San Carlos Lwanga y compañeros mártires de Uganda

San Carlos Lwanga y compañeros mártires

San Carlos Lwanga y los 21 compañeros: “Los que hacen oración”.

Mártires de Uganda, rueguen para que nosotros, inspirados por vuestra fe, seamos capaces de mantenernos fieles en medio de cualquier prueba y de entregar nuestras propias vidas si fuera necesario. Ayuden y protejan a aquellos que viven hoy bajo la cruel persecución. Amén.

Carlos Lwanga (o Luanga) nació en 1865 en Uganda, y fue ejecutado por el entonces rey Nuanga junto con otros cristianos catequistas por negarse a abjurar de su fe. Las ambiciones políticas y nuevas costumbres perniciosas originaron un cambio de actitud del monarca respecto a los cristianos, que decretó el establecimiento de la pena de muerte para “todos los que hicieren oración”. Durante el cruel proceso Carlos confesó heroicamente la fe en Cristo, invocando con valentía y orgullo el nombre de Dios, y compartió con sus compañeros las cadenas de la dura prisión de nueve días que precedió a la ejecución en la hoguera. El verdugo, poniéndole fuego a los pies se burlaba de su víctima, más el mártir le contestaba: “este fuego es para mí como una ola refrescante”, e invocando a Dios entre los tormentos, expiró. Desde entonces, Carlos Lwanga -al que Pío XI proclamó Patrón de la Acción Católica y de los jóvenes africanos-, Matías Mulumba, José Mukasa, Kizito Omutu y sus compañeros han hecho fructificar en Uganda, como en ningún otro país africano, la semilla cristiana. En el ardor de su celo, estos obreros apostólicos llevaron entonces y llevan hoy hasta el corazón de África los beneficios de sus obras y la gracia divina de los Sacramentos (“la sangre de los mártires, produce nuevos mártires”). Los mártires de Uganda fueron beatificados por el Papa Benedicto XV el 6 de junio de 1920 y canonizados por Pablo VI el 18 de octubre 1964.

* * *

La gloria de los mártires, signo de renovación

Estos mártires africanos añaden una nueva página a aquella lista de vencedores llamada Martirologio, página que contiene unos hechos a la vez siniestros y magníficos; página digna de formar parte de aquellas ilustres narraciones de la antigua África, que nosotros, los que vivimos en esta época, pensábamos, como hombres de poca fe, que nunca tendrían una continuación adecuada.

¿Quién hubiera podido sospechar, por ejemplo, que aquellas actas, tan conmovedoras, de los mártires escilitanos, de los mártires cartagineses, de los mártires de la «blanca multitud» de Útica, recordados por san Agustín y Prudencia, de los mártires de Egipto, ampliamente ensalzados en los escritos de Juan Crisóstomo, de los mártires de la persecución de los vándalos, se verían enriquecidas en nuestro tiempo con nuevas historias, en las que se narrarían unas hazañas no inferiores en fortaleza y en brillantez?

¿Quién hubiera podido imaginar que a aquellos ilustres mártires y confesores africanos, tan conocidos y recordados, como Cipriano, Felicidad y Perpetua, y Agustín, aquel gran hombre, añadiríamos un día los nombres tan queridos de Carlos Lwanga, de Matías Mulumba Kalemba y de sus veinte compañeros? Sin olvidar aquellos otros, de confesión anglicana, que sufrieron la muerte por el nombre de Cristo.

Estos mártires africanos significan, en verdad, el inicio de una nueva era. No permita Dios que el pensamiento de los hombres retorne a las persecuciones y conflictos de orden religioso, sino que tiendan a una renovación cristiana y civil.

África, regada con la sangre de estos mártires, los primeros de esta nueva era (y quiera Dios que los últimos, tratándose de un holocausto tan grande y de tanto precio), África renace libre y dueña de sí misma.

Aquel crimen, del que ellos fueron víctima, es tan abominable y tan significativo, que proporciona un motivo claro y suficiente para que este nuevo pueblo adquiera una formación moral, para que prevalezcan nuevas costumbres espirituales y sean transmitidas a los descendientes, para que sea como un símbolo eficaz del paso de un estado de vida simple y primitivo, en el que no faltaban unos valores humanos dignos de consideración, pero que era también corrompido y débil y como esclavo de sí mismo, a una cultura más civilizada, que tienda a unas más elevadas expresiones de la mente humana y a unas superiores condiciones de vida social.

De la Homilía del papa Pablo VI, en la canonización de los mártires de Uganda

(AAS 56 [1964], 905-906)

Oración a los mártires de Uganda

Señor, Dios nuestro, tú haces que la sangre de los mártires se convierta en semilla de nuevos cristianos; concédenos que el campo de tu Iglesia, fecundo por la sangre de san Carlos Lwanga y de sus compañeros, produzca continuamente, para gloria tuya, abundante cosecha de cristianos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

martirio uganda

+ información: Los mártires de Uganda

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Con la denominación de Mártires de Uganda se indica a veintidós africanos del antiguo reino de Buganda (una región que se ubica al sur de Uganda) que sufrieron el martirio entre 1885 y principios de 1887. A ellos habría que añadir otros mártires no canonizados, católicos unos y otros pertenecientes a la Confesión anglicana, asesinados también estos por su fe cristiana durante la misma persecución.

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