La Transfiguración: Fiesta para soñar

Levantaos y no temáis

Fiesta para soñar

1.— La Transfiguración del Señor en el monte Tabor es una fiesta para soñar, para lanzar nuestra pobre imaginación al aire de los ensueños. Es un misterio profundo de la vida de Cristo. Pero, al mismo tiempo, una realidad que debemos hacer patente en nuestra existencia. Un momento decisivo para reavivar en momentos de oscuridad. Todo esto es para nosotros —debe serlo— este día de la Transfiguración, donde se dieron cita tantas dimensiones de nuestra fe.
Porque no se trata de una contemplación maravillosa del milagro cuando de descubrir en nuestra vida la necesidad de irnos transfigurando en Cristo. Se trata, en el fondo, de descubrir a Jesús. De ir viendo cómo debemos incrustarlo en nuestra existencia de —mirándolo a El— irnos haciendo cristianos cada día más. Así, y no de otra manera debemos enfocar el Mensaje de esta fiesta.
La Iglesia ya nos puso ante nuestra vida este hecho evangélico en Cuaresma. Y era lógico. En Cuaresma se trataba de cambiar, de transformarnos. Se nos hablaba allí de «penitencia» en el sentido etimológico de la palabra, es decir, de cambio. Y la Transformación era ejemplo y paradigma de lo que debíamos hacer.
Hoy vuelve a la carga. Hoy, más serenos ya, quiere la Iglesia que caigamos en la cuenta de esta verdad. En Cuaresma los acontecimientos pascuales nos embargan. Ahora en pleno verano estamos hasta de vacaciones. Tenemos más tiempo, más calma. Y es momento de ver en Cristo cuanto tenemos que hacer en nosotros.
La Transfiguración nos habla de un trabajo. De ese trabajo nuestro de cada día: ser Cristo, transfigurarnos en Cristo. Porque para el cristiano Cristo lo es todo. Todo en nuestra vida debe estar marcado de la misma trascendencia de Cristo.

2.— Sin embargo, esta fiesta para soñar, no ha de ser un señor ilusorio sino real. Porque no se trata de que demos alas a la imaginación, sino al empeño. De que nos concienciemos de que el trabajo nuestro de cada día —trabajo material, trabajo laboral, trabajo social, trabajo humano— ha de tener un vértice: Cristo.
Que la Transfiguración no ha de hacernos «gansos». Todo lo contrario. La Transfiguración debe espolearnos a terminar de hacernos Cristos. A poner toda la carne en el asador. A transformar —eso significa Transfiguración— todo lo que está a nuestro lado, en nuestro entorno. Pero a transformarlo en Cristo. O al menos, a transformarlo en lo que Cristo quiere.
Porque hoy hablamos mucho de estructuras nuevas, de compromiso social, de empeño político del cristiano. Ya todo eso nos lanza la Transfiguración. El cristiano debe trabajar en el mundo por hacerlo nuevo, por transformarlo. Debe meterse en política, para hacerla más humana y más bien común. Debe reivindicar todo lo reivindicable. Porque su consigna es Transfigurar. Eso sí, Transfigurar en Cristo.
Y es lo que olvidamos. Porque no se puede reducir el cristianismo a las tareas sociales, a las luchas ideológicas, a reivindicaciones salariales, a mejoras humanas y sociales, a la lucha obrera. Si en toda esta lucha, el cristiano no busca a Cristo no busca transfigurarse y transfigurar el mundo en Cristo, está perdiendo el tiempo. Si pierde el sentido religioso de la vida, si pierde la dirección al Señor más allá de la muerte y de todas las realidades terrenas, su cristianismo habrá sido castrado en uno de sus elementos más esenciales: Transfigurar todo en Cristo, no en Marx, ni en ninguno de esos ideológicos aventureros.

3.— Eso nos pide hoy la Transfiguración del Señor. Tenemos que comprometer socialmente, políticamente, humanamente nuestra vida cristiana Pero eso es un solo polo de la dialéctica cristiana. Porque ese compromiso ha de tender a Cristo. La trascendencia, la nostalgia del cielo tienen también un lugar —necesario y esencial para el cristiano— en su vida de cada día. Lo interesante es Cristo, más allá de las realidades y las luchas concretas.
Transfigurarnos en Cristo. Transfigurar el mundo en Cristo. Estos son los «dolores de parto» de que nos habla San Pablo Para nosotros y para el mismo, mundo. Recapitular todas las cosas en El. Hacerlas nuevas.
Fiesta para lanzarnos, para soñar. De verdad.

P. José Cabrera Vélez.
El Eco de Canarias, 5 de agosto de 1978.

Imagen: “La Transfiguración”, por Fra Angélico.

* * *

          Oración

Muéstrate, por fin, Señor.
No permanezcas por más tiempo
oculto a nuestros ojos.
No guardes silencio más días.

¿Hasta cuándo vamos a caminar entre tinieblas,
cansados, desorientados y abatidos?
Desata tu brazo, Señor, desata tu poder
y sal en defensa del pobre y oprimido.
Tiende tus brazos a los que vacilan,
hazte encontradizo a los que te buscan,
sorprende a los que te huyen.

No permitas que se blasfeme tu nombre,
diciendo: es el azar,
es el inconsciente,
es la materia.
¿Acaso el que ha hecho el oído… no oye?
¿No ve el que se ha inventado los ojos?

Los pensamientos de todos los hombres
están en tu ordenador,
todas sus palabras están registradas.

Bienaventurado
el que se deja enseñar por tu palabra.
Dichosos los que no ven y creen.
Sin estar en la seguridad social, están seguros.
Sin necesidad de tranquilizantes,
dormirán tranquilos y vivirán en paz.

Porque tú, Señor,
eres nuestro Padre
y nos quieres.

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