El mensaje social de San Juan Macías

mensaje social de Juan Macías

El mensaje social de San Juan Macías

Intervención en la Mesa Redonda Internacional, en honor de San Juan Macías,
celebrada en el Instituto Latino-Americano de Roma, el 16-IX-1975

F. Vincent de Couesnongle, O.P.

Juan Macías es español, nacido en la España del siglo XVI, que comenzaba a construirse un inmenso imperio más allá de los mares, en un mundo nuevo.

Se embarca rumbo a América en 1610; tiene 25 años. Después de algunos años ingresa en los dominicos de Lima, como Hermano Cooperador; y en el puesto de portero conventual vive todo el resto de su existencia.

Una vida sencilla, oscura. Pero, en realidad, una vida iluminada por un espíritu religioso ejemplar y, sobre todo, de testimonio para todos los que le conocen y se le acercan; una vida transfigurada por la gran caridad que siente hacia todos y despliega especialmente con los más pobres.

  1. El mensaje social de una vida consagrada a los pobres

Juan Macías no predicó ni escribió. Este humilde hermano, ahora glorificado ante toda la Iglesia, se hubiera quedado sobrecogido si entonces se le hubiera dicho que su vida sencilla ofrecería al mundo un mensaje, y, más aún, un mensaje social.

Mas esto es precisamente lo que hace que esta vida humilde sirva hoy de testimonio para todos y constituya tal mensaje. ¿No es esto, además, lo propio de los santos proclamados como tales por la Iglesia? La solemne glorificación da a estos elegidos y a sus obras, una notoriedad y una resonancia a nivel mundial, pues sobrepasando el medio en que vivieron y fueron conocidos en vida, llegan a ser un bien para toda la comunidad cristiana, y hasta un ejemplo para toda la humanidad, abierta a la búsqueda de verdaderos valores.

Juan Macías se embarca muy joven para el nuevo mundo. Es un emigrante. En los navíos que atravesaban el océano se encontraba de todo: soldados que iban como conquistadores, impulsados por la pasión de la gloria y del oro; misioneros anhelantes de evangelizar pueblos desconocidos; comerciantes y buscadores de aventuras; también pobres gentes con la esperanza de dar con mejor suerte para su vida. A estos últimos es a los que solamente se les reconoce hoy por verdaderos emigrantes. Y Juan Macías partió como uno más de ellos.

Y así conoció el desprendimiento, el desarraigo doloroso del medio natural en el que había vivido, y de la tranquilidad del marco de costumbres en el que había crecido. Ha experimentado el salto a lo desconocido, la mezcla agridulce, permanente, de esperanzas y temores, y las dificultades inevitables del trasplante violento y de la adaptación al nuevo medio social.

El fue uno de los millones de hombres que, desde hace varios siglos, son zarandeados de un país a otro, no por placer o por gusto de la aventura, sino movidos por la necesidad.

Con toda seguridad, Juan Macías no pensó nunca hacer problema de su caso personal. Así mismo, tendría, sin duda, una conciencia bastante confusa acerca de la amplitud del fenómeno social que él estaba dispuesto a vivir. Simplemente se enfrentaba a su destino, destino que asumió como un santo. Esta vida de santidad y de amor a los pobres la habría podido llevar en cualquier lugar y tiempo. Pero, de hecho, fue en este pequeño mundo de los desarraigados y entre los más pobres, donde se santificó. Y esto es lo que nos interpela ahora.

¿Tenemos hoy conciencia del problema de la emigración? Hoy, es decir, después de varios siglos del tráfico de esclavos en los barcos negreros, de la explotación de la mano de obra extranjera en los campos de algodón o en las minas de carbón; después de siglos de trasplante y deportación de multitudes… Ha sido menester mucho tiempo y muchos sufrimientos para adquirir esta conciencia del problema.

Pero precisamente porque nuestro siglo ha llegado a tomar conciencia sobre este tema, no podríamos ser perdonados – y la historia tendría el derecho de juzgarnos con extrema severidad – si nosotros no buscásemos soluciones humanas y respetuosas con la dignidad del hombre.

En una canonización solemnemente proclamada por la Iglesia no podemos contentarnos con ver solamente el reconocimiento de los méritos y de la santidad de un siervo de Dios. Encierra juntamente una lección, una llamada y un aviso para nuestro tiempo. Y así el hecho de que hoy, en Juan Macías, sea canonizado un emigrante, debe atraer la atención de todos los cristianos sobre la gravedad y urgencia de este problema social. Y esto es lo que justamente puede llamarse un mensaje.

Juan Macías ha escalado la santidad porque supo vivir entregado al amor de los pobres (En la alocución pronunciada durante el Angelus, el domingo 28 de septiembre, día de la canonización, Pablo VI presentó al nuevo santo como ejemplo de pobreza para nuestro tiempo. «La pobreza evangélica», La Documentation Catholique, n. 1684, 19 octubre 1975, p. 859.). Y es seguramente porque él mismo, pobre, desarraigado de su terruño, marginado, comprende admirablemente a los pobres, a los desarraigados, a los marginados, pues ha experimentado en su propia persona lo que más les falta y lo que siempre les faltará, a saber, no verse amados ni comprendidos ni acogidos ni aceptados como los demás.

El milagro tenido en cuenta para su canonización (la multiplicación del arroz para una comunidad pobre), va en esa misma línea. Y este mensaje de amor fraternal es el que nosotros debemos comprender y traducirlo para nuestro hoy, respetando los verdaderos datos del problema tal como se presenta en la actualidad.

Desde la época de Juan Macías el mundo ha evolucionado mucho. No solamente las situaciones históricas han sido profundamente modificadas, sino que, gracias a una lectura más luminosa del Evangelio – y, es bueno reconocerlo, también bajo la presión de los acontecimientos -, el pueblo cristiano se ha abierto a más amplias exigencias de la caridad.

Se ha comprendido mejor que la caridad no puede reducirse a simples gestos individuales de gentileza, de cuidado, ni siquiera a heroicos sacrificios individuales al servicio de los demás. Se impone la convicción de que debe animar, invadir y transformar todos los sectores de la vida de los hombres y de la organización misma de la sociedad humana.

La caridad no es un lujo gratuito que pueden permitirse quienes tienen tiempo libre, dinero y buenas disposiciones personales. La caridad fraterna no es simplemente un suplemento benévolo que remedie las deficiencias de un orden social que aplasta a los pobres. Ciertamente estos suplementos serán siempre necesarios, pero la primera exigencia de la caridad es la justicia para todos. He aquí la afirmación de un famoso sociólogo de Francia: «Es preciso que la caridad de hoy, sea la justicia de mañana». Amor a los hermanos es, ante todo, el deseo de que aquellos sean admitidos en nuestro mundo, en nuestra sociedad, como auténticos miembros, con plena participación; es querer que, por medios eficaces y concretos, ellos se sientan reconocidos, acogidos y aceptados dentro del respeto a la dignidad humana.

La verdadera caridad nos empuja hoy a trabajar, en la medida de nuestras posibilidades y responsabilidades – ¿no son mayores y más graves de lo que habitualmente pensamos? -, en la construcción de una sociedad más justa, más humana, más fraternal.

Añadamos, sin embargo, que un mundo perfectamente justo, con leyes perfectas, y donde los derechos de todos y de cada uno estuvieran asegurados, podría ser aún un mundo frío, sin alma, sin esperanza, sin amor. La justicia sola puede ser inhumana, ya que ninguna ley social puede por sí misma engendrar el amor. Un discípulo del Evangelio debe ser particularmente sensible en este aspecto. Los cristianos están llamados a construir un mundo justo, en el que las relaciones entre los hombres, los pueblos, las diversas comunidades sean en verdad relaciones de amor. Este es el mensaje del Evangelio. Es el mensaje de Fray Juan.

Es, en realidad, mucho más que un simple mensaje a secas, no queda reducido a un mero testamento o a una lección póstuma. Es el impacto de una mirada nueva sobre el mundo; es un impulso elevado del corazón, un fermento; es una fuente de vida estallante.

Estandarte beatificación San Juan Macías (1837)

  1. Lecciones de una canonización para el hoy de la Orden de Predicadores

Si para todos los cristianos del momento presente es una lección, ha de serlo, en primer lugar, para nosotros, los hermanos dominicos.

Nuestro hermano, Juan Macías, por su canonización, figura entre las glorias de la Orden de Predicadores, con Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres, sus conciudadanos, glorias inmortales del Perú de siempre. ¿Cómo pueden los dominicos dejar de sentirse unidos por lazos particulares al pueblo peruano y a todos los pueblos de la América Latina? En consecuencia, es lógico que la Orden de Predicadores, extendida por todo el mundo, se vea comprometida a colocar el mayor contingente de sus frailes en este continente.

Para ser fieles al carisma transmitido por el fundador, a quien la Iglesia ha saludado con el calificativo de vir apostolicus -hombre apostólico-, a ejemplo de San Juan Macías, los dominicos, vinculados al servicio de América Latina, deben tener dos grandes inquietudes.

  1. La primera, el ser verdadero testimonio de un evangelio auténtico. Por evangelio auténtico entendemos un evangelio verdadero y total: un evangelio que abarca a todo hombre y que no se contenta con destacar algunos aspectos inofensivos, sino que comprende y reconoce las más diversas exigencias, al mismo tiempo que el gran soplo de esperanza que suscita en todos los hombres y especialmente en los más abandonados.

Por testigos auténticos tomamos a los hombres que son ellos mismos los primeros en vivir lo que predican; hombres que, en su vida personal y en su comunidad, son trasparentes al dinamismo del Evangelio; hombres que se encarnan en el pueblo de los pobres, compartiendo sus angustias e irradiando esperanza; hombres, en fin, que cultivan la misericordia espontánea que abre el corazón conmovido hacia todos los pobres, pero que, a su vez, a imitación de Juan Macías como de Domingo, alcanza toda su profundidad y apertura al pie del crucifijo.

  1. La segunda inquietud, y uno de los principales objetivos, en cuanto dominicos, debe ser el enraizamiento de la Iglesia en lo profundo del alma popular, en la cultura e idiosincrasia del pueblo latino-americano.

Yo no puedo hacer otra cosa mejor aquí que traer hasta vosotros algunas de las orientaciones recientemente acordadas en Quito, a lo largo de una reunión de todos los Provinciales y Vice-provinciales dominicos del continente.

1) Los dominicos que llegan del exterior para trabajar en la evangelización, no deben pretender imponer su propia cultura, sino, al contrario, asimilar ellos, del mejor modo posible, la cultura del pueblo al que han sido enviados. Esto reclama una selección previa y una preparación; y, por otra parte, que ellos mismos velen por una adaptación permanente al ritmo de su apostolado.

2) Los religiosos latino-americanos, por su lado, deben comprender que ellos tienen necesidad de una mejor inserción en su propio ambiente a fin de poder aportar una predicación de la fe que responda adecuadamente a las urgencias del pueblo.

3) Los dominicos están invitados, por esta misma asamblea, a optar preferentemente por los pobres; y se recomienda a todos no mirar con desconfianza a los que quieren consagrarse al servicio de los más pobres.

4) Finalmente, el programa de estudios -y se sabe que en la Orden de Santo Domingo el estudio asiduo es una de las obligaciones más graves- ha de ser pensado y programado en función de las necesidades específicas del continente. A modo de ejemplo, se recomienda examinar, comprender e interpretar la «religiosidad popular», ya que es un elemento importante de la cultura latino-americana, pues encierra valores de una fe auténtica, aunque reclame una mayor purificación, interiorización, madurez y compromiso (Esta preocupación está presente en los trabajos del IV Sínodo de los Obispos, celebrado en Roma, del 20 de septiembre al 28 de octubre de 1974, y fue repetido por Pablo VI, en su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, diciembre de 1975.). Ella es un punto de partida fecundo para una nueva evangelización.

He aquí algunas de las reflexiones que inspira esta canonización. La glorificación de uno de nuestros hermanos del Perú nos colma de gratitud hacia el pasado, nos llena de alegría y lleva a nuestro corazón un nuevo dinamismo y una gran esperanza frente al futuro.

Pero, por encima de las razones de orden social que explican esta canonización y le dan un alcance particularmente actual, hemos de apuntar el motivo fundamental de dicha glorificación, que no puede ser más que teologal. Para el cristiano la visión última de la justicia y de la caridad sobrepasa los horizontes humanos, pues Dios es el Alfa y Omega de toda la economía de la creación y de la salvación. El mensaje de Juan Macías no es, pues, solamente social, sino ante todo teologal. Al poner de relieve ante nuestra mirada las obras buenas -«opera bona»realizadas por los santos, la Iglesia presenta con una luz más viva un aspecto del nombre y del rostro de Dios; ella invita al mundo cristiano a «glorificar a nuestro Padre que está en los cielos» (Mt. 5, 16).

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