El recuerdo emocionado de mi virgencita de los Remedios de Los Llanos de Aridane

Rescatamos un texto¹ publicado en 1938 que, por su interés y emotividad, nos abre el corazón de júbilo en este día de 2 de julio: la historia de un soldado palmero que en plena Guerra Civil española, entre trincheras y el fatídico silbo de las balas, tiene un recuerdo para su Virgen de los Remedios. Una virgen también especial para nosotros. Hoy nuestro pensamiento se encontrará en el Valle de Aridane junto a su patrona, teniéndola presente de manera particular en nuestras oraciones.

El recuerdo emocionado de mi virgencita

He arrancado del calendario de mi alma, porque aquí, en la guerra, no tengo otro, una hoja. Una hoja, que se ha llevado un día, para dar paso al de hoy: 2 de Julio. ¡Con qué inefable emoción lo pronuncian los labios! ¡Con qué hondo sentimiento llega esta fecha al corazón!

La inmensa mayoría de los que me leéis, no sabéis de qué proviene esta emoción y este sentimiento. Pero yo si lo sé, y os lo voy a decir. Es que ni los disparos intermitentes de la fusilería, ni el “tabletear” de las ametralladoras, ni las bombas de los morteros, que esta tarde han caído en nuestras líneas con prodigalidad, han podido evitar que mi pensamiento vuele hoy a Canarias. Y salte a la más lejana y la más bella de las islas. Y busque una ciudad poética, dormida en el regazo maravilloso de un valle. Y allí encuentre una Iglesia, perfumada de incienso, de rosas y magnolias, que tiene en su Altar Mayor, preparada para el tránsito religioso y emocional, en unas andas de plata, a la Virgen de los Remedios, con la corona majestuosa, el manto tejido con primaveras y con luz, entre los brazos un niño pequeño y gracioso, que tiene la carita caída hacia atrás, en una tierna dejadez de ensueño, y las manitas buscando las inconfundibles caricias maternales. Allí está la Virgencita buena, oyendo la oración de todas las madres, de todas las hermanas, de todas las novias, que estremecidas de emoción y de congoja, han llegado suspirantes y trémulas a sus plantas, para decirle por el dolor y la alegría de la guerra, por la Muerte y la Gloria: Dios te salve, María…

Parece esta una impresión aislada, personal, sin importancia alguna. La tiene, sin embargo, y grande; porque esta nostalgia, esta saudade indefinible, esta mezcla de satisfacción íntima y de dilacerante amargura, es la misma cosa que, desgarrándoles el alma, sienten todos los que aquí luchan, en el día memorable de sus fiestas del terruño lejano. En el día de las festividades grandes. Generalmente, las del Patrón o Patrona. Todos traen a la memoria ese día mil recuerdos de tiempos pretéritos…

Allí está la Iglesia donde los labios maternales nos enseñaron las primeras preces. Al lado, la plaza, que sabe de los primeros ingenuos amores de chiquillo. Allí las campanas, que repicaban jubilosas, con sonoridades tan suyas, que por ninguno de los caminos de España las hemos vuelto a oír; campanas que nos llamaban con los frescores del alba, en las mañanas azules de la Resurrección. Allí, el paisaje ubérrimo, de colorido inigualable, y la tranquila belleza de aquel cielo, donde las estrellas parpadean con vivos fulgores; aquellas estrellas que guiaron nuestros pasos en la noche; y que hoy, aquí, nos llaman ofreciéndonos sus moradas astrales. Allí las calles y viejos senderos de nuestras correrías infantiles; y los laureles que guardaron insospechados secretos, y que hoy me dicen que languidecen y mueren, como tantas juventudes y tantas ilusiones, Allí las ventanas tras de las cuales presentimos las primeras miradas esperanzadas; y la luz de las pupilas familiares y el sedante de los cariños maternales, que entraba en los inviernos del alma como bandada de golondrinas portadoras de una sonrisa primaveral. Allí… ¡tantas cosas!

El Valle de Aridane, en la Isla de La Palma, se habrá volcado hoy, como tantos otros años, sobre mi ciudad natal. Los Llanos de Aridane saben hoy, en la inquietud de las horas que vivimos, de la alegría y del respeto a sus tradiciones piadosas. Yo no sé si las fiestas tendrán este año aquel tipismo de su especial desarrollo, aquel cuadro colorista de costumbres, o por el contrario, contrastes vivísimos y exquisiteces nuevas; pero si os digo que tal vez agrandado, ofrezca, como nunca, con relieves especiales, todo un cúmulo de belleza y un tesoro de fe. Yo no sé si repicarán tan alto las campanas y los cohetes atronarán el espacio tan profusamente; pero si os digo que la multitud se hallará imbuida en sus hondos pensamientos, de un respetuoso anhelo fervoroso. Habrá más silencio. Ese fervor se desdoblará en dos mitades: la sonrisa y el sollozo, la pena y la alegría.

Ya yo me imagino, yo estoy viendo en la tarde serena y dorada, oreada por un tibio ambiente de primavera, aromada de rosas, claveles y jazmines, entre las verdes acátelas y bajo el cielo azul, sin una nube, ya yo estoy viendo cómo pasa mi Virgen de loa Remedios entre un inmenso gentío. Ya veo cómo se destaca, cómo se yergue su silueta ideal, brillando la corona bajo ese cielo diáfano, que se va poniendo pálido, llenándose de innúmeras y dulcísimas estrellas que ponen en el rostro de la imagen los célicos reflejos de una luz suave y mística.

En esta hora, cuando Véspero, en una prolongada despedida, terminó de besar la carne dolorida de estas tierras de España, y siguen las estrellas enviándonos su luz, yo me imagino, Virgencita inolvidable, que irás llegando ya a la Iglesia, hundiéndote, lentamente, en las sombras oscuras de sus muros; perdiendo, poco a poco, tu perfil, bello y santo; desvaneciéndose, en la penumbra del fondo, tu silueta amarillenta, casi lívida, ante tantas miradas que te dicen que no olvides a los que por tu fe y por nuestra España, luchan y mueren. Y nada más. Las anchas puertas se estarán cerrando. Vosotros ya estaréis, seguramente, en la calle, en la vida terrena, en lo material, en lo de siempre. Yo, en la guerra, entre el “tabletear” de las ametralladoras y el trepidar de los cañones, aún continúo, en espíritu, arrodillado a las plantas de mi Virgencita querida: Dios te salve, María…

Pedro Hernández y Hernández. En las trincheras. 2 de Julio II Año Triunfal.

1. Diario “Amanecer”, 9 de julio de 1938.

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Enlace relacionado:

Nuestra Señora de los Remedios, patrona del Valle de Aridane

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La Orden de Predicadores en La Palma, una reseña histórica

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Corría el año de 1529 cuando llegaron a esta isla con el propósito de fundar un convento de la orden de Predicadores los hijos de Santo Domingo de Guzmán que tanta gloria habían dado y siguen dando a la Iglesia Católica a través de la conservación y enseñanza de la cultura y bajo el celo apostólico del Santo de Caleruega. Fueron los primeros religiosos que pisaron la tierra palmera Fray Domingo de Mendoza, vicario de la Orden en Canarias, Fray Fernando de Santa María, Fray Pedro Escobar, procedentes del Convento de San Pablo de Córdoba y dos religiosos más cuyos nombres propios no he podido comprobarlo.

Habiendo pedido licencia al Cabildo de La Palma, para ocupar y reedificar la ermita de San Miguel de las Victorias y habiéndola obtenido comenzaron las obras de la edificación del monasterio y arreglo de aquella levantada por el primer Adelantado Fernández de Lugo. Así pues ya en 1530 en los terrenos adquiridos junto a San Miguel se comenzó la obra del que seria el mejor centro cultural de la isla y desde donde algunos llegaron a llenar en sus biografías, honra y grandeza de su tierra.

El emperador Carlos V había concedido su licencia por medio de la Real Cédula de 28 de septiembre de 1538 rogándole al Deán y Cabildo catedralicio de Canarias se les permitiese a los dominicos edificar un monasterio bajo la advocación de San Miguel de las Victorias. El Emperador tuvo que dar una nueva Real Cédula el 10 de febrero de 1540 dirigida al gobernador de Tenerife y al de La Palma don Juan Verdugo para ser informado de la conveniencia o no de la fundación, mientras tanto los dominicos sostuvieron litigio con el Cabildo que se había opuesto y fueron ayudados por los vecinos, principalmente por el noble flamenco don Luis Van de Walle.

Vino a La Palma el obispo de Canarias don Alonso Ruíz de Virnés para poner fin a esta cuestión, haciendo valederas las reales cédulas a favor de los dominicos pasando al sitio ocupado por el monasterio el 10 de junio de 1542 y dando posesión de las obras y de la ermita a Fray Pedro Escobar ante el notario eclesiástico don Diego García.

Por el testamento otorgado por doña María Cervellón el 15 de abril de 1570 ante don Bartolomé Morel manifiesta esta señora que con su esposo don Luis Van de Walle deja cuatro hijos y que uno de ellos tomó el hábito y profesó en dicho monasterio y se llamó Fray Miguel, y que en vida de sus padres han hecho entrega de la herencia proporcional que le correspondía a su hijo y que sumo la fuerte cantidad de mil quinientas doblas. Verdadera fortuna que es lógico suponer fueran invertidas en obras del monasterio y de la Iglesia.

En el interior del convento aún podemos ver el precioso artesonado del techo en madera sobre-dorado, un tanto descuidado por su antigüedad y es en la capilla denominada del Capítulo, fundada por don Pedro de Sotomayor Topete, como asimismo en el interior está la capilla de la Media Naranja por don Felipe de Lezcano y Gordejuela.

La Iglesia fue hecha con amplitud elegante y ricos altares fundados por los Santa Cruz, la Hermandad del Rosario en Van de Walle. Existen en ella espléndidas pinturas flamencas haciendo de esta iglesia un verdadero museo de arte; aunque hoy en general, salvo las pinturas que han sido restauradas, la Iglesia no tiene el cuidado que requieren las obras antiguas tan propicias al deterioro. Del origen de las pinturas no existen documentos fehacientes, desgraciadamente.

El año de 1640 los dominicos se apoderaron del santuario de las Nieves, sin ninguna clase de licencia, con objeto de fundar en aquel maravilloso y recoleto lugar un convento, pero el clero superior y el pueblo les hicieron abandonar la idea. Quizás hubiese sido un bien pero por el camino que tenía que llevar o habiendo llegado a una razonable inteligencia.

El convento poseía gran cantidad de tributos y mandas pías siendo muy importante la dejada por don Cristóbal Pérez Volcán de “seis mil duros”. Las principales disciplinas que se explicaban eran Latín, Arte, Filosofía y Gramática castellana.

Por escritura otorgada ante don Francisco Mariano López a 1 de agosto de 1738 el Cabildo cedió al convento 75 fanegadas de tierra en Garafía para sostener los estudios primarlos, al parecer estos estudios fueron un tanto abandonados por parte de los religiosos que el año 1802 siendo síndico personero don Luis Van de Walle y Llarena hizo reclamación al padre provincial.

Por la Ley de Mendizábal de 1836 fue suprimido el histórico convento siendo prior Fray Antonio del Castillo. En 1869 lo remató al Estado don Blas Carrillo Batista. En 1932 lo compró el Cabildo de La Palma con el fin que tiene hoy, la edificación del Instituto de Segunda Enseñanza.

Convento de las Catalinas

Fue fundado por don Alonso de Castro Vinatea y su esposa doña Isabel de Abreu, previa licencia Legado apostólico y del ministro provincial de la orden cediendo para ello su casa cercana al convento de la orden de Predicadores por escritura otorgada a 13 de enero de 1624 ante don Tomás González reservándose para sí y sus descendientes el Patronato, y que no se pudieran admitir monjas en este convento sino de acuerdo con los fundadores, reservándose una plaza para una religiosa pobre que elegiría el patrono.

El convento y su iglesia costaron veintidós mil ducados. El reverendo Fray Bernardo de Herrera, provincial de la orden dominicana, dio licencia a petición de los fundadores para que algunas religiosas del monasterio de Santa Catalina de La Laguna pasaran a hacer la fundación en esta nueva casa. Fueron: Sor María de San Diego, del convento de Santa María de la Pasión de Sevilla, priora; Sor Leonor de la Concepción, sub-priora; Sor Ana de San Pedro Estrada, maestra de novicias y Sor María de San Jacinto y Portera entraron en clausura con algunas .jóvenes de esta Ciudad el 22 de julio de 1626.

A la muerte del fundador, su esposa doña Isabel de Abreu profesó con el nombre de Sor Isabel del Espíritu Santo Abreu y contando ya en 1.669 con treinta y ocho religiosas. Haciéndose por tanto insuficiente solicitó la priora extenderse hacia el poniente hasta la calle de San Miguel, a la cual accedió el Cabildo, costeando la comunidad los gastos del ensanche y desmonte de la calle de las Zarzas a todo lo cual accedió el Cabildo en acuerdo de 25 de enero de 1669 y fue aprobada por el Iltre. corregidor don Juan García Sánchez.

La iglesia se aumentó hacia el norte, y el naciente restándole anchura a la calle de la Luz por acuerdo del Cabildo a 20 de noviembre de 1705 designando a don Juan de Guisla y a don Juan Agustín de Sotomayor para señalar la parte a ocupar de la calle.

Sobre el Patronato de este Convento hubo litigios entre los hermanos Vinatea, don Juan y Fray Cristóbal y don Juan Domingo de Guisla Bot.

Este monasterio fue suprimido el 20 de abril de 1837 siendo abadesa Sor Juana Méndez. Por R. O. de 15 de febrero de 1843 lo cedió el Gobierno al Ayuntamiento para cárcel de partido y actualmente en nueva edificaciones a colegios de enseñanza primaria.

Sin hijos, don Tomás de Sotomayor Fernández de la Peña vendió por escritura otorgada ante don Melchor Torres Luján el 1 de noviembre de 1886 a don Domingo Cáceres Kábana, por valor de quince mil pesetas.

El filántropo don Domingo Cáceres Kábana al no llegar a un acuerdo con el obispo de Tenerife monseñor don Nicolás Rey Redondo para hacer una fundación, se dirigió al obispo de Canarias don José Cueto y Díez de la Maza, tomó con gran satisfacción la idea del señor Cáceres, pues acababa de fundarse la Comunidad de las Dominicas de la Sagrada Familia y siendo también el obispo dominico llegaron a un acuerdo con la madre fundadora Sor Pilar de la Anunciación.

Don Domingo Cáceres Kábana por su testamento otorgado en esta ciudad ante el notario don Aurelio Govea Rodríguez a 26 de junio de 1907 instituye heredera a su finca “La Palmita”, a dicha orden dominicana.

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El 20 de febrero de 1908 llega a La Palma la fundadora madre Sor Pilar de la Anunciación, Sor Jesusa del Niño Perdido, Sor Margarita de la Coronación y Sor María Luisa para organizar la fundación que se hizo efectiva el 19 de abril del mismo año con las religiosas Sor Mercedes del Nacimiento, superiora, Sor Ceferina de Santo Domingo, Sor Rosa del Nino Jesús, Sor Amada de la Cruz, Sor Imelda Sambertini y Sor Clemencia de la Oración en el Huerto. Comenzando las clases el 1 de mayo de 1908 con once niñas.

Al hacerse la fundación la casa era completamente distinta a la primitiva que sólo tenía una planta que corresponde a la altura en que hoy esta el segundo piso, era un edificio con seis ventanas en estilo canario y en el extremo norte un pequeño balcón con columnas de madera y tejado, delante de esta casa hizo el señor Cáceres las alegres galerías en dos cuerpos y al centro y a los extremos los tres pabellones salientes.

Los que hemos conocido “La Palmita”, hace más de treinta años tenemos de ella el recuerdo de un rincón paradisíaco, la finca de verdes plataneras, cuajada de elegantes palmeras reales, frondosos naranjos y perfumados jardines de rosas, con el embelesador sonido de la cascada de agua bajo la masa sombría de las pomarrosas centenarias.

Hoy todo es distinto, como un proceso biológico la ciudad ha crecido y como consecuencia, la finca, está urbanizada por amplias calles y edificios. El arquitecto padre Coello de Portugal, honra de la orden en España, está terminando un soberbio edificio con magnífica capilla en la que está el sepulcro del fundador, amplias naves para la segunda enseñanza e internado.

Al ver la parte que queda del antiguo colegio nos evoca al recuerdo y al cariño de la madre Agustina, madre Magdalena ya en el cielo y la anciana y siempre afable madre Adela del Salvador.

Manuel Poggio y Sánchez. El Eco de Canarias, mayo de 1970.

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Colegio dominicas La Palmita

Enlace recomendados:

Historia Colegio de Santo Domingo de Guzmán, “La Palmita”. Santa Cruz de La Palma (I)

Historia Colegio de Santo Domingo de Guzmán, “La Palmita”. Santa Cruz de La Palma (II)

Ermita de la Virgen del Pino, El Paso (La Palma)

Ermita Virgen del Pino (El Paso)

“… Allá arriba en el monte, al pie de la gran cresta que corona al Valle de Aridane, escoltada por centenares de pinos, y vigilada siempre por otro, centinela gigante que le sirve de custodia, se alza la pequeña ermita de Nuestra Sra. del Pino. Este santuario, que en lo alto de una vasta campiña se encuentra emplazado, atrae todas nuestras miradas, y hace sonreír nuestras almas cuando desde lejos le divisamos…”.

Carlos Díaz Herrera, 1954.

Ermita de la Virgen del Pino El Paso (La Palma)

Ermita Virgen del Pino (El Paso) 1

Ermita Virgen del Pino (El Paso) 2

Virgen del Pino (El Paso - La Palma)

Madre del Pino, no te olvides de nosotros y sé nuestro refugio

Entre pinos y con el arrullo de la suave brisa, se encuentra la ermita de la Virgen del Pino. La tradición cuenta que la imagen de la Virgen apareció en el tronco de un centenario ejemplar de pino canario que se mantiene en el mismo lugar, y que durante siglos ha dado cobijo a los caminantes que buscan su sombra. Una sombra que guarda el espíritu y grandeza de la zona, toda una sinfonía de la naturaleza. La pequeña talla de Nuestra Señora del Pino -la original- aún se conserva dentro de una urna en la propia ermita. La actual se adquirió por suscripción popular en los años 30 del siglo pasado. Cada tres años se realiza una romería y bajada en su honor:

“La Virgen abre la romería, acompañada por grupos folclóricos a pie que van cantando y bailando, a la que le siguen innumerables carrozas que representan a los barrios del municipio o simplemente a grupos de amigos que se reúnen con tal fin. El trayecto de unos seis kilómetros, en un paisaje de medianías, la arropa y le da un colorido y estampa peculiar. Las viviendas, de una o dos plantas, de arquitectura tradicional la mayoría de ellas, recién pintadas para la ocasión lucen las mejores galas, colgando además de banderas un rico muestrario de la artesanía textil de la isla, así como útiles antiguos de labranza, el gofio, el barro, la seda, y otras producciones domésticas tradicionales. Por un día, cada tres años, en El Paso, se reviven los viejos usos y costumbres”.

Braulio Martín Hernández (Hijo Ilustre y ex Cronista Oficial de El Paso)

Hernández Pérez, M. V. (2001). La isla de La Palma. Las fiestas y las tradiciones. Tenerife: Centro de la Cultura Popular Canarias.

Bajada de la Virgen

A LA MADRE DE EL PINO

Providencial Señora Providente,
en la entraña del pino aparecida
para guía y amparo del creyente
desde los altos cielos descendida.

Por donde alumbra al Valle el sol naciente
lo alumbras tú también, sol de la vida,
pero tu luz alumbra eternamente
en lámparas celestes encendida.

Tú vives y tú estás en las alturas
entre los pinos que te dan altares,
bendiciendo este valle de amarguras.

Tu casa es templo forestal de El Pino,
del pino que compendia los pinares,
¡centinela de Dios en el camino!

                                Antonio Pino Pérez

La Virgen del Pino de El Paso. Apuntes de interés

Fotos 3, 4, 5 y 6: José J. Santana

Durante días se ha producido en El Paso un grave incendio, que ha asolado una parte de su territorio y se ha extendido a otros municipios. Ha fallecido un agente forestal mientras trabajaba en su extinción. Queremos expresar nuestra profunda tristeza y nuestras condolencias a su familia, amigos y compañeros de profesión. En la esperanza y en la oración, descanse en paz Francisco José Santana. Nuestra admiración por estos hombres que ponen en riesgo sus vidas para proteger las de los demás.

Mártires de Tazacorte: Sangre en el mar

Mártires de Tazacorte, sangre en el mar

Era el tiempo en que la Rosa de los vientos llevaba el pabellón de la España imperial clavado en cada uno de sus estilizados pétalos. Era el tiempo en que España dejaba blanquear los huesos de sus hijos —soldados y teólogos— en las costas de Albión, en las dunas de Flandes, en los campos de Francia y Alemania para mantener enhiesta, sobre la herejía vencida, la Fe católica de Roma. Era la Edad gloriosa, cuando España, no contenta de salvar a la Europa latina de la infección protestante,— “fiera recrudescencia de la barbarie septentrional”— ofrecía a la Iglesia, a cambio de los desgarros que en su túnica perpetraron manos apóstatas, un nuevo mundo conquistado por el valor de sus capitanes y evangelizado por la virtud de sus Misioneros.

Un día del año de 1570 zarpa del puerto de Lisboa un navío con rumbo al Brasil. Un navío hispano – lusitano porque el mismo cetro real de Felipe II rige a Portugal y a España y, además, porque en lo ideal no hay fronteras dentro de la Península ibérica; el mismo destino histórico evangelizado y civilizador impera en las gestas de españoles y portugueses. La nave lleva un rico cargamento, de Hispanidad: arcabuceros, fogueados quizás en San Quintín o en las marismas bátavas, licenciados de Coimbra o Salamanca, labriegos, mercaderes, menestrales, y, como razón que justifica y guía que señala infalible el camino de la Civilización verdadera, sobre la cubierta del bajel se destaca- el austero hábito del sacerdote de Cristo.

Hacia el Brasil se dirigen cuarenta religiosos de la Compañía de Jesús, es superior de la expedición, el Padre Ignacio de Azevedo. Nombre ya prestigioso en el recién fundado Instituto. Nacido en Oporto en 1527, ingresó en el noviciado a los veintiún años admitido por el Padre Simón Rodríguez, compañero de San Ignacio e introductor de la Compañía en Portugal. En 1552 es nombrado rector del Colegio de San Antonio en Lisboa, pasando luego de superior a la casa profesa de San Roque y poco después se le otorga el cargo de Vice-Provincial de todo Portugal. Asistió a la segunda Congregación general en la que fue elegido San Francisco de Borja, quien le envió a las misiones brasileñas. De Roma se trajo, como obsequio del Papa S. Pío V, una copia del cuadro de Santa María la Mayor, imagen que llevaba consigo en todos los viajes.

Regresó de América para allegar recursos y misioneros y una vez obtenidos se reembarca para proseguir en las selvas vírgenes del Amazonas, su iniciada labor conquistadora de almas para Cristo. Pero la Divina Providencia había decretado que aquellos apóstoles no arribaran al puerto de Río de Janeiro sino a otro puerto de término definitivo —«inmortal seguro»— adonde van consignados los tesoros de «preciosas margaritas». Al llegar el buque el 15 de julio de 1570, a la altura de la isla de La Palma, frente al puerto de Santa Cruz, avista una nutrida escuadra que les cierra el paso. En los mástiles de aquellos navíos ondea el siniestro pabellón de un corsario calvinista. Su nombre ha llegado hasta nosotros: Jacobo Serel, (no Soria como impropiamente se le designa) natural de Criel, entre Dieppe y la Villa d’Eu; famoso por sus correrías manchadas siempre de crimen y exterminio.

Frente a frente se hallan dos concepciones antropológicas y teológicas de oposición irreductible. De una parte el paroxismo de la rebeldía, del error y del odio hecho carne en el Calvinismo; de otra la personificación más acendrada de la disciplina y obediencia heroica —«tanquam cadaver»— de amplísima verdad —humanismo cristiano del «ratio studiorum»— y de la caridad como suprema ley y regla de vida, plasmada en la última maravillosa producción de la Iglesia Católica: la COMPAÑÍA DE JESÚS.

Los más genuinos representantes de la Hispanidad, los Hermanos en Religión del P. Laínez cuya doctrina sin medias tintas — tan católica como hispana— sobre el libre albedrío afirma que todos los hombres, sin distinción de razas superiores e inferiores, si quieren, pueden salvarse; los que, por estar imbuidos en esta doctrina, sienten, quizás como, ninguna Orden, la vocación misionera, se encuentran, como corderos entre lobos, rodeados de los herejes que han llevado más lejos sus errores sobre la, libertad humana: el fatalismo había hallado en Calvino su más brutal definidor: «hay hombres que nacen destinados al infierno porque Dios lo quiere». Y el hombre que formula esta blasfemia inverosímil tiene discípulos y ejerce una influencia enorme en Suiza, Francia e Inglaterra…

Mediante un rápido abordaje consiguen los piratas apoderarle de su fácil presa. Los cuarenta jesuitas son condenados a muerte. No puede haber cuartel para la quinta esencia del Catolicismo y de la Hispanidad El Padre Ignacio de Azevedo, con la imagen de Santa María la Mayor a guisa de escudo, lleno de sobrenatural serenidad, exhorta a sus Hermanos con palabras de fuego a ser dignos soldados de la Milicia de Jesús; se vuelve, luego, a los herejes e increpa su impiedad y extravío hasta que cae acribillado por golpes de lanza. Sus compañeros sufren un martirio más prolongado. Despojados de sus hábitos, son apaleados hasta fracturarles brazos y piernas, alanceados y acuchillados son, por último, arrojados semivivos al mar.

Durante la ejecución de la inicua sentencia acaece un suceso digno de figurar en un acta martirial de la Iglesia primitiva. Los herejes habían indultado a un Hermano coadjutor por precisar de sus conocimientos culinarios. Un joven pasajero (sobrino del capitán de la nave portuguesa ) que ya había mostrado su deseo de ingresar en la Compañía, sintiéndose solidario de aquellos invictos confesores y para completar el simbólico, número de cuarenta, ocultamente se viste la sotana perteneciente a uno de los verdugos confesando su fe y su vocación, recibiendo al momento la púrpura inmortal infinitamente más valiosa que la de los Césares romanos.

Entre los mártires se encontraba un sobrino de Santa Teresa: Francisco Pérez Godoy, natural de Torrijos. La Doctora Mística tuvo una visión sobrenatural donde contempló a los cuarenta mártires victoriosos ascender llenos de júbilo a los cielos. Este es el asunto de la alegoría que ilustra este artículo. En el cuarto centenario de la fundación de la Compañía de Jesús es oportuno recordar esta gloria conjunta de. ella y de Canarias. No fueron mártires del Brasil, como se les suele llamar a los cuarenta beatificados por Pío XI el 1 de mayo de 1854, sino mártires de Canarias donde se les conmemora con Oficio particular y propio.

La bondad divina quiso que las costas del Archipiélago se vieran ungidas por sangre de martirio. La espuma del Atlántico que besa nuestras playas dejó de ser blanca. Un día de julio las olas empenacharon sus crestas con el color ardiente del sacrificio y de la caridad heroica. La sangre fecunda de los inmolados por Cristo circundó como corona de rosas bermejas a esta tierra atlántica, centinela avanzado de la Hispanidad.

Gabriel G. Landero. Prebístero
Santa Cruz de Tenerife. 1941

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Mártires de Tazacorte

Festividad de los Mártires de Tazacorte (Beato Ignacio de Azebedo y 39 compañeros jesuitas)

Nuestra Señora de los Remedios, patrona del Valle de Aridane

Nuestra Señora de los Remedios (Los Llanos de Aridane)

“En esta mañana solemne, de luz y de gloria”

Se hizo luz difusa la oscuridad de mi alcoba; era el día magno y saludé a Dios en el mar… en la montaña…
Dormían las olas con su rizada sonrisa; dormía el monte desceñido del crespón negro de la noche … y el pincel dorado de Apolo, empezó a pintar las aguas mansas azulencas, la ancha faja de las verdes plataneras, la cima de los montes y de las cosas…
El abanico del paisaje se abría a cada revuelta de la curva carretera. Mar y Cielo de consumo, nos brindaban el día más brillante del año.
Tenía el aire olores marinos diluidos en aromas de campo. Recordé las palabras de Loais Veuillot en el Coliseo de Roma: «Que dulce era el sol; que alegre estaba mi corazón».
La ciudad, engalanada, abrazaba a todos los humanos con el balanceo de mil gallardetes y guirnaldas, con sus arcos y sus flores, con sus calles rebrillantes de mágica luz; con sus casetas de enramadas; con sus tenderetes al aire.
En la pulida y elegante plaza de la Iglesia, se aderezaba, afanosamente, el tinglado de la loa. Las férreas campanas de la empinada torre nos llamaban con su lengua de hierro.
El templo refulgía de luz y de carmesí; en el sitial de honor la Reina de los Remedios a todos nos saludaba al entrar. Ríos humanos llenaron aquellas naves con honores catedralicios y al empezar el culto, las puertas reventaban racimos de fieles que no cabían en el interior.
«Salve Sancta Parens»… la Gran Misa empezaba. Una música sublime temblaba por encima de los corazones apretados de emoción; los coros de angélicas voces retumbaban, melodiosos, cabe las amplias bóvedas.
Y cesó la música. Un joven, predicador desató su lengua florida para hablar de María y su verbo se vistió de galana poesía para cantar a la Madre, a la Reina, a la excelsa María.
«En esta mañana solemne de luz y de gloria…» Y así era. Por las abiertas y anchurosas puertas, se vela un sol retozón y cegador. El sacro orador se enardecía; un espasmo nos sacudía de pies a cabeza; calor en el alma, calor en el templo; fuego en las entrañas.
Y fue rotundo y soberbio el apóstrofe final que cerró el piadoso discurso: «¡Reina de los Remedios: aquí, quien manda eres Tú!»
El sol estaba en su apogeo; la pía muchedumbre lo llenó todo con su presencia desbordante y pese al sofocante fuego de un calor de canícula la animación se mantuvo toda la tarde.
Caras nuevas, gentes forasteras, isleños palmeros de todos los rincones; reconocíamos con alborozo, rostros de El Paso, de Las Manchas, de Tijarafe, de Tazacorte… de Santa Cruz de La Palma…
Las guaguas afluían por doquier incesantemente engrosando una turba que acabó por llenarlo todo… Y murió el día en brazos del mar solitario y circundante.
Se apagaron los fuegos del sol y se encendieron los focos de la tierra. Salvas y bullicio, voladores y taponazos verbeneros.
A la hora de la procesión, la ciudad era un ascua. Todos la esperábamos a Ella, a María, a la Reina de los Remedios coronada de oro, vestida de azul, sonriente, divina triunfadora, que pisaba silente y materna, con amoroso y menudo poso, la alfombra humana de corazones de los hijos del Valle de Aridane.

Félix Idoipe y Gracia (1947). Fiestas Patronales.

Nuestra Señora de los Remedios

Reina y Madre (A Nuestra Señora de los Remedios)

Corazones a tus pies,
blanca Reina de mi Valle…
Cómo flamean los cirios
y se deshojan los lirios
al entonarte la salve.

¡Salve…! —piedad, realeza—.
Lealtad de tus hidalgos
hecha oración y laureles;
incienso para tus sienes,
perlas para tu diadema.

Sedas, súplicas y loas,
—florecida está ya el alma—.
Un beso sobre sobre tu altar…
Brisas de pino y de mar
meciendo, suave, tus andas.

¡Señora de los «Remedios»!,
mírame a tus pies de hinojos
caballero de tu honor:
quede prendida mi flor,
llévome, a cambio, tus ojos…

Que han de ser luz en mi vida,
arras del sellado amor;
serenidad en mis penas.
para mis vicios, cadenas,
y en mis venturas… temor.

Mas ya no sé qué rendirte,
si espadas o corazones …
que si eres Reina en mi Valle,
eres, sobre todo, Madre
del Valle de mis amores…!

                                       Fray Juan Francisco Hernández González, O.P.

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Foto 1: José J. Santana

Foto 2: F. Quintero (fuente: elapuron.com)

La Villa de Mazo, inmensa Custodia de amor

Corpus de Mazo 1

La Villa de Mazo, inmensa Custodia de amor

Custodia de amor. Inmensa custodia de amor, es la frase adecuada para la Villa de Mazo, especialmente por estas fechas. En vísperas de la vigilia grande, como colofón de las demás vigilias en benedictino anudar de afanes y de esperanzas. Volcando a manos llenas, el amor en el proceso siempre doloroso de la creación. En esa singular tarea que dibuja e informa uno de las mejores maneras de dialogar con Dios.

Custodia de amor. Rico panal, incomparable panal, propio de la colmena laboriosa indesmayable, ilusionada, por los calores místicos de la ofrenda. Y es que sólo por la fe, con amor, se alcanza a comprender los inmensos quilates del esfuerzo compartido. De este quehacer comunitario. De este arrodillarse para ser fuerte de todo un pueblo. Que en esa noche de la vigilia grande, transforma en realidad oferente, todo el ilusionado esfuerzo de otras noches, menos largas, pero también intensas. Con fiebre creadora y prueba victoriosa para la habilidad artesana, capaz de elevarse a los categoremas del Arte.

Y previamente, el despliegue de la gente moza o menos moza, por los vericuetos tendidos sobre los abismos de la montaña o de la mar. Entre la ilusión y el riesgo. En desafío al vértigo, a fin de aportar los ingredientes naturales necesarios, para plasmar en aras de la reverencia toda la poesía con mensaje que promete. Todo ese enorme tapiz de primores tejido de anhelos. Con la soberana urdimbre del amor, que sin mácula, se ha transmitido en trasvase de generaciones para por el Corpus, acentuar en la noble villa, esa plenitud de inmensa custodia de amor. Ese rico joyero que cubre todo el trayecto procesional como cúspide verticalina de ese amor, enlazado a la esperanza.

Corpus de Mazo 2

La difícil tarea de describir

Como en otras ocasiones, los apuros para el pregonero. Con la emoción atisbadora anudándose en su garganta. Poniendo en el empeño lo mejor de su alma, todo su amor admirado por las cosas bellas. Con respaldo de anhelosa entrega y que llega a mimo en los detalles. Con todas las características de la obra bien hecha.

Y como siempre, el humilde pregonero, sabe muy bien, se quedará corto y canijo pese a su afán en pregonar. Muy por detrás de empaque arrogante de la superación. Y es que, no es nada fácil interpretar fielmente hasta dónde llegan las querencias de un pueblo volcado a la pleitesía. Un pueblo que casi durante un año, ha acunado en su alma generosa, el anhelo de adorar a la divinidad mediante esa ofrenda comunitaria dotada siempre de imprevisibles logros. Que se proyecta en todo ese aliarse de primores para incrementar, si cabe, la excelsa intención. El imperativo de todos los corazones, a juzgar uno sólo, por su isócrono latido.

Apela al pregonero a sus recuerdos. Pretende enlazar vivencias en la esperanza de la inspiración necesaria para encontrarse a la altura y dignidad requerida por las circunstancias.

Humilde, confiesa su fracaso. Imposible pintar con palabras toda la galanura de esa obra tan pródiga en armonía. Con tanta elocuencia aderezada. Porque, al fin y a la postre, ahí en el obelisco singularísimo de los arcos. En esos arcos iris de la tierra tendidos para hablar con los cielos. En los arabescos de las alfombras o la extraordinaria intención teológica de los tapices y altares.

Acaso y sin acaso, se necesitaría el concurso de varios grandes poetas en uno sólo. Ser Homero, Virgilio en el equilibrio y Góngora en la metáfora. Disponer de la inimitable musicalidad de los Salmos del Rey David y toda la pristina elevación de San Juan de la Cruz.

Corpus de Mazo 3

La fiesta se invita por sí misma

Sólo resta al pregonero, domeñar la sonora habla de Cervantes. Reducir a términos sencillos el rebullir de sus entusiasmos. Atar bien corto el corcel de su imaginación para no apartarse, ni un solo momento, de ese cúmulo de esencias del Corpus Christi en la Villa de Mazo. Y contemplar ese conjunto de obras como envueltas en luz, hablándonos al corazón. Invitándonos dulcemente a participar en toda la soberana magnitud de la pleitesía.

De ahí que la Villa de Mazo, oficialmente no invita. Se limita a recordar la fecha y aguardar con los brazos abiertos y extendidos. Confía en la comprensión y amistad de todos y a raíz de su presencia, disfrutar plenamente de la labor bien hecha. De la tarea culminada felizmente, para contribuir a la felicidad de todos y que todos, en hermandad dichosa, se sientan también protagonistas de tan magnífica plasmación. Y sean también espontáneos pregoneros de esa pirámide de obras perfectamente engarzadas a una tradición que seguramente, se ha transmitido en andas del misterioso ritmo de la sangre. Porque aquí la mies es mucha y los sarmientos apadrinan excelentes caldos. En resumen, las especies singulares para prolongar hasta el infinito el gozo de vivir en Cristo y para Cristo. Vivir diariamente entregándose a los demás. Con amor, con caridad. En definitiva, alimentándose, elevándose desde esa inmensa custodia de amor, cuenco singular del único amor, que jamás podrá morir y proporciona seguridades de una eterna vida.

En definitiva, la Villa de Mazo no invita. Aguarda la visita de todos para en unión de todos, reforzar si cabe, la magnitud y pureza, la reverencia profunda provista del vertical impulso de recrearse en el diálogo con la divinidad.

Domingo Acosta Pérez, junio de 1976. Pregón de las Fiestas del Corpus (El Eco de Canarias)

Fotos: José J. Santana

Algunas hornacinas y capillas con San Martín de Porres (Canarias)

1. Capillita particular en La Orotava

2. Hornacina en una casa particular en el barrio de La Romera (Los Realejos)

SAN ANDRES Y SAUCES (LA PALMA)

 3. Hornacina en San Andrés y Sauces

Cruz de la Cebolla (La Orotava)

4. Capilla en la Cruz de la Cebolla (La Orotava)

smp la romera-placeres

  5. Capilla de San Martín de Porres en La Romera (Los Realejos)

capillita

El Paso (La Palma)

6 y 7. Capillita en el Barrial (El Paso)

Las capillas -especialmente dedicadas a la Santa Cruz o al Calvario, y en ocasiones acompañada de alguna advocación mariana o santo de devoción-, de diferentes tamaños y formas, son comunes verlas a lo largo de nuestro territorio, formando parte del paisaje -urbano y rural- de las islas y convirtiéndose en lugares de culto y de oración. Las hornacinas son pequeños huecos de diferentes estilos, excavados en la pared, rematados con arco de medio punto y con marco de madera y cristal protector. Ambas construcciones son habituales encontrarlas en fachadas o en el interior de casas, en patios y caminos o cruces de caminos de nuestras islas. Algunas ya deterioradas por el paso de los años y otras todavía en pie gracias al fervor religioso de los vecinos, dan lugar a una costumbre popular que deriva de nuestras raíces cristianas y que supone una “sacralización del espacio urbano” (que también define el poeta “ciudadela, que guarde la hornacina salvadora; centinela del bien, de tu legado, mi Señora”). Tampoco debemos olvidarnos, en este sentido, de las urnas portátiles o capillitas de visita -con su específica oración dedicada a la advocación de la imagen en la puertecita- que recorren los hogares uniendo en la piedad a las familias y a los vecinos.

Son las capillas y hornacinas un modo sincero y público, incluso conmemorativo, de expresar la devoción y encomienda a la Cruz bendita, a Jesús, a la Virgen, a un Santo-a, o un sentido expiatorio o de recuerdo de algún acontecimiento importante. Cómo se ha comentado anteriormente, no es difícil localizarlas en muchos rincones de nuestros barrios o municipios, pues ciertamente cada una posee su propia historia. Y es que la iniciativa privada, movida a veces por una profunda devoción o por el pago de alguna promesa, ha sembrado muchos lugares de capillas particulares o vecinales, calvarios y cruces, que también forman parte de la historia religiosa y popular de Canarias. Todas ellas son el resultado de sentimientos, pensamientos y recuerdos que avivan la fe y que, en buen modo, bendicen los lugares.

Ermita de la Inmaculada Concepción (Masca) 1

8. Capillita de madera en la ermita de Masca 

Santa Catalina - La Guancha

9. Capilla de visita en el barrio de Santa Catalina (La Guancha)

Ahora nos centraremos en aquellas, que a lo largo de estos años, hemos encontrado con la imagen de Fray Martín: En Los Realejos, más concretamente en el lugar denominado La Romera-Placeres, existe una capilla (ver foto central) que se ha convertido en unos de los centros de devoción a San Martín de Porres más importantes de Canarias. En la localidades de Santiago del Teide y Buenavista del Norte hemos visto en caminos con dirección a algunos barrios o caseríos capillas u hornacinas con cruces, a veces con alguna imagen de la Virgen o el Sagrado Corazón y otras también presente alguna figurita de fray Martín; e incluso, alguna dedicada casi de manera exclusiva a San Martín de Porres. Asimismo, en la ermita del caserío de Masca -dentro del Parque Rural de Teno-, dedicada a la Inmaculada Concepción, existe otra capillita tipo urna con Fray Martín (foto 8). En el barrio de Santa Catalina del municipio de La Guancha una capilla de visita recorre las casas de los vecinos del lugar de manera ya tradicional (foto 9).

Ermita de San Juan (Los Carrizales) 1

Ermita de San Juan (Los Carrizales)

10 y 11. Urna en la Ermita de San Juan, caserío de los Carrizales (Buenavista del Norte)

En el caserío de Los Carrizales (Buenavista del Norte), paraje enclavado en un barranco de majestuosas dimensiones, existe en su ermita de San Juan una pequeñísima imagen de San Martín en una urna. Lo llamativo es que dicha urna mantiene todavía la limosna dada por los feligreses muchos años atrás, con las antiguas pesetas y con algún que otro billete de la época que se conserva en recuerdo de los antepasados del lugar. Un papelito advierte: “el que coge este dinero se sabe…Dios castiga rápido” (fotos 10 y 11).

En el municipio del Paso, en la isla de La Palma, existe una bonita devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a la Virgen del Pino, así como un gran cariño por San Martín de Porres que se manifiesta con la Bajada del Santo (el sábado más próximo o siguiente a la festividad). Emociona caminar en la enigmática zona del Barrial -también en El Paso-, donde se sitúa una ermita dedicada a San Martín de Porres, y descubrir por el camino referencias que muestran el afecto que se profesa a Fray Martín.

el berriel bajo

Cerámica

Todo es bueno cuando San Martín se encuentra en los hogares y en los corazones

San Martín de Porres, también conocido cariñosamente como Fray Escoba, se ha introducido en los corazones de muchos canarios, y junto a la Virgen María -en sus distintas advocaciones- como patrona de cada una de las islas, bendicen nuestra tierra, suplican por sus habitantes y cuidan de nuestros hogares:

Martín de Porres! Cuida de nuestros hogares y a todos los que viven en él. Benditos sean los amigos que entran y las ventanas que se abren al cielo. Intercede ante el Señor para que nos guarde en paz y su bendición venga siempre sobre nosotros.

Iglesia Nuestra Señora de La Luz (Villa de Garafía, La Palma)

Iglesia de La Luz - Santo Domingo de Garafía

La iglesia parroquial Nuestra Señora de la Luz, también conocida como de Santo Domingo, en el casco histórico de Santo Domingo de Garafía, es un ejemplo único en La Palma y uno de los pocos templos canarios de presentar una planta de dos naves. Bendecida por el obispo de Marruecos, don Sancho Trujillo, en 1552, tiene unos magníficos artesonados en madera del país.

Iglesia de Ntr. Sra. de La Luz y de Santo Domingo de Garafía (La Palma)

Imagen de San Martín de Porres en la Iglesia de Nuestra Señora de La Luz. La imagen no está habitualmente expuesta al culto, pero sí en las fiestas de Nuestra Señora de La Luz (Foto por gentileza de Juan Luis Bardón)

La Noble y Leal Villa de Garafía, el municipio más al norte de la isla de La Palma, es un pueblo para perderse y un tesoro por descubrir. Los senderos y caminos reales recorren por laderas y barrancos el municipio, permitiéndonos conocer sus caseríos y bellezas naturales e históricas. A mediados de agosto, a partir del 15, comienzan las fiestas patronales del municipio, en honor a Nuestra Señora de La Luz. La Parroquia de Nuestra Señora de La Luz de Garafía tiene la singularidad de presentar una planta de dos naves, ejemplo único en La Palma y uno de los pocos que se encuentran en el Archipiélago. Su cabecera muestra la Capilla Mayor, dividida de la nave principal por arco triunfal, y dos colaterales, con arco abierto a la mayor. La del Evangelio, dedicada al Buen Jesús, es a su vez cabecera de la Segunda nave; la de la Epístola, que lleva la advocación de Nuestra Señora del Rosario, fue proyectada de igual manera, como capilla cabecera de una tercera nave que nunca se llegó a hacer. Los retablos -restaurados hace ya algunos años-, policromados de estilo manierista, datan del siglo XVIII, si bien se desconoce su autoría.

La hermosa imagen de la Virgen de La Luz es de las llamadas de candelero, es decir, solo tiene talladas la cabeza y las manos. Se trata de una imagen de autor desconocido, fechada a principios del Siglo XVIII, y de autor canario.

Virgen-de-la-Luz

Nuestra Señora de La Luz (Foto Luisa Castro)

Una Luz brilla en Garafia
Una Luz despierta el Nuevo día
Es la Virgen que nos Guía
Y nos trae su melodía.

Ilumina a tu pueblo Virgen Santa
Con tu arco iris de mágicos Colores
Y que tu imagen bella y sacrosanta
Nos Gratifique con el poder de tus favores.

De Garafia eres la fiel Patrona
Que honras con tu nombre luz divina
Serás por siempre la eterna faraona
Que nuestros pasos diriges y encaminas.

Eres Reina y Señora de nuestra Villa
Y eres la madre buena que nos cobija
Tú eres de La Palma la Luz y Guía
La aurora de la fe que la ilumina.

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Nuestra Señora de La Luz

Nuestra Señora de La Luz – Villa de Garafía

Ermita de San Martín de Porres (El Paso, La Palma)

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Ermita San Martín de Porres en el barrio de El Barrial de Abajo, municipio de El Paso (isla de La Palma).

Un lugar donde se materializa la naturaleza en su esplendor: la espiritualidad, el recogimiento, el buen trabajo del hombre y la labor bondadosa del Señor. Qué gozo de los vecinos y de San Martín disfrutar y honrar, respectivamente, un paraje tan bonito en un marco incomparable. La ermita, situada a las faldas de la montaña del pico Bejenao, en el borde sur del Parque Nacional de la Caldera de Tabueriente, fue construida en acción de gracias por D. Armando Rodríguez Rodríguez con ayuda de su familia y la colaboración de los vecinos del lugar, especialmente de Doña Rosa Flores, Don Sergio Rodríguez y Don Amanción López -que donaron los terrenos-. La feliz inauguración tuvo lugar en 1987. Este templo destaca, además, por ser el único de la isla donde todas las confesiones cristianas pueden celebrar su culto (la comunidad anglicana es una de ellas, celebrando una misa semanal en la ermita). También suele ser utilizada por la comunidad católica para convivencias y ejercicios espirituales.

También cerca de la ermita de San Martín, entre pinos y con el arrullo de la suave brisa, se encuentra la ermita de Nuestra Señora del Pino. La tradición cuenta que la imagen de la Virgen apareció en el tronco de un centenario ejemplar de pino canario que se mantiene en el mismo lugar, y que durante siglos ha dado cobijo a los caminantes que buscan su sombra. Esta pequeña talla de la Virgen del Pino – la original – aún se conserva en la ermita dentro de una urna. Cada tres años se realiza una romería y bajada en su honor.

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El Barrial de Abajo celebra su día grande de fiesta el sábado siguiente a la festividad de San Martín de Porres. Todos los actos transcurre en torno a la “Bajada de San Martín”. A la Santa misa le sigue una procesión con la venerada imagen. A continuación, los asistentes disfrutan de un almuerzo y actuaciones musicales para amenizar la tarde. Todo un día para honrar, en comunidad, a Fray Martín. Definitivamente, una ermita con una preciosa historia:

La historia comienza en el año 1954. Armando Rodríguez Rodríguez, un vecino de la zona de El Barrial, en El Paso, se decidió a emigrar a Venezuela para huir del hambre y labrarse un futuro mejor, como muchos otros palmeros. Ese cabrero, que desde su niñez cuidó ganado, encontró en el monte, justo antes de partir, a sus 15 años, una pequeña figura de un santo con la piel oscura, San Martín de Porres, para él desconocido hasta entonces. Antes de irse se lo entregó a sus familiares (sus tres tías), que, durante su ausencia, lo colocaron en una pequeña capilla improvisada en el lugar en donde se localizó la pequeña talla, una estructura que aún se conserva tras varias restauraciones. Armando prometió que a su regreso, de encontrar algo de fortuna en su aventura, le construiría una ermita al santo…(Maikel Chacón, periódico El Día, 14 de diciembre de 2008. Extracto)

Historia completa: click aquí

Fotos: José J. Santana

Festividad de los Mártires de Tazacorte (Beato Ignacio de Azebedo y 39 compañeros jesuitas)

acevedo y compañeros

Extracto de Reseña Bibliográfica de “Los Mártires de Tazacorte” (Padre Ignacio Azevedo y compañeros), preparada por el Padre Julián Escribano Garrido, S. J. y editada por la Parroquia de San Miguel Arcángel de Tazacorte. LA PALMA, AÑO 1992.

(…) Conocidas las necesidades espirituales de aquella dilatadísima región, San Francisco de Borja nombró al P. Azevedo provincial del Brasil, y le autorizó para reclutar en Portugal un gran grupo de misioneros y llevar, además, consigo a cinco sujetos de cada una de las Provincias de España por donde pasase camino de Portugal.

El Padre General quiso que el P. Ignacio se presentase por última vez al Papa e implorase su bendición para aquella floreciente misión. El Padre Azevedo solicitó del Papa una gracia muy singular: llevar consigo, como amparo y esfuerzo, una copia de la imagen de Nuestra Señora, que la tradición atribuía a San Lucas y se venera en Santa María la Mayor. Y aunque no se recordaba que se hubiese concedido semejante favor, el Santo Padre no supo negarlo al santo misionero. Se sacaron, pues, dos copias, una de regular tamaño para la Misión y otra pequeña para el P. Ignacio.

De regreso a España, en Zaragoza, le dieron por compañero al Hermano Coadjutor Juan de Mayorga, navarro, de treinta y ocho años de edad, hábil pintor, para que con su diestro pincel adornara con sagradas imágenes los nuevos templos de las reducciones.

En el noviciado de Medina del Campo se le agregó, entre otros novicios, el Hermano Francisco Pérez Godoy, pariente cercano de Santa Teresa de Jesús. También se le agregaron jóvenes jesuitas del Colegio de Plasencia.

La mayor parte la reclutó en Portugal hasta cumplir el número de setenta voluntarios. Unos meses antes de embarcarse, se retiró el P. Ignacio Azevedo con sus compañeros a una finca propiedad del Colegio de San Antonio, llamada Valle de Rosal, distante una legua del puerto de Cacilhas, entre Azeitao y Caparica, muy a propósito para los Ejercicios Espirituales. Allí se dedicaron muy particularmente a la oración, a los ejercicios de caridad y estudio, durante unos cinco meses.

El P. Azevedo había tratado con el armador de un barco mercante, llamado “Santiago”, y había aceptado poner a su disposición una parte del navío para transportar a los misioneros. Como todos no cabían en él, aceptó el ofrecimiento de don Luis de Vasconcellos, nuevo gobernador del Brasil, que llevaría en su flota al resto de los jesuitas. El “Santiago” iría escoltado por seis barcos de guerra.

Así, pues, en el “Santiago” se acomodaron el P. Ignacio con cuarenta y cuatro misioneros; el P. Díaz, con otros veinte, en el navío almirante de la escuadra; y el P. Francisco Castro, con los restantes, en el navío “Os Orfaos”.

Zarparon de Lisboa el 5 de junio de 1570. Ocho días después arribaron a la Isla de Madeira los siete barcos.

A primeros de junio de 1570 salía el jefe religioso Jacques de Sorés con sus navíos de la Rochela, por entonces, importante baluarte de los hugonotes, enemigos jurados de los jesuitas. Esta flota de Sorés pasa husmeando las costas españolas y portuguesas a la búsqueda de alguna importante presa. Al no dar con ella pone rumbo a la isla de Madeira. Intenta acercarse al puerto de Funchal, estando todavía en él la flota de don Luís Vasconcellos, quien trata de defenderse con la artillería de sus barcos y la de la fortaleza de San Lorenzo, que domina ampliamente el puerto. El pirata desiste de su empeño y procura alejarse de la costa. Este hecho inesperado retrasó la salida de la flota de Vasconcellos.

Como el tiempo apremiaba, los comerciantes de Oporto que iban en la nave “Santiago”, contrariados por la demora, consiguieron del gobernador, a fuerza de ruegos, navegar a la isla de La Palma para desocupar buena parte de sus mercancías y tomar otras, ofreciendo regresar a tiempo para reintegrarse al grueso de la flota. Así se determinó la partida para el 30 de junio. Antes de hacerse a la mar, el P. Azevedo invitó a confesar a todos los marineros de la nave “Santiago” y les dio la Comunión, en la fiesta de San Pedro. Convocando también a todos sus compañeros, los exhortó a que se dispusiesen para sacrificar sus vidas en defensa de la fe, si Dios se lo pedía; pero si alguno no se consideraba con ánimos podía quedarse tranquilamente en Madeira. Cuatro novicios, en efecto, desistieron de aquel viaje, con lo que marcharon el Padre Ignacio Azevedo y treinta y nueve compañeros.

El día 7 de Julio de 1570 salía del puerto de Funchal el galeón “Santiago” aprovechando la desaparición del pirata francés. El viaje transcurrió felizmente; el mar estaba en calma hasta que, cuando ya se encontraban en las proximidades de La Palma, a una dos leguas y media de la ciudad, un fuerte viento, los lanzó lejos de la costa y les obligó a dar un rodeo a la isla hasta que encontraron refugio en el puerto de Tazacorte, en el poniente de la isla.

Los habitantes de Tazacorte les recibieron con generosa hospitalidad y les ofrecieron frutos de la tierra para reponer sus fuerzas.

Cuando bajaron a tierra el P. Ignacio y parte de la tripulación para saludar personalmente a tan amables personas, el P. Ignacio se encontró con la grata sorpresa de que el dueño de aquella hacienda era don Melchor de Monteverde y Pruss. Los dos habían sido grandes amigos en Oporto, donde realizaron sus estudios, y también existió la más entrañable amistad entre sus padres. D. Melchor le invitó a hospedarse en su casa y, como recuerdo de aquella presencia amistosa y feliz, ha quedado la “reliquia” conocida hasta hoy como «casa de los mártires».

Durante los cinco días que permanecieron el P. Ignacio Azevedo y sus compañeros en Tazacorte, visitaron las iglesias y ermitas del contorno como la iglesia de San Miguel y la ermita de Las Angustias. La belleza paisajística del Valle de Aridane, lleno de impresionante majestad, invitaba a la oración.

En sus conversaciones, don Melchor Monteverde aconsejó al Padre Ignacio regresar por tierra a Santa Cruz de La Palma para tomar allí el barco.

cuadro mártires de tazacorte

Cuadro de los Mártires de Tazacorte (Iglesia de Nuestra Señora de Las Angustias – Tazacorte)

El 13 de julio el P. Ignacio Azevedo celebró su última Misa en tierra, según algunos autores, en la iglesia de San Miguel de Tazacorte. Después de la celebración de la eucaristía contaron testigos presenciales que, en el momento de beber del cáliz, tuvo el P. Ignacio la revelación de su próximo martirio. Tan fuerte fue la impresión recibida que con los dientes produjo en el borde del cáliz una suave mella.

Desde ese momento, la decisión estaba tomada, navegarían en el “Santiago” desde Tazacorte, a pesar de los consejos en contra; y como muestra de agradecimiento o para prevenir cualquier profanación, entregó a don Melchor las reliquias que le entregara en Roma el Papa San Pío V.

El galeón “Santiago”, en la madrugada del 14 de julio, se hizo a la mar, rumbo a Santa Cruz de la Palma, por la parte sur de la isla. El mar, por este lado de poniente, se hallaba ese día en calma. Esta circunstancia obligó al galeón a avanzar costeando la isla para aprovechar mejor la ligera bri¬sa que le llegaba de tierra.

Mientras tanto, Jacques Sorés seguía al acecho de su posible presa. Al amanecer del día 15 de julio el galeón “Santiago” se alejaba de Tazacorte hacia el sur. Fue entonces cuando el corsario francés, aprovechado los vientos favorables que le venían del mar, por la parte del naciente, trató de interceptarlo con su navío de guerra “Le Prince”, haciéndole unos disparos de intimidación.

Lograda la aproximación de los dos barcos, los hugonotes franceses hacen tres intentonas de abordaje que fueron repelidas por la tripulación portuguesa. Mientras tanto se habían ido acercando al galeón “Santiago” los otros cuatro navíos del pirata francés.

Cuando Sorés juzgó llegado el momento, dio la orden de abordaje. Numerosos grupos de hombres, saltando precipitadamente de los cinco navíos franceses, se lanzaron impetuosamente sobre el galeón portugués. El encuentro resultó feroz y sangriento. Los tripulantes lusitanos defendían cada palmo del barco con bravura y coraje. Ante la superioridad numérica de los atacantes, los lusitanos iban sucumbiendo heroicamente.

El Padre Ignacio de Azevedo iba de una parte a otra alentando a sus compatriotas a dar su vida por la fe. Herido en la cabeza por la espada de un capitán calvinista continuó exhortando a los suyos a perdonar a sus enemigos, mientras abrazaba con fuerza el pequeño cuadro de Nuestra Señora que le había entregado el Papa Pío V. Herido su cuerpo de muerte por tres golpes de lanza, cayó al suelo sin vida.
Como la situación se hacía ya insostenible por momentos, la tripulación portuguesa optó por rendirse. Hecho el recuento de los tripulantes y pasajeros quedaron los misioneros jesuitas como único blanco de los ataques de los hugonotes. Cayeron sobre sus mansas víctimas con ferocidad inigualable apuñalando a unos, acribillando a disparos de arcabuz a otros. Luego se dedicaron a arrojar por la borda los cuerpos moribundos de sus víctimas. Y desde lo alto del galeón “Santiago” se deleitaban en la contemplación de sus inocentes víctimas, hasta verlas hundirse en el mar.

Reliquias Mártires de Tazacorte

Cofre con las reliquias de los Mártires de Tazacorte (Iglesia de Nuestra Señora de Las Angustias, Los Llanos de Aridane)

De los mártires, ocho eran españoles y el resto portugueses.

Los calvinistas profanaron las reliquias y objetos religiosos que llevaban los misioneros. Sólo algunas pudieron ser recogidas por un marinero francés. Cuenta la tradición que, pasada la terrible tempestad del martirio, se veía flotar sobre las aguas al P. Ignacio de Azevedo abrazado al cuadro de Nuestra Señora. Sólo se salvó del martirio el hermano cocinero Joao Sánchez, al que el pirata quiso conservar para aprovecharse de sus servicios. En su lugar murió un joven, que era sobrino del capitán del galeón “Santiago”, el cual al ver el heroísmo de aquellos religiosos se vistió con la sotana de uno de ellos y se presentó ante los verdugos diciendo que también él era católico.

Después del martirio de los misioneros jesuitas, Jacques de Sorés, se dirigió a La Gomera en son de paz. El Conde de la Gomera, don Diego de Ayala y Rojas, logró que el pirata le entregase los 28 miembros de la tripulación y pasajeros lusitanos que había hecho prisioneros.
Una vez llegados estos hombres a la isla de Madeira relataron minuciosamente al jesuita P. Pedro Días lo ocurrido a bordo de la nave “Santiago”.

El mismo día del martirio, a muchos kilómetros de distancia, en una visión, vio Santa Teresa de Jesús subir al cielo a los cuarenta mártires muy gloriosos, y adornados con coronas y hermosísimas aureolas y conoció en aquella celestial procesión al H. Francisco Péres Godoy su pariente cercano, quedando así consolada.

En 1632 el Cabildo de La Palma pidió al Santo Padre que fueran Beatificados y nombrados patronos de la Isla. Después de esta fecha, una y otra vez, volvió a elevarse a la Santa Sede el mismo deseo y petición.

El Papa Benedicto XIV, en septiembre de 1742, reconoció que eran auténticos mártires por la fe; y Pío IX, en 1862, los beatificó. El cáliz que mordió el P. Ignacio de Azevedo, según una tradición constante y sin oposición, se conservó en la iglesia de San Miguel de Tazacorte, junto a otras reliquias.

En Mayo de 1745 visitó la iglesia de San Miguel el Obispo de la Diócesis, don Juan Francisco Guilén, y tomó el cáliz para regalarlo a los jesuitas del Colegio de Las Palmas de Gran Canaria, como reconocimiento a la ayuda prestada por el jesuita P. Valero en la visita a la diócesis. Después de muchas vicisitudes en diversos lugares de la península, se encuentra -de nuevo- actualmente en el Colegio de Las Palmas de Gran Canaria.

Los mártires suelen llevar la denominación del lugar donde triunfaron en la fe y desde donde volaron al cielo; por eso, con toda razón se han de llamar “Mártires de Tazacorte” y no “Mártires del Brasil”, como algunos autores les denominan. Ellos son patrimonio espiritual de la isla de La Palma y una de sus glorias. La isla de la Palma les acogió en la tempestad y les acompañó, como testigo, en su ascensión a la gloria de Dios.

“Yo soy católico y muero por mi fe: los ángeles y los hombres son testigos”

Poesía del Beato José de Anchieta que el Obispo de la Diócesis Nivariense (Diócesis de Tenerife), Don Felipe Fernández García, entregó a los fieles en la Festividad de Los Mártires de 1997:

“LO DULCE NO GUSTARÁ”

“Lo dulce no gustará
Quien no gusta del acedo,
Como Ignacio d”Azevedo.

El exceso de amarguras,
Que el buen Jesús padeció,
Con amor las convirtió
En exceso de dulzuras,
Con que al hombre regaló.
Lo uno y otro bebió
Ignacio, que muerto está,
Con muerte que vida da,
Porque quien hiela no gustó
Lo dulce no gustará.

El trabajo, Abatimiento,
Dolor, muerte acedos son.
Bebiólos, de corazón,
Con excesivo contento,
Ignacio, grande varón.
Si quieres tal bendición,
Síguelo con gran denuedo,
Porque es justicia y razón,
No tenga consolación
Quien no gusta del acedo.

Azevedo acedo queda,
Si sacas del medio ve,
Porque el acedo fue
Para Ignacio viva rueda,
Con que se probó su fe.
Su amor perfecto fue
Desechando todo el miedo,
Pues quien tal ejemplo ve,
Firme en sólo Dios su pie,
Como Ignacio de Azevedo.”

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Mártires de Tazacorte

Aspectos del culto a Ignacio de Azevedo y sus 39 compañeros mártires. María Cristina Osswald y José J. Hernández Palomo. AQUÍ