Ya alborea el día (2º domingo de Adviento)

adviento

La liturgia del Adviento, tiempo de anhelante expectación, es un clamor de brazos abiertos que se alza hasta el Cielo en demanda del Redentor. Y aunque el pensamiento dominante de la liturgia es el de conmemorar la primera venida de Nuestro Señor Jesucristo al mundo; no lo hace solamente rememorando el acontecimiento histórico, sino que considera la venida del Señor como un hecho de actualidad, fecundo en gracias y bendiciones sobrenaturales.

Por esto, el Adviento es tiempo de purificarnos y de expurgar el espíritu del mundo; es decir, la disipación de la vida muelle, el pensar y obrar puramente naturales, el no enfocar hacia Dios todas nuestras intenciones, toda nuestra conducta.

Significa el Adviento un decidido apartamiento del pecado: “Ha concluido la noche. Ya alborea el día. Rompamos, pues, con toda obra de tinieblas y empuñemos las armas de la luz. Marchemos honradamente, como a plena luz del día; no en glotonerías y embriagueces, no en envidias y contiendas”.

Es el Adviento tiempo de penitencia, porque en él se espera la venida de Dios; y Dios sólo viene sobre la carne ceñida y castigada. Es inútil esperarle de otro modo. El Bautista Precursor único del Único Salvador, habló con toda claridad a su paso por las riberas del Jordán: “Preparad el camino del Señor… Haced dignos frutos de penitencia”.

Y esta misma voz que clama en el desierto, la repite la Iglesia en estos primeros días del Adviento para recordarnos cómo debemos estar dispuestos y preparados para recibir al Señor, que viene a nosotros por medio de la Gracia.

Así, pues, porque éste es el deseo y el espíritu de la Iglesia, porque es el tono que ha de ser dominante en nuestra Patria, hemos de llevar siempre una vida sobria y austera, con espíritu de penitencia y disciplina, para estar siempre dispuestos a recibir la venida del Señor, a celebrar la Navidad.

A esta norma de vida se ha de añadir la oración y el gozo exultante de la Iglesia: “¡Se acerca la Redención!” “¡Ya llega el día!” “He aquí que viene el Señor!” “¡Una Virgen concebirá!” “¡Lloved, cielos, de arriba, y que las nubes lluevan al Justo!”.

Así, conducidos por la mano de la Iglesia, es el único modo de sentir y de celebrar la alegría de la Navidad.

Revista “Guía”, diciembre de 1940

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