Con María se hizo la Navidad

Con María se hizo la Navidad

Hermosísimo es y profundo el segundo Prefacio de Adviento. Allí, con palabras para entonar y saborear en meditación profunda se nos dice: «A quien… la Virgen esperó con inefable amor de Madre».
Y es verdad. El mejor Adviento fue vivido por una mujercita escondida, en quien Dios quiso hacer maravillas. Ya antes de venir estaba con ella, la llena de Gracia. Ella se dedicó a encarnarlo, a hacerle carne de nuestra carne y sangre de nuestra raza. Nadie mejor que ella para entender los gustos y estilo de Dios. Con María se hizo la Navidad.
Sí. Se hizo la Navidad. Si nosotros hoy tenemos a Dios-con-nosotros, si lo celebramos, a ella se lo debemos. Si queremos traerle a nuestra vida, hacerle existencia en nosotros, a ella debemos acudir e imitar. De ahí que la Liturgia de este último Domingo de Adviento nos hable de ella, de quien nos hizo la Navidad. Y… ¿cómo la «hizo»?
Sencillamente, siendo POBRE. Pobre, es decir, necesitada de Dios. Pobre, creyendo y aceptando. «He aquí la esclava del Señor». Y se hizo en ella la Navidad; se hizo en ella según la palabra del Ángel.
Porque la Navidad no es una fiesta que le preparamos a Dios en el mundo. No. Al revés, es una fiesta que nos prepara Dios a los hombres. Cuando El nace, todas nuestras empresas comienzan a prosperar, a tener sentido. Impone la paz, para que vivamos sin sobresaltos. Nos redime del pecado, para reconciliarnos con Dios. Él es nuestra Navidad. Y la Virgen la hizo.
Es El el que reúne al pueblo, quién trae la misericordia y la justicia. Su misterio eterno, es ahora revolado. Ya lo conocemos y por ese misterio, por vivirlo en nuestra vida mortal, llegaremos a la eterna. Y todo se hizo por la POBREZA de María, en medio da una grandiosa sencillez.

— II —

Nosotros hoy como siempre esperamos más do la riqueza que do los pobres. Por eso nos resulta sorprendente que Dios haga las cosas al revés. Estamos tan acostumbrados a esperarlo todo de los poderosos, que hasta decimos como Natanael: «Puede salir algo bueno de Nazaret».
Y, sin embargo, aún mirando la historia de «tejas abajo», nada hay tan claro como el hecho de que los poderosos no resuelven nada, no salvan al mundo. Nunca nos han dado la paz, mucho menos la felicidad. Sólo nos entretienen con un cierto desarrollo. A lo sumo favorecen una cierta tranquilidad corporal. Y eso… a costa del sacrificio de la inmensa mayoría de la humanidad.
Si mirarnos, en cambio, la Historia de «tejas arriba», la cosa se clarifica del todo. La salvación y la Paz son de Dios. No depende de nuestras «guerras», ni de nuestras «economías». Mucho menos de las estrategias terrestres.
Depende totalmente de Dios. Nosotros sólo podemos como la virgen, preparar la Navidad. Prepararla con nuestra Pobreza. Con esa pobreza de sabernos necesitados, esclavos. Necesitados de salvación, esclavos del pecado. (No la pobreza tonta que se cruza de brazos: sino la del que trabaja aún sabiendo que somos «siervos inútiles»).

— III —

Todas nuestras dificultades se resuelven en una condicional: nuestra debilidad y pobrezas radicales. Por mucho que el hombre pueda es más lo que no puede. Por mucho que el hombre sepa es más lo que ignora. Más lo que queda por hacer que lo que hemos hecho. Y ahí, en el reconocimiento de nuestra debilidad, ignorancia y pobreza está la fuerza, la verdadera fuerza del hombre.
Dios está ya muy cerca. No pretendamos nosotros tomar la iniciativa. Seamos como la Virgen, que en su pobreza, en su «esclavitud» fue la más rica, la Inmaculada, la Madre de Dios.
Y nos dio a Cristo. Al Rey del Universo. Al Dios escondido. Al único que puede salvarnos. Del único que podemos esperar «todo».
Hagamos la Navidad, pero con María. Como María. Porque es la única manera de hacer la Navidad. Que con ella… se hizo la Navidad.

P. José Cabrera Vélez.
El Eco de Canarias, diciembre de 1978.

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¿Qué es María?

¿Qué es María?

Del Empíreo, norte y guía,
es María
y también segura y cierta
puerta;
tras el azulado velo
del cielo,
es Reina y Madre modelo
centro de acendrado amor,
es puro afán, puro anhelo
de salvar al pecador,
es María toda, candor,
es María puerta del cielo.

Gozo, contento, alegría
es María,
del pecado seductor
horror,
enemiga ab aeterno
del infierno;
por eso todo el averno
se estremece con furia tanta,
se asusta, tiembla y espanta
sea madre del eterno,
con su delicada planta
es María horror del infierno.

Consuelo en la noche y día
es María,
con sus labios de arrebol
sol,
y entre claros resplandores
de los soles,
se destaca la figura
con matizados colores
de tan bella criatura,
reuniendo tantos primores,
¡qué dechado de hermosura!,
es María sol de los soles.

Dulce Nombre, ¡O Madre mía!,
es María,
flor para Dios escogida
concebida
contra el mismo infierno airado,
sin pecado,
fuente cuyo manantial
original
en virtud no tiene igual,
madre, esposa, hija querida
del Dios trino bendecida,
remedio de todo mal,
y hasta por ser especial
y de todo enriquecida,
es María concebida,
sin pecado original.

           J. Beltrán (1892).

Los doce actos heroicos de humildad de la Santísima Virgen

Los doce actos heroicos de humildad de la Santísima Virgen

Por Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Fuente: Adelante la Fe (enlace del contenido original y en su totalidad abajo)

Queridos hermanos, la proximidad del bendito día de la festividad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, es provechoso para el alma meditar estas hermosísimas consideraciones sobre los actos de humildad, verdaderamente heroicos, de Nuestra Madre. Estos doce actos de humildad los trae el venerable padre jesuita Luis de la Puente (1554-1624) en su libro de Meditaciones (meditación 37, parte V), con el nombre de: De la heroica humildad de la Virgen Nuestra Señora por la cual fue elevada sobre todos los coros de los ángeles.

Dice al autor que de la misma forma que Nuestro Señor Jesucristo fue el que descendió para subir luego al Cielos y llenar todas las cosas (Ef. 4, 9-10), así mismo se puede aplicar a la Santísima Virgen; Ella subió sobre todas la criaturasporque se humilló más que todas ellas, y la corona gloriosísima de doce estrellas que tiene en el Cielo se la dio Dios por doce actos heroicos de humildad que ejerció en la tierra. Como hay actos de humildad para con Dios y humildad para con los hombres, en ambas la Virgen fue excelente. Los doce actos de humildad los reduce el autor a tres grupos: Actos de humildad respecto de los dones que recibió del SeñorActos de humildad en cuanto a la sujeción a Dios Nuestro Señor, y a los hombres, por su amor; y, por último, Actos de humildad que mostró en las humillaciones y en las injurias que vienen por mano ajena.

Actos de humildad, 1º, 2º y 3º, respecto a los dones que recibió de Nuestro Señor.

  1. El primer acto es encubrir estos dones con gran silencio, sin descubrirlos por medio de palabras o señales externas, por ningún respeto humano ni por necesidad aparente de glorificar a Dios o para provecho del prójimo, excepto los casos en que expresamente Nuestro Señor quiere y ordena que se descubran. Este acto lo realizó la Virgen ocultando la revelación del ángel y en el misterio de su embarazo, sin descubrir ni siquiera a San José, a quien amaba tiernamente (Mt.1, 19).
  2. El segundo acto es aborrecer sus alabanzas y oírlas de mala gana, con desazón y aflicción. Este acto lo ejerció la Virgen cuando el ángel la saludó con palabras de tan grande alabanza al llamarla “llena de gracia” y “bendita entre las mujeres” (Lc. 1, 28); porque como humilde, se turbó y ruborizó, pareciéndole de tal grandeza que no cabían en su pequeñez, por la baja estima que de sí tenía.
  3. El tercer acto de humildad es cuando Dios quiere que sus dones sean conocidos, o Él los descubre por algún camino, y entonces, darle luego la gloria de todo y alabarle y bendecirle. Esto hizo la Virgen cuando vio que Nuestro Señor había revelado a Santa Isabel el misterio secreto de que era Madre de Dios, y cuando oyó las grandezas que de Ella decía, porque al instante dio la gloria de todo sólo a Dios, diciendo (Lc. 1, 46 y ss.): Se alegra mi alma en Dios mi Salvador, porque se dignó mirar la pequeñez de su sierva; por eso me llamarán bienaventurada todas las generaciones.

Actos de humildad, 4º, 5º, 6º, 7º y 8º, en cuanto a la sujeción a Dios, y a los hombres por su amor.

  1. El cuarto acto de humildad es escoger el último lugar aunque Dios le dio el primero. Así lo hizo la Virgen, cuando vio que Dios la quería poner en el lugar más alto de su casa, después de su Hijo, haciéndola Madre suya, tomando el último lugar y llamándose a sí misma: esclava del Señor (Lc. 1, 38).
  2. El quinto acto de humildad es sujetarse y obedecer todas las leyes y obligaciones de Dios y de sus ministros, sin querer admitir privilegios ni excepciones, aunque tenga razón para ello; a imitación de Cristo Nuestro Señor, que se humilló a la ley de la circuncisión (Lc. 2, 21) y se hizo obediente hasta la muerte en la cruz (Flp. 2, 8). La Virgen cumplió puntualmente guardando la ley de la purificación, aunque no la obligaba y aunque era con algún detrimento de su honor, por ser ley dada a mujeres no limpias, que habían concebido por obra de varón (Lv. 12, 2), conformándose en esto a las demás mujeres que habían dado a luz, como si fuera una de ellas.
  3. El sexto acto de humildad es sujetarse y humillarse, no solamente a los mayores y a los iguales, sino también a los menores, dando a todos el primer lugar, y tratándolos a todos con cortesía y amabilidad. Así lo hizo la Virgen cuando fue a visitar a su prima Santa Isabel, y la saludó primero (Lc. 1, 40); la mayor en dignidad se humilló ante la menor y se ocupó en servirla.
  4. El séptimo acto de humildad es servir a otros en trabajos bajos y humildes, y hacerlo con gusto, como quien nació, no para ser servido, sino para servir, al modo que dijo el Señor (Mt, 20, 28; Mc. 10, 45): No vine para que otros me sirvieran, sino para servir. Lo que cumplió, Nuestro Señor, exactamente en su oficio de carpintero. Esto mismo ejercitó la Virgen, porque como humilde mujer de un carpintero, se ocupaba en todos los oficios humildes de su casa, y ayudaba a ganar su comida con el trabajo de sus manos, atendiendo siempre a servir a los demás en casa.
  5. El octavo acto de humildad va parejo con el anterior, que es rehusar cuanto es de su parte oficios y cargos honrosos, y ministerios que son muy estimados por los hombres, o por no juzgarse digno de ellos, o por huir de la honra que llevan consigo, o por no dejar su estado de humildad. Esto lo guardó la Virgen, la cual, como dice Santo Tomás de Aquino, no hizo en su vida milagro alguno, ni quiso predicar en público, y si enseñaba a  los Apóstoles y a otros fieles los misterios de la fe, era en secreto, dejando esa honra a los Apóstoles y discípulos.

Acto de humildad, 9º, 10º, 11º, 12º, que mostró en las humillaciones y en las injurias que vienen por mano ajena.

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Oración para pedir protección a la Inmaculada Concepción

Animados de los mismos sentimientos de devoción a la Santísima Virgen, y persuadido de que en las circunstancias dolorosas de los tiempos presentes no nos quedan otras esperanzas que las del Cielo, y entre éstas la intercesión poderosa de aquella bendita, que es en todo tiempo auxilio de los cristianos… Quiera el Señor atender las plegarias que le elevarán los fieles por intercesión de María Inmaculada, que fue llamada por la augustísima Trinidad para intervenir en todos los misterios de la misericordia y de amor, y fue constituida dispensadora de todas las gracias (Pío PP. X).

Oración

Virgen Santísima, que agradasteis al Señor, y sois su Madre, Inmaculada en el cuerpo, en el alma, en la fe, y en el amor; en la solemne proclamación del dogma, que os anunció al mundo concebida sin pecado, mirad benignamente a los míseros mortales, que imploran vuestro poderoso patrocinio. La maligna serpiente, contra la cual fue lanzada la primera maldición, continúa combatiendo y poniendo asechanzas a los miserables hijos de Eva. Vos, oh bendita Madre nuestra, Reina y abogada nuestra, que desde el primer instante de vuestra concepción quebrantasteis la cabeza del enemigo, acoged las plegarias que unidos con Vos en un solo corazón os rogamos presentéis al trono de Dios para que no seamos jamás seducidos por las asechanzas del enemigo, y lleguemos todos al puerto de la salvación, y para que a pesar de tantos peligros, la Iglesia y la sociedad cristiana canten una vez más el himno de liberación, de la victoria y de la paz. Amén.

(Imagen ilustrativa: “La Inmaculada Concepción”, de Tiepolo).

A María Inmaculada (plegaria)

A María Inmaculada

¡Vivir quisiera, sólo para amarte
Reina del Cielo, virginal María,
En mi pecho quisiera yo llevarte
Y tu esclavo a la vez sería!

Poder quisiera, sol resplandeciente.
Madre de Dios, aurora de mi vida,
Amarte con delirio, eternamente,
Como prenda que tienes merecida.

¡Ay, madre amante, qué dulce es quererte!
¡Qué dulce tu amistad! yo en ti confío:
No me espanta la sombra de la muerte
Si tu amor embriaga el pecho mío.

Ya mi loca pasión enardecida
Sólo busca en tu amor, la dulce calma.
En tu amor ¡oh María! concebida,
Sin la culpa mortal que llora el alma.

               Dámaso Bolaños, OFM.

La monjita

La monjita

Blanca la piel que el sol nunca acaricia
y blanca el alma cual la nieve pura,
con las manos cruzadas la novicia,
sus plegarias eleva hacia la altura.

Ella no sabe nada de este mundo
ni conoce sus luchas y pasiones;
reza por todos con fervor profundo
y son sufrir por Dios sus ilusiones.

Le suplica, amparada en su inocencia,
perdone a aquellos que en el mal persisten,
y hace todos los días penitencia
por faltas que no sabe ni que existen.

Sus plegarias son blancas mariposas
que hacia Dios con afán tienden el vuelo;
llevan perfume de fragantes rosas
y en alas de la fe suben al cielo.

De su alma virgen que el pecado ignora
reparte con amor todo el cariño;
ante una cruz emocionada llora
y canta la cuna del Dios Niño.

¡Santa monjita de virtudes llena
que abraza sonriendo el sacrificio;
que humillando su cuerpo de azucena,
carne que no pecó, le da al cilicio!

Vive la humanidad desenfrenada,
que mientras ésta ruin sigue pecando,
la monjita en el suelo arrodillada
por el que ofende a Dios sigue rezando.

                                   Aurelia Ramos.

Una escultura modernista de San Martín de Porres

Santuario Nacional de San Martín de Porres, Cataño (Puerto Rico).

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Imagen de San Martín de Porres realizada por la artista belga Suzanne Nicholas.

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Esta imagen fue realizada por Suzanne Nicholas para la Iglesia del Santuario Nacional de San Martín de Porres en Bayview, Cataño (Puerto Rico). El templo, obra del prestigioso arquitecto alemán Henry Klumb en 1949, fue encargado por los sacerdotes dominicos junto a una asociación de devotos del santo como lugar de peregrinación y como parte de los servicios comunitarios de la zona. El mismo supuso una apertura del espacio interior, la comunión directa con la naturaleza y la búsqueda de “valores superiores”. Estos conceptos se “aunaron” en esta obra arquitectónica para crear una verdadera pieza de arquitectura tropical, que refleja en buena medida al amor que Fray Martín de Porres sentía por la naturaleza. El Santuario de San Martín de Porres supone una auténtica revolución en la arquitectura eclesiástica en Puerto Rico que precedió a los cambios doctrinales del Vaticano II, respetando lo sagrado y la dignidad de las formas, lo tradicional y lo moderno.

Adviento

Adviento

Adviento es el tiempo que la iglesia dedica a la preparación del advenimiento de Jesucristo a la tierra. Abarca cuatro semanas correspondientes a los cuatro Domingos que preceden a Navidad. Todo este tiempo de Adviento está impregnado de esperanza mezclada de alegría y de santo temor.

La Iglesia pone ante nuestros ojos tres advenimientos del Señor: el histórico, que tuvo lugar cuando Jesús nació en Belén, pobre y humilde, de la Virgen María; el espiritual, que es el renacer de Cristo con aumento de gracias en el corazón de los fieles que viven la vida de Cristo por la profesión de su fe y el ardor de su caridad; y el futuro, o sea, la venida de Jesucristo al fin de los tiempos a juzgar a los vivos y a los muertos.

La venida de misericordia en Belén, la de gracia junto al Sagrario y la de justicia en el postrero día producen en las almas una santa disposición para interpretar el sentido y el espíritu de la Iglesia en el santo período de Adviento. La triple consigna durante este tiempo de preparación es: Oración, frecuencia de Santos Sacramentos y Penitencia.

* * *

El Adviento se viste de violetas.
Es, en el alma, tensión de espera.
No es aún la cosecha:
es primavera.

El Adviento es hambre de pan,
clamor de profetas;
es mugido en los establos
y cónclave en las estrellas.

El Adviento es llamada en los cielos,
luna que al sueño despierta,
suave temblor de alborada que alerta,
pasos de peregrinos que inquietan.

El Adviento es gravidez
que viene pidiendo urgencias.
Ya están convocados ángeles y reyes,
pastores, pesebre y bueyes…

El Adviento es Ella, es la Virgen bella,
serena, ante el cuenco de pajas que ya se quiebran.
Ya se escucha el «Gloria» en las lejanías.
El Adviento es Ella: ¡Santa María!

         Padre Jesús del Castillo.

Fuente de la poesía (y página recomendada): insulabaranaria.wordpress.com

Subir (poema)

Subir

Subir quiero contigo, Señor, a la montaña…
allí donde la luz, claror azul,
canción dormida en el alcor, de ti me habla.

Gustar quiero, mi Dios…
contigo allí, en soledad callada,
honduras de silencios
poblados del rumor de tu palabra.

Dame a probar tu sed…
Dame llenarme en ti, de aquel…
amar, buscar, querer, las cosas que tu amas…

Y así, volviendo a ti,
y sin mayor ganancia mi sed de ti crecida,
herido de tus ansias,
haz que yo beba en ti
del agua aquel, que tú darás,
mi Dios, a quien te pide agua.

Subir quiero, contigo…
Contigo, en soledad, a la montaña alta.

                                    C.G.P., Pbro. (1995)             

Cristo, Rey desde la fe

Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera.

Hoy celebra la Iglesia —escribía don Joaquín Artiles en su inolvidable «Cristo en la calle»— la fiesta de Cristo Rey, el reinado de Cristo sobre las almas y sobre los cuerpos, sobre los cielos y sobre la tierra, sobre el mundo entero. Un reinado sin altivez, manso y humilde, que penetra suavemente en los corazones y los transforma, que impregna lentamente las inteligencias y las domina. Reinando sobre nuestro querer y nuestro entender, sobre nuestros instintos, sobre nuestras pasiones, sobre nuestras generosidades para premiarlas y sobre nuestras infidelidades para esterilizarlas.

Hoy es día de triunfos y de glorias; hoy es día de vítores del corazón y de aplausos y de sumisión de todas las voluntades. Porque hoy es un Día Universal en que la Iglesia proclama los derechos de Cristo a reina sobre toda la creación, sobre todos los seres racionales y sobre todos los latidos de todos los corazones. Es un derecho universal en la geografía y en el tiempo. Es un derecho sin mediatizaciones y sin fronteras, absoluto, ilimitado, único. Es un derecho sobre todos y cada uno de los hombres, queramos o no queramos, lo admitamos o no.

Pero este derecho exige unos deberes que Dios ha fiado a nuestra frágil libertad humana. Y aquí es donde puede fallar, y de hecho falla, el reinado de Cristo. Cristo no reina en muchas almas. Son muchas las inteligencias rebeldes que no se dejan alumbrar por las claridades del Evangelio de Cristo. Son muchos los pechos que anidan las víboras del pasado. Son muchas las pasiones sin ataduras, los Instintos sin encauzar. Nuestro cuerpo, muchas veces, no es propiedad de Cristo. Nuestra alma, muchas veces, divaga por regiones que están muy lejos de la soberanía de Cristo. Somos como islotes rebeldes enclavados en la geografía del reino de Cristo…

Cada vez que incumplimos uno de sus mandamientos nos afianzamos en una rebeldía absurda y suicida. Cada uno de nuestros pecados es un grito subversivo… Humillemos hoy nuestra inteligencia hasta los pies de este gran Rey. Inclinemos nuestra voluntad ante su querer. Sometamos nuestras pasiones a su imperio. Cristo en todo nuestro ser y nuestro obrar. Cristo siempre y en todo.

P. José Cabrera Vélez¹.

* * *

Cristo Rey

Por ser Hijo de Dios, Verbo encarnado,
porque en la cruz fue tuya la victoria,
y porque el Padre te vistió de gloria
con la luz del primer resucitado.

Por eso eres, Jesús, Rey coronado,
señor y Pantocrator de la Historia,
libertador de noble ejecutoria,
triunfador de la muerte y del pecado.

Ya sé que no es tu Reino de este mundo,
que es sólo dimensión de algo interior,
-lo más cordial del hombre y más profundo-
donde te haces presente y seductor;
allí donde tu encuentro es más fecundo,
allí donde tu Reino se hace Amor.

            P. José Luis Martínez, SM.

¹. El Eco de Canarias, noviembre de 1982. Extracto de artículo.