La Transfiguración: Prueba de la esperanza

PRUEBA DE LA ESPERANZA

1. No es sólo el Evangelio quien nos trae el Misterio de la Transfiguración. También Pedro —testigo ocular del hecho— nos habla de ella. Y no como de un pasaje más en la vida de Cristo. Sino como argumento de su fe, como prueba de su esperanza. Pasados los primeros entusiasmos, el desencanto hizo su aparición en las primeras comunidades cristianas. Y una de las fuentes de ese desencanto provenía por el retraso en la nueva y definitiva de Cristo al final de los tiempos, que ellos entendían inminente. Y al retrasarse, corrió la idea de que esa venida era una «fábula». Pedro sale al paso de este desafuero, exhortando a todos a permanecer firmes en la seguridad de esa esperanza: Cristo volverá. Y como argumentó de su aserto aduce dos tipos de pruebas: la Transfiguración de Jesús (vs. 16—18) y el Antiguo Testamento (vs. 19).

Porque —nos dice el Apóstol— la venida gloriosa de Cris to no es un cuento, ni un mito. Vendrá. Porque posee la prerrogativa de la grandeza, de la gloria. Testigo soy de ello, pues estuve presente en la Transfiguración de Cristo.

Sí. La Transfiguración es prueba de la gloria de Cristo Es prueba de su divinidad. Es prueba de su poder. Aquel día demostró que era Dios. Lo de menos fue la luz, y los vestidos de nieve. Lo importante fue Jesús, en medio de Moisés, la Ley y los Profetas. Lo importante fue la voz: Este es mi Hijo: Hacedle caso. Lo importante fue todo el contexto del misterio transfigurativo. Aquel Hombre que se paseaba por los pórticos del templo, que tenía discípulos, era Dios. Aquella mañana de la Transfiguración lo dejó ver. «El recibió de Dios Padre honra y gloria, cuando la Sublime Gloria le trajo aquella voz: «Este es mi Hijo amado, en él yo me he complacido». Y el otro argumento: Esto también lo confirma la palabra da los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención…

2. El maravilloso fenómeno de la Transfiguración demuestra que el espíritu no es inerme como lo ha pretendido una falsa antropología de nuestro tiempo. Al contrario, es fuerza —«dinamis», que con la sublime virtud de la vida divina fulge y hace refulgir al mismo cuerpo. La vista, que es el órgano de la contemplación, fue el instrumento catalizador del prodigio. Le vieron. Lo palparon.

Buena lección para nosotros que pedimos «meter los dedos en las llagas». Nuestro lastre de imperfecciones necesita el discurso. Y Dios, por una vez, nos lo da. Nos da argumentos por si queremos creer, por si queremos seguir esperando.

La Transfiguración de Jesús, de todos modos, es de aliento, constituye para el viandante oasis de esperanza. A pesar de su fugacidad sirve para mantenernos en ascuas.

Cristo vendrá. La Iglesia es divina. La fe tiene soporte. Le esperanza no es vacua. Todo eso, y mucho más nos está diciendo este día de gloría para Cristo y para nosotros. Podrá venir el desencanto, aparecer también en nuestra vida. Pero no será porque Cristo no nos dejara un argumento irrefutable: Él es Dios.

3. El peligro de nuestro tiempo radica en creer sólo en el resplandor de las cosas. Cuando vemos a la Iglesia triunfalista da gusto creer. Cuando los argumentos prueban nos sentimos satisfechos. Y no es eso, no. La fe pide oscuridad; la esperanza, suspiro. Nos pagamos de minucias. Y la fe y la esperanza del cristiano exigen la plenitud del sentido de nuestra vida.

Y la Transfiguración nos la da. No en vano la «visión de la gloria» de Jesús se abre al que la quiera contemplar por la fe; se expande en «plenitud de gracia y de verdad» como nos diría el prólogo del cuarto Evangelio.

Si a los testigos les recomendó el Señor que no dijeran nada hasta su Resurrección, fue para que La anticipación teórica no malograra la práctica formación de una fe incipiente. Que la madurez de nuestra fe se perfuma con la meditación de las profundidades divinas. Esas que se manifestaron, por primera vez, en la cumbre del Tabor.

P. José Cabrera Vélez
El Eco de Canarias, 6 de agosto de 1982.

Imagen ilustrativa: “La Transfiguración del Señor”, óleo de Giovanni Francesco Penni (Museo del Padro, Madrid).

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La Transfiguración: Fiesta para soñar