Gloria Fuertes, dos poesías en el centenario de su nacimiento

“La poesía lo es todo para mí. Todo lo bueno, todo lo que vemos, todo lo que oímos, todo lo que tocamos, todo lo que sentimos. Yo veo poesía en todo, hasta en el dolor y en lo desagradable. Es también lo que siento”. (Gloria Fuertes)

Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Gloria Fuertes (Madrid, 28 de julio de 1917 – ibídem, 27 de noviembre de 1998), escritora muy popular y querida entre todos los de nuestra generación. Sin duda, una referencia no sólo en la literatura infantil del siglo XX sino una poeta fundamental de la posguerra española. Mujer rebelde, desenfadada, tierna y de verdad profunda hizo de sus versos cargados de humanidad algo excepcional. A modo de humilde homenaje traemos dos poesías que nos muestra su corazón sensible e inmenso.

Oración (Mi padre de cada día)

Que estás en la tierra, Padre nuestro,
que te siento en la púa del pino,
en el torso azul del obrero,
en la niña que borda curvada
la espalda, mezclando el hilo en el dedo.
Padre nuestro que estás en la tierra,
en el surco,
en el huerto,
en la mina,
en el puerto,
en el cine,
en el vino,
en la casa del médico.
Padre nuestro que estás en la tierra,
donde tienes tu gloria y tu infierno
y tu limbo que está en los cafés
donde los pudientes beben su refresco.
Padre nuestro que estás en la escuela de gratis,
y en el verdulero,
y en el que pasa hambre,
y en el poeta, ¡nunca en el usurero!
Padre nuestro que estás en la tierra,
en un banco del Prado leyendo,
eres ese viejo que da migas de pan a los pájaros del paseo.

Padre nuestro que estás en la tierra,
en el cigarro, en el beso,
en la espiga, en el pecho
en todos los que son buenos.

Padre que habitas en cualquier sitio,
Dios que penetras en cualquier hueco.
Tú que quitas la angustia, que estás en la tierra.
Padre nuestro que sí que te vemos
los que luego te hemos de ver,
donde sea, o ahí en el cielo.

Un hombre pregunta…

¿Dónde está Dios?… Se ve, o no se ve.
Si te tienen que decir dónde está Dios, Dios se marcha.
De nada vale que te diga que vive en tu garganta.
Que Dios está en las flores y en los granos,
en los pájaros y en las llagas,
en lo feo, en lo triste, en el aire y en el agua.

Dios está en el mar y, a veces, en el templo;
Dios está en el dolor que queda y en el viejo que pasa,
en la madre que pare y en la garrapata,
en la mujer pública y en la torre de la mezquita blanca.
Dios está en la mina y en la plaza.

Es verdad que Dios está en todas partes,
pero hay que verle, sin preguntar
que dónde está,
como si fuera mineral o planta.
Quédate en silencio,
mírate la cara.
El misterio de que veas y sientas, ¿no basta?
Pasa un niño cantando,
tú le amas:
ahí está Dios.

Le tienes en la lengua cuando cantas,
en la voz cuando blasfemas,
y cuando preguntas que dónde está,
esa curiosidad es Dios, que camina por tu sangre amarga.
En los ojos le tienes cuando ríes,
en las venas cuando amas.

Ahí está Dios, en ti;
pero tienes que verle tú.
De nada vale quién te le señale,
quien te diga que está en la ermita, de nada.

Has de sentirle tú,
trepando, arañando, limpiando,
las paredes de tu casa.
De nada vale que te diga
que está en las manos de todo el que trabaja;
que se va de las manos del guerrero,
aunque éste comulgue o practique cualquier religión,
dogma o rama.

Huye de las manos del que reza, y no ama;
del que va a misa, y no enciende a los pobres
una vela de esperanza.
Suele estar en el suburbio a altas horas de la madrugada,
en el Hospital, y en la casa enrejada.

Dios está en eso tan sin nombre que te sucede
cuando algo te encanta.
Pero, de nada vale que te diga
que Dios está en cada ser que pasa.

Si te angustia ese hombre que se compra alpargatas,
si te inquieta la vida del que sube y no baja,
si te olvidas de ti y de aquéllos, y te empeñas en nada,
si sin porqué una angustia se te enquista en la entraña,
si amaneces un día silbando a la mañana
y sonríes a todos y a todos das las gracias,
Dios está en ti, debajo mismo de tu corbata.

* * *

Biografía de Gloria Fuertes (Cervantes Virtual)

Tú no sabes

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Tú no sabes la herida que has causado
diciéndome verdades tan amargas.
Tú no sabes la herida…
Tú no sabes
cuánto ha sufrido ya mi pobre alma.

Pero no te acongojes: ¡Te bendigo
en esta negra noche sin bonanza!
Tú tenías la luz y me la diste
como un rayo de plata.
Seas bendito, por ello. Ya he plantado
de rosas esa zanja,
que dadivoso abrió tu amor sincero
como un surco bendito en mis entrañas.

Y este nocturno, que te ofrezco ahora,
es la rosa primera que ha brotado
al despuntar el alba.

                       P. José Cabrera Vélez, de su poesía ‘Nocturno’.

Sembrador que siembras…

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Sembrador que siembras…

¡Sembrador que siembras, y en la sementera
Pones la esperanza de tu corazón!
¡Siembra, que la tierra, preparada espera
Y una campesina brisa mañanera
Anuncia promesas de recolección!


¡Sembrador que siembras! Lanza la simiente
Y con la simiente tu cante otoñal:
El surco es la arteria; la sangre, el ferviente
Sudor de tu rostro; y el suave relente
De las madrugadas, agua bautismal.


¡Sembrador que siembras, y cada mañana
Sales caviloso para tu heredad!
¡Siembra esperanzado! La inmensa besana.
Que sabe tu recia lucha cotidiana,
Espera con ansias de maternidad.


¡Sembrador que siembras el trigo a voleo!
Cada grano es germen de resurrección:
Cada surco es cuna de un vivo deseo
Y en cada deseo vibra el aleteo
Lejano y fecundo de una anunciación.


¡Sembrador que siembras! si los aguaceros;
De otoño desatan su crudo rigor,
En tus trojes piensa; piensa en tus graneros:
Vendrá Julio opimo y los cosecheros
Segarán tus mieses… ¡Siembra, sembrador!


¡Sembrador!… La parda gleba labrantía
Esmeraldas y oros hermosearán:
Dará el pan honrado de la gañanía,
Pan sutil y blanco de la Eucaristía,
Pan de recompensas… ¡para todos, dan!

                                      P. FÉLIX GARCÍA. (1928)

Imagen: “Campesinos”, óleo de J. F. Millet.

A la Virgen del Carmen

A la Virgen del Carmen (I)

Espejo de bondades y ternuras,
son vuestros ojos, bellos e ideales,
de dulce bien son fuentes celestiales,
cataratas de amores y dulzuras.

Ante vos, se mitigan las torturas,
que hay en mi ser, en cruentos manantiales;
vuestros ojos de límpidos cristales,
disipan mis tormentos y amarguras.

No abandonéis, Señora, Virgen mía.
a este mortal que muéstrase doliente,
y que sufre, de pena, la agonía…

Dad a mi corazón bien y consuelo,
por ese ángel tierno e inocente
que a vuestros brazos Dios mandó del Cielo.

                                         Cecilio Recalde

A la Virgen del Carmen (II)

Si vuestra corona
no fuese de perlas,
otra yo os pondría
de rosas y hortensias,
de nardos de nácar,
de albas azucenas,
de jazmines blancos
de pureza emblema;
mas, vuestra corona,
la Cruz Santa lleva,
y aventaja a todas
las flores más bellas.

¡Señora, escuchadme!:
¡os pido clemencia!
¡calmad mis dolores,
mitigad mis penas!
que yo he sido bueno,
que está en mi conciencia,
limpia de pecados,
de virtudes llena.
¡Virgen de mi vida,
os pido indulgencia,
como los que lloran
y la gracia esperan,
al pie de una Virgen
sagrada y excelsa!
Y apartad de mi mente el recuerdo
de mujer aquella,
que inundó de pesares mi alma,
de llantos, tristezas.
¡Haced, Virgen mía,
haced que mis pasos se aparten de ella!

Yo la creí más noble,
la pensé más buena,
y mis ilusiones
cifraba yo en ella;
cuanto ella quería
al punto la diera,
mirando a aquel ángel,
que Dios a la tierra,
nos había mandado,
creyendo a su madre, cual mujer, discreta:
ese ángel que quiero salvéis,
¡oh, Virgen del Carmen, Virgen hechicera,
del mal que en la vida pudiera pasarle
por su mala estrella!

Cuando era pequeño,
me dijo mi padre, con voz placentera:
—¿Me preguntas, hijo,
por tu madre muerta…?
No la conociste;
era tu existencia,
muy joven, muy joven,
murió, cuando eras
un niño y no andabas,
ni hablabas siquiera.
Mira su retrato,
mira qué belleza,
qué mirar más dulce,
qué bondad más tierna:
eran sus mejillas
de rosas muy frescas,
y su casta frente
como una azucena,
era cariñosa,
callada, discreta,
laboriosa, honrada,
recatada, austera,
todos la querían
porque era muy buena,
nunca vióse un pobre
sin pan ante ella,
ella consolaba
al ser en la tierra;
ella era una santa,
una santa era.
La Virgen del Carmen,
divina y excelsa,
era su consuelo,
su refugio era,
por eso yo voy
a ver a la Iglesia
a esa flor tan preciada, que tiene
tan dulce cadencia
para hablar a las almas que sufren,
que lloran y esperan.
Así me decía aquel padre mío
que ya con mi madre ante Dios se encuentra.

Desde entonces, sin dejar un día,
a Virgen tan santa contaba mis penas,
y yo la pedía
que fuese muy buena
la mujer que se uniese
conmigo en la tierra.
Una tarde, recuerdo que estaba
hablando con ella
y la dije que no procedía
con toda nobleza,
que dijese a su madre lo que nos pasaba,
antes que naciera
un ángel que el cielo
mandaba a la tierra:
pero fue imposible
realizar la idea,
que el niño o la niña
con padre se viera,
y no comprendiendo
toda mi franqueza,
destrozó mi alma,
me hirió sin conciencia,
y el ángel, sin padre,
vio la luz Febea.

Yo sufrí duros trances,
sufrí muchas penas,
porque no podía,
por culpa de ella,
dar a aquella niña
mis besos a espuertas.
y en vez de apiadarse
de hombre de nobleza,
me martirizaba,
me causaba ofensas,
hasta que yo un día
le hablé como hablan las almas aquellas
que saben que hay Cielo,
Dios y Providencia.
—Escucha un momento:
no más, por la nena,
debes de ser santa,
sencilla y discreta,
que pecó, y es cierto,
María Magdalena,
y luego la hermana
de la Virgen era.
Yo te doy, sincero.
yo te doy de veras
el perdón, por la niña, que culpa
no tiene y se queda
sin padre por causa
de acciones funestas,
que si yo te he querido con ansias
y te amé sin mezcla
de males algunos,
pensé que a mi madre tú te parecieras.

Sin comer me quedaba yo siempre
por darle a la nena,
por darle a la madre el diario sustento
y que pan tuvieran.

¡La Virgen del Carmen parece que escucha
mi voz lastimera!

Virgen de mi vida,
os pido indulgencia,
oíd mis plegarias
todas de fe llenas,
que hacer no he podido
que se convirtiera,
como convirtióse
María Magdalena,
y ya no es posible
que vaya yo a verla:
pero por la niña,
por esa pequeña
vengo a vuestras plantas.
Virgen hechicera,
para que no olvide
a esa niña tierna.

¡Virgen de mi vida!
¡Virgen tan excelsa!
¡Salvad a ese ángel,
salvad a esa nena,
y en cuanto a la madre,
haced que mis pasos se alejen de ella!

                          Cecilio Recalde 

* * *

Imagen de la Virgen del Carmen de la parroquia de San Gregorio Taumaturgo, Telde. (Foto: José J. Santana).

La Santísima Virgen del Carmen y su escapulario

Hoy celebramos la popular y sentidísima fiesta de Nuestra Señora del Carmen, una de las advocaciones que más místicamente ha logrado apoderarse del sentimiento cristiano: celebramos y solemnizamos en el día de hoy una de las más estupendas misericordias de la que es Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra; la incomparable y altísima misericordia, que se encierra en el santo Escapulario del Carmen, que es una de las prendas de amor más grande y singular que perpetuamente nos da el maternal Corazón de la Virgen Santísima: al mirar a la Santísima Virgen del Carmen, instintivamente se nos va el alma y el corazón a su santo Escapulario, que es prenda de salvación.

He aquí las dulcísimas, amorosas y celestiales palabras, que a Simón Stock dijo la Santísima Virgen, cuando para él y para todos los cristianos trajo de cielo el Escapulario del Carmen e hizo entrega del mismo al Santo para la salvación de innumerables almas:

“Recibe el Escapulario de tu Orden en prueba de mi especial benevolencia y protección, y para que sirva de privilegio a todos los carmelitas. Por este vestido o librea se han de conocer mis hijos y mis siervos.
En él TE ENTREGO UNA SEÑAL DE PREDESTINACIÓN y una como escritura de paz y de alianza eterna y una defensa en los peligros. EL QUE TENGA LA DICHA DE MORIR CON ESTA ESPECIAL DIVISA DE MI AMOR, NO PADECERÁ EL FUEGO DEL INFIERNO”.

* * *

Mis cantares (a la Virgen del Carmen)

Virgencita del Carmen,
¡Cuánto te quiero!
no más pensar en ti
vivo que muero…

Unos aman la vida,
otros la muerte;
yo si a escoger me dan,
quiero quererte.

Por estar a tu lado,
¡oh Madre mía!
y gozar de tu vista,
al Cielo iría.

¡Virgencita del Carmen!
Cuan bien pareces
con ese escapulario
que nos ofreces.

Vísteme, Madre mía,
con tu librea;
no quiero más blasón
ni más presea.

Al partir de mi hogar,
tu escapulario
fue de tiernos recuerdos
el relicario.

Surcando voy los mares
con rumbo cierto,
y espero he de llegar
seguro al puerto.

Pues sois, Virgen, la nave
segura y nueva
que a todos tus devotos
al Cielo lleva.

Y es la segura tabla
de salvación
tu santo escapulario,
que es mi blasón.

Rosa de Jericó
Flor del Carmelo,
quiero aspirar tu aroma,
¡llévame al Cielo!

             Augusto Olangua, C.M.F.

Canto a la Virgen de la Paloma

Canto de alabanza a La Soledad que el musicólogo estadounidense Alan Lomax grabó en Alhama de Murcia el día 16 de diciembre de 1952 a Eduardo y José Valverde Pérez:

De los reinos que el mundo compone entre todos ellos sin duda no habrá
una corte como la de España tan maravillosa, digna de admirar;
gran prueba nos da
porque en ella se ha establecido la hermosa Paloma de la Soledad.

Esta Reina bajó de los Cielos, para fe y aumento de la Cristiandad,
transformada en un cuadro de lienzo su hermosa figura viva y natural,
y vino a tomar
el asiento en el barrio más pobre que en toda la Corte se ha podido hallar.

Unos niños jugando en la calle con este retrato van sin reparar;
ha pasado una anciana devota y vio que era el cuadro de la Soledad,
gran pena le da,
se lo pide a los niños y dicen: —Si usted nos lo compra se lo llevará—.

La señora sacó del bolsillo una monedita y a los niños da,
le entregaron el cuadro precioso que a toda la Corte favor le va a dar,
y vino a fijar
en el mismo portal de su casa, la gente que pasa se para a mirar.

Al fijarse en tan bello retrato no hay otra hermosura que pueda igualar;
los vecino[s] y la gente del barrio tienen por costumbre de irle a rezar,
y con fe leal,
el rosario a la Blanca Paloma, que a aquel que está enfermo la salud le da.

Puede escucharse en el siguiente enlace de culturaequity.org

Fuente: Fundación Joaquín Díaz. Revista de Folkore (nº365, 2012)

* * *

Enlace recomendado: La Virgen de la Paloma: Historia y tradición (por Doña Paloma Palacios)

Ascensión de la escoba

Ascensión de la escoba

Coronada la escoba de laurel, mirto, rosa,
es el héroe entre aquellos que afrontan la basura.
Para librar del polvo sin vuelo cada cosa
bajó, porque era de palma y azul, desde la altura.

Su ardor de espada joven y alegre no reposa.
Delgada de ansiedad, pureza, sol, bravura,
azucena que barre sobre la misma fosa,
es cada vez más alta, más cálida, más pura.

¡Nunca! La escoba nunca será crucificada,
porque la juventud propaga su esqueleto
que es una sola flauta, muda, pero sonora.

Es una sola lengua sublime y acordada.
Y ante su aliento raudo se ausenta el polvo quieto,
y asciende una palmera, columna hacia la aurora.

            Miguel Hernández. Septiembre de 1939.

El recuerdo emocionado de mi virgencita de los Remedios de Los Llanos de Aridane

Rescatamos un texto¹ publicado en 1938 que, por su interés y emotividad, nos abre el corazón de júbilo en este día de 2 de julio: la historia de un soldado palmero que en plena Guerra Civil española, entre trincheras y el fatídico silbo de las balas, tiene un recuerdo para su Virgen de los Remedios. Una virgen también especial para nosotros. Hoy nuestro pensamiento se encontrará en el Valle de Aridane junto a su patrona, teniéndola presente de manera particular en nuestras oraciones.

El recuerdo emocionado de mi virgencita

He arrancado del calendario de mi alma, porque aquí, en la guerra, no tengo otro, una hoja. Una hoja, que se ha llevado un día, para dar paso al de hoy: 2 de Julio. ¡Con qué inefable emoción lo pronuncian los labios! ¡Con qué hondo sentimiento llega esta fecha al corazón!

La inmensa mayoría de los que me leéis, no sabéis de qué proviene esta emoción y este sentimiento. Pero yo si lo sé, y os lo voy a decir. Es que ni los disparos intermitentes de la fusilería, ni el “tabletear” de las ametralladoras, ni las bombas de los morteros, que esta tarde han caído en nuestras líneas con prodigalidad, han podido evitar que mi pensamiento vuele hoy a Canarias. Y salte a la más lejana y la más bella de las islas. Y busque una ciudad poética, dormida en el regazo maravilloso de un valle. Y allí encuentre una Iglesia, perfumada de incienso, de rosas y magnolias, que tiene en su Altar Mayor, preparada para el tránsito religioso y emocional, en unas andas de plata, a la Virgen de los Remedios, con la corona majestuosa, el manto tejido con primaveras y con luz, entre los brazos un niño pequeño y gracioso, que tiene la carita caída hacia atrás, en una tierna dejadez de ensueño, y las manitas buscando las inconfundibles caricias maternales. Allí está la Virgencita buena, oyendo la oración de todas las madres, de todas las hermanas, de todas las novias, que estremecidas de emoción y de congoja, han llegado suspirantes y trémulas a sus plantas, para decirle por el dolor y la alegría de la guerra, por la Muerte y la Gloria: Dios te salve, María…

Parece esta una impresión aislada, personal, sin importancia alguna. La tiene, sin embargo, y grande; porque esta nostalgia, esta saudade indefinible, esta mezcla de satisfacción íntima y de dilacerante amargura, es la misma cosa que, desgarrándoles el alma, sienten todos los que aquí luchan, en el día memorable de sus fiestas del terruño lejano. En el día de las festividades grandes. Generalmente, las del Patrón o Patrona. Todos traen a la memoria ese día mil recuerdos de tiempos pretéritos…

Allí está la Iglesia donde los labios maternales nos enseñaron las primeras preces. Al lado, la plaza, que sabe de los primeros ingenuos amores de chiquillo. Allí las campanas, que repicaban jubilosas, con sonoridades tan suyas, que por ninguno de los caminos de España las hemos vuelto a oír; campanas que nos llamaban con los frescores del alba, en las mañanas azules de la Resurrección. Allí, el paisaje ubérrimo, de colorido inigualable, y la tranquila belleza de aquel cielo, donde las estrellas parpadean con vivos fulgores; aquellas estrellas que guiaron nuestros pasos en la noche; y que hoy, aquí, nos llaman ofreciéndonos sus moradas astrales. Allí las calles y viejos senderos de nuestras correrías infantiles; y los laureles que guardaron insospechados secretos, y que hoy me dicen que languidecen y mueren, como tantas juventudes y tantas ilusiones, Allí las ventanas tras de las cuales presentimos las primeras miradas esperanzadas; y la luz de las pupilas familiares y el sedante de los cariños maternales, que entraba en los inviernos del alma como bandada de golondrinas portadoras de una sonrisa primaveral. Allí… ¡tantas cosas!

El Valle de Aridane, en la Isla de La Palma, se habrá volcado hoy, como tantos otros años, sobre mi ciudad natal. Los Llanos de Aridane saben hoy, en la inquietud de las horas que vivimos, de la alegría y del respeto a sus tradiciones piadosas. Yo no sé si las fiestas tendrán este año aquel tipismo de su especial desarrollo, aquel cuadro colorista de costumbres, o por el contrario, contrastes vivísimos y exquisiteces nuevas; pero si os digo que tal vez agrandado, ofrezca, como nunca, con relieves especiales, todo un cúmulo de belleza y un tesoro de fe. Yo no sé si repicarán tan alto las campanas y los cohetes atronarán el espacio tan profusamente; pero si os digo que la multitud se hallará imbuida en sus hondos pensamientos, de un respetuoso anhelo fervoroso. Habrá más silencio. Ese fervor se desdoblará en dos mitades: la sonrisa y el sollozo, la pena y la alegría.

Ya yo me imagino, yo estoy viendo en la tarde serena y dorada, oreada por un tibio ambiente de primavera, aromada de rosas, claveles y jazmines, entre las verdes acátelas y bajo el cielo azul, sin una nube, ya yo estoy viendo cómo pasa mi Virgen de loa Remedios entre un inmenso gentío. Ya veo cómo se destaca, cómo se yergue su silueta ideal, brillando la corona bajo ese cielo diáfano, que se va poniendo pálido, llenándose de innúmeras y dulcísimas estrellas que ponen en el rostro de la imagen los célicos reflejos de una luz suave y mística.

En esta hora, cuando Véspero, en una prolongada despedida, terminó de besar la carne dolorida de estas tierras de España, y siguen las estrellas enviándonos su luz, yo me imagino, Virgencita inolvidable, que irás llegando ya a la Iglesia, hundiéndote, lentamente, en las sombras oscuras de sus muros; perdiendo, poco a poco, tu perfil, bello y santo; desvaneciéndose, en la penumbra del fondo, tu silueta amarillenta, casi lívida, ante tantas miradas que te dicen que no olvides a los que por tu fe y por nuestra España, luchan y mueren. Y nada más. Las anchas puertas se estarán cerrando. Vosotros ya estaréis, seguramente, en la calle, en la vida terrena, en lo material, en lo de siempre. Yo, en la guerra, entre el “tabletear” de las ametralladoras y el trepidar de los cañones, aún continúo, en espíritu, arrodillado a las plantas de mi Virgencita querida: Dios te salve, María…

Pedro Hernández y Hernández. En las trincheras. 2 de Julio II Año Triunfal.

1. Diario “Amanecer”, 9 de julio de 1938.

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Enlace relacionado:

Nuestra Señora de los Remedios, patrona del Valle de Aridane

Letanías de la Preciosísima Sangre del Señor

Letanías de la Preciosísima Sangre del Señor

Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.

Dios, Padre celestial, ten piedad de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros.
Dios, Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.
Santísima Trinidad, que sois un solo Dios, ten piedad de nosotros.

Sangre de Cristo, Sangre del Unigénito del Padre Eterno, sálvanos.
Sangre de Cristo, Verbo de Dios Encarnado, sálvanos.
Sangre de Cristo, derramada sobre la tierra en la agonía, sálvanos.
Sangre de Cristo, vertida copiosamente en la flagelación, sálvanos.
Sangre de Cristo, emanando en la coronación de espinas, sálvanos.
Sangre de Cristo, derramada en la Cruz, sálvanos.
Sangre de Cristo, prenda de nuestra salvación, sálvanos.
Sangre de Cristo, precisa para el perdón, sálvanos.
Sangre de Cristo, bebida eucarística y refrigerio de las almas, sálvanos.
Sangre de Cristo, manantial de Misericordia, sálvanos.
Sangre de Cristo, vencedora de los espíritus malignos, sálvanos.
Sangre de Cristo, que das valor a los mártires, sálvanos.
Sangre de Cristo, fortaleza de los confesores, sálvanos.
Sangre de Cristo, inspiración de las vírgenes, sálvanos.
Sangre de Cristo, socorro en el peligro, sálvanos.
Sangre de Cristo, alivio de los afligidos, sálvanos.
Sangre de Cristo, solaz en las penas, sálvanos.
Sangre de Cristo, esperanza del penitente, sálvanos.
Sangre de Cristo, consuelo del moribundo, sálvanos.
Sangre de Cristo, paz y ternura para los corazones, sálvanos.
Sangre de Cristo, promesa de Vida Eterna, sálvanos.
Sangre de Cristo, que libras a las almas del Purgatorio, sálvanos.
Sangre de Cristo, acreedora de todo honor y gloria, sálvanos.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, óyenos Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.

V). Oh, Señor, nos ha redimido en tu Sangre.
R). Y nos hiciste reino de nuestro Dios.

Oremos

Omnipotente y Sempiterno Dios, que constituiste a tu Unigénito Hijo Redentor del mundo y quisiste aplacarte con su Sangre; te suplicamos nos concedas que de tal modo veneremos el precio de nuestra Redención, que por su virtud seamos preservados en la tierra de los males de la vida presente, ¡para que gocemos en el Cielo de su fruto eterno! Por el mismo Cristo Nuestro Señor. Amén.

(Letanía aprobada por el Santo Padre Juan XXIII).

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Fiesta de la Preciosísima Sangre de  Nuestro Señor Jesucristo

Consagración personal al Corazón de Jesús (oración)

Corazón de Jesús, yo cuidaré de tu honra y de tus cosas; y tú cuida de mí y de las mías.

Consagración personal al Corazón de Jesús

Jesús, Verbo eterno del Dios verdadero, Luz de la Luz, hecho hombre por mi amor y clavado en cruz por mí.
A tu presencia vengo como al único refugio de mi vida y como al amigo siempre fiel, para consagrarme totalmente al amor y a la clemencia de tu Sagrado Corazón. A él quiero amar por encima del mundo y de todas las cosas y en su inefable misterio dejar segura toda mi esperanza.
Bien sabes, Señor, cuántas veces me he sentido tan miserable e impotente que sin tu socorro hubiese perecido sin remedio. Más siempre me has abierto el camino, devuelto la paz y colmado de beneficios. Tú has sido el amparo de mi vida, el reparador de las quiebras de mi inconstancia y quien me has elegido para ti por tu sola predilección.
Quisiera mostrarte todo el amor y toda la gratitud que mi vida y mi corazón te deben.

Con estos sentimientos, acudo a la caridad llena de misericordia de tu benigno Corazón, para que me ayudes a vivir entregado a tu suavísima providencia y a poner en tus manos mi vida, con todas sus vicisitudes, venturas y sufrimientos, y también mi eterna salvación, que dejo tranquilo en tu clementísima potestad. Lo abandono todo, Jesús, encomendando a tu fidelidad, para no preocuparme más que de agradarte por la identificación de mi voluntad con la voluntad tuya, que veo desbordante de un amor infinito y celoso de mi bien.

Así quiero vivir, Señor de las misericordias y Dios de toda consolación, firme en medio de las tempestades que en mi alma o en mi camino se levanten, porque he puesto en tu Corazón la confianza de mi vida. No me afligirá carecer de las consolaciones de este mundo, ya que sólo en ti buscaré mi gozo; ni me turbarán mis ingratitudes del pasado o la incertidumbre del porvenir, porque viviré a la sombra de tu solicitud paternal. Para los demás hombres, sólo querré, y procuraré con todas mis fuerzas, que conozcan esa senda que lleva a la vida verdadera.

Con este deseo y resolución que tú, Señor, me das, me consagro y entrego a tu adorable Corazón, con mi voluntad, mi entendimiento, mi corazón y todo mi ser. Creo en tu amor, espero en él y quiero responderte con el amor mío. Sin temor alguno, a ti me abandono lleno de confianza, alegre en la seguridad de tu promesa: “Ninguno que esperó en el Señor, quedó jamás confundido”. (Ecl. II, 11). Amén.