Domingo de Resurrección: La vida nueva del hombre

Resurrección

La vida nueva del hombre

En este día glorioso de la Resurrección, Jesús marchó al Padre para redimirnos. Acaso no nos demos cuenta, o queremos olvidarnos, de la significación profunda que entraña este hecho histórico milagroso.
Aquel hueco sepulcral quedó vacío para llenarse de vida eterna. La Humanidad, y todos y cada uno de los hombres que la componen ganaban la posibilidad de la salvación. La figura maltrecha y escarnecida de un Dios se elevaba a los Cielos, nimbada de luz, de pureza, de éxtasis infinito para configurar una Vida Nueva en el hombre. Y repicaron en ese instante las campanas del mundo entero, y un grito de Aleluya se escuchó en todos los confines de la tierra, y un rayo inmenso de luz iluminó todos los corazones.
¡La Vida Nueva del hombre! Aquel Hijo del Carpintero que atravesó los caminos de Palestina, y conoció el odio, la persecución y la muerte en vilipendio levantaba en ese momento la gran bandera del perdón. Esa bandera que hemos visto enarbolada, con aire triunfal, en todo el Orbe, a través de veinte siglos. El viernes mismo la hemos presenciado en forma de Cruz a través de la pantalla, levantada por las manos del Vicario de Cristo, en el Coliseo de Roma. Las patéticas, pero serenas escenas del Vía Crucis pontifical, bajo la noche estrellada de la Ciudad Eterna, nos llenaban de emoción. Era un anciano, Representante de Jesús, quien levantaba su Cruz ante los Misterios, con sotana y solideo blancos, adorando y reverenciando al Salvador del Mundo. Su palabra quería ser firme y trocábase en angustiosa, oprimida por la dramática situación que impera en la faz de la tierra. Pero, inspirado por el Espíritu Santo, brotaba la oración del Papa con esa iluminada esperanza y esa entrañable caridad que lleva siempre en su corazón el gran Príncipe del Cristianismo.
De ese mismo manantial de fe hemos de participar todos los católicos. Manantial que se nos figura puro y cristalino en este glorioso día de la Resurrección del Señor. El corazón del cristiano ha de tornarse valiente, seguro, esperanzado en la gran conmemoración de la redención humana. Ha de mostrarse sin fisuras ni vaivenes, porque creer en Dios y, sobre todo, cumplir sus mandamientos es el supremo deber del buen cristiano. Quienes se postran de rodillas para luego desviarse de Jesús, en la vida o en el ejemplo, merecen, a juicio mío, mayor estima que quien se empeña en desconocerle o se niega a seguirlo.
¡Vida nueva del hombre! En este día glorioso de la Resurrección pensemos en ella, suprimiendo odios, buscando la cordialidad y la paz, alzando el espíritu sobre las miserias de nuestra existencia. Esa nueva vida que debe ser hechura e imitación de Cristo, amándonos con humildad, perdonándonos con sincero cariño, buscando horizontes de convivencia fraterna.
Por la faz de la tierra parece hoy pasar una ráfaga satánica de incontenido desamor. Miremos a lo alto y veamos esa gloriosa figura de un Dios hecho hombre que penetra en los Cielos para perdonarnos y bendecirnos. Si le volvemos la cara seremos reos de ingratitud. Si le seguimos con ojos de fe seremos auténticos hijos de Jesús.

Carlos Ramírez Suárez, “En la ruta de mis recuerdos” (1976)

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