Balada de la mañana de la cruz

Balada de la mañana de la cruz

Dios está azul. La flauta y el tambor
anuncian ya la cruz de primavera.
Vivan las rosas, las rosas del amor
entre el verdor con sol de la pradera!

Vámonos, vámonos al campo por romero,
vámonos, vámonos
por romero y por amor…

Si yo le digo: no quieres que te quiera?,
responderá radiante de pasión:
cuando florezca la cruz de primavera
yo te querré con todo el corazón!

Vámonos, vámonos al campo por romero,
vámonos, vámonos
por romero y por amor…

Florecerá la cruz de primavera,
y le diré: ya floreció la cruz.
Responderá: … tú quieres que te quiera?,
y la mañana se llenará de luz!

Vámonos, vámonos al campo por romero,
vámonos, vámonos
por romero y por amor.

Flauta y tambor sollozarán de amores,
la mariposa vendrá con su ilusión…
¡Ella será la virgen de las flores
y me querrá con todo el corazón!

               Juan Ramón Jiménez
Baladas de primavera” (1910)

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Beata Ángela (Aniela) Salawa, el servicio elevado a santidad

El trabajo de un ama de casa o de una empleada del hogar es escondido, pero necesario e indispensable: el trabajo sacrificado y no aparente, que no se ve aplaudido y que quizá no encuentra siquiera gratitud y reconocimiento. El trabajo humilde, repetido, monótono, y por consiguiente heroico, de una innumerable multitud de madres y de jóvenes mujeres, que con su fatiga cotidiana contribuyen al equilibrio económico de tantas familias y que resuelve tantas situaciones difíciles y precarias, ayudando a padres lejanos o a hermanos necesitados.

SS. Juan Pablo II

Hija de Bartolomé Salawa y Eva Bochenek, campesinos pobres pero religiosos, nació el 9 de septiembre de 1881 en Siepraw, región muy árida e improductiva, distante 18 kilómetros de Cracovia. Ángela era la menor de nueve hermanos, nació y creció desnutrida, débil y enfermiza, era un tanto desobediente y caprichosa. Hizo los dos años de escuela posibles en el lugar, y aprendió a leer, pero no mucha ortografía. Piadosa, aficionada a leer buenos libros. A los 12 años comenzó a trabajar al servicio de vecinos en oficios de hogar. A los 16 años, en busca de trabajo, se trasladó a Cracovia, donde ya residía su hermana Teresa. Esta le ayudó a conseguir su primer trabajo, pero en los dos primeros años cambió de empleo frecuentemente. Ingresó a la Asociación de Santa Zita, que agrupaba a las empleadas de hogar católicas. En los primeros tiempos era vanidosa y frívola, y no muy piadosa, y mientras su hermana, según ella, iba de afán camino del cielo, ella también quería llegar, pero “despacito”. Sin embargo, siguió fiel a sus prácticas de piedad, y a sus deberes religiosos, quizás un tanto rutinariamente. Los consejos de su hermana y la prematura muerte de ésta, la movieron a cambiar de conducta y a tomar más en serio su vida. Bajo un impulso sobrenatural abandonó la frivolidad en sus diversiones y en su aspecto personal, de modo que, presentándose impecablemente, lo hizo solamente movida por su dignidad de hija de Dios.

Comenzó a progresar en la piedad; poco a poco se fue corrigiendo hasta llegar a convertirse en consejera de sus compañeras. Mientras tanto, alimentaba su vida interior con la lectura de libros de mística y de biografías de santos, sintiendo gran devoción por la figura de la santa italiana Gema Galgani. Con cierta frecuencia visitaba a su familia. Pensó algún tiempo en ingresar a un monasterio. Después de consultarlo con su confesor, hizo voto de castidad perpetua. Poco a poco comprendió que su vocación era sufrir con Cristo, y la aceptó resueltamente, pero consciente de su debilidad. Oraba largamente ante el Santísimo Sacramento y leía libros de alta mística tomando notas de los puntos prácticos más relevantes. Por consejo del confesor comenzó a llevar un “diario”, para consignar sus vivencias místicas, facilitar las consultas y abreviar sus confesiones. Encontró al fin condiciones favorables de trabajo, llevando ya cerca de ocho años trabajando para una pareja de esposos sin hijos. Pero un mal día, su confesor influenciado por las intrigas de personas envidiosas, e inclusive de las calumnias movidas contra Ángela, se negó bruscamente a atenderla en confesión, y públicamente la sacó de la fila del confesionario. Una mujer, en plena iglesia, le dio una bofetada; pero ella soportó pacientemente estas dolorosas humillaciones. La señora en cuya casa trabajaba, enfermó gravemente y murió asistida por Ángela. Después de esto, dos parientas del viudo pasaron a vivir con él, y comenzaron a hacerle difícil a Ángela la vida y el trabajo. Al sentirse abandonada, de repente siente que Jesús le dice: «¿Hija, por qué te preocupas? Yo no te he abandonado». Toma como director espiritual a un padre jesuita, el cual la acompaña en su proceso hasta su muerte. Para seguir más de cerca de Cristo pobre y crucificado, se hace terciaria franciscana el 15 de marzo de 1912, y hace su profesión el 6 de agosto de 1913.

Mientras dispone de trabajo, ayuda a los enfermos en los hospitales, a los pobres y a sus compañeras necesitadas. En el otoño de 1916 es expulsada del trabajo, acusada injustamente de ladrona. Las enfermedades la agobian, la necesidad la acosa, y las envidiosas la persiguen, insultan y calumnian. Consigue algunos trabajos pasajeros, pero en mayo de 1917 ya no puede trabajar más. En un primer momento se acoge al hospital de Santa Zita, como cumplida socia que había sido. Pero también allí la calumnia y la envidia la persiguen, y decide irse a vivir sola; logrando alquilar una pequeña habitación dónde vivir. Allí, en medio de los sufrimientos, tiene algunas visiones de Jesús que la conforta pero también la corrige. A veces puede con gran dificultad ir a la iglesia y comulgar; pues una envidiosa, acusándola de fingir la enfermedad, había logrado impedir que los franciscanos le llevaran la comunión a su vivienda. Ofrece sus sufrimientos por la libertad de Polonia, su patria ocupada. En octubre de 1920 participa, con ayuda de sus compañeras, en una peregrinación a Chestochowa para orar a la Virgen de Jasna Gora. A finales de 1920 hasta casi mediados de 1921 sufre terribles dolores, con crueles momentos de desesperación, aceptándolos como sus “queridos tormentos” que la llevaran a unirse a Cristo en su pasión. Cristo la conforta con algunas visiones, pero luego viene otro período de tentaciones diabólicas, sugestiones alternativas de desesperación y de orgullo y presunción. Por último llega una etapa de consolación, y finalmente muere con una envidiable paz en su corazón el 12 de marzo de 1922. Fue beatificada el 13 de agosto de 1991 por Juan Pablo II, en Cracovia. Precisamente, Karol Wojtyla al inicio de su pontificado, impulsó la reanudación de la causa de beatificación de Ángela y su introducción en Roma.

Expiró serenamente en el Señor el 12 de marzo del año 1922 en Cracovia, y su fama de santidad se difundió rápidamente por toda Polonia.

La beatificó Juan Pablo II el 13 de agosto de 1991, en la misa que celebró en la plaza del Mercado de Cracovia. En la homilía dijo, entre otras cosas: «Me alegra sobremanera haber podido celebrar en Cracovia la beatificación de Aniela Salawa. Esta hija del pueblo polaco, nacida en el cercano Siepraw, vivió una parte notable de su vida en Cracovia. Esta ciudad fue el ambiente de su trabajo, de sus sufrimientos y de su maduración en la santidad. Vinculada a la espiritualidad de san Francisco de Asís, mostró una sensibilidad insólita ante la acción del Espíritu Santo. Los escritos que nos dejó dan testimonio de ello». En otro momento de la homilía, se refirió a la beata Eduvigis, reina, y a la nueva beata: «Que se unan a nuestra conciencia estas dos figuras femeninas. ¡La reina y la sirvienta! ¿Acaso no se expresa toda la historia de la santidad cristiana y de la espiritualidad edificada según el modelo evangélico en esta simple frase: “Servir a Dios es reinar”? (cf. Lumen Gentium 36). La misma verdad encuentra expresión en la vida de una gran reina y de una sencilla sirvienta».

Fuentes consultadas:

franciscanos.net/santoral («Franciscanos para cada día» Fr. G. Ferrini O.F.M.)

franciscanos.org (Texto de L’Osservatore Romano)

Oración

Dios misericordioso, con vuestra inspiración la Beata Ángela Salawa participó en la misión profética, sacerdotal y real de Cristo, llenándose con el amor de su vocación como fiel Sierva.
Concede que por su intercesión, seamos fieles a la gracia del bautismo, para que de buen grado sirvamos al Señor y a nuestros hermanos.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

* * *

Enlaces de interés:

“Beata Ángela Salawa, empleada doméstica”. Ángel Peña, O.A.R. (libro pdf)

Solo te diré palabras

Solo te diré palabras

– Tú, ¿quién eres?
– No lo sé.
– Di al menos cómo te llamas.
– Perdí mi nombre en el bosque
antes de nacer el alba.

– ¿Cuántos son tus años?
– Tienen
mucho polvo mis sandalias,
mucha ceniza mis greñas,
mucho peso mis espaldas.

– ¿Dónde naciste?
– He viajado
tanto que olvidé mi patria.
– Dime cosas de tu vida.
– Sólo te diré palabras.

Ricardo García Villoslada, S.J.

Miércoles de ceniza

Miércoles de Ceniza

Empieza la Cuaresma, y la ceniza impuesta en nuestra cabeza nos recuerda lo que somos, polvo… Y, nos dice de humillación y penitencia.

En la Doctrina de Cristo entra la mortificación y la penitencia y la Iglesia, en este Tiempo, predica el sacrificio, lo aconseja, lo exije… Dueña de su disciplina concreta esta penitencia en el ayuno y la abstinencia. Madre educadora, impone el precepto que fortalece, vivifica y educa la voluntad para el ejercicio de las virtudes y su santificación. Siempre Madre, velando por la salud de las almas, y de los cuerpos, en cada tiempo ha sabido adaptarse para conseguir el fin espiritual que se propone. En los tiempos antiguos convenía el rigor; después… indulgencia, porque cambiaba también la vida, en si más sacrificada; ahora… compasión. La debilidad de los temperamentos, el peso del trabajo excesivo, la lucha por la vida pide mitigar las austeridades cuaresmales. Y, esta buena Madre, reduce al mínimo su “exigencia”….

Pero el espíritu de penitencia no debe mitigarse, debe seguir toda la Cuaresma, y en estos tiempos más que en otros, por lo que dijo nuestro llorado Papa Pío XII: “El mal de los tiempos presentes no es tanto la malicia de los malos, como el cansancio de los buenos”. Y, para renovar energías, para ser cristianos heroicos, es necesario el sacrificio: sacrificar el lujo, la buena mesa a favor de los pobres; el baile, el cine, la disipación o frivolidad a favor del recogimiento interior que tanta luz da al espíritu para encauzar la vida; la moda exagerada, las tendencias modernistas, a favor de la modestia cristiana. ¡Tanto mal podemos sacrificar en estos tiempos a favor del bien!

Revista Betania, marzo de 1960 (nº160). La Redacción.

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Miércoles de Ceniza: el inicio de la Cuaresma

La oración del ateo

La oración del ateo

Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
y en tu nada recoge estas mis quejas,
Tú que a los pobres hombres nunca dejas
sin consuelo de engaño. No resistes

a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.
Cuando Tú de mi mente más te alejas,
más recuerdo las plácidas consejas
con que mi ama endulzóme noches tristes.

¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande
que no eres sino Idea; es muy angosta
la realidad por mucho que se expande

para abarcarte. Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si Tú existieras
existiría yo también de veras.

             Miguel de Unamuno

Doliente tañido

DOLIENTE TAÑIDO

El doliente tañido de campanas,
despoja el corazón de fortaleza
y fragmenta el plumaje de certeza
en el crujir de alianzas inhumanas.

El niño, alba de auroras meridianas,
en su frágil latido de belleza,
siempre vejado, sufre la vileza
de odios, lucros y tramas neronianas.

La guerra cruel, la infamia del rencor,
por codicias nefandas, sin espanto,
siega la vida y planta su terror.

Niños muertos harán del camposanto
fosas de furia, nichos del horror,
al grito de los huesos del quebranto.

           Camilo Valverde Mudarra

¡Angelus!

¡Angelus!

Mira, Platero, qué de rosas caen por todas partes: rosas azules, rosas blancas, sin color… Diríase que el cielo se deshace en rosas. Mira cómo se me llenan de rosas la frente, los hombros, las manos… ¿qué haré yo con tantas rosas?

¿Sabes tú, quizás, de dónde es esta blanda flora, que yo no sé de dónde es, que enternece, cada día, el paisaje, y lo deja dulcemente rosado, blanco celeste —más rosas, más rosas—, como un cuadro de Fray Angélico, el que pintaba la gloria de rodillas?

De las siete galerías del Paraíso se creyera que tiran rosas a la tierra. Cual en una nevada tibia y vagamente colorida, se quedan las rosas en la torre, en el tejado, en los árboles. Mira: todo lo fuerte se hace, con su adorno, delicado. Más rosas, más rosas, más rosas…

Parece, Platero, mientras suena el Ángelus, que esta vida nuestra pierde su fuerza cotidiana, y que otra fuerza de adentro, más altiva, más constante y más pura, hace que todo, como en surtidores de gracia, suba a las estrellas, que se encienden ya entre las rosas… Más rosas… Tus ojos, que tú no ves, Platero, y que alzas mansamente al cielo, son dos bellas rosas.

Juan Ramón Jiménez, de “Platero y yo”.

Vespertina (poema)

Vespertina

Casi, acaba la tarde… Tú estarás sola.
Entre tus dedos, todo delicadeza,
tal vez duerma el hechizo de una corola
o tal vez no es que duerme sino que besa…

Atentamente miras del cielo un trozo
azul ensombrecido… Ya los luceros
sobre tus ojos buscan un lar piadoso
donde olvidar su carga da mensajeros.

¡Pobre mía! Esa sombra que te saluda
no sabe que es muy niña tu alma extasiada.
Traerá nuevas tristes su faz desnuda
y tu puerta inocente ¡no está cerrada!

¡Pensar que en tu semblante se posa el frío
de soledad, viajero desde occidente,
y pensar que lo guardas como el envío
de un amor que tú sueñas tener ausente!

¡Tibieza hospitalaria de los lejanos
nidos! ¡Policromía del sol que muere!
Venid a mis ansiosas mendigas manos
para dar vuestras glorias a quien me quiere,

Disipad las tinieblas aterecidas…
Como ave fénix magna, sea la luz…
Mis cansadas pupilas quedan dormidas
en oración eterna junto a mi cruz…

Y en ese aliento débil, rescoldo huyente,
arrastrado en la tarde que ya termina,
ojalá aleteara la sonriente
caricia que te ofrenda mi vespertina…

                              Ángel Acosta
                 (S.C. de Tenerife, 1925)

Esta solemnidad está en destino (soneto)

Esta solemnidad está en destino

No sé de dónde viene. Me imagino
que de muy cimas altas se alimenta,
pues cuanta más serenidad aumenta
más elevada cúspide en camino.

Esta solemnidad está en destino
porque otros ámbitos sus lindes tienta.
O por lo menos, por las alas, cuenta
cercanías de panes y de vino.

Como si viéramos el mar distante
acercándose en olas y en arenas
por una playa de constante suelo.

Y si hubiese tornado navegante,
por un cosmos de lunas y sirenas,
la luz enaltecida del anhelo.

              Graciano Peraita

San Martín de Porres y su Tratado de amistad

fray martín y los hombres

Los actos de amistad de Martín de Porres daban lugar a “Tratados de amistad” en su más alto sentido.

Una de las características espirituales que sobresalieron en la personalidad de San Martín de Porres fue el sentimiento profundo de la amistad. Su capacidad de simpatía por los demás seres humanos fue ilimitada. Desconoció la enemistad, la antipatía, la inquina y el odio.

Es posible que no sea posible apreciar esa exquisita cualidad en todo su valor en estos tiempos, sobre todo en las grandes urbes sumidas en el bullicio y en la urgencia de todo. Pero en los lejanos tranquilos días de la colonia, mientras la ciudad se hallaba todavía sin empedrado y las gentes estaban en corto número, tenían la obligación de verse todos los días. En el atrio del templo, en el mercado, en la calle principal o en la portería del convento. Entonces, ese rozamiento constante ponía a prueba la amistad. Las simpatías o las diferencias se estimulaban a diario con el roce forzoso de las personalidades.

A Martín de Porres lo buscaban todos los que tenían conflictos espirituales o materiales como al mejor amigo de la ciudad. Cuentan sus biógrafos que tenía amigos en todas las capas sociales. Altos dignatarios de la iglesia, del foro y del gobierno; gentes sencillas, ricos y pobres; todos tenían en Martín a un amigo, a un confesor laico, para decir sus angustias, sus conflictos y secretos. Tenía el negro un inagotable don de simpatía y atracción y una lealtad inagotable. Amigable componedor, consejero, mediador, siempre lograba el éxito que luego llamaron milagro. Y era debido solamente a su extraordinario espíritu, a una lógica sencilla e indestructible y también a una mirada mansa de negro, que conmovía, logrando aparecer siempre con inferior y humilde ante todos, secreto de la confianza que inspiraba. Los hechos que se cuentan a este respecto son innumerables y muchos de ellos lindan con la exageración y lo increíble, pero confirman el contenido de humanidad que había en el negro, con su capacidad de amistad.

Ese sentimiento de amistad quintaesenciado lo impulsó a dar todo lo que podía a los desvalidos. Su propia celda cobijó a enfermos pobres, a escondidas de las altas autoridades del convento, cuando las salas de socorro estaban pletóricas. La portería estaba colmada de visitantes que con su presencia continuada y numerosa acarreaban grandes dificultades al donado, despertando los celos de los superiores y demás miembros de la comunidad, aparte de las molestias consiguientes.

Para esas atenciones Martín hacía el milagro de alargar el tiempo, dilatando las horas del día, ya que tenía que levantarse de madrugada para sus oraciones y reconcentrarse ante el Crucificado de la Sala Capitular. Luego barrer, barrer y barrer. Tocar las campanas, limpiar los libros de la biblioteca, visitar la enfermería y atender a los enfermeros. Hacer de barbero y sacamuelas ante los graves padres de la comunidad. Volver a barrer y tocar campanas y luego atender de paso a la portería donde comenzaba a aglomerarse las gentes para consultar sus casos y pedir ayuda y consejo. Luego ir por detrás del burro a los mercados. Escuchar las voces de la ciudad, los gritos, los pregones, los suspiros, los estertores y los lamentos de la multitud. Visitar otros conventos, porterías e iglesias. Una vida extraordinaria, de servicio público.

Tratado de amistad 1

La influencia que Martín de Porres ejerció en la colectividad de su época, influencia fundada en el más alto sentido de la amistad, de la cooperación, de lo que se llama hoy el servicio social, fue muy elevada.

Ese sentido de sugestión colectiva, de afecto y de veneración, obraba milagros. La gente sentía la presencia de Martín de Porres en distintos sitios. Bastaba que Martín de Porres prometiera visitar a una persona para reconfortarlo en sus tribulaciones, para que en el momento sicológico de requerir su presencia, se creyera que Martín estaba entre ellos…

Martín de Porres, arreando su borrico, limosneando verduras y frutas malogradas, panes fríos, para sus pobres, era saludado por todos con sonrisas y gestos de afecto. El amigo de la ciudad pasaba como la figura más humilde pero a la vez más querida y respetada. El sentido de servicio social, de amistad y de amor a la humanidad alcanza límites extraordinarios para su tiempo y para las costumbres y modo de pensar de la época. Cuenta uno de sus biógrafos que en el año 1615, cuando las costas del Perú fueron amenazadas por el primer pirata Jorge Spilberger con cuatro navíos de guerra, después de de algunos bombardeos la flota atracó frente a El Callao para desembarcar a uno de sus tripulantes atacado de grave enfermedad contagiosa. El enfermo  depositado en la playa del puerto se llamaba Esteban, ignoraba el castellano y estaba abandonado sin recurso alguno. Las gentes huían temerosas de que una enfermedad contagiosa pudiera prender en la ciudad…

Pero en Lima había un negro que era en principio amigo de la humanidad, sin distinción de razas, credos ni colores. Apiadado del extranjero moribundo en las playas, obtuvo permiso para viajar al puerto y poniendo como un fardo la carga del moribundo sobre una acémila lo trasladó por los polvorientos caminos del Callao de Lima hasta el hospital de Santa Ana, donde Esteban pasó días terribles, atendido y consolado por el negro, invocando en su extraño idioma a la muerte.

Pero como el lenguaje de la amistad y de la caridad es universal, Martín de Porres entendió y se dejó entender: – ¿Cómo quieres morir hermano Esteban, si ni tan siquiera estás bautizado?… Esteban se quedó absorto mirando al negro. Pero luego pareció haber comprendido el mensaje. Sonrió y asintió con la cabeza. Se convirtió a la religión católica, murió con los auxilios de la religión y llorando por un amigo que estrechaba sus manos con afecto, como si fuera uno de su familia. El corsario Esteban murió con una sonrisa de consuelo infinito. Sonrisa que era parte del idioma universal de las gentes de bien del orbe, blancos o amarillos, sajones, españoles o indios.

Martín de Porres había nacido para dar y nunca recibir… era amigo personal de miles de seres humanos. En todos despertó afecto, gratitud y admiración. Quizá el altar levantado a su memoria es el recuerdo permanente de su figura, como si fuera un anhelo de la humanidad que seres humanos que alcanzan a ser amigos así no deberían morir jamás.

Emilio Romero. Extracto del capítulo ‘La amistad’, del libro «El Santo de la escoba: Fray Martín de Porras» (1959)

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San Martín de Porres: Un creador de la amistad