Beato Pablo VI, el Papa de la Paz

Pablo VI

 Beato Pablo VI, el Papa de la Paz

Juan Bautista Montini nació la pequeña localidad de Concesio, Brescia (Italia), el 26 de Septiembre de 1897. Su padre había sido diputado del parlamento italiano y fundador del Movimiento Social Católico de Italia. Ordenado sacerdote con 22 años, fue enviado a Roma para proseguir sus estudios eclesiásticos, logrando los títulos de doctor en Teología y en Derecho Canónico. Años más tarde, bajo el pontificado de Juan XXIII, es nombrado Arzobispo de Milán y algún tiempo después participa en los primeros trabajos del Concilio Vaticano II (1962—1963). El 21 de Junio de 1963 el cardenal Montini es elegido Sumo Pontífice de la Iglesia católica (número 262) hasta su fallecimiento el 6 de agosto de 1978.

Pablo VI es considerado como un papa renovador, de concordia y diálogo; a mitad de camino entre el ascetismo espiritual de Pío XII y la amabilidad acogedora de Juan XXIII. Él fue quien recogió de Juan XXIII la herencia de llevar a su clausura el Concilio Vaticano II. Asimismo abordó la reforma de la curia romana, acaecida en 1968. En los 15 años de pontificado escribió un total de siete Encíclicas, algunas tan importantes como “Humanae Vitae” o “Populorum Progressio”. Además de estos documentos solemnes, publicó en el año 1971 una Carta apostólica en favor de la justicia social, precisamente coincidiendo con el ochenta aniversario de la “Rerum Novarum”. Grande fue, además, su devoción a la Virgen María, y conocida es la Exhortación apostólica “Marialis Cultus“, dirigida a todos los fieles para la recta ordenación y culto a la Santísima Virgen María. Asimismo, el 21 de noviembre de 1964, proclamó solemnemente a Santa María como «Madre de la Iglesia» en la clausura de la Tercera Sesión del referido Concilio.

Su pontificado no fue fácil. Le tocó gobernar y marcar el rumbo de la iglesia en una de las épocas más difíciles de la historia. Sin embargo, supo llevar el timonel de la Iglesia Universal con la prudencia, sabiduría y valentía necesarias (“No debo tener miedo… Dios y yo“). En este sentido, trató de ser el Papa de la paz y de la reconciliación, del diálogo y de la unidad cristiana. Con la edad, su salud se resentía y su corazón se apagaba. El Santo Padre comprendió que se acercaba su hora, y mientras los médicos trataban de recuperarle, pidió a sus acompañantes que rezaran por él. Fallecía de manera dulce y tranquila el 6 de agosto de 1963 —fiesta de la Transfiguración del Señor—. Y hoy, 19 de octubre de 2014, la Iglesia católica celebra con alborozo su elevación a los altares de la gloria. La fiesta del nuevo beato (la celebración de su memoria litúrgica) será el 26 de septiembre de cada año: día en que se publicó la Primera Instrucción General, “Inter Oecumenici”, de 26 de septiembre de 1964, de la Sagrada Congregación de Ritos. Para que llegara esta beatificación ha sido providencial el milagro, acontecido en Estados Unidos en los años 90, de la curación prodigiosa y sobrenatural de un niño no nacido en grave riesgo por importantes secuelas físicas y psíquicas; rechazando su madre la propuesta de abortar a pesar de los graves problemas que presentaba el feto. Hoy es un niño sano y risueño gracias a la intercesión atribuida a Pablo VI.

A continuación, su discurso —bellísimo y que continúa vigente— sobre la Paz en un mundo convulso y presto a las guerras, pronunciado ante la Asamblea General de las Naciones Unidas (órgano principal de la O.N.U.) el 4 de octubre de 1965 en Nueva York.

Pablo VI en la ONU

No más guerra, guerra nunca otra vez. La paz es lo que debe guiar los destinos de todos los pueblos. 

…En su nombre, como en el nuestro os deseamos a todos honor y salud.

Esta reunión, como bien comprendéis todos, reviste doble carácter: está investida a la vez de sencillez y de grandeza. De sencillez, pues quien os habla es un hombre como vosotros; es vuestro hermano, y hasta uno de los más pequeños de entre vosotros, que representáis Estados soberanos, puesto que sólo está investido —si os place, consideradnos desde ese punto de vista— de una soberanía temporal minúscula y casi simbólica el mínimo necesario para estar en libertad de ejercer su misión espiritual y asegurar a quienes tratan con él, que es independiente de toda soberanía de este mundo. No tiene ningún poder temporal, ninguna ambición de entrar en competencia con vosotros. De hecho, no tenemos nada que pedir, ninguna cuestión que plantear; a lo sumo, un deseo que formular, un permiso que solicitar: el de poder serviros en lo que esté a nuestro alcance, con desinterés, humildad y amor…

…Pero no basta con alimentar a los que sufren hambre: es menester además, asegurar a cada hombre una vida conforme a su dignidad. Y es lo que vosotros tratáis de hacer. ¿No es acaso a nuestra manera  de ver el cumplimiento, gracias a vosotros, del anuncio profético que se aplica tan bien se aplica a vuestra institución: «fundirán sus espadas para de ellas hacer arados y sus lanzas para hacer hoces» (Is 2, 4) . ¿No utilizáis acaso las prodigiosas energías de la tierra y los magníficos inventos de la ciencia, no ya en instrumentos de muerte, sino en instrumentos de vida para la nueva era de la humanidad?…

…En una palabra: el edificio de la civilización moderna debe levantarse sobre principios espirituales, los únicos capaces no sólo de sostenerlo, sino también de iluminarlo y darle vida. Y esos indispensables principios de sabiduría superior no pueden descansar —tal es nuestra condición, y así lo creemos firmemente, como sabéis— más que en la fe de Dios, el Dios desconocido de que hablaba San Pablo a los atenienses en el Areópago (Hch 17, 23) . Desconocido de aquellos que, sin embargo, sin sospecharlo, le buscaban y le tenían cerca, como ocurre a tantos hombres en nuestro siglo…Para nosotros, en todo caso, y para todos aquellos que aceptan la inefable revelación que el Cristo nos ha hecho de sí mismo, es el Dios vivo, el Padre de todos los hombres.

Pablo VI, 4 de Octubre de 1965. Discurso en la O.N.U.

Discurso íntegro en el Diario de Las Palmas, 5 de Octubre de 1965

pablo VI

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Pablo VI

Oración por la Paz del Papa Pablo VI

Señor, Dios de la paz, Tu que creaste a los hombres para ser herederos de tu gloria. Te bendecimos y agradecemos porque nos enviaste a Jesús, tu hijo muy amado. Tú hiciste de Él, en el misterio de su Pascua, el realizador de nuestra salvación, la fuente de toda paz, el lazo de toda fraternidad. Te agradecemos por los deseos, esfuerzos y realizaciones que tu Espíritu de paz suscitó en nuestros días, para sustituir el odio por el amor, la desconfianza por la comprensión, la indiferencia por la solidaridad. Abre todavía más nuestro espíritu y nuestro corazón para las exigencias concretas del amor a todos nuestros hermanos, para que seamos, cada vez mas, artífices de la PAZ. Acuérdate, oh Padre, de todos los que luchan, sufren y mueren para el nacimiento de un mundo mas fraterno. Que para los hombres de todas las razas y lenguas venga tu Reino de justicia, paz y amor. Amen.

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Paulus PP. VI (Vaticano)

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