El perdón de los enemigos (un artículo del Padre Cueto)

Padre José Cueto, O.P.

El Perdón de los enemigos

Nado hay que se resista tanto al egoísmo humano; y, sin embargo, pocas cosos son tan características de la Religión cristiana. «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen», es la primera palabra que Nuestro Señor Jesucristo pronuncia en la Cruz. Por aquí comienza en aquella sagrada cátedra sus concisas y magistrales enseñanzas, repletas de sentido. Antes, dice el Vble. Fray Luis de Granada, que encomiende su Madre al Discípulo, y su espíritu al Padre, pide a éste perdón para sus mismos verdugos; y entre tantas cosas como había de proveer, la primera provisión es para ellos. ¡Cuán cierto es que nada nos mandó Nuestro Señor Jesucristo que El no lo practicase antes! Maestro y modelo a la vez, no se limitó a enseñarnos nuestros deberes de palabra, quiso movernos a cumplirlos con su propio ejemplo. Por eso nos dice de El el Santo Evangelio que «comenzó a hacer y enseñar». No tenemos, pues, legítima excusa. Es mandamiento de Nuestro Señor Jesucristo, sancionado con sus propios hechos, que amemos a nuestros enemigos y hagamos bien a los que nos aborrecen. No soñemos con salvarnos, si en esto no le imitamos. «Si perdonáis, seréis perdonados», nos dice a todos el divino Maestro.

El Padre Celestial no nos otorgará indulgencia de las culpas con que le ofendamos, sino a condición de que nosotros lo otorguemos de corazón a los que nos han ofendido. Ni se nos admitirá al altar a ofrecer sacrificio, si antes no nos reconciliamos con aquellos de nuestros hermanos que contra nosotros tuvieren alguna cosa. No basta pensar que perdonamos; es preciso quererlo, y quererlo de veras, con todo sinceridad, y ponerlo por obra. Temamos siempre mucho en esta materia no ser víctimas de ilusiones. Es tan difícil perdonar de corazón y sinceramente, «que las leyes apenas lo suponen nunca, y por eso excluyen ordinariamente de actuar en un juicio a las personas enemistadas». A los enemigos no los admiten las leyes ni para denunciar, ni para acusar, ni para ser testigos. ¡Cuánto dice esto, y cuán poco, sin embargo, se tiene en cuenta! Debíamos temblar ante el solo propósito de salir por los fueros de la verdad y de lo justicia misma, en toda ocasión que advirtiésemos en nosotros algún sentimiento de aborrecimiento y antipatía hacia las personas contra las cuales nos ocurriese proceder. Porque seguramente no alterará lo esencia de los cosas pensar, así por alto nada más, y de una manera vaga y sin ahondar en el asunto: «no me mueve odio alguno; ni deseo de venganza, ni intención de hacer daño; únicamente me propongo lo gloría de Dios, el bien común, la realización de la justicia». ¡Ay, que no echemos de ver el sofisma en que envolvemos nuestra propia conciencia! Tales nos figuramos falsamente que son los móviles o que obedecemos; pero allá, en el fondo de nuestro espíritu, existen otros muy diversos, que son los que triunfan en lo contienda y se llevan la eficacia y se arrogan el imperio y dan el impulso que nos mueven y deciden y hacen poner manos a la obra.

De todos los odios y venganzas este es el de peor linaje, y el más repugnante, el que se escuda con la gloria de Dios, el bien de la Religión y el triunfo de la Justicia.

Grabemos todos en el fondo de nuestra almo la primera Palabra de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz y tengámosla como ley de nuestras acciones, como regla de nuestra conducta, y habremos resuelto el problema de la paz en los pueblos, en las familias y en cualquiera otra suerte de colectividades.

+ FR. JOSÉ
Obispo de Canarias

Publicado en diferentes medios de la prensa local grancanaria con motivo del centenario del nacimiento del Padre José Cueto.

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Siervo de Dios Padre José Cueto, O.P., Obispo de Canarias

A la Virgen de la Paloma para pedir un parto feliz

Oración

Virgen clementísima, Paloma inmaculada y Madre de piedad, ya que prosperáis con vuestra intercesión delante de Dios mi vínculo conyugal, y me habéis traído a este estado, os ruego humildemente que pues sois la que dais prosperidad a los sucesos, desvanecéis las fatalidades, apartáis las ruinas y desgraciadas horas, os dignáis llevarme bien hasta el punto del alumbramiento, y sacarme de él con toda felicidad: alcanzadme este favor, Madre mía, para que por él enderece mi corazón a Dios, en quien tengo puesta toda mi confianza, que me lo concederá si me conviene, y en Vos que me protegeréis en este lance tan grande y especial, para que así os pueda estar atenta y agradecida en todas horas. Amén.

Pedimos por aquellas mujeres embarazadas o que han sido recientemente madres para que el Señor y su Madre del Amor Hermoso, en la advocación de Nuestra Señora de la Paloma, cuiden de ellas y den salud a sus hijos; guardándoles de las adversidades y brindándoles con el amor filial.

Con confianza y alegría, fraymartindeporres.wordpress.com

Imagen ilustrativa: Nuestra Señora de la Paloma, La Viña (Telde, Gran Canaria).

La Virgen de la Paloma (mirando al pasado)

Virgen de la Paloma

Como las majas que la rindieron culto, hace perdurable su fama a través de las generaciones. Y, sin embargo, su primitiva capillita ha desaparecido en silencio. Su historial es ya de otro tiempo; no entrarán más en el sagrario las chulas de la barriada; nadie interrumpirá la paz de aquel recinto; el santuario dejó de ser, pero la capillita vive; con el espíritu de lamas castiza de las verbenas madrileñas, que, llevada al teatro, dejó en los fastos de la escena un recuerdo tan imperecedero como el de la Virgen milagrosa, que los hijos de Madrid veneran con grandísimo fervor. Ábrese el vacío de un solar; pero dos pasos más arriba, en el nuevo templo de San Pedro el Real, existe la Virgen de la Paloma, cuyo nombre es dulce y apacible como el arrullo.

La capillita de la Paloma tuvo unos gloriosos días de esplendor y magnificencia, cuando la reina María Luisa hincaba la rodilla al píe del altar, y con ella las damas majas y todo el pueblo heroico que legó el ciego amor religioso a Doña Isabel II, postrada también de hinojos ante la Virgen popular de los barrios manolescos.

No imaginara el arquitecto D. Francisco Sánchez, discípulo de Ventura Rodríguez, cuando en 1795 construyó la iglesia, que el pequeño templo había de verse tan concurrido, pues si bien es verdad que ya la imagen tenía enormes devotos, no dieron en visitarla con la posterior frecuencia y generalidad las mujeres que oían la primera misa después de dar a luz. Esta costumbre fue la nota más característica de la capillita que nos ocupa.

Aquel paraje resultaba en otro tiempo el confín del populoso barrio de Calatrava, lleno de tradiciones y de lugares curiosos, por la importancia que tenía en los anales de la villa. Hacia el campillo de Gil Imón, el caserío de humildes viviendas domingueras, así llamadas porque sus vecinos las pagaban semanalmente, no con poco trabajo. Por dónde el hospital de la Orden Tercera, la morada del fiscal Gil Imón de la Mata, que dio nombre al descampado y al portillo que allí se abría. En una casa cercana vivió y murió el duque de Osuna. Más atrás, en la calle del Águila, quedaba la capilla de la Sacramental de San Andrés, guardadora de una de las arcas donde estuvo sepultado San Isidro. En la calle de los Santos, frente a la parte del monasterio de San Francisco que luego se dedicó a prisión militar, estaba en pie la casa de la beata Clara. Y por entonces, conforme se pasaba por la plaza de la Cebada, camino de este barrio legendario, se alzaba, en la equina de la calle del Humilladero, la ermita de Santa María de Gracia, debida a la Hermandad de la Santa Vera Cruz.

Es muy complejo y largo de contar el origen del retablo de esta imagen. Existen varias opiniones, desperdigadas en libros y papeles. Las más autorizadas son que unos gitanos que vivían en la calle que hoy se llama de Arlaban, entre la leña con que se calentaban, tenían un cuadro sin valor alguno, con la sagrada efigie de la Virgen de las Maravillas, y que, pasando a la sazón cierto pintor que habitaba en la calle del Lobo, lo compró y regaló después a una señora muy cristiana, que a su vez lo donó al convento de Carmelitas descalzas. Y que una paloma criada en el corral de las monjas de San Juan de la Penitencia, acompañó, volando, a la Virgen de las Maravillas, cuando fue trasladada a su nueva iglesia. Una devota mujer del pueblo hizo representar la escena en un cuadro, lo colocó en el portal de su casa, le rindieron culto los vecinos y, con los milagros, adquirió celebridad.

Lo cierto es que, jugando con el cuadro unos muchachos de la barriada, que lo habían substraído del montón de leña de una tahona próxima, lo vio María Isabel Andrea Tintero, quien, arrebatándolo de manos de los chiquillos, lo puso en un marco, y alumbró con las limosnas recogidas. Era el retablo de Nuestra Señora de la Soledad, venerado en el portalillo de la calle de la Paloma, esquina a la de la Solana. Con limosnas se fabricó la capillita; con limosnas se dijeron las primeras misas, y con limosnas atendió a su vida la piadosa mujer, que vivía en la casa contigua, y que cuidaba y limpiaba la iglesia.

La imagen de las Maravillas era muy otra: era un Cristo así nombrado, porque se veneraba en el portalillo perteneciente a las monjas de Maravillas, y que se trasladó a San Andrés. El Cristo cercano al parador de Calatrava, y al que rogaban las infelices criaturas sometidas al portentoso tratamiento de la famosa curandera Juana Picazo, que vivía en la calle de la Ventosa.

Era la capillita un ascua de oro en el barrio humilde. Sonaba a gloria su campana. Honrábanse y tenían a gala los que allí se bautizaban. Y la estampa de la Virgen figuraba en todas las casas, amparando la paz del hogar.

Ya era popularísimo el santuario. Ya se celebraban en él las bodas de rumbo, amenizadas con la música de los murgantes. Ya las madres amantísímas presentaban a la Virgen los recién nacidos. Ya se trajo el Santísimo Cristo de la Misericordia. Ya arrimaban a su puerta los coches palacianos. Y todo pasó, todo se acabó. Cerróse la puerta; cerróse la cancela; hízose el silencio; la piqueta demolió el lugar sagrado, y en lo que hoy es solar, lo mismo que las golondrinas que anidaban en el quicio del portón, unas niñas saltan y cantan en un ambiente de romería de verbena.

Antonio Velasco Zazo. Revista La Esfera, agosto de 1919 (nº294).

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Enlace relacionado: Nuestra Señora de la Soledad de la Paloma

Gozos al gloriosísimo Tránsito, Asunción y Coronación de María Santísima

Gozos al gloriosísimo Tránsito, Asunción y Coronación de María Santísima, Señora Nuestra

Pues sois Ave que hasta el cielo,
María, voláis ansiosa;
Dadnos alas, Ave hermosa,
para seguir vuestro vuelo.
Lleno de celestial luz
vuestra muerte os anunció
un ángel que os envió
vuestro amado Hijo Jesús:
logrando el mayor consuelo
en nueva tan misteriosa.

Dadnos alas, Ave hermosa,
para seguir vuestro vuelo.

Los Apóstoles que acaso
en vuestra muerte asistieron,
devotos se enternecieron
al ver tan cerca el ocaso
de ese sol, que al mismo cielo
supo dar luz tan copiosa.

Dadnos alas, Ave hermosa,
para seguir vuestro vuelo.

Sin achaque de dolor
os ponéis en una cama,
y viendo á Jesús que os llama,
espiráis fénix de amor:
rindiéndole vuestro anhelo
el alma más prodigiosa.

Dadnos alas, Ave hermosa,
para seguir vuestro vuelo.

Del pecado y de su muerte,
del infierno y su adalid,
divina y bella Judit,
triunfó vuestro valor fuerte:
y a pesar de su desvelo
os aclaman victoriosa.

Dadnos alas, Ave hermosa,
para seguir vuestro vuelo.

Tomás que aún no sabía
de vuestra muerte, llegó
a Getsemaní, y abrió
el sepulcro al tercer día:
mas solo halló vuestro velo,
y vestidura preciosa.

Dadnos alas, Ave hermosa,
para seguir vuestro vuelo.

En premio de la victoria
que en este mundo alcanzasteis,
desde el sepulcro volasteis
en cuerpo y alma á la gloria;
como lo confiesa el celo
de la religión piadosa.

Dadnos alas, Ave hermosa,
para seguir vuestro vuelo.

Al ver tantas perfecciones,
pasmados los querubines,
ángeles y serafines,
dicen con admiraciones:
¿quién es esta, que del suelo
se remonta tan gloriosa?

Dadnos alas, Ave hermosa,
para seguir vuestro vuelo.

En los brazos recostada
de vuestro Hijo querido,
sobre el trono más lucido
sois María colocada:
cual iris que con desvelo
anuncia la paz dichosa.

Dadnos alas, Ave hermosa,
para seguir vuestro vuelo.

Mejor que Bersabé vos
del Hijo al lado os sentáis,
tan hermosa, que os lleváis
la atención del mismo Dios:
si sois el mejor modelo
de su mano poderosa.

Dadnos alas, Ave hermosa,
para seguir vuestro vuelo.

Allí con celeste canto
por Hija os corona el Padre,
el Hijo por dulce Madre,
por Esposa el Amor Santo:
Reina sois de tierra y cielo,
y Abogada portentosa.

Dadnos alas, Ave hermosa,
para seguir vuestro vuelo.

Salve, Virgen pura y bella,
salve, sagrario divino,
salve, espejo cristalino,
salve, sol, luna y estrella:
salve, universal consuelo,
salve en fin, Madre amorosa.

Dadnos alas, Ave hermosa,
para seguir vuestro vuelo.

            Composición religiosa popular (Levante español).

Imagen ilustrativa: Nuestra Señora del Tránsito, “la Virgen Difunta”, de la Parroquia de la Concepción de La Orotava.

La Solemnidad del Tránsito de María se celebra el día 15 de agosto. El tránsito o dormición de la Virgen significa que tras su expiración María pasó directamente al cielo, llevada en cuerpo y alma por el poder de su hijo (Dogma de la Asunción de María).

Virgen Morena (a la Virgen de Candelaria)

Virgen Morena

La ponemos Candelaria
la Virgen se lo ganó,
porque nació morenita
sin haberle dado el sol.
(Copla popular)

Los frailes blancos
a Ella cuidan.
Blanca es la torre
de la basílica
y la gaviota
que hasta allí emigra.
De cal las casas;
la playa es limpia;
la tierra es gruesa,
honda y caliza.

Dentro del templo
se santifica
un mármol puro
que luz irisa.
La Candelaria
está vestida
con trajes claros
y alba toquilla.

Corona, sol,
andas, reliquias,
cetro y encajes
áureos brillan.
Moreno el Niño,
y en sus manitas,
a un pajarillo
de oro anida.

Todo es pureza
y candor de isla:
¿por qué la Virgen
es morenita?

           Manuel Perdomo Alfonso

                 (Foto gentileza de David González)

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Enlace de interés: Los dominicos en Candelaria

Gozos a Nuestra Señora de la Soledad de la Paloma

Gozos a Nuestra Señora de la Soledad de la calle de la Paloma

Pues del Verbo Engendradora,
Sois, María Inmaculada,
Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

La Iglesia, mística Rosa
Os apellida triunfante,
Por ser Vos la más constante
Del Eterno Verbo Esposa;
De dolientes amorosa
Sois dulce consoladora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

De Paloma en los Cantares
Gozáis título amoroso,
Por eso el más milagroso
Aquí mostráis a millares:
Quitando grandes pesares
Al que a tus Pies pide y llora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Vuestra Imagen ultrajada
En este sitio se vio;
Pero una mujer corrió
Al momento apresurada;
Y ella misma apiadada
Se hace desagraviadora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Este Pueblo enternecido
Se sacrifica sincero,
Al ultraje verdadero
Que vos habéis recibido;
Apartando del olvido
La efigie que humilde adora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Por tal desagravio Pía
La devoción os ensalza,
Con un culto que realza
Más y más de día en día,
Aclamándoos a porfía,
Alma, Madre y Protectora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Vuestro original copiado
De Lucas Evangelista,
Quien fiel testigo de vista
Nos lo dio en un fiel dechado,
Siendo el más perfeccionado
De su hábil arte Pintora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Este nuevo Santuario
Alcázar de devoción,
Disteis a esta Población
Para ser nuevo sumario
Del culto que a Vos diario
Toca como bienhechora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Vuestro rostro en nuestro suelo
Todas las gracias encierra,
Siendo la dichosa tierra
Que escogió vuestro desvelo,
Para darnos el consuelo
En todo momento y hora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Entre espinas azucena
De Soledad con el llanto,
Os miró el Esposo Santo
De dolores toda llena;
Convertid ya vuestra pena
En amable aliviadora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

De fe pura el más ameno
Un jardín la piedad,
Nos muestra en tu Soledad
De delicias siempre lleno,
Saliendo de vuestro Seno
La Flor más encantadora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Al olor de vuestra aroma
Corren sabias y benditas,
Las que os aman doncellitas
Como a Cándida Paloma,
Siendo quien la culpa doma
La pureza que en Vos mora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Si como Mirra escogida
Disteis la dulce fragancia,
Sednos Madre de constancia
En nuestra fatal caída,
Alejando nuestra vida
De toda culpa traidora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Ya del borrascoso invierno
Se ausentó el rigor insano,
Viniendo de vuestra mano
El Divino Sol sereno:
Haced, pues, que venga ameno
A ser nuestra feliz hora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Pues del Verbo Engendradora
Sois, María inmaculada,
Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

Socorred, Virgen Sagrada,
Al devoto que os implora.

De la Novena Rogativa a Nuestra Señora de la Soledad de la calle de la Paloma, por  el D.D.J.G. (1797)

Salve a la Virgen de la Paloma, por María Pepa de Chamberí

La artista madrileña Marí Pepa de Chamberí canta a la Virgen de la Paloma en el templo, una salve compuesta por ella titulado “A la Virgen de la Paloma”, e interpretada —como es habitual en estos últimos años— momentos antes de salir la procesión, en presencia de los fieles, autoridades y el Arzobispo de Madrid. La festividad litúrgica de Nuestra Señora de la Soledad de la Paloma, una de las advocaciones más queridas de Madrid, se celebra el 15 de agosto —Solemnidad de la Asunción de la Virgen María—.

 

 

 

La familia Dominicana

La familia Dominicana

España fue la tierra escogida por el Señor para que viese la luz Santo Domingo de Guzmán. «Esa luz, dice un ilustre escritor del siglo fenecido, fue encendida por primera vez en la frente de Santo Domingo, niño, en forma de resplandeciente estrella». Estrella, símbolo del carácter distintivo de su Orden, que ostenta como mote en su escudo heráldico una mágica palabra, Veritas, reflejo del Verbo del Padre celestial; y la verdad dilata e ilustra las inteligencias y educa y enaltece los corazones, libertando a aquéllas de las nieblas del error y a éstos del ominoso yugo de las pasiones: «Veritas liberabit vos».

Lucere et ardere, blasón que les dio Juan XXII. La Orden del antiguo Canónigo Regular y Arcediano de. la catedral de Osma, después evangelizador del Mediodía de Francia contra los multiformes e impíos errores de los Albigenses, es la primera que se propuso por objeto la predicación, misión capital de los apóstoles y sus sucesores los obispos: Id y enseñad a todas Las gentes: Ite et docete.

Y tan sin fronteras fue el celo y tan gigantescos expansivos los bríos con que los Hijos de Domingo comenzaron desde su infancia a recorrer el camino de la siembra de la palabra de Dios, que la tradición refiere que ya en los albores de la Orden, al dirigirles Honorio III un Breve laudatorio, quiso comenzar: «A nuestros amados Hijos en Cristo los Hermanos (Frailes) que predican en…»; y como su memoria, su diestra y su pluma se fatigaban en querer enumerar las varias regiones teatro de su celo, cortó por lo sano en aras de la brevedad, escribiendo: «A nuestros amados Hijos en Cristo los frailes Predicadores: Salud y bendición Apostólica». Con ello quedó ya canonizada la augusta misión apostólica y docente que caracterizó ab incunabulis a los Hijos del más ilustre de los ilustres Guzmanes españoles, y que ellos han difundido y perpetuado ore et cálamo, sin los desmayos del pesimismo, por los ámbitos del orbe en el espacio de siete centurias. El odio a la herejía y la consiguiente defensa, científica y ardorosa, del dogma y la verdad, son sus características: Púgiles fidei et vera muudi lumina apellidólos en otra ocasión el repetido Honorio.

Y el benedictino Bto. Urbano V, aún en ocasión poco favorable para la Orden, hizo de ellos este lacónico, pero compendioso elogio: «No me acobardan las herejías ni sus ramificaciones, mientras subsista en pie de guerra esta Orden».

Nos explicamos perfectamente el natural asombro de un ilustre miembro de la preclara Compañía de Jesús, el elocuente orador P. Félix, al contemplar la colosal grandeza de la Orden dominicana. Superan la cifra de cincuenta mil (!) (y no se tome a hipérbole) los Mártires que la han fecundado con su sangre, y tenemos entendido se está tramitando en Roma el proceso de Beatificación de mil trescientos del Japón. —¿Misioneros no Mártires? Sabe su número Aquel que cuenta las arenas del mar: valga por todos San Vicente Ferrer, el Ángel del Apocalipsis, la trompeta del Juicio final, apóstol de Valencia, España y media Europa.

Y aparte de este nuevo Elías y Bautista del siglo XIV, los pies evangelizadores de los Hijos de Domingo han encallecido en sus correrías apostólicas por la culta Europa como por las regiones antípodas: su celo devorador hales hecho plantar sus tiendas lo mismo entre los infecundos hielos árticos que en los calcinados arenales de la zona tórrida.

Y han fijado la Cruz redentora en las atrevidas crestas de los alcores coronados de nieve virgen, donde asoma su búcaro descolorido y enfermizo la Campanilla blanca, flor del hielo, en busca de las tibias caricias de un sol de invierno, y en las profundas cuencas de los valles, donde germina lozana y luce sus colores amarillo y rojo la Primavera, primer adorno con que se engalana la naturaleza al advertir la proximidad de la estación florida: ¡oh!, «¡cuán graciables son los pies de los que evangelizan la paz y el bien!»

Y, ¿hay Maestros en esta Orden, docente por antonomasia? Ahí está Alberto Magno, Doctor universalis, que es legión. Y el nombre augusto de Maestro General ostenta el supremo Jerarca de la misma, en una áurea cadena de 79 eslabones, arrancando del Querúbico Patriarca y terminando hoy en el Rmo. P. Gillet: Y 13 de ellos son españoles, entre los cuales descuella el tercero, el por varios títulos insigne catalán San Raimundo de Peñafort, canónigo de Barcelona, Penitenciario de Gregorio IX, eminente canonista, compilador de las Decretales, co-fundador de la Orden de la Merced y modelo de desprendimiento, desinterés y humildad, pues renunció sin dolor y generosamente el Magisterio General de la Orden y rehusó el Arzobispado de Tarragona para vacar a la oración y al estudio, entre cuyos castos placeres murió casi centenario en la nobilísima Barcino, su patria, que se enaltece con la memoria de tan excelso hijo: canonizóle Clemente VIII en 1601.

Además, en el catálogo de los Maestros Generales figuran, aparte del Patriarca y el repetido Peñafort, varios Bienaventurados, y sabios muy eminentes, más un Papa, el Bto. Benedicto XI, diez cardenales, varios arzobispos y obispos, Legados a Latere, Nuncios Apostólicos, Inquisidores Generales e insignes Padres de todos los Concilios ecuménicos del siglo XIII acá: en la Orden son muchos centenares los cardenales y obispos. Y ha tenido la Orden muchos insignes confesores de Reyes. Y han prestigiado la Sede Apostólica cuatro hijos del querúbico Patriarca, el Bto. Inocencio V, el Beato Benedicto XI, ya citado, San Pío V, que cierra con aristocrático broche de amatista el áureo catálogo de los Papas canonizados, y el Venerable Benedicto XIII (Príncipe Orsini). Y exigencias del laconismo nos vedan apuntar siquiera las eminencias del catálogo de Maestros del Sacro Palacio, importantísimo cargo y alta dignidad de la Orden a través de siete centurias, arrancando esa especie de dinastía del propio Domingo.

Y, ¿tiene sabios tan egregia Orden? Su solo y desnudo índice ocuparía muchas paginas: valga uno por un ejército: Tomás de Aquino, titán de la Metafísica, querubín de la Teología, Príncipe del Escolasticismo, que tras de siete siglos sigue empuñando en su vigorosa diestra el cetro de la ciencia divina: el Tridentino, que en el estrado presidencial colocó a la derecha del Crucifijo la Sagrada Escritura, colocó a la izquierda al mismo—¡honor insigne!—la Suma del Santo: «Consulamus divum Thomam», clama la Iglesia en los casos difíciles y espinosos, y todos los gloriosos Pontífices de nuestra época rivalizan en proclamar y dilatar su Dictadura científica, que no tiene peligro de languidecer.

¿Y artistas? De su dilatada serie no mencionemos sino al Beato Angélico de Fiésole (el celebérrimo Fray Angélico), celoso de la pintura espiritualista y mística, cuyos maravillosos frescos, con sus ángeles y vírgenes ideales, parecen anticipamos las delicias paradisíacas.

Y lo apuntado, nada más que ligerísimamente apuntado, y lo que la brevedad nos obliga a silenciar, no es más que un pálido reflejo de la primera Orden dominicana, primera por el sexo más noble y por los honores divinos del sacerdocio, pues no fue cronológicamente la primera engendrada por el regalado Capellán de la Virgen y simpatiquísimo Patriarca del Rosario, ariete formidable contra la herejía albigense y contra las de todos los tiempos sucesivos.

La primera fundación del Santo Patriarca fue el Monasterio de Proville, cabe Franjaux en Francia, refugio de doncellas nobles perseguidas por los herejes, y fue el origen de la Segunda Orden venero de santas vírgenes y viudas. Y de la Tercera Orden de Penitencia bástenos citar uno de los nombres más gloriosos del sexo femenino, Santa Catalina de Sena, que nos atreveríamos a llamar la mujer fuerte del siglo XIV, pues fue sostén, confidente y Embajadora de los Papas Gregorio XI y Urbano VI, y consejera de cardenales y obispos, y hasta de su director y confesor el Beato Raimundo de Capua, su hermano de hábito.

¡Colosal es la grandeza de la Orden de Predicadores! Como su hermana gemela la Orden Seráfica, en sus tres ramas cuenta con varios centenares de Santos, Beatos y Venerables, con príncipes y magnates, así como multitud de sabios, eminencias y notabilidades, tanto en sola la rama femenina (Segunda Orden) como con los dos sexos de la Tercera, así claustral como secular.

Si «el hijo sensato es la gloria del padre», ¿cuántas y cuán grandes son las glorias del querúbico Patriarca, que se alegra con la sabiduría y santidad de tantos hijos santos y sabios? Al contemplar asombrado tan magnífica visión de celestial ensueño, una santa envidia nos trae a las mientes las palabras de un Profeta: «¡Muera yo con la muerte de los justos, y sean mis postrimerías semejantes a las suyas!»

Jose Erice Espelosin, Canónigo Arcipreste de Mondoedo.
Hormiga de Oro, agosto de 1932.

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Festividad de Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores

La Transfiguración: Fiesta para soñar

Levantaos y no temáis

Fiesta para soñar

1.— La Transfiguración del Señor en el monte Tabor es una fiesta para soñar, para lanzar nuestra pobre imaginación al aire de los ensueños. Es un misterio profundo de la vida de Cristo. Pero, al mismo tiempo, una realidad que debemos hacer patente en nuestra existencia. Un momento decisivo para reavivar en momentos de oscuridad. Todo esto es para nosotros —debe serlo— este día de la Transfiguración, donde se dieron cita tantas dimensiones de nuestra fe.
Porque no se trata de una contemplación maravillosa del milagro cuando de descubrir en nuestra vida la necesidad de irnos transfigurando en Cristo. Se trata, en el fondo, de descubrir a Jesús. De ir viendo cómo debemos incrustarlo en nuestra existencia de —mirándolo a El— irnos haciendo cristianos cada día más. Así, y no de otra manera debemos enfocar el Mensaje de esta fiesta.
La Iglesia ya nos puso ante nuestra vida este hecho evangélico en Cuaresma. Y era lógico. En Cuaresma se trataba de cambiar, de transformarnos. Se nos hablaba allí de «penitencia» en el sentido etimológico de la palabra, es decir, de cambio. Y la Transformación era ejemplo y paradigma de lo que debíamos hacer.
Hoy vuelve a la carga. Hoy, más serenos ya, quiere la Iglesia que caigamos en la cuenta de esta verdad. En Cuaresma los acontecimientos pascuales nos embargan. Ahora en pleno verano estamos hasta de vacaciones. Tenemos más tiempo, más calma. Y es momento de ver en Cristo cuanto tenemos que hacer en nosotros.
La Transfiguración nos habla de un trabajo. De ese trabajo nuestro de cada día: ser Cristo, transfigurarnos en Cristo. Porque para el cristiano Cristo lo es todo. Todo en nuestra vida debe estar marcado de la misma trascendencia de Cristo.

2.— Sin embargo, esta fiesta para soñar, no ha de ser un señor ilusorio sino real. Porque no se trata de que demos alas a la imaginación, sino al empeño. De que nos concienciemos de que el trabajo nuestro de cada día —trabajo material, trabajo laboral, trabajo social, trabajo humano— ha de tener un vértice: Cristo.
Que la Transfiguración no ha de hacernos «gansos». Todo lo contrario. La Transfiguración debe espolearnos a terminar de hacernos Cristos. A poner toda la carne en el asador. A transformar —eso significa Transfiguración— todo lo que está a nuestro lado, en nuestro entorno. Pero a transformarlo en Cristo. O al menos, a transformarlo en lo que Cristo quiere.
Porque hoy hablamos mucho de estructuras nuevas, de compromiso social, de empeño político del cristiano. Ya todo eso nos lanza la Transfiguración. El cristiano debe trabajar en el mundo por hacerlo nuevo, por transformarlo. Debe meterse en política, para hacerla más humana y más bien común. Debe reivindicar todo lo reivindicable. Porque su consigna es Transfigurar. Eso sí, Transfigurar en Cristo.
Y es lo que olvidamos. Porque no se puede reducir el cristianismo a las tareas sociales, a las luchas ideológicas, a reivindicaciones salariales, a mejoras humanas y sociales, a la lucha obrera. Si en toda esta lucha, el cristiano no busca a Cristo no busca transfigurarse y transfigurar el mundo en Cristo, está perdiendo el tiempo. Si pierde el sentido religioso de la vida, si pierde la dirección al Señor más allá de la muerte y de todas las realidades terrenas, su cristianismo habrá sido castrado en uno de sus elementos más esenciales: Transfigurar todo en Cristo, no en Marx, ni en ninguno de esos ideológicos aventureros.

3.— Eso nos pide hoy la Transfiguración del Señor. Tenemos que comprometer socialmente, políticamente, humanamente nuestra vida cristiana Pero eso es un solo polo de la dialéctica cristiana. Porque ese compromiso ha de tender a Cristo. La trascendencia, la nostalgia del cielo tienen también un lugar —necesario y esencial para el cristiano— en su vida de cada día. Lo interesante es Cristo, más allá de las realidades y las luchas concretas.
Transfigurarnos en Cristo. Transfigurar el mundo en Cristo. Estos son los «dolores de parto» de que nos habla San Pablo Para nosotros y para el mismo, mundo. Recapitular todas las cosas en El. Hacerlas nuevas.
Fiesta para lanzarnos, para soñar. De verdad.

P. José Cabrera Vélez.
El Eco de Canarias, 5 de agosto de 1978.

Imagen: “La Transfiguración”, por Fra Angélico.

* * *

          Oración

Muéstrate, por fin, Señor.
No permanezcas por más tiempo
oculto a nuestros ojos.
No guardes silencio más días.

¿Hasta cuándo vamos a caminar entre tinieblas,
cansados, desorientados y abatidos?
Desata tu brazo, Señor, desata tu poder
y sal en defensa del pobre y oprimido.
Tiende tus brazos a los que vacilan,
hazte encontradizo a los que te buscan,
sorprende a los que te huyen.

No permitas que se blasfeme tu nombre,
diciendo: es el azar,
es el inconsciente,
es la materia.
¿Acaso el que ha hecho el oído… no oye?
¿No ve el que se ha inventado los ojos?

Los pensamientos de todos los hombres
están en tu ordenador,
todas sus palabras están registradas.

Bienaventurado
el que se deja enseñar por tu palabra.
Dichosos los que no ven y creen.
Sin estar en la seguridad social, están seguros.
Sin necesidad de tranquilizantes,
dormirán tranquilos y vivirán en paz.

Porque tú, Señor,
eres nuestro Padre
y nos quieres.

¡Hazme otra vez, alfarero!

Hazme otra vez, alfarero

Toma mi barro otra vez, alfarero.
Recógeme en tus brazos que vengo roto,
y no puedo tocar con las mías tu cuerpo.

Álzame de nuevo a tu torno, alfarero,
que traigo mi gesto sin vida,
y tengo necesidad de tu gesto.

Recréame con tus dedos, aliéntame con tu aliento;
pon en mi carne tu fuego, dame tu voz y tu verso,
que yo seré tu palabra, pueblo tras pueblo.

Mete tu mano en mi entraña,
forma mi cuenco: un cuenco frágil y pequeño
donde solamente quepa un corazón bueno.
¡Hazme otra vez, alfarero!