A la Virgen de los Dolores de Santo Domingo

A la Virgen de los Dolores de Santo Domingo (Soneto)

Es tu rostro el que prende mis emociones
y alivia de este corazón sus sinsabores;
pues tu mirada, candor de candores
me adentra en la dulce paz de las oraciones.

Enaltece tu luto a tu Hijo de las Tribulaciones;
que te inviste como Señora de los Dolores,
de la Soledad y de nuestros amores:
al pie de la cruz coronaste las santas devociones.

En tus lágrimas una lumbre pronto se adivina,
más ese lloro que ilumina los obscuros pesares
condujo tu tristeza hacia la ternura plena.

Mi alma hasta ti se acerca peregrina
luego de equívocos y cansados andares:
¡no permitas, Madre, que sea en pena!

                  José J. Santana, La Orotava.

Imagen de Nuestra Señora de los Dolores de la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán (La Orotava). Foto: Parroquia de Santo Domingo

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Instante supremo (al Cristo lagunero)

Instante supremo

Dentro de unos momentos el Cristo lagunero
saldrá de su capilla en magna procesión,
y el pueblo electrizado le seguirá anhelante,
los ojos en los suyos, vibrando el corazón.

El dolor del espíritu y el dolor de la carne
en silencio elocuente, ofrendan su promesa,
y millares de antorchas se consumen ardientes
en las manos que tiemblan mientras la boca reza.

La torre le saluda con cascadas de luces
y toda la ladera es volcán prodigioso.
Un cohete silbando anuncia la llegada,
y el Cielo es un incendio, de tan horrible, hermoso.

Ya el Cristo vuelto al pueblo desde el arco de entrada
se despide, inundando a todos de emoción.
Parece que los brazos se desprenden del leño,
ansiosos de apretarnos contra su corazón.

Yo he sentido de lejos el instante supremo,
mi alma ha estremecido tu mirada, Señor.
Y rogando por “ella” he caído a tus plantas,
herida por la flecha de tu divino amor.

      Josefina Tresguerras

El Nombre de María

EL NOMBRE DE MARÍA

Era el Parnaso fúlgido baluarte
lanzando inspiración a llamaradas
por cielos y por mares, anheladas
de vates duchos en pulsar el arte

de cistros y de liras…¿A qué parte
pudiera yo acudir en agitadas
horas de amor, buscando bienhadadas
cuerdas de vibración para cantarte?

Mas díjome un profeta que el Parnaso,
en ruinas ya deshecho, cada día
marchaba con sus glorias al ocaso

y que en Sión las ráfagas vería
de eterno luminar do no se agota
del arpa de David la suave nota…

¡Cada una traía
con rasgo de luceros
y acentos placenteros
el dulcísimo nombre de María!

   Pedro Marcelino Quintana

Natividad de María

Natividad de María

En Nazaret de Judea vivían dos santos esposos, entrados en años, llamados Joaquín y Ana. Rogaban ambos al Señor que les concediesen sucesión, y Dios escuchó sus súplicas, haciendo que, contra la posibilidad de la naturaleza, una madre anciana concibiese y pariese a la criatura humana más perfecta: nació una niña, a la que llamaron, por disposición del cielo, María; que fue después la Madre de Dios, quedando siempre Virgen santísima Nuestra Señora. Al nacer a este mundo la Virgen María, apareció ya santa y adelantada en perfecciones, pues ya desde su Concepción Inmaculada, o sea desde nueve meses antes de nacer, estaba adornada de méritos con entendimiento y voluntad y gran correspondencia a la gracia…

Canten hoy, pues nacéis vos,
los ángeles, gran Señora,
y ensáyense, desde ahora,
para cuando nazca Dios.

Canten hoy, pues a ver vienen
nacida su Reina bella,
que el fruto que esperan de ella
es por quien la gracia tienen.

Digan, Señora, de vos,
que habéis de ser su Señora,
y ensáyense, desde ahora,
para cuando nazca Dios.

Pues de aquí a catorce años,
que en buena hora cumpláis,
verán el bien que nos dais,
remedio de tantos daños.

Canten y digan, por vos,
que desde hoy tienen Señora,
y ensáyense, desde ahora,
para cuando nazca Dios.

Y nosotros, que esperamos
que llegue pronto Belén,
preparemos también,
el corazón y las manos.

Vete sembrando, Señora,
de paz nuestro corazón,
y ensayemos, desde ahora,
para cuando nazca Dios. Amén.

               Lope de Vega

* * *

Hoy nace una clara estrella

Hoy nace una clara estrella,
tan divina y celestial,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.

De Ana y de Joaquín, oriente
de aquella estrella divina,
sale su luz clara y digna
de ser pura eternamente:
El alba más clara y bella
no le puede ser igual,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.

No le iguala lumbre alguna
de cuantas bordan el cielo,
porque es el humilde suelo
de sus pies la blanca luna:
Nace en el suelo tan bella
y con luz tan celestial,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.

             Lope de Vega

Soneto póstumo (Ignacia Lara)

lgnacia de Lara nos dijo su cristiano adiós en un soneto póstumo, que tuvo conmovedora réplica en otro soneto admirable. Y las islas maravillosas de Canarias deben oír siempre en su corazón aquella despedida sublime, grito y jaculatoria hecho de ternura y de fe, magnifico broche que cierra una vida ilustre y deja abierto en la propia muerte el constante manantial de la poesía, tendido al óleo de la inmortalidad su inmarcesible laurel.

Concha Espina

* * *

Soneto póstumo

Cuando vaya a quebrarse la ilusión
de este largo soñar en que he vivido,
y esté oscilando el último latido
con que dice su adiós al corazón.

Cuando llegue la gran renunciación…
—aquella del silencio y del olvido­—
y entre la angustia del dolor vivido
rece el salmo final de mi emoción.

Que sea mi última estrofa solo amarte
y mi verso postrer el recordarte
la amante espera con que a Ti confío,
la decisión eterna de mi suerte,
¡y remansen las ansias de mi
muerte con la dulce quietud de un ¡Jesús mío!

                    Ignacia de Lara

A Ignacia de Lara
en el adiós a su vida

Tu débil cuerpo con la cruz camina,
el paso aroman flores del Calvario
y  nada quiebra tu ilusión divina,
que es la Virgen quien borda tu sudario.

Cuando la luz en tu cristal declina
y la postrera cuenta del Rosario
viene a tu dedo, el mundo se ilumina,
que Dios mueve tu labio extraordinario …

Y abierto todo el pecho a la Belleza,
trocada tu humildad en poderío,
sabre tu «adiós» contrito, la Isla reza
con místico, sublime escalofrío,
¡y te despide —¡oh, hija de Teresa!—
repitiendo tu dulce ¡Jesús mío!

              Luis Doreste Silva

A Ignacia de Lara

La recuerdo como era: Toda luz de sagrario,
con la fe y las virtudes de las vírgenes castas,
el corazón en llamas hecho un vivo incensario
para elevar sus preces a las regiones vastas.

Ahora —en sueño— la veo, diligente y ansiosa,
con un supremo alarde de excelsa poesía,
en los prados del cielo arrancando una rosa
y ponerla, amorosa,
a los sagrados pies de la Virgen María.

                                    Saulo Torón

¡Madre mía!

¡MADRE MÍA!

Purísima Virgen, que alegras el cielo
Con solo el encanto de tu almo mirar,
Tus ojos convierte y atiende a mi duelo
Que Tú sola puedes, Tú sola aliviar.

El mundo en mil lenguas tus glorias proclama
Bondades sin cuento refiere de Ti;
Escucha propicia la voz que te llama,
Gemido tristísimo del triste de mí.

Viajero perdido en selva intrincada
Sin norte, ni guía, camino al azar;
Cual nauta infelice, que en noche cerrada
En mísera tabla surcara la mar.

Los ojos errantes do quiera dirijo
Buscando anheloso remedio a mi mal;
Mas ¡ay! que solo hallo pesar muy prolijo,
Miseria y engaño, veneno letal.

Del hombre eres Madre; sin Madre me encuentro:
Mi Madre Tú seas, por Hijo me ten;
Que entonces ¡oh Madre! serás Tú mi centro,
Tu pecho mi escudo, tu amor mi sostén.

Cual niño indefenso al seno materno,
Peligros huyendo, seacoje veloz,
Así, Madre mía, temiendo al Averno
Amparo yo busco en tu corazón.

Dirije mis pasos con mano potente
Al trono do impera la excelsa Virtud;
Conseja mis dudas, alumbra mi mente
Con rayo purísimo de célica luz.

Y allá en las mansiones del cielo glorioso
Por siglos, eternos vivamos los dos,
Gozando abrazados en lazo amoroso
La vista hermosísima de tu Hijo y mi Dios.

                             (Autor desconocido)

Confiar en María

*Confiar en María

La Santísima Virgen es a menudo comparada a una madre. En realidad ella supera por mucho a la mejor de las madres. La mejor de las madres, en efecto, de tanto en tanto castiga al hijo que le disgusta; cree hacer lo justo.

La Santísima Virgen, en cambio, no actúa de esta manera: es tan buena que nos trata siempre con amor. Su Corazón de Madre es solo amor y misericordia, su único deseo el de vernos felices. Es suficiente dirigirse a ella para ser escuchados. El Hijo tiene su justicia, la Madre solo tiene su amor. Dios nos ha amado hasta morir por nosotros; sin embargo, en el Corazón de Nuestro Señor reina la justicia que es un atributo de Dios; en el Corazón de la Santísima Virgen existe solo la misericordia…

Imaginad al Hijo, dispuesto a castigar a un pecador: María se lanza en su ayuda, detiene la espada, pide gracia para el pobre pecador: “Madre mía, le dice Nuestro Señor, no puedo negarte nada. Si el infierno pudiera arrepentirse, tú obtendrías la gracia para él”. La Santísima Virgen hace de mediadora entre su Hijo y nosotros. A pesar de nuestro ser pecadores, está llena de ternura y de compasión por nosotros. El hijo que le ha costado más lágrimas a la madre ¿no es acaso el que más le preocupa? ¿Acaso una madre no cuida siempre del más débil y del más indefenso?

Cuando hablamos de las cosas terrenas… nos cansamos pronto, pero cuando hablamos de la Santísima Virgen, es como si fuera siempre una novedad. Todos los Santos han tenido una gran devoción por la Santísima Virgen; ninguna gracia viene del cielo sin pasar antes por sus manos. No se entra en una casa sin hablar primero con el portero: la Santísima Virgen es la portera del Cielo. Pienso que al final de los tiempos la Santísima Virgen podrá finalmente gozar de un poco de tranquilidad, pero mientras dure el mundo, todos tiran de ella por todos lados… La Santísima Virgen es como una madre que tiene muchos hijos; está continuamente ocupada yendo de uno a otro.

Cuando se quiere ofrecer algo a un personaje importante, se hace presentar el objeto por la persona que él prefiere, de manera que el homenaje le sea más agradable. Del mismo modo, nuestras oraciones, presentadas por la Santísima Virgen, tienen otro valor, porque la Santísima Virgen es la única creatura que no ha ofendido jamás a Dios.

Cuando nuestras manos han rozado plantas aromáticas, perfuman todo lo que tocan; hagamos pasar, por tanto, nuestras oraciones por las manos de la Santísima Virgen y ella las perfumará.

Marcello Stanzione

(De “365 giorni con il santo Curato d’Ars”, a cargo de Marcello Stanzione. Piero Gribaudi editore srl – Via C. Baroni, 190 – 20142 Milano – tel. 02 89302244 – e-mail info@gribaudi.it)

(Traducido por Marianus el eremita)

*Texto original publicado el 7 de julio de 2019 en: adelantelafe.com

Virgen de la Soledad de la calle de la Paloma

Milagro de la Virgen de la Paloma

A vos soberana Madre
virgen, jazmín y azucena
sol radiante en claro día
vida y esperanza nuestra.
A vos, única pastora
para guiar las ovejas
por el camino de gracia
do se alcanza gloria eterna.
A vos preciosa Paloma
de gracia y pureza llena
os pido ilustréis mi numen
para escribir la grandeza
de vuestras sacras virtudes,
vuestra suma omnipotencia,
vuestro candoroso amor
y prodigiosa clemencia,
pues es justo tributemos
a la milagrosa perla
los dones que a profusión
reparte su mano bella.
La fama a vece pregona
por villas, pueblos y aldeas
ciudades y promontorios
de la insigne y culta Iberia
que en Madrid hay una Virgen
tan milagrosa y tan bella
que se cuentan sus prodigios
tantos como las estrellas;
cura males radicales,
sin que jamás aparezcan.
Da vista al ciego remoto,
al tullido le da fuerza,
el manco y cojo disfrutan
de los brazos y las piernas.
Da treguas al moribundo
cura el dolor de la jaqueca
quita el mal del corazón
del estómago y las muelas,
sostiene el roedor cáncer,
cura las llagas, gangrenas,
males de pasmo y de fiebre,
de mordeduras y orejas,
del pecho y de las espaldas,
de los costados y piernas;
y al fin al sordo da oído
y al mudo palabra entera.
Esta imagen venerada
de Madrid pródiga estrella
da curación a los males
siempre que el fervor merezca
aplicar su bella mano
sobre el alma que le ruega.
Para alcanzar esta gracia
de la celestial princesa
es preciso prepararse
con tanta fe y  entereza
que el alma del pecador
ha de aparecer tan bella
y limpia de toda culpa
como el día que naciera.
Es preciso la atrición
y acompañada con esta
un dolor de contrición
y un fervor sin competencia.
Es preciso que la voz
Que nuestra lengua profiera
nos salga del corazón
llena de amor, de fe y pena.
Es preciso que tan blanca
tenga el alma el que la ruega
para alcanzar esta gracia
como el nombre que veneran…

              Joaquín Hazañas

“Reciente Milagro que ha hecho la virgen de la Soledad de la calle de la Paloma…” (1840)

* * *

La Virgen de la Paloma (una mirada al pasado)

“Gran Canaria”, poema de Stella Corvalán

Gran Canaria

Se rompe el horizonte en una isla
que alarga sus verdores …
Ya se acerca en las olas su perfume:
es la tierra, la Circe que ha de atarme
de nuevo a su cintura.
Mi libertad marina la enardece,
este connubio astral en que yo araño
la sumisión del mar con mi impaciencia
acaso estremeciera sus orígenes.
¡Quiere recuperarme, y ya me ordena
con una voz de potestad y hechizo!

Un volcánico mundo me sorprende:
estáticos granitos se levantan
con su entraña extinguida.
La Atalaya está en pie.
¿Es que saluda su arrogancia estéril
mi descenso a lo humano?
¿Es que comprende mi áspero dilema?
llego de un reino de tormenta e himnos,
de un oasis de espuma
y tengo miedo que la tierra oprima
mi contorno de músicas.

Cada vez más lejano el eco sordo
del amo transparente.
Ya me cercó la tierra. Está su clave,
recuperada, ardiendo entre mis dedos.
La isla me envía su emisario vivo:
Pinar del Tamadaba me enajena
con su profundo, extraño, penetrante
olor de jungla y raza entremezclados.
Hundí en esta montaña deleitosa
mis manos, que tornáronse sarmientos
en vegetal transformación violenta.
Fui a divisar en la mañana clara
cómo Fuerteventura a la distancia
entre confusos tules emergía,
y tras de Arucas, capitel vetusto,
miré del Teide la silueta núbil.
Euforia de las cimas, del peñasco,
de Tenerife y su pendón llameante.
De aquella carretera de Tafira
serpenteada por dulces eucaliptos,
que una noche negrísima me dieron
una luna irreal para que atara
mi corazón a este paisaje extraño,
donde la sombra tiende rojos velos
y deja que se cuelen por la umbría
brazos del cielo que suplican tregua.

Voy huyendo del mar porque ha tornado
su acento a perseguirme.
Ya resuena, iracundo, en las paredes
de mi ser su alarido.
Crucé por las Canteras.
la arena desgranó sutil y helada
su carcajada rubia …
Enraizada en esta isla pródiga:
jungla pequeña crepitando verdes,
yo el requiebro salado rehuía.

Me interné más y más. No parecía
sino que al recobrarme dio la tierra
a mi libre inquietud sus bebedizos.
A tientas con bejucos que enroscaron
sobre mí sus verdores,
yo, que cifré en el mar mi honda victoria,
huía de su elástico mandato.

Dilema lacerante en que lucharon
mi oceánico amor y esta molicie
entorpeciendo vegetal y ciega
mi potente albedrío.
Cual campanadas lentas
rebotaban las horas sobre el alma.
Y a lo lejos el faro en Maspalomas
guiñó en la noche un resplandor agudo.

Busqué refugio. El Parque de San Telmo
resplandecía paz, y entre palmeras
fui enhebrando mi fuga…
Rostros exuberantes, perfumados, eran los girasoles;
mirada roja en abisal pupila
desprendió su fulgor de entre unos árboles.
Y fue el ilán-ilán el que cercara
con lechosa imprudencia mi congoja.

Retrocedí cuando el fragor marino
irrumpió con violencia en los jardines.
Y desperté de este sopor que, aleve,
encarcelara mi contorno errante.
El mar me poseyó con su ancho ruego
y fui en el Muelle Viejo desgarrando
mis vegetales túnicas . .

¡Ya fue la tierra un sueño en este súbito
reencuentro con la espuma!

          Stella Corvalán

La Transfiguración: Junto a las nubes

JUNTO A LAS NUBES

1. Vivimos en un mundo superficial, «enmascarado». Lo que de verdad cuenta son las apariencias. Por eso nos preocupamos más de la imagen que de la realidad, más de parecer ante los hombres que de ser ante Dios. Y de ahí la lucha despiadada por tener más, por poseer más, por aparentar más, por dominar más.

Esta vanidad —«vanidad de vanidades», nos dijo un día Salomón— nos lleva a escalar cimas, a querer subir. Y cada vez a sitios más altos. Pero este lugar «junto a las nubes» no transfigura al hombre. Al revés, le envilece. Jesús si quisiera en el Tabor olvida que la hora de su exaltación —de su verdadera exaltación— será precisamente la hora de la Cruz.

Al hombre le pasa igual. Llamado a transfigurarse —«madurar» se dice hoy—, no ha de olvidar nunca que su exaltación, su verdadera madurez ha de buscarla entregándose. Entregándose a la fe. (Léase la Primera Lectura). Entregándose al amor. (Medítese la Lectura Segunda). Entregándose a los demás en sacrificio. (¿Diremos que se repase la Tercera Lectura?).

Y en la vida —llámese triunfos, victorias, «escaladas»— no olvidar nunca, como Cristo que la verdadera exaltación vendrá el día del premio.

2. La transfiguración ocupa en el Evangelio un lugar intermedio entre la resurrección y la muerte. Ciertamente, se anticipa la gloria de Cristo entronizado como Señor, como «Kirios» que ha de venir a juzgar. Pero al mismo tiempo, la escena está sujeta a una retención explícita: «hasta que el Hijo del Hombre no haya resucitado de entre los muertos».

La comprensión de la resurrección —y ésta sí que es exaltación, victoria—, pasa por la aceptación del misterio de la Cruz. Los apóstoles no terminaron nunca de comprender esto. Ni acabamos los cristianos de verlo. Si de nosotros dependiera transformaríamos al mundo más con bombas que con amor, más con dominio que con entrega. Huimos, ya no digo del dolor común de los hombres, sino hasta del que nos acarrea nuestra propia madurez.

Huimos del sacrificio que nos cuesta vivir, del que se nos exige para «ser». Rehusamos todo compromiso que cueste, que nos traiga sinsabores. Hasta el amor lo prostituimos, con tal de no hacerlo lo que es: entrega. Y Pablo de Tarso, cuando nos habla del dolor que falta a la Pasión de Cristo, no otra cosa nos están diciendo sino ésta: aporta tú ese dolor que te cuesta el trabajar para ser cristiano. Porque ese dolor es el que falta a la Pasión de Cristo para que realice en ti sus frutos, tu exaltación. Nada digamos de la muerte. De ese «grano de trigo puesto en tierra». Querríamos más ser transformados que morir. Y —¡terrible realidad!— «si el grano no cae en tierra y muere», no tendremos frutos de vida eterna.

3. ¡Transfiguración de Cristo! ¡Paradigma y símbolo de nuestra madurez! La comprensión de la resurrección sólo cabe en la aceptación de la cruz. Si. De ese momento cumbre de la fidelidad de Cristo a la voluntad del Padre. Y nuestra exaltación sólo depende de lo mismo. De que digamos de corazón —y la practiquemos— «Hágase tu voluntad». A través del sacrificio, del dolor, vendrá la gloria. Cristo nos lo enseña, al no olvidar ni en su transfiguración la mención honorífica a su muerte.

P. José Cabrera Vélez, El Eco de Canarias de 6 de marzo de 1982.

Imagen ilustrativa: “La Transfiguración del Señor”, óleo de Carl Bloch.