María en el Calvario

¿Qué trono

mejor querías 

que los brazos

de María?

                    (Alfredo Reyes Darias)

* * *

María en el Calvario

Firmada por el pretor Romano la sentencia de muerte de Jesús que aplaude frenéticamente aquel pueblo sanguinario y degenerado, suenan los clarines, forma la cohorte romana ante el pretorio y salen dos bandidos, llevando cada uno sobre sus hombros el palo en que han de ser ajusticiados. En pos de ellos marcha Nuestro Redentor, extenuado de fatiga, sediento por la mucha sangre que ha perdido y también lleva su cruz, cuyo peso le abruma y le hace caer desfallecido. Al verlo gime su Madre amantísima y se desmaya; las santas mujeres alzan dolorosos gemidos que llegan al cielo y las acompañan en su dolor las piadosas doncellas de Jerusalén.
María Santísima, repuesta de su desmayo, sigue las huellas de su hijo: de buena gana hubiera llevado la cruz, pero los soldados la rechazan, diciendo «Es la madre del ajusticiado…»
Una vez en la cumbre del Calvario, unos soldados abren los hoyos y fijan los maderos, otros desnudan brutalmente á Jesús, le tienden sobre la cruz y clavando sus divinas manos y pies, es izado a lo alto…. ¡Denuestos, silbidos, insultos, infame rechifla acoge su elevación…!
Despéjase el círculo: los curiosos y los vengativos van dejando el monte y entonces María Santísima acompañada del apóstol San Juan que no la abandonaba; se acerca al madero ya santificado de la cruz y habiéndole visto Jesús así como a su discípulo amado; dijo a su Madre: «Mujer, ve ahí a tu hijo»—Después dijo a San Juan—«Ve ahí a tu Madre».
Humedecida su bendita boca, reseca por la fiebre y la pérdida de tanta sangre; a las tres horas de estar crucificado y sin separarse María Santísima un momento de la cruz; pronuncia Jesús sus últimas palabras «Consumatum et».
Faltaba experimentar a María otro agudísimo dolor. La lanza de un pretoriano abrió el costado de Jesús para asegurarse de su muerte. El corazón de la madre sufrió a la vez el golpe y el ultraje, ya que el cadáver de su Hijo no sentía ningún dolor.
Descolgado de la cruz el santísimo cuerpo de Jesús, lo recibe en los brazos la Madre amantísima y lo estrecha contra su seno. Pero, ¿habrá lengua que pueda explicar lo que María Santísima sintió en aquel momento? Abrázase con el cuerpo despedazado de su hijo, apriétalo fuertemente contra su pecho, mete su cara entre las espinas de la sagrada cabeza, júntase rostro con rostro, tíñese la cara de la Madre con la sangre del Hijo y riégase la del Hijo con las lágrimas de la Madre.
¡Oh Virgen Santísima y Madre nuestra!
Este título que recibiste al pie de la cruz es áncora de salvación. Acoge propicia cuantas súplicas te dirijamos mientras estemos en este valle de lágrimas y comprendiendo que fuimos nosotros la causa de la afrentosa muerte de vuestro amantísimo Hijo Jesús y de los dolores sin ejemplo que sufriste en su sagrada pasión: alcánzanos Madre Amorosísima el perdón de nuestros pecados.

Francisco Jiménez Marco. Abril de 1897.

Imagen: Detalle del Santísimo Cristo del Calvario de la Villa de La Orotava (grupo escultórico que representa la iconografía de La Piedad), obra de Fernando Estévez. Foto: Bruno J. Alvárez.

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