Fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo

Preciosíma Sangre de Cristo

«Mi Carne es verdadera comida, y Mi Sangre verdadera bebida; el que come Mi Carne, y bebe Mi Sangre, en Mí mora, y Yo en él.» (Jn 6, 56-57)

Comienza el mes de julio con la festividad de la Preciosísima Sangre de Jesucristo, una devoción algo olvidada y, sin embargo, de valor infinito¹ (“cuius una stilla salvum facere totum mundum quit ab omni scelere”, de la cual una sola gota puede salvar al mundo entero de todo pecado), y recomendable por el efecto bondadoso que produce en el alma. El Señor nos ha redimido, nos ha perdonado y purificado con su Sangre; derramada por amor y para nuestra salvación. Si en la Cruz encontramos la esperanza, en la Sangre está la vida. Con ella tiñó la tierra y abrió las puertas del cielo. Con ella se aplaca la divina justicia y se ahuyenta la maldad.

Así pues, celebremos con júbilo el triunfo de la Sangre Redentora, precio de nuestro rescate y prenda segura de salvación. Abramos nuestros pobres corazones, ávidos de misericordia, al Señor infinitamente bueno y sabio, que exhala suspiros de amor y lágrimas por cada uno de nosotros: ¡Canta, lengua, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa de Cristo; de esa Sangre, fruto de un seno generoso, que el Rey de las gentes derramó para rescate del mundo: “in mundi praetium”!

ORACIÓN DE LA SANGRE DE CRISTO 

Señor Jesús, en Tu Nombre, y con el poder de Tu Sangre Preciosa sellamos toda persona, hechos o acontecimientos a través de los cuales el enemigo nos quiera hacer daño.

Con el Poder de la Sangre de Jesús sellamos toda potestad destructora en el aire, en la tierra, en el agua, en el fuego, debajo de la tierra, en las fuerzas satánicas de la naturaleza, en los abismos del infierno, y en el mundo en el cual nos moveremos hoy.

Con el poder de la Sangre de Jesús rompemos toda interferencia y acción del maligno. Te pedimos Jesús que envíes a nuestros hogares y lugares de trabajo a la Santísima Virgen acompañada de San Miguel, San Gabriel, San Rafael y toda su corte de Santos Ángeles.

Con el Poder de la Sangre de Jesús sellamos nuestra casa, todos los que la habitan (nombrar a cada una de ellas), las personas que el Señor enviará a ella, así como los alimentos, y los bienes que El generosamente nos envía para nuestro sustento.

Con el poder de la Sangre de Jesús sellamos tierra, puertas, ventanas, objetos, paredes y pisos, el aire que respiramos y en fe colocamos un círculo de Su Sangre alrededor de toda nuestra familia.

Con el Poder de la Sangre de Jesús sellamos los lugares en donde vamos a estar este día, y las personas, empresas o instituciones con quienes vamos a tratar (nombrar a cada una de ellas).

Con el poder de la Sangre de Jesús sellamos nuestro trabajo material y espiritual, los negocios de toda nuestra familia, y los vehículos, las carreteras, los aires, las vías y cualquier medio de transporte que habremos de utilizar.

Con Tu Sangre preciosa sellamos los actos, las mentes y los corazones de todos los habitantes y dirigentes de nuestra Patria a fin de que Tu paz y Tu Corazón al fin reinen en ella.

Te agradecemos Señor por Tu Sangre y por Tu Vida, ya que gracias a Ellas hemos sido salvados y somos preservados de todo lo malo. Amén.

Enlaces de interés:

 1. Ya en el siglo XVI se celebraba en España una fiesta de la Sangre de Cristo. La solemnidad actual fue instituida para toda la Iglesia por Pío IX en 1849, en acción de gracias por la reconquista de Roma, que esclavizada por el liberalismo y las sectas, se había rebelado el año anterior contra el Romano Pontífice. Pío XI elevó el rito a doble de 1ª clase, solemnizándola.

Fuimos redimidos con la sangre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos limpia de toda iniquidad, y, por tanto, dichosos los que en ella lavan sus almas. Si las casas de Egipto, teñidas con la sangre de un cordero, se salvaron de la ira de Dios, mucho más se librarán de esta ira, y aún recibirán abundancia de bendiciones y gracias, los que veneren y honren con peculiar devoción y obsequio la sangre de nuestro Salvador”.

Pío IX. Decreto de promulgación

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