Las Siervas de Jesús y de María

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¿No habéis visto a las Siervas de Jesús y de María en el cumplimiento de su deber, que voluntariamente se imponen? Hoy en que todo se hunde y mancilla, la Sierva, huyendo de la saña del mundo ingrato, y despreciando las comodidades de la vida, se sienta al borde de oscuro lecho, nido de ocultos fieros dolores, y todo su pensamiento, todo su anhelo lo cifra en el alivio del enfermo puesto a su cuidado, no omitiendo sacrificio alguno para conseguirlo.

La Sierva, que es el bálsamo del dolor, penetra en casas donde existen focos de contagiosas enfermedades, y allí donde la epidemia causa estragos horribles, llevando la muerte y el espanto al seno de la familia, la vemos inclinada sobre el lecho del paciente, despreciando el contagio, sin temor a la muerte, porque en los justos no se abriga el temor de dejar este mundo de miserias y pasiones; en el ambicioso, en el poderoso, en el soberbio, sí; porque la muerte les recuerda que allí cesa poder y sus deleites.

Por eso la Sierva, penetrada de su santa misión, sabe que va a sufrir todo género de molestias y en vez de manifestar cansancio, por el trabajo y desvelo en largas y penosas noches; dirige, cual Ángel de Caridad, consoladoras palabras al enfermo y seca el sudor de la muerte, y cuando ha sido necesario, también con sus ruegos y lágrimas ha conseguido que volvieran los ojos a Dios, corazones empedernidos, demostrando luego verdadero arrepentimiento.

Pero llegado el trance de la muerte y a la vez que vela el cadáver y eleva a Dios nuestro Señor fervientes súplicas por el eterno descanso del que tan cariñosamente asistió hasta el último momento; la Sierva tiene también palabras de consuelo para la afligida familia, y estas palabras sirven de lenitivo porque salen de labios que practican la más sublime de las virtudes: «La Caridad».

¡Qué ejemplos de abnegación cristiana demuestran la infinita grandeza de almas de esas dulces siervas que sacrifican su existencia, al cuidar de los enfermos!

¡Benditas seáis siervas de Jesús y de María, que cuando vosotras enjugáis un rostro frío y cerráis los ojos muertos aunque sean los de un impío; para miraros en aquel momento tiene Jesús abiertos los suyos, y como recompensa a tan meritorios obras, alcanzaréis, sin duda alguna, el premio prometido a los que voluntariamente abrazan la Cruz para seguir a Nuestro Redentor.

Francisco Jiménez Marco. La Coruña, 5 de marzo de 1897.

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Enlaces de interés:

Siervas de Jesús

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