La medalla del Sagrado Corazón de Jesús

Sagrado Corazón de Jesús

La medalla del Sagrado Corazón de Jesús de Gerardo

                    (Cuento) por Josefina Tresguerras

Llenos de entusiasmo contagioso iban hacinándose cientos de hombres en el vapor oscuro y tristón que les cupo en suerte, para llevarlos a la tierra de moda, a la lejana y cercana a la vez, Venezuela. Lejana por la distancia, y cercana a fuerza de irse poblando con paisanos, que con sus continuos envíos, cartas y retornos, la iban aproximando espiritualmente.

Gerardo no quería ser “menos” que los otros. Casi todos los de su quinta habían marchado en busca del codiciado vellocino, y una mañana, precedida por una noche sin sueño posible, lo decidió al fin. Y, allí, en un rincón palmero, en su querida y pintoresca Breña Alta, colgado entre castaños y nogales, dejó su nido donde había de aguardarle María de las Nieves, la esposa joven y bonita, y más alegre que un cascabel, ahora muda y entristecida por su próxima marcha, y el pequeño gorrión, un hombrecito hecho de miel y cera, que se esforzaba en dar sus primeros e inseguros pasos, al encuentro de su padre.

Llegó el momento decisivo y con los ojos velados por el llanto, y los dientes apretados para no prorrumpir en sollozos, vio perderse primero las playas de su tierra canaria y, por último, las crestas de sus montes, que en aquel instante de despedida, besados por el sol, le parecieron más bellos que nunca.

A los primeros ensayos y tropiezos en la americana tierra siguieron días de trabajo seguro y productivo. El hada de la suerte estaba a su lado.

La palabra “Providencia Divina”, que en su infancia anidaba en su bendito hogar, la había olvidado, y con ella las plegarias maternas y costumbres piadosas de los antepasados. Poco a poco surgían nuevos velos, que iban cubriendo todo con la neblina del olvido. Primero, las prácticas religiosas y costumbres tradicionales, y luego, el pueblo, el paisaje y hasta su propio hogar. Las cartas, frecuentes y cariñosas al principio, se tornaron en lacónicas y escasas, y mientras, el ambiente exótico de la tierra extraña se adueñaba de él, brindándole nuevas gastos y hasta nueva vida.

El dinero se había hecho su amigo, y con él se había también rodeado de infinitos enemigos. Las carreras y e! juego lo dominaban por completo. Una noche la fortuna quiso burlarse de él, volviéndole la espalda, y entre un puñado de naipes sepultó sendos puñados de bolívares. Medio narcotizado por los vapores del humo y el alcohol seguía jadeante el camino de las últimas monedas de su cartera. Al fin ésta quedó exhausta.

Medalla Sagrado Corazón de Jesús

“No te retires, hombre. ¿A qué ir a tu casa por dinero, si aún tienes aquí algo?”—dijo cínicamente un jugador. Y uniendo la acción a la palabra, cogió la medalla de oro, que se vislumbraba por la entreabierta camisa, intentado arrancarla. Gerardo rugió como un león ante el insulto que le azotaba el corazón, y defendiendo su reliquia se lanzó sobre el malvado, que a duras penas lograron arrebatarle de las manos los camaradas.

Cuando el nuevo día inundaba de luz su habitación, unas campanas elocuentes la llenaron también de sonidos. La hojilla del calendario señalaba el 12 de junio. El Corazón de Jesús le llamaba. Aquel Corazón en forma de áurea medallita le acompañaba siempre desde la marcha definitiva de su grande amor, su madre querida. Ella misma la colgó a su cuello en su lecho de muerte, con los ojos velados por las lágrimas, besándola primero con sus labios agónicos, diciéndole: “Hijo mío, no te separes de ella nunca, nunca, y así estaré siempre contigo”.

Un torrente de llanto, mezcla de dolor y arrepentimiento, le invadieron. La madre muerta y la esposa y el hijito semi-olvidados se levantaron en su conciencia, empujándole afuera, mientras apretujaba emocionado su medalla del Corazón de Jesús, y junto a ella acariciaba también los amores pasados y presentes de madre, hijo y esposa, tríptico cariñoso que resurgió en las cenizas del recuerdo, por el soplo divino del Corazón, que reina sobre todos los corazones. Sus pasos le llevaron casi sin saberlo a la iglesia cercana, y allí confortado y purificado tomó su decisión. El milagro estaba hecho.

Gerardo, regenerado y decidido, recogió el resto del producto de su trabajo, y en un vapor blanco como las nieves de las cumbres de su tierra, y las palomas de sus campos, volvió a los brazos de los suyos, que le recibieron jubilosos, mientras él emocionado les ofrecía entre los presentes caraqueños el oro que pensaba convertir en medallas del Sagrado Corazón, para colgar del cuello de la esposa y el hijo.

Días más tarde la bella imagen, ya entronizada en su pecho, lo fue también en su hogar, y la devoción predilecta de la madre muerta resucitó en su blanca casita colgada de los árboles, una vida llena de paz y alegría, mensajera de la Dicha Eterna.

      Josefina Tresguerras. Junio, 1953.

Sagrado Corazón de Jesús

Jesús mío dulcísimo, concededme que muera detestando todos mis pecados, creyendo en vos con fe viva, esperando en vuestra inefable misericordia y amando la bondad de vuestro amantísimo y amabilísimo Corazón.

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

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