Domingo de Ramos

Domingo de Ramos

I
Las manos de las palmas clavan puntas
con ésta primavera de alma justa:
Las manos con ventajas de las palmas
que, acariciando al aire, se me alargan,
te anuncian en la sangre y en el cuerpo
de esta humildad que arrastro por tu suelo
vestida por la gracia de tu mano,
movida por la fuerza de tu amparo.

II
Dame, ramos, Señor, y dame palmas
para batir la flor de tu palabra,
para tener la voz que te columpia,
para llorar la estrella que te alumbra,
para vivir la forma de la nube,
para besar la sangre que te sufre,
arrodillarme al eco del milagro
que en el martirio de tu cruz clavaron
y suprimir la sombra que me pesa
como crujido seco de tormenta.
¡Dame, ramos, Señor y dame palmas
con savia de la flor de tus palabras!

          Manuel Ostos Gabella

Rimas

Rimas

Si estando moribundo, casi inerte,
pudiera ver tu imagen bendecida
llorando pediría yo a la muerte
me deje con la vida.
Si gozando de dicha indefinida
pudiera alguna vez dejar de verte
llorando pediría yo a la vida
me deje con la muerte.

               Ángel Acosta

Vivir… Soñar

Vivir… Soñar

Sí durmiendo has de ser quien nunca fuiste,
raudal de sueño, en sueños,
imagen no nacida, esperanzado
destino, de una vida que no existe.

Tiempo tenaz, desorbitado y triste;
un pasar de segundos, un callado
esperar de distancias, soterrado
donde el dolor de soledad se viste.

Y pasas como un grito que se pierde
y arrastras una vida que es tu vida,
no la que en tu pasión, gozar deseas…

El verde que te cerca no es tu verde
ni la senda es tu senda presentida,
¡que nunca vivas lo que en sueños creas!

                          Juan Lacomba

Estampa Bíblica

Estampa Bíblica

Era una mujer; la hija de Ana.

Cosía, lavaba y amasaba el pan;
del pozo traía las cántaras de agua.

Tan dulce, tan suave,
en todo dejaba su gracia.

Hilaba su lino, cocía su pan,
tendía la ropa más blanca.

El buen carpintero
haciendo su oficio, aserraba.

Vendría el Arcángel de la Anunciación
una tarde clara.

Nadie lo sabía; vendría el Arcángel!
María, tan limpia, tan llena de gracia

hilaba su lino, amasaba el pan,
del pozo traía las cántaras de agua.

Vendría el Arcángel! Nadie lo sabía.
La hija de Ana.

                  Ángeles Escrivá

Si sabrá la Primavera

Si sabrá la Primavera

“Si sabrá la primavera
que la estamos esperando…

Si se atreverá a cruzar
nuestros pueblos despoblados,
colgando en nuestros balcones
la magia de sus geranios.
Si dejará su sonrisa
esculpida en nuestros campos,
pintando nuestros jardines
de verde, de rojo y blanco.

Si sabrá la primavera
que la estamos esperando…

Cuando llegue y no nos vea
ni en las calles ni en los barrios,
cuando no escuche en el parque
el paso de los ancianos,
o el bullicio siempre alegre
de los chiquillos jugando.
Si creerá que equivocó
la fecha del calendario,
la cita que desde siempre
la convoca el mes de marzo.

Si sabrá la primavera
que la estamos esperando…

Cuando estalle jubilosa
llenando de puntos blancos
los almendros, los ciruelos,
los jazmines, los naranjos…
una lluvia de azahar
refrescando nuestros patios.
Y no vea que a la Virgen
la engalanan para el Paso,
y nadie alfombra sus pies
con pétalos y con nardos.
Que se ha guardado el incienso,
el trono, la cruz y el palio.
Y que Cristo, igual que todos,
está en su casa encerrado,
y no lo dejan salir
ni el Jueves ni el Viernes Santo…

¿Pensará la primavera
que tal vez se ha equivocado?

¿Escuchará los lamentos
de quien se quedó en el paro,
de quien trabaja a deshoras
por ayudar a su hermano,
de aquél que expone su vida
en silencio y olvidado?
¿Escuchará cada noche
los vítores, los aplausos
que regalamos con gozo
al personal sanitario?

¿Pensará la primavera
que tal vez se ha equivocado
y colgará sus colores
hasta la vuelta de un año?

Si sabrá la primavera
que la estamos esperando…

Que se nos prohíbe el beso,
que está prohibido el abrazo;
el corazón, sangre y fuego,
el corazón desangrado.

Si sabrá la primavera
que ya la estamos soñando…
Asomados al balcón
de la Esperanza, esperamos
como nunca, que ella vuelva
y nos regale el milagro
de ver florecer la vida
que hoy se nos va de las manos…

¡Bienvenida, primavera!
Hueles a incienso y a ramos,
con tu traje de colores
y los cantos de tus pájaros.
Ven a pintar de azul-cielo
esta tierra que habitamos.

¿No sentís que en este mundo
algo nuevo está brotando?
Si será la primavera
que está apresurando el paso…”

Lucía Carmen de la Trinidad
Carmelita descalza (Antequera)

El olvido (poema)

El olvido

El olvido … ¡Lo trajo la distancia!
Vino porque las flores perdieron su fragancia,
¡ni por ti, ni por mí!
Vino porque la vida y el amor es así.
En el jardín la escarcha tendió un tupido encaje,
tomó durez de hielo la gracia del follaje,
y la ausencia de nidos desmanteló el jardín.
Allí, sobre unas zarzas, está el plumón de un ave
que yo no vi enredarse ni cómo se escapó,
y al vaivén de la brisa, lánguidamente suave,
parece ahora una mano que está diciendo adiós.
No fue, no fue, ¡lo juro!
por un agravio cierto,
ni fue porque mi alma puso rumbo al desierto,
ni fue ¡porque la tuya no vino en pos de mí.
Es que todo en la vida tiene un perfil de muerte.
No fue por los funestos rigores de mi suerte;
fue porque así es la dicha, y la gloria, y la suerte,
y el Amor … ¡Todo es así!

                                                                                     Ignacia de Lara

Concepción de primavera

Bodas y Concepción de primavera

La noche clara alborozada espera
Con música de grillos y cigarras,
La llegada de Venus con las arras
A las bodas de abril y primavera.

Azahar de estrellas traen en su carrera
Las nubes que navegan sin amarras
Por un cielo de lunas y guitarras,
Alado y leve cual una bandera.

Y en tálamo de helechos y rocíos,
Bajo la brisa de astros siderales,
Será la primavera concebida

Ardiendo por amor sobre los fríos,
Cumpliéndose en los puros manantiales
Del alba de la flor recién nacida.

Trigo

De la cumbre de espacio abandonado
Bajando a la colina florecida
Por obra del arado concebida
Nace el grano de sol iluminado.

Y en realidad del agro ya logrado
—Égloga de verdores sostenida—,
Estalla la belleza de la vida
En un vuelo de espigas derramado.

Y en alado silencio de paloma
Se eleva al santo labrador la rosa
Del cereal en flor donde se asoma

La tierra al cielo en igualdad dichosa,
Y en intima pureza de su aroma
Hace el cielo a la tierra más piadosa.

     José María Hernández-Rubio

A San José

A San José

Bajo tu excelsa tutela,
Casto esposo de María,
Ha crecido el alma mía
En virtud y perfección:
Deja, pues, que agradecido
Y a impulsos del sentimiento
Te dedique estos acentos
Que exhala mi corazón.

Yo recuerdo avergonzado
Que hubo un tiempo, que abomino,
En que desprecié el camino
Que conduce a la virtud;
Y en que mi alma colocada
Al borde del precipicio
Con el fango de los vicios
Profanó su excelsitud.

Tiempo lleno de inquietudes
Que mis dichas amargaba,
En que mi alma zozobraba
En el mar de la pasión,
Fueron sus frutos aciagos
Según los vi en mi conciencia.
Sombras en la inteligencia
Llantos en el corazón.

Tú, lucero de la Iglesia,
Con santas inspiraciones
Rompiste con las prisiones
Que me ligaban al mal.
¡Cuántas sombras de la mente
Disipaste cariñoso
Al influjo poderoso
De tu gracia celestial!

¡Cuántas veces de mis pasos
Cortaste la audaz carrera.
Para que el alma viviera
Y triunfara la virtud!
¡Cuántas veces en el templo
Ante ti me postré triste,
Y a mis voces respondiste
Con tierna solicitud!

Allí escuché de tus labios
Esa doctrina sublime,
Que regocija al que gime
Y consuela al pecador.
Esas máximas de vida
Del Verbo Eterno emanadas
Y a los hombres enseñadas
Por Jesús, mi Salvador.

Y creí en tus enseñanzas,
Y practiqué tus consejos,
Y percibí los reflejos
De la celeste mansión.
Y sé que tu sombra augusta
Rige y guía mi existencia,
Alumbra mi inteligencia
Y alegra mi corazón.

Ya no siento aquí, en mi pecho
Los acerbos sinsabores
Que sienten los amadores
De este mundo terrenal:
Que es el vicio, y su deleite.
Como la sierpe alevosa.
Que oculta tras fresca rosa
Clava su dardo letal.

Solo ansío la virtud,
Que en esto solo se encierra
La dicha que aquí en la tierra
Puede el alma disfrutar.
Haz que sean los afanes
De ésta mi alma agradecida.
Sufrir mucho en esta vida,
Para en el cielo gozar.

No importa que sus senderos.
Cubran flores purpurinas;
Porque ¡ay!, agudas espinas
Desgarran el corazón.
Padecer es necesario:
Mas, Dios dispuso propicio,
En la tierra el sacrificio
Y en el cielo el galardón.

Y tú, faro esplendoroso,
De la humanidad errante,
Fiel custodio, tierno amante,
Y celoso Protector.
No abandones un momento
A mi alma humilde y piadosa,
Hasta que vuele gozosa
Ante el trono del Señor.

P. Albino Justa

* * *

Grandeza de San José

Imagen ilustrativa: San José con el Niño dormido en brazos, óleo de Francisco Camilo (Museo del Prado).

Otras veces

Otras veces

Otras veces era un silencio hosco
que me llenaba de preguntas
y me ponía círculo estrecho en el corazón.
Otras veces era sentirme desasido,
ausente, no nacido.
Otras veces era la muerte o peor.

O mejor. Yo recuerdo que puesto a elegir
hubiese votado por la muerte como mejor
solución a aquella tristeza que era excesiva,
que me tenía clavado a la tierra sin decidirme
a la huida o al vuelo.
(Porque fuera todo sonreía placentero
y me llamaban las voces del amor y la alegría).
¿Porqué no acudía, qué me tenía solitario
y miedoso y lejano, lejano, lejano?

Dios, tú me mirabas incesante,
me dolía tu mirada y tu desvelo.
Yo sentía tus ojos en mis ojos
y mi corazón ambicionando olvido
y dejándose estar en su pereza por las cosas
sucias y repetidas de los días comunes.
Dios, yo estaba bajo tu mirada
y no guardaba pudor para ofenderte.

La tristeza me habitaba.
Otras veces era un deseo que me llenaba
de una locura de andar y andar,
de buscar sombras de vergüenza,
de olvidarme que arriba estaban las estrellas.
Otras veces era igual que la muerte.
Otras veces, sí, otras veces era Dios y su desvelo.

                   Pedro Pozo Alejo

Sol

SOL

Ya sé que estás aquí en la cita,
pues siento hincado el sable indómito
por el resquicio vulnerable:
cristal y puerta de mis ojos.
Tendrás más lanzas para el trigo,
y el mar, y el bosque, y el otoño,
y hasta veré cruzar tus armas
con las del pájaro ruidoso.
No ahonde mucho la ballesta
buscando el imposible sorbo.
De los raudales primitivos,
del agua buena de mi pozo,
tu mismo tránsito continuo
dejó cuarteado y seco el fondo.

              Ángel Acosta