Beato Carlos de Foucauld, a cien años de su fallecimiento

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«La Eucaristía es Dios con nosotros, es Dios en nosotros, es Dios que se da perennemente a nosotros, para amar, adorar, abrazar y poseer».

Hoy, 1 de diciembre de 2016, se cumplen cien años del fallecimiento de Carlos de Foucauld (Estrasburgo, 15 de septiembre de 1858 – Tamanrasset, 1 de diciembre de 1916), asesinado -de un disparo- por unos milicianos a la entrada de su ermita en Tamanrasset (Sahara argelino). Para conmemorar una fecha tan especial les proponemos un valioso texto por el P. Andrés Molina, que esboza acertadamente la fisionomía espiritual del Hermano Foucauld.

Vivió la Eucaristía

He aquí una figura eucarística fascinante que resplandece con fulgores propios como astro de primera magnitud. Cabalgó entre la segunda mitad del siglo XIX y las dos primeras décadas del pasado siglo XX. Enamorado ardiente de la Eucaristía, murió como él lo había deseado: de rodillas, con su mirada extática sobre la Blanca Hostia, con una entrega incondicional a su «Bienamado Hermano y Señor Jesucristo».

Síntesis biográfica

Nace en Estrasburgo (Francia) el 15 de septiembre de 1858. No ha cumplido los seis años cuando pierde a su madre el 13 de marzo de 1864, y a su padre el 9 de agosto del mismo año. A pesar de los tremendos avatares de su vida, recordará siempre las últimas palabras de su progenitora en el lecho de muerte: «¡Dios mío, hágase tu voluntad y no la mía!». Su educación es confiada al abuelo materno, el coronel Mollet, hombre piadoso, enamorado de la literatura y de la arqueología, pero incapaz de responder a las inteligentes preguntas de su inteligente nieto, alumno aventajado del Liceo de Nacy. A los quince años comienzan las dudas de fe hasta perderla progresivamente del todo en 1873. Se trató de una pérdida real de la primera virtud teologal y escribe así a un íntimo amigo: «Durante doce años he vivido sin fe alguna». Descreído, vivió su juventud en completo abandono moral: «Yo vivía -escribirá más tarde- como puede vivirse cuando se ha extinguido la última chispa de fe». En 1876 ingresa en la Academia Militar de Sant-Cyr, estimulado por el ejemplo de su abuelo y deseoso de gloria humana. Nombrado subteniente pasa a la Escuela de Caballería de Saumur, pero vive entregado a toda clase de frivolidades.

En una inspección de 1879 escucha este triste informe: «No tiene en grado suficiente el sentimiento del deber». Participa en una campaña militar de Argelia, y cesa en 1881 por indisciplina y mala conducta. Carlos de Foucauld está totalmente descentrado, con viva conciencia de su desesperado ateísmo, pero su espíritu inquieto descubre entre lejanas brumas la luz relampagueante de Dios que le asedia, preparando la aurora de su conversión. Porque dentro de las espesas tinieblas en que se debate, no puede olvidar el testimonio religioso del mundo musulmán de Argelia y Marruecos, como una viva llamada a resucitar su fe.

Llega así el año decisivo de 1886 en que se instala en París muy cerca de la Iglesia de Saint-Agustin. Comienza a leer las «Elevaciones sobre los misterios» de Bossuet, regalo familiar de su Primera Comunión. Se pasa las horas repitiendo, en busca de un rayo de luz, esta corta oración: «Dios mío, si existís, haced que yo os conozca». Por fin el 30 de octubre del mismo año confiesa y comulga. Su retorno a Dios es tan firme como definitivo: «Apenas creí que había Dios, comprendí que sólo podía vivir para Él». Tenía entonces 28 años y se muestra íntimamente convencido de que su conversión ha sido un milagro exclusivo de Dios misericordioso. Su itinerario espiritual a partir de esta crucial experiencia del encuentro con Dios, es rectilíneo. Brujulea, pero es sólo buscando cómo podrá vivir con más plenitud su entrega, es decir, en qué estado podrá servir con mayor perfección a Jesucristo. Comienza para él una etapa difícil. Se formula acuciantes interrogaciones en la búsqueda exacta de la voluntad de Dios. Lee y medita sin cesar la vida de Jesús: «El evangelio me hizo ver que el primer mandamiento es amar a Dios con todo el corazón, y que todo ha de encerrarse en el amor cuyo primer efecto es la imitación».

Intenta realizar su vocación con los trapenses en Notre Dame des Neiges, y seguidamente en Akbés (Siria). Viene después su vocación sacerdotal y sus estudios teológicos en Roma. Abandona la Trapa y marcha a Tierra Santa para vivir como ermitaño en Nazaret. No le interesa tanto vestir el hábito en una determinada orden religiosa, cuanto vivir con total fidelidad el auténtico espíritu contemplativo en la más completa pobreza y total desprendimiento. Después de un trienio en Tierra Santa regresa a Francia y el 9 de junio de 1901 se ordena sacerdote en Viviers, a los 43 años. Pasa a Marruecos para preparar su evangelización y celebra su Primera Misa en Beni Abbés preparándose para fundar su Primera Fraternidad y acogiendo a pobres y enfermos. Es para todos el «Hermanito Universal». Redacta unas «Reglas» para los que deseen compartir con él su vida abnegada. Después de cinco años se traslada a Tananrasset donde permanece los diez últimos años de su existencia como un contemplativo del desierto y como humilde servidor de cuantos acuden a él. Su vida se ha convertido en un aparente fracaso. Pero antes de su muerte lanza este grito desde la cruz de su calvario interior: «Diez años llevo diciendo la Misa en Tananrasset y no puedo contar ni un solo convertido».

El 1 de diciembre de 1916 muere en la heroica soledad de verdadero adorador eremita, sin ningún compañero ni discípulo, víctima de una emboscada asesina, al ser confundido por un espía. Ese mismo día había escrito en su Diario Espiritual: «Se siente que se sufre, pero no siempre se siente que se ama y esto es un grave sufrimiento más». Quince años después de su muerte, sepultado en el surco como fecundo grano de trigo, surgieron los «Hermanitos de Jesús» hoy presentes en todo el mundo católico como herederos espirituales del P. Carlos Foucauld. El sueño del Hermano Carlos quedaba cumplido de manera póstuma y «el páramo se volvía un vergel» (Isaías 32,15).

Disponibilidad sin condiciones

La mayor parte de su vida en el desierto se la pasó adorando la Sagrada Eucaristía en una modestísima tienda de campaña. Todos sus Escritos están inspirados a la sombra de la pequeña Custodia y de su pobrísimo Sagrario. Todo lo que salió de su pluma está transido por una autenticidad evangélica que contagia. Era de veras un alma que amaba apasionadamente a Cristo buscando como única obsesión el mejor modo de imitarle. A esta única meta encaminó todos sus esfuerzos durante los treinta años que transcurrieron desde su conversión (1886) hasta su muerte (1916). El esquema de su sencilla y a la vez profunda espiritualidad cabe en pocas frases: imitar la pobreza de Jesús, fidelidad al «Amado oculto», sentimiento de la adoración, sacerdocio reparador en el desierto de las bienaventuranzas. Entre sus Meditaciones destaca una plegaria programática que podemos calificar como la oración de la disponibilidad sin condiciones. Su texto es muy conocido y muchas personas lo recitan para ofrecerse al Señor en lo más duro y exigente de la vida cristiana:
«Padre: Me pongo en tus manos. Haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal de que su voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Padre. Te confío mi alma, te la doy con todo el amor de que soy capaz, porque te amo y necesito darme, ponerme en tus manos sin medida, con infinita confianza, porque Tú eres mi Padre».

Carlos de Foucauld deseaba que se leyeran a menudo las vidas de los santos y hombres de Dios porque las consideraba como una especie de comentario al Evangelio. Su divisa era bien sencilla: «Amor, amor, bondad, bondad». A cada cristiano se le pide imitar en su estado el «Fiat» de María ante los misteriosos caminos de Dios a quien no podemos exigir cuentas de lo que manda, dispone y permite». Por ello es imprescindible un profundo sentido providencialista convencidos de que Dios todo lo dispone con número, peso y medida, puesto que su providencia se extiende poderosa del uno al otro confín y lo gobierna todo con exquisita suavidad (Sab 8,10 y 11,21). El ideal de este «Hermanito Universal» se sintetiza así: «Leer y releer continuamente el Santo Evangelio, para tener siempre ante el espíritu, los actos, las palabras, las ideas de Jesús a fin de pensar, hablar y obrar como Él».

Apasionado adorador: Textos Eucarísticos

1. Vos estáis ahí, mi Señor Jesús, ¡En la Sagrada Eucaristía! ¡Vos estáis ahí, a un metro de mí, en el Sagrario! ¡Vuestro cuerpo, vuestra alma, vuestra humanidad, todo vuestro ser está ahí con su doble naturaleza! ¡Qué cerca estáis Dios mío! Dígnate darme ese sentimiento de tu presencia en mí y en torno a mí y ese amor temeroso que se siente en presencia de aquel a quien se ama apasionadamente y que nos hace quedarnos ante la persona amada sin poder apartar los ojos de ella con un gran deseo de hacer cuanto le agrada, con un gran temor de hacer, decir o pensar cualquier cosa que le disguste.

2. La Sagrada Eucaristía es Jesús, todo Jesús. Todo el resto no es sino una criatura muerta. En la Sagrada Eucaristía, vos estáis todo entero, totalmente vivo, mi bienamado Jesús, tan plenamente como estabais en casa de la Sagrada Familia de Nazaret, en casa de Magdalena en Betania, como estabais en medio de vuestros Apóstoles. ¡No estemos jamás fuera de la presencia de la Sagrada Eucaristía ni uno solo de los instantes que Jesús nos permita estar junto a ella!

3. Corazón Sagrado de Jesús, gracias por el don eterno de la Sagrada Eucaristía: gracias por estar de esta manera siempre con nosotros, siempre bajo nuestro techo, siempre ante nuestros ojos, cada día en nosotros. ¡Gracias por daros, entregaros, abandonaros así, todo entero a nosotros! El medio mejor y más sencillo de unirnos al Corazón de Jesucristo, es hacer, decir y pensar todo con Él y como Él, manteniéndose en su presencia e imitándole. En todo lo que hagamos, digamos, pensemos, decirnos: Jesús me ve, veía este instante durante su vida mortal: ¿cómo actuaba, hablaba, pensaba Él? ¿Qué haría, diría, pensaría en mi lugar? Mirarle e imitarle. Jesús mismo indicó a sus Apóstoles este método tan sencillo de unión con Él.

4. La Eucaristía no es solamente la comunión, el beso de Jesús, el matrimonio con Jesús: es también el Sagrario y la Custodia, Jesús presente en nuestros altares «todos los días hasta la consumación de los siglos», verdadero Enmanuel, verdadero Dios-con-nosotros, expuesto a cualquier hora, en todos los lugares de la tierra, a nuestras miradas, a nuestra adoración, a nuestro amor, y transformando por esta presencia perpetua la noche de nuestra vida en una iluminación deliciosa. La Eucaristía es Dios con nosotros, es Dios en nosotros, es Dios dándosenos perpetuamente para amar, adorar, abrazar y poseer. A Él la gloria, alabanza, honor y bendición por los siglos de los siglos. Amén.

Sean suficientes los brevísimos textos citados para valorar la gigantesca talla eucarística del P. Carlos Foucauld que leía siempre los Evangelios arrodillado junto al Santísimo Sacramento. Insistía mucho en esta práctica y escribía: «Hay que intentar impregnarse del espíritu de Jesús, leyendo y releyendo, meditando y remeditando sin cesar sus palabras y ejemplos. Que hagan en nuestras almas como la gota de agua que cae una y otra vez sobre una losa, siempre en el mismo lugar».

Hemos de educar y alimentar sólidamente nuestra piedad eucarística haciéndola cada día más evangélica y testimonial. En Jesús Eucaristía poseemos todos los tesoros y en ocasiones solemos olvidarlo. Que el heroico Carlos de Foucauld -próximo a ser beatificado¹– nos ayude con su ejemplo e intercesión a vivir con plenitud nuestra inapreciable vocación eucarística.

Andrés Molina Prieto, Pbro. “La Lámpara del Santuario”, nº5 (2002)

¹ Carlos de Foucauld fue beatificado el 13 de noviembre de 2005 por Su Santidad Benedicto XVI.

* * *

La Oración de Abandono (Beato Carlos de Foucauld)

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Padre mío:
Me abandono a Ti.
Haz de mí lo que quieras.
Sea lo que sea, te doy las gracias.
Estoy dispuesto a todo.
Lo acepto todo,
con tal que Tu voluntad se realice en mí
y en todas tus criaturas.
No deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi vida en Tus manos.
Te la doy, Dios mío,
con todo el amor de mi corazón,
porque te amo,
y porque para mí amarte es darme,
entregarme en Tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque Tú eres mi Padre.

Enlace recomendado:

Familia espiritual de Charles de Foucauld

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