Cristo y Tú

Cristo y Tú

1) Cristo – Lo que Cristo hizo por ti:
a) Siendo Dios se hizo hombre.
b) Quiso nacer en un humilde establo.
c) Trabajó.
d) Se preparó en silencio para su vida pública.
e) Sufrió, se fatigó, fue humillado y despreciado por propagar el nombre de su padre.
f) Consumó su sacrificio en el Calvario.
g) Y todo por redimirte a Ti.

2) Tú – Lo que puedes hacer por ÉL:
a) Humíllate por su causa.
b) Lleva una vida austera.
c) Esfuérzate.
d) Prepárate en la juventud, formándote y actuando para futuras empresas.
e) Sufre, fatígate, no te importen la humillación ni el desprecio por propagar el nombre de Dios.
f) Demuestra, por tu vida, que estás dispuesto a sacrificarla si fuera necesario.
g) Todo, por completar en ti lo que le falta a la Pasión de Cristo, en frase de San Pablo.

3) Tú y Cristo – Que Él sea para ti algo más que una idea.
Recíbelo.
Aprende a conocerlo.
Ámalo.
Enloquece por Él.
Propagálo.

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Escucha, Dios…

Carta encontrada en la cartera de un soldado norteamericano, muerto en combate. En el momento decisivo de su vida creyó en Dios…

Escucha, Dios
Yo nunca hablé contigo
Hoy quiero saludarte ¿cómo estás?
¿Tú sabes? Me decían que no existes
y yo, tonto, creí que era verdad.
Anoche vi tu cielo. Me encontraba
oculto en un hoyo de granada.
¡Quién iba a pensar que para verte
bastaba tenderse uno de espaldas!

No sé si aun querrás darme la mano;
al menos creo que me entiendes.
Es raro que no te haya conocido antes,
sino en un infierno como éste.
Pues bien ya todo te lo he dicho.
Aunque la ofensiva nos aguarda para pronto,
¡oh Dios! no tengo miedo
desde que descubrí que estabas cerca…

¡La señal! Bien, Dios, debo irme.
Olvidaba decirte… que te quiero.
El choque será terrible. Esta noche.
¿Quién sabe? tal vez llame o tu cielo.
Comprendo que no he sido amigo tuyo
pero, ¿me esperarás si hasta Ti llego?
¡Cómo! Mira, Dios estoy llorando…
¡Tarde te descubrí! ¡Cuánto lo siento!
Dispensa debo irme…
¡Qué raro! ¡Sin temor voy a la muerte!

“Retacitos” de Zenaida Bacardí de Argamasilla

¡Perdóname!

Por mi temor para sufrir, por mi afán por abarcar y por mis tropiezos para crecer.

Perdóname cuando me tarde para reponerme del dolor y lo deje ahí aposentado, desperdiciando las oportunidades que me das para dejarlo correr.

Perdóname cuando me das la mano y yo te digo: “¡No puedo!”  Cuando me das la luz y yo te digo: “¡No veo!” Cuando me llamas y yo te digo: ¡”No oigo”!

Perdóname, porque seguro me he quedado con muchas sonrisas dentro, con muchas flores en las manos ¡y ni siquiera me he dado cuenta!

Por no saber que lo que muere en mi corazón todos los días son espacios que debo preparar para recibir las alegrías del nuevo amanecer.

Perdóname por no saber aceptar el frío y las nevadas del invierno, lo mismo que acepté antes la fragancia y las rosas de tantas primaveras.

Perdóname los desperdicios de la vida.  Es muy dura y muy compleja: unas veces he sido yo quien he querido bebérmela de un sorbo y otras es ella la que me ha ido absorbiendo a mí.

Perdóname esas pequeñas indiferencias que duelen más que un pecado, esa pesadez de algunos días que lastima más que una ofuscación y esos olvidos imperceptibles que duelen más que una caída.

Perdóname cuando me faltan los detalles, me aparecen las arideces y se me cansa el alma de luchar y de sufrir … ¡cuando me siento tan poca cosa!

Perdona mi ineficacia, mi falta de fe y mis impedimentos humanos.  Por no darme cuenta de que no hay muerte: lo que hay es principio, tierra y cielo.

Une tu misericordia y mi humildad, para ver nacer el perdón…

¡Y quédate conmigo!

Quédate conmigo, con valiente arraigo.
Mira que me entibio, me turbo, decaigo.
Fúndete a mi alma, invade mi ser.
Que la sombra humana nos impide ver.

Porque si te quedas, si te vas mostrando,
estas arideces se me irán quitando.
Que si Tú te quedas junto a mi dolor,
en la propia hondura sentiré tu amor.

Quédate conmigo, razón de mis razones.
Conoces ese frío que dan las decepciones.
Quédate en la rutina, en la pena, en el desvío,
¡te necesito tanto, Jesús mío!

Quédate conmigo, mira que anochece,
La tarde declina, todo se oscurece.
Dulces resplandores tendrá la partida,
¡si quedas conmigo por toda la vida!

* * *

La Misericordia

La Misericordia de Dios, es un rocío de la
mañana…
lo que tenemos que hacer es ver salir el sol.

Es un goteo constante…
lo que tenemos que hacer es poner debajo nuestro
cántaro…

Es un ramaje que nos columpia…
lo que tenemos que hacer es dejarnos llevar.

Es una aguja que Dios ensarta…
lo que tenemos que hacer es bordar la vida.

Su Misericordia no es tribunal de juicio…
sino brazos de redención.

Le pido a Su Misericordia que ponga algún
brote verde al tramo oscuro de mi vida…
Alguna huella nueva a la parte estrecha de mi
camino…
Algún impulso de vida a la parte seca de mi
raíz…

¡Unos cuantos toques a mi corazón….
¡Y unas cuantas rosas a mi cruz…!

* * *

La sabiduría de las madres

La sabiduría de las madres es la primera que
enseña a los hijos donde nace el amor.

La sabiduría de las madres es la primera que
enseña a los hijos el comienzo de la vida.

La sabiduría de las madres es la primera que
enseña a los hijos cómo se secan las lágrimas
del corazón.

La sabiduría de las madres es la primera en
intuición y en instinto, con lo que suple a veces
la razón y la inteligencia.

La sabiduría de las madres viene de Dios.

El Sol aprendió el amor, besando la Luna.
El poeta aprendió el amor haciendo cantar la
tierra. La madre aprendió el amor cuando le
acariciaste las entrañas.

Por eso su amor inmedible, gratis, mágico
e invulnerable.

Más sobre la obra de la poetisa cubana Zenaida Bacardí en el siguiente enlace: Aquí

¡Bienaventurados!

bienaventurados

«Bienaventurados los que encuentran sentido a la vida, pues nunca se sentirán frustrados».

«Bienaventurados los que escuchan, porque entenderán la vida de los demás».

«Bienaventurados los que basan su vida en algo más que lo material, pues podrán dar explicaciones a lo inexplicable».

«Bienaventurados los que buscan un algo en la vida, porque ellos vivirán la plenitud».

«Bienaventurados los que no se amoldan a la sociedad, porque no terminarán en destrucción».

«Bienaventurados los que rápidamente se recomponen de una humillación, pues tienen espíritu de lucha».

«Bienaventurados los que tienen unos ideales por los que luchar, pues tienen una meta».

«Bienaventurados los que luchan por un mundo mejor, pues ellos se sentirán más humanos».

«Bienaventurados los que afrontan los problemas sin huir, porque no conocen la cobardía».

«Bienaventurados los que luchan por la paz, porque de ellos dependerá la libertad».

«Bienaventurados los que no tienen dinero, porque ellos saben compartir».

«Bienaventurados los que ceden cuando no tienen razón, porque saben rectificar».

«Bienaventurados los que todavía creen en el amor, porque encontrarán razones para vivir».

P. José Cabrera Vélez

Nuestro Hermano Martín

El pasado día 3 de noviembre celebramos a San Martín de Porres, nuestro querido hermano Martín.

Fray Martín se convierte para todo el que se acerca a él en un gran amigo y compañero de camino, con cuya compañía puedes contar y siempre encontrarás el consuelo y la fortaleza necesaria de su mano.

Son muchos los detalles de la vida de Martín que nos pueden ayudar, pero hoy queremos quedarnos con su profundo espíritu de oración y su forma de predicar tan particular y eficaz.

El Santo de las Américas nunca predicó desde un púlpito, ni echo sermones, pero su vida era toda ella una predicación y así mismo una oración, alabanza al Dios creador y amante de cada uno de los hombres, sus hijos.

La vida de contemplación y acción de San Martín eran siempre una, señala una biógrafa de Santo (Guiliana Cavallini) con una bella imagen cogida del Evangelio, en concreto del pasaje de Marta y María: “En el corazón de Martín, Marta y María nunca discutían, porque María acompañaba a Marta siempre y a todas partes. Pero cuando Marta terminaba su trabajo, María tomaba a Martín de la mano y lo llevaba a un lugar apartado donde pudiera disfrutar de la presencia del Señor, solo… La soledad atraía a Martín cómo a un imán”.

El hermano Martín pasaba largas horas al servicio de los pobres y de los enfermos y siempre se refugiaba en el corazón silencioso el amor de Dios. Nunca cesó de inhalar la presencia de Dios y nunca cesó de exhalar la compasión… así fue y es la vida de Martín.

Rocío Goncet, O.P. (Monasterio de Santa María la Real de Bormujos, Sevilla).

* * *

Oración a San Martín de Porres

Martín de Porres, humilde seguidor del Evangelio de Jesús, elevamos ante ti nuestros corazones llenos de confianza y devoción. Tú qué te entregaste sin límite a los pobres y desamparados, hoy te ofrecemos nuestras necesidades y peticiones. Derrama sobre nosotros y sobre nuestras familias el amor sanador de Dios. Concédenos sencillez de corazón y compasión de los que más sufren, especialmente los que sufren la injusticia y la discriminación racial. Que sepamos descubrir en éstos, nuestros hermanos más pequeños, el rostro sufriente de Jesús.

Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Cristo de La Laguna

Cristo de La Laguna

Ahilado en tu negra cruz, entre pálidas pirámides de cirios, donde tus carnes enjutas se derriten en marfil a fuerza de espiritualidad y sufrimiento.

…Así te vi en tu recóndita capilla de la ciudad ascética, —solemne en capas pluviales y nieblas de incienso—, cierta tarde en que mi alma tenía ansias de tus consuelos y mi conciencia era como un grito
de angustia en medio de los afanes trepidantes del mundo.

¡Cristo de La Laguna!, visión del Greco materializada de repente en el milagro de tu faz sangrante, de tu corona de espinas, de tu melena de sombras, que es luz en la penumbra, espejismo en la distancia y realidad eterna cuando unas manos piadosas nos cierren para siempre los ojos.

Permíteme ¡oh, Maestro!, que yo, pecador y escéptico, repita en estos instantes, en que la barbarie humana quiere otra vez crucificarte, las divinas palabras del poeta:

“Sea mi corazón
brasa de tu incensario”.

J. Pérez Abreu

Imagen: “Santo Cristo de La Laguna”, óleo por José Antonio Contreras.

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Enlace de interés: Santo Cristo de La Laguna

El recuerdo emocionado de mi virgencita de los Remedios de Los Llanos de Aridane

Rescatamos un texto¹ publicado en 1938 que, por su interés y emotividad, nos abre el corazón de júbilo en este día de 2 de julio: la historia de un soldado palmero que en plena Guerra Civil española, entre trincheras y el fatídico silbo de las balas, tiene un recuerdo para su Virgen de los Remedios. Una virgen también especial para nosotros. Hoy nuestro pensamiento se encontrará en el Valle de Aridane junto a su patrona, teniéndola presente de manera particular en nuestras oraciones.

El recuerdo emocionado de mi virgencita

He arrancado del calendario de mi alma, porque aquí, en la guerra, no tengo otro, una hoja. Una hoja, que se ha llevado un día, para dar paso al de hoy: 2 de Julio. ¡Con qué inefable emoción lo pronuncian los labios! ¡Con qué hondo sentimiento llega esta fecha al corazón!

La inmensa mayoría de los que me leéis, no sabéis de qué proviene esta emoción y este sentimiento. Pero yo si lo sé, y os lo voy a decir. Es que ni los disparos intermitentes de la fusilería, ni el “tabletear” de las ametralladoras, ni las bombas de los morteros, que esta tarde han caído en nuestras líneas con prodigalidad, han podido evitar que mi pensamiento vuele hoy a Canarias. Y salte a la más lejana y la más bella de las islas. Y busque una ciudad poética, dormida en el regazo maravilloso de un valle. Y allí encuentre una Iglesia, perfumada de incienso, de rosas y magnolias, que tiene en su Altar Mayor, preparada para el tránsito religioso y emocional, en unas andas de plata, a la Virgen de los Remedios, con la corona majestuosa, el manto tejido con primaveras y con luz, entre los brazos un niño pequeño y gracioso, que tiene la carita caída hacia atrás, en una tierna dejadez de ensueño, y las manitas buscando las inconfundibles caricias maternales. Allí está la Virgencita buena, oyendo la oración de todas las madres, de todas las hermanas, de todas las novias, que estremecidas de emoción y de congoja, han llegado suspirantes y trémulas a sus plantas, para decirle por el dolor y la alegría de la guerra, por la Muerte y la Gloria: Dios te salve, María…

Parece esta una impresión aislada, personal, sin importancia alguna. La tiene, sin embargo, y grande; porque esta nostalgia, esta saudade indefinible, esta mezcla de satisfacción íntima y de dilacerante amargura, es la misma cosa que, desgarrándoles el alma, sienten todos los que aquí luchan, en el día memorable de sus fiestas del terruño lejano. En el día de las festividades grandes. Generalmente, las del Patrón o Patrona. Todos traen a la memoria ese día mil recuerdos de tiempos pretéritos…

Allí está la Iglesia donde los labios maternales nos enseñaron las primeras preces. Al lado, la plaza, que sabe de los primeros ingenuos amores de chiquillo. Allí las campanas, que repicaban jubilosas, con sonoridades tan suyas, que por ninguno de los caminos de España las hemos vuelto a oír; campanas que nos llamaban con los frescores del alba, en las mañanas azules de la Resurrección. Allí, el paisaje ubérrimo, de colorido inigualable, y la tranquila belleza de aquel cielo, donde las estrellas parpadean con vivos fulgores; aquellas estrellas que guiaron nuestros pasos en la noche; y que hoy, aquí, nos llaman ofreciéndonos sus moradas astrales. Allí las calles y viejos senderos de nuestras correrías infantiles; y los laureles que guardaron insospechados secretos, y que hoy me dicen que languidecen y mueren, como tantas juventudes y tantas ilusiones, Allí las ventanas tras de las cuales presentimos las primeras miradas esperanzadas; y la luz de las pupilas familiares y el sedante de los cariños maternales, que entraba en los inviernos del alma como bandada de golondrinas portadoras de una sonrisa primaveral. Allí… ¡tantas cosas!

El Valle de Aridane, en la Isla de La Palma, se habrá volcado hoy, como tantos otros años, sobre mi ciudad natal. Los Llanos de Aridane saben hoy, en la inquietud de las horas que vivimos, de la alegría y del respeto a sus tradiciones piadosas. Yo no sé si las fiestas tendrán este año aquel tipismo de su especial desarrollo, aquel cuadro colorista de costumbres, o por el contrario, contrastes vivísimos y exquisiteces nuevas; pero si os digo que tal vez agrandado, ofrezca, como nunca, con relieves especiales, todo un cúmulo de belleza y un tesoro de fe. Yo no sé si repicarán tan alto las campanas y los cohetes atronarán el espacio tan profusamente; pero si os digo que la multitud se hallará imbuida en sus hondos pensamientos, de un respetuoso anhelo fervoroso. Habrá más silencio. Ese fervor se desdoblará en dos mitades: la sonrisa y el sollozo, la pena y la alegría.

Ya yo me imagino, yo estoy viendo en la tarde serena y dorada, oreada por un tibio ambiente de primavera, aromada de rosas, claveles y jazmines, entre las verdes acátelas y bajo el cielo azul, sin una nube, ya yo estoy viendo cómo pasa mi Virgen de loa Remedios entre un inmenso gentío. Ya veo cómo se destaca, cómo se yergue su silueta ideal, brillando la corona bajo ese cielo diáfano, que se va poniendo pálido, llenándose de innúmeras y dulcísimas estrellas que ponen en el rostro de la imagen los célicos reflejos de una luz suave y mística.

En esta hora, cuando Véspero, en una prolongada despedida, terminó de besar la carne dolorida de estas tierras de España, y siguen las estrellas enviándonos su luz, yo me imagino, Virgencita inolvidable, que irás llegando ya a la Iglesia, hundiéndote, lentamente, en las sombras oscuras de sus muros; perdiendo, poco a poco, tu perfil, bello y santo; desvaneciéndose, en la penumbra del fondo, tu silueta amarillenta, casi lívida, ante tantas miradas que te dicen que no olvides a los que por tu fe y por nuestra España, luchan y mueren. Y nada más. Las anchas puertas se estarán cerrando. Vosotros ya estaréis, seguramente, en la calle, en la vida terrena, en lo material, en lo de siempre. Yo, en la guerra, entre el “tabletear” de las ametralladoras y el trepidar de los cañones, aún continúo, en espíritu, arrodillado a las plantas de mi Virgencita querida: Dios te salve, María…

Pedro Hernández y Hernández. En las trincheras. 2 de Julio II Año Triunfal.

¹. Diario “Amanecer”, 9 de julio de 1938.

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Enlace relacionado:

Nuestra Señora de los Remedios, patrona del Valle de Aridane

Consagración personal al Corazón de Jesús (oración)

Corazón de Jesús, yo cuidaré de tu honra y de tus cosas; y tú cuida de mí y de las mías.

Consagración personal al Corazón de Jesús

Jesús, Verbo eterno del Dios verdadero, Luz de la Luz, hecho hombre por mi amor y clavado en cruz por mí.
A tu presencia vengo como al único refugio de mi vida y como al amigo siempre fiel, para consagrarme totalmente al amor y a la clemencia de tu Sagrado Corazón. A él quiero amar por encima del mundo y de todas las cosas y en su inefable misterio dejar segura toda mi esperanza.
Bien sabes, Señor, cuántas veces me he sentido tan miserable e impotente que sin tu socorro hubiese perecido sin remedio. Más siempre me has abierto el camino, devuelto la paz y colmado de beneficios. Tú has sido el amparo de mi vida, el reparador de las quiebras de mi inconstancia y quien me has elegido para ti por tu sola predilección.
Quisiera mostrarte todo el amor y toda la gratitud que mi vida y mi corazón te deben.

Con estos sentimientos, acudo a la caridad llena de misericordia de tu benigno Corazón, para que me ayudes a vivir entregado a tu suavísima providencia y a poner en tus manos mi vida, con todas sus vicisitudes, venturas y sufrimientos, y también mi eterna salvación, que dejo tranquilo en tu clementísima potestad. Lo abandono todo, Jesús, encomendando a tu fidelidad, para no preocuparme más que de agradarte por la identificación de mi voluntad con la voluntad tuya, que veo desbordante de un amor infinito y celoso de mi bien.

Así quiero vivir, Señor de las misericordias y Dios de toda consolación, firme en medio de las tempestades que en mi alma o en mi camino se levanten, porque he puesto en tu Corazón la confianza de mi vida. No me afligirá carecer de las consolaciones de este mundo, ya que sólo en ti buscaré mi gozo; ni me turbarán mis ingratitudes del pasado o la incertidumbre del porvenir, porque viviré a la sombra de tu solicitud paternal. Para los demás hombres, sólo querré, y procuraré con todas mis fuerzas, que conozcan esa senda que lleva a la vida verdadera.

Con este deseo y resolución que tú, Señor, me das, me consagro y entrego a tu adorable Corazón, con mi voluntad, mi entendimiento, mi corazón y todo mi ser. Creo en tu amor, espero en él y quiero responderte con el amor mío. Sin temor alguno, a ti me abandono lleno de confianza, alegre en la seguridad de tu promesa: “Ninguno que esperó en el Señor, quedó jamás confundido”. (Ecl. II, 11). Amén.

San Martín de Porres, uno de los patronos de la JMJ Panamá 2019

El Papa Francisco recibe un cuadro de San Martín de Porres de los obispos de Perú. Foto: L’Osservatore Romano.

“Queridos jóvenes, encomiendo a la maternal intercesión de la Bienaventurada Virgen María nuestro camino hacia Panamá, así como también el itinerario de preparación del próximo Sínodo de los Obispos. Os invito a recordar dos aniversarios importantes en este año 2017: los trecientos años del descubrimiento de la imagen de la Virgen de Aparecida, en Brasil; y el centenario de las apariciones de Fátima, en Portugal, adonde, si Dios quiere, iré en peregrinación el próximo mes de mayo. San Martín de Porres, uno de los santos patronos de América Latina y de la JMJ de 2019, en su humilde servicio cotidiano tenía la costumbre de ofrecerle las mejores flores a María, como signo de su amor filial. Cultivad también vosotros, como él, una relación de familiaridad y amistad con Nuestra Señora, encomendándole vuestros gozos, inquietudes y preocupaciones. Os aseguro que no os arrepentiréis.

La joven de Nazaret, que en todo el mundo ha asumido miles de rostros y de nombres para acercarse a sus hijos, interceda por cada uno de nosotros y nos ayude a proclamar las grandes obras que el Señor realiza a través de nosotros”.

Vaticano, 27 de febrero de 2017.

FRANCISCO

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El Papa Francisco y San Martín de Porres

Meditación en Jesús (poema)

Meditación

Yo he sentido, Jesús mío recordando los momentos
que, clavado en el Madero, por nosotros padeciste,
el deseo expiatorio de sufrir yo los tormentos que
sufriste.

Llevar clavada en mi frente la corona que llevaste
y sentir en mi costado penetrar el hierro frio,
y perdonar los agravios, como Tú los perdonaste,
Jesús mío.

Mártir Divino, al que un día, llenos de dulces fervores
tus discípulos, absortos, tus palabras escuchaban
en las orillas del río o en los campos que las flores
esmaltaban.

Que tus palabras Divinas suenen siempre en mis oídos
y mis pasos se encaminen a la Gloria prometida;
mira que hoy lloro, Dios mío, los errores cometidos
en mi vida.

Y el día que ya la muerte me llame a infinita calma
y de mis ojos, velados, se borren seres y trazos
yo quisiera, Jesús mío, que recogieses mi alma
en tus brazos.

Te lo pido por los clavos que tus miembros traspasaron,
por la última plegaria que cruzara por tu mente,
por la corona de espinas que los hombres te clavaron
en la frente.

Por la pena de tu Madre, en un rictus doloroso,
en aquel aciago día de tristezas y de espanto,
en tus pies martirizados vertió el raudal amoroso
de su llanto.

Mi corazón dolorido tu misericordia implora;
no permitas que me aparte del camino de la luz,
¡Por el llanto de tu Madre y la imagen redentora
de la Cruz!