Sierva de Dios Sor María de Jesús de León Delgado, O.P., “la Siervita”

Boletín Informativo de la causa de canonización de la Sierva de Dios Sor María de Jesús de León Delgado, OP (nº28, año 2020).

INTRODUCCIÓN

Un año más, ponemos en tus manos este sencillo Boletín informativo a través del cual queremos ofrecerte algunas noticias que ayuden a seguir pidiendo intensamente la pronta beatificación de la Sierva de Dios sor María de Jesús, nuestra Siervita. Este año lo hacemos en el marco de la celebración del bicentenario de la creación de nuestra diócesis de San Cristóbal de La Laguna, o Diócesis Nivariense, cuyo Jubileo está siendo celebrado desde el pasado 21 de diciembre y hasta finales de noviembre de este año 2020. Miramos a la Catedral y nos alegramos de que el Papa Francisco nos haya dado la posibilidad de abrir la Puerta Santa y ganar la indulgencia que nos reconcilia con Dios, purificando la memoria de nuestros pecados y de su pena. La Sierva de Dios es testigo de un deseo grande de comunión plena con Dios. Eso es la santidad. Buscar a Dios en las cosas pequeñas y ordinarias de nuestra vida. Convertirnos cada día un poco más con la ayuda de la gracia de Dios que viene en ayuda de nuestra debilidad. Entrar por “la puerta estrecha” que da acceso al corazón enorme de Dios que nos ama de manera inimaginable. Este año debemos aprovechar la ocasión del bicentenario de nuestra diócesis para crecer en santidad y amor a Dios y a nuestros hermanos. Una extraordinaria manera para imitar las virtudes y el deseo de santidad de “La Siervita”.

DOSCIENTOS AÑOS DE LA DIÓCESIS NIVARIENSE

El año 1819 es una fecha que debe estar especialmente grabada en nuestra memoria. Aunque ya formábamos parte de la Iglesia y éramos miembros de su Cuerpo Místico, a partir de ese año, las cuatro islas occidentales del Archipiélago canario comenzaron a ser una Iglesia particular. Sor María de Jesús nació cuando las Islas Canarias eran una única Iglesia -diócesis de Canarias-, y murió en el año 1731, ochenta y ocho años antes de la creación de la diócesis Nivariense. No contempló nuestra diócesis, pero seguro que pidió por ello, ya que durante muchos años en la ciudad de La Laguna se hablaba de ello, se contemplaba la necesidad pastoral de tener cerca el ministerio del obispo, se daban pasos para que esta riqueza eclesial tuviera lugar. La Iglesia única, instituida por Cristo, se hace presente y vive en cada una de las iglesias particulares. El sentido de pertenencia a una comunidad y la llamada a anunciar el Evangelio lo recibimos en la concreción de una iglesia particular, y realizándolo en ella, lo realizamos en la única iglesia de Cristo.
La Iglesia es, como confesamos en el Credo, una, santa, católica y apostólica. La Iglesia es “santa”. O dicho de otra manera, la Iglesia es el medio a través del cual los fieles logran la dicha de la santidad en comunión con la santidad de Cristo, camino, verdad y vida. Si queremos llegar al Padre, el camino es Cristo. Durante este bicentenario debemos insistir en nuestra oración pidiendo a Dios el don, el regalo, de la pronta beatificación de la Sierva de Dios, signo y señal de la santidad de la Iglesia diocesana.

AVATARES DEL PROCESO DIOCESANO

El proceso diocesano de canonización de La Siervita comenzó muy pronto, unos años después de la muerte, en olor de santidad, de Sor María de Jesús de León. Quienes la conocieron pusieron muy pronto por escrito sus recuerdos y datos, sabiendo que su vida había sido especial y que era, del todo, merecedora de ser declarada por la Iglesia como modelo y testigo de santidad. Los acontecimientos de finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX hicieron que aquel proceso se viera interrumpido y olvidado en el fondo de un cajón en el depósito de trastos del monasterio de Santa Catalina de La Laguna. A finales del siglo XIX se descubre aquel proceso y se despierta en la diócesis, de nuevo, el deseo de activar el proceso. Un intento frustrado por numerosas circunstancias, de las que quedó la biografía elaborada por don José Rodríguez Moure. Sería a finales del siglo XX, y de la mano de don Felipe Fernández, nuestro Obispo, cuando el Proceso se activa de manera definitiva, superando la fase diocesana y comenzando la fase Romana del proceso de beatificación con la elaboración de la Positio.

Las dificultades en el proceso pueden entenderse como un camino que se une al camino de la Iglesia, siempre complejo y con la dificultad de los acontecimientos sociales y culturales que son siempre asumidos por la comunidad cristiana como ocasión de conversión y crecimiento. Tal vez esta larga pasión sea señal de una plena glorificación que deseamos sea pronta

EL VALOR DE LA SANTIDAD CANONIZADA

Nos pudiéramos preguntar qué valor tiene la declaración de beata o santa de una fiel Cristiana como sor María de Jesús. ¿Qué le aporta a ella? Y pudiéramos responder que a ella no le aporta nada. Porque Dios es la fuente de la santidad de los que ya gozan de la gloria de Dios. Y si está con Dios es a nosotros a quienes nos conviene saberlo. Somos nosotros, por tanto, quienes nos beneficiaríamos de la canonización de ella. Porque la miraríamos como modelo de santidad y acudiríamos comunitariamente a ella pidiendo su intercesión. Ser modelo e intercesora, declarada por la Iglesia, de manera solemne y oficial, es a nosotros a quienes nos beneficia. Además, la declaración de santidad que realiza el Papa cuenta con la asistencia especial del Espíritu prometido al sucesor de Pedro que garantiza su verdad. Pedir la intercesión de un santo canonizado nos da seguridad comunitaria de contar con quien ya goza de la comunión plena con Dios.

LAS CAUTELAS DEL PROCESO

Nuestro deseo de verla canonizada debe ser un deseo prudentemente vivido. Son importantes las cautelas eclesiales que se establecen en los procesos de beatificación y de canonización. Lo más importante es que no le demos culto público. Solo podemos encomendarnos a ella privadamente. Es lo que se llama el culto privado. Hasta que la Iglesia, oficialmente, no la declare beata o santa, no podemos darle culto público. Esta cautela es muy importante. Hasta tal punto es así, que si se le diera culto público indebidamente el proceso se vería amenazado. Por otro lado, la fama de santidad debe ser una expresión espontánea del pueblo de Dios, sin que resulte de una promoción externa que anime a que los fieles se encomienden a su intercesión. De hecho, la devoción que le tenemos en nuestra diócesis y en otras diócesis no ha sido el resultado de una campaña, sino fruto del boca a boca, de la certeza subjetiva de que su intercesión a favor de nuestras necesidades es eficaz, porque muchos fieles dicen que lo han experimentado. Estas cautelas deben ser respetadas y procuradas, precisamente si queremos su pronta beatificación.

¿QUÉ PUEDO HACER POR LA BEATIFICACIÓN?

Pedirlo. Pedir al Señor por ello. Pedirlo intensamente, para que Dios nos conceda la gracia de tener entre nosotros a una hermana que interceda por esta Iglesia diocesana bicentenaria. Es fundamental acudir a Dios como Jesús nos enseñó en su predicación que recogen las páginas del evangelio: “Pedid y recibiréis”. Sabemos que Dios nos escucha y atiende. Y, si es su voluntad, las dificultades no impedirán que la deseada canonización de la Sierva de Dios acontezca. Y, por otro lado, compartir con las hermanas del monasterio de Santa Catalina las experiencias de gracia que recibamos por su intercesión. Un signo del Cielo no tiene por qué ser un milagro extraordinario, que lo puede ser, sino un signo de conversión, de sanación de una herida afectiva, o la reconciliación de una familia. Son signos de gracia pequeños, pero lo grande acontece de manera pequeña. Compartirlo con las hermanas nos ayudará a todos a caminar en este proceso.

¿EN QUÉ CONSISTE TU SANTIDAD?

Este es el tema fundamental. La santidad de un fiel canonizado debe servir de modelo y ayuda para nuestro camino personal de santidad. ¿En qué consiste, pues, nuestra santidad? Pues en vivir en comunión con Dios en medio de nuestra vida ordinaria. Aquella expresión de “has de florecer donde has sido sembrado” es muy elocuente. La santidad de tu vida, allí donde tu vida es vivida, junto a aquellos a los que estás anudado por los lazos de la sangre o de la amistad, por los vínculos sociales y laborales. La santidad de la vida oculta que procura cumplir los mandamientos y vivir lo que Cristo nos enseñó en el evangelio. Tan sencillo como esto; y tan extraordinario como esto. Seguir a Jesucristo cada día, amando a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Vivir en comunión con Dios.

EL JUBILEO DIOCESANO ES UN MEDIO DE SANTIFICACIÓN

La lectura diaria de la Biblia, la oración personal y comunitaria, la visita al Santísimo, la formación espiritual, la celebración de los sacramentos, etc., son medios de santificación. No se trata de un camino sencillo, porque somos tentados y desalentados por el espíritu del mal. Pero la gracia viene en nuestro auxilio. El sacramento de la Penitencia es un medio extraordinario de santificación, porque nos ayuda a tomar conciencia de nuestros pecados, pedir perdón y convertir nuestra vida. El pecado es perdonado, pero el daño cometido merece cumplir la pena de los pecados cometidos y perdonados. En la indulgencia jubilar, como la que este año podemos ganar al entrar por la Puerta Santa de la Catedral y cumplir las condiciones establecidas, nos ofrece la ocasión de redimir la pena de nuestros pecados. Aprovechemos esta oportunidad.

LA SIERVA DE DIOS Y LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL

De entre los medios de santificación que vivió de manera especial sor María de Jesús está la dirección espiritual, o el acompañamiento espiritual. Entre las fuentes de la biografía de la Siervita contamos con el testimonio escrito de su director espiritual. Esa persona que te ayuda a discernir la voluntad de Dios en tu vida y acompaña tu proyecto personal de vida cristiana. Sería una dicha que cada uno de nosotros tuviera un director espiritual. Puede ser un sacerdote o un diácono, una religiosa o religioso, un cristiano formado y con larga vida de fe, que nos pueda ayudar a caminar por la voluntad del Señor y a vivir con fidelidad el evangelio. Un sacerdote te daría la ocasión de vincular la dirección espiritual al sacramento de la confesión, pero no es imprescindible que sea sacerdote. Se trata de no caminar solo, de dejarnos acompañar por el Señor que se hace presente en el rostro de los hermanos mayores.

NO HAY SANTIDAD SIN EUCARISTÍA

Esta es la última realidad que les invitamos a considerar. No es posible ser santo sin Jesús y, de manera eminente, Él está presente en la Eucaristía. La Sierva de Dios vivía la Eucaristía como el alma de cada uno de sus días. La Eucaristía es la escuela de los Santos. No hay santidad sin Eucaristía.

Escribe: Juan Pedro Rivero

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ORACIÓN

–para uso privado–

Dios omnipotente y misericordioso, que te dignaste colmar de bienes celestiales a tu Sierva María de Jesús desde su infancia, llegando a resplandecer por su humildad admirable, oración asidua y penitencias rigurosas; concédenos, por su intercesión, la gracia que te pedimos (expóngase la petición). También te pedimos por la pronta conclusión del proceso de beatificación. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Edita:
MONASTERIO DE SANTA CATALINA DE SIENA
(Monjas Dominicas)
C/ Deán Palahí, 1 -38201 – San Cristóbal de La Laguna
(Tenerife)
Tfno.: 922258530
Correo electrónico del Monasterio:
monasterio@monasteriodominicaslalaguna.es

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Enlaces de interés

Boletines informativos de la causa de canonización

La Siervita

Es tu áurea el sol de Puntallana (A la Virgen de Guadalupe, patrona de La Gomera)

Es tu áurea el sol de Puntallana
(a la Virgen de Guadalupe)

Virgen de Guadalupe, dulce Señora,
crecen seis flores en tu cetro dorado,
ramillete que es ofrenda del enamorado
cuando de sus pupilas la emoción aflora:

Alajeró, Vallehermoso, Valle Gran Rey,
San Sebastián, Agulo y Hermigua;
donde el querer de un pueblo se fragua
junto a tu Hijo cuidando de su grey.

Es tu áurea el sol de Puntallana,
corona de doce estrellas
forjada en oraciones… doce huellas
que nuestro camino allana.

Bosque del Cedro, símil a tu encanto;
la bruma lo envuelve de leyenda
mientras corre el amor por su senda,
que –eterno– nació de un llanto.

Suenan las chácaras y tambores,
el corazón de la isla se descubre
al llegar tu santo día en octubre:
Madre eres de La Gomera con loores…

Y en el silbido vuela el lenguaje
del sonido a través de los barrancos,
pues al viento le sobran las palabras
en aquellos labios que llevan Tu mensaje:

Mi tilma, prenda divina,
es un manto marinero,
el blanco velo gomero
con que bendigo a la isla colombina.

                      José J. Santana

La festividad de Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de la isla La Gomera, se celebra el lunes siguiente al primer sábado de octubre.

Los ojos del Cristo de Tacoronte

Los ojos del Cristo de Tacoronte

Tus ojos…
Están hechos de mar y son inmensos:
sin riberas, sin lindes, sin orillas…
insondables abismos de nostalgia,
en expresión sin nombre, indefinida.
Todas las tempestades y borrascas
que levantan los mares cada día,
se reflejan en esos ojos únicos,
cuando los miro y ellos ¡ay! me miran.

Tus ojos…
Están hechos de cielo.
Tan sereno,
que, más que ver, parece que acarician.
¡Ay de las almas que se ven en ellos,
si no tienen la faz blanca y bruñida!
A ese cielo se mira con la pena
de verse desterrado.
Así cautivan
esos ojos de cielo azul, sin nubes,
donde una estrella de esperanza brilla.

Tus ojos…
Están hechos de amor.
Lo van diciendo
con su expresión divina:
“Sólo por ti, oveja descarriada,
he cargado de amor estas pupilas.
Para que fueran un imán tan fuerte,
que te tuviesen de placer rendida,
siguiendo por amor esa vereda
que el faro de mis ojos ilumina.”

Tus ojos…
Están hechos de penas.
¡Cuántas penas!
En número y maldad son infinitas.
Las lágrimas, los ayes, las angustias,
han marcado una huella.
Y así brillan,
cual sol y luna a un tiempo,
en la tarde sin luz. En la deicida
Parasceve en que mueren esos ojos
por donde entró la muerte de la Vida.
De penas un torrente va rodando
por la cuenca sin fin de tus mejillas.

Tus ojos…
La algazara que ven… Las melodías…
Las músicas ligeras… Y esas risas…
Son el polvo sutil de este camino
que nos lleva hasta Ti.
Pero se aviva
nuestra fe. Nos da alas. Nos alienta…
Y sabemos. Señor, que si nos miras
con tus ojos de amor, ojos de Padre,
nos perdonas en gracia de este Día.

Tus ojos…
¡Ay, cuánto bien hicieron a mi alma,
avecilla fugaz, nube vacía!
Ante su luz quedó cual mariposa,
a su llama rendida.
No se borra en mi mente tu mirada.
Veo en tus ojos la inefable dicha,
que espero por tu amor y por tus penas
y por la Fiesta de este magno Día.

Y hoy te pido, Señor de Tacoronte,
que en la noche sin luz de mi agonía,
me alumbren esos ojos con fulgores
de paz, de bendición, de eterna Vida.

                         A. Ureña, Salesiano

Foto: David González. Gracias, David!

A la Virgen de los Dolores de Santo Domingo

A la Virgen de los Dolores de Santo Domingo (Soneto)

Es tu rostro el que prende mis emociones
y alivia de este corazón sus sinsabores…
con tu mirada, candor de candores,
adentrándome en la dulce paz de las oraciones.

Enaltece tu luto a tu Hijo de las Tribulaciones;
que te inviste como Señora de los Dolores,
de la Soledad y de nuestros amores:
al pie de la cruz coronaste las santas devociones.

En tus lágrimas una lumbre pronto se adivina,
mas ese lloro que ilumina los obscuros pesares
condujo tu tristeza hacia la ternura plena.

Mi alma hasta ti se acerca peregrina
luego de equívocos y cansados andares:
¡no permitas, Madre, que sea en pena!

                  José J. Santana, La Orotava.

Imagen de Nuestra Señora de los Dolores de la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán (La Orotava). Foto: Parroquia de Santo Domingo

Instante supremo (al Cristo lagunero)

Instante supremo

Dentro de unos momentos el Cristo lagunero
saldrá de su capilla en magna procesión,
y el pueblo electrizado le seguirá anhelante,
los ojos en los suyos, vibrando el corazón.

El dolor del espíritu y el dolor de la carne
en silencio elocuente, ofrendan su promesa,
y millares de antorchas se consumen ardientes
en las manos que tiemblan mientras la boca reza.

La torre le saluda con cascadas de luces
y toda la ladera es volcán prodigioso.
Un cohete silbando anuncia la llegada,
y el Cielo es un incendio, de tan horrible, hermoso.

Ya el Cristo vuelto al pueblo desde el arco de entrada
se despide, inundando a todos de emoción.
Parece que los brazos se desprenden del leño,
ansiosos de apretarnos contra su corazón.

Yo he sentido de lejos el instante supremo,
mi alma ha estremecido tu mirada, Señor.
Y rogando por “ella” he caído a tus plantas,
herida por la flecha de tu divino amor.

      Josefina Tresguerras

Soneto póstumo (Ignacia de Lara)

lgnacia de Lara nos dijo su cristiano adiós en un soneto póstumo, que tuvo conmovedora réplica en otro soneto admirable. Y las islas maravillosas de Canarias deben oír siempre en su corazón aquella despedida sublime, grito y jaculatoria hecho de ternura y de fe, magnifico broche que cierra una vida ilustre y deja abierto en la propia muerte el constante manantial de la poesía, tendido al óleo de la inmortalidad su inmarcesible laurel.

Concha Espina

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Soneto póstumo

Cuando vaya a quebrarse la ilusión
de este largo soñar en que he vivido,
y esté oscilando el último latido
con que dice su adiós al corazón.

Cuando llegue la gran renunciación…
—aquella del silencio y del olvido­—
y entre la angustia del dolor vivido
rece el salmo final de mi emoción.

Que sea mi última estrofa solo amarte
y mi verso postrer el recordarte
la amante espera con que a Ti confío,
la decisión eterna de mi suerte,
¡y remansen las ansias de mi
muerte con la dulce quietud de un ¡Jesús mío!

                    Ignacia de Lara

A Ignacia de Lara
en el adiós a su vida

Tu débil cuerpo con la cruz camina,
el paso aroman flores del Calvario
y  nada quiebra tu ilusión divina,
que es la Virgen quien borda tu sudario.

Cuando la luz en tu cristal declina
y la postrera cuenta del Rosario
viene a tu dedo, el mundo se ilumina,
que Dios mueve tu labio extraordinario …

Y abierto todo el pecho a la Belleza,
trocada tu humildad en poderío,
sabre tu «adiós» contrito, la Isla reza
con místico, sublime escalofrío,
¡y te despide —¡oh, hija de Teresa!—
repitiendo tu dulce ¡Jesús mío!

              Luis Doreste Silva

A Ignacia de Lara

La recuerdo como era: Toda luz de sagrario,
con la fe y las virtudes de las vírgenes castas,
el corazón en llamas hecho un vivo incensario
para elevar sus preces a las regiones vastas.

Ahora —en sueño— la veo, diligente y ansiosa,
con un supremo alarde de excelsa poesía,
en los prados del cielo arrancando una rosa
y ponerla, amorosa,
a los sagrados pies de la Virgen María.

                                    Saulo Torón

“Gran Canaria”, poema de Stella Corvalán

Gran Canaria

Se rompe el horizonte en una isla
que alarga sus verdores …
Ya se acerca en las olas su perfume:
es la tierra, la Circe que ha de atarme
de nuevo a su cintura.
Mi libertad marina la enardece,
este connubio astral en que yo araño
la sumisión del mar con mi impaciencia
acaso estremeciera sus orígenes.
¡Quiere recuperarme, y ya me ordena
con una voz de potestad y hechizo!

Un volcánico mundo me sorprende:
estáticos granitos se levantan
con su entraña extinguida.
La Atalaya está en pie.
¿Es que saluda su arrogancia estéril
mi descenso a lo humano?
¿Es que comprende mi áspero dilema?
llego de un reino de tormenta e himnos,
de un oasis de espuma
y tengo miedo que la tierra oprima
mi contorno de músicas.

Cada vez más lejano el eco sordo
del amo transparente.
Ya me cercó la tierra. Está su clave,
recuperada, ardiendo entre mis dedos.
La isla me envía su emisario vivo:
Pinar del Tamadaba me enajena
con su profundo, extraño, penetrante
olor de jungla y raza entremezclados.
Hundí en esta montaña deleitosa
mis manos, que tornáronse sarmientos
en vegetal transformación violenta.
Fui a divisar en la mañana clara
cómo Fuerteventura a la distancia
entre confusos tules emergía,
y tras de Arucas, capitel vetusto,
miré del Teide la silueta núbil.
Euforia de las cimas, del peñasco,
de Tenerife y su pendón llameante.
De aquella carretera de Tafira
serpenteada por dulces eucaliptos,
que una noche negrísima me dieron
una luna irreal para que atara
mi corazón a este paisaje extraño,
donde la sombra tiende rojos velos
y deja que se cuelen por la umbría
brazos del cielo que suplican tregua.

Voy huyendo del mar porque ha tornado
su acento a perseguirme.
Ya resuena, iracundo, en las paredes
de mi ser su alarido.
Crucé por las Canteras.
la arena desgranó sutil y helada
su carcajada rubia …
Enraizada en esta isla pródiga:
jungla pequeña crepitando verdes,
yo el requiebro salado rehuía.

Me interné más y más. No parecía
sino que al recobrarme dio la tierra
a mi libre inquietud sus bebedizos.
A tientas con bejucos que enroscaron
sobre mí sus verdores,
yo, que cifré en el mar mi honda victoria,
huía de su elástico mandato.

Dilema lacerante en que lucharon
mi oceánico amor y esta molicie
entorpeciendo vegetal y ciega
mi potente albedrío.
Cual campanadas lentas
rebotaban las horas sobre el alma.
Y a lo lejos el faro en Maspalomas
guiñó en la noche un resplandor agudo.

Busqué refugio. El Parque de San Telmo
resplandecía paz, y entre palmeras
fui enhebrando mi fuga…
Rostros exuberantes, perfumados, eran los girasoles;
mirada roja en abisal pupila
desprendió su fulgor de entre unos árboles.
Y fue el ilán-ilán el que cercara
con lechosa imprudencia mi congoja.

Retrocedí cuando el fragor marino
irrumpió con violencia en los jardines.
Y desperté de este sopor que, aleve,
encarcelara mi contorno errante.
El mar me poseyó con su ancho ruego
y fui en el Muelle Viejo desgarrando
mis vegetales túnicas . .

¡Ya fue la tierra un sueño en este súbito
reencuentro con la espuma!

          Stella Corvalán

Homenaje lírico a las manos de Luján Pérez

Homenaje lírico a las manos de Luján Pérez

He aquí la huella luminosa
que han dejado tus manos sobre el tiempo
macerado de sombra y de ceniza,
cuyos lebreles fuiste acariciando
allá en la almena azul, sobre el adarve
de tu puro equilibrio incompartido.

Si otras manos, del agua, de la luz o la flor,
del fulgor de unos ojos, de la nieve o la bruma;
si otras se enamoraron de la tierra o la brisa
y fueron gubia o rosa, estrella o río,
las tuyas congregaron en un solo
haz de temblor de cada cosa viva,
el redondo racimo en que florecen
todas las savias juntas, el acorde
final donde convergen y se funden
y se hacen una sola las espumas
de todas las más altas sinfonías…
Luján: tus manos fueron río y rosa,
buril y estrella, corazón y llama.
Y sobre todo, mar; mar anchuroso,
pleamar de ambiciones infinitas,
pleamar sin orilla, como tu mismo sueño;
supremo altar de todas las ofrendas
y de todos los salmos con que el hombre
enaltece el amor.

Y ama la vida.
Y canta al hombre. Y le habla. Y allá en lo más recóndito
de su carne descubre fibras que aún no han vibrado,
porque la sangre tiene secretos que él ignora.

He aquí esta noble huella irrepetible
de tus dos anchas manos, barrocas manos tuyas,
cinceladoras de águilas y nubes,
alfareras de lágrimas de Vírgenes dolientes
y de Cristos exánimes, clavados
en el recio estertor de la madera;
hilanderas del íntimo silencio
que traspasa tus pulsos
como un viejo hontanar latiendo en tu nostalgia,
mitigando la sed
de tanta incertidumbre alucinante
que danza en tomo a tu verdad desnuda.
Tus manos ahí están, como dos frescas pomas
tentándonos los labios con su roja tersura;
como palomas trémulas soñando
Inéditos paisajes sin frontera;
mostrándonos. Luján, la sutil geometría
—no viene en nuestros textos anticuados—
de tu vuelo invisible que, de pronto,
se vuelve asombro de universos nuevos.
Tus manos ahí están,
atezadas de soles que no caben
más que en ellas, de soles que se han hecho
cárdeno contraluz en tus caminos
sembrados de divinas amarguras,
de soles que hoy son pátina encendida
sobre el viejo relumbre de tus tallas:
el mejor patrimonio de esas manos
avezadas de siempre al sortilegio
de todo lo imposible, que es lo tuyo.
Taumatúrgicas manos
que, por costumbre, sin querer, volvían
las piedras, pan; la soledad, belleza.
Manos, Luján, las tuyas,
enamoradas de la vida, blondas
colmenas de su miel
que, al ser tanta, la fueron derramando
a recios borbotones porque todos
supieran a qué sabe, qué esmeraldas
guardabas en el cofre de tus huesos.

Manos de nardo y luz: oh, manos olorosas
y ardientes como el sol de esta tierra fecunda,
de esta Santa María de Guía, en cuyo seno
abrió el ventalle de su luz la rosa
de tu sueño en escorzo de altos soles,
a la sombra amical de las tres Palmas,
Manos de honda pasión, de insomne brega,
como cuarzos de angustia esperanzada
entre las rocas lentas de un destino
que ellas mismas domaron,
como tu gubia el corazón
de esas tallas heridas
por las trémulas alas de tu milagro puro.
Manos de soledad madrugadora,
de afán irrepresable, de pertinaz abrazo,
de torrencial tesón sobre la artesa
donde fuiste amasando, instante a instante,
sin posible reposo, esa armonía
de tus rebeldes trigos interiores,
hechos pan mucho antes de que tú los pensaras,
para ofrecemos sobre tus cordiales manteles
con su gozo el perfume de tu vino jocundo.
Manos de paz, acariciando el hombro
de este barro que envuelve nuestra prisa;
manos de paz sembrando paz en nuestra besana
con tanta sed de mieses y amapolas,
con tanto insomnio de sentirse lumbre
para sentirse llama entre el rescoldo
donde aún vibra el fulgor de nuestra sangre.
¿Quién te las dio, Luján? Di: ¿quién te puso
tanta luz en las manos, tanto vértigo
de la luz entre ellas, que aún parece
como si camináramos a tientas,
porque sigues teniendo acaparada
toda la luz del mundo y nos deslumhras
y estremeces, de tanto poderío,
nuestra vieja retina bordadora
de tus encajes únicos?

¿Qué nuevo Prometeo,
desde tu origen ya, supo fijarse
en ti, signando tu señera frente,
dejando en el icrisol egregio de tus manos
ese fuego sagrado de la inmortal Belleza
que arrebató del cielo y que no a todos
es dado recibir?

Fuiste elegido
como lo fue Rodín o Miguel Ángel,
Salzillo o Montañés: manos orfebres,
anchas manos perfectas las de ellos y las tuyas,
dueñas de todos los arcanos
del tacto y de la forma,
de la honda vibración, del sonoro latido
de la luz, de esa luz que no envejece
ni os deja envejecer.

Con ellos diste
vida inmarchita al claro santoral
de tu imaginería innumerable
que ha de entonar, ya siempre,
con ardor renovado,
himnos de júbilo y amor
a esas dos manos creadoras
que le insuflaron el rotundo aliento
de las criaturas vivas y perennes.

Todo —no sólo el Arte— sin usura
te lo brindó la copa de los dioses:
la poderosa inspiración del genio
que habita sólo las más altas cumbres,
la inmensurable gloria que tuviste
sometida a tus pies, todo el prestigio
de tus dos manos, cráteras de tu insigne vendimia.
Y el generoso don de tu vida fecunda,
estrella impar con muchos años-luz,
más que muchas estrellas.
Por eso vivirás, mientras palpite
la euritmia de tus manos; mientras perdure, intacta
como una impronta de tu sombra inquieta,
la huella que dejaste sobre el tiempo…

           Cipriano Acosta Navarro

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Enlace de interés

Un puente entre dos siglos: José Luján Pérez (Graciela García Santana. Memoria digital de Canarias)