Jesús en la tierra

Jesús en la tierra1

Acaso ningún relato histórico pueda embargar, y hasta apasionar, al hombre como la figura de Jesús en la tierra…

Porque la verdad es que siempre nos conmueve y llena de esperanza ese Dios vivo, ese Jesús recio e inefable, que dejó la huella de sus sandalias en los caminos de Jerusalén, y amaba los montes y los lagos, haciéndose seguir por un puñado de pescadores. Pero ahora más que nunca, cuando su Iglesia es atacada y socavada, cuando domina en el mundo la vorágine de la pasión y el vértigo del ultraje espiritual, la figura serena y mayestática de Jesús adquiere mayor relieve que nunca en el corazón humano.
Nos dice San Agustín: “Por Cristo hombre tendemos a Dios Cristo”. Es la dulce criatura del pesebre de Belén y el Niño que recoge leña en Nazaret y que inclina y recuesta su cabeza en la falda de su Madre y la entrañable y luminosa presencia del Redentor en la barca de Pedro y junto al pozo de vida eterna, y su realidad histórica, en fin, viva y tangible en la última Cena y su mirada agónica hacia el eterno Padre en el postrer minuto del Calvario. El Cristo de San Pablo contiene, a su vez, la naturaleza divina y humana y por ello su preocupación dogmática está dirigida no sólo a la Divinidad, sino también a la HUMANIDAD de Cristo, y, cuando en el camino de Damasco conoció a Dios a través de Jesús, desde ese instante se sintió glorioso y feliz al sentirse “apóstol de Jesucristo”, su heraldo y esclavo.
¿Que mejor relato histórico de una modesta pluma que ofrendarlo al recuerdo de aquél Nazareno, Creación, Vida y Camino, único horizonte limpio y luminoso en el actual mundo de tinieblas? La conciencia conmovida y la presencia de Jesús, es el campo fértil donde echa sus raíces el Evangelio y produce sus flores y sus frutos. Es realmente grandioso que la Historia y, sobre todo, la fe, nos asegure haber existido un hombre considerado como Hijo de Dios y Redentor de la Humanidad, obligándonos esa certeza a creer en su testimonio. Y que nos coloque en el sendero de la vida auténtica y real de Cristo para llevarnos a la meta sublime de la fe. Amar a Jesús es conocerle en su paso sobre la tierra, como algo que aún parece que habla y siente y palpita junto a nosotros. Y para obtener este venero riquísimo de conocimiento ninguna fuente tan clara como la que mana de los Evangelistas (Mateo, Marcos, Lucas) y del discípulo amado, Juan, con su esfuerzo apasionado por mostrar la gloria del Hijo Único, pleno de gracia y de bondad. Si se quiere saber cómo es Jesús, cómo hablaba no sólo a los viñadores y pescadores, sino también a sus amigos y a los intelectuales de su tiempo, es preciso acudir a San Juan. En los Evangelios poseemos el mensaje auténtico de Jesús, en toda su pureza y plenitud.
Jesús en la tierraHablamos de Jesús sobre la tierra. De ese Jesús que hoy olvidan o menosprecian muchos de los que se llaman católicos. Sin tener en cuenta que Cristo continúa siendo Hombre en el sentido más pleno, pero su profunda realidad (su individualidad, sustancia y personalidad) la recibe del Verbo Divino. Pensemos que por defender a este “Deus solus” sufrieron martirio los antiguos cristianos y, a través de todos los tiempos, han ofrendado su bienestar y su vida legiones de seres que han hallado la victoria en aras del sacrificio y del amor a Jesús. De amor a este Hombre, sencillo y enérgico, humilde y arrollador, que, de niño “creció en gracia de Dios y los hombres”, vestido con traje de lana y cinturón que servía de bolsa, manto y túnica, calzado con sandalias, sus cabellos cuidados y cortos en la nuca y para resguardarse del sol un sudario blanco que envolvía su cabeza y cuello (según versión de Lucas y Mateo). La persona física de Jesús impresionó a las multitudes, enfermos, lisiados, pescadores. Tenía salud y energía, resistiendo el ayuno y la fatiga. Subía a un monte de mil metros y aquella misma tarde asistía al festín de Lázaro. Y así, empapada nuestra retina en la vida histórica de Jesús, parécenos sentir su adorable presencia, y aspirar su aroma, suave y profundo, de su divina persona.
Es por ello que he querido dedicar mi pequeño relato histórico a este Jesús, prototipo de caridad infinita, entre lacras y salivazos de quienes hoy le olvidan o le traicionan. Y es que nada inspira tanto amor y confianza en Jesús como el conocimiento de su paso humano por sobre la tierra. Cuando los tibios y pusilánimes, los renegados y protestatarios —lobos con piel de corderos— se encaran con la figura inefable de Cristo, de este hombre todo firmeza, luz y bondad, no pueden resistir su mirada sin avergonzarse y caer de rodillas.
Entre los nubarrones del mundo actual —con sus violencias y desprecios a la dignidad humana— se alcanzará siempre esta luz maravillosa, este faro único, que es la figura de Jesús. En esta tarde tranquila, ante la soledad de las montañas que ya se envuelven en el crepúsculo, he querido ofrecer mi pequeño relato histórico a este gran Amigo de la Humanidad, digno siempre de ser evocado y reverenciado.

Carlos Ramírez Suárez, “Latidos de mi tierra” (1975)

Señor. Hoy con nuestros pensamientos puestos, en Ti, con piedad cristiana, comenzamos a recorrer espiritualmente el camino que Tú andaras por tierras de Jerusalén. Y con el amor que Tú engendraste en nosotros. Y con el dolor que sentimos en nuestros corazones y almas prendidas en el amor fraterno iniciamos hoy a seguirte espiritualmente: toda tu vida, pasión y muerte en esta Semana Santa llena de angustias, sinsabores materiales, violencias, antagonismos, pérdida de fe y controversias incontrolables en un ambiente falto de la convivencia y amor entre los hombres, en el esfuerzo supremo de hallar la paz que el mundo ansia y reclama.

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