La monjita

La monjita

Blanca la piel que el sol nunca acaricia
y blanca el alma cual la nieve pura,
con las manos cruzadas la novicia,
sus plegarias eleva hacia la altura.

Ella no sabe nada de este mundo
ni conoce sus luchas y pasiones;
reza por todos con fervor profundo
y son sufrir por Dios sus ilusiones.

Le suplica, amparada en su inocencia,
perdone a aquellos que en el mal persisten,
y hace todos los días penitencia
por faltas que no sabe ni que existen.

Sus plegarias son blancas mariposas
que hacia Dios con afán tienden el vuelo;
llevan perfume de fragantes rosas
y en alas de la fe suben al cielo.

De su alma virgen que el pecado ignora
reparte con amor todo el cariño;
ante una cruz emocionada llora
y canta la cuna del Dios Niño.

¡Santa monjita de virtudes llena
que abraza sonriendo el sacrificio;
que humillando su cuerpo de azucena,
carne que no pecó, le da al cilicio!

Vive la humanidad desenfrenada,
que mientras ésta ruin sigue pecando,
la monjita en el suelo arrodillada
por el que ofende a Dios sigue rezando.

                                   Aurelia Ramos.

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