Sierva de Dios Isabel Leseur, laica dominica (150 aniversario de su nacimiento)

Isabel Leseur

Dios mío, a tus pies deposito mi carga, mis dolores, mis tristezas, mis sacrificios. Transforma todas mis pruebas en gozo y santidad, en beneficios y gracias para mis hermanos (Isabel Leseur)

Escasos días atrás se ha conmemorado una efemérides: el 150 aniversario del nacimiento de Isabel Leseur. Mujer de espíritu sensible a Dios y de exquisita formación cultural, desde muy joven dio muestras de una gran religiosidad. Al casarse tomó el apellido de su marido Félix Leseur, un hombre de convicción atea que llegaría a convertirse en sacerdote católico (fray Marie-Albert Leseur, de los Hermanos Predicadores). Es la historia de un matrimonio con una gran vivencia cristiana (del calvario a la esperanza) y un milagro de amor conyugal. A continuación, mostramos un interesante texto de Fr. Carlos Amado que refleja perfectamente el semblante espiritual de Isabel:

Parisina de origen, – allí nació el 16 de octubre de 1866, y allí también murió el 3 de mayo de 1914 –, Isabel Leseur es una de las figuras más preclaras de la espiritualidad laical dominicana de principios del XX. Nacida en el seno de una familia profundamente religiosa, la formada por Antoine Arrighi y Gatienne Marie Picard, recibió desde su niñez una profunda y esmerada formación religiosa y humana por parte de su madre. En 1889 tomó el apellido de su esposo Félix Leseur, convirtiéndose ya para siempre en Isabel Leseur, la inolvidable “Babeth”, que en tal manera influyó en su inmediato entorno, que es posible descubrir la intensa actualidad de su vida y sus escritos aún en el mundo de hoy.

La historia de Félix e Isabel, es la historia de la lucha de la gracia de Dios y la libertad humana. La gracia de Dios que, aceptada libremente por Isabel, la transforma y la convierte en la “hija predilecta” que asocia a la Pasión de Cristo, y desde su sufrimiento y soledad, envía a un apostolado silencioso y fecundo.

Gracia de Dios, que actúa también en Félix, a través de la dulce y perseverante acción apostólica de Isabel, rompiendo poco a poco la resistencia de un hombre que, imbuido de la mentalidad liberal de su tiempo, se siente seguro en medio de un agnosticismo recalcitrante y agresivo, que lo mismo hiere la delicadeza espiritual de Isabel, que intenta alejarla, si bien inútilmente, de sus convicciones religiosas, convirtiéndose en una de las razones del dolor más íntimo y de la soledad más profunda de su amada “Babeth”. El propio Félix relata las etapas de su transformación:

Ya he confesado antes cuánto me mortificaba y me irritaba el fracaso de mi desgraciada tentativa contra sus creencias, y con qué miserable afán, me empeñé cobardemente, en contradecir todas sus ideas religiosas. Mi actitud se modificó algo a partir del año 1908. Cuando la vi tan enferma, y enferma de una de esas afecciones hepáticas que generalmente producen gran hipocondría, impaciencia y tristeza, los cuales soportaba con gran ecuanimidad, me sentí conmovido viendo a esa alma tan dueña de sí misma y de su cuerpo; y, reconociendo que la fuente de donde sacaba ella una fortaleza tan grande, eran sus convicciones religiosas, dejé de atacarlas. En 1911, a raíz de su operación, mi extrañeza se convirtió en respeto, y, en 1912 con motivo de un viaje de Lourdes, en admiración.” (…) “Después de su muerte, en el instante en que todo parecía derrumbarse a mi alrededor, encontré el Testamento Espiritual que había escrito para mí, y por las indicaciones de su hermana, su Diario. (…) Sentí a Isabel, aparentemente desaparecida, venir por mí y dirigirme. (…) En la primavera de 1915 la evolución se terminaba; no me quedaba más que realizar el acto definitivo, reconciliarme con la Iglesia…”

Isabel Leseur murió de cáncer hepático el 3 de mayo de 1914.

El Diario de Isabel Leseur, no es un diario curioso de viajero, —pese a que relata también momentos de sus viajes por Europa y África—, ni un diario frívolo y superficial de dama de sociedad sin responsabilidades; es el Diario de una mujer que acepta el reto de ser cristiana, y como tal, acepta también el reto de la transformación interior que Dios obra en ella a través del Espíritu Santo, inserta siempre en la cotidianidad de sus deberes de estado.

Mujer casada, su Diario tiene la deliciosa frescura de una pluma que inmersa en el mundo que la rodea; contempla con un amor profundo a aquellos que le rodean, e intensamente enamorada de su esposo, busca por todos los medios su conversión, suspirando por el día en que ambos puedan compartir juntos el gozo de la fe.

La vena dominicana de su espiritualidad proviene de su profunda convicción de que para poder vivir su fe le es necesaria una seria formación, lo que la lleva a vivir entre la oración y el estudio, para poder “predicar” desde el silencio de su sufrimiento y de su soledad, con la dulzura de su trato y la solidez de sus convicciones. El “apostolado intelectual” se le presenta como una vocación específica:

“Apostolado intelectual. Acaso sea éste, de un modo particular, el que Dios exija de mí; me ha tratado como “hija privilegiada”, así se me ha dicho y estoy convencida de ello, El lo ha dispuesto y realizado todo en mí y alrededor de mí para prepararme a esta forma de apostolado”.

Apostolado que realiza de manera especial por medio de su extenso epistolario dirigido a los más diversos destinatarios, reunido en diversas colecciones, y un fecundo apostolado de consejo personal. Por otra parte, es innegable la influencia que en ella ejerce su Director Espiritual, a quien escucha atenta y obedece con gran fidelidad, y al que también edifica.

Las diversas etapas de su crecimiento espiritual, mismas que nos va narrando como de paso en su Diario y Pensamientos de cada día, nos la presentan al mismo tiempo como una gran maestra de vida espiritual, que escribe, “bajo el impulso de un sentimiento interior, la necesidad de expansionar, en secreto, los pensamientos o las emociones que llenaban su corazón (…) y como escribía para ella sola, esta conciencia se expansionaba ante Dios con toda sencillez, con toda libertad, sin ninguna preocupación ni en lo tocante al estilo, ni a la composición.

Escribía para ella, y sin embargo, sabe del bien que sus escritos pueden producir. “Mi querido esposo podrá leerlo después de mi muerte, y esto le explicará muchas cosas”, responderá a su hermana que la convence de no destruirlos.

Fr. Carlos Amado Luarca
Historia de la Espiritualidad en la Orden de Predicadores

Fuente (texto): gabitos.com

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Carta Espiritual: Elisabeth (Isabel) y Félix Leseur

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