El por qué Fray Martín de Porres no hace ya milagros (tradiciones peruanas)

Fray Martín de Porres

Para santo milagroso, o hacedor de milagros, mi paisano fray Martín de Porres. Se lo echo de tapada a cualquier santo de Europa.

Como ya en otra tradición he escrito una sucinta biografía de fray Martín, que fue un bendito de Dios, con poca sal en la mollera, pero con mucha santidad infusa, no he de repetirla ahora. De mis cocos, pocos. Bástele al lector saber que como el viejo Porres no le dejó a su retoño otra herencia que los siete días de la semana y una uña en cada dedo para rascarse las pulgas, tuvo éste que optar por meterse lego dominico y hacer milagros. Dios sobre todo, como el aceite sobre el agua.

Cuando no había en mi tierra la plaga de radicales, masones y librepensadores, cuando todos creíamos con la fe del carbonero, ni pizca de falta hacían los milagros, y los teníamos a granel o a boca qué quieres. ¿Por qué será que hoy, en que acaso convendrían para reavivar la fe, no tenemos siquiera un milagrito de pipiripao por semana? Será por algo, que yo no he de perder mi ecuanimidad averiguando lo que no me importa saber. ¿Quién me mete en esas honduras?

El famoso escritor y orador sagrado padre Ventura de la Ráulica, en su panegírico de fray Martín de Forres, impreso en 1863, refiere que, sin moverse de Lima, estuvo nuestro santo compatriota en las Molucas, y en la China, y en el Japón, libertando del martirio a jesuítas misioneros, pues Dios le concedió el privilegio de la bilocación ó doble presencia, gracia que lo negara a san Felipe Neri cuando éste la pretendió. El padre Ventura añade que la que él nos cuenta, en su citado panegírico, consta en el proceso de canonización. Me doy tres puntadas con hilo grueso en la boca y no me opongo al milagro. Yo, en cosas de frailería, a todo digo amén, pues no quiero parecerme al amanuense del tirano Rozas, que puso en peligro la pellejina por andarse con recancanillas y dingolodangos. No desperdiciaré esta oportunidad para contarlo. Puede el lector fumar un cigarrillo mientras dure el cuento.

Diz que el amanuense le leía una tarde al supremo dictador las pruebas de una oda que debía aparecer en la Gaceta oficial del 25 de mayo, y al llegar a unos versos que decían:

el pueblo te venera,
y el argentino sabe que en tus manos
flameará victoriosa su bandera.

lo interrumpió don Juan Manuel diciendo:
—No me gusta ese verso. Donde dice bandera ponga usted estandarte.
—Excelentísimo señor —se atrevió a argüir el mocito palangana—, como estandarte no es consonante de venera, va a resultar… que no resulta verso.

Don Juan Manuel de Rozas no aguantaba picada de cáncano y, dando feroz puñada sobre la mesa, gritó:
—¡Car…amba! ¡Cállese la boca y ponga estandarte, antes que lo haga degollar por salvaje unitario

Fuera el cigarrillo. Vuelvo a mis carneros, esto es, a los milagros. Allá, en el primer tercio del siglo XVII, cuando los amigos se encontraban en la calle no se decían como hogaño: “¿Qué hay de nuevo? ¿Renuncia o no renuncia el Ministerio?”, sino “¿Qué me cuenta usted de milagros? ¿Ha hecho alguno nuevo de ayer a hoy el bienaventurado fray Martín?”.

Todas las mañanas acudía a la portería del convento de Santo Domingo un cardumen de viejas y muchachas devotas en demanda del lego, y en solicitud de un prodigio más o menos morrocotudo. Hasta la Carita de Cielo, hembra que como fea no tema nada que pedir a Dios, pues su fealdad era de veintitrés quilates, como la de Picio, pretendió del santo limeño que la embelleciese, milagro que diz que no pudo, no quiso o no supo hacer fray Martín. Si lo hace se divierte, porque las feas de un ¡Jesús, María y José! no le habrían dejado a sol ni a sombra.

Fastidiado el prior de que a la portería de su convento acudieran más faldas que al jubileo, resolvió cortar por lo sano, y llamando una mañana al taumaturgo, le dijo:
—Hermano Martín, bajo de santa obediencia le prohíbo que haga milagros sin pedirme
antes permiso.
—Acato la prohibición, reverendo padre.

Pero fray Martín era de suyo milagrero, y sin darse cuenta, sin propósito e intención de desobedecer al mandato, seguía menudeando milagritos de poca entidad. Sucedió que un día resbalose de altísimo andamio un albañil que se ocupaba en la reparación de un claustro, y en su cuita, gritó:
—¡Sálveme, fray Martín!
—Espere, hermanito, que voy por la superior licencia.

Y el albañil se mantuvo en el aire, patidifuso y pluscuamperfecto, como el alma de Garibay; esperando el regreso del lego dominico.

—¡A buenas horas, mangas verdes! —dijo el prelado—. ¿Qué permiso te voy a dar si ya has hecho el milagro? En fin, anda y remátalo. Pase por esta vez, pero que no se repita.

Este milagro hizo en Lima más ruido que una banda de tambores, y fue más sonado que las narices.

Fallecido fray Martín en noviembre de 1639, a los sesenta años de edad, nadie se quedó en tierra sin reliquia de un retacito del hábito o de la camisa, o por lo menos sin una pulgarada de tierra traída de la sepultura, tierra que guardaban en un saquito de terciopelo, y que, a guisa de relicario llevaban los crédulos devotos pendiente del cuello. Esta tierra diz que era eficaz específico contra la diarrea.

Con el correr de los tiempos las reliquias fueron al basurero, y las que se conservaban en el convento, las mandó encerrar en una caja el primer arzobispo republicano don Jorge Benavente, y en 28 de septiembre de 1837 las remitió a Roma consignadas al general de la Orden de Predicadores. ¡Vaya si hemos sido ingratos los limeños con nuestro santo paisano, pues de él no tenemos ya ni reliquias! Lo siento, pero no puedo llorar por tamaña ingratitud. Yo no he de ser como el verdugo de Málaga, que se murió de pena porque a un conocido suyo le echó el sastre a perder unos pantalones sacándoselos estrechos de pretina.

Durante muchos meses dio el pueblo en acudir a la tumba de fray Martín en solicitud de milagros, y el difunto no siempre anduvo remolón para hacer favores. Pero una mañana se levantó con la vena gruesa el padre prior, y precedido por la comunidad se encaminó a la sepultura, donde con acento solemne y campanudo dijo:
—Hermano Martín, cuando vivías en el mundo obedeciste humildemente mis mandatos, y no he de creer que en el cielo te hayas vuelto orgulloso y rebelde a tu superior jerárquico negándole la santa obediencia que juraste un día. Basta de milagros. Te intimo y mando que no vuelvas a hacerlos.

Y que nuestro santo paisano acató y sigue acatando la imposición de su prelado lo comprueba el que, ni por bufonada, se ha hablado de milagros prodigiosos por él realizados después del año 1640.

Lo que es ahora, en el siglo XX, más hacedero me parece criar moscas con biberón que hacer milagros.

De Ricardo Palma, “Tradiciones peruanas” (1952).

Fuente del texto: andesacd.org 

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