Festividad de San José de Cupertino, fraile franciscano conventual

San José de Cupertino, fraile franciscano conventual

La familia religiosa del Seráfico padre San Francisca de Asís, en la rama más antigua de su primera Orden, llamada de Menores franciscanos conventuales, celebra la fiesta de este santo, singular premio por sus virtudes —humildad y paciencia ante las humillaciones y los fracasos— y por los dones que recibió del Señor. Nació José María Desa el año 1.603, en la localidad italiana de Cupertino, de la provincia de Lecce, de padres pobres y religiosos que educaron a su hijo en el santo amor a Dios. En su deseo de ofrecerse al Señor, intentó ingresar en la religión capuchina, más hubieron de despedirlo por su ineptitud para los oficios; no desistió el joven y solicitó su ingreso entre los padres conventuales, quienes movidos de la bondad del postulante, le admitieron como hermano lego. Más tarde, a causa de su excelente comportamiento y por especial disposición del Señor, le hicieron estudiar y a los 25 años se ordena sacerdote. Sus virtudes, los favores que recibía del cielo y otros prodigios  —arrobado de éxtasis, levitaba a grandes alturas— hacían que la gente acudiera, a su pesar, en tropel a venerarlo. Más de sesenta fueron los éxtasis públicos, con la particularidad de que cesaban a la voz de la obediencia. Su paciencia era inagotable, ya que muchos le atacaban por su sencillez, por su humildad y por su extremada pobreza; y vivió muchos años con grandes tribulaciones, de las que le libró después el Señor, llevándolo al descanso eterno desde Osimo el 18 de septiembre de 1663, cuando contaba sesenta años. Sus últimas palabras fueron para la Virgen: Monstra te esse Matrem: Muestra que eres mi Madre. Contaban los frailes que aquel perfume milagroso que indicaba su presencia en los conventos se difundió en ese momento y duró muchos años. Conocido como “el santo volador” es, además, considerado patrono de los estudiantes, pues sus oportunas invocaciones a la Virgen le bastaban para lograr prodigios de sabiduría en los exámenes.

* * *

Protector de los examinandos 

Vivió San José de Cupertino en el siglo XVII (1603-1663). Joven todavía, y vencidas ya no pequeñas dificultades motivadas por su escasísima aptitud para las letras, fue admitido en calidad de lego en la Orden de Franciscanos Conventuales y destinado inmediatamente al convento de Santa María della Grotella, cuyos religiosos diéronse muy pronto cuenta del gran tesoro que Dios les había confiado, que a las reiteradas y a las justas instancias de ellos debió el Santo la singular merced de ser admitido entre los religiosos del coro, a pesar, según hemos dicho, de su poca disposición para el estudio.

Por su parte, haciéndose cargo el joven Religioso de sus nuevos deberes de estudiante, dióse con ánimo esforzado a observarlos, y después de mucho trabajo y diligencia pudo penetrar algo en el conocimiento del latín y aun a traducir con seguridad aquel fragmento del Evangelio, donde, entre otras cosas, se leen aquellas tan conocidas palabras: Beatus venter qui te portavit.

Preparado de esta suerte y puesta toda su confianza en la Santísima Virgen presentóse para recibir el Diaconado, siendo de advertir que la primera clerical tonsura, las cuatro Órdenes menores y el subdiaconado los recibió sin previo examen, atendida su pura santidad. Era el señor Obispo de Nardó, D. Jerónimo de Franchi, quien debía conferirle tal Orden, y lo hubiera realizado pasando por alto el requisito del previo examen, a no habérselo recordado uno de los que le acompañaban. Por este motivo se dispuso aquel Prelado a cumplir los sagrados Cánones, y a tal fin abrió al azar el libro de los santos Evangelios, señalando como materia para el examen el pasaje que tan providencialmente se había ofrecido, esto es, el único ya citado, que el Santo conocía con perfección. Tradújolo el humilde religioso y lo comentó luego con tan santa maestría, ponderando las excelencias de la Virgen, que dejó al Obispo sumamente satisfecho y admirados a los demás presentes.

Pero mayores y hasta humanamente insuperables eran las dificultades con que parecía haber de tropezar para recibir el Presbiterado, pues, dada la fama de riguroso que tenía el señor Obispo de Castro, Don Juan Deti, era de temer que por esta vez saliese mal parado el Santo, y esto le habría sucedido a no contar con la protección y amparo de la Santísima Virgen, la cual le infundió tal ánimo que se presentó con toda confianza a exámenes en compañía de otros ordenandos de su Instituto muy aprovechados en ciencias divinas y humanas. Preguntó el señor Obispo a varios de los mismos con el rigor que acostumbraba, y deduciendo, luego, de la notoria aptitud de los ya examinados la de los que quedaban todavía por examinar, entre los cuales estaba San José de Cupertino, dejó de preguntar a estos últimos, dándose por satisfecho de todos.

Pedro Mártir Bordoy i Torrents

Oración

Querido Santo, purifica mi corazón, transfórmalo y hazlo semejante al tuyo, infunde en mí tu fervor, tu sabiduría y tu fe. Muestra tu bondad ayudándome y yo me esforzaré en imitar tus virtudes. Gloria…

Amable protector mío, el estudio frecuentemente me resulta difícil, duro y aburrido. Tú puedes hacérmelo fácil y agradable. Esperas solamente mi llamada. Yo te prometo un mayor esfuerzo en mis estudios y una vida más digna de tu santidad. Gloria…

Oh Dios, que dispusiste atraerlo todo a tu unigénito Hijo, elevado sobre la tierra en la Cruz, concédenos qué, por los méritos y ejemplos de tu Seráfico Confesor José, sobreponiéndonos a todas las terrenas concupiscencias, merezcamos llegar a El, que contigo vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.

San José de Cupertino, por José María Feraud

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La Virgen de las Angustias (Recuerdo de Granada)

La Virgen de las Angustias

(Recuerdo de Granada)

Allí donde cerrada
De perlas y de aromas
Yació vilipendiada
Y esclava la mujer;
Allí donde los moros
Gozaron sus amores
Y alzaron entre flores
El Templo del Placer;

Al pie de la colina
Que aún muestra por corona
La Alhambra granadina,
Palacio del Amor,
Alzaron los cristianos
Morada más divina:
La casa de la Virgen,
El Templo del Dolor.

En él está la madre
De todos los que lloran…
Rendidos a sus plantas
Estáticos le adoran…
La tímida doncella
La busca por dechado:
Perdón aguarda de ella
La triste que ha pecado.

La lluvia providente
Le pide el campesino;
La vuelta del ausente
La esposa del marino;
Salud el pobre enfermo,
Victoria el campeón:
El huérfano infelice,
Fiado en su amor santo,
«¡Ampárame (le dice)
Debajo de tu manto!»

Demándale el pechero
Que postre a su enemigo;
Justicia el caballero….
Consuelos el mendigo,
Puerto seguro el náufrago.
El vate inspiración.

Y al ver aquellas lágrimas
Que en las mejillas mustias
De la celeste Madre
Revelan sus Angustias,
Todos los tristes hallan
Alivio a su penar.

Que es el dolor la fuente
Del bien y la alegría,
Y de la cruz pendiente
El Hijo de María
Trocó en mérito y gloria
La dicha de llorar.

                         Pedro Antonio de Alarcón (S. XIX).

Nuestra Señora de la Soledad de la Portería, leyenda dorada

Mas, entre tantas Imágenes de Soledad existentes en las Islas, resalta y tiene encanto especial la del Convento de San Francisco de Las Palmas, conocida con el nombre de Virgen de la Portería.

El origen de esta Imagen lo encontramos también arropado con una leyenda delicada, que, de padres a hijos y de boca en boca, ha llegado hasta nosotros.

Cuentan, que, allá por los años de la conquista de Gran Canaria, se paseaba, por el puerto de la ciudad de Cádiz, una señora enlutada, con una pena profunda en su alma resignada. Buscaba embarcación para la isla recién conquistada, porque quería hacer llegar a los Padres Franciscanos de la misma un encargo misterioso.

Ella, con rostro suplicante, se dirige al capitán de unas de las naves, que estaban prontas a zarpar. Mas el patrón, lleno de altivez y sin hacer caso a la petición de la señora, suelta las amarras de su barco y se hace a la mar. Y comienza a navegar rumbo hacia el sur. Pero de pronto, Y de un modo inesperado, le sorprende una tormenta y se ve obligado a volver al puerto, de donde había salido.

Por segunda y muchas veces más vuelve a hacerse a la mar, y otras tantas tiene que refugiarse, porque nuevas tormentas le obligan a ello.

La señora enlutada insiste en su petición; y el marino, ya sin la altivez de antes, acepta en su nave el embalaje. Recibirlo y cesar los obstáculos a la navegación, todo fue uno.

A los pocos días el marino, – tranquilo, como el mar, arriba al puerto de las Isletas con toda felicidad. A toda prisa se encamina al Real de Las Palmas y entrega su encargo al Convento de San Francisco.

En presencia del Guardián, Discretos del Convento y de los hombres de la mar, se abre el baúl del misterio. Y ¡oh sorpresa!, aparece, ante las miradas de todos, una Imagen de María; y comprueban con sus propios ojos, como ella tiene la misma cara, los mismos vestidos de luto, y hasta la misma pena de aquella señora enlutada, que días atrás se paseara por el puerto de Cádiz.

¡Era la Virgen de la Soledad, o de la Portería, del Convento de San Francisco de las Palmas!

Veracazorla. B.O. Diócesis de Canarias, 1981

* * *

Soneto a la Virgen de la Soledad

Pasas muda, florosa y enlutada;
y al ver esa piedad con que me miras
sé que ruegas por mí y por mí suspiras;
por mí, que soy ceniza, polvo, nada.

Dame tu llanto lágrima sagrada,
para salvarme del mundo y sus mentiras.
Yo, pecador, hallo en la fe que inspiras
un consuelo a mi alma atormentada.

El Dolor es contigo, y me arrepiento
de ser causa de él, por tener parte,
pues soy hombre y culpable en el delito
de alzar la cruz, y en mi interior la siento.
Mas su signo se trueca en mí baluarte
y tu dolor está en mi cruz inscrito.

                          Luis Benítez Inglott

Dedicada a la Santísima Virgen de los Dolores

Al Pie de la Cruz.
(Dedicada a la Santísima Virgen de los Dolores)

I

Venid en derredor, cercadme todos,
Mirad al Hijo tierno mármol frío,
Y entre los varios modos
Con que el pecho combate al albedrío.
Decid, ¿dónde hay un dolor igual al mío?

Su sangre es leche mía, sus entrañas
Entrañas mías son ¿quien tal dijera?
¡Ay! ¿cómo al alma extraña
Podrían ser las penas que sufriera
Aquel por cuya vida miles diera?

Torno los ojos sin su luz perdidos
Que mi sol se anubló ¡tristes amores!
Si al cielo fueron idos.
Coronada de espinas, flor de flores,
Virgen y madre soy, más de dolores.

De aquí no apartaré la planta esquiva
Hasta quererlo y ordenarlo el Padre,
Sea yo mientras viva
La efigie del dolor para que cuadre:
“No hay un amor igual al de una madre”.

Dijo María, y con pesar profundo
Muda, a sus pies lloró la humanidad:
¡Oh! ¡cuán cara ha costado siempre al mundo
La inestimable luz de la verdad!

Amargura del mar, mar de amarguras
Dice a todos tu santo y dulce nombre;
Más por eso entre tantas criaturas
Mereciste ser madre del Dios-hombre.

Lágrimas mil mas puras que el rocío
Tu herido corazón tierno manó;
Más, ¡cuántas almas del averno impío
Cada gota de aquellas rescató!

Si una madre no acepta ya consuelo
Cuando vela el sepulcro de su amor,
Temple al menos tu pena en este suelo
Ver los hijos que engendra tu dolor.

Veelos unidos…. tu piedad imploran
Porque amaron también, y en este día
Recuerdos de su amor perdidos lloran
Juntando su dolor al de María.

Helos todos aquí que al Hijo amado
Con inefable afán ruegan y admiran;
Más al tocar tu pecho desgarrado,
¡Ya no pueden orar…. solo suspiran!

II

“Amad y perdonad”: Jesús lo dijo
Y de amor y perdón nos dio el modelo
Cuando en sufrir prolijo
Tras descender cual hostia desde el cielo,
Por nuestro amor no más murió en el suelo.

Pues no saben lo que hacen, exclamaba,
Padre mió, perdónalos te pido:
¡Ah! con ello enseñaba
Que el Justo de ignorantes ofendido,
La injuria debe dar siempre al olvido.

Se estremece la tierra adolorida
Mientras el árbol de paz firme se ostenta
Cual roca combatida:
Así vence la Iglesia a la tormenta
Que a los pueblos sacude y amedrenta.

Turbado el sol en convulsión tan fuerte
Viste por luto fúnebre capuz;
Más, ¡cuál es nuestra suerte!
Pío temáis si del sol muere la luz,
Que otra eterna ha nacido de la cruz.

Si aurora sin ocaso blanda hiere
Los ojos en el vicio adormecidos,
Un día el que creyere,
Con los ojos del alma enaltecidos
Verá al sol de justicia entre escogidos.

Y las nieblas del mal que al orbe entero
Amagaron cubrir, temerá en vano
Cuando al fulgor primero
Que su imagen tomó del Soberano,
Torne el destino del linaje humano.

Si el hierro al sauce hiere, aun más pomposo
Extiende a su placer tallos y sombra;
Tal el mártir glorioso
Con sentir en su cuerpo mal que asombra
Extiende más y más la fe que nombra.

Árbol a cuyo pie, si herido, fuerte,
Reúnes hoy la humanidad perdida
En busca de su suerte;
La palabra de Dios está cumplida,
Un árbol dio la muerte, otro da vida.

Mas, ¡ay! que entre tus vástagos lozanos
Tinta en llanto de sangre tan preciosa,
Por nuestra culpa, hermanos,
Está de Jericó la blanca rosa,
Triste como el dolor, cual él hermosa.

¡Ah! Madre virgen, si entre mil dolores
Ves cual hombre morir al Dios que admiran.
Perdonen tus amores
A estos hijos que al verte cual le miran.
Como amaron también, también suspiran.

                                 C. Pascual y Genís.

Imagen ilustrativa: “A tus plantas”, pintura a acuarela y tinta china del artista Domingo J. Cabrera.

Elogio de la Cruz

La Cruz es el mejor imán que atrae las bendiciones del cielo… (Foto: José J. Santana)

La Cruz es el Ara sacratísima sobre la que fue inmolada la Víctima y el Sacerdote… La Cruz es el Palo sangriento, la Serpiente de bronce a cuya sola vista nos sentimos curados los que somos mordidos por las víboras de los siete pecados capitales; por los dientes venenosos de las tres concupiscencias que nos traen continuamente a mal traer… Sin la Cruz salvadora, ¿qué sería de nosotros, míseros y eternos menores de edad, ante la nefanda trinidad que enseñorea el mundo, porque todo en él es poco menos que carne, demonio y muerte en amalgama constante y abrasadora?

La Cruz es, empero, la mejor arma que repele, ahuyenta y vence, al fin, a Satanás con toda su traílla de precitos que no saben amar: la Cruz es el mejor imán que atrae las bendiciones del cielo… Por esto todas las bendiciones de la Iglesia dance en forma de Cruz, desde la Bendición Papal hasta la que da a su hijo la más humilde de las madres…

La Cruz es la más excelente gloria del amor de Cristo, porque es confortador recuerdo y constante y dulcísimo memorial de la infinita caridad que a todas nos tuvo y tiene, porque así nos amó, que quiso morir por nosotros en ella clavado, como el ludibrio de la plebe, entre los desamparos de Dios, y las iras y abominaciones de los hombres… ¡Ah!, ¡balanza finísima, sensibilísima la suya!, fue su Diestra platillo donde colocó toda su Sangre—¡bastaba una gotilla!—, y al punto bajó el siniestro platillo donde todas nuestras ruindades… y, al levantar la diestra, dio con la puerta del cielo que quedó abierta, patente, invitadora… Statera jacta corporis! Todo nos lo es la Cruz, porque allí tenemos los ejemplos más encumbrados de todas las virtudes: sobresalen allí por manera tal la humildad, la paciencia, la caridad heroica, la mansedumbre, la obediencia y la suma constancia de ánimo no solamente en sufrir dolores por la justicia, sino también en padecer muerte y muerte afrentosa… que con toda verdad puede decirse que en sólo el día de su Pasión expresó en Sí mismo nuestro Salvador todas las reglas del buen vivir que nos había dado de palabra durante el tiempo de su predicación…

Por eso, al colgar de la espetera mi pluma al final de este Año Santo, Décimonono Aniversario de nuestra Redención, cúmpleme escribir y gózome en clamar con voz prepotente: «¡Señor mío Jesucristo, Rey inmortal de las siglos!, confieso y proclamo que nací en los brazos de tu Cruz… que he vivido y quiero seguir viviendo asido a tu Cruz como la débil hiedra al robusto olmo que la protege: que quiero luchar y sufrir amarrado a tu Cruz… y, si en los embates de la vida, me es fuerza caer, quiero caer cosido con tu Cruz; porque así no he de recibir daño alguno: que quiero morir, acabar mi peregrinación prolija (que ya me cansa este destejer cotidiano y fastidioso… cupio dissolvi!….); que quiero cerrar mis ojos, digo, fijándolos en tu Cruz, asido a tu Cruz, para resucitar, al fin de los tiempos, todavía clavado con tu Cruz que habré sostenido en el seno de la tierra con mis brazos descarnados… Quiero resucitar con tu Cruz abrazado, porque tu Cruz es el Código por el que serán juzgadas todas las Generaciones en aquel tremendo Día… y allí, tu Justicia Eterna resplandecerá, eso es, me hará justicia, aquella justicia que he buscado casi siempre inútilmente en los jueces humanos… porque tu Código no puede mentir y no miente… porque es él solo infalible, inapelable, insobornable… Por eso hoy para mañana, ganando, prudente y avisado, tiempo al tiempo, dígote, Señor, Dios misericordioso, dulce Jesús bendito: Inter oves locum praesta…. ¡Siéntame, Señor, aquel día entre tus ovejas, a tu diestra, a mí que he llevado y defendido tu Cruz!».

Fray Francisco Iglesias, O.F.M.
(La Hormiga de Oro, abril de 1934)

* * *

Una Cruz sencilla

Nada se ha inventado sobre la tierra
más grande que la cruz.
Hecha está la cruz a la medida de Dios,
de nuestro Dios.
Y hecha está también a la medida del hombre…
Hazme una cruz sencilla, carpintero…,
sin añadidos ni ornamentos,
que se vean desnudos los maderos,
desnudos y decididamente rectos:
los brazos en abrazo hacia la tierra,
el astil disparándose a los cielos.
Que no haya un sólo adorno que distraiga este gesto,
este equilibrio humano de los mandamientos.
Sencilla, sencilla…
hazme una cruz sencilla, carpintero.
Aquí cabe crucificado nuestro Dios,
nuestro Dios próximo,
nuestro pequeño Dios,
el Señor,
el Enviado Divino,
el Puente Luminoso,
el Dios hecho hombre o el hombre hecho Dios,
el que pone en comunicación
nuestro pequeño recinto planetario solar
con el universo de la luz absoluta.
Aquí cabe… crucificado… en esta cruz…
Y nuestra pobre y humana arquitectura de barro…
cabe… ¡crucificada también!

                                        León Felipe.

Cristo de La Laguna

Cristo de La Laguna

Ahilado en tu negra cruz, entre pálidas pirámides de cirios, donde tus carnes enjutas se derriten en marfil a fuerza de espiritualidad y sufrimiento.

…Así te vi en tu recóndita capilla de la ciudad ascética, —solemne en capas pluviales y nieblas de incienso—, cierta tarde en que mi alma tenía ansias de tus consuelos y mi conciencia era como un grito
de angustia en medio de los afanes trepidantes del mundo.

¡Cristo de La Laguna!, visión del Greco materializada de repente en el milagro de tu faz sangrante, de tu corona de espinas, de tu melena de sombras, que es luz en la penumbra, espejismo en la distancia y realidad eterna cuando unas manos piadosas nos cierren para siempre los ojos.

Permíteme ¡oh, Maestro!, que yo, pecador y escéptico, repita en estos instantes, en que la barbarie humana quiere otra vez crucificarte, las divinas palabras del poeta:

“Sea mi corazón
brasa de tu incensario”.

J. Pérez Abreu

Imagen: “Santo Cristo de La Laguna”, óleo por José Antonio Contreras.

* * *

Enlace de interés: Santo Cristo de La Laguna

El Dulce Nombre de María

El Dulce Nombre de María

Hay un nombre en el mundo que enamora
a aquel que le pronuncia con fe pía:
este nombre es el nombre de María
con que Dios adornó a la gran Señora.

Por esto cuando brilla ya la aurora
derramando la luz y la alegría,
se hunde en el pasado un nuevo día
huyendo sin cesar hora tras hora…

La mar que en leves ondas se dilata,
el ave que en el bosque se guarece,
de la luna la tibia luz de plata,

El sol que entre las nubes resplandece,
y aun el hombre, que acaso desconfía,
murmuran con amor: ¡Virgen María!

                       José Rogerio Sánchez.

* * *

El Santo y Dulce Nombre de María

A la Virgen de la Piedad

Madre, que sabes lo que significa estrechar entre los brazos el cuerpo muerto del Hijo.

Gozos en honor a Nuestra Señora de la Piedad

Pues tanta es vuestra bondad
que a nadie habéis desoído:
Consolad al afligido,
tierna Madre de Piedad.

Cuando el Señor os crio
hermosa e inmaculada
para ser su Madre amada,
ya de piedad os dotó;
toda piadosa os formó
en pro de la humanidad.

Vuestra piedad hacia Dios
es la mayor que ha existido,
pues ser creado no ha habido
que le amase como Vos,
ni que mostrase por nos
más ardiente caridad.

Al Niño Dios concebisteis
para nuestro Salvador,
al que en Belén con amor
por nosotros a luz disteis,
y en el templo lo ofrecisteis
hostia por nuestra maldad.

Sumamente piadosa
en el Calvario os mostrasteis,
cuando a Jesús contemplasteis
clavad o en Cruz afrentosa;
lo sufristeis generosa
para nuestra libertad.

Por hijos a Vos nos dio
el Redentor moribundo,
y con dolor muy profundo
vuestra piedad nos parió
en espíritu, y cumplió
de Jesús la voluntad.

En los brazos recibisteis
ya muerto al Hijo querido,
y habiéndonos a Él unido,
al Padre nos ofrecisteis,
“Son los hijos que me disteis”,
diciendo a Su Majestad.

Desde entonces, Madre amada,
piadosa al hombre miráis
por hijo, y no le olvidáis,
aunque Reina coronada
del cielo, y sois su abogada
delante la Trinidad.

Aunque pobres pecadores
somos todos hijos vuestros;
no miréis los yerros nuestros,
causa de vuestros dolores:
de tantas culpas y errores
el perdón nos alcanzad.

Siempre que con devoción
el fiel a Vos ha acudido
pronto el efecto ha sentido
de vuestra protección;
por Vos toda tentación
cede y toda enfermedad.

En el trance de la muerte
amparadnos piadosa;
ya que sois tan poderosa,
alcanzadnos del Dios fuerte
logremos la feliz suerte
de gloriosa eternidad.

Ya que a vuestra gran bondad
en vano nadie ha acudido:
Consolad al afligido,
tierna Madre de Piedad.

V. Per tuam pietatem, Virgo María

R. Intercede pro nobis ad Dominum.

* * *

Oración a la Virgen de la Piedad

Madre, que sabes lo que significa estrechar
entre los brazos el cuerpo muerto del Hijo,
de Aquel a quien has dado la vida,
ahorra a todas las madres de esta tierra
la muerte de sus hijos,
los tormentos, la esclavitud,
la destrucción de la guerra,
las persecuciones,
los campos de concentración, las cárceles.
Mantén en ellas el gozo del nacimiento,
del sustento, del desarrollo del hombre y de su vida.
En nombre de esta vida,
en nombre del nacimiento del Señor,
implora con nosotros la paz y la justicia en el mundo.

Madre de la Paz,
en toda la belleza y majestad de tu Maternidad
que la Iglesia exalta y el mundo admira,
te pedimos:
Permanece con nosotros en todo momento.
Haz que este nuevo año sea año de paz
en virtud del nacimiento y la muerte de tu Hijo.

Amén.

            Homilía del Santo Padre Juan Pablo II. Basílica de San Pedro, Vaticano, 1-1-1979

Imagen ilustrativa: Cuadro de Nuestra Señora de la Piedad (Ermita de la Piedad, La Orotava).

A la Santísima Virgen del Pino (Tríptico)

A LA SANTÍSIMA VIRGEN DEL PINO

TRÍPTICO
I
LA INOCENCIA
—¿Por qué lloran los hombres al mirarte,
siendo tan buena, tan hermosa y santa?
Yo soy niño y, ya ves, a mi me encanta
tu nombre pronunciar y contemplarte.

¿Por qué el pueblo no cesa de alabarte
con tan firme piedad y con fe tanta,
que me asusta y oprime mi garganta
un temor que no acierto a explicarte?

No lo sé; pero, quiero ser como ellos,
y tus glorías cantar y defenderte.
¡Madre mía del Pino, yo te adoro!

Vuelve, vuelve hacia mí tus ojos bellos
y verás cómo soy un hombre fuerte;
que, aunque te rezo y canto, yo no lloro.

II
LA FORTALEZA
—Hombre soy. De mis padres he aprendido
a serte fiel. ¡Ayúdame, Señora,
que es difícil seguir en esta hora
la senda que trazaron los que se han ido!

Te enaltece tu pueblo agradecido;
es el mismo que cuando sufre y llora
acude a Ti, su Reina y Protectora,
y ¡siempre, siempre, siempre le has oído!

Hoy la paz, la abundancia en sus hogares
hacen feliz al pueblo que te ama.
¿No perderá, por ello, su camino?

¿Olvidará que en los canarios lares
ardió siempre la pura y viva llama
de intenso amor a Ti, Virgen del Pino?

III
LA FE
—Si la Patria se siente amenazada
y sonido estridente a guerra toca,
el soldado, en Ti puesta la mirada,
tu dulce nombre con fervor invoca.

Si la mar fragorosa, embravecida,
como a hoja seca el bajel sacude,
el nauta, con su fe más encendida,
es a Ti, Virgen Santa, a quien acude.

Y la madre que por sus hijos reza;
la joven que defiende su pureza;

y el hombre de ciudad, y el campesino,
¡todos piensa en Ti, Virgen del Pino!

¡Cuán hermosa, la fe pura y sencilla
que guarda entre sus pliegues la mantilla!

             Juan Bautista Ros Andreu, 1954.

Dios te Salve, María (a la Virgen del Pino)

A la Virgen del Pino

Reina de Gran Canaria, Madre excelsa del pino:
Cuando Tú vas delante, no es amargo el camino,
ni es temible la noche, ni la estrecha vereda
que hasta el valle desciende de la abrupta.

Cuando Tú vas delante, el camino es de rosas
que sembraron doncellas y cortaron las diosas,
y es de violetas y de pálidos lirios,
que trajeron los ángeles de los jardines sirios.

Y de camelias nítidas saturadas de esencia,
venidas entre nubes de la hermosa Valencia,
y de claveles dobles que allá en Granada mora,
cogieron manos blancas para la Gran Señora.

Madre excelsa del Pino, Reina de Gran Canaria:
yo te ruego que escuches esta humilde plegaría,
que brota hasta los labios de un pobre corazón,
en esa hora mística del toque de oración.

Yo te pido que traigas el remedio a mis males;
que de mí siempre apartes los pecados mortales;
que me des humildad del hermano Francisco
de Asís, aunque vaya por el llano o el risco;
que broten en mi pecho las flores del amor,
para todos los hombres que marchite el dolor;
que de estas islas nunca apartes Tus miradas,
porque, si Tú las miras, sí son Afortunadas;
que sean el dichoso rincón del Universo
libre de la malicia y del instinto perverso,
y sean Paraíso eterno terrenal.
¡Reina de las Canarias: Defiéndelas del mal!

                       Francisco Losada Calvo.

* * *

Dios te Salve, llena de gracia…

Dios te Salve María,
Rosa Lozana,
más pura que la brisa
de la mañana;
de gracia llena
Limpia de toda mancha,
Linda azucena.

El Señor es contigo,
Bendita eres,
Entre las escogidas,
Santas Mujeres.
Sea Jesús Bendito
Fruto precioso;
De tu Sagrado vientre
Casto y Dichoso.

Santa María,
Madre del Dios de amores,
Ruégale, por nosotros
Los Pecadores,
Y ahora, y en la hora,
—de nuestra muerte;
nos defienda tu brazo
Seguro y fuerte.

Virgen María,
Madre de amor
Todos te aclaman;
Con gran fervor.

Mira a tus hijos,
tan doloridos,
tan afligidos,
tan condolidos.

Mira a tus hijos,
Con tierno amor
Con Maternales; muestras
de Redención.

Ya que tú quieres, que sea así:
Virgen del Pino,
Ruega por Mí.

Desde tu Pino,
ya Resplandeces
Como la Reina y Madre;
de estos Vergeles.

Madre del Pino,
Madre de amor
Conserva puro,
mi Corazón.

El Pueblo canta.
Su Seguidilla
Y reza acorde,
de Maravilla.

¡Oh!, Madre Buena,
La de Teror
mira a tus hijos,
Con fiel Amor.

Todos estamos.
Siempre contigo
Y a la Venta,
De tus Caminos.

Para darte un abrazo,
De amor Filial
A la Madre más buena.
De Dulzura sin par.

Reina y Madre del Pino,
me entrego a Ti
descansando en tus brazos,
hasta morir.

La Virgen de los Canarios,
es la Madre de Teror,
La Virgencita del Pino,
es nuestra Madre Mayor.

Gran Canaria se postra,
ante la Virgen,
a llevarle las flores,
de sus pensiles.

            Juan Suárez Guerra.

Imagen ilustrativa: “Virgen del Pino”, del artista Domingo José Cabrera.

Festividad de Nuestra Señora del Pino