Piedad, Señor

Piedad, Señor

Piedad, Señor

Hoy, que el mundo va alejado,
Señor, de tus santas leyes;
cuando los soberbios reyes
de la tierra se han burlado
de tus mandatos divinos,
de tu amor, de tu grandeza…
y, con singular crudeza,
avanzan por los caminos
de la más necia maldad
y de la falaz mentira,
mi voz doliente suspira :
¡Oh, Señor, tened piedad!

Aquellos siglos pasaron,
cual pasa silbando el viento:
tachonado firmamento
de bienes, que se troncharon,
¿por qué no mandáis alientos
de fe, de amor, de ternura?
¿Por qué, mundo, en tu locura
no cesas unos momentos?

¿Tú permitirás, Señor,
que la infame ingratitud
brille sobre la virtud
y el odio sobre el amor?

¿Que las auras de verano
quemen la fragante rosa
que en el rosal de la hermosa
virtud, pusiera tu mano?

No lo quieras en tu ardor
santo, por la excelsa Cruz:
fuente perenne de luz
y símbolo del dolor…
y por el beso de amor
que, con fingida humildad,
te dio el apóstol traidor,
tened compasión, Señor,
de la pobre Humanidad…!

                                    Gabriel de Armas Medina

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