San Francisco de Asís, el arquitecto de belenes

Arquitecto de Belenes

El cielo te inspiró, divo profeta,
con su luz blanca sus celestes bienes.
Tú, Francisco de Asís, fuiste poeta
y arquitecto genial de los “belenes”.

Las lágrimas que un día derramaron
tus ojos, al leer el “Nacimiento”,
cual torrente de amor, se desbordaron
y surgió, por ensalmo, ese portento
de ternura, de fe, de misticismo,
en tu clásica Gruta belemita;
donde, por gracia del franciscanismo,
los más tiernos idilios se dan cita.

Tú, con tus manos de arrobado asceta,
modelaste los valles, los caminos,
los arroyos, los lagos cristalinos,
el nevado picacho y la meseta.

Elevaste en las cumbres imposibles
palacios de atrevida arquitectura.
La pastoril cabaña, en la espesura,
florecida en églogas sensibles.

Diste vida al rebaño trashumante,
que busca al Sol en noche misteriosa,
tras el lucero, cuya luz medrosa
anuncia al orbe el venturoso instante.

Con las ovejas, en el hato enano,
humilde, compasivo y penitente,
colocas al enorme lobo hermano,
siempre más bueno que esta mala gente.

Y en los olmos nevados y en los pinos,
alzas bandas de pájaros cantores,
que, al llenarse el “belén” de resplandores,
cual fondo musical, le den sus trinos.

No falta en tu “belén” aquella Estrella
que dio luz a los Sabios del Oriente,
siendo flecha fugaz su blanca huella,
y en los espacios, senda refulgente.

Mas donde tu piedad se hace ternura,
poeta, artista y dulce Franciscano,
es en el gran “Misterio”, que tu mano
reviste de piedad y de ventura.

Esta es tu Gruta, mínimo Francisco:
el Sol sobre unas pajas reclinado.
La Luna en plenilunio. En el aprisco
un Lucero de Dios. Manso ganado,
que adora más que el hombre a ese Dios Niño.
Medita el alma y ante el Portal se humilla,
vertiendo dulces perlas de cariño,
y doblando hasta el suelo su rodilla.

Así adoraste tú aquella noche
misteriosa, de arcángeles en vuelo;
y de un gozo infinito en el derroche,
en tus brazos alzaste al Rey del cielo.

Cantabas villancicos de alegría.
Danzabas al compás de los rabeles,
mientras el Niño en torno repartía
de sonrisas sin fin sus dulces mieles.

Desde entonces tu bella arquitectura,
con su estilo infantil, corrió el planeta.
Pende un “belén” de cada noble altura,
en versos de tu alma de poeta.

Hiciste bien, Francisco, al enseñarnos
este estilo de honrar a Jesús Niño.
Nos revelas la forma de acercarnos
y hablarle con palabras de cariño.

En tu “belén” mi mente se extasía,
pretendiendo un amor como era el tuyo…
Como balar de oveja, como arrullo
de paloma, le canta el alma mía:
“Mira, Niño chiquito; mira, encanto:
yo quiero ser cordero de tu aprisco.
Y quiero, Jesusito, amarte tanto
como te amara el mínimo Francisco”.

      A. Ureña Arroyo. Salesiano

natividad

El Belenismo: el misterio hecho arte

Imagen 1. “San Francisco y Santa Clara de Asís adorando al Niño Jesús”, de Josefa de Óbidos.

Imagen 2. “La Natividad”, de Philippe de Champaigne

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