Ecce Homo

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Ecce homo, regem vestrum crucifigam? He aquí el Hombre, ¿queréis que crucifique a vuestro Rey?… ¡Ahí lo tenéis! (Imagen: “Cristo coronado con espinas”, pintura de Gerard van Honthorst).

Ecce Homo

Pocas son las escenas de la Pasión que sobrepujan ni aún igualan en barbarie y ferocidad a la desarrollada en la plaza del Pretorio a la vista de Jesús mandado azotar por el Procurador Poncio Pilato. De concesión en concesión, de debilidad en debilidad, luchando entre el deber y el egoísmo, entre los derechos de la justicia y las exigencias de la razón de Estado, afectando cumplir con Dios pero queriendo complacer al mismo tiempo a la plebe, por no caer de la gracia del César, el Representante del Poder Romano en la Judea, se ofrece ante la historia a los ojos de las generaciones como el trasunto más perfecto del hombre que hace traición a sus deberes, del epicúreo para quien son palabras vanas la santidad y la inocencia, del juez cobarde que hace objeto de granjería lo más augusto que hay en la tierra, arrojando a las violencias del populacho y a las griterías de las muchedumbres la espada de la ley y la balanza de la justicia. ¡Ecce Homo! Ved ahí al hombre, es decir, la autoridad, el poder sin Dios.

Inútiles fueron todos sus esfuerzos, vanas todas sus condescendencias, engañosas sus esperanzas al creer que la vista del Justo todo herido y despedazado, traspasadas las sienes de hórridas espinas, llorosos los divinos ojos, desnudo y expuesto a las afrentas el cuerpo virginal, la lástima y la compasión apoderándose de los ánimos pudieran mover al público en favor de Jesús. La fiera harto ya irritada por sus debilidades y cobardías, azuzada de continuo por los miembros del Sanedrín, no hizo más que irritarse más, y en el paroxismo de la rabia que la consumía, ahullar enronquecida el crucifícale, no queremos otro rey que al César, con que atronó el aire y ensordeció los espacios. Ecce Homo! Ved ahí al hombre, es decir, al pueblo entregado a sus propios instintos, abandonado a sus nativas ingénitas pasiones, adulado por los que debieran contenerle, en todo el satánico esplendor de su grandeza terrena y de sus instintos de fiera. Cuando al través de los siglos le contemplo víctima de los amaños de los grandes y de las astucias de los sofistas vocingleros, tumultuario, voluble, a veces apasionado, sumiso cumplidor a veces de los caprichos del que más le adula, yendo de un lado a otro, según sople el viento de la ambición o los aires de la fortuna, tan pronto agitando palmas en torno del Maestro divino, como pidiendo su sangre debajo de los balcones del Pretorio, verdaderamente no me concibo ni me explico porqué especie de espíritu misterioso pueden resultar iluminadas para el feliz ejercicio de arte tan arduo y tan difícil como gobernar a los pueblos y administrar la justicia, estas muchedumbres ciegas e indoctas, en cuyas manos se quiere hoy depositar toda la vida política y social de los estados.

Ecce Homo! La chusma olvidadiza y desenfrenada ruge maldiciones y vomita blasfemias; los fariseos hipócritas se solasan en sus odios satánicos y en sus infernales furores, el representante de la autoridad abdica cobarde y vergonzosamente ante el clamoreo feroz y estúpido de un pueblo todas las augustas prerrogativas de la ley, mientras Jesús aparece justo, sereno, santo, cual convenía a la Santidad infinita, inocente entre los hombres, inmaculado en un mundo corrompido, apartado de la compañía de los pecadores, y hecho más alto que los cielos, hijo verdadero de Dios, perfecto en todo y para siempre.

Ecce Homo! Cuando medito las escenas del Pretorio, ¡qué pequeño me parece el hombre engendrado en iniquidad y concebido en pecado, y qué grandes e insondables, oh Señor, los abismos de tu misericordia y los rigores de tu justicia!

José Feo y Ramos. La Atlántida, marzo de 1901.

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