Viento de Pentecostés

Viento de Pentecostés

Para el buen marinero no hay mayor felicidad que la de extender las velas un día de buen viento. Es un placer dejarse llevar por aquella maravillosa fuerza del cielo, gracias a la cual se avanza, en poco rato y con menos esfuerzo, mucho más que remando durante horas.

Pero muchos marineros tienen pereza de alzar la vela y manejar el timón… no saben aprovecharse del viento ni dejarse conducir por su fuerza. Y lo mismo ocurre en el plan espiritual. Pentecostés es la fiesta del gran soplo divino que se apodera de los hombres para empujarles mar adentro y darles una vida que valga la pena de ser vivida.

Pero la mayoría de los hombres se comportan como unos pobres remeros que sólo confían en sus propias fuerzas. Reman penosamente, y muchas veces sin rumbo… en vez de alzar su vela y abandonarse a la fuerza del Espíritu divino.

El viento de Pentecostés es un soplo primaveral, cuya impetuosidad lo transforma todo, cuya constancia y dulzura trabajan sin descanso en renovar la faz de la tierra. A los que saben alzar las velas de la confianza les arranca de sus egoísmos para llevarles siempre más lejos por los caminos de la Verdad y del Amor.

El viento de Pentecostés que dio nacimiento a la Iglesia continúa soplando por los siglos de los siglos, empujándonos a todos en el camino del apostolado, como entonces empujó a los Doce a la conquista del mundo para Cristo. Mientras haya almas alejadas de Dios en cualquier parte del mundo, mientras no haya un solo rebaño y un solo pastor, la misión apostólica no tendrá fin, y todos estamos llamados a esta misión.

Así lo dispuso Cristo el día de su Ascensión: “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea y Samaria y hasta las extremidades de la tierra”.

El Espíritu Santo, soplo divino de inteligencia y sabiduría, de fuerza y consejo, de ciencia, piedad y santo temor, es la realización de la gran promesa que hizo Cristo a los hombres al volver hacia el Padre Eterno.

El Espíritu Santo, don de Dios en el día de Pentecostés, se queda en la Iglesia hasta la consumación de los siglos, para acabar en ella, por ella y con ella (lo que significa en nosotros, para nosotros y con nosotros) la misión evangélica de Cristo.

Revista Betania (Rama de mujeres de Acción Católica), 1 de junio de 1952.

Fuente Jable ULPGC.

La Cruz

La Cruz

En lo alto del monte la Cruz, y pendiente de la Cruz, el Hombre-Amor. Decía un ilustre hijo de la Iglesia que la Pasión de Jesucristo ha de ser por todos los siglos fuente de vida para el mundo. En la Cruz se enseña con la lección sublime del Justo que muere, que da el divino ejemplo de la Redención.
La Religión y el recuerdo del grandioso misterio del Gólgota llevan al pueblo cristiano a la Casa de Dios, para oír de los labios del Sacerdote el relato de la vida de Jesús, que le dice al hombre como se vence con humildad, como se redime con dolor.
La obra de la Redención tiene un símbolo que no desaparecerá jamás, símbolo hermoso, sencillo, como todo lo verdaderamente grande: La Cruz. Aquí es donde se encuentra la única racional enseñanza del alma: la caridad, el perdón y el sacrificio.
La mano del hombre la forma casi espontáneamente y ella es la más firme representación de las promesas que se hacen, es el testigo de las conciencias honradas. Por sí sola lleva al corazón y al pensamiento impresiones dulces e ideas nobles.
En los días de Semana Santa, en esos días magnos, se nos viene a la memoria el cuadro más grandioso, más patético y conmovedor que la humanidad ha visto: el de una Madre que llora al pie del Santo Madero la muerte del hijo inocente y santísimo, coronado de espinas, que devuelve a sus verdugos, a cambio del suplicio, miradas de perdón y de su amor infinito e inextinguible. Así la pasión de Cristo se acrecienta y se centuplica reflejada en lágrimas de María.

Antonio Férnandez (Icod de los Vinos)
Heraldo de Orotava, marzo de 1923.

* * *

¡Pobre Madre!
(La Virgen María al pie de la Cruz)

Al pie del madero santo,
sola, triste y afligida,
ve morir al que es su vida,
desecha en amargo llanto.
¡Pobre Madre! Tu quebranto
grande como el mar, de duelo
viste la tierra y el cielo,
y al eco de tus gemidos
mi alma y corazón heridos
gimen con gran desconsuelo.

        Augusto Olangua, C.M.F.

Imagen ilustrativa: “Crucifixion”, de Carl Bloch Heinrick.

Acerca del fin de año, y de la brevedad de la vida

* Acerca del fin de año, y de la brevedad de la vida

PUNTO PRIMERO. Considera a Cristo nuestro Señor recién nacido y llorando en el pesebre. Te sorprenderá, tal vez, que al averiguar las causas de su llanto, hallarás que no son tanto el frío que padece, ni la inclemencia del tiempo, cuanto más bien tu descuido y el olvido con que vives de tu propio bien. Él viene al mundo a despertarte con sus gemidos y voces que te da desde aquella dura cama, para que te des cuenta de tu daño y vuelvas sobre ti, y dejes el camino de la perdición y entres por el de tu salvación. Porque como dice el apóstol San Pablo, apareció la gracia de nuestro Salvador y Dios hecho hombre, enseñándonos que negando todos nuestros desordenados apetitos y deseos mundanos, vivamos en este mundo templada y santamente, ajustándonos a la ley de Dios, por lo cual sin perder de vista el ejemplo que te da tan insigne Maestro, que te hallas en el último día y fin del año, considera cómo tienes este año menos de vida. Mira cómo pasó el otro sin que apenas te dieras cuenta, y que de la misma manera se pasarán los que restan por venir, de los cuáles desconoces su número y fortuna. Contempla cómo se pasa la vida sin parar, y que va como una nave azotada por los vientos, en la cual los que caminan comiendo y bebiendo y durmiendo, no cesan de navegar. Así, tu vida no para de correr, comiendo y durmiendo, velando y obrando, te llevan sin detenerte un punto; y esto mismo que estás leyendo te va quitando la vida. De lo cual debes sacar gran fervor y aliento para sufrir cualquier trabajo por Dios y por tu salvación, viendo cuán breves son todos, como también para obrar en tu beneficio y acrecentar tu caudal, reconociendo cuán poco tiempo te queda para ganar inmortales riquezas.

PUNTO II. Considera cuántos empezaron contigo a correr el curso de la vida de este año, que se quedaron en el camino, y no llegaron al fin como haz llegado tú. Vuelve los ojos atrás, y míralos en los sepulcros comidos de gusanos, que acabaron sus roles en la farsa de este mundo, y no les duraron todo el año cómo ellos pensaron. Mira sus designios burlados, sus trabajos perdidos, sus haciendas confiscadas en la aduana de la muerte, las cuales ahora mismo gozan otros. Su fama se deshizo como el viento, y todo pasó como sombra, y de ellos apenas hay memoria. Y reconoce la fragilidad de esta vida y sus engaños, y que todo es locura, si no se aprovecha sólo para buscar la eterna y lo que dura para siempre. Considera qué sentirías si te hubieras quedado en el camino como ellos, y que dentro de poco tiempo será de ti lo que ha sido de ellos. Coteja lo presente con lo eterno, que nunca se ha de acabar. Extiende los ojos por aquel año que empezará el día de tu muerte, y no ha de tener fin ni sucesión de otro, sino que ha de durar y continuarse sin término, ni remate, ni límite, ni fin, ni día postrero, mientras Dios fuere Dios, con dos destinos inevitables: o el cielo o el infierno. Y hallarás que la más larga vida en este mísero mundo es como un punto respecto de la eterna y como una gota de agua respecto a todo el mar; y exclama con admiración y llanto, viendo la ceguera de los hombres, pues por gozar de un soplo de vida tan breve y engañosa, pierden la eterna y verdadera. Pide al Señor que no te permita caer en tal engaño, y que te dé luz y gracia para despreciar lo temporal y codiciar solamente lo eterno.

PUNTO III. Tiende los ojos por los sucesos de este año pasado, y considera las mudanzas que ha tenido, los varios acaecimientos, los fracasos y desgracias, la caídas de los unos y el resurgimiento e incremento de los otros. Entra dentro de tí mismo y considera lo que ha pasado por ti en el decurso de este breve tiempo, la variedad de afectos, de alegría y de tristeza, ya de contento, ya de descontento, las turbaciones de ira y enojo, los días buenos y malos, la mengua de salud. El desmedro en lo temporal y espiritual. Las ocasiones de impaciencia contigo y con los hombres; la variedad del clima y la inestabilidad de todo cuanto está debajo del cielo. Y hallarás que no tiene la luna tantas fases, ni cambia el camaleón tantos colores al día, como lo han sido las mudanzas de tu corazón en lo que has vivido este año. Desengáñate de lo temporal, y deseos de despreciar vida tan engañosa y mudable, y anclar firmísimamente en la verdadera y constante, que es la espiritual y santa que nos está enseñando el Hijo de Dios desde que entra en este mundo hasta que sale. Pon los ojos en la tranquilidad de ánimo que gozan los siervos de Dios, resignados y seguros en su santa voluntad, sin tener otro deseo que lo que Dios quiere o no quiere. Mira cómo, aunque corran los años no los desperdician, porque los invierten en santas obras, de las que han de gozar para siempre; pero los malos los pierden, porque dejan pasar el tiempo en vano, y así se quedan sus años vacíos y sus días inútilmente gastados. Acuérdate que el tiempo pasado nunca vuelve, y que no has de ver más este año que pasó, y logra el que Dios te da para bien de tu alma. Llora el tiempo perdido, y enmienda la vida porvenir.

PUNTO IV. Mira a Cristo nuestro Señor en el pesebre, y entra con la consideración en su pecho, y contempla cómo desde el instante de su concepción, y desde el día y hora que nació en el mundo hasta lo último de su vida, no dejó de obrar y merecer sin perder un instante de tiempo. Considera los actos de agradecimiento que haría a su Eterno Padre por las mercedes que la había hecho sobre todos los hombres, y los que harías mismo de amor y caridad, amándole intensísimamente y ofreciéndose en holocausto a su santo servicio. Los actos que haría en su alma de celo de su gloria, deseando y pidiendo que fuese glorificado y ensalzado sin fin, y del bien de las almas, deseando y pidiendo al Padre su salvación, y ofreciendo desde el pesebre su vida por sus hermanos. Grande es la lección que recibes, ¡oh alma mía! Este Divino Catedrático del cielo te enseña a lograr el tiempo y los años que te da para servirlo. Oye, ve, aprende su doctrina, y no olvides sus enseñanzas, y saca de aquí propósitos firmísimos de imitarlo, y recuperar en los años que te diere de vida lo que has perdido en éste y en los pasados por tu descuido y flojera, y pídele gracias para enmendar tu vida en adelante, despreciando al mundo y siguiendo sus pisadas en el porvenir, como si el que viene fuese el último año de tu vida.

Padre Alonso de Andrade, S.J

* Fuente: Texto original publicado el 31 de diciembre de 2019 en: adelantelafe.com

La Navidad es solo de los “pobres”…

La Navidad es solo de los “pobres”…

Nos han acostumbrado tanto a relacionar la pobreza con la economía que incluso en la Iglesia hemos caído en esa trampa. Claro que hay pobres con carácter económico, pero también es cierto que hay gente tan pobre que lo único que tienen es dinero…

¿Qué es un “pobre”? El que no tiene lo necesario para vivir o que lo tiene con escasez. Pero esta definición no se limita solamente a lo económico ni a lo meramente material… Pobre es el que tiene alguna limitación que le impide ser tal cual Dios quiere que seamos. Pobre es el que no sabe salir por sí mismo de sus limitaciones que le obstaculizan para llegar a conocer a Dios y ser feliz… Yo soy un pobre… ¡Perdóname Dios por ser tan pobre…!

La gente de nuestro ambiente no se muere de hambre pero sí se muere por la falta de sentido de sus vidas; por el vacío de su existencia, por la desesperanza de que el ser humano y el mundo puedan cambiar. Tienen la despensa llena, la cuenta del banco saneada, la seguridad institucionalizada, pero ellos saben que todavía les falta algo.

La mayoría de los pobres que conozco son pobres de fe, de esperanza, de amor. Muchos ya dicen como aquel escritor del siglo pasado: “La felicidad es un invento de los ingleses…”. Estoy convencido que dentro de pocos años los grupos de Cáritas parroquiales, que tanto bien hacen, repartirán más esperanza que comidas…

El portal de Belén no es otra cosa que el recuerdo constante de nuestras pobrezas, que puestas ante el Niño Jesús desaparecen por el inagotable amor de Dios. Deja que Dios te “despobrezca”.

Descubre tus pobrezas y ponte siempre de camino ante el portal para que allí de rodillas sea Jesús quien te levante y te haga rico con su eterno amor. Y en ese camino hacia el portal encontrarás a otros que hacen el mismo sendero con la humildad del pobre, eso es lo que llamamos la Iglesia… somos aquellos pobres que año tras año vamos en busca de quien nos busca.

Feliz Navidad.

Autor: Mario Santana Bueno

Enlace: https://diocesisdecanarias.net/dequetevale/

Cuando un amigo se va…

Imagen del escultor Manuel Madroñal Isorna (Fuente: Artesacro.org)

Hoy celebramos, como cada 3 de noviembre, la festividad de San Martín de Porres. Siempre con una sonrisa y en el recuerdo especial para nuestro querido santo mulato. Pero también, con un pensamiento en los muchos devotos y amigos del santo peruano: los que permanecemos aún en este mundo y en aquellos que ya han acabado su vida terrenal para partir a la casa del Señor. Y como buen y representativo ejemplo de estos últimos, el de Fray Daniel; un buen “amigo” de fray Martín -fallecido el pasado mes de julio- que pasó su vida haciendo el bien, con humildad y generosidad hacia los demás. Reproducimos, a título de homenaje, un artículo publicado por la revista Amigos de Fray Martín, del Secretariado San Martín de Palencia, que refleja perfectamente ese sentimiento de fidelidad, de alegría e inaccesibilidad al desaliento cuando irradia amor en el corazón y fe en lo que se hace. Que el bueno de Fray Martín interceda por los que ya no están y, además, por todos nosotros: para que seamos más íntegros y los tiempos que se avecinan mejores.

*Cuando un amigo se va…

Hemos perdido/ganado a Fray Daniel. En julio se fue junto a los que más quería. No fue una marcha definitiva, no. Este nº 572 quiere ser suyo, dedicado a él, porque se lo merecía, porque él fue el amigo de Amigos de Fray Martín durante muchos años, muchos, más de 50. Sin él la revista, la “revistilla” no hubiera tenido la fidelidad y respuesta que los fieles suscriptores merecían y han demostrado mes a mes. Muchos no lo conocieron, pero todos le conocían, le valoraban y estimaban tanto en la cercanía como en la distancia. Se fue en julio junto a Dios Padre, junto al Señor Jesús resucitado, junto a María a la que sabía situar en su lugar con devoción profunda y sin ñoñería alguna, junto a San Martín de Porres a cuyo servicio y de los pobres, supo dedicar su vida sin estimar un ápice para sí mismo.

Era el hombre de los pequeños detalles, de la comunicación y respuesta puntual, de la felicitación en cumpleaños de los suscriptores, de la llamada oportuna para “recordar” cualquier asunto pendiente y lo hacía con suavidad, con exquisita educación, con la sonrisa que se traslucía al otro lado de la llamada.

En Navidad, Fray Daniel escribía unas líneas, mandaba el calendario, la lotería, él premiaba con su bondad cualquier número aunque no hubiese tocado; en la fiesta de San Martín de Porres estaba pendiente de todo, a todos atendía, sabía hacer multiplicar como Jesús, los panecillos simbólicos con que obsequiaba a cuantos participaban.

Eso y más, “ad extra”, hacia fuera, nada en él era impostado, nunca se preocupó por quedar bien o porque dijeran tal o cual cosa; su causa era la de Jesús, la de Santo Domingo y fray Martín, la de la Orden que dejaba en buen lugar como buen hijo de Domingo y hermano de todos sus hermanos; por eso “ad intra”, en la vida comunitaria era igual: entrañable, pacificador, servicial al máximo, oportuno con criterios, ni un mal gesto, ni una palabra de más, con la sonrisa y el buen humor de quien sabe que hay que poner misericordia en las cosas pequeñas, dejando la grandilocuencia para otros, los principios generales para las cosas grandes, la palabrería vana para asuntos que ni le concernían ni debía poner mucho interés en ellos; era el hombre fraile, muy humano, mucho, para lo pequeño, los pequeños y más necesitados sin distinción alguna, pues a todos atendía y servía por igual.

Se fue pero se ha quedado en la memoria y en el corazón agradecido de miles de personas. En la memoria y el corazón de los frailes, que no es fácil. Nos va a seguir siendo útil y necesario desde ese “más allá” que con Fray Daniel se vuelve “más acá”. “Os seré más útil desde el cielo”, dijo Santo Domingo a sus frailes al despedirse antes de la muerte. Fray Daniel no lo formuló así, fiel a su profundo anonimato y sentido del servicio silencioso, pero todos somos conscientes de que en su ánimo estaba tal actitud que él supo convertir en aptitud.

Sí, algo, mucho, se ha quedado en el alma al marcharse este buen Amigo de Fray Martín y de cuantos tuvimos la dicha de compartir ratos de amistad y entrega. Algo, mucho, se queda en nuestro corazón que no puede hacer otra cosa que darle gracias a Dios, a San Martín y a él, por la dicha de su vida generosa.

Fray Daniel, ya estás donde quisiste estar toda tu vida: junto a Dios Padre, junto a María, la “Santina de Covadonga” que siempre ha estado en la cueva honda de tu corazón entrañable, junto a Santo Domingo de Guzmán, San Martín de Porres, junto a Fray Benigno que tanto te quiso siempre, junto a Fray José Luis Gago, junto a tus padres María Soledad y José, junto a tus hermanos, junto a tantos Amigos y Amigas de Fray Martín…

Nos has precedido, sí; pero te has quedado y seguiremos sintiendo tu presencia cálida y reconfortante. El Secretariado seguirá adelante, Amigos de Fray Martín, seguirá su andadura, la devoción y el respeto acumulado durante años que supiste sembrar y regar no desaparecerá mientras tú nos bendigas (digas bien, como siempre hiciste) a cada uno de nosotros. Sigue regando “milagros pequeños que a nadie dan nada que hablar” pero que sin ellos el rumor y el amor de Dios no se acabe ni se apague.

Un amigo me decía al leer esta editorial: Has canonizado a Fray Daniel. Pues sí, ¿hay algún problema?

La santidad es/era esto. Espéranos Fray Daniel.

Suavízanos el camino hacia Dios Padre.

San Fray Daniel, ruega por nosotros.

*Fuente: Revista “Amigos de Fray Martín” (nº 572, Septiembre-Octubre 2019)

El Hermano Rafael, un santo cercano en el tiempo y en el corazón

Hoy se cumplen diez años de la canonización del Hermano Rafael Arnáiz Barón.

«…El Hermano Rafael, aún cercano a nosotros, nos sigue ofreciendo con su ejemplo y sus obras un recorrido atractivo, especialmente para los jóvenes que no se conforman con poco, sino que aspiran a la plena verdad, a la más indecible alegría, que se alcanzan por el amor de Dios. “Vida de amor… He aquí la única razón de vivir”, dice el nuevo santo. E insiste: ‘Del amor de Dios sale todo’. Que el Señor escuche benigno una de las últimas plegarias de San Rafael Arnaiz, cuando le entregaba toda su vida, suplicando: “Tómame a mí y date Tú al mundo”. Que se dé para reanimar la vida interior de los cristianos de hoy. Que se dé para que sus hermanos de la Trapa y los centros monásticos sigan siendo ese faro que hace descubrir el íntimo anhelo de Dios que Él ha puesto en cada corazón humano…»

En la homilía de Benedicto XVI, el día de su canonización.
* * *

* El Hermano Rafael, un santo cercano en el tiempo y en el corazón

El Hermano Rafael es un santo cercano en el tiempo y en el corazón. Murió joven a los veintisiete años en 1938. Su tiempo es todavía el nuestro. No es necesario tender puentes históricos demasiado largos para encontrarnos con su mundo.

Le entendemos enseguida cuando nos habla del “progreso”, como extendido valor supremo; y del “ruido” que hacen las fábricas; y de las carreteras transitadas a toda velocidad por automovilistas que no saben muy bien a dónde van; de un mundo en definitiva, que vive olvidado de su sentido y de su meta: de espaldas a Dios. Y le entendemos también cuando confiesa que, a veces, le asalta la duda y se pregunta: “¿tendrán ellos razón? ¿Será mejor seguir la corriente?”.

Sin embargo, es imposible leer los cuadernos y las cartas de Rafael y no sentirse arrastrado hacia lo hondo del alma, hacia aquel lugar donde no podemos evitar el encuentro con Dios. Porque la suya es una prosa del corazón. No escribió para ser leído por el público, pero sus escritos se agotan año tras año, porque destilan y comunican vida, vida divina. Y el hombre de hoy, está también sediento de Dios.

Los escritos del Hermano Rafael cayeron en mis manos cuando yo tenía catorce años allá por el año 1966. Los leí con fruición. Luego, aparentemente los olvidé, pero retornaron a la memoria y a la mesa cuando fue necesario volver al fondo del alma. No sé bien cuál será la causa de esa persistencia.

Por razón de mi profesión religiosa; como jesuita, y académica como profesor de teología, he tenido la ocasión y la obligación de hacer muchas y diversas lecturas, tanto espirituales como teológicas. Pero leer a Rafael ha sido para mí insustituible a la hora del encuentro personal con Dios. ¿Por qué?

Es posible que la razón del influjo benéfico de Rafael en mí se hallé en que él es un excelente traductor de la mejor mística española del siglo veinte. Leer a Rafael es como leer a san Ignacio de Loyola, a san Juan de la Cruz o a santa Teresa de Ávila en la prosa y en los sentimientos de un joven de nuestro tiempo, matizados por su hoy; cristalinos, nada complicados y hasta poéticos. Con la naturalidad misma del correo que nos llega de un amigo. Rafael nos transmite la incomparable ciencia de aquella esperanza que se cifra en Jesucristo crucificado y resucitado.

Recuerdo perfectamente aquel no lejano 27 de septiembre de 1992, cuando Juan Pablo II lo proclamó beato. Seguí la ceremonia por televisión. Su recién anunciada canonización para el próximo 11 de octubre me llena de asombro y alegría. Los hechos se han sucedido veloces.

Hace sólo seis años, en 2003, empezamos a contactar con las personas y a buscar la documentación necesaria para el estudio del segundo milagro realizado por su intercesión. Me pidieron ayuda los monjes de San Isidro de Dueñas, monasterio donde vivió el hermano Rafael y donde hoy se venera su sepulcro.

Me entrevisté con una joven madre madrileña, Begoña León, que había sido curada inexplicablemente, en enero de 2001, de una rara enfermedad que se presenta en los últimos meses del embarazo. En junio de 2004 habíamos conseguido que el hospital madrileño nos facilitara el diario de la UVI donde había sido atendida Begoña.

El 9 de abril de 2005 se constituyó en San Isidro de Dueñas el tribunal diocesano que, bajo la presidencia del obispo Rafael Palmero concluyó su trabajo en mayo de 2006, trasladando a Roma el expediente. En poco más de 2 años, la Congregación de las Causas de los Santos dio su voto favorable y el Papa ordenó la publicación del decreto de canonización el 6 de diciembre del 2008.

Ha sido un camino asombrosamente corto. “Rafael hace las cosas rápido; se lo he dicho muchas veces a la hermana María Asunción Fernández, una entusiasta amiga del alma del hermano Rafael, a quien debemos, entre otras muchas cosas, la transcripción de los manuscritos del hermano y la preparación de las sucesivas ediciones. La verdad es que no se lo había creído del todo, hasta que ahora la feliz noticia de la canonización nos pilla de sorpresa.

Valgan estas líneas escritas también con rapidez, para felicitar a los monjes cistercienses trapenses por la primera canonización de un hermano suyo en la edad moderna. Una gracia de Dios, que sabrán sin duda acoger y hacer fructificar con nuevas historias de santidad. Necesitamos monasterios poblados de monjes santos, que no dejen de enseñarnos, desde su silencio orante, la ciencia de la verdadera esperanza.

Valga igualmente este escrito a vuela pluma, para felicitar a toda la Iglesia peregrina en España por este nuevo santo: san Rafael Arnáiz Barón; un hijo más de la Santa Madre Iglesia, que como santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz o san Ignacio de Loyola, dará alas al espíritu para volar hacia Dios, a todos aquellos que se acerquen al testimonio que nos ha dejado en sus cartas y escritos.

Mons. Juan Antonio Martínez Camino (con motivo de la canonización del Hermano Rafael el 11 de octubre de 2009)

*Boletín informativo San Rafael Arnáiz Barón, nº 189, Julio-Diciembre 2018.

Confiar en María

*Confiar en María

La Santísima Virgen es a menudo comparada a una madre. En realidad ella supera por mucho a la mejor de las madres. La mejor de las madres, en efecto, de tanto en tanto castiga al hijo que le disgusta; cree hacer lo justo.

La Santísima Virgen, en cambio, no actúa de esta manera: es tan buena que nos trata siempre con amor. Su Corazón de Madre es solo amor y misericordia, su único deseo el de vernos felices. Es suficiente dirigirse a ella para ser escuchados. El Hijo tiene su justicia, la Madre solo tiene su amor. Dios nos ha amado hasta morir por nosotros; sin embargo, en el Corazón de Nuestro Señor reina la justicia que es un atributo de Dios; en el Corazón de la Santísima Virgen existe solo la misericordia…

Imaginad al Hijo, dispuesto a castigar a un pecador: María se lanza en su ayuda, detiene la espada, pide gracia para el pobre pecador: “Madre mía, le dice Nuestro Señor, no puedo negarte nada. Si el infierno pudiera arrepentirse, tú obtendrías la gracia para él”. La Santísima Virgen hace de mediadora entre su Hijo y nosotros. A pesar de nuestro ser pecadores, está llena de ternura y de compasión por nosotros. El hijo que le ha costado más lágrimas a la madre ¿no es acaso el que más le preocupa? ¿Acaso una madre no cuida siempre del más débil y del más indefenso?

Cuando hablamos de las cosas terrenas… nos cansamos pronto, pero cuando hablamos de la Santísima Virgen, es como si fuera siempre una novedad. Todos los Santos han tenido una gran devoción por la Santísima Virgen; ninguna gracia viene del cielo sin pasar antes por sus manos. No se entra en una casa sin hablar primero con el portero: la Santísima Virgen es la portera del Cielo. Pienso que al final de los tiempos la Santísima Virgen podrá finalmente gozar de un poco de tranquilidad, pero mientras dure el mundo, todos tiran de ella por todos lados… La Santísima Virgen es como una madre que tiene muchos hijos; está continuamente ocupada yendo de uno a otro.

Cuando se quiere ofrecer algo a un personaje importante, se hace presentar el objeto por la persona que él prefiere, de manera que el homenaje le sea más agradable. Del mismo modo, nuestras oraciones, presentadas por la Santísima Virgen, tienen otro valor, porque la Santísima Virgen es la única creatura que no ha ofendido jamás a Dios.

Cuando nuestras manos han rozado plantas aromáticas, perfuman todo lo que tocan; hagamos pasar, por tanto, nuestras oraciones por las manos de la Santísima Virgen y ella las perfumará.

Marcello Stanzione

(De “365 giorni con il santo Curato d’Ars”, a cargo de Marcello Stanzione. Piero Gribaudi editore srl – Via C. Baroni, 190 – 20142 Milano – tel. 02 89302244 – e-mail info@gribaudi.it)

(Traducido por Marianus el eremita)

*Texto original publicado el 7 de julio de 2019 en: adelantelafe.com

La Transfiguración: Junto a las nubes

JUNTO A LAS NUBES

1. Vivimos en un mundo superficial, «enmascarado». Lo que de verdad cuenta son las apariencias. Por eso nos preocupamos más de la imagen que de la realidad, más de parecer ante los hombres que de ser ante Dios. Y de ahí la lucha despiadada por tener más, por poseer más, por aparentar más, por dominar más.

Esta vanidad —«vanidad de vanidades», nos dijo un día Salomón— nos lleva a escalar cimas, a querer subir. Y cada vez a sitios más altos. Pero este lugar «junto a las nubes» no transfigura al hombre. Al revés, le envilece. Jesús si quisiera en el Tabor olvida que la hora de su exaltación —de su verdadera exaltación— será precisamente la hora de la Cruz.

Al hombre le pasa igual. Llamado a transfigurarse —«madurar» se dice hoy—, no ha de olvidar nunca que su exaltación, su verdadera madurez ha de buscarla entregándose. Entregándose a la fe. (Léase la Primera Lectura). Entregándose al amor. (Medítese la Lectura Segunda). Entregándose a los demás en sacrificio. (¿Diremos que se repase la Tercera Lectura?).

Y en la vida —llámese triunfos, victorias, «escaladas»— no olvidar nunca, como Cristo que la verdadera exaltación vendrá el día del premio.

2. La transfiguración ocupa en el Evangelio un lugar intermedio entre la resurrección y la muerte. Ciertamente, se anticipa la gloria de Cristo entronizado como Señor, como «Kirios» que ha de venir a juzgar. Pero al mismo tiempo, la escena está sujeta a una retención explícita: «hasta que el Hijo del Hombre no haya resucitado de entre los muertos».

La comprensión de la resurrección —y ésta sí que es exaltación, victoria—, pasa por la aceptación del misterio de la Cruz. Los apóstoles no terminaron nunca de comprender esto. Ni acabamos los cristianos de verlo. Si de nosotros dependiera transformaríamos al mundo más con bombas que con amor, más con dominio que con entrega. Huimos, ya no digo del dolor común de los hombres, sino hasta del que nos acarrea nuestra propia madurez.

Huimos del sacrificio que nos cuesta vivir, del que se nos exige para «ser». Rehusamos todo compromiso que cueste, que nos traiga sinsabores. Hasta el amor lo prostituimos, con tal de no hacerlo lo que es: entrega. Y Pablo de Tarso, cuando nos habla del dolor que falta a la Pasión de Cristo, no otra cosa nos están diciendo sino ésta: aporta tú ese dolor que te cuesta el trabajar para ser cristiano. Porque ese dolor es el que falta a la Pasión de Cristo para que realice en ti sus frutos, tu exaltación. Nada digamos de la muerte. De ese «grano de trigo puesto en tierra». Querríamos más ser transformados que morir. Y —¡terrible realidad!— «si el grano no cae en tierra y muere», no tendremos frutos de vida eterna.

3. ¡Transfiguración de Cristo! ¡Paradigma y símbolo de nuestra madurez! La comprensión de la resurrección sólo cabe en la aceptación de la cruz. Si. De ese momento cumbre de la fidelidad de Cristo a la voluntad del Padre. Y nuestra exaltación sólo depende de lo mismo. De que digamos de corazón —y la practiquemos— «Hágase tu voluntad». A través del sacrificio, del dolor, vendrá la gloria. Cristo nos lo enseña, al no olvidar ni en su transfiguración la mención honorífica a su muerte.

P. José Cabrera Vélez, El Eco de Canarias de 6 de marzo de 1982.

Imagen ilustrativa: “La Transfiguración del Señor”, óleo de Carl Bloch.

Viento de Pentecostés

Viento de Pentecostés

“Al cumplirse los días de Pentecostés estaban todos juntos en un mismo lugar, cuando de repente sobrevino del cielo un ruido, COMO DE VIENTO IMPETUOSO QUE SOPLARA, y llenó toda la casa donde estaban”.

Para el buen marinero no hay mayor felicidad que la de extender las velas un día de buen viento. Es un placer dejarse llevar por aquella maravillosa fuerza del cielo, gracias a la cual se avanza, en poco rato y con menos esfuerzo, mucho más que remando durante horas.

Pero muchos marineros tienen pereza de alzar la vela y manejar el timón… no saben aprovecharse del viento ni dejarse conducir por su fuerza. Y lo mismo ocurre en el plan espiritual. Pentecostés es la fiesta del gran soplo divino que se apodera de los hombres para empujarles mar adentro y darles una vida que valga la pena de ser vivida.

Pero la mayoría de los hombres se comportan como unos pobres remeros que sólo confían en sus propias fuerzas. Reman penosamente, y muchas veces sin rumbo… en vez de alzar su vela y abandonarse a la fuerza del Espíritu divino. El viento de Pentecostés es un soplo primaveral, cuya impetuosidad lo transforma todo, cuya constancia y dulzura trabajan sin descanso en renovar la faz de la tierra. A los que saben alzar las velas de la confianza les arranca de sus egoísmos para llevarles siempre más lejos por los caminas de la Verdad y del Amor.

El viento de Pentecostés que dio nacimiento a la Iglesia continúa soplando por los siglos de los siglos, empujándonos a todos en el camino del apostolado, como entonces empujó a los Doce a la conquista del mundo para Cristo. Mientras haya almas alejadas de Dios en cualquier parte del mundo, mientras no haya un solo rebaño y un solo pastor, la misión apostólica no tendrá fin, y todos estamos llamados a esta misión.

Así lo dispuso Cristo el día de su Ascensión: “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea y Samaria y hasta las extremidades de la tierra”.

El Espíritu Santo, soplo divino de inteligencia y sabiduría, de fuerza y consejo, de ciencia, piedad y santo temor, es la realización de la gran promesa que hizo Cristo a los hombres al volver hacia el Padre Eterno. El Espíritu Santo, don de Dios en el día de Pentecostés, se queda en la Iglesia hasta la consumación de los siglos, para acabar en ella, por ella y con ella (lo que significa en nosotros, para nosotros y con nosotros) la misión evangélica de Cristo.

Revista Betania, 1 de junio de 1952. La Redacción.

Una imagen de San Martín de Porres en Torrevieja (Alicante)

Imagen de San Martín de Porres en la Parroquia de San Roque y Santa Ana de Torrevieja (Alicante), obra del escultor Víctor García.

Hace poco, mi compañero de habitación en un hospital —le extirparon un riñón— fue contándome a ratos (eran muchas horas solos) sus trabajos y sus días. Albañil, pero albañil con todos los aires sencillos del artesano rural. Trabajaba la piedra y la madera en sus ratos libres. Ponía empeño y lo hacía muy bien a tenor de las fotos que me enseñó. Le dije que pasado un tiempo iría a verle a su casa y que le llevaría unas fotos de San Martín para que hiciese una talla, medallón o lo que quisiera como recuerdo agradecido de los 10 días compartidos en aquella habitación. Y por la bonanza pos-operatoria. Será mi visita en octubre. Y espero que…

Todos hemos oído alguna vez la frase: “Estas cosas ya no se hacen hoy en día” cuando hemos visto una iglesia o catedral de muy bella factura, o cuando hemos ido a un museo y hemos podido contemplar obras espectaculares de imaginería religiosa u obras artísticas de otro tipo. Pues sí, se siguen haciendo obras bellas, con gusto estético, y que reflejan todo un mundo de mística interior, de creencias firmes y duraderas, que plasman rostros y actitudes que invitan a la devoción y al respeto. Una forma de avivar la memoria del corazón y alentar la fe de las gentes en gestos agradecidos.

Torrevieja nos suena a mar, a apartamento ganado en concurso televisivo, como si allí no hubiese más que sol y playa. Pues no. También hay vida y vida cristiana cuidada, presencia creyente en sus gentes y en sus imagineros imaginativos. Eso es lo que tan bien nos ha demostrado el imaginero y escultor Víctor García Villalgordo con su trabajo para la parroquia de San Roque y Santa Ana, allí, en Torrevieja (Alicante): ha esculpido una talla de San Martín de Porres en tamaño natural, 1,70 metros de altura, con un rostro joven, bello, de un mulato emigrante lugareño, en madera de tilo. El artista ha sabido captar tres elementos esenciales en San Martín de Porres: la mirada «serena» puesta en lo alto, el «crucifijo» que sostiene y la «escoba» simbólica de su actitud de servicio. Hay en toda ella un aire que hace imposible no recordar a San Juan de la Cruz en actitud similar. Y es que cuando hay santidad por el medio, los gestos se asemejan. La imagen ha sido colocada en lugar bien visible este verano, en el altar de la Virgen del Rosario, sin que se hagan competencia, sino como apoyo mutuo en las demandas y agradecimientos de las buenas gentes de Torrevieja.

Una rifa popular de una talla, a escala, del s. XVII de S. Martín, donada por Ramón Torregrosa, se ha llevado a cabo para sufragar los gastos de esta otra más imponente, más a la altura de nuestra propia humanidad. El párroco, D. Mariano Martínez Bernad, ha puesto mucho empeño en esta imagen tan simbólica como real, en estos tiempos en que los refugiados, los emigrantes, todos nosotros, necesitamos rostros en los que mirarnos, como miramos padres o familiares ausentes. Desde aquí, nuestro agradecimiento dominicano; con la esperanza de poder un día compartir con el Sr. Víctor y D. Mariano, un rato de afable charla en torno a San Martín de Porres. Seguro que tienen muchas cosas que contarnos.

Fuente: Revista Amigos de Fray Martín, Septiembre-Octubre de 2017 (Nº 560).

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El sentir de un escultor: una imagen de San Martín de Porres