Sierva de Dios Madre Teresa María Ortega Pardo, O.P.: una resonancia de amor eucarístico

Teresa María Ortega

I. Una activa mujer de Acción Católica

Madre Teresa María de Jesús Ortega Pardo, OP, nació en Puentecaldelas (Pontevedra), el 25 de diciembre de 1917 y murió en Pamplona, el 20 de agosto de 1972 • Profesó en 1955 en el Monasterio jerónimo de Santa Paula de Sevilla; fue trasladada al Monasterio dominicano de Olmedo en 1957, donde fue priora desde febrero de 1961 hasta su muerte • Fundó otros claustros de la “Madre de Dios” en tierras misioneras • Su proceso de beatificación se inició en 1999, y la fase diocesana concluyó en julio de 2006.

Teresa Ángela María Ortega Pardo nació en la localidad pontevedresa de Puentecaldelas, cuando anochecía el día de Navidad de 1917. De padre aragonés y madre gallega, ambos se conocieron cuando José María Ortega ejerció de Jefe del Servicio de Telégrafos de aquella localidad. Era la mayor de tres hermanos: Encarnita –numeraria del Opus Dei, cuya vida se encuentra en proceso de santificación– y Gregorio.

Poco tiempo después de que la familia se trasladase al Teruel paterno en 1926, moría la madre, Manuela Pardo. Y, a pesar de que Teresa confesó que su “hueco” no se lo podría llenar nadie, dispuso del amor de su padre y de sus tías, una de ellas soltera, muy cercana a los cuidados de sus sobrinos. Teresa era una joven singular. Prefería practicar deporte antes que jugar a las muñecas. Parecía dispuesta a romper numerosas barreras que dificultaban el futuro de las mujeres de su tiempo, tanto en lo intelectual como en lo cotidiano. Gustaba mucho de leer y declamar poesía. Había recibido las primeras instrucciones académicas de su padre, aunque junto con su hermana Encarnita dispuso de un profesor particular. Después acudieron como alumnas externas al colegio de las Terciarias Franciscanas.

La podíamos retratar como joven de gran belleza, que estudiaba solfeo de la mano de su tía, conocimientos que aplicaba al piano. Poseía un carácter independiente, emprendedor y constante, dotado de una gran capacidad de persuasión. Pronto, comenzó a sufrir problemas de salud, que prolongó a lo largo de su vida. Como adolescente manifestaba sus deseos de volar, incluso de enamorarse, a escondidas según las percepciones de su hogar.

En el ambiente social de Teruel existían serias dificultades en los días finales de la Segunda República y en la Guerra Civil. No faltaron los referentes espirituales para superar aquella “crisis de juventud”, gracias a la dirección espiritual del sacerdote Manuel Hinojosa –después mártir–, o de Dolores Albert, perteneciente a Acción Católica. La contienda, y especialmente su final, supusieron asedio y prisión para ella y su familia, primero en Segorbe y después en Valencia. Había participado en gestos “heroicos” por salvar la Eucaristía en la iglesia turolense de San Juan, fabricar las formas y facilitar la comunión, por lo que era llamada “la niña sagrario”. Fue la primera liberada y acogida por una familia que había sido evacuada de Teruel.

Pudo continuar el bachillerato en la ciudad del Turia e iniciar los estudios universitarios de Filosofía y Letras, concluidos como licenciada en 1946, en la Universidad de Zaragoza. Estudios brillantes, en los que Teresa Ortega destacó entre sus compañeros e incluso entre sus profesores, no ajenos al empuje espiritual de esta joven de Acción Católica. Su carrera universitaria era un cauce abierto para el apostolado, que se intensificó en los años siguientes hasta que, a finales de 1955, decidió cambiar su vida activa como propagandista, por una clausura en las jerónimas sevillanas.

Hasta entonces habría de ser ese “canto rodado” que definió el rector del Seminario de Ávila, Baldomero Jiménez Duque, después de conocerla en unos Ejercicios Espirituales que dirigió en Teruel. Con aquella expresión tituló, precisamente, su biografía. Fue el principio del camino para acercarse a los ámbitos diocesanos y espirituales de Ávila, a la localidad vallisoletana de Olmedo en 1951, donde habría de impulsar un grupo de seglares que renovasen la vida de aquellos fieles. Fue acogida, primero en la casa de un humilde matrimonio, vecino del convento de las dominicas de la localidad. El obispo abulense, Santos Moro, le había dado vía libre de actuación dentro de los cauces de Acción Católica. Allí, y en otros muchos lugares, su labor de apostolado despertó numerosas vocaciones. Sin embargo, surgieron problemas desde los cuadros dirigentes de Acción Católica hacia su forma de hacer o hacia las prioridades que debía demostrar dentro del espíritu seglar de la obra.

Esa incomprensión la llevó a responder a lo que consideraba llamada de Dios por un camino diferente: la clausura de un convento, en un ámbito alejado al que había sido propio.

Teresa María Ortega 1

II. El descubrimiento de la auténtica vocación de clausura

Olmedo había aparecido en la vida de apostolado de Teresa Ortega y así se lo había descubierto a otras personas que habían encontrado su vocación en uno de los monasterios de clausura de esta localidad, en otro tiempo levítica.

El titulado de la “Madre de Dios” había sido fundado en 1528 como beaterio aunque adoptó la Regla y Constituciones de la Orden de Santo Domingo en 1830, en vísperas de la desamortización. Cuando conoció a estas monjas la joven Teresa Ortega, se encontraban necesitadas, no sólo de nuevas vocaciones sino también de una profunda renovación. Gracias a su presencia, consiguió del obispo de Ávila —pues pertenecían entonces a aquella diócesis—, del arzobispo de Zaragoza y de las dominicas del convento de Daroca, que tres de las monjas de esta última casa se trasladasen a Olmedo, para impulsar los cambios pertinentes.

Una de las dominicas era la madre Teresita Iriarte, dispuesta a asumir el oficio de priora del convento de Olmedo desde 1953. Iba a trabajar con las nuevas vocaciones, proporcionadas por el apostolado de Teresa Ortega —desde ahí se entienden algunos de los problemas con los cuadros dirigentes de Acción Católica, una organización de seglares—. El proyecto, inicialmente se vino al traste con la muerte, en octubre de 1954, de la madre Teresita y el regreso de las dos monjas que la acompañaron, a Daroca.

Sin embargo, cuando Teresa Ortega decidió entrar en el claustro no lo hizo en Olmedo sino en las jerónimas de Sevilla, bajo la advocación de Santa Paula, un 8 de diciembre de 1955. Una resolución que, quizás, no comprendieron algunas de las jóvenes que habían decidido tomar el hábito dominicano en la localidad vallisoletana. Y a pesar de la comunicación epistolar, Teresa Ortega tomó el hábito de las jerónimas en junio de 1956 y profesó un año más tarde. El camino era claro. Su lugar no se encontraba en Sevilla sino en Olmedo, para trabajar por la comunidad que tan necesitada estaba. Se consiguieron los permisos pertinentes para que el 22 de octubre de 1957, se convirtiese en Teresa María de Jesús, monja dominica en el monasterio de la Madre de Dios. Con todo, ella no podía actuar desde ninguna responsabilidad, desde oficio alguno. Situación que cambió cuando una visita canónica propició la renovación de los cargos y sor Teresa pudo trabajar “más con su postura y ejemplo que con sus palabras”, por una mejora de la espiritualidad monástica. Por entonces, nacían las Federaciones de las casas de dominicas. Desde el conquense de Belmonte se pidió un refuerzo a las monjas de Olmedo.

Un grupo de cinco, al frente del cual se encontraba la hermana Teresa María se encaminó hacia aquella comunidad. La solución que se alcanzaba era la fusión y traslado de esas dominicas con éstas de la localidad vallisoletana. Así ocurrió en agosto de 1960, en vísperas de la profesión solemne de sor Teresa cuando contaba con cuarenta y tres años. Pocas semanas después era elegida como priora del monasterio olmedano y así ejerció en los siguientes doce años de su vida.

Mucho tuvo que trabajar desde el comienzo de su gobierno. Un primer reto era unir los grupos que integraban el monasterio: las que configuraban la comunidad primitiva, las jóvenes vocaciones que habían llegado atraídas por ella y las monjas de Belmonte. Al mismo tiempo, emprendió la renovación.

En aquellos momentos desapareció el colegio de niñas externas en el cual las dominicas ejercían la docencia; implantó la liturgia solemne con el canto de las horas incluso con los maitines a media noche; se emprendieron obras de mejora del monasterio, se arregló la iglesia y el nuevo coro. Se organizó el trabajo por el cual también la comunidad obtenía una remuneración y estableció una vida de formación de las hermanas.

De alguna manera, aparecía su apostolado de años atrás en Acción Católica, ejercido ahora entre las monjas de clausura, con charlas comunitarias e individuales, haciendo de las dominicas de Madre de Dios de Olmedo una “comunidad vibrante, numerosa y adornada de virtudes” como indicó Baldomero Jiménez.

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III. Fundadora, Misionera y Madre

Aunque Madre Teresa María era profundamente contemplativa —indica la monja dominica sor María Mercedes de la Trinidad—, tenía en su corazón un grito misionero; y el deseo del Concilio Vaticano II de fundar monasterios contemplativos en los países que no los hubiera, no lo pasaba de largo, y llegó a soñar que en el coro del Monasterio entraban todas las razas. Todo el mundo cabía en su corazón con deseo de llegar a todos.

Por eso, no se conformó con los cambios que realizó en Olmedo sino que inició su trayectoria como fundadora, apoyada por la llegada de peticiones destinadas a tierras muy lejanas. Fueron los frailes dominicos de Puerto Rico los que solicitaron en 1961 monjas para el establecimiento de un convento en aquella isla. Olmedo respondió con un grupo de tres hermanas. Aunque fue canónicamente erigido en 1966 el Monasterio de la Madre de Dios en Bayamón, tardó años en asentarse de manera definitiva. Para entonces ya había muerto la madre Teresa, pues el último de los cambios ha sido la apertura de un monasterio de nueva planta en la localidad de Manatí. Aquella comunidad, siempre sostenida en la distancia por su madre fundadora, ha prolongado el espíritu misionero de Teresa María Ortega y lo ha actualizado.

En 1971, volvió a aparecer otro proyecto fundacional, esta vez en Angola. Eran los días finales de la priora dominica y, a pesar de ello, pudo preparar al grupo fundacional y atender a las monjas que habrían de viajar hacia Benguela en la mañana del 6 de marzo de 1972.

La trayectoria no se ha detenido allí pues los proyectos han continuado para Curaçao en las Antillas holandesas, en Wachín de Taiwán, en Añatuya en Argentina, en Santorini en Grecia, en Toumi en Camerún, Seúl en Corea o  Kuito,de nuevo en Angola y con monjas procedentes de Benguela.

Todos estos monasterios configuran la Unión Fraterna junto con la casa madre de Olmedo, integradas dentro de la Federación de Santo Domingo. En la isla griega del Egeo, ellas fueron las que renovaron una comunidad muy envejecida tras el terremoto de 1956, en una fundación antigua. A aquel de Santa Catalina, llegaron las monjas de Madre de Dios de Olmedo, además de alguna de Angola.

El espíritu misionero legado por la madre Teresa estaba profundamente arraigado en la comunidad vallisoletana. Pero la salud de la fundadora y priora, siempre delicada, fue empeorando. Había sido solucionada momentáneamente por sucesivas operaciones con un deterioro orgánico cada vez más generalizado. A pesar de todo, la Madre era toda una fuente de energía, escribiendo, rezando, atendiendo todos y cada uno de los proyectos y a su numerosa comunidad.

Los últimos tiempos exigieron reposo, tratamientos específicos, traslados hospitalarios. Una energía que se transformó en un legado literario y espiritual que se sucedió en títulos como “Historia de un Sí”, “Lo que dijo Dios al volver”, “Sí a nuestros compromisos”, “Sí a Dios”, además de un amplio epistolario y cintas grabadas, tan habituales en los conventos posconciliares. Un material que permitió elaborar nuevos títulos como “Trigo de su era”, “Orando entre llamas” o “Asomadas a la luz”.

Su muerte se produjo después de haber sido trasladada a la clínica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra. Era el 20 de agosto de 1972.

Sus obras empezaron a ser traducidas y reeditadas. El gran sacerdote que fue Baldomero Jiménez Duque trazó su semblanza biográfica y espiritual en “Canto Rodado” en 1982. Los trabajos para su santificación se iniciaron el 14 de septiembre de 1999, desde esta archidiócesis de Valladolid, concluyendo el proceso diocesano en julio de 2006, en la iglesia de su Monasterio, bajo la presidencia del arzobispo de Valladolid de entonces, Braulio Rodríguez.

Actualmente, Roma ha solicitado una nueva revisión del Tribunal de Valladolid, con el fin de completar los informes anteriores.

Madre Teresa Ortega, cuyo sepulcro se encuentra en este Monasterio de Madre de Dios, formado hoy por cuarenta hermanas, ha sido definida como “gran mística de la Eucaristía, figura profética y de gran espíritu misionero”.

Javier Burrieza Sánchez. Historiador (Los procesos de santidad en la Diócesis de Valladolid)

Fuente: archivalladolid.org (Boletín IEV 243, 244 y 245)

Sierva de Dios Teresa María

Oración para pedir favores por la intercesión de la Sierva de Dios Madre Teresa María de Jesús Ortega, O.P.

Señor y Padre nuestro, por la ferviente devoción a la Palabra revelada y al misterio de la Eucaristía que animó a tu Sierva Madre Teresa María de Jesús, que irradió siempre desde la clausura de su Monasterio Dominicano, atiende las intenciones (…) que te presentamos por su intercesión, y concédenos ser, como ella, testigos alegres y apóstoles valientes de Jesucristo y de su Evangelio, en comunión universal con la Iglesia. Por Jesucristo nuestro Señor. Amen.

Virgen del Sí, danos tu fidelidad. Madre de la Unidad, haz que seamos UNO

*(Esta oración no tiene finalidad alguna de culto público y no pretende prevenir el juicio de la Autoridad eclesiástica)

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Más información: Sierva de Dios Teresa María Ortega Pardo, virgen dominica contemplativa (por Baldomero Jiménez-Duque)

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Enlace recomendado: Madre Teresa Ortega, O.P. – Monasterio Madre de Dios

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