San Martín de Porres, ruega por nosotros

smp, ruega por nosotros

San Martín de Porres, santo sencillo y bueno, la iglesia nos ha dejado en la imagen en que te veneramos, las lecciones más importantes que debemos aprender para llegar a ser como tú:

Con la cruz que llevas en tu mano, nos enseñas que la primera de todas es el amor a Dios, que se hizo hombre y murió en la cruz para salvarnos del pecado y de la muerte.

En el rosario vemos tu devoción a la Virgen, la madre de Jesús y madre nuestra, que quiere ayudarnos en todo a cumplir la voluntad de Dios y que nos repite continuamente: “Hagan lo que Jesús les diga”.

Con tu escoba nos recuerdas que hay que trabajar para comer el pan de cada día.

Finalmente, en el perro, en el gato y en el ratón; nos alertas para que sepamos vivir como hermanos a pesar de nuestras diferencias.

Hoy queremos que ruegues a Dios por nosotros para que nos conceda todas las gracias que necesitamos para ser santos en su presencia. Amén.

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La oración del paracaidista

La oración del paracaidista

Dame, Dios mío, lo que te queda.
Dame lo que te piden nunca.
No te pido descanso,
ni tranquilidad de alma o cuerpo.
No te pido riquezas,
ni éxitos, ni siquiera salud.
Todo esto, Señor, te lo piden tanto
que ya no debe quedarte nada.

Dame, Dios mío, lo que te queda.
Dame lo que no te aceptan:
inseguridad, inquietud,
obstáculos, tormentas.
Y dámelo, Señor, definitivamente,
para siempre,
porque luego ya no tendré humor
para pedírtelo.

Dame, Dios mío, lo que te queda.
Dame lo que los otros no quieren.
Pero dame también el valor,
la fuerza y la fe.

           André Zirnheld

Imagen ilustrativa: “Compasión”, óleo de William Adolphe Bouguereau.

El cuento de la espiga (un cuento con moraleja)

EL CUENTO DE LA ESPIGA

En un trigal, cuyas mieses el sol iba dorando a sus fueros, una espiga arrogante crecía muy cargada de hechizos y ensueños. Era esbelta, gallarda y tan buena, que todo su empeño lo cifraba en crecer y adentrarse en la gloria del Cielo.

El Señor, que sus sueños sabía, la miraba benigno y risueño y firmes promesas le hacía, de atraerla algún día a su Seno. Y la espiga  soñaba y crecía…, y esperando alcanzar sus anhelos, se pasaba las horas jugando en el dulce columpio del viento.

Una tarde muy larga de estío, presentose en el campo un labriego, que con hoz despiadada y  cortante  fue segando el precioso  terreno. Y alarmada decía:

¡A mí no! ¡A mí no!, —la inocente espiguita del cuento.

—¡A mí no! Porque estoy designada para alzarme con mi tallo hasta el Cielo.

Pero el hombre tal vez distraído, derribola de un golpe certero, destruyendo con él su ventura y el  hermoso ideal de sus sueños.

—¡Oh Señor! —exclamó entonces la espiga—, ¡mira, mira, mi Dios lo que han hecho! Ya no puedo llegar a tus brazos, ¡Sálvame!  ¡Sálvame, que me muero!

Y el Señor cual si nada escuchase, respondiola con sólo el silencio. Y el labriego tomando la espiga, bajo el trillo la puso al momento. El cabello arrancose con brío y los granos de trigo crujieron; y cual perlas de sartas deshechas, por las eras rodaron dispersos.

¡Oh granitos que Cielo anhelabais!, —un sin fin de amapolas dijeron— ¿de qué os sirve haber sido tan puro si a salvaros no bajó el Eterno?

Y en su angustia la triste clamaba:

Padrenuestro que estás en el Cielo.

En la cárcel oscura de un saco, al molino llevaron al nuevo; y los granos dorados y hermosos, en finísimo polvo volvieron. Y la harina llorando seguía y al Señor suplicaba con ruegos; y allá arriba seguían callando, y acá abajo seguían moliendo.

¿Y por qué el Buen Jesús callaría?…. ¿Y por qué le negaba consuelo? ¿Y por qué siendo pura e inocente, le dejaba en tan duro tormento?

Pero ved qué pasó con la harina, una Hostia bellísima hicieron. Y era tenue cual brisa de mayo, y era  blanca cual luna de enero. Su belleza brilló sobre el ara y las nubes al verla se abrieron. Dios mismo y su gloria bajaron, y en la Hostia feliz se fundieron. Y así en tierno coloquio de amores, a la espiga le dijo el Cordero:

—Yo anhelaba tenerte en mi gloria y mis brazos brindarte por lecho, pero escucha mi bien amada, a mis brazos, solo puede llegarse sufriendo.

Cuento popular

Cristo y Tú

Cristo y Tú

1) Cristo – Lo que Cristo hizo por ti:
a) Siendo Dios se hizo hombre.
b) Quiso nacer en un humilde establo.
c) Trabajó.
d) Se preparó en silencio para su vida pública.
e) Sufrió, se fatigó, fue humillado y despreciado por propagar el nombre de su padre.
f) Consumó su sacrificio en el Calvario.
g) Y todo por redimirte a Ti.

2) Tú – Lo que puedes hacer por ÉL:
a) Humíllate por su causa.
b) Lleva una vida austera.
c) Esfuérzate.
d) Prepárate en la juventud, formándote y actuando para futuras empresas.
e) Sufre, fatígate, no te importen la humillación ni el desprecio por propagar el nombre de Dios.
f) Demuestra, por tu vida, que estás dispuesto a sacrificarla si fuera necesario.
g) Todo, por completar en ti lo que le falta a la Pasión de Cristo, en frase de San Pablo.

3) Tú y Cristo – Que Él sea para ti algo más que una idea.
Recíbelo.
Aprende a conocerlo.
Ámalo.
Enloquece por Él.
Propagálo.

Escucha, Dios…

Carta encontrada en la cartera de un soldado norteamericano, muerto en combate. En el momento decisivo de su vida creyó en Dios…

Escucha, Dios
Yo nunca hablé contigo
Hoy quiero saludarte ¿cómo estás?
¿Tú sabes? Me decían que no existes
y yo, tonto, creí que era verdad.
Anoche vi tu cielo. Me encontraba
oculto en un hoyo de granada.
¡Quién iba a pensar que para verte
bastaba tenderse uno de espaldas!

No sé si aun querrás darme la mano;
al menos creo que me entiendes.
Es raro que no te haya conocido antes,
sino en un infierno como éste.
Pues bien ya todo te lo he dicho.
Aunque la ofensiva nos aguarda para pronto,
¡oh Dios! no tengo miedo
desde que descubrí que estabas cerca…

¡La señal! Bien, Dios, debo irme.
Olvidaba decirte… que te quiero.
El choque será terrible. Esta noche.
¿Quién sabe? tal vez llame o tu cielo.
Comprendo que no he sido amigo tuyo
pero, ¿me esperarás si hasta Ti llego?
¡Cómo! Mira, Dios estoy llorando…
¡Tarde te descubrí! ¡Cuánto lo siento!
Dispensa debo irme…
¡Qué raro! ¡Sin temor voy a la muerte!

“Retacitos” de Zenaida Bacardí de Argamasilla

¡Perdóname!

Por mi temor para sufrir, por mi afán por abarcar y por mis tropiezos para crecer.

Perdóname cuando me tarde para reponerme del dolor y lo deje ahí aposentado, desperdiciando las oportunidades que me das para dejarlo correr.

Perdóname cuando me das la mano y yo te digo: “¡No puedo!”  Cuando me das la luz y yo te digo: “¡No veo!” Cuando me llamas y yo te digo: ¡”No oigo”!

Perdóname, porque seguro me he quedado con muchas sonrisas dentro, con muchas flores en las manos ¡y ni siquiera me he dado cuenta!

Por no saber que lo que muere en mi corazón todos los días son espacios que debo preparar para recibir las alegrías del nuevo amanecer.

Perdóname por no saber aceptar el frío y las nevadas del invierno, lo mismo que acepté antes la fragancia y las rosas de tantas primaveras.

Perdóname los desperdicios de la vida.  Es muy dura y muy compleja: unas veces he sido yo quien he querido bebérmela de un sorbo y otras es ella la que me ha ido absorbiendo a mí.

Perdóname esas pequeñas indiferencias que duelen más que un pecado, esa pesadez de algunos días que lastima más que una ofuscación y esos olvidos imperceptibles que duelen más que una caída.

Perdóname cuando me faltan los detalles, me aparecen las arideces y se me cansa el alma de luchar y de sufrir … ¡cuando me siento tan poca cosa!

Perdona mi ineficacia, mi falta de fe y mis impedimentos humanos.  Por no darme cuenta de que no hay muerte: lo que hay es principio, tierra y cielo.

Une tu misericordia y mi humildad, para ver nacer el perdón…

¡Y quédate conmigo!

Quédate conmigo, con valiente arraigo.
Mira que me entibio, me turbo, decaigo.
Fúndete a mi alma, invade mi ser.
Que la sombra humana nos impide ver.

Porque si te quedas, si te vas mostrando,
estas arideces se me irán quitando.
Que si Tú te quedas junto a mi dolor,
en la propia hondura sentiré tu amor.

Quédate conmigo, razón de mis razones.
Conoces ese frío que dan las decepciones.
Quédate en la rutina, en la pena, en el desvío,
¡te necesito tanto, Jesús mío!

Quédate conmigo, mira que anochece,
La tarde declina, todo se oscurece.
Dulces resplandores tendrá la partida,
¡si quedas conmigo por toda la vida!

* * *

La Misericordia

La Misericordia de Dios, es un rocío de la
mañana…
lo que tenemos que hacer es ver salir el sol.

Es un goteo constante…
lo que tenemos que hacer es poner debajo nuestro
cántaro…

Es un ramaje que nos columpia…
lo que tenemos que hacer es dejarnos llevar.

Es una aguja que Dios ensarta…
lo que tenemos que hacer es bordar la vida.

Su Misericordia no es tribunal de juicio…
sino brazos de redención.

Le pido a Su Misericordia que ponga algún
brote verde al tramo oscuro de mi vida…
Alguna huella nueva a la parte estrecha de mi
camino…
Algún impulso de vida a la parte seca de mi
raíz…

¡Unos cuantos toques a mi corazón….
¡Y unas cuantas rosas a mi cruz…!

* * *

La sabiduría de las madres

La sabiduría de las madres es la primera que
enseña a los hijos donde nace el amor.

La sabiduría de las madres es la primera que
enseña a los hijos el comienzo de la vida.

La sabiduría de las madres es la primera que
enseña a los hijos cómo se secan las lágrimas
del corazón.

La sabiduría de las madres es la primera en
intuición y en instinto, con lo que suple a veces
la razón y la inteligencia.

La sabiduría de las madres viene de Dios.

El Sol aprendió el amor, besando la Luna.
El poeta aprendió el amor haciendo cantar la
tierra. La madre aprendió el amor cuando le
acariciaste las entrañas.

Por eso su amor inmedible, gratis, mágico
e invulnerable.

Más sobre la obra de la poetisa cubana Zenaida Bacardí en el siguiente enlace: Aquí

¡Bienaventurados!

bienaventurados

«Bienaventurados los que encuentran sentido a la vida, pues nunca se sentirán frustrados».

«Bienaventurados los que escuchan, porque entenderán la vida de los demás».

«Bienaventurados los que basan su vida en algo más que lo material, pues podrán dar explicaciones a lo inexplicable».

«Bienaventurados los que buscan un algo en la vida, porque ellos vivirán la plenitud».

«Bienaventurados los que no se amoldan a la sociedad, porque no terminarán en destrucción».

«Bienaventurados los que rápidamente se recomponen de una humillación, pues tienen espíritu de lucha».

«Bienaventurados los que tienen unos ideales por los que luchar, pues tienen una meta».

«Bienaventurados los que luchan por un mundo mejor, pues ellos se sentirán más humanos».

«Bienaventurados los que afrontan los problemas sin huir, porque no conocen la cobardía».

«Bienaventurados los que luchan por la paz, porque de ellos dependerá la libertad».

«Bienaventurados los que no tienen dinero, porque ellos saben compartir».

«Bienaventurados los que ceden cuando no tienen razón, porque saben rectificar».

«Bienaventurados los que todavía creen en el amor, porque encontrarán razones para vivir».

P. José Cabrera Vélez

Nuestro Hermano Martín

El pasado día 3 de noviembre celebramos a San Martín de Porres, nuestro querido hermano Martín.

Fray Martín se convierte para todo el que se acerca a él en un gran amigo y compañero de camino, con cuya compañía puedes contar y siempre encontrarás el consuelo y la fortaleza necesaria de su mano.

Son muchos los detalles de la vida de Martín que nos pueden ayudar, pero hoy queremos quedarnos con su profundo espíritu de oración y su forma de predicar tan particular y eficaz.

El Santo de las Américas nunca predicó desde un púlpito, ni echo sermones, pero su vida era toda ella una predicación y así mismo una oración, alabanza al Dios creador y amante de cada uno de los hombres, sus hijos.

La vida de contemplación y acción de San Martín eran siempre una, señala una biógrafa de Santo (Guiliana Cavallini) con una bella imagen cogida del Evangelio, en concreto del pasaje de Marta y María: “En el corazón de Martín, Marta y María nunca discutían, porque María acompañaba a Marta siempre y a todas partes. Pero cuando Marta terminaba su trabajo, María tomaba a Martín de la mano y lo llevaba a un lugar apartado donde pudiera disfrutar de la presencia del Señor, solo… La soledad atraía a Martín cómo a un imán”.

El hermano Martín pasaba largas horas al servicio de los pobres y de los enfermos y siempre se refugiaba en el corazón silencioso el amor de Dios. Nunca cesó de inhalar la presencia de Dios y nunca cesó de exhalar la compasión… así fue y es la vida de Martín.

Rocío Goncet, O.P. (Monasterio de Santa María la Real de Bormujos, Sevilla).

* * *

Oración a San Martín de Porres

Martín de Porres, humilde seguidor del Evangelio de Jesús, elevamos ante ti nuestros corazones llenos de confianza y devoción. Tú qué te entregaste sin límite a los pobres y desamparados, hoy te ofrecemos nuestras necesidades y peticiones. Derrama sobre nosotros y sobre nuestras familias el amor sanador de Dios. Concédenos sencillez de corazón y compasión de los que más sufren, especialmente los que sufren la injusticia y la discriminación racial. Que sepamos descubrir en éstos, nuestros hermanos más pequeños, el rostro sufriente de Jesús.

Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Cristo de La Laguna

Cristo de La Laguna

Ahilado en tu negra cruz, entre pálidas pirámides de cirios, donde tus carnes enjutas se derriten en marfil a fuerza de espiritualidad y sufrimiento.

…Así te vi en tu recóndita capilla de la ciudad ascética, —solemne en capas pluviales y nieblas de incienso—, cierta tarde en que mi alma tenía ansias de tus consuelos y mi conciencia era como un grito
de angustia en medio de los afanes trepidantes del mundo.

¡Cristo de La Laguna!, visión del Greco materializada de repente en el milagro de tu faz sangrante, de tu corona de espinas, de tu melena de sombras, que es luz en la penumbra, espejismo en la distancia y realidad eterna cuando unas manos piadosas nos cierren para siempre los ojos.

Permíteme ¡oh, Maestro!, que yo, pecador y escéptico, repita en estos instantes, en que la barbarie humana quiere otra vez crucificarte, las divinas palabras del poeta:

“Sea mi corazón
brasa de tu incensario”.

J. Pérez Abreu

Imagen: “Santo Cristo de La Laguna”, óleo por José Antonio Contreras.

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Enlace de interés: Santo Cristo de La Laguna

El recuerdo emocionado de mi virgencita de los Remedios de Los Llanos de Aridane

Rescatamos un texto¹ publicado en 1938 que, por su interés y emotividad, nos abre el corazón de júbilo en este día de 2 de julio: la historia de un soldado palmero que en plena Guerra Civil española, entre trincheras y el fatídico silbo de las balas, tiene un recuerdo para su Virgen de los Remedios. Una virgen también especial para nosotros. Hoy nuestro pensamiento se encontrará en el Valle de Aridane junto a su patrona, teniéndola presente de manera particular en nuestras oraciones.

El recuerdo emocionado de mi virgencita

He arrancado del calendario de mi alma, porque aquí, en la guerra, no tengo otro, una hoja. Una hoja, que se ha llevado un día, para dar paso al de hoy: 2 de Julio. ¡Con qué inefable emoción lo pronuncian los labios! ¡Con qué hondo sentimiento llega esta fecha al corazón!

La inmensa mayoría de los que me leéis, no sabéis de qué proviene esta emoción y este sentimiento. Pero yo si lo sé, y os lo voy a decir. Es que ni los disparos intermitentes de la fusilería, ni el “tabletear” de las ametralladoras, ni las bombas de los morteros, que esta tarde han caído en nuestras líneas con prodigalidad, han podido evitar que mi pensamiento vuele hoy a Canarias. Y salte a la más lejana y la más bella de las islas. Y busque una ciudad poética, dormida en el regazo maravilloso de un valle. Y allí encuentre una Iglesia, perfumada de incienso, de rosas y magnolias, que tiene en su Altar Mayor, preparada para el tránsito religioso y emocional, en unas andas de plata, a la Virgen de los Remedios, con la corona majestuosa, el manto tejido con primaveras y con luz, entre los brazos un niño pequeño y gracioso, que tiene la carita caída hacia atrás, en una tierna dejadez de ensueño, y las manitas buscando las inconfundibles caricias maternales. Allí está la Virgencita buena, oyendo la oración de todas las madres, de todas las hermanas, de todas las novias, que estremecidas de emoción y de congoja, han llegado suspirantes y trémulas a sus plantas, para decirle por el dolor y la alegría de la guerra, por la Muerte y la Gloria: Dios te salve, María…

Parece esta una impresión aislada, personal, sin importancia alguna. La tiene, sin embargo, y grande; porque esta nostalgia, esta saudade indefinible, esta mezcla de satisfacción íntima y de dilacerante amargura, es la misma cosa que, desgarrándoles el alma, sienten todos los que aquí luchan, en el día memorable de sus fiestas del terruño lejano. En el día de las festividades grandes. Generalmente, las del Patrón o Patrona. Todos traen a la memoria ese día mil recuerdos de tiempos pretéritos…

Allí está la Iglesia donde los labios maternales nos enseñaron las primeras preces. Al lado, la plaza, que sabe de los primeros ingenuos amores de chiquillo. Allí las campanas, que repicaban jubilosas, con sonoridades tan suyas, que por ninguno de los caminos de España las hemos vuelto a oír; campanas que nos llamaban con los frescores del alba, en las mañanas azules de la Resurrección. Allí, el paisaje ubérrimo, de colorido inigualable, y la tranquila belleza de aquel cielo, donde las estrellas parpadean con vivos fulgores; aquellas estrellas que guiaron nuestros pasos en la noche; y que hoy, aquí, nos llaman ofreciéndonos sus moradas astrales. Allí las calles y viejos senderos de nuestras correrías infantiles; y los laureles que guardaron insospechados secretos, y que hoy me dicen que languidecen y mueren, como tantas juventudes y tantas ilusiones, Allí las ventanas tras de las cuales presentimos las primeras miradas esperanzadas; y la luz de las pupilas familiares y el sedante de los cariños maternales, que entraba en los inviernos del alma como bandada de golondrinas portadoras de una sonrisa primaveral. Allí… ¡tantas cosas!

El Valle de Aridane, en la Isla de La Palma, se habrá volcado hoy, como tantos otros años, sobre mi ciudad natal. Los Llanos de Aridane saben hoy, en la inquietud de las horas que vivimos, de la alegría y del respeto a sus tradiciones piadosas. Yo no sé si las fiestas tendrán este año aquel tipismo de su especial desarrollo, aquel cuadro colorista de costumbres, o por el contrario, contrastes vivísimos y exquisiteces nuevas; pero si os digo que tal vez agrandado, ofrezca, como nunca, con relieves especiales, todo un cúmulo de belleza y un tesoro de fe. Yo no sé si repicarán tan alto las campanas y los cohetes atronarán el espacio tan profusamente; pero si os digo que la multitud se hallará imbuida en sus hondos pensamientos, de un respetuoso anhelo fervoroso. Habrá más silencio. Ese fervor se desdoblará en dos mitades: la sonrisa y el sollozo, la pena y la alegría.

Ya yo me imagino, yo estoy viendo en la tarde serena y dorada, oreada por un tibio ambiente de primavera, aromada de rosas, claveles y jazmines, entre las verdes acátelas y bajo el cielo azul, sin una nube, ya yo estoy viendo cómo pasa mi Virgen de loa Remedios entre un inmenso gentío. Ya veo cómo se destaca, cómo se yergue su silueta ideal, brillando la corona bajo ese cielo diáfano, que se va poniendo pálido, llenándose de innúmeras y dulcísimas estrellas que ponen en el rostro de la imagen los célicos reflejos de una luz suave y mística.

En esta hora, cuando Véspero, en una prolongada despedida, terminó de besar la carne dolorida de estas tierras de España, y siguen las estrellas enviándonos su luz, yo me imagino, Virgencita inolvidable, que irás llegando ya a la Iglesia, hundiéndote, lentamente, en las sombras oscuras de sus muros; perdiendo, poco a poco, tu perfil, bello y santo; desvaneciéndose, en la penumbra del fondo, tu silueta amarillenta, casi lívida, ante tantas miradas que te dicen que no olvides a los que por tu fe y por nuestra España, luchan y mueren. Y nada más. Las anchas puertas se estarán cerrando. Vosotros ya estaréis, seguramente, en la calle, en la vida terrena, en lo material, en lo de siempre. Yo, en la guerra, entre el “tabletear” de las ametralladoras y el trepidar de los cañones, aún continúo, en espíritu, arrodillado a las plantas de mi Virgencita querida: Dios te salve, María…

Pedro Hernández y Hernández. En las trincheras. 2 de Julio II Año Triunfal.

¹. Diario “Amanecer”, 9 de julio de 1938.

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Enlace relacionado:

Nuestra Señora de los Remedios, patrona del Valle de Aridane