Nuestra Señora de la Soledad de la Victoria, la Virgen enlutada

Virgen de la Soledad de la Victoria (antigua destruida)

Imagen original de Nuestra Señora de la Soledad del Convento de la Victoria (Madrid), obra de Gaspar Becerra. Posteriormente la talla fue trasladada a la Colegiata de San Isidro, siendo destruida tras la quema de la iglesia con el inicio de la Guerra Civil Española en julio de 1936.

La Soledad del Convento de la Victoria de Madrid de la Orden de los Mínimos de San Francisco de Paula fue la primera imagen española de la Soledad y supuso una nueva tipología mariana propia, con el atuendo de las viudas nobles de la época: túnica blanca, manto negro y toca. Una indumentaria de luto cuyo uso se extendió desde el tiempo de la Reina Juana I Castilla hasta el siglo XVIII.

Nuestra Señora de la Soledad de la Victoria tomó su nombre de un cuadro devocional traído desde Francia por la reina Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II, que representaba la Soledad y Angustias de la Virgen [1], una devoción muy popular por aquel entonces en Francia. Los frailes —en este caso Fray Diego de Valvuena, confesor de la Reina Isabel— le confiaron el encargo de una escultura de talla para el convento de los Mínimos de Madrid a partir de la pintura que Doña Isabel conservaba en su oratorio; propuesta que la soberana acogió de buen grado, concediendo las facilidades necesarias para que se convirtiera en una hermosa realidad. Recordemos que Isabel fue llamada la “Reina de la paz”, una mujer de espíritu abierto y amplia cultura que llevó el refinamiento y las buenas maneras a la Corte española.

Sería el baezano Gaspar Becerra y Padilla, un reputado imaginero de la época, el elegido para realizar tan importante encomienda. Becerra fue, además, arquitecto y pintor, recibiendo una fuerte influencia del renacimiento y manierismo italiano durante su estancia en el país transalpino. Sin duda pasará a la historia como un innovador de la iconografía de la Soledad. En lo concerniente a esta obra que tratamos, durante un año de trabajo el resultado no es el esperado. Lo intenta una segunda vez, que satisface a los frailes pero sigue sin convencer a la reina, es tal el grado de perfección requerido. Preocupado, y acaso como ultimátum, lo vuelve a intentar. En una fría noche, de un severo invierno, el escultor se encuentra agotado y prácticamente vencido por la desesperanza; arroja un tronco a la chimenea para mantener el calor de la habitación mientras se retira a descansar. Durante el sueño escucha una voz que le dice que retire aquel trozo de madera del fuego. Se levanta y con asombro vislumbra lo que es un contorno trabajado por la lengua de fuego. Una vez rescatado aquel leño esculpe sobre la parte aprovechable, y a medida que avanza en su trabajo observa —ahora sí— que va apareciendo ese rostro de la Virgen sereno y mirada llena de ternura que su retina guardaba ante aquella deslumbrante visión. Becerra culmina en 1565 esta portentosa imagen y la Reina ha quedado satisfecha. Fue el primero de otros tantos prodigios.

Vno de tres Retratos, inʃpirado,
O Artifice ʃacaʃte parecido,
Que en el amor Divino ha concurrido,
Coma otra vez, en fuego disfrazado.
Eʃte de Soledad vivo traslado,
De vn encendido Leño ha procedido,
Que ʃobre la materia de encencido
Cae la forma mejor de apaʃsionado
Fuego es amor, y amor grave tormento,
Si fe pierde el objeto que fe adora,
Pues queda en Soledad quien adoraba
Fuego en el Leño ʃirve de instrumento,
Pues el agua eficaz, que ardiente llora,
Dolor empieça, y Soledad acaba.[2]

Soneto de Don Antonio de Espinosa

Soledad de mi amor y compañía;
Luz que mi alma alienta,
Sea de vos en lágrimas deshecho,
Templo mi corazón, Altar mi pecho.

La imagen en cuestión no era de bulto de redondo (o talla completa) sino de candelero, concebida para ser vestida y sacada en procesión, y que la condesa Viuda de Ureña, Camarera Mayor de Isabel de Valois, atavió con sus propias ropas de luto. En una enternecedora representación de la Soledad la Virgen se encuentra arrodillada y con las manos cruzadas en actitud humilde y devota. La misma fue entronizada el 15 de septiembre de 1565 y gozó de gran devoción entre los madrileños. La propia Isabel fundó la hermandad de Nuestra Señora de la Soledad y de las Angustias, a la que pertenecieron sus dos hijas (las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela) y su marido, el rey Felipe II. La cofradía se extinguió en 1651, motivada por los frecuentes desencuentros entre los frailes y cofrades. No obstante, la devoción a la Virgen de la Soledad siguió intacta entre el pueblo madrileño. El éxito de la imagen fue tal que se popularizó su iconografía en infinidad de copias, tanto en escultura como en pintura.

El convento de Nuestra Señora de la Victoria fue demolido con la desamortización de Mendizábal y la imagen de la virgen se trasladó a la Real Colegiata de San Isidro. Desgraciadamente, el edificio y la imagen —que se encontraba en la capilla del Buen Suceso— quedaron destruidos por un voraz incendio tras el comienzo de la Guerra Civil española. Aun así, esta advocación se difundió, incluso dando lugar o derivando a otras: como la de la venerada Virgen de la Paloma (un lienzo que representa a la virgen de la Soledad)con otra variante, pero con parecida iconografía, son la Virgen de la Soledad de Arganda y la de Chinchón, ambas en la provincia de Madrid; posiblemente algo anterior a la Soledad de Gaspar Becerra, pero que incluimos en este grupo por sus delicadas facciones y su característica vestimenta de viuda noble castellana de la época de los Austria que tuvo su máxima expresión en la citada corte de Felipe II, es Nuestra Señora de la Soledad de la Portería (Las Palmas de Gran Canaria), la hermosa imagen cuyo rostro —cuenta una leyenda con visos de realidad— es a semejanza del de la propia Reina Isabel I, “la Católica”; y sin olvidarnos, entre otras tantas dignas de mención, con Nuestra Señora de la Soledad Coronada, Patrona de Badajoz, cuya tierna mirada —y bien reza el dicho— “ablanda el corazón de todo aquel que la mira”. Asimismo, en numerosas iglesias y ermitas de ciudades y pueblos de tierras castellanas y andaluzas se encuentran cuadros al óleo con esta representación de la Virgen de la Soledad, sin olvidarnos de museos diocesanos y colecciones particulares. De hecho, muchas de estas pinturas o vera efigies, que oscilan entre los siglos XVII y XVIII, alcanzan cifras considerables en reputadas galerías de arte y en subastas de antigüedades.

Fuera de nuestro país existen numerosas representaciones de la Soledad de la Victoria situadas principalmente en iglesias y museos, destacando entre otras: la Virgen de la Soledad de la Iglesia de San Francisco, en la ciudad de Caracas (Venezuela); o la preciosa imagen de la Soledad de Amberes (Bélgica), atribuida al escultor flamenco —de estilo barroco— Petrus Verbrugghen. También ha quedado para la posteridad un cuadro de la Soledad de la Victoria sobre las andas procesionales del pintor puertorriqueño José Campeche Jordán (1752-1809), uno de los máximos exponentes del rococó en América. Asimismo, en Sudamérica las representaciones pictóricas a la Soledad de la denominada escuela cuzqueña, de clara influencia colonial española, son abundantes.

Hace unos pocos años tuvimos la noticia de un lienzo del pintor madrileño Javier Cámara Sánchez-Seco —obra encargada para un monasterio— que representa, precisamente, a la desaparecida Virgen de la Soledad de la Victoria de Gaspar Becerra, con un resultado ciertamente extraordinario.

Como vemos, ha permanecido la divina influencia de esta santa imagen, tanto en su iconografía como en los prodigios realizados, que hoy día sigue conmoviendo el corazón de sus numerosos devotos.

por J.J. Santana

* * *

Enlaces de interés:

Representaciones de la Virgen de la Soledad de La Victoria

De la Soledad de la Victoria a la Soledad de la Paloma (pdf)

Citas bibliográficas

[1]. Los Teatros Madrileños y la Cofradía de la Soledad, Bernardo J. García.

[2]. A la Venerabilísima imagen de N. S. de la Soledad en la célebre translación a su suntuosa capilla, con un epítome de su sagrada historia. (1664).

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A un mendigo (poema)

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A un mendigo

Llama con confianza, anciano,
al ver cerrada mi puerta;
más, si la hallares abierta,
entra sin respeto humano.

Que al saber lo que es pobreza
y lo que es caridad,
se brinda hospitalidad
al pobre aquí con llaneza.

Ya ves: cuando te avecinas
de mi portada a los hierros,
ni se enfurecen los perros,
ni se turban mis gallinas.

Mi hermana regocijada,
porque sabe que eres pobre,
una moneda de cobre
pone en tu mano arrugada.

Y al ver de hambre temblar,
te convida francamente
con gofio y leche caliente
acabada de ordeñar.

Porque al acercarte en pos
del sustento deseado,
reconoce en ti un enviado
que llega en nombre de Dios.

Entra, pues, sin dilación,
traspasa el umbral, amigo,
y entre en mi casa contigo
del cielo la bendición.

No te detenga el rubor,
que tu andrajoso sayal
es un ropaje especial
de los hijos del Señor.

Las inclemencias de Enero
te tienen yerto de frío;
siéntate aquí al lado mío
a la lumbre del brasero.

Seca el calor apacible
tus harapos remendados,
y él a tus miembros helados
dé el vigor apetecible.

En vez de tu desgarrado
y sucio traje raído,
ponte este nuevo vestido
que para ti he procurado.

Para que Dios inmortal
al cabo de mi jornada…
me abra las puertas de entrada
de su mansión celestial.

D. Juan Francisco  y González, Rvdo.

D. Juan Francisco y González (Arucas, 30 de Marzo de 1863 – Arucas, 14 de agosto de 1937), sacerdote y poeta.

Beato John Henry Newman (Cardenal Newman): de las sombras a la luz

Guíame, Luz amable

Guíame, Luz amable,
entre tanta tiniebla espesa:
guíame hacia adelante.

Oscura es la noche
y mi morada aún está lejos:
guíame hacia adelante.

Guarda mis pasos;
no te pido ver confines ni horizontes,
porque un solo paso seguro me basta.
Antes, no pensaba así, ni te dirigía mis oraciones:
guíame hacia adelante.

Me complacía elegir yo sólo el camino;
pero ahora guíame Tú.

Me complacía la luz del día
y sin temor alguno anteponía el orgullo:
no guardes, te ruego, cuenta del pasado.

Desde hace mucho tiempo has estado cerca de mí;
y por ello puedo decir una vez más:
guíame hacia adelante,
por entre ciénagas y pantanos,
entre precipicios y arroyos,
hasta que haya pasado la noche.
Al amanecer,
aquellos rostros de ángeles volverán a sonreír;
ellos, a quienes amé
y por desgracia con el pasar del tiempo, perdí.

         Versos de su poema “La Columna de nube”.

Dios cuida de ti

Dios te quiere, Dios cuida de ti, te llama por tu nombre.
Te ve y te comprende tal y como te hizo.
Sabe lo que hay en ti,
todos tus sentimientos y pensamientos propios,
tus inclinaciones y preferencias,
tu fortaleza y debilidad.

Te ve en tu hora de alegría
y en la hora de tu infortunio.

Conoce tus esperanzas
y se compadece de tus tentaciones.

Se interesa por todas tus ansiedades y recuerdos,
por todos los momentos de tu espíritu.
Te envuelve y te sostiene con sus brazos.

Nunca te olvida,
tanto cuando ríes como cuando lloras.
Cuida de ti con amor.
Escucha tu voz, tu respiración,
los latidos de tu corazón.

* * *

“Ex umbris et imaginibus in veritatem”: De las sombras y las imágenes pasó a la Verdad.

Oración

Oh Dios que diste al Beato John Henry Newman, sacerdote,
la gracia de seguir tu amable luz y hallar la paz en tu Iglesia;
concédenos, por su intercesión y ejemplo,
que podamos pasar de las sombras y las imágenes
a la plenitud de tu verdad.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
un solo Dios, por lo siglos de los siglos. Amen

(Fuente de la oración: Hispanismo.org)

Aunque el fallecimento del Beato Cardenal John Henry Newman —converso del anglicanismo— se produjo el 11 de agosto de 1890, su fiesta se celebra el 9 de octubre: día de su conversión al catolicismo (9 de octubre de 1845).

Enlaces recomendados:

John Henry Newman, profeta de la Verdad católica

Asociación Amigos de Newman

A la Virgen del Rosario (plegaria)

A la Virgen del Rosario
(Plegaria)

A tus plantas hermosas
llegué otras veces,
uniendo bellas rosas
y humildes preces,
que entonces era
un camino florido
mi primavera.

Hoy no traigo otra ofrenda
que fe y amores,
que esta vez en mi senda
no encuentro flores,
pues la fortuna
las agostó a mi paso
una por una.

Dame Tú, Madre mía,
con que adornarte
cuando vuelva otro día
mi fe a buscarte;
con tu permiso
florecerá la tierra
donde yo piso.

Y pues siempre he buscado
yo mis consuelos
en tu manto azulado
como los cielos,
da sin tardanza
alientos que reanimen
a mí esperanza.

No olvides, Virgen pura,
que has ofrecido
endulzar la amargura
del que afligido
va al santuario
para besar las cuentas
de tu rosario.

                Concha Espina de Serna.

* * *

Tu Orden la he encomendado a mi Madre

Imagen ilustrativa: Nuestra Señora del Rosario de la Villa de Agüimes (Foto: José J. Santana)

Témporas de acción de gracias y de petición

Las Témporas son días de acción de gracias y de petición que la comunidad cristiana ofrece a Dios, terminadas las vacaciones y la recolección de las cosechas, al retomar la actividad habitual. En España, la celebración de las Témporas se limita a un día: el 5 de octubre.

Himno

Gracias, Señor, por esta agua que llega
del aire hasta los campos, hasta el bosque y el huerto;
gracias por tu palabra que riega este desierto
del alma, prometiendo las horas de la siega.

Gracias por tanta gracia, tanta cuidada entrega,
por el sol que calienta este corazón yerto;
gracias por estas flores primeras que han abierto
ojos de luz a tanta claridad honda y ciega.

Gracias porque te he visto latiendo en los bancales,
favoreciendo, urdiendo los tiernos esponsales
del verdor con la tierra, la rosa con la rama.

Gracias porque nos enseñas a ser en lo que era,
al olvidar mis estiajes en esta primavera;
gracias porque es llegado el tiempo del que ama.

Amén.

* * *

Enlaces recomendados:

Las témporas de acción de gracias y de petición

Evangelio del día: “Pedid y se os dará”. Témporas de acción de gracias y petición

 

Santa Teresa de Lisieux (Santa Teresita del Niño de Jesús)

Quiero pasar mi cielo haciendo bien en la tierra

Nació en Alençon (Normandía, Francia) el dos de enero de 1873. Fue la mayor de las cinco hijas de los esposos Luis Martin y Celia Guerin. Inteligente y sumamente tierna, escribe: «Si no hubiese sido educada por padres virtuosos, hubiera llegado a ser muy mala y tal vez perderme eternamente». Más tarde, visitando el Carmelo de Lisieux sintió la llamada divina en su alma. A causa de su poca edad y de una grave enfermedad, no podía lograr su deseo. En su habitación la imagen de la Virgen “le sonrió, recuperando milagrosamente la salud. En 1887, delante de León XIII, arrodillada y bañada en lágrimas pidió ser admitida al Carmelo. Al poco tiempo de morir su madre se cumplieron sus deseos, ingresando en las benedictinas de Lisieux el 9 de abril de 1888. Llevó una vida de amor y heroico sacrificio, mereciendo durante toda ella el elogio que recibió una vez: No hizo ninguna cosa extraordinaria, pero todo lo hizo extraordinariamente bien. Únicamente sentía un deseo: ¡Amar a Jesús hasta la locura! Teresita se entrega como ofrenda al cuidado de los pobres y necesitados, siguiendo con humildad su caminito espiritual que ya claramente tiene trazado hacia el cielo: «El amor se paga nada más que con amor, mi misma debilidad me da valor para ofrecerme como víctima a vuestro amor». Pasó diez años dentro de la clausura y su salud no tarda en resistirse. Enferma de tuberculosis, en una larga noche de santa expectación dolorosa, sólo en el corazón de Santa Teresita florece la paz. En su lecho de dolor pronunció estas proféticas palabras: «Sólo amor he dado a Dios durante mi vida, y sólo amor me devolverá el Señor. Después de mi muerte derramaré una lluvia de rosas». Murió el 30 de septiembre de 1897.

* * *

“La vida es con frecuencia pesada. ¡Qué amargura, pero también qué dulzura; Sí, la vida cuesta; es penoso comenzar un día de trabajo; tanto el débil capullo como el hermoso lirio lo han experimentado. ¡Si al menos se sintiese a Jesús…! ¡Oh, con qué gusto se haría todo por El! Pero no. El parece estar lejos… estamos solas con nosotras mismas. Oh, la enojosa compañía cuando Jesús está ausente!

¿Pero qué hace, entonces, este dulce Amigo? ¿No ve nuestra angustia, el peso que nos oprime? ¿Dónde está, por qué no viene a consolarnos puesto que no tenemos otro amigo que a El? ¡Ay…! El no está lejos, está muy cerca y nos mira; y nos “mendiga” esta tristeza, esta agonía… El la “necesita” para las almas, para nuestra alma: ¡Quiere darnos tan bella recompensa! ¡Sus ambiciones para nosotras son tan grandes…!

…¡Oh, qué destino! ¡Qué grande es nuestra alma! ¡Elevémonos por encima de la tierra! Más arriba el aire es puro. Jesús se esconde, pero se le adivina adivina… Derramando lágrimas se le enjugan las suyas, y la Santísima Virgen sonríe. ¡Pobre Madre! ¡Ha sufrido tanto Ella por causa nuestra! Justo es que nosotros la consolemos un poco llorando y sufriendo con Ella…”.

(Extracto de una carta de Santa Teresa de Lisieux a su hermana Celina, Sor Genoveva de la Santa Faz).

Oración

¡Oh Santa Teresita del Niño Jesús, modelo de humildad, de confianza y de amor! Desde lo alto de los cielos deshoja sobre nosotros esas rosas que llevas en tus brazos: la rosa de humildad, para que rindamos nuestro orgullo y aceptemos el yugo del Evangelio; la rosa de la confianza, para que nos abandonemos a la Voluntad de Dios y descansemos en su Misericordia; la rosa del amor para que abriendo nuestras almas sin medida a la gracia, realicemos el único fin para el que Dios nos ha creado a su Imagen: Amarle y hacerle amar Tú que pasas tu Cielo haciendo bien en la tierra, ayúdame en esta necesidad y concédeme del Señor lo que Te pido si ha de ser para gloria de Dios y bien de mi alma. Así sea.

Enlace recomendado: La Basílica de Santa Teresita

A Nuestra Señora del Silencio

Nuestra Señora del Silencio, Patrona de los sordos. Esta imagen se encuentra en la Parroquia de Santa María del Silencio (Madrid).

Tú, que oyes nuestras voces, aunque no hablemos, pues comprendes en el movimiento de nuestras manos el lenguaje de nuestros corazones. No te pedimos, Señora, que nos des la voz y el oído para nuestros cuerpos, sino que nos concedas entender la Palabra de tu Hijo, y llegar a Él con amor, para la salvación de nuestras almas. Queremos amar nuestro silencio para evitar la calumnia, el odio y el pecado y, callando, dar testimonio de nuestra Fe. Queremos ofrecerte el silencio en que vivimos para que todos te llamemos Madre y seamos verdaderos hermanos, sin odios, ni rencores, como hijos tuyos. Te rogamos traduzcas nuestro arrepentimiento ante tu divino Hijo, en la hora de la muerte, para que en la otra vida podamos oír y hablar cantando tu alabanza por toda la eternidad.

(Oración compuesta por dos personas sordomudas en 1972).

* * *

Enlace recomendado: Santa María del Silencio (Parroquia de personas sordas y sordociegas)

Al Santísimo Cristo de Tacoronte (Plegaria)

Plegaria

¿Te vas, señor?
Parece que caminas
levantando tu cruz como bandera.
Caudillo, adelantado, que nos hablas
de luchas y de guerras.

Espera que te hable…
Que he venido
a contarte mis penas…
A pedir por aquellos que no piden…
Que de tí no se acuerdan,
hasta que ven muy cerca la desgracia,
o la sombra fatal, tétrica y negra
del infortunio roza sus mejillas;
o en sus tapias acecha
la segadora del caballo ciego
y la guadaña intrépida…
La que corta las flores más altivas
y las flores modestas.

Por los que alguna vez vienen a verte
y te saben rezar a su manera,
yo te pido, Señor,
el de la cruz en forma de bandera.

Por los que un sol de invierno ha calcinado
y fascina la voz de la sirena.
Los que no ven la luz de un cielo claro
por no elevar sus ojos de la tierra.

Por los que ignoran que esta vida es paso
y ruta a las estrellas.
Los que no ven la espina entre la rosa
ni la marcada huella
del reptil por el polvo menudito
de la vereda estrecha.
Los que no oyeron en su blanca cuna
una canción de nardos y azucenas.
Por los que llevan el amor oculto
en un mar de tristezas.
Por los que llegan sólo para verte
y no pasan tus puertas,
porque les da pavor esa mirada
que a mí me infunde amores y clemencia…
Por todos, que son hijos de tu sangre.
Por todos mi plegaria.
Tu bandera.
Capitán de un ejército ecuménico,
en marcha está.

¡Alerta!
Y ya sabemos que el vivir es eso:
¡Vivir es dura guerra!

                 A. Ureña, Salesiano.

Festividad de San José de Cupertino, fraile franciscano conventual

San José de Cupertino, fraile franciscano conventual

La familia religiosa del Seráfico padre San Francisca de Asís, en la rama más antigua de su primera Orden, llamada de Menores franciscanos conventuales, celebra la fiesta de este santo, singular premio por sus virtudes —humildad y paciencia ante las humillaciones y los fracasos— y por los dones que recibió del Señor. Nació José María Desa el año 1.603, en la localidad italiana de Cupertino, de la provincia de Lecce, de padres pobres y religiosos que educaron a su hijo en el santo amor a Dios. En su deseo de ofrecerse al Señor, intentó ingresar en la religión capuchina, más hubieron de despedirlo por su ineptitud para los oficios; no desistió el joven y solicitó su ingreso entre los padres conventuales, quienes movidos de la bondad del postulante, le admitieron como hermano lego. Más tarde, a causa de su excelente comportamiento y por especial disposición del Señor, le hicieron estudiar y a los 25 años se ordena sacerdote. Sus virtudes, los favores que recibía del cielo y otros prodigios  —arrobado de éxtasis, levitaba a grandes alturas— hacían que la gente acudiera, a su pesar, en tropel a venerarlo. Más de sesenta fueron los éxtasis públicos, con la particularidad de que cesaban a la voz de la obediencia. Su paciencia era inagotable, ya que muchos le atacaban por su sencillez, por su humildad y por su extremada pobreza; y vivió muchos años con grandes tribulaciones, de las que le libró después el Señor, llevándolo al descanso eterno desde Osimo el 18 de septiembre de 1663, cuando contaba sesenta años. Sus últimas palabras fueron para la Virgen: Monstra te esse Matrem: Muestra que eres mi Madre. Contaban los frailes que aquel perfume milagroso que indicaba su presencia en los conventos se difundió en ese momento y duró muchos años. Conocido como “el santo volador” es, además, considerado patrono de los estudiantes, pues sus oportunas invocaciones a la Virgen le bastaban para lograr prodigios de sabiduría en los exámenes.

* * *

Protector de los examinandos 

Vivió San José de Cupertino en el siglo XVII (1603-1663). Joven todavía, y vencidas ya no pequeñas dificultades motivadas por su escasísima aptitud para las letras, fue admitido en calidad de lego en la Orden de Franciscanos Conventuales y destinado inmediatamente al convento de Santa María della Grotella, cuyos religiosos diéronse muy pronto cuenta del gran tesoro que Dios les había confiado, que a las reiteradas y a las justas instancias de ellos debió el Santo la singular merced de ser admitido entre los religiosos del coro, a pesar, según hemos dicho, de su poca disposición para el estudio.

Por su parte, haciéndose cargo el joven Religioso de sus nuevos deberes de estudiante, dióse con ánimo esforzado a observarlos, y después de mucho trabajo y diligencia pudo penetrar algo en el conocimiento del latín y aun a traducir con seguridad aquel fragmento del Evangelio, donde, entre otras cosas, se leen aquellas tan conocidas palabras: Beatus venter qui te portavit.

Preparado de esta suerte y puesta toda su confianza en la Santísima Virgen presentóse para recibir el Diaconado, siendo de advertir que la primera clerical tonsura, las cuatro Órdenes menores y el subdiaconado los recibió sin previo examen, atendida su pura santidad. Era el señor Obispo de Nardó, D. Jerónimo de Franchi, quien debía conferirle tal Orden, y lo hubiera realizado pasando por alto el requisito del previo examen, a no habérselo recordado uno de los que le acompañaban. Por este motivo se dispuso aquel Prelado a cumplir los sagrados Cánones, y a tal fin abrió al azar el libro de los santos Evangelios, señalando como materia para el examen el pasaje que tan providencialmente se había ofrecido, esto es, el único ya citado, que el Santo conocía con perfección. Tradújolo el humilde religioso y lo comentó luego con tan santa maestría, ponderando las excelencias de la Virgen, que dejó al Obispo sumamente satisfecho y admirados a los demás presentes.

Pero mayores y hasta humanamente insuperables eran las dificultades con que parecía haber de tropezar para recibir el Presbiterado, pues, dada la fama de riguroso que tenía el señor Obispo de Castro, Don Juan Deti, era de temer que por esta vez saliese mal parado el Santo, y esto le habría sucedido a no contar con la protección y amparo de la Santísima Virgen, la cual le infundió tal ánimo que se presentó con toda confianza a exámenes en compañía de otros ordenandos de su Instituto muy aprovechados en ciencias divinas y humanas. Preguntó el señor Obispo a varios de los mismos con el rigor que acostumbraba, y deduciendo, luego, de la notoria aptitud de los ya examinados la de los que quedaban todavía por examinar, entre los cuales estaba San José de Cupertino, dejó de preguntar a estos últimos, dándose por satisfecho de todos.

Pedro Mártir Bordoy i Torrents

Oración

Querido Santo, purifica mi corazón, transfórmalo y hazlo semejante al tuyo, infunde en mí tu fervor, tu sabiduría y tu fe. Muestra tu bondad ayudándome y yo me esforzaré en imitar tus virtudes. Gloria…

Amable protector mío, el estudio frecuentemente me resulta difícil, duro y aburrido. Tú puedes hacérmelo fácil y agradable. Esperas solamente mi llamada. Yo te prometo un mayor esfuerzo en mis estudios y una vida más digna de tu santidad. Gloria…

Oh Dios, que dispusiste atraerlo todo a tu unigénito Hijo, elevado sobre la tierra en la Cruz, concédenos qué, por los méritos y ejemplos de tu Seráfico Confesor José, sobreponiéndonos a todas las terrenas concupiscencias, merezcamos llegar a El, que contigo vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.

San José de Cupertino, por José María Feraud

La Virgen de las Angustias (Recuerdo de Granada)

La Virgen de las Angustias

(Recuerdo de Granada)

Allí donde cerrada
De perlas y de aromas
Yació vilipendiada
Y esclava la mujer;
Allí donde los moros
Gozaron sus amores
Y alzaron entre flores
El Templo del Placer;

Al pie de la colina
Que aún muestra por corona
La Alhambra granadina,
Palacio del Amor,
Alzaron los cristianos
Morada más divina:
La casa de la Virgen,
El Templo del Dolor.

En él está la madre
De todos los que lloran…
Rendidos a sus plantas
Estáticos le adoran…
La tímida doncella
La busca por dechado:
Perdón aguarda de ella
La triste que ha pecado.

La lluvia providente
Le pide el campesino;
La vuelta del ausente
La esposa del marino;
Salud el pobre enfermo,
Victoria el campeón:
El huérfano infelice,
Fiado en su amor santo,
«¡Ampárame (le dice)
Debajo de tu manto!»

Demándale el pechero
Que postre a su enemigo;
Justicia el caballero….
Consuelos el mendigo,
Puerto seguro el náufrago.
El vate inspiración.

Y al ver aquellas lágrimas
Que en las mejillas mustias
De la celeste Madre
Revelan sus Angustias,
Todos los tristes hallan
Alivio a su penar.

Que es el dolor la fuente
Del bien y la alegría,
Y de la cruz pendiente
El Hijo de María
Trocó en mérito y gloria
La dicha de llorar.

                         Pedro Antonio de Alarcón (S. XIX).