La Oración en el Huerto

Y se le apareció un ángel que le confortaba. Y puesto en agonía oraba con mayor vehemencia (“Agonía de Cristo en el Huerto de los Olivos”, de Giovanni Battista Tiepolo)

La Oración en el Huerto

Se anticipa y se concentra el drama del Calvario en este momento de solemne angustia y de melancolía suplicante. Al leer este pasaje del Evangelio, sentimos al Hombre-Dios muy cerca de nosotros. Era conveniente que Él participara de nuestras angustias para que nosotros tuviéramos parte en sus glorificaciones; que la encarnación fuera verdadera para que la redención fuera eficaz; que Dios descendiera a lo más hondo de nuestros dolores y de la debilidad nuestra para que nosotros fuéramos elevados a las más altas cumbres de la vida divina.

Las palabras del Evangelio, tienen en este pasaje una intensidad de emoción sublime y una inmensa fuerza representativa. En ellas parece que palpitan todas las amarguras y desfallecimientos humanos. Es la fortaleza brotando del dolor; la posesión de la paz soberana del espíritu saliendo de la lucha íntima de la conciencia; la humillación, la plegaria primero, la fuerza para el sacrificio después.

Se entrevé desde aquí ese mundo de pensamientos que, según Newman, no es más que la expansión de algunas palabras caídas como al azar de los labios de los pescadores de Galilea; porque es este uno de los pasajes en que más resalta ese carácter singular y sobrehumano del Evangelio, la riqueza de simbolismo, la inmensa fecundidad de aplicaciones, la potencialidad inacabable, para ulteriores desarrollos, el llevar en cada palabra resonancias infinitas que a través de los siglos se difunden, amplificándose y robusteciéndose cada vez más en lugar de apagarse y debilitarse con la distancia.

Pero no razonemos demasiado: «Cuando oyes —dice San Basilio— la palabra del Salvador, o cuando consideras sus acciones, no escuches al vuelo, ni mires de una manera simple o carnal, sino abísmate en la profundidad de la contemplación a fin de que puedas verdaderamente entrar en la comunión de las verdades que te son místicamente enseñadas…».

Juan Salvador Minguijón y Adrián.

(Juan Salvador Miguijón fue un prestigioso jurista aragonés. Catedrático de Historia del Derecho en la Universidad de Zaragoza; Magistrado del Tribunal de Garantías Constitucionales en la II República y del Tribunal Supremo; y académico de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas).

* * *

Por la puerta de la Fuente
fueron saliendo los once.
En medio viene Jesús
abriendo un surco en la noche.

Aguas negras del Cedrón,
de su túnica recogen
espumas de luna blanca
batida en brisas de torres.

Jesús viene comprobando,
Pastor, sus ovejas nobles,
y se le nublan los ojos
al no poder contar doce.

«Pues la Escritura lo dice,
me negaréis esta noche.
Herido el Pastor, la grey
dispersa le desconoce».

Entre los mantos, relámpagos
de dos espadas relumbran.
La luna afila sus hielos
en las piedras de las tumbas.

Ya las chumberas, las pitas
erizan sienes de agujas
y quisieran llorar sangre
por sus coronadas puntas.

Ya entraron al huerto donde
las aceitunas se estrujan,
Getsemaní de los óleos,
hoy almazara de angustias.

Ya Pedro, Juan y Santiago
bajo un olivo se agrupan,
como un día en el Tabor,
aunque hoy sin lumbre sus túnicas.

La noche sigue volando
-alas de palma y de juncia-
y, llena de sí, derrama
su triste látex la luna.

Se oye el rumor a lo lejos
de cortejos y cohortes.
Y el sueño pesa en los párpados
de los tres fieles mejores.

Jesús, solo, abandonado,
huérfano, pavesa, Hombre,
macera su corazón
en hiel de olvido y traiciones.

«Padre, apártame este cáliz».
Sólo el silencio le oye.
La misma naturaleza
que le ve, no le conoce.

«Hágase tu voluntad».
Y, aunque lleno hasta los bordes,
un corazón bebe y bebe
sin que nadie le conforte.

El sudor cuaja en diamantes
sus helados esplendores,
diamantes que son rubíes
cuando las venas se rompen.

Por fin, un Ángel desciende,
mensajero de dulzuras,
y con un lienzo de nube
la mustia cabeza enjuga.

Ya la luz de las antorchas
encharca en movibles fugas
y acuchilla de siniestras
sombras el huerto de luna.

Los discípulos despiertan.
Huye, ciega, la lechuza.
Y Jesús, lívido y manso,
se ofrece al beso de Judas.

                Gerardo Diego

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