinidad de personas que llevaron una vida ejemplar y devota.

Al enfocar la vida de nuestro héroe, muchos han caído en la tentación de resaltar lo episódico, lo pintoresco, lo gracioso, lo trivial, con lo cual se puede llegar a dibujar una figura minimalista.

Llama la atención, por ejemplo, el sinnúmero de ocupaciones y oficios que asumió fray Martín en el convento mayor de los dominicos en Lima. Portero, campanero, barrendero, limosnero, barbero, herbolario, enfermero, cirujano menor y encargado de la ropería. Atendiendo con la mayor diligencia a una comunidad que sobrepasaba los doscientos frailes, además de novicios, hermanos legos, donados, personas de servicio y hasta esclavos que eran propiedad del convento. Además de una infinidad de pobres, indios, esclavos y menesterosos que acudían a pedir socorro a sus puertas. ¿De dónde sacaba Martín las fuerzas para cumplir con tantas obligaciones? – De la oración, a la que dedicaba la mayor parte del día y de la noche, pues es opinión general que dormía muy poco.

Fray Juan de Arguinao, arzobispo de Santafé de la Nueva Granada, Bogotá (1661-1678) —que conoció a fray Martín desde su ingreso al convento de Nuestra Señora del Rosario hasta la muerte del santo— declaró en el Proceso Diocesano: “que en lo adverso y próspero de esta vida mortal siempre vio al venerable hermano fray Martín de Porras con un mismo semblante, sin que lo próspero le levantase, ni lo adverso le deprimiese o contristase, de lo cual se seguía que en las adversidades, acaecimientos y enfermedades, siempre se mostraba pacientísimo, conformándose con la voluntad de Dios, que era su norte y guía”.5

Consejero de grandes y pequeños

Entre sus amigos íntimos no faltaron los potentados de la época: el virrey, el arzobispo, el alcalde y el rector de la Universidad de San Marcos. Muy característicos fueron, por ejemplo, los encuentros mensuales que por espacio de diez años fray Martín sostuvo en palacio con don Luis Jerónimo de Cabrera y Bobadilla —Conde de Chinchón y Virrey del Perú (1629-1639). Tales reuniones no eran para confesar a su ilustrísima, sino para aconsejarle en los más graves asuntos de estado con su extraordinario y fino sentido común. Así como cuando los indios lo confundían con un sacerdote, y él solía decirles “Hijos, yo no soy de misa”, tanto el virrey como fray Martín conocían perfectamente cuál era su condición.

Durante el Consistorio sobre la canonización del beato Martín de Porres, que tuvo lugar el 12 de abril de 1962, el Papa Juan XXIII se expresó del siguiente modo a los cardenales presentes: “Habéis podido admirar la acendrada piedad del beato Martín al Divino Redentor del género humano, tanto oculto en la Eucaristía como elevado en la cruz, y a la Virgen María reina celestial. También habéis podido admirar su sencillez de espíritu en la continua disposición a obedecer y servir a todos, considerándose siempre el más inferior”.6

San Martín de Porres llevó la práctica de la virtud de la humildad al más alto grado y quizás sea por eso que Dios lo haya recompensado con tantos dones. Hoy, al cumplirse el cincuentenario de su canonización, la Nación está en el deber de reconocerlo como el más ilustre de los peruanos.7

Nuestra actitud ante el cincuentenario

¿Y cómo podemos nosotros, simples fieles católicos, asociarnos convenientemente a este cincuentenario? ¿De qué manera podríamos al mismo tiempo contribuir a su brillo y beneficiarnos de sus gracias?

El ilustre apóstol seglar del siglo XX, Plinio Corrêa de Oliveira, nos da la clave para una respuesta: él solía decir que la mejor forma de agradecer a Dios por las gracias recibidas es pedirle más gracias. Es un reconocimiento de su infinita bondad y poder, y una expresión de nuestra amorosa dependencia de Él. Lo mismo vale, proporcionadamente, con relación a la Santísima Virgen, Medianera de todas las gracias, y a los santos que Dios colocó como intercesores ante su divina clemencia.

Por otro lado, como recuerda San Luis María Grignion de Montfort, así como la gracia perfecciona la naturaleza, la gloria perfecciona la gracia. Es decir, San Martín de Porres es ahora, en el cielo, incomparablemente más solícito con quienes ­acuden a él de lo que fuera mientras vivió. Y si en su existencia te­rrenal no hubo quien dejase de ser atendido, ¿cuánto más no estará dispuesto a ayudarnos, ahora que goza de la gloria ­eterna?

Entonces, en este cincuentenario honremos debidamente a nuestro querido fray Martín, de dos maneras: primero, dando público testimonio de nuestra gratitud hacia él, participando en homenajes que se le tributen como triduos, procesiones, novenas, etc.; y, al mismo tiempo, aprovechando esas ocasiones para pedirle todo aquello que necesitemos, siempre ordenado a la gloria de Dios y a nuestra salvación. ¡Con certeza no seremos defraudados!

Notas.-

1. Proceso de Beatificación de fray Martín de Porres, Secretariado «Martín de Porres», Palencia, 1960, p. 92.

2. Rafael Sánchez-Concha Barrios, Santos y Santidad en el Perú Virreinal, Vida y Espiritualidad, Lima, 2003, p. 122.

3. Proceso, p. 5.

4. José Antonio del Busto Duthurburu, San Martín de Porras (Martín de Porras Velásquez), Fondo Editorial PUCP, Lima, 1992, p. 12.

5. Proceso, p. 259.

6. Cf. http://www.vatican.va/holy_father/john_xxiii/speeches/1962/documents/hf_j-xxiii_spe_ 19620412_de-porres_sp.html

7. Al emplear esta expresión nos referimos “al más ilustre varón peruano” y no pretendemos en absoluto desmerecer la figura de Santa Rosa de Lima, la más ilustre mujer peruana.

Texto original en: Tesoros de la fe (Revista Cultural Católica)

El sentido de la Cruz

El sentido de la Cruz

Al dolor, a la experiencia de la enfermedad debe la humanidad grandes cosas; paciencia y fortaleza de espíritu, don de consejo y discreción, comprensión y delicadeza con los demás. En el dolor se forjaron muchas de las grandes obras que hoy son orgullo del patrimonio humano. Sin él —sin la sordera y el abandono de los amigos— no habría recorrido Beethoven el camino que le llevó a las cumbres de la novena sinfonía.

Pero aún valoradas todas las aportaciones del sufrimiento al tesoro de la humanidad, éste no tiene sentido sin la trascendencia, sino está en función de otros valores a los que se subordina y dirige. “Se puede olvidar a Dios en los días felices, pero cuando el infortunio llega, siempre es preciso volver a Dios”, escribió Alejandro Dumas… Pero creemos en un Dios providente “que abarca de un cabo a otro todas las cosas y las ordena con suavidad” (Sab. VIII, 1). Su providencia lo abarca todo. Nuestros mismos cabellos, uno a uno, están contados por la mirada providente de Dios (Mt. X, 30).

“El problema del mal, es indudablemente, el más complejo y de más difícil solución que la filosofía puede plantearse” (Zaragüeta en su discurso inaugural de la «segunda semana española de Filosfía»). Difícil, complejo e inabordable, “porque, ¿quién de los hombres podrá saber los consejos de Dios? ¿O quién podrá averiguar qué es lo que Dios quiere?” (Sab. IC, 13). No nos jactamos de resolver satisfactoriamente el problema, pero creemos iluminarlo suficientemente a la luz de la razón y de la fe. No pretendemos abarcar las zonas del misterio, pero encontramos sentido al dolor a la luz de la eternidad y de la redención.

El hombre no es un ser absurdo, abandonado, “lanzado a la muerte”. Tiene una destinación, una finalidad eterna preparada por la mano amorosa de Dios. Así lo ven los ojos de aquel que encuentra un sentido y una trascendencia a su morada terrena.

Gandhi, poco después de su frustrado intento de asesinato en Sudáfrica hizo honor a su apelación de Mahatma (Grande alma). “La muerte es el término de toda vida. Morir por la mano de un hermano… no es para mi motivo de angustia. Aún en este caso estaré libre de todo pensamiento de ira u odio contra mi atacante: pues será para mi bien eterno”.

“Non habemus hic manentem civitatem”, escribía San Pablo. El término que da sentido a este valle de lágrimas es la ciudad eterna de la gloria. Pero para el cristiano tiene el dolor un sentido más íntimo y hondo, más dulce y atractivo que para el creyente en general. Para el cristiano el dolor es la cruz, la imitación de su modelo Cristo, además del camino para llegar a la vida.

El coger la cruz es seguir al amable Jesús. “Quien quisiere venir en pos de mí, niegúese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. La cruz de Cristo, abrazada alegremente como San Andrés, se transforma en la mayor de las felicidades.

No es la felicidad del “nirvana” búdico. No es tampoco esa felicidad estoica —si se merece este nombre— que consiste en la aniquilación, en la muerte de todo deseo. Es el abrazar en la cruz a Cristo Crucificado, doliente y palpitante de amor: es la “locura de la cruz” de que hablan los santos.

El cristianismo es lucha, es agonía en el sentido inamuniano y etimológico de la palabra. Es combate e imitación de esos Cristos españoles angustiados, dolorosos, obra del Renacimiento español, que ha visto don Miguel en las iglesias de Salamanca y Valladolid.

“No penséis que vine a traer la paz sino la guerra” (Mit. X, 34). “Mi reino no es de este mundo” (Io. XVIIl, 36). “Quien quisiere salvar su vida la perderá…”. Cristo desclava uno de sus brazos y abraza al que coge de gana la cruz. “Estoy rebosante de alegría en mis tribulaciones”, escribía San Pablo. Y Santa Teresa: “O padecer o morir”.

Esta es la “locura de la cruz” en los santos. Ha transformado en felicidad lo que es terror y pánico para el incrédulo y el ateo. Ha mirado fijamente a los ojos de la medusa y en lugar de morir, la ha matado.

En “Job, el Predestinado”, Enrique Bauman dice: “El sufrimiento es como la Medusa. Si la mirase en los ojos me convertiría en Piedra. —Porque tienes miedo; si tú la miraras hasta el fondo de sus pupilas, verías reflejado un rostro divino”.

I. Aguirre Gandarias, S.J. (Bilbao, 1959).

El Hermano Pedro y los animales

Hermano Pedro

El Hermano Pedro y los animales

Ya en su niñez hemos relatado como las cabritas del rebaño del Siervo de Dios, le obedecían, permaneciendo alrededor de su lanza cuando este iba a misa, no descarriándose ninguna. También hemos dicho que cuando se encontraba en lugar distante de la iglesia de Vilaflor, de la ermita del Chijadero o de la iglesia de Granadilla decía “están celebrando misa y desde aquí rezaremos todos”, al decir esto Hermano Pedro sus cabritas permanecían agrupadas, sin moverse hasta que finalizaba la misa.

En Guatemala cuando ya había fundado su casa de Bethlen, un día alojó un huésped en su despensa y a media noche se acercó el Venerable Hermano al lugar creyendo estar el huésped dormido, pero en realidad estaba observándole, cogió Hermano Pedro un pan bien grande y lo desmigajó en sus faldas, luego salieron gran cantidad de ratones que comieron cuanto quisieron, después de lo cual el Siervo de Dios les dijo: “no me toquéis cosa alguna de las que aquí hay” y dando una palmada desaparecieron todos los ratones. Pasado algún tiempo, como los ratones hacían daño en la despensa, se quitó el sombrero y les ordenó que entraran en él, a continuación pasando el Río Pensativo, tomó una vara y les dijo “esta es la justicia” que manda hacer el Rey del Cielo contra estos hermanos, quedan desterrados de la casa para que no hagan daño a los víveres y alimentos de los enfermos”; desde este momento no se volvieron a ver en su hospital, en temporada.

En otra ocasión cuando estaba Hermano Pedro haciendo su hospital, le donaron un mulo, fiero, cerril y sin domar. El donante le hizo la advertencia consiguiente al Siervo de Dios, pero este aceptando la donación tomó una soga, se acercó al mulo (al que se le notaba su fiereza en lo encrespado del pelo y la inquietud de los ojos), lo ató y se lo llevó al hospital, por el camino le dijo “sabed hermano que venís a servir a los pobres”. El Siervo de Dios puso el mulo a tirar de un carro para transportar materiales a la obra del hospital, el animal era la admiración de los que le conocieron con anterioridad, pues sin haberle domado nadie, daba muestras de gran mansedumbre. En cierta ocasión estando el mulo atado al carro llovía a torrentes, como sucede en los países tropicales como Guatemala, Hermano Pedro le dice: “hermano mulo, ¡no ve que se moja!, ¿por qué no se mete bajo techado?”, el animal obedeciendo avanzó y se metió debajo de una galería donde había varias personas trabajando, que se admiraron de lo ocurrido. La docilidad del mulo llegó a ser tal, que realizaba los viajes de acarreo de materiales con el carro, sin que nadie le acompañase, hacía diez viajes por la mañana, luego se paraba y esperaba a que le dieran de comer; por la tarde hacía otros diez viajes, descansando luego hasta el siguiente día. A este animal lo llamaban todos, el “mulo de Hermano Pedro”. A la muerte del Siervo de Dios, nos dice el escritor Mencos Franco, en su crónica de la Antigua Guatemala, que “tras la fúnebre comitiva, caminaba, solitario y lacrimoso, el hermano mulo, agobiado no sólo por el peso de los años, sino también por la muerte de su amo. A partir de aquél día se denominó al mulo el jubilado de Belén, pues fue relevado de su trabajo definitivamente”. A su muerte, la comunidad Betlemita le dio sepultura al pie de un naranjo del convento, en ésta aparecía el siguiente epitafio:

“Aunque parezca un vil cuento,
aquí donde ustedes ven,
yace un famoso jumento
que fue fraile del convento
de Belén.
Requescat in pace. Amén”

Un día tropezó en la calle el Siervo de Dios con un grupo de niños que maltrataban a un zopilote (ave americana), Hermano Pedro lo compró para curarlo y darle luego la libertad, pero esta ave, como rapaz que era, se metió en el gallinero haciendo de las suyas. El Venerable Hermano la llamó reconviniéndole y le dijo que se marchara lejos, lo cual hizo.

Hermano Pedro y los animalesEn otra ocasión, al perro de un amigo de Hermano Pedro, Diego de Avendaño, un vecino lo molió a palos y crueldades, dejándolo por muerto, como tal lo tiraron a un muladar. El dueño del perro que quería mucho a éste por lo vivaz y juguetón que era, al enterarse de lo sucedido, rugía de rabia. En este preciso momento llegó el Siervo de Dios y le dijo: “Le voy a traer su perrito vivo”, dícele el dueño, “no será vivo, dado que lleva tres días muerto en el muladar”: a lo que contesta Hermano Pedro, ¡tráigamelo! Al traérselo, lo envolvió en su capa y se lo llevó. Tres días después fue Diego de Avendaño al Hospital de Hermano Pedro, siendo recibido por su perro con saltos y jugueteos cariñosos, únicamente tenía algo magullada la cabeza. Por esta especial predilección por los animales, se le llama a Hermano Pedro, el San Francisco de Asís americano.

Raúl Fraga Granja, “Biografía de un tinerfeño ilustre: El Venerable Hermano Pedro”.

El Carisma Vicenciano

“Fui forastero y me recibiste…”

La Familia Vicenciana celebra, a lo largo de este año 2017, el 400 aniversario del nacimiento del Carisma Vicenciano. A modo de pequeño homenaje, reproducimos el siguiente artículo¹ escrito con motivo de la otrora conmemoración del cuarto centenario del nacimiento² de San Vicente de Paúl (1581–1981). Ambas efemérides se encuentran estrechamente relacionadas, en espíritu y dinámica, incluyendo un mensaje social plenamente vigente:

IV Centenario de San Vicente de Paúl

Sin ruidos, sin aparatosidad ni espectacularidad, se nos ha metido por los pobres para adentro el IV Centenario del nacimiento de San Vicente de Paúl. Calladamente, sigilosamente, como una vida, como un servicio de amor sencillo y humilde. —Dicen que el bien no hace ruido, ni el ruido hace bien—. Por eso, quizá no lo entiendan más que los humildes y sencillos, los de corazón pobre; aunque no sepan definirlo: pero, ¿cómo definir el amor, una amistad, la fe?

Celebra el IV Centenario da San Vicente de Paúl toda la ingente familia vicenciana: su familia de misioneros paúles, Hijas de la Caridad, Voluntarias de la Caridad, las Conferencias de San Vicente de Paúl, todas las obras de inspiración vicenciana: su familia de todos los amigos de los pobres: y sobre todo, su familia que son todos los pobres, los hambrientos de pan y de verdad, los necesitados da cuidados corporales y espirituales, de salud y de amor. Los pobres de viejas y modernas pobrezas, a los que llega la acción vicenciana y a los que no llega todavía la acción vicenciana, porque aún siguen siendo insuficientes los obreros para tanta mies.

Por eso el IV Centenario de San Vicente de Paúl, no es una meta final, sino una llamada a zambullirse en ese impulso evangélico y a dejarse empapar en esa oleada de caridad suya, que se ha extendido por todo el mundo y llegar hasta las arenas de nuestra existencia concreta. No queremos celebrarlo como un homenaje, ni como un recontar avaramente una herencia familiar, sino como una experiencia de fe, tremendamente actual: como una participación en la experiencia de Dios y de los pobres que tuvo Vicenta da Paúl. Juan Pablo II, en carta al Superior General de la Congregación de Misión y da las Hijas de la Caridad, con motivo de este Centenario, lo recuerda: «La vocación de este iniciador genial de la acción caritativa y social ilumina todavía hoy el camino de sus hijos e hijas, de los laicos que viven de su espíritu, de los jóvenes que buscan el secreto de una existencia útil y radicalmente empleada en el don de si mismo. El itinerario espiritual de Vicente de Paúl es fascinante».

Quizá muchos se pregunten si todavía quedan pobres en nuestras ciudades de consumo y en nuestros campos semiabandonados. Quizá muchos seamos pobres-ricos, que no vemos las nuevas miserias que pululan debajo de nuestra mesa, como el Epulón no vela a Lázaro. Es cuestión de leer el Evangelio y el mundo como Vicente de Paúl, para percibir el latido de la pobreza, de las múltiples pobrezas de nuestro tiempo, porque al pobre no se le conoce más que en la cercanía, en el compartir el pan y el corazón con él. También a Vicente de Paúl le reprocharon que parecía que se inventaba a los pobres, cuando acercaba a los pobres a la conciencia de los poderosos.

UN SANTO MODERNO

Cuatro siglos son muchos años de pervivencia de una actualidad. Juan Pablo II sigue asegurando que «la mirada de contemplación a la epopeya vicenciana nos lleva a decir sin titubeos que San Vicente es un santo moderno». Y el mismo Santo Padre formula el reto: «¿Podemos imaginar siquiera lo que este heraldo de la misericordia y de la ternura de Dios sería capaz de emprender hoy, utilizando con acierto todos los medios modernos que tenemos a nuestra disposición? Su vida sería semejante a lo que fue: un Evangelio ampliamente abierto, con el mismo cortejo de pobres, de enfermos, de pecadores, de niños desgraciados, de hombres y mujeres que se pondrían ellos también a amar y servir a los pobres».

¡Un reto y una esperanza en medio de nuestro tiempo!: si acertamos a situarnos en su luz, descubriendo vitalmente el sacramento del pobre y a consentir en su fuerza de compromiso humano y cristiano.

Asusta su asombrosa actividad personal y su increíble capacidad de organización. Asusta, sobre todo, la fuerza expansiva de su espíritu a lo largo de estos cuatro siglos. Pero San Vicente tranquiliza: todo lo reduce al servicio humilde y sencillo, con la profunda intencionalidad e intensidad que da a estas actitudes. Todo lo demás lo harán los pobres, ellos mismos. Cabría pensar si los pobres lo llevaron a Dios, o Dios lo entregó a los pobres. Pero lo cierto es que Vicente de Paúl aceptó a los pobres como sus maestros y señores. Los pobres le cerraron todos los otros caminos, lo acosaron y lo empujaron, le hicieron amoldarse y crecer, superarse y renunciar, vivir en hondura y plenitud su propia existencia. San Vicente debe mucho más a los pobres, que los pobres a San Vicente. Y este es el reto que nos deja, —siempre es un riesgo encontrarse verdaderamente con los pobres—, pero es al mismo tiempo la esperanza que les queda a los pobres de que la ternura de Dios llegue hasta ellos.

UN HUMANISMO CRISTIANO

Los términos pueden estar gastados por el uso, pero entrañan una profunda realidad. A San Vicente se le ha estudiado mucho: su psicología, sus concepciones sociales, hasta su visión política. Incluso se ha estudiado su humanismo, separado de su cristianismo y su cristianismo, separado de su humanismo.

Pero si queremos descubrir los resortes íntimos, los dinamismos profundos de su acción caritativa y social, la fuerza superior que hoy nos puede comprometer auténticamente en el sacramento del pobre, tenemos que recurrir a sus inseparables coordenadas de vida y acción: primera, «hay que ver y servir a Dios en los pobres y a los pobres en Dios». El lugar de su contemplación y de su acción hacia el pobre es Dios y hacia Dios es el pobre. «No me basta amar a Dios, si mi prójimo no le ama», se repite en su trabajo incansable. Al hombre lo ve en sí mismo, pero a la luz y a la sombra de Dios: a Dios lo ve y le sirve en sí mismo, pero a la luz y a la sombra que el pobre proyecta en Dios… Y la segunda coordenada: el paso del amor afectivo al amor efectivo. No se fía de los buenos pensamientos y bellos sentimientos: le urge siempre la acción: «Amemos a Dios, pero que sea con el sudor de nuestra frente y el esfuerzo de nuestros brazos».

No parte, por tanto, de una ideología, de una teoría del hombre. No parte de una ciencia del hombre, sino de una «conciencia». Es fundamental la percepción y observación del hombre, del pobre, para comprender al qué, el por qué y el cómo del servicio. Y quizá lo primero en la antropología vicenciana es desteorizar al hombre: el pobre no es una idea, una teoría, sino un yo viviente en necesidad. El pobre no es una ausencia, ni siquiera la distancia despersonalizada de una masa, sino una presencia interpelante, desgarrada, con sus heridas en carne viva. El pobre no es una situación que puede interpretarse desde la visión pesimista del pasado o desde la utopía de un futuro optimista: es simplemente una actualidad que clama en un ahora y una realidad que espera inmediatamente. El pobre no es un abstracto, sino un concreto. No es una definición, sino una vida, con sus sentimientos, sus humillaciones, sus derechos y sus carencias, su dolor y su alegría…

Y cuando ese hombre se percibe integral en el misterio de Cristo, cuando se comprende internamente que está asumido por Cristo, —«tuve hambre y me disteis o no me disteis de comer, tuve sed, estaba desnudo, enfermo, en la cárcel…—, entonces comprendemos la vida y la acción de Vicente de Paúl, su mística y su entrega total al servicio del pobre.

EN EL AOUÍ Y AHORA

San Vicente, su carisma, entronca en raíces tan profundamente humanas del hombre, que en cualquier lugar, aquí, y en cualquier momento histórico, ahora, encuentra el camino de los pobres, de los nuevos pobres, y actúan. Y en medio de nuestra sociedad consumista, materializada, hedonista, está presente, descubriendo las nuevas víctimas de esa misma sociedad. Evidentemente, con una escala distinta de valores, Vicente de Paúl es hoy y ahora quien opta por servir a Cristo en el hermano, quien se solidariza con los más desfavorecidos, quien se entrega a la promoción integral de los abandonados. Con sus limitaciones, con su propia pobreza de recursos, humildemente: por eso se nos puede pasar desapercibido, porque el pobre casi nunca es noticia y tiene hasta la pobreza da no poder expresarse, de no podar gritar sus derechos.

Vicente de Paúl, su espíritu, es ya secular en nuestras islas. Las dos primeras oleadas del espíritu vicenciano llegaron, en 1829 con las Hijas de la Caridad del Viejo Hospital de San Martin, y en 1847 en la persona del obispo Codina, el gran misionero de nuestros pueblos. Desde entonces esa semilla no ha hecho más que constituirse en árbol y crecer y extender sus ramas de acción: orfelinatos, hospitales, colegios, parroquias, sanatorios psiquiátricos, leprosería regional… hasta la reciente expansión a todas las islas periféricas.

Tal vez, pocos entre nosotros puedan asegurar que no han sentido el calor de ese espíritu vicenciano, en algún momento de dolor o necesidad del cuerpo o del espíritu: directa o indirectamente, personalmente o en algún ser querido. Muchos, en el campo docente cuando la vida aún es casi un juguete. Pero, ¿quién podrá contar la multitud de los que han recibido alivio corporal o espiritual, a través del contacto personal o en el ámbito sanitario, cuando la vida se resiente o comienza a resquebrajarse y se busca una palabra para nuestros miedos, nuestras soledades, nuestros interrogantes en el dolor?

Al celebrar este IV Centenario de San Vicente de Paúl no se pretende hacer estadísticas da personas asistidas, ni números de vidas desgranadas día a día en la entrega anónima del servicio al prójimo, ni fechas que encasillen un espíritu. Todo queda abierto, porque queda aún mucho que hacer, y que profundizar, y que renovarse, y que alcanzar: este es el intento. Una vez más acudimos a la carta del Santo Padre el Papa, para expresar nuestro deseo convertido en oración: «Que el cuarto centenario del nacimiento de Vicente de Paúl llegue a iluminar abundantemente al pueblo de Dios, a reanimar el fervor de todos sus discípulos y a hacer resonar en los corazones de muchos jóvenes la llamada al servicio exclusivo de la caridad evangélica».

J. VEGA HERRERA

Oración para el IV Centenario del Carisma Vicenciano

Señor, Padre Misericordioso,
que suscitaste en San Vicente de Paúl
una gran inquietud
por la evangelización de los pobres,
infunde tu Espíritu
en los corazones de sus seguidores.

Que, al escuchar hoy
el clamor de tus hijos abandonados,
acudamos diligentes en su ayuda
“como quien corre a apagar un fuego”.

Aviva en nosotros la llama del carisma
que desde hace 400 años
anima nuestra vida misionera.

Te lo pedimos por tu Hijo,
“el Evangelizador de los pobres”,
Jesucristo nuestro Señor. Amén.

* * *

* ¹El Eco de Canarias, 25 de septiembre de 1981.

* ²San Vicente de Paúl nació el 24 de abril de 1581 en la localidad de Pouy, Francia. Hoy se cumplen, por tanto, 536 años de su nacimiento.

La vida nueva del hombre

Resurrección

La vida nueva del hombre

En este día glorioso de la Resurrección, Jesús marchó al Padre para redimirnos. Acaso no nos demos cuenta, o queremos olvidarnos, de la significación profunda que entraña este hecho histórico milagroso.
Aquel hueco sepulcral quedó vacío para llenarse de vida eterna. La Humanidad, y todos y cada uno de los hombres que la componen ganaban la posibilidad de la salvación. La figura maltrecha y escarnecida de un Dios se elevaba a los Cielos, nimbada de luz, de pureza, de éxtasis infinito para configurar una Vida Nueva en el hombre. Y repicaron en ese instante las campanas del mundo entero, y un grito de Aleluya se escuchó en todos los confines de la tierra, y un rayo inmenso de luz iluminó todos los corazones.
¡La Vida Nueva del hombre! Aquel Hijo del Carpintero que atravesó los caminos de Palestina, y conoció el odio, la persecución y la muerte en vilipendio levantaba en ese momento la gran bandera del perdón. Esa bandera que hemos visto enarbolada, con aire triunfal, en todo el Orbe, a través de veinte siglos. El viernes mismo la hemos presenciado en forma de Cruz a través de la pantalla, levantada por las manos del Vicario de Cristo, en el Coliseo de Roma. Las patéticas, pero serenas escenas del Vía Crucis pontifical, bajo la noche estrellada de la Ciudad Eterna, nos llenaban de emoción. Era un anciano, Representante de Jesús, quien levantaba su Cruz ante los Misterios, con sotana y solideo blancos, adorando y reverenciando al Salvador del Mundo. Su palabra quería ser firme y trocábase en angustiosa, oprimida por la dramática situación que impera en la faz de la tierra. Pero, inspirado por el Espíritu Santo, brotaba la oración del Papa con esa iluminada esperanza y esa entrañable caridad que lleva siempre en su corazón el gran Príncipe del Cristianismo.
De ese mismo manantial de fe hemos de participar todos los católicos. Manantial que se nos figura puro y cristalino en este glorioso día de la Resurrección del Señor. El corazón del cristiano ha de tornarse valiente, seguro, esperanzado en la gran conmemoración de la redención humana. Ha de mostrarse sin fisuras ni vaivenes, porque creer en Dios y, sobre todo, cumplir sus mandamientos es el supremo deber del buen cristiano. Quienes se postran de rodillas para luego desviarse de Jesús, en la vida o en el ejemplo, merecen, a juicio mío, mayor estima que quien se empeña en desconocerle o se niega a seguirlo.
¡Vida nueva del hombre! En este día glorioso de la Resurrección pensemos en ella, suprimiendo odios, buscando la cordialidad y la paz, alzando el espíritu sobre las miserias de nuestra existencia. Esa nueva vida que debe ser hechura e imitación de Cristo, amándonos con humildad, perdonándonos con sincero cariño, buscando horizontes de convivencia fraterna.
Por la faz de la tierra parece hoy pasar una ráfaga satánica de incontenido desamor. Miremos a lo alto y veamos esa gloriosa figura de un Dios hecho hombre que penetra en los Cielos para perdonarnos y bendecirnos. Si le volvemos la cara seremos reos de ingratitud. Si le seguimos con ojos de fe seremos auténticos hijos de Jesús.

Carlos Ramírez Suárez, “En la ruta de mis recuerdos” (1976)

Ecce Homo

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Ecce homo, regem vestrum crucifigam? He aquí el Hombre, ¿queréis que crucifique a vuestro Rey?… ¡Ahí lo tenéis! (Imagen: “Cristo coronado con espinas”, pintura de Gerard van Honthorst).

Ecce Homo

Pocas son las escenas de la Pasión que sobrepujan ni aún igualan en barbarie y ferocidad a la desarrollada en la plaza del Pretorio a la vista de Jesús mandado azotar por el Procurador Poncio Pilato. De concesión en concesión, de debilidad en debilidad, luchando entre el deber y el egoísmo, entre los derechos de la justicia y las exigencias de la razón de Estado, afectando cumplir con Dios pero queriendo complacer al mismo tiempo a la plebe, por no caer de la gracia del César, el Representante del Poder Romano en la Judea, se ofrece ante la historia a los ojos de las generaciones como el trasunto más perfecto del hombre que hace traición a sus deberes, del epicúreo para quien son palabras vanas la santidad y la inocencia, del juez cobarde que hace objeto de granjería lo más augusto que hay en la tierra, arrojando a las violencias del populacho y a las griterías de las muchedumbres la espada de la ley y la balanza de la justicia. ¡Ecce Homo! Ved ahí al hombre, es decir, la autoridad, el poder sin Dios.

Inútiles fueron todos sus esfuerzos, vanas todas sus condescendencias, engañosas sus esperanzas al creer que la vista del Justo todo herido y despedazado, traspasadas las sienes de hórridas espinas, llorosos los divinos ojos, desnudo y expuesto a las afrentas el cuerpo virginal, la lástima y la compasión apoderándose de los ánimos pudieran mover al público en favor de Jesús. La fiera harto ya irritada por sus debilidades y cobardías, azuzada de continuo por los miembros del Sanedrín, no hizo más que irritarse más, y en el paroxismo de la rabia que la consumía, ahullar enronquecida el crucifícale, no queremos otro rey que al César, con que atronó el aire y ensordeció los espacios. Ecce Homo! Ved ahí al hombre, es decir, al pueblo entregado a sus propios instintos, abandonado a sus nativas ingénitas pasiones, adulado por los que debieran contenerle, en todo el satánico esplendor de su grandeza terrena y de sus instintos de fiera. Cuando al través de los siglos le contemplo víctima de los amaños de los grandes y de las astucias de los sofistas vocingleros, tumultuario, voluble, a veces apasionado, sumiso cumplidor a veces de los caprichos del que más le adula, yendo de un lado a otro, según sople el viento de la ambición o los aires de la fortuna, tan pronto agitando palmas en torno del Maestro divino, como pidiendo su sangre debajo de los balcones del Pretorio, verdaderamente no me concibo ni me explico porqué especie de espíritu misterioso pueden resultar iluminadas para el feliz ejercicio de arte tan arduo y tan difícil como gobernar a los pueblos y administrar la justicia, estas muchedumbres ciegas e indoctas, en cuyas manos se quiere hoy depositar toda la vida política y social de los estados.

Ecce Homo! La chusma olvidadiza y desenfrenada ruge maldiciones y vomita blasfemias; los fariseos hipócritas se solasan en sus odios satánicos y en sus infernales furores, el representante de la autoridad abdica cobarde y vergonzosamente ante el clamoreo feroz y estúpido de un pueblo todas las augustas prerrogativas de la ley, mientras Jesús aparece justo, sereno, santo, cual convenía a la Santidad infinita, inocente entre los hombres, inmaculado en un mundo corrompido, apartado de la compañía de los pecadores, y hecho más alto que los cielos, hijo verdadero de Dios, perfecto en todo y para siempre.

Ecce Homo! Cuando medito las escenas del Pretorio, ¡qué pequeño me parece el hombre engendrado en iniquidad y concebido en pecado, y qué grandes e insondables, oh Señor, los abismos de tu misericordia y los rigores de tu justicia!

José Feo y Ramos. La Atlántida, marzo de 1901.

La Oración en el Huerto

Y se le apareció un ángel que le confortaba. Y puesto en agonía oraba con mayor vehemencia (“Agonía de Cristo en el Huerto de los Olivos”, de Giovanni Battista Tiepolo)

La Oración en el Huerto

Se anticipa y se concentra el drama del Calvario en este momento de solemne angustia y de melancolía suplicante. Al leer este pasaje del Evangelio, sentimos al Hombre-Dios muy cerca de nosotros. Era conveniente que Él participara de nuestras angustias para que nosotros tuviéramos parte en sus glorificaciones; que la encarnación fuera verdadera para que la redención fuera eficaz; que Dios descendiera a lo más hondo de nuestros dolores y de la debilidad nuestra para que nosotros fuéramos elevados a las más altas cumbres de la vida divina.

Las palabras del Evangelio, tienen en este pasaje una intensidad de emoción sublime y una inmensa fuerza representativa. En ellas parece que palpitan todas las amarguras y desfallecimientos humanos. Es la fortaleza brotando del dolor; la posesión de la paz soberana del espíritu saliendo de la lucha íntima de la conciencia; la humillación, la plegaria primero, la fuerza para el sacrificio después.

Se entrevé desde aquí ese mundo de pensamientos que, según Newman, no es más que la expansión de algunas palabras caídas como al azar de los labios de los pescadores de Galilea; porque es este uno de los pasajes en que más resalta ese carácter singular y sobrehumano del Evangelio, la riqueza de simbolismo, la inmensa fecundidad de aplicaciones, la potencialidad inacabable, para ulteriores desarrollos, el llevar en cada palabra resonancias infinitas que a través de los siglos se difunden, amplificándose y robusteciéndose cada vez más en lugar de apagarse y debilitarse con la distancia.

Pero no razonemos demasiado: «Cuando oyes —dice San Basilio— la palabra del Salvador, o cuando consideras sus acciones, no escuches al vuelo, ni mires de una manera simple o carnal, sino abísmate en la profundidad de la contemplación a fin de que puedas verdaderamente entrar en la comunión de las verdades que te son místicamente enseñadas…».

Juan Salvador Minguijón y Adrián.

(Juan Salvador Miguijón fue un prestigioso jurista aragonés. Catedrático de Historia del Derecho en la Universidad de Zaragoza; Magistrado del Tribunal de Garantías Constitucionales en la II República y del Tribunal Supremo; y académico de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas).

* * *

Por la puerta de la Fuente
fueron saliendo los once.
En medio viene Jesús
abriendo un surco en la noche.

Aguas negras del Cedrón,
de su túnica recogen
espumas de luna blanca
batida en brisas de torres.

Jesús viene comprobando,
Pastor, sus ovejas nobles,
y se le nublan los ojos
al no poder contar doce.

«Pues la Escritura lo dice,
me negaréis esta noche.
Herido el Pastor, la grey
dispersa le desconoce».

Entre los mantos, relámpagos
de dos espadas relumbran.
La luna afila sus hielos
en las piedras de las tumbas.

Ya las chumberas, las pitas
erizan sienes de agujas
y quisieran llorar sangre
por sus coronadas puntas.

Ya entraron al huerto donde
las aceitunas se estrujan,
Getsemaní de los óleos,
hoy almazara de angustias.

Ya Pedro, Juan y Santiago
bajo un olivo se agrupan,
como un día en el Tabor,
aunque hoy sin lumbre sus túnicas.

La noche sigue volando
-alas de palma y de juncia-
y, llena de sí, derrama
su triste látex la luna.

Se oye el rumor a lo lejos
de cortejos y cohortes.
Y el sueño pesa en los párpados
de los tres fieles mejores.

Jesús, solo, abandonado,
huérfano, pavesa, Hombre,
macera su corazón
en hiel de olvido y traiciones.

«Padre, apártame este cáliz».
Sólo el silencio le oye.
La misma naturaleza
que le ve, no le conoce.

«Hágase tu voluntad».
Y, aunque lleno hasta los bordes,
un corazón bebe y bebe
sin que nadie le conforte.

El sudor cuaja en diamantes
sus helados esplendores,
diamantes que son rubíes
cuando las venas se rompen.

Por fin, un Ángel desciende,
mensajero de dulzuras,
y con un lienzo de nube
la mustia cabeza enjuga.

Ya la luz de las antorchas
encharca en movibles fugas
y acuchilla de siniestras
sombras el huerto de luna.

Los discípulos despiertan.
Huye, ciega, la lechuza.
Y Jesús, lívido y manso,
se ofrece al beso de Judas.

                Gerardo Diego

La parábola del Buen Pastor

Tenemos la parábola del Buen Pastor: símbolo de predilección por parte del Divino Maestro, por cuanto quiso, como apropiárselo personalmente, al afirmar positivamente: “Yo soy el Buen Pastor; y conozco a mis ovejas, y ellas me conocen a Mí…”

Tenemos en esta parábola una confirmación palmaria de la providencia paternal de Jesucristo sobre nosotros, personificada en el oficio de Pastor propio y solícito. El Pastor, como tal, lo es todo para sus ovejas; puesto que ellas no tienen de por sí iniciativa alguna. Todo ha de proceder; todo es debido al Pastor. Él les proporciona los pastos; él las vigila y custodia, para defenderlas de cualquier riesgo o contingencia; él las recoge por fin en el aprisco por la noche, manteniendo aún durante la misma su solicitud y desvelos, en evitación de asaltos enemigos o de cualquier percance que pudiera sobrevenir. A todo esto y a mucho más se extiende la eficacia de la protección y providencia de Jesús, el Buen Pastor sobre nosotros. Por tal motivo debe surgir en nuestra alma una como efusión de afectuosa confianza, en quien tanto interés y solicitud atesora en su Corazón por nuestro bien.

Si las ovejas pudieran darse cuenta y reflexionar sobre los bienes que reportan de la solicitud y cuidados de su verdadero Pastor, dueños de la mismas, no de un desdichado asalariado, ¿qué muestras de júbilo y con qué cariño se acogerían junto a él, cuando en medio de ellas las contara, las acariciara y hasta les proporcionara algún puñado de pasto más selecto y exquisito…?—Esto puntualmente tenemos todos los que somos ovejas espirituales, a quienes es dado poder apreciar y darnos razón de las finezas del solícito Pastor de nuestras almas, nuestro Divino Maestro Redentor Jesucristo.

Odorrat, C.F.M. Abril de 1947.

* * *

Jesús, Divino Pastor

¡Jesús, Pastor Divino! Que eres infinita caridad y tierna solicitud llamas siempre a mi corazón, hasta vencer amorosamente la dureza con que muchas veces te he respondido. Vengo humildemente a suplicarte, aceptes mi voluntad de ser para siempre todo tuyo, servirte por los que te ofenden, adórate por los que te desprecian, pensar en Ti por los que te olvidan, amarte por los que te odian y blasfeman  de Ti; que mis gustos estén sometidos a tu voluntad y mi vida sea un prolongado acto de desagravio a tu Divino Corazón, para que en todos los hombres mis hermanos, reines como Soberano.

Que mi alimento ¡Oh, buen Pastor! Sea tu palabra y tu Cuerpo, pasto con que apacientas a tus ovejas  y vacié mi ser en las aguas de vida eterna.

Que siempre y donde quiera  tu silbido amoroso  me siga y me haga recordar tus palabras: “Yo conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí. Me es preciso guiarlas, ellas oirán mi voz y resultara un solo rebaño y un solo Pastor”. Amén

Fuente de la oración: Evangeliza fuerte (México), de la novena al Divino Pastor.

Las Siervas de Jesús y de María

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¿No habéis visto a las Siervas de Jesús y de María en el cumplimiento de su deber, que voluntariamente se imponen? Hoy en que todo se hunde y mancilla, la Sierva, huyendo de la saña del mundo ingrato, y despreciando las comodidades de la vida, se sienta al borde de oscuro lecho, nido de ocultos fieros dolores, y todo su pensamiento, todo su anhelo lo cifra en el alivio del enfermo puesto a su cuidado, no omitiendo sacrificio alguno para conseguirlo.

La Sierva, que es el bálsamo del dolor, penetra en casas donde existen focos de contagiosas enfermedades, y allí donde la epidemia causa estragos horribles, llevando la muerte y el espanto al seno de la familia, la vemos inclinada sobre el lecho del paciente, despreciando el contagio, sin temor a la muerte, porque en los justos no se abriga el temor de dejar este mundo de miserias y pasiones; en el ambicioso, en el poderoso, en el soberbio, sí; porque la muerte les recuerda que allí cesa poder y sus deleites.

Por eso la Sierva, penetrada de su santa misión, sabe que va a sufrir todo género de molestias y en vez de manifestar cansancio, por el trabajo y desvelo en largas y penosas noches; dirige, cual Ángel de Caridad, consoladoras palabras al enfermo y seca el sudor de la muerte, y cuando ha sido necesario, también con sus ruegos y lágrimas ha conseguido que volvieran los ojos a Dios, corazones empedernidos, demostrando luego verdadero arrepentimiento.

Pero llegado el trance de la muerte y a la vez que vela el cadáver y eleva a Dios nuestro Señor fervientes súplicas por el eterno descanso del que tan cariñosamente asistió hasta el último momento; la Sierva tiene también palabras de consuelo para la afligida familia, y estas palabras sirven de lenitivo porque salen de labios que practican la más sublime de las virtudes: «La Caridad».

¡Qué ejemplos de abnegación cristiana demuestran la infinita grandeza de almas de esas dulces siervas que sacrifican su existencia, al cuidar de los enfermos!

¡Benditas seáis siervas de Jesús y de María, que cuando vosotras enjugáis un rostro frío y cerráis los ojos muertos aunque sean los de un impío; para miraros en aquel momento tiene Jesús abiertos los suyos, y como recompensa a tan meritorios obras, alcanzaréis, sin duda alguna, el premio prometido a los que voluntariamente abrazan la Cruz para seguir a Nuestro Redentor.

Francisco Jiménez Marco. La Coruña, 5 de marzo de 1897.

* * *

Enlaces de interés:

Siervas de Jesús

Siervas de María