Apresurémonos hacia los hermanos que nos esperan: San Martín de Porres

Fiesta de Todos los Santos

Solemnidad de Todos los Santos (1 de Noviembre)

La santidad es una forma de ser y estar en el mundo, de asumir el amor como esencia, como parte de la identidad. Hoy conmemoramos a todos los santos y santas del mundo, a los que fueron, son y serán, a los conocidos y a los anónimos, a todas las personas de bien que siguen haciendo de su propia vida una obra de arte esculpida por el amor de prójimo. Santas y Santos, gracias por seguir testificando que Dios es amor. (Evangelio 2010 -Ciclo C-. Camino, verdad y vida. Edit. San Pablo)

Alfombra de SMP

*San Martín de Porres (3 de Noviembre)

¿De qué sirven a los santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación, esta fiesta que le hacemos a San Martín de Porres? ¿De qué le sirven los honores terrenos si reciben del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo? ¿De qué les sirven nuestros elogios, cuetes, música… y todo lo que hacemos? Los santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo.

Lo primero que nosotros sacamos de provecho al recordar la memoria de San Martín es el deseo de gozar de su compañía, tan deseable, y de llegar a ser conciudadanos y compañeros de los espíritus bienaventurados, de convivir con la asamblea de los patriarcas, con el grupo de los profetas, con el senado de los apóstoles, con el ejército incontable de los mártires, con la asociación de los confesores, con el coro de las vírgenes, para resumir, el de asociarnos y alegrarnos juntos en la comunión de todos los santos.

Despertémonos, por fin, hermanos; resucitemos con Cristo, busquemos las cosas de arriba, pongamos nuestro corazón en las cosas del cielo. Deseemos a los que nos desean, apresurémonos hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el deseo de nuestra alma. Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la felicidad de que gozan los santos, ambicionando ansiosamente la gloria que poseen aquellos cuya presencia deseamos.

El segundo deseo que enciende en nosotros la Fiesta de los Santos es querer vivir como ellos vivieron; imitar su ejemplo. En efecto, San Martín nos demuestra con el ejemplo de su vida que podemos y debemos llegar a la salvación y a la santidad por camino que nos enseñó Cristo Jesús: a saber, si en primer lugar, amamos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente; y si, en segundo lugar, amamos al prójimo como a nosotros mismos.

Él sabía que Cristo Jesús padeció por nosotros y, cargado con nuestros pecados, subió al leño, y por esto tuvo un amor especial a Jesús crucificado, de tal modo que, al contemplar sus atroces sufrimientos, no podía evitar el derramar abundantes lágrimas. Tuvo también una singular devoción al santísimo sacramento de la eucaristía, al que dedicaba con frecuencia largas horas de oculta adoración ante el sagrario, deseando nutrirse de él con la máxima frecuencia que le era posible.

Además, San Martín, obedeciendo el mandato del divino Maestro, se ejercitaba intensamente en la caridad para con sus hermanos, caridad que era fruto de su fe íntegra y de su humildad. Amaba a sus prójimos porque los consideraba verdaderos hijos de Dios y hermanos suyos; y los amaba aún más que a sí mismo, ya que, por su humildad, los tenía a todos por más justos y perfectos que él.

Disculpaba los errores de los demás; perdonaba las más graves injurias, pues estaba convencido que era mucho más lo que merecía por sus pecados; ponía todo su empeño en retornar al buen camino a los pecadores; socorría con amor a los enfermos; procuraba comida, vestido y medicinas a los pobres; en la medida que le era posible, ayudaba a los agricultores y a los negros y mulatos, que, por aquel tiempo, eran tratados como esclavos de la más baja condición, lo que le valió, por parte del pueblo, el apelativo de «Martín de la caridad».

Este santo varón, que con sus palabras, ejemplos y virtudes impulsó a sus prójimos a una vida de piedad, también ahora goza de un poder admirable para elevar nuestras mentes a las cosas celestiales, y este es el tercer beneficio que sacamos de una fiesta, su valiosa intercesión…

No todos, por desgracia, son capaces de comprender estos bienes sobrenaturales, no todos los aprecian como es debido, al contrario, son muchos los que, enredados en sus vicios, los menosprecian, los desdeñan o los olvidan completamente. Ojalá que el ejemplo de Martín enseñe a muchos la dulzura y felicidad que se encuentra en el seguimiento de Jesucristo y en la sumisión a sus divinos mandatos:

– Sigan trabajando por su salvación con humildad y temor de Dios, pues él es quien les da energía interior para que puedan querer y actuar conforme a su voluntad.

– Háganlo todo sin quejas ni discusiones, para que sean ustedes hijos de Dios, irreprochables, sencillos y sin mancha.

Que cada fiesta sea motivo de crecimiento en la fe, en la esperanza y en el amor de Jesús que vivió San Martín y podemos decir con el salmista: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar? Lo único que pido, lo único que busco es vivir en la casa del Señor toda mi vida, para disfrutar las bondades del Señor y estar continuamente en su presencia.

Así, pues, ármate de valor y fortaleza y en el Señor confía, caminemos seguros caminado por donde san Martín camino, amando lo que él amó y sirviendo como el sirvió…

Padre Félix Castro Morales

*Fuente: homiletica.org (con permiso de parroquiadelasoledad.org)

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