El Perdón de Asís

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“Hermanos, quiero enviaros a todos al Paraíso”

Durante este año se ha celebrado el 800 aniversario del perdón de Asís (indulgencia de la Porciúncula), que tuvo su momento cumbre el pasado 2 de agosto. En vísperas de la festividad de San Francisco de Asís, al considerarlo de interés y en estrecha relación con la misericordia y la espiritualidad franciscana, rememoramos un excelente texto del que fuera obispo de la Diócesis de Canarias, D. Ramón Echarren -q.e.p.d.-, con motivo del otrora 800 aniversario del nacimiento del Poverello de Asís:

«Gal 6, U-18. Mt. 5, 13-16.

Queridos hermanos: Celebramos hoy, a los pies de nuestra Patrona la Virgen del Pino, el inicio del VIII Centenario del nacimiento de ese santo grande, verdadero renovador de la vida cristiana y de la vida de la Iglesia que fue San Francisco de Asís.

Efectivamente, han pasado 800 años desde que San Francisco de Asís abría sus ojos a un mundo que con los años sabría contemplar con una mirada limpia, llena de amor por Jesús, capaz de descubrir en todo lo que le rodeaba, cosas y animales, hombres y naturaleza, la huella llena de belleza del Dios creador.

Han pasado 800 años y, sin embargo, aquella mirada no ha perdido nada de su brillo original de santo poeta, de cristiano entusiasmado con el Evangelio, de un hombre con el corazón siempre joven que lanzaba al mundo un mensaje alegre y esperanzado que sigue teniendo hoy, 800 años después, la misma vigencia, la misma fuerza que hace ya 8 siglos.

San Francisco fue, y sigue siendo, por su vida, por su ejemplo y por su enseñanza, un verdadero símbolo de tres aspiraciones permanentes de la Humanidad: la paz, el amor y la protección de la naturaleza, y el amor hacia los más pobres, hacia los más pequeños, hacia los más débiles. San Francisco de Asís fue y sigue siendo, una llamada a la Humanidad para que haga la paz, del respeto a la naturaleza y del amor a los pobres, algo así como el gran programa del hombre del siglo XX, superando para siempre la destrucción y la agresividad, el deterioro del paisaje, la explotación del hombre por el hombre.

En un mundo en guerra permanente, en el que la carrera de armamentos se convierte en un objetivo que no tiene otra salida que la destrucción total del hombre por el hombre, en el que sólo el terror permite un precario equilibrio de fuerzas que amenaza acabar con todo lo que, hasta ahora y a través de siglos, la Humanidad ha conseguido de convivencia, de cultura, de civilización, el mensaje de la paz de San Francisco resuena con más fuerza que nunca. El que supo asimilarse a Cristo hasta llevar sus llagas inscritas en su cuerpo, que supo ser pacífico hasta el final, que fue sembrador de la paz y de la misericordia de Dios en medio de los hombres, hoy nos sigue pidiendo a los creyentes que sepamos crucificarnos para el mundo siendo auténticos constructores de la paz, de esa paz del Señor que constituye la única fórmula para borrar de la tierra el odio y la violencia, la agresividad y las divisiones, el egoísmo y la insolidaridad a nivel del universo entero.

En un mundo en el que todo atenta contra la naturaleza, en el que el egoísmo humano va destruyendo poco a poco paisajes y animales, en el que el hombre cada día se aleja más de un amor sincero y puro a la creación entera, el mensaje de fraternidad con TODO lo que nos rodea, de amor a los astros, al cielo, al agua y al fuego, a las plantas y a los animales que nos dejó San Francisco, constituye todo un programa de vida para los creyentes de hoy, de forma que nuestras obras buenas den gloria a nuestro Padre que está en el cielo y que ha creado el mar y las estrellas, el sol y la luna, las cumbres y las islas, las plantas y los animales como expresión de su bondad y de su belleza, como expresión de su ternura para con todos los hombres.

En un mundo en el que a pesar de sus adelantos técnicos y de los avances de la ciencia, en un mundo que a pesar de que cada día el hombre es más dueño de su destino y logra domesticar con más facilidad las fuerzas de la naturaleza; no sólo permanecen las insufribles situaciones de pobreza y de miseria para cientos de millones de seres humanos sino que aumenta cada día el número de los que sufren toda clase de necesidades sin poder satisfacerlas y el hambre y la incultura, la enfermedad y la falta de vivienda, la muerte y la miseria se adueñan de poblaciones enteras, no sólo en el Tercer Mundo, sino dentro de las naciones desarrolladas y entre nosotros mismos: en un mundo así la llamada que para siempre hizo San Francisco, a la luz del Evangelio, de amar a los más pobres aceptando él mismo la pobreza por amor a los pequeños, sigue significando un grito cristiano para los seguidores de Cristo del siglo XX un grito que intenta despertar nuestra solidaridad, nuestra entrega, de forma que nuestras obras, siendo propias de los hijos de Dios, se conviertan en signo de que nos sentimos hermanos de todos los hombres y en especial de los más desamparados para ir construyendo unas relaciones humanas fraternales que sean sal de la tierra y luz del mundo, que sean reflejo de la misma luz de Dios.

Efectivamente, el mensaje de San Francisco en favor de la paz, en favor del amor y del respeto a la naturaleza, en favor de un amor incondicional a los pobres, es decir, a los que son sacramento de Cristo, es un mensaje actual para el mundo de hoy. San Francisco dejó en la Iglesia y en el mundo no sólo un gran ideal cristiano, no sólo también un gran ideal humano, sino toda una espiritualidad y una familia franciscana de religiosas, religiosos y seglares que encarnan aquella y que tiene como misión especifica continuar a través de los siglos el mismo carisma que supo iniciar el santo de Asís.

Yo quisiera pedirles a todos ustedes, como continuadores del carisma franciscano, que sepan ser animadores de los grandes valores evangélicos que San Francisco de Asís supo encarnar: que sean sembradores de esos carismas en nuestra Iglesia diocesana; que sepan siempre ser fieles a San Francisco promoviendo en nuestra sociedad aquellos maravillosos ideales que, a la luz de Cristo-Jesús, el santo de Asís supo perfilar para bien de los hombres.

Así serán luz del mundo y sal de la tierra. Que esta Eucaristía, a los pies de María, sea un impulso y un compromiso: un impulso para nuestra entrega franciscana; un compromiso para vivir el Evangelio con la misma fidelidad con que supo vivirlo San Francisco de ASÍS, hace ochocientos años.

Que el Señor Jesús les bendiga a todos ustedes».

Ramón Echarren Ysturiz

– Obispo de Canarias-

Tomado de “El Eco de Canarias”, 14 de noviembre de 1981.

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