“La Siervita”, la monja prodigiosa de Tenerife

siervita de La Laguna

La Siervita. Boletín Informativo de la causa de canonización de la Sierva de Dios Sor María de Jesús de León Delgado, O.P. (Nº 23)

Cuando una persona a la que queremos mucho o con la que tenemos estrechos vínculos de sangre o familiaridad fallece, no descuidamos su sepultura. La bendecimos, la visitamos, le ponemos flores…Y todo eso, ¿por qué? Porque consideramos que el cuerpo de nuestro ser querido ha sido templo del Espíritu Santo desde el día de su bautismo y que, en el sepulcro, espera la resurrección del último día. Ese cuerpo enterrado, cuando es el cuerpo de un cristiano, es un lugar en el que Dios ha habitado con su presencia y amor, y al que Jesucristo ha prometido la resurrección y la vida.

Es un signo de respeto y reverencia hacia Dios que lo ha creado y redimido. El cuerpo es un don de Dios, que nos ha dado la posibilidad de relacionarnos con el mundo, con las demás personas y, especialmente, con Él mismo. El cuerpo es un regalo de Dios a la persona. No es un añadido, sino que forma parte de la identidad de cada una de las personas. Somos nuestro cuerpo y somos nuestro espíritu. Por eso, cuando un cristiano muere, al cuerpo le reservamos un especial respeto y atención; porque ha formado parte de la identidad de su persona. Y, además, porque Jesús nos lo prometió y creemos en su Palabra, esperamos que sea resucitado como fuese resucitado su Cuerpo aquel primer día de la semana y que contemplaran sus discípulos y sus apóstoles en las diferentes apariciones que nos relatan los evangelios.

Nosotros también, cada 15 de febrero, visitamos el lugar en el que está el cuerpo incorrupto de Sor María de Jesús (la Siervita). Lo visitamos con especial cuidado y delicadeza porque formó parte de su identidad de mujer, de su condición de cristiana y de su vida consagrada a Dios en la clausura del monasterio de Santa Catalina, en La Laguna. El día 15 de febrero, día en el que murió, visitamos su sepultura para agradecer a Dios su vida y pedirle que interceda por nosotros. Consideramos que su vida fue un ejemplo. Durante todos sus años de vida en clausura, se dedicó a rezar por los demás y a ofrecer a Dios su vida como reparación para la salvación de todas las personas. Unió su vida, con sus alegrías y sufrimientos, a la vida de Jesucristo, para completar en su cuerpo, como nos recuerda San Pablo, lo que Cristo realizó en su propio Cuerpo entregado hasta la muerte y muerte de Cruz.

Por eso sentimos que su cuerpo es especial y, con respeto y veneración, lo visitamos, y aprovechamos para encomendarnos a su intercesión. ¡Cuántos regalos de Dios han recibido tantas personas en el momento de visitar su sepulcro! Signo es, sin duda, de la permanente y amorosa acción de Dios en favor de todos nosotros. Cuando visitamos su sepultura debemos decir:

  • Gracias Señor por la vida de Sor María Jesús.
  • Gracias por haberla elegido para formar parte de la comunidad de religiosas dominicas de La Laguna.
  • Gracias porque su vida nos estimula a escuchar tu Palabra y vivir la Caridad.
  • Gracias por darnos la posibilidad de estar aquí.

¿Por qué pedirle  que interceda por nosotros?

Hay un tema importante que debemos tener en cuenta. Quien nos concede gracias y favores es Dios. La providencia de Dios es la que está pendiente de nosotros y nos concede aquello que necesitamos, aunque en ocasiones no coincida del todo con lo que nosotros deseamos. A la postre nos damos cuenta que todo lo que nos ocurre, cuando lo vivimos desde la fe y la confianza en Dios, ocurre para nuestro bien. Los cristianos siempre pedimos las cosas al Padre Dios por Jesucristo Nuestro Señor. Así concluyen las oraciones que hacemos en la Liturgia, cualquiera que sea su celebración. Decimos “Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén”.

Pues bien; si todo lo pedimos por medio de Cristo, ¿por qué pedir la intercesión de los santos? Si Dios Padre nos lo ha dado todo, y nos sigue dando lo que necesitamos, a través de su Hijo Jesucristo, ¿por qué solicitar gracias y favores especiales a través de los santos y santas? Lo hacemos porque tiene sentido y porque lo podemos hacer.

Cuando fuimos bautizados, la Santa Iglesia nos introdujo en la vida de Cristo. Los bautizados podemos decir lo que decía San Pablo: “Ya no vivo yo; es Cristo quien viven en mí”. Y esto es verdad de tal manera que nuestro vivir es ya un vivir en Cristo. Por eso nos llamamos “cristianos”, porque somos “de Cristo”, porque sacramentalmente nos hemos convertido en “otros Cristos”. Por eso, cuando cada uno de nosotros elevamos nuestra oración a Dios, es la voz de Cristo la que se eleva al Padre en el Espíritu de Jesús. Cristo fue dirigiéndose al Padre a través de nosotros y en nosotros. ¡Qué misterio tan hermoso! ¡la hermosura de la oración cristiana!

Cuando un hermano en la fe, un cristiano, como es el caso de La Siervita, muere, nosotros podemos hacer dos cosas: pedir a Dios por él y pedirle a él que interceda -con Cristo- por nosotros. Y Dios, que nos ama y es providente, que está pendiente de nuestras necesidades, escucha la oración intercesora de los vivos y difuntos en el eco del corazón de Cristo. Es más, la Iglesia reconoce que esta intercesión es posible y real porque admite la existencia de “milagros” por intercesión de un fiel cristiano en favor nuestro. ¡Qué gran misterio el de la Comunión de los Santos! El vínculo del Bautismo une a la Iglesia triunfante con la Iglesia militante.

Por eso podemos, y hasta debemos, pedirle a la Siervita que interceda por nosotros. Ella que vivió la amistad con Jesucristo de una manera intensa y ejemplar, que vivió la comunión con Él de una manera llamativa para los de su tiempo, puede interceder en Cristo por nosotros y por nuestras necesidades. Por eso, cuando visitamos su sepultura podemos decir:

  • Sor María de Jesús, intercede por mi familia y por mis amigos.
  • Pide a Dios que supere esta enfermedad o dificultad.
  • Dile al Señor, Nuestro Dios, que convierta mi corazón y me haga santo.
  • Ayúdame a vivir el evangelio como tú lo viviste.

La santidad a la que todos estamos llamados

Sor María de Jesús fue una mujer especial. Es cierto. Quienes la conocieron nos han dado testimonio de su especial relación con Dios. Una amiga fuerte de Dios. Una monja de los pies a la cabeza. Una gran discípula de Jesús. Pero Dios nos llama a todos al gozo de esa relación y a la gracia de experimentar, como ella, la salvación y la paz. Todos nosotros podemos tener la misma experiencia que ella tuvo al celebrar la eucaristía, al recibir el perdón de nuestros pecados en la confesión sacramental, a acoger su protección y su gracia en los demás sacramentos y alimentar nuestra vida con su Palabra salvadora. Todos nosotros podemos experimentar lo que la Siervita experimentó. Porque todos nosotros estamos llamados a la Santidad.

Con frecuencia solemos imaginar que los santos son pocos y especiales. Y eso no es cierto. Los santos son aquellos que han escuchado la Palabra de Jesús y han creído en ella. Los santos son amigos fuertes de Dios que han dejado a Dios ser protagonistas de sus vidas. Se han sentido amados por Dios de tal forma que no entienden la vida sino como una respuesta en amor a los demás.

Donde hay un hombre o una mujer, hay un santo en potencia. Donde hay un cristiano que recibió y vive la gracia de su bautismo, hay un santo en camino. Donde hay un hombre y una mujer que han vivido la vida en comunión con Jesucristo, hay un santo en el cielo. Cristo le ha dado al Papa la autoridad para declarar, de una manera definitiva y clara, cuándo un cristiano es santo y está en el cielo junto a Dios. Esa es la beatificación o canonización que hace la Iglesia. Pero cuando se beatifica o canoniza a un fiel cristiano el Papa no lo introduce en el Cielo, en la comunión con Dios: allí ya estaba. El Papa declara lo que ya era, lo que ya existía y nos lo comunica para que le demos el culto debido de veneración a ese fiel cristiano y hermano nuestro. Eso es lo que esperamos que ocurra con la Siervita.

Visitar su sepultura el día 15 de febrero o cualquier día del año debe ser para cada uno de nosotros una llamada a la santidad. Si ella pudo, y creemos que lo logró, nosotros también podemos. De la misma manera que la gracia de Dios la acompañó durante toda su vida, a nosotros también nos acompaña. Todos estamos llamados a la Santidad; cada uno según su condición de vida y su peculiar vocación cristiana. Por eso, al visitar su sepulcro debemos decir:

  • Sor María de Jesús, ayúdame a ser muy amigo de Dios; muy amiga de Dios.
  • Intercede ante Dios para que acoja tu ejemplo y considere a Dios mi mayor tesoro.
  • Que siempre sea consciente de que Dios me ama y me quiere de verdad.
  • Ayúdame a ser santo, a ser santa.

La salvación y la gracia

En la balanza de nuestra vida hay una gran desproporción entre lo que nosotros le podemos dar a Dios y lo que Dios nos quiere dar a nosotros. No hay paridad; no hay equilibrio. Dios es desproporcionadamente más generoso con nosotros que lo que nosotros podemos ser con Él. ¿Qué nos ha dado Dios? La salvación y la gracia. O sea, nos lo ha dado todo. ¿Qué podemos darle nosotros a Dios? Nuestra fidelidad como respuesta.

Tanto nos amó, tanto amó Dios al mundo -nos recuerda la Escritura- que nos ha entregado la salvación por medio de Jesucristo. Con su muerte y Resurrección nos ha salvado del pecado y de la muerte. ¡Qué generosidad la de Dios! Nos ha salvado. Y, como nuestra fidelidad es tentada y débil, porque somos pecadores, nos ha concedido la gracia, ese auxilio y apoyo permanente para poder responder al don de su salvación.

De esta experiencia profunda de salvación y de gracia fueron testigos todos los santos. De esta experiencia vivió también Sor María de Jesús. Visitar el sepulcro de la Sierva de Dios, Sor María de Jesús, es una ocasión para:

  • Agradecer el don de la salvación que Dios nos ha concedido por Jesucristo.
  • Pedir la gracia para ser fiel en nuestra vida cumpliendo el mandamiento de Jesús.
  • Retomar el camino de la salvación y convertir la vida a Dios un poco más cada día.
  • Pedir para los demás, con generosidad, que encuentren la salvación y la gracia que Dios les ofrece permanentemente a través de la Iglesia.

¿Cómo pedirle a la Siervita?

Con sinceridad. Con sencillez. Con alegría. Con fe. Sabiendo que lo que hacemos es bueno, es oportuno, es conveniente. Pedirle con nuestras palabras, con nuestra forma de hablar, desde nuestra necesidad. Pedirle con generosidad, pensando más en los demás que en nosotros mismos. Pedirle que interceda, que sirva de puente, de medio entre Jesús y nosotros, porque sabemos que Cristo es el único camino para alcanzar el corazón del Padre, fuente de gracia y salvación.

Pedir es reconocer la desproporción entre Dios y nosotros. Él tiene todo y nosotros no tenemos nada. Él lo puede todo y nosotros no podemos nada.

Escribe: Juan Pedro Rivero González

Sor María de Jesús 1

Oración -para uso privado-

Dios omnipotente y misericordioso, que te dignaste colmar de bienes celestiales a tu Sierva María de Jesús desde su infancia, llegando a resplandecer por su humildad admirable, oración asidua y penitencia rigurosa; concédenos, por su intercesión la gracia que te pedimos [expóngase la petición]. También te pedimos por la pronta elevación de tu Sierva a los altares. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

*Esta oración no tiene finalidad alguna de culto público.

La Siervita

Enlaces de interés:

Sor María de Jesús de León Delgado, O.P.,”La Siervita”

Boletín informativo de la causa de canonización, nº 24 (2016)

Tributo a la Sierva de Dios Sor María de Jesús

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s