Monseñor Óscar Romero y San Martín de Porres

Retratos de Monseñor Óscar Arnulfo Romero (J. Puig Reixach, 2012) y de San Martín de Porres (Blanca Chávarri, 1964).

*Monseñor Romero y San Martín de Porres

Si bien es cierto que Monseñor Óscar Romero y San Martín de Porres (1579-1639) coinciden en el amor por los pobres, a primera vista pareciera que sus modus operandi son totalmente contrarios. Monseñor Romero denunciaba el atropello sistemático a los derechos de los pobres, mientras que el Santo de la Escoba “nunca planteó reivindicaciones sociales ni políticas” y se limitó a practicar la caridad de manera particular. Los devotos de Fray Martín cuentan que curaba a enfermos, levitaba, poseía dones de bilocación y clarividencia, y hasta hablaba con los animales, mientras que los seguidores de Mons. Romero advierten que no se trata de un “santo milagrero”. (Sobrino, El seguimiento de Monseñor Romero, Proceso, 9 de febro de 2005). En fin, parecería que es como el comparar el día y la noche. La primera indirecta de que podría haber una mayor comunalidad entre los dos surge en las palabras pronunciadas por el Beato Juan XXIII durante la canonización del venerado santo mulato hace cincuenta años. “Hay que tener también en cuenta” —dijo el pontífice— de que Fray Martín, “siguió caminos, que podemos juzgar ciertamente nuevos en aquellos tiempos, y que pueden considerarse como anticipados a nuestros días”. (Homilía de Canonización, domingo 6 de mayo de 1962). El papa Pío XII lo declaró Patrono de la Doctrina Social y el mismo Mons. Romero predicaba que, “el mensaje de San Martín”, es que “no son las posiciones altas, privilegiadas, las que atraen las bendiciones mejores del Señor, sino las almas humildes que…saben hacer de su escoba, de sus quehaceres más humildes o grandes, el instrumento de su santificación”. (Hom. 6 de nov. de 1977).

De hecho, solo para poder ingresar a la orden de los dominicos como hermano pleno, el Fray Martín tuvo que romper esquemas: su origen racial y estado de hijo ilegitimo era un fuerte impedimento en aquella sociedad tan rígidamente ordenada. Es más: “A pesar de la biografía ejemplar del mulato Martín de Porres, convertido en devoción fundamental de mulatos, indios y negros, la sociedad colonial no lo llevaría a los altares”. (La Primera, supra.) Pasarían 198 años antes de su beatificación y 323 antes de su canonización, que no se dio hasta los tiempos del Concilio Vaticano Segundo y del movimiento de derechos civiles para los Negros en Estados Unidos. (Orsini. Esa larga espera bien pudiera sernos instructiva a los seguidores de Mons. Romero para que seamos más comprensivos con estos procesos). El papa Juan retomó el hecho al declararlo santo: “juzgamos muy oportuno el que este año en que se ha de celebrar el Concilio, sea enumerado entre los santos Martín de Porres”. (Homilía, supra.)

La relevancia de San Martín no se limita ni a los siglos de la Colonia como tampoco a aquella época conciliar, sino que sigue vigente para nuestros tiempos. En el marco del 50 aniversario de su canonización, el Papa Benedicto XVI pide “que interceda por los trabajos de la nueva evangelización”. (Oración «Regina Cæli», 6 de mayo del 2012). El mismo pontífice también elogió la labor de Mons. Romero en la evangelización cuando habló del estímulo a los sentimientos religiosos del pueblo que el mensaje cristiano haya sido “predicado también con fervor por pastores llenos de amor de Dios, como Mons. Óscar Arnulfo Romero”. (Discurso a los Obispos Salvadoreños, 28 de febrero de 2008). Cuando este “amor de Dios” fue puesto a prueba, tanto Mons. Romero como San Martín de Porres respondieron en voz clara y sin ambigüedades. Ya sabemos que Mons. Romero hablo de manera profética, pero ¿qué de San Martín?. Al ser acusado por desobediencia cuando desafió la prohibición de sus superiores de abrir un nuevo albergue para enfermos por peligro de contagio, el fraile mulato supo responder, “contra la caridad no hay precepto, ni siquiera el de la obediencia”. (Vicaría “San Martín de Porres”).

Tanto Mons. Romero como San Martín encontraron el rechazo y la humillación, tristemente en su propia Iglesia. El fraile mulato “perdonaba duras injurias”, nos dice el Papa Juan. (Homilía, supra.). Otros autores detallan cuan duras: en una ocasión, un religioso lo llamó un “perro mulato” en presencia de otros. (Vicaría, Op. Cit.). Tal era la discriminación racial de aquella época que nadie cuestionó el rechazo del novato Martín cuando trató de inscribirse en la orden de Santo Domingo, pese a que su padre, Juan de Porres, era un noble español perteneciente a la Orden de Alcántara y descendiente de cruzados. No obstante tan ilustre estirpe por el lado paterno, Martín fue aceptado solamente como un “donado”, y fue asignado los oficios más bajos y humillantes. (Ibid.) Por su parte, Mons. Romero no enfrentó un mal trato racial, sino que ideológico. Fue acusado afuera y hasta adentro de la Iglesia de tendencias marxistas, de fomentar el odio de las clases, de hasta de agitar a la violencia, pese a su insistencia de que solo lo motivaba “la violencia del amor” (Hom. 27 de nov. de 1977). La voluntad de permanecer al lado de los pobres y marginados bajo esas adversas circunstancias abona la santidad de los dos hombres. San Martín tomó su opción, asumiendo el rol de “hermano y enfermero de todos, singularmente de los más pobres”. “Proporcionaba comida, vestidos y medicinas a los débiles”, nos dice Juan XXIII, “favorecía con todas sus fuerzas a los campesinos, a los negros y a los mestizos que en aquel tiempo desempeñaban los más bajos oficios, de tal manera que fue llamado por la voz popular Martín de la Caridad”. (Homilía, supra.) Por supuesto, Mons. Romero asumió también un rol protagónista a favor de los más pobres.

Si bien el oficialismo demoró bastante en canonizar a San Martín de Porres, la aceptación a nivel popular ha sido inmediata por toda la América Latina desde que la devoción ha sido promovida por la Iglesia. De hecho, el santo peruano ha tenido mayor aceptación en El Salvador, donde las Obras Fray Martín de Porres fueron fundadas en 1956—aún antes de su canonización—con el fin de ayudar espiritual y materialmente a las personas más necesitadas del área de San Salvador. Los coordinadores de las Obras consideran a San Martín “uno de los santos más conocidos y venerados en el país”. Y el mismo Mons. Romero constató la “forma típica” en que la fiesta de San Martín de Porres se celebra en El Salvador: “muchos niños vestidos de Fray Martín, como dominicos con su escobita y muchas niñas, vestidas de Santa Rosa de Lima -qué cosa más simpática- habían preparado una confirmación de jóvenes, junto con el P. Roberto, las Hermanas Religiosas Dominicas y las Religiosas Belgas” (Hom. 5 de nov. de 1978). Su imagen ha sido difundida masivamente por la cultura popular, en telenovelas, y hasta adaptado para un video musical de la cantante Madonna. Taraborrelli, Madonna: An Intimate Biography. Simon and Schuster, Nueva York (2002) pág. 173. Sin embargo, Mons. Romero insiste en que las insignias de la Iglesia, como San Martín, no pueden ser arrebatadas y que, lejos de las intrigas del mundo, “la Iglesia es esta comunidad, comunión de amor, comunión de fe, vida, esto es lo que quiere la Iglesia”, dice monseñor. (Hom., supra.)

Ahora hace falta reclamar la imagen de Mons. Romero como propiedad de la Iglesia que ha sido tomada por otras fuerzas y que es necesario regresar a su lugar propicio.

*Fuente del texto y enlace recomendado: polycarpi.blogspot.com.es

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Más información sobre Monseñor Óscar Romero y su causa de canonización, AQUÍ

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Un comentario el “Monseñor Óscar Romero y San Martín de Porres

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