La Inmaculada Concepción: Tres miradas

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¡Bendita Tú, María Inmaculada!,
que eres la salvación de los creyentes,
escucha nuestras súplicas fervientes,
envuélvenos ¡oh Madre! en tu mirada.

I. Hacia las alturas

Festividad de la Inmaculada Concepción. Día de la “Purísima”, como llama el pueblo a María en su misterio augusto, con esa profundidad intuitiva que sólo tiene su origen en una fe sencilla y recia.
La Concepción Inmaculada de María. Nada, en Ella, de indigencia sobrenatural, nunca mancha alguna, jamás alejamiento de Dios; desde el primer instante, la gracia adorna y llena su alma…
Si Dios la introduce en el mundo con esta plenitud de inocencia y de santidad, es que la prevé en la misión a que la destina y la prepara su amor eterno.
La concepción inmaculada es la victoria completa de la Madre de Dios. Será la colaboradora de su Hijo en la destrucción del pecado. Rescatada por El, ha de cooperar a la redención del mundo. Estará siempre junto a El: en la lucha y en el triunfo. María desde el primer momento de su ser, está separada de la multitud de los rescatados; puesta en otro orden; dotada de vida sobrenatural y operante. Su alma es ya jardín de delicias…

II. Hacia la tierra

Al llegar la fiesta de la Inmaculada, la mirada del católico lleva empañada su gozo por un fondo de tristeza. Corren tiempos de mucha irreflexión. Días de craso materialismo. Y nos falta a todos un poco del recto sentido de la CARIDAD CRISTIANA.
Anteponemos, con harta frecuencia, a lo grande, vital y de urgencia, las pequeñeces cotidianas, y luchamos demasiado ensañadamente por cosas deleznables. Curémonos de los excesos y pongamos la marida en la altura, allí donde, limadas las asperezas, convergen los más nobles anhelos de nuestro pensar y de nuestro sentir. No estamos en los tiempos místicos de Lull y de Fray Luis de León, de Calderón y de Lope; aquellos tiempos en que las Universidades de Salamanca, de Alcalá, de Baeza, juraban defender el misterio mariano por antonomasia.
Es verdad que también, ahora, prometemos y juramos… Pero ¡qué débiles son nuestras promesas y qué faltos de consistencia son nuestros mismos juramentos! El viento de cualquier novedad nos arrastra. El dragón del comunismo nos amenaza; y los tentáculos de los diminutos Luteros se van extendiendo…
Abramos el Apocalipsis. El de San Juan, el del Vidente de la isla de Patmos. Allí, veremos para consuelo nuestro, cómo sobre el fondo negro de las abominaciones de la tierra, y de sus desolaciones, aparece la Virgen blanca, salvadora de los horrores y errores de todos los tiempos. La Mujer exenta que venció a Satán.

III. Hacia dentro

¿Cómo está nuestro Corazón? Purifiquemos, en el gran día de nuestra MADRE, las escorias del corazón. Nadie, como la Inmaculada, para volvernos limpios. El misterio de la Purísima Concepción tiene la virtud de depurar las concepciones de la mente humana, después de haber tenido la de eximir de impurezas al único cuerpo virginal exento del original pecado.
María, sublime y sencilla, extraordinaria y corriente, “diosa” y mujer, debe ser el modelo que purifique nuestras intenciones. Que, en la Mama de su amor, se consuman, hoy, nuestras pasioncillas. Con alteza de miras, abramos la senda de la rectitud de intención, el camino de la pureza del ideal. Será el más férvido homenaje a la Inmaculada.

Revista Betania, diciembre de 1957. La Redacción

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Oración

Oh Dios que por la Inmaculada Virgen preparaste digna morada a Tu Hijo, te suplicamos que así como a ella la preservaste de toda mancha en previsión de la muerte del mismo Hijo, nos concedas también que por medio de su intercesión, lleguemos a Tu presencia libres de todo pecado.

Por el mismo Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

Jaculatorias

Bendita sea la Santa e Inmaculada Concepción de la Gloriosa Virgen María, Madre de Dios.
Ave María

Oh María que entraste en el mundo sin mancha de culpa, obtén para mí de Dios la gracia de salir de él sin pecado.
Ave María

Oh Virgen María que nunca estuviste afeada con la mancha del pecado original, ni de ningún pecado actual, yo te encomiendo y confío la pureza de mi corazón.
Ave María

Por tu Inmaculada Concepción, Oh María haz puro mi cuerpo y santa el alma mía.
Ave María

Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que acudimos a Ti.
Ave María

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Imagen 1: “La Inmaculada Concepción”, óleo de Carlo F. Nuvolone

Imagen 2: “La Inmaculada Concepción”, óleo de Fray Juan Sánchez Cotán

Imagen 3: “La Inmaculada Concepción”, óleo de Juan de Miranda

Ya alborea el día (2º domingo de Adviento)

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La liturgia del Adviento, tiempo de anhelante expectación, es un clamor de brazos abiertos que se alza hasta el Cielo en demanda del Redentor. Y aunque el pensamiento dominante de la liturgia es el de conmemorar la primera venida de Nuestro Señor Jesucristo al mundo; no lo hace solamente rememorando el acontecimiento histórico, sino que considera la venida del Señor como un hecho de actualidad, fecundo en gracias y bendiciones sobrenaturales.

Por esto, el Adviento es tiempo de purificarnos y de expurgar el espíritu del mundo; es decir, la disipación de la vida muelle, el pensar y obrar puramente naturales, el no enfocar hacia Dios todas nuestras intenciones, toda nuestra conducta.

Significa el Adviento un decidido apartamiento del pecado: “Ha concluido la noche. Ya alborea el día. Rompamos, pues, con toda obra de tinieblas y empuñemos las armas de la luz. Marchemos honradamente, como a plena luz del día; no en glotonerías y embriagueces, no en envidias y contiendas”.

Es el Adviento tiempo de penitencia, porque en él se espera la venida de Dios; y Dios sólo viene sobre la carne ceñida y castigada. Es inútil esperarle de otro modo. El Bautista Precursor único del Único Salvador, habló con toda claridad a su paso por las riberas del Jordán: “Preparad el camino del Señor… Haced dignos frutos de penitencia”.

Y esta misma voz que clama en el desierto, la repite la Iglesia en estos primeros días del Adviento para recordarnos cómo debemos estar dispuestos y preparados para recibir al Señor, que viene a nosotros por medio de la Gracia.

Así, pues, porque éste es el deseo y el espíritu de la Iglesia, porque es el tono que ha de ser dominante en nuestra Patria, hemos de llevar siempre una vida sobria y austera, con espíritu de penitencia y disciplina, para estar siempre dispuestos a recibir la venida del Señor, a celebrar la Navidad.

A esta norma de vida se ha de añadir la oración y el gozo exultante de la Iglesia: “¡Se acerca la Redención!” “¡Ya llega el día!” “He aquí que viene el Señor!” “¡Una Virgen concebirá!” “¡Lloved, cielos, de arriba, y que las nubes lluevan al Justo!”.

Así, conducidos por la mano de la Iglesia, es el único modo de sentir y de celebrar la alegría de la Navidad.

Revista “Guía”, diciembre de 1940

Beato Carlos de Foucauld, a cien años de su fallecimiento

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«La Eucaristía es Dios con nosotros, es Dios en nosotros, es Dios que se da perennemente a nosotros, para amar, adorar, abrazar y poseer».

Hoy, 1 de diciembre de 2016, se cumplen cien años del fallecimiento de Carlos de Foucauld (Estrasburgo, 15 de septiembre de 1858 – Tamanrasset, 1 de diciembre de 1916), asesinado -de un disparo- por unos milicianos a la entrada de su ermita en Tamanrasset (Sahara argelino). Para conmemorar una fecha tan especial les proponemos un valioso texto por el P. Andrés Molina, que esboza acertadamente la fisionomía espiritual del Hermano Foucauld.

Vivió la Eucaristía

He aquí una figura eucarística fascinante que resplandece con fulgores propios como astro de primera magnitud. Cabalgó entre la segunda mitad del siglo XIX y las dos primeras décadas del pasado siglo XX. Enamorado ardiente de la Eucaristía, murió como él lo había deseado: de rodillas, con su mirada extática sobre la Blanca Hostia, con una entrega incondicional a su «Bienamado Hermano y Señor Jesucristo».

Síntesis biográfica

Nace en Estrasburgo (Francia) el 15 de septiembre de 1858. No ha cumplido los seis años cuando pierde a su madre el 13 de marzo de 1864, y a su padre el 9 de agosto del mismo año. A pesar de los tremendos avatares de su vida, recordará siempre las últimas palabras de su progenitora en el lecho de muerte: «¡Dios mío, hágase tu voluntad y no la mía!». Su educación es confiada al abuelo materno, el coronel Mollet, hombre piadoso, enamorado de la literatura y de la arqueología, pero incapaz de responder a las inteligentes preguntas de su inteligente nieto, alumno aventajado del Liceo de Nacy. A los quince años comienzan las dudas de fe hasta perderla progresivamente del todo en 1873. Se trató de una pérdida real de la primera virtud teologal y escribe así a un íntimo amigo: «Durante doce años he vivido sin fe alguna». Descreído, vivió su juventud en completo abandono moral: «Yo vivía -escribirá más tarde- como puede vivirse cuando se ha extinguido la última chispa de fe». En 1876 ingresa en la Academia Militar de Sant-Cyr, estimulado por el ejemplo de su abuelo y deseoso de gloria humana. Nombrado subteniente pasa a la Escuela de Caballería de Saumur, pero vive entregado a toda clase de frivolidades.

En una inspección de 1879 escucha este triste informe: «No tiene en grado suficiente el sentimiento del deber». Participa en una campaña militar de Argelia, y cesa en 1881 por indisciplina y mala conducta. Carlos de Foucauld está totalmente descentrado, con viva conciencia de su desesperado ateísmo, pero su espíritu inquieto descubre entre lejanas brumas la luz relampagueante de Dios que le asedia, preparando la aurora de su conversión. Porque dentro de las espesas tinieblas en que se debate, no puede olvidar el testimonio religioso del mundo musulmán de Argelia y Marruecos, como una viva llamada a resucitar su fe.

Llega así el año decisivo de 1886 en que se instala en París muy cerca de la Iglesia de Saint-Agustin. Comienza a leer las «Elevaciones sobre los misterios» de Bossuet, regalo familiar de su Primera Comunión. Se pasa las horas repitiendo, en busca de un rayo de luz, esta corta oración: «Dios mío, si existís, haced que yo os conozca». Por fin el 30 de octubre del mismo año confiesa y comulga. Su retorno a Dios es tan firme como definitivo: «Apenas creí que había Dios, comprendí que sólo podía vivir para Él». Tenía entonces 28 años y se muestra íntimamente convencido de que su conversión ha sido un milagro exclusivo de Dios misericordioso. Su itinerario espiritual a partir de esta crucial experiencia del encuentro con Dios, es rectilíneo. Brujulea, pero es sólo buscando cómo podrá vivir con más plenitud su entrega, es decir, en qué estado podrá servir con mayor perfección a Jesucristo. Comienza para él una etapa difícil. Se formula acuciantes interrogaciones en la búsqueda exacta de la voluntad de Dios. Lee y medita sin cesar la vida de Jesús: «El evangelio me hizo ver que el primer mandamiento es amar a Dios con todo el corazón, y que todo ha de encerrarse en el amor cuyo primer efecto es la imitación».

Intenta realizar su vocación con los trapenses en Notre Dame des Neiges, y seguidamente en Akbés (Siria). Viene después su vocación sacerdotal y sus estudios teológicos en Roma. Abandona la Trapa y marcha a Tierra Santa para vivir como ermitaño en Nazaret. No le interesa tanto vestir el hábito en una determinada orden religiosa, cuanto vivir con total fidelidad el auténtico espíritu contemplativo en la más completa pobreza y total desprendimiento. Después de un trienio en Tierra Santa regresa a Francia y el 9 de junio de 1901 se ordena sacerdote en Viviers, a los 43 años. Pasa a Marruecos para preparar su evangelización y celebra su Primera Misa en Beni Abbés preparándose para fundar su Primera Fraternidad y acogiendo a pobres y enfermos. Es para todos el «Hermanito Universal». Redacta unas «Reglas» para los que deseen compartir con él su vida abnegada. Después de cinco años se traslada a Tananrasset donde permanece los diez últimos años de su existencia como un contemplativo del desierto y como humilde servidor de cuantos acuden a él. Su vida se ha convertido en un aparente fracaso. Pero antes de su muerte lanza este grito desde la cruz de su calvario interior: «Diez años llevo diciendo la Misa en Tananrasset y no puedo contar ni un solo convertido».

El 1 de diciembre de 1916 muere en la heroica soledad de verdadero adorador eremita, sin ningún compañero ni discípulo, víctima de una emboscada asesina, al ser confundido por un espía. Ese mismo día había escrito en su Diario Espiritual: «Se siente que se sufre, pero no siempre se siente que se ama y esto es un grave sufrimiento más». Quince años después de su muerte, sepultado en el surco como fecundo grano de trigo, surgieron los «Hermanitos de Jesús» hoy presentes en todo el mundo católico como herederos espirituales del P. Carlos Foucauld. El sueño del Hermano Carlos quedaba cumplido de manera póstuma y «el páramo se volvía un vergel» (Isaías 32,15).

Disponibilidad sin condiciones

La mayor parte de su vida en el desierto se la pasó adorando la Sagrada Eucaristía en una modestísima tienda de campaña. Todos sus Escritos están inspirados a la sombra de la pequeña Custodia y de su pobrísimo Sagrario. Todo lo que salió de su pluma está transido por una autenticidad evangélica que contagia. Era de veras un alma que amaba apasionadamente a Cristo buscando como única obsesión el mejor modo de imitarle. A esta única meta encaminó todos sus esfuerzos durante los treinta años que transcurrieron desde su conversión (1886) hasta su muerte (1916). El esquema de su sencilla y a la vez profunda espiritualidad cabe en pocas frases: imitar la pobreza de Jesús, fidelidad al «Amado oculto», sentimiento de la adoración, sacerdocio reparador en el desierto de las bienaventuranzas. Entre sus Meditaciones destaca una plegaria programática que podemos calificar como la oración de la disponibilidad sin condiciones. Su texto es muy conocido y muchas personas lo recitan para ofrecerse al Señor en lo más duro y exigente de la vida cristiana:
«Padre: Me pongo en tus manos. Haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal de que su voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Padre. Te confío mi alma, te la doy con todo el amor de que soy capaz, porque te amo y necesito darme, ponerme en tus manos sin medida, con infinita confianza, porque Tú eres mi Padre».

Carlos de Foucauld deseaba que se leyeran a menudo las vidas de los santos y hombres de Dios porque las consideraba como una especie de comentario al Evangelio. Su divisa era bien sencilla: «Amor, amor, bondad, bondad». A cada cristiano se le pide imitar en su estado el «Fiat» de María ante los misteriosos caminos de Dios a quien no podemos exigir cuentas de lo que manda, dispone y permite». Por ello es imprescindible un profundo sentido providencialista convencidos de que Dios todo lo dispone con número, peso y medida, puesto que su providencia se extiende poderosa del uno al otro confín y lo gobierna todo con exquisita suavidad (Sab 8,10 y 11,21). El ideal de este «Hermanito Universal» se sintetiza así: «Leer y releer continuamente el Santo Evangelio, para tener siempre ante el espíritu, los actos, las palabras, las ideas de Jesús a fin de pensar, hablar y obrar como Él».

Apasionado adorador: Textos Eucarísticos

1. Vos estáis ahí, mi Señor Jesús, ¡En la Sagrada Eucaristía! ¡Vos estáis ahí, a un metro de mí, en el Sagrario! ¡Vuestro cuerpo, vuestra alma, vuestra humanidad, todo vuestro ser está ahí con su doble naturaleza! ¡Qué cerca estáis Dios mío! Dígnate darme ese sentimiento de tu presencia en mí y en torno a mí y ese amor temeroso que se siente en presencia de aquel a quien se ama apasionadamente y que nos hace quedarnos ante la persona amada sin poder apartar los ojos de ella con un gran deseo de hacer cuanto le agrada, con un gran temor de hacer, decir o pensar cualquier cosa que le disguste.

2. La Sagrada Eucaristía es Jesús, todo Jesús. Todo el resto no es sino una criatura muerta. En la Sagrada Eucaristía, vos estáis todo entero, totalmente vivo, mi bienamado Jesús, tan plenamente como estabais en casa de la Sagrada Familia de Nazaret, en casa de Magdalena en Betania, como estabais en medio de vuestros Apóstoles. ¡No estemos jamás fuera de la presencia de la Sagrada Eucaristía ni uno solo de los instantes que Jesús nos permita estar junto a ella!

3. Corazón Sagrado de Jesús, gracias por el don eterno de la Sagrada Eucaristía: gracias por estar de esta manera siempre con nosotros, siempre bajo nuestro techo, siempre ante nuestros ojos, cada día en nosotros. ¡Gracias por daros, entregaros, abandonaros así, todo entero a nosotros! El medio mejor y más sencillo de unirnos al Corazón de Jesucristo, es hacer, decir y pensar todo con Él y como Él, manteniéndose en su presencia e imitándole. En todo lo que hagamos, digamos, pensemos, decirnos: Jesús me ve, veía este instante durante su vida mortal: ¿cómo actuaba, hablaba, pensaba Él? ¿Qué haría, diría, pensaría en mi lugar? Mirarle e imitarle. Jesús mismo indicó a sus Apóstoles este método tan sencillo de unión con Él.

4. La Eucaristía no es solamente la comunión, el beso de Jesús, el matrimonio con Jesús: es también el Sagrario y la Custodia, Jesús presente en nuestros altares «todos los días hasta la consumación de los siglos», verdadero Enmanuel, verdadero Dios-con-nosotros, expuesto a cualquier hora, en todos los lugares de la tierra, a nuestras miradas, a nuestra adoración, a nuestro amor, y transformando por esta presencia perpetua la noche de nuestra vida en una iluminación deliciosa. La Eucaristía es Dios con nosotros, es Dios en nosotros, es Dios dándosenos perpetuamente para amar, adorar, abrazar y poseer. A Él la gloria, alabanza, honor y bendición por los siglos de los siglos. Amén.

Sean suficientes los brevísimos textos citados para valorar la gigantesca talla eucarística del P. Carlos Foucauld que leía siempre los Evangelios arrodillado junto al Santísimo Sacramento. Insistía mucho en esta práctica y escribía: «Hay que intentar impregnarse del espíritu de Jesús, leyendo y releyendo, meditando y remeditando sin cesar sus palabras y ejemplos. Que hagan en nuestras almas como la gota de agua que cae una y otra vez sobre una losa, siempre en el mismo lugar».

Hemos de educar y alimentar sólidamente nuestra piedad eucarística haciéndola cada día más evangélica y testimonial. En Jesús Eucaristía poseemos todos los tesoros y en ocasiones solemos olvidarlo. Que el heroico Carlos de Foucauld -próximo a ser beatificado¹– nos ayude con su ejemplo e intercesión a vivir con plenitud nuestra inapreciable vocación eucarística.

Andrés Molina Prieto, Pbro. “La Lámpara del Santuario”, nº5 (2002)

¹ Carlos de Foucauld fue beatificado el 13 de noviembre de 2005 por Su Santidad Benedicto XVI.

La Oración de Abandono (Beato Carlos de Foucauld)

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Padre mío:
Me abandono a Ti.
Haz de mí lo que quieras.
Sea lo que sea, te doy las gracias.
Estoy dispuesto a todo.
Lo acepto todo,
con tal que Tu voluntad se realice en mí
y en todas tus criaturas.
No deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi vida en Tus manos.
Te la doy, Dios mío,
con todo el amor de mi corazón,
porque te amo,
y porque para mí amarte es darme,
entregarme en Tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque Tú eres mi Padre.

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Familia espiritual de Charles de Foucauld

Vi a la Santísima Virgen

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Vi a la Santísima Virgen

Noviembre de 1830. Sor Catalina Labouré, la humilde aldeanita de las landas francesas, sigue en el Seminario de las Hijas de la Caridad, en París. Sus ojos han visto ya a la Reina de los Cielos. Pero aún no ha llegado la misión anunciada por la Virgen. La hermanita espera siempre; y llega el 27 de noviembre, un sábado, víspera del primer domingo de Adviento.

Las cinco y media. La Comunidad en pleno, a los pies de la Virgen Inmaculada, hace la oración de la tarde.

Y de pronto…

“Creí oír un roce de un vestido de seda, y vi a la Santísima Virgen. De mediana estatura, su rostro era tan bello, que no podría describirlo. Estaba de pie y llevaba un vestido blanco.”

La Santa describe la figura bellísima de la Virgen; y luego…

“Sus pies descansaban sobre un globo, del que yo veía sólo la mitad. Sus manos, elevadas a la altura del pecho, sostenían otro globo más pequeño figura del universo. Tenía los ojos elevados al cielo, y su figura se iluminó cuando lo ofrecía a Nuestro Señor.”

Los rayos de luz la envuelven en una claridad tal, que ya no se ven ni sus pies ni su vestido.

“Mientras la contemplaba, la Virgen bajó los ojos y me miró; y una voz me decía en el fondo del corazón:

-Este globo representa el mundo entero, particularmente Francia y cada persona en particular.

Y luego añadió:

-He aquí el símbolo de las gracias que doy a aquellos que me las piden.”

Así comprendió la Santa qué generosa es la Virgen con los que acuden a Ella.

Después se formó en torno a la figura de la Virgen un óvalo sobre el que puede leerse, en letras de oro:

“¡Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a vos!”

Las manos de María, cargadas de gracias, se bajan y se extienden en una actitud de entrega, la misma actitud que vemos en la medalla.

Medalla MilagrosaY oye decir:

“Haz acuñar una medalla según este modelo; los que la lleven con piedad recibirán grandes gracias, sobre todo llevándola del cuello; las gracias correrán abundantes de mis manos para aquellos que confíen en mí.”

Luego el óvalo parece dar la vuelta: Aparece entonces una gran “M” coronada por una cruz; y a su pie los corazones de Jesús y de María –juntos siempre-. Una corona de espinas rodea al primero; una espada atraviesa el corazón de María.

Sor Paz Cortés. Madrid

(Del manuscrito de Santa Catalina Labouré)

ORACIÓN DE JUAN PABLO II

Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte Amén.

Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Vos. Ésta es la oración que tú inspiraste, oh María, a santa Catalina Labouré, y esta invocación, grabada en la medalla la llevan y pronuncian ahora muchos fieles por el mundo entero. ¡Bendita tú entre todas las mujeres! ¡Bienaventurada tú que has creído! ¡El Poderoso ha hecho maravillas en ti! ¡La maravilla de tu maternidad divina! Y con vistas a ésta, ¡la maravilla de tu Inmaculada Concepción! ¡La maravilla de tu fiat! ¡Has sido asociada tan íntimamente a toda la obra de nuestra redención, has sido asociada a la cruz de nuestro Salvador!

Tu corazón fue traspasado junto con su Corazón. Y ahora, en la gloria de tu Hijo, no cesas de interceder por nosotros, pobres pecadores. Velas sobre la Iglesia de la que eres Madre. Velas sobre cada uno de tus hijos. Obtienes de Dios para nosotros todas esas gracias que simbolizan los rayos de luz que irradian de tus manos abiertas. Con la única condición de que nos atrevemos a pedírtelas, de que nos acerquemos a ti con la confianza, osadía y sencillez de un niño. Y precisamente así nos encaminas sin cesar a tu Divino Hijo.

Te consagramos nuestras fuerzas y disponibilidad para estar al servicio del designio de salvación actuado por tu Hijo. Te pedimos que por medio del Espíritu Santo la fe se arraigue y consolide en todo el pueblo cristiano, que la comunión supere todos los gérmenes de división que la esperanza cobre nueva vida en los que están desalentados. Te pedimos por los que padecen pruebas particulares, físicas o morales, por los que están tentados de infidelidad, por los que son zarandeados por la duda de un clima de incredulidad, y también por los que padecen persecución a causa de su fe.

Te confiamos el apostolado de los laicos, el ministerio de los sacerdotes, el testimonio de las religiosas.

Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

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La Medalla Milagrosa: Escudo de armas de María

La historia de Santa Catalina Labouré

Jesucristo Rey, Nuestro Señor

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El trono tuyo, oh Dios, permanece por los siglos de los siglos; el cetro de tu reino es cetro de rectitud (Palm. 44,7.)

¡Cristo Rey, venga a nosotros tu reino!: Cristo en todas las almas y en el mundo la paz; Cristo Rey en cada corazón, y en la Sociedad su amor, pureza y caridad…La Iglesia instituye esta festividad que celebra el reinado Social de Cristo unido al Imperio de su Sacratísimo Corazón, reafirmando su mandato supremo entre todas las cosas creadas. Toda la realidad de la presencia de Jesús tiende al establecimiento de su Reino como testimonio de esperanza imperecedera. Por consiguiente, levantemos muy alta la voz para proclamar con júbilo: “¡Viva Cristo Rey para que reine en nuestras vidas, para que viva íntimamente dentro de cada alma!”.

JESUCRISTO REY

Damos justísimamente a Jesucristo Nuestro Señor todos los nombres que en nuestro pobre idioma envuelven conceptos de autoridad, grandeza y dominio por parte de Dios, y dependencia, sujeción y vasallaje por parte del hombre.

Mas, el concepto que más gráficamente expresa la suma de sus atribuciones soberanas es el de Rey, por lo mismo que ninguna autoridad en la tierra nos impone tanto como la del monarca con el prestigio y la majestad del poder más absoluto. Por eso se encuentra este nombre repetido en cada página de los Libros Santos y aplicado proféticamente al Mesías; por eso, cual Rey le anuncian los vates y le esperan los pueblos, por el Rey preguntan los Magos; por el Rey lo aclaman en el desierto y en Jerusalén las turbas; por el delito de llamarse Rey le entregan sus enemigos y le condena Pilatos, bien que este cobarde Presidente no puede ni quiere impedir que se lea este título de realeza sobre el trono glorioso de la Cruz, en que triunfalmente sea pronunciado por los ángeles al penetrar en su palacio el Rey de la gloria.

Esta credencial de legítima soberanía de Cristo está basada en el triple y legal título de la herencia, de la conquista y del sufragio universal de la humanidad, que hace veinte siglos desfila humillándose bajo su cetro. De la herencia, cuando la voz del Padre, al coronar a su Verbo consubstancial, le dice: PÍDEME Y YO TE CONCEDERÉ TODAS LAS NACIONES POR HERENCIA Y EN POSESIÓN, TODOS LOS TÉRMINOS DE LA TIERRA; exclamando entonces el Unigénito: HE SIDO CONSTITUIDO REY SOBRE LA MONTAÑA SANTA DE SION. Por conquista lo fue desde el punto en que, librando al mundo de la cautividad del infierno y clavando en la Cruz la cédula de nuestro rescate, apareció coronado de espinas y sentado en el trono de la Cruz, oyéndose una voz al través de los siglos que dice: ANUNCIAD A LAS NACIONES QUE DIOS REINA DESDE UN MADERO. Finalmente lo fue por aclamación del universo, que viene colocando todo, desde lo más grande hasta lo más pequeño que en la tierra existe, bajo el signo dominador de la Cruz; desde las diademas que orlan las sienes de los reyes en su mayor esplendor, hasta las yertas manos del cadáver; desde la cúpula soberbia de una maravilla del arte, hasta la humilde espadaña del ruinoso santuario; viene marcando con este signo de vasallaje lo mismo la frente de los príncipes en su consagración que la del niño en su nacimiento. Viene siendo aclamado como Dios con tanta verdad por los que le confiesan en el Calvario como por los qué aterrados descienden de él perseguidos del remordimiento; por los sabios que le bendicen como por las blasfemias y odio de los que le maldicen; e impone finalmente el yugo irresistible de su ley, no menos a las conciencias recalcitrantes que en vano trabajan por sacudirle, que a las almas sumisas que le llevan con alegría.

Cristo, pues, vence, reina, impera en el universo: y no como un lejano monarca a cuyos oídos no llegan los ruegos y acciones de su pueblo, sino como soberano que ha sabido cumplir su promesa de estar realmente con nosotros hasta la consumación de los siglos. Desde que descendió a la tierra, en la tierra ha querido estar; y, si momentáneamente subió a su Padre para recibir la corona de este reino, en expresión suya y por solemne promesa, fue para iniciar un reinado que no tendrá fin. De este reinado es el solio el ara sacrosanta de nuestros templos.

Desde ese momento reina Cristo en la tierra, no ya solamente por los títulos enumerados, sino por venir, hace mil novecientos cuarenta años desempeñando las funciones de su soberanía, rigiendo las almas, gobernando las acciones humanas, alimentando las virtudes, imperando en la Naturaleza, y recibiendo pleito homenaje de la familia, de la sociedad y de la Iglesia, que agradecidas, le aclaman en la Eucaristía por su Rey y Señor. No es ya su trono el tronante Sinaí sembrando el terror en el pueblo que no quiere que su Dios le hable; ni siquiera el Tabor anonadando con sus resplandores a los testigos de la transfiguración, sino que la fe nos lo muestra sentado tranquilamente en un cenáculo de amor, en medio de sus hijos y dirigiéndoles con cariñoso acento aquéllas tan dulces expresiones: TOMAD Y COMED: ESTE ES MI CUERPO.

Javier Riquelme

Del Apostolado de la Oración
Santa Cruz de Tenerife, Octubre de 1940.
(Revista Criterio)

A CRISTO REY

Eres Hijo de Dios, y su Realeza
la tienes en tu Vida eternizada.
Eres Hijo del Hombre, y heredada
llevas del Rey David la real nobleza.

Eres el Redentor en el que empieza
el Reino de la Cruz, por Ti trocada
de patíbulo en trono, y exaltada
en trofeo imperial de tu grandeza.

Tres veces eres Rey. Señor, no en vano
tienes pendiente el mundo de tu mano
y no hay poder que a tu Poder resista.

Tres veces eres Rey; te las mereces.
¡Oh, Cristo, mi Señor! reinas tres veces
por Esencia, por Sangre y por Conquista.

                              Rafael Sanz De Diego

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CONSAGRACIÓN DEL GÉNERO HUMANO A CRISTO REY 

¡Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano! Míranos humildemente postrados delante de tu altar; tuyos somos y tuyos queremos ser; y a fin de vivir más estrechamente unidos a Ti, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a tu Sacratísimo Corazón.

Muchos, por desgracia, jamás te han conocido; muchos, despreciado tus mandamientos, te han desechado. ¡Oh Jesús benignísimo!, compadécete de los unos y de los otros, y atráelos a todos a tu Corazón Santísimo.

Señor, sé Rey, no sólo de los hijos fieles que jamás se han alejado de Ti, sino también de los pródigos que te han abandonado; haz que vuelvan pronto a la casa paterna porque no perezcan de hambre y de miseria.

Sé Rey de aquellos que, por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de Ti; devuélvelos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que en breve se forme un solo rebaño bajo un solo Pastor.

Concede, ¡oh Señor!, incolumidad y libertad segura a tu Iglesia; otorga a todos los pueblos la tranquilidad en el orden, haz que del uno al otro confín de la tierra no resuene sino esta voz: ¡Alabado sea el Corazón divino, causa de nuestra salud! A Él entonen cánticos de honor y de gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Traslado Extraordinario del Santísimo Cristo del Perdón de La Orotava

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Hermosa confluencia al conmemorar el XXV Aniversario de la fundación de nuestra Hermandad la que se nos va a regalar en este mes de noviembre. La celebración de la Solemnidad de Cristo Rey, a quien nosotros invocamos con el sugerente título de “Señor del Perdón” y la clausura del Jubileo extraordinario de la Misericordia, que el Papa Francisco cerrará ese mismo día de Cristo Rey.

Sin lugar a duda el Señor nos habla a través de los acontecimientos y nos interpela en esta singular efemérides que nos va a congregar desde la fe. Nos llama a preguntarnos si vivimos o no como verdaderos discípulos suyos; si hemos experimentado su misericordia a lo largo de este años jubilar que concluye; si hemos hecho nuestra la experiencia del perdón que nos regala; si nos hemos hecho mejores testigos de su misericordia para con los hermanos.

Celebramos, con el corazón lleno de agradecimiento, el XXV Aniversario de la Hermandad de Stmo. Cristo del Perdón y Ntra. Sra. de Gracia; y es el mismo Señor, al que María nos conducía el pasado mes de septiembre, el que nos invita a que le acojamos estos días en nuestro corazón. Nos llama a hacerle sitio en nuestra vida pero no como a uno más, para un rato, por interés o porque toca… nos llama a vivir su perdón y experimentarlo en nuestro interior por medio del Sacramento del Perdón, de la reconciliación con Dios y con los hermanos. Nos da la oportunidad de replantear la puesta en práctica de las obras de misericordia, las corporales y las espirituales; pues en cada uno de éstos, “mis pequeños hermanos” está presente Dios mismo.

Es bueno que Cristo, a quien proclamamos Rey y Señor de nuestra vidas nos recuerde que su presencia viva, cercana en el Sacramento del Altar, se hace también visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga…para que lo reconozcamos, nos acerquemos, lo acojamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado. Como “sus heridas nos curaron” nos dice el Profeta Isaías, asistamos y curemos ahora sus heridas, en los “cristos vivos” que tenemos a nuestro lado pues, en definitiva, “al final de la vida nos examinarán del amor”.

Hagamos de la celebración del 25º Aniversario de nuestra Hermandad del Señor del Perdón un signo de compromiso y de amor hacia Él, Rey de nuestras vidas, propiciando nuestro encuentro con su presencia en los sacramentos y en los hermanos, especialmente “con los pequeños y más vulnerables”.

Óscar L. Guerra Pérez (Párroco de Nuestra Señora de La Concepción, La Orotava)

Actos Religiosos

Debido a la clausura del Año Jubilar de la Misericordia en nuestra diócesis, la realización de nuestros cultos se trasladará al día 19 de noviembre, sábado, con una novedad muy importante y de mucha trascendencia, significado y emotividad para todos. Nuestro Titular saldrá en traslado extraordinario el jueves 17 de noviembre, desde el templo de San Agustín, una vez concluida la celebración de la Eucaristía, de las 19.30 horas, hasta la Parroquia Matriz de la Concepción en clave de peregrinación y meditación sobre el tema “El Cristo del Perdón como obra de Misericordia” entrando en la Puerta Santa, para que los miembros de la Hermandad tengan la oportunidad de acceder a las gracias jubilares en el Año de la Misericordia. A su llegada se realizará una celebración comunitaria del Perdón. En este traslado del jueves sólo es necesario asistir con la medalla de la Hermandad. La presencia de todos es importante. El sábado 19, a las 19.30 horas, se celebrará en dicha parroquia de La Concepción la misa solemne de nuestro Titular, correspondiente a la festividad de Cristo Rey, cantada por la Coral Liceo de Taoro. Es deseo de esta Junta que a la misma asistan junto a nuestro Párroco y Director Espiritual, como invitados especiales, D. Mauricio González (Vicario General en 1991) y D. Jacinto Barrios (Párroco de la Concepción en 1991), año de nuestra fundación. Dentro de la función religiosa se procederá al relevo del Hermano Mayor-Honorario. Para la función religiosa de este día sábado 19 se asistirá con el hábito de la Hermandad. Una vez terminada, el Cristo retornará en procesión al templo de San Agustín.

Domingo día 20, a las 18.00 horas, solemnidad de Cristo Rey, celebración de la misa dominical en la iglesia de San Agustín.

(Queremos solicitar encarecidamente la presencia de todas nuestras hermanas y hermanos a todos los actos programados, en especial a las funciones religiosas en honor a nuestro Titular, para agradecer mediante la oración, el perdón y la gracia, los favores que recibimos de Dios y su Santísima Madre)

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Enlace: Santísimo Cristo del Perdón de La Orotava

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: San Martín de Porres

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“Tomando Jesús la palabra, dijo: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y se las has revelado al pequeño”. (Mt 11,25-30)

En el Perú celebramos hoy la solemnidad de San Martín de Porres.
Todos le conocemos como:
El Santo de la escoba.
El que unió perro, gato y pericote comiendo amistosamente en el mismo plato.
El Santo barbero.
Todo eso puede ser una realidad.
Pero el mejor título que se le ha dado es:
“Hermano Martín de la caridad”.
“El portero de lo pobres”.

En el Perú leeremos el Evangelio de Mateo 11,25-30.
“Dios se revela a los sencillos”.
“Los sencillos se abren a la palabra de Dios”.
En la Iglesia universal leemos Lc 14,12-14.
Ambos revelan y manifiestan la espiritualidad de Martín.

Porque Martín fue:
de esas almas sencillas siempre abiertas a las llamadas de Dios.
el enamorado del amor de Dios que se revelaba y manifestaba en él.
Pero también el enamorado de los pobres, lisiados, cojos y ciegos.
El enamorado del servicio a todos los necesitados.
La portería del Convento dominico estaba siempre lleno de pobres, indigentes y necesitados.

Martín fue el Evangelio de los pobres que todos podían leer.
Más que un Evangelio escrito en el papel, fue un evangelio escrito en la vida.
Juan XXIII que lo canonizó, lo llamó en su homilía “Martín de la caridad”.
Yo le llamaría “Evangelio vivo”.
O si prefieren, “el Santo de las preferencias de Dios”.
El Santo de los sencillos siempre abiertos al amor de Dios.
El Santo de los pobres, preferidos por Dios.
Que da de comer a los pobres.
Que sirve y atiende a los que sufren.
Que invita no a los que no pueden retribuirle.

Es posible que más de uno se molestase al ver tanto pobre tocando a la puerta del Convento.
Y hasta es posible que recibiese más de una reprimenda, por la mala impresión que daba la portería.
Pero los sencillos y los enamorados de Dios se fijan poco en la estética de la puerta.
Más bien viven la alegría de descubrir el rostro de Jesús escrito en la puerta.

Es que los santos piensan, ven y siente de otra manera.
No invitar a quien puede invitarte.
Sino vivir del amor de la gratuidad.

Pese a que han pasado tantos siglos también Jesús puede orar al Padre:
“Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños”.
“Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos, dichoso tú, porque no pueden pagarte”.

Es posible que en el Convento dominico hubiese grandes intelectuales.
Pero solo nos ha quedado la memoria del “del santo del amor y de los pobres”.
Es posible que aquellas ideas se las haya llevado el viento.
Pero la sencillez con los sencillos, sigue teniendo actualidad.
¿Acaso el problema de hoy y el testimonio más claro del Evangelio no es entregarnos al servicio de los pobres?

P. Clemente Sobrado, C.P. (3 de noviembre de 2016)

Fuente: mensajesalosamigos.wordpress.com

Fray Martín de Porres, religioso dominico

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Se cumple este año el 800 aniversario del acto fundacional de la Orden de Predicadores (Bula “Religiosam Vitam” del Papa Honorio III, de 22 de diciembre de 1216). Una Orden que sigue muy viva gracias a mujeres y hombres que han encarnado perfectamente el proyecto de Santo Domingo de Guzmán; donde la palabra de Dios ha formado y seguirá formando parte de sus vidas y actos.

La Orden ofreció a Martín, y como a tantos otros, el camino seguro en donde forjar su gran espiritualidad. Fray Martín de Porres supo equilibrar, dentro de los dominicos, una vida de oración y contemplación con su trabajo en beneficio de la comunidad y del prójimo. Humilde y caritativo como buen hijo de Santo Domingo, era un hombre del pueblo y para Dios. Siempre venció su dulce corazón en su vocación. También como buen dominico, Martín confió sus inquietudes y afanes a la virgen del Rosario, de la que era muy devoto; además, vivió y transmitió el Rosario como herencia y compromiso (“en la Orden Dominica va estampado el rosario cual sello de realeza”).

Nuestro amigo entró como terciario dominico (en aquel entonces, donado) en el convento de Nuestra Señora del Rosario de Lima: entregándose en cuerpo y alma a la oración y a la caridad, a la pobreza y a la humildad, a la penitencia interior y a las penitencias. Igualmente, con su carácter alegre, sencillo y servicial, pronto se gana el cariño de todos en su afán innato de ser un buen hermano -en su sentido más amplio- dentro de la Orden de Predicadores. En este sentido, deseaba y procuraba el bienestar de los novicios, a los que ayudaba a integrarse en sus deberes. Lejos de crear corriente mística o teóloga alguna es bien cierto que con su testimonio de vida cumplió con el sentir dominico: alababa constantemente al Señor, bendecía todo aquello que formaba parte de su vida (personas y situaciones) y predicaba fiel al ejemplo. Este fue su gran testimonio y su mejor apostolado. Por ello, Fray Martín es todo un símbolo universal: de humildad, caridad y cordialidad.

un amigo

Prefiero estar a la puerta de la casa de mi Dios que vivir en las mansiones de la maldad; prefiero dedicarme a barrer tu templo que convivir con los malvados.

«Si  te conformaras con ser un simple donado…No pronunciarás votos, pero te será permitido vestir parte del hábito: una túnica blanca y un escapulario negro. Un poco más adelante, claro…»

A Martín le pareció que el cielo se abría ante él. ¿Qué importaba el hábito, el lugar o el tratamiento, si podía estar en la casa de Dios y servirle fielmente, aunque ocupara el último lugar? Y así lo dijo:

 – ¿Es el donado el último puesto?

– Sí –afirmó el Superior-, el último.

– ¿Menos que portero?

– Sí, menos que portero.

Entonces…-balbució emocionado Martín-, gracias, señor. No creí merecer tan alto honor.

Así fue como el mulato Martín de Porres, el hijo del hidalgo español, entró en el convento dominico de Santo Domingo de Lima.

Desde este momento su vida fue una donación total, una entrega perfecta, al servicio de Dios…

smp dominicoLlevaba ya nueve años viviendo con fidelidad en el convento y es cuando sus superiores le invitan a dar el siguiente paso, el de profesión de votos religiosos, que acepta con júbilo. Había dado excelentes pruebas de laboriosidad y virtud. Había crecido en piedad y en armonía con los hermanos…Y aquel 2 de junio de 1603 pasaba de donado perpetuo a ser -ahora sí- Fray Martín de Porres, hermano dominico. Aquel día él hacía una nueva donación de su vida a Dios y a los hermanos. Un justo premio a una vida dedicada a la oración y al trabajo continuo:

Después de haber implorado la misericordia de Dios y de la Orden, Martín hizo su profesión solemne, prometiendo obedecer hasta la muerte a Dios, a la bienaventurada Virgen María, al Padre Santo Domingo y a los superiores de la Orden, según la regla de San Agustín y las Constituciones de los Frailes Predicadores.

Siempre estaba disponible para hacer el bien, y todos acudían a él. Ya no sólo empuñaba la escoba y el plumero y repiqueteaba las campanas. También tenía que manejar brochas, navajas, peines y tijeras. Había unos 200 frailes en la comunidad de Lima y todos buscaban a Fray Martín como barbero, peluquero o enfermero…

Al profesar le entregaron un nuevo servicio: ser enfermero. ¡Qué felicidad tener como enfermero a un santo! Sus biógrafos nos dicen que él llamaba a los enfermos “mis amos”, y han dejado descritos en muchas páginas los detalles de su caridad para atender como una madre a cuantos necesitaran de él… ¡y cómo corría solícito a su servicio! Sus curas resultaban tan eficaces para el cuerpo como para el alma. Fray Martín buscaba el remedio con inefable naturalidad en la oración.

Hasta llegado el momento en que vistió de otra luz y emprendió la partida hacia el cielo; con  los ojos cerrados y el corazón abierto. Ya todo lo había ganado con su corazoncito dominico. En la Orden Dominicana se redactó así su recuerdo:

– “Murió Fray Martín, hermano de admirable virtud y santidad…Abría su mano cada día al indigente y la extendía al necesitado. Brilló su caridad en la asistencia a los hermanos enfermos…Sirvió de ejemplo a toda la ciudad de Lima por su santidad y ejemplar vida. A una existencia tan prodigiosa correspondió una muerte dichosísima, habiendo acudido a sus exequias gran multitud del pueblo, disputándose el besar sus manos y sus pies, con gran reverencia, tanto en el clero como los simples fieles…”.

orden de predicadores

Oración

Bienaventurado San Martín, que desde tus primeros años aprendiste a andar por los caminos del Señor, firme siempre en tu fe, celoso de tu gloria y de la salvación de los hombres.

En la práctica de las virtudes supiste ganarte la admiración de todos, de los de dentro de la Orden y también de los de fuera. Por eso te propuso ser admitido a la profesión religiosa y a través de ella le diste un si generoso y absoluto a tu Dios.

Alcánzanos que sepamos vivir esa misma fe y sus consecuencias con total entrega. Queremos vivir nuestra fe con ejemplar fidelidad, sabiendo dar testimonios atrayentes desde nuestros puestos.

Que como tú, glorioso Fray Martín, derramemos la bondad de Dios con sonrisas y palabras amistosas, y con nuestros trabajos y alegría llenemos de felicidad nuestro alrededor.

Lo suplicamos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

(Oración de la “Novena a San Martín de Porres”, de Fray Ángel García de Pesquera, Capuchino).

las florecillas de fray martín

Santo de los pobres, Martín de Porres

Santo de los pobres, Martín de Porres,
fraile dominico, hermano cooperador,
cuidas del enfermo y del más necesitado,
vives confiado, como amigo de Dios.

Estribillo:
Martín de la caridad, reflejo del Padre bueno,
enséñanos la humildad,
camino que lleva al cielo.
Martín de la caridad,
predicas con el ejemplo,
que amar a Dios, para ti,
es el pobre y el enfermo.

Santo de los pobres, Martín de Porres,
tienes la alegría del hombre de oración,
bebes en la fuente de la Eucaristía,
eres fiel devoto de la Pasión del Señor.

Estribillo…

Padre de los pobres, Martín de Porres,
siembras esperanza, en quien sufre por amor,
gloria y alabanza, a ti siempre sean dadas,
sé, para nosotros, ante Dios, intercesor.

Estribillo…

Vicente Muñoz Esteban. Canciones para el Jubileo 800 de la Orden de Predicadores

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jubileo dominico

Jubileo Logo

Enlace: Jubileo 1216-2016. Orden de Predicadores

Festividad de San Martín de Porres: Fray Martín, el “enfermero” de almas

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La oración es necesaria para el alma porque nos pone en contacto con Dios y sirve verdaderamente para el entendimiento de los hombres.

Martín era un ángel para los enfermos, a pesar de que los tenía muy difíciles y poco agradecidos, a él poco le importaban las ingratitudes de los demás; los trataba como al mismo Jesús, muchas veces de rodillas, en señal de respeto y humildad, curando sus cuerpos maltrechos. Lo hacía con tanta dulzura y con tanto amor que ganaba, finalmente, sus corazones. Se podría decir que curaba más con su profunda bondad para con todos que con pócimas. Por eso también era un médico de las almas, pues si curaba a los enfermos de manera tan extraordinaria era para ganar sus almas para Cristo, con el convencimiento de que Dios salva al hombre, ¡siempre! Su encuentro cercano con el Señor -el mismo que se nos ofrece continuamente desde la cruz-, lo movía a servir con cariño a los que sufren física o espiritualmente, y a cuidar a los débiles y los olvidados: glorificando a todos los miembros en un solo cuerpo por medio de un solo pan fraterno.

Igualmente los pobres lo encontraron siempre dispuesto, encontrando en Martín alivio y descanso. Tenía el oído sensible hacia ellos. Él pidió la gracia del último lugar; la cama más dura, el tratamiento más pesado. Bendijo las manos que lo empujaron hacia los caminos agrestes, y cuando el odio amenazaba con atormentar su existencia, en sus labios florecía la flor del amor y la dulce sonrisa de Santidad. Sintió con el prójimo postrado, doliente -corporal y emocionalmente-, minado por dolencias más o menos duraderas, más o menos incurables, participando cristianamente en el sacrificio y la inagotable Misericordia. Y todo, por amor a Dios. Nada más: así de sencillo, así de natural.

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El alma iluminada de Fray Martín creyó y se fio de Cristo.

San Martín de Porres, allá en Lima, después de sus agotadoras tareas de hermanito lego en la portería, en la cocina, en la enfermería, en la misma calle, caía rendido en horas de silenciosa adoración ante Cristo en la Cruz. Con el trabajo de la tribulación soportada cristianamente -a base de esfuerzo y no pocos sacrificios en el cumplimiento del deber-, su amor se acrecentaba en la obra buena con valor de eternidad. Sin duda, su noble corazón y su camino espiritual no daban lugar a pérdida alguna… Asimismo, alabar la alegría permanente -y bien entendida- de Martín. Su espíritu abierto y alegre disipaba el mal humor como un rayo de luz las tinieblas.

Es una realidad -desgraciadamente cada vez más obstinada- que la naturaleza de las personas se va viciando por los actos impropios o por sentimientos negativos no controlados (de odio, de culpa, por complejos o por miedo, acaso también por las injusticias sufridas…). Y el alma que no se cuida, como una flor, acaba por marchitarse. Pues bien, a todo esto Fray Martín era como el agua pura y cristalina que discurre por las acequias, que riega y da vida. En algunas ocasiones fue insultado gravemente, injuriado o acusado injustamente de alguna falta, pero nuestro amigo Martín perdonaba siempre: sus acusadores y sus malas conciencias, ante las injusticias cometidas, caían rendidos por la bondad y el amor que aun así Fray Martín les transmitía de manera permanente, aliviando sus compungidas almas. El bien y la verdad siempre vencen al mal y a la mediocridad. El amor al prójimo, gran virtud cristiana, nos da la gratitud de los hombres y nos abre los brazos de Cristo. Definitivamente, hay que dar rienda suelta al corazón para amar y ser amado; y poder descubrir que tenemos vida verdadera, porque sólo puede dar vida aquel que la tiene.

Para lograrlo, sin embargo, es preciso algo que revuelva nuestro tranquilo estanque de aguas superficialmente transparentes, pero con fondo de lodazal. Necesitamos ver ese “barro” y hacerlo desaparecer: un revulsivo o acicate que nos haga recapacitar sobre nuestras miserias humanas; que nos escueza la piel del alma y nos apacigüe después. Vivimos con nuestras pasiones, pero con desánimo y amargura. Por ello, qué mayor determinación que el encomendarnos a Jesús Redentor, a Nuestra Señora Madre de Dios y Mediadora, y al ejemplo e intercesión de Fray Martín (¡cómo no!) para llegar a esa transformación: la ansiada liberación de tantas ataduras.

He aquí, como colofón, una bonita historia referida a San Martín de Porres:

Después de una excursión que hizo por estas costas el pirata Jorge Spilbergen, a mediados del año 1615, con cuatro navíos holandeses, quedaron en tierra algunos de ellos. Uno, llamado Esteban y tenido por cristiano se hizo amigo de Martín. Enfermó gravemente y se acogió al hospital de San Andrés. Allí estuvo tres días, juzgándose que de un momento a otro podría ocurrir su muerte. Una noche apareció por el hospital el buen Hermano y acercándose al lecho del enfermo dijo: ¿cómo es esto Esteban, sin bautizarse se quiere morir? y con esto le animó a recibir el bautismo y a convertirse de veras a Dios. Pidió entonces el enfermo que le administrasen el sacramento que había de hacerle cristiano, como lo hizo el cura del hospital y a las pocas horas, dejó esta vida con señales de predestinación. Martín le había abierto las puertas del cielo.

Las buenas obras, las buenas acciones: he aquí el ideal de la vida y alivio para las almas. Dichosos los que vivan en el mundo cuando todos los hombres se esfuercen en practicar el bien, como así hizo nuestro amigo Fray Martín de Porres.

¡Feliz día de San Martín de Porres, siempre unidos en el Señor! fraymartindeporres.wordpress.com

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Oración

Glorioso San Martín de Porres, cuya ardiente caridad abrazó siempre a sus hermanos necesitados, te saludamos e invocamos. Derrama sobre nuestras almas los dones preciosos de tu intercesión solícita y generosa, y escucha las súplicas de tus hermanos necesitados para que, por imitación de tus virtudes y siguiendo los pasos de nuestro bendito Redentor, podamos llevar con fuerza y valor nuestra cruz hasta alcanzar el Reino de los Cielos. Amén.

Festividad de San Martín de Porres: Una visión personal (2015)

Oremos por los Fieles Difuntos

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La religión es Caridad y hasta el Purgatorio también llegan los anhelos de nuestra Madre la Iglesia, a los que debemos unir los nuestros, por las benditas almas del Purgatorio.

Después de celebrar a Todos los Santos en el Cielo, nos condolemos, con la Iglesia, en este día de los fieles difuntos y pensamos en el Purgatorio. Ayer nos deslumbró el Cielo y vivimos el triunfo de los Santos, pero los Santos no necesitan de nosotros; nosotros sí de ellos, y les pedimos vernos un día en la gloria que gozan. Nos gustó ayer pensar en el Cielo maravilloso, deslumbrante, y… nos cuesta mucho pensar hoy en el tenebroso Purgatorio, y en las almas, quizá muy nuestras, penando y sufriendo grandes tormentos, Y, estas pobres almas necesitan nuestras oraciones, nuestros sacrificios y limosnas para satisfacer por ellas gracias a la admirable caridad y misericordia de Cristo, porque “no son nuestros méritos sino los vuestros Jesús; no son nuestras virtudes sino vuestro amor, Señor, los que nos abrirán las puertas de la eterna morada. Pobres pecadores, nosotros no llegaremos a la beatitud más que por misericordia. Pero vuestro gran amor que reina por la Cruz es bastante grande, Señor, para cubrir nuestras miserias, a condición de que nos humillemos”.

Los pobres fieles difuntos que no fueron malos, pero que fueron como somos nosotros, instintivos y apasionados, pensando en ellos mismos antes de pensar en Dios, preocupados de vivir, de vivir plácidamente, antes que servir a Dios…

Pobres fieles difuntos, que no fuisteis malos, que practicasteis más o menos lo que la Iglesia ordena, cuando ello no os costaba demasiado; que recibisteis los últimos Sacramentos en vuestro lecho de muerte, en algunos casos, “sub condicione” sin saber si iban a ser ya fructuosos; pobres fieles difuntos, pobres almas que vivisteis sobre la tierra en ese barullo, en esa confusión en que vivimos generalmente y que de repente os encontrasteis ante la gran luz…

¡Pobres fieles difuntos! Unamos nuestras miserias. Nosotros que somos los futuros pobres fieles difuntos, oramos por vuestras almas obscuras, a las que la gran luz no ha acabado de deslumbrar y que todavía no pueden entrar en el Cielo porque no soportarían el resplandor; oramos por vuestras almas con todo lo que tienen de impulso nuestras pobres almas.

“Pero Dios es misericordioso, Señor, es Tu misericordia lo que resolverá toda esta miseria”.

“Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí vivirá, aunque hubiera muerto, y para toda la eternidad”. La palabra de Dios tiene un acento de tranquilidad y de seguridad. No puede haber venido en vano.

La Iglesia tiene un bello canto de esperanza que pone en nuestros labios en el momento en que vamos a depositar en la tumba los restos de los que amamos: “Que los ángeles te conduzcan al paraíso; que los mártires te reciban a la entrada; que te lleven a la Ciudad Santa Jerusalén…”

Roguemos por los fieles difuntos: “Dadles, Señor, a todos los que han muerto con el signo de la fe, dadles junto a Vos el reposo eterno en la mansión de la luz y de la paz”.

Revista Betania, noviembre de 1952. Redacción

(Santa Cruz de Tenerife)

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Preces por los difuntos (parientes, amigos y bienhechores)

¡Oh Dios, que concedes el perdón de los pecados y quieres la salvación de los hombres!, imploramos tu clemencia en favor de todos nuestros hermanos, parientes y amigos que partieron de este mundo, para que, mediante la intercesión de la bienaventurada Virgen María y de todos los Santos, hagas que lleguen a participar de la eterna bienaventuranza.

Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Imagen 1: Iglesia de San Francisco de Asís (La Orotava). Cuadro de Ánimas del Purgatorio

Imagen 2: “Entierro de un niño”, de Helene Schjerfbeck